El blog de Luis Frías

octubre 05, 2008

Espiral 19

En la revista que edita mi amiga Elena Méndez desde Sinaloa, puede leerse un ensayo mío: "La tele cultural, de Octavio Paz a La Dichosa Palabra". Espero que tengan un rato de ocio para leerlo.

septiembre 28, 2008

El arte de la hipocresía

En Las buenas conciencias, Carlos Fuentes hace alguna que otra afirmación cuya vigencia es incontestable. Retrato de la hipócrita y acomodada familia Ceballos de Guanajuato hacia mediados del siglo mexicano anterior, la novela puede entenderse, ay, como el vivo retrato de ciertos personajes de nuestro siglo 21. El narrador mantiene la idea de que las familias provincianas se regodean siempre con pasas la tarde en derredor de la mesa, desgranando las vidas de los otros… ese desagradable vicio de hablar de los demás, sólo porque sí.

Más notoria aún, es la sensación que se nos queda una vez leído el relato de la familia Ceballos. Me refiero a la toma de conciencia de que, ciertamente, todos practicamos la hipocresía con denuedo. Tal como los Ceballos, pregonamos principios y valores ñoños en la calle, pero practicamos cosas distintas, si no contrarias, en la oscuridad de nuestra vida privada. Ha pasado medio siglo desde que en 1959 este librito vio la luz y, sin embargo, no ha perdido ninguna vigencia.

Algunas cosas dignas de repudio me han sucedido en el pasado reciente. Las más desagradables han sido las que tienen que ver con los políticos. No he podido por menos que recordar la frasecita de Groucho Marx. “La política es el arte de buscar problemas, encontrarlos, hacer un diagnóstico falso y aplicar después los remedios equivocados.”

La reunión tuvo que ver con algún tema de carácter cultural. El político, candidato a un cargo público, hizo algunas de las promesas que hemos escuchado desde hace varias décadas. Que aumentar el presupuesto para Cultura. Que contratar los servicios de especialistas en el ámbito creativo. Que dar estímulos a los creadores y aumentar la difusión… En una palabra, no dijo nada. Lo interesante pasó una vez que concluyó la estirada reunión. Durante las copas de vino tinto, el sujeto se mostró tal cual era. Opinó sin tapujos sobre pintura, escultura y literatura. Y habló mal de “esas nuevas cosas”. Se refería al arte experimental. ¿Por qué no dijo lo mismo en público, ante la mayoría? El hipócrita sabe que va de por medio una raja política que se le puede escapar de las manos.

De los políticos, hipócritas por naturaleza, es comprensible su variedad de normas morales para cada evento al que acuden. No así de quienes nada tenemos que perder al decir lo que pensamos. Y, sin embargo, prevalece con fuerza la preferencia por la ciega, irracional y homogénea corrección política. Esto es, no decir lo que creemos, sino lo que las normas morales sugieren que digamos.

Por ejemplo, hace algunos años en México se supo del caso de las Poquianchi, unas prostitutas que tenían un burdel allá por el rumbo del bajío. Las malvadas explotaban a muchachitas que, si por algún descuido quedaban encinta, sabían que les restaba poco tiempo de vida: las Poquianchi las asesinaban, y enterraban sus fiambres en las proximidades del solitario burdel. Un hecho escandaloso del que la sociedad se enteró, pero semejante al cual, sospecho que existen muchos otros. El caso es que Jorge Ibargüengoitia escribió al respecto una novela, Las muertas, y, durante el evento de la presentación, un hombre se levantó encolerizado a reclamar por qué el maestro había dicho mentiras. Frío inteligente, Ibargüengoitia le respondió cabal: le sugirió que leyera la primera página del tomo, donde está escrito que se trata de una novela de ficción. ¡Como si los escritores no tuvieran la libertad de escribir ficción, echando mano de cuanto les venga en gana! Para mí, el reclamo de aquel energúmeno era el colmo de la intolerante corrección política.

Más reciente aún, es el caso famoso del austriaco Josef Fritzl. El ingeniero de 73 años hallado culpable de haber encerrado en el sótano de su casa, en la ciudad austriaca de Amstettem, a su hija Elisabeth durante 24 largos años, de haberla violado sistemáticamente y de haber tenido con ella siete hijos. Morboso por sí mismo, el caso hizo recordar el de la niña Natasha Kampusch, a quien su secuestrador mantuvo encerrada por ocho años en la mazmorra de su casa, en la capital austriaca de Viena. Cuando la niña consiguió escapar del cautiverio, el captor se suicidó con el viejo método de arrojarse a las vías del tren.

Como ambos sucesos tuvieron lugar en el mismo país, hubo comentaristas que lanzaron la hipótesis de que la sociedad austriaca atravesaba por graves problemas de identidad y que los valores se estaban desmoronando. ¡Corrección política mezclada con estupidez! Los comentaristas no hacían más que decir, con palabras grandilocuentes, lo que toda la anonadada gente del mundo tenía ganas de oír. Pero mantener que la tradición de la sociedad austriaca se resquebrajase porque dos sujetos gozaban de placeres non sanctos, es una inquietante falta de elocuencia.

En La máquina de follar del sucio Charles Bukowski, existe un cuento, “El malvado”, cuyo protagonista, Martin Blanchard, atisba desde su casa a una hermosa niña que juega en la calle, llevando una faldita y se le asoman las bragas de volantes. Como todos los personajes de Bukowski, Martin era un viejo sucio con barba de cuatro días. Salió hacia ella y la violó. Después, llegó la policía y se lo llevó a la comisaría, pero ni así se arrepintió de lo que había hecho. La narración es depravada como toda la literatura de Bukowski, pero hay que admitir que logra convencernos del placer que puede despertar un acto como el de Martin Blanchard.

Supongo que algo semejante le ocurrió al viejo de 73 que decidió ultrajar sistemáticamente de su hija durante 24 años ininterrumpidos, procreando con ella 7 hijos. Por asqueroso que resulte, nada impide pensar que para el anciano no existía placer más grande en la vida que el de tener relaciones con su hija. Y no es imposible que la niña Natasha Kampusch haya sido el objeto más preciado por su captor, al punto de que éste la quiso para él solo, durante ocho años.

No se comprenda mal. No defiendo a ninguno de los dos, ni a Martin Blanchard, pero tratemos de meternos en sus zapatos. Pertenezcamos de verdad al siglo 21, y no a Las buenas conciencias de hace medio siglo.

septiembre 22, 2008

D. F. W.

Acaso porque recientemente perdió la vida como lo solían hacer los poetas de la generación beat o como la muerte encontró a Marilyn Monroe —aquéllos, en medio de una sobredosis de LSD en una habitación de hotel; ésta, tendida con un frasco de barbitúricos en la mano y el teléfono descolgado—, se ha prestado más atención a la anécdota desafortunada de su fallecimiento, que a lo que se debe hacer cuando muere todo escritor: recordarlo no sino por las palabras que dejara escritas.

Efectivamente, desde la fecha de su muerte, acaecida hace unos cuantos días, se ha machacado bastante a propósito de las circunstancias en que fue hallado su cuerpo sin vida. De acuerdo con la policía de Claremont, Californica, donde residía desde hace algunos años, el escritor fue hallado muerto por su mujer. Cuando Karen Green llegó a casa encontró el cuerpo yerto de su marido, quien tenía un cordel atado alrededor del cuello. Se ha especulado insidiosamente sobre las causas de su suicidio: y algunos escritores yanquis han dicho que desde siempre su personalidad tendía fuertemente hacia la depresión y, naturalmente, eso lo llevó a suicidarse.

Especulaciones aparte, hay que decir que David Foster Wallace y su obra siempre se mantuvieron firmes en materia estética y política, ante los abrumadores cambios y modas que se presentaron en Estados Unidos durante los últimos años. Y es que al revés de escritores norteamericanos de gran renombre que también han perdido la vida en fechas no tan pasadas, la vida y la obra de Foster Wallace nunca coquetearon entre uno y otro vaivén político, y él jamás aspiró a otra cosa que a ser mejor escritor cada día. De este modo, firmeza y lealtad no cobran el significado de lo que pudiera pensarse: de arcaísmo. Firmeza política y estética eran en Wallace, cosa curiosa, las armas cuya constancia lo hacían ver renovado y refrescante.

Mentiría si afirmase que seguía de cerca constantemente la obra literaria y periodística que Wallece sacaba en revistas y en periódicos, pero lo cierto es que hace algunos años leí con mucha atención su segunda, fabulosa novela Infinite jest –La broma infinita, 1996- y sus recientes crónicas políticas que le publicaban en la edición en inglés de Rolling Stone.

En rigor de verdad, Wallace, de 46 años al momento de su fallecimiento, se dio a conocer con su primera novela aparecida en 1987, The Broom of the System (La escoba del sistema, imposible de conseguir traducida al español), pero saltó a la fama internacional en 1996 con la publicación de Infinite Jest, una parodia futurista de Estados Unidos ambientada en el año 2025 con los personajes de una academia de tenis (deporte que practicó con fortuna el propio autor) y un centro de rehabilitación para drogadictos. Mediante esta novela, Wallace se convirtió en un escritor-periodista de culto para muchos de los integrantes de mi generación. Indiscutiblemente, la obra, de más de mil páginas, es la empresa experimental más osada que acometió el autor nacido en Nueva York en 1962.

Entre otras obras suyas figuran también las colecciones de cuentos La niña del pelo raro (2000), Entrevistas breves con hombres repulsivos (2001) y Extinción (2005); además de los libros de ensayos Signifying Rappers: rap and race in the urban present (1900), Algo supuestamente divertido que nunca volveré a hacer (1997), Up Simba! (2000), Everyting and more (2003), y Hablemos de langostas, (2007).

Ahora bien, a decir verdad Wallace no era un autor demasiado conocido entre el público latinoamericano, mexicano e hidalguense consumidor de literatura escrita en inglés. Mi pretensión es que esta pequeña lista de sus obras icónicas –algunas de las cuales se pueden conseguir en español, en ediciones aceptables— sirvan de guía básica para acercarse al hoy fallecido autor neoyorquino.

