Agradezco al Consejo Editorial de la revista Cintéotl que hayan publicado en su número 3 un ensayo mío sobre Sor Juana Inés de la Cruz.
Si tienen tiempo y ganas de leer una investigación sobre El Divino Narciso de Sor Juana, pónganse cómodos y den click aquí.
Tiradero de derrotas
Un blog de Luis Frías
mayo 15, 2008
Cintéotl
mayo 05, 2008
Réquiem por una batalla perdida
La ley que aprobó el Senado Mexicano esta semana ha dado mucho de qué hablar. Sin embargo, también ha incitado a una situación que me arrastra a desconfiar una vez más de los descubrimientos de relumbrón. Pues al igual que descreo de esos desayunos que ofrecen cerca de mi casa para perder cualquier tipo de sobrepeso; del mismo modo que encuentro inútiles los remedios de la medicina homeopática; y así como me aburren las historias de aparecidos en casas abandonadas, veo con pena a los que se entregan con fe ciega a los remedios de los legisladores nacionales. Y es que la noticia cultural de la semana fue, primero, la aprobación de la Ley de Fomento para la Lectura y el Libro y, en segundo término, el festejo generalizado en los círculos literarios. En efecto, gente de la cultura mexicana elogió que el Senado aprobase la, por efecto de Fox, apoteósica “ley del precio único”.
Definitivamente, fue el veto de Fox en septiembre de 2006 lo que revistió de santidad a esta propuesta legislativa. Se pegó el grito en el cielo. Y es que el mismo que había pronunciado equivocadamente el apellido de Jorge Luis Borges, el mismo que confundió a Vargas Llosa con García Márquez diciendo que aquel era premio Nóbel y, en fin, el presidente de la comicidad involuntaria que pronunciaba barrabasadas sin término ¡se atrevía a vetar una ley vinculada con uno de los objetos más distantes de toda su existencia: el libro! Aquella vez, Carlos Monsiváis no tardó el burlarse con socarronería del veto foxista. Para el autor de Días de guardar, lo raro hubiera sido que Fox se pronunciara a favor de una ley que promovía la circulación de libros y el aumento de la lectura; actividades a las que el presidente encontraba inútiles. Ahora bien, el veto sí encerraba algo de interés nacional. Si los políticos cobran tanto dinero, deberían desquitarlo trabajando, y, sin embargo, en el caso específico de esta ley, el entonces presidente reconoció haber decidido el veto después de haber analizado un ¡sólo un caso! Es decir, se valió del análisis mercantil de Don Quijote de la Mancha de Miguel de Cervantes para lanzarse a generalizar la situación de una industria editorial que involucra varios millones de títulos. ¿Pereza o verdadera mala voluntad? En suma, la errática relación entre un presidente zafio y el mundo intelectual, hizo que la ley del precio único del libro cobrara aires apoteósicos. Aires que esta semana se han vuelto a sentir.
Y es que el miércoles (día del niño) México amaneció con la noticia. Con dos votos en contra y cinco abstenciones, una mayoría de 107 senadores aprobó la tan mentada propuesta de ley. Como se sabe, con ella se pretende que las grandes tiendas de autoservicio no puedan ofrecer libros a bajo costo y, por añadidura, mandar a paseo a las pequeñas librerías. Las grandes cadenas departamentales podían comprar grandes cantidades de libro a precio de mayoristas y darlos más baratos; pero al contrario, las librerías diminutas del país no adquieren más que unos cuantos libritos, de modo que resulta imposible dar precios competitivos. Era, pues, la batalla del Wal Mart contra la tienda del barrio.
La ley, sin embargo, ofrece otras particularidades de interés sin desperdicio. Aun cuando el precio único entrará en vigor prontamente, también está el hecho de que nosotros los lectores no dejaremos de encontrar alguna que otra oferta. Y es que la ley permite que tanto libreros cuanto tiendas departamentales bajen el precio de los libros siempre cuando se trate tomos importados, antiguos, usados o descatalogados 18 meses atrás. Además, dentro de año y medio, el congreso hará un alto en el camino para revisar los alcances de la ley. De lo que encuentren para entonces, dependerá el curso del precio único. Por lo pronto, en el dictamen aprobado se afirma que esta nueva ley es la “expresión de la necesidad de establecer bases que le confieran sustentabilidad a toda la cadena del libro, desde el autor hasta el lector potencial, y no que el mercado esté centrado únicamente en los principios de la competencia de precios”.
Adoptada en países europeos con éxito, esta aprobación cobra tintes particulares en el contexto latinoamericano, en el mexicano y aun en el hidalguense, cuyos índices de lectura son penosos. A los interesados en levantar del suelo tales estadísticas, la ley nos ha despertado un interés insólito. Desde que se aprobó hace unos días, no pocos han opinado maravillas de los siempre vituperados legisladores. Principalmente lo han hecho los propios políticos. Pero no menos cándidos se han mostrado algunos intelectuales adictos al Poder. La cuestión es que unos y otros se muestran cuestionablemente fiados a que la ley acarreará sustanciosas ventajas al mundo editorial y, de pasada, al mercado de lectores. Por lo que a mí respecta, lejos de fiarme en el precio único, quiero sostener que, aun ley de por medio, las cifras de lectura continuarán siendo tan vergonzosas como lo son.
Soluciones sensatas a los incipientes hábitos lectivos no están en aplicar una ley sólo porque un ex presidente ignaro la ignoró en su momento. Antes bien, Fernando Escalante Gonzalbo en una investigación reciente -A la sombra de los libros/Lectura, mercado y vida pública Ed. El Colegio de México, 2007- ha dejado claro que el primer paso es partir de la realidad, a saber, la de que la industria editorial se ha visto contaminada por la lógica del mundo del espectáculo. Una de las soluciones de Escalante se funda en que no tiene ningún beneficio el ensanchamiento del público consumidor de libros. En conclusión, no puede menos que reconocer que el libre mercado se ha metido hasta en los huesos de la actividad intelectual, aun cuando la trivializa y la desdeña. Pero es, mal que bien, el canal mediante el cual hasta hoy nos han llegado los libros (tan pocos y tan caros como haya sido) con aceptables márgenes de libertad. Para los radicales que se enfaden con esta conclusión, tengo la propuesta más hermosa. No es mía. A ella acudí recientemente cuando tres amigos presentaron sus plaquettes de poesía. Me refiero a que las editoriales regalen los libros. No es una solución más absurda que la de confiar ciegamente en una ley como confían mis vecinas en los desayunos dietéticos. Mi propuesta es un réquiem por la batalla perdida del mercado del libro.
Definitivamente, fue el veto de Fox en septiembre de 2006 lo que revistió de santidad a esta propuesta legislativa. Se pegó el grito en el cielo. Y es que el mismo que había pronunciado equivocadamente el apellido de Jorge Luis Borges, el mismo que confundió a Vargas Llosa con García Márquez diciendo que aquel era premio Nóbel y, en fin, el presidente de la comicidad involuntaria que pronunciaba barrabasadas sin término ¡se atrevía a vetar una ley vinculada con uno de los objetos más distantes de toda su existencia: el libro! Aquella vez, Carlos Monsiváis no tardó el burlarse con socarronería del veto foxista. Para el autor de Días de guardar, lo raro hubiera sido que Fox se pronunciara a favor de una ley que promovía la circulación de libros y el aumento de la lectura; actividades a las que el presidente encontraba inútiles. Ahora bien, el veto sí encerraba algo de interés nacional. Si los políticos cobran tanto dinero, deberían desquitarlo trabajando, y, sin embargo, en el caso específico de esta ley, el entonces presidente reconoció haber decidido el veto después de haber analizado un ¡sólo un caso! Es decir, se valió del análisis mercantil de Don Quijote de la Mancha de Miguel de Cervantes para lanzarse a generalizar la situación de una industria editorial que involucra varios millones de títulos. ¿Pereza o verdadera mala voluntad? En suma, la errática relación entre un presidente zafio y el mundo intelectual, hizo que la ley del precio único del libro cobrara aires apoteósicos. Aires que esta semana se han vuelto a sentir.
Y es que el miércoles (día del niño) México amaneció con la noticia. Con dos votos en contra y cinco abstenciones, una mayoría de 107 senadores aprobó la tan mentada propuesta de ley. Como se sabe, con ella se pretende que las grandes tiendas de autoservicio no puedan ofrecer libros a bajo costo y, por añadidura, mandar a paseo a las pequeñas librerías. Las grandes cadenas departamentales podían comprar grandes cantidades de libro a precio de mayoristas y darlos más baratos; pero al contrario, las librerías diminutas del país no adquieren más que unos cuantos libritos, de modo que resulta imposible dar precios competitivos. Era, pues, la batalla del Wal Mart contra la tienda del barrio.
La ley, sin embargo, ofrece otras particularidades de interés sin desperdicio. Aun cuando el precio único entrará en vigor prontamente, también está el hecho de que nosotros los lectores no dejaremos de encontrar alguna que otra oferta. Y es que la ley permite que tanto libreros cuanto tiendas departamentales bajen el precio de los libros siempre cuando se trate tomos importados, antiguos, usados o descatalogados 18 meses atrás. Además, dentro de año y medio, el congreso hará un alto en el camino para revisar los alcances de la ley. De lo que encuentren para entonces, dependerá el curso del precio único. Por lo pronto, en el dictamen aprobado se afirma que esta nueva ley es la “expresión de la necesidad de establecer bases que le confieran sustentabilidad a toda la cadena del libro, desde el autor hasta el lector potencial, y no que el mercado esté centrado únicamente en los principios de la competencia de precios”.
Adoptada en países europeos con éxito, esta aprobación cobra tintes particulares en el contexto latinoamericano, en el mexicano y aun en el hidalguense, cuyos índices de lectura son penosos. A los interesados en levantar del suelo tales estadísticas, la ley nos ha despertado un interés insólito. Desde que se aprobó hace unos días, no pocos han opinado maravillas de los siempre vituperados legisladores. Principalmente lo han hecho los propios políticos. Pero no menos cándidos se han mostrado algunos intelectuales adictos al Poder. La cuestión es que unos y otros se muestran cuestionablemente fiados a que la ley acarreará sustanciosas ventajas al mundo editorial y, de pasada, al mercado de lectores. Por lo que a mí respecta, lejos de fiarme en el precio único, quiero sostener que, aun ley de por medio, las cifras de lectura continuarán siendo tan vergonzosas como lo son.
