El blog de Luis Frías

agosto 17, 2012

"Sigo en el Museo de Antropología"


Me encanta recibir correos de gente encantadora.

Con este asunto: "Sigo en el Museo de Antropología", me llegó el correo de una investigadora excepcional del INAH -donde yo mismo trabajo ahora.  Ella se ha unido, fundada en sus principios -me enorgullece dar fe de eso-, a los investigadores que exigen frenar las obras que se pretenden realizar (como hace pocos años en Teotihuacan) en la hermosa zona arqueológica de Tzintzuntzan. 

La cosa es que creo que muchos la están jodiendo por formar parte de ese grupo de investigadores, donde sin duda hay muchos, dijéramos, rojillos y Che Guevaras de auditorio -Guillermo Sheridan dixit. Y creo que para dar una amable explicación a quienes ni siquiera nos la merecemos, ella envió este correo, que no es sino una carta firmada por la Dra. Denise Hellion.

Sostengo lo que una vez, cuando íbamos en el carro, le dije: cada vez resulta más difícil encontrar a personas congruentes, como la que me envió el correo.

"Sigo en el Museo de Antropología".
"Hola a todos.  
"Como tal vez algunos de ustedes sepan, desde el 24 de julio los investigadores del INAH fuimos orillados a lo que Carlos San Juan llamó “la toma de la taquilla”. Desde ese día nos hemos mantenido en el Museo Nacional de Antropología con las taquillas cerradas, el acceso gratuito, actividades académicas, visitas guiadas y mesas de información. En estos años hemos visto el deterioro de nuestra Institución; si bien se han realizado denuncias y se han propuesto mesas de diálogo, la respuesta de los funcionarios siguió con imperturbable impunidad y cinismo.
"¿Recuerdan la movilización por detener el deterioro de Teotihuacán? Yo sí. La afectación se realizó y quedan todavía las perforaciones en las estructuras, pero al menos se logró detener la obra impulsada por el entonces gobernador del Estado de México, Enrique Peña Nieto. Bastaron unos días de movilización para rescatar este bien patrimonial. A pesar de la disminución de la materia de historia en los programas de educación primaria y secundaria, la pirámide del Sol es una imagen viva: el pasado prehispánico es símbolo de identidad.
"Ahora la afectación no es en Teotihuacán. Es más difícil ubicar en un mapa a Temacapulín, Tzintzuntzan, Teposcolula, Coixtlahuaca. No todos pueden identificar una imagen del acueducto del padre Tembleque, la fachada del convento de la Merced, los edificios de Parras de la Fuente, el centro de Huamantla, el barrio de Santiago en Mérida. Todavía menos frecuente es contar con información de Wirikuta. La destrucción se multiplica, los arquitectos, arqueólogos, historiadores que atienden las denuncias en las delegaciones estatales del inah son insuficientes. Los funcionarios autorizan construcciones, obras, modifican contenidos en museos, entregan piezas arqueológicas e históricas sin mediar intervención y valoración de investigadores; es el criterio de funcionarios y la firma de convenios la que prevalece. La política cultural se desvanece y su vínculo educativo se oculta en el esquema de la burocracia administrativa. En los últimos meses se aceleran las decisiones que ocasionan la pérdida del patrimonio. Accionan con premura, torpeza y en la impunidad.
"Todos los días escuchamos, vivimos y sufrimos el empobrecimiento, la inseguridad, la falta de perspectivas, el desacuerdo político, es una época de desazón. De entre los males que enfrentados hemos relegado la educación y la cultura. El patrimonio arqueológico e histórico parecen asunto menor, nota breve relegada en los medios cuando es problemática y magnificada cuando se trata de “cortar el listón inaugural”. Contamos con pocos suplementos culturales que ofrezcan reflexión; cada día las secciones culturales pierden espacio para convertirse en reflejos de los espectáculos.
"Escribo este mensaje pues comparto con ustedes inquietudes, intereses, preocupaciones, perspectivas y ahora creo que es necesario hacerles saber que vivo con indignación lo que ocurre en el inah. No voy a cansarles con lo que llamamos ya “memorial de agravios”, menos con las quejas y anécdotas menores. Lo cierto es que dos gotas fueran las que derramaron el agua de este colectivo de académicos. La construcción de un museo sobre una plataforma prehispánica y la transformación de los fuertes de Loreto y Guadalupe. Para quienes deseen contar con más información, puedo enviarles documentación. En la página de internet del sindicato también pueden encontrarla.
"Tal vez lo más urgente es responder ante la insistencia en "inaugurar" obras, museos, exposiciones en el cierre del sexenio. No les importa el deterioro del patrimonio, la pérdida de información para el análisis arqueológico e histórico, el violentar los significados históricos y cívicos de los monumentos históricos. Mucho menos la seriedad de la información que se divulga y el menosprecio cínico a los especialistas.
"La torpeza de sus reacciones responde a la incapacidad para comprender nuestra indignación. No pedimos aumento salarial, ni prestaciones, ni mejoras en las condiciones de trabajo. Pedimos algo más elemental y por ello irrenunciable, un principio básico que une: respeto a la ley que protege el patrimonio histórico y cultural de todos los mexicanos.
"¿Es tan difícil comprenderlo? ¿Es tan peligroso que reaccionan con un hurto torpe en el Museo Nacional de Antropología? No estamos en un diálogo entre pares, nada compartimos con funcionarios de paso, autoritarios y presurosos en mantener sus intereses. Tampoco podemos esperar a que el cambio de sexenio se realice. Tenemos que defender aquello a lo que estamos obligados. En tres semanas el ánimo ha tenido sus altibajos, pero la respuesta de los visitantes obliga. Obliga la curiosidad de los niños, el ímpetu de jóvenes, el enojo de los adultos, la solidaridad de los extranjeros.
"Al ver las fotografías de Tzintzuntzan y escuchar la explicación del deterioro, una niña me hizo una pregunta: ¿por qué hacen eso? No quiero contestar nunca con un “porque los dejamos”. En la medida de sus posibilidades no los dejemos. Los invito a hablar, escribir, firmar, mensajear, pintar, cantar, comunicar. Somos académicos del INAH, pero el patrimonio es de todos."