En medio del pequeño revuelo que se armó por su muerte, no sin razón se comentó esto en la prensa gringa: “Era uno de los escritores más influyentes e innovadores de los últimos 20 años”, aseguró el crítico David Ulin en declaraciones a Los Angeles Times. “Wallace recuperó la novela como una especie de lienzo donde el escritor puede hacer lo que quiera”.

Mi primer acercamiento a su obra fue por medio de un círculo de amigos interesados en la literatura estadounidense de la segunda mitad del siglo 20. En realidad, empecé leyendo con gran placer las malhadadas aventuras alcohólico-pornográficas de Charles Bukowsky y continué por los poetas beat, además del imprescindible John Fante. Las lecturas fueron tomando su propio rumbo, hasta encontrarme con autores mucho más jóvenes, entre ellos a David Foster Wallace.

Los textos suyos que leí más recientemente son los que aparecían en Rolling Stone. De un tiempo a esta parte, él era el responsable de hacer las crónicas de todos los eventos del candidato republicano a la presidencia de EE UU. No sin humor negro, pero centralmente con una inteligencia incapaz de no desnudar la realidad más profunda de las cosas, Wallace escribió las que seguramente fueron las mejores crónicas de la contienda electoral que está teniendo lugar en EE UU.

Desearía que la morbosa forma en que Wallace perdió la vida el pasado 12 de septiembre, quede como una anécdota sin ningún tipo de interés para todos nosotros. Por qué se decidió ahorcar, es cosa suya. ¿En realidad, para qué seguir viviendo? Hay que empezar por leer todo lo que nos ha legado y desconocemos.

septiembre 15, 2008

Estructuralismo francés y Narratología

Éste es el segundo de los 9 ensayos que prometí a propósito de las Corrientes Teóricas Literarias del Siglo 20:



Mario Vargas Llosa, autor de Los Cachorros





Si las corrientes teóricas en el XX tuvieron comienzo con el Formalismo Ruso, cuyos exponentes (Shklovski, Tianinov, etcétera) se preocupaban exclusivamente por la función que desempeñaban los elementos de una obra al interior de ésta, más adelante se desarrolló un círculo de pensadores (Jakobson, Mukarovskyy, entre otros, convencionalmente asociados al llamado Círculo de Praga) que mostraron un arduo interés por estudiar las obras literarias ya no de forma funcional y atemporal; su preocupación era de naturaleza diacrónica, organizativa, acumulativa. Pretendían establecer las relaciones de todas las obras de un mismo género, desde el fondo de los tiempos hasta el más novísimo ejemplo: evidentemente, era una espeluznante, enloquecedora empresa. Se trataba de una preocupación por hacer formalmente una ciencia de la “historia literaria”. Y más allá de los errores o logros de esta pretensión, debe hablarse de los frutos inmediatos que rindió este impulso. Se estableció una nueva forma de pensamiento, la cual se expandió ejemplarmente, hasta alcanzar los límites de ciencias varias ciencias sociales y del comportamiento humano. En efecto, el llamado “estructuralismo” haría historia entre sociólogos, antropólogos, historiadores, filósofos, filólogos, etnólogos y, por supuesto, lingüistas y escritores.

Pero entre los teóricos que nos interesan más a efectos prácticos, baste mencionar a Roland Barthes, Tzvetan Todorov y A. J. Greimas.

Ahora bien, conviene empezar hablando del estructuralismo sin hacer referencia directa a él. Y es que, desarrollado fundamentalmente desde la Academia Francesa hacia la década 1940, el estructuralismo no nace, dijéramos, de la nada. Sus principales antecedentes se fundan a las claras en la propuesta hecha años antes por el lingüista vienés Ferdinand de Saussure, quien introdujo una diferencia que será la piedra de toque para todos los trabajos estructuralistas: la distinción entre lengua y habla. La primera, la lengua, se refiere a la concepción del lenguaje como un sistema o estructura; el habla, en contraste, implica el uso de este sistema en una situación concreta.

Y de manera semejante a Saussure, para quien sólo podía estudiarse lo que formara parte de la lengua (pues que sólo se podía estudiar una estructura cuyos límites fueran perfectamente conocidos), a los estructuralistas no les interesará más que el estudio del sistema de las reglas y no las manifestaciones concretas de la puesta en práctica de esas reglas. O sea, en una palabra, para los estructuralistas lo que prima en su interés es la descripción de la obra, no su interpretación; ésta es tarea que dejarán en manos de los críticos literarios. La empresa estructuralista tiene otro sentido. Su pretensión es construir una teoría del discurso literario que dé cuenta del modo bajo el cual funcionan los textos.

Es interesante saber que como no fuera la narrativa, los estructuralistas no se interesaron por estudiar ninguna otra forma discursiva literaria. Ni la poesía, ni el drama, ni el ensayo les preocupó mayormente. De donde se colige por qué el nombre de la rama de estudios que derivó del estructuralismo: la “narratología”, cuyo blanco es analizar de qué modo las narraciones producen significados y cuáles son los mecanismos y procedimientos básicos comunes a todos los discursos que implican la narración.

No es ocioso hacer una elucidación sobre la narratología estructuralista, recurriendo a un ejemplo de la literatura latinoamericana de la segunda mitad del siglo XX. Hablo de Los cachorros, del peruano Mario Vargas Llosa, cuyas características discursivas hacen posible hacer énfasis en las características señaladas por la estudiosa Luz Aurora Pimentel en uno de sus estudios consagrado a las formas de enunciación narrativa.

Si se atiende a las características que Pimentel señala para hablar de la identidad del narrador en todo discurso en prosa, fácilmente advertimos que el de Los cachorros es un narrador heterodiegético.

Pimentel señala en su estudio que tradicionalmente se piensa que tipos de narradores hay dos: o en primera, o en tercera persona. Pero pone el dedo en la llaga al señalar que esta clasificación no se funda en la característica discursiva del narrador (como debería ocurrir), sino en la subjetiva preocupación por las veces en que la voz narrativa hace mención de sí misma, en cuyo caso se trataría de una voz en primera persona; o bien, cuando sólo se refiere a los hechos hablando desde una posición impersonal y distanciada, en cuyo caso se trataría de una voz en tercera persona. Pimentel decide hacer a un lado esta clasificación, y se inclina por la de Gérard Genette, según el cual, lo ideal la clasificación de la voz narrativa no tiene tanto que ver con la elección del pronombre, como con la su relación con el mundo narrado.

Así, Pimentel propone dejar a un lado el habitual narrador en primera, en tercera o, aun, en segunda persona. Con arreglo a Genette, propone hacer el análisis de la voz narrativa desde otra perspectiva: la diegética. Ésta se refiere a la relación que tiene el narrador con el mundo narrado. De tal suerte, habría dos tipos de narrador: el que está involucrado en el mundo que narra se llama homodiegético (o en primera persona); y el que no lo está recibe el nombre de heterodiegético (o en tercera persona).

De este modo, se entiende al narrador no sólo como la voz que cumple la acción narrativa, sino como un actor participante, o no, de la propia historia narrada. En palabras del propio Genette, el narrador cumple la función vocal (o narrativa) y la función genética (o de su participación como actor en el mundo narrado).

Así pues, es fácil decir que el narrador en tercera persona pero involucrado de manera anecdótica a veces en Los Cachorros, es un narrador heterodiegético. Aunque lo parezca a primera vista, no es ninguna contradicción. El narrador que predomina en el relato de la noveleta está en tercera persona, y principalísimamete, no toma parte de la acción salvo en algunas ocasiones. Ocasiones que, se me dirá, bastan para considerarlo un narrador homodiegético porque está incluido en el discurrir de los acontecimientos. Véase este ejemplo para comprehender de qué hablo:

El primero en tener enamorada fue Lalo, cuando andábamos en Tercero de Media. Entró una noche al “Cream Rica”, muy risueño, ellos qué te pasa, y él, radiante, sobrado como un pavo real: le caí a Chabuca Molina, me dijo que sí. Fuimos a festejarlo al “Chasqui” y , al segundo vaso de cerveza, Lalo, qué le dijiste en tu declaración, Cuéllar comenzó a ponerse nerviosito…

Este fragmento del párrafo inicial del tercer capítulo de Los cachorros, nos habla de un narrador que platica las vidas de los otros, y sólo hace intromisión de su persona para introducirnos en el tema, por decirlo de algún modo. A propósito de estas pequeñas introducciones del narrador en el discurrir de las acciones, explica la propia Pimentel: “… incluso un narador heterodiegético puede estar presente o ausente, en distintos grados, del discurso narrativo. A mayor presencia, mejor definida estará su personalidad como narrador; a mayor ‘ausencia’, mayor será la ilusión de ‘objetividad’ y por lo tanto de confiabilidad”. Es decir, estas tangenciales incursiones del narrador dentro de la acción, no nos autorizan pensar que se trate de un narrador homodiegético.

Ahora bien, y reconociendo la naturaleza heterodiegética del narrador de Los Cachorros, queda la tarea de descifrar los elementos que dotan de unidad vocal al relato de juventud del autor arequipeño.

Al hablar de la unidad vocal de las narraciones, Pimentel dice que el relato a cargo de un solo narrador tiene, en el peor de los casos, una especie de unidad vocal en la distorsión. O sea: al reordenar la historia de acuerdo a su necesidad de narrador, lo que hace es distorsionarla en pos de conseguir el objetivo narrativo deseado. Pero lo que aquí nos interesa es hablar de la unidad vocal de Los Cachorros en tanto que se trata de un narrador heterodiegético pero cuya narración sale, de algún modo, de sus recuerdos, porque se refiere a hechos que está recordando provenientes de sus mocedades. Pues bien, sostiene Pimentel que “en narraciones en tercera persona, en las que domina un solo narrador, la ilusión también es de que le narrador conoce la historia en su totalidad, o bien que es él quien la ha inventado. No se nos ocurre preguntar cómo supo lo que nos relata porque se da como presupuesto que el narrador conoce la historia, y que su propósito es dárnosla a conocer”, añade Pimentel en lo que encuentro como la mejor explicación de la unidad vocal para lo que sucede en Los Cachorros.
Al tratarse de un heterodiegético (o en primera persona) el narrador de Los Cachorros logra la unidad vocal al aparentar ante el lector, que posee un pleno conocimiento de las acciones de la historia, de sus secuencias y de sus posibles giros sorpresivos.

