Tiraderrotas

El blog de Luis Frías

junio 26, 2009

Mal gusto



Me encontré en El País con que Amy Winehouse va a recibir unos dolarucos por una estupidez comercial: la imagen de la portada de su disco Back in black se va a vender también como papel para envolver regalos en una cadena de tiendas comercailes. Caray. Me gustan mucho las canciones de Amy Winehouse. Pero también sostengo que es una artista total: llamada a despertar pensamientos en las mentes de todos los aldeanos del mundo. Las letras de sus canciones, la originalidad de sus ritmos (originalidad provenitente del pasado, por cierto) y su estrafalaria forma de vestir. Me encanta; qué se le va a hacer.

Ésta es una foto que no había visto de ella. Tendré mal gusto, pero la encuentro muy interesante.

mayo 10, 2009

¿Y los virulentos intelectuales?

En una entrevista, le preguntaban a Rogelio Villarreal cierta bagatela sobre la poesía de Octavio Paz —pues como se sabe, Villarreal es secretamente paceano aunque lo niegue. Aquella ocasión, el periodista cultural jalisciense señaló que lo que más echaba de menos del Premio Nobel eran sus ensayos. “Siempre me gustaron más sus ensayos que su poesía”, dijo. “Me gustaría saber qué opina sobre lo que está pasando hoy en día”.

Tiempo después, se pudieron escuchar declaraciones parecidas de diversos periodistas de nuestro país. Eran los tiempos de la “marcha del silencio” contra la criminalidad en la Ciudad de México. Con justicia, algunos desearon ver a Carlos Fuentes, a Carlos Monsiváis, a Sergio Pitol, marchando por las calles de la ciudad, hombro a hombro con el casi millón de personas que exigían blanca y justificadamente un poco de paz en la desquiciada capital.

Ahora bien, pocas veces hemos estado tan desquiciados como en estos momentos. Desde que hace unas semanas iniciaron las medidas estatales para combatir la epidemia, me he puesto a pensar en ejemplos recientes que hayan conmocionado tanto a la vida nacional. Por no ir más lejos, creo que el ejemplo preciso son las elecciones de 2006: no había una sola persona que no tuviera alguna opinión, aunque muchas veces se tratara de opiniones más bien absurdas.

Pero del mismo modo que en 2006, hoy día faltan comentarios sensatos y desapasionados sobre lo que estamos atravesando. Del mismo modo que en esas elecciones, también ahora disponemos de mucha información (estadísticas de mortalidad, localización de las víctimas y edades de los muertos), mas, así y todo, pocos o nadie comprende lo que ocurre verdaderamente. No me refiero a la ridiculez de quienes piensan que este virus es una treta fraguada desde el alto círculo del Poder para crear una cortina de humo; me refiero a que disponemos de tanta información aislada e inconexa, que se torna imposible ver la situación en su conjunto. Conocer es apenas el comienzo hacia lo importante: saber.

No he encontrado (y juro que la he buscado) intervención más elocuente que la de Jorge Volpi en “La lógica viral”, artículo publicado el pasado viernes en El País. Aunque arroja luz para comprender el alcance de la ignorancia de la Humanidad ante la actual epidemia, me parece deseable un presente con más intelectuales aportando reflexiones que nos orienten en tan confusa y triste realidad como la que atravesamos en estos días de virus.

marzo 14, 2009

La revolución del pachuco

Como tantas otras en la historia nacional, la de los pachucos es una visión del mundo anacrónica y aun de mal gusto para nosotros, posmodernos. En efecto, los pachucos o pochos, pertenecen a una etapa muy añeja ya. Es imposible pensarlos sin que pongamos una sonrisa lastimera. Hablar de Tin Tan, el icono pachuco, es referirse a una etapa histórica muy precisa; más exactamente aún, es referirse a un ambiente particular situado en una capa social baja y de aparente indolencia e insensatez. Lo pachuco no es tan fácil como algo mitad mexicano, mitad norteamericano. En El laberinto de la Soledad, Octavio Paz lo supo verlo con precisión: “El pachuco no quiere volver a su origen mexicano; tampoco —al menos en apariencia— desea fundirse a la vida estadounidense. Todo en él es impulso que se niega a sí mismo, nudo de contradicciones, enigma. Y el primer enigma es su nombre mismo: pachuco, vocablo de incierta filiación, que dice nada y dice todo… Queramos o no, estos seres son mexicanos, uno de los extremos a que puede llegar el mexicano.” Su novedad empieza allí donde se deja de ser mexicano y estadounidense pero tampoco se es una fusión cualquiera.

Lo pocho tuvo su auge en los 40 y 50 del siglo xx mexicano. Por el escándalo que a la sazón gritaba y, cincuenta años después, sigue gritando su modo de vestir, y desde luego por el predominio de lo visual entre nosotros, se ha pensado que los pachucos no eran otra cosa que una suerte de espaldas mojadas ávidos de atraer la atención o, en el mejor de los casos, de hacerse con una estética propia que les diera identidad. De tal manera, se pasa por alto la consideración de otros elementos básicos de lo pocho.

Ciertamente, a ningún oído escapa la peculiaridad que los pochos introducen con su habla. Hay una escena notable en la película de 1945 El hijo desobediente. A Tin Tan, haciendo una jacarandosa presentación en un cabaret, se le desata la lengua: “Bendita sea la semilla del árbol de donde han sacado la madera para hacer el mango del martillo con el que clavaron la pida en donde te bautizaron, Garbosa”. Dice así, sin respirar, haciendo una especie de pastiche del veloz ritmo de los tangos argentinos. Ahora bien, en realidad ni Tin Tan ni ningún pachuco perseguía el pastiche estético. Las copias que hacen de las cosas no son estrictamente copias. Resultan de su búsqueda de una esencia propia. Ahora bien, lo cierto es que nunca buscaron dentro de sí mismos, sino en lo que les proveía el abigarramiento de la calle y la moda pasajera. El suyo era un mundo en todo momento transitorio. Su esencia es, pues, el paso, el traslape, el trueque cultural.

¿Por qué prevalece con tanta originalidad lo pocho? Contra lo que pudiera pensarse, no es por su forma de vestir. Es por su forma de pensar. ¿Cuál es su forma de pensar? Lo único que podemos saber es a través de su forma de expresarse, de hablar, por su creación del habla chicana. Ya se sabe: sólo la palabra nos diferencia de los animales; en lo demás, somos mucho menos que ellos. De modo que transgredir con éxito el status quo lingüístico no es menos que una victoria inobjetable. Los pochos fueron contestatarios y revolucionarios porque le declararon la guerra al conservadurismo lingüístico, y salieron airosos. Y lo hicieron desde abajo: su base de acción está en las capas sociales más humildes. Así, fueron los pachucos una jacarandosa manera de hacer la revolución en México.

febrero 17, 2009

Ante la crisis, leer

Cada tanto tiempo nos asaltan preguntas existenciales que nos ponen a reflexionar sobre nuestras ocupaciones. Como el carro que se enfrena a mitad del camino, nosotros nos paramos en seco, rascándonos la cabeza, sin saber hacia dónde nos arrastra la vida. Desde luego, esto nos preocupa, y algunos toman decisiones radicales. El maestro de matemáticas que, de súbito, se queda de pie con el borrador en la mano y la mirada perdida: ¿para qué carajos doy clases día con día, si a ningún alumno le interesan los números? El viejo arquitecto que no se atrevió a ser escultor: ¿por qué contrato apasionados escultores para decorar los edificios que yo repudio construir? El ama de casa que soñaba con ser doctora de bata blanca: ¿No sirvo para otra cosa que cocinar y lavar calzones? El bombero de la ciudad sin incendios: ¡Cada día engordo más, no puedo ni sofocar a soplos la llama de una vela! El obrero de la industria automotriz, el taxista, el contador, el socorrista, cada uno habrá entrado en discusiones existenciales consigo mismo. Cierto que cada cual tendrá sus motivos particulares, pero es indiscutible que los momentos de crisis propician no sin dolor este tipo de reflexiones.

