El blog de Luis Frías

agosto 30, 2008

Del mero formalismo al completo estructuralismo




Con el siguiente texto, inicio una serie de nueve ensayos que publicaré sobre las Corrientes Teóricas literarias del siglo XX. Las colocaré quincenalmente, desde hoy y hasta que termine el año.




Viktor Shklovski


En El arte como artificio de 1917, se pueden encontrar los primeros rasgos de la corriente teórica que la historia de la literatura ubica como Formalismo Ruso. En el clásico texto de Víctor Shklovski, se presta una atención insospechada al concepto de ‘imagen literaria’. Se somete a discusión la afirmación de Potebnia (“no hay arte y, en particular, no hay poesía, sin imagen”). Cierto es que V. Shklovski no puede sino admitir la afición de cierta poesía por las imágenes; empero, hace una acotación. Brevemente explica que tanto en poesía como en cualquier obra literaria, la recurrencia de imágenes es más un ejercicio de memoria que de creatividad. O sea: la innovación poética no radica en elaborar nuevas imágenes, pues la mayoría de ellas ya existen y sólo se recuerdan; mejor: la originalidad está allí donde se disponen esas mismas imágenes en un nuevo ordenamiento. En una palabra, la aportación de Shklovski está en que consigue demostrar que el verdadero arte poético no se encuentra en la creación de imágenes, sino en el modo en que el lenguaje consigue mostrarnos esas imágenes.

Es un aporte significativo. Y le permite a Shklovski hacer uno de sus descubrimientos más trascendentes. Spencer sostenía que “el mérito del estilo consiste en ubicar el máximo de pensamiento en un mínimo de palabras”. ¿El lenguaje poético consistía, entonces, en ubicar el máximo de imágenes en un mínimo de palabras? Shklovski resuelve la cuestión evidenciando las diferencias entre el lenguaje poético y el pensamiento ordinario: desde luego que lo poético pretende decir más cosas en menos palabras. Economizando, ser más efectivo. Parejamente, este hecho revela otra realidad.

A diferencia del lenguaje poético (lenguaje previamente pensado, elaborado bajo reglas, dirigido con un propósito…), el pensamiento ordinario se manifiesta a través de expresiones tan habituales que se vuelven automáticas. “Todos nuestros hábitos se refugian en un medio inconsciente y automático”, explica así Shklovsky lo que bautiza como “proceso de automatización”. Y cita a Leon Tolstoi: “Si toda la vida compleja de tanta gente se desarrolla inconscientemente, es como si esta vida no hubiera existido” (Nota del diario de L. Tolstoi del 28 de febrero de 1897, Nikolskoe. Letopis, diciembre de 1915, p. 364). La pregunta es inevitable. ¿Cómo diablos hacer frente a esta automatización? ¿Cómo lograr precisamente la desautomatización?

Para ofrecer una solución, Shklovski recurre una vez más a Tolstoi. Ejemplifica su método de escritura. La forma desautomatizadora del autor de Ana Karenina es la de referirse a los objetos mencionando sus características y olvidando que poseen un nombre conocido. De tal modo, en vez de mencionar la palabra “tortura”, Tolstoi habla de “apretar las manos o los pies con torniquetes, o algo semejante”. Semejante método permite al lector “redescubrir” el significado de las cosas más comunes. El mismo Aristóteles opinaba que la lengua poética debía tener un carácter extraño, sorprendente. Para Shklovski, en todo caso el ritmo prosaico es un factor automatizante; y en el arte, por el contrario, existe un orden cuya función es combatir esa automatización.

En una palabra, para Shklovski la función del arte es ser el agente desautomatizador por excelencia. Pero este aporte de Shklovski se enriquecerá cuando Yuri Tinianov añada su concepto de “historia literaria”. “La historia literaria debe responder a las exigencias de la autenticidad si desea transformarse en una ciencia”, dijo. Con Tinianov se acude a la que se considera la segunda etapa del Formalismo Ruso. Alrededor de 1920.

Caracterizada por su preocupación de entender las obras literarias no aisladas de su contexto, sino inscritas en corrientes temporales y estilísticas, esta etapa del Formalismo Ruso propone que la historia literaria se estudie a partir de la noción de evolución literaria. Dicho de otro modo, la génesis de los textos adquiere una significación y un carácter que seguramente no son los mismos que aparecen en el estudio de la génesis misma. El método consiste en tomar los criterios propios de un sistema (admitiendo que cada época constituye un sistema particular) para juzgar los fenómenos correspondientes a otro sistema; se debe evitar todo matiz subjetivo; se toma a la obra literaria como un sistema; tampoco se deja de lado el problema de las series vecinas en la evolución literaria. El resultado le permite a Tinianov proponer una nueva forma de comprender la función literaria. Él llama función literaria a la posibilidad de que una obra entre en correlación con los otros elementos del mismo sistema y, en consecuencia, con el sistema entero.

De manera que para Tinianov resulta inimaginable volver a las fórmulas del pasado y estudiar la obra aisladamente del sistema en el que se produjo. Y este principio consistente en estudiar las obras inseparablemente del sistema, se aplica perfectamente a los distintos géneros literarios. Ningún género es constante, sino cambiante no sólo a medida que pasa el tiempo, sino en una misma época. Baste comparar dos novelas contemporáneas para advertir cuán diferente puede ser una de otra, aun cuando haya consenso en que forman parte de un mismo género. Los rasgos del género, pues, evolucionan en todo momento y se pueden estudiar del mismo modo que se compara una obra inscrita en un sistema con otra que forma parte de un sistema diferente.

Ahora bien: el reconocimiento de que la obra literaria habita en un sistema más abarcador, no impide que Tinianov tome conciencia de otra realidad. La realidad de que la función de algunos elementos se apodera de otra función más débil y acaba por determinarla. No existe una idea totalmente correcta de la forma en que los elementos literarios de una obra entran en correlación con los de otra. En todo caso, lo cierto es que la observación del comportamiento de cualquier sistema permite concluir que hay elementos frágiles sobre los que dominan otros más sólidos. Estos últimos son los que conforman la llamada “dominante”. Y los elementos de una obra entran en la literatura y adquieren su papel en función precisamente de su relación con esta dominante.

Las aportaciones de Tinianov también alcanzan la esfera de las relaciones que guarda el literario con otros sistemas —con las series extra-literarias—, en particular con las series que pertenecen a los hechos de la vida real1. Esta observación resulta especialmente interesante. Está estrechamente ligada con la noción de “orientación”, misma que significa algo así como “la intención creadora del autor”. La relación entrambos conceptos reside justamente en el hecho de que la intención del autor puede haber surgido muy posiblemente de alguna experiencia de la vida real, y no únicamente de un impulso netamente lingüístico-literario.

En fin, por lo que a las aportaciones de Tinianov respecta, es posible resumirlas subrayando que a partir de él, el estudio de la evolución literaria sólo será posible si se considera como una serie, como un sistema compuesto en correlación con otras series o sistemas y condicionado por ellos.

La tercera y última etapa del Formalismo Ruso, que también la han llamado Estructuralismo Checo, se cierra hacia la década de 1930 con las aportaciones que hicieron los lingüistas Jan Mukarovsky y Roman Jakobson.

Por una parte, en su texto de 1934 El arte como hecho semiológico, Mukarovsky hace la novedosa proposición de que la obra de arte debe entenderse como un elemento triple: la obra como signo, estructura y valor. Y es que para él, la obra de arte está destinada a mediar entre su creador y lo colectivo. O sea: está sellada por los intereses del creador, por los intereses del colectivo observador y por la forma que toma al ponerse en tensión esos dos intereses diferentes. Como buen lingüista, Mukarovsky resuelve el problema triple afirmando que la percepción subjetiva del colectivo observador se vuelva objetiva al convertirse en signo. Y en esto basa su afirmación de que la obra de arte es un signo autónomo, cuya característica central es ser el mediador entre los miembros de una colectividad.

Al lado de su característica de signo autónomo de la obra de arte, se encuentra la de ser signo comunicativo o notificatorio. Pone por caso a la poesía: no sólo se nos refleja como obra de arte sino al mismo tiempo como un conjunto de palabras escritas que reflejan significados conocidos. Dicho de otro modo: que un texto de ficción sea resultado de la imaginación no niega que posea un “tema” verificable en la vida real.

Por otro lado, Jakobson introduce la necesidad de entender la poesía con relación a la lingüística. Para él, esta relación nos permite despejar las diferencias entre el arte verbal con respecto a otras artes e, incluso, a otros tipos de conducta verbal.

Aunque Jakobson hace aportes que ahora nos permiten diferencias a los estudios literarios de la crítica literaria, su tesis más laureada es la que tiene que ver con la función poética. Está por encima de todas las otras funciones del lenguaje. Por encima de la función referencial, de la emotiva, de la conativa y aun de la metalingüística. La función poética no se limita a la información que transmite el lenguaje ni a su forma; en realidad, su tendencia es hacia el mensaje, constituido tanto por la información que transmite como por sus rasgos formales. El concepto de poética es, pues, el culmen al que llegaría esta primera corriente de teóricos literarios del siglo XX.

Años adelante sobrevendrá el tan afamado estructuralismo francés y la narratología. Ambas, corrientes de las que voy a hablar en quince días.

agosto 27, 2008

Sí, pero no

Como mínimo exigible antes de pararse en un púlpito, los prelados de la religión deberían someterse a un curso de buenos modales. Desde que yo tengo memoria, son tan comunes sus yerros públicos, que lo verdaderamente asombroso es que las personas continuemos mostrando arrobo ante las barrabasadas que cometen los ministros de culto. Me refiero a la más reciente muestra de ceguera de algunos de ellos. De los católicos, que son los más abundantes en México.

En efecto, hace poco menos de un mes, en su publicación semanal se podía leer la reprobación de los prelados católicos a que las mujeres de nuestro país llevaran puestas prendas provocativas, empezando por las minifaldas. Los muy idiotas sugerían que tanta pierna al aire provocaba las hormonas de los machos libidinosos. Y esto podía ser el germen de los ultrajes sexuales. Al igual que a Alí Chumacero, a mí me encantan las piernas y los escotes de las mujeres pero hasta el momento esa afición visual no me ha llevado a violar a ninguna dama. Evidentemente, la afirmación de los religiosos revela una cortedad de miras que, no obstante, me resultó natural: pues las declaraciones de principios de la cúpula religiosa mexicana se caracterizan por su hilarante inoportunidad. Hasta los conductores de televisión (esos maniáticos defensores del orden de cosas establecido) se ruborizaron. En los noticiarios se hablaba de esta información religiosa no sin una callada pero evidente sorna.

