Tiraderrotas

El blog de Luis Frías

noviembre 08, 2009

Una lindeza más

Debido a mi trabajo como periodista, me toca ver de cerca los excesos de los poderosos. Blazers Hermenegildo Zegna de 30 mil pesos, cuentas en el putero de 20 mil pesos, platos de ensaladas de 4 mil pesos. Lo malo de la noticia que posteo no es que en un año de crisis económica se tomen medidas de austeridad en el sector cultural; lo peor son estas dos cosas: por un lado, que la reducción del presupuesto al rubro cultura-arte se trata de una política gubernamental no temporal sino sistemáticamente atroz , y por otro lado, que los propios funcionarios de la Cultura son los de los dispendiosos sacos Hermenegildo, las comidas y las putas. Así, la reducción del presupuesto no es a los lujos, sino al apoyo a la creación:

Conaculta, el más castigado en el presupuesto

El sector cultural sufrirá una reducción en el presupuesto para el ejercicio 2010 de tres mil 338.5 millones de pesos, lo que representa 25.2 por ciento de sus recursos, según el estudio “Gasto Programable de la Subfunción Cultura por Unidad Responsable, 2009A-2010P”, realizado por el Centro de Estudios de las Finanzas Públicas de la Cámara de Diputados.

Asimismo, especifica que el Consejo Nacional Para la Cultura y las Artes será el órgano cultural más afectado por el presupuesto planteado por el ejecutivo, ya que tendrá una disminución de 37.4 por ciento para el próximo año, lo cual representa una baja de mil 862.4 millones de pesos.

Ya el jueves pasado, durante una reunión con los medios de información, Consuelo Sáizar, presidenta del Conaculta, mencionaba que el gran reto en esta época de crisis “es no paralizar las actividades culturales y desarrollar el mismo número de propuestas artísticas que en 2009, aun con un presupuesto menor” (MILENIO 6/11/09).

Sáizar negó que debido a la crisis económica que se vive a nivel internacional, y que ha afectado a festivales y “quebrado” museos, en México se vayan a sacrificar los proyectos culturales o educativos.

Agregó que las actividades sustanciales seguirán intocables, por lo que se analiza en qué ámbitos se puede ahorrar.

Otros afectados

El estudio realizado por la Cámara de Diputados también menciona que otros institutos y universidades se verán afectados en su gasto cultural debido al recorte, entre ellos se encuentran la Universidad Autónoma Metropolitana con una disminución de 7.6 por ciento, es decir, 18.1 millones menos.

La Universidad Nacional Autónoma de México podría ser afectada con un recorte en este rubro de 117.8 millones de pesos, lo que representa 32.4 por ciento de su presupuesto en este ámbito; el Instituto Nacional de Antropología e Historia tendrá una disminución de 15.3 por ciento, lo cual se traduce en una baja de 465.6 millones de pesos.

De igual forma, el Instituto Nacional de Bellas Artes y Literatura tiene estimado un recorte de 509.1 millones; el Instituto Mexicano de Cinematografía de 164.6 millones, es decir, menos 46.5 por ciento. En tanto, el Instituto Mexicano de la Radio tendrá una disminución de 18.8 millones de pesos, lo que representa 12.9 por ciento de sus recursos.

En este sentido, el diputado priista Armando Jesús Báez Pinal, secretario de la Comisión de Cultura, mencionó en entrevista que dicho órgano legislativo buscará evitar un recorte en materia cultural para el siguiente año.

El diputado dijo que con el recorte estimado en el presupuesto no se tendría un margen para poder etiquetar recurso alguno a este sector, “entonces va a depender de la reunión con el diputado Videgaray y ahí es donde vamos a pedir que, mínimo, se respete el presupuesto de 2009 más 4.5, que fue el porcentaje de inflación, lo que representa alrededor de 600 millones de pesos”.

“Esto nos ayudaría a poder regresarle al INBA, al INAH y a Conaculta una tercera parte, otra tercera parte a los estados y municipios y otra a las asociaciones civiles”, subrayó.

Báez Pinal informó que la Comisión se ha reunido con diversas organizaciones culturales y que espera hacerlo con cerca doscientas organizaciones civiles, de municipios y representantes de gobiernos estatales a fin de conocer los recursos que necesitan para realizar diversos proyectos en diferentes entidades del país.

Milenio-Diario.

octubre 18, 2009

Pinche Bicentenario, por H. de Mauleón.


Conviene aclarar que el sentido que le atribuyo a "pinche", aquí, no es sino el de "pobrecito". Con tristeza y carcajada, leo la revisión que hace Héctor de Mauleón de las actividades que se planean para celebrar el Centenario y Bicentenario en mi país. Podría poner nada más el link; si me permito transcribirlo es porque no tiene ni un gramo de desperdicio. Una vez más: triste pero divertido. Helo aquí:

Dentro un siglo, la comisión que organice los festejos del Tricentenario de la Independencia mirará con extrañeza el Catálogo Nacional de Proyectos que registra las mil 700 actividades con que la generación a la que pertenecemos se dispone a celebrar el Bicentenario de la Independencia y el Centenario de la Revolución. “¿Qué les pasaba a estos estúpidos?”, se preguntará, muy seriamente, algún historiador del futuro. Según dicho catálogo, el gobierno de Enrique Peña Nieto celebrará el Bicentenario de la Independencia lanzando al mercado una variedad de papa que se llamará “papa Corregidora”. Lo celebrará, también, abriendo una planta de quesos y poniendo en marcha un centro para producir “cinco millones de huevos de trucha de calidad certificada”. Peña Nieto incluirá el logo del Bicentenario en las licencias de manejar y hará montar arcos triunfales al principio y al fin de las carreteras. Con 199 actividades programadas es, sin duda, el gobernador más interesado en celebrar —aunque él no sepa muy bien qué.

Otro que tiene muchas ganas de participar en los festejos es el gobernador de Quintana Roo, Félix González Canto. A él se le ocurrió que sería buenísimo organizar en su estado un concurso de esculturas de arena.

Para no quedarse atrás, el gobernador de Chihuahua, José Reyes Baeza, ordenó que se escenificara en el suyo el fusilamiento del cura Hidalgo (la Secretaría de la Defensa Nacional anunció, por su parte, que pondrá a un grupo de soldados a escenificar batallas históricas en Celaya y la Alhóndiga de Granaditas). Reyes Baeza también hará que dos equipos de la NBA vengan a jugar a su estado y organizará un concurso de belleza que estará encaminado a elegir a la reina de los “Tres siglos, tres fiestas”.

El proyecto del gobernador de Durango, Ismael Hernández Deras, está padrísimo: se propone inaugurar el museo de sitio “Calabozo de Hidalgo”. Mientras tanto, al sur del país, el gobierno de Ulises Ruiz colaborará en las fiestas presentando una iniciativa “para la preservación del árbol que sembró Morelos”.

El gobernador de Veracruz, Fidel Herrera, muy consciente de la responsabilidad histórica que esta fecha emblemática le ha echado en las espaldas, tiene casi lista una telenovela que, según nota de Thelma Gómez y Liliana Alcántara (El Universal, 6 de octubre), narrará “los momentos más importantes de la participación del estado en la Independencia”.

Mención especial: el encuentro de “Países que en sus banderas están representando recursos naturales”, y que según el coordinador de la Comisión Organizadora de los Festejos, José Manuel Villalpando, resulta “muy importante” porque va a “crear conciencia entre los países que tenemos una vinculación con la naturaleza en las banderas, para generar conciencia sobre la urgencia de atender con acciones específicas el cambio climático”. Ni más, ni menos.

El costo de las celebraciones, según la nota de Gómez y Alcántara, será de mil 576 millones de pesos.

La generación que en 1910 celebró el Centenario de la Independencia inició sus trabajos con siete años de antelación y centró sus esfuerzos en la elaboración de un guión, en el mensaje que deseaba enviar. ¿Cuál será el mensaje de la generación del Bicentenario? Me temo que habrá que buscarlo en la planta de quesos, o en el centro para producir huevos de trucha, o en el lanzamiento al mercado de la “papa Corregidora”. Habrá que buscarlo en la telenovela de Herrera, y en el concurso de esculturas de arena de González Canto. Seguro ahí lo vamos a encontrar —mientras en Chihuahua se escenifica el fusilamiento de Hidalgo.

octubre 12, 2009

Yuri Herrera

Además de ser el director de la revista literaria El perro, es autor de la transparente -por honesta y felizmente lograda- novela Los trabajos del reino, y ahora, de Señales que precederán al fin del mundo, que aún no he leído. Hace unos días escribía en este espacio que en el periódico El País sólo son monedas corrientes los hidalguenses Yuri y su hermano Rafael Herrera. La siguiente crítica de la nueva novela de Yuri Herrera es la confirmación:

La fábula y su belleza,
por María José Obiol.

