El blog de Luis Frías

enero 02, 2007

La inasible mística de San Juan de la Cruz. Un acercamiento al Cántico Espiritual



PRESENTACIÓN


Vengo de Tepeapulco, Hidalgo, a treinta minutos de Tulancingo, tierra de Ricardo Garibay. Había cumplido yo 13, 14 años cuando lo vi por vez primera en televisión. El hombre tenía todo el aire de quien se peleó con el jefe o, mejor: del que montó en cólera cierta ocasión y continuó así para siempre jamás. “¡Léñe!”, “¡Yá!”, eran interjecciones, casi gritos, que acentuaban esa cólera, y él las usaba a menudo. Fueron también el imán que me atrajo para que yo viera la televisión a hurtadillas, a media madrugada viernes con viernes.
De aquella época, conservo con afecto dos vívidos recuerdos.
El primero: vestía chamarra de mezclilla, algo ajustada para su corpulencia; a cada rato se llevaba a la boca la taza del café y daba chupadas a su cigarro. Garibay hablaba esa ocasión, siempre en tono colérico, del oficio de escribir. Ni imaginación ni talento valen ante las palabras. Silla, mantel, pista de baile, zapatillas rojas, putas. Los objetos, razonaba Garibay, no son más que eso, cosas que nosotros logramos inteligir, ya con los ojos, ya con el tacto, ya con la cabeza mediante la descripción que hacen las palabras. “El escritor debe ser el hombre más pedante ante la vida; pero un fiel miserable ante la literatura”, escribiría poco después Garibay en Excélsior.
Al cabo de muchas madrugadas, el segundo recuerdo: la literatura religiosa. Aquella vez Garibay mostró ante la pantalla, con toda ceremonia, un viejo tomo, acaso un ex libris. Él nunca lo disimuló: admiraba a José Vasconselos, cuyo estilo también colérico era de por sí admirable, pero era algo repugnante por su machismo y por su torpeza filosófica que queda de manifiesto en, por ejemplo, la Raza cósmica.
Esto era distinto. Cuando mostró aquel volumen, escrito por un ignoto San Juan de la Cruz, Garibay puso otro rostro. Por única ocasión advertí que su faz mudaba de aspecto y adoptaba una fisonomía que yo no había visto desde que tomaba clases de formación religiosa en un colegio salesiano. El suyo era un rostro de monja devotísima, no de aquel colérico irredento.
Con punto menos que misticismo, declamó ante las cámaras:

Y todos cuantos vagan
de ti me van mil gracias refiriendo,
y todos más me llagan,
y déjame muriendo
un no sé qué que quedan balbuciendo.

Dio una explicación que no recuerdo. No comprendí nada. A la sazón hubiera yo preferido mil veces a Mario Benedetti. Mas la voz, su rostro, estaban demudados. No era la primera vez que lo leía él, porque lo recitó de memoria; sin embargo, le producía la impresión que sólo causa el primer amor. Faltando un minuto para la 1 de la madrugada, viendo al vacío, se despidió. Dijo Gracias… por hoy.
A la vuelta de unos años y habiendo leído a San Juan de la Cruz y a Santa Teresa, con gran interés —que no le quita ni un gramo a mi temor— quiero auscultar qué tiene la literatura de San Juan de la Cruz, en particular su Cántico espiritual, que amansa a espíritus como el de Garibay. Qué hay en ese misticismo, que ni Dámaso Alonso ni nadie, consigue descifrar. Tal vez nos quedemos en la mera descripción, bobos señalamientos carreteros. Sea como fuere, el intento se antoja llamativo.


***

Hay una poseía más angélica, celestial y divina, que ya no parece de este mundo, ni es posible medirla con criterios literarios, y eso que es mas ardiente de pasión que ninguna poesía profana, y tan elegante y exquisita en la forma, y tan plática y figurativa como los más valiosos frutos del Renacimiento. Son las Canciones espirituales de San Juan de la Cruz… Confieso que me infunden religioso terror al cotarlas. Por allí ha pasado el espíritu de Dios, hermoseándolo y santificándolo todo.

Fray Luis de León.

1. HACIA LA SEMILLA. Cántico espiritual.


El Cántico espiritual es un poema de largo aliento, aunque no tanto como otros que lo precedieron y muchos que lo han sucedido en los Siglos de Oro. Escrito durante la estancia de San Juan de la Cruz (1542-1591) en la cárcel de Toledo (1577-78) a los 35 años , el poema describe la búsqueda del alma hacia la unión espiritual con Dios. Lourdes Penella Jean describe los tres peldaños (tradicionalmente llamados vías) para acercarse a Dios, de los cuales es el último el que atañe a San Juan y a la poesía mística toda: una primera vía, purgativa , consiste en la purificación y el apartamiento del pecado por medio de la oración, la penitencia y la meditación. Otra vía, iluminativa , es la ascensión del alma purificada al verdadero conocimiento de la bondad y hermosura de Dios. Y la última vía, unitiva, es la más alta y consiste en el total abandonamiento del alma a Dios, “el consumirse por completo en el amor divino” . El alma de la Esposa arde en deseos por unirse a Él en matrimonio espiritual; alma y dios; esposos amados. No obstante ser el que buscan, este último grado no logra cabalmente ser expresado por los místicos, a decir de ellos mismos.
La composición del Cántico espiritual fue lenta y saltuaria, en tiempos más o menos distantes, y al aire de experiencias que presionaban al artista y, antes, que conmovían al creyente San Juan de la Cruz.
Según el testimonio más fehaciente, el poeta redactó en la cárcel toledana las primeras 31 canciones: “Sacó el santo Padre, cuando salió de la cárcel, un cuaderno que estando en ella había escrito…” y las canciones o liras que dicen “A donde te escondiste” hasta que dice “Oh ninfas de Judea” . Con la experiencia como fondo: decía que “en aquel tiempo le hacía hecho nuestro Señor mercedes en mostrarse a su alma, y ora se le ausentaba y escondía, dejándole afligido y desconsolado” .
Amén de las pistas religiosas de los que conocieron en persona al santo, hay información sobre las fuentes en las que se habría inspirado para escribir el Cántico. Dámaso Alonso , en el siglo pasado, explicó con gran acierto que los antecedentes literarios inmediatamente reconocibles en la obra de San Juan se bifurcan en dos, en “sendas”. Una viene de la tradición culta, de Juan Boscán, Garcilaso y Fray Luis de León, poetas a lo divino, o sea versificadores cuya obra tendía, casi igual que la del santo, a parangonar lo mundano con lo espiritual, en su búsqueda por alcanzar la perfección del alma, la iluminación, aunque todavía no la unión —que vendrá con Santa Teresa y San Juan . Otra senda de búsqueda es la castellana, que comprende tanto elementos populares como del cancionero.
Paso por paso desenhebremos el asunto. “La lira, estrofa pagana de Garcilaso, se espiritualiza en fray Luis, se diviniza en San Juan”. Dámaso Alonso apoya su afirmación en ejemplos como éste, donde el verso