Los Cachorros, obra muy latinoamericana desde el ángulo que se quiera leer esta afirmación, constituye un ejemplo oportuno de adentrarse a la puesta en práctica del estructuralismo de aquellos años 40. Reflexiones y ejemplos diferentes hay que emplear para el siguiente hijo cronológico de los estudios teóricos del siglo XX, o sea, el postestructuralismo.

septiembre 14, 2008

SEPOMEX

Mi primer encontronazo desagradable con el servicio postal fue hace mucho. Tendría 11, 12 años cuando recibí una carta del otro lado de la frontera. Me la había escrito un primo cuyos padres, por dificultades económicas en México, hacía poco habían cambiado su residencia a California. Casi al final de su envío, me informaba cuántos dólares me había adjuntado como pago por un viejísimo préstamo. Inútilmente rebusqué dentro del sobrecito blanco de bordes rojos con azul; y encima, mis padres me disuadieron de presentar una queja ante la oficina de correos.

La segunda vez me ocurrió cuando un amigo se fue a vivir a Madrid. El tonto había olvidado en casa de sus padres una caja de libros imprescindibles para los estudios que iba a realizar a lo largo de su estancia madrileña. Por correo electrónico me pidió que se los mandara a través de un envío postal. Pasó casi un mes y me preguntó si sabía la fecha en que llegaría su envío, porque en el correo de España no tenían registro de ningún paquete a su nombre. Me sorprendió que no lo hubiera recibido aún y fui a preguntar a la oficina de correos. La mujer de la filipina blanca con azul se llevó a la oreja el tubo del teléfono, desapareció detrás del mostrador y volvió, no sin asegurarme, colérica, que ellos ya lo habían enviado. “¿Ya investigó si no se perdió en España? Debería haber visto, antes de venir aquí”, concluyó. No me costó captar de inmediato que el paquete de tomos se lo había robado algún empleado postal de mi querido país.

Ni mandada a hacer hubiera quedado mejor la semana pasada para todos los que están cortados con la tijera de la nostalgia. No nada más se habló de regresar a la perdida tranquilidad de México haciendo crecer la partida que se destinará el año entrante a los cuerpos mexicanos de policía; más notoria aún, fue la alharaca que se armó por el cambio de imagen del emputecido servicio postal mexicano. Los nostálgicos tuvieron una oportunidad para acordarse de las cartas que se enviaban cuando jóvenes con sus amores platónicos: y es que después de dos décadas, el gobierno mexicano se acordó que existía un servicio de correo, e hizo algo que debería extender a todos los otros edificios a su cargo: quitarles el polvo y hacer el intento de meterlos en orden.

Inaugurado a mediados de la pasada década de los 90, Sepomex (horrorosas siglas del Servicio Postal Mexicano) era el vivo retrato de la agencia gubernamental a la que nadie se acerca porque todo el servicio que se presta ahí es insoportablemente soporífero. De las oficinas postales de las ciudades en que he vivido, no conservo en la memoria satisfacción alguna. Para hacer envíos siempre he tenido la inclinación por los servicios privados de DHL, UPS y Estafeta, cuyo funcionamiento conozco más o menos bien; sólo me he visto obligado a utilizar el servicio oficial cuando tengo que recoger algún envío que me hacen de alguna dependencia.

Hace unos meses compré libros de John Fante por internet, que me mandaron por Sepomex. Al menos, la herrumbrosa fachada del edificio hacía imposible perderse… No bien entraba, enseguida me sabía en un ambiente que le perteneció a mis antepasados. El cancel de la entrada pesaba una tonelada y rechinaba cada vez que alguien lo empujaba para acceder; el piso blanco era como el de mi abuela, con pequeñitas incrustaciones de mármol; el larguísimo mostrador estaba forrado con una formaica imitación madera. “Diga”, espetaba un viejecito flemático. Detrás de él, había unas repisas constituidas por unas ménsulas negras sosteniendo una tablita con pintura blanca a barniz. Ahí los empleados habían puesto sus bolsos, bufandas, cuadernos, cepillos de dientes, tópers con verduras hervidas. “Su orden de envío y una identificación”, me pidió sin siquiera verme a los ojos. El hombrecito se dirigió al fondo del frío local; allí donde había sacos de tela medio llenos de cartas y cajas de todos tamaños envueltas en cinta adhesiva café. De ese amontonadero descuidado, tomó mi paquete: una caja de volumen regular, completamente abollada, con las esquinas rotas y un hoyito por el que se podía asomar perfectamente al contenido. “Éste es. Pase usted”. Agradecí infinitamente que quien horadó mi caja no tuviera interés por la literatura de John Fante.

Como se sabe, desde la semana que terminó, los 22 años de Sepomex pasaron a la historia. En adelante, el servicio postal se llamará Correos de México, nombre que proviene de principios del siglo pasado, cuando éste gozaba de buena reputación. Pero el asunto tiene su carga hilarante. Los empleados postales ya no llevarán puestas sus filipinas azul con blanco; de tener un águila gris y azul, sus nuevas camisas color de rosa llevarán bordada una palomita deforme cuyo pico sostiene un sobre dorado. Y en las oficinas también habrá servicio de telefonía pública, internet y, más aún, venta de básicos subsidiados: frijoles, arroz y leche en polvo. La idea del gobierno es que por fin esta oficina funcione y sirva para comunicar a todo el país. Qué bonito, ¿no?

Sn embargo, mi deseo es que este impulso por renovar un servicio postal ineficiente a más no poder, no se le apague pronto al gobierno. Me gustaría que se haga por acabar con esa burocracia parasitaria alojada en todas las oficinas públicas de este país. Que se pasen por cepillo y jabón los edificios de la seguridad social, la administración del dinero, los partidos políticos y los cuerpos de policía. ¿Por qué empezar por un servicio de correo inservible, si hay tareas más mil veces más apremiantes? En cualquier caso, a mí me interesa saber si cambio tan radical en Correos de México traerá consigo algún aporte práctico. ¿La mutación también será en el terreno de la honestidad: y los carteros dejarán de abrir la correspondencia y robarse los envíos? ¿Algún día me van a devolver los 10 dólares o los libros de mi amigo? Estoy seguro que para él, yo me los robé. Pues desde que desapareció su paquete de libros, no me ha vuelto a escribir desde Madrid.

septiembre 07, 2008

El glamur nuestro

1. Me interesa hablar de un viaje más o menos largo que recién hice por autobús. Milagrosamente puntual, fui el primer pasajero en hacer fila en los andenes, de modo que una vez sentado en la segunda hilera, tuve oportunidad de ver a todos los que compartirían destino conmigo. Una mujer de prominente equipaje a la que, sin embargo, no corrí a auxiliar caballerosamente. Un hombre de años ataviado con elegancia antigua: pantaloncillos brillosos, camisa de olanes y un saquito ajustado. Y treparon más personas sin ningún interés para mí. Todo bien hasta que apareció lo odioso. Se oían gritos y regaños. Era una mujer gorda, un muchachote con espinillas, una fea niña pero bastante crecida y un pequeño de pantaloncillos cortos. Todos hablaban y manoteaban a la vez. Llevaban audífonos, refrescos y chatarra abundantes para el camino. Si por lo menos se hubieran sentado lejos; por desgracia, se apoltronaron alrededor de mi asiento. Resignadamente, al mismo tiempo cerré mis párpados y mi libro de Alexis Nouss, La Modernidad.

Los guturales regaños de la madre no consiguieron que las pequeñas bestias dejaran de gritarse y escupirse comida. Tuvo que aparecer la figura esbelta de una universitaria y deslizarse como garza por el pasillo. Los otros pusieron unos ojos enormes y abrieron una bocaza de admiración. Parecía salida de un desfile de modas. Sus pantalones justos le sentaban de maravilla, pero lo mejor era aquel glamoroso corte de cabello que sintonizaba con el flamante teléfono que llevaba al oído. Enamorado de mi mujer como estoy, ni yo pude menos que reconocer lo que es bueno. “Pero qué moderna”, se le escapó entre las papitas con salsa a la niña. En realidad, lo mejor fue que aquella belleza había conseguido acallar a los infames gritones. Pude leer.

2. Así, pues, con ser la suya una historia indisociable a los siglos 19 y 20, la discusión en torno a la modernidad nunca ha perdido vigencia. Cuánto y más, en nuestros tiempos en que los avances en la tecnología nos obnubilan tanto. Se piensa con unanimidad que, en definitiva, la gente nunca llegó a ser tan moderna como lo somos ahora. Y es que se razona que, como hoy, jamás habían existido al mismo tiempo tantos regímenes democráticos. Nunca, tantas carreteras y aviones habían sido utilizados por las clases medias. Nunca, los aparatos tecnológicos habían tenido tanta presencia en los hogares de todos los rincones del mundo. Para la familia del autobús, lo mismo que para aquella chica linda, nunca como hoy hubo tantas posibilidades de acceder a la moda del vestir y de la forma de actuar.

Las cosas no varían entre, por ejemplo, los artistas plásticos, los escritores y los intelectuales de cualquier tipo. Hay que leer alguna de sus entrevistas para saber enseguida lo que piensan. Los artistas plásticos odian que se les reduzca al grado de meros pintores o escultores, pues lo que ellos hacen es algo más sofisticado y moderno. Tampoco es raro encontrarse con las escandalosas tomas de postura de algún escritor —tomas de postura que no parecen sino desplantes cuyo objeto es hacerse publicidad. Muy a menudo, en esas escandalosas declaraciones, los autores sostienen que los géneros literarios han perdido vigencia, cuando no que ya son obsoletos y hay que atentar contra ellos. Su solución ha consistido en hacer una mixturización de todos los géneros. De tal modo, el resultado de este concurso de formas es lo que constituye su nuevo y moderno género literario. Dato curioso: Juan Goytisolo afirmaba hace poco que la novela ya no debe ejercerse desde el modelo tradicional. Para él, lo impostergable es escribir amoldándose a las exigencias de los tiempos actuales. Tengo serias dudas. Para los autores de hace cuatro décadas, no había cosa más moderna que lo que ellos estaban escribiendo… No sólo estaban equivocados; los años se han encargado de escarnecerse de esa actitud. Queda muy a propósito un aserto que Octavio Paz mencionó en televisión. Cuando le hicieron una pregunta en referencia al buen gusto de la estética, contestó: “El buen gusto de hoy suele ser el mal gusto del mañana”. ¿Alguien recuerda la modernidad de la década de 1980? Adelante. ¡Que levante la mano el moderno a más no poder!

