El blog de Luis Frías

septiembre 15, 2008

Estructuralismo francés y Narratología

Éste es el segundo de los 9 ensayos que prometí a propósito de las Corrientes Teóricas Literarias del Siglo 20:



Mario Vargas Llosa, autor de Los Cachorros





Si las corrientes teóricas en el XX tuvieron comienzo con el Formalismo Ruso, cuyos exponentes (Shklovski, Tianinov, etcétera) se preocupaban exclusivamente por la función que desempeñaban los elementos de una obra al interior de ésta, más adelante se desarrolló un círculo de pensadores (Jakobson, Mukarovskyy, entre otros, convencionalmente asociados al llamado Círculo de Praga) que mostraron un arduo interés por estudiar las obras literarias ya no de forma funcional y atemporal; su preocupación era de naturaleza diacrónica, organizativa, acumulativa. Pretendían establecer las relaciones de todas las obras de un mismo género, desde el fondo de los tiempos hasta el más novísimo ejemplo: evidentemente, era una espeluznante, enloquecedora empresa. Se trataba de una preocupación por hacer formalmente una ciencia de la “historia literaria”. Y más allá de los errores o logros de esta pretensión, debe hablarse de los frutos inmediatos que rindió este impulso. Se estableció una nueva forma de pensamiento, la cual se expandió ejemplarmente, hasta alcanzar los límites de ciencias varias ciencias sociales y del comportamiento humano. En efecto, el llamado “estructuralismo” haría historia entre sociólogos, antropólogos, historiadores, filósofos, filólogos, etnólogos y, por supuesto, lingüistas y escritores.

Pero entre los teóricos que nos interesan más a efectos prácticos, baste mencionar a Roland Barthes, Tzvetan Todorov y A. J. Greimas.

Ahora bien, conviene empezar hablando del estructuralismo sin hacer referencia directa a él. Y es que, desarrollado fundamentalmente desde la Academia Francesa hacia la década 1940, el estructuralismo no nace, dijéramos, de la nada. Sus principales antecedentes se fundan a las claras en la propuesta hecha años antes por el lingüista vienés Ferdinand de Saussure, quien introdujo una diferencia que será la piedra de toque para todos los trabajos estructuralistas: la distinción entre lengua y habla. La primera, la lengua, se refiere a la concepción del lenguaje como un sistema o estructura; el habla, en contraste, implica el uso de este sistema en una situación concreta.

Y de manera semejante a Saussure, para quien sólo podía estudiarse lo que formara parte de la lengua (pues que sólo se podía estudiar una estructura cuyos límites fueran perfectamente conocidos), a los estructuralistas no les interesará más que el estudio del sistema de las reglas y no las manifestaciones concretas de la puesta en práctica de esas reglas. O sea, en una palabra, para los estructuralistas lo que prima en su interés es la descripción de la obra, no su interpretación; ésta es tarea que dejarán en manos de los críticos literarios. La empresa estructuralista tiene otro sentido. Su pretensión es construir una teoría del discurso literario que dé cuenta del modo bajo el cual funcionan los textos.

Es interesante saber que como no fuera la narrativa, los estructuralistas no se interesaron por estudiar ninguna otra forma discursiva literaria. Ni la poesía, ni el drama, ni el ensayo les preocupó mayormente. De donde se colige por qué el nombre de la rama de estudios que derivó del estructuralismo: la “narratología”, cuyo blanco es analizar de qué modo las narraciones producen significados y cuáles son los mecanismos y procedimientos básicos comunes a todos los discursos que implican la narración.

No es ocioso hacer una elucidación sobre la narratología estructuralista, recurriendo a un ejemplo de la literatura latinoamericana de la segunda mitad del siglo XX. Hablo de Los cachorros, del peruano Mario Vargas Llosa, cuyas características discursivas hacen posible hacer énfasis en las características señaladas por la estudiosa Luz Aurora Pimentel en uno de sus estudios consagrado a las formas de enunciación narrativa.

Si se atiende a las características que Pimentel señala para hablar de la identidad del narrador en todo discurso en prosa, fácilmente advertimos que el de Los cachorros es un narrador heterodiegético.

Pimentel señala en su estudio que tradicionalmente se piensa que tipos de narradores hay dos: o en primera, o en tercera persona. Pero pone el dedo en la llaga al señalar que esta clasificación no se funda en la característica discursiva del narrador (como debería ocurrir), sino en la subjetiva preocupación por las veces en que la voz narrativa hace mención de sí misma, en cuyo caso se trataría de una voz en primera persona; o bien, cuando sólo se refiere a los hechos hablando desde una posición impersonal y distanciada, en cuyo caso se trataría de una voz en tercera persona. Pimentel decide hacer a un lado esta clasificación, y se inclina por la de Gérard Genette, según el cual, lo ideal la clasificación de la voz narrativa no tiene tanto que ver con la elección del pronombre, como con la su relación con el mundo narrado.