Desde hace unos meses, tenemos a la crisis económica metida en lo más profundo de nuestras vidas. Y explicar los motivos y los futuros de esta crisis, no es una cuestión cualquiera. Sin embargo, no es fácil conceder a los políticos mucho de lo que nos aseguran. Sería mucho más conveniente conocer los vaticinios que tienen los expertos en materia financiera sobre los momentos difíciles que se avecinan. Por lo pronto, no tenemos más asidero que los pésimos barruntos que hay para los tiempos por venir. Lo triste es que parecen muy verosímiles. Basta con saber que de enero a esta parte se han perdido 450 mil empleos en el país, y que el crecimiento económico mexicano previsto por gente seria (léase Guillermo Ortiz) es de: cero. Es decir, las opciones que tenemos por delante son reducir nuestros gastos al mínimo, ahorrar lo más que se pueda y, en el peor de los casos, encomendarnos al santo de nuestra devoción. Pero insisto: ¿creerle a los políticos? En las últimas semanas, se han peleado no ya por buscar alguna salida al tamaño problema de la crisis, sino por ver a quién le asiste la razón, en vista de sus bonos electorales. La izquierda está por que el país se va a desfondar al precipicio; la derecha, por que el país estará mejor preparado que nunca ante la crisis. Un espectáculo vergonzante.

Pero en el cruce formado por esta crisis económica y por las ocupaciones de cada uno de nosotros, se abre un espacio para destacar una cuestión. Hasta el momento, no he conocido amigo alguno al que de joven sus padres no le hayan sugerido que no se metiera a la literatura o a cuestiones semejantes. Y resulta que para todos nosotros, esos intentos de disuasión han sido excelentes acicates para emperrarnos más en nuestras veleidades librescas. Una palabra a los padres de familia: den un espaldarazo a sus hijos con inquietudes literarias: como desconfían de ustedes, desconfiarán de su consejo y se van a meter de abogados. Ahora bien, una vez metidos hasta el fondo del ámbito de leer y escribir con fruición, no falta la ocasión a media noche en que nos asalten las dudas existenciales. ¿Lo estaré haciendo bien? O más románticas: ¿Esto que escribo le gustará a mi mujer? O estúpidas: ¿me estará quedando bien este cuento? O mezquinas: ¿le va a gustar a los editores? Pero, después de todo, son preguntas que a media noche de café y cigarrillos a cualquiera se le pueden presentar, y se solucionan resignándose a dormir.

Sin embargo, ante esta crisis económica, financiera, monetaria y de flujos (¿alguien comprende las diferencias entre uno y otro terminajo?), los que han decidido meterse al siempre vituperado camino de las letras y las humanidades, tienen una obligación. Y está allí donde sabemos que las reflexiones al mismo tiempo agudas y serenas son las que nos ayudarán a avanzar en el atolladero, no desde el sistema social, sino desde el más íntimo de los ámbitos. Desde el espacio —por ponerle un nombre— espiritual. No es la primera vez que lo digo, y no será la última. Soy de los que creen firmemente que el poder de las disciplinas humanas y de las artes puede cambiar para bien al mundo. Y no sólo eso, la ONU reconoce que invertir un peso en México, o un dólar en EE UU, o un bolívar en Venezuela, un chavito en Cuba o un quetzal en Honduras, en cuestiones de cultura y arte, se multiplica como el pan y los peces, en proporciones bíblicas. ¿Que los políticos jamás lo entenderán? Pero si nos fiamos a las decisiones de ellos, entonces tendríamos que creer que la actual no es una crisis económica sino algo pasajero y, aun, beneficioso. Hay que recapacitar y tomar un rumbo inédito en materia de cultura. No de políticas culturales, sino de hábitos personales.

No sin pesar, se admite que los que vienen no son los mejores tiempos. Posiblemente escasee el empleo y, ay, la comida para los más desposeídos. Cuesta concebir cómo harán frente a la crisis los pobres entre los pobres. Y aunque no se trata de una solución que llevará pan a la boca de los hambrientos, creo que ante la crisis, un remedio muy barato y de frutos grandiosos es el del placer de la lectura. Por mucho tiempo de crisis personal, yo pedía prestados libros a la biblioteca pública y siempre tuve lleno de ejemplares mi taburete de trabajo; de modo que la escasez de dinero no es un pretexto válido para no explorar los mundos que nos ofrece el placer de la lectura. Algunos dirán que es falta de hábito o de tiempo. Yo creo que ver televisión 8 horas cada día antes que ser provechoso es penoso, y por supuesto que requiere hábito constante y tiempo considerable. En estos tiempos de crisis, hagamos algo barato y provechoso. Leamos. Y seguramente cada vez que entremos en crisis económica y existencial, nuestra ágil y sensible cabeza va a abrirnos mejores y más hermosos porvenires.

febrero 01, 2009

El cuento perfecto


Con la pretensión de continuar la charla, no supe qué otra cosa preguntar. ¿Cuál es tu canción favorita? Es natural que aquel hombre se diera la vuelta y me dejara con la palabra en la boca. ¡Cómo preguntar algo tan insolente! Había encarnado en una de las actitudes menos deseables del hombre con una poca de vergüenza. La de preguntar cosas inocuas sólo por empezar la charla. Máxime, cuando se trata de inquirir para conocer de tu película favorita, la canción que más te gusta, el libro que te marcó de por vida. Porque quien reconoce tener un gusto específico, despierta punto menos que tristeza: no es capaz más que de disfrutar una ración pobre de todo el pastel cultural. El penoso espectáculo de la parcialidad, del sectarismo, por encima de la pluralidad. Recientemente, en una reunión de viejos amigos, alguien me preguntaba cortésmente por mi libro preferido. Además de que evidentemente me quedé trabado por mi forma de pensar respecto de esas preguntas, lo cierto es que me pareció deshonesto dar una respuesta. Afortunadamente, cuando me incorporé y estaba dispuesto a explicar que me sería imposible ofrecer un título concreto, aquel ya se había girado para otra parte y platicaba con cierta vieja amiga. Pensaba explicarle lo que creía. Que tengo en este momento puede ser que me guste mucho la literatura rusa. Pero que de joven me fascinó la literatura mexicana contemporánea; y que hasta hace un tiempo, la literatura de Ricardo Garibay era mi predilecta. Pero iba a decirle que, en realidad, mis gustos han sido pasajeros. Hubiera modificado la frase de Groucho Marx: “Éstos son mis principios. ¿No te gustan? No te preocupes: tengo otros”. Le habría dicho que en un tiempo, pude dar la vida por cierto libro, pero que ahora me apenaba de haberlo leído. Deseé que él primero hablara de sus gustos literarios, de modo que yo me limitaría a la comodidad de asentir a todas sus inclinaciones librescas. Pero todo puede cambiar de manera abrupta. Sencillamente porque sí. Del mismo modo que un buen día te levantas y decides separarte de la mujer que tienes a un lado, igual un día cobras conciencia de que todas tus palabras eran palabrería. A quién no le ha pasado. Aunque, a decir verdad, lo que quiero explicar no es necesariamente un radical cambio de parecer, sino la adopción de un matiz. Dijéramos que no es cambiar de mujer, sino pasar menos tiempo con ella, o quizás engañarla un poco más. El hecho es que siempre había sostenido que la novela es el género literario más complejo de todos los demás. No que a mi juicio fuera el mejor, sino el más complicado. Pues bien, aunque no he abandonado esa creencia fundada, también he comprobado lo que ya sabían Juan Rulfo, Jorge Luis Borges y julio Cortázar y, más atrás, Guy de Maupassant, Antón Chéjov y Marcel Shwob: que el cuento puede ser tan o más elaborado y meritorio como la novela que más. Hace una semana, en las páginas del periódico español El País se le dedicó un amplio espacio a la discusión del género del cuento. La cuestión era revalorar el género en los tiempos que corren. Desde luego que no se perdió oportunidad de lamentar, como siempre, el pobre quórum que despiertan los libros de cuentos entre el público lector. (¡Y eso que no se habló de la poesía!) Y también se aprovechó la ocasión del aniversario 200 de Edgar Allan Poe, gran cuentista, para que se le celebrara y aplaudiera el grande mérito de haber perfeccionado la literatura negra y detectivesca. Pero en realidad, el objetivo parecía más bien hacer publicidad a los escritores españoles que últimamente se han dedicado a escribir libros de cuentos. En todo caso, lo cierto es que la situación coincidió con un periodo personal dedicado a la escritura, lectura y análisis de cuentos muy específicos. De tal modo, me he entrampado a los cuentos de Julio Cortázar y he re-descubierto lo que siempre me dijeron en la universidad sobre el cuento: si no es perfecto, no es. Pero qué carajos es un cuento perfecto. Una maestra que en la carrera de Letras gastaba mucha saliva hablando de cuentos, siempre decía que debía ser redondo. Seguramente ni siquiera ella sabía qué quería decir: pues que yo sepa, jamás escribió, y sospecho que jamás escribirá ningún cuento. Las reglas de Vladimir Propp en su Morfología del cuento tampoco pueden tomarse a pie juntillas: quiero decir, sirven para el cuento fantástico, pero nada más… Y, por otra parte, ¿basta con un manual de cuentos para que hagamos un buen cuento, un cuento perfecto? De poco me sirvió asistir religiosa y puntualmente a un curso-taller para escribir cuentos. El tiempo se gastaba en que mi tallerista leía en voz alta un cierto tipo de cuentos, y nosotros debíamos escribir algo parecido, que después todos compartíamos en voz alta. Tal vez la mejor recomendación que nos dio fue: “si aparece un clavo en el cuento, que ese clavo se use para algo. Aunque sea para colgar al autor del cuento, por malo”. Otra sugerencia, la mejor, fue leer muchos cuentos. Por lo que a mí respecta, me gusta un gran número cuentos: pero sigo creyendo que los de Cortázar parecen estar especialmente hechos para lectores como yo. Lectores con un pie en el cariño por Latinoamérica, y el otro, en varios lugares: la luna, la alcoba, la farmacia, el camión, el museo, el féretro. En este año, pasaré varios meses metido en leer cuentos y compartir mi gusto por ellos. No tengo muchas opciones: debo reconocer que en este momento los de Julio Cortázar son los cuentos que más me gustan. Pero ayer, eran los de Borges. Y mañana, no sé. Lo que debo admitir es que cuando me pregunten cuál es el género literario que más me gusta, no necesariamente voy a variar mi punto de vista. Pero al tiempo que considero la novela lo más complicado y estructurado, también pienso que el cuento posee “un no se qué que queda balbuciendo”, escribiría San Juan de la Cruz. Algo verdaderamente inefable, que mis maestros querían explicar diciendo “redondo”. Cada vez que alguien me pregunte insolentemente por mi género predilecto, secretamente pensaré que quizás es el cuento.