3. Ahora bien: la modernidad no es una noción que pertenezca exclusivamente a nuestra generación; en el tomo de Nouss, encuentro que es un concepto cuya edad rebasa el siglo y medio. Su significado irradia sobre la filosofía, las ciencias sociales, la historia, el arte. En el siglo 19 se acuña el término. A Kant se le llamó moderno. El historiador Fernand Braudel se asumió como moderno. Los poetas que abandonaron el canon costumbrista y se aproximaron a la belleza de los salones palaciegos, también fueron catalogados como modernos: ahí está el poeta hidalguense Efrén Rebolledo (Actopan, 1877-Madrid, 1929).

El proyecto de aquellos modernos partía y arribaba en la razón. Consistía en abandonar de una los prejuicios provenientes del oscurantismo de los siglos pasados, y adentrarse en la luz de la razón definitiva. Era llevar a la cima los impulsos del Renacimiento. Desde luego que fue un fenómeno europeo, principalmente.

Lo que no es exclusivo del Viejo Continente son los acontecimientos que acabaron llevando a la ruina al proyecto modernista. Porque además de las dos Guerras Mundiales cuyos principales teatros fueron allende el Atlántico, también pienso en el capitalismo norteamericano y en el socialismo chino. Tanto los inmensos poderes fundados en los grandes capitales acumulados, como los socialismos asesinos de toda posible ideología contraria, acabaron con el incipiente proyecto modernista de fines del siglo 19 y comienzos del 20.

Es verdad: las actuales democracias, todas las tecnologías, las artes plásticas, los vuelos aéreos y la sofisticada universitaria del autobús, no deben ser tan perniciosos. Pero, ¿cuán genuina es nuestra modernidad? ¿Somos más modernos que los hombres de hace 20, 100 años? Parafraseo a Paz: que nuestro glamur modernista no sea la fuente de los escarnios del mañana.

agosto 30, 2008

Un grito en voz baja

En este preciso momento estoy escuchando en el tocadiscos la canción “Just friends”, de su segundo disco, Back to black. La suya es la historia de los grandes artistas. Resulta imposible tener noticia de ella y no traer a la mente, por ejemplo, la exigencia que hacía Nietzche a los creadores: “Los artistas, como a mi me gustan, sólo necesitan de su pan y de su arte”. Más notable aún: ella es el vivo ejemplo de la observación que hace Jean-François Lyotard. La larga paradoja del filósofo francés se puede resumir en que actualmente la originalidad de los artistas está allí donde no se aspira a ser originales. Esto es: hoy toda la literatura y todo el arte aspiran a la originalidad. A algo como esto Octavio Paz lo nombró “la tradición de la ruptura”. El interés en romper con la tradición ha sido tan constante que se ha vuelto en sí mismo una tradición. De esta manera, la búsqueda de originalidad se alcanza, entonces, cuando no se aspira a ser originales. Tal es el caso de la londinense Amy Winehouse.

Con la aparición de su álbum debut, Frank, en 2003 una Amy Winehouse de 20 años de edad dejó de ser simplemente una reconocida cantante de los pubs londinenses; saltó a los escenarios mundiales al recibir excelentes críticas de la prensa especializada en tendencias musicales. No por casualidad hace unos meses se supo que en escuelas de Londres los alumnos estudiaban literatura haciendo comparaciones entre los versos de Walter Raleigh y las letras de Amy Winehouse. Ya desde ese primer disco se advertía un talento sin par. Sus canciones “You sent me flyin” y “Stronger than me” son genuinos poemas del drama contemporáneo. Hay que agregar que es la dueña de una voz que envidiaría cualquier contralto de ópera. Y su apariencia, con ser desaliñada para el gusto general, yo la encuentro espléndida. Y es que no se asemeja a las atractivas rubias norteamericanas ni a las buenísimas morenas latinas. No. Es más bien flaca y su cabellera haría parir chayotes a mi estilista. Lleva sendos tatuajes tanto en el brazo como en uno de sus pechos. A la gente que conozco le parece repugnante pero a mi juicio es una mujer sumamente interesante.

Musicalmente, a Winehouse se la clasifica como una cantante de blues, jazz, soul y del ritmo inventado por el productor recientemente fallecido Jerry Wexler: el rhythm & blues. En efecto, sus ritmos nos recuerdan a las bandas musicales gringas de los años 40, cuyos integrantes eran fundamentalmente de raza negra. De hecho, tanto las coristas como los músicos de Amy son negros. De algún modo, retornar a un pasado musical tan escasamente frecuentado es una de las originalidades que más se le reconocen. Sin pretenderlo, a esta circunstancia le debe la espumeante gloria que ha alcanzado. Existe unanimidad en celebrar la afortunada mixtura de una voz prodigiosa con un género que se había echado al olvido en los últimos años. Su música embriaga, es sensual, profunda, intensa. Su mejor definición es una metáfora: un grito en voz baja en medio de un estruendo de asco. Estruendo de asco representado por la mayoría de los géneros musicales que nos envía Estados Unidos a través de MTV.

Para hablar de lo mejor que Amy Winehouse ha dado hasta el momento, es preciso referirse a su segundo disco, Back to black, de 2007. Tuvieron que pasar cuatro años entre su primera producción y ésta. El largo periodo, empero, valió la espera. No sólo se puede escuchar una mayor riqueza musical en las composiciones del disco; sus letras no parecen las de una veinteañera inexperta en las cosas de la vida sino todo lo contrario: son intensas y desgarradoras, cuando no verdaderamente elegantes. El disco ha sido premiado tanto por el establishment mundial como por la prensa selecta. Baste recordar que obtuvo 5 premios grammy la misma noche. Desafortunadamente, otra de sus facetas —acaso la más comentada— le impidió recoger las estatuillas.
Como es fama, a Winehouse le aqueja una peligrosa adicción a la cocaína. Ha estado ingresada varios periodos en clínicas de rehabilitación pero vuelve a recaer. Hipócrita como es, el gobierno norteamericano le negó el visado argumentando que la esquelética cantante representaba un peligro para los Estados Unidos. Aunque después se reconsideró su entrada al país, ya era demasiado tarde y Winehouse tuvo que conformarse con tener presencia en el evento a través de señal satelital. Sin embargo, este hecho acabó por sellar una fama de cocainómana que nadie se cansa en machacar una y otra vez.

Aun en los panfletos que pululan en las oficinas gubernamentales de provincia, se encuentran noticias morbosas su cada vez peor estado de salud. Noticia no tan reciente es esa en la que su padre declaraba a la prensa inglesa que Amy padecía enfisema pulmonar por tantas drogas, y que su vida corría peligro. Las más escandalosas son también las más divertidas: en el directo que ofreció en el festival de Glastonbury, Amy montó en cólera y le propinó un certero puñetazo a una de sus seguidoras. Sin preguntarse por qué lo hizo, todos la tacharon inmediatamente de energúmena. A partir de entonces, todo lo que nos informan de Winehouse está relacionado bien con sus adicciones que apenas si le permiten tenerse en pie durante sus presentaciones, o bien con sus arrestos de cólera en algún pub londinense.

Es lamentable que el interés por Winehouse haya derivado en esto. En verla peleando en las calles, en fisgar cómo se le doblan las corvas en el escenario mientras esnifa cocaína. Pero la vergüenza es nuestra, no suya. Ni todos los malos ratos en que la podamos ver metida le restan un ápice a su inmensurable talento para componer ni a su espléndido timbre de voz. Ella no hace más que cumplir sabiamente con la exigencia de E. M. Cioran: “la primera obligación del hombre al despertarse: avergonzarse de sí mismos”. Pero interesados en conocer las últimas nuevas sobre su decadencia, nos impedimos delectarnos con la cantante incomparable que tenemos ante nosotros. Y que sus adicciones la puedan llegar pronto al panteón, es algo que no debe interesar.

Del mero formalismo al completo estructuralismo




Con el siguiente texto, inicio una serie de nueve ensayos que publicaré sobre las Corrientes Teóricas literarias del siglo XX. Las colocaré quincenalmente, desde hoy y hasta que termine el año.




Viktor Shklovski


En El arte como artificio de 1917, se pueden encontrar los primeros rasgos de la corriente teórica que la historia de la literatura ubica como Formalismo Ruso. En el clásico texto de Víctor Shklovski, se presta una atención insospechada al concepto de ‘imagen literaria’. Se somete a discusión la afirmación de Potebnia (“no hay arte y, en particular, no hay poesía, sin imagen”). Cierto es que V. Shklovski no puede sino admitir la afición de cierta poesía por las imágenes; empero, hace una acotación. Brevemente explica que tanto en poesía como en cualquier obra literaria, la recurrencia de imágenes es más un ejercicio de memoria que de creatividad. O sea: la innovación poética no radica en elaborar nuevas imágenes, pues la mayoría de ellas ya existen y sólo se recuerdan; mejor: la originalidad está allí donde se disponen esas mismas imágenes en un nuevo ordenamiento. En una palabra, la aportación de Shklovski está en que consigue demostrar que el verdadero arte poético no se encuentra en la creación de imágenes, sino en el modo en que el lenguaje consigue mostrarnos esas imágenes.

Es un aporte significativo. Y le permite a Shklovski hacer uno de sus descubrimientos más trascendentes. Spencer sostenía que “el mérito del estilo consiste en ubicar el máximo de pensamiento en un mínimo de palabras”. ¿El lenguaje poético consistía, entonces, en ubicar el máximo de imágenes en un mínimo de palabras? Shklovski resuelve la cuestión evidenciando las diferencias entre el lenguaje poético y el pensamiento ordinario: desde luego que lo poético pretende decir más cosas en menos palabras. Economizando, ser más efectivo. Parejamente, este hecho revela otra realidad.