Mictlán está en el nivel inferior del espacio humano. Es el inframundo y en él habitan los señores de la muerte. La mitología precolombina lo sitúa hacia el norte y para llegar hasta allí hay que recorrer un camino muy difícil que debe hacerse en nueve etapas. Son los nueve pasos de los mitos. El primero es la Tierra, y el último, Mictlán o el sitio sin orificio para el humo, y ése es el recorrido que deberá hacer Makina, la protagonista de Señales que precederán al fin del mundo, la segunda novela de Yuri Herrera (Actopan, México, 1970). Cuando este autor publicó Trabajos del reino, sorprendió por la fuerza que emanaba del texto. En sus páginas se narraba una historia de narcotráfico y convertía al protagonista en un cantante de corridos. Esta vez, en Señales que precederán al fin del mundo, un texto especialmente hermoso, la protagonista es una muchacha que deberá ir hacia el norte en busca de su hermano y sortear, como en la mitología, nueve etapas. Nueve capítulos en la novela que tomarán el nombre de cada uno de los pasos de la leyenda precolombina. Y todo para que lo ancestral enlace con la irreductible realidad. Comenzará el camino y estarán lugares y ciudades que no se nombran, una frontera que no se señala y un río que se cruza del que no sabemos dónde nace. Un río. En los mitos, el pasadero del agua se ha de atravesar acompañado de un perro. En la novela es Chucho el nombre del hombre que se encargará de ayudarla a cruzar a la otra orilla. Y están los duros del camino, los jefes de clanes y los paquetes que se entregan para que se lleven hacia el norte y cuyo contenido no se pregunta, porque "una no hurga en las enaguas de las demás". Tráfico de personas y sustancias y esa textura de lenguaje fronterizo que asombra a esta lectora por la precisa y persuasiva belleza de las palabras, de las nuevas palabras que se crean o se transforman para contar sobre lo inexorable. El texto es una línea recta cosida a dentelladas por voces, encontronazos y algún que otro balazo. Un registro lingüístico especial que te agarra de manera mágica y del que deseas aprender. Soberana facilidad para decir dónde vas sin nombrar nombre. Ese ¿vas a cruzar? y ser más tarde camisa mojada. Estar en una tierra entre tierras donde los habitantes son al mismo tiempo paisanos y gabachos "con gestos y gustos que revelan una memoria antiquísima y asombros de gente nueva", con ese idioma que nace sumando atributos de uno y otro lado. "Si uno dice 'Dame fuego' cuando ellos dicen 'Dame una luz' ¿qué no se aprende sobre el fuego, la luz y sobre el acto de dar?". Registro lingüístico que barrunta sones ásperos y líricos y con el que Makina enamora a quien se acerca a Señales que precederán al fin del mundo. Ella es heroína de leyenda al atravesar etapas, al batallar con las sombras espectrales del presente con esa ansia de llegar hasta su hermano que tal vez se encuentre en ese lugar donde no hay ventanas ni orificios para el humo. El inframundo de la fábula. Otro acierto de Yuri Herrera.-

octubre 03, 2009

Selección sabatina

Una mañana de sábado productiva. He leído lo que comparto enseguida:

En el "Babelia", de El País, se hallan los siguientes textos, ampliamente recomendables, a saber:

1. Una entrevista con la franco-canadiense y esposa de Tzvetan Todorov: Nancy Huston, cuya novela Marcas de nacimiento es una rara avis dentro de la tradición y corriente literaria que se me diga. Me encanta cuando dice -parafraseándola- que los escritores hoy son demasiado, aburridamente inteligentes, y que hace falta ser algo tonto para hacer buena literatura. Por algún motivo, pensé de inmadiato en Pedro Juan Gutiérrez, el cubano cuya literatura, estúpida, sin sentido, asquerosa, etcétera, resulta apasionante.

2. Una ciertamene extensa entrevista narrada con Ismaíl Kadaré, premio Príncipe de Asturias 2009. Definitivamente, vale la pena la media hora que hay que invertir para leerla.

Ahora bien, en "Laberinto", de
Milenio, encontré una reivindicación de Federico Gamboa hecha por Héctor de Mauleón.

Ojalá que guste mi selección sabatina.

septiembre 15, 2009

Ay, fama...

Aunque me parece que, al menos en materia de artes y letras, se ha inclinado un tanto a la derecha, no he dejado de leer El País. Pero pocas veces había podido ver en sus páginas información ligada con el estado donde nací, Hidalgo, México. Es el quinto estado en marginación, desigualdad social y, en general, pobreza social. Sólo hace tiempo había leído una crítica que publicaban de la novela Los trabajos del reino de Yuri Herrera (Actopan, 1970) y, algún tiempo después, un artículo de su hermano Rafael Herrera, ex secretario de Finanzas del Gobierno del DF, que tituló "El tamaño sí importa", no con relación al pene sino al presupuesto que se aplica para paliar la pobreza.

El caso es que ahora leo
una noticia que, no sin chauvinismo localista, me saca de quicio. Es sobre !los 124 policías municipales de la tranquila Pachuca, que se metieron a servirle a los zetas!

Me hubiera gustado abrir la edición de hoy y ver que Hidalgo aparece por cualquier cosa, por su pulque, aunque sea.

septiembre 13, 2009

Los rounds de Ricardo Garibay


Así tituló Rafael Pérez Gay su columna de hoy en El Universal. Aunque no pasa de ser una mera anécdota sin chiste para comentar al desgaire la primera década luctuosa de Ricardo Garibay, celebro siempre cualquier mención y el reconocimiento que se haga del Samurai de Cuernavaca. Garibay ha inspirado muchos de mis arrestos creativos, y su coraje para afrontar la vida es simplemente fascinante. He aquí el texto que publica hoy el autor de Paraísos duros de roer:

La prensa literaria y el Estado cultural le han prestado muy poca atención a Ricardo Garibay a 10 años de su muerte. Apenas una mesa redonda sin un peso para la promoción y una o dos notas en los periódicos. Poca cosa para uno de nuestros grandes escritores en tiempos en que los aniversarios se celebran con bombo y platillo. Esto se debe en parte a que la obra de Garibay ha cruzado el tiempo de las letras mexicanas dominada por las paradojas. Ese raro espíritu de contradicción se enquistó en su vida cuando decidió formar parte del círculo selecto de los escritores devorados por su personaje. En él se cumplieron el sueño y la maldición de un escritor prolífico y las agitaciones de una vida pública polémica y complicada.

Hace años, al final de los 70, un grupo de jóvenes reseñistas con aspiraciones literarias asistió a uno de los programas televisivos de Ricardo Garibay, no sé si en el Canal Once. Yo era uno de ellos. Durante una hora, el escritor nos provocó sin pausa:

—¡Venga!, digo. No va usted a defender al payaso de Hemingway que por encima de todo era un pésimo escritor, leñe.

Recuerdo que quise responder balbuciendo alguna opinión y Garibay me interrumpió:

—No diga “este”. Es un muletilla que afea el idioma.

Nos tundió como le dio la gana. Su aliento declarativo alardeó más de una vez con sus pasiones y sus oficios. Había que oírlo hablar del fajador lleno de pundonor en los encordados de su juventud, del amante incontrolable de mujeres que su memoria guardaba en el éxtasis, del inmejorable escritor erótico, del guionista de cine, del conductor de televisión, del filósofo y amigo de filósofos, del cronista bravo. Había que oírlo hablar como si hablara de otra persona y no de él mismo. Estaba decidido a elevar la virilidad a rango estético y la fuerza de carácter a talento puro.

No deja de ser inquietante la forma en que el tiempo desmejora algunas obras y hace crecer otras. Algunos de los libros de Garibay han sido mejorados por el tiempo. Su vasto, irregular y muchas veces admirable conjunto narrativo se inició en el paisaje rural, que nunca abandonó del todo, y desembocó en la altura estilística, aún insuperada, de sus mosaicos urbanos.