enero 28, 2009

Los hijos de Poe...



...así se titula el artículo de Fernando Savater que aparece en el "Babelia" más reciente de El País. Debo confesar que de unos días a esta parte me he abocado a la escritura de cuentos. Y se cumple un aniversario luctuoso importante para Edgar Allan Poe. Y cualquier lo sabe: imposible enforcarse a escribir cuentos sin releer a Poe y a todo lo que gire alrededor suyo. Por lo demás, encontré francamente hermoso el siguiente artículo de Savater:





De pocos autores puede decirse que hayan dado origen a un nuevo género literario, pero a Edgar Allan Poe se le atribuye a justo título la paternidad de dos: el cuento fantástico moderno y la narración detectivesca. Dejemos en esta ocasión a un lado a Dupin y su progenie de sabuesos. Poe introduce en literatura el virus hasta hoy felizmente incurable de una nueva forma de lo macabro y lo espeluznante, elementos ancestrales de los relatos desde que los primeros humanos se sentaron a escucharlos en torno al fuego recién inventado, mientras en la negrura circundante acechaban los tigres de dientes de sable y barritaban los mamuts. Sin duda el autor norteamericano toma algunos ingredientes para su pócima -la comicidad grotesca, los personajes caricaturescos y las visiones opiáceas- del inevitable E. T. A. Hoffmann, pero su receta es absolutamente personal. Para empezar, descarta las concesiones a la superstición, a la leyenda milagrosa y a los demonios de sacristía. Su pánico no viene de fuera sino que nace en el interior descreído del hombre moderno. Como bien aclara en el prefacio de sus Cuentos de lo grotesco y arabesco con orgullo de precursor: "Si el terror ha sido el tema de buena parte de mis obras, este terror no proviene de Alemania sino de mi alma".

En sus narraciones lo sobrenatural siempre es la prolongación de lo natural por otros medios: lo que desafía a las leyes de la naturaleza es la subjetividad que las interpreta y quisiera transgredirlas hasta sacudirse su yugo fatal. En la mayor parte de los casos los cuentos están narrados en primera persona para que el lector tenga menos escapatoria cuando llegue lo irremediable. Sus protagonistas llevan dentro de sí una grieta precursora del inminente desastre, como la fachada de la casa Usher. Por esa grieta penetran -o salen- los espectros encarnados del pavor. Pero no hay en dichos relatos concesiones a la vaguedad ni la incoherencia de corte romántico: son artefactos lógicos, de precisión clínica, en los que cada acontecimiento y cada detalle ambiental se encaminan a producir un efecto único y traumático. Por eso resultan inolvidables y hasta quienes menos aprecian sus recursos truculentos no pueden ya librarse nunca de lo que les sucedió al encontrarse por vez primera con el corazón delator o cuando conocieron al señor Valdemar.

Es difícil comprimir en pocas líneas la nómina de seguidores que tiene Poe, tanto entre los escritores como primordialmente entre los lectores, aunque naturalmente sólo puedo referirme con nombres y apellidos a aquellos. Los primeros estuvieron, por supuesto, en su propio país, como su contemporáneo de origen irlandés Fitz James O'Brien (su impresionante cuento ¿Qué era aquello? prefigura El Horla de Maupassant y las pesadillas de Lovecraft, ambos también discípulos del bostoniano) o Ambrose Bierce, el mejor de todos por su humor macabro y el trato familiar con fantasmas, que sólo igualará M. R. James. Después Baudelaire lo importa a Europa y así impregna a los mejores de cada país: Villiers de l'Isle-Adam, Gustavo Adolfo Bécquer (algunas de sus Leyendas cuentan entre lo más exquisito del género), Sheridan Le Fanu o el mismísimo Charles Dickens. Quizá el mejor heredero de Poe sea R. L. Stevenson, no sólo en la obra maestra Jeckyll y Hyde sino también en Olalla o Markheim. Después, Arthur Machen, El retrato de Dorian Gray de Oscar Wilde y la lista inacabable de los contemporáneos: Borges, que sigue la línea lógica y cosmológica menos frecuentada, Robert E. Howard (Palomos del infierno, La sombra de la bestia), Ray Bradbury, Julio Cortázar, Richard Matheson (¡aquella negra maravilla de tres páginas con que se dio a conocer, Nacido de hombre y mujer!), Robert Bloch, Jean Ray, Stephen King o buenos autores españoles como José María Latorre o Pilar Pedraza... Porque ¿quién de los que ayer o incluso hoy mismo de verdad cuentan no sigue la traza de Poe, es decir, su poe-ética?

Lamentamos que su vida fuese breve, como si supiésemos cuánto debe durar la vida de cada cual para realizarse plenamente. Y le compadecemos porque fue desdichado, atendiendo superficialmente a su neurosis, a su pobreza, a la pérdida temprana de su amada Virginia, a su alcoholismo... Demasiada presunción por parte de nosotros, los felices. ¿Desdichado? Nada sabemos del gozo sombrío de inaugurar esa alameda rigurosa y siniestra por la cual aún transitamos, con la jauría infernal en los talones. Quizá él nos espera, sonriente y verdoso, al otro lado.

enero 27, 2009

Sosa cáustica

Todos creen que esta historia comienza alguna fría madrugada en que, hecho un manojo de nervios, jaló por primera vez el gatillo y, lejos de entrar en crisis, sintió gran satisfacción al ver morir a aquel muchacho. Lo tienen por un maldito, asesino y violador de muchachas. Cierto que ha hecho todo eso y otras bajezas inenarrables. Pero, ¿qué importancia tienen las vidas de una retahíla de estudiantes mediocres, cuando está de por medio tanto poder? No hay que equivocarse tachándolo de criminal. No hay que quedarse cortos: es un epígono ejemplar de Maquiavelo. Y cuando el fin justifica los medios, controlar el poder absoluto admite asesinar, violar y todas esas lindezas que este hombre domina bien. En el fondo, es un verdadero artista. Cero cerebral, todo visceral. Un artista al que no le quita el sueño la nota musical perfecta ni el verso hermoso, sino el poder y sus consecuencias. Definitivamente, se equivocan los que ven en él a un asesino. Es un artista del poder eterno. Pues bien, su historia comienza cuando advirtió que nadie tenía los pantalones suficientes para plantársele de tú a tú. Así, el poder a punta de pistola, todo ese dinero sucio, la amplitud de sus dominios, todo eso, no son sino accesorios para alguien como él.