julio 24, 2012

Carta a Vargas Llosa


Sólo después de Julio Cortázar, me declaro más admirador de usted que de ningún otro autor del movimiento del “boom latinoamericano”. Cuando siendo estudiante de colegio leí Los Cachorros y Los Jefes, esas insuperables novelas de iniciación para un niño de 10 años, supe que debía dedicarme a las letras. Pero quizá, por encima de sus novelas, en usted admiro a la persona, al padre y al abuelo que empecé a conocer a través de su libro Pez en el agua y, últimamente, por sus columnas, sus críticas a los totalitarismos y esas entrevistas que sobre todo leo en El País, y que lo pintan tan bien de cuerpo entero. Le debo mucho. Por eso, me atrevo a hacerle este envío. Con el mayor respeto, me siento con el deber de observarle algo sobre su postura a favor de conservar la fiesta taurina sin modificaciones, tal y como se practica hoy.

Las opiniones que ha dado usted en distintos foros, a propósito de la fiesta brava, han levantado mucha ámpula. Y con razón. Es usted uno de los intelectuales más granados en lengua hispana. Por ese mismo respeto, mucha gente se pregunta cómo es posible que se declare a favor de la fiesta brava. Yo creo que esa crítica en su contra tiene algo de razón y algo de sinrazón. Empiezo por lo segundo, porque celebro el valor de que un intelectual de su talla declare abiertamente lo que piensa de algo tan polémico, aun cuando eso pueda repercutirle mal ante su público. Pero en cuanto a lo otro, honestamente, me desalienta que usted pueda defender la fiesta brava con argumento insuficiente como el que puede leerse en su columna “Torear y otras maldades” (El País, 18-04-2010, http://elpais.com/diario/2010/04/18/opinion/1271541611_850215.html).

Cito su principal argumento: “Nadie puede negar que la corrida de toros sea una fiesta cruel. Pero no lo es menos que otras infinitas actividades y acciones humanas para con los animales, y es una gran hipocresía concentrarse en aquella y olvidarse o empeñarse en no ver a estas últimas.”

Además de éste, reconozco que a ningún argumento suyo le falta razón. Estoy de acuerdo con usted en que el toro de lidia quizá es el animal más cuidado y mejor tratado de la creación antes de entrar al redondel; en que los toros representan para mucha gente una forma de alimento espiritual tan intenso como un concierto de Beethoven, una comedia de Shakespeare o un poema de Vallejo, y que para saber esto basta con leer poemas Lorca y Alberti, o ver algunos cuadros taurinos de Goya o Picasso. De hecho, me encuentro entre las personas que no necesitan acudir un domingo a la plaza, para entender eso. Sin embargo, lo hago, y con frecuencia. Porque veo en las corridas de toros no sólo un espectáculo artístico fabuloso, sino porque me ha permitido conectarme con mis fibras más profundas. Y, tal como usted señala, están equivocados quienes piensan que a los taurófilos nos gusta la sangre. No. Paradójicamente, creo que justo la suerte suprema de matar es la menos interesante de una corrida. Conozco muchos taurófilos, como yo, que creemos que el mayor arte taurino está en las suertes de banderillas, el capote y, por supuesto, la muleta.

A sus razonamientos agregaría otro más, que está inserto en el debate actual en México. Como usted sabe, en el Distrito Federal los asambleístas del Partido Verde Ecologista de México (PVEM) —de muy dudosa reputación— propusieron, al igual que hace dos años se hiciera Cataluña, una iniciativa para prohibir las corridas de toros en la capital de mi país. Y al igual que en Cataluña, donde finalmente sí se prohibieron, la situación es más de carácter político-ideológico que de protección a los animales. En Cataluña, la fiesta brava se convirtió en un elemento más para que los catalanes marcaran su raya respecto al resto de España; mientras en México la situación sirvió al oportunista PVEM para enarbolar una bandera, sea la que fuere. Eso es muy lamentable. Que un grupo de políticos —hipócritas que además cada domingo van a la plaza— decidan sobre una fiesta con cientos de años de tradición en, como usted bien menciona, países como México, Venezuela, Perú, Colombia, España y Francia.

