El blog de Luis Frías

enero 28, 2009

Los hijos de Poe...



...así se titula el artículo de Fernando Savater que aparece en el "Babelia" más reciente de El País. Debo confesar que de unos días a esta parte me he abocado a la escritura de cuentos. Y se cumple un aniversario luctuoso importante para Edgar Allan Poe. Y cualquier lo sabe: imposible enforcarse a escribir cuentos sin releer a Poe y a todo lo que gire alrededor suyo. Por lo demás, encontré francamente hermoso el siguiente artículo de Savater:





De pocos autores puede decirse que hayan dado origen a un nuevo género literario, pero a Edgar Allan Poe se le atribuye a justo título la paternidad de dos: el cuento fantástico moderno y la narración detectivesca. Dejemos en esta ocasión a un lado a Dupin y su progenie de sabuesos. Poe introduce en literatura el virus hasta hoy felizmente incurable de una nueva forma de lo macabro y lo espeluznante, elementos ancestrales de los relatos desde que los primeros humanos se sentaron a escucharlos en torno al fuego recién inventado, mientras en la negrura circundante acechaban los tigres de dientes de sable y barritaban los mamuts. Sin duda el autor norteamericano toma algunos ingredientes para su pócima -la comicidad grotesca, los personajes caricaturescos y las visiones opiáceas- del inevitable E. T. A. Hoffmann, pero su receta es absolutamente personal. Para empezar, descarta las concesiones a la superstición, a la leyenda milagrosa y a los demonios de sacristía. Su pánico no viene de fuera sino que nace en el interior descreído del hombre moderno. Como bien aclara en el prefacio de sus Cuentos de lo grotesco y arabesco con orgullo de precursor: "Si el terror ha sido el tema de buena parte de mis obras, este terror no proviene de Alemania sino de mi alma".

En sus narraciones lo sobrenatural siempre es la prolongación de lo natural por otros medios: lo que desafía a las leyes de la naturaleza es la subjetividad que las interpreta y quisiera transgredirlas hasta sacudirse su yugo fatal. En la mayor parte de los casos los cuentos están narrados en primera persona para que el lector tenga menos escapatoria cuando llegue lo irremediable. Sus protagonistas llevan dentro de sí una grieta precursora del inminente desastre, como la fachada de la casa Usher. Por esa grieta penetran -o salen- los espectros encarnados del pavor. Pero no hay en dichos relatos concesiones a la vaguedad ni la incoherencia de corte romántico: son artefactos lógicos, de precisión clínica, en los que cada acontecimiento y cada detalle ambiental se encaminan a producir un efecto único y traumático. Por eso resultan inolvidables y hasta quienes menos aprecian sus recursos truculentos no pueden ya librarse nunca de lo que les sucedió al encontrarse por vez primera con el corazón delator o cuando conocieron al señor Valdemar.

Es difícil comprimir en pocas líneas la nómina de seguidores que tiene Poe, tanto entre los escritores como primordialmente entre los lectores, aunque naturalmente sólo puedo referirme con nombres y apellidos a aquellos. Los primeros estuvieron, por supuesto, en su propio país, como su contemporáneo de origen irlandés Fitz James O'Brien (su impresionante cuento ¿Qué era aquello? prefigura El Horla de Maupassant y las pesadillas de Lovecraft, ambos también discípulos del bostoniano) o Ambrose Bierce, el mejor de todos por su humor macabro y el trato familiar con fantasmas, que sólo igualará M. R. James. Después Baudelaire lo importa a Europa y así impregna a los mejores de cada país: Villiers de l'Isle-Adam, Gustavo Adolfo Bécquer (algunas de sus Leyendas cuentan entre lo más exquisito del género), Sheridan Le Fanu o el mismísimo Charles Dickens. Quizá el mejor heredero de Poe sea R. L. Stevenson, no sólo en la obra maestra Jeckyll y Hyde sino también en Olalla o Markheim. Después, Arthur Machen, El retrato de Dorian Gray de Oscar Wilde y la lista inacabable de los contemporáneos: Borges, que sigue la línea lógica y cosmológica menos frecuentada, Robert E. Howard (Palomos del infierno, La sombra de la bestia), Ray Bradbury, Julio Cortázar, Richard Matheson (¡aquella negra maravilla de tres páginas con que se dio a conocer, Nacido de hombre y mujer!), Robert Bloch, Jean Ray, Stephen King o buenos autores españoles como José María Latorre o Pilar Pedraza... Porque ¿quién de los que ayer o incluso hoy mismo de verdad cuentan no sigue la traza de Poe, es decir, su poe-ética?

Lamentamos que su vida fuese breve, como si supiésemos cuánto debe durar la vida de cada cual para realizarse plenamente. Y le compadecemos porque fue desdichado, atendiendo superficialmente a su neurosis, a su pobreza, a la pérdida temprana de su amada Virginia, a su alcoholismo... Demasiada presunción por parte de nosotros, los felices. ¿Desdichado? Nada sabemos del gozo sombrío de inaugurar esa alameda rigurosa y siniestra por la cual aún transitamos, con la jauría infernal en los talones. Quizá él nos espera, sonriente y verdoso, al otro lado.

enero 27, 2009

Sosa cáustica

Todos creen que esta historia comienza alguna fría madrugada en que, hecho un manojo de nervios, jaló por primera vez el gatillo y, lejos de entrar en crisis, sintió gran satisfacción al ver morir a aquel muchacho. Lo tienen por un maldito, asesino y violador de muchachas. Cierto que ha hecho todo eso y otras bajezas inenarrables. Pero, ¿qué importancia tienen las vidas de una retahíla de estudiantes mediocres, cuando está de por medio tanto poder? No hay que equivocarse tachándolo de criminal. No hay que quedarse cortos: es un epígono ejemplar de Maquiavelo. Y cuando el fin justifica los medios, controlar el poder absoluto admite asesinar, violar y todas esas lindezas que este hombre domina bien. En el fondo, es un verdadero artista. Cero cerebral, todo visceral. Un artista al que no le quita el sueño la nota musical perfecta ni el verso hermoso, sino el poder y sus consecuencias. Definitivamente, se equivocan los que ven en él a un asesino. Es un artista del poder eterno. Pues bien, su historia comienza cuando advirtió que nadie tenía los pantalones suficientes para plantársele de tú a tú. Así, el poder a punta de pistola, todo ese dinero sucio, la amplitud de sus dominios, todo eso, no son sino accesorios para alguien como él.

Nació un día de julio de 1955, en el municipio de Acaxochitlán, Hidalgo, muy cerca de Tulancingo. En el valle otomí-tepehua, allí donde hay tanta pobreza económica como abundancia en verdes terraplenes y árboles frondosos. En la página de internet de una de sus sucursales, se informa que hizo los estudios elementales en primarias y secundarias públicas. Conviene apresurarse diciendo que, después de hacer el bachillerato en la Prepa 2 de Tulancingo, se licenció en Derecho por la Universidad Autónoma del Estado de Hidalgo. También estudió una maestría en Criminalística y, para admiración de los lambiscones, le gusta decir que cursó un diplomado en Harvard. Nadie puede comprobarlo. Luego viene lo mejor, cuando presidió la Federación de Estudiantes Universitarios de Hidalgo, el Club de Fútbol Pachuca y el Sindicato Único de Trabajadores al Servicio de los Poderes del Estado de Hidalgo. Vaya rápida ascendencia laboral. Pero fue su paso por la rectoría de una universidad lo que lo dejó marcado.

Habilidoso con los puños y la pistola, la suya es una fama ganada con nervio indoblegable. Y es que si todos te saben criminal y tú ni siquiera te inmutas, habla de alguien con admirable sangre fría. Alguien cuyas miras llegan muy lejos. Aunque nadie se sorprenda ya, no deja de resultarme admirable que un matón de sus años juveniles se haya convertido en su madurez en rector de una universidad: para más señas, de la universidad de donde yo egresé. Testimonios sobran, pero hay los que se ufanan en endilgarle hazañas que, en realidad, no creo que haya tenido el seso de cometer. ¿Matar a unos cuantos revoltosos? Pasa. ¿Secuestrar camiones y utilizarlos para la francachela amiguera? ¡Por qué no! ¿Violar a una que otra muchacha hermosa, y compartir el botín con mis amigos? Pero si es lo más común en este mundo. Ahora bien, ¿secuestrar a cientos de escolapios y torturarlos en un cubículo secreto de mis dominios universitarios? Para qué carajos. O bien, ¿amagar al Concejo Universitario para que le diera el título de licenciado, en vista de ser un burro vergonzante? Hablaría de una universidad más bien mezquina. Creer en cualquiera de estas dos versiones resulta necesariamente fantasioso. Lo más probable es que esta suma de dislates haya hecho que alguien como él, llamado a la manutención del poder a costa de lo que sea, esté teniendo tantos problemas de un tiempo a esta parte.