A diferencia del lenguaje poético (lenguaje previamente pensado, elaborado bajo reglas, dirigido con un propósito…), el pensamiento ordinario se manifiesta a través de expresiones tan habituales que se vuelven automáticas. “Todos nuestros hábitos se refugian en un medio inconsciente y automático”, explica así Shklovsky lo que bautiza como “proceso de automatización”. Y cita a Leon Tolstoi: “Si toda la vida compleja de tanta gente se desarrolla inconscientemente, es como si esta vida no hubiera existido” (Nota del diario de L. Tolstoi del 28 de febrero de 1897, Nikolskoe. Letopis, diciembre de 1915, p. 364). La pregunta es inevitable. ¿Cómo diablos hacer frente a esta automatización? ¿Cómo lograr precisamente la desautomatización?

Para ofrecer una solución, Shklovski recurre una vez más a Tolstoi. Ejemplifica su método de escritura. La forma desautomatizadora del autor de Ana Karenina es la de referirse a los objetos mencionando sus características y olvidando que poseen un nombre conocido. De tal modo, en vez de mencionar la palabra “tortura”, Tolstoi habla de “apretar las manos o los pies con torniquetes, o algo semejante”. Semejante método permite al lector “redescubrir” el significado de las cosas más comunes. El mismo Aristóteles opinaba que la lengua poética debía tener un carácter extraño, sorprendente. Para Shklovski, en todo caso el ritmo prosaico es un factor automatizante; y en el arte, por el contrario, existe un orden cuya función es combatir esa automatización.

En una palabra, para Shklovski la función del arte es ser el agente desautomatizador por excelencia. Pero este aporte de Shklovski se enriquecerá cuando Yuri Tinianov añada su concepto de “historia literaria”. “La historia literaria debe responder a las exigencias de la autenticidad si desea transformarse en una ciencia”, dijo. Con Tinianov se acude a la que se considera la segunda etapa del Formalismo Ruso. Alrededor de 1920.

Caracterizada por su preocupación de entender las obras literarias no aisladas de su contexto, sino inscritas en corrientes temporales y estilísticas, esta etapa del Formalismo Ruso propone que la historia literaria se estudie a partir de la noción de evolución literaria. Dicho de otro modo, la génesis de los textos adquiere una significación y un carácter que seguramente no son los mismos que aparecen en el estudio de la génesis misma. El método consiste en tomar los criterios propios de un sistema (admitiendo que cada época constituye un sistema particular) para juzgar los fenómenos correspondientes a otro sistema; se debe evitar todo matiz subjetivo; se toma a la obra literaria como un sistema; tampoco se deja de lado el problema de las series vecinas en la evolución literaria. El resultado le permite a Tinianov proponer una nueva forma de comprender la función literaria. Él llama función literaria a la posibilidad de que una obra entre en correlación con los otros elementos del mismo sistema y, en consecuencia, con el sistema entero.

De manera que para Tinianov resulta inimaginable volver a las fórmulas del pasado y estudiar la obra aisladamente del sistema en el que se produjo. Y este principio consistente en estudiar las obras inseparablemente del sistema, se aplica perfectamente a los distintos géneros literarios. Ningún género es constante, sino cambiante no sólo a medida que pasa el tiempo, sino en una misma época. Baste comparar dos novelas contemporáneas para advertir cuán diferente puede ser una de otra, aun cuando haya consenso en que forman parte de un mismo género. Los rasgos del género, pues, evolucionan en todo momento y se pueden estudiar del mismo modo que se compara una obra inscrita en un sistema con otra que forma parte de un sistema diferente.

Ahora bien: el reconocimiento de que la obra literaria habita en un sistema más abarcador, no impide que Tinianov tome conciencia de otra realidad. La realidad de que la función de algunos elementos se apodera de otra función más débil y acaba por determinarla. No existe una idea totalmente correcta de la forma en que los elementos literarios de una obra entran en correlación con los de otra. En todo caso, lo cierto es que la observación del comportamiento de cualquier sistema permite concluir que hay elementos frágiles sobre los que dominan otros más sólidos. Estos últimos son los que conforman la llamada “dominante”. Y los elementos de una obra entran en la literatura y adquieren su papel en función precisamente de su relación con esta dominante.

Las aportaciones de Tinianov también alcanzan la esfera de las relaciones que guarda el literario con otros sistemas —con las series extra-literarias—, en particular con las series que pertenecen a los hechos de la vida real1. Esta observación resulta especialmente interesante. Está estrechamente ligada con la noción de “orientación”, misma que significa algo así como “la intención creadora del autor”. La relación entrambos conceptos reside justamente en el hecho de que la intención del autor puede haber surgido muy posiblemente de alguna experiencia de la vida real, y no únicamente de un impulso netamente lingüístico-literario.

En fin, por lo que a las aportaciones de Tinianov respecta, es posible resumirlas subrayando que a partir de él, el estudio de la evolución literaria sólo será posible si se considera como una serie, como un sistema compuesto en correlación con otras series o sistemas y condicionado por ellos.

La tercera y última etapa del Formalismo Ruso, que también la han llamado Estructuralismo Checo, se cierra hacia la década de 1930 con las aportaciones que hicieron los lingüistas Jan Mukarovsky y Roman Jakobson.

Por una parte, en su texto de 1934 El arte como hecho semiológico, Mukarovsky hace la novedosa proposición de que la obra de arte debe entenderse como un elemento triple: la obra como signo, estructura y valor. Y es que para él, la obra de arte está destinada a mediar entre su creador y lo colectivo. O sea: está sellada por los intereses del creador, por los intereses del colectivo observador y por la forma que toma al ponerse en tensión esos dos intereses diferentes. Como buen lingüista, Mukarovsky resuelve el problema triple afirmando que la percepción subjetiva del colectivo observador se vuelva objetiva al convertirse en signo. Y en esto basa su afirmación de que la obra de arte es un signo autónomo, cuya característica central es ser el mediador entre los miembros de una colectividad.

Al lado de su característica de signo autónomo de la obra de arte, se encuentra la de ser signo comunicativo o notificatorio. Pone por caso a la poesía: no sólo se nos refleja como obra de arte sino al mismo tiempo como un conjunto de palabras escritas que reflejan significados conocidos. Dicho de otro modo: que un texto de ficción sea resultado de la imaginación no niega que posea un “tema” verificable en la vida real.

Por otro lado, Jakobson introduce la necesidad de entender la poesía con relación a la lingüística. Para él, esta relación nos permite despejar las diferencias entre el arte verbal con respecto a otras artes e, incluso, a otros tipos de conducta verbal.

Aunque Jakobson hace aportes que ahora nos permiten diferencias a los estudios literarios de la crítica literaria, su tesis más laureada es la que tiene que ver con la función poética. Está por encima de todas las otras funciones del lenguaje. Por encima de la función referencial, de la emotiva, de la conativa y aun de la metalingüística. La función poética no se limita a la información que transmite el lenguaje ni a su forma; en realidad, su tendencia es hacia el mensaje, constituido tanto por la información que transmite como por sus rasgos formales. El concepto de poética es, pues, el culmen al que llegaría esta primera corriente de teóricos literarios del siglo XX.

Años adelante sobrevendrá el tan afamado estructuralismo francés y la narratología. Ambas, corrientes de las que voy a hablar en quince días.

agosto 27, 2008

Sí, pero no

Como mínimo exigible antes de pararse en un púlpito, los prelados de la religión deberían someterse a un curso de buenos modales. Desde que yo tengo memoria, son tan comunes sus yerros públicos, que lo verdaderamente asombroso es que las personas continuemos mostrando arrobo ante las barrabasadas que cometen los ministros de culto. Me refiero a la más reciente muestra de ceguera de algunos de ellos. De los católicos, que son los más abundantes en México.

En efecto, hace poco menos de un mes, en su publicación semanal se podía leer la reprobación de los prelados católicos a que las mujeres de nuestro país llevaran puestas prendas provocativas, empezando por las minifaldas. Los muy idiotas sugerían que tanta pierna al aire provocaba las hormonas de los machos libidinosos. Y esto podía ser el germen de los ultrajes sexuales. Al igual que a Alí Chumacero, a mí me encantan las piernas y los escotes de las mujeres pero hasta el momento esa afición visual no me ha llevado a violar a ninguna dama. Evidentemente, la afirmación de los religiosos revela una cortedad de miras que, no obstante, me resultó natural: pues las declaraciones de principios de la cúpula religiosa mexicana se caracterizan por su hilarante inoportunidad. Hasta los conductores de televisión (esos maniáticos defensores del orden de cosas establecido) se ruborizaron. En los noticiarios se hablaba de esta información religiosa no sin una callada pero evidente sorna.

Ahora bien, quizá este reciente episodio religioso no sea el mejor ejemplo para referirse a una actitud cavernícola que caracteriza a los tiempos que corren: tiempos del saber científico y objetivo, pero a la vez, tiempos de los prejuicios más recalcitrantes. ¿Quién puede negar que todo se lo debemos en alguna proporción a la objetividad de los descubrimientos científicos?, pero también: ¿quién negaría que toda la nueva carga de prejuicios patéticos es culpa precisamente de todo ese conocimiento inmaculado? Y es que a medida que la ciencia soluciona problemas prácticos como la salud, la tecnología, la aeronáutica o la transmisión de información por banda ancha, los hombres nos sentimos tranquilos y dejamos de razonar a propósito de las cuestiones más profundas. ¿A qué preocuparnos por superar nuestros míseros prejuicios, si basta con escuchar a la ciencia, que nos indicará cuál es el camino correcto?

No puedo dejar de pensar en el caso de un antropólogo que he conocido recientemente. Hombre de grandes espaldas y vientre prominente, el alemán al que me refiero es un tipo de cabeza rubia que ha viajado alrededor del mundo. Ha estado lo mismo en Europa que en Asia, en África y en toda la región Latinoamericana, incluyendo nuestro país. Adicionalmente, posee un doctorado en antropología por alguna universidad del centro del Viejo Continente. Pertenece, pues, a ese tipo de personas a las que te diriges con muchas precauciones. Me imparte un seminario sobre los temas ligados con la globalidad. Es el reflejo viviente de que me interesa dejar retratado.

