El blog de Luis Frías

julio 14, 2007

Giuseppe Tomasi di Lampedusa

Hace cincuenta años murió Giuseppe Tomasi di Lampedusa creyendo que su obra, como su noble estirpe, se extinguían con él. Hoy lo recordamos, sin embargo, como uno de los paradigmas mayores de la transformación de la novela, precisamente por el libro en que cuenta el fin de su heráldica: El Gatopardo. Presentamos los pormenores de los últimos días de Lampedusa, y el texto con el que el Premio Nobel italiano Eugenio Montale saludó en su momento el ingreso de El Gatopardo a la república mundial de las letras.



Giuseppe Tomasi di Lampedusa (1896-1957)

Poderoso poeta de la muerte


por MARÍA TERESA MENESES

La vida y obra del príncipe siciliano Giuseppe Tomasi di Lampedusa siempre estuvo marcada por una explosiva carga de pathos y pietas que transformaría en tragedia la publicación de su única novela, El Gatopardo, cuyas vicisitudes se encuentran entre las más singulares de la literatura toda. La suya fue una existencia llena de dolores y amarguras que le dejaron dibujado para siempre ese rictus de aflicción en su tímida sonrisa, atormentado gesto con el que Giorgio Bassani evoca su recuerdo en el prólogo a la obra maestra de Lampedusa. Hay personas que, tal parece, se preparan febrilmente, en secreto, durante toda una vida, en la que aparentemente no pasa nada de extraordinario, para que en vísperas de su despedida de este chacal hambriento que es el mundo, todo se precipite vertiginosamente: pasión, muerte y redención.

Cuando Giuseppe Tomasi tenía veinte años acudió puntual al requerimiento que le exigía su patria e interrumpió sus estudios para marchar al frente de guerra. Hecho prisionero, se escapó del campo de concentración de Posen y, disfrazado, atravesó media Europa a pie hasta que logró llegar a Italia. Interesado en cuestiones militares y en libros de historia, entre sus lecturas preferidas estaba Clausewitz, e incluso llegó a participar como capitán de artillería durante la Segunda Guerra Mundial. Pero su más honda pasión fue la lectura. Sin embargo, aunque Giuseppe Tomasi era un impresionante lector y un puntilloso crítico, experto en literatura inglesa y francesa de las que abrevaba en su lengua original, desgraciadamente nos legó pocos escritos: su única novela, El Gatopardo (Argos Vergara); los Relatos (Bruguera), entre ellos “Lighea”, que en español se ha traducido como “El profesor y la sirena” y que en una antología de los grandes cuentos del siglo XX necesariamente tendría que ser incluido; sus ensayos publicados en dos tomos sobre literatura inglesa, Letteratura Inglese (Arnoldo Mondadori Editore), sabroso recorrido, desde los orígenes hasta el siglo XX, por sus caros escritores ingleses; los Ensayos sobre Stendhal (Argos Vergara); sus reseñas publicadas bajo el seudónimo de Giuseppe Aromatisi (Flaccovio Editore); y las cartas de amor a su esposa Licy (Edizioni Associate), la condesa báltica Alessandra Wolf Stomersee.

Durante los últimos tres años de su vida sacaría fuerzas de la estirpe del gatopardo, de su sobrepeso y de su enfermedad para escribir un libro que su trágico destino le impidió ver publicado y gozar del fenómeno editorial en el que se transformó a partir de su aparición en noviembre de 1958 (editorial Feltrinelli), gracias a los buenos oficios de Giorgio Bassani, a quien le llegó el manuscrito tardíamente a través de Elena Croce —la hija de Benedetto Croce, que era agente literaria y a quien Lampedusa le había enviado el manuscrito de una manera anónima desde los primeros meses de 1957—, cuando su autor ya había muerto. Al año siguiente, en 1959, la novela ganaría el premio de narrativa más importante de Italia, el Premio Strega. En 1960 se habían publicado ya cincuenta y dos ediciones, con lo que se transformó en el primer best-seller italiano. Y en 1963, Luchino Visconti potenciaría el fenómeno filmando una extraordinaria versión cinematográfica en la que el príncipe Fabrizio de Salina es encarnado por un inolvidable Burt Lancaster.

Todo se precipitaría en la primavera de 1954, cuando el poeta Eugenio Montale recibió un sobre amarillo al que le faltaban algunos sellos postales y que contenía unos cuantos poemas apenas legibles, impresos en Capo d'Orlando, Sicilia. Anexa a los poemas, venía una carta de un tal Lucio Piccolo en la que se explicaba su intención de evocar “un mundo singularmente siciliano, o más concretamente palermitano, que se encuentra ahora en el umbral de su propia desaparición, sin haber tenido la suerte de ser fijado en alguna expresión artística”. Sus poemas, proseguía el remitente, describían “ese mundo de iglesias barrocas, de viejos conventos, de almas adaptadas a esos lugares, que pasaron aquí su vida sin dejar rastro”. A Montale no le alentó mucho la carta, que en realidad había sido escrita por Lampedusa y tal vez era más una descripción de su futura novela que un resumen de la poesía de su primo. Pero se puso a leer los poemas, en parte para ver si merecía la pena el dinero que había tenido que pagar por los sellos que le faltaban al sobre. Luego de haber leído los cinco primeros poemas líricos, Montale se sintió fascinado ante aquel librito, y más tarde describiría a su autor como “un flautista sedentario que puede sacar matices inéditos hasta de una caña rota”. Los Cantos barrocos, con su exuberante verbosidad, en efecto, habían sido escritos en el ambiente casi tropical de Capo d'Orlando. Poco después de haberlos leído, Montale invitó a Piccolo a tomar parte en el encuentro de San Pellegrino, donde un grupo de distinguidas figuras literarias presentaría a un escritor desconocido más joven. Así, Lucio Piccolo fue el ahijado de Eugenio Montale, aunque éste se quedó de una pieza cuando descubrió que su protegido era un barón siciliano casi de su misma edad. En San Pellegrino, Lampedusa, que siempre se mostró reservado y con un gesto amargo en los labios, logró vencer su timidez característica y se las ingenió para intercambiar un par de impresiones con Montale y con Emilio Cecchi. A su regreso a Palermo, escribió una nota sobre el escritor inglés Martin Tupper: “Ahora estoy matemáticamente seguro de ser el único que lo ha leído en Italia. Cecchi y Montale lo desconocen, dicho sea en su honor...”.

El inesperado éxito de Lucio, con quien constantemente se batía en duelos de erudición literaria, finalmente le había despertado un cierto sentimiento de rivalidad.

A esas alturas de su vida, ya no quedaba nada de las riquezas de su linaje. Ni la pequeña isla que daba nombre al principado y había pertenecido a la familia por más de doscientos cincuenta años había resistido los malos oficios contables de una aristocracia inútil en la administración de bienes. Giuseppe Tomasi, duque de Palma, barón de Montechiaro y último príncipe de Lampedusa había nacido en Palermo el 23 de diciembre de 1896. A la muerte de su pequeña hermana, Stefania, fulminada por la difteria a los dos años de edad, quedó como el hijo único de Giulio di Lampedusa y de Beatrice Mastrogiovanni Tasca e Filangeri di Cutò, como el último descendiente de una familia que se extinguiría con él. Sabedor de la ruina económica que había diezmado a los de su sangre y consciente de que una naturaleza avara les había negado la fecundidad necesaria para traer herederos al mundo, estaba obligado a dejar constancia de aquel “mundo siciliano único” antes de que extinguiera.

Lleno de achaques (bronquitis, dolores reumáticos, enfisema, obesidad) Lampedusa era una figura que “emanaba literalmente una sensación de muerte”. Su gran tragedia fue la coincidencia de su decadencia física con su breve periodo de creatividad artística. En mayo de 1957 le diagnosticaron cáncer de pulmón y tuvo que trasladarse a Roma para recibir radiaciones de cobalto. A principios de julio su estado empeoró. Pero aquel hombre enfermo, en las últimas semanas de vida, fue capaz de trabajar en el manuscrito de “Lighea” y en un capítulo de El Gatopardo, manuscrito al que no dejaba de meterle mano. Antes del fin, una tragedia se sumó a la otra. Flaccovio, editor y librero palermitano —al que Lampedusa le había enviado el manuscrito para su publicación, pero éste lo rechazó porque no publicaba narrativa— le había enviado el manuscrito de El Gatopardo al director de la editorial Einaudi y consejero de Mondadori: Elio Vittorini. Como representante del neorrealismo y apóstol de la nueva literatura italiana, era previsible que Vittorini encontrara reaccionaria y decadente una novela como la de Lampedusa. La carta de rechazo de la publicación de El Gatopardo escrita por Elio Vittorini, fechada el 2 de julio de 1957 en Milán, llegaría a manos de Lampedusa el 17 ó 18 de ese mes a Roma, luego de haber pasado por Palermo, apenas cinco o seis días antes de su muerte. Completamente derrotado, el príncipe todavía tuvo el coraje de leerla en voz alta con su acostumbrada ironía: “No está mal como reseña, pero de publicar la novela, nada”, le diría a Giocchino Lanza Tomasi, su adorado hijo putativo.

La mañana del 23 de julio de 1957, cuando su cuñada fue a su recámara para despertarlo, lo encontró muerto. Lampedusa había fallecido en la madrugada, tranquilamente, en su cama. Siempre había cortejado a la muerte, al igual que don Fabrizio de Salina y “ahora se había acabado el cortejo: la bella había pronunciado su ‘sí', la fuga estaba decidida y reservado el compartimento en el tren”. Luego de una misa de réquiem en Roma, su cuerpo fue trasladado a la tumba familiar del monasterio de los capuchinos, en Palermo, donde también reposa Fabrizio de Salina en El Gatopardo.

Escribir El Gatopardo fue su reconciliación con la vida y con la muerte, le dio un propósito a su existencia y una razón para retrasar el final. Apaciguó la sensación de vacío de un hombre que escrutó en el pasado definitivamente muerto. “Mientras hay muerte, hay esperanza”, dice el príncipe Fabrizio de Salina cuando escucha que doblan a difunto las campanas en Donnafugata. Lampedusa fue un poderoso poeta de la muerte —como dice Claudio Magris—, que supo evocar la ausencia y el vacío y, por lo tanto, supo entender, al igual que los grandes escritores del siglo XX, la condición del hombre moderno. Fue capaz de construir un mundo mostrado como un moribundo, anquilosado en una ficción de existencia y, acaso por esto, su novela, que se quiso ver decimonónica y añeja, en realidad era poderosamente contemporánea. Cuando don Fabrizio le reclama a su sobrino Tancredi sus francas simpatías hacia Garibaldi y no al rey, como le correspondería a alguien de su clase social, éste le responde: “Si queremos que todo siga como está, es preciso que todo cambie”. Nada tan preciso y tan actual como esta frase que resume el análisis político de una sociedad en transición. Gatopardismo al que en México no hemos sido ajenos.