Es probable que entre más tiempo pase, los libros de crónicas de Garibay ocurran en un lugar superior de nuestra literatura. Entre ellos figuran, ni más ni menos, Las glorias del Gran Púas (1978), Acapulco (1979), De lujo y hambre (1981), ¡Lo que ve el que vive! (1976) e incluso Diálogos mexicanos (1975). Nadie, en ningún periódico, debería atreverse a escribir una crónica sin antes leer estas piezas fundamentales del género. Garibay ejerció la crónica a partir de su origen ancestral: el poder narrativo y la fuerza del diálogo. Siempre que Garibay recurrió a esos dos ases de la tensión dramática, el cronista dio en el clavo y se levantó de su escritorio con un texto raro, importante, valioso.

Aunque menos frecuentados, los cuentos de Garibay conservan algo de la ardiente fluidez de sus crónicas. En El gobierno del cuerpo (1977) reunió prácticamente todos los relatos que escribió entre 1951 y 1976. En el cernido de esas páginas, Garibay intentó con gran libertad y certidumbre diversas formas del cuento: el guión, el diálogo dramático, el monólogo, el diario, siempre bajo el dominio del tema más importante que ocupó sus ficciones: el erotismo. Pero demasiada seguridad y demasiada libertad pueden echar a perder el libro que un escritor trae entre manos. Desde entonces, se enfrentó a su más poderoso adversario: él mismo. Quizá por esto, novelas como Verde Maira (1977) y Triste domingo (1991) son ecos de la voz de ese adversario que algunas veces derrotó al escritor fino y delicado que podía ser Ricardo Garibay. En cambio, Beber un cáliz, Bellísima bahía y La casa que arde de noche forman un entramado novelístico de gran calado.

Los jóvenes aspirantes que fuimos al programa de televisión invitados por Garibay tenemos, más o menos, la edad que entonces tenía el escritor. Yo pensaba que era un viejo pedante, pero admiraba la prosa de que era capaz, y quería escaldarle la lengua literaria. Por esta razón hablé de Paul Léauteaud, el gran memorialista francés. Garibay me dijo:

¿Era un francés amargado que amaba a los gatos?.

Desde luego estaba equivocado. No hay escritor posible sin necedad y coraje; a Garibay le sobraban.

septiembre 12, 2009

Primera caida


¿A quién no le gustan las luchas?

Desde que a la antropología social y a los estudiantes fresas les ha dado por meter sus narices en las luchas, las cantinas, lo naco y el lumpen, éstos temas fascinantes han perdido encanto. Sí.

Pero haciendo a un lado estas aburridos acercamientos fresas y ñoños a las luchas, tengo la certeza de que el arte puede continuar haciendo aportes no sólo en este tema particular sino en cualquier otro. ¿Qué ya está todo dicho? Yo no conozco nadie inteligente que diga eso.

Sabedores de que aún hay mucho por decir, un trío de grabadores va a presentar la exposición
Primera caída. No se trata de ninguna muestra populachera o de cierta asepsia fresa similar a lo que se viene produciendo desde hace algún tiempo.

Así que si andan en Pachuca, Hidalgo, el próximo viernes, apaguen el televisor y vayan a la Fundación Arturo Herrera Cabañas a las 7 de la noche. En la sala de gráfica, se presenta
Primera caída, exposición de Eddy Salgado, Isuki Castelli y Fabiola Ortiz.

septiembre 11, 2009

El lugar dónde

Hubiera dicho que no, que me era imposible. Hubiera pretextado alguna razón familiar antigua, y punto; no estaría aquí, quejándome. Pero, ¿a dónde me hubieran mandado? Creo que a Benito tampoco le fue bien, tuvo que resignarse cuando le dijeron que debía hacer un reportaje de los artesanos en las sierras de San Luis Potosí. A él, que prefiere todo lo que tenga que ver con policías, accidentes nocturnos y tugurios fatales. Es enojoso admitir que me vi cobarde; no me gusta estar aquí, aunque para todos yo sea muy afortunado con este envío. A las mujeres siempre les va mejor. Lisbet, por ejemplo. Que cubra el cuento ése de los delfines viajeros de Mazatlán. ¡Por qué Lisbet! Que no me manden a mí, pero al menos alguien que disfrute del viejerío de Sinaloa. Adonde sea, menos aquí. En el último de los casos, creo que Benito y yo estaríamos felices de que nos invirtieran los papeles: él para mi destino, yo para el suyo. Soy un tonto. Por qué se me viene a ocurrir hasta ahora. Cobarde.

—¿Señor Brihuega? —se asomó la secretaria a la sala de espera.

Incorporándome, continué sentado en el sofá pero enderecé un poco la espalda.

—Si.

—Pase, por favor.

—¿Sí me podrá recibir el ingeniero?

Asiente con la cabeza y me hace pasar por la puertecita a la oficina seguida, la recepción. Es una morena bastante joven y volátil como para ser secretaria de un corporativo de cuarta, aunque de oficinas cuyo lujo rebasa a un pueblo como éste. Creo que se vería mejor tomando micheladas 2 por 1 en algún bar de jueves por la tarde. Sus lentes de gruesa pasta negra no le quedan bien, y el uniforme de pantalón y camisa kaki… yo por lo menos sólo uso el chaleco de reportero cuando me va a tomar la cámara. En el corazón lleva la mica con su nombre: Fredesbinda Martínez.

Con esa ágil sofisticación de las secretarias de gerencia, me explica todo el mecanismo para entrevistar a su jefe. Es el director de la empresa que está abriendo muchos espacios de trabajo en la pequeña ciudad. Me dice la hora y el procedimiento para la entrevista. Qué preguntas sí y qué preguntas no hay que hacer. Qué bien se le ven esos alambritos trabajándole la dentadura, la hacen ver atractiva.

En cuanto me extendió el papel con las indicaciones, me despedí.

—Hasta mañana a las…—echo un ojo al papel— diez. Gracias, Fredesbinda.

—Hasta luego, señor.

¿Señor? La muy cabrona. Seguro es mayor que yo. Dos años al menos. Esta barriga y las patas de gallo, carajo.

Fue fácil encontrar alojamiento en el pequeño pero céntrico Hotel Limas, seguía despachando detrás del mostrador aquel español del apellido arabesco Montúfar, mi padre lo envidiaba. Claro que el tiempo es cruel y no perdona, ahora el viejo era un lamentable jamón rosado. Nunca me imaginé que podría quedarme aquí. Puedo recordar que era cosa de ricos este edificio de azulejos pringosos, además quién se queda en un hotel teniendo casa en el mismo lugar. De joven sí hice el gasto; antes era difícil enredarme con mis novias en sus casas o en la mía. Dejé mis cosas en la habitación y salí a comprar lo que hacía falta. Estaba por caer la noche, el frío empezaba a helarme las orejas. Lo que menos quería era enfermarme de tos, así que salí rápido a buscar una tienda.

Casi nada, o casi todo, ha cambiado desde la última vez. Esta pequeña y solitaria avenidita está igual que la de mi cabeza y la de las fotos que había visto hace poco. En cuanto Carmen, mi jefa, me dio la orden de trabajo y leí Ciudad Remedios, tuve que tragar saliva pero también buscar datos en los archivos que conservaba en casa. Rápido di con la tienda. Estaba allí donde me la imaginaba. Era cosa de andar un poco, y ahí estaban los abarrotes.

De niño, muchas veces acompañaba a mis padres a hacer las compras del mes. Teníamos un Renault 12, un vergonzoso Renault que hacía un afeminado run run. La tienda continúa siendo grande; un poco más amplia que cualquier OXXO, pero infinitamente menor que un Wal Mart. Habrá lo que busco, siempre salíamos aprovisionados de aquí. Hay unos niños que tiran del vestido de la mamá y con el brazo señalan un cereal de bolitas. Mis berrinches eran por el polvo de fresa para endulzar la leche. Vengo por unas pilas para la cámara y la grabadora; el cepillo y la pasta dental, rastrillo, ¿qué mas? ¡Pero mira eso! Esos montones de papel sanitario siempre han estado justo en esa esquina. ¿Qué más? Una caja registradora está vacía. Pongo mis cosas, hay colgados rastrillos. Cojo uno, añado un tubo de galletas. “¿Nada más?” La cajera, pueblerina que no esconde su cruz, es una caballuna de dentadura fatal y ojos verdes. “Pase, gracias”. Tomo la bolsa con mis cosas y me marcho.