Ahora bien, quizá este reciente episodio religioso no sea el mejor ejemplo para referirse a una actitud cavernícola que caracteriza a los tiempos que corren: tiempos del saber científico y objetivo, pero a la vez, tiempos de los prejuicios más recalcitrantes. ¿Quién puede negar que todo se lo debemos en alguna proporción a la objetividad de los descubrimientos científicos?, pero también: ¿quién negaría que toda la nueva carga de prejuicios patéticos es culpa precisamente de todo ese conocimiento inmaculado? Y es que a medida que la ciencia soluciona problemas prácticos como la salud, la tecnología, la aeronáutica o la transmisión de información por banda ancha, los hombres nos sentimos tranquilos y dejamos de razonar a propósito de las cuestiones más profundas. ¿A qué preocuparnos por superar nuestros míseros prejuicios, si basta con escuchar a la ciencia, que nos indicará cuál es el camino correcto?

No puedo dejar de pensar en el caso de un antropólogo que he conocido recientemente. Hombre de grandes espaldas y vientre prominente, el alemán al que me refiero es un tipo de cabeza rubia que ha viajado alrededor del mundo. Ha estado lo mismo en Europa que en Asia, en África y en toda la región Latinoamericana, incluyendo nuestro país. Adicionalmente, posee un doctorado en antropología por alguna universidad del centro del Viejo Continente. Pertenece, pues, a ese tipo de personas a las que te diriges con muchas precauciones. Me imparte un seminario sobre los temas ligados con la globalidad. Es el reflejo viviente de que me interesa dejar retratado.

De la situación me di cuenta luego de terminar una de sus clases. Los participantes nos habíamos pasado hablando de varias culturas odiosas en el mundo. Discutimos la conveniencia de que las mujeres en Medio Oriente deban llevar el cubierto el rostro con un velo para que nadie las pueda ver. No nos pusimos de acuerdo cuando hablamos del derecho que tienen los padres de familia en ciertas regiones del África para dejar concertada la boda de sus hijos tan pronto como éstos salen del vientre materno. Y nos enfrentamos duramente cuando hablamos de un caso mexicano: de la costumbre que aún prevalece en algunos parajes inhóspitos y que consiste en vender a los hijos a otra persona hasta que cumplen cierta edad. Desde luego, no llegamos a ninguna conclusión satisfactoria.

Pero lo que me inquietó profundamente fue que ni tanto viaje, ni tanto título, hicieran del alemán despojarse de sus prejuicios.

Después de hacernos ver la importancia de respetar la relatividad cultural (ésa tan publicitada por los propios antropólogos y en con base en la cual, defienden la permanencia de todas las culturas asesinas y cavernícolas que existen sobre el planeta), el alemán afirmó que la disciplina antropológica que él tanto defiende y que le da de comer, no ha logrado establecer que nuestra cultura occidental, respetuosa de los derechos de las mujeres en particular y del ser humano en general, sea superior a las otras culturas que venden esclavos y especulan con el cuerpo de las mujeres. Para la antropología, simplemente todas las culturas valen lo mismo. Por mucho que nos cueste, es la conclusión científica a la que se ha llegado.

Sin embargo, el ejemplo de prejuicio fue el suyo propio. Enseguida, nos dijo que para él todas esas explicaciones están muy bien pero son insostenibles. “¡Yo –se enfureció en su pésimo español— jamás respetaré a una cultura que maltrate a las mujeres, que venda a las personas!” Y yo, que no soy antropólogo, estuve de acuerdo con su explosión. ¿Pero él, para qué carajos es antropólogo si va a defender justamente lo contrario a lo que promueve la antropología? Mejor fuera que milite en alguna organización defensora de esos prejuicios que combate la antropología.

Solamente he hablado de dos casos recientes. Uno, los prelados religiosos con sus declaraciones de humor involuntario. Otro, el del antropólogo cuyos enormes prejuicios superan a sus vastos conocimientos. Son abundantes los ejemplos: el filósofo que ha descubierto la inexistencia de Dios, pero reza; el científico que le tiene miedo a los espectros que pueden habitar la negra noche; el biólogo que sabe todo del Sida, pero le impide a sus hijos pequeños traer preservativos. ¿Cuántos otros ejemplos hay? El problema de todos es que creer que la ciencia pueda llenar los huecos que deja nuestra escasez de sentido crítico. Y todo caso, prefiero a los políticos, cuyo arte es el de, mintiendo, convencernos y convencerse a sí mismos.

agosto 17, 2008

Secuestro en segunda persona

La noticia circuló en el pueblo con inusitada rapidez. Ya se sabe: pueblo chico, infierno grande. A los Del Conde los conocíamos todos. Yo cursaba los primeros años de primaria, y me encantaba Nancy, la más pequeña de la familia y dos años mayor que yo. A mí me gustaba mucho; ella ni siquiera sabía mi nombre. En cambio, su prima, Rocío, se moría por andar conmigo. Sin ser lo que hoy se conoce como millonarios, eran los rancios herederos de una pequeña fortuna conseguida por el abuelo en los tiempos de Don Porfirio. Siendo hacendado pulquero, el viejo se había hecho de extensiones de tierra que les permitían a los nietos seguir viviendo con holgura. Su casa era fabulosa, fueron los primeros en tener un coche Cougar, y recibían visitas de personas distinguidas. Todos les teníamos envidia y, precisamente por eso, le caían mal al pueblo entero. Sin embargo, la noticia del secuestro de Nancy fue una conmoción general.

Aunque años después se sabría que su padre habló con los periódicos para ocultar la noticia, el asunto se transmitió de boca en boca hasta el rincón más remoto. Y es que, salvo por las fiestas públicas que se ofrecían por la visita de algún político prominente, en mi pueblo nunca ocurría nada notable. Se decía que un carro detuvo a Nancy cuando ella salió de la casa de sus primas. Que se subieron a la banqueta para cerrarle el paso y la arrojaron en el asiento trasero. Que su bolso quedó tirado en el piso, junto con una pequeña mancha de sangre. De algún modo, el secuestro de Nancy nos insufló “vida” a todos. En las tortillerías se comentaba el asunto. “¿No se ha sabido nada?”, iniciaba una mujer. “¡Nada, fíjese!”, respondía la otra. En una sobremesa de la familia, llegué a oír un comentario ácido que me hizo marcharme con molestia disimulada: “Qué se me hace que se la robó el novio”, dijo una de mis tías maternas. Lo más descorazonador ocurrió una vez en clases. Durante unos honores a la bandera, el director pidió ¡un minuto de silencio por la memoria de Nancy! Pero qué despropósito, pensaba yo, con impotencia. Quién le había dicho a esa tipo que Nancy estaba muerta. Carajo, pobre de Nancy, pobre de su familia, pobre del pueblo entero que se veía en tales apuros.

Semanas pasaron antes de que volviéramos a tener noticia del secuestro. Desde la tarde del rapto, en todo momento había patrullas de policía aparcadas afuera de la casa. Un ir y venir de personas en carros muy nuevos. Incluso el presidente municipal, un regordete de gran bigote, había cesado al director de Seguridad Pública, a petición de los Del Conde. Pues para ellos, no nada de esto habría pasado si los municipales hubiesen detenido los carros de los raptores. De cierta forma, la vida de todos nosotros llegó a girar alrededor del caso Nancy. Pero un buen día, los investigadores cargados de aparatos y cables salieron de la casa y se metieron en sus carros. Vinieron camionetas de la policía, que se los llevaron por la carretera federal. Cerraron las puertas de la casa y no las volvieron a abrir en varias semanas.

Y nadie nunca supo nada. A sus compañeros de escuela, se nos hizo saber que Nancy no regresaría a clases y punto. Aun cuando nunca se organizó ninguna ceremonia fúnebre en la casa, toda la gente creyó que mi linda compañera había desaparecido para siempre. Nunca me volví a acordar del casi sino hace unos años en la Universidad cuando me hice novio de Rocío. Íbamos en el carro escuchando la noticia de un secuestro. Inevitablemente le pregunté qué había pasado con su prima. “Después ya nadie supo nada”. Le dije. “¿Qué pasó?” No sin tontos celos por mi antigua afición a su Nancy, Rocío accedió a contarme. A medida que escuchaba sus palabras, confirmaba que este mundo no es sino una mierda apenas soportable: “pero, pero cómo”, trastabillé. “Así como lo escuchas, y punto”. Cerró ella.

Una infamia. Después de pagar el rescate mediante un sistema de entrega que se realizó de noche en la espesura de un cerro, el papá de Nancy tuvo que protagonizar una escena tan dura como la de la Naranja Mecánica (1971) de Stanley Kubrick: un hombre, atado de pies y brazos, debe observar cómo unos tipos ultrajan sexualmente a su mujer. En el caso de Nancy, eran unos violadores con capuchas en el rostro que no permitía reconocerlos. Por si fuera poco, después de eso, tanto ella como su padre recibieron una golpiza que los dejó medio muertos. Sin fuerzas para bajar del monte, al siguiente día tuvo que subir un escuadrón por ellos, llevándolos de urgencia a la clínica. Pero la salud que corrió más peligro fue la de la madre. Después de recibir la noticia, la emperifollada mujer de rancho sufrió un ataque al corazón, cuyas secuelas la llevarían meses después a la tumba. Y presionado por las suspicacias del pueblo, el padre decidió mandar a Nancy a la ciudad. En donde estuvo recibiendo asesoría clínica. En una palabra, Rocío me hizo ver que después del secuestro, la familia Del Conde se fue al carajo.

Desgraciadamente, ni el secuestro de Nancy ni los 7 mil registrados oficialmente en México el año pasado, han hecho que ninguna autoridad ponga término definitivo a la cuestión. Que México ocupe, después de Irak, el primer lugar en secuestros a nivel global, es algo que ha tenido sin cuidado a los gobiernos. Fue necesario que un grupo de plagiarios vestidos de judiciales montaran, ¡a plena luz del día!, un falso operativo para secuestrar a un niño de 14 años. Tenía que llamarse Fernando y apellidarse Martí y ser hijo de un empresario allegado a periodistas y políticos. La familia tuvo que pagar 6 millones de dólares de rescate y recibir por respuesta el fiambre de su hijo en la cajuela de un carro. Hubo de ocurrir todo esto para que los detentores del Poder propusieran organizaciones investigadoras, penas de muerte, purgas en los cuerpos policiacos. Desgraciadamente, así ocurrieran cientos de casos como el de Nancy, a nadie le hubiera interesado hacer algo al respecto. ¿Es una fortuna que haya ocurrido lo de Fernando Martí?

agosto 08, 2008

El retorno maléfico

De la poesía Ramón López Velarde, dijo Octavio Paz:

"aunque ingenua o limitada, nada impide que veamos en ella algo que aún sus sucesores no han realizado completamente: la búsqueda, y el hallazgo, de lo universal a través de lo ingenuo y lo propio. La herencia de López Velarde es ardua: invención y lealtad a su tiempo y su pueblo, esto es, una universalidad que no nos traicione y una fidelidad que no nos aísle ni ahoge. Y si es cierto que no es posible regresar a López Velarde, también lo es que ese regreso es imposible precisamente porque ella constituye nuestro único punto de partida".

Palabras cuyo tino se constata no sólo en la "Suave Patria", sino magistralmente en "El retorno maléfico", cuyas primeras estrofas pudieran ser el himno de los transterrados, de los migrantes, o de los que sin vivir tan lejos de nuestros terruños, tenemos una reilación de amor-odio hacia ellos:

Mejor será no regresar al pueblo,
al edén subvertido que se calla
en la mutilación de la metralla.