En efecto, la fiesta brava no se trata de moda alguna, sino del resultado de una larga tradición cultural lentamente pergeñada con el paso de los siglos, cuyos rasgos han ido cambiando con el paso del tiempo, de suerte que la tauromaquia actual condensa finas formas en el toreo de a pie y de rejoneo, lo mismo que en la crianza de muchos tipos de hermosas ganaderías.

Es precisamente por respeto a esa admirable tradición, que hoy la fiesta brava debería dar un importante paso en su añeja y deliciosa evolución. Por mucho que nos guste la fiesta, no es posible pasar por alto que regodearse domingo a domingo con el daño y la muerte pública de un animal resulta salvaje. Además, contradice el noble argumento humano defender a nuestros hermanos los animales, establecido en la Declaración Universal de los Derechos de los Animales, de 1977. Es innegable esa carga horrenda que hay cada vez que a un toro se le clavan las banderillas y la espada en los lomos, y una multitud lo celebra con vítores. Es algo arcaico y salvaje. Así, aunque soy tan taurófilo como usted, también creo que algo de bueno debe traer consigo el actual movimiento anti-corridas.

Efectivamente, opino que prohibir las corridas de toros es un acto de intolerancia. Ya se sabe, se censura lo que no se comprende. La fiesta brava, no obstante, debe ser capaz de ponerse al día con los tiempos que corren. De tal manera, los matadores, los monosabios, los ganaderos, los empresarios, los aficionados, debemos demostrar que la fiesta puede seguir celebrándose sin lastimar ni matar un solo animal. Yo creo con firmeza que el arte de los toros está absolutamente alejado del concepto del asesinato, pero muy cercano al arte, esa expresión sublime de nuestra civilidad. Para que la tauromaquia se armonice con los principios que rigen nuestra actual civilización, se debe modificar la fiesta brava, de tal manera que se supriman las banderillas y la suerte de matar al toro. ¡Que viva la fiesta y que vivan los toros!

julio 02, 2012

Digan lo que digan


No voté. Antes razonar sobre por quién habría votado, debo explicar por qué  no pude ni siquiera acariciar una boleta electoral. Fue por culpa de los organizadores del IFE. Como muchas otras personas, tanto en la Ciudad de México como en Querétaro o en la frontera, me quedé sin votar porque las boletas en las casillas especiales fueron insuficientes: 750 por casilla. Cuando llegué poco antes de las 10 de la mañana a la colonia Del Valle, ya había una fila de más de mil personas. Corrí a otra casilla, que está en Eje 10, y había más de 800. Luego a otra casilla en El Pedregal: imposible. Decidido a conseguirlo, fui al aeropuerto, y la misma historia. Así, cansado, renuncié a hacer aquello para lo cual el IFE gastó tanto en spots: ejercer mi derecho al voto. ¿El motivo? Creo que el IFE no hizo el trabajo de campo necesario para prever cuántas personas están viviendo en lugares diferentes a sus sitios de origen. Qué indignación.

Ahora bien, mediante descarte explicaré por quién habría votado.

}Por Josefina Vázquez Mota, decidí no votar desde que supe que su partido era el PAN. Prejuicios aparte, me resulta intolerable votar por alguien cuyo partido sea el mismo que, a través de una estrategia infame, ha resultado el asesino de más de 50 mil personas, entre delincuentes, inocentes, policías, etcétera. Y no hay que remitirnos a la historia; el asesinato está ocurriendo ante nuestros ojos. El suyo es un partido-gobierno con rasgos fascistas, cuya estrategia de legitimación se ha basado en infundir miedo a la ciudadanía. Otro motivo más para negarle el voto fue su postura frente a los derechos de las mujeres a decidir sobre su cuerpo. Al defender el derecho a la vida desde la concepción, abría la posibilidad de una presidencia a favor de criminalizar, por ejemplo, a las mujeres que decidan abortar.

Tampoco lo habría hecho por AMLO (aun cuando voté por él hace 6 años), porque descreo de su discurso basado menos en las razones, que en el amor, la bondad y las buenas intenciones. Quizá digan que estoy mal por valorar en poco la buena fe de un político, pero prefiero a un político que articule un programa de gobierno que a un buen articulador de rosarios de frases edulcoradas. Un recelo que, además, sostengo hacia AMLO es esa propuesta de ratificación del cargo cada dos años. Algo así planteó Hugo Chávez, y ya se vio lo que ha hecho… Tampoco, además, habló con claridad durante su campaña sobre los derechos de los grupos en situación de vulnerabilidad. Y quien diga que las respuestas hay que buscarlas en su gestión en el DF, se equivoca: las políticas pro equidad e igualdad han sido ejercidas con sensibilidad, por Marcelo Ebrard. Por él sí quería votar. Ya será dentro de seis años.