***

El Gatopardo

por EUGENIO MONTALE

Lampedusa. ¿Quién era él? Hasta ayer, nadie podía decir que era el nombre de un escritor. En cuanto al singular personaje que portaba ese nombre, incluso para mí, hasta hace poco tiempo, Lampedusa (Giuseppe Tomasi, príncipe de) era el noble señor siciliano que en el verano de 1954 acompañó al poeta Lucio Piccolo, su primo, a recibir el bautismo literario en un encuentro que se realizó en San Pellegrino Terme. Aquí se llevaron a cabo una serie de conferencias o presentaciones: escritores maduros o ya reconocidos le darían la bienvenida literaria a jóvenes escritores debutantes. Sin embargo, sucedió que muchos de los autores que participaron solamente se conocían por correspondencia; y, en otros casos, que entre el viejo y el presunto joven no mediaba una gran diferencia de edad. El poeta Lucio Piccolo, por ejemplo, que llegó desde Capo d'Orlando (Messina), no podía decirse que era muy joven; y, sin embargo, no podía ser considerado ningún estudioso —no lo perdía de vista su mentor, o su guía— de tanto que él encarnaba el tipo de poeta absorto en sus propios pensamientos y acaso incapaz de ingeniárselas por sí solo en esa embarazosa ocasión.

Sin embargo, ni siquiera ese día, yo sospeché que el príncipe de Lampedusa (caballero que en su juventud debió haber sido rubio, alto, fuerte, elegante y silencioso, apenas ese tanto necesario que no le impidiese externar algunos chistes llenos de humour) pudiese ser o volverse un escritor a la altura de los literatos allí presentes. Sin embargo, así fueron las cosas. Nos informa Giorgio Bassani, a quien le debemos el primer conocimiento y la recuperación de la novela que hoy aparece póstuma (El Gatopardo, editorial Feltrinelli, Italia, 1958), que este importante libro fue escrito, acaso en pocos meses, cuando Lampedusa regresó de ese torneo literario. Puede ser que la ducha de vivificadora y militante literatura que experimentó en ese entonces el príncipe haya sido el estímulo, la causa fortuita a la que le debemos este bellísimo libro: el primero y el último porque Tomasi di Lampedusa murió en Roma en julio de 1957, a la edad de sesenta años. Ópera prima, es más, la única, pero persiste la duda si El Gatopardo fue un libro que el autor llevó y alimentó en su persona durante toda su vida y que probablemente no tuvo, por parte del escritor, los últimos cuidados.

Formalmente casi perfecta, la novela revela a un artista maduro y al día; pero en su confección, en la secuencia de cada uno de los episodios, no siempre es armoniosa y proporcionada. Luego de dos capítulos, que un gran naturalista del siglo XIX podría envidiarle, la novela se detiene en los meandros de un idilio juvenil, que acaso demasiado, nos lleva al clima de la actual “prosa de arte”; y en la segunda parte, no siempre el moralista y el novelista caminan a la par. Además, una figura secundaria, la del padre Pirrone, que creíamos un sencillo don Basilio, pretende todo un capítulo para sí, revelándose de golpe buen cristiano y hombre sensato. Pero luego el libro se vuelve a levantar desde estas páginas menores —pero igualmente muy atrayentes— y retorna, en los dos capítulos finales, a su primitiva fuerza narrativa.

Resulta muy difícil encontrar antecedentes literarios en El Gatopardo; el trasfondo (Sicilia en 1860) pudiera hacer pensar en el De Roberto de Los virreyes; pero el escándalo psicológico, el sarcasmo y el casi feroz uso del bisturí corresponden a alguien que no ignora a Brancati; mientras que la afectuosa reconstrucción, el gusto por la vieja estampa, pudieran recordar a Guido Nobili y a los otros escritores de libro único, aquellos que le eran caros a Pancrazi. Pero, al final, uno acaba por concluir que semejantes parangones no explican nada. Acaso El Gatopardo es la síntesis de una novela río que nunca fue escrita por Lampedusa. Una síntesis, entendámonos, del todo mental, interna: que es la causa de los desequilibrios mencionados, pero también de la novedad del libro. Si la novela histórica tradicional basa su poder en una leve pátina de aburrimiento (tal es para el lector ingenuo el sentido del tiempo que fluye lentamente), nada más lejano a los esquemas de la novela histórica que El Gatopardo. Y, sin embargo, el sentido de la historia, la sucesión de las generaciones, el advenimiento de las nuevas clases y de los nuevos mitos, el ocaso de la nobleza feudal y el igualmente hipócrita triunfo de las “magníficas fortunas” son la materia misma y la inspiración de la novela, en la que pocos personajes son suficientes para poner de relieve la extraordinaria ambivalencia espiritual del autor.

El príncipe Fabrizio de Salina, personaje fundamental del libro, vive dividido entre inclinaciones opuestas. Rico feudatario, su fortuna está amenazada por una señorial incapacidad a no dejarse robar. Orgulloso de su título y de su censo y, por lo tanto, tradicionalista, sin embargo, él lleva en sí mismo la simiente del iluminismo; buen diletante de astronomía, no puede esconder que para los privilegios de su casta las horas están contadas. Por eso favorece las simpatías de su pobretón sobrino, el príncipe Falconeri, por el movimiento de liberación de los “piamonteses”. Incluso el rey Borbón es informado de esto, y cuando recibe a Salina en el palacio real de Caserta, lo pone sobre aviso: “Salina, óyeme. Me han dicho que dejan mucho que desear las visitas que sueles hacer en Palermo. Que tu sobrino Falconeri... ¿por qué no sienta de una vez la cabeza?”. “Majestad, Tancredi no se ocupa más que de mujeres y de juego”. “Salina, Salina, estás loco. El responsable eres tú, el tutor. Dile que ande con cuidado. Adiós”. En espera del desembarco de los garibaldinos, Salina se retira a su feudo de Donnafugata, con su esposa, sus numerosos hijos, el attaché eclesiástico, el padre Pirrone, y su fiel perro Bendicò, una de las más vivas “personas” del libro. Más tarde, los alcanzará Tancredi Falconeri, herido y condecorado; Palermo es ocupada por los patriotas y el joven sirve, egregiamente, para salvar a la familia Salina de eso que hoy se llamaría depuración. Una gran carrera se vislumbra en el futuro de Falconeri, pero Salina renuncia a darle por esposa a su hija Concetta, muchacha igualmente frígida que ni siquiera podría ayudarlo con una rica dote. Salina, por el contrario, favorece el matrimonio de Tancredi con la hermosa Angélica, hija de don Calogero Sedàra, un campesino enriquecido a costa de despojar sistemáticamente de sus bienes a los vecinos. Despabilada, agresiva. Estupendo ejemplo de muchacha meridional de piernas un poco cortas, Angélica acelerará el ascenso de Tancredi a los puestos de mando de la política. Incluso al príncipe de Salina, un piamontés, Chevalley, emisario del prefecto de Girgenti, vendrá a ofrecerle la laticlave (toga púrpura con la que se vestían los senadores romanos y que indicaba su dignidad y cargo), pero obtendrá un tajante rechazo. ¿Es posible que alguien que fue par del reino de Sicilia vaya a sentarse en una asamblea de parvenus? ¿Con esto se pretende rendirle honor? ¡Incluso esto resulta ridículo! Salina, por otra parte, no sabe nada acerca del Senado; esta palabra solamente le recuerda “al senador Papirio, que rompía una varita sobre la cabeza de un galo maleducado, a un caballo Incitatus. Pero la razón de su rechazo es otra.

Carente de ilusiones, Salina adolece de la capacidad de engañarse a sí mismo. Qué vayan los jóvenes (¿Y por qué no?, también don Calogero Sedàra) a competir en el muy engalanado catafalco del Senado. ¿Es verdad que es necesario obrar, hacer algo? “En Sicilia no importa hacer mal o bien: el pecado que nosotros los sicilianos no perdonamos nunca es simplemente el de ‘hacer' [...] El sueño, querido Chevalley, el sueño es lo que los sicilianos quieren”. ¿Será acaso que Chevalley todavía no conoce el paisaje siciliano? “Esta violencia del paisaje, esta crueldad del clima, esta tensión continua en todos los aspectos, estos monumentos, incluso, del pasado, magníficos pero incomprensibles porque no han sido edificados por nosotros y que se hallan en torno como bellísimos fantasmas mudos; todos estos gobiernos que han desembarcado armados viniendo de quién sabe dónde, inmediatamente servidos, al punto detestados y siempre incomprendidos, que se han expresado sólo con obras de arte enigmáticas para nosotros y concretísimos recaudadores de impuestos, gastados luego en otro sitio: todas estas cosas han formado nuestro carácter, que así ha quedado condicionado por fatalidades exteriores además de por una terrible insularidad de ánimo”.

El lector ya comprendió; el usurero Sedàra se vestirá con la laticlave. El nuevo Reino, seguido por la desconfianza de Salina, se encaminará hacia las magníficas fortunas, guiado por uno de los pocos sicilianos despiertos o semidespiertos, Crispi; Salina, ya defraudado por algunos feudos, se volcará en sus estudios astronómicos hasta que la muerte lo sorprenda, en julio de 1883, en un hotel de Palermo. Junto a él están sus tres hijas solteras, la princesa Falconeri ya viuda, y sus dos hijos varones. El tercer varón, también él un semidespierto como Crispi, está ausente: vive en Inglaterra y comercia con piedras preciosas. Y la muerte de Salina es la muerte de un sabio y de un justo; no es un drama, “sino el vaciamiento, el detallado desmoronamiento de la personalidad unida al presagio de la reedificación en otra parte de una personalidad (gracias a Dios) menos consciente pero más larga”. Extensas y desnudas páginas en las que está resumida toda una vida con la deslumbrante claridad y velocidad de un fulgor.

La historia también tiene un epílogo. En 1910, las tres solteronas todavía viven en lo que queda del palacio de sus antepasados, dominado por el blasón del felino rampante. Inmersas en prácticas religiosas han llenado la capilla de la casa con falsas reliquias adquiridas malgastando los últimos centavos del patrimonio paterno. Luego de una visita del arzobispo, un sacerdote enviado por él decidirá que solamente unas pocas reliquias ostentan título de autenticidad. Todo lo demás será arrojado a un rincón del patio y la capilla volverá a ser consagrada. Junto con las falsas reliquias, también dará un salto el viejo perro Bendicò, embalsamado. “Durante su vuelo desde la ventana su forma se recompuso un instante. Habríase podido ver danzar en el aire a un cuadrúpedo de largos bigotes que con la pata anterior derecha levantada parecía imprecar. Después todo halló la paz en un montoncillo de polvo lívido”.