Soluciones sensatas a los incipientes hábitos lectivos no están en aplicar una ley sólo porque un ex presidente ignaro la ignoró en su momento. Antes bien, Fernando Escalante Gonzalbo en una investigación reciente -A la sombra de los libros/Lectura, mercado y vida pública Ed. El Colegio de México, 2007- ha dejado claro que el primer paso es partir de la realidad, a saber, la de que la industria editorial se ha visto contaminada por la lógica del mundo del espectáculo. Una de las soluciones de Escalante se funda en que no tiene ningún beneficio el ensanchamiento del público consumidor de libros. En conclusión, no puede menos que reconocer que el libre mercado se ha metido hasta en los huesos de la actividad intelectual, aun cuando la trivializa y la desdeña. Pero es, mal que bien, el canal mediante el cual hasta hoy nos han llegado los libros (tan pocos y tan caros como haya sido) con aceptables márgenes de libertad. Para los radicales que se enfaden con esta conclusión, tengo la propuesta más hermosa. No es mía. A ella acudí recientemente cuando tres amigos presentaron sus plaquettes de poesía. Me refiero a que las editoriales regalen los libros. No es una solución más absurda que la de confiar ciegamente en una ley como confían mis vecinas en los desayunos dietéticos. Mi propuesta es un réquiem por la batalla perdida del mercado del libro.
mayo 01, 2008
abril 29, 2008
Ganas cubanas
¿Quieres que dos personas se pongan a discutir interminablemente? Fácil: hazlos entrar a un cuarto solitario y, antes de cerrar la puerta y dejarlos solos, pronuncia la palabra “Cuba”.
El chistecito me lo contaron en el verano de hace unos años, cuando estaba preparando en vano un viaje a la isla. Por aquella época estaba de moda la música del Buena Vista Social Club, esos ancianos que tocaban guarachas y sones cubanos con la loca energía que envidiaría cualquier agrupación musical de jóvenes. Me motivaba la ilusión de poder conocerlos en persona, en la Habana Vieja donde está la escuela de música de paredes despintadas donde ensayaban sus escalas musicales. Pero por encima de la música, mis intereses siempre han sido literarios. Y admiro a José Martí y Nicolás Guillén, al barroco José Lezama Lima y al homosexual Virgilio Piñera, a Severo Sarduy y a Guillermo Cabrera Infante y, últimamente, a Pedro Juan Gutiérrez: el estilo de este último es de pornográfica crudeza tal, que ha sido comparado con Charles Bukowsky. No recuerdo por qué ese viaje no pudo ser. Seguramente no conseguí los 500 dólares que pedía la agencia de viajes a cambio de un boleto redondo de avión más cinco días y cuatro noches en un hotel céntrico.
Pero hasta hace unos meses, mis intenciones isleñas habían permanecido en duermevela. No pensaba en Cuba sino esporádicamente. Me acordaba de la ínsula caribeña sólo gracias a los libros que leía. Especialmente a los de Pedro Juan Gutiérrez: y Carne de Perro es de los que más me gustaba. Reunión de varios cuentos en ilación, el libro forma parte de ese estilo que recientemente alguien llamó cool radical. Es una literatura cuyos personajes son conscientes de su realidad, se trata de seres culturalmente ricos pero cuyas existencias, sin embargo, languidecen en un túnel de autodestrucción. Sus aspiraciones son tan elementales como disponer de unas monedas en el pantalón, tener suficiente cerveza en la nevera y embarrarse en la cama con tantas personas como el cuerpo lo permita. Y llegué a creer que la forma de vida cubana no podía ser de otra forma. En vista de los elevados índices culturales pero los pésimos niveles de vida material, ¿a qué podían aspirar los cubanos como no fuera a beber ron escuchando buenos sones, a estafar a algún turista gringo y a tener sexo con esas bronceadas humanidades; placeres caros al narrador en primera persona del crudo libro de relatos de Pedro Juan Gutiérrez? Las últimas nuevas provenientes de la ínsula despertaron mis malos pensamientos.
Desde que a fines del año anterior los enemigos de Fidel en Miami lo daban por muerto, los especialistas hablaron de un cambio en la configuración de la política latinoamericana. A mi lo que me inquietaba profundamente era la posibilidad de que la vida en La Habana dejara de ser lo que es (como quiera que ésta sea) y subieran de precio el ron, los habanos y el sexo tradicionalmente al alcance del bolsillo de cualquier turista. Aun cuando en estos últimos meses las apariciones de Castro sólo eran esas transmisiones televisivas, enfundado en ese traje deportivo Adidas, lo cierto es que la posibilidad de su desaparición definitiva orillaba a largas pláticas de cantina de personas como yo, que hemos nacido y crecido sabiendo que en Cuba reina un barbón metido en un traje verde olivo. Mis preocupaciones se multiplicaron desde que el 24 de febrero el Comandante el Jefe cedió el Máximo Cargo a su hermano Raúl Castro. ¿Se iba a romper el orden de cosas establecido; imposible conseguir ron, sexo y música por un puñado de dólares?
Mi situación monetaria me impedía planificar ningún ni viaje al caribe, ni siquiera a las grises aguas de Veracruz. Pero no dejé de seguir de cerca la evolución de los últimos meses de la vida cubana. La malhadada apertura económica anunciada por Raúl Castro fue lo que más levantó ámpula. Para ciertos especialistas, es señal inequívoca de que Cuba se acerca a un sistema parecido al chino. Un socialismo de mercado. El hecho es que Castro anunció que la ley permitiría a los cubanos adquirir ¡frigoríficos, antenas para televisión por cable, ordenadores! Al respecto, escuché un chiste cruel pero realista: “los años noventa llegan a Cuba”. No se puede escuchar esa información sin poner una mueca por dos motivos. Uno, porque la apertura al mercado de la chatarra electrónica pone en duda la férrea ideología que tanto alardean los Castro. Y dos, porque parece absurdo que se abra el mercado a unos cubanos cuyos sueldos diarios les impiden comer, tan siquiera, carne de res. Habrá quien defienda las medidas, habrá quien las repudie. A mi me causó tristeza ver en las fotografías del periódico a una pareja de mulatos que salían de la tienda, locos de felicidad, cargando un horno de microondas.
Esta semana se dio un anuncio que no es fácil de clasificar. Un par de teleseries norteamericanas empezarán a transmitirse en horarios nocturnos por la pantalla chica cubana. ¿Vía pésimos programas de televisión va a dar comienzo la nueva era castrista? Qué desgracia. El caso es que por la noche, los isleños —los que tengan televisión— podrán ver el multipremiado drama de Los soprano: una familia mafiosa italo-estadounidense que vive en Nueva Jersey. Para los cursis, los jueves por la noche pasará Grey’s anatomy, programa sobre los avatares profesionales y amorosos de un grupo de estudiantes de cirugía en un hospital de Seattle. La cuestión es de un absurdo sin desperdicio. Me recuerda la etapa de un tipo de escolapios. De esos que suelen albergar un odio inexplicable contra sus padres, pero no rechistan en gastarse el dinero que ellos les dan. Pues bien, los Castro no odian nada tanto como a los yanquis, pero no rechistan en beber su Coca cola, recibir los dólares de sus turistas, vestir su ropa Adidas y, ahora, ver sus programas televisivos. Un dato adicional: por la ausencia de ligas comerciales con Estados Unidos, Cuba usa la señal satelital sin pagar derechos.
No puedo terminar sin admitir que mis deseos son los de quien quiere viajar a Cuba con intenciones malsanas. Cuando me encierren en un cuarto y pronuncien “Cuba”, me limitaré a hablar de los escritores isleños que tanto me gustan.
abril 20, 2008
Como cualquier otro
Foto de la ceremonia-homenaje que "entre amigos" le realizaron Enrique Krauze, Sergio Vela, Juan Goytisolo y otros, a Octavio Paz en ocasión de su décimo aniversario luctuoso. Octavio Paz murió en abril de 1998.
El alharaquiento homenaje a Octavio Paz en ocasión de su décimo aniversario luctuoso, ha terminado en algo más parecido a esas trémulas tardes en casa de mi tía la rica solterona, que a una verdadera discusión de ideas.
Cuando de niño me llevaban a las “reuniones” (no fiestas) de aquella elegante y gorda tía, las cosas eran chocantes desde antes de empezar la función. En vez de mi cómoda pero desaseada bermuda, mi madre me ponía aquel pantaloncito de pana azul con pinzas y valenciana, un chalequito blanco de marinero con un ancla dorada a la altura del corazón y me acomodaba el cabello con grandes plastas de fijador. Podían haberme hecho el retrato perfecto. El caso es que ya en casa de la tía, debíamos poner nuestra mejor cara. No obstante las incómodas sillitas estilo Luis XV y los rocambolescos candelabros que emitían tanta luz como para alumbrar un estadio, debíamos fingirnos cómodos y frescos. Sobra decir que estaba vedado contradecir a la tía solitaria, so riesgo de quedar fuera de la supuestamente cuantiosa herencia que dejaría a la familia. Pues bien, salvo algunas excepciones, los homenajes para el Premio Nóbel tienen todo un parecido con aquellas odiosas y elegantes reuniones.
Como era de esperarse, la revista Letras libres dedicó a Octavio Paz su número correspondiente a este mes de abril. Pero lo triste fue que el número conmemorativo confirmó las más bajas sospechas. En efecto, todos sabíamos de antemano que Enrique Krauze prepararía un número con demasiadas notas elogiosas para el poeta y ensayista muerto en 1998. Nunca, sin embargo, íbamos a pensar que ni siquiera por error, el número incluiría alguna crítica, por ligera que fuese, en contra de los más claros bemoles políticos del autor de Libertad bajo palabra.
El número abre con sendas cartas de Paz a José de la Colina. Misivas sin otra aportación que el chisme entre dos amigos que al mismo tiempo eran editores, escritores y, a su vez, amigos de otros buenos autores mundiales. La revista continúa con un puñado de críticas literarias destinadas a comentar, con la fría pero sana distancia de los años, varios libros de Paz aparecidos hace décadas; lamentablemente, los autores no critican los volúmenes que son piedra clave en la bibliografía de Octavio Paz, sino otros menos cruciales. Y naturalmente, comentadores encuentran cosas muy inteligentes, cuando no maravillosas, en todos los libros. Vaya crítica. Quizá el único intento loable sea el de Rafael Lemus. Sostiene que “es absurdo erigir una estatua en honor de Paz cuando él mismo destruyó, una y otra vez, su propia imagen”. A mi juicio, eso es mentira. Antes que destruir su imagen, en todo momento Paz labró su estatua: no es fortuito que se haya convertido en el ajonjolí de todos los moles intelectuales y políticos de México. Pero en todo caso, Lemus tiene el atrevimiento de reconocer que tanto homenaje está siendo muy absurdo.