Nació un día de julio de 1955, en el municipio de Acaxochitlán, Hidalgo, muy cerca de Tulancingo. En el valle otomí-tepehua, allí donde hay tanta pobreza económica como abundancia en verdes terraplenes y árboles frondosos. En la página de internet de una de sus sucursales, se informa que hizo los estudios elementales en primarias y secundarias públicas. Conviene apresurarse diciendo que, después de hacer el bachillerato en la Prepa 2 de Tulancingo, se licenció en Derecho por la Universidad Autónoma del Estado de Hidalgo. También estudió una maestría en Criminalística y, para admiración de los lambiscones, le gusta decir que cursó un diplomado en Harvard. Nadie puede comprobarlo. Luego viene lo mejor, cuando presidió la Federación de Estudiantes Universitarios de Hidalgo, el Club de Fútbol Pachuca y el Sindicato Único de Trabajadores al Servicio de los Poderes del Estado de Hidalgo. Vaya rápida ascendencia laboral. Pero fue su paso por la rectoría de una universidad lo que lo dejó marcado.

Habilidoso con los puños y la pistola, la suya es una fama ganada con nervio indoblegable. Y es que si todos te saben criminal y tú ni siquiera te inmutas, habla de alguien con admirable sangre fría. Alguien cuyas miras llegan muy lejos. Aunque nadie se sorprenda ya, no deja de resultarme admirable que un matón de sus años juveniles se haya convertido en su madurez en rector de una universidad: para más señas, de la universidad de donde yo egresé. Testimonios sobran, pero hay los que se ufanan en endilgarle hazañas que, en realidad, no creo que haya tenido el seso de cometer. ¿Matar a unos cuantos revoltosos? Pasa. ¿Secuestrar camiones y utilizarlos para la francachela amiguera? ¡Por qué no! ¿Violar a una que otra muchacha hermosa, y compartir el botín con mis amigos? Pero si es lo más común en este mundo. Ahora bien, ¿secuestrar a cientos de escolapios y torturarlos en un cubículo secreto de mis dominios universitarios? Para qué carajos. O bien, ¿amagar al Concejo Universitario para que le diera el título de licenciado, en vista de ser un burro vergonzante? Hablaría de una universidad más bien mezquina. Creer en cualquiera de estas dos versiones resulta necesariamente fantasioso. Lo más probable es que esta suma de dislates haya hecho que alguien como él, llamado a la manutención del poder a costa de lo que sea, esté teniendo tantos problemas de un tiempo a esta parte.

Porque en abril de 1998 fue nombrado nuevamente rector pero renunció más tarde, y se lanzó con gran fracaso en busca de la candidatura del Partidazo para el gobierno del estado. Pero en las siguientes elecciones ganó una diputación federal. También fue nombrado Presidente de la Comisión de diputados y formó parte de la Comisión de Tecnología y Educación Nacional, por eso de su diplomado harvardiano. Fue entonces cuando hizo una de sus mayores jugadas (en virtud de la cual, se duda de sus capacidades juveniles para tanta rapacidad): creó una Fundación. Desde ella se impulsó rumbo a la siguiente candidatura para gobernador. Sin embargo, supo que todo había sido en vano cuando se la dieron de presidente del Partidazo. Maloso como siempre, se dedicó a boicotearle todos los actos de campaña al candidato, hasta que terminaron por defenestrarlo. Y para demostrar que tiene muchos, consiguió la diputación federal este año se le terminará.

Ahora bien, los últimos no han sido sus mejores años. Desde su curul se ha dedicado a escupir y patalear contra el Partidazo, su Partidazo. Y su universidad ha hecho públicas varias cosas que han puesto nerviosos a los que detentan el poder estatal: como que el gobernador no terminó sus estudios. La larga lista se corona con dos casos recientes. Por un lado, la negativa del poder para convertir en Partido su Fundación. Y en segunda, su demanda contra un escritor, porque éste publicó un libro donde no dice más de lo que todos le conocemos.

En su libro, Alfredo Rivera se refiere a él: “Estudiante sin brillo, líder por la fuerza de su carácter y la certeza de sus puños, hábil para crear alianzas, bronco comandante de sus subordinados, enemigo temible, se hizo dirigente estudiantil y desde el cargo inventó una nueva Federación de Estudiantes Universitarios de Hidalgo (FEUH). Utilizó a los estudiantes, protegió a los vándalos, amedrentó a los profesores, propició enfrentamientos y terror, cimentó su fuero sobre la fuerza de los golpes y de las armas. Todo con un fin: tener el poder".
Mal signo: un ex rector universitario y diplomado de Harvard que denuncia legalmente a un escritor por escribir la verdad. Pero después de todo, también lo más natural: es un artista cuya obsesión es el poder a toda costa. Por lo demás, todos sabíamos que lo haría: son famosas las hazañas malvadas que ofrece su sosa cáustica.

enero 15, 2009

Qué flojera

Con sus fiestas y todo, diciembre puede ser tan despreciable como cualquier domingo y su odiosa parsimonia. A los kilos de más en la panza y el trasero que nos heredan los excesos de fin de año, se vienen a sumar las fiestas de enero con los tontos regalos para los niños y las roscas de Reyes con champurrado en las oficinas. ¡Y qué decir de las deudas impagables que quedan después de esta parafernalia! Aquel verso resulta de gran encanto: “para los gatos todos los días son lunes, para los perros domingo”. Aunque nunca podré preferir la compañía de ningún felino por encima de un can de raza Labrador, lo cierto es que cada semana odio la duermevela de los domingos y cada año, su perfecto trasunto anual, que es diciembre. Dado el nefasto panorama para nuestros bolsillos que se extiende ante la vista de todos, conviene reparar en cuánta culpa tiene este odioso mes.

Y es que estamos muy equivocados. Por comodidad o por pereza, solemos creer a pie juntillas en lo que nos dicen los expertos sobre finanzas y política, por poner dos casos, antes que averiguar la verdad sobre lo que nosotros sospechamos. No creo ser el único en desear que los conocedores estén en un error en cuanto a sus trémulos vaticinios económicos para este año. (A los románticos solo les diré una cosa: que lance la primera piedra el que no se preocupe por el dinero.) Sin embargo, no se trata de descreer de las recomendaciones que nos invitan a no usar la tarjeta de crédito para adquirir deudas hasta en la peluquería. Qué carajos tuvo que suceder para que, absortos y confundidos, todos estemos rascándonos la cabeza en este punto de nuestra vida cuyo porvenir se adivina maldito: es una cuestión que tal vez podrán elucidar cabalmente los historiadores de la economía en unos cuantos años. Por lo pronto, hay que conformarse con buscar motivos en la feria de los dislates que, año con año, tenemos en este mes, el que sigue a diciembre.

Sucede siempre. En los últimos días del año, mientras todos se alistan para salir corriendo de la oficina y ponerse ropa holgada por varios días, los políticos que nos representan en el Poder definen las cosas más cruciales para todos. Mientras ellos aprueban y desaprueban leyes y presupuestos generales para el año que va a empezar, todos estamos desconectados de la realidad. La culpa no la tiene el descanso a veces harto indispensable. ¿Pero es imprescindible deformar el retozo en un ocio rayano en voluntaria oligofrenia mental? Resulta complicado definir qué es lo más triste del reposo decembrino: si el gozo auto inducido de tumbarse en la pereza total, o que los vendedores de cualquier producto se aprovechen de nuestro penoso estado mental y nos harten con novedosísimas idioteces que evidentemente no nos hacen falta.