¡Oh mano blanda! ¡Oh toque delicado!

de san Juan de la Cruz, semeja en mucho a los plañidos:

¡Oh miserable hado!
¡Oh tela delicada!
¿Dó está la blanca mano delicada?...

de Nemoroso. Proporcionadas por Dámaso Alonso, sobran muestras de la vertiente que viene de Garcilaso y encuentra lugar en nuestro poeta. No vamos a ocupar nuestro espacio en enumerarlas. Mejor veamos otros ejemplos que prueban la importancia de la traducción que hizo fray Luis de León del Cantar de los cantares en la literatura de San Juan de la Cruz.
Antes, empero, mencionaremos unos comprobados influjos que se hallan presentes en San Juan, así en el Cántico espiritual como en la Llama de Amor viva o en la Subida al Monte Carmelo, los poemas mayores de San Juan . María Rosa Lida ha vuelto a tratar las relaciones entre Garcilaso y San Juan de la Cruz. La expresión de la Llama

rompe la tela desde dulce encuentro

es muy próxima a otras de la Égloga primera y de la segunda:

… este velo
rompa el cuerpo…
… do se rompiere
aquesta tela de la vida fuerte…


Otros pasajes del poeta toledano parece como que se reflejan en el Cántico espiritual. He aquí el “prado de verdura”. En Garcilaso:

Ves aquí un prado lleno de verdura
… preséntanos a colmo el prado flores
y esmalta en mil colores su verdura…


En el Cántico:

¡Oh prado de verduras
De flores esmaltado…!

He aquí ahora la “espesura”, “el agua pura”. En Garcilaso:

Ves aquí una espesura,
ves aquí un agua clara…
… en esta agua que corre clara y pura…

En el Cántico:

… domana el agua pura
entremos más adentro en la espesura…

Ahora sí Fray Luis de León y su traducción del Cantar. De él podríamos mencionar las mismas semejanzas que el santo nos manifiesta en las dilucidaciones que hace verso por verso en las 39 estrofas de la primera edición —y 40 de la segunda y definitiva—. Pero ¿no vale más dejar el tema para otro capítulo adelante, entero? Así lo creo. Mientras tanto, la tradición castellana a que se refiere Alonso: lo popular y lo relacionado en estricto sentido con el cancionero.
Hay que ser perito en exquisitas nimiedades de la literatura, para que no pasen inadvertidas esas pequeñas pero decisivas semejanzas entre la tradición anterior al Cántico y el Cántico mismo. Este glosar a lo divino del que hablamos con Juan Boscán y Garcilaso, aparece también en la tradición novelística de caballerías y, en general, en toda la tradición literaria previa al santo toledano. Álvarez Gato es una muestra; toma el cantarcillo popular:

Quita allá, que no quiero
falso enemigo,
quita allá, que no quiero,
que huelgues conmigo.

y lo resuelve así a lo espiritual:
Quita allá, que no quiero,
mundo enemigo,
quita allá, que no quiero
pendencias contigo.
También encontramos en fray Iñigo de Mendoza, dirigido al Niño Jesús, el siguiente estribillo:

Eres niño y has amor,
¿qué farás cuando mayor?

Ésta ya es una primera pista de la evolución poética de las letras en castellano hacia la literatura mística. Siguientes ejemplos confirmarán la orientación de la literatura hacia el misticismo, como éste del indispensable y preclaro Garci Sánchez:

Secáronme los pesares
los ojos y el corazón,
que no puedo llorar, non.

La tradición de glosar a lo divino llega hasta Lope. Un viejo cantar de vela —nos recuerda Dámaso Alonso— , cuya popularidad está atestiguada por ponerlo el autor en boca de Dorotea, en la obra de este mismo nombre,

(Velador que el castillo velas
véale bien y mira por ti,
que velando en él me perdí)

es glosado por el dramaturgo dos veces, a lo profano en Las almenas de Toro, y a lo divino en El nacimiento de Cristo. En esta cadena se inserta Santa Teresa:

Véante mis ojos,
dulce Jesús bueno;
véante mis ojos,
muérame yo luego.

Y San Juan, hablando la Esposa al Esposo:

Apaga mis enojos,
pues que ninguno basta deshacellos,
y véante mis ojos,
pues eres lumbre dellos,
y sólo para ti quiero tenellos.

Esto por lo que hace a los influjos del cancionero. Todavía queda por examinar el Cantar de los Cantares. Antes de entrar definitivamente a él, precisamos adentrarnos por último en los elementos populares.
En la estrofa 32 dice la Esposa al Esposo:

Escóndete, Carillo,
y mira con tu haz a las montañas…
Piénsese en la coplilla que oyó cantar el Santo, preso en Toledo:
Muérome de amores,
Carillo, ¿qué haré?
—Que te mueras, ¡ahalé!

No hace falta explicar la relación ni de dónde pudo haber traído el Santo no sólo la palabra evidente, Carillo , sino el sentido de la estrofa entera. La tradición popular no se reduce en el Santo a tomar parte de lo que otros han escrito (síntoma nada extraño, por el contrario presente en toda la literatura), sino que llega más lejos: el poeta toledano abunda en latinajos, como en cultismos, pero no menos lo hace en expresiones del lenguaje popular —como lo hemos venido mencionando. Lo que nos importa es lo desconocido y que él imprime por vez primera: su nueva visión es la de una lírica con aliento entrecortado. Es un poeta que se contiene; vr.gr., al verso Decidle que adolezco, peno y muero , agréguesele cualquier cosa, un adjetivo. Se verá cómo tanto gana en musicalidad y sumisión a la tradición, cuanto pierde en sentido e, irónicamente, en perfección. Pero, a pesar de todas las dichas variantes que encuentran acomodo en su obra, no son ellas lo que hace de san Juan de la Cruz la excepción en nuestra poesía. Lo realmente importante, la diferencia suya, está en hacer uso del Cantar de los cantares, de origen bíblico.
Reinterpreta el santo la obra de Salomón (traducida al castellano por Fray Luis de León) y, a su juicio, le sirve de fundamento único . Por eso, como lo hemos mencionado, debemos tratarlo aparte.