Una vez en el hotel, encuentro mi habitación fría. Es insólitamente temprano pero la ciudad ya está vacía, cuando volví de la tienda había unos cuantos en la calle. Los que compraban elotes preparados y las parejitas que caminaban abrazadas del talle. Había pensado preparar el guión de la entrevista y sacar mi ropa para mañana. Sólo saco la ropa y buenas noches. Con la entrevista ya veremos. La televisión hace que las sábanas se parezcan a las de casa. Mi mujer no puede estar viendo otra cosa: el concurso de chistes del canal 2, que aquí es el 8. Me quedo dormido, tratando de concentrarme con la mano en Fredesbinda.

A las diez en punto, me estaba esperando aquel hombre. A diferencia del señor de traje que me había formado en la cabeza, era un amistoso sujeto de blue jeans, camisa kaki y lentes perfectamente transparentes. Formal y todo, pero agradable. Fredesbinda nos había llevado dos cafés americanos con poca azúcar. Antes de empezar la entrevista con la grabadora, el director me había platicado las bondades de la empresa, lo felices que estaban sus jefes, el entusiasmo que les causaba invertir aquí. Su dentadura era perfecta, se había rasurado impecablemente y su cabellera estaba en perfecto orden.

La entrevista es para que me hable de los 240 millones de pesos que su empresa está invirtiendo en armar camiones de carga. Decía maravillas del gobernador, un tipo que ama esta región de su estado, que no tenía reparo en viajar al último rincón del mundo para atraer inversiones. Agradecía que el gobierno les haya obsequiado el terreno para construir esta fábrica y traer empleo a una ciudad a punto del abandono fantasmal. Me hablaba que dan trabajo a cientos de obreros especializados, que construyen los camiones ligeros más bonitos y rentables del mercado nacional. Qué bonito, casi le digo, y Fredesbinda sirvió más café. La entrevista terminó y nos salimos a dar un paseo por la fábrica. Yo haciéndole fotos, él subiéndose y bajándose de los autobuses a medio armar.

—Qué te parece —me tuteó, era bastante mayor que yo.

—Muy bonitos.

Qué le iba a decir.

—Pero tú qué opinas… de estas inversiones.

—La ciudad lo merece, creo que sí…

—¿Sabes la historia de la ciudad? Pero qué te platico, seguramente la conoces, ¿no?

—Leí algo.

—¿Sí sabes cuántas personas trabajaron aquí?

No paró de decirme el cuento que yo sabía, como que había nacido y pasado mis primeros años en este lugar. De niño me tocó ver esa “tierra de oportunidades” de que me hablaba el ejecutivo alzando la barbilla mientras yo le hacía las placas. Con fastidio escuché todas las referencias bibliográficas que me decía. Cicerone que leyó guías turísticas cuando su empresa aceptó invertir. Me molestó que me mintiera diciéndome que las cosas volverían a ser como antes.

—Fascinante, ¿no? —me dijo, parándose—. Bueno, ¿necesitará algo más?

Nada, el trabajo estaba hecho. Ni si quiera me invitó a pasar de nuevo a su oficina. Amable y fríamente, me envió directo a llenar unos formatos con Fredesbinda. Era sacar copias de mi credencial, firmar un papel y llevarme conmigo un lapicero y una agenda empastada con el logo de la empresa: unos camioncitos de perfil.

—¿Todo bien, señor? —Fredesbinda había perdido seriedad.

—Todo bien, —y le dije lo que quería— lo único malo es que no tengo con quién cenar hoy. No soy de aquí.

—Ahí sí no le puedo ayudar —ni se sonrojó ni se molestó, pero tampoco era indiferencia; se diría que había amaestrado sus emociones.

Los papeles habían sido llenados y ella me insistió si necesitaba algo. No era más difícil que cualquier mujer, pero no iba a insistirle de ningún modo. Habría sido de mal gusto. Sonriendo, salí de allí. Para terminar mi reportaje, sólo faltaba hacer entrevistas con viejitos.

En un taxi regresé al hotel a guardar el material. Dejé correr agua del lavabo para que se calentara un poco. Con el jabón me lavé la cara y arreglé el peinado. En lugar de la camisa, me puse una playera arena de cuello sport, también un pantalón más holgado. Quedaba hacer las entrevistas más hostiles y aburridas. ¡Pasar por la universidad para preguntarle qué opina la gente, y que la gente hable estupideces! Qué otra, me lancé a la calle.

Como que sentí que a la avenida le llega ahora menos el sol que cuando yo vivía. Me sorprende que sigan circulando todos esos Renault y esos Ford tan viejos, pero en tan buenas condiciones; podría venir cualquier día y comprar uno para coleccionarlo y pasearme los domingos. Para mi papá, era obligado lavar el carro los domingos, y luego comer cacahuates y aceitunas mientras leía el periódico en el carrito, a la sombra de algún pirú. Pensaba que era idiota, el pirú dejaba caer sus frutitos rojos y se volvía a ensuciar el coche. En cuando despertábamos, había que pasarle un trapo a todo el metal. No era estúpido, a él le gustaba hacerlo así. Y así se hacían las cosas. Debo hacer entrevistas con viejitos, preguntarles sobre la antigua Ciudad Remedios.

No tengo tan mala memoria como para haber olvidado lo que era esto, antes de que a todo se lo llevara el demonio. Era un niño, todo me parecía tan excelente. Mi madre era verdaderamente hermosa, llegué a tener celos de papá. Él la besaba en la boca antes de irse a pintar camiones y ella se quedaba feliz. Iba con mis hermanos hermanos a la escuela con monedas suficientes para hartarnos al antojo; nos llevaba Catalina, la sirvienta a la que dicen que quisimos mucho. No recuerdo eso.

Aquella calle. No sé cómo se llamaba la mujer, era amiga de mi mamá; nos ponían a jugar a mis hermanos y a mí con sus hijos. Mejor dicho, contra ellos. Empezábamos a los carritos nosotros y ellas a las muñecas, seguíamos con juegos de perseguirnos y encontrarnos, y terminábamos lanzándonos lodo y llorábamos. A mis hermanos siempre les iba peor, yo era el pequeño y me perdonaban las maldades en casa; sólo me pegaban cuando robaba dinero de la bolsa de mi madre. A pesar de todo, cuando estudiaba en la universidad y venía todos los fines de semana, seguía sacándole billetes del bolso.

Todo está tan cambiado, sigue tan igual pero está tan diferente. Nunca me hubiera imaginado estas bardas pintarrajeadas con monitos de aerosol. El señor de ahí te pescaba y te pegaba con el consentimiento de tus papás. Teníamos cuidado, era mucha su autoridad. Su casa era excelente, pequeña y sin ninguna construcción, pero envidiable. Como que se murió; está toda olvidada.

Es natural, desde que cerraron las empresas y corrieron a mi papá y a todas las demás personas, la gente abandonó las casas. Se fueron a buscar trabajo a cualquier lugar y empezaron a venir sólo los fines de semana, o en vacaciones. Por entonces yo empezaba la adolescencia y las diversiones de preparatoriano; desde entonces dejé de venir aquí y contagié a mis papás, que sólo venían a veces entre semana y a veces de visita con los tíos. Yo nunca, prefería ir a Espirit y a Chabelas, unos bares donde conocía chicas. Poco a poco, toda la familia dejó de venir, salvo mi hermano, que tuvo un hijo aquí y tiene que pasar a saludarlo de vez en cuando. De hecho, desde que vinimos al sepelio del tío Samuel y lloré con mis primos, no sé qué decisión hayan tomado mis hermanos con la casa. No sé, no me he preocupado.

La ciudad está muy cambiada. Cuando cerraron las fábricas, había poca gente pero aún había. Incluso después, cuando venía de fin de semana con mis papás, muchos de mis amigos, Manuel, Fernando, Hugo, Guillermo, todos venían y podíamos salir. Era bueno, nos prestaban los carros y nos aparcábamos con la música a tope. Pero ahora no sé… esto parece de fantasmas. Voy a hacer lo que debo y me largo de aquí.

—Señor, señor —interpelo a un canoso de cachucha azul.

El viejo se pasa de largo. Las chicas de los locales voltean a ver mi brazo estirando la grabadora, mi chaleco de reportero, mi rareza.