Mientras tanto, ya había decidido votar por Peña Nieto. Tengo varias razones: cercano a él se encuentra Miguel Osorio Chong, ex gobernador de Hidalgo, cuyo trabajo creo que ha sido el más destacado durante mucho tiempo en mi pobre estado. Creo que, a juzgar por su propia carrera política, Peña Nieto cuenta con las cartas credenciales políticas suficientes para  negociar tanto con izquierda como con derecha radicales las reformas estructurales tan postergadas. Además, creo que, a diferencia de lo que ha ocurrido en los últimos 6 años, Peña podrá, ay, negociar lo necesario (como recomiendan los expertos en seguridad nacional) para administrar los problemas asociados a la cadena del narcotráfico, y no hacernos creer que terminará con un problema que no es de violencia, sino de salud pública, leyes y educación. Tampoco tiene, a juzgar por lo que dijo en el primer debate, ideas patrioteras trasnochadas sobre la administración del petróleo.

A estas alturas, quizá no me bajen de oportunista, o de absoluto imbécil. ¡Un joven votando por el PRI! No obstante, honrada y sinceramente, para mí era la mejor opción. Tengo motivos para pensar que se equivoca quien diga que se restaurará el viejo sistema; el que piensa así subestima no sólo a los otros partidos, sino a la propia ciudadanía, y en el fondo, a sí mismo al pensar que nada ha cambiado en México durante los últimos años. Finalmente, por lo que a mí respecta, encima de todas estas razones, hubiera votado por el PRI porque era mi decisión absolutamente personal. “Digan lo que digan los demás”, como canta Raphael.

abril 30, 2012

6 horas en la Setravi





“Que otros se­ jacten de las páginas que han escrito —decía Borges—; a mí me enorgullecen las que he leído.”

Atesoro las lecturas que hice, desternillándome de la risa, de las columnas que publicaba Jorge Ibargüengoitia en Excélsior y en la revista Vuelta en los setentas. Me gusta mucho esa tradición del periodismo mexicano que, narrando minucias de la vida cotidiana, termina revelándonos un montón de cosas, a manera de un pequeño espejo que lo abarca casi todo.

(En la actualidad, lo hace excelentemente Rafael Pérez Gay en El Universal, también lo hacía Eusebio Ruvalcaba en El Financiero, y por supuesto Germán Dehesa en Reforma aunque su estilo no fuera mi preferido.)

El autor de Las muertas narraba en algún texto el viaje que hizo con su pareja, Joy Laville, y unos amigos extranjeros, a Xochimilco. Cuando llegaron, en un minúsculo vochito, al estacionamiento del lago, un viejo haciéndoles gestos les pidió un peso. Y el escritor se lo dio. Luego se subieron a una trajinera, a bordo de la cual uno de sus invitados bebió mucho tequila hasta que se emborrachó y vomitó en la laguna: cosa que, desde luego, fue secretamente criticada por las personas que viajaban en otras trajineras. Cuando, indigestos, todos desembarcaron, el viejo les pidió otro peso, pero Ibargüengoitia ya no le quiso dar. En fin, no recuerdo en qué termina aquello, pero la anécdota retrataba de maravilla la surrealista vida diaria de la Ciudad de México de esos años.

Dicho lo anterior, y con una disculpa por contar aquí algo que el narrador de Guanajuato escribió mucho mejor, advierto que a continuación no sigue otra cosa que la crónica de una minucia.

El problema de lo que voy a contar fue, como tantas veces, la ignorancia.

Compré un carro de segunda mano con placas del DF, sin saber que sus papeles no estaban en regla. Desde hacía un año, el antiguo propietario tenía que tramitar en la Secretaría de Transportes y Vialidad (Setravi) una tarjeta de circulación con “chip”. Cuando me enteré, fui corriendo a las oficinas.

Eran las 12:25 del día.

Me di cuenta que había sido un error ponerme saco y corbata a medida que me acercaba al edificio: había una fila que iba desde la puerta de cristales hasta la otra esquina, o sea, rodeaba casi toda la cuadra. Resignado, me aflojé el nudo del cuello y me dispuse a esperar con diversión. Por suerte, conocí a un sujeto que venía de Venustiano Carranza, y nos pusimos a platicar. Él venía a algo de su pinck-up gringa, que usaba para transportar verduras.

—¿Ya traes todos tus papeles? No vaya a ser la de malas —me extendió una tira de papel, donde fui 
leyendo los mismos requisitos que ya había revisado por internet, o sea, que para la tarjeta con “chip” pedían el original y copia de tal y cual papel del carro.

Con un señor que pasó cargando una canasta llena de dulces, cigarros sueltos y aguas, me gasté los 22 pesos con 50 centavos de monedas, que llevaba en el bolsillo, comprando lo siguiente: un tamarindo enchilado, dos chicles sin azúcar, una cocada amarilla y una botellita de agua de 600 ml, no sin temor de que me anduviera del baño y ni cómo abandonar mi lugar en la fila. Lo bueno fue que no pasó nada.

Dieron las 2 de la tarde.