1.1. INFLUENCIA CELESTIAL. Cantar de los cantares

Forma parte del Antiguo Testamento. En orden, la tradición lo coloca después del libro del Eclesiastés y antes del libro de la Sabiduría. Al lado de los escritos de Job, de Los Salmos, de los Proverbios, y del Eclesiástico, el Cantar de los cantares (Ct, en adelante) forma parte de una categoría mayor: libros “Poéticos y Sapienciales”. ¿Sapienciales?
El Cantar no. Más bien de tema amoroso. El Ct semeja en tema (¡y en qué medida también en forma!) al Cántico de San Juan de la Cruz.
En el prólogo a la primera edición del Cántico (de la segunda hablaremos más tarde), el poeta toledano se ríe, como avergonzándose de antemano, por las semejanzas que saltan a la vista entre su obra y la de Salomón:

Las cuales semejanzas, no leídas con la sencillez del espíritu de amor e inteligencia que en ellas llevan, antes parecen dislates que dichos puestos en razón, según es de ver en los divinos Cantares de Salomón y en otros libros de la Escritura divina, donde no pudiendo en Espíritu santo dar a entender la abundancia de su sentido por términos vulgares y usados, habla misterios en extrañas figuras y semejanzas.

No es preciso que el poeta se justifique con tamaña humildad: el lector medianamente avezado con la literatura bíblica hubiera advertido de todos modos el absoluto parentesco. Dejemos por sentada la tesis: san Juan echa mano de imágenes, de frases (casi versos enteros), de tiempos narrativos, en su poema, que había leído en el Ct quizás durante su estancia en prisión; y no podía ser más clara la alusión al poema salomónico, toda vez que en sus explicaciones en prosa, pegadas a las estrofas en verso, el poeta toledano explica uno por uno, el sentido de sus arreglos líricos, cuándo usando a los Salmos, cuándo a los Profetas, y cuándo más señaladamente, a los Cantares.
Son numerosas las muestras de homologías en los versos de entrambos. Así habla la Novia en Ct

¡Que me bese con los besos de su boca!
Mejores son que el vino sus amores;
mejores al olfato sus perfumes.

La Esposa del Cántico dice

… al toque de centella
al adobado vino
emisiones de bálsamo divino.

Para abundar quiero mencionar que son más claros y más fáciles de distinguir los rasgos que acercan a uno y otro poema, cuanto más fijemos nuestra atención en que los dos abordan el mismo tema: la persecución de la vía unitiva. En el Ct, la Novia busca al Novio; en el Cántico, la Esposa quiere llegar al Esposo. Sin embargo, los Cantares incluyen además la presencia de un coro y de un poeta, personajes que intervienen en la difícil búsqueda del amor por parte de ella persiguiéndolo a Él; otra cosa: la Novia de los Cantares no persigue al Novio mientras éste se aleja oportunamente, como sí ocurre en la obra del santo; digo “oportunamente” a propósito de los infiernos que queman a San Juan para justificar su poema: arde en inquietud por alejar su obra de toda posible interpretación terrenal (erótica, carnal, sexuada), no obstante que en Salomón los ejemplos sean mucho más mundanos y sí se prestan a una mala interpretación.
Quiero remarcar otra semejanza de peso entre ambos. En Salomón los versos

Te daría de beber vino aromado,
el licor de mis granadas.

aparecen apenas estrofas antes de llegar al apéndice y terminar el poema. Vino y licor son esencias que la Novia quiere convidar a su Novio, en amorosa unión. En el Cántico se lee

y allí nos entraremos
y el mosto de granadas gustaremos.

La semejanza con Ct no se reduce a que los versos de aquél y éste aparezcan al término de todo el poema, sino que llega a más: constituyen en ambas obras la invitación hecha por el alma enamorada para que el Novio (en Ct), el Esposo (en Cántico), Dios en persona , tenga a bien fundirse en amor perfecto. Son versos del señalado éxtasis que el alma siente al unirse con su Amado; pero es también un éxtasis semejante también al que poetas profanos han alcanzado cuando se refieren al amor entre amantes de este mundo, cuya más alta cima está en el acto sexual, donde las esencias todas se concentran en el coito.
Hagamos a un lado lo que el poeta toledano quiso evitar a toda costa: que se le relacionara con el erotismo, aun cuando se tratase de sano amor terrenal. No estamos autorizados para desviarnos siquiera un punto de lo que el santo quiso legarnos: la devoción a Dios a través de sus creaciones. Pero deshonesto sería dejar pasar de largo la mención: de no haber tenido las suficientes justificaciones por parte del santo, que quiso ponerlas aquí y allá en prólogos, dedicatorias y en el cuerpo mismo de la obra, me atrevo a pensar que entonces lo hubieran tenido por un poeta más o no menos grande de lo que es, que le canta al amor, a una enamorada mujer suya. A riesgo de parecer circular y falto de tesis, diré lo mismo de hace rato: no obstante ser un rasgo mil veces elogiado, no es su estilo como versificador lo que en esencia hace distinto a San Juan de otros poetas contemporáneos suyos, ni el uso de sus fuentes, salvo de una: la vía bíblica, los Cantares de Salomón. Para terminar con esto, enlistaré algunas palabras que, llevadas al extremo, en el Cántico cobran su tonalidad amorosa, erótica, profunda, inasible…, pero que con justicia pertenecen originalmente a los Cantares.
Nos dejan sin habla ciertas palabras, versos y expresiones en general del Cántico. Con todo desorden, traigo a la mente las muy acusadas: espesuras; monte; otero; adolezco, peno y muero/, apaga mis enojos/, aires amorosos/, noche sosegada/, música callada/, soledad sonora/, detente, cierzo muerto/, debajo del manzano/, leones, ciervos, gamos saltadores/, Gocémonos, Amado/, y el mosto de granadas gustaremos/, al monte o al collado, do mana el agua pura/, con la llama que consume y no da pena/ ¿A donde te escondiste, Amado, y me dejaste con gemido?/.
Encuentro su lugar de procedencia, en el Ct: Brincando los collados/, Mi amado es para mí, y yo soy para mi amado/, tus mejillas, como cortes de granada/ tus pechos, cual dos crías/, levántate, cierzo/, ¿A dónde se fue tu amado/, oh la más bella de las mujeres?/ Te daría a beber vino aromado/ el licor de mis granadas/. Por falta de espacio, cortaremos aquí el listado.
Tomadas de aquí y de allá, las expresiones reflejan una cercana relación entre los poemas. Vienen de la rama bíblica, espiritual, pero toman cuerpo en un poeta a lo divino que escribió siglos después de Salomón e inspirado también en Dios, sí, pero técnicamente motivado por la tradición literaria de su tiempo, preñada de amores fáciles, historias de arrebatada pasión, de cuentos de caballerías, ilusiones y del teatro burlesco. Esto, la mezcla de dos mundos opuestos, hace que literatura salomónica renazca en San Juan con un halo de modernidad. Tomo en cuenta las lecturas desde muy variadas ópticas que se pueden hacer del Cántico, y su relación con respecto al tiempo en que se origina, antes de afirmar esto: la obra resume muy a su modo, todas las corrientes literarias de su tiempo; toma lo que le conviene de todas, y también discrimina algunas, muchas.
Es también la mejor obra poética en castellano del Siglo de Oro, también muy a su modo. No obstante las muy superiores excelencias de San Juan, habrá seguramente quien prefiera a Garcilaso o a Santa Teresa, o a Fray Luis de León… ¿y por ello estará equivocado?
Habrá además quien arguya que del Cántico hay dos versiones y que eso hace titubear hasta al de ideas más firmes sobre su perfección insuperable. No se equivocan plenamente quienes así llegan a pensar; mas tampoco tienen razón. Entre una y otra edición del Cántico hay evolución. Y si embargo la primera se acomoda más al gusto de los autores que vamos a mencionar, y también al mío propio.