La singularidad de una arquitectura que los norteamericanos dirían ginger bread, estrambótica, no impide que este Gatopardo, al que se le podrían quitar o agregar algunas escenas (y en esto recuerda a Roma de Palazzeschi, poderoso libro mal confeccionado y dominado por un único personaje) sea un libro de sorprendente unidad espiritual: un libro de un gran señor, de un gran esnob en el más alto significado de la palabra, de un hombre que comprendió todo de la vida, de un poeta-narrador dotado de una implacable clarividencia y de un sentimiento de la existencia que es, a la vez, estoico y profundamente caritativo. Y es un pecado que una breve reseña no pueda sugerir las cualidades más altas de Lampedusa, artista y moralista: su virtud de pintor de paisaje y de interiores, su don para hacer vivir a una multitud de figuras que son demasiado verdaderas para ser sencillamente “veristas”. Al terminar la lectura recordamos todo de El Gatopardo, y estamos seguros que, tarde o temprano, querremos releerlo de principio a fin. Y nos preguntamos: ¿De cuántos libros publicados en la última década podemos decir lo mismo?

Tomado de Il Corriere della Sera , 12 de diciembre de 1958.

julio 07, 2007

La identidad de los diferentes*





*Crítica literaria de Fernando Savater que aparece en la edición del sábado 07 de julio en la página web del suplemento cultural "Babelia" del diario español El País [http://www.elpais.com/articulo/ensayo/identidad/diferentes/elpepuculbab/20070707elpbabens_2/Tes]


Los que deseen comprender un poco mejor el juego identitario y conocer cómo nacen y cómo mueren encontrarán en este libro de Kwame Anthony Appiah una visión especialmente matizada de este proceso cambiante y polémico de etiquetas que asumimos o que los demás nos obligan a asumir. Entre las conclusiones de este profesor, destaca cómo nos ayudan a encontrar un camino, aunque lo relevante sea lo que excluyen y no lo que incluyen.

¿Hablamos de enfrentamientos entre fieles de diversas creencias religiosas? ¿Nos preocupamos por el separatismo disgregador de los nacionalistas? ¿Tememos el choque o buscamos la alianza entre las civilizaciones? ¿Lamentamos la difuminación mimética de cada individuo en la sociedad de masas? ¿Defendemos el derecho de las minorías sexuales a expresar y practicar sus opciones alternativas? ¿Creemos que el multiculturalismo es el único remedio frente a la globalización homogeneizadora? ¿Pensamos que hay que mantener la diversidad de las lenguas por razones semejantes a las que llevan a proteger la biodiversidad? ¿Reclamamos la universalidad de lo humano frente al narcisismo de las pequeñas diferencias folclóricas? En todos estos casos y en otros muchos semejantes, nos debatimos en la red de problemas que hoy suscita la cuestión de la identidad. A diferencia de otros conceptos (o nociones, no exageremos) ideológicos, la identidad y sus controversias apasionan incluso a nuestros contemporáneos menos propensos al morbo filosófico y encrespan furiosamente hasta a los que serían más capaces de morir por ella que de definirla de modo inteligible.

Para quienes prefieran congestionarse un poco menos y comprender algo mejor la identidad (o las identidades: cómo nacen, cómo se combinan, cómo se excluyen y luchan entre sí, cómo se superponen o se substituyen, cómo se armonizan, cómo se abandonan, cómo mueren) considero muy recomendable y hasta imprescindible la lectura de este libro. Su autor, el profesor Appiah, no sólo tiene una notable y perspicazmente ordenada erudición académica sobre este tema, sino también la experiencia personal de lo que las identidades "incómodas" pueden aportar o sustraer a la vida de cada cual: nació en Londres, hijo de un nativo de Ghana que fue patriota africano pero también defensor cosmopolita de los derechos humanos y de una inglesa, y ha sido profesor en diversas instituciones de África, Estados Unidos y Europa. Además, pertenece a una opción sexual minoritaria. Todo lo cual le ha dado una visión especialmente rica, matizada y -lo que resulta muy gratificante- irónica de este proceso cambiante y polémico de etiquetas que asumimos o que los demás nos obligan a asumir, en las que consiste el juego identitario.


En la vida humana se entrecruzan muchos valores, no siempre fácilmente jerarquizables ni siquiera propensos a la armonía. En consecuencia, las opciones morales razonables son múltiples y a menudo contradictorias. "La identidad", dice Appiah, "proporciona, entre otras cosas, una fuente más de valor, una que nos ayuda a encontrar un camino entre esas opciones. Adoptar una identidad, hacerla mía, es verla como el factor que estructura mi camino en la vida". La identidad es un diseño posible, una guía imaginaria o GPS moral, que nos orienta a través del laberinto ético, desde luego, pero también consolida nuestra autonomía social y nuestra autopercepción psicológica. Aunque se apoya en datos objetivos -pero subjetivamente interpretados, que es lo relevante- nunca puede decirse que esté directa y obligatoriamente determinada por ningún condicionante natural o social. Al contrario, en muchas ocasiones es la arbitrariedad la que obtiene premio, sobre todo cuando halaga la necesidad de magnificar las diferencias mínimas o establecer como irreductibles las variaciones sobre el mismo tema que condenan al hereje y dejan imperturbado al ateo. Lo único que está claro es que para cada una de las identidades es mucho más importante establecer aquello que no son que lo que son, aquello que rechazan y condenan que lo que ensalzan y recomiendan: lo relevante de la identidad es lo que excluye y no lo que incluye. Noticia que tiene interés para aquellos que se empeñan en predicar la absoluta e irrestricta compatibilidad entre todas las identidades, sólo a fuerza de buena voluntad.

En el libro de Appiah hay tantas derivaciones sugestivas del tema principal que resulta imposible glosarlas en pocas líneas. Entre ellas destaca, desde luego, su recurrente ensalzamiento del principio de la universalidad ética humanista frente a la diversidad como valor absoluto en sí misma. Si la diversidad potencia la autonomía y la libertad humana, merece respeto: si en la diversidad se incluyen las formas comunitarias que las niegan, debe ser rechazada sin escrúpulo políticamente correcto. También son muy lúcidas las reflexiones que dedica al conflicto dentro de un Estado democrático entre las lenguas minoritarias y lo que él llama la lengua "política", es decir, aquella que permite a todos los ciudadanos entenderse unos con otros para la gestión de los asuntos comunes. Y desde luego cuenta con mi simpatía su decisión liberal (aunque nada acrítica) de elegir como genio tutelar de sus reflexiones a John Stuart Mill, quizá junto a Spinoza el más humana e intelectualmente simpático de los pensadores contemporáneos.

No olvidaré un último elogio: su capacidad para acuñar irónicamente fórmulas que merecen el mármol. Brevísimo florilegio: "Aunque seamos los seculares más empedernidos, nada nos impide hacer distinciones entre las hostias y las galletas"; "un valor es como un aparato de fax: no sirve de mucho si lo tiene una sola persona". Y por supuesto mi preferida, que resume la obra de Appiah y la de muchos otros menos inteligentes que él: "En el jardín de las identidades culturales, las flores de papel echan raíces con gran celeridad".

Calderón padece complejo de inferioridad


He tenido la oportunidad de entrevistar a este especialista en asuntos internacionales y una de las voces más autorizadas a propósito de los síntomas indeseables de la mudialización de la economía y de la cultura.

A juicio de Jalife-RAhme, Andrés Manuel López Obrador tiene un problema desde ahora, a un año de las elecciones federales del 2 de julio.

En su análisis de la situación prevaleciente en la política mexicana actual, Jalife-Rahme observa que la relación económica entre nuestro País y los Estados Unidos es adversa y que próximamente lo será también con respecto a Latinoamérica, en donde los países muestran una tendencia a elegir gobiernos con ideologías de izquierda.


En virtud del adverso inicio económico del sexenio y de las complejidades de la lucha contra el narco, el internacionalista prevé que el movimiento así llamado "gobierno legítimo" que encabeza López Obrador tomará fuerza año con año; esto, gracias al potencial aumento de las ciudadanía inconforme con el sistema de gobierno panista.

El internacionalista Alfredo Jalife-Rahme presidió un seminario político al que acudí porque así lo quiso el destino.

El también académico de la UNAM y de la Universidad Autónoma Metropolitana observó que el gobierno del presidente Felipe Calderón tiene rasgos fascistas, reflejados en su política de vestir de mlitar una situación que es social y económica, a saber, la del narco. A la par, se basó en un análisis psiquiátrico para decir que Calderón padece complejo de inferioridad.

“Ha mostrado todos los elementos de intentar militarizar al País. Pero está cometiendo un grave error de juicio, porque el ejército mexicano es básicamente popular. Además hay que ver cómo votó la milicia: el 80 por ciento del ejército votó por Andrés Manuel; mientras que la cúpula, por PRI-PRD. Entonces, cometería un grave error de juicio si intenta irse por esa vía, porque la situación se le puede revertir.

“Pero él tiende a hacerlo precisamente por sus complejos de inferioridad. Si aplicamos las teorías del siquiatra Alfred Adler, que estudia los complejos de inferioridad, vemos cómo desembocan en conductas tiránicas. Ha sido la constante en toda dictadura en la historia de la humanidad. Calderón posee ese perfil”, agregó.


Autor de libros sobre los síntomas indeseables de la globalidad, Jalife-Rahme hizo el balance a un año de las elecciones. Del lado del gobierno federal, opinó que “Calderón va estar buscando siempre la legitimidad”. Por la parte de López Obrador, dijo, “el movimiento está más vivo que nunca.
“Y no es porque él lo esté impulsando sino que es catalizador de una acumulación de agravios, y es la expresión del descontento generalizado y de un repudio al gobierno federal. Andrés Manuel no existiría si no hubiera fracasado el gobierno neoliberal” resumió.

Para él, López Obrador tiene un problema. “La gente quiere acción y él tiene que responder o puede ser rebasado por su izquierda. Debe empezar a tener mucha creatividad, pasar a la fase de las acciones”, señaló.

julio 01, 2007

Murakami y su discípula Yoshimoto





Por Luis Matías López para el diario español El País.







Se dice que Haruki Murakami puede ganar el Nobel un año de éstos, y que Tokio Blues. Norwegian Wood es una anomalía en su producción literaria. Él mismo la considera un experimento. Sin embargo, sin Tokio Blues el fenómeno Murakami, de alcance universal, tal vez no hubiera llegado a estallar. Hasta a él le pilló por sorpresa su tremendo éxito cuando se publicó en Japón, en 1987. Tuvo que irse del país para asimilarlo.