Así, Pimentel propone dejar a un lado el habitual narrador en primera, en tercera o, aun, en segunda persona. Con arreglo a Genette, propone hacer el análisis de la voz narrativa desde otra perspectiva: la diegética. Ésta se refiere a la relación que tiene el narrador con el mundo narrado. De tal suerte, habría dos tipos de narrador: el que está involucrado en el mundo que narra se llama homodiegético (o en primera persona); y el que no lo está recibe el nombre de heterodiegético (o en tercera persona).

De este modo, se entiende al narrador no sólo como la voz que cumple la acción narrativa, sino como un actor participante, o no, de la propia historia narrada. En palabras del propio Genette, el narrador cumple la función vocal (o narrativa) y la función genética (o de su participación como actor en el mundo narrado).

Así pues, es fácil decir que el narrador en tercera persona pero involucrado de manera anecdótica a veces en Los Cachorros, es un narrador heterodiegético. Aunque lo parezca a primera vista, no es ninguna contradicción. El narrador que predomina en el relato de la noveleta está en tercera persona, y principalísimamete, no toma parte de la acción salvo en algunas ocasiones. Ocasiones que, se me dirá, bastan para considerarlo un narrador homodiegético porque está incluido en el discurrir de los acontecimientos. Véase este ejemplo para comprehender de qué hablo:

El primero en tener enamorada fue Lalo, cuando andábamos en Tercero de Media. Entró una noche al “Cream Rica”, muy risueño, ellos qué te pasa, y él, radiante, sobrado como un pavo real: le caí a Chabuca Molina, me dijo que sí. Fuimos a festejarlo al “Chasqui” y , al segundo vaso de cerveza, Lalo, qué le dijiste en tu declaración, Cuéllar comenzó a ponerse nerviosito…

Este fragmento del párrafo inicial del tercer capítulo de Los cachorros, nos habla de un narrador que platica las vidas de los otros, y sólo hace intromisión de su persona para introducirnos en el tema, por decirlo de algún modo. A propósito de estas pequeñas introducciones del narrador en el discurrir de las acciones, explica la propia Pimentel: “… incluso un narador heterodiegético puede estar presente o ausente, en distintos grados, del discurso narrativo. A mayor presencia, mejor definida estará su personalidad como narrador; a mayor ‘ausencia’, mayor será la ilusión de ‘objetividad’ y por lo tanto de confiabilidad”. Es decir, estas tangenciales incursiones del narrador dentro de la acción, no nos autorizan pensar que se trate de un narrador homodiegético.

Ahora bien, y reconociendo la naturaleza heterodiegética del narrador de Los Cachorros, queda la tarea de descifrar los elementos que dotan de unidad vocal al relato de juventud del autor arequipeño.

Al hablar de la unidad vocal de las narraciones, Pimentel dice que el relato a cargo de un solo narrador tiene, en el peor de los casos, una especie de unidad vocal en la distorsión. O sea: al reordenar la historia de acuerdo a su necesidad de narrador, lo que hace es distorsionarla en pos de conseguir el objetivo narrativo deseado. Pero lo que aquí nos interesa es hablar de la unidad vocal de Los Cachorros en tanto que se trata de un narrador heterodiegético pero cuya narración sale, de algún modo, de sus recuerdos, porque se refiere a hechos que está recordando provenientes de sus mocedades. Pues bien, sostiene Pimentel que “en narraciones en tercera persona, en las que domina un solo narrador, la ilusión también es de que le narrador conoce la historia en su totalidad, o bien que es él quien la ha inventado. No se nos ocurre preguntar cómo supo lo que nos relata porque se da como presupuesto que el narrador conoce la historia, y que su propósito es dárnosla a conocer”, añade Pimentel en lo que encuentro como la mejor explicación de la unidad vocal para lo que sucede en Los Cachorros.
Al tratarse de un heterodiegético (o en primera persona) el narrador de Los Cachorros logra la unidad vocal al aparentar ante el lector, que posee un pleno conocimiento de las acciones de la historia, de sus secuencias y de sus posibles giros sorpresivos.

Los Cachorros, obra muy latinoamericana desde el ángulo que se quiera leer esta afirmación, constituye un ejemplo oportuno de adentrarse a la puesta en práctica del estructuralismo de aquellos años 40. Reflexiones y ejemplos diferentes hay que emplear para el siguiente hijo cronológico de los estudios teóricos del siglo XX, o sea, el postestructuralismo.

4 comentarios:

elena dijo...

Yo sufrí mucho con Los Cachorros. Soy antiperros, además.

Luis Frías dijo...

Elena,

Gracias por no ver el Grito y ponerte a leer mis idioteces. Eres muy, muy atenta.

Abrazo.

elena dijo...

No pienso que sean idioteces. Y bueno, también soy alérgica a la TV.

Mimo dijo...

No sabés cómo me ayudó tu "resumen" del formalismo"... no sabés! Gracias

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Desde chico tenía ganas de escribir un diario, o algo así. Pero era cosa de niñas. Este blog es lo menos afeminado que encontré.

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