Hasta los fresnos mancos,
los dignatarios de cúpula oronda,
han de rodar las quejas de la torre
acribillada en los vientos de la honda.

Y la fruslería grabó en la cal
de todas las paredes
de la aldea espectral,
negros y aciagos mapas,
porque en ellos leyese el hijo pródigo
al volver a su umbral
en un anochecer de maleficio,
a la luz de petróleo de una mecha
su esperanza deshecha.

Para los interesados no sólo en Ramón López Velarde (Jerez, Zacatecas, 1888-Ciudad de México, 1921), sino de todos los integrantes del Modernismo mexicano, sugiero la relectura, a la luz de la actualidad, de la Antologia del Modernismo (1884-1921) que preparara José Emilio Pacheco en 1970 para la Editorial Era, pero que hoy se puede encontrar en la Biblioteca del Estudiante Universitario, de la UNAM.

Como las islas


Hacía tiempo que no tenía tanta actualidad esa palabreja. O mejor dicho, ese par de palabrejas. Hablo de la inopinada presencia en todos los medios de comunicación del término “aldea global”. Los reporteros la usaron la semana anterior cada vez que transmitían por televisión algún asunto de la Conferencia Internacional Sobre el Sida. Celebrado este año en México, en el evento se estaba hablando de numerosos temas ligados con la prevención del VIH. Ojalá se hayan expuesto soluciones sensatas; hay que erradicar ese virus que ha cobrado tantas vidas. El caso es que al mismo tiempo que se realizaban las actividades oficiales adentro del Hipódromo de las Américas, había otras, alternas, en un recinto anejo al que las ONG´s participantes dieron en llamar “aldea global”. Pero éste término, que empleado en tal circunstancia querría referirse a la pluralidad sexual, originalmente quería decir una cosa distinta.

Se acepta que al investigador canadiense Marshall McLuhan (1911-1980) le adeudamos la implantación del término. Exhaustivo estudioso de los orígenes de la globalización, el autor de The Gutemberg Galaxy, aunó este par de palabras en 1962 con la intención de referirse a los cambios que sufren las sociedades a raíz de la vertiginosa aceleración que comenzaba a advertirse allá por los años 60 en los medios de comunicación. Hace casi medio siglo. En esa cada vez más distante época, McLuhan pronosticaba la radical transformación de las sociedades al tal punto, que la forma de vida de la humanidad entera se asemejaría más al de una pequeña aldea que al de un planeta de proporciones ingentes. Esto es: debido al progreso tecnológico, todos los habitantes, comunicándonos de manera casi instantánea por los cada vez mas modernos medios tecnológicos, íbamos a conocernos unos a otros.

Ese mismo año sale a la superficie del pensamiento universal una idea relacionada con la de McLuhan. La de “Sociedades de la Información”. Término que hoy tiene varios sinónimos: Sociedades del Conocimiento, Sociedades Post-modernas y Sociedades Post-industriales. La frase se la debemos al pensador vienés Fritz Machlup (1902-1983). La introdujo en su obra La producción y distribución del conocimiento en los Estados Unidos, cuya idea central era que la mayor cantidad de trabajo utilizaba básicamente información, en desmedro del esfuerzo físico. Era toda una revolución. Se asimiló como el paso de la sociedad industrial a, precisamente, la “sociedad de la información”.

Ahora bien, aunque ellos acuñaron ambos términos —ciertamente, señeros en lo que respecta a la globalización—, lo cierto es que fue el español Manuel Castells quien en 1999 habló por vez primera de un fenómeno que nos afecta directamente en los tiempos que corren. La llamada glocalización. “El término que debe entenderse como la articulación entre lo global y lo local desde una visión urbana, como una noción que hoy se aplica tanto a la economía como a la cultura”, explica la investigadora también española Sonia Fernández. Dicho de otro modo: es el momento culminante en que los individuos locales deben tomar sus decisiones fundados en conocimientos universales. “Piensa global, actúa local”, se escucha razonar a los miembros de Greenpeace, adictos al vegetarianismo y al yoga.

Evidentemente ni McLuhan ni Machlup se equivocaron en sus pronósticos. En efecto, tanto la idea de que el mundo se convertiría poco a poco en una “aldea global”, como la noción de las “sociedades de la información”, son cuestiones que se hoy pueden tocar con la palma de la mano. Vivimos ambas realidades. Desde hace unos cuantos años, el intercambio de grandes cantidades de conocimientos es posible gracias a los medios electrónicos, principalmente al internet. Se puede saber lo que está pasando en el otro lado del mundo sin siquiera levantarse del asiento. Basta encender el ordenador y aplastarnos a leer las noticias, a ver videos, y a expresar, si lo deseamos, nuestra opinión.

He olvidado quién dijo: “cuando tengo ganas de hacer ejercicio, me espero un rato hasta que se me pasen”. La cuestión es que soy un flojo y me uno a él. Sin embargo, aunque agradezco haber nacido en esta época de las sociedades de la información en que usamos menos los martillos que el intelecto, también apoyo a los que han puesto el dedo en la llaga de los efectos malignos de nuestra posmoderna forma de vida. A propósito, conviene pensar en la aldea global de McLuhan. Cierto es que no se equivocó el canadiense en sus previsiones, pero tampoco acertó por completo. Si pensaba que todo sería bueno en un planeta cuyos habitantes se pudieran comunicar no importando las distancias, estaba incurriendo en un pequeño error de cálculo. Pongo por caso a la sociedad gringa. Según las estadísticas, el 70 por ciento de ellos ¡prefiere realizar todas sus actividades por internet, que hacerlo físicamente! Y las mismas estadísticas informan que el mundo entero está emulando el ejemplo norteamericano. ¿A medida que internet nos facilita nuestras actividades, nos alejamos más del mundo real? ¿Es exagerado pensar que a mayor acceso a la comunicación, hay menor interacción entre los seres humanos? ¡Nos aproximamos a gran velocidad a una convivencia entre polos opuestos del planeta, al tiempo que se hace imposible la comunicación entre vecinos!

Nos ha tocado ser generación con más riqueza en conocimiento, pero con la más escasa interacción humana. Como buen pesimista, barrunto que nos acercamos a convertirnos en islas, con todo y nuestras abundantes cantidades de saber, pero islas al fin y al cabo. Solitarias islas perfectamente informadas. Exóticas, exuberantes, maravillosas islas incomunicadas.

A esta queja por la torpeza con que hemos desperdigado las posibilidades ofrecidas por la abundante información, había que agregar otro efecto lamentable de la globalidad: precisamente la tremenda expansión de esa enfermedad que la semana pasada se estuvo discutiendo en la “aldea global” instalada contiguamente al Hipódromo de las Américas.

agosto 03, 2008

Lost in Traslation

El siguiente texto de Eduardo Rabasa (responsable de la Editorial Sexto Piso), nos lleva rápidamente al hueso de lo que Roberto Calasso nombra "Provincial Imperalism". Pero no seré yo quien dilucide al respecto.

Morris Berman ha dedicado buena parte de su obra al estudio de la historia de la cultura, pero no como curiosidad intelectual ni tampoco como epifenómeno de la Gran Historia, sino como una historia más «real» (somática), que muy a menudo arroja una inopinada luz sobre las causas subyacentes a los grandes acontecimientos del discurrir de las sociedades humanas. Por ejemplo, en un reciente artículo vincula el comportamiento egomaniaco y desconsiderado de los asistentes a un simposio sobre cómo salir de Irak −ensimismados, hablando o contestando importantísimos mensajes de texto en sus celulares, levantándose y saliendo del cuarto cuando les daba la gana− con la arrogancia y soberbia norteamericanas que los condujeron a ese infierno en primer lugar.

Existe un fenómeno muy distintivo del mundo de la edición en Estados Unidos que es un fiel reflejo de cuestiones similares: el famoso e ínfimo 3% de libros de otras lenguas que se traducen y publican en aquel país, en comparación con un 25 ó 30% de otros como España, Francia o Alemania. Quizá una de las explicaciones más acertadas es la de Roberto Calasso, que con su término «Provincial Imperialism» alude a la inmanente creencia de que no necesitan leer literatura que provenga de otros idiomas, puesto que en todo caso sus propios escritores pueden imitarla con iguales o mejores resultados. Por su parte, el legendario Morgan Entrekin de Grove/Atlantic Press −quien, por cierto, no habla más que inglés− explicaba recientemente que de alguna manera para los lectores norteamericanos es más sencillo leer una historia de amor de un soldado durante la Guerra Civil −el best-seller Cold Mountain−, que los libros de un autor que él ha publicado sin éxito comercial como Lobo Antunes. Como nos dijera hace poco con mordacidad e ironía Phillip Lopate sobre las perspectivas de que otros autores que escriben en español pudieran tener un éxito similar al fenómeno que está siendo Bolaño en Estados Unidos: «Tranquilos. Sólo podemos con uno a la vez».
Milenio-Diario

agosto 02, 2008

Ley anti Wal Mart

Se ha puesto de moda defender públicamente a los libros y a todo lo relacionado con ellos, aunque en la realidad cada vez menos gente coja un tomo y se ponga a leerlo. Sin duda alguna fue a raíz de que el zafio presidente Fox vetó la Ley del Fomento a la Lectura y al Libro fundándose tan sólo en uno de los tantos ejemplares que circulan en el mercado, cuando los integrantes de la cultura nacional pusieron el grito en el cielo y se volcaron a defender a los libros. Pero desde de hace algunas semanas, cuando el presidente Calderón y los legisladores por fin aprobaron la tan mentada ley, el binomio libro-lector ha vuelto a cobrar interés.

Aunque desde el 30 de abril quedó aprobada esta ley, no fue sino hasta el 23 de julio cuando entró legalmente en vigencia. En un evento al que acudió la crema y nata de la cultura oficial, Calderón la promulgó. Aunque el consabido precio único a los libros —cuyo fin es que Wal Mart y sus descuentos no asesine a las pequeñas librerías— es el punto más polémico, este documento ofrece algunas otras curiosidades.

Básicamente se trata de obligaciones que deberá cumplir el gobierno, aunque también se incluye algún que otro asunto dirigido a los inmiscuidos en la cadena del libro, principalmente a los editores y vendedores. Por cuestiones de espacio, sólo voy a enlistar lo que encuentro más interesante. Así pues, desde ahora el gobierno está obligado a elaborar un Programa de Fomento para el Libro y la Lectura, sin olvidar establecer con claridad todos los detalles que se necesiten para su puesta en práctica. También deberá ocupar tiempos oficiales en los medios a fin de pasar comerciales promoviendo la lectura. Deberá crearse el Consejo Nacional de Fomento para el Libro y la Lectura, órgano dependiente de la SEP; por cierto que el secretario técnico de este organismo ya fue elegido… es el director de Conaculta, Sergio Vela. Y copio el polémico artículo 22: “Toda persona física o moral que edite o importe libros estará obligada a fijar un precio de venta al público… El editor o importador fijará libremente el precio de venta al público, que regirá como precio único”. Por último, la ley establece las únicas formas para poder encontrar un libro por debajo del precio único: debe tratarse de libros editados o importados con 18 meses de anterioridad, o: antiguos, descatalogados, usados, agotados o artesanales.