Muchos lectores españoles tienen los cables cruzados porque han leído las obras de Murakami sin seguir el orden en el que fueron escritas. Tal vez se iniciaron en 1994 con Crónica del pájaro que da cuerda al mundo (probablemente su novela más lograda) y no leyeron Tokio Blues hasta 2005 (cuando se editó en España) para terminar en 2006 (tras algunas otras paradas) con Kafka en la orilla. Demasiadas piruetas para caminar sin perderse entre las fantasías oníricas que, con estilo nada artificioso, permean casi toda su obra y el realismo sin complejos de Tokio Blues. Rehecho el calendario, se entiende mejor que a Murakami se le encuentren parientes tan diversos como Salinger, Don DeLillo, Carver o Kafka. En cualquier caso, el desorden no elimina ni una pizca del placer que produce leer hoy (o releer) Tokio Blues, con su lograda idealización de la memoria.

A Murakami le han salido imitadores, pero ninguna tan clara como Banana Yoshimoto, 15 años más joven y no siempre lo suficientemente hábil a la hora de adaptar una receta que mezcla amores primerizos, fantasmas familiares, ritos de iniciación y otras dimensiones. Que la alumna no llega a la altura del maestro resulta especialmente claro en el caso de Amrita, publicada en Japón hace 10 años, y en España hace cinco. Se diría que le sobra la mitad del metraje y que a su autora se le atraganta la distancia larga. Yoshimoto, en cualquier caso, se beneficia de la estela que deja Murakami, tiene ya una legión de entusiastas lectores, se crece en el relato corto (como los de Sueño profundo) y dada su edad (nació en 1964) cabe esperar que aún perfile una voz más personal y potente.

junio 29, 2007

Pornochou


No sin tristeza me he enterado que cerró sus puertas la única sala de cine original, valiente, que existía en Hidalgo. No era un complejo comercial cuya cartelera exhibía simultáneamente todos los churros gringos de moda, sino un espacio para la morbidez y la sana perversión mental. En la pantalla del cine SNTE pasaban películas para adultos. Pero su singularidad llega a más: como su nombre lo indica, pertenecía al Sindicato Nacional de Trabajadores de la Educación, el cual lo rentaba a una empresa privada que, a su vez, encontró un mercado consumidor de los filmes pornográficos fuera de temporada que se proyectaban. De manera que los maestros, aburridos de tanto dar clases, ¡podían echar a volar la mente, relajados frente a la pantalla grande repleta de cuerpos atléticos teniendo un maratónico desempeño sexual! Aquí va todo mi reconocimiento. Las autoridades del SNTE mostraron una edificante carencia de mojigatería, adelantándose varios años a su tiempo. Por eso es una gran pena que cerrara para convertirse en un simple y llano centro cultural.

Además del Centro Cultural del Magisterio (que así se llama), se hizo un gastazo de 13 millones de pesos públicos para remodelar los velatorios propiedad del sindicato. ¿Habrán temido que el cierre de la tranquila sala porno pueda acarrear bastantes complicaciones en la salud de las y los educadores como para empujarlos a la tumba? No es descabellado. Acabo esto, lamentando lo más vergonzante. El secretario general del sindicato, Alejandro Soto, ¡ofreció una disculpa a la sociedad hidalguense por el mal uso que se le dio al cine SNTE, y resaltó que la remodelación del inmueble responde a la “justificada indignación de las maestras y los maestros”! Pero el clásico cine SNTE gozaba de algún arraigo los hidalguenses. Lanzada por la boca de un hombre a una mujer, la frase “Te invito al cine SNTE” era la posibilidad de ahorrar gastos de chocolates, flores, perfumes y cenas románticas, antes de llegar a la cama. Ahora, el lugar tiene acabados de primera. Y la sala proyección, está equipada con 360 butacas y palcos, que exhibirán filmes de ignota calidad.

En Internet es donde la gente busca más pornografía. Y en esta red informática también hay muchas estadísticas en torno al consumo de videos, fotos y demás productos de sexo explícito. Aquí: www.enough.org, hay varias cifras que los puritanos calificarían de alarmantes, pero que si yo me viera obligado a tildarlas las llamaría entendibles. Este lugar da a conocer que 60 por ciento de las visitas al Internet son de naturaleza sexual; 25 millones de yanquis visitan entre una y diez horas a la semana los sitios pornográficos; 9 de 10 niños menores a 16 años ya saben fornicar, merced a Internet, y el 70 por ciento de sitios sexuales se visita entre 7 a.m. y 5 p.m., esto es, en pleno horario laboral. Pues bien, opino que los puristas no tendrán de qué alarmarse siempre y cuando la pornografía continúe poseyendo sus espacios subrepticios en las comisuras de la sociedad. En primera, porque con la erradicación de todos los males perversos, los puristas no tendrían en qué perder el tiempo juzgando a su semejante. Y en segunda, lo más importante: porque la pornografía es, lo admito, un mal pero un mal necesario. ¿O quién, sino la gente normal, consume tal cantidad de pornografía? Sería tonto creer se trata de una legión de trastornados sexuales rondando el mundo en espera de violar a la humanidad; es más sensato dar en pensar que los consumidores habitan bajo nuestro techo; que son el licenciado, el profesor, el médico, el chofer, los padres y sus hijos. A mí me horroriza mucho más que se publicite la erradicación del consumo sin atacar las estructuras sociales, que son las afectadas. La idea de que la pornografía es perversa, me parece un palmario error de percepción. Y otra vez lamento el cierre de cine SNTE y la apertura del Centro Cultural con baños de lujo y una sala donde pondrán churros holliwodenses.

Reto a los puristas que se dan penosos golpes de pecho, lamentando las cifras in crescendo del mercado pornográfico. ¿Nunca lo han consumido? Anden, tiren la primera piedra.

junio 28, 2007

Otto

Por Eliseo Alberto, escritor cubano.


La vida no se va volando ni dura lo que un suspiro, a no ser que se interponga una fatalidad prematura, un accidente, un mal incurable. La vida tampoco tiene que ser obligatoriamente un calvario de lamentaciones. Si uno se lo propone, la vida alcanza (a veces sobra) para hacer muchas cosas –por ejemplo, publicar más de cuarenta títulos de poesía, un manojo de novelas de aventuras o imaginar un sitio (el Peuqueñal) donde conviven los muertos y los vivos que uno ama. Allí, Juan de la Cabala ha merecido con sobradas razones un Doctorado Honoris Sauza (por el tequila) y Jaime Sabines se ocupa personalmente de organizar los funerales de las prostitutas abandonadas. José Revueltas administra la pulquería “El sueño de los jabalíes”. Dicen que han visto pasear a Jorge Luis Borges, sin Lazarillo, por el Boulevard de los Crepúsculos o la Avenida de los Cipreses Rumorosos. Incluso, la vida alcanza para morir en paz, casi travieso, rodeado de nietos, hijos, de la mano de una centroamericana hermosa llamada Haydee Maldonado. Así lo decidió Otto.

Quien primero vio una nube de color anadrio
era un joven pastor de diecisiete abriles
que más tarde fue monarca de su reino
y hombre feliz hasta decir ya no,
porque el anadrio es el color de la alegría
y de la buena suerte.

¡Y de la buena suerte!


Un español porquerizo de Castilla
vino a América y cuando se internó en la selva
vio un árbol de color anadrio;
ese mismo soldado de fortuna
más tarde comió con Carlos V
y fue virrey;
porque el anadrio es el color de la alegría
y de la buena suerte.

¡Y de la buena suerte!


El anadrio es uno de los nuevos colores que Otto inventó para iluminar su poesía. Sólo un hombre bueno, humilde, es capaz de andar por el mundo regalando colores. O defendiendo el derecho a voz y voto del geranio: “Sobre heridos anfiteatros con antiguas podredumbres/ se sitúan los geranios ya crecidos de presagio”, escribió a los veinte años. Y cuando digo humilde quiero decir valiente. Llegó a México en 1954, como perseguido político, después de la intervención norteamericana en Guatemala. Ya traía cicatrices. Venía apaleado pero con muchas ganas de desquitarse a verso limpio. Aquí terminó sus estudios universitarios. Aquí se casó con Haydee. Aquí redondeó su obra literaria. Aquí murió el sábado pasado, sentado en su sillón, manoteando la noche. Había pedido que lo cremaran, con su vieja maquinita de escribir sobre el pecho. Sus cenizas están tatuadas de letras –por eso cantarán cuando los suyos las esparzan sobre las aguas del Lago Atitlán, a 140 kilómetro de Ciudad Guatemala –su Peuqueñal, ¿verdad, querida Haydee?

En la época moderna otras personas
han visto objetos de color anadrio
y su suerte ha cambiado en forma radical.
Un pescador vio una sirena cuya cola
era anadria y desde entonces
pescó y pescó y pescó y pescó y ahora
es dueño de una flota ballenera;
porque el anadrio es el color de la alegría
y de la buena suerte.

¡Y de la buena suerte!


Guatemala era, para él, ese sillón donde se balanceaba. Su casa, su país. Y México su amante pública. Siempre fue un hombre de izquierda, un poeta justiciero. Un socialista convencido. Cada vez que conversábamos de política (él optimista, yo afligido), Otto sonreía: no había manera de que perdiera la esperanza en un mundo mejor –para mí, definitivamente agujereado por el ozono del desencanto. La sonrisa del poeta era una lección de dignidad. Me convenció: los poetas de izquierda son mejores que los de derecha, no me pregunten el por qué. Tal vez por el calibre de sus sueños.

Vendía periódicos un niño,
rapaz sin desayuno, de pobreza trajeado,
y un día en su camino vio una piedra
que era, por supuesto, de color anadrio.
Ese niño actualmente es accionista
de una inmensa cadena de periódicos;
porque el anadrio es el color de la alegría
y de la buena suerte.


“Estoy preparado para recibir a esa novia que se llama muerte. No me preocupa. Sé que está cerca el final. Seré recordado como un escritor más. Me gustaría que dijeran que fui un buen poeta. Hasta ahí”.

Pinte usted
las paredes de su casa
de color anadrio
y le irá bien.

Otto Raúl González murió en plena juventud –a los ochenta y seis años de edad.

¡Vuela, poeta!

Si existe Dios, que te bendiga.

Luego me cuentas.

junio 26, 2007

Otto Raúl González, rip






“Me parece que el poeta de verdadera vocación escribe le publiquen o no, esa es la verdad. El que es poeta en serio no anda buscando renombre ni la fama absurda. Escribe porque tiene que hacerlo, porque a su ánimo le es lógico y natural”.










Otto Raúl González (1921-2007) no llegó a mi vida como poeta sino como presentador de libros. Y es que el poeta Ramsés Salanueva tuvo la gentileza de prestarme las copias del discurso que leyó González durante las Jornadas Rebolledanas en Actopan. En su texto (cuyo original a puño y letra tengo aquí a mi lado) Otto Raúl no hace como algún idiota investigador diría, no hace ninguna "aportación". Qué idiotez; leído el 11 de diciembre de 2001 en Actopan, Hidalgo, el texto del viejo deja notar una gran humildad por el oficio, el amor por la poesía de Efrén Rebolledo, el conocimiento de la poseía clásica, cuya cima es el soneto de 14 versos (dos cuartetos y dos tercetos).