2. VÍTORES JUSTIFICADOS. Los dos Cánticos

Ocasión de interminables debates son las dos redacciones del Cántico. La primera tiene 39 estrofas y a la segunda el poeta toledano le agrega una más. Y las diferencias no se detienen ahí. Están sobre todo en el trueque de canciones en el cuerpo entero del poema: el orden de la primera redacción es alterado por un san Juan que mueve estrofas, agrega versos y que, si bien no intenta mutar ni mutilar el sentido del poema, cree estarle sellando una dosis de precisión que, es lástima decirlo, nunca, o casi nunca, se logra en su segunda edición.
Al escritor lo arrastra un ansia por el decir. Está escrito que de todas las ediciones, la única que le pertenece al autor es el borrador. El libro impreso es propiedad de quien lo compra, lo lee y, lo que es más, de quien lo reescribe en su imaginación. Las últimas versiones, a un pie de ver la prensa, son estilo y perfección, y en ellas han intervenido editor, impresor, paginador. A ese punto, la veta sentimental, la inspiración, ya desaparecieron; desaparecen desde que el poeta cree terminada su obra y pasa al “a ver, qué le debemos acomodar…”. La primera edición del Cántico (CA) es fiable, de acuerdo a Dámaso Alonso, quien habla basándose en datos de la Biblioteca Nacional de España. Por lo tanto, CA da cuenta del hombre San Juan. A la luz de esto, es por lo que vemos con recelo la segunda y definitiva versión del Cántico (CB). Ésta es la estrofa agregada que, a mi juicio, no le aprovecha –pero tampoco le demerita-:

Descubre tu presencia,
y máteme tu vista y hermosura;
mira que la dolencia
de amor, que no se cura
sino con la presencia y figura.

Si el azar (sabio maldito) hubiera querido desaparecer la primera versión del cántico, juzgo que tendríamos por admirable esta estrofa, como lo son el resto de las que conforman el Cántico en ambas versiones. Pero no quiso. Por eso no hallamos esplendores en éste ni en los otros trueques que San Juan practicó a su CA. Otro ejemplo: en vez del original Cogednos las raposas , escribe en CB Cazadnos las raposas. La variación otorga fuerza, pero le suprime los ligeros efluvios inasibles que logra la versión primera.
Tanto Baruzi como Chevallier y Vilnet destacan aspectos de la utilización de textos bíbliocos en CB que parecen diferir del procedimiento habitual de San Juan.
La discusión se ha centrado en los textos bíblicos empleados en CB que no aparecen en las restantes obras de San Juan, y en la frecuente omisión de los textos latinos en CB cuando San Juan afirma (ambiguamente) en el prólogo: “Llevaré este estilo, que primero las pondré la sentencia de su latín y luego las declararé al propósito de lo que se trajeren” .
El Cántico oscila entre el comentario poético y el tratado espiritual porque es mucho más extenso que los restantes poemas de San Juan y su imaginería es mucho más variada. Los comentarios en prosa tienen que poner orden a partir de un arrebato lírico. Es preciso dar la mediad de imágenes, metáforas y símbolos. El instinto del poeta ha de someterse a la estudiada reflexión del teólogo.
La mejor guía para San Juan como poeta es CA, que refleja más fielmente el impulso originario de cantar el amor divino. Pero para valorar su pensamiento, tenemos todos los motivos para volvernos a CB, ya que es aquí donde se encuentra su última palabra sobre el Cántico, la voz de una poeta que es al mismo tiempo teólogo.
Resta por explicar la metodología que hace al Cántico ser lo que es, una suerte de escalón a punto de alcanzar el cielo. Juan de la Cruz es un santo cuya pluma parece estar tocada por ángeles o, mejor dicho, por serafines borrachos de amor a punto de cometer una travesura. El estilo de San Juan de la Cruz es lo que, según nuestra hipótesis, debe dar pie que dilucidemos el fenómeno mental y espiritual al que nos eleva su lectura.


3. Se escapa de las manos. Técnica

La Academia de la Lengua Española lo ha declarado “autoridad” en prosa, argumentando que es un autor que basta por sí solo para justificar el uso de vocablos y modos de expresión .
Aliteraciones, encabalgamientos, repeticiones… Todos vicios arraigados en el Cántico. Estos “vicios” recurrentes en San Juan, vistos bien, no son sino herramientas de absoluta valía en un poeta de profundo y entrañable misterio. Entramos en problemas al analizar más de cerca los versos que, aplicados por él, resultan magistrales giros del lenguaje y, como dijimos antes, rasgos de una escritura que no fluye, sino que cual vino de consagrar, toman cuerpo gota a gota, en un lento acumulamiento que no cede a los arrestos de ninguna pasión. Es su poesía pasión encerrada en una gota de vino, que nada más advertirla perece. No podemos saciar nuestros deseos, y sin embargo quedamos extasiados. Para averiguar el fenómeno hemos de analizar.