Al inusitado interés libresco que ha despertado esta ley, se suma el curioso ordenamiento del presidente Calderón. Ordenamiento consistente en dotar de unos 15 ó 20 libros a todas las viviendas populares que entrega su gobierno. Entre los libros se piensan incluir lecturas básicas. Un diccionario, guías de salud y alimentación, una constitución, un atlas geográfico, libros de historia de México. “Cosas elementales” y “fáciles de leer”, explicó el mandatario.

Ahora bien, desde que el 30 de abril este escandaloso documento consiguió burlar muchas animadversiones y fue aceptado por los legisladores, ha sido posible escuchar incontables opiniones tanto a su favor como en su contra. Para mi gusto, las más aburridas intervenciones las han hecho los defensores de la ley. Ya se sabe: todo defensor del orden de cosas establecido resulta odioso, infaliblemente; de forma que los escritores y libreros que consideran a esta ley un absoluto triunfo cultural no parecen sino adlátares del gobierno. En cambio, cuánto entretenimiento nos brindan los que, nada más nacer esta mentada ley, ya la han condenado. Me uno a ellos.

Pero no lo hago sumándome a los que creen que esta disposición está incompleta pero, al mismo tiempo, con reservado entusiasmo tienen la esperanza de que cambiará para mejor en el futuro. Y tampoco lo hago porque crea, como Paco Ignacio Taibo II, que esta medida va a incrementar el precio de los libros, lejos de abaratarlos en todos los puntos de venta. Tampoco me uno a los que barruntan, igual que Miguel Ángel Porrúa, la desaparición de las pequeñas librerías por la imposición de los grandes consorcios libreros. Aun cuando aplaudo su heterodoxia, creo que es otra la cuestión.

Hace poco más de dos meses escribí algo sobre la ley del libro. En aquella ocasión opinaba que, en el hostil contexto de nuestro país hacia la lectura, cualquier ley parecería una broma. También citaba la investigación de Fernando Escalante Golzalbo, A la sombra de los libros/Lectura, mercado y vida pública. Para el investigador, el remedio para el problema de las penosas estadísticas sobre lectura parte de aceptar la realidad, a saber, la de que la industria editorial se ha visto contaminada por la lógica del mundo del espectáculo. Uno de sus razonamientos consistía en que no tiene ningún beneficio el ensanchamiento del público consumidor; en conclusión, no puede menos que reconocer que el libre mercado se ha metido hasta en los huesos de la actividad intelectual, aun cuando la trivializa y la desdeña. Aquella ocasión, yo sugería la propuesta más hermosa. Que las editoriales regalasen los libros. Tal vez esa sea la única forma de que las personas se alleguen algunos. Pero esa propuesta era, después de todo, un réquiem para la batalla perdida de la lectura en nuestro país.

Hoy querría añadir otra explicación: en realidad, la ley del libro es no es otra cosa que una Ley Anti Wal Mart. Sí, fijando un precio único se prolonga la vida de las librerías de provincia a las que acuden personas alejadas del centro; pero evidentemente ningún decreto gubernamental va a incrementar las estadísticas de lectura: hasta el presidente Calderón lo admitió. Paradójicamente, su gobierno y los diputados piensan que pasando comerciales, organizando convites y promoviendo precios únicos, van a conseguir aumentar el número de lectores. Su preocupación debiera ser que todos gocemos de bienestar social y, después, si lo deseamos, tomemos un libro. Leer es un vicio, como cualquier droga, o no es. Al abstemio, ninguna bebida lo seduce; al que no lee, ningún libro a buen precio le interesa. Es triste ver que la actual moda por los libros provenga de una Ley Anti Wal Mart, y no del contagio colectivo del vicio de la lectura.

julio 29, 2008

Pegados a los aparatos

Era un adolescente. Cursaba la secundaria en un colegio salesiano cuando empezaron a ponerse de moda los teléfonos celulares. Y a mi colega R sus padres le compraron un negrito Startac, de Motorota. Hoy los vemos y rompemos en risa, pero en su momento eran unos aparatos flamantes. “¡Cuánto les habrá costado esa porquería!”, pensaba yo, retorciéndome de envidia. Como la situación económica de mi familia nunca dejó de ser apretada, fue imposible que yo tuviera una cosa de aquéllas. Quizá por eso los desprecio tanto. Lo cierto es que por semejante trauma y otros más que no debo mencionar, mis horas adolescentes las pasé volviendo la vista hacia mis telarañosos adentros. Lo que hice fue enfrascarme en la lectura. Definitivamente, era más económico coger un libro del estante que esperar a que mis padres ahorraran para comprarme un aparato que no iba a servirme de nada. Desde entonces, prefiero las horas de lectura empecinada a las engañosas bondades de la tecnología.

Por desgracia, esta situación me ha hecho pasar a formar parte de una minoría. No quiero ni imaginar en qué pudiera acabar la cosa si nos batiésemos los unos contra los otros. Los defensores de la lectura contra los defensores de las miniaturas tecnológicas. Para éstos sería tan fácil acabar con nosotros como para un pie aplastar una mosca.

Desde aquella mi remota pubertad he podido ver cómo la vida de la gente se facilita merced a los aparatos electrónicos. Hace por lo menos diez años que empezó a ser más fácil adquirir hornos de microondas, aparatos portátiles para llevar música, cámaras de video y fotográficas, computadoras personales y, entre otros electrónicos, desde luego que también los teléfonos celulares… Pero fue hace muy pocos años cuando la tecnología empezó verdaderamente a cobrar vida propia. Con la sigilosa aparición de Internet en los cibercafés de las esquinas, rápido todos tuvimos nuestros correos electrónicos y se universalizó el intercambio de información: las cosas han caminado a tal punto, que hoy el mundo se acabaría si un solo día llegara a faltar la señal del Internet. A partir de entonces, comenzó esta agridulce situación.

Es cierto que esta dependencia por la tecnología tiene matices. Pero también es verdad que no resulta descabellado hacer una generalización. Con ser distinta la situación de mi colega R, cuyos mejores amigos son sus aparatos electrónicos, a la de cualquier persona para quien la computadora o el teléfono celular no son más que instrumentos de comunicación, la tragedia es que cada vez son más los casos de personas adictas a la oferta de estatus que ofrecen las maravillas de la tecnología. Tal vez la búsqueda de estatus sea un caso tan viejo como la historia humanidad. Desde que tengo memoria, existen personas cuyos flamantes coches contrastan con sus pringosas casuchas: claro y evidente ejemplo de su sed de estatus. Algún estudioso de la conducta humana lo dirá mejor que yo. Comoquiera que sea, no se puede pasar por alto un ejemplo muy reciente.

Hablo de la aparición de un nuevo aparato telefónico. En absoluto me importan los teléfonos celulares. Nunca he estado al tanto de sus novedades. Si tengo teléfono es porque alguien se deshizo de él y me lo obsequió. Y difícilmente compro crédito para ponerle. Me parece deleznable andar preocupándose por las funciones que tienen los teléfonos portátiles. Posiblemente se trata de una envidia insuperada desde mis tiempos en el colegio salesiano, cuando R tenía su Startac. De hecho, fue por R precisamente que me enteré del nuevo teléfono.

Es el Iphone de nueva generación. Aunque se agotó por ventas con tarjeta de crédito antes de llegar a países como el nuestro y España, desde luego que mi querido R consiguió hacerse de una pieza. ¡Se vendieron un millón de esos en tres días! Si se acabaron tan pronto los teléfonos es por todas las cosas que tiene adentro. “Permite un acceso rápido a Internet, es muy liviano y más barato que el anterior”, me explicaba R, preso de felicidad, recién que nos encontramos haciendo fila. El modelo anterior salió a la venta en junio de 2007. En poco tiempo se volvió casi un objeto de culto y recibió un premio que lo designaba invento del año. Lo malo era su precio (casi 600 dólares) y que no estaba en venta en todos los países. El actual ya se vende en 22 naciones y cuesta menos. No duró ni una semana en los escaparates.

Por Internet me entero del furor que causó el teléfono en México. Todos los centros de atención donde vendían aparatos, parecían hormigueros el día que se puso en venta. En todas las ciudades del país. Y los que ya lo tienen no se conformaron con endeudarse comprándolo. Ya se pusieron a adquirir programitas en Internet para su aparato. Ya estarán contentos: van a poder escuchar sus canciones mientras pasa por la pantalla una lucha de la película Star Wars: todo sin dejar de hacer sus actividades. Caminando por la calle, conduciendo su vehículo, viajando por el Metro, trabajando en la oficina, haciendo el amor, comiendo en el restaurante, estudiando en el aula, practicando algún deporte.

He aquí el fondo de la cuestión. ¿De dónde viene la necesidad de poseer el nuevo Iphone? ¿De esa mencionada búsqueda de estatus? Cuando recién me encontré con R en la fila, llevaba los audífonos pegados a las orejas y no paraba de mandar mensajes a través de su teléfono celular, no me parecía que él buscara ningún estatus. Es distinto, algo más grave. Parece suplir sus carencias personales con las estupideces tecnológicas de su enajenante aparatito. Más víctima que culpable, el pobre. Lo tenía enfrente de mí pero lo sentía tan distante, llenas las orejas de la música estruendosa que salía de su Iphone y los ojos de los mensajes que recibía de su novia. Aunque estuvimos platicando cerca de media hora, no me prestó ni 2 minutos de atención. Vive sin vivir; está pegado a sus aparatos. ¿A cuántos he visto así? Eternamente agradeceré que mis padres no hayan tenido dinero para un teléfono, pero sí para mantener el librero lo suficientemente lleno.

julio 17, 2008

Invitación


Asunto: Cordial invitación.

La fecha: Sábado 26 de julio.

El horario: 5 de la tarde.

El lugar: Feria del Libro Infantil y Juvenil del Centro Cultural del Ferrocarril.

Para más señas: Antigua Estación del Ferrocarril, junto al Parque del Charro, Pachuca, Hidalgo.

El libro: Pésima poesía.

El autor: Éste que escribe.

Presenta: Diejo José, gran poeta/amigo.

Están cordialmente invitados.

julio 13, 2008

En Hidalgo, el agravio por delante

No por simple casualidad los ciudadanos tienen desconfianza de sus gobernantes. Históricamente, sobran motivos. En el Virreinato la administración parecía gobernar bajo la consigna de que sólo era posible hacer las cosas en contra de los indios mesoamericanos. Después, en decimonono hay que recordar cuánta diferencia había entre la vida palaciega de Maximiliano de Habsburgo y los indios de pata rajada que pululaban por todo el territorio mexicano; de hecho, por más que se elogien los ajustes practicados por Don Benito Juárez, no se le puede festejar que haya acabado con la rapacidad de los gobernantes. Por el contrario, casualmente los que lo sucedieron en el poder son los mismos que han pasado a la lista negra de la historia nacional: por no decir más, recordemos que a las tres décadas de la dictadura porfiriana las siguen (tras un breve periodo de Venustiano Carranza) los gobiernos del grupo sonorense encabezado por ese pillo de Plutarco Elías Calles.