Ahora bien, naturalmente Letras libres no iba a poner en tela de juicio nada de cuanto hizo o dejó de hacer Octavio Paz. La gran mayoría de los colaboradores de la revista, empezando por el director Enrique Krauze, fueron amigos, discípulos, admiradores o empleados del Premio Nóbel. Cuando él dirigía las revistas Plural y, más tarde, Vuelta, ellos pudieron sacar sus textos a la luz gracias a la buena voluntad del poeta. Y de hecho, el formato de la propia Letras libres no es sino un trasunto de aquellas dos. De ellos, pues, se entienden las alabanzas. No así de los que trabajan y publican en otros espacios. No me equivoco si afirmo que no hay suplemento de periódico o institución cultural del país que hasta el día de hoy haya propuesto una relectura diferente del premio Nóbel. Todo han sido loores, alabanzas, reconocimientos, celebración…
Pero es razonable. ¿Para qué decir otra cosa de Octavio Paz, si lo único rentable es hablar bien de él, se entiendan o no sus libros, nos gusten o no sus ideas o, lo que es peor, lo hayamos leído o no?
En estos años, sólo los escritores adictos a la izquierda han empezado a no hablar estrictamente bien de Octavio Paz. Les asiste la razón. No defiendo a los que lanzan piedras no más porque sí ante un edificio, pero sí comprendo que lancen esos proyectiles porque no tienen otro medio de manifestarse. A los intelectuales de izquierda que en los 80 y 90 no tenían espacio en la vida intelectual mexicana porque todos los espacios los tenía Octavio Paz, no les quedaba más opción que escupirle infamias. Y es que si bien Paz fue todo lo inteligente y gran poeta que se desee (a mí, de hecho, así me lo parece) también es verdad que fue un cacique omnipresente. No ha dejado de serlo. Era el Zeus del medio mexicano: más valía estar bien con él, o, en caso de estar irremediablemente mal, convenía mantenerse lo bastante alejado para que no te alcanzaran sus rayos furiosos. Recuerdo al escritor Guillermo J. Fadanelli: “En un concurso infantil dirigido por un adulto, la primera pregunta fue: ¿Quién escribió La divina Comedia? 20 manos se levantaron al mismo tiempo. El conductor no tuvo más remedio que elegir una. El niño contestó con un grito: ¡Octavio Paz! La injusticia fue que no le dieron el premio. Primero los educan dentro de una cultura monolítica y luego les piden matices”. En efecto, a todos nos hicieron tragar la idea de que Octavio Paz es el intelectual mexicano más importante habido y por haber. ¿Lo es? Bien pudiera serlo Alfonso Reyes.
¿Es el poeta mayor de México; o lo fue Sor Juana, o Sabines? ¿Se trata del ensayista más trascendente de la historia mexicana? Tal vez fueron sus televisivos Diálogos con Octavio Paz las únicas ideas que la gente sabe de él. ¿Sus cuentos de Águila o sol son grandiosos? Me parecen mejores los de Juan Rulfo en El llano en llamas. Y en estricto sentido, ¿es esa incuestionable estatua de bronce? Conviene verlo como un intelectual simple y llanamente tan bueno como cualquier otro. Paz como cariátide, es cierto, permite llenarlo de tantos elogios como se nos ocurra; pero impide entenderlo como lo que es después de todo: un escritor con los vicios y vilezas de cualquier mortal. Empeñados en honores mezquinos sólo nos aproximamos a las fiestas de aquella tía emperifollada a la que todos hacíamos caravana, como buitres rondando su herencia.
Como era de esperarse, la revista Letras libres dedicó a Octavio Paz su número correspondiente a este mes de abril. Pero lo triste fue que el número conmemorativo confirmó las más bajas sospechas. En efecto, todos sabíamos de antemano que Enrique Krauze prepararía un número con demasiadas notas elogiosas para el poeta y ensayista muerto en 1998. Nunca, sin embargo, íbamos a pensar que ni siquiera por error, el número incluiría alguna crítica, por ligera que fuese, en contra de los más claros bemoles políticos del autor de Libertad bajo palabra.
El número abre con sendas cartas de Paz a José de la Colina. Misivas sin otra aportación que el chisme entre dos amigos que al mismo tiempo eran editores, escritores y, a su vez, amigos de otros buenos autores mundiales. La revista continúa con un puñado de críticas literarias destinadas a comentar, con la fría pero sana distancia de los años, varios libros de Paz aparecidos hace décadas; lamentablemente, los autores no critican los volúmenes que son piedra clave en la bibliografía de Octavio Paz, sino otros menos cruciales. Y naturalmente, comentadores encuentran cosas muy inteligentes, cuando no maravillosas, en todos los libros. Vaya crítica. Quizá el único intento loable sea el de Rafael Lemus. Sostiene que “es absurdo erigir una estatua en honor de Paz cuando él mismo destruyó, una y otra vez, su propia imagen”. A mi juicio, eso es mentira. Antes que destruir su imagen, en todo momento Paz labró su estatua: no es fortuito que se haya convertido en el ajonjolí de todos los moles intelectuales y políticos de México. Pero en todo caso, Lemus tiene el atrevimiento de reconocer que tanto homenaje está siendo muy absurdo.
Ahora bien, naturalmente Letras libres no iba a poner en tela de juicio nada de cuanto hizo o dejó de hacer Octavio Paz. La gran mayoría de los colaboradores de la revista, empezando por el director Enrique Krauze, fueron amigos, discípulos, admiradores o empleados del Premio Nóbel. Cuando él dirigía las revistas Plural y, más tarde, Vuelta, ellos pudieron sacar sus textos a la luz gracias a la buena voluntad del poeta. Y de hecho, el formato de la propia Letras libres no es sino un trasunto de aquellas dos. De ellos, pues, se entienden las alabanzas. No así de los que trabajan y publican en otros espacios. No me equivoco si afirmo que no hay suplemento de periódico o institución cultural del país que hasta el día de hoy haya propuesto una relectura diferente del premio Nóbel. Todo han sido loores, alabanzas, reconocimientos, celebración…
Pero es razonable. ¿Para qué decir otra cosa de Octavio Paz, si lo único rentable es hablar bien de él, se entiendan o no sus libros, nos gusten o no sus ideas o, lo que es peor, lo hayamos leído o no?
En estos años, sólo los escritores adictos a la izquierda han empezado a no hablar estrictamente bien de Octavio Paz. Les asiste la razón. No defiendo a los que lanzan piedras no más porque sí ante un edificio, pero sí comprendo que lancen esos proyectiles porque no tienen otro medio de manifestarse. A los intelectuales de izquierda que en los 80 y 90 no tenían espacio en la vida intelectual mexicana porque todos los espacios los tenía Octavio Paz, no les quedaba más opción que escupirle infamias. Y es que si bien Paz fue todo lo inteligente y gran poeta que se desee (a mí, de hecho, así me lo parece) también es verdad que fue un cacique omnipresente. No ha dejado de serlo. Era el Zeus del medio mexicano: más valía estar bien con él, o, en caso de estar irremediablemente mal, convenía mantenerse lo bastante alejado para que no te alcanzaran sus rayos furiosos. Recuerdo al escritor Guillermo J. Fadanelli: “En un concurso infantil dirigido por un adulto, la primera pregunta fue: ¿Quién escribió La divina Comedia? 20 manos se levantaron al mismo tiempo. El conductor no tuvo más remedio que elegir una. El niño contestó con un grito: ¡Octavio Paz! La injusticia fue que no le dieron el premio. Primero los educan dentro de una cultura monolítica y luego les piden matices”. En efecto, a todos nos hicieron tragar la idea de que Octavio Paz es el intelectual mexicano más importante habido y por haber. ¿Lo es? Bien pudiera serlo Alfonso Reyes.
¿Es el poeta mayor de México; o lo fue Sor Juana, o Sabines? ¿Se trata del ensayista más trascendente de la historia mexicana? Tal vez fueron sus televisivos Diálogos con Octavio Paz las únicas ideas que la gente sabe de él. ¿Sus cuentos de Águila o sol son grandiosos? Me parecen mejores los de Juan Rulfo en El llano en llamas. Y en estricto sentido, ¿es esa incuestionable estatua de bronce? Conviene verlo como un intelectual simple y llanamente tan bueno como cualquier otro. Paz como cariátide, es cierto, permite llenarlo de tantos elogios como se nos ocurra; pero impide entenderlo como lo que es después de todo: un escritor con los vicios y vilezas de cualquier mortal. Empeñados en honores mezquinos sólo nos aproximamos a las fiestas de aquella tía emperifollada a la que todos hacíamos caravana, como buitres rondando su herencia.
abril 13, 2008
Horrorosa Airosa
Aunque por razones distintas a las del escritor hidalguense Ignacio Trejo Fuentes, yo también pienso que Pachuca no es esa Bella Airosa que aparece en los folletines turísticos. Los motivos de Ignacio Trejo para detestar la cuna del fútbol pueden ser sentimentales; los míos son mundanos. Seguramente por el amor que le tiene a su Pachuca natal, Trejo Fuentes lamenta la corrupción de sus gobernantes y todo el provincianismo reinante. Yo no nací en Pachuca y como buen pesimista pragmático, a mí lo que me mata es tener que pasar un mal rato por culpa de los otros.
Empiezo a darles la razón a aquellos que odian ir de visita a sus pueblos natales. A mí, que siempre encuentro un pretexto para salir de la ciudad e ir de fin de semana al llano con mi parentela, me parecía repugnante que mis amigos optasen por quedarse los sábados a babosear en los centros comerciales de la ciudad. Llegué a pelearme con alguien porque criticaba mi provincianismo. “Pueblerino”, me dijo. Una mentada de madre le lancé como respuesta. Hasta hace unos pocos días nada me resultaba más agradable que llegar a mi pueblo el viernes entrada la madrugada, tomar el sábado un almuerzo de pesadas carnitas y departir en la piquera de Don Grillo algunas cervezas tibias; el domingo curarme el malestar con un caldo de panza y, por la tarde, volverme satisfecho a comenzar otra semana. Satisfacción que sólo pueden entender los que la han vivido en carne propia. Mas la cosa se puso mal hace unos días.
