El blog de Luis Frías

abril 20, 2008

Como cualquier otro


Foto de la ceremonia-homenaje que "entre amigos" le realizaron Enrique Krauze, Sergio Vela, Juan Goytisolo y otros, a Octavio Paz en ocasión de su décimo aniversario luctuoso. Octavio Paz murió en abril de 1998.

El alharaquiento homenaje a Octavio Paz en ocasión de su décimo aniversario luctuoso, ha terminado en algo más parecido a esas trémulas tardes en casa de mi tía la rica solterona, que a una verdadera discusión de ideas.
Cuando de niño me llevaban a las “reuniones” (no fiestas) de aquella elegante y gorda tía, las cosas eran chocantes desde antes de empezar la función. En vez de mi cómoda pero desaseada bermuda, mi madre me ponía aquel pantaloncito de pana azul con pinzas y valenciana, un chalequito blanco de marinero con un ancla dorada a la altura del corazón y me acomodaba el cabello con grandes plastas de fijador. Podían haberme hecho el retrato perfecto. El caso es que ya en casa de la tía, debíamos poner nuestra mejor cara. No obstante las incómodas sillitas estilo Luis XV y los rocambolescos candelabros que emitían tanta luz como para alumbrar un estadio, debíamos fingirnos cómodos y frescos. Sobra decir que estaba vedado contradecir a la tía solitaria, so riesgo de quedar fuera de la supuestamente cuantiosa herencia que dejaría a la familia. Pues bien, salvo algunas excepciones, los homenajes para el Premio Nóbel tienen todo un parecido con aquellas odiosas y elegantes reuniones.

Como era de esperarse, la revista Letras libres dedicó a Octavio Paz su número correspondiente a este mes de abril. Pero lo triste fue que el número conmemorativo confirmó las más bajas sospechas. En efecto, todos sabíamos de antemano que Enrique Krauze prepararía un número con demasiadas notas elogiosas para el poeta y ensayista muerto en 1998. Nunca, sin embargo, íbamos a pensar que ni siquiera por error, el número incluiría alguna crítica, por ligera que fuese, en contra de los más claros bemoles políticos del autor de Libertad bajo palabra.

El número abre con sendas cartas de Paz a José de la Colina. Misivas sin otra aportación que el chisme entre dos amigos que al mismo tiempo eran editores, escritores y, a su vez, amigos de otros buenos autores mundiales. La revista continúa con un puñado de críticas literarias destinadas a comentar, con la fría pero sana distancia de los años, varios libros de Paz aparecidos hace décadas; lamentablemente, los autores no critican los volúmenes que son piedra clave en la bibliografía de Octavio Paz, sino otros menos cruciales. Y naturalmente, comentadores encuentran cosas muy inteligentes, cuando no maravillosas, en todos los libros. Vaya crítica. Quizá el único intento loable sea el de Rafael Lemus. Sostiene que “es absurdo erigir una estatua en honor de Paz cuando él mismo destruyó, una y otra vez, su propia imagen”. A mi juicio, eso es mentira. Antes que destruir su imagen, en todo momento Paz labró su estatua: no es fortuito que se haya convertido en el ajonjolí de todos los moles intelectuales y políticos de México. Pero en todo caso, Lemus tiene el atrevimiento de reconocer que tanto homenaje está siendo muy absurdo.

Ahora bien, naturalmente Letras libres no iba a poner en tela de juicio nada de cuanto hizo o dejó de hacer Octavio Paz. La gran mayoría de los colaboradores de la revista, empezando por el director Enrique Krauze, fueron amigos, discípulos, admiradores o empleados del Premio Nóbel. Cuando él dirigía las revistas Plural y, más tarde, Vuelta, ellos pudieron sacar sus textos a la luz gracias a la buena voluntad del poeta. Y de hecho, el formato de la propia Letras libres no es sino un trasunto de aquellas dos. De ellos, pues, se entienden las alabanzas. No así de los que trabajan y publican en otros espacios. No me equivoco si afirmo que no hay suplemento de periódico o institución cultural del país que hasta el día de hoy haya propuesto una relectura diferente del premio Nóbel. Todo han sido loores, alabanzas, reconocimientos, celebración…

Pero es razonable. ¿Para qué decir otra cosa de Octavio Paz, si lo único rentable es hablar bien de él, se entiendan o no sus libros, nos gusten o no sus ideas o, lo que es peor, lo hayamos leído o no?

En estos años, sólo los escritores adictos a la izquierda han empezado a no hablar estrictamente bien de Octavio Paz. Les asiste la razón. No defiendo a los que lanzan piedras no más porque sí ante un edificio, pero sí comprendo que lancen esos proyectiles porque no tienen otro medio de manifestarse. A los intelectuales de izquierda que en los 80 y 90 no tenían espacio en la vida intelectual mexicana porque todos los espacios los tenía Octavio Paz, no les quedaba más opción que escupirle infamias. Y es que si bien Paz fue todo lo inteligente y gran poeta que se desee (a mí, de hecho, así me lo parece) también es verdad que fue un cacique omnipresente. No ha dejado de serlo. Era el Zeus del medio mexicano: más valía estar bien con él, o, en caso de estar irremediablemente mal, convenía mantenerse lo bastante alejado para que no te alcanzaran sus rayos furiosos. Recuerdo al escritor Guillermo J. Fadanelli: “En un concurso infantil dirigido por un adulto, la primera pregunta fue: ¿Quién escribió La divina Comedia? 20 manos se levantaron al mismo tiempo. El conductor no tuvo más remedio que elegir una. El niño contestó con un grito: ¡Octavio Paz! La injusticia fue que no le dieron el premio. Primero los educan dentro de una cultura monolítica y luego les piden matices”. En efecto, a todos nos hicieron tragar la idea de que Octavio Paz es el intelectual mexicano más importante habido y por haber. ¿Lo es? Bien pudiera serlo Alfonso Reyes.

¿Es el poeta mayor de México; o lo fue Sor Juana, o Sabines? ¿Se trata del ensayista más trascendente de la historia mexicana? Tal vez fueron sus televisivos Diálogos con Octavio Paz las únicas ideas que la gente sabe de él. ¿Sus cuentos de Águila o sol son grandiosos? Me parecen mejores los de Juan Rulfo en El llano en llamas. Y en estricto sentido, ¿es esa incuestionable estatua de bronce? Conviene verlo como un intelectual simple y llanamente tan bueno como cualquier otro. Paz como cariátide, es cierto, permite llenarlo de tantos elogios como se nos ocurra; pero impide entenderlo como lo que es después de todo: un escritor con los vicios y vilezas de cualquier mortal. Empeñados en honores mezquinos sólo nos aproximamos a las fiestas de aquella tía emperifollada a la que todos hacíamos caravana, como buitres rondando su herencia.

1 comentario:

Laura dijo...

Me encanta la poesía de Paz y sin embargo estoy de acuerdo contigo.

Prefiero pensar que el problema es esta universalidad en la que lanzamos nuestros comentarios...quizá debieron decir: "para mí, en mi percepción, con respecto a lo que he leído...", en fin.

Felicidades por tu sitio que bueno poner tantos temas sobre la mesa y sobre todo tocarlos de una forma tan clara. Saludos.

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Desde chico tenía ganas de escribir un diario, o algo así. Pero era cosa de niñas. Este blog es lo menos afeminado que encontré.

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