pasó por los sotos con presura…
el silbo de los aires amorosos…

Si consideramos detenidamente, la aliteración, en un verdadero poeta, no es nunca artificio, sino un fenómeno intuitivo, profundamente ligado a la entraña de la creación. A este tipo de hallazgos corresponde sin duda

un no se qué que queda balbuciendo…

En general, la sucesión inmediata de tres sílabas que resulta molesta al oído. En este caso, tras la vaguedad de un no se qué, esa repetición indica una duda, un entrecortado titubeo, que va a complementarse, a recibir su justificación con un gerundio balbuciendo en el que cuaja la acción verbal. Este es uno de los mas, acaso el más, citado ejemplo del Cántico. No queremos dar a entender que este verso encierra la complejidad del poema entero, sino que es técnicamente, el mejor esteriotipo de la revolución poética del versificador toledano. Y que, no obstante entenderlo, estamos inermes para descifrar el profundo porqué de eso místico que nos deja balbuciendo.
“… [no hay] nada, o muy poco —admite un admirado Dámaso Alonso, tratando de explicarse por qué lo místico es místico— que explique esa sensación de frescura, de virginalidad y originalidad que nos produce su obra y que es como un delicioso oreo cuando a ella pasamos desde las de otros poetas, aun mayores de los mayores denuesto Siglo de Oro…”
No exploraremos la métrica o la relación con las literaturas de su tiempo. ¿Nos faltó ahondar en ejemplos que justifiquen nuestras aseveraciones? Pusimos nuestro empeño en traer a cuento, en describir simplemente, los rasgos salientes en el Cántico, y tuvimos que rozar algunos otros que destacan en la Llama y Subida. ¡Cuánto por decir nos faltó y qué limitado el tiempo del que disponemos! Si logramos rodear al menos los motivos de lo indescifrable en la poesía mística, cumplimos. Insatisfechos quedamos pues San Juan precisa mayor esfuerzo que el nuestro. El que hicimos fue un viaje de exploración a los puntos más importantes de una obra, ¡una sola!, del poeta toledano. Esto va al inicio, ya ni modo: se quiso una introducción a las razones que hacen indescifrable lo místico.

Fuentes

Alonso, Dámaso. La poesía de San Juan de la Cruz. Ed. Aguilar. Cuarta edición. España, 1966.
Álvarez Gato, Obras, Ed Artiles, Madrid, 1928
Biblia de Jerusalén
Garci Sánchez, en el Cancionero general, de 1511, núm. 659, también en el Cancionero de Evora, Ed, Hardung, núm. 16, pero aquí anónimo.
Garcilaso y Juan Boscán, Obras. Ed Porrúa, México 1960.
Nueva bibl. de AA. EE., XIX, 15. Que era versión a lo divino de un tema profano lo sintió Menéndez Pelayo también (Antol. de poet. lír. cast. VI, 209).
Penella Jean, Lordes. Guía de Estudios. Siglos de Oro I. Facultad de Filosofía y Letras. Universidad Nacional Autónoma de México; enero de 2005, pp. 59.
Relación de la M. Magdalena que, junto con una carta, escrita el 1-8-1630, envía testimonio al P. Jerónimo de S. José. BMC. 10, 323.
Testimonio de la M. Leonor de Jesús. BMC 14, 159.
Revista de Filología Hispánica, I, 1939.
Ruiz Salvador, Federico. Introducción a San Juan de la Cruz. El escritor, los escritos, el sistema… Ed. Biblioteca de autores cristianos. Madrid, 1968.
San Juan, San Juan de la Cruz. Obras completas. Ed. Sígueme. Salamanca 1992
Thompson P., Colin. El poeta y el místico; un estudio sobre El Cántico Espiritual de San Juan de la Cruz. Editorial Swan, Madrid, 1985.

enero 01, 2007

Un golpe de dados a la hidalguense

Pachuca. Había cursado tres licenciaturas (Relaciones, Ciencias políticas y Comunicación) antes de meterse a estudiar letras. A sus 30 años aún quería alargar la manutención paterna; y como sus papás nunca le “levantaron la canasta”, entró a una universidad de paga en el DF que lleva por nombre el de Sor Juana.
En su último año de clases le advirtieron que, para graduarse, debía hacer una investigación llena de citas eruditas y nombres extraños sobre la obra de la monja poetisa, o bien, podía escribir un libro sobre lo que le viniera en gana. Lo segundo aparentaba ser más fácil; significaba una tarde de linda inspiración al lado de la computadora y de una taza de café. Eligió hacer un poema sobre Pachuca.
Una vez tomada la decisión, se regresó a la tierra natal, donde su papá, Alfredo Rivera Flores, goza de prestigio como escritor y amigo, y además goza de una librería nada despreciable.
Empero, la tarde ésa de inspiración se extendió por varios meses. Alfredo Rivera Rubio no avanzaba ni un centímetro en la redacción de su proyecto de describir a Pachuca en unas cuantas líneas, y se vio en la necesidad de estudiar la historia de la capital de Hidalgo: encontró que la naturaleza alcohólica de Pachuca tenía mucho de divertido. Desde el tiempo de los aztecas, los reyes de penacho de quetzal se trasladaban hacia estas tierras, toda vez que aquí gozaban de lealtad perruna y de lindas morenas de cascos ligeros, además la tal Mayahuel, diosa del pulque, parecía haber elegido a Hidalgo como morada predilecta para fabricar su blanco brebaje. Desde esas fechas hasta el incendio de la disco Lobohombo, las edecanes del placer han encontrado en Pachuca terreno limpio para ejercer su oficio con libertad. Qué locura. Paralelamente, la minería, el viento y los pastes de carne iban revelando en la cabeza de Rivera Rubio un código extraño a través del cual veía la posibilidad de describir su ciudad.
Habrían de pasar dos años de documentación entre libros viejos antes de sentarse a escribir su poema. Él mismo platica que su papá se asomó al cuarto de estudio para preguntarle cómo iba eso, y él pidió un año más, prometiendo que ahora sí sería el último. Pero mentía.
Al cabo de cinco años (finalmente) entregó un poema de casi 60 páginas lleno de simbología matemática, mayúsculas mezcladas con minúsculas, un chorrito de ron blanco y cinco dados: todo agitado en un vaso de cuero y puesto a girar sobre una mesa de cantina. El título mismo es muy poco convencional: al nombre de Pachuca, Rivera Rubio le quita letras y las voltea hasta que, según él, se ha conseguido la fórmula químico-poética de esta ciudad donde la noche y el alcohol parecen correr en un mismo río.
Nadie, y menos dentro de su familia, nadie podía creer que aquel treintañero de vida disipada hubiese renovado el lenguaje aunque fuera en lo más mínimo. Pasiones como la del fútbol, la de las mujeres y la del licor, nada extrañas en el público pachuqueño, forman la mayor parte de este largo poema que discurre entre mesas de cantina, fajes indiscretos en las colonias populosas y en la porra ultra del estadio Hidalgo, donde juega el equipo de fútbol de los tuzos del Pachuca.
En Achca: un golpe de dados se reúnen los charros y los licenciados del partido tricolor que juegan los fines de semana apuestas de miles de pesos en una tirada de dados. En alguna parte del poema es azotado el vaso de cuero café sobre una mesa manchada de limón, y los dados encierran el destino de un minero a punto de precipitarse de cabeza por la boca de la mina. Achca: un golpe de dados es la propia Pachuca sin sexo y en cuyo sustitución se halla un paste de carne del que se puede beber pulque al final de una jornada extrayendo plata.
El propio autor acepta que su poema no está construido de manera que su comprensión sea sencilla. Y es cierto: por un lado, hay que ser pachuqueño o por lo menos haber vivido ahí para entenderlo, y, por otro, también es útil leer y releer el texto varias veces: cuantas más, mejor.
Esta acelerada aventura dejó a Alfredo Rivera Rubio con cinco años de más en la suma de su vida que empieza desde 1970 hacia acá. Ahora planea escribir una cosa (“novela”, jura) en la que se hable de todo el estado, y ha elegido el nombre de HGO: abreviatura de la palabra Hidalgo.
Piensa repetir los cinco años de excesos verbales y de ron que vivió en Pachuca, pero ahora multiplicados por los 84 municipios que arman a la entidad. Por lo menos, dice que recorrerá tres veces de cabo a rabo cada esquina del territorio con cuya experiencia hará un trabajo de 600 páginas. “Si lo he atrasado es por falta de tiempo”, sostiene el recién titulado licenciado en letras castellanas y maestro del kindergarten que pertenece a su papá. Resta esperar que, una vez escrito, HGO sea puesto a circular, no como Achca… de cuyo tiraje, todos los libros los tiene el poeta encerrados en su casa, y no le quita el sueño ponerlos en distribución.