Salir de la Ciudad de México en viernes por la noche ya es algo inhumano. El hartazgo acumulado de toda la semana se torna insoportable cuando haz pasado en el coche tres horas sin adelantar más de cuatro metros. Cuando por fin logras tomar carretera, resulta que faltan unos minutos para que empiece a albear. Para ese momento, has puesto en el tocadiscos la misma canción un centenar de veces. Un malestar únicamente soportable en vista de que vas a ver a los tuyos, en las calles que dominas como la palma de tu mano. De allí, el problema:
Desde antes de llegar a Pachuca empezó lo desagradable. Un retén policial. Gordos encapuchados llevaban metralletas con las que apuntaban hacia los carros que íbamos pasando. Una larga y lenta fila de coches avanzaba, llevando en parpadeo las amarillas luces intermitentes. A medida que pasaban los carros, con una lámpara potente un policía iluminaba el interior, con cara de malo. Por fortuna no me detuvieron, tampoco a varias camionetas lujosísimas. No corrieron con la misma suerte los de un Datsun destartalado, sin pintura y con un faro apenas útil, que parecía una velita. Estaba viendo por el retrovisor a aquella familia del Datsun, cuando sentí un escalofrío y subí la ventanilla. Un acierto. A la avenida con que empieza Pachuca le quitaron el asfalto. Terracería desnuda. Decidieron reconstruirla y dejarla más bonita. Pues bien, fueron cinco kilómetros a vuelta de rueda, con las luces del coche iluminando el polvo que levantaban los carros de enfrente; cinco kilómetros antes de llegar a una desviación. Por las obras de un puente, era imposible seguir adelante y había que tomar por una colonia, si lo que se deseaba era llegar al centro histórico. Una vez que pasé por la colonia, me enfrenté a algo mucho peor. En el mismo lugar donde yo recordaba una esquina con semáforo, estaba ahora un sistema de banquetas, arbolitos, rayas amarillas en el piso y letreros inútiles. De esos que llaman distribuidores inteligentes. De alguna manera conseguí salir de ahí y llegar a mi casa, que olía a humedad. Prendí el interruptor de la luz y no había energía. Qué me quedaba sino resignarme y echarme a dormir.
Desde hace unas semanas, es imposible salir a cualquier lugar de Pachuca. Si no está cerrada cierta avenida por alguna obra de pavimentación, seguramente están construyendo un puente, o poniendo arbolitos, o montando la lona donde informan, precisamente, cuántos arbolitos, puentes y pavimentos, están poniendo. Qué absurdo. De cualquier modo, nadie puede transitar por ningún lugar de la cuna del paste, sin sufrir el infernal calor de estos días unas cuantas horas en el carro a vuelta de rueda. Eso, por no pensar en lo que se sufre viajando en pesero.
Hace poco, un amigo de la Ciudad que hace cine estuvo en Pachuca. Precisamente detenidos en un semáforo, bañados en sudor, salió a flote la discusión sobre tanta obra. Y es que habíamos pasado más de una hora sin avanzar en una avenida lo suficientemente amplia como para haber salido de hacía un rato. Pero un camión estaba maniobrando con una descomunal barra de concreto que pronto será un puente muy bonito. Para él es una fortuna que se estén llevando obras que modernicen la ciudad. En vista de que habíamos pasado varios días en una Pachuca sin arte plástico, ni cine, ni teatro, ni trabajo literario, ni nada, razonó que al menos íbamos a tener avenidas lindas. ¡Cómo no montar en cólera! Pues todas esas obras hacen pensar en lo que les decía don Porfirio Díaz a los que querían robar cuando él era presidente. Como odiaba el latrocinio de los políticos, les sugería: “No roben, hagan obras”. No puede pasarse por Pachuca sin pensar en la sugerencia de Don Porfirio. Más grave aún: la creencia de que modernizar la ciudad es hacer puentes, centros comerciales, edificios públicos. Lo entiendo de los políticos: les vale madre el pueblo. No de personas sensibles, como mi querido amigo. El desarrollo de un pueblo no se mide en banquetas sino en lo que realmente vale: en el crecimiento sensible, el desarrollo intelectual, en el esfuerzo por enriquecer el espíritu. Estaba gritando. Se puso en verde el semáforo. Cuando avanzamos, mi amigo estaba blanco.
Me faltó el final de aquel viaje de fin de semana. Al otro día por la mañana, tuve un desayuno que me confirmó por qué Ignacio Trejo tacha a Pachuca de Horrorosa Airosa. Y es que unos políticos de traje hablaban elogios del presidente municipal que “estaba modernizando la ciudad”. Lo peor: parejo loor se leía en un periódico amarillista que había sobre la mesa. Carajo.
Empiezo a darles la razón a aquellos que odian ir de visita a sus pueblos natales. A mí, que siempre encuentro un pretexto para salir de la ciudad e ir de fin de semana al llano con mi parentela, me parecía repugnante que mis amigos optasen por quedarse los sábados a babosear en los centros comerciales de la ciudad. Llegué a pelearme con alguien porque criticaba mi provincianismo. “Pueblerino”, me dijo. Una mentada de madre le lancé como respuesta. Hasta hace unos pocos días nada me resultaba más agradable que llegar a mi pueblo el viernes entrada la madrugada, tomar el sábado un almuerzo de pesadas carnitas y departir en la piquera de Don Grillo algunas cervezas tibias; el domingo curarme el malestar con un caldo de panza y, por la tarde, volverme satisfecho a comenzar otra semana. Satisfacción que sólo pueden entender los que la han vivido en carne propia. Mas la cosa se puso mal hace unos días.
Salir de la Ciudad de México en viernes por la noche ya es algo inhumano. El hartazgo acumulado de toda la semana se torna insoportable cuando haz pasado en el coche tres horas sin adelantar más de cuatro metros. Cuando por fin logras tomar carretera, resulta que faltan unos minutos para que empiece a albear. Para ese momento, has puesto en el tocadiscos la misma canción un centenar de veces. Un malestar únicamente soportable en vista de que vas a ver a los tuyos, en las calles que dominas como la palma de tu mano. De allí, el problema:
Desde antes de llegar a Pachuca empezó lo desagradable. Un retén policial. Gordos encapuchados llevaban metralletas con las que apuntaban hacia los carros que íbamos pasando. Una larga y lenta fila de coches avanzaba, llevando en parpadeo las amarillas luces intermitentes. A medida que pasaban los carros, con una lámpara potente un policía iluminaba el interior, con cara de malo. Por fortuna no me detuvieron, tampoco a varias camionetas lujosísimas. No corrieron con la misma suerte los de un Datsun destartalado, sin pintura y con un faro apenas útil, que parecía una velita. Estaba viendo por el retrovisor a aquella familia del Datsun, cuando sentí un escalofrío y subí la ventanilla. Un acierto. A la avenida con que empieza Pachuca le quitaron el asfalto. Terracería desnuda. Decidieron reconstruirla y dejarla más bonita. Pues bien, fueron cinco kilómetros a vuelta de rueda, con las luces del coche iluminando el polvo que levantaban los carros de enfrente; cinco kilómetros antes de llegar a una desviación. Por las obras de un puente, era imposible seguir adelante y había que tomar por una colonia, si lo que se deseaba era llegar al centro histórico. Una vez que pasé por la colonia, me enfrenté a algo mucho peor. En el mismo lugar donde yo recordaba una esquina con semáforo, estaba ahora un sistema de banquetas, arbolitos, rayas amarillas en el piso y letreros inútiles. De esos que llaman distribuidores inteligentes. De alguna manera conseguí salir de ahí y llegar a mi casa, que olía a humedad. Prendí el interruptor de la luz y no había energía. Qué me quedaba sino resignarme y echarme a dormir.
Desde hace unas semanas, es imposible salir a cualquier lugar de Pachuca. Si no está cerrada cierta avenida por alguna obra de pavimentación, seguramente están construyendo un puente, o poniendo arbolitos, o montando la lona donde informan, precisamente, cuántos arbolitos, puentes y pavimentos, están poniendo. Qué absurdo. De cualquier modo, nadie puede transitar por ningún lugar de la cuna del paste, sin sufrir el infernal calor de estos días unas cuantas horas en el carro a vuelta de rueda. Eso, por no pensar en lo que se sufre viajando en pesero.
Hace poco, un amigo de la Ciudad que hace cine estuvo en Pachuca. Precisamente detenidos en un semáforo, bañados en sudor, salió a flote la discusión sobre tanta obra. Y es que habíamos pasado más de una hora sin avanzar en una avenida lo suficientemente amplia como para haber salido de hacía un rato. Pero un camión estaba maniobrando con una descomunal barra de concreto que pronto será un puente muy bonito. Para él es una fortuna que se estén llevando obras que modernicen la ciudad. En vista de que habíamos pasado varios días en una Pachuca sin arte plástico, ni cine, ni teatro, ni trabajo literario, ni nada, razonó que al menos íbamos a tener avenidas lindas. ¡Cómo no montar en cólera! Pues todas esas obras hacen pensar en lo que les decía don Porfirio Díaz a los que querían robar cuando él era presidente. Como odiaba el latrocinio de los políticos, les sugería: “No roben, hagan obras”. No puede pasarse por Pachuca sin pensar en la sugerencia de Don Porfirio. Más grave aún: la creencia de que modernizar la ciudad es hacer puentes, centros comerciales, edificios públicos. Lo entiendo de los políticos: les vale madre el pueblo. No de personas sensibles, como mi querido amigo. El desarrollo de un pueblo no se mide en banquetas sino en lo que realmente vale: en el crecimiento sensible, el desarrollo intelectual, en el esfuerzo por enriquecer el espíritu. Estaba gritando. Se puso en verde el semáforo. Cuando avanzamos, mi amigo estaba blanco.
Me faltó el final de aquel viaje de fin de semana. Al otro día por la mañana, tuve un desayuno que me confirmó por qué Ignacio Trejo tacha a Pachuca de Horrorosa Airosa. Y es que unos políticos de traje hablaban elogios del presidente municipal que “estaba modernizando la ciudad”. Lo peor: parejo loor se leía en un periódico amarillista que había sobre la mesa. Carajo.
abril 06, 2008
¡Maten a la maldita!
He vuelto a confirmar verdad de aquel viejo apotegma: las comparaciones son siempre odiosas. ¿Cuál tiene mejor sabor: la Pepsi cola o la Coca cola? ¿Quién poseyó mayor hermosura: Marilyn Monroe o Greta Garbo? ¿Cuál de estos personajes es más repugnante: los narcotrafiantes que asesinan a cantantes norteños, o los políticos que consienten esos crímenes? ¿Quién está más afectado de sus facultades humanas: la mujer de 51 años que mataba ancianas por un malsano gusto carnicero, o los miembros de una sociedad que no pierden oportunidad de ver por televisión la “cara de mala” de esa asesina serial? Lo trágico cualquier parangón es que tanto el que está de un laco como del otro están en lo cierto, todo depende de los ojos con que se mire.
