El blog de Luis Frías

septiembre 14, 2008

SEPOMEX

Mi primer encontronazo desagradable con el servicio postal fue hace mucho. Tendría 11, 12 años cuando recibí una carta del otro lado de la frontera. Me la había escrito un primo cuyos padres, por dificultades económicas en México, hacía poco habían cambiado su residencia a California. Casi al final de su envío, me informaba cuántos dólares me había adjuntado como pago por un viejísimo préstamo. Inútilmente rebusqué dentro del sobrecito blanco de bordes rojos con azul; y encima, mis padres me disuadieron de presentar una queja ante la oficina de correos.

La segunda vez me ocurrió cuando un amigo se fue a vivir a Madrid. El tonto había olvidado en casa de sus padres una caja de libros imprescindibles para los estudios que iba a realizar a lo largo de su estancia madrileña. Por correo electrónico me pidió que se los mandara a través de un envío postal. Pasó casi un mes y me preguntó si sabía la fecha en que llegaría su envío, porque en el correo de España no tenían registro de ningún paquete a su nombre. Me sorprendió que no lo hubiera recibido aún y fui a preguntar a la oficina de correos. La mujer de la filipina blanca con azul se llevó a la oreja el tubo del teléfono, desapareció detrás del mostrador y volvió, no sin asegurarme, colérica, que ellos ya lo habían enviado. “¿Ya investigó si no se perdió en España? Debería haber visto, antes de venir aquí”, concluyó. No me costó captar de inmediato que el paquete de tomos se lo había robado algún empleado postal de mi querido país.

Ni mandada a hacer hubiera quedado mejor la semana pasada para todos los que están cortados con la tijera de la nostalgia. No nada más se habló de regresar a la perdida tranquilidad de México haciendo crecer la partida que se destinará el año entrante a los cuerpos mexicanos de policía; más notoria aún, fue la alharaca que se armó por el cambio de imagen del emputecido servicio postal mexicano. Los nostálgicos tuvieron una oportunidad para acordarse de las cartas que se enviaban cuando jóvenes con sus amores platónicos: y es que después de dos décadas, el gobierno mexicano se acordó que existía un servicio de correo, e hizo algo que debería extender a todos los otros edificios a su cargo: quitarles el polvo y hacer el intento de meterlos en orden.

Inaugurado a mediados de la pasada década de los 90, Sepomex (horrorosas siglas del Servicio Postal Mexicano) era el vivo retrato de la agencia gubernamental a la que nadie se acerca porque todo el servicio que se presta ahí es insoportablemente soporífero. De las oficinas postales de las ciudades en que he vivido, no conservo en la memoria satisfacción alguna. Para hacer envíos siempre he tenido la inclinación por los servicios privados de DHL, UPS y Estafeta, cuyo funcionamiento conozco más o menos bien; sólo me he visto obligado a utilizar el servicio oficial cuando tengo que recoger algún envío que me hacen de alguna dependencia.

Hace unos meses compré libros de John Fante por internet, que me mandaron por Sepomex. Al menos, la herrumbrosa fachada del edificio hacía imposible perderse… No bien entraba, enseguida me sabía en un ambiente que le perteneció a mis antepasados. El cancel de la entrada pesaba una tonelada y rechinaba cada vez que alguien lo empujaba para acceder; el piso blanco era como el de mi abuela, con pequeñitas incrustaciones de mármol; el larguísimo mostrador estaba forrado con una formaica imitación madera. “Diga”, espetaba un viejecito flemático. Detrás de él, había unas repisas constituidas por unas ménsulas negras sosteniendo una tablita con pintura blanca a barniz. Ahí los empleados habían puesto sus bolsos, bufandas, cuadernos, cepillos de dientes, tópers con verduras hervidas. “Su orden de envío y una identificación”, me pidió sin siquiera verme a los ojos. El hombrecito se dirigió al fondo del frío local; allí donde había sacos de tela medio llenos de cartas y cajas de todos tamaños envueltas en cinta adhesiva café. De ese amontonadero descuidado, tomó mi paquete: una caja de volumen regular, completamente abollada, con las esquinas rotas y un hoyito por el que se podía asomar perfectamente al contenido. “Éste es. Pase usted”. Agradecí infinitamente que quien horadó mi caja no tuviera interés por la literatura de John Fante.

Como se sabe, desde la semana que terminó, los 22 años de Sepomex pasaron a la historia. En adelante, el servicio postal se llamará Correos de México, nombre que proviene de principios del siglo pasado, cuando éste gozaba de buena reputación. Pero el asunto tiene su carga hilarante. Los empleados postales ya no llevarán puestas sus filipinas azul con blanco; de tener un águila gris y azul, sus nuevas camisas color de rosa llevarán bordada una palomita deforme cuyo pico sostiene un sobre dorado. Y en las oficinas también habrá servicio de telefonía pública, internet y, más aún, venta de básicos subsidiados: frijoles, arroz y leche en polvo. La idea del gobierno es que por fin esta oficina funcione y sirva para comunicar a todo el país. Qué bonito, ¿no?

Sn embargo, mi deseo es que este impulso por renovar un servicio postal ineficiente a más no poder, no se le apague pronto al gobierno. Me gustaría que se haga por acabar con esa burocracia parasitaria alojada en todas las oficinas públicas de este país. Que se pasen por cepillo y jabón los edificios de la seguridad social, la administración del dinero, los partidos políticos y los cuerpos de policía. ¿Por qué empezar por un servicio de correo inservible, si hay tareas más mil veces más apremiantes? En cualquier caso, a mí me interesa saber si cambio tan radical en Correos de México traerá consigo algún aporte práctico. ¿La mutación también será en el terreno de la honestidad: y los carteros dejarán de abrir la correspondencia y robarse los envíos? ¿Algún día me van a devolver los 10 dólares o los libros de mi amigo? Estoy seguro que para él, yo me los robé. Pues desde que desapareció su paquete de libros, no me ha vuelto a escribir desde Madrid.

1 comentario:

elena dijo...

Hoy pasé por nuestra ilustre oficina postal, hoy 'Correos de México'. Y no pude evitar reírme ante la palomita que enarbola tan pomposamente un sobre.
Os lo debo.

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Desde chico tenía ganas de escribir un diario, o algo así. Pero era cosa de niñas. Este blog es lo menos afeminado que encontré.

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