Fue en una clase de antropología donde un investigador alemán de 2 metros y 140 kilos nos hizo ver a los estupefactos alumnos, que la culpa de los males no era sino nuestra. El grandulón aquel se desgañitaba gritándonos que perdíamos el tiempo en tratar de resolver las cuestiones de la vida. Nos ordenó que echáramos al cesto de la basura todas las idioteces que suponíamos. Nadie sino nosotros éramos los culpables de los males que nos abrumaban. No era la falta de dinero ni el hambre en el mundo lo que le preocupaba a aquel arrebatado alemán que venía de paso por el país. Lo que le enfermaba era que todos nosotros, viciosos de la ciudad y la dizque modernidad de la información, no aspirásemos a un futuro más allá del fin de semana y del pago quincenal. No se equivocaba cuando me gritó en el rostro, saliva de por medio, que la culpa la tenía nuestra aspiración al puro ocio. De modo que, cuando nuestros nietos nos inquieran por lo mejor que hicimos en nuestra vida, les responderemos inflando el pecho: haraganear.

Aunque se trata de una tradición que llevamos tatuada en los huesos de nuestra historia patria, es evidente que el mes de diciembre es la imagen perfecta –el pináculo de pináculos- de nuestras aspiraciones a no hacer nada que nos obligue a gastar calorías o a echar a andar los motores de nuestras neuronas. En un texto reciente para celebrar el medio siglo de su publicación, Alejandro Rossi trajo a cuento algo que se afirma en El laberinto de la soledad:

“Nuestro calendario está poblado de fiestas […] Cada año, el 15 de septiembre a las 11 de la noche, en todas las plazas de México celebramos la Fiesta del Grito; y una multitud enardecida efectivamente grita por espacio de una hora, quizá para callar mejor el resto del año. Durante los días que preceden y suceden al 12 de diciembre, el tiempo suspende su carrera, hace un alto y en lugar de empujarnos hacia un mañana siempre inalcanzable y mentiroso, nos ofrece un presente redondo y perfecto, de danza y juerga, de comunión y comilona en los más antiguo y secreto de México. El tiempo deja de ser sucesión y vuelve a ser lo que fue, y es, originalmente: un presente donde pasado y futuro se reconcilian”.

Pero lo que Octavio Paz describe con mexicanidad y serenidad, es lo mismo que aquí busco que despreciemos con no menos mexicanidad pero si con mucha más seriedad.

Aunque las cosas sean así y parezcan inamovibles, no deja de ser una muy mala suerte que los políticos tengan que aprobar el presupuesto general en diciembre, justo cuando ninguno de nosotros está ni siquiera se ha despejado los ojos de legañas. Y también que haya sido en diciembre cuando sucedió el estallido de la crisis, cuyos efectos hasta ahora, un mes más tarde, venimos a ver que son ciertos y nos ponen a temblar. Vaya momento en que, ¡ay tontos!, hemos pasado viendo, con anonadado amor hogareño, el pavo en el horno. Más que seguir reconfortándonos con la cercanía del fin de semana y con la seguridad de nuestro pago quincenal, debiéramos empezar a mandar al carajo todos esos hartazgos que, disfrazados de serenidad, trae consigo diciembre. Y aunque odie admitirlo, conviene empezar a ser menos como los adormilados perros, que como los nerviosos felinos, para quienes todos los días son lunes.

diciembre 07, 2008

Abogado del diablo Fuentes

No hace mucho, Mario Vargas Llosa afirmaba con graciosa crítica que el deporte nacional más redituable de nuestro país era hablar pestes de Carlos Fuentes. No sólo se trataba de cuestionarle su obra literaria cada vez más sumisa a los dictados del mercado editorial, sino lo que es más, que tomara posturas políticamente en complicidad con el Poder. ¿No se supone que un escritor debe ser como que heterodoxo por antonomasia? Era fácil advertir que la mayor parte de las apariciones de Fuentes tenían menos que ver con cosas literarias que con asuntos políticos. Y más o menos por las fechas en que Vargas Llosa afirmaba eso en su Diccionario del Amante de América Latina, Fuentes hacía declaraciones diciendo que Vicente Fox no pasaría a la historia como un pésimo ex presidente, pues en su sexenio el país no se había desfondado hacia el precipicio. Desde donde se encontrara, seguro Fox se arrepintió de no bautizar con el nombre de Carlos Fuentes la megabiblioteca Vasconcelos. Adicionalmente, los círculos de la izquierda no tardaron en escamotear cualquier pasado mérito literario de Carlos Fuentes. ¡Y cuando apareció criticando al embajador de Venezuela en México! Desde entonces Fuentes ha dado mucho que hablar, por no mencionar las celebraciones por su cumpleaños 80.

Éste ha sido el “mes Fuentes”. Hemos presenciado una desconsiderada, irracional celebración por un escritor importante, sí, y en todo caso imprescindible, pero fundamentalmente mañoso advenedizo en el mapamundi de la literatura mexicana e hispanoamericana. Con las fiestas de Fuentes pasa como con la Coca-cola: a la marca todos la conocemos y la consumimos sin cuestionamientos, de modo que la intención de la publicidad es enraizar nuestro gusto y adicción por el producto. Fuentes es igual a Coca-cola. En las últimas semanas, ¿quién no ha escuchado algo sobre el ochenta aniversario? Que una entrevista cursilona entre Fuentes y Monsiváis sobre sus películas dilectas. Que un intercambio de ideas con la titular de Educación (cosa que no es sino política). Que una firma de autógrafos. Y para mí, lo mayor fue el estreno de la ópera Santa Anna con libreto de Fuentes: el gobierno gastó 8 millones de pesos para el chistecito, esto es, lo equivalente a cientos de libros, obras de teatro, conciertos, exposiciones, becas, etcétera.

Lo dicho: Fuentes ha sido fundamentalmente acomodaticio en el Poder y el presupuesto.

No es casual que la crítica a Fuentes esté centrada en el maniqueísmo que, presente en su trabajo más reciente, no se veía en sus obras pilares. Su novela anterior Todas las familias felices (la más reciente, La voluntad y la fortuna, no la he comprado) es un compendio de maniqueísmos. La etapa juvenil de los protagonistas se parece mucho a la que aparecía en Las buenas consciencias. La madurez del ser humano es la misma que se presenta en La silla del águila, y por lo demás, el resto de la novela es lo mismo que se puede encontrar en Aura. Recuerdo mucho cuando el ácido crítico Rafael Lemus se dolía de tener que vituperar a Fuentes, porque después de todo es un escritor fundamental en la juventud de todos nosotros. Sentía obligación suya hablar mal de la obra de Fuentes, porque se lo merecía. Concuerdo totalmente y, a la vez, disiento.

De Fuentes se puede cuestionar indistintamente su ortodoxia política y su preocupación por el mercado, en desmedro del interés por la estética de las palabras. Se puede decir eso y mil cosas porque se trata de un intelectual. Y la hipócrita tradición sostiene que en los intelectuales recae la responsabilidad de guiar los gustos del pueblo y cosas así. Derechos como los que se arroga el crítico Christopher Domínguez Michael (alguno de cuyo trabajo me parece notable) cuando dice que la crítica literaria debe fijar cuál es y cuál no es el buen gusto. O cuando dice que un escritor se debe guiar por reglas infranqueables. Dijéramos: en defensa de lo inamovible. ¿Quién con neuronas no cambia durante su discurrir? ¿No es, pues, traicionarse a uno mismo continuar siempre sin cambios? Lo triste es que Fuentes ha cambiado para peor.

Como quiera que sea, mi intención es defender al autor varias de las novelas imprescindibles de las letras mexicanas. Aunque los menos duchos lo celebren por sus absolutamente predecibles Aura o La silla del águila, el secreto de Fuentes está en esa siempre novedosa La región más transparente, en la magnífica Terra Nostra, en sus Cuentos naturales. Hay que haber escrito algo del mismo nivel antes de atreverse a lanzarle insultos. Que eso no es lo cuestionable, sino su actitud acomodaticia, es algo cuya solución es en esencia simple. Fuentes es ya un viejo, y tengo la sospecha de que llega la edad en que las personas no quieren desaparecer sin alcanzar cierta gloria. ¡Y qué mejor si el gobierno de tu país te celebra a lo grande, echando la casa presupuestal por la ventana! El suyo es un defecto de vanidad, pero completamente comprensible.