La cuestión no tiene desperdicio en vista de algo que ocurrió recientemente. Para nadie es desconocido que las autoridades judiciales encontraron culpable de varios asesinatos a sangre fría a la paisana hidalguense Juana Barraza Samperio. Mejor conocida como la Mataviejitas, Barraza Samperio fue sentenciada a una pena absurda pero comprensible de ¡759 años de cárcel!, por haber matado a 16 ancianas de entre 60 y 85 años de canas, y haber cometido 12 robos en casa habitación. Sentencia incoherente pero perfectamente natural, porque la justicia mexicana no actúa sino pensando en lo que pide el público. Y si los televidentes reclaman que se actúe contra esa enferma-desquiciada-malnacida-loca que es la paisana de Hidalgo, la justicia dicta una fallo que lejos de solucionar ningún crimen, lo que busca es quedar bien con los reporteros que escribieron las notas, los periodistas pagados que dijeron pestes y los consumidores de información que han aborrecido a esa hidalguense cuyo gusto era asesinar ancianas.
Al conocer la historia de Juana Barraza no he podido menos que hacer otra comparación, con Raskolnikof, el personaje de Crimen y castigo, la fabulosa novela de Dostoyevsky. Entre ambos hay un punto de comparación realmente elevado. En la novela, Raskolnikof, en un rapto de cólera, hende un hacha en medio del cráneo a dos mujeres, huye despavorido y pasa 5oo páginas de sufrimiento, atormentado por la posibilidad de que en cualquier momento pueda ser descubierto. El temor a ser descubierto persiste en su mente con tanta vehemencia, que termina aceptando públicamente el crimen cuando se declara culpable en la estación de policía. En el caso de la Mataviejitas, aventuro la posibilidad de que sus incursiones asesinas pueden ser materia prima para algún relato de ficción. A mí no me interesaría leer por qué decidió vestirse de enfermera y descabecharse cierta tarde a una anciana de tal centro habitacional, pero el que lo escriba, mienta o diga la verdad, puede hacerse rico vendiendo miles de ejemplares.
Basta ver cuánto interés se puso a este caso de nota roja. Ahí está el material que se produjo desde que en 2006 la Mataviejitas fue apresada y, hasta hace unos días, sentenciada. De hecho, sospecho que las empresas de televisión y los periódicos son los que mandan a hacer asesinos seriales como Barraza. Pues las familias de los asesinados sólo ganan ser exhibidos, los lectores de noticias se tragan información tendenciosa y la justicia mexicana sólo se convierte en empresa de espectáculos. Pero los que cobran por dar a conocer tanto detalle de una asesina son los medios de comunicación.
Y es que desde enero de 2006 todos vieron por el televisor cómo dos policías gorditos de la Ciudad de México corrían por entre los carros de la avenida, persiguiendo a una mujer mucho más ágil que ellos. Cuando la capturaron, ocurrió el momento de la conmoción. ¡Era el mismísimo espécimen inhumano que había dado muerte a sangre fría a muchas pobres viejitas! Enseguida todos supimos su historia. Barraza Samperio había nacido en 1957 en un pueblito llamado Santa Mónica, en el municipio hidalguense de Epazoyucan. Siendo niña, su humilde hogar era un caos. Su madre era alcohólica y se dejó embarazar de un hombre que no la amaba. De sus dos hijas, una recibiría el nombre de Juana. Sobre su adolescencia y su llegada a la Ciudad de México no se sabe casi nada. Pero en algún lugar leí que se fue a vivir con un borracho que la embarazó y la golpeaba. Poco a poco se le fue agriando el carácter, al tiempo que se metió de luchadora semiprofesional. Con el nombre de La dama del Silencio, a Barraza le propinaron varias tundas en muchos cuadriláteros de provincia. Y según ella, se convirtió en asesina “por las malas compañías”. Es notorio que su vida fue tan dura como la de tantos otros a los que, sin embargo, no se les zafan los tornillos y se ponen a matar personas. ¡Por qué nos interesan tanto estas historias!
Aun cuando en resumidas cuentas pueda decirse que simplemente somos unos morbosos irredentos, es conveniente indagar un poco más. ¿Por qué se venden tanto los periódicos hueros cuya única pasta son las noticias sangrientas? ¿Pero es culpa de los periódicos? Si no fueran tan solicitados por los lectores, acabarían rodando por el suelo y dejarían de publicarse. Recuerdo a Edmundo Desnoes. Decía que “el subdesarrollo es la incapacidad de acumular experiencia”. El consumo de información sobre hechos concretísimos cuyo contenido cultural no hace más que abonar a nuestro sentido del morbo, es un síntoma que seguramente han estudiado psicólogos o sociólogos de manera más detallada. A mí lo que me parece interesante es reírme de la sociedad a la que pertenezco. Una sociedad que prefiere ver la paja en el ojo ajeno, que no la viga en el propio.
Que se prefiera la Coca cola por encima de la Pepsi cola, es algo tan bonito como creer firmemente que Marilyn Monroe es años luz más bella que Greta Garbo. Lo intolerable es que una descraneada asesina serial ocupe un lugar privilegiado de la atención nacional, con tamaño despliegue mediático de por medio. ¡Pero si la pobre paisana no es más que una desquiciada! Y sin embargo, se convirtió en el abono de nuestros morbosos prejuicios, los cuales además parecen ser la regla de medición bajo la cual se mueve nuestro sistema de justicia mexicano.
La cuestión no tiene desperdicio en vista de algo que ocurrió recientemente. Para nadie es desconocido que las autoridades judiciales encontraron culpable de varios asesinatos a sangre fría a la paisana hidalguense Juana Barraza Samperio. Mejor conocida como la Mataviejitas, Barraza Samperio fue sentenciada a una pena absurda pero comprensible de ¡759 años de cárcel!, por haber matado a 16 ancianas de entre 60 y 85 años de canas, y haber cometido 12 robos en casa habitación. Sentencia incoherente pero perfectamente natural, porque la justicia mexicana no actúa sino pensando en lo que pide el público. Y si los televidentes reclaman que se actúe contra esa enferma-desquiciada-malnacida-loca que es la paisana de Hidalgo, la justicia dicta una fallo que lejos de solucionar ningún crimen, lo que busca es quedar bien con los reporteros que escribieron las notas, los periodistas pagados que dijeron pestes y los consumidores de información que han aborrecido a esa hidalguense cuyo gusto era asesinar ancianas.
Al conocer la historia de Juana Barraza no he podido menos que hacer otra comparación, con Raskolnikof, el personaje de Crimen y castigo, la fabulosa novela de Dostoyevsky. Entre ambos hay un punto de comparación realmente elevado. En la novela, Raskolnikof, en un rapto de cólera, hende un hacha en medio del cráneo a dos mujeres, huye despavorido y pasa 5oo páginas de sufrimiento, atormentado por la posibilidad de que en cualquier momento pueda ser descubierto. El temor a ser descubierto persiste en su mente con tanta vehemencia, que termina aceptando públicamente el crimen cuando se declara culpable en la estación de policía. En el caso de la Mataviejitas, aventuro la posibilidad de que sus incursiones asesinas pueden ser materia prima para algún relato de ficción. A mí no me interesaría leer por qué decidió vestirse de enfermera y descabecharse cierta tarde a una anciana de tal centro habitacional, pero el que lo escriba, mienta o diga la verdad, puede hacerse rico vendiendo miles de ejemplares.
Basta ver cuánto interés se puso a este caso de nota roja. Ahí está el material que se produjo desde que en 2006 la Mataviejitas fue apresada y, hasta hace unos días, sentenciada. De hecho, sospecho que las empresas de televisión y los periódicos son los que mandan a hacer asesinos seriales como Barraza. Pues las familias de los asesinados sólo ganan ser exhibidos, los lectores de noticias se tragan información tendenciosa y la justicia mexicana sólo se convierte en empresa de espectáculos. Pero los que cobran por dar a conocer tanto detalle de una asesina son los medios de comunicación.
Y es que desde enero de 2006 todos vieron por el televisor cómo dos policías gorditos de la Ciudad de México corrían por entre los carros de la avenida, persiguiendo a una mujer mucho más ágil que ellos. Cuando la capturaron, ocurrió el momento de la conmoción. ¡Era el mismísimo espécimen inhumano que había dado muerte a sangre fría a muchas pobres viejitas! Enseguida todos supimos su historia. Barraza Samperio había nacido en 1957 en un pueblito llamado Santa Mónica, en el municipio hidalguense de Epazoyucan. Siendo niña, su humilde hogar era un caos. Su madre era alcohólica y se dejó embarazar de un hombre que no la amaba. De sus dos hijas, una recibiría el nombre de Juana. Sobre su adolescencia y su llegada a la Ciudad de México no se sabe casi nada. Pero en algún lugar leí que se fue a vivir con un borracho que la embarazó y la golpeaba. Poco a poco se le fue agriando el carácter, al tiempo que se metió de luchadora semiprofesional. Con el nombre de La dama del Silencio, a Barraza le propinaron varias tundas en muchos cuadriláteros de provincia. Y según ella, se convirtió en asesina “por las malas compañías”. Es notorio que su vida fue tan dura como la de tantos otros a los que, sin embargo, no se les zafan los tornillos y se ponen a matar personas. ¡Por qué nos interesan tanto estas historias!
Aun cuando en resumidas cuentas pueda decirse que simplemente somos unos morbosos irredentos, es conveniente indagar un poco más. ¿Por qué se venden tanto los periódicos hueros cuya única pasta son las noticias sangrientas? ¿Pero es culpa de los periódicos? Si no fueran tan solicitados por los lectores, acabarían rodando por el suelo y dejarían de publicarse. Recuerdo a Edmundo Desnoes. Decía que “el subdesarrollo es la incapacidad de acumular experiencia”. El consumo de información sobre hechos concretísimos cuyo contenido cultural no hace más que abonar a nuestro sentido del morbo, es un síntoma que seguramente han estudiado psicólogos o sociólogos de manera más detallada. A mí lo que me parece interesante es reírme de la sociedad a la que pertenezco. Una sociedad que prefiere ver la paja en el ojo ajeno, que no la viga en el propio.