El puerto, el aterrizaje y cosas peores

1. Habíamos bebido y esnifado coca hasta las ocho o nueve de la mañana. Yo tenía que hacer un pago en el banco de no recuerdo qué cosa, pero aún así fui puntual a la cita con Guillermo Fadanelli, que vendría a visitarnos desde el D.F. Llegué puntual, a las dos y media de la tarde, y el bar permanecía en calma: el padrote del lugar, un pelón muy blanco de unos treinta años, estaba viendo las noticias con Lolita Ayala, y fumaba recargado en el mostrador.
—Qué idiota— me dije sin saber por qué.
Solicité una michelada, y otra y otra, y llegó el primer par de amigos:
—¿Y Fadanelli?— me estrecharon la mano y pedimos la primera ronda.
Charlamos, cómo no, de la noche anterior. El más panzón de los tres es el más locuaz… el de más verborrea. El segundo parece su guarura flaco: no habla, no lo contradice en voz alta, pero estoy seguro —yo lo sé, lo presiento, me imagino, como esas cosas de las cuales desconocemos pero estamos seguros de tener la razón—que en privado, en su cabeza, ahí mismo entre trago y trago, que le mienta la madre apretando los dientes… mientras chupa el limón y lame la sal del borde del tarro.
—¿Cuánto tiempo llevas aquí?
No respondí. Pinche gordo. Me limité a ir al baño para esnifar los últimos doscientos pesos que traía de polvo. Recuperado, bebí las últimas rondas. Dos jamones somn minifalda de licra se sentaban en las piernas de los parroquianos; también consumían coñac y whisky, y reían enseñando las anginas y parecían, no sé por qué, estafar a los alfeñiques bebedores; e iban al baño constantemente. En una de esas, perseguí a la de entallado rojo:
—¿Cómo te llamas, guapo?
—Luis. ¿Cuánto cobras?— yo escupía al hablar. Veía borroso. Le cogí los senos como un aguacate. La lastimé.
—¡Ay! Depende…Si quieres platicar, soy tu amiga. Si quieres besarme, soy tu novia. Si quieres sacarme de aquí, soy… gatúbela.
Me vi al espejo, que estaba manchado de sarro, mientras, ella subía la pequeña falda por encima de las nalgas, rígidas, dos balones bien inflados, magníficas. Hicimos, o únicamente yo, una suerte de acto sexual sin tocarnos, sin besarnos. Salí de allí y sonaba la bachata.

2. Fadanelli nunca llegó, y nosotros terminamos temprano, aún no amanecía, acompañados por las piernudas del Puerto, en mi apartamento. Como pudimos, nos bañamos, uno a uno, o en parejas, o de tres en tres, amanecí con la novia del gordo. En 20 metros cuadrados, hicimos el amor en lo que nos quedaba de noche, bebimos, esnifamos, desayunamos, más de 12 personas. Era viernes, y fuimos a terminar la semana al Puerto de Llanes. El trato se sobreentendía, no tuvimos que decirle a las piernudas: “tú te vas, trabajas, te sientas en todas las piernas, de dejas dedear. Le entras a todo lo que quieran. Pero no nos abandonas en la noche, cuando ya no hay clientes, que hoy vas a sentir esto…por todas partes”.

¿De cuando acá amenazamos con la puritita vista? ¿A partir de cuando, ya somos hombres de pocas palabras, así como dicen, unos cabronazos? Nada de eso, pero ellas se dejaban, y nosotros traíamos unos billetotes lavados, o sea, limpios como angelitos, y nos hacían sentir bien. Mezclamos vodka con jugo, cognac con coca cola, y whisky con tehuacán.

Alguien cargaba teléfono y recibió la llamada de Fadanelli:
—Dice que mañana viene, a la hora de siempre.
—A ver pásamelo… ¿Bueno…? ¿Qué pasó…? Cómo has estado cabrón…? JA JAJA…

Pinche gordo. Como si de veras. Por la cabeza me pasó un pensamiento: y si fuera escritor, si pudiera tutear a Fadanelli, aún más: si pudiera pendejearlo, mentarle la madre en buena onda. Qué encabronadas ganas me daba poder hacer eso. Pero ahora me besaba la chica del gordo, estaba bebiendo. Y una farra no se deja a medias.

3.- Vestía pantalón negro de mezclilla, chamarra verde olivo y cachucha negra, con una calavera por el frente. Se ve muy diferente en las solapas de sus libros, en las fotos de los periódicos. Francamente parece un pobre diablo; pero tiene cuarenta y un años y sabe haces lo suyo: escribir. Y se ha tirado cuerpos con los que yo sudo solitariamente.
Pidió un a cerveza y jugo de tomate “para ir mezclando”. Por principio de cuentas, yo me quedé con esa frase que me pareció sacada de un libro, o digna de aparecer en uno.
El padrote se acercó y ofreció las de la casa. Fadanelli bromeó sobre el asunto y soltó una risotada, pero bebió. La tarde empezó a todo mi gusto. Estar allí me pareció como vivir en un cuadro de museo. Fadanelli hablaba de Calos Monsiváis como yo lo hago de mi vecino, decía que Sergio Pitol—uno de mis héroes— era una señora. Se burlaba a palta tendida de El Gordo, de Mario Bellatín, de sí mismo. Luego hablamos de cosas que no recuerdo bien a bien, pero que me hicieron estremecer; la sensación no se olvida. Salimos caída la noche. Yo me fui en el carro de Fadanelli, un último modelo muy incómodo. Agarramos carretera y llegamos al table. Creo que habíamos bebido mucho, porque cada cual decía que la buenísima, una cubana nalgona, le guiñaba el ojo. Yo también creí que me lo guiñaba a mí. Al final la compramos junto con otras tres. Allí mismo abandoné a mi nueva novia, la ex del gordo.
Todas olían a mujer de verdad. A licor, a mucho mucho sexo, a carne. Nos turnamos como pudimos. Mientras tres se repartían con una, dos me satisficieron, y la cubana, a Fadanelli. En esa ocasión sentí la necesidad de saber hablarle a una verdadera mujer, como Fadanelli mientras lo hacían de a perrito.