De la situación me di cuenta luego de terminar una de sus clases. Los participantes nos habíamos pasado hablando de varias culturas odiosas en el mundo. Discutimos la conveniencia de que las mujeres en Medio Oriente deban llevar el cubierto el rostro con un velo para que nadie las pueda ver. No nos pusimos de acuerdo cuando hablamos del derecho que tienen los padres de familia en ciertas regiones del África para dejar concertada la boda de sus hijos tan pronto como éstos salen del vientre materno. Y nos enfrentamos duramente cuando hablamos de un caso mexicano: de la costumbre que aún prevalece en algunos parajes inhóspitos y que consiste en vender a los hijos a otra persona hasta que cumplen cierta edad. Desde luego, no llegamos a ninguna conclusión satisfactoria.

Pero lo que me inquietó profundamente fue que ni tanto viaje, ni tanto título, hicieran del alemán despojarse de sus prejuicios.

Después de hacernos ver la importancia de respetar la relatividad cultural (ésa tan publicitada por los propios antropólogos y en con base en la cual, defienden la permanencia de todas las culturas asesinas y cavernícolas que existen sobre el planeta), el alemán afirmó que la disciplina antropológica que él tanto defiende y que le da de comer, no ha logrado establecer que nuestra cultura occidental, respetuosa de los derechos de las mujeres en particular y del ser humano en general, sea superior a las otras culturas que venden esclavos y especulan con el cuerpo de las mujeres. Para la antropología, simplemente todas las culturas valen lo mismo. Por mucho que nos cueste, es la conclusión científica a la que se ha llegado.

Sin embargo, el ejemplo de prejuicio fue el suyo propio. Enseguida, nos dijo que para él todas esas explicaciones están muy bien pero son insostenibles. “¡Yo –se enfureció en su pésimo español— jamás respetaré a una cultura que maltrate a las mujeres, que venda a las personas!” Y yo, que no soy antropólogo, estuve de acuerdo con su explosión. ¿Pero él, para qué carajos es antropólogo si va a defender justamente lo contrario a lo que promueve la antropología? Mejor fuera que milite en alguna organización defensora de esos prejuicios que combate la antropología.

Solamente he hablado de dos casos recientes. Uno, los prelados religiosos con sus declaraciones de humor involuntario. Otro, el del antropólogo cuyos enormes prejuicios superan a sus vastos conocimientos. Son abundantes los ejemplos: el filósofo que ha descubierto la inexistencia de Dios, pero reza; el científico que le tiene miedo a los espectros que pueden habitar la negra noche; el biólogo que sabe todo del Sida, pero le impide a sus hijos pequeños traer preservativos. ¿Cuántos otros ejemplos hay? El problema de todos es que creer que la ciencia pueda llenar los huecos que deja nuestra escasez de sentido crítico. Y todo caso, prefiero a los políticos, cuyo arte es el de, mintiendo, convencernos y convencerse a sí mismos.

agosto 17, 2008

Secuestro en segunda persona

La noticia circuló en el pueblo con inusitada rapidez. Ya se sabe: pueblo chico, infierno grande. A los Del Conde los conocíamos todos. Yo cursaba los primeros años de primaria, y me encantaba Nancy, la más pequeña de la familia y dos años mayor que yo. A mí me gustaba mucho; ella ni siquiera sabía mi nombre. En cambio, su prima, Rocío, se moría por andar conmigo. Sin ser lo que hoy se conoce como millonarios, eran los rancios herederos de una pequeña fortuna conseguida por el abuelo en los tiempos de Don Porfirio. Siendo hacendado pulquero, el viejo se había hecho de extensiones de tierra que les permitían a los nietos seguir viviendo con holgura. Su casa era fabulosa, fueron los primeros en tener un coche Cougar, y recibían visitas de personas distinguidas. Todos les teníamos envidia y, precisamente por eso, le caían mal al pueblo entero. Sin embargo, la noticia del secuestro de Nancy fue una conmoción general.

Aunque años después se sabría que su padre habló con los periódicos para ocultar la noticia, el asunto se transmitió de boca en boca hasta el rincón más remoto. Y es que, salvo por las fiestas públicas que se ofrecían por la visita de algún político prominente, en mi pueblo nunca ocurría nada notable. Se decía que un carro detuvo a Nancy cuando ella salió de la casa de sus primas. Que se subieron a la banqueta para cerrarle el paso y la arrojaron en el asiento trasero. Que su bolso quedó tirado en el piso, junto con una pequeña mancha de sangre. De algún modo, el secuestro de Nancy nos insufló “vida” a todos. En las tortillerías se comentaba el asunto. “¿No se ha sabido nada?”, iniciaba una mujer. “¡Nada, fíjese!”, respondía la otra. En una sobremesa de la familia, llegué a oír un comentario ácido que me hizo marcharme con molestia disimulada: “Qué se me hace que se la robó el novio”, dijo una de mis tías maternas. Lo más descorazonador ocurrió una vez en clases. Durante unos honores a la bandera, el director pidió ¡un minuto de silencio por la memoria de Nancy! Pero qué despropósito, pensaba yo, con impotencia. Quién le había dicho a esa tipo que Nancy estaba muerta. Carajo, pobre de Nancy, pobre de su familia, pobre del pueblo entero que se veía en tales apuros.

Semanas pasaron antes de que volviéramos a tener noticia del secuestro. Desde la tarde del rapto, en todo momento había patrullas de policía aparcadas afuera de la casa. Un ir y venir de personas en carros muy nuevos. Incluso el presidente municipal, un regordete de gran bigote, había cesado al director de Seguridad Pública, a petición de los Del Conde. Pues para ellos, no nada de esto habría pasado si los municipales hubiesen detenido los carros de los raptores. De cierta forma, la vida de todos nosotros llegó a girar alrededor del caso Nancy. Pero un buen día, los investigadores cargados de aparatos y cables salieron de la casa y se metieron en sus carros. Vinieron camionetas de la policía, que se los llevaron por la carretera federal. Cerraron las puertas de la casa y no las volvieron a abrir en varias semanas.

Y nadie nunca supo nada. A sus compañeros de escuela, se nos hizo saber que Nancy no regresaría a clases y punto. Aun cuando nunca se organizó ninguna ceremonia fúnebre en la casa, toda la gente creyó que mi linda compañera había desaparecido para siempre. Nunca me volví a acordar del casi sino hace unos años en la Universidad cuando me hice novio de Rocío. Íbamos en el carro escuchando la noticia de un secuestro. Inevitablemente le pregunté qué había pasado con su prima. “Después ya nadie supo nada”. Le dije. “¿Qué pasó?” No sin tontos celos por mi antigua afición a su Nancy, Rocío accedió a contarme. A medida que escuchaba sus palabras, confirmaba que este mundo no es sino una mierda apenas soportable: “pero, pero cómo”, trastabillé. “Así como lo escuchas, y punto”. Cerró ella.

Una infamia. Después de pagar el rescate mediante un sistema de entrega que se realizó de noche en la espesura de un cerro, el papá de Nancy tuvo que protagonizar una escena tan dura como la de la Naranja Mecánica (1971) de Stanley Kubrick: un hombre, atado de pies y brazos, debe observar cómo unos tipos ultrajan sexualmente a su mujer. En el caso de Nancy, eran unos violadores con capuchas en el rostro que no permitía reconocerlos. Por si fuera poco, después de eso, tanto ella como su padre recibieron una golpiza que los dejó medio muertos. Sin fuerzas para bajar del monte, al siguiente día tuvo que subir un escuadrón por ellos, llevándolos de urgencia a la clínica. Pero la salud que corrió más peligro fue la de la madre. Después de recibir la noticia, la emperifollada mujer de rancho sufrió un ataque al corazón, cuyas secuelas la llevarían meses después a la tumba. Y presionado por las suspicacias del pueblo, el padre decidió mandar a Nancy a la ciudad. En donde estuvo recibiendo asesoría clínica. En una palabra, Rocío me hizo ver que después del secuestro, la familia Del Conde se fue al carajo.

Desgraciadamente, ni el secuestro de Nancy ni los 7 mil registrados oficialmente en México el año pasado, han hecho que ninguna autoridad ponga término definitivo a la cuestión. Que México ocupe, después de Irak, el primer lugar en secuestros a nivel global, es algo que ha tenido sin cuidado a los gobiernos. Fue necesario que un grupo de plagiarios vestidos de judiciales montaran, ¡a plena luz del día!, un falso operativo para secuestrar a un niño de 14 años. Tenía que llamarse Fernando y apellidarse Martí y ser hijo de un empresario allegado a periodistas y políticos. La familia tuvo que pagar 6 millones de dólares de rescate y recibir por respuesta el fiambre de su hijo en la cajuela de un carro. Hubo de ocurrir todo esto para que los detentores del Poder propusieran organizaciones investigadoras, penas de muerte, purgas en los cuerpos policiacos. Desgraciadamente, así ocurrieran cientos de casos como el de Nancy, a nadie le hubiera interesado hacer algo al respecto. ¿Es una fortuna que haya ocurrido lo de Fernando Martí?

agosto 08, 2008

El retorno maléfico

De la poesía Ramón López Velarde, dijo Octavio Paz:

"aunque ingenua o limitada, nada impide que veamos en ella algo que aún sus sucesores no han realizado completamente: la búsqueda, y el hallazgo, de lo universal a través de lo ingenuo y lo propio. La herencia de López Velarde es ardua: invención y lealtad a su tiempo y su pueblo, esto es, una universalidad que no nos traicione y una fidelidad que no nos aísle ni ahoge. Y si es cierto que no es posible regresar a López Velarde, también lo es que ese regreso es imposible precisamente porque ella constituye nuestro único punto de partida".

Palabras cuyo tino se constata no sólo en la "Suave Patria", sino magistralmente en "El retorno maléfico", cuyas primeras estrofas pudieran ser el himno de los transterrados, de los migrantes, o de los que sin vivir tan lejos de nuestros terruños, tenemos una reilación de amor-odio hacia ellos:

Mejor será no regresar al pueblo,
al edén subvertido que se calla
en la mutilación de la metralla.

Hasta los fresnos mancos,
los dignatarios de cúpula oronda,
han de rodar las quejas de la torre
acribillada en los vientos de la honda.

Y la fruslería grabó en la cal
de todas las paredes
de la aldea espectral,
negros y aciagos mapas,
porque en ellos leyese el hijo pródigo
al volver a su umbral
en un anochecer de maleficio,
a la luz de petróleo de una mecha
su esperanza deshecha.