—¿Cómo se llama, señor?

—Tomás Cano.

Entrevisto al señor Tomás, que habla con desconfianza del gobierno y de sus inversionistas. En el fondo, estoy de su lado. Me habla con emoción de los años mejores, años que los que a mí me tocaron. La historia comienza hace varias décadas pero sólo le permito que me cuente un poco, y le corto.

—Muchas gracias, señor.

—¿En dónde va a salir?

En cuanto escucha el nombre de mi grupo noticioso, se alegra y me da una palmada. Buen viejo. Dos más y acabo.

—Cuénteme de los años 60, de los 70, señor —es uno más joven, seguro tiene mejor memoria.

Me hubiera gustado dedicarle más tiempo. Contaba todo con gran detalle, y se emocionaba. Ganaban mucho como obreros, los sindicatos defendían a los trabajadores, venía el presidente del país a felicitarlos en persona, les daban regalos a sus hijos en diciembre (cierto, me tocó), venían conciertos de música gratis, podían viajar con sus salarios, comprarse carros nuevos y mandar a sus hijos a estudiar licenciaturas.

—¿Ahora de qué vive, señor?

—Nos dejaron sin nada, no hay perspectiva, no hay riqueza.

Pobre viejo. Falta uno: ahora uno joven. Que me hable de lo que viven las nuevas generaciones, algo así. Pasa uno que aprieta entre las manos una bolsa de plástico y lleva zapatotes negros.

—Hola, ¿cómo te llamas?

Después de un segundo, me espeta:

—¿No te acuerdas de mí?

¿Acordarme? Usa bigote, playerita pegada a los músculos, es caballuno. Resulta que se llama Martín Jiménez, un amigo que estudiaba conmigo en la primaria. No recuerdo. Lleva el taller mecánico de su papá y tiene un local para ir en la noche. Me invitó y acepté por amabilidad. Le dije que allí nos veíamos más tarde. Como no pude entrevistarlo, agarré a otra persona pero no le presté mucha atención. Con una mezquina satisfacción me quedé pensando en Martín. Dije: “Después de todo, no me ha ido tan mal”. Antes de irme directo a organizar todo al hotel, busqué un lugar donde tomar un desayuno. Resultó que estaban sabrosos los chilaquiles.

A las 7 de la noche había terminado de alistar el material y telefoneé. A mi mujer, que me mandó besos. Y a la oficina, donde me dijeron que hoy no llegaría el camarógrafo para terminar el reportaje, me hablaron de algún problema con la organización que le había impedido tener la cámara lista para hoy por la noche. La idea era que filmáramos algunas tristezas nocturnas que exageraran el abandono de Ciudad Remedios. No fue posible y yo ya tenía todo listo, me había cambiado nuevamente de ropa y había pedido una cerveza que me subió el español mofletudo. En cuanto me la terminé bajé por otra y pensé en el ofrecimiento que me hizo Martín para ir a beber algo a su bar.

En el televisor pasaban caricaturas. Apoltronado, desde mi mesa alcé la voz para preguntarle al español. Me dijo dónde quedaba el lugar. Aunque yo viví aquí por mucho tiempo, nunca supe el nombre de las calles. Así que Corregidora, o Insurgentes, o Reforma o Constitución, no significaban nada para mí. Dónde hay taxis. El español se sonrió, resulta que el bar estaba a unas cuadras de allí, y me fui caminando.

Al principio, me sentí el más idiota allí, en un bar de cumbias escandalosas, luz de color que prendía y apagaba y un segundo estabas parado con el cuerpo así y enseguida con el cuerpo asá. Y unas cuantas mesas con unas cuantas personas. Y mucho ruido y muy poca luz. Tenía que beber algo para desinhibirme. Pedí otro tequila con toronja. Martín atendía detrás de la barra. Poco a poco, fui recordando de dónde conocí a Martín, en tercer o cuatro de primaria él llegó una vez apestando a algo raro y a partir de allí le habíamos puesto un apodo maldito, que no recuerdo bien. Seguramente él lo tiene mucho más grabado en la cabeza que yo. Ahora se veía un hombre con todas las de la ley, tenía un taller mecánico por las mañanas y por la tarde no le faltaba la diversión en este lugar. Otro tequila con toronja. Salud, Martín. Le brindé con mi jaibolero; detrás de la barra él alzó su cerveza. “En un ratito te acompaño”. Me gritó fuerte, la música al tope lo obligaba.

Otro tequila con toronja que yo no pedí. Seguro lo envió Martín. Quise ir al baño y me costó trabajo dar con él. Eché una mirada a todas partes, y la mesera, una gorda putona, me dijo dónde era. Me regaló una sonrisa con su bocaza deforme. Gorda. El baño estaba muy sucio; había que lavarse las manos con el fab de una bolsa. Sin lavármelas, regresé a mi mesa, y ya había un platito de cacahuates y otro de chicharrones fritos. Me comí unos. Otro tequila. La música me empezó a gustar. “Que chí, que no, que cómo chingados no”, gritaba una voz chillona de las bocinas. Martín daba órdenes a las dos meseras, supe que me había mandado una cuando la que me había dicho lo del baño se dirigió a otro rumbo, pero la otra se me acercó sonriente. Qué putas. Apuré el tequila de un sorbo antes de que llegara ella.

—Eres bueno para el tequila.

Marcela me besó la mejilla. La acogí con diversión. Pedí dos tequilas agitando el brazo y Martín me los trajo. “Diviértete”, me dijo y nalgueó a Marcela. Qué agradable me pareció eso y empecé a sorber la bebida. Me gustó lo dulce del refresco toronja, como si fuera un sabor de hace muchos años, cuando vivía aquí mismo en una casita de la Calle 8, Centro, Ciudad Remedios.

—¿Y cómo te llamas, tú? —su voz era adolescente y le dije mi nombre.

La mujer se entusiasmaba con mis cuentos de periodista de la ciudad. En realidad ponía atención a cuanto le dijera. Le gusta la idea de que mañana saldrá en la tele el reportaje de ésta, su ciudad, y que seguramente la voy a mencionar, porque le digo que está muy bonita y me gusta mucho. “Qué bueno que digas la verdad”. Me dice. Es que le prometí que voy a hablar mal del gobierno y de los inversionistas en mi transmisión. Que todo lo que me han dicho son mentiras. Y tomo otro tequila y brindamos.

Ella me cuenta la historia de su vida. Me cuenta. Es fea la mujer pero si acepta me la llevo a la cama. ¿Otro tequila? Me estoy mareando. “Si tu boquita fuera de chocolate”. Tarareo y ¿que si me gusta la canción? No sé contestarle. Si respondo no, se ofende; si respondo lo contrario, me pierde respeto. ¿Cómo dijo Benito? Es de las viejas buenas para chupártela en días de cruda. No quiero excitarme y le digo que sí a Marcela. Sí, a todo.

Me divierte pensar que estoy en un bar del lugar perdido donde nací y crecí. Y donde me desesperó que me mandaran a hacer un reportaje. En las chichitas de perra flaca de Marcela veo las teticas de las gemelas que en la secundaria quise hacer mías pero que nunca se dejaron. A bares como éste solía venir las primeras veces, cuando teníamos mucha energía pero lográbamos reunir muy pocas monedas. Aquí una cerveza cada quien y adiós, a dormir a casa. Ahora puedo pagarme los tequilas que quiera, con refresco de toronja. Como el refresco de toronja que me gustaba tomar directo del frasco verde en los partidos de fut. Y que sabía a dulce pero picaba un poquito la garganta. Marcela, sígueme preguntando y no te dejes de balancear con la música.

Otro tequila con refresco. Busco mi teléfono y tengo llamadas perdidas. Veo la hora, me hace gracia lo temprano que es. ¿Y Martín, dónde está Martín? Marcela quiere bailar y la saco a bailar y la manoseo bien. Entonces Martín se aparece y la aparta de mí.

—¿Qué pasó, tú?

—De qué.