Pero fueron Poesía Fundamental y Oratorio del Maíz los poemarios que me aproximaron al González poeta. De sus poemas alguien estará más autorizado que yo para opinar. A mí no me interesa sino lamentar la muerte del maestro. Sin emabrgo, es inútil. Pues podría asegurar que él la recibió con la filosofía de que era poseedor. Entendía en su sentido más profundo que la vida no es eterna.

Una de sus últimas obras, Oír con los ojos, se presentó el miércoles 24 de octubre de 2001 a las 19 horas en Bellas Artes. El libro incluye el poema "Brújula":

Estoy un poco hecho a golpes de catástrofes
la tempestad me dio con sus martillos
y han pulido mi torso exilios y naufragios
pero nunva he perdido mis cartas de marear
ni mi fe ni mi brújula me abandonan nunca.

Ha sido lamentable que el único espacio periodístico mexicano que dio lugar al trágico hecho haya sido uno nada más, Milenio, y con una noticia pésimamente escrita. En fin, peor es nada. Hago copy-paste: Los restos del escritor, quien murió como consecuencia de varios problemas de salud, fueron incinerados el domingo. Antes de su muerte había pedido a su esposa, Haydeé Maldonado, que sus cenizas fueran traídas a Guatemala y arrojadas en aquel lago Atitlán.

González nació en la capital guatemalteca, el 1 de enero de 1921 y residía en México desde 1954, tras el derrocamiento de Jacobo Árbenz Guzmán.

Fue miembro de la Generación de 1940 y del grupo Sakerty (asociación de escritores y poetas). La mayor parte de su obra la escribió en el exilio. Entre sus poemas destacan: “Viento claro” y “Poemas de un viaje al amanecer del mundo” en el cual exalta al Canal Volga-Don, de Praga. También, entre su legado están Poesía fundamental, Oratorio del maíz, Cantata para mi esposa y Voz y voto del geranio. Por su labor literaria obtuvo el Premio Nacional de Poesía Jaime Sabines, de México, y el Nacional de Literatura Miguel Ángel Asturias, en Guatemala. Se graduó de abogado y notario en la UNAM, y su tesis fue sobre la reforma agraria en Guatemala. En mayo pasado visitó por última vez su país natal. La Universidad de San Carlos de Guatemala le otorgó el doctorado honorífico, por su trayectoria literaria como poeta, narrador y ensayista.

Descanse en paz, maestro.

junio 21, 2007

Garibay en la memoria

Ricardo Garibay pertenece a ese tipo de escritores que leí durante la juventud con un apasionamiento sólo comparable a la primera vez que hice el amor. Pero, tal como ocurrió con la primera noche, a Garibay lo he echado al olvido y, en el mejor de los casos, sólo acude a mi memoria como un bonito recuerdo.

El primer libro que leí entero fueron sus memorias, Fiera infancia y otros años. Hallé el porqué de la furia en que hervía Garibay. Su ruda infancia fue en un cuarto de vecindad donde vivían apretados padres e hijos. Estudió la primaria en el turno de la tarde, con niños que atendían en las mañanas el puesto de tamales con su mamá. Hay una fuerza vital (como Bergson diría) presente en toda su literatura.

Garibay nació en 1923 en Tulancingo. Hijo de un hombre de la Ciudad de México y de una mujer de Metztitlán, sus años mozos están cubiertos de penurias materiales y de una religión asfixiante. Su adolescencia la pasó en la Capital del País, donde creció y se hizo inspector de burdeles, jefe de prensa y escritor. En una entrevista recuerda cuando, ya consagrado, un dignatario de Tulancingo lo invitó a develar la plaquita de una avenida con su nombre. Viajó de Cuernavaca, donde vivía, para llevarse tamaño coraje. ¡Era una callecita de terracería, más cochambrosa que las de su niñez! Se largó echando pestes, como siempre. Por fin, muere en 1999 sin haber alcanzado la tan deseada gloria. Y es que los pobres siempre anhelamos más que los ricos.

Furibundo irremediable, la gran fama del Samurai de Cuernavaca se debe principalmente a esto: la fidelidad del habla callejera en sus personajes. Al respecto, observó Carlos Monsiváis hace dos años en el número 84 de Letras Libres: “Por facilismo, los críticos… suelen elogiar la fidelidad reproductiva de los diálogos, y siempre le reconocen ‘el gran oído literario’. ¿Qué quiere decir este elogio? Un gran talento aísla el ritmo del habla popular y lo reinventa, devolviéndole como un rap magnífico, un fluir verbal que es literatura y es apego a las voces colectivas”. El autor de Días de guardar se refiere a Las Glorias del gran Púas, relato de Garibay sobre el grandioso Rubén Olivares, cuyo fragmento copio:

Con su perdón pero fue el uno-dos y entrando ya ve usté que caminar en el ring era lo que sí se sabía dormido y es lo más pelón allá arriba caminar para adelante ¿caunteadores? yo le cambio diez caunteadores por uno que sepa caminar para adelante mire dedos le han de sobrar para contarlos y era lo que sí le sobraba a Medel era lo que se está perdiendo y ganar la pachocha a base de chinguitas rápidas y a otra cosa mariposa yo aquí estuve ¿no? ¿y mi paga entonces? es que es el picudísimo no es otro que el picudísimo taim is monei ¿lo que quieres es que gane? ps ya gané me pagas ¿o qué no está durmiendo el otro no está comiendo brea? tons qués lo que te gorgorea porque yo se los acuesto al réferi les cuenta y el mánager cobra la bolsa ¿o qué también tengo que ser un científico?

Tardío ciertamente pero el reconocimiento le ha llegado al de Tulancingo. Ya la sala de lectura de la antigua biblioteca del Río de las Avenidas en Pachuca, llevaba su nombre y tenía un busto con su debida pátina. También la nueva biblioteca central del parque David Ben Gurión ha sido bautizada Ricardo Garibay. Y la Oficina Estatal de Cultura, que editó sus obras completas en 10 tomos con pastas de lujo, ha convocado al segundo concurso anual de cuento cuyo título es nada menos que el del Samurai de Cuernavaca. ¡Hasta los diputados lo distinguieron con la presea Miguel Hidalgo!

Pueden estos homenajes significar mucho, o nada, según la opinión de cada quien. La realidad es que si hasta los diputados han volteado la mirada (¿el rabillo de los ojos?) a Garibay, sus lectores debemos ponernos a pensar.

Puedo asegurar que desde el primer encuentro amoroso, hemos repetido bastantes noches de estupenda carnalidad. Pues bien, ¿por qué no regresar a la obra de Garibay, por otra parte, tan injustamente olvidada? Propongo la relectura de tres libros autobiográficos cuya sabrosa esencia populachera hará que algún profesor baboso les ponga el sambenito de “costumbristas”. Son Beber un cáliz, La casa que arde de noche y el imprescindible Fiera infancia y otros años.

junio 16, 2007

POLÍTICAMENTE CORRECTO

La tarea de buscar sustitutos eufemísticos para evitar la discriminación o el racismo llega a resultar ridícula, impositiva, a veces falta de sentido común. Así lo demuestra el semiólogo italiano Umberto Eco en el siguiente texto, adelanto editorial de A paso de cangrejo (Debate, 2007), volumen que recoge artículos, reflexiones y decepciones que el autor de El nombre de la rosa publicó en diversos medios durante los últimos seis años.


por UMBERTO ECO

Considero que el término “políticamente correcto” se utiliza hoy día en un sentido políticamente incorrecto. En otras palabras, un movimiento de reforma lingüística ha generado usos lingüísticos desviados. Si leemos el artículo que Wikipedia (una enciclopedia on line) dedica a lo PC (así se designa ahora, mientras no se produzcan confusiones con las computadoras o con el antiguo Partido Comunista), encontraremos también la historia del término. Parece ser que en 1793 el Tribunal Supremo de Estados Unidos (en el caso denominado “Chisholm versus Georgia”) argumentó que era muy frecuente citar un Estado en vez del pueblo, para cuyo bien existe el Estado, y que por tanto era not politically correct en un brindis hablar de Estados Unidos en lugar de “el pueblo de Estados Unidos”.

A comienzos de la década de 1980, el movimiento fue cuajando en los ambientes universitarios estadounidenses, como (sigo citando de Wikipedia) una alteración del lenguaje consistente en hallar sustitutos eufemísticos para usos lingüísticos referidos a diferencias de raza, género, orientación sexual o discapacidad, religión u opiniones políticas, con el fin de eludir discriminaciones injustas (reales o ficticias) y evitar ofensas.

Todos sabemos que la primera batalla de lo PC se libró para eliminar epítetos ofensivos para la gente de color, no solo el infame nigger sino también negro, palabra que en inglés se pronuncia nigro y que suena como un préstamo del español y evoca los tiempos de la esclavitud. De ahí la adopción, primero de black y, luego, en una posterior corrección, de african-american.

Esta cuestión de la corrección es importante porque subraya un elemento fundamental de lo PC. El problema no es que “nosotros” (que estamos hablando) decidamos cómo hay que llamar a los “otros”, sino dejar que los otros decidan cómo quieren ser llamados, y si el nuevo término les sigue molestando de algún modo, aceptar la propuesta de un tercer término.

Si uno no se encuentra en una determinada situación no puede saber qué palabra molesta y ofende a aquellos que sí se encuentran en esa situación; por consiguiente, debe aceptar su propuesta. El caso típico es la decisión de utilizar la palabra invidente en lugar de ciego. Se puede considerar legítimamente que no hay nada ofensivo en el término ciego y que su uso no solo no merma, sino que refuerza el sentido de respeto y solidaridad que se debe a quienes están incluidos en esta categoría (siempre se ha hablado con cierta nobleza de Homero como del gran vate ciego); pero si quienes pertenecen a esa categoría se encuentran más cómodos con la designación de invidentes, estamos obligados a respetar su deseo.

¿Le molesta el nombre de barrendero a la persona que se dedica a ese honrado trabajo? Pues bien, si así lo desean quienes ejercen ese oficio, utilizaremos la palabra técnico ecológico. Paradójicamente, si algún día los abogados se sintieran molestos con esta denominación (tal vez por el eco de términos despectivos como abogaducho o abogado de causas perdidas) y pidieran ser llamados técnicos legales, sería una muestra de cortesía atenerse a este uso.