Para los interesados no sólo en Ramón López Velarde (Jerez, Zacatecas, 1888-Ciudad de México, 1921), sino de todos los integrantes del Modernismo mexicano, sugiero la relectura, a la luz de la actualidad, de la Antologia del Modernismo (1884-1921) que preparara José Emilio Pacheco en 1970 para la Editorial Era, pero que hoy se puede encontrar en la Biblioteca del Estudiante Universitario, de la UNAM.

Como las islas


Hacía tiempo que no tenía tanta actualidad esa palabreja. O mejor dicho, ese par de palabrejas. Hablo de la inopinada presencia en todos los medios de comunicación del término “aldea global”. Los reporteros la usaron la semana anterior cada vez que transmitían por televisión algún asunto de la Conferencia Internacional Sobre el Sida. Celebrado este año en México, en el evento se estaba hablando de numerosos temas ligados con la prevención del VIH. Ojalá se hayan expuesto soluciones sensatas; hay que erradicar ese virus que ha cobrado tantas vidas. El caso es que al mismo tiempo que se realizaban las actividades oficiales adentro del Hipódromo de las Américas, había otras, alternas, en un recinto anejo al que las ONG´s participantes dieron en llamar “aldea global”. Pero éste término, que empleado en tal circunstancia querría referirse a la pluralidad sexual, originalmente quería decir una cosa distinta.

Se acepta que al investigador canadiense Marshall McLuhan (1911-1980) le adeudamos la implantación del término. Exhaustivo estudioso de los orígenes de la globalización, el autor de The Gutemberg Galaxy, aunó este par de palabras en 1962 con la intención de referirse a los cambios que sufren las sociedades a raíz de la vertiginosa aceleración que comenzaba a advertirse allá por los años 60 en los medios de comunicación. Hace casi medio siglo. En esa cada vez más distante época, McLuhan pronosticaba la radical transformación de las sociedades al tal punto, que la forma de vida de la humanidad entera se asemejaría más al de una pequeña aldea que al de un planeta de proporciones ingentes. Esto es: debido al progreso tecnológico, todos los habitantes, comunicándonos de manera casi instantánea por los cada vez mas modernos medios tecnológicos, íbamos a conocernos unos a otros.

Ese mismo año sale a la superficie del pensamiento universal una idea relacionada con la de McLuhan. La de “Sociedades de la Información”. Término que hoy tiene varios sinónimos: Sociedades del Conocimiento, Sociedades Post-modernas y Sociedades Post-industriales. La frase se la debemos al pensador vienés Fritz Machlup (1902-1983). La introdujo en su obra La producción y distribución del conocimiento en los Estados Unidos, cuya idea central era que la mayor cantidad de trabajo utilizaba básicamente información, en desmedro del esfuerzo físico. Era toda una revolución. Se asimiló como el paso de la sociedad industrial a, precisamente, la “sociedad de la información”.

Ahora bien, aunque ellos acuñaron ambos términos —ciertamente, señeros en lo que respecta a la globalización—, lo cierto es que fue el español Manuel Castells quien en 1999 habló por vez primera de un fenómeno que nos afecta directamente en los tiempos que corren. La llamada glocalización. “El término que debe entenderse como la articulación entre lo global y lo local desde una visión urbana, como una noción que hoy se aplica tanto a la economía como a la cultura”, explica la investigadora también española Sonia Fernández. Dicho de otro modo: es el momento culminante en que los individuos locales deben tomar sus decisiones fundados en conocimientos universales. “Piensa global, actúa local”, se escucha razonar a los miembros de Greenpeace, adictos al vegetarianismo y al yoga.

Evidentemente ni McLuhan ni Machlup se equivocaron en sus pronósticos. En efecto, tanto la idea de que el mundo se convertiría poco a poco en una “aldea global”, como la noción de las “sociedades de la información”, son cuestiones que se hoy pueden tocar con la palma de la mano. Vivimos ambas realidades. Desde hace unos cuantos años, el intercambio de grandes cantidades de conocimientos es posible gracias a los medios electrónicos, principalmente al internet. Se puede saber lo que está pasando en el otro lado del mundo sin siquiera levantarse del asiento. Basta encender el ordenador y aplastarnos a leer las noticias, a ver videos, y a expresar, si lo deseamos, nuestra opinión.

He olvidado quién dijo: “cuando tengo ganas de hacer ejercicio, me espero un rato hasta que se me pasen”. La cuestión es que soy un flojo y me uno a él. Sin embargo, aunque agradezco haber nacido en esta época de las sociedades de la información en que usamos menos los martillos que el intelecto, también apoyo a los que han puesto el dedo en la llaga de los efectos malignos de nuestra posmoderna forma de vida. A propósito, conviene pensar en la aldea global de McLuhan. Cierto es que no se equivocó el canadiense en sus previsiones, pero tampoco acertó por completo. Si pensaba que todo sería bueno en un planeta cuyos habitantes se pudieran comunicar no importando las distancias, estaba incurriendo en un pequeño error de cálculo. Pongo por caso a la sociedad gringa. Según las estadísticas, el 70 por ciento de ellos ¡prefiere realizar todas sus actividades por internet, que hacerlo físicamente! Y las mismas estadísticas informan que el mundo entero está emulando el ejemplo norteamericano. ¿A medida que internet nos facilita nuestras actividades, nos alejamos más del mundo real? ¿Es exagerado pensar que a mayor acceso a la comunicación, hay menor interacción entre los seres humanos? ¡Nos aproximamos a gran velocidad a una convivencia entre polos opuestos del planeta, al tiempo que se hace imposible la comunicación entre vecinos!

Nos ha tocado ser generación con más riqueza en conocimiento, pero con la más escasa interacción humana. Como buen pesimista, barrunto que nos acercamos a convertirnos en islas, con todo y nuestras abundantes cantidades de saber, pero islas al fin y al cabo. Solitarias islas perfectamente informadas. Exóticas, exuberantes, maravillosas islas incomunicadas.

A esta queja por la torpeza con que hemos desperdigado las posibilidades ofrecidas por la abundante información, había que agregar otro efecto lamentable de la globalidad: precisamente la tremenda expansión de esa enfermedad que la semana pasada se estuvo discutiendo en la “aldea global” instalada contiguamente al Hipódromo de las Américas.

agosto 03, 2008

Lost in Traslation

El siguiente texto de Eduardo Rabasa (responsable de la Editorial Sexto Piso), nos lleva rápidamente al hueso de lo que Roberto Calasso nombra "Provincial Imperalism". Pero no seré yo quien dilucide al respecto.

Morris Berman ha dedicado buena parte de su obra al estudio de la historia de la cultura, pero no como curiosidad intelectual ni tampoco como epifenómeno de la Gran Historia, sino como una historia más «real» (somática), que muy a menudo arroja una inopinada luz sobre las causas subyacentes a los grandes acontecimientos del discurrir de las sociedades humanas. Por ejemplo, en un reciente artículo vincula el comportamiento egomaniaco y desconsiderado de los asistentes a un simposio sobre cómo salir de Irak −ensimismados, hablando o contestando importantísimos mensajes de texto en sus celulares, levantándose y saliendo del cuarto cuando les daba la gana− con la arrogancia y soberbia norteamericanas que los condujeron a ese infierno en primer lugar.

Existe un fenómeno muy distintivo del mundo de la edición en Estados Unidos que es un fiel reflejo de cuestiones similares: el famoso e ínfimo 3% de libros de otras lenguas que se traducen y publican en aquel país, en comparación con un 25 ó 30% de otros como España, Francia o Alemania. Quizá una de las explicaciones más acertadas es la de Roberto Calasso, que con su término «Provincial Imperialism» alude a la inmanente creencia de que no necesitan leer literatura que provenga de otros idiomas, puesto que en todo caso sus propios escritores pueden imitarla con iguales o mejores resultados. Por su parte, el legendario Morgan Entrekin de Grove/Atlantic Press −quien, por cierto, no habla más que inglés− explicaba recientemente que de alguna manera para los lectores norteamericanos es más sencillo leer una historia de amor de un soldado durante la Guerra Civil −el best-seller Cold Mountain−, que los libros de un autor que él ha publicado sin éxito comercial como Lobo Antunes. Como nos dijera hace poco con mordacidad e ironía Phillip Lopate sobre las perspectivas de que otros autores que escriben en español pudieran tener un éxito similar al fenómeno que está siendo Bolaño en Estados Unidos: «Tranquilos. Sólo podemos con uno a la vez».
Milenio-Diario

agosto 02, 2008

Ley anti Wal Mart

Se ha puesto de moda defender públicamente a los libros y a todo lo relacionado con ellos, aunque en la realidad cada vez menos gente coja un tomo y se ponga a leerlo. Sin duda alguna fue a raíz de que el zafio presidente Fox vetó la Ley del Fomento a la Lectura y al Libro fundándose tan sólo en uno de los tantos ejemplares que circulan en el mercado, cuando los integrantes de la cultura nacional pusieron el grito en el cielo y se volcaron a defender a los libros. Pero desde de hace algunas semanas, cuando el presidente Calderón y los legisladores por fin aprobaron la tan mentada ley, el binomio libro-lector ha vuelto a cobrar interés.

Aunque desde el 30 de abril quedó aprobada esta ley, no fue sino hasta el 23 de julio cuando entró legalmente en vigencia. En un evento al que acudió la crema y nata de la cultura oficial, Calderón la promulgó. Aunque el consabido precio único a los libros —cuyo fin es que Wal Mart y sus descuentos no asesine a las pequeñas librerías— es el punto más polémico, este documento ofrece algunas otras curiosidades.

Básicamente se trata de obligaciones que deberá cumplir el gobierno, aunque también se incluye algún que otro asunto dirigido a los inmiscuidos en la cadena del libro, principalmente a los editores y vendedores. Por cuestiones de espacio, sólo voy a enlistar lo que encuentro más interesante. Así pues, desde ahora el gobierno está obligado a elaborar un Programa de Fomento para el Libro y la Lectura, sin olvidar establecer con claridad todos los detalles que se necesiten para su puesta en práctica. También deberá ocupar tiempos oficiales en los medios a fin de pasar comerciales promoviendo la lectura. Deberá crearse el Consejo Nacional de Fomento para el Libro y la Lectura, órgano dependiente de la SEP; por cierto que el secretario técnico de este organismo ya fue elegido… es el director de Conaculta, Sergio Vela. Y copio el polémico artículo 22: “Toda persona física o moral que edite o importe libros estará obligada a fijar un precio de venta al público… El editor o importador fijará libremente el precio de venta al público, que regirá como precio único”. Por último, la ley establece las únicas formas para poder encontrar un libro por debajo del precio único: debe tratarse de libros editados o importados con 18 meses de anterioridad, o: antiguos, descatalogados, usados, agotados o artesanales.