Porque en abril de 1998 fue nombrado nuevamente rector pero renunció más tarde, y se lanzó con gran fracaso en busca de la candidatura del Partidazo para el gobierno del estado. Pero en las siguientes elecciones ganó una diputación federal. También fue nombrado Presidente de la Comisión de diputados y formó parte de la Comisión de Tecnología y Educación Nacional, por eso de su diplomado harvardiano. Fue entonces cuando hizo una de sus mayores jugadas (en virtud de la cual, se duda de sus capacidades juveniles para tanta rapacidad): creó una Fundación. Desde ella se impulsó rumbo a la siguiente candidatura para gobernador. Sin embargo, supo que todo había sido en vano cuando se la dieron de presidente del Partidazo. Maloso como siempre, se dedicó a boicotearle todos los actos de campaña al candidato, hasta que terminaron por defenestrarlo. Y para demostrar que tiene muchos, consiguió la diputación federal este año se le terminará.

Ahora bien, los últimos no han sido sus mejores años. Desde su curul se ha dedicado a escupir y patalear contra el Partidazo, su Partidazo. Y su universidad ha hecho públicas varias cosas que han puesto nerviosos a los que detentan el poder estatal: como que el gobernador no terminó sus estudios. La larga lista se corona con dos casos recientes. Por un lado, la negativa del poder para convertir en Partido su Fundación. Y en segunda, su demanda contra un escritor, porque éste publicó un libro donde no dice más de lo que todos le conocemos.

En su libro, Alfredo Rivera se refiere a él: “Estudiante sin brillo, líder por la fuerza de su carácter y la certeza de sus puños, hábil para crear alianzas, bronco comandante de sus subordinados, enemigo temible, se hizo dirigente estudiantil y desde el cargo inventó una nueva Federación de Estudiantes Universitarios de Hidalgo (FEUH). Utilizó a los estudiantes, protegió a los vándalos, amedrentó a los profesores, propició enfrentamientos y terror, cimentó su fuero sobre la fuerza de los golpes y de las armas. Todo con un fin: tener el poder".
Mal signo: un ex rector universitario y diplomado de Harvard que denuncia legalmente a un escritor por escribir la verdad. Pero después de todo, también lo más natural: es un artista cuya obsesión es el poder a toda costa. Por lo demás, todos sabíamos que lo haría: son famosas las hazañas malvadas que ofrece su sosa cáustica.

enero 15, 2009

Qué flojera

Con sus fiestas y todo, diciembre puede ser tan despreciable como cualquier domingo y su odiosa parsimonia. A los kilos de más en la panza y el trasero que nos heredan los excesos de fin de año, se vienen a sumar las fiestas de enero con los tontos regalos para los niños y las roscas de Reyes con champurrado en las oficinas. ¡Y qué decir de las deudas impagables que quedan después de esta parafernalia! Aquel verso resulta de gran encanto: “para los gatos todos los días son lunes, para los perros domingo”. Aunque nunca podré preferir la compañía de ningún felino por encima de un can de raza Labrador, lo cierto es que cada semana odio la duermevela de los domingos y cada año, su perfecto trasunto anual, que es diciembre. Dado el nefasto panorama para nuestros bolsillos que se extiende ante la vista de todos, conviene reparar en cuánta culpa tiene este odioso mes.

Y es que estamos muy equivocados. Por comodidad o por pereza, solemos creer a pie juntillas en lo que nos dicen los expertos sobre finanzas y política, por poner dos casos, antes que averiguar la verdad sobre lo que nosotros sospechamos. No creo ser el único en desear que los conocedores estén en un error en cuanto a sus trémulos vaticinios económicos para este año. (A los románticos solo les diré una cosa: que lance la primera piedra el que no se preocupe por el dinero.) Sin embargo, no se trata de descreer de las recomendaciones que nos invitan a no usar la tarjeta de crédito para adquirir deudas hasta en la peluquería. Qué carajos tuvo que suceder para que, absortos y confundidos, todos estemos rascándonos la cabeza en este punto de nuestra vida cuyo porvenir se adivina maldito: es una cuestión que tal vez podrán elucidar cabalmente los historiadores de la economía en unos cuantos años. Por lo pronto, hay que conformarse con buscar motivos en la feria de los dislates que, año con año, tenemos en este mes, el que sigue a diciembre.

Sucede siempre. En los últimos días del año, mientras todos se alistan para salir corriendo de la oficina y ponerse ropa holgada por varios días, los políticos que nos representan en el Poder definen las cosas más cruciales para todos. Mientras ellos aprueban y desaprueban leyes y presupuestos generales para el año que va a empezar, todos estamos desconectados de la realidad. La culpa no la tiene el descanso a veces harto indispensable. ¿Pero es imprescindible deformar el retozo en un ocio rayano en voluntaria oligofrenia mental? Resulta complicado definir qué es lo más triste del reposo decembrino: si el gozo auto inducido de tumbarse en la pereza total, o que los vendedores de cualquier producto se aprovechen de nuestro penoso estado mental y nos harten con novedosísimas idioteces que evidentemente no nos hacen falta.

Fue en una clase de antropología donde un investigador alemán de 2 metros y 140 kilos nos hizo ver a los estupefactos alumnos, que la culpa de los males no era sino nuestra. El grandulón aquel se desgañitaba gritándonos que perdíamos el tiempo en tratar de resolver las cuestiones de la vida. Nos ordenó que echáramos al cesto de la basura todas las idioteces que suponíamos. Nadie sino nosotros éramos los culpables de los males que nos abrumaban. No era la falta de dinero ni el hambre en el mundo lo que le preocupaba a aquel arrebatado alemán que venía de paso por el país. Lo que le enfermaba era que todos nosotros, viciosos de la ciudad y la dizque modernidad de la información, no aspirásemos a un futuro más allá del fin de semana y del pago quincenal. No se equivocaba cuando me gritó en el rostro, saliva de por medio, que la culpa la tenía nuestra aspiración al puro ocio. De modo que, cuando nuestros nietos nos inquieran por lo mejor que hicimos en nuestra vida, les responderemos inflando el pecho: haraganear.

Aunque se trata de una tradición que llevamos tatuada en los huesos de nuestra historia patria, es evidente que el mes de diciembre es la imagen perfecta –el pináculo de pináculos- de nuestras aspiraciones a no hacer nada que nos obligue a gastar calorías o a echar a andar los motores de nuestras neuronas. En un texto reciente para celebrar el medio siglo de su publicación, Alejandro Rossi trajo a cuento algo que se afirma en El laberinto de la soledad:

“Nuestro calendario está poblado de fiestas […] Cada año, el 15 de septiembre a las 11 de la noche, en todas las plazas de México celebramos la Fiesta del Grito; y una multitud enardecida efectivamente grita por espacio de una hora, quizá para callar mejor el resto del año. Durante los días que preceden y suceden al 12 de diciembre, el tiempo suspende su carrera, hace un alto y en lugar de empujarnos hacia un mañana siempre inalcanzable y mentiroso, nos ofrece un presente redondo y perfecto, de danza y juerga, de comunión y comilona en los más antiguo y secreto de México. El tiempo deja de ser sucesión y vuelve a ser lo que fue, y es, originalmente: un presente donde pasado y futuro se reconcilian”.

Pero lo que Octavio Paz describe con mexicanidad y serenidad, es lo mismo que aquí busco que despreciemos con no menos mexicanidad pero si con mucha más seriedad.

Aunque las cosas sean así y parezcan inamovibles, no deja de ser una muy mala suerte que los políticos tengan que aprobar el presupuesto general en diciembre, justo cuando ninguno de nosotros está ni siquiera se ha despejado los ojos de legañas. Y también que haya sido en diciembre cuando sucedió el estallido de la crisis, cuyos efectos hasta ahora, un mes más tarde, venimos a ver que son ciertos y nos ponen a temblar. Vaya momento en que, ¡ay tontos!, hemos pasado viendo, con anonadado amor hogareño, el pavo en el horno. Más que seguir reconfortándonos con la cercanía del fin de semana y con la seguridad de nuestro pago quincenal, debiéramos empezar a mandar al carajo todos esos hartazgos que, disfrazados de serenidad, trae consigo diciembre. Y aunque odie admitirlo, conviene empezar a ser menos como los adormilados perros, que como los nerviosos felinos, para quienes todos los días son lunes.

diciembre 07, 2008

Abogado del diablo Fuentes

No hace mucho, Mario Vargas Llosa afirmaba con graciosa crítica que el deporte nacional más redituable de nuestro país era hablar pestes de Carlos Fuentes. No sólo se trataba de cuestionarle su obra literaria cada vez más sumisa a los dictados del mercado editorial, sino lo que es más, que tomara posturas políticamente en complicidad con el Poder. ¿No se supone que un escritor debe ser como que heterodoxo por antonomasia? Era fácil advertir que la mayor parte de las apariciones de Fuentes tenían menos que ver con cosas literarias que con asuntos políticos. Y más o menos por las fechas en que Vargas Llosa afirmaba eso en su Diccionario del Amante de América Latina, Fuentes hacía declaraciones diciendo que Vicente Fox no pasaría a la historia como un pésimo ex presidente, pues en su sexenio el país no se había desfondado hacia el precipicio. Desde donde se encontrara, seguro Fox se arrepintió de no bautizar con el nombre de Carlos Fuentes la megabiblioteca Vasconcelos. Adicionalmente, los círculos de la izquierda no tardaron en escamotear cualquier pasado mérito literario de Carlos Fuentes. ¡Y cuando apareció criticando al embajador de Venezuela en México! Desde entonces Fuentes ha dado mucho que hablar, por no mencionar las celebraciones por su cumpleaños 80.