De pronto, la fila dio un jalón importante, y me encontré a unos cuantos pasos de la puerta. Me acordé que la factura del carro no estaba endosada a mi nombre. Así que le pedí a una señora, chaparrita, morena, chimuela, que me prestara una pluma. Buscó en su bolsa de mandado, en una bolsa blanca donde llevaba enrollados sus papeles… nada. No traía lapicero. De hecho, no estaba segura de traer los papeles necesarios y le ayudé a revisar; lo bueno es que sí los traía. “Gracias”, me dijo. “De nada, señora”. Un gordito entusiasta, tipo boy scout, se dio cuenta de mi apuro con la pluma.

—¿Quieres lapicero o pluma?

Como le dije que me daba igual, me prestó su bic. Pensé que lo mejor sería que otra persona hiciera el falso endoso, para que, en caso dado, la empleada de la ventanilla no se diera cuenta que se trataba de mi letra. Entre la señora de la bolsa de mandado y el gordito entusiasta, preferí que éste inventara el supuesto endoso. En cuanto terminó de diseñar una firma del antiguo dueño, Joaquín Castorena Mayen, volvió a avanzar la fila. Y quedé a tres lugares de entrar en la ventana.

Un mozo de mediana edad salió de aquel edificio, inflando el pecho y arrugando el entrecejo. Llevaba un gafete colgándole del cuello. Como gallo orgulloso entre sus gallinas, nos dirigió unas instrucciones a sus mansos seguidores: mientras nos iba quitando nuestras identificaciones, explicó que había que caminar hasta el otro extremo de Álvaro Obregón, y que allí lo esperáramos. Y así lo hicimos.

Eran ya las 4 y media.

Pero la cosa estuvo fea porque, además del gordo y de la señora chimuela que se ponía nerviosa nada más con alzar la vista del suelo, venían atrás un par de viejecitas muy tiernas y una señora entrada en años y en carnes, que tuvo que hacer un esfuerzo enorme para poder seguir a paso regular la fila india. Y ni quién le ayudara. Ni siquiera yo. Y es que ¡no quería perder mi lugar, desde luego! Hasta ese punto me había deshumanizado aquella espera. Prefería no perder mi lugar en una infame “cola” que auxiliar a una señora que pudo haber ser mi tía, mi madre…

Llegamos a aquel edificio, donde nos abrieron las puertas y nos hicieron subir por las escaleras de servicio. Aunque un señor bien hombre les dijo a los policías que abrieran el elevador para las viejecitas, estos dijeron socarrones: “es solo para funcionarios”, y se dieron la vuelta.

Cuando, finalmente, estábamos todos en el piso indicado, nos formaron en un corredor, en cuyo fondo había un escritorio, detrás del cual había una puerta: allí te hacían entrar para tramitarte la tarjeta de circulación con “chip”. Nuevamente, reapareció el funcionario gallo y nos dijo:

“Por favor, pongan atención. No se los voy a repetir. Quien esté seguro de traer todos sus papeles con original y copia, puede quedarse. Quien no, yo le recomiendo que mejor regrese mañana, porque no les vamos a poder hacer el trámite”.

Eso nos lo hubiera dicho mucho antes, ¿no?

Precisamente la señora entrada en años y carnes fue la única valiente, que explotó y lo mandó a donde debía haberse quedado desde siempre: a chingar a su madre. Cosa que yo apoyé, rematando con un simple “pendejo”. Eso bastó para que nos pasaran a nosotros dos a la oficina del trámite, antes que a los demás —supongo que para que no siguiéramos haciendo alboroto. Pero nos resistimos. Ya éramos suficientemente héroes ante los ojos de los demás, como para “vendernos” por un simple lugarcito en la fila.

Al final, por unanimidad, todos estuvimos de acuerdo en que la señora, que estaba trágicamente sofocada, pasara la primera. Esa unanimidad, sin embargo, no apoyó mi candidatura. Así que tuve que esperar mi turno.

Pasé y el trámite fue sencillo. Una mujer me atendió amabilísimamente. Perrunamente. Yo creo que alguien le platicó de la escena que hice afuera. Así que me despacharon con eficiencia.

Cuando salí, me despedí de mis amigos de la fila. A mi amigo de Venustiano Carranza le deseé buena suerte. El gordito entusiasta me despidió, dándome un abrazo. Y el par de viejecitas me pusieron dos besos en cada mejilla. Casi me sonrojo. A medida que iba pasando por la fila humana, con mi tarjeta de circulación con “chip” entre las manos, sentía esa comunión que se había instalado entre todos. 
Decían: “¡Felicidades!, ¡presumido!” Me dio risa.

Valiéndome madre, me bajé por el elevador y caminé, acariciando mi tarjeta, hasta el estacionamiento. En la ventanilla de pago vi la hora.

Eran 6:25 de la tarde.  Habían pasado 6 horas, exactamente. Ni un minuto más ni uno menos. Fueron 52 pesos de estacionamiento. La mujer me dio 48 pesos de cambio.