Pero posiblemente el siglo 20 mexicano es donde se puede encontrar el mayor número de agravios ejercidos por los gobernantes en contra de los que, paradójicamente, los eligieron. “Gobierno votado toca mal son”, adaptó Carlos Monsiváis un popular dicho. Más concretamente, el inicio de la tan mexicana tradición del ultraje puede ubicarse en la segunda mitad del siglo 20. Pues fue en los albores de la década de los 50 cuando el presidente ya era famoso por ladrón. A Miguel Alemán se le reconocía no únicamente por ser el primero en haber salido de las filas de profesionistas y no de las militares, sino por su amor a los pesos. El mote que le pusieron de “Alibabá y los cuarenta ladrones” apelaba a que los integrantes de su gabinete parecían menos universitarios sin tacha, que adictos al ahorro de dinero ajeno en las cuentas bancarias propias. Para Jorge Volpi, es conveniente que el siglo pasado se mida en sexenios, no en decenios. Es verdad: una nueva versión de padecimientos se renueva cada que llega alguien a la presidencia y ejerce su estilo. Pero encuentro inútil hacer recuento de lo que, en el terreno de la rapacería, ha marcado a los últimos presidentes de la república.

Baste no dejar de recordar que Díaz Ordaz fue el responsable de que ocurriera el lastimoso episodio nacional del 2 de octubre de 1968. Y que Luis Echeverría, su secretario de Gobernación perfectamente informado de la situación, se convirtió en el presidente siguiente, y repitió una tragedia semejante en 1971. Desde entonces hasta esta parte, es completamente natural que a todos los sexenios cada quien les achaque algo: ¿quién no le ha mentado la madre, justificadamente, alguna vez al gobierno? De cualquier modo, lo que quiero no es hacer un recuento de daños. Mi interés es poner atención a una vileza que, ya no tan secretamente, está infligiendo el gobierno hidalguense.

Hace unos cuantos meses, la Dirección Ecológica de Hidalgo empezó a mostrar preocupación por los altos índices de polución en la región estatal. Pero no comenzó por hablar de las partículas contaminantes que ponían negros a los ríos y los lagos; ni tampoco se mostró mayor alarma por el abigarramiento de los hacinamientos de basura que se pueden encontrar en todas partes: no. Lo que despertaba más preocupación entre los responsables del medio ambiente en Hidalgo eran las cantidades millonarias de partículas contaminantes que andan de acá para allá en el viento. Evidentemente era un problema que se podía disminuir, en alguna medida, haciendo conciencia entre todos los que usan automóviles. Y rápido aparecieron, en los cruceros, patrullas ecológicas que te quitaban la placa si no tenías el holograma de la verificación. El objetivo era que muchos conductores, intimidados por pagar las multas —o sobornos— que te pueden extender los patrulleros, se dirigieran a poner en orden sus motores y verificasen el coche. Curiosamente al mismo tiempo, la Tesorería Estatal dio inicio a una empecinada campaña de publicidad para que los morosos paguemos los impuestos que debemos. ¡Somos decenas de miles los que tenemos carros que adeudan tenencias! En otras palabras, es mucho dinero que se le escapa de las manos al gobierno: pues entre otros impuestos, la recaudación por tenencias llega directamente a manos de cada gobierno estatal. Pues bien, a los dueños de automóviles, se nos empezó invitando a que consultáramos nuestros adeudos a través de Internet, desde la comodidad de nuestras computadoras. Como esta medida no rindiera mayores frutos, se nos hizo el ofrecimiento de que pagásemos nuestras deudas mediante la tarjeta de crédito y a seis meses sin intereses. Seguramente la brillante medida tampoco dio frutos, porque la Tesorería pasó al vil terreno de las amenazas.

He aquí la mejor parte. La Tesorería resolvió que vería saciada su sed de dinero aplicando amenazas contra los que manejamos coches. Pero qué malditos. Pusieron a funcionar su plan con la Dirección de Ecología. La solución fue que a partir de ya, no se verificará a los coches que adeuden algún peso a la Tesorería. Y como las patrullas ecológicas te quitan la placa si no estás verificado, así se pretende que los morosos corramos a pagar nuestros deberes, temerosos de no poder seguir circulando. Dicho de otro modo, todos los que debemos tenencias tenemos que saldarlas para poder circular con libertad.

Ahora bien, la hilarante fue la tesorera hidalguense, al afirmar que su preocupación no es sino ecológica. Jajajá. Quién le va a creer que su interés genuino es preservar el medio ambiente y no, en cambio, sacarnos millones a los que adeudamos un impuesto, por lo demás, absurdo, inventado hace unas décadas. Ojalá Calderón cumpla con su palabra y lo elimine: me gustaría ver qué cara pone la mujer. Si en verdad les preocupara el medio ambiente, corregirían esos basureros que hay por todas partes, meterían en cintura a las empresas contaminantes, etcétera, mas no se pondrían a montar tretas conjuntas, Tesorería y Ecología, para hincarnos el diente. Aun cuando su conciencia ecológica fuera verdad, toda una historia nacional de agravios seguiría haciéndonos desconfiar.

julio 12, 2008

Cuando aún premiaban a humanos


1. Aplausos para la computadora.

“La tecnología nos ha alcanzado”. Es una frase hecha, un lugar común que, sin embargo, recientemente ha tomado nuevos matices. No conformes con que los miembros de las sociedades del primer mundo dependan de la telefonía y la computación hasta para realizar la cosa más simple, ahora resulta que los jurados de los más prominentes certámenes también le entregan los galardones a los aparatos electrónicos. Los premios que hasta hace poco estaban dirigidos para los hombres destacados, ahora se los dan a los frankensteines de la tecnología.

Como se sabe, el Premio Príncipe de Asturias de Comunicación 2008 no se lo entregaron a un periodista destacado ni a algún instituto de investigaciones, sino al portal de internet Google. Al listado que se inaugura en 1981, año de la instauración del reconocimiento, por la periodista María Zambrano, y es continuado en las últimas ediciones por Umberto Eco, George Steiner y Ryszard Kapuscinski, se viene a sumar el portal electrónico quizás más socorrido del planeta. Miente quien use la red y diga que nunca ha echado mano de sus servicios. Precisamente tomando en cuenta la característica de que es libre su utilización para todo tipo de seres, el jurado determinó que este año el premio no se lo ganaría ninguna persona de carne y hueso, sino esa virtualidad.

Según se dio a conocer, el jurado, integrado por escritores, directores de agencias de noticias, comunicólogos…, justificó la decisión de conceder el galardón a Google porque pone “de forma instantánea y selectiva, al alcance de millones de personas, el canal de Internet y por favorecer el acceso generalizado al conocimiento”. Adicionalmente, el jurado subrayó de Google la “contribución decisiva al progreso de los pueblos, por encima de fronteras ideológicas, económicas, lingüísticas o raciales”.

Comoquiera que sea, premiar a lo que después de todo es una máquina, no deja de ser un absurdo.

2. Bisnes son bisnes.
Alumna de Martin Heidegger y autora del Diccionario europeo de las filosofías, en un reciente libro Bárbara Cassin desmenuza las bases de Google. Curiosamente, su punto de partida no es sino la definición misma que el buscador busca dar de su propia misión: “Organizar toda la información del mundo”.

En Googléame (FCE, 2008), a la filósofa francesa le basta con explicar detalladamente la forma de funcionamiento del sitio, para poner en evidencia que éste no tiene nada de inocente ni de universal, como inocentemente (¿o maléficamente?) suponen los que entregaron el galardón.

En primer lugar, Cassin recuerda que el portal está supeditado a la venta de publicidad y, segundo, porque confunde calidad con cantidad: se basa en el número de links que citan cada página y no en su contenido. “El fondo del problema es que la calidad es estrictamente es que la calidad es estrictamente una propiedad emergente de la cantidad”, explica Cassin. “Para la investigación, esto es muy grave, porque quiere decir que jamás algo que es muy nuevo y sorprendente será conocido”.

El segundo punto que indica la investigadora se desprende de un lema que Google ya ha retirado de su página en Internet, pero que seguramente sigue firme en el espíritu de esta multimillonaria empresa: No seas malvado.

“No me opongo a Google sino a la pretensión político-ética de Google”, explica Cassin. “Sería estúpido ser hostil a Estados Unidos, sino a un cierto tipo de imaginario americano misionero”. Y es que con su supuesta forma de ayudar a los consumidores, Google a través de gmail (su servicio de correo electrónico) no chista en vender los datos privados a compañías publicitarias, cuando no al mismo gobierno —por el tristemente célebre Patriotic Act.

3. Si muy chingona, que lo haga ella.
A estos señalamientos en contra de tan curiosa premiación, rápidamente se sumaron personas de todas partes. Empezaron los que mueven los hilos de la vida pública cubana. Justicia es decirlo: tienen razón. No se equivocan los soldados en el poder cuando afirman —a través de uno de los rotativos controlados desde La Habana— que no todo en Google es tan verdaderamente democrático y universal.

“Se rige, como toda empresa estadounidense, por las leyes de ese país, algunas tan absurdas e irracionales como las que sustentan el criminal bloqueo contra Cuba'”, que impide desde la isla “acceder legalmente a muchos servicios del buscador”, entre ellos el popular buscador Google Earth, el cual es un mapa satelital con el que se pueden ver los parques, avenidas, casas y calles de cualquier sitio, desde la comodidad del monitor de la computadora

Igualmente están los que han recordado que la política de Google es la de mantener excluida a la China comunista. Política curiosamente muy a tono con la propia política exterior de Estados Unidos. Adicionalmente, ha salido a la superficie la cuestión de que el bondadoso portal de internet tiene todos los tintes no para llegar al cielo merced a que nos proporciona información maravillosamente, sino todo lo contrario: de una manera que hace recordar al refrán bíblico (es más fácil que un camello cruce por el ojal de un alfiler, a que un rico alcance el reino de los cielos), Google es una empresa cuyo negocio consiste, ciertamente, en brindarnos información.

Pero proporcionarle información a la gente no es, guardando todas las proporciones, una cuestión esencialmente distinta a la que hacían los diarios de la época de Juárez, por ejemplo.

Ahora bien, ha sido un novelista el que puso el dedo en la llaga. Para Jorge Volpi, el premio no tiene ninguna relevancia. A Google no le pone ni le resta nada un galardón de esta naturaleza. A los que piensan mal del sitio electrónico, no les va a cambiar la opinión. A los que lo usan, les parecerá algo lindo. En realidad, los afectados son los miembros del jurado. Con la pretensión de atar el Premio Príncipe de Asturias al caballo de la modernidad electrónica, cometieron el error de premiar no el talento de un comunicador, sino un desordenado almacén de datos que, después de todo, no es sino una máquina.

junio 30, 2008

Conducir un tráiler, de Rogelio Guedea

Desde Guadalajara, Jalisco, el periodista cultural a toda prueba, Rogelio Villarreal, nos hace llegar la recomendación literaria para este verano. Se trata de una novela que retrata la violencia y las relaciones de venganza entre dos familias de Colima: también es un reflejo del norte del país y una búsqueda existencialista del personaje principal: Abel Corona.