Éste ha sido el “mes Fuentes”. Hemos presenciado una desconsiderada, irracional celebración por un escritor importante, sí, y en todo caso imprescindible, pero fundamentalmente mañoso advenedizo en el mapamundi de la literatura mexicana e hispanoamericana. Con las fiestas de Fuentes pasa como con la Coca-cola: a la marca todos la conocemos y la consumimos sin cuestionamientos, de modo que la intención de la publicidad es enraizar nuestro gusto y adicción por el producto. Fuentes es igual a Coca-cola. En las últimas semanas, ¿quién no ha escuchado algo sobre el ochenta aniversario? Que una entrevista cursilona entre Fuentes y Monsiváis sobre sus películas dilectas. Que un intercambio de ideas con la titular de Educación (cosa que no es sino política). Que una firma de autógrafos. Y para mí, lo mayor fue el estreno de la ópera Santa Anna con libreto de Fuentes: el gobierno gastó 8 millones de pesos para el chistecito, esto es, lo equivalente a cientos de libros, obras de teatro, conciertos, exposiciones, becas, etcétera.

Lo dicho: Fuentes ha sido fundamentalmente acomodaticio en el Poder y el presupuesto.

No es casual que la crítica a Fuentes esté centrada en el maniqueísmo que, presente en su trabajo más reciente, no se veía en sus obras pilares. Su novela anterior Todas las familias felices (la más reciente, La voluntad y la fortuna, no la he comprado) es un compendio de maniqueísmos. La etapa juvenil de los protagonistas se parece mucho a la que aparecía en Las buenas consciencias. La madurez del ser humano es la misma que se presenta en La silla del águila, y por lo demás, el resto de la novela es lo mismo que se puede encontrar en Aura. Recuerdo mucho cuando el ácido crítico Rafael Lemus se dolía de tener que vituperar a Fuentes, porque después de todo es un escritor fundamental en la juventud de todos nosotros. Sentía obligación suya hablar mal de la obra de Fuentes, porque se lo merecía. Concuerdo totalmente y, a la vez, disiento.

De Fuentes se puede cuestionar indistintamente su ortodoxia política y su preocupación por el mercado, en desmedro del interés por la estética de las palabras. Se puede decir eso y mil cosas porque se trata de un intelectual. Y la hipócrita tradición sostiene que en los intelectuales recae la responsabilidad de guiar los gustos del pueblo y cosas así. Derechos como los que se arroga el crítico Christopher Domínguez Michael (alguno de cuyo trabajo me parece notable) cuando dice que la crítica literaria debe fijar cuál es y cuál no es el buen gusto. O cuando dice que un escritor se debe guiar por reglas infranqueables. Dijéramos: en defensa de lo inamovible. ¿Quién con neuronas no cambia durante su discurrir? ¿No es, pues, traicionarse a uno mismo continuar siempre sin cambios? Lo triste es que Fuentes ha cambiado para peor.

Como quiera que sea, mi intención es defender al autor varias de las novelas imprescindibles de las letras mexicanas. Aunque los menos duchos lo celebren por sus absolutamente predecibles Aura o La silla del águila, el secreto de Fuentes está en esa siempre novedosa La región más transparente, en la magnífica Terra Nostra, en sus Cuentos naturales. Hay que haber escrito algo del mismo nivel antes de atreverse a lanzarle insultos. Que eso no es lo cuestionable, sino su actitud acomodaticia, es algo cuya solución es en esencia simple. Fuentes es ya un viejo, y tengo la sospecha de que llega la edad en que las personas no quieren desaparecer sin alcanzar cierta gloria. ¡Y qué mejor si el gobierno de tu país te celebra a lo grande, echando la casa presupuestal por la ventana! El suyo es un defecto de vanidad, pero completamente comprensible.

Igual de vanidoso y celebrado que Fuentes, Mario Vargas Llosa seguramente se burlaba de los mexicanos cuyo deporte favorito la burla del novelista, porque también es un viejo y le gustan los homenajes. En realidad, ¿quién resistiría la vanidad de recibir todos los homenajes que se pueden soñar? Alguna vez, cuando aparecieron las obras completas y empastadas de Ricardo Garibay, se preguntaba Guillermo J. Fadanelli si los escritores aspiraban a ser leídos por personas inteligentes o, por el contrario, ser empastado en pesados tomos gruesos condenados a acumular polvo en los anaqueles de las bibliotecas. Suelo sugerirles a mis alumnos de la universidad que rayen los libros y arranquen las hojas que les interesen: la idea es que les pierdan ese respeto paternal que nos hace elogiar ciegamente a los libros. No dudo que actitudes parecidas aplaudiera Carlos Fuentes en sus años mozos, pero tampoco cuestiono que en sus años seniles prefiera ver su nombre eternizándose en los estantes polvosos, antes que arrancado por adolescentes infinitamente menos sabios que él.

noviembre 30, 2008

Por Elena Méndez

A Elena le debo varias: desde un ejemplar de mi documental, hasta una disculpa por no haberle contestado la llamada. !Pero en verdad no estaba en Ciudad de México! Andaba trabajando en las proximidades de Tula de Allende, Hidalgo. Espero que sirva de algo servir de transmisor de su más reciente reseña, publicada por la revista Siempre!

Claudia Apablaza
Diario de las especies

Elena Méndez

Estamos en la época de las novelas híbridas; de las novelas que se niegan a sí mismas, como Diario de las especies, de Claudia Apablaza (Rancagua, 1978), editada en México por Jus y en Chile por Lanzallamas.

Novela híbrida por reunir en ella características propias del ensayo. Por basarse en los recursos del ciberespacio: específicamente, la creación de un blog, titulado, asimismo, Diario de las especies. Dicho blog se constituye como un todo ubicuo y anónimo, pese a estar firmado por A.A. (Aurora Augé, heterónimo de Apablaza), aspirante a escritora de origen chileno, avecindada en Barcelona.

Resulta paradójico el hecho de que, si bien la red ha sido creada para comunicar a la humanidad, al mismo tiempo la aísla cada vez más. Así, la soledad de A.A. no deja de ser conmovedora: Especie de Bartleby recluida en una biblioteca que a su vez se halla dentro de otra, Barcelona, La Gran Biblioteca, como refiere que le llamaba su padre.

A.A. esboza, entonces, su poética sobre la novela, basándose en escritores que admira: Vila-Matas, Duras, Bolaño, Fresán… Niega teorías que da por superadas, como las del iceberg y la del knock-out, de Hemingway y Cortázar, respectivamente. Su mudanza a la Biblioteca parodia la idea woolfiana del cuarto propio.

La protagonista lleva otro blog, de manera paralela: mujerdegoma, compendio de relatos porno. Dichos blogs desatan enorme polémica entre sus lectores, algunos de ellos también dedicados a la literatura, como Personajefrustrado, quien comparte con A.A. el reiterado rechazo editorial a sus obras.

La permanente reflexión y búsqueda de la protagonista se entrelaza con el relato de su infancia, cuando era la niña de los sapos, exenta de tales preocupaciones.

En esta primera novela, Claudia Apablaza realiza un lúcido ejercicio sobre el rehusarse a la vocación para volver a lo humano. O, por qué no, a la condición animal. De ahí lo revelador, aunque enigmático, del título: Diario de las especies.

elcuerpodeldelito@gmail.com

Claudia Apablaza, Diario de las especies.
Editorial Jus, Serie: Contemporáneos, México, 2008; 160pp.

noviembre 23, 2008

Sospechas en caída libre

Cierto que los mexicanos somos especialistas en la sospecha macabra y, en consecuencia, el asunto ha dejado de ser noticia; pero también es verdad que se ha vuelto a poner de moda con los recientes hechos aeronáuticos de signo mortal. Baste hacer una encuesta rápida entre los miembros de la familia o los vecinos. ¿Fue accidente o atentado lo del secretario de gobernación? Desde luego, la mayoría, inclinada por la versión del asesinato calculado, tendrá versiones tan disímbolas como atractivas sobre los porqués del plan mortal. Que lo mandó acabar el propio Calderón o que fueron los narcos o —lo mejor— que sigue vivo en una isla exótica, son especies cuya lógica no tiene ningún desperdicio. ¡Y es que son tan verosímiles! No faltará cierto acartonado analista político que vitupere especulaciones irracionales como éstas. Comoquiera que sea, me interesa indagar en los posibles orígenes de estas divertidas sospechas.

Días antes del suceso, el padre del secretario de gobernación corría el riesgo de ser investigado por la PRG, porque presuntamente se enriqueció haciendo contratos con la española Repsol la cual, gracias a la reforma energética lograda por el difundo Mouriño, va a sacar pingües ganancias de nuestros fondos marinos. La otra versión, la de los narcos, ¿a quién le parecería descabellada? ¡Lo que sorprende es que no nos hayan matado ya a todos! O la tercera opción, que el secretario continúe vivo: aunque eso lo inventó alguien que ve mucho cine gringo, hay que admitir que después de todo, se trata de la sospecha más linda. Pero hasta el momento, no encuentro explicación más apasionante que la proporcionada por la ciencia de los signos: la semiótica.