Que se prefiera la Coca cola por encima de la Pepsi cola, es algo tan bonito como creer firmemente que Marilyn Monroe es años luz más bella que Greta Garbo. Lo intolerable es que una descraneada asesina serial ocupe un lugar privilegiado de la atención nacional, con tamaño despliegue mediático de por medio. ¡Pero si la pobre paisana no es más que una desquiciada! Y sin embargo, se convirtió en el abono de nuestros morbosos prejuicios, los cuales además parecen ser la regla de medición bajo la cual se mueve nuestro sistema de justicia mexicano.
abril 02, 2008
Contra el cirre del Centro Cultural del Ferrocarril
Señor Gobernador, Miguel Osorio Chong, algunos amigos míos le envían esta carta:
No sdirigimos respetuosamente a usted para solicitarle que rechace la aprobación y ejecución del centro comercial que están planeando construir en la antigua estación del ferrocarril de Pachuca, debido a que amenaza el pequeño comercio del área, la vida de los mercados, la poca tranquilidad del centro, además que están atentando contra un monumento histórico patrimonio de todos los hidalguenses punto cero de la ciudad, actualmente utilizado como centro de difusión cultural único en su tipo.
La relevancia de este espacio se debe no sólo a nuestro pasado histórico, muestra invaluable de procesos de transformación y desarrollo que marcaron el siglo XIX, sino que además es uno de los pocos espacios de cultura para jóvenes y niños. Tomemos en cuenta que la riqueza de las ciudades se mide en la conservación de su historia, tradiciones, sus museos, centros culturales y de aprendizaje y nunca en sus centros comerciales.
Quién necesita otra plaza si las que hay nunca se terminarán de construir como sucedió con "plaza bella", monumento a lo ordinario. Instalado donde alguna vez existió el lienzo charro de Pachuca. Dicen que quien no conoce su propia historia está condenado a repetirla. Nos indigna pensar en una plaza más con locales vacios, mientras desaparecen el mercado Revolución, el Morelos, Barreteros y el comercio tradicional.
A nombre de los jóvenes de esta ciudad y generaciones venideras, artistas que buscan espacios de expresión y turistas que nos llegan a visitar buscando los museos y sitios que representan la identidad de la ciudad, le solicitamos que se evalúen las razones antes mencionadas para que el proyecto del grupo Joma sea rechazado. De la misma forma le pedimos que se conserve el Centro Cultural del Ferrocarril y se piense en construir un gran parque recreativo tipo Tezozomoc en Azcapotzalco, Tomás Garrido, en Tabasco, el parque México, etc. Se busca un espacio que se signifique por su belleza escénica, su valor histórico, educativo de recreo, por la existencia de flora y fauna, por su aptitud para el desarrollo del turismo, o por otras razones análogas de interés general. Donde se respete todo el terreno que conforma nuestra antigua estación cariñosamente llamada Ferro y se conserve el espacio para la difusión de la cultura y el bienestar familiar.
Debemos detenernos a observar nuestra ciudad, rescatar su antigua arquitectura, promover los museos, parques y mercados que den a la ciudad una identidad, un panorama local, nacional e internacional. Ya que una ciudad con cultura es una ciudad rica, la cultura atrae el turismo y también al comercio.
Tomando todas estas razones en consideración, le solicitamos que niegue la construcción de este centro comercial y rechace definitivamente su ejecución.
Atentamente, un@s ciudadan@s preocupad@s por la creciente degradación de nuestro patrimonio arquitectónico y cultural. Firma y reenvía este correo a todos amigos, se ruega a la persona no. 50 que reciba este mensaje reenviarlo a salvemosalferro@asistencia.org para que sea entregado al Gobierno de Hidalgo.
1.- Alicia Badillo, Pachuca, Hgo.
2.- Edgar Chavez Ortiz, Pachuca, Hgo.
3. Jorge Antonio Romero Navarro, Pachuca, Hgo.
4. Mayte R. Romo, Ciudad de México
5. Uriel Rodríguez, Ciudad de México/Pachuca, Hgo.
6. Luis Frías, Cd. México/Hidalgo.
Gracias por invitar a tus amigos a participar en esta acción. Más información
www.myspace.com/salvemosalferro.
No sdirigimos respetuosamente a usted para solicitarle que rechace la aprobación y ejecución del centro comercial que están planeando construir en la antigua estación del ferrocarril de Pachuca, debido a que amenaza el pequeño comercio del área, la vida de los mercados, la poca tranquilidad del centro, además que están atentando contra un monumento histórico patrimonio de todos los hidalguenses punto cero de la ciudad, actualmente utilizado como centro de difusión cultural único en su tipo.
La relevancia de este espacio se debe no sólo a nuestro pasado histórico, muestra invaluable de procesos de transformación y desarrollo que marcaron el siglo XIX, sino que además es uno de los pocos espacios de cultura para jóvenes y niños. Tomemos en cuenta que la riqueza de las ciudades se mide en la conservación de su historia, tradiciones, sus museos, centros culturales y de aprendizaje y nunca en sus centros comerciales.
Quién necesita otra plaza si las que hay nunca se terminarán de construir como sucedió con "plaza bella", monumento a lo ordinario. Instalado donde alguna vez existió el lienzo charro de Pachuca. Dicen que quien no conoce su propia historia está condenado a repetirla. Nos indigna pensar en una plaza más con locales vacios, mientras desaparecen el mercado Revolución, el Morelos, Barreteros y el comercio tradicional.
A nombre de los jóvenes de esta ciudad y generaciones venideras, artistas que buscan espacios de expresión y turistas que nos llegan a visitar buscando los museos y sitios que representan la identidad de la ciudad, le solicitamos que se evalúen las razones antes mencionadas para que el proyecto del grupo Joma sea rechazado. De la misma forma le pedimos que se conserve el Centro Cultural del Ferrocarril y se piense en construir un gran parque recreativo tipo Tezozomoc en Azcapotzalco, Tomás Garrido, en Tabasco, el parque México, etc. Se busca un espacio que se signifique por su belleza escénica, su valor histórico, educativo de recreo, por la existencia de flora y fauna, por su aptitud para el desarrollo del turismo, o por otras razones análogas de interés general. Donde se respete todo el terreno que conforma nuestra antigua estación cariñosamente llamada Ferro y se conserve el espacio para la difusión de la cultura y el bienestar familiar.
Debemos detenernos a observar nuestra ciudad, rescatar su antigua arquitectura, promover los museos, parques y mercados que den a la ciudad una identidad, un panorama local, nacional e internacional. Ya que una ciudad con cultura es una ciudad rica, la cultura atrae el turismo y también al comercio.
Tomando todas estas razones en consideración, le solicitamos que niegue la construcción de este centro comercial y rechace definitivamente su ejecución.
Atentamente, un@s ciudadan@s preocupad@s por la creciente degradación de nuestro patrimonio arquitectónico y cultural. Firma y reenvía este correo a todos amigos, se ruega a la persona no. 50 que reciba este mensaje reenviarlo a salvemosalferro@asistencia.org para que sea entregado al Gobierno de Hidalgo.
1.- Alicia Badillo, Pachuca, Hgo.
2.- Edgar Chavez Ortiz, Pachuca, Hgo.
3. Jorge Antonio Romero Navarro, Pachuca, Hgo.
4. Mayte R. Romo, Ciudad de México
5. Uriel Rodríguez, Ciudad de México/Pachuca, Hgo.
6. Luis Frías, Cd. México/Hidalgo.
Gracias por invitar a tus amigos a participar en esta acción. Más información
www.myspace.com/salvemosalferro.
marzo 23, 2008
Semana Santa a lo porno
Aunque todos los miembros de la familia trabajan, las vacaciones les dieron un tiempo para venir de visita a Hidalgo. Y tuve la oportunidad de compartir la mesa con todos ellos: el papá, la mamá y los hijos. Aun cuando son gente de muy pocas palabras, no les faltó saliva para detallar las habladurías que corren por allá a propósito de un escándalo sexual en que está metido el gobernador de su estado. Como si contaran algo muy grave, bajaron la voz y me secretearon que a ese político lo acusan de ser gay, y que las fotos en los periódicos con su linda familia son una farsa. Qué aburrido, pensé. Seguimos comiendo y me sentí tentado a traer a la mesa un asunto también sexual, pero de mayor vuelo: el caso del malhadado gobernador de Nueva York, Elliot Spitzer, quien perdió el trabajo por meterse a las cobijas con alguien que no era su mujer. Me resistí a sacar el tema entre las tortitas de camarón y el caldo de pescado que estábamos comiendo. Eso sí que los hubiera hecho llevarse las manos a los oídos y ponerse a rezar; después de todo, el fin de semana religioso era muy apropiado.
Hace dos semanas que el tema, intrascendente en mi opinión, salió a la luz pública. Pero desde entonces ha cobrado la efervescencia que sólo consiguen las noticias provenientes de las alcobas de los políticos. El hecho es que la prensa gringa lanzó el dardo al informar de las ligas entre el (hasta entonces) gobernador de Nueva York y una exclusiva agencia de meretrices. Una investigación del FBI fue lo que puso las cosas al descubierto.
Averiguando delitos vinculados con prostitución, la inteligencia gringa reparó en que existía un sospechoso consumidor de servicios sexuales. Comunicó los detalles. Uno, escondía su verdadera identidad haciéndose llamar Cliente 9. Dos, echaba mano de la exclusividad que ofrecía Emperor’s Club VIP, la lujosa agencia de prostitución. Y, sobre todo, tres: su edecán del amor predilecta era una chica de 22 años cuyo nombre artístico es pura pedrería fina, Kristen. Y es que sin ser una grandiosa belleza y sin estar buenísima, posee cualidades que la convierten en una chica muy tentadora para el gobernador de cualquier lugar del mundo. Hay que comprender a Spitzer. Además estar tocada por un sensual aire italiano, la bronceada prostituta es de cejas negras, de labios carnosos, su figura es esbelta pero no flaca, y lleva puesto un tatuaje de dragón en el hombro izquierdo; cosa más preciosa todavía: sus piernas son kilométricas. Pues bien, tal humanidad era lo que consumía el político de Nueva York. ¡Cómo no pagar los 4 mil 300 dólares que cobraba la princesa por amar 60 minutos cronometrados!