¿Por qué a los abogados no se les ocurriría nunca cambiar su denominación (imagínense a Gianni Agnelli pidiendo ser llamado el técnico legal Agnelli)? Porque, obviamente, los abogados están bien considerados en la sociedad y disfrutan de una excelente situación económica. Por tanto, lo que ocurre es que muchas veces la decisión PC representa una forma de eludir problemas sociales no resueltos aún, enmascarándolos mediante un uso más educado del lenguaje. Si se decide que a las personas que van en silla de ruedas ya no se las llama minusválidas ni tampoco discapacitadas, sino personas con capacidades diferentes, y luego no se les construyen rampas para acceder a los lugares públicos, evidentemente se ha suprimido la palabra, pero no el problema. Lo mismo cabe decir de la sustitución de desempleado por desocupado de larga duración o de despedido por en transición programada entre cambios de carrera. Véase a este propósito el libro de Edoardo Crisafulli, Igiene verbale. Il politicamente corretto e la libertà linguistica, editado por Vallecchi, que desvela todas las contradicciones, los pros y los contras de esta tendencia.

Esto explica por qué un sector exige el cambio del nombre y poco después, aunque se mantienen intactas algunas condiciones de partida, exige una nueva denominación, en una huida hacia delante que podría no tener fin si, además del nombre, no cambia también la cosa. Se producen incluso saltos hacia atrás cuando un sector exige el nuevo nombre, pero luego en el lenguaje privado mantiene el antiguo, o vuelve a él como un desafío (Wikipedia observa que en algunas bandas juveniles afroamericanas se utiliza de forma arrogante la palabra nigger, pero ¡ay del que se atreva a utilizarla si no es uno de los suyos!; es parecido a lo que ocurre con los chistes de judíos, de escoceses o de leperos, que solo pueden contarlos los judíos, los escoceses o los habitantes de Lepe).

A veces lo PC puede incluso expresar cierto racismo latente. Recuerdo perfectamente que en la posguerra muchos italianos que desconfiaban todavía de los judíos, pero no querían pasar por racistas, para indicar que alguien era judío decían, tras muchísimas dudas, que era un israelí. No sabían que los judíos estaban orgullosos de que se les reconociera como judíos, aunque (y en parte precisamente porque) la palabra la utilizaban sus perseguidores como un insulto.

Otro caso problemático ha sido el de las lesbianas: durante mucho tiempo el que deseaba parecer correcto temía utilizar esta palabra, del mismo modo que no utilizaba los términos despectivos habituales para referirse a los homosexuales, y hablaba tímidamente de sáficas. Luego se descubrió que los hombres homosexuales deseaban ser llamados gays, y las mujeres se definían tranquilamente como lesbianas (debido, asimismo, a la carga literaria que encierra el término), por lo que era del todo correcto llamarlas así.

A veces lo PC ha cambiado realmente, y sin excesivos traumas, los usos lingüísticos. Cada vez es más frecuente, cuando se citan ejemplos generales, evitar hablar en masculino y hablar de ellos. Muchos profesores estadounidenses ya no dicen “cuando recibo a un alumno…”, sino que hablan de “estudiantes” o incluso van cambiando en los ejemplos, y a veces hablan de un he y a veces de una she; y ya se acepta la sustitución de chairman (presidente) por chairperson o chair. Incluso hay quienes bromeando con lo PC han propuesto cambiar el nombre del cartero, mail man, por el de person person, porque mail (correo) suena igual que male (varón).

Esas críticas surgen porque, una vez impuesto como movimiento democrático y “liberal”, que inmediatamente adoptó una connotación de izquierda (al menos en el sentido de la izquierda estadounidense), lo PC ha originado sus propias degeneraciones. Se consideró que mankind era una palabra sexista, debido al prefijo man, y que excluía de la humanidad a las mujeres, y se decidió sustituirla por humanity, ignorando que este término deriva etimológicamente de homo (y no de mulier). También para provocar, aunque con la misma ignorancia etimológica, algunos sectores del movimiento feminista han propuesto dejar de utilizar el término history (porque his es pronombre masculino) y sustituirlo por herstory.

La exportación de lo PC a otros países ha dado lugar a nuevos retorcimientos del lenguaje, y es de sobra conocida por todos la polémica (no zanjada) sobre si es más respetuoso llamar a una mujer abogada o abogado, y he visto que en un texto estadounidense se preguntan si es realmente correcto llamar poetess a una mujer poeta, como si fuese tan solo la mujer de un poeta (y también en este caso entran en juego los usos consolidados, porque entre nosotros poetessa [poetisa] está ya tan aceptado como professoressa [profesora], mientras que sonaría extraño y hasta ofensivo banchieressa o banchiera [banquera]).

Un caso típico de difícil traducción es precisamente el del cambio de negro a nero (negro). En Estados Unidos, el paso del tan connotado negro a black era radical, mientras que en italiano el paso de negro a nero suena un poco forzado. Y más porque el término negro tiene su historia legítima y atestiguada por muchas fuentes literarias: todos recordamos que en las traducciones de Homero que leíamos en la escuela se hablaba del “negro vino”, y han sido escritores africanos de lengua francesa los que han hablado de négritude.

En Estados Unidos, las degeneraciones de lo PC han impulsado la aparición de una gran cantidad de falsos y divertidísimos diccionarios PC, en los que a veces no se sabe muy bien si cierto término en realidad ha sido propuesto o se ha inventado con intención puramente crítica. De hecho, junto a sustituciones ya corrientes, se encuentran socialmente separado por encarcelado, funcionario del control bovino por cowboy, corrección geológica por terremoto, residencialmente flexible por vagabundo, ereccionalmente limitado por impotente, horizontalmente accesible por mujer de mala vida, regresión folicular por calvicie y hasta carente de melanina para indicar un hombre blanco.

En internet encontrarán la publicidad de la STUPID (Scientific and Technical University for Politically Intelligent Development), donde se anuncia que en su campus se han colocado señales de tráfico no solo en cinco lenguas sino también en Braille, y que se ofrecen cursos sobre la contribución de los aborígenes australianos y de los indios de las Aleutianas a la mecánica cuántica, sobre cómo la baja estatura (el hecho de ser vertically challenged) favoreció los descubrimientos científicos de Newton, Galileo y Einstein, y sobre la cosmología feminista, que sustituye la metáfora machista y eyaculatoria del big bang por la teoría del gentle nurturing, según la cual el nacimiento del universo se produjo por lenta gestación.

Se pueden encontrar en internet versiones PC de Caperucita Roja y Blancanieves (ya se pueden imaginar cómo se las ingenia un defensor de lo PC con los Siete Enanitos), y he encontrado una larga discusión sobre cómo hay que traducir “el bombero apoyó una escalera en el árbol, subió y rescató al gato”. Al margen del obvio principio PC, por el cual un bombero ha de ser como mínimo un vigilante del fuego, la traducción propuesta es muy extensa porque se trata de aclarar que el bombero en este caso concreto era un hombre pero que muy bien podría haber sido una mujer, que actuó en contra de la libertad del gato, que tenía todo el derecho de ir donde quisiera, que con la escalera puso en peligro la salud del árbol, dio por supuesto que el gato era propiedad de sus dueños, y subiendo con facilidad ofendió la sensibilidad de personas físicamente discapacitadas, etc.

Al margen de las exageraciones reales y de los efectos cómicos que estas exageraciones han provocado, lo PC ha suscitado desde el principio una violenta reacción por parte de los ambientes conservadores, que lo ven como una mojigatería de la izquierda y una imposición que atenta contra el derecho a la libertad de expresión. A menudo se compara con la neolengua de Orwell y (a veces directamente) con el lenguaje oficial del estalinismo. Muchas de estas reacciones son también mojigatas y, por otra parte, existe también un PC de la derecha, tan intolerante como el de la izquierda; basta con pensar en los anatemas lanzados contra los que hablan de “resistencia” iraquí.

Además, a menudo se confunde sugerencia moral con obligación legal. Una cosa es decir que es éticamente incorrecto llamar maricones a los homosexuales y afirmar que, si el que lo hace es un ministro, y lo hace además en papel con membrete del ministerio, hay que hablar solamente de miserable incivismo. Y otra cosa muy distinta es decir que si se expresa así ha de ser encarcelado (a menos que Tremaglia llame maricón a Buttiglione, en cuyo caso sería comprensible una querella con exigencia de reparación de daños morales). Pero, dejando aparte la vulgaridad de Tremaglia, no parece que exista ninguna ley que castigue con años o meses de cárcel a quien diga barrendero en vez de técnico ecológico, y en definitiva no es más que una cuestión de responsabilidad personal, buen gusto y respeto a los deseos ajenos.

No obstante, ha habido muchos casos en que, por haber hecho un uso políticamente incorrecto del lenguaje, han sido penalizados por la publicidad e incluso suprimidos programas enteros de televisión, y no son raros los escándalos universitarios en que un profesor es expulsado por no utilizar solo términos políticamente correctos. Y se entiende, por tanto, que el debate no sea simplemente la representación de un enfrentamiento entre liberales y conservadores, sino que a menudo se desarrolla a lo largo de líneas divisorias muy problemáticas.

No hace mucho tiempo, Los Angeles Times decidió como norma de su política editorial utilizar el término anti-abortion en vez de prolife (en defensa de la vida), puesto que este segundo término implicaba un juicio ideológico. Al revisar el artículo de un colaborador que hacía la reseña de una representación teatral, el redactor encontró la expresión pro-life, aunque usada en un sentido completamente distinto, y la sustituyó por anti-abortion, con lo que cambió el significado del texto. Cuando se hizo público el caso, el periódico presentó sus excusas y difundió el nombre del redactor responsable del error; pero entonces explotó un nuevo caso porque, como medida de protección de la privacidad del redactor encargado de revisar los textos ajenos, el periódico no tenía que hacer público su nombre.

Lentamente, sobre todo en Estados Unidos, hemos pasado del problema exclusivamente lingüístico (llama a los otros como desean ser llamados) al problema de los derechos de las minorías. Es natural que en algunas universidades los estudiantes no occidentales pidieran que se les impartieran cursos sobre sus tradiciones culturales y religiosas y sobre su literatura. Lo que ya no es tan natural es que los estudiantes africanos pidieran, por ejemplo, que los cursos sobre Shakespeare fueran sustituidos por cursos sobre literaturas africanas.

La decisión, si es que se aceptó su propuesta, aparentemente respetaba la identidad del afroamericano, pero en realidad le privaba de unos conocimientos útiles para vivir en el mundo occidental.

Hemos llegado a olvidar que la escuela no ha de enseñar a los estudiantes tan solo lo que quieren, sino también y algunas veces justamente lo que no quieren, o que no saben que pueden querer (de lo contrario, en las escuelas de primaria y secundaria ya no se enseñarían matemáticas o latín, sino solo juegos de rol en el ordenador; o el bombero dejaría que el gato fuera a retozar a la autopista, porque ese es su deseo natural).