Y me carcajeo totalmente y Martín me sienta en la mesa y me explica que en público no. Me explica con detalle, como si yo fuera un idiota. Sólo porque llevo unas copas. Le pido otro tequila a Martín y regresa con él. Pero sólo es refresco, entiendo que le causé lástima. Marcela está en la otra esquina y le grito. ¡Marcela! ¡Puta! ¡Gorda! Martín viene a todo lo que da y yo me pongo de pie, digno y con el vaso en la mano. Se hubiera apagado la música, como en las películas. Pero seguía sonando tontamente. Las mugrosas parejitas de obreros y empleadas se quedaron calladas viendo mi espectáculo. En cuanto llegó Martín, recuerdo que rompí en llanto como un niño y me abracé de él. Y me sacó empellones del bar, llorando yo, hecho una furia él.

Cuando desperté eran las 12 del día, y Raúl, el camarógrafo, estaba sentado en el sillón. Me despertaron sus risotadas, y él viendo y oliendo mi espectáculo. Me duché con la puerta abierta para poder platicarle desde allí la noche anterior. Le conté la versión atractiva, omitiendo lo de mis lloriqueos. Antes de marcharme del hotel, pasé a pagar la habitación y decidimos desayunar en algún mercado. Me despedí del español, que me veía absorto. No recuerdo lo que pasó la noche anterior, debo admitirlo.

Raúl venía en carro. Fuimos a grabar el reportaje al mercado municipal. Raúl me apuntaba con la cámara mientras yo explicaba que historia de Ciudad Remedios era fascinante. Que en los años 1950 el gobierno había decidido construir fábricas en estos llanos y levantar una ciudad para los obreros y sus familias. Y que en las décadas siguientes todo había marchado sobre ruedas, que las familias habían sido felices. Pero que en la última década el neoliberalismo y sus garras habían hecho de Ciudad Remedios un pueblo fantasmal. Mientras la cámara apuntaba al mercado y a las calles con baches y tumores, yo puse en el micrófono los testimonios que había grabado días antes. Al cabo, hablé de las actuales intenciones del gobierno por traer nuevas inversiones. Ahí entró el testimonio del ingeniero. “Sin duda alguna, una ciudad con esperanzas”, rematé yo, cursi.

No era en vivo, pero saldría en las noticias de la hora de comer. Raúl pensaba que me gustaría dar un paseo por mi antigua ciudad, no pude negarme.

—¿Y ya fuiste a ver tu casa?

No me hacía falta ir a verla.

—Es que como no traía carro…

Raúl iba al volante. Le di la instrucción y pasamos en frente de ella. Nada más detenernos quise entrar y llorar allí dentro. Hubiera sido el hombre más feliz si me llamaran de la oficina para interrumpir aquello. Siempre son tan inoportunos y ahora no me han llamado… No me preocupa lo que diga Raúl, temo una avalancha de lo que me mintió el ingeniero de la fábrica, de lo que se quejaron los viejitos, de lo que fue la ciudad, de lo que viví con mis padres que murieron y cuyas tumbas jamás visito, y del abandono de la ciudad donde viví mis primeros años y donde soñé con ser periodista y no el reportero que soy y que regresa a hacer un reportaje mentiroso de una ciudad que agoniza.

—¿Qué onda? ¿Vas a entrar, o nos vamos?

—¿Entrar? No sé ni quién es el dueño.

Raúl puso en marcha el motor. En dos minutos estábamos saliendo de Ciudad Remedios. Me hubiera gustado despedirme de Fredesbinda, estoy seguro que a ella también. Al menos le hubiera pedido su teléfono. Pudimos vernos algún día.

septiembre 10, 2009

Arriba los hñahñus


Como se sabe, la gente del municipio de Ixmiquilpan, Hidalgo, actúa de forma curiosa.

Ixmiquilpan es un municipio con una gran cantidad de población indígena, los hñahñús. Si alguien tiene la osadía de entrar a sus comunidades, los hñahñús se molestan y suelen suecuestrar. La razón? No tener permiso del mayordomo indígena para andar por la comunidad. Y es que si no tienes nada que hacer ahí, ?entonces por qué te metes? Así piensan, los muy desconfiados, ladinos y cabrones.


Cuidado si has tenido el valor de manejar tu coche en una comunidad de éstas. En un poco rato, decenas de personas están a tu alrededor, pidiendo tu cabeza. Si corres con suerte, te soltarán una vez que te hayas dejado apalear, encuerar y amarrar a un árbol, y luego les entregues las llaves de tu coche y te largues sin hacer preguntas. A esto les llaman "usos y costumbres".


Los hñahñus son unos católicos muy creyentes. Así que, echando mano de sus "usos y costumbres", también pueden apalear, encuerar y apedrear a quien no comparta sus creencias religiosas. Por lo tanto, resulta curiosa la fama que el pastor José Mar Flores Pereira (el evangélico boliviano que secuestró un avión de Aeroméxico) ha tenido en este municipio. Sí: este sujeto ofició una misa hace unos años ante casi 6 mil personas, y, según me documenté, vendió no pocos de sus CD con los cuales ensalza a su dios.

Aquí, la nota que investigué para el periódico donde trabajo:

Ixmiquilpan, Hidalgo.- José Mar Flores Pereira, el pastor que secuestró un avión en el aeropuerto de Ciudad de México, no sólo tiene seguidores evangélicos en Ixmiquilpan sino que ha venido al municipio a compartir su mensaje de salvación.


Protestantes evangélicos de Taxhado confirmaron que a mediados de 2003, el pastor boliviano de 44 años se presentó al poblado d a oficiar misa, donde dirigió un discurso a los protestantes, interpretó varias canciones y puso a la venta sus discos compactos.

El profesor y protestante evangélico de esta comunidad, Andrés López Pérez, es una de las personas que acudió a la misa e, incluso, le adquirió un disco.

“Acudió al templo. Vino pero la misa no se hizo en el templo y se consiguió un lugar más amplio para que se pudiera dar cabida a la gente que vino; eran entre unas cinco mil ó seis mil personas. Hubo muchísima gente y la comunidad entera es testigo de que vino aquí”, recordó.

Además del profesor Andrés López, varios evangélicos de la comunidad se muestran preocupados por la situación que se desencadenó a raíz de los hechos que el pastor evangélico secuestró el avión en el aeropuerto internacional de la Ciudad de México.

“La gente se lamenta de lo que está pasando porque cuando vino se presentó como una buena persona, y efectivamente estaba bien cuerdo y sabía lo que estaba haciendo”, recordó el profesor.

Los evangélicos desean que el pastor salga pronto “que no es de gran trascendencia”, expresaron. Para ellos, el aerosecuestro que cometió el pastor no fue una extravagancia, sino que fue una acción “centrada en lo que él persigue y en lo que él trata y en lo que él trabaja”, dijeron.

septiembre 09, 2009

De regreso


Lamento no haberme aparecido por aquí más que con intermitencias.

Por si a alguien le importa, lo que pasa es que había andado muy apurado escribiendo libros que con suerte utilizarán todos los niños de secundaria de México; había estado metido en la grilla de mi estado de Hidalgo y en la hechura de un documental. Ah, también estuve comiendo como puerco y engordando como tal.

Para mí es una fortuna estar de vuelta. Me gustan mucho los blogs y me entusiasma mucho la idea de estar de vuelta.

Aquí nos leeremos pronto.
(Así estaba mi estudio. No exagero.)

agosto 20, 2009

Muy mexicano



A la indígena Jacinta Francisco Marcial, del municipio de Santiago Mexquititlán, Querétaro, la encarcelaron con injusticia transparente (para que no digan que no se practica la transparencia en las instituciones mexicanas, falaba más). Desde que ocurrió me enteré, pero hasta este momento se me ocurrió un post al respecto. Tenía pensado demostrar mi indignación, imaginando que serviría de algo. Pero lo más triste es la resignación general, de todos nosotros, no ante este hecho sino ante todo cuanto ocurre a nuestro alrededor. Por decir. La Suprema Corte Mexicana recién liberó a los presuntos ejecutores de la masacre de Acteal, Chiapas, de 1997. Una decisión jurídica de lógica incomprensible, pero que tampoco parece haber tenido repercusión alguna. Si 45 indígenas asesinados nos hacen bostezar, qué puede esperar de nosotros una vendedora de aguas de fruta a la que apenas si la condenaron a 21 años de cárcel. Ni que fuera tanto...

EL PAÍS.- México ya ocupa más espacio en la lista negra de Amnistía Internacional (AI). Desde ayer, Jacinta Francisco Marcial, indígena otomí condenada a 21 años de cárcel por secuestrar a seis agentes de la policía federal, es considerada por la organización defensora de derechos humanos como una "prisionera de conciencia".