Al inusitado interés libresco que ha despertado esta ley, se suma el curioso ordenamiento del presidente Calderón. Ordenamiento consistente en dotar de unos 15 ó 20 libros a todas las viviendas populares que entrega su gobierno. Entre los libros se piensan incluir lecturas básicas. Un diccionario, guías de salud y alimentación, una constitución, un atlas geográfico, libros de historia de México. “Cosas elementales” y “fáciles de leer”, explicó el mandatario.

Ahora bien, desde que el 30 de abril este escandaloso documento consiguió burlar muchas animadversiones y fue aceptado por los legisladores, ha sido posible escuchar incontables opiniones tanto a su favor como en su contra. Para mi gusto, las más aburridas intervenciones las han hecho los defensores de la ley. Ya se sabe: todo defensor del orden de cosas establecido resulta odioso, infaliblemente; de forma que los escritores y libreros que consideran a esta ley un absoluto triunfo cultural no parecen sino adlátares del gobierno. En cambio, cuánto entretenimiento nos brindan los que, nada más nacer esta mentada ley, ya la han condenado. Me uno a ellos.

Pero no lo hago sumándome a los que creen que esta disposición está incompleta pero, al mismo tiempo, con reservado entusiasmo tienen la esperanza de que cambiará para mejor en el futuro. Y tampoco lo hago porque crea, como Paco Ignacio Taibo II, que esta medida va a incrementar el precio de los libros, lejos de abaratarlos en todos los puntos de venta. Tampoco me uno a los que barruntan, igual que Miguel Ángel Porrúa, la desaparición de las pequeñas librerías por la imposición de los grandes consorcios libreros. Aun cuando aplaudo su heterodoxia, creo que es otra la cuestión.

Hace poco más de dos meses escribí algo sobre la ley del libro. En aquella ocasión opinaba que, en el hostil contexto de nuestro país hacia la lectura, cualquier ley parecería una broma. También citaba la investigación de Fernando Escalante Golzalbo, A la sombra de los libros/Lectura, mercado y vida pública. Para el investigador, el remedio para el problema de las penosas estadísticas sobre lectura parte de aceptar la realidad, a saber, la de que la industria editorial se ha visto contaminada por la lógica del mundo del espectáculo. Uno de sus razonamientos consistía en que no tiene ningún beneficio el ensanchamiento del público consumidor; en conclusión, no puede menos que reconocer que el libre mercado se ha metido hasta en los huesos de la actividad intelectual, aun cuando la trivializa y la desdeña. Aquella ocasión, yo sugería la propuesta más hermosa. Que las editoriales regalasen los libros. Tal vez esa sea la única forma de que las personas se alleguen algunos. Pero esa propuesta era, después de todo, un réquiem para la batalla perdida de la lectura en nuestro país.

Hoy querría añadir otra explicación: en realidad, la ley del libro es no es otra cosa que una Ley Anti Wal Mart. Sí, fijando un precio único se prolonga la vida de las librerías de provincia a las que acuden personas alejadas del centro; pero evidentemente ningún decreto gubernamental va a incrementar las estadísticas de lectura: hasta el presidente Calderón lo admitió. Paradójicamente, su gobierno y los diputados piensan que pasando comerciales, organizando convites y promoviendo precios únicos, van a conseguir aumentar el número de lectores. Su preocupación debiera ser que todos gocemos de bienestar social y, después, si lo deseamos, tomemos un libro. Leer es un vicio, como cualquier droga, o no es. Al abstemio, ninguna bebida lo seduce; al que no lee, ningún libro a buen precio le interesa. Es triste ver que la actual moda por los libros provenga de una Ley Anti Wal Mart, y no del contagio colectivo del vicio de la lectura.

julio 29, 2008

Pegados a los aparatos

Era un adolescente. Cursaba la secundaria en un colegio salesiano cuando empezaron a ponerse de moda los teléfonos celulares. Y a mi colega R sus padres le compraron un negrito Startac, de Motorota. Hoy los vemos y rompemos en risa, pero en su momento eran unos aparatos flamantes. “¡Cuánto les habrá costado esa porquería!”, pensaba yo, retorciéndome de envidia. Como la situación económica de mi familia nunca dejó de ser apretada, fue imposible que yo tuviera una cosa de aquéllas. Quizá por eso los desprecio tanto. Lo cierto es que por semejante trauma y otros más que no debo mencionar, mis horas adolescentes las pasé volviendo la vista hacia mis telarañosos adentros. Lo que hice fue enfrascarme en la lectura. Definitivamente, era más económico coger un libro del estante que esperar a que mis padres ahorraran para comprarme un aparato que no iba a servirme de nada. Desde entonces, prefiero las horas de lectura empecinada a las engañosas bondades de la tecnología.

Por desgracia, esta situación me ha hecho pasar a formar parte de una minoría. No quiero ni imaginar en qué pudiera acabar la cosa si nos batiésemos los unos contra los otros. Los defensores de la lectura contra los defensores de las miniaturas tecnológicas. Para éstos sería tan fácil acabar con nosotros como para un pie aplastar una mosca.

Desde aquella mi remota pubertad he podido ver cómo la vida de la gente se facilita merced a los aparatos electrónicos. Hace por lo menos diez años que empezó a ser más fácil adquirir hornos de microondas, aparatos portátiles para llevar música, cámaras de video y fotográficas, computadoras personales y, entre otros electrónicos, desde luego que también los teléfonos celulares… Pero fue hace muy pocos años cuando la tecnología empezó verdaderamente a cobrar vida propia. Con la sigilosa aparición de Internet en los cibercafés de las esquinas, rápido todos tuvimos nuestros correos electrónicos y se universalizó el intercambio de información: las cosas han caminado a tal punto, que hoy el mundo se acabaría si un solo día llegara a faltar la señal del Internet. A partir de entonces, comenzó esta agridulce situación.

Es cierto que esta dependencia por la tecnología tiene matices. Pero también es verdad que no resulta descabellado hacer una generalización. Con ser distinta la situación de mi colega R, cuyos mejores amigos son sus aparatos electrónicos, a la de cualquier persona para quien la computadora o el teléfono celular no son más que instrumentos de comunicación, la tragedia es que cada vez son más los casos de personas adictas a la oferta de estatus que ofrecen las maravillas de la tecnología. Tal vez la búsqueda de estatus sea un caso tan viejo como la historia humanidad. Desde que tengo memoria, existen personas cuyos flamantes coches contrastan con sus pringosas casuchas: claro y evidente ejemplo de su sed de estatus. Algún estudioso de la conducta humana lo dirá mejor que yo. Comoquiera que sea, no se puede pasar por alto un ejemplo muy reciente.

Hablo de la aparición de un nuevo aparato telefónico. En absoluto me importan los teléfonos celulares. Nunca he estado al tanto de sus novedades. Si tengo teléfono es porque alguien se deshizo de él y me lo obsequió. Y difícilmente compro crédito para ponerle. Me parece deleznable andar preocupándose por las funciones que tienen los teléfonos portátiles. Posiblemente se trata de una envidia insuperada desde mis tiempos en el colegio salesiano, cuando R tenía su Startac. De hecho, fue por R precisamente que me enteré del nuevo teléfono.

Es el Iphone de nueva generación. Aunque se agotó por ventas con tarjeta de crédito antes de llegar a países como el nuestro y España, desde luego que mi querido R consiguió hacerse de una pieza. ¡Se vendieron un millón de esos en tres días! Si se acabaron tan pronto los teléfonos es por todas las cosas que tiene adentro. “Permite un acceso rápido a Internet, es muy liviano y más barato que el anterior”, me explicaba R, preso de felicidad, recién que nos encontramos haciendo fila. El modelo anterior salió a la venta en junio de 2007. En poco tiempo se volvió casi un objeto de culto y recibió un premio que lo designaba invento del año. Lo malo era su precio (casi 600 dólares) y que no estaba en venta en todos los países. El actual ya se vende en 22 naciones y cuesta menos. No duró ni una semana en los escaparates.

Por Internet me entero del furor que causó el teléfono en México. Todos los centros de atención donde vendían aparatos, parecían hormigueros el día que se puso en venta. En todas las ciudades del país. Y los que ya lo tienen no se conformaron con endeudarse comprándolo. Ya se pusieron a adquirir programitas en Internet para su aparato. Ya estarán contentos: van a poder escuchar sus canciones mientras pasa por la pantalla una lucha de la película Star Wars: todo sin dejar de hacer sus actividades. Caminando por la calle, conduciendo su vehículo, viajando por el Metro, trabajando en la oficina, haciendo el amor, comiendo en el restaurante, estudiando en el aula, practicando algún deporte.

He aquí el fondo de la cuestión. ¿De dónde viene la necesidad de poseer el nuevo Iphone? ¿De esa mencionada búsqueda de estatus? Cuando recién me encontré con R en la fila, llevaba los audífonos pegados a las orejas y no paraba de mandar mensajes a través de su teléfono celular, no me parecía que él buscara ningún estatus. Es distinto, algo más grave. Parece suplir sus carencias personales con las estupideces tecnológicas de su enajenante aparatito. Más víctima que culpable, el pobre. Lo tenía enfrente de mí pero lo sentía tan distante, llenas las orejas de la música estruendosa que salía de su Iphone y los ojos de los mensajes que recibía de su novia. Aunque estuvimos platicando cerca de media hora, no me prestó ni 2 minutos de atención. Vive sin vivir; está pegado a sus aparatos. ¿A cuántos he visto así? Eternamente agradeceré que mis padres no hayan tenido dinero para un teléfono, pero sí para mantener el librero lo suficientemente lleno.

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Desde chico tenía ganas de escribir un diario, o algo así. Pero era cosa de niñas. Este blog es lo menos afeminado que encontré.

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