Y llegamos al último punto de este razonamiento. Cada vez es más frecuente considerar PC cualquier postura política que favorezca la comprensión entre razas y religiones o incluso el intento de comprender las razones del adversario. El caso más significativo se produjo en un programa de televisión estadounidense, cuyo presentador, Bill Maher, a propósito del 11 de septiembre, criticó una frase de Bush en la que llamaba “cobardes” a los que atentaron contra las Torres Gemelas. Maher afirmó que de un kamikaze se puede decir todo menos que carezca de valor. ¡Ardió Troya! Inmediatamente hubo un descenso de la publicidad en ese programa, que acabó siendo suprimido. Ahora bien, el caso Maher no tenía nada que ver con lo PC, ni visto desde la derecha ni visto desde la izquierda. Maher expresó una opinión. Se le podía reprochar el haberlo hecho ante un público al que aún le dolía la tremenda herida del 11 de septiembre, se podía discutir, como hizo alguien, sobre la diferencia entre cobardía moral y cobardía física, se podía decir que un kamikaze está tan obnubilado por su propio fanatismo que en esa situación no puede hablarse ni de valor ni de miedo… Maher estaba expresando sus ideas personales, provocadoras si se quiere, pero no utilizaba un lenguaje políticamente incorrecto.

Asimismo, entre nosotros se ironiza sobre el exceso de lo PC por parte de quien manifiesta simpatía por los palestinos, pide la retirada de nuestras tropas de Irak o resulta demasiado indulgente con las demandas de las minorías extracomunitarias. En estos casos no interviene para nada lo PC, se trata de posturas ideológicas o políticas, que cualquiera tiene derecho a criticar pero que no tienen nada que ver con el lenguaje. Excepto que el descrédito arrojado sobre lo PC por los ambientes conservadores hace de la acusación de PC un óptimo instrumento para hacer callar a aquellos de quienes se disiente. PC se convierte así en una palabra fea, como está sucediendo con pacifismo.

Como puede verse, se trata de una cuestión complicada. Solo nos queda establecer que es políticamente correcto usar las palabras, incluida la de PC, en su sentido propio y, si se quiere ser PC en ese sentido, hacerlo utilizando el sentido común (sin llamar a Berlusconi persona verticalmente desfavorecida pendiente de poner remedio a una regresión folicular), ateniéndose solamente al principio fundamental de que es humano y civilizado eliminar del lenguaje corriente las palabras que hacen sufrir a nuestros semejantes.

junio 13, 2007

Acueducto Tembleque, más que arcos

Arcos del acueducto novohispano


Zempoala es un municipio de Hidalgo cuyas construcciones dejan boquiabierto a cualquiera. Tiene una hacienda y una iglesia casi en cada pueblo. Superan sus edificios religiosos y civiles a los de cualquier alcaldía vecina. Quizá por ello el historiador más importante del estado, Víctor Manuel Ballesteros, dedicó parte importante de su labor a estudiar el sitio.

Sin temor a equivocarme afirmo que es la iglesia advocada a Todos los Santos la más destacada de Zempoala. Para muestra, véase el tomo de Ballesteros La Iglesia de Todos los Santos de Zempoala, Hidalgo, y su comarca (Ed. UAEH, 2003). Construida en tres etapas que son su comienzo en 1540, en 1553 cuando se realizaba una campaña constructiva, y en 1585 con el edificio terminado, la iglesia posee capilla abierta, iglesia, convento, atrio y huerta. Y de acuerdo con Ballesteros, es uno de los pocos conjuntos que conserva el espacio para la huerta, si bien hoy día está abandonado.

Pero es el programa pictórico lo que más debe interesar. Cuando el visitante ha traspuesto la portada renacentista, entra a un mundo techado con bóvedas góticas. Enseguida, advierte dos anchas cenefas plasmadas en los muros, cuyas imágenes tienen como guía el cordón franciscano, como en el convento de Tepeapulco. Mas son las pinturas en el presbiterio las que asombran lo mismo la ojo turista que al entendido en historia del arte. Tal es el caso del Ballesteros, en cuya obra citada interpreta a detalle las fuentes bíblicas contenidas en los murales.

Y sin embargo, he decidido no hablar de este conjunto conventual, sino de una edificación de Zempoala decididamente más famosa entre turistas, gobernantes y automovilistas que pasan por la carretera y la ven. Hablo del soberbio Acueducto del Padre Tembleque.

En el mejor estudio hecho sobre el acueducto (El padre Tembleque, Ed. Jus, 1961), Octaviano Valdés detalla que hacia el siglo 16, Zempoala abundaba en agua gracias a los mantos acuíferos que se encontraban a flor de tierra en el cerro Tecajete, mientras que el poblado de Otumba, Edomex., se moría de sed. Los de Otumba rogaban ante los de Zempoala, indispuestos a compartir el líquido. Fue necesario que Fray Francisco Tembleque, un español nacido en Toledo, hiciera de mediador. Y aunque logró convencerlos, pronto tuvo dificultades de todo tipo: con los prelados de la Iglesia, con los indios, con el dinero, con la comida…

Así y todo, al cabo de cinco años “el último arco recibe su clave y termina el puente rematando en una alcantarilla, desde la cual chorrea el primer mensaje del agua hacia el lado de Otumba”, describe Valdés, exaltado: “¡Qué hermosura de arcos, con sus aristas que de un solo vuelo ascienden a redondearse en la curva sin tacha!” Y cómo no, si en sus 44 kilómetros, el acueducto corre a desnivel, salva barrancas y, además, posee una estética en todo momento armónica con el paisaje.

Pero las cosas son como son. Desde que manos indias pusieron la última pierda del acueducto y vieron correr agua en 1560, hasta nuestro sucio presente, han transcurrido 447 años. No en balde. Pues si la pesadumbre del tiempo no ha podido con el acueducto, como que la estulticia humana se obstina en ganarle el paso. Y es que no es extraño advertir algún que otro graffiti pintarrajeado sobre los arcos; u oquedades donde antes había piedras.

De eso me di cuenta hace unos días cuando bajé al fondo de la barranca. Fui a un evento de los gobernadores de Hidalgo y de Edomex. que firmaron un “convenio de participación” para rescatar esta obra que atraviesa sus entidades. Sólo que ni los miembros del Patronato Acueducto Tembleque AC saben en qué consiste el convenio.

Una semana después de la firma, el reportero Miguel Alburquerque de Milenio-Hidalgo publicó: “La delegación estatal del INAH ha exigido que la intervención al Acueducto del Padre Tembleque sea ‘respetuosa’, producto de un estudio integral sobre el monumento, y no ‘un paso de euforia sin control’”.

Antes de eso, no vendría mal saber si la foto de aquél evento no será otra cosa que eso, una foto en los periódicos.

junio 07, 2007

Infamia universal

Cegehacheros, familiares y algún que otro colado


Me pregunto a quién pudo haberle servido que la UNAM permaneciera “tomada” por unos estudiantes que, teniendo todo el derecho legal para manifestarse, lo ejercieron con extravagancia entre 1999 y 2000. ¿Al rector, al Poder central, al PRD al PRI o al PAN?, ¿o a las otras universidades que durante la “huelga”, han de haber recibido más estudiantes que nunca? Pues opino que el principal beneficiado no fue ninguno de ellos.

Conviene recordar la base sobre la que ocurrieron los hechos. El rector Juan Ramón de la Fuente y el Consejo Universitario propusieron en público un aumento a las cuotas estudiantiles. Lógica en principio, pues los estudiantes de la UNAM no pagamos sino 25 centavos por todos los años que deseemos estar calentando las bancas, la propuesta fue recibida como un balde de lava hirviendo. No es éste el lugar dónde ponernos a enlistar cómo iniciaron los hechos, ni los múltiples giros que tomaron (para eso existen tanto las crónicas que hizo Carlos Monsiváis para La Jornada y Letras Libres, como las decenas de cientos de publicaciones del momento, principalmente la revista Proceso); pero sí es éste el sitio para cuestionar cómo vienen terminando.

¡Quién ha podido extirpar de la memoria aquella desagradable imagen en el televisor con un tanque militar poniéndose en marcha sobre las calles vacías de Ciudad Universitaria!

Y sin embargo, la llegada de la milicia al Campus no es nada más achacable a los "pinches neoliberales" (Kolektivo Eskoria dixit: www.kolectivoescoria.blogspot.com) sino a los estudiantes mismos. ¿O ya no se acuerdan de las fotos y entrevistas que publicó Proceso? ¡Y vaya que la revista es izquierdosa! La foto que estoy revisando en estos momentos, muestra una botella de Pepsi retornable medio llena de alcohol mezclado con peyote. El frasco descansa en el pupitre de lo que fue un salón de clases: al fondo aún puede verse el pizarrón blanco, con un Gallito Inglés pintado con plumón verde... Los estudiantes tuvieron su parte de culpa: ¡o qué universitario con todos los tornillos en su lugar no habrá dado manotazos cuando hubo visto esta fotografía!

La realidad es que luego de diez meses de permanecer “tomada” la Ciudad Universitaria, un número de estudiantes infaliblemente alto (cuya precisión no me interesa investigar) se largó a otras escuelas. Otros, se pusieron a ver televisión y embarazar muchachas o a dejarse embarazar, según el caso, y volvieron al aula como si tal cosa. Pero a un puñado de 300 alumnos los expulsó el Tribunal Universitario; de éstos, 30 cegehacheros fueron denunciados penalmente. Uno de ellos, duerme en la cárcel desde la semana anterior —por segunda vez.

A Jorge Martínez Valero, ex estudiante de politología en la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales y enfermero general titulado A de Salubridad en Milpa Alta, se le ha dictado sentencia de cuatro años en prisión y una multa de 120 mil pesos. La pena temporal puedo entenderla; la económica, no. La jueza Isabel Cristina Porras, titular del 17 Juzgado de Distrito en Procesos Penales, dictó tres sentencias de las cuales una fue ratificada por el Primer Tribunal del Primer Circuito Unitario en Materia Penal, y eso llevó a la cárcel al cegehachero.

Con redoblada insistemcia me pregunto a quién carajos le sirve todo esto. ¿A qué tener preso a Martínez Valero? Aunque no le creo mucho de todo lo que este santo sostiene en su blog antedicho, es importante advertir que este encarcelamiento suyo, no es otra cosa que abono a la infamia universal que pesa en nuestra historia nacional, a saber, la de refundir tras las rejas a todo el que nos cae mal. La vergüenza no es para los políticos, que tienen muy poca, sino para la sociedad por entero.