Del maese Rogelio Guedea, la novela se intitula Conducir un tráiler y la publica Random House Mondadori. Para mayor información pinchen aquí: www.rogelioguedea.com

junio 28, 2008

Callarse y escuchar

Aunque es un libro notable por muchos motivos, El sublime objeto de la ideología me gusta básicamente porque tiene un ejemplo magnífico. El volumen, del teórico alemán Slavoj ŽiŽek, recuerda una anécdota de humor insuperablemente negro de la Polonia de Jarizelski inmediatamente después del golpe militar. En aquel tiempo, las patrullas militares tenían derecho a disparar sin advertir a las personas que transitaban por las calles después del toque de queda (diez de la noche). Uno de los dos soldados de una patrulla ve a alguien con prisa cuando faltaban diez minutos para las diez y le dispara de inmediato. Cuando su colega le pregunta por qué había disparado si faltaban unos minutos para la hora, él responde: “Conocía al tipo. Vive muy lejos de aquí y no hubiera podido llegar a su casa en diez minutos, o sea que para simplificar las cosas mejor he disparado de una vez…” Aunque Zizek utiliza el episodio para refutar a los críticos de Hegel, que lo juzgaban “al diez para las diez” sin siquiera comprenderlo, yo lo quiero emplear para referirme a una situación tan inmediata como escurridiza.

Hace pocos días violé una de los consejos más importantes que me dio cierto historiador del arte. “Jamás acudas a la inauguración de ninguna exposición”. De acuerdo con él, tipo inteligente, lo mejor es ir unos días después y echar un ojo con calma. Para él, el día de la inauguración sólo te acarrea problemas. Pues si, como en su caso, eres crítico de arte, lo que hará el autor de la muestra es, o despreciarte al punto de negarte hasta el saludo, o lisonjearte hasta la náusea para que hables bien de él. Y si, en cambio, eres como en mi caso, un simple y llano sujeto de a pie, lo más seguro es que no conozcas a nadie y te sientas como cariátide en medio de la multitud que devora el tinto y los bocadillos, y habla a grandes voces. Pero a juzgar por los hechos, mi amigo pasó por alto el riesgo mayor. El de tener que tragarte todas las opiniones del público asistente que no hace sino proferir sinsentidos sobre cosas que no comprenden en lo más mínimo.

Como todas las expos lujosas que se costean con el erario, ésta me trajo a la mente un cuestionamiento. ¿Conviene pagar una exposición lujosa en la capital, que veinte modestas a lo largo de tierra adentro? Lo interesante fue lo que ocurrió en la inauguración. Acudieron los integrantes de la clase política. Después de dar un recorrido por las (más que obras de arte) piezas prestadas de un almacén de artesanías elite, se pusieron a intercambiar opiniones. Ante las figuritas cuyo pretendido mérito artístico no era más que estar fundidas en plata, un político decía que “las obras son fabulosas”, a lo que el otro le contestaba: “todo es de gran calidad”.

Aunque definitivamente no vuelvo a presentarme en ninguna inauguración, esa velada fue provechosa. Después de todo, me hizo reparar en una situación que hoy prevalece. Desgraciadamente por escurridiza no es fácil de advertir. Para no ir más lejos, inclusive se puede ejemplificar con el actual debate energético.

Aun cuando en estricto sentido, la discusión a fondo del tema Pemex se esté ventilando en un sitio realmente ignoto, todo está como mandado a hacer para hacernos creer que el debate se desarrolla en todos los lugares del país: desde las sillas de los boleros, hasta las más cerradas esferas de la industria y la política mexicanas. Y es que hace unas semanas la izquierda pidió debatir el asunto antes de que el poder legislativo votara en cualquier sentido. Se fijó un periodo de 71 días para discutir. De acuerdo con las denuncias de la izquierda, lo que sucede es que la derecha en el poder pretende vender la industria petrolera nacional a los empresarios extranjeros; es, sin embargo, una acusación que no deja de oler a chauvinismo recalcitrante. Pero la derecha y sus adlátares sostienen que el fin de recibir inversiones extranjeras es por el bien de la patria: por desgracia para ellos, es más fácil creer en los anuncios de reencarnación antropocósmica que aparecen en el Aviso Oportuno.

Pero poco a poco el plazo de 71 días se va reduciendo y lo alarmante es que el debate ha derivado en esto: suben a tribuna los que están a favor o los que están en contra. ¿Aquel senador tendrá alguna idea siquiera de macroeconomía petrolera? ¿Por qué no dejan que hablen los que de verdad saben lo que conviene a Pemex? Por las noticias sólo se han podido leer las opiniones, siempre parciales, de los que razonan, con la sonrisa del diablo, sobre la conveniencia de privatizar y de los que, evocando a Lázaro Cárdenas, condenan que una mano extranjera entre al negocio del petróleo. Pero quizá lo más absurdo es la propuesta que recién salió de la izquierda. La de hacer una consulta ciudadana. ¿Nos van a preguntar si conviene que el país acepte inversiones privadas en la exploración de aguas profundas? Evidentemente es más una treta política de la izquierda, que un interés genuino por conocer lo que “piensan los mexicanos”.

Después de escuchar los inútiles e interminables debates sobre la reforma energética. Luego de haberme tenido que tragar lo que opinaban los políticos sobre las figuritas de plata. Una vez que he escuchado lo que todos opinan sobre cualquier asunto, el mayor placer ha sido escuchar las palabras de José Emilio Pacheco recientemente. Al recibir un premio al mérito literario, el poeta dijo: “No hay nadie que no pueda enseñarme cosas. Me gusta el intercambio porque no creo que todo mundo piense lo que yo. Además, y ésta era la gran ventaja del café como espacio, te acostumbrabas a oír crítica, lo que sí me parece una gran pérdida ahora, porque todo mundo es un gran crítico pero nadie quiere oír”. Hoy se cree que todo ha sido dicho ya, que nuestra opinión es de gran valía y que los debates sirven para hablar y no para escuchar. Este autismo voluntario no hace pensar sino en el gendarme polaco que, al diez para la hora, creyó que no valía la pena esperar más.

junio 27, 2008

Legalizando las mentiras

Reportaje a propósito de las absurdas leyes de transparencia aprobadas en los estados más pobres, desiguales y marginados de México. He tomado el caso del estado de Hidalgo por ser el más reciente y emblemático: su ley de transparencia es ridícula. Trato de demostrar la total realidad de la ecuación “a menor transparencia, mayor pobreza”. Un reportaje a manera de periplo por las tierras del estado mexicano de Hidalgo.


Por Luis Frías

No es fácil creer que ésta sea una de las provincias más atrasadas de México. Desde que uno toma el autobús es imposible creerlo: el servicio, de primera, cuesta un ojo de la cara que no podrían costear gentes pobres. Aunque algo es cierto: los viajeros de estos autobuses ADO no son los más desposeídos; para los pobres existen líneas de bajo costo pero de pésima calidad en las que, sin embargo, los periódicos a menudo informan que hay asaltos a mano armada, violaciones sexuales, asesinatos a sangre fría… La verdad, he preferido pagar la diferencia del boleto para venir al estado de Hidalgo.

Cuando se entra a la capital del estado, Pachuca de Soto, uno piensa en lo que sea menos en pobreza. Tal vez porque llegué de noche, pero lo cierto es que antes de arribar me he encontrado con lo que aquí llaman El Corredor de las Caricias. Un gobierno pasado creó los así llamados Corredores Turísticos: de este modo se diseñaron El Corredor de la Montaña, el de los Centros Balnearios y el de las Haciendas Porfirianas. La idea era explotar de forma turística todas las regiones de la entidad. Pero El Corredor de las Caricias es el nombre que le ha puesto la gente a esta larga fila de prostíbulos que se extienden a la vera de la carretera. Sus estacionamientos son extensos y están iluminados por luces neón. Esta vez estaban repletos de carros flamantes.

En definitiva, antes de llegar a la central camionera uno renuncia a creer que éste sea un sitio pobre, tal como lo indican estadísticas respetables. Desde mi ventanilla del autobús lo veo y no lo creo. ¿Cómo es que en la sexta provincia más pobre del País pueden existir vialidades automovilísticas envidiables por cualquier capital de Europa? ¿Cómo una entidad cuyas finanzas gubernamentales son patéticas –dependen absolutamente de lo que le envía la Tesorería Federal del País-, posee una plaza comercial de proporciones inverosímiles? Almacenes de ropa exclusiva y costosa, pistas de patinaje, casa de apuestas, restaurantes con servicio para jugar a los bolos, un centro de convenciones hermoso, hoteles pagables sólo por gente muy rica, el mosaico a cielo abierto más grande del País, un gran teatro de nombre Gota de Plata, residencias de políticos. Glamour. ¿Cómo, por qué?

Una vez en la central de autobuses, tomo el taxi que me lleva a un hotel del centro histórico. No tiene nada que ver con los hermosos hoteles que se veían desde la ventanilla del ADO. Se encuentra justo frente al famoso Reloj Monumental de Pachuca, que es una calca del Big Ben de Londres. Una belleza del Art Dèco que contrasta con las viejas y ruinosas casuchas que rodean a la zona. Al llegar se me acerca una mujer entrada en años con muy poca ropa. Forma parte de las prostitutas que ofrecen sus servicios en la zona de tolerancia del centro histórico de Pachuca. Ya me habían sugerido que tomara mis precauciones.

Lo cierto es que el taxista y yo no tardamos más de 15 minutos de la central camionera al sórdido centro histórico nocturno de Pachuca; pero sorprende el contraste entre una y otra zona de la pequeña ciudad. Después de compartirle mi asombro a Ignacio, el taxista, no me pudo haber dicho nada más descorazonador. “Pero qué le sorprende. Espérese ir a cualquier lugar aquí cerquita. Va a ver lo que es estar jodido. Quesque la ley de transparencia va a mejorar todo. ¡Puras madres qué!”.

¿Ley de transparencia? Lo más posible es que se refiriera a mi habitación de hotel. Pringosa la alfombra gris. Pringoso el espejo del claveteado tocador. Pringoso el excusado del baño. Pringosas y grises las sábanas. La noche no era nada prometedora.


Cuando desayunaba al otro día, lo primero que hago es un recuento de las informaciones que poco a poco me he allegado sobre varios hechos para saber de Hidalgo.

En primera, está lejos de formar parte de las provincias mexicanas con fortaleza socio-económica. Antes bien, históricamente se sitúa al lado de estados pobres y marginados. Junto con Chiapas, Oaxaca, Guerrero, Tabasco y Veracruz, el estado de Hidalgo siempre aparece entre las entidades con los más bajos niveles. Pero curiosamente, a diferencia de esos estados marginados, Hidalgo es vecino del Estado de México y del Distrito Federal, los que acumulan la mayor riqueza del país. El viejo cuento del depauperado vecino del millonario.