Hacer literatura independiente; letras peso gallo

Pachuca. Es difícil imaginar que un escritor de apariencia como la suya asegure que sólo existen dos géneros musicales: el Rock y el Heavy metal. Y es casi imposible creer que compre la Play boy para leer los artículos que allí aparecen. ¡Quién carajos se resiste a voltear la página y chorrear una de esas conejitas! Creo que sólo él.
Nacido y avecinado en Monterrey desde toda la vida, Luis Eduardo García (1959) ha publicado varias docenas de artículos en el diario El Norte y conducido un programa de radio tan irreverente que le valió para ganarse varias mentadas de madre en la calle y un número similar de increpaciones por “pinche hereje”. En pleno fervor mediático contra Gloria Trevi, él preguntó con sarcasmo en uno de sus programas: ¿a quién no le hubiera gustado ser Sergio Andrade por lo menos durante un rato?
Hay que tener valor para enfrentarse a una sociedad moralina como lo es la mayor parte de de la regiomontana, y él lo hizo; quizá por eso tuvo que venirse a vivir a Pachuca desde hace unos meses, aunque él jure que fue por su trabajo (es ingeniero en Sistemas).
Luis Eduardo hasta la fecha ha publicado dos libros, Technotitlan: año cero y Nuestras guerras secretas, ambos no sólo los escribió sino que los diseñó, buscó el patrocinio para que vieran la luz, los distribuyó en la FIL de Guadalajara en 2002 y varios los vendió de uno en uno pegándose, como le gusta decir, su fotografía en la playera.
Nuestras guerras secretas es un ensayito de cien páginas que sin empacho él da en llamar “libro de superación personal”; y lo es, pero si algo tiene de rescatable no es en efecto el tema sino el modo de publicarlo: me hace pensar que fue a las editoriales y al primer rechazo les escupió el rostro, y por eso él debió hacer todo.
Technotitlan: año cero está mejor, mucho mejor. Son casi 600 páginas en las que se desarrolla una novela sobre 1968, y sucede mediante personajes tecnificados cuya temporalidad se sitúa hacia el 2018. La historia retrocede hasta el 68 y va avanzando hasta llegar a una suerte de 68 Recargado en la llamada "Poli Universidad". Sin duda es gracioso el tema.
Incluso cuando me la ofrecieron para que la leyera, me dio flojera; pero en un rato, sin sentir, las tantas páginas se habían había terminado.
No obstante, ni un libro ni el otro son lo importante. Lo que interesa es su modo de trabajo. Ambas publicaciones (más Pájaro Vespertino, cuentos digitalizados en CD) las hizo en el espacio que tenía entre las 11 de la noche y las tres de la mañana. Luego los puso en internet y una mujer con buenas intencionas que leyó la novela en la red, le dio los treinta mil pesos que necesitaba para publicar Technotitlan…
Publicitarse solo, aprender gestión empresarial por medio de libros estilo “¿How can I do it?” y hasta inventar la Editorial Enjambre para publicarse, fueron algunos escollos que debió librar Luis Eduardo para poder ver sus libros circulando.
El puro gusto por escribir, medio bien o medio mal, y no permitir correcciones en el estilo de hacerlo, es el eje motor que mueve a un escritor avezado en las letras (dos mil libros, cientos de Play boy y veinte años de suscripciones a Time y Superman) a decir lo que le venga en gana y, de paso, ganarse pleitos con el gobierno.
Aunque trabajó en la campaña de nuestro joven y “guapo” gobernador (jé), debemos confiar en que este escritor como pocos no caiga en las caricias del placer chabacano que llega cada quincena.

Marek Valenta; caer en un mate austero

El siguiente, a mi juicio notable, texto, de Alejandro Vázquez, lo pensaba incluir en una antología digital de cuentos peculiares, borgeanos... que sin embargo, no fue:

Valenta, Marek: Jugador checo de la segunda mitad del siglo XX. Nació en Karlovy Vary (Carlsbad) en noviembre de 1938. Su madre murió cuando tenía él dos años y su padre consiguió mandarlo a Volhynia con sus abuelos, quienes radicaban allí desde 1915. A los diez años recibió una beca para estudiar ajedrez en Leningrado, en donde residió hasta 1955. No consiguió el título de Gran Maestro (oficial desde 1950) a pesar de haber sido uno de los jugadores más prometedores de su generación. Su figura está rodeada de leyendas, hoy sólo se le recuerda por éstas y por una serie de partidas conocidas entre sus seguidores como las cuatro derrotas (1). En 1947 —considerando reducidas sus posibilidades en el ajedrez—, aconsejado por sus amigos Artur y Nicolai Fomin decidió matricularse en la Universidad de Leningrado. Comenzó a asistir regularmente al curso de filosofía contemporánea, para el cual presentó como trabajo final un estudio de aproximadamente treinta cuartillas acerca de la aplicación de los métodos Quine al ajedrez.
Tras ese periodo sabático volvió a ser jugador del tiempo completo, pensando en prepararse para el torneo nacional. En 1951 ya era conocido prácticamente en todos los círculos ajedrecísticos de Europa oriental, particularmente por el rumor de que ganó una partida amistosa contra Paul Kerner (dato actualmente incomprobable). Según algunos testimonios, el reascenso de su carrera coincide cronológicamente con una obsesión que lo persiguió el resto de su vida. Escribió Artur Fomin una nota biográfica para la publicación Stalemate:

A veces abría la boca y su oponente lo miraba fijamente esperando que le dijera algo… Un día me confesó lo que sucedía, detrás de cada partida realmente se jugaba otra. El adversario podía estar lanzando sus piezas al centro —creyendo que jugaba la Ruy López— pero en sus ojos se veía la urgencia de obtener una victoria, la fe en la ingenuidad del oponente. Por lo tanto lo defendía como un pastor, fingía inocencia mientras su adversario intentaba mantener la posición fatal. Tras una defensa de Pirc podía ocultarse la necesidad de poseer; el hipermoderno control a distancia ser una fachada tras la cual el jugador buscaba el centro. Ahora estoy convencido de que mi fe en Marek Valenta se basaba en mi ignorancia de los menesteres del ajedrez. (2)