AI, con sede en Londres, avisó a sus más de dos millones de socios en el planeta para que apunten en su agenda que tienen que luchar también por la liberación de esta abuela indígena, madre de seis hijos y con igual número de nietos, que no contó, ni cuenta, con un debido proceso judicial, de lo que han dado fe distintos organismos.

La acusación misma siembra la duda. En marzo de 2006, vestidos de civil, seis policías intentaron lo que se suponía era un decomiso de mercancía pirata en un mercado del poblado queretano de Santiago Mexquititlán (a dos horas de la capital por carretera). Los comerciantes reclamaron los costes de los productos. Rodeados, los policías acordaron pagarlos. Uno de ellos se quedó mientras otros iban a por dinero. Resuelto el trámite todos se retiraron. Tres meses después, Jacinta, que vendía aguas de sabores en ese mercado, fue llevada engañada a la cárcel, el 3 de agosto de 2006, obligada a firmar una declaración que ni hizo ni entendió ?su lengua materna es el otomí y no domina hoy el castellano, mucho menos hace tres años? y meses después fue condenada a 21 años de prisión por el "secuestro" de los seis agentes. El juez que la condenó, y que después de que Jacinta ganara una apelación la va a volver a procesar, nunca le otorgó el derecho legal de contar con un intérprete durante todo el proceso. Bueno, quizá eso es mucho decir. Antes de decretar 21 años de pena, el juez Rodolfo Pedraza nunca la vio: la condenó sin mirarle a la cara, sin conocerla, sin escucharla. La condenó con el legajo que sus asistentes le pasaron.

"Nos dimos cuenta de que su situación de vulnerabilidad, el hecho de ser mujer indígena y de vivir en una situación desfavorable económicamente, la hacía un objetivo fácil para un sistema de justicia que trata a unos como ciudadanos de primera y a otros como de segunda. Se suponía que nadie la iba a defender. Es posible que podamos acabar con esta pesadilla para Jacinta pronto", explica a EL PAÍS Antonio Tessada, representante en México de AI.

"El caso de Jacinta es un escándalo. Es una farsa de administración de justicia y un claro ejemplo de la justicia de segunda clase que suelen recibir en México las poblaciones indígenas", expresa Rupert Knox, investigador de Amnistía Internacional sobre México en la página de Internet del organismo. "Lo que le ha ocurrido demuestra el uso indebido que se está haciendo del sistema de justicia mexicano para procesar sin las debidas garantías a las personas más vulnerables. Se ha ido contra ella debido a su etnia, a su género y a su condición social", concluye Knox.

AI ha conseguido liberar, desde los años sesenta, a 40.000 presos de conciencia. "No dejaremos el caso hasta que sea liberada. No sé cuánto tiempo nos va a tomar, pero cada vez seremos más y más contundentes. Éste es el banderazo inicial. A partir de este momento todos los activistas de Amnistía Internacional alrededor del mundo estarán echando a andar su creatividad, su entrega, como siempre lo han hecho, para lograr ahora la liberación de Jacinta", dijo Tessada.

En México, dos preguntas rodean el caso de doña Jacinta. La primera es qué falta para que la Procuraduría General de la República (PGR), que es la querellante, se rinda ante la evidencia y desista de inculpar a la indígena y a dos mujeres que junto con ella fueron procesadas. Esa evidencia la han aportado no sólo los medios masivos de comunicación, sino organismos gubernamentales, como el Instituto Nacional de las Mujeres, o del Estado mexicano, como la Comisión Nacional de Derechos Humanos. Ayer, EL PAÍS pidió a la PGR una posición sobre el nuevo estatus de preso de conciencia de Jacinta. Contestó la fiscalía que necesitan dos días más para elaborar una respuesta. La segunda pregunta es cuántas personas más como Jacinta estarán hoy injustamente presas en México.

Salvador Camarena.

junio 26, 2009

Mal gusto



Me encontré en El País con que Amy Winehouse va a recibir unos dolarucos por una estupidez comercial: la imagen de la portada de su disco Back in black se va a vender también como papel para envolver regalos en una cadena de tiendas comercailes. Caray. Me gustan mucho las canciones de Amy Winehouse. Pero también sostengo que es una artista total: llamada a despertar pensamientos en las mentes de todos los aldeanos del mundo. Las letras de sus canciones, la originalidad de sus ritmos (originalidad provenitente del pasado, por cierto) y su estrafalaria forma de vestir. Me encanta; qué se le va a hacer.

Ésta es una foto que no había visto de ella. Tendré mal gusto, pero la encuentro muy interesante.

mayo 10, 2009

¿Y los virulentos intelectuales?

En una entrevista, le preguntaban a Rogelio Villarreal cierta bagatela sobre la poesía de Octavio Paz —pues como se sabe, Villarreal es secretamente paceano aunque lo niegue. Aquella ocasión, el periodista cultural jalisciense señaló que lo que más echaba de menos del Premio Nobel eran sus ensayos. “Siempre me gustaron más sus ensayos que su poesía”, dijo. “Me gustaría saber qué opina sobre lo que está pasando hoy en día”.

Tiempo después, se pudieron escuchar declaraciones parecidas de diversos periodistas de nuestro país. Eran los tiempos de la “marcha del silencio” contra la criminalidad en la Ciudad de México. Con justicia, algunos desearon ver a Carlos Fuentes, a Carlos Monsiváis, a Sergio Pitol, marchando por las calles de la ciudad, hombro a hombro con el casi millón de personas que exigían blanca y justificadamente un poco de paz en la desquiciada capital.

Ahora bien, pocas veces hemos estado tan desquiciados como en estos momentos. Desde que hace unas semanas iniciaron las medidas estatales para combatir la epidemia, me he puesto a pensar en ejemplos recientes que hayan conmocionado tanto a la vida nacional. Por no ir más lejos, creo que el ejemplo preciso son las elecciones de 2006: no había una sola persona que no tuviera alguna opinión, aunque muchas veces se tratara de opiniones más bien absurdas.

Pero del mismo modo que en 2006, hoy día faltan comentarios sensatos y desapasionados sobre lo que estamos atravesando. Del mismo modo que en esas elecciones, también ahora disponemos de mucha información (estadísticas de mortalidad, localización de las víctimas y edades de los muertos), mas, así y todo, pocos o nadie comprende lo que ocurre verdaderamente. No me refiero a la ridiculez de quienes piensan que este virus es una treta fraguada desde el alto círculo del Poder para crear una cortina de humo; me refiero a que disponemos de tanta información aislada e inconexa, que se torna imposible ver la situación en su conjunto. Conocer es apenas el comienzo hacia lo importante: saber.

No he encontrado (y juro que la he buscado) intervención más elocuente que la de Jorge Volpi en “La lógica viral”, artículo publicado el pasado viernes en El País. Aunque arroja luz para comprender el alcance de la ignorancia de la Humanidad ante la actual epidemia, me parece deseable un presente con más intelectuales aportando reflexiones que nos orienten en tan confusa y triste realidad como la que atravesamos en estos días de virus.

marzo 14, 2009

La revolución del pachuco

Como tantas otras en la historia nacional, la de los pachucos es una visión del mundo anacrónica y aun de mal gusto para nosotros, posmodernos. En efecto, los pachucos o pochos, pertenecen a una etapa muy añeja ya. Es imposible pensarlos sin que pongamos una sonrisa lastimera. Hablar de Tin Tan, el icono pachuco, es referirse a una etapa histórica muy precisa; más exactamente aún, es referirse a un ambiente particular situado en una capa social baja y de aparente indolencia e insensatez. Lo pachuco no es tan fácil como algo mitad mexicano, mitad norteamericano. En El laberinto de la Soledad, Octavio Paz lo supo verlo con precisión: “El pachuco no quiere volver a su origen mexicano; tampoco —al menos en apariencia— desea fundirse a la vida estadounidense. Todo en él es impulso que se niega a sí mismo, nudo de contradicciones, enigma. Y el primer enigma es su nombre mismo: pachuco, vocablo de incierta filiación, que dice nada y dice todo… Queramos o no, estos seres son mexicanos, uno de los extremos a que puede llegar el mexicano.” Su novedad empieza allí donde se deja de ser mexicano y estadounidense pero tampoco se es una fusión cualquiera.