No pasaron más de unas horas entre que todo esto se dio a conocer y en que el alcalde tuvo que aparecer públicamente, con el rostro pálido y llevando a su esposa del brazo, para pedir disculpas. Puso una cara compungidísima, estaba a punto de romper en llanto y no es descabellado suponer que le sudaban las manos. “Pido perdón, primero y más importante, a mi familia”, se disculpó frente a las cámaras. “Pido perdón al público al que prometí algo mejor. He desilusionado y no logro vivir de acuerdo con los estándares que yo esperaba de mí mismo. Debo dedicar ahora un poco de tiempo a recuperar la confianza de mi familia”. Pero de nada le sirvió todo eso, ni decir que no consideraba oportuno renunciar a su cargo, porque de todas formas tuvo que dimitir y dejarle el puesto a un político débil visual. Puedo imaginar lo que pasó por su cabeza esa noche. “Me quedé sin puta, sin vieja y sin trabajo. Y por si fuera poco, cabrones, me suplantan con un ciego”.
Pero, de la misma forma que en el apotegma popular, con todo esto se hizo leña del árbol caído. Cuando algo absurdo se trata con gran seriedad, acaba levantando puras carcajadas. Y a Spitzer le empezó a llover sobre mojado; después de la tormenta, el cretino sostuvo que tenía pensado volver a ganarse la confianza de su familia y, adicionalmente, planeaba acudir a una terapia para no depender más del sexo pagado. Jajajá. No podía ser más hilarante. Ahora bien, una cosa sí resulta notable. Era de sospecharse que Kristen se iba a convertir en el foco de interés de Norteamérica, como efectivamente sucedió. Más rápido de lo que canta un gallo, se conoció su verdadera identidad. Su nombre de pila es Ashley Alexandra Dupre y nació hace 22 años en Nueva Jersey. Siendo niña acariciaba el deseo de convertirse en cantante musical. No alcanzó el estrellato a través de sus dotes para la música, pero ha logrado lo que pocas a tan cortas 22 primaveras. Ser, aunque sea fugazmente, el icono sexual de la Gran Manzana.
Y es que tras de sí, Kristen ha desatado un alud de contenidos altamente estimulantes. El asunto tiene de todo. Desde el desvanecido ofrecimiento de un millón de dólares para que se desnudara e hiciera actos lésbicos, hasta la posibilidad de convertirse, después de todo, en la cantante que siempre quiso ser.
La distribuidora de DVD para adultos Girls Gone Wild (Las chicas se vuelven locas, en inglés) le había ofrecido tan jugosa suma a cambio de aparecer desnuda en su portada, además de hacer honor a la publicación, haciendo idioteces en público con su sexo. A Kristen, empero, la suerte no le sonrió mucho. Acaso queriendo hacerse la interesante, pero lo cierto es que Kristen dejó con el ofrecimiento en la mano al editor porno Larry Flint. Craso error. Al rebuscar entre su videoteca porno, Flint descubrió que Kristen ya se había quitado la ropa ante sus cámaras. El hecho fue que quiso celebrar su cumpleaños 18 en Miami y terminó sin ropa, besándose con otra chica, adentro de un camión de grabaciones de Girls Gone Wild: todo esto, con firmas legales de por medio. Pobre chiquilla. Le queda el consuelo de otros ofrecimientos en publicaciones porno, y las millonarias visitas que está teniendo su página en Internet.
Sigo convencido de haber hecho bien al ocultarle esta historia a mis amigos norteños. Qué hubieran pensado al enterarse de que todo este embrollo pornográfico ocurrió en la mismísima Semana Santa.
Hace dos semanas que el tema, intrascendente en mi opinión, salió a la luz pública. Pero desde entonces ha cobrado la efervescencia que sólo consiguen las noticias provenientes de las alcobas de los políticos. El hecho es que la prensa gringa lanzó el dardo al informar de las ligas entre el (hasta entonces) gobernador de Nueva York y una exclusiva agencia de meretrices. Una investigación del FBI fue lo que puso las cosas al descubierto.
Averiguando delitos vinculados con prostitución, la inteligencia gringa reparó en que existía un sospechoso consumidor de servicios sexuales. Comunicó los detalles. Uno, escondía su verdadera identidad haciéndose llamar Cliente 9. Dos, echaba mano de la exclusividad que ofrecía Emperor’s Club VIP, la lujosa agencia de prostitución. Y, sobre todo, tres: su edecán del amor predilecta era una chica de 22 años cuyo nombre artístico es pura pedrería fina, Kristen. Y es que sin ser una grandiosa belleza y sin estar buenísima, posee cualidades que la convierten en una chica muy tentadora para el gobernador de cualquier lugar del mundo. Hay que comprender a Spitzer. Además estar tocada por un sensual aire italiano, la bronceada prostituta es de cejas negras, de labios carnosos, su figura es esbelta pero no flaca, y lleva puesto un tatuaje de dragón en el hombro izquierdo; cosa más preciosa todavía: sus piernas son kilométricas. Pues bien, tal humanidad era lo que consumía el político de Nueva York. ¡Cómo no pagar los 4 mil 300 dólares que cobraba la princesa por amar 60 minutos cronometrados!
No pasaron más de unas horas entre que todo esto se dio a conocer y en que el alcalde tuvo que aparecer públicamente, con el rostro pálido y llevando a su esposa del brazo, para pedir disculpas. Puso una cara compungidísima, estaba a punto de romper en llanto y no es descabellado suponer que le sudaban las manos. “Pido perdón, primero y más importante, a mi familia”, se disculpó frente a las cámaras. “Pido perdón al público al que prometí algo mejor. He desilusionado y no logro vivir de acuerdo con los estándares que yo esperaba de mí mismo. Debo dedicar ahora un poco de tiempo a recuperar la confianza de mi familia”. Pero de nada le sirvió todo eso, ni decir que no consideraba oportuno renunciar a su cargo, porque de todas formas tuvo que dimitir y dejarle el puesto a un político débil visual. Puedo imaginar lo que pasó por su cabeza esa noche. “Me quedé sin puta, sin vieja y sin trabajo. Y por si fuera poco, cabrones, me suplantan con un ciego”.
Pero, de la misma forma que en el apotegma popular, con todo esto se hizo leña del árbol caído. Cuando algo absurdo se trata con gran seriedad, acaba levantando puras carcajadas. Y a Spitzer le empezó a llover sobre mojado; después de la tormenta, el cretino sostuvo que tenía pensado volver a ganarse la confianza de su familia y, adicionalmente, planeaba acudir a una terapia para no depender más del sexo pagado. Jajajá. No podía ser más hilarante. Ahora bien, una cosa sí resulta notable. Era de sospecharse que Kristen se iba a convertir en el foco de interés de Norteamérica, como efectivamente sucedió. Más rápido de lo que canta un gallo, se conoció su verdadera identidad. Su nombre de pila es Ashley Alexandra Dupre y nació hace 22 años en Nueva Jersey. Siendo niña acariciaba el deseo de convertirse en cantante musical. No alcanzó el estrellato a través de sus dotes para la música, pero ha logrado lo que pocas a tan cortas 22 primaveras. Ser, aunque sea fugazmente, el icono sexual de la Gran Manzana.
Y es que tras de sí, Kristen ha desatado un alud de contenidos altamente estimulantes. El asunto tiene de todo. Desde el desvanecido ofrecimiento de un millón de dólares para que se desnudara e hiciera actos lésbicos, hasta la posibilidad de convertirse, después de todo, en la cantante que siempre quiso ser.
La distribuidora de DVD para adultos Girls Gone Wild (Las chicas se vuelven locas, en inglés) le había ofrecido tan jugosa suma a cambio de aparecer desnuda en su portada, además de hacer honor a la publicación, haciendo idioteces en público con su sexo. A Kristen, empero, la suerte no le sonrió mucho. Acaso queriendo hacerse la interesante, pero lo cierto es que Kristen dejó con el ofrecimiento en la mano al editor porno Larry Flint. Craso error. Al rebuscar entre su videoteca porno, Flint descubrió que Kristen ya se había quitado la ropa ante sus cámaras. El hecho fue que quiso celebrar su cumpleaños 18 en Miami y terminó sin ropa, besándose con otra chica, adentro de un camión de grabaciones de Girls Gone Wild: todo esto, con firmas legales de por medio. Pobre chiquilla. Le queda el consuelo de otros ofrecimientos en publicaciones porno, y las millonarias visitas que está teniendo su página en Internet.
Sigo convencido de haber hecho bien al ocultarle esta historia a mis amigos norteños. Qué hubieran pensado al enterarse de que todo este embrollo pornográfico ocurrió en la mismísima Semana Santa.
marzo 16, 2008
A propósito de Tulancingo
Tulancingo es mucho más que extensos pastizales y conductores respetuosos. Aquí no sólo hay mujeres lindas y rancheros que exportan leche y sus derivados. Tampoco es sólo la cuna de personajes de la historia reciente: baste el de oficio luchador Rodolfo Guzmán—El Santo, el enmascarado de plata—, el irreverente guacarrócker y fundador de Botellita de Jerez, Francisco Barrios El Mastuerzo, o los novelistas Agustín Ramos y Ricardo Garibay: este último, notabilísimo no sólo por su obra sino por sus contagiantes maneras furibundas. No.
El valle de Tulancingo es una de las piedras de toque en el curso de la historia de Hidalgo. Y es que aquí han ocurrido cosas cuya singular importancia se puedne conocer sumergiéndonos en la historia y la antropología.
De la Síntesis de la guerra de Independencia en el estado de Hidalgo de Víctor Manuel Ballesteros, se desprende que Tulancingo, ocupada por realistas, fue una ciudad que opuso notable resistencia a los ataques de los insurgentes; en la provocación insurgente de 1812 a Tulancingo, los realistas se mantuvieron firmes, con lo que orillaron a los cabecillas insurgentes a retirarse de la ciudad y replantear sus ataques. Notable ejemplo de resistencia de los tulancinguenses.
En otro breve tomo –Síntesis de la creación del estado de Hidalgo- Ballesteros también sostiene: “Una ciudad de gran importancia económica y por supuesto política en el nuevo estado era Tulancingo, sin embargo los liberales sentían cierta aversión a designarla capital, porque desde 1862 era la sede del obispado, y hay que recordar que el obispo e Tulancingo don Juan Bautista Ormaechea, había colaborado estrechamente con el Segundo Imperio”. De lo contrario, Tulancingo quizá hoy sería la capital del estado. “Las ciudades de mayor importancia eran sin duda Pachuca y Tulancingo”, continúa Ballesteros párrafos adelante, “el valor catastral de estas ciudades representaba el 59% del total de las propiedades urbanas del estado”, en las postrimerías del XIX.
En fin, el hecho es que de los múltiples materiales que dan cuenta del variopinto Tulancingo, sólo algunos poseen el rigor metodológico que los hace dignos de traerse a cuento. Están la Descripción de Francisco Ortega, los Apuntes del Licenciado Cossío y Soto, los aportes de Teodolmiro Manzano, y estas obras recientes: Páginas de Tulancingo y Cartografía histórica de Tulancingo. A esta lista a la que se suma Tulancingo, pasado y presente, volumen de reciente aparición.