Por fortuna, no había tanto tráfico.

diciembre 27, 2011

La verdadera Roberta

Había tomado una de las revistas que hay sobre la mesa de recepción. Faltaban unos minutos para que llegara su última paciente de la tarde: Roberta Escoto, hermosa en otro tiempo, que venía a una de sus últimas terapias. Así que tomó asiento en el diván de los pacientes y se puso a hojear el fascículo; llamó su atención un texto que tenía la ilustración de unos extraterrestres fornicando. Cuando por fin llegó, la mujer se deshizo en disculpas.

—Qué pena contigo, doctora. Pero es que…


Su jefe no la dejó salir antes de la oficina y una lluvia torrencial hizo que el taxi se quedara atrapado entre los autos. Era viernes.


—Toma asiento, no te preocupes —dijo, sin siquiera mirarla a los ojos, a la vez que depositaba la revista en una mesita. Al ver el ejemplar, la mujer preguntó:


—No sabía que leías “Generación X”. ¿Sí sabes que la dirige mi esposo, Guillermo?


—¡Claro! Y precisamente hoy vamos a hablar de él, ¿no?


Mientras Roberta se limpiaba los anteojos, la doctora se acomodó en la silla y tomó su libretita de anotar.


—Creo que sí —asintió con la cabeza varias veces y se ajustó los lentes—. Pero no sé cómo empezar, para explicarme.


—Vamos. Siempre hemos hablado de todo.


—Es diferente.


—Platícame —se apoltronó en el asiento, con una tranquilidad que cualquiera tomaría por desinterés.


—Pagué para que lo maten, a Guillermo —miró su reloj de pulso—. Creo que en estos momentos, ya debe estar muerto —agregó con la frialdad de quien platica una anécdota por enésima vez.


—¡Qué!


La sicóloga, que había estado casi indiferente, palideció. No lo creía. Roberta era una antigua maestra de español convertida en traductora de manuales japoneses; trabajaba en una importadora de electrodomésticos. Había conocido a su esposo cuando hacía su servicio universitario en un periódico. Él, un periodista contracultural, siempre la había engañado con otras mujeres. Desde la primera vez que la vio entrar a su consultorio, supo que le haría falta mucha ayuda, pero se atrevería a dejarlo. Sin embargo, jamás pensó que llegaría tan lejos.


—¿De qué hablas? —la doctora se puso de pie, como si quisiera hacer algo, pero no sabía qué.


—Tranquila. Por favor, escúchame.


Tamborileando con el lapicero en el cuadernillo, la doctora puso las nalgas en el filo de la silla. Quería salir corriendo. En ese instante, la solidez de carácter, que hasta entonces había sentido frente a Roberta, cambió de propietaria. Era como si la paciente fuera ella, y la nerviosa cuatrojos de Roberta condujera en este momento sus destinos.


—¡Roberta! ¡Qué pasó!


—Pensarás que estoy loca. Pero escúchame.


—¡Sí, estás loca!


—Escúchame.





Pasó un largo rato, había empezado a caer la noche. La doctora pensó en salir corriendo y dar aviso a la policía. Pero, ¿y si guardaba un arma en su bolso o algo así? Temió cualquier cosa. Lo mejor era escucharla. Después vería qué hacer. Y le prestó atención.


—¿Qué pasó?


—Hace varias semanas, Guillermo empezó con la cocaína —dijo Roberta—. Ya te había dicho antes que bebía mucho. Pero sólo eran borracheras, y no había problema.


—Sí, pero… ya lo sabías.


—¡Y me gustaba! —paró unos ojos de perro triste—. Me gustaba ir con él a las fiestas. Siempre había gente interesante: pintores, escritores, y sus pláticas siempre eran geniales. Nos emborrachábamos. Cogíamos riquísimo.


—¿Entonces?


—Fue la cocaína —recogió la mirada—. El alcohol no me importaba, ni la infidelidad. Todos son infieles, sólo que unos más hipócritas que otros. Él no me ocultaba nada. Al final, lo importante es la lealtad. Y él me era leal. Me decía que era su flor de cempasúchil. Es el mejor periodista que he conocido. ¡Ahí tienes su revista! Una vez, me dedicó un artículo sobre los cempasúchiles —sonrió—. Es uno de los mejores periodistas culturales del país. Es admirable Guillermo. ¿Tú dejarías a un hombre así, sólo porque es borracho?


—Roberta.


—En verdad, lo amé mucho, y me dolía verlo hundirse cada vez más. Con él, siempre ha habido alcohol. Pero con la cocaína, empezó a tomar más y a más cocaína. Era más alcohol y más cocaína y alcohol y cocaína y así.


Hizo una pausa.


—Y el dinero. Con la coca, ya no nos alcanzaba —con un gesto de mano, señaló la revista—. Cada que se imprimía un número, nos quedábamos sin nada, ni para comer. Dos o tres noches nos pasábamos editándola, y él se metía mucha coca para no dormir. Todos sus amigos iban a la casa, pero nadie ayudaba con nada. Sólo iban a emborracharse.