Aunque los análisis semiológicos aparecen por primera vez hace más de medio siglo en un libro del vienés Ferdinand de Saussure, lo cierto es que no cobra vida hasta que aparecen los estudios de teóricos como Yuri M. Lotman o el famoso Umberto. Proponían cosas que de tan sensatas no parecían verdades científicas: pues estamos habituados a que todo cuanto tenga que ver con la Academia y no sea abstruso, simplemente no puede ser verdad. Pues la semiótica no funciona de esa manera: no complica las cosas porque sí. Desde Saussure, la idea de la semiótica es ser el equivalente académico de eso que solían recomendar las madres a las hijas casaderas: tener cuidado con las apariencias. Porque del mismo modo que el mozo más atractivo seguramente es el más hideputa, cualquier asunto de la existencia mantiene oculto su significado verdadero. Y hay que ir tras él.

Seguramente las madres le decían a las chicas: guárdate de aceptar invitaciones de ir de día de campo. Pues no sin razón, sabían que una invitación al bosque solitario era una invitación al fornicio desenfrenado —ya complaciente, ya forzado, cosa dependiente del temperamento del galán. En cualquier caso, las chicas no volverían de la excursión con toda la inocencia con que habían partido.

Sin esta mojigatería de por medio, pero a cosa parecida se referían Eco y Lotman cuando analizaron cómo se desempañaban los signos en la forma de comunicarse los humanos. Y precisamente la primera cuestión es que, al igual que el guapo mozalbete, los signos saltan a nuestra vista haciéndonos creer que significan una cosa que, en el fondo, no es la verdadera. Idiota pero práctico ejemplo: los señalamientos carreteros. La vaca del letrero cuadrado no es una vaca verdadera, sino la evocación del mamífero con el que, si te descuidas, seguramente vas a estamparte. O aquel letrero del peatón: no es un ser humano sino la imagen de verdadero ser que, en cualquier momento, se puede aparecer en medio del camino. Por eso hay que reducir la velocidad. He aquí la cuestión: lo que nos quiere decir la autoridad que puso esos letreros de vaca y de ser humano, es: ¡baja la velocidad ya!

Los letreros no son los que nos hablan, sino las autoridades que, por medio de estos letreros, nos dicen que bajemos la velocidad, so pena de encontrarnos bien con una gorda vaca lechera o con un niño que va cantando con la mochila a cuestas.

Ahora bien, en el arte toda esta cuestión cobra su verdadera complejidad. ¿Quién no ha ido al museo y ha salido mil veces más confundido que cuando entró? Si el título de la exposición “Desiertos hipotéticos” ya llamaba a la incomprensión, las fotografías de un cable colgando de un tubo o de una niña sonriente abriendo las piernas, acaban por ponerlo a uno histérico. Es más difícil penetrar en el significado de estas obras, porque se trata de significados más complejos de los que razonamos de ordinario en nuestras vidas mundanas. Así pues, al examinar la naturaleza semiológica de todas las cosas, Yuri M. Lotman llegó a esta afirmación: la complejidad de los signos es directamente proporcional a la complejidad de la información transmitida. No hay pues que preocuparse demasiado si, al cabo del recorrido por la exposición, no se ha comprendido nada: sólo hay que ver menos telenovelas y leer más filosofía.

De este modo, uno puede perder cuidado si en estos días vuelve a aparecer algún político en el noticiario, montando en cólera con disimulo porque todo mundo sospecha que el secretario de gobernación no falleció, sino que lo hicieron morir. Se puede contestar haciendo ver las explicaciones de Eco y Lotman.

Concedamos que la política es un arte. Como todo buen arte complicado —y muchas veces incomprensible— sus mensajes son un tanto herméticos. Y que se desplome el avión de tan ponderado personaje puede significar muchas cosas. Si lo hizo caer el gobierno: significa que había algo muy podrido. ¿Era lo del padre de Mouriño? Si lo tiraron los narcos: es que las cosas van normal. Y si anda disfrutando de lo lindo en una isla: es porque alguien del gobierno está viendo mucho cine gringo. Lo peor es que fuera un accidental desplome: en ese caso, ni siquiera Eco y Lotman descifrarían por qué el gobierno nos manda el mensaje de “mexicanas y mexicanos: no se preocupen, todos estamos jodidos; ya ven que ni nuestros mejores equipos sirven”.

noviembre 08, 2008

Albricias

Aunque Olmos pueda pensar lo contrario (es un gran pedante, pero en el fondo, es un gran amigo) me puse muy feliz al saber que obtuvo el primer lugar del Premio Nacional de Dramaturgia Manuel Herrera, como lo dicen las noticias:

El dramaturgo mexicano Enrique Olmos de Ita fue el ganador de la edición 2008 del Premio Nacional de Dramaturgia Manuel Herrera Castañeda, por su obra Job, firmada bajo el seudónimo de Pascual.

El concurso, que ha sido convocado desde hace 10 años por el Gobierno del Estado de Querétaro, a través del Instituto Queretano de la Cultura y las Artes, recibió en esta ocasión 59 trabajos que fueron revisados por el jurado, integrado por los maestros Germán Castillo, José Ramón Enríquez y Boris Schoemann.

Enrique Olmos de Ita nació en Llanos de Apan, Hidalgo, en 1984; se ha desarrollado como periodista cultural después de egresar de la Escuela Dinámica de Escritores que dirige Mario Bellatin y de la Universidad del Claustro de Sor Juana.

Dentro del teatro ha participado en talleres con Berta Hiriart, Luz Emilia Aguilar Zínser y Jorge Dubatti, entre otros. Fue crítico de teatro de Milenio diario.

Asimismo, ha obtenido varios premios y reconocimientos en Hidalgo, su estado natal, y ha sido finalista del Premio Nacional de Dramaturgia Joven Gerardo Mancebo del Castillo y del propio Manuel Herrera Castañeda, hace dos años.

Fue becario del Fondo Estatal de la Cultura y las Artes de Hidalgo (FOECAH), Programa de Apoyo a las Culturas Municipales y Comunitarias (PACMYC) y del Fondo Nacional para la Cultura y las Artes (Fonca), en el Programa Jóvenes Creadores y del Consejo de Artes y Letras de Québec, además de la Fundación Antonio Gala, en España.

Actualmente reside en el continente europeo desde donde vendrá para recibir el premio en efectivo de 65 mil pesos, y según es costumbre en la organización del Manuel Herrera, el apoyo económico para el montaje de la obra ganadora, así como la publicación de la misma, junto con las menciones.

En esta ocasión adicionalmente al primer lugar, el jurado decidió otorgar dos menciones honoríficas a los jóvenes dramaturgos Luis Iván Santillán, por su obra Malintzin, y Luis Arbesú, por Las éltimas.

Ni le muevan

Pareciera que a nuestros políticos les ha dado por parafrasear a Eduardo Haro Tecglen, el que sostenía que: “se empieza censurando la televisión y se termina por los poemas”. O bien, de modo aún más grotesco, saltan a la vista las evidencias de que estos seres han vuelto a adoptar la mexicanísima especulación filosófica del “a mí se me hace”. Como siempre, a esos hipócritas de traje oscuro las evidencias no les interesan y lo que digan las estadísticas y las ciencias comprobables les viene corto. Porque para ellos la única lógica valedera es la de sus cuentas bancarias y su fotografía en los periódicos. Poquísimos son los que dicen lo que piensan. “Los políticos ladran”, sostenía Ricardo Garibay. Por eso es francamente inverosímil todo cuanto les sale de la boca.

Cómo olvidar la vez de los condones. Los miembros de la elite política dieron un espectáculo bochornoso. Parecían no tanto los hombres con golden card y putas de lujo al alcance de su bolsillo; todo lo contrario: se asemejaban más a esas maestras de puericultura cuyo propósito en la vida es educar niños de bien, para un futuro con arcoíris y cielos azules… Pintoresco involuntario por los cuatro costados, el entonces secretario de Gobernación hizo el papelón de su vida. Pero lo más interesante es que seguramente él no ni siquiera se dio cuenta: “a mi se me hace que eso es mejor”, habrá pensado el señor cuando salió a reprobar que los condones y las pastillas anticonceptivas se añadiesen a la lista de medicamentos oficiales. Como si alguien con los cuatro tornillos lo fuese a respaldar. Que le haya dado su espaldarazo la jerarquía religiosa es la prueba más fehaciente de que sus palabras fueron un dislate. Después del presidente Fox, quedó como el segundo más tonto del sexenio. Se lo ganó, por fiarse a los dictados de su parecer.

Semejante, decadente espectáculo es el de ahora. A propósito de los narcos y las drogas. Un asambleísta del DF de estilo progre, propuso algo que previsiblemente todos recibirían frunciendo el entrecejo. La realidad es que su objetivo era no quedarse callado en medio de todo lo que está pasando en el país. Mas su malhadada sugerencia de legalizar la mariguana para consumo personal y para que se venda en pequeños e inocentes establecimientos yonqui, evidentemente no causó desató espaldarazos entre los demás legisladores. “A mi se me hace que nel, papacito”, les susurraba la voz de sus conciencias. De cualquier modo, el honorable legislador consiguió lo que buscaba en el fondo: levantar ámpula y estar en boca de todos. Tan lo logró, que ése es el propósito de la siguiente propuesta.