Igual de vanidoso y celebrado que Fuentes, Mario Vargas Llosa seguramente se burlaba de los mexicanos cuyo deporte favorito la burla del novelista, porque también es un viejo y le gustan los homenajes. En realidad, ¿quién resistiría la vanidad de recibir todos los homenajes que se pueden soñar? Alguna vez, cuando aparecieron las obras completas y empastadas de Ricardo Garibay, se preguntaba Guillermo J. Fadanelli si los escritores aspiraban a ser leídos por personas inteligentes o, por el contrario, ser empastado en pesados tomos gruesos condenados a acumular polvo en los anaqueles de las bibliotecas. Suelo sugerirles a mis alumnos de la universidad que rayen los libros y arranquen las hojas que les interesen: la idea es que les pierdan ese respeto paternal que nos hace elogiar ciegamente a los libros. No dudo que actitudes parecidas aplaudiera Carlos Fuentes en sus años mozos, pero tampoco cuestiono que en sus años seniles prefiera ver su nombre eternizándose en los estantes polvosos, antes que arrancado por adolescentes infinitamente menos sabios que él.

noviembre 30, 2008

Por Elena Méndez

A Elena le debo varias: desde un ejemplar de mi documental, hasta una disculpa por no haberle contestado la llamada. !Pero en verdad no estaba en Ciudad de México! Andaba trabajando en las proximidades de Tula de Allende, Hidalgo. Espero que sirva de algo servir de transmisor de su más reciente reseña, publicada por la revista Siempre!

Claudia Apablaza
Diario de las especies

Elena Méndez

Estamos en la época de las novelas híbridas; de las novelas que se niegan a sí mismas, como Diario de las especies, de Claudia Apablaza (Rancagua, 1978), editada en México por Jus y en Chile por Lanzallamas.

Novela híbrida por reunir en ella características propias del ensayo. Por basarse en los recursos del ciberespacio: específicamente, la creación de un blog, titulado, asimismo, Diario de las especies. Dicho blog se constituye como un todo ubicuo y anónimo, pese a estar firmado por A.A. (Aurora Augé, heterónimo de Apablaza), aspirante a escritora de origen chileno, avecindada en Barcelona.

Resulta paradójico el hecho de que, si bien la red ha sido creada para comunicar a la humanidad, al mismo tiempo la aísla cada vez más. Así, la soledad de A.A. no deja de ser conmovedora: Especie de Bartleby recluida en una biblioteca que a su vez se halla dentro de otra, Barcelona, La Gran Biblioteca, como refiere que le llamaba su padre.

A.A. esboza, entonces, su poética sobre la novela, basándose en escritores que admira: Vila-Matas, Duras, Bolaño, Fresán… Niega teorías que da por superadas, como las del iceberg y la del knock-out, de Hemingway y Cortázar, respectivamente. Su mudanza a la Biblioteca parodia la idea woolfiana del cuarto propio.

La protagonista lleva otro blog, de manera paralela: mujerdegoma, compendio de relatos porno. Dichos blogs desatan enorme polémica entre sus lectores, algunos de ellos también dedicados a la literatura, como Personajefrustrado, quien comparte con A.A. el reiterado rechazo editorial a sus obras.

La permanente reflexión y búsqueda de la protagonista se entrelaza con el relato de su infancia, cuando era la niña de los sapos, exenta de tales preocupaciones.

En esta primera novela, Claudia Apablaza realiza un lúcido ejercicio sobre el rehusarse a la vocación para volver a lo humano. O, por qué no, a la condición animal. De ahí lo revelador, aunque enigmático, del título: Diario de las especies.

elcuerpodeldelito@gmail.com

Claudia Apablaza, Diario de las especies.
Editorial Jus, Serie: Contemporáneos, México, 2008; 160pp.

noviembre 23, 2008

Sospechas en caída libre

Cierto que los mexicanos somos especialistas en la sospecha macabra y, en consecuencia, el asunto ha dejado de ser noticia; pero también es verdad que se ha vuelto a poner de moda con los recientes hechos aeronáuticos de signo mortal. Baste hacer una encuesta rápida entre los miembros de la familia o los vecinos. ¿Fue accidente o atentado lo del secretario de gobernación? Desde luego, la mayoría, inclinada por la versión del asesinato calculado, tendrá versiones tan disímbolas como atractivas sobre los porqués del plan mortal. Que lo mandó acabar el propio Calderón o que fueron los narcos o —lo mejor— que sigue vivo en una isla exótica, son especies cuya lógica no tiene ningún desperdicio. ¡Y es que son tan verosímiles! No faltará cierto acartonado analista político que vitupere especulaciones irracionales como éstas. Comoquiera que sea, me interesa indagar en los posibles orígenes de estas divertidas sospechas.

Días antes del suceso, el padre del secretario de gobernación corría el riesgo de ser investigado por la PRG, porque presuntamente se enriqueció haciendo contratos con la española Repsol la cual, gracias a la reforma energética lograda por el difundo Mouriño, va a sacar pingües ganancias de nuestros fondos marinos. La otra versión, la de los narcos, ¿a quién le parecería descabellada? ¡Lo que sorprende es que no nos hayan matado ya a todos! O la tercera opción, que el secretario continúe vivo: aunque eso lo inventó alguien que ve mucho cine gringo, hay que admitir que después de todo, se trata de la sospecha más linda. Pero hasta el momento, no encuentro explicación más apasionante que la proporcionada por la ciencia de los signos: la semiótica.

Aunque los análisis semiológicos aparecen por primera vez hace más de medio siglo en un libro del vienés Ferdinand de Saussure, lo cierto es que no cobra vida hasta que aparecen los estudios de teóricos como Yuri M. Lotman o el famoso Umberto. Proponían cosas que de tan sensatas no parecían verdades científicas: pues estamos habituados a que todo cuanto tenga que ver con la Academia y no sea abstruso, simplemente no puede ser verdad. Pues la semiótica no funciona de esa manera: no complica las cosas porque sí. Desde Saussure, la idea de la semiótica es ser el equivalente académico de eso que solían recomendar las madres a las hijas casaderas: tener cuidado con las apariencias. Porque del mismo modo que el mozo más atractivo seguramente es el más hideputa, cualquier asunto de la existencia mantiene oculto su significado verdadero. Y hay que ir tras él.

Seguramente las madres le decían a las chicas: guárdate de aceptar invitaciones de ir de día de campo. Pues no sin razón, sabían que una invitación al bosque solitario era una invitación al fornicio desenfrenado —ya complaciente, ya forzado, cosa dependiente del temperamento del galán. En cualquier caso, las chicas no volverían de la excursión con toda la inocencia con que habían partido.

Sin esta mojigatería de por medio, pero a cosa parecida se referían Eco y Lotman cuando analizaron cómo se desempañaban los signos en la forma de comunicarse los humanos. Y precisamente la primera cuestión es que, al igual que el guapo mozalbete, los signos saltan a nuestra vista haciéndonos creer que significan una cosa que, en el fondo, no es la verdadera. Idiota pero práctico ejemplo: los señalamientos carreteros. La vaca del letrero cuadrado no es una vaca verdadera, sino la evocación del mamífero con el que, si te descuidas, seguramente vas a estamparte. O aquel letrero del peatón: no es un ser humano sino la imagen de verdadero ser que, en cualquier momento, se puede aparecer en medio del camino. Por eso hay que reducir la velocidad. He aquí la cuestión: lo que nos quiere decir la autoridad que puso esos letreros de vaca y de ser humano, es: ¡baja la velocidad ya!

Los letreros no son los que nos hablan, sino las autoridades que, por medio de estos letreros, nos dicen que bajemos la velocidad, so pena de encontrarnos bien con una gorda vaca lechera o con un niño que va cantando con la mochila a cuestas.

Ahora bien, en el arte toda esta cuestión cobra su verdadera complejidad. ¿Quién no ha ido al museo y ha salido mil veces más confundido que cuando entró? Si el título de la exposición “Desiertos hipotéticos” ya llamaba a la incomprensión, las fotografías de un cable colgando de un tubo o de una niña sonriente abriendo las piernas, acaban por ponerlo a uno histérico. Es más difícil penetrar en el significado de estas obras, porque se trata de significados más complejos de los que razonamos de ordinario en nuestras vidas mundanas. Así pues, al examinar la naturaleza semiológica de todas las cosas, Yuri M. Lotman llegó a esta afirmación: la complejidad de los signos es directamente proporcional a la complejidad de la información transmitida. No hay pues que preocuparse demasiado si, al cabo del recorrido por la exposición, no se ha comprendido nada: sólo hay que ver menos telenovelas y leer más filosofía.