Después de tomar un poco de aire, continuó:


—Pero no importaba. Aunque al otro día no hubiera dinero ni para comer. Siempre ha sido su vida. El problema era la coca. Se hizo violento. Jamás me golpeó, pero gritaba como loco, como si quisiera matarme. Cuando se emborrachaba, se desaparecía varios días y regresaba sin calzones, sin dinero, totalmente perdido. No se acordaba ni de mi nombre. Me gritaba ¡puta!, ¡perra!, ¡largo! —luego de tragar saliva, sigue—. Tiene diabetes, varias veces tuve que llevarlo al hospital, casi muerto. Ya no podía.


—¿Pero matarlo?


—Es que lo peor fue hace unos días. En la mañana, cuando me desperté para ir a trabajar, salí a la sala. La mesa central estaba bañada en sangre, rota, hecha pedazos. ¿Qué había pasado? ¡A qué hora! Los sillones estaban todos manchados de rojo. Fui al baño. El lavabo, blanco, estaba todo rojo. Me vi al espejo, escurrido de sangre. Entré al cuarto de servicio. Ahí estaba Guillermo, tirado boca abajo, con la mano bañada en sangre, envuelta en papel de baño. Había una niña sentada en el piso, recargada contra la pared, temblando.


—¿Qué hiciste?


—Hubiera deseado que todo fuera un sueño, una mentira. Corrí fuera. Quería borrarme eso de la cabeza. Fue cuando decidí matarlo.

La terapeuta no sabía si llamar a la policía, salir corriendo o abrazar a esa pobre mujer.

—¿Ahora qué vas a hacer?


—Confío en ti —su voz se puso firme—. Quiero pedirte una cosa: cuando te pregunten por mí, di que no sabes nada.


—¿De qué hablas?


En lugar de responderle, Roberta se puso de pie, se acomodó las ropas y dijo:


—Gracias, de verdad. Eres una gran terapeuta.


No se despidió de ella, sólo metió entre el ejemplar de “Generación X” un par de billetes que sacó de su bolso. Y se fue, cerrando la puerta con inverosímil cuidado.




Es una mañana esplendorosa y brillante. La terapeuta va conduciendo su carro, por la avenida. La acera parece el espejo del sol: la noche anterior había llovido y aún había agua sobre el piso. Se abría paso a buena velocidad por en medio de los autos. Por fin, vería a su esposo, después de dos semanas. Él había salido de viaje; ella pasó esos días en casa de sus padres.


No bien llegó al apartamento, se dirigió a la sala de estar. El olor a humedad picaba la nariz. Se encontró con las cortinas cerradas, parecía de noche. La mesa central, de cristal, estaba hecha pedazos, bañada en sangre. Echó a correr pero tropezó con el sofá, y rodó por el suelo. Al fin, con el peinado revuelto, recordó a su paciente Roberta Escoto. Y quiso echar un ojo en el baño. Pero, después de pensarlo rápidamente, eligió salir a toda prisa.


Trepó al auto y, mientras ponía en marcha la máquina, levantó el celular. Inútilmente, buscó: Roberta. No tenía guardado a nadie con ese nombre. Sin éxito, trató de recordar el rostro de la Roberta que había ido a su consultorio hacía unos días. Llamó a su oficina; le respondió una voz de mujer:


—Hola, Roberta.


—¿Roberta?


—Quién, si no. ¿Cómo estás?


Colgó. A bordo del auto, regresó por el mismo camino. El auto se deslizaba por en medio de la avenida, dejando tras de sí dos estelas con las ruedas. Decidió llamar a la oficina de su esposo. Otra voz de mujer:


—Hola, Roberta.


—¡Qué!


—Qué bueno que llamas. ¿Sabes si vendrá Guillermo? No responde su celular.


La mujer lanzó el aparato. Pisó a fondo el acelerador y dio una vuelta tan aparatosa, que cayó del asiento el ejemplar de “Generación X”. Había dos billetes en medio de un artículo ilustrado con unos marcianos teniendo sexo.

octubre 18, 2011

Segunda semana. Cine. Pachuca. Nos vemos


Hablaré de la necesidad de hacer documentales en Hidalgo y del nuevo docu que preparamos Balam Herrera y yo.

2da semana de cine
Centro de las Artes (antes Escuela de Artes), Ex Convento de San Francisco, Pachuca
Jueves 27 de octubre, 2011. 17 horas

junio 10, 2010

website Ciudad Nostalgia


Ciudad Nostalgia
lo que ocurrió en esos llanos

presentación website


Fundación Arturo Herrera Cabañas
jueves 10 de junio, 7 pm
Allende 113, col. Centro. Pachuca


mayo 14, 2010

Segundón

Para un padre obrero de una empresa de fundición y para una madre secretaria, el mejor regalo que puede darles la vida es un hijo que triunfe en asuntos de altos vuelos. Era yo un mozalbete de mejillas sonrosadas cuando alguien llevó a casa la noticia de un concurso de oratoria dirigido a muchachos como yo. Nada más imaginar mi futuro en la oratoria, mi madre puso una cara sólo comparable con la de María Félix viendo con feliz tristeza cómo su hijo amado se aparta de su regazo para conquistar el futuro. Fueron días tan estúpidos como divertidos. De aquella época, atesoro los arduos ratos de preparación para el concurso. Tenía que caminar decenas de calles para llegar a la casa de un viejo lleno de arrugas cuyo bigote canoso y gruesos lentes lo hacían parecer un afectado mental. De inmediato, le apodé “Doctor Chunga”. Su colegio Oyuki Kani no era más que la salita-comedor de su diminuto apartamento, con unas banquitas y un pizarrón ridículos. El nombre de la escuela lo sacó de su esposa, una mujer que había llegado de Japón y se había casado con él. Sonreían como imbéciles y parecían ser felices. Pinches locos, me caían bien.