Después de mucho darle vueltas a las posibilidades que se tienen una vez legalizada la mariguana, creo que no conseguiríamos ningún provecho verdaderamente sustancial. Cierto lo que dice el diputado progre, él sí fundándose en las evidencias técnico-científicas de otros naciones de allende el Atlántico: que los precios se reducirían y, según lo muestran las evidencias, el narco vería reducidas sus ganancias. O sea: legalizar la mota es combatir al narcotráfico. De modo que no despenalizar el consumo equivale, de alguna manera, a consentir el tráfico ilegal. No pocos personajes públicos e intelectuales salieron a apoyar la propuesta. En el diario español El País, Carlos Fuentes razonó que despenalizar la mariguana no equivale a impulsar su consumo, sino a desincentivar su tráfico. Algunos hasta dieron explicaciones científicas de que el alcohol y la mariguana producen efectos similares, y todo eso. A favor de la propuesta.

En todo caso, lo único cierto es los arrestos del diputado. ¿No es acaso una muestra de verdadera valentía la de este hombre? Meterse con las ganancias de los narcos no es cualquier nimiedad.
Pero igualmente evidente es que combatir el poder de los narcos implica perder una de las joyas mexicanas más preciadas de los últimos tiempos. Y es que junto con los políticos de nuestro país, enriquecidos también de manera ilícita y también responsables de muchas muertes injustas, los narcos encarnan a ese personaje cuya existencia no podemos conocer sin sentir una mezcla de amor-odio. Que lance la primera piedra quien sostenga que no se muere de envidia por la mujer y el carro de tal o cual político gordinflón. Y quién juraría que no ha tenido el deseo de ir al volante de un auto exquisito, al lado de una rubia pornográfica y no tener límites en la tarjeta de crédito. Traer pistola. Mandar. Ser el jefe. Un Chingón. Un cabrón. Un hombre muy macho. ¿Quién?

Que me comprendan todos los consumidores de mota de este país, pero repruebo lo que ha propuesto del diputado progre. ¡Qué va a ser de nosotros ni nos quitan lo poco que tenemos! Los narcos. Sin ellos nada en este país sería lo mismo. Sólo los políticos se repartirían las inverosímiles (por ingentes) sumas de dinero. Sólo ellos podrían disfrutar de los placeres sibaritas que otorgan el poder y las posesiones. De modo que la propuesta del diputado es peligrosa para su salud por partida doble: porque los narcos y nosotros vamos a emprenderla contra él y sus colegas. Los narcos por obvias razones pecuniarias; nosotros, porque nos querrían privar del otro objeto de nuestro placer y admiración que es la chabacana abundancia en que nadan los narcos.

En contra de las especulaciones de los panistas y priistas que reprueban la legalización de la mariguana, no son menos irrisorias las evidencias que sostienen los perredistas y petistas que aprueban la despenalización. A los primeros “se les antoja políticamente arriesgado” votar a favor: piensan en los votos de las próximas elecciones. A los segundos “se les hace lógico, de acuerdo a las evidencias científicas”, y en, por tanto, aprueban con fe. En todo caso, lo cierto es que ninguno de esos políticos ha reparado en que, mientras no consigan que todos podamos vivir con el glamur con que lo hacen los narcos de nuestro país, sería peligroso atentar contra ese elemento de placer y adoración nacional.

octubre 12, 2008

Ciudad Nostalgia, empieza gira

Ciudad Nostalgia


El documental de Luis Frías y Balam Herrera, se presentará en las siguientes fechas:


Domingo 19 de octubre, 13:00 hrs.
Cine Auditorio de Ciudad Sahagún, Tepeapulco, Hidalgo.
Invitados: todos los viejitos que salen en el documental.



Martes 28 de octubre, 16:00 hrs.
Escuela de Artes de Real del Monte, Hidalgo.
Cabecera municipal Mineral del Monte.

Miércoles 29 de octubre, 19:00 hrs.
Teatro Guillermo Romo de Vivar.
Centro de Pachuca de Soto, Hidalgo.


Próximas fechas en la Ciudad de México y estados de la república, por confirmarse. Estén pendientes.

Espero que nos puedan acompañar.

Benditos narcos



Provengo de una ciudad singular. Antes de ser ciudad, no era nada. En efecto, antes de los años 1950, no había más que un interminable llano de duro tepetate: imposible encontrar mejor parangón que la Comala de Pedro Páramo. De hecho, para que la historia cambiara, fue preciso que se presentase un hecho coyuntural; de modo que el gobernador en turno y el presidente Miguel Alemán (ese gran pillo), mandaron construir fábricas metalúrgicas paraestatales en el llano, y a los pocos años aquello era una pequeña pero hermosa y moderna ciudad —al menos en mi infancia así me lo parecía. De este modo, un par de generaciones vivieron decorosamente allí, hasta que a fines de 1980 e inicios de los 90, la entrada plena de México al la Economía de Libre Mercado, orilló a que cerraran las paraestatales de mi ciudad. Desesperados todos, mis padres incluidos, salieron a buscar trabajo a otros sitios, abandonando las casas familiares. Empero, no pocos se refugiaron en la fácil salida que ofrecía el narcotráfico. Poco a poco, gracias al tráfico de drogas, la gente de mi ciudad recobró la tranquilidad perdida. Y hasta hace unos cuantos meses, la pequeña ciudad no había dejado de ser un sitio de absoluto sosiego. Se lo debíamos, hay que reconocerlo, al narco.

Algo semejante es lo que se ha documentado a propósito de los campesinos marginados que viven en las zonas más paupérrimas de Guerrero y Chiapas. Pienso en el caso de un grupo de agricultores detenido a punta de metralleta por miembros de la armada de México. La razón: eran acusados del delito de “daños contra la salud”. Y es que en una operación anti-narco, desde lo alto de un helicóptero un batallón de soldados observó que en medio de la sierra había la rareza de un grupo de campesinos sembrando flores hermosas. Se trataba de amapolas que los narcos los obligan a sembrar a cambio de jugosas pagas. Cuando fueron cuestionados ante el Ministerio Público, los agraristas respondieron que la falta de medios de subsistencia los había orillado a aceptar el ofrecimiento de los narcos. Su explicación no pudo ser más sensata: en vista de que nadie les compraba sus parcelas de maíz, trigo y frijol, mejor optaron por dedicarse a sembrar unas “flores bien bonitas” (campesinos dixit) que los narcos les compraban a buen precio, quincenalmente y sin fallas de ninguna especie. Ante tamaña lógica, los encargados de la justicia no pudieron menos que postergar cualquier pronunciamiento. Y es que, si bien los campesinos estaban coludidos con los narcos, ¿acaso era posible castigarlos por pretender no morir de hambre? Lo último que supe, era que seguían detenidos sin que el juez determinara su situación.

Pero los grupos consumidores quizás son los más favorecidos por la expansión del narcotráfico. ES la ley de la oferta y la demanda: a mayor oferta, los precios se abaratan y de dejan de ser prohibitivos para las clases trabajadoras. ¿Es preciso acudir a la antropología y a las demás disciplinas de la conducta humana para hablar de lo que es más que evidente? No sólo las familias han dejado de ser las antes y hoy por hoy es cada vez más raro hallar hogares tradicionales con padre, madre e hijos. La novedad es más interesante. Me lo dijo un guía espiritual. Vivimos en lo que el investigador polaco Zygmunt Bauman llama “consumismo” y cuya significado es “comprar o morir”. O sea: hay que adquirir el teléfono de última generación, el reproductor de música aquél, un automóvil que se desplace a la velocidad de la luz, y otras tonterías, so riesgo de ser el imbécil de la cuadra. Lo que me dijo aquel guía espiritual es que algunos, quizá los más razonables, simplemente se niegan a seguir atados a ese potro del consumismo tecnológico. Y por pereza quizás, la salida simple suele ser consumir drogas. Lo ha dicho en otros términos Guillermo J. Fadanelli, cuando sostiene que él prefiere a los personajes patéticos, por encima de los exitosos o prometedores. A su juicio, hoy todo está encaminado a hacer del hombre alguien exitoso; por eso, si no triunfa, se trauma y todo se jode. Es, pues, preferible asumirse como un perdedor y, a partir de eso, porfiar para hacer algo provechoso. Diría E. M. Cioran: “La obligación del hombre al despertarse: avergonzarse de sí mismo”. En una palabra, las drogas les han hecho menos mal que bien a los consumidores mexicanos, miembros de una sociedad sin posibilidad de llevarlos al estrellato del triunfo.

Últimamente, se ha criticado con acritud todo cuanto tenga que ver con los narcos. Todos sabemos de la campaña gubernamental para atacar frontalmente al elemento del narcotráfico. El gobierno y sus personeros han parloteado mucho con el fin de hacernos creer que el narcotráfico es el causante de la inseguridad que se vive en el país. Hasta el mes de julio, sumaban 2 mil 17 muertos a raíz de esta “guerra contra el narcotráfico”. Las cifras se repiten en todos los periódicos. Y el gobierno no se cansa de enviar comerciales por radio y televisión, en los que informa de los golpes que le asesta a la industria del narcotráfico. En cualquier caso, lo que más indigna a todos es la saña con que los narcos ultiman a sus víctimas.