En segunda, un dato doloroso. Que tiene que ver con la migración a Estados Unidos. Hidalgo no tiene cara para decir cuántos espaldas mojadas expulsa año con año. De acuerdo con la prensa local, incluso hay algunos pueblitos de la región que se encuentran prácticamente poblados sólo por mujeres y niños. Todos los hombres se fueron a buscar empleos del otro lado de la frontera.

Por otra parte, el gobierno se empeña en demostrar que esta región también es poseedora una cara linda. Como atinadamente lo anuncian los enormes letreros en toda Pachuca, la entidad es dueña de un sinfín de atractivos. Naturales y artísticos. Investigué y me enteré que Turismo Estatal mandó confeccionar una cursi pero costosa campaña publicitaria llamada “Hidalgo en la Piel”. Invirtiendo lo equivalente a 4 millones de dólares, la campaña se trata de enormes letreros sembrados a lo largo y ancho del país, en los que la actriz mexicana Irán Castillo aparece llevando por toda ropa un trabajo de body paint sobre sus curvas. Así, su cuerpo aparece en primer plano cubierto por caracteres precolombinos en aquel espectacular que tiene como fondo de acompañamiento unas ruinas arqueológicas de la civilización tolteca. O bien, tiene pintado un globo aerostático en su linda cadera, en la esa fotografía donde se promueve el turismo ecológico. O incluso: está recostada a lo diva sobre ese enorme mosaico que es el orgullo del gobierno local, porque es la pieza en su tipo más grande en todo México.

Pero otra cosa es más notable. Desde que se llega a Hidalgo cualquiera con un dedo enfrente lo puede advertir. Por allí leí que el opio de las civilizaciones no es, como sostuvo Marx, la religión; es el fútbol. Y a decir de Octavio Paz, al mexicano no le puedes quitar su virgen de Guadalupe ni su fútbol sin poner en riesgo la integridad de tu vida. Pues bien, para la gente de aquí no hay orgullo mayor que su equipo de balompié.

El encuadre Tuzos del Pachuca está en cada rincón de Hidalgo. Desde que venía de la Ciudad de México, la línea ADO se jacta de ser “orgullosamente tuza”. Cuando entrábamos a Pachuca, aun siendo noche era imposible no reparar en los enormes letreros que informaban cuál es la cuna del fútbol mexicano. Decían: “Hidalgo, cuna del fútbol”. Y en el taxi que me trajo al hotel, no había un centímetro en que no se rindiera fe al equipo. Para no decir más, el carrito era verdaderamente un templo cuya advocación son los Tuzos.

Pero en estricto sentido, los Tuzos han sido la bandera legitimadora de muchas cosas en Hidalgo. Sabedores del poder que tiene el juego de balón, los mandatarios acuden a los eventos que organiza a menudo Jesús Martínez, el empresario dueño del equipo. Ya se sabe, éste es el guión: acuden a los cócteles en el lobby, se abrazan cordialmente, el mandatario se pone la playera albiazul no importándole arrugar camisa y corbata, y salen a la cancha de entrenamiento: allí tira un mal penalti al portero del equipo que, sin embargo, se deja anotar. Y todo es felicidad. El eventito lo cubren los reporteros y fotógrafos que al siguiente día, sacan en sus periódicos la noticia. De tal modo, el mandatario adopta públicamente la imagen del hombre como tú y como yo que apoya al equipo.

Es precisamente allí donde los ánimos se desbordan de entusiasmo. Es cuando se presenta la confusión. El momento deseado por todos los mandatarios. De allí sacan mayor tajada.

Interesantemente, hace unos meses el periódico El Universal sacó a la luz lo que pasaba entre los Tuzos y el gobierno estatal. Como todo buen escándalo, la noticia circuló en Hidalgo velozmente. A poco, todo el mundo entendió por qué el equipo ha tenido un auge sin parangón. De ser hasta hace poco un equipo de segunda, pasó a convertirse en único club del país en ganar la Copa Libertadores, además de coronarse en la Primera División del Fútbol Mexicano. El negocio soñado por cualquier empresario. En poco tiempo, Jesús Martínez construyó las instalaciones para la primera Universidad del Fútbol en el País, adquirió el estadio de fútbol otrora perteneciente al gobierno local, mandó diseñar una línea de ropa y, en fin, impuso a los Tuzos como el equipo de Hidalgo. De este modo, el centro de convenciones internacionales más lindo de Pachuca se llama Tuzofórum, una nueva plaza comercial se llama Tuzoplaza donde se puede adquirir… tuzo-ropa. Pues esta tuzomanía la explicó El Universal ventilando las ligas gobierno-Jesús Martínez. El diario informó que el gobierno vendió a precio de risa todos los terrenos adquiridos por el empresario, prestanombres del gobernador en turno; los terrenos ahora valen varios cientos de veces más. “Gobernadores de Hidalgo”, daba a entender el rotativo, “utilizan a los Tuzos para especular con tierras”.

No bien he terminado de revisar las informaciones, cuando el café de mi desayuno ya se enfrió y el pan que pedí todavía no me lo traen. He perdido el apetito.


Las cosas suceden igual en las provincias mexicanas en condiciones de pobreza, marginación y desigualdad: la orgullosa exaltación gubernamental contrasta totalmente con lo que pasa en la vida real. Si en el estado de Oaxaca el gobernador Ulises Ruiz es repudiado por toda la población, él sale en los noticiarios afirmando que reina la paz y el progreso. Menudea el apodo de Ulises Ruin. Igualmente pobre y pegado a Oaxaca, está el estado de Veracruz. Tiene un gobernador que se ganó la Lotería Nacional y que hace las delicias de los cartonistas de los periódicos: no aparece en los medios de comunicación sin decir involuntariamente alguna barrabasada. Pero es el de Chiapas el caso típicamente emblemático. Como posee un clima fabuloso y todo parece prosperar amablemente allí, se dice que Chiapas es un paraíso terrenal. Pero un paraíso hundido en la miseria. Y para no ir más lejos, está Hidalgo, el sexto estado más pobre pero con el equipo de fútbol más flamante. ¡Arriba los tuzos!


“Acomodo todo esto porque hay que hacerlo: ya es nueva toda la cuestión para organizar los archivos”, me explica Susana, entre cajas de cartón y hojas amarillentas desperdigadas por todo el lugar.

Hace pocos meses le informaron que entraría en vigor una nueva normatividad. La Ley de Transparencia y Acceso a la Información Pública Gubernamental. “¿Y?”, se dijo, “¿a mí qué?” Por ser la encargada del archivo de este pueblito, tenía algunas nociones de las leyes de transparencia de otros sitios del país. Nunca sospechó, sin embargo, que desde junio iba a caer sobre ella la responsabilidad constitucional de poner al alcance de las personas todos los hechos de gobierno de este lugar, Tepeapulco.

Desde Pachuca de Soto hasta Tepeapulco, el camión tarda poco menos de dos horas en llegar. Los días pasados he hecho viajes de semejante duración. De Pachuca a Tulancingo, de Pachuca a Ixmiquilpan y de Pachuca a Real del Monte. Invariablemente, todos estos sitios hidalguenses tienen unos patéticamente desordenados archivos que debían ajustarse días atrás a la Ley de Transparencia pero no prometen conseguirlo en poco tiempo.

Como Hidalgo ocupa los últimos sitios entres los estados que brindan información oficial a sus habitantes, los gobernantes se han visto irremediablemente obligados por la opinión pública a crear un mecanismo de acceso a la información gubernamental.

Así nació esta Ley de Transparencia.

Pero lo que le preocupa a Susana no es que los documentos de su pueblo se puedan consultar por las personas, sino terminar de acomodar los papeles en las cajas que debe montar en los anaqueles. Y es que le advirtió el alcalde de Tepeapulco que los documentos debían estar listos lo más pronto posible, porque en cuestión de meses él va a abandonar el cargo, y no quiere dejar líos legales.

“Me dijeron de la ley hace unos meses. En ese entonces el presidente municipal me mandó a capacitarme a Pachuca. Pero cuando acabé la capacitación faltaban bien poquitas semanas para que entrara en vigencia la Ley, ¡y mira cuántas cajas me faltan de ordenar!”, dice una Susana desanimada ante los miles de folios que no pudo organizar a tiempo. La Ley entró en vigor el 15 de junio.


La tabla de posiciones del Índice de Transparencia 2008 está encabezada por los estados de Chiapas y Veracruz. Por el contrario, en el sótano de la tabla están Oaxaca, Tabasco, Tlaxcala, Jalisco, Tamaulipas e Hidalgo. Este último tuvo una calificación lo que lo sitúa en la posición 26 ¡de 31 entidades evaluadas!

Hidalgo y su gobierno sólo cumplen con los niveles mínimos de transparencia en cuanto a su Marco Regulatorio. Esto es, dan a conocer sus reglamentos. En cambio, reprueba en los rubros de Costos Operativos, Marco Programático-presupuestal, Rendición de Cuentas y Estadísticas Fiscales.

En cuanto a Costos Operativos, Hidalgo se encuentra entre los tres estados con menor transparencia, junto con Morelos y Oaxaca. Los tabuladores de Sueldos y Salarios son importantes en este rubro. Hidalgo sólo presentó los de sus altos funcionarios, ocultando la vastedad de los otros 5 mil empleados. Por si fuera poco, los salarios de los altos mandos no están desglosados, de manera que es imposible conocer si los 71 mil 74 pesos mensuales que percibe el gobernador ya incluyen prestaciones de seguridad social, compensaciones, prima vacacional, aguinaldo y otras prestaciones así. Cosa muy dudosa.

Ahora bien, los Gastos de Representación son los recursos que utilizan los funcionarios para cumplir con sus obligaciones oficiales. Es dinero del erario que sólo unos cuantos gobiernos estatales ponen a la luz pública. Y entre los 18 que sí lo hacen no está Hidalgo.

De cualquier modo, la agencia Aregional que hace estudios de transparencia de este tipo, concluye:

“Respecto a la percepción salarial mensual de los gobernadores, se aprecia que ésta supera, en la mayoría de los casos, a la realidad de un país en el que la mitad de su población se encuentra en situación de población se encuentra en situación de pobreza y, además, está atravesando por un escenario de incertidumbre financiera y económica, explicado fundamentalmente por la recesión que afecta a los Estados Unidos”.

Otro renglón es la disponibilidad de información sobre adjudicaciones para la contratación de obra pública, adquisiciones y arrendamientos. De los 32 estados del País, sólo 21 brindaron información al respecto. Hidalgo está entre los 11 que no lo hicieron.

Todavía más rezagada está la información a propósito de concesiones y licencias para la prestación, aprovechamiento de los bienes y servicios públicos, esto es, desde concesiones a taxis y microbuses, hasta la construcción de los hospitales y las carreteras tan preciadas por el gobierno hidalguense. Tal y como les sugería Porfirio Díaz a los políticos de finales del decimonono mexicano (“No es necesario que robes: construye obras”, les decía), cien años después los políticos saben que pueden amasar pingües cantidades construyendo puentes y carreteras. No es mera casualidad que a propósito de las adjudicaciones de obra pública, Hidalgo no brindase ninguna información.