Ahora bien, no hay que ir muy lejos, tenemos nuestros propios presos del naciente sexenio. Continúan encerrados en La Palma los hermanos Sosa (Flavio y Horacio), porque lideraron la -en modo alguno transparente- Asamblea Popular de los Pueblos de Oaxaca, APPO. Un juez les dictó una retahíla de delitos, entre otros, “daños a las vías generales de comunicación”. Qué descaro.

junio 04, 2007

Ramsés Salanueva abaut Abraham Chinchillas

El poeta, reportero de Milenio y promotor cultural (el orden no se qué demonio pueda saberlo) Ramsés Salanueva (Actopan, 1972), escribió el siguiente texto a propósito del hai kai Tráeme la noche, publicado recientemente por el amigo Abraham Chinchillas. Helo aquí. Lo publico sin su consentimiento, pero con las ansias de compartir con vos un ¿tesoro? que tengo en mis manos. Les debo la portada del libro. No dí con ella en ningún lado, y no tengo medio de digitalizar la del ejemplar que está en casa.


-Trazos de tinta-
Hai ku,
-Traeme la Noche-
de Abraham Chinchillas.

Por Ramsés Salanueva.

Hay un profundo diálogo de los animales con la naturaleza, original o trastornada, esta informática sólo puede comprenderse a través de la demiurjgia, es decir la alta magia, la ciencia de controlar los elementos en que se expresa el móvil del que hablamos, el otro es la poesía, el idioma del ancestral del TODO.

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Parece ser que la acumulación de los conocimientos más tradicionales del antiguo del templo de Isís, viajaron a la indochina. Los idearios religiosos que resultaron de este éxodo alcanzaron serias consideración sobre los arcanos de quién es Dios y para qué estamos aquí.

El Tao que puede conocerse no es el Tao.
La sustancia del Mundo es solo un nombre para el Tao.
Tao es todo lo que existe y puede existir;
El Mundo es solo un mapa de lo que existe y puede existir.
Las experiencias externas sirven para sentir el Mundo,
Y las experiencias internas, para comprenderlo.
Los dos tipos de experiencia son lo mismo dentro del Tao;
Son diferentes solo entre los hombres.
Ninguna experiencia puede contener al Tao
El cual es infinitamente más grande y más sutil que el Mundo.

Lo declara el Tao Tekin.

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La férula fulminante y el libro secreto con los que pueden revelarse estas maravillas pertenecen a un grupo de iniciados. No así la palabra, la cual también puede trastocar la materia con su poder de invocación, y crear configuraciones y estados de la física comprensibles a nuestra capacidad de credulidad.

En su forma más potencial, este conocimiento ha prevalecido los tiempos, a través de la enseñanza de antiguos conjuros poéticos conocidos sólo por los maestros de sectas y hermandades.

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Decir que el Hai Kai es uno de estas formulas, es una acierto a medias.


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Al parecer, el poeta Abraham Chinchillas conoce muy bien estas naturalezas mágicas y así mismo ha practicado su poder salmico. Luego de leer el prologo que él mismo agregó a su más reciente obra, titulada, Traeme la Noche, una amplísima colección Hai Ku, editada elegantemente por la Universidad Autónoma de Hidalgo, sabemos que, Chinchillas es un escritor dominado por la más alta tradición literaria del extremo asiático, donde la contemplación revela el sentido polar de las cosas que sólo se nombran.

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La esencia del Hai Kai y su utilidad en la comprensión del fenómeno poético, reside en su poder de medir, con exactitud cuántica, la realidad. Sólo lo necesario para ser. El ahora, el aquí, que según los físicos dura sólo tres segundos. El espacio perpetrado en su presente más pretérito puede leerse en 17 silabas, apunta Abraham.

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Encuentro novedoso la forma en que el poeta ha llevado al Hai Kai fuera de su hábitat estrictamente naturalista, y lo ha sometido a comprensiones sobre el hombre y la urbanidad, lo ha expuesto, con sumo éxito, a su más elemental antípoda.

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Dos obsesiones han sido reveladas en los libros del bardo; la mujer y la ciudad, imanentes, caras iguales de la misma moneda, un azar perdido pero necesario, fuera de ellos, el poeta no conoce más. Una de las composiciones que certifica esta condición se extrae de su "Ensayo sobre la redención":

Lobo amanezco
La ciudad es mi estepa
Tú mis rastro perdido.

Esta, es un época de modas literarias, los creadores pueden sucumbir a la búsquedas de otras tierras más allá de la tradición, algunos afortunados llegarán a islas que por más exóticas jamás llegarán a ser continente.

Abraham Chinchillas observa con declarada alergia, desde la plataforma continental de nuestra letras, a los balseros poéticos de este siglo.

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La edición de Tráeme la noche, se ilustra con una serie de viñetas bajo la técnica de la tinta china, que agregan a la obra una ambientación oriental (a doc).

Los claros oscuros grises de estos trazos, nos ayudan a explicar, la experiencia de transitar por la poética de Chinchillas.

La nostalgia es el barniz que abrillanta las cavilaciones de este escritor.

La roca y la carne son los materiales literarios de Chinchillas.

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Los libros de Chinchillas son desbordados, este nuevo letrario suyo no es la excepción.

Es un poemario, que a reserva de algunos dispendios propios del autor que aprecia sus obras y que no tiene la inmoralidad de expulsarlas de la edición, podría resultar perfecto en su rigor creativo.

Con esta colección Abraham Chinchillas se sitúa como una de las voces batientes de las llamadas letras regionales, concepto que por derivación incluye el plano nacional.

La gama de formas de abordar la disciplina del Haikai, nos habla de esa búsqueda de maestría que el autor ha querido hallar, es pues una expresión literaria que merece atención, por su definida vocación estilística, su constante desarrollo de los temas superiores del poeta, su habilidad idiomática, y su gama de posibilidades.


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Saludamos este nuevo esfuerzo de la comunidad literaria hidalguense, valoramos el compromiso de la UAEH con los creadores locales y esperamos que esta publicación se difunda con la debida atingencia que requiere la promoción literaria en el país.

junio 02, 2007

q.e.p.d.


A Juan José Gurrola Iturriaga se le podía contar entre los mejores cómplices de la muerte, ángeles sin alas que conducen a la inversa de la multitud abriéndose paso entre provocaciones y duelos verbales. El espacio fue su dominio, desde el papel al escenario, la maqueta, la escenografía, el video, la foto.

“¿Cómo puedo alejarme del teatro si yo soy el teatro?”, decía Gurrola. “Habemos gente que somos edificios teatrales, sólo podemos pensar en esos términos y todo tiene un significado diferente.”

Cazador libre de lo intangible, Juan José huyó de definiciones y etiquetas, de nombrar algo por no extirparle la magia. De energía estridente que inundó rincones y planas de periódicos, salpicó conciencias y alejó incautos, Gurrola también fue un niño culto y salvaje, tierno e impaciente, un hombre generoso, perverso, divertido y excéntrico.

Obsesivo, incursionó dos veces en la dirección de Bajo el bosque blanco, de Dylan Thomas, y al hacerlo con una diferencia de 34 años su intención fue “abrir la poesía de este autor al teatro para las nuevas generaciones y expandir las posibilidades, realizar un experimento teatral donde la poesía y la música tomaran diferentes caminos, subrayaran ecos, figuras e imágenes iniciales, elementos que muestran al mundo una civilización que se perderá. Es decirle adiós a un mundo que ya no va a existir, es casi decirle adiós al arte antes de que se separe definitivamente del hombre”.

Celebrar a malditos como Malarmeé o Thomas le dio a Juan José la posibilidad de inundar un escenario de sensualidad y erotismo, “de abrirle paso a la casualidad para atraer a un actor que nació para ese momento teatral y aceptar, más allá de eso, que ambos, director y actor, poseen una ambición por contener el mundo.”

Un mundo del cual ya se alejó: dos de la madrugada del viernes, problemas hepáticos, que se agravaron con las tensiones de su última puesta en escena Simplemente complicado, de Thomas Bernhard, escenificada en el Festival de Teatro de San Miguel de Allende, donde recibió un homenaje, lo llevaron a la muerte.

Ingresó al Instituto Nacional de Nutrición, donde estuvo tres días: “Falleció de una manera muy tranquila, nos despedimos porque con su estado era casi inminente su fin en el planeta”, dijo Rosa Newton, viuda del artista. Sus restos serán cremados y permanecerán con la familia porque su deseo fue que se juntarán sus cenizas con las de su pareja, “para hacer un coctel” que pueda regarse en la zona tlacotalpeña del río Papaloapan.

El teatro, la vida

Dramaturgo, traductor, director, actor, coreógrafo, arquitecto, diseñador, músico, cineasta, fotógrafo, pintor y amante de los cómics, de ahí la imposibilidad de enumerar las obras en las cuales participó este hombre nacido en la Ciudad de México el 19 de noviembre de 1935.

Parte de su misión fue que el público dejara de ver teatro acartonado, deficiente y con faltas de ortografía. “Qué más vileza que mentir sobre un escenario y peor todavía el que se sienta a que le mientan”.

Director de Tajimara, mediometraje que formó parte de la cinta Amor, amor, amor, y de Robarte el arte, para Juan José Gurrola la primera le llevó a demostrar que podía hacerlo y la segunda constituye la película del siglo. Sin embargo, llegó a decir: “No creo que el cine sea arte, porque no tiene esa esencia simultánea del dibujo, la música y el teatro.”

Para Gurrola el hecho teatral “es el reconocimiento de ese sueño compartido por la escena y los espectadores, quienes no saben bien a bien por qué pagaron un boleto, pero tienen la secreta ambición de compartir con alguien la unidad, unión fraternidad, o como dijo Charlie Parker, saber que todo está bien o que en esta soledad, dentro de un teatro todo desaparece, nos convertimos en dioses”.

Adiós

Sólo dos horas estuvieron sus restos en el Palacio de Bellas Artes antes de ser trasladados a territorio veracruzano. Entre las 11 y las 13 horas de hoy se rindieron un homenaje de cuerpo presente a Juan José Gurrola, “un talento invaluable, que renueva el panorama de la escena moderna mexicana en varias coordenadas”, a decir de Ignacio Escárcega, coordinador Nacional de Teatro del INBA.

“Él era un hechicero que creaba las condiciones para que los actores pudieran desempeñarse con libertad en el escenario y esto va de la mano de su actitud lúdica e irreverente. Juan José es una presencia irreverente, para fortuna del teatro mexicano”, agregó.

A través de un comunicado, Gerardo Estrada, coordinador de Difusión Cultural de la UNAM, lamentó la muerte de Gurrola, a quien definió como el personaje “más audaz y más provocador de una generación que cambió radicalmente el modo de hacer y de ver las artes en México.”

“Desde la trinchera universitaria, Gurrola, junto con otro grupo de artistas e intelectuales, le dio un nuevo respiro a las artes en México con sus propuestas iconoclastas, algunas de ellas calificadas hasta de insolentes, que nos permitieron entender el mundo contemporáneo”.

Milenio-Diario. México/Alegría Martínez

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Desde chico tenía ganas de escribir un diario, o algo así. Pero era cosa de niñas. Este blog es lo menos afeminado que encontré.

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