Creo que toda esta alharaca es completamente engañosa. Yo no estaría tan seguro de tachar con calificativos desagradables a las personas de mi ciudad natal, que se vieron orilladas a hacer las veces de traficantes de droga: no sabían hacer otra cosa que piezas de fierro, pero el gobierno mandó cerrar las fábricas donde antes podían trabajar. Tampoco me atrevería a decir que aquellos campesinos de Guerrero son flojos por haber decidido cultivar amapolas más rentables que maíz y frijol de excelente calidad que, no obstante, nadie les quiere comprar. Y lo que es más. Que crezca la estadística de consumidores droga no me parece nada malo. En realidad, el problema es éste: los que toda la vida permitieron el crecimiento de este alacrán lo quieren matar cuando ha cobrado mucho poder. Sólo un insensato no prevendría que su reacción iba a ser furibunda.

octubre 05, 2008

Contra los camorristas


Aun cuando en el medio mexicano ha cobrado cierta presencia el reciente trabajo del italiano Roberto Saviano, Gomorra: un viaje al imperio económico y al sueño de la Camorra, no es mi intención referirme a sus apasionantes personajes. En efecto, este largo ensayo ha resultado fascinante no sólo para los mexicanos sino para los latinoamericanos merced, a mi parecer, a las grandes semejanzas que guarda nuestra realidad hispanoamericana con la de la península italiana. Por describirlo rápido, el libro es el resultado de una investigación sobre las mafias de la camorra del sur de Italia. Caso saliente que se menciona es la forma en que proceden los mafiosos para falsificar ropa de diseñador: a esclavos que hacen traer de China, los ponen a trabajar en las maquilas latinoamericanas —donde se memorizan las plantillas base para hermosas prendas—, y los traen de regreso para producir a gran escala falsos pero idénticos vestidos espléndidos que montan en los aparadores de las avenidas de moda. ¿No se parecen bastante los mafiosos italianos a los narcos latinoamericanos? Nuestros narcos son hábiles para esclavizar niñas de etnias oaxaqueñas y mandarlas a pie a Estados Unidos, no sin antes hacerles que se embuchen bolsitas de cocaína. Pero no voy a hablar de los narcos ni de este tipo de camorristas.


Pienso repudiar a esa desagradable grey que se puede encontrar en todas partes. Encarnan a una de las grandes paradojas de la vida moderna. Al mismo tiempo que los valores del multiculturalismo y la tolerancia se vuelven, por fortuna, en moneda corriente de la vida en la actualidad, también persisten los atavismos lastimosos de esos, de los camorristas. Yo no creo que en el presente haya más homosexualidad y menos valores que en épocas anteriores; ocurre que hasta hace poco seguíamos siendo tan imbécilmente intolerantes, que nos negábamos a ver la realidad. El actual ambiente de apertura (aparente, quizá) ha permitido que todo mundo abra las puertas de su clóset: los homosexuales, las feministas, los ambientalistas, los de sexualidad relajada, los conservadores más herméticos, etcétera. Es la peor época para machistas y sacerdotes: no pueden tapar la evidencia: son parte del pasado ellos y todos sus dogmas empolvados. También es la peor etapa para ellos, para los camorristas; al estar hechos de arcilla cavernícola, explotan ante cualquiera de las actuales cosas que les desagraden.


Quien frecuente los tugurios, sabe a qué seres me refiero. Recientemente, tomando una cerveza en cierta cantina de Pachuca, me topé con uno de ellos. No directamente, pero al menos lo presencié cerca de mí. No lejos de mi mesa, estaban los tres parroquianos —albañiles o cargadores de algún mercado. Nadie les había prestado atención alguna, hasta que voló por los aires una botella de Corona. Un alfeñique de camiseta sin mangas estaba encima de otro, dándole de puñetazos. Sin interrumpir mayormente a nadie, el grueso barman tomó al enjuto albañil y lo echó para afuera. El rato siguió bien y salí un par de horas más tarde, en cuanto acabó el partido el futbol en el televisor. Mientras le largaba un billete al grueso hombre de la barra, se iba tambaleando hacia el sanitario uno de los albañiles. Cuando me dio el cambio, le pregunté al hombre qué había pasado con aquéllos. “Uno —me dijo—hizo gestos que al otro le hicieron acordarse de algo, y entonces le dio de puños”. Sin duda, un camorrista.


Más habitual aún, es el caso de los que andan atrás del volante. Los mal llamados energúmenos al volante, en realidad no son sino una clasificación más de camorristas consuetudinarios. Consumados malos conductores, estos camorristas son los que aprietan el acelerador a fondo cuando advierten que el disco del semáforo está por pasar de amarillo a rojo. No tengo nada en contra de los que viven de andar al volante todo el día, empero, son ellos los principales camorristas. ¿Tantas horas diarias manejando una pesera o un microbús lo harán a uno más propenso a armar camorra? Son ellos los que aprietan con desenfreno el claxon en la fila del semáforo, aun cuando éste siga en rojo. Son los que se frenan en medio del periférico para subir pasaje, sin importarles que atrás se aproximen carros toda velocidad. Pero no hablo con clasismo en la boca: de carros lujosos también descienden camorristas. Si el chofer de micro tocó el claxon impertinentemente, desciende el tipo del Mercedes Benz, pistola en mano, y le apunta al rostro, poniendo los pelos de punta de todo el pasaje. Tan terco el uno, como desaforado el otro. Ambos, igual de camorristas.


No es mi intención hacer un recuento de la variedad de camorristas, ni detallar punto por punto los rasgos esenciales de su naturaleza. Basten estos dos casos para cobrar conciencia de lo imprescindible que es tomar cartas en el asunto. Hay que acabar con esos seres desagradables. La mejor medida será la que cada camorrista se merezca: habrá quienes se enderecen con un simple correctivo; habrá otros que necesiten conocer el sabor de la peor tortura. En todo caso, hay que hacer por acabar con esos especímenes que, con fortuna escurridiza, han conseguido pasar por alto todo tipo de civilización, desde el Medioevo (del que provienen), hasta nuestros tiempos (en los que están permanentemente fuera de lugar).


Tuvo que pasar años de elucidaciones filosóficas para que en El perfil del hombre y la cultura en México, Samuel Ramos diera carta de naturalización a lo que todos sabíamos: que por tradición, los mexicanos manifiestan su machismo mediante frases como “tengo muchos güevos” o “yo soy tu padre”… filosofía de principios del siglo pasado, después de todo. Para los que ven con idilio al México bronco pero bonito de, por ejemplo, el cine de oro, los camorristas les hacen evocar con ternura aquellos tiempos. Para los que apreciamos el poder de la violencia en la literatura, en otro sentido, los camorristas son invaluable materia prima para la ficción. Pero en la vida real, no hay seres más indeseables que ellos. Alguien sensato debería estudiar la posibilidad de traer a los otros, a los camorristas italianos, para que vengan y “visiten” a éstos, a los camorristas mexicanos.

Espiral 19

En la revista que edita mi amiga Elena Méndez desde Sinaloa, puede leerse un ensayo mío: "La tele cultural, de Octavio Paz a La Dichosa Palabra". Espero que tengan un rato de ocio para leerlo.

septiembre 28, 2008

El arte de la hipocresía

En Las buenas conciencias, Carlos Fuentes hace alguna que otra afirmación cuya vigencia es incontestable. Retrato de la hipócrita y acomodada familia Ceballos de Guanajuato hacia mediados del siglo mexicano anterior, la novela puede entenderse, ay, como el vivo retrato de ciertos personajes de nuestro siglo 21. El narrador mantiene la idea de que las familias provincianas se regodean siempre con pasas la tarde en derredor de la mesa, desgranando las vidas de los otros… ese desagradable vicio de hablar de los demás, sólo porque sí.

Más notoria aún, es la sensación que se nos queda una vez leído el relato de la familia Ceballos. Me refiero a la toma de conciencia de que, ciertamente, todos practicamos la hipocresía con denuedo. Tal como los Ceballos, pregonamos principios y valores ñoños en la calle, pero practicamos cosas distintas, si no contrarias, en la oscuridad de nuestra vida privada. Ha pasado medio siglo desde que en 1959 este librito vio la luz y, sin embargo, no ha perdido ninguna vigencia.

Algunas cosas dignas de repudio me han sucedido en el pasado reciente. Las más desagradables han sido las que tienen que ver con los políticos. No he podido por menos que recordar la frasecita de Groucho Marx. “La política es el arte de buscar problemas, encontrarlos, hacer un diagnóstico falso y aplicar después los remedios equivocados.”

La reunión tuvo que ver con algún tema de carácter cultural. El político, candidato a un cargo público, hizo algunas de las promesas que hemos escuchado desde hace varias décadas. Que aumentar el presupuesto para Cultura. Que contratar los servicios de especialistas en el ámbito creativo. Que dar estímulos a los creadores y aumentar la difusión… En una palabra, no dijo nada. Lo interesante pasó una vez que concluyó la estirada reunión. Durante las copas de vino tinto, el sujeto se mostró tal cual era. Opinó sin tapujos sobre pintura, escultura y literatura. Y habló mal de “esas nuevas cosas”. Se refería al arte experimental. ¿Por qué no dijo lo mismo en público, ante la mayoría? El hipócrita sabe que va de por medio una raja política que se le puede escapar de las manos.