Más que un exhaustivo estudio sobre esta área, el tomo agrupa ocho textos que van de lo estrictamente basado en datos históricos, hasta la interpretación de procesos religiosos, pasando por la revisión de alguna curiosidad local.
Está incluido un estudio a cerca de la conformación geopolítica de Tulancingo. El texto remonta sus fuentes de consulta a la prehistoria, hasta llegar a los cronistas de Indias y a diversos códices. Sergio Sánchez y Gilberto Moraleshacen ver la evolución del Tulancingo geográfico por medio de fuentes prehispánicas.
En otro texto, Francisco Jiménez Abollado se refiere al Tulancingo de la Colonia. Especialista en la administración de Nueva España, Jiménez puntúa singularidades que tuvo la encomienda colonial en Tulancingo, al tiempo que habla de una conspiración protagonizada pro Hernán Cortés. “A la luz de las fuentes documentales que guardan diferentes repositorios documentales españoles y mexicanos, es posible y necesario efectuar el estudio profundo y sistemático que requiere este movimiento, que algunos… prematuramente quizá, han denominado como uno de los primeros estallidos en busca de la emancipación de la Corona española”. Es una conclusión que abre la puerta para otro estudio. Pues bien: es un texto con cierta erudición, pero muy asequible.
Aportación que me gustó mucho es “Tulancingo y el ferrocarril en el siglo XIX”. Como su nombre lo indica, se trata de un repaso de lo que fue el ferrocarril en la región. Con Porfirio Díaz, la modernización era la consigna del gobierno mexicano; siendo de principal interés el desarrollo de vías férreas, para el traslado de mercancías a lo largo y ancho de México. Y por Tulancingo cruzaban las vías del ferrocarril de Hidalgo y del Central. Es realmente interesante leer a través de Javier Ortega cómo las vías férreas han sido pieza fundamental de la economía, cultura y política de Tulancingo.
Mis inclinaciones, sin embargo, hacen que me interese en estudios de otro orden.
Por ejemplo, en "Los curas son los verdaderos diablos" del etnólogo Artemio Arroyo. Se nos informa dell personaje de Diego Agustín, que luchó para que los indios se emanciparan del poder opresor de los españoles. Pero el movimiento fue detectado por culpa de un delator. Se cancelaba temporalmente la gestación de algún movimiento indígena fortalecido y duradero.
Pero el sincretismo religioso y el arte son los temas que más páginas acaparan. De los 8 textos, la mitad aborda estos asuntos. Así, está “Representaciones rupestres en Hiztli-La Mesa”, texto en donde Alberto Morales pasa revista a los estudios previos sobre las pinturas rupestres de la región, y aventura aportaciones que no desmerecen. En “Dos santuarios representativos del estado de Hidalgo”, María Angélica Galicia se refiere a dos de estos sitios de advocación religiosa: uno es El Señor de las Maravillas del municipio El Arenal; el otro es Nuestra Señora de los Ángeles, éste sí en Tulancingo. La investigación es interesante, la redacción puede mejorar mucho. Los dos textos restantes son de lo mejor.
Uno es “Muéveme tu cuerpo tan herido”, que desde el título tiene resonancias religiosas que es lícito vincular con la poesía sacra de Santa Teresa de Ávila. Rosalba Ponce y Thania Meneses elaboran un texto difícil de clasificar, porque incluye testimonios, interpretaciones, datos históricos. Pero esta característica, lejos de entorpecer el ritmo del texto, lo enriquece.
Otro es “La persistencia de los dioses. El dios del Maiz”. A cuatro manos, Rosalba Ponce y Gabriel Espinosa se refieren al Señor del Colateral, un santo harto venerado en el municipio Acaxochitlán; santo al que vinculan con Cintéotl, el dios del maíz. Su trabajo interpretativo y sus fuentes, pero sobre todo su fina escritura, hacen que este trabajo sea el que más me gustó.
Ahora bien: que Tulancingo no es sólo lo que dice este libro, es verdad. Pero es cierto que tampoco se reduce a El Santo, o a El Mastuerzo, o al obseso de gloria que era Ricardo Garibay. De manera que el libro Tulancingo, pasado y presente se trata de una aportación más, humilde pero notable, a esta región de mujeres lindas que comen queso y conducen con precaución.
El valle de Tulancingo es una de las piedras de toque en el curso de la historia de Hidalgo. Y es que aquí han ocurrido cosas cuya singular importancia se puedne conocer sumergiéndonos en la historia y la antropología.
De la Síntesis de la guerra de Independencia en el estado de Hidalgo de Víctor Manuel Ballesteros, se desprende que Tulancingo, ocupada por realistas, fue una ciudad que opuso notable resistencia a los ataques de los insurgentes; en la provocación insurgente de 1812 a Tulancingo, los realistas se mantuvieron firmes, con lo que orillaron a los cabecillas insurgentes a retirarse de la ciudad y replantear sus ataques. Notable ejemplo de resistencia de los tulancinguenses.
En otro breve tomo –Síntesis de la creación del estado de Hidalgo- Ballesteros también sostiene: “Una ciudad de gran importancia económica y por supuesto política en el nuevo estado era Tulancingo, sin embargo los liberales sentían cierta aversión a designarla capital, porque desde 1862 era la sede del obispado, y hay que recordar que el obispo e Tulancingo don Juan Bautista Ormaechea, había colaborado estrechamente con el Segundo Imperio”. De lo contrario, Tulancingo quizá hoy sería la capital del estado. “Las ciudades de mayor importancia eran sin duda Pachuca y Tulancingo”, continúa Ballesteros párrafos adelante, “el valor catastral de estas ciudades representaba el 59% del total de las propiedades urbanas del estado”, en las postrimerías del XIX.
En fin, el hecho es que de los múltiples materiales que dan cuenta del variopinto Tulancingo, sólo algunos poseen el rigor metodológico que los hace dignos de traerse a cuento. Están la Descripción de Francisco Ortega, los Apuntes del Licenciado Cossío y Soto, los aportes de Teodolmiro Manzano, y estas obras recientes: Páginas de Tulancingo y Cartografía histórica de Tulancingo. A esta lista a la que se suma Tulancingo, pasado y presente, volumen de reciente aparición.
Más que un exhaustivo estudio sobre esta área, el tomo agrupa ocho textos que van de lo estrictamente basado en datos históricos, hasta la interpretación de procesos religiosos, pasando por la revisión de alguna curiosidad local.
Está incluido un estudio a cerca de la conformación geopolítica de Tulancingo. El texto remonta sus fuentes de consulta a la prehistoria, hasta llegar a los cronistas de Indias y a diversos códices. Sergio Sánchez y Gilberto Moraleshacen ver la evolución del Tulancingo geográfico por medio de fuentes prehispánicas.
En otro texto, Francisco Jiménez Abollado se refiere al Tulancingo de la Colonia. Especialista en la administración de Nueva España, Jiménez puntúa singularidades que tuvo la encomienda colonial en Tulancingo, al tiempo que habla de una conspiración protagonizada pro Hernán Cortés. “A la luz de las fuentes documentales que guardan diferentes repositorios documentales españoles y mexicanos, es posible y necesario efectuar el estudio profundo y sistemático que requiere este movimiento, que algunos… prematuramente quizá, han denominado como uno de los primeros estallidos en busca de la emancipación de la Corona española”. Es una conclusión que abre la puerta para otro estudio. Pues bien: es un texto con cierta erudición, pero muy asequible.
Aportación que me gustó mucho es “Tulancingo y el ferrocarril en el siglo XIX”. Como su nombre lo indica, se trata de un repaso de lo que fue el ferrocarril en la región. Con Porfirio Díaz, la modernización era la consigna del gobierno mexicano; siendo de principal interés el desarrollo de vías férreas, para el traslado de mercancías a lo largo y ancho de México. Y por Tulancingo cruzaban las vías del ferrocarril de Hidalgo y del Central. Es realmente interesante leer a través de Javier Ortega cómo las vías férreas han sido pieza fundamental de la economía, cultura y política de Tulancingo.
Mis inclinaciones, sin embargo, hacen que me interese en estudios de otro orden.
Por ejemplo, en "Los curas son los verdaderos diablos" del etnólogo Artemio Arroyo. Se nos informa dell personaje de Diego Agustín, que luchó para que los indios se emanciparan del poder opresor de los españoles. Pero el movimiento fue detectado por culpa de un delator. Se cancelaba temporalmente la gestación de algún movimiento indígena fortalecido y duradero.
Pero el sincretismo religioso y el arte son los temas que más páginas acaparan. De los 8 textos, la mitad aborda estos asuntos. Así, está “Representaciones rupestres en Hiztli-La Mesa”, texto en donde Alberto Morales pasa revista a los estudios previos sobre las pinturas rupestres de la región, y aventura aportaciones que no desmerecen. En “Dos santuarios representativos del estado de Hidalgo”, María Angélica Galicia se refiere a dos de estos sitios de advocación religiosa: uno es El Señor de las Maravillas del municipio El Arenal; el otro es Nuestra Señora de los Ángeles, éste sí en Tulancingo. La investigación es interesante, la redacción puede mejorar mucho. Los dos textos restantes son de lo mejor.
Uno es “Muéveme tu cuerpo tan herido”, que desde el título tiene resonancias religiosas que es lícito vincular con la poesía sacra de Santa Teresa de Ávila. Rosalba Ponce y Thania Meneses elaboran un texto difícil de clasificar, porque incluye testimonios, interpretaciones, datos históricos. Pero esta característica, lejos de entorpecer el ritmo del texto, lo enriquece.
Otro es “La persistencia de los dioses. El dios del Maiz”. A cuatro manos, Rosalba Ponce y Gabriel Espinosa se refieren al Señor del Colateral, un santo harto venerado en el municipio Acaxochitlán; santo al que vinculan con Cintéotl, el dios del maíz. Su trabajo interpretativo y sus fuentes, pero sobre todo su fina escritura, hacen que este trabajo sea el que más me gustó.
Ahora bien: que Tulancingo no es sólo lo que dice este libro, es verdad. Pero es cierto que tampoco se reduce a El Santo, o a El Mastuerzo, o al obseso de gloria que era Ricardo Garibay. De manera que el libro Tulancingo, pasado y presente se trata de una aportación más, humilde pero notable, a esta región de mujeres lindas que comen queso y conducen con precaución.
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