De este modo, uno puede perder cuidado si en estos días vuelve a aparecer algún político en el noticiario, montando en cólera con disimulo porque todo mundo sospecha que el secretario de gobernación no falleció, sino que lo hicieron morir. Se puede contestar haciendo ver las explicaciones de Eco y Lotman.

Concedamos que la política es un arte. Como todo buen arte complicado —y muchas veces incomprensible— sus mensajes son un tanto herméticos. Y que se desplome el avión de tan ponderado personaje puede significar muchas cosas. Si lo hizo caer el gobierno: significa que había algo muy podrido. ¿Era lo del padre de Mouriño? Si lo tiraron los narcos: es que las cosas van normal. Y si anda disfrutando de lo lindo en una isla: es porque alguien del gobierno está viendo mucho cine gringo. Lo peor es que fuera un accidental desplome: en ese caso, ni siquiera Eco y Lotman descifrarían por qué el gobierno nos manda el mensaje de “mexicanas y mexicanos: no se preocupen, todos estamos jodidos; ya ven que ni nuestros mejores equipos sirven”.

noviembre 08, 2008

Albricias

Aunque Olmos pueda pensar lo contrario (es un gran pedante, pero en el fondo, es un gran amigo) me puse muy feliz al saber que obtuvo el primer lugar del Premio Nacional de Dramaturgia Manuel Herrera, como lo dicen las noticias:

El dramaturgo mexicano Enrique Olmos de Ita fue el ganador de la edición 2008 del Premio Nacional de Dramaturgia Manuel Herrera Castañeda, por su obra Job, firmada bajo el seudónimo de Pascual.

El concurso, que ha sido convocado desde hace 10 años por el Gobierno del Estado de Querétaro, a través del Instituto Queretano de la Cultura y las Artes, recibió en esta ocasión 59 trabajos que fueron revisados por el jurado, integrado por los maestros Germán Castillo, José Ramón Enríquez y Boris Schoemann.

Enrique Olmos de Ita nació en Llanos de Apan, Hidalgo, en 1984; se ha desarrollado como periodista cultural después de egresar de la Escuela Dinámica de Escritores que dirige Mario Bellatin y de la Universidad del Claustro de Sor Juana.

Dentro del teatro ha participado en talleres con Berta Hiriart, Luz Emilia Aguilar Zínser y Jorge Dubatti, entre otros. Fue crítico de teatro de Milenio diario.

Asimismo, ha obtenido varios premios y reconocimientos en Hidalgo, su estado natal, y ha sido finalista del Premio Nacional de Dramaturgia Joven Gerardo Mancebo del Castillo y del propio Manuel Herrera Castañeda, hace dos años.

Fue becario del Fondo Estatal de la Cultura y las Artes de Hidalgo (FOECAH), Programa de Apoyo a las Culturas Municipales y Comunitarias (PACMYC) y del Fondo Nacional para la Cultura y las Artes (Fonca), en el Programa Jóvenes Creadores y del Consejo de Artes y Letras de Québec, además de la Fundación Antonio Gala, en España.

Actualmente reside en el continente europeo desde donde vendrá para recibir el premio en efectivo de 65 mil pesos, y según es costumbre en la organización del Manuel Herrera, el apoyo económico para el montaje de la obra ganadora, así como la publicación de la misma, junto con las menciones.

En esta ocasión adicionalmente al primer lugar, el jurado decidió otorgar dos menciones honoríficas a los jóvenes dramaturgos Luis Iván Santillán, por su obra Malintzin, y Luis Arbesú, por Las éltimas.

Ni le muevan

Pareciera que a nuestros políticos les ha dado por parafrasear a Eduardo Haro Tecglen, el que sostenía que: “se empieza censurando la televisión y se termina por los poemas”. O bien, de modo aún más grotesco, saltan a la vista las evidencias de que estos seres han vuelto a adoptar la mexicanísima especulación filosófica del “a mí se me hace”. Como siempre, a esos hipócritas de traje oscuro las evidencias no les interesan y lo que digan las estadísticas y las ciencias comprobables les viene corto. Porque para ellos la única lógica valedera es la de sus cuentas bancarias y su fotografía en los periódicos. Poquísimos son los que dicen lo que piensan. “Los políticos ladran”, sostenía Ricardo Garibay. Por eso es francamente inverosímil todo cuanto les sale de la boca.

Cómo olvidar la vez de los condones. Los miembros de la elite política dieron un espectáculo bochornoso. Parecían no tanto los hombres con golden card y putas de lujo al alcance de su bolsillo; todo lo contrario: se asemejaban más a esas maestras de puericultura cuyo propósito en la vida es educar niños de bien, para un futuro con arcoíris y cielos azules… Pintoresco involuntario por los cuatro costados, el entonces secretario de Gobernación hizo el papelón de su vida. Pero lo más interesante es que seguramente él no ni siquiera se dio cuenta: “a mi se me hace que eso es mejor”, habrá pensado el señor cuando salió a reprobar que los condones y las pastillas anticonceptivas se añadiesen a la lista de medicamentos oficiales. Como si alguien con los cuatro tornillos lo fuese a respaldar. Que le haya dado su espaldarazo la jerarquía religiosa es la prueba más fehaciente de que sus palabras fueron un dislate. Después del presidente Fox, quedó como el segundo más tonto del sexenio. Se lo ganó, por fiarse a los dictados de su parecer.

Semejante, decadente espectáculo es el de ahora. A propósito de los narcos y las drogas. Un asambleísta del DF de estilo progre, propuso algo que previsiblemente todos recibirían frunciendo el entrecejo. La realidad es que su objetivo era no quedarse callado en medio de todo lo que está pasando en el país. Mas su malhadada sugerencia de legalizar la mariguana para consumo personal y para que se venda en pequeños e inocentes establecimientos yonqui, evidentemente no causó desató espaldarazos entre los demás legisladores. “A mi se me hace que nel, papacito”, les susurraba la voz de sus conciencias. De cualquier modo, el honorable legislador consiguió lo que buscaba en el fondo: levantar ámpula y estar en boca de todos. Tan lo logró, que ése es el propósito de la siguiente propuesta.

Después de mucho darle vueltas a las posibilidades que se tienen una vez legalizada la mariguana, creo que no conseguiríamos ningún provecho verdaderamente sustancial. Cierto lo que dice el diputado progre, él sí fundándose en las evidencias técnico-científicas de otros naciones de allende el Atlántico: que los precios se reducirían y, según lo muestran las evidencias, el narco vería reducidas sus ganancias. O sea: legalizar la mota es combatir al narcotráfico. De modo que no despenalizar el consumo equivale, de alguna manera, a consentir el tráfico ilegal. No pocos personajes públicos e intelectuales salieron a apoyar la propuesta. En el diario español El País, Carlos Fuentes razonó que despenalizar la mariguana no equivale a impulsar su consumo, sino a desincentivar su tráfico. Algunos hasta dieron explicaciones científicas de que el alcohol y la mariguana producen efectos similares, y todo eso. A favor de la propuesta.

En todo caso, lo único cierto es los arrestos del diputado. ¿No es acaso una muestra de verdadera valentía la de este hombre? Meterse con las ganancias de los narcos no es cualquier nimiedad.
Pero igualmente evidente es que combatir el poder de los narcos implica perder una de las joyas mexicanas más preciadas de los últimos tiempos. Y es que junto con los políticos de nuestro país, enriquecidos también de manera ilícita y también responsables de muchas muertes injustas, los narcos encarnan a ese personaje cuya existencia no podemos conocer sin sentir una mezcla de amor-odio. Que lance la primera piedra quien sostenga que no se muere de envidia por la mujer y el carro de tal o cual político gordinflón. Y quién juraría que no ha tenido el deseo de ir al volante de un auto exquisito, al lado de una rubia pornográfica y no tener límites en la tarjeta de crédito. Traer pistola. Mandar. Ser el jefe. Un Chingón. Un cabrón. Un hombre muy macho. ¿Quién?