De los políticos, hipócritas por naturaleza, es comprensible su variedad de normas morales para cada evento al que acuden. No así de quienes nada tenemos que perder al decir lo que pensamos. Y, sin embargo, prevalece con fuerza la preferencia por la ciega, irracional y homogénea corrección política. Esto es, no decir lo que creemos, sino lo que las normas morales sugieren que digamos.

Por ejemplo, hace algunos años en México se supo del caso de las Poquianchi, unas prostitutas que tenían un burdel allá por el rumbo del bajío. Las malvadas explotaban a muchachitas que, si por algún descuido quedaban encinta, sabían que les restaba poco tiempo de vida: las Poquianchi las asesinaban, y enterraban sus fiambres en las proximidades del solitario burdel. Un hecho escandaloso del que la sociedad se enteró, pero semejante al cual, sospecho que existen muchos otros. El caso es que Jorge Ibargüengoitia escribió al respecto una novela, Las muertas, y, durante el evento de la presentación, un hombre se levantó encolerizado a reclamar por qué el maestro había dicho mentiras. Frío inteligente, Ibargüengoitia le respondió cabal: le sugirió que leyera la primera página del tomo, donde está escrito que se trata de una novela de ficción. ¡Como si los escritores no tuvieran la libertad de escribir ficción, echando mano de cuanto les venga en gana! Para mí, el reclamo de aquel energúmeno era el colmo de la intolerante corrección política.

Más reciente aún, es el caso famoso del austriaco Josef Fritzl. El ingeniero de 73 años hallado culpable de haber encerrado en el sótano de su casa, en la ciudad austriaca de Amstettem, a su hija Elisabeth durante 24 largos años, de haberla violado sistemáticamente y de haber tenido con ella siete hijos. Morboso por sí mismo, el caso hizo recordar el de la niña Natasha Kampusch, a quien su secuestrador mantuvo encerrada por ocho años en la mazmorra de su casa, en la capital austriaca de Viena. Cuando la niña consiguió escapar del cautiverio, el captor se suicidó con el viejo método de arrojarse a las vías del tren.

Como ambos sucesos tuvieron lugar en el mismo país, hubo comentaristas que lanzaron la hipótesis de que la sociedad austriaca atravesaba por graves problemas de identidad y que los valores se estaban desmoronando. ¡Corrección política mezclada con estupidez! Los comentaristas no hacían más que decir, con palabras grandilocuentes, lo que toda la anonadada gente del mundo tenía ganas de oír. Pero mantener que la tradición de la sociedad austriaca se resquebrajase porque dos sujetos gozaban de placeres non sanctos, es una inquietante falta de elocuencia.

En La máquina de follar del sucio Charles Bukowski, existe un cuento, “El malvado”, cuyo protagonista, Martin Blanchard, atisba desde su casa a una hermosa niña que juega en la calle, llevando una faldita y se le asoman las bragas de volantes. Como todos los personajes de Bukowski, Martin era un viejo sucio con barba de cuatro días. Salió hacia ella y la violó. Después, llegó la policía y se lo llevó a la comisaría, pero ni así se arrepintió de lo que había hecho. La narración es depravada como toda la literatura de Bukowski, pero hay que admitir que logra convencernos del placer que puede despertar un acto como el de Martin Blanchard.

Supongo que algo semejante le ocurrió al viejo de 73 que decidió ultrajar sistemáticamente de su hija durante 24 años ininterrumpidos, procreando con ella 7 hijos. Por asqueroso que resulte, nada impide pensar que para el anciano no existía placer más grande en la vida que el de tener relaciones con su hija. Y no es imposible que la niña Natasha Kampusch haya sido el objeto más preciado por su captor, al punto de que éste la quiso para él solo, durante ocho años.

No se comprenda mal. No defiendo a ninguno de los dos, ni a Martin Blanchard, pero tratemos de meternos en sus zapatos. Pertenezcamos de verdad al siglo 21, y no a Las buenas conciencias de hace medio siglo.

septiembre 22, 2008

D. F. W.

Acaso porque recientemente perdió la vida como lo solían hacer los poetas de la generación beat o como la muerte encontró a Marilyn Monroe —aquéllos, en medio de una sobredosis de LSD en una habitación de hotel; ésta, tendida con un frasco de barbitúricos en la mano y el teléfono descolgado—, se ha prestado más atención a la anécdota desafortunada de su fallecimiento, que a lo que se debe hacer cuando muere todo escritor: recordarlo no sino por las palabras que dejara escritas.

Efectivamente, desde la fecha de su muerte, acaecida hace unos cuantos días, se ha machacado bastante a propósito de las circunstancias en que fue hallado su cuerpo sin vida. De acuerdo con la policía de Claremont, Californica, donde residía desde hace algunos años, el escritor fue hallado muerto por su mujer. Cuando Karen Green llegó a casa encontró el cuerpo yerto de su marido, quien tenía un cordel atado alrededor del cuello. Se ha especulado insidiosamente sobre las causas de su suicidio: y algunos escritores yanquis han dicho que desde siempre su personalidad tendía fuertemente hacia la depresión y, naturalmente, eso lo llevó a suicidarse.

Especulaciones aparte, hay que decir que David Foster Wallace y su obra siempre se mantuvieron firmes en materia estética y política, ante los abrumadores cambios y modas que se presentaron en Estados Unidos durante los últimos años. Y es que al revés de escritores norteamericanos de gran renombre que también han perdido la vida en fechas no tan pasadas, la vida y la obra de Foster Wallace nunca coquetearon entre uno y otro vaivén político, y él jamás aspiró a otra cosa que a ser mejor escritor cada día. De este modo, firmeza y lealtad no cobran el significado de lo que pudiera pensarse: de arcaísmo. Firmeza política y estética eran en Wallace, cosa curiosa, las armas cuya constancia lo hacían ver renovado y refrescante.

Mentiría si afirmase que seguía de cerca constantemente la obra literaria y periodística que Wallece sacaba en revistas y en periódicos, pero lo cierto es que hace algunos años leí con mucha atención su segunda, fabulosa novela Infinite jest –La broma infinita, 1996- y sus recientes crónicas políticas que le publicaban en la edición en inglés de Rolling Stone.

En rigor de verdad, Wallace, de 46 años al momento de su fallecimiento, se dio a conocer con su primera novela aparecida en 1987, The Broom of the System (La escoba del sistema, imposible de conseguir traducida al español), pero saltó a la fama internacional en 1996 con la publicación de Infinite Jest, una parodia futurista de Estados Unidos ambientada en el año 2025 con los personajes de una academia de tenis (deporte que practicó con fortuna el propio autor) y un centro de rehabilitación para drogadictos. Mediante esta novela, Wallace se convirtió en un escritor-periodista de culto para muchos de los integrantes de mi generación. Indiscutiblemente, la obra, de más de mil páginas, es la empresa experimental más osada que acometió el autor nacido en Nueva York en 1962.

Entre otras obras suyas figuran también las colecciones de cuentos La niña del pelo raro (2000), Entrevistas breves con hombres repulsivos (2001) y Extinción (2005); además de los libros de ensayos Signifying Rappers: rap and race in the urban present (1900), Algo supuestamente divertido que nunca volveré a hacer (1997), Up Simba! (2000), Everyting and more (2003), y Hablemos de langostas, (2007).

Ahora bien, a decir verdad Wallace no era un autor demasiado conocido entre el público latinoamericano, mexicano e hidalguense consumidor de literatura escrita en inglés. Mi pretensión es que esta pequeña lista de sus obras icónicas –algunas de las cuales se pueden conseguir en español, en ediciones aceptables— sirvan de guía básica para acercarse al hoy fallecido autor neoyorquino.

En medio del pequeño revuelo que se armó por su muerte, no sin razón se comentó esto en la prensa gringa: “Era uno de los escritores más influyentes e innovadores de los últimos 20 años”, aseguró el crítico David Ulin en declaraciones a Los Angeles Times. “Wallace recuperó la novela como una especie de lienzo donde el escritor puede hacer lo que quiera”.

Mi primer acercamiento a su obra fue por medio de un círculo de amigos interesados en la literatura estadounidense de la segunda mitad del siglo 20. En realidad, empecé leyendo con gran placer las malhadadas aventuras alcohólico-pornográficas de Charles Bukowsky y continué por los poetas beat, además del imprescindible John Fante. Las lecturas fueron tomando su propio rumbo, hasta encontrarme con autores mucho más jóvenes, entre ellos a David Foster Wallace.

Los textos suyos que leí más recientemente son los que aparecían en Rolling Stone. De un tiempo a esta parte, él era el responsable de hacer las crónicas de todos los eventos del candidato republicano a la presidencia de EE UU. No sin humor negro, pero centralmente con una inteligencia incapaz de no desnudar la realidad más profunda de las cosas, Wallace escribió las que seguramente fueron las mejores crónicas de la contienda electoral que está teniendo lugar en EE UU.