Ahora bien, el Marco Programático-Presupuestal no es otra cosa que la cantidad de dinero de que disponen los gobiernos y en qué lo utilizan. Su evaluación consiste en sacar a la luz la procedencia exacta del dinero e informar en qué se invierte. Del examen, Hidalgo y otros 7 estados salen reprobados: la transparencia es de bajo nivel.

El renglón más abarcador es Rendición de Cuentas. Como su nombre lo indica, consiste en la demostración —con facturas, notas, recibos de gastos, etcétera— de que el dinero ha sido empleado limpiamente. Uno de los aspectos que más afecta a los estados cuyo nivel de Rendición de Cuentas es bajo, se liga directamente con que sus Cuentas Públicas están incompletas. Los papeles que entregan intentando demostrar sus gastos, simplemente no son convincentes.

El último punto son las Estadísticas Fiscales. Esto es, el historial financiero entre un gobierno y otro. Este índice comparativo permite conocer las tendencias del gasto y su destino. O lo que es lo mismo: permite saber a qué cosa destina más recursos el gobernante en turno. Pues tampoco de ésta sale bien librado el gobierno de Hidalgo.

Precisamente para acabar con todos estos vicios se han aprobado, en Hidalgo y en las demás provincias mexicanas, respectivas leyes de transparencia a la información gubernamental.


¿Pero, Susana, tú sabes cuál es la importancia de la ley? La gente puede conocer las corruptelas que hace tu presidente municipal.

Susana no puede menos que reírse a mandíbula batiente. Hasta las hojas se le cayeron de las manos que se llevó al rostro. Se enjuga las lágrimas de la carcajada:

—¡No me digas que tú crees en la dichosa Ley ésa! Qué va a servir para nada ni qué nada. Si a mí ya el presidente me dijo qué papeles debo meter —señala las cajas— y qué papeles no meter. ¿Apoco crees que me va a decir: “Susana, hay que acomodar todo para que la gente se entere de lo que me robo”? Si lo que quiere es tapar lo que no le conviene.

Pero bajó la voz porque entraba una secretaria gordísima y grasienta. Quería preguntarnos si gustábamos comer en compañía del presidente municipal.


En la entidad hidalguense, el Consejo Nacional de Población encuentra que el 15% de la población de 15 o más años de edad es analfabeta, que 34% no terminó la primaria, que la carencia de agua entubada y el piso de tierra en la vivienda compromete al 19 por ciento de la población y que dos de cada tres personas ocupadas ganan como máximo dos salarios mínimos: menos de 10 dólares al día. En otras palabras, la mitad de los hidalguenses están en el rango de altamente marginados.

Adicionalmente, varios estudios relacionados con la marginación y pobreza en el país coinciden en que los estados de Chiapas, Guerrero, Oaxaca, Veracruz e Hidalgo padecen el más alto nivel de marginación.

En Pachuca se encuentran los tres poderes de Hidalgo. Ejecutivo, Legislativo y Judicial. De un tiempo a esta parte han robado reflectores. Al igual que los tres poderes de otras provincias atrasadas de México, los de Hidalgo personifican en el imaginario popular al político tradicionalmente despreciado. De esos ataviados con traje, que viven a cuerpo de rey, poseen todos los bienes materiales imaginables y que son corruptos y ladrones. Me lo ha hecho ver la gente. La cuestión es que a partir de ahora, todo lo que hagan o dejen de hacer se debe poder consultar públicamente. Aunque en teoría Hidalgo es el penúltimo de los 31 estados del país en aprobar su ley, en la práctica es el último: porque el estado de Tabasco ya la había aprobado anteriormente sólo que tuvo que corregirla porque presentaba serias deficiencias.

De cualquier modo, Hidalgo ya tiene Ley de Transparencia.


Otro día, de vuelta en Pachuca, fui a la biblioteca del estado. Se llama Biblioteca Central Ricardo Garibay y su nombre es un homenaje al afamado escritor nacido aquí en el municipio hidalguense de Tulancingo. Es un recinto verdaderamente lujoso. Se encuentra en la plaza comercial que advertí desde la anoche que llegué en ADO. En efecto, es un lugar espacioso de dos plantas y elegantemente construido. Se parece más a los restaurantes que he conocido en ciudades europeas, que a las tradicionales y humildes bibliotecas mexicanas. Por puro azar una empleada (me dio su nombre pero no lo pienso decir aquí) me contó que el gastazo para construirla un año atrás fue de 59 millones de pesos. Y me confesó sus deseos de saber, mediante la Ley de Transparencia, exactamente en qué se invirtió cada uno de esos 59 millones de pesos. Que lo haga, la apoyo.

La Biblioteca Central es confortable, sí, pero no tiene muchos libros. De cualquier modo lo que quería era conocerla. No puedo hacer un viaje sin darme una vuelta por sus bibliotecas.

Lo que más me ha gustado de Pachuca son sus cantinas. Aunque he ido a varias, me quedo con dos. Con El Saloon Pachuca y con El Puerto de Llanes. En las dos las bebidas son baratas, el ambiente es muy cálido y el servicio es de caballeros. Es lógico, por otra parte, que Pachuca tenga estos hermosos tugurios. Lo que lo explica es que, de acuerdo con las estadísticas, los pachuqueños son unos bebedores de primera línea y, lógicamente, ocupan los primeros sitios a nivel nacional por enfermedades del hígado.

En El Puerto de Llanes se puede jugar una partida de dados con el mesero. Esta tarde he decidido internarme en la faceta alcohólica de la capital de Hidalgo. A diferencia de la sórdida noche de mi llegada, ésta sí promete ser grandiosa.


A pesar de la resaca, hoy es día de trabajo. Una reunión con periodistas en sus ruidosas oficinas de redacción. Para ellos es muy importante denunciar las lagunas de la Ley de Transparencia.

Él y ella, cuyos nombres prefieren no revelar, me dan datos que me hacen abrir los ojos, a pesar de los párpados de una tonelada que traigo por la beberecua de ayer. Y es que de golpe me dicen que la ley está plagada de principios anticonstitucionales, conceptos poco claros, contradicciones y deficiencias importantes: entre ellas, no contempló las declaraciones patrimoniales de los funcionarios estatales como información pública.

“Me parece una burla que pretendan decir que la divulgación de la información patrimonial pone en riesgo su seguridad” se enfurece él “cuando la delincuencia organizada tiene redes de investigación mucho más sofisticadas que hacer solicitudes de acceso a la información”.

Y yendo más a fondo, ella afirma que esta ley es francamente inconstitucional. Porque el artículo 6 de la Constitución Mexicana dice que “toda la información en posesión de las agencias del Estado es pública”. Ocultar información patrimonial es, pues, una barrabasada legal.

Más adelante, los dos me hacen ver algo importante.

“Respecto a las sanciones, son verdaderamente ‘irrisorias’, porque van de diez a un máximo de 400 salarios mínimos”. Cuenta rápida: 400 días x 50 pesos de cada día = 20 000. Veinte mil pesos no es cualquier suma, les hago notar.

—Es una buena suma para los ciudadanos comunes. Pero veinte mil pesos no es nada para un funcionario que ha robado varios millones de pesos en licitaciones ilegales de obra pública. Es decir, para los funcionarios que han robado, es preferible que los multen a que se den a conocer sus corruptelas. Eso los llevaría a la cárcel y que devolvieran el dinero.

Eso sí. Pero de todos modos tengo fe en que la ley pueda traer algún bien al medio informativo local. Les insisto en que Leyes así han de servir de algo en lugares pobres. Me miran con tanta desconfianza que me imagino lo que piensa. “A este hijo de puta nos lo mandó el gobierno”. No tardan en echarme en cara que estoy opinando bobadas. Tal vez sea por esta resaca.

Empiezan con que hay una veintena de pretextos que pueden utilizar los gobernantes para clasificar la información como reservada. El más gracioso es que pueden encajonar un documento como reservado “cuando por disposición legal sea considerado como reservado”. Gulp. Y terminan con que estos documentos confidenciales pueden guardarse por 10 años, ¡con la posibilidad de duplicar ese tiempo!

¡Gulp!


Flor de María López es la amiga del gobernador que preside el Instituto que garantizará el acceso a la información pública. En una entrevista que dio antes de estar la Ley en vigor, se curó en salud. “No podemos decir nada hasta en tanto no inicie el Instituto sus funciones, que será cuando abra las puerta al público, entonces podremos ver las necesidades de reforma de la ley.”

Heme aquí, titubeando en viajar, o no, a Pachuca para hacer un reportaje. Lunes 16 de junio, 9:00 horas. Prendo mi computadora. En la página de Google escribo “Infomex Hidalgo”. Espero ver algo fabuloso. Y lo veo: “Página temporalmente fuera de servicio”. Las veces que regresé a intentar ese día, obtuve la misma respuesta. “Fuera de servicio”. Definitivamente hay que ir a ver qué pasa.

“Con deficiencias comenzó a operar el sistema Infomex Hidalgo —informaría al otro día el periódico—, el cual sirve como vía para que los ciudadanos soliciten información pública al gobierno estatal, las presidencias municipales y los organismos públicos autónomos que reciben financiamiento público, de acuerdo con la Ley de Transparencia”.

En la vida he escuchado malos cuentos y peores chistes. La Ley de transparencia a la hidalguense es de ésos. Sería bueno saber si ahora sí está en disposición de hablar la amiga del gobernador que dirige la porquería de Infomex Hidalgo.


Por la mañana hice las maletas para regresar a la Ciudad de México. Mientras iba en taxi hacia la central camionera de Pachuca me acordé del presidente municipal de Tepeapulco, donde trabaja la archivista Susana. Y es que ese día sí aceptamos la invitación a comer del regordete. Debo admitir que los dignatarios de pueblo no tienen mal gusto para la mesa. Me convidó con una deliciosa barbacoa de oveja, que acompañó de cervezas heladas. Todo el encanto, empero, se vino abajo cuando me preguntó por mi visita en su municipio y le contesté a qué iba, y me dijo esto: “¡No!, si nosotros ya le entramos de lleno a eso de la transparencia. ¿Verdad, Susanita? Ahí tienes a Susi, para que te diga cómo estamos avanzando”. Lo que no sabía era que en efecto, Susana ya me había dicho. Lo peor que me ocurrió hace rato, cuando bajé del taxi, fue que tuve que comprar unas banderitas de los Tuzos del Pachuca. Ni modo: había dicho a mis amigos, fieles seguidores del encuadre hidalguense, que les llevaría un recuerdito. Bendita piratería: ni un peso de los cincuenta que pagué por los llaveros va ir a la bolsa de ese empresario del fútbol y de sus amigos los gobernantes hidalguenses.

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Desde chico tenía ganas de escribir un diario, o algo así. Pero era cosa de niñas. Este blog es lo menos afeminado que encontré.

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