Que me comprendan todos los consumidores de mota de este país, pero repruebo lo que ha propuesto del diputado progre. ¡Qué va a ser de nosotros ni nos quitan lo poco que tenemos! Los narcos. Sin ellos nada en este país sería lo mismo. Sólo los políticos se repartirían las inverosímiles (por ingentes) sumas de dinero. Sólo ellos podrían disfrutar de los placeres sibaritas que otorgan el poder y las posesiones. De modo que la propuesta del diputado es peligrosa para su salud por partida doble: porque los narcos y nosotros vamos a emprenderla contra él y sus colegas. Los narcos por obvias razones pecuniarias; nosotros, porque nos querrían privar del otro objeto de nuestro placer y admiración que es la chabacana abundancia en que nadan los narcos.

En contra de las especulaciones de los panistas y priistas que reprueban la legalización de la mariguana, no son menos irrisorias las evidencias que sostienen los perredistas y petistas que aprueban la despenalización. A los primeros “se les antoja políticamente arriesgado” votar a favor: piensan en los votos de las próximas elecciones. A los segundos “se les hace lógico, de acuerdo a las evidencias científicas”, y en, por tanto, aprueban con fe. En todo caso, lo cierto es que ninguno de esos políticos ha reparado en que, mientras no consigan que todos podamos vivir con el glamur con que lo hacen los narcos de nuestro país, sería peligroso atentar contra ese elemento de placer y adoración nacional.

octubre 12, 2008

Ciudad Nostalgia, empieza gira

Ciudad Nostalgia


El documental de Luis Frías y Balam Herrera, se presentará en las siguientes fechas:


Domingo 19 de octubre, 13:00 hrs.
Cine Auditorio de Ciudad Sahagún, Tepeapulco, Hidalgo.
Invitados: todos los viejitos que salen en el documental.



Martes 28 de octubre, 16:00 hrs.
Escuela de Artes de Real del Monte, Hidalgo.
Cabecera municipal Mineral del Monte.

Miércoles 29 de octubre, 19:00 hrs.
Teatro Guillermo Romo de Vivar.
Centro de Pachuca de Soto, Hidalgo.


Próximas fechas en la Ciudad de México y estados de la república, por confirmarse. Estén pendientes.

Espero que nos puedan acompañar.

Benditos narcos



Provengo de una ciudad singular. Antes de ser ciudad, no era nada. En efecto, antes de los años 1950, no había más que un interminable llano de duro tepetate: imposible encontrar mejor parangón que la Comala de Pedro Páramo. De hecho, para que la historia cambiara, fue preciso que se presentase un hecho coyuntural; de modo que el gobernador en turno y el presidente Miguel Alemán (ese gran pillo), mandaron construir fábricas metalúrgicas paraestatales en el llano, y a los pocos años aquello era una pequeña pero hermosa y moderna ciudad —al menos en mi infancia así me lo parecía. De este modo, un par de generaciones vivieron decorosamente allí, hasta que a fines de 1980 e inicios de los 90, la entrada plena de México al la Economía de Libre Mercado, orilló a que cerraran las paraestatales de mi ciudad. Desesperados todos, mis padres incluidos, salieron a buscar trabajo a otros sitios, abandonando las casas familiares. Empero, no pocos se refugiaron en la fácil salida que ofrecía el narcotráfico. Poco a poco, gracias al tráfico de drogas, la gente de mi ciudad recobró la tranquilidad perdida. Y hasta hace unos cuantos meses, la pequeña ciudad no había dejado de ser un sitio de absoluto sosiego. Se lo debíamos, hay que reconocerlo, al narco.

Algo semejante es lo que se ha documentado a propósito de los campesinos marginados que viven en las zonas más paupérrimas de Guerrero y Chiapas. Pienso en el caso de un grupo de agricultores detenido a punta de metralleta por miembros de la armada de México. La razón: eran acusados del delito de “daños contra la salud”. Y es que en una operación anti-narco, desde lo alto de un helicóptero un batallón de soldados observó que en medio de la sierra había la rareza de un grupo de campesinos sembrando flores hermosas. Se trataba de amapolas que los narcos los obligan a sembrar a cambio de jugosas pagas. Cuando fueron cuestionados ante el Ministerio Público, los agraristas respondieron que la falta de medios de subsistencia los había orillado a aceptar el ofrecimiento de los narcos. Su explicación no pudo ser más sensata: en vista de que nadie les compraba sus parcelas de maíz, trigo y frijol, mejor optaron por dedicarse a sembrar unas “flores bien bonitas” (campesinos dixit) que los narcos les compraban a buen precio, quincenalmente y sin fallas de ninguna especie. Ante tamaña lógica, los encargados de la justicia no pudieron menos que postergar cualquier pronunciamiento. Y es que, si bien los campesinos estaban coludidos con los narcos, ¿acaso era posible castigarlos por pretender no morir de hambre? Lo último que supe, era que seguían detenidos sin que el juez determinara su situación.

Pero los grupos consumidores quizás son los más favorecidos por la expansión del narcotráfico. ES la ley de la oferta y la demanda: a mayor oferta, los precios se abaratan y de dejan de ser prohibitivos para las clases trabajadoras. ¿Es preciso acudir a la antropología y a las demás disciplinas de la conducta humana para hablar de lo que es más que evidente? No sólo las familias han dejado de ser las antes y hoy por hoy es cada vez más raro hallar hogares tradicionales con padre, madre e hijos. La novedad es más interesante. Me lo dijo un guía espiritual. Vivimos en lo que el investigador polaco Zygmunt Bauman llama “consumismo” y cuya significado es “comprar o morir”. O sea: hay que adquirir el teléfono de última generación, el reproductor de música aquél, un automóvil que se desplace a la velocidad de la luz, y otras tonterías, so riesgo de ser el imbécil de la cuadra. Lo que me dijo aquel guía espiritual es que algunos, quizá los más razonables, simplemente se niegan a seguir atados a ese potro del consumismo tecnológico. Y por pereza quizás, la salida simple suele ser consumir drogas. Lo ha dicho en otros términos Guillermo J. Fadanelli, cuando sostiene que él prefiere a los personajes patéticos, por encima de los exitosos o prometedores. A su juicio, hoy todo está encaminado a hacer del hombre alguien exitoso; por eso, si no triunfa, se trauma y todo se jode. Es, pues, preferible asumirse como un perdedor y, a partir de eso, porfiar para hacer algo provechoso. Diría E. M. Cioran: “La obligación del hombre al despertarse: avergonzarse de sí mismo”. En una palabra, las drogas les han hecho menos mal que bien a los consumidores mexicanos, miembros de una sociedad sin posibilidad de llevarlos al estrellato del triunfo.

Últimamente, se ha criticado con acritud todo cuanto tenga que ver con los narcos. Todos sabemos de la campaña gubernamental para atacar frontalmente al elemento del narcotráfico. El gobierno y sus personeros han parloteado mucho con el fin de hacernos creer que el narcotráfico es el causante de la inseguridad que se vive en el país. Hasta el mes de julio, sumaban 2 mil 17 muertos a raíz de esta “guerra contra el narcotráfico”. Las cifras se repiten en todos los periódicos. Y el gobierno no se cansa de enviar comerciales por radio y televisión, en los que informa de los golpes que le asesta a la industria del narcotráfico. En cualquier caso, lo que más indigna a todos es la saña con que los narcos ultiman a sus víctimas.

Creo que toda esta alharaca es completamente engañosa. Yo no estaría tan seguro de tachar con calificativos desagradables a las personas de mi ciudad natal, que se vieron orilladas a hacer las veces de traficantes de droga: no sabían hacer otra cosa que piezas de fierro, pero el gobierno mandó cerrar las fábricas donde antes podían trabajar. Tampoco me atrevería a decir que aquellos campesinos de Guerrero son flojos por haber decidido cultivar amapolas más rentables que maíz y frijol de excelente calidad que, no obstante, nadie les quiere comprar. Y lo que es más. Que crezca la estadística de consumidores droga no me parece nada malo. En realidad, el problema es éste: los que toda la vida permitieron el crecimiento de este alacrán lo quieren matar cuando ha cobrado mucho poder. Sólo un insensato no prevendría que su reacción iba a ser furibunda.

Qué le vamos a hacer

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Desde chico tenía ganas de escribir un diario, o algo así. Pero era cosa de niñas. Este blog es lo menos afeminado que encontré.
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