Como debe ser, al comienzo todo marchaba con militar disciplina. El Doctor Chunga se plantaba rígido en frente del pizarrón para que yo me grabara, desde la comodidad de mi banca, esa postura. Engolaba la voz e imitaba al presidente de la república, para que yo aprendiese del ejemplo. Todo indicaba que me convertiría en el orador que había estado esperando el mundo. Pero la cosa se complicó desde el día en que llegué demasiado temprano. El Doctor Chunga y su mujer estaban terminando los alimentos; no tuvieron más remedio que invitarme a la sobremesa. Sin que a él le pareciera correcto, la japonesita me hizo preguntas sobre mi familia, que yo respondí como el gran mentiroso hablador que siempre he sido, y a mi vez le interrogué sobre su pasado. Desde ese día sentamos una confianza que crecía sesión a sesión. Resultó que el Doctor Chunga era un amante de fenómenos inexplicables. Con excitación, cada clase llegaba corriendo a escuchar las aventuras nocturnas que él y su esposa hacían a los centros ceremoniales mayas, adonde entraban sigilosamente para tener mejores visiones de los ovnis. ¿Y la oratoria? Cada vez eran más historias de centros ceremoniales prehispánicos y viajes con peyote, y menos clases para engolar la voz y hablar como Cicerón.

Así, llegó la fecha del concurso.

En aquel auditorio sindical se celebraba una reunión de agremiados de la empresa donde trabajaba mi padre. Antes del concurso habían tomado acuerdos sindicales penosos que pusieron a los obreros de un humor agrio, de tal forma que en aquel enorme lugar el eco del silencio sólo se rompía de pronto con algún murmullo o una tos incontinente o el berrido de un niño de brazos. En el templete, nos habían formado a los concursantes falsamente metidos en trajes rentados. Aunque yo estaba seguro de mí mismo, cada vez que un competidor mío pasaba a decir su discurso, se me olvidaba una porción del memorizado discurso que preparé junto con el Doctor Chunga sobre los ovnis. Cuando me tocó pasar, mencioné sin pena ni gloria lo que me correspondía y recibí una tanda de aplausos tan igual como la de los otros. Pero respiré. La premiación fue de más a menos: pasó del tercer lugar que ganó un morenazo de pelos parados, al segundo que obtuve yo con el consiguiente arcón de dulces, y al primero, que ganó Jorge Orozco, un moreno de nariz afilada que se quedó con la bicicleta.

Aquella noche, el regreso a casa en el Renault 5 fue patético. El decepcionado silencio de mi padre sólo se rompía con los halagos de mi madre, que tachó de injusto al jurado calificador de los obreros. Yo, por mi parte, me sentía liberado de presiones con el segundo lugar de aquel Concurso Regional de Oratoria: Niños del SNTMMSSRM. Estaba convencido de que era más interesante mi discurso sobre los ovnis que aquella arenga sobre los derechos de la clase obrera. Por lo demás, para qué quería yo el primer lugar y el premio de una bicicleta, si he odiado siempre hacer ejercicio. Lo único que me dolió fue ver la cara de mi padre; sin embargo, un segundo lugar no es tan malo. Y no tienes que cargar con todo la ñoñería de ser un ganador. De ninguna manera cambiaría las pláticas de ovnis y peyote del Doctor Chunga y su japonesa esposa, por las clases para erguir la espalda y ladrar con firmeza idioteces ante un público. Mejor ser un segundón.

marzo 02, 2010

Pulques de Apan


Nací en la región de los llanos de Irolo, que son vecinos hermanos de otros llanos más famosos, los de Apan. Luego, años después, tuve que hacer trabajo periodístico en esta región. Por eso, un día las cosas me llevaron a una vieja hacienda pulquera. Entré, tomé mis placas, saqué mis datos y me largué. No sabía que entre la gente con la que había estado platicando, se encontraba un viejo llamado Ricardo del Razo, un hombre fundamental en la historia reciente del pulque. Desgraciadamente, informa mi amigo José Luis Pinedo, ese viejo cabrón, mujeriego y desde luego pulquero, dejó de existir.

El domingo murió Carlos Montemayor, un escritor al que personalmente no respetaba más que por sus serias defensas de la guerrilla; hoy, mutatis mutandis, ha muerto un apóstol del pulque de los llanos de Apan.

Para ellos, la paz.

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Desde chico tenía ganas de escribir un diario, o algo así. Pero era cosa de niñas. Este blog es lo menos afeminado que encontré.

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