Desearía que la morbosa forma en que Wallace perdió la vida el pasado 12 de septiembre, quede como una anécdota sin ningún tipo de interés para todos nosotros. Por qué se decidió ahorcar, es cosa suya. ¿En realidad, para qué seguir viviendo? Hay que empezar por leer todo lo que nos ha legado y desconocemos.

septiembre 15, 2008

Estructuralismo francés y Narratología

Éste es el segundo de los 9 ensayos que prometí a propósito de las Corrientes Teóricas Literarias del Siglo 20:



Mario Vargas Llosa, autor de Los Cachorros





Si las corrientes teóricas en el XX tuvieron comienzo con el Formalismo Ruso, cuyos exponentes (Shklovski, Tianinov, etcétera) se preocupaban exclusivamente por la función que desempeñaban los elementos de una obra al interior de ésta, más adelante se desarrolló un círculo de pensadores (Jakobson, Mukarovskyy, entre otros, convencionalmente asociados al llamado Círculo de Praga) que mostraron un arduo interés por estudiar las obras literarias ya no de forma funcional y atemporal; su preocupación era de naturaleza diacrónica, organizativa, acumulativa. Pretendían establecer las relaciones de todas las obras de un mismo género, desde el fondo de los tiempos hasta el más novísimo ejemplo: evidentemente, era una espeluznante, enloquecedora empresa. Se trataba de una preocupación por hacer formalmente una ciencia de la “historia literaria”. Y más allá de los errores o logros de esta pretensión, debe hablarse de los frutos inmediatos que rindió este impulso. Se estableció una nueva forma de pensamiento, la cual se expandió ejemplarmente, hasta alcanzar los límites de ciencias varias ciencias sociales y del comportamiento humano. En efecto, el llamado “estructuralismo” haría historia entre sociólogos, antropólogos, historiadores, filósofos, filólogos, etnólogos y, por supuesto, lingüistas y escritores.

Pero entre los teóricos que nos interesan más a efectos prácticos, baste mencionar a Roland Barthes, Tzvetan Todorov y A. J. Greimas.

Ahora bien, conviene empezar hablando del estructuralismo sin hacer referencia directa a él. Y es que, desarrollado fundamentalmente desde la Academia Francesa hacia la década 1940, el estructuralismo no nace, dijéramos, de la nada. Sus principales antecedentes se fundan a las claras en la propuesta hecha años antes por el lingüista vienés Ferdinand de Saussure, quien introdujo una diferencia que será la piedra de toque para todos los trabajos estructuralistas: la distinción entre lengua y habla. La primera, la lengua, se refiere a la concepción del lenguaje como un sistema o estructura; el habla, en contraste, implica el uso de este sistema en una situación concreta.

Y de manera semejante a Saussure, para quien sólo podía estudiarse lo que formara parte de la lengua (pues que sólo se podía estudiar una estructura cuyos límites fueran perfectamente conocidos), a los estructuralistas no les interesará más que el estudio del sistema de las reglas y no las manifestaciones concretas de la puesta en práctica de esas reglas. O sea, en una palabra, para los estructuralistas lo que prima en su interés es la descripción de la obra, no su interpretación; ésta es tarea que dejarán en manos de los críticos literarios. La empresa estructuralista tiene otro sentido. Su pretensión es construir una teoría del discurso literario que dé cuenta del modo bajo el cual funcionan los textos.

Es interesante saber que como no fuera la narrativa, los estructuralistas no se interesaron por estudiar ninguna otra forma discursiva literaria. Ni la poesía, ni el drama, ni el ensayo les preocupó mayormente. De donde se colige por qué el nombre de la rama de estudios que derivó del estructuralismo: la “narratología”, cuyo blanco es analizar de qué modo las narraciones producen significados y cuáles son los mecanismos y procedimientos básicos comunes a todos los discursos que implican la narración.

No es ocioso hacer una elucidación sobre la narratología estructuralista, recurriendo a un ejemplo de la literatura latinoamericana de la segunda mitad del siglo XX. Hablo de Los cachorros, del peruano Mario Vargas Llosa, cuyas características discursivas hacen posible hacer énfasis en las características señaladas por la estudiosa Luz Aurora Pimentel en uno de sus estudios consagrado a las formas de enunciación narrativa.

Si se atiende a las características que Pimentel señala para hablar de la identidad del narrador en todo discurso en prosa, fácilmente advertimos que el de Los cachorros es un narrador heterodiegético.

Pimentel señala en su estudio que tradicionalmente se piensa que tipos de narradores hay dos: o en primera, o en tercera persona. Pero pone el dedo en la llaga al señalar que esta clasificación no se funda en la característica discursiva del narrador (como debería ocurrir), sino en la subjetiva preocupación por las veces en que la voz narrativa hace mención de sí misma, en cuyo caso se trataría de una voz en primera persona; o bien, cuando sólo se refiere a los hechos hablando desde una posición impersonal y distanciada, en cuyo caso se trataría de una voz en tercera persona. Pimentel decide hacer a un lado esta clasificación, y se inclina por la de Gérard Genette, según el cual, lo ideal la clasificación de la voz narrativa no tiene tanto que ver con la elección del pronombre, como con la su relación con el mundo narrado.

Así, Pimentel propone dejar a un lado el habitual narrador en primera, en tercera o, aun, en segunda persona. Con arreglo a Genette, propone hacer el análisis de la voz narrativa desde otra perspectiva: la diegética. Ésta se refiere a la relación que tiene el narrador con el mundo narrado. De tal suerte, habría dos tipos de narrador: el que está involucrado en el mundo que narra se llama homodiegético (o en primera persona); y el que no lo está recibe el nombre de heterodiegético (o en tercera persona).

De este modo, se entiende al narrador no sólo como la voz que cumple la acción narrativa, sino como un actor participante, o no, de la propia historia narrada. En palabras del propio Genette, el narrador cumple la función vocal (o narrativa) y la función genética (o de su participación como actor en el mundo narrado).

Así pues, es fácil decir que el narrador en tercera persona pero involucrado de manera anecdótica a veces en Los Cachorros, es un narrador heterodiegético. Aunque lo parezca a primera vista, no es ninguna contradicción. El narrador que predomina en el relato de la noveleta está en tercera persona, y principalísimamete, no toma parte de la acción salvo en algunas ocasiones. Ocasiones que, se me dirá, bastan para considerarlo un narrador homodiegético porque está incluido en el discurrir de los acontecimientos. Véase este ejemplo para comprehender de qué hablo:

El primero en tener enamorada fue Lalo, cuando andábamos en Tercero de Media. Entró una noche al “Cream Rica”, muy risueño, ellos qué te pasa, y él, radiante, sobrado como un pavo real: le caí a Chabuca Molina, me dijo que sí. Fuimos a festejarlo al “Chasqui” y , al segundo vaso de cerveza, Lalo, qué le dijiste en tu declaración, Cuéllar comenzó a ponerse nerviosito…

Este fragmento del párrafo inicial del tercer capítulo de Los cachorros, nos habla de un narrador que platica las vidas de los otros, y sólo hace intromisión de su persona para introducirnos en el tema, por decirlo de algún modo. A propósito de estas pequeñas introducciones del narrador en el discurrir de las acciones, explica la propia Pimentel: “… incluso un narador heterodiegético puede estar presente o ausente, en distintos grados, del discurso narrativo. A mayor presencia, mejor definida estará su personalidad como narrador; a mayor ‘ausencia’, mayor será la ilusión de ‘objetividad’ y por lo tanto de confiabilidad”. Es decir, estas tangenciales incursiones del narrador dentro de la acción, no nos autorizan pensar que se trate de un narrador homodiegético.

Ahora bien, y reconociendo la naturaleza heterodiegética del narrador de Los Cachorros, queda la tarea de descifrar los elementos que dotan de unidad vocal al relato de juventud del autor arequipeño.

Al hablar de la unidad vocal de las narraciones, Pimentel dice que el relato a cargo de un solo narrador tiene, en el peor de los casos, una especie de unidad vocal en la distorsión. O sea: al reordenar la historia de acuerdo a su necesidad de narrador, lo que hace es distorsionarla en pos de conseguir el objetivo narrativo deseado. Pero lo que aquí nos interesa es hablar de la unidad vocal de Los Cachorros en tanto que se trata de un narrador heterodiegético pero cuya narración sale, de algún modo, de sus recuerdos, porque se refiere a hechos que está recordando provenientes de sus mocedades. Pues bien, sostiene Pimentel que “en narraciones en tercera persona, en las que domina un solo narrador, la ilusión también es de que le narrador conoce la historia en su totalidad, o bien que es él quien la ha inventado. No se nos ocurre preguntar cómo supo lo que nos relata porque se da como presupuesto que el narrador conoce la historia, y que su propósito es dárnosla a conocer”, añade Pimentel en lo que encuentro como la mejor explicación de la unidad vocal para lo que sucede en Los Cachorros.
Al tratarse de un heterodiegético (o en primera persona) el narrador de Los Cachorros logra la unidad vocal al aparentar ante el lector, que posee un pleno conocimiento de las acciones de la historia, de sus secuencias y de sus posibles giros sorpresivos.

Los Cachorros, obra muy latinoamericana desde el ángulo que se quiera leer esta afirmación, constituye un ejemplo oportuno de adentrarse a la puesta en práctica del estructuralismo de aquellos años 40. Reflexiones y ejemplos diferentes hay que emplear para el siguiente hijo cronológico de los estudios teóricos del siglo XX, o sea, el postestructuralismo.

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Desde chico tenía ganas de escribir un diario, o algo así. Pero era cosa de niñas. Este blog es lo menos afeminado que encontré.

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