Lo pocho tuvo su auge en los 40 y 50 del siglo xx mexicano. Por el escándalo que a la sazón gritaba y, cincuenta años después, sigue gritando su modo de vestir, y desde luego por el predominio de lo visual entre nosotros, se ha pensado que los pachucos no eran otra cosa que una suerte de espaldas mojadas ávidos de atraer la atención o, en el mejor de los casos, de hacerse con una estética propia que les diera identidad. De tal manera, se pasa por alto la consideración de otros elementos básicos de lo pocho.

Ciertamente, a ningún oído escapa la peculiaridad que los pochos introducen con su habla. Hay una escena notable en la película de 1945 El hijo desobediente. A Tin Tan, haciendo una jacarandosa presentación en un cabaret, se le desata la lengua: “Bendita sea la semilla del árbol de donde han sacado la madera para hacer el mango del martillo con el que clavaron la pida en donde te bautizaron, Garbosa”. Dice así, sin respirar, haciendo una especie de pastiche del veloz ritmo de los tangos argentinos. Ahora bien, en realidad ni Tin Tan ni ningún pachuco perseguía el pastiche estético. Las copias que hacen de las cosas no son estrictamente copias. Resultan de su búsqueda de una esencia propia. Ahora bien, lo cierto es que nunca buscaron dentro de sí mismos, sino en lo que les proveía el abigarramiento de la calle y la moda pasajera. El suyo era un mundo en todo momento transitorio. Su esencia es, pues, el paso, el traslape, el trueque cultural.

¿Por qué prevalece con tanta originalidad lo pocho? Contra lo que pudiera pensarse, no es por su forma de vestir. Es por su forma de pensar. ¿Cuál es su forma de pensar? Lo único que podemos saber es a través de su forma de expresarse, de hablar, por su creación del habla chicana. Ya se sabe: sólo la palabra nos diferencia de los animales; en lo demás, somos mucho menos que ellos. De modo que transgredir con éxito el status quo lingüístico no es menos que una victoria inobjetable. Los pochos fueron contestatarios y revolucionarios porque le declararon la guerra al conservadurismo lingüístico, y salieron airosos. Y lo hicieron desde abajo: su base de acción está en las capas sociales más humildes. Así, fueron los pachucos una jacarandosa manera de hacer la revolución en México.

febrero 17, 2009

Ante la crisis, leer

Cada tanto tiempo nos asaltan preguntas existenciales que nos ponen a reflexionar sobre nuestras ocupaciones. Como el carro que se enfrena a mitad del camino, nosotros nos paramos en seco, rascándonos la cabeza, sin saber hacia dónde nos arrastra la vida. Desde luego, esto nos preocupa, y algunos toman decisiones radicales. El maestro de matemáticas que, de súbito, se queda de pie con el borrador en la mano y la mirada perdida: ¿para qué carajos doy clases día con día, si a ningún alumno le interesan los números? El viejo arquitecto que no se atrevió a ser escultor: ¿por qué contrato apasionados escultores para decorar los edificios que yo repudio construir? El ama de casa que soñaba con ser doctora de bata blanca: ¿No sirvo para otra cosa que cocinar y lavar calzones? El bombero de la ciudad sin incendios: ¡Cada día engordo más, no puedo ni sofocar a soplos la llama de una vela! El obrero de la industria automotriz, el taxista, el contador, el socorrista, cada uno habrá entrado en discusiones existenciales consigo mismo. Cierto que cada cual tendrá sus motivos particulares, pero es indiscutible que los momentos de crisis propician no sin dolor este tipo de reflexiones.

Desde hace unos meses, tenemos a la crisis económica metida en lo más profundo de nuestras vidas. Y explicar los motivos y los futuros de esta crisis, no es una cuestión cualquiera. Sin embargo, no es fácil conceder a los políticos mucho de lo que nos aseguran. Sería mucho más conveniente conocer los vaticinios que tienen los expertos en materia financiera sobre los momentos difíciles que se avecinan. Por lo pronto, no tenemos más asidero que los pésimos barruntos que hay para los tiempos por venir. Lo triste es que parecen muy verosímiles. Basta con saber que de enero a esta parte se han perdido 450 mil empleos en el país, y que el crecimiento económico mexicano previsto por gente seria (léase Guillermo Ortiz) es de: cero. Es decir, las opciones que tenemos por delante son reducir nuestros gastos al mínimo, ahorrar lo más que se pueda y, en el peor de los casos, encomendarnos al santo de nuestra devoción. Pero insisto: ¿creerle a los políticos? En las últimas semanas, se han peleado no ya por buscar alguna salida al tamaño problema de la crisis, sino por ver a quién le asiste la razón, en vista de sus bonos electorales. La izquierda está por que el país se va a desfondar al precipicio; la derecha, por que el país estará mejor preparado que nunca ante la crisis. Un espectáculo vergonzante.

Pero en el cruce formado por esta crisis económica y por las ocupaciones de cada uno de nosotros, se abre un espacio para destacar una cuestión. Hasta el momento, no he conocido amigo alguno al que de joven sus padres no le hayan sugerido que no se metiera a la literatura o a cuestiones semejantes. Y resulta que para todos nosotros, esos intentos de disuasión han sido excelentes acicates para emperrarnos más en nuestras veleidades librescas. Una palabra a los padres de familia: den un espaldarazo a sus hijos con inquietudes literarias: como desconfían de ustedes, desconfiarán de su consejo y se van a meter de abogados. Ahora bien, una vez metidos hasta el fondo del ámbito de leer y escribir con fruición, no falta la ocasión a media noche en que nos asalten las dudas existenciales. ¿Lo estaré haciendo bien? O más románticas: ¿Esto que escribo le gustará a mi mujer? O estúpidas: ¿me estará quedando bien este cuento? O mezquinas: ¿le va a gustar a los editores? Pero, después de todo, son preguntas que a media noche de café y cigarrillos a cualquiera se le pueden presentar, y se solucionan resignándose a dormir.

Sin embargo, ante esta crisis económica, financiera, monetaria y de flujos (¿alguien comprende las diferencias entre uno y otro terminajo?), los que han decidido meterse al siempre vituperado camino de las letras y las humanidades, tienen una obligación. Y está allí donde sabemos que las reflexiones al mismo tiempo agudas y serenas son las que nos ayudarán a avanzar en el atolladero, no desde el sistema social, sino desde el más íntimo de los ámbitos. Desde el espacio —por ponerle un nombre— espiritual. No es la primera vez que lo digo, y no será la última. Soy de los que creen firmemente que el poder de las disciplinas humanas y de las artes puede cambiar para bien al mundo. Y no sólo eso, la ONU reconoce que invertir un peso en México, o un dólar en EE UU, o un bolívar en Venezuela, un chavito en Cuba o un quetzal en Honduras, en cuestiones de cultura y arte, se multiplica como el pan y los peces, en proporciones bíblicas. ¿Que los políticos jamás lo entenderán? Pero si nos fiamos a las decisiones de ellos, entonces tendríamos que creer que la actual no es una crisis económica sino algo pasajero y, aun, beneficioso. Hay que recapacitar y tomar un rumbo inédito en materia de cultura. No de políticas culturales, sino de hábitos personales.

No sin pesar, se admite que los que vienen no son los mejores tiempos. Posiblemente escasee el empleo y, ay, la comida para los más desposeídos. Cuesta concebir cómo harán frente a la crisis los pobres entre los pobres. Y aunque no se trata de una solución que llevará pan a la boca de los hambrientos, creo que ante la crisis, un remedio muy barato y de frutos grandiosos es el del placer de la lectura. Por mucho tiempo de crisis personal, yo pedía prestados libros a la biblioteca pública y siempre tuve lleno de ejemplares mi taburete de trabajo; de modo que la escasez de dinero no es un pretexto válido para no explorar los mundos que nos ofrece el placer de la lectura. Algunos dirán que es falta de hábito o de tiempo. Yo creo que ver televisión 8 horas cada día antes que ser provechoso es penoso, y por supuesto que requiere hábito constante y tiempo considerable. En estos tiempos de crisis, hagamos algo barato y provechoso. Leamos. Y seguramente cada vez que entremos en crisis económica y existencial, nuestra ágil y sensible cabeza va a abrirnos mejores y más hermosos porvenires.

Qué le vamos a hacer

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Luis Frías
Desde chico tenía ganas de escribir un diario, o algo así. Pero era cosa de niñas. Este blog es lo menos afeminado que encontré.
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