Tan sólo dos años después, y habiendo obtenido un buen lugar en el torneo nacional de la Unión Soviética, comenzó a perder partida tras partida. Dijo al respecto Peter Luebreck: “Un jaque podía ser una respetuosa retirada, o un gambito de rey podía ser un mate; así se justificaba ante quienes perplejos lo veíamos retirarse sin motivo o festejar una derrota en una partida contra un aficionado. Hoy puede sonar estúpido y poético, en aquel entonces era sólo estúpido.” (3)
A finales de 1954 se dio cuenta de que las piezas eran contingentes; fue capaz de percibir el mundo en su totalidad, es decir, como categoría ontológica del ajedrez. Rechazó el tablero por considerarlo una creación para débiles mentales y comenzó a referirse al juego como “la abstracción de los trebejos”. El escritor argentino Honorio Bustos Domecq ironizó: “[…] tiene todavía sus propios trebejos, aquellos de los que nunca pudo librase: alguna cara, un boleto, una sombra” (4). Se dice que el mismo Bustos fue a París en 1965 específicamente para conocerlo y que instado por él, poco antes de morir buscó el anonimato por medio de una artificiosa invención.
La relación de Valenta con la comunidad intelectual se fortaleció cuando apoyó al Frente de Liberación Nacional de Argelia a finales de los años cincuenta, lo cual no demeritó la admiración que Camus le tenía, quien incluso planeaba agregar un apartado sobre él en una futura edición de El mito de Sísifo. Apenas un par de años después, el ajedrecista fue considerado un traidor por alinearse con la causa imperialista contra Zambia y Malawi.
Fue en extremo versátil. Practicó el asesinato político, tradujo la obra completa de Marcial al checo, trabajó voluntariamente en los campos de arroz de Cambodia, fundó dos empresas trasnacionales y publicó un puñado de críticas de jazz (sobre todo de Miles Davis); cosas que a su vez eran reyes ahogados, peones colgantes, a veces todas juntas constituían un gran fianchetto. Una mañana de 1982, tras años de evadir infinitos jaques, Marek Valenta recibió un mate técnico de dos alfiles.
____________
1. En realidad una de las cuatro partidas resultó tablas. Se conservan gracias a un sobrino de Lasker que se encargó de reconstruirlas a partir de transcripciones parciales y de difundirlas posteriormente en un panfleto. Actualmente se consideran una curiosidad y prácticamente no se estudian.
2. “Valenta: a diez años de su muerte.” Stalemate, año 15. No. 3; marzo 1993.
3. Cfr. José Cruz Báez.
4. Cfr. Eugenio Ocampo.

Diego José y el oficio de escritor

Pachuca, Hgo. La literatura es una constante en la vida de Diego José (Ciudad de México, 1973) o, más adecuadamente, es un ciego impulso que lo orilla a escribir en varios géneros literarios como el ensayo y la novela, aunque, él mismo lo asienta, su oficio es la poesía.
Autor del libro de ensayos Nuevos Salvajismos. La perversión civilizada recién presentado, Diego en breve abandonará Pachuca por espacio de un año, durante el cual estará viviendo en España. En este país su esposa estudiará una maestría, y él va a escribir y promover sus libros y su trabajo como articulista en varios medios electrónicos.
En una de las mesas del fondo de la Cafetería del DIF Diego en entrevista prefiere no hablar de su partida. Lo mejor “es que platiquemos de lo que he publicado, porque mi estancia allá es simplemente un cambio de residencia, como si me cambiara a otra colonia de aquí mismo; o al departamento del piso de arriba”. “Voy a seguir escribiendo —lo que ya hago—, y voy a prepararme; es cierto que trataré de absorber la circunstancia española y el entorno de allá, pero nada más.”
Diego José llegó a Hidalgo hace 9 años, en 1996, con objeto de prepararse y estudiar. Se fue a Huasca, y ese viraje diametralmente opuesto al DF se vería reflejado cuatro años más tarde en su primer poemario Cantos para esparcir la semilla. A la par de su estancia de “estudio e interiorización”, Diego consigue trabajo para dar clases a estudiantes de bachillerato. Y eso también marcaría la vida del poeta, del hombre y del autor.
“Ahora que me detengo un poco a ver cómo han sido estos últimos años, me doy cuenta que mi vida no la puedo entender sin mis clases. Creo que ha sido una parte fundamental” —profundiza el autor de la novela El Camino del té.

Premio tras premio
En 2000, tras cuatro años en Hidalgo de estudio, vida e interiorización profundas, Diego envía su poemario Cantos para esparcir la semilla al Fondo Editorial Tierra Adentro, y más tarde al Premio Nacional de Poesía Carlos Pellicer para obra publicada, mismo que en ediciones previas habían ganado maestros suyos como Francisco Hernández el hoy indispensable poeta Bartolomé. “Por eso, haberlo obtenido fue muy sorprendente: significó estar un poco junto con personajes contemporáneos a los que yo admiro y de los que he aprendido muchísimo.”
Este libro , según el propio autor, tiene tres ejes elementales: “Fue el resumen de mi contacto con la naturaleza (humana, de Huasca, de los estudiantes) lo cual de alguna manera me condujo a la idílica niñez; pero también fue el rescate de mis experiencias
vividas durante esos cuatro años. Y era la celebración de la poesía.”
A manera de antítesis de Cantos para esparcir la semilla, Diego escribe dos años más tarde Volverás al odio. También ganador de un premio nacional, en este caso del certamen Efraín Huerta que otorga el estado de Guanajuato, Volverás al odio es algo así como “tañer la cuerda del dolor”.
“En este libro, ahora me doy cuenta, lo que conseguí fue hablar del desgarramiento, pero con un poco del gusto por ese dolor y la pérdida. Es la ironía del dolor; pero de satisfacción ante ese sufrimiento.”
Sobre el proceso por el que han pasado sus libros, el poeta comenta que nada ha sido planeado. Lo que hace es vivir atento al lenguaje, a su entorno y a su interior, “porque esas tres cosas deben confluir para que la poesía sea; de lo contrario podrá ser una peripecia del lenguaje, un derroche de habilidades... pero no poesía”.
Por ello lo que Diego José hace a cada momento es permanecer atento, con los sentidos y el entendimiento agudos. Y partiendo de allí, escribe.
Aunque desde el ‘99 empieza a escribir El Camino del té, no fue sino hasta el este año cuando pudo ver al luz. “En el libro tenía el deseo de relatar una historia de erotismo relacionado con el arte erótico japonés”. Y lo consiguió. Ello gracias a que el libro no es ni novela, ni poesía ni prosa poética; sino todo ello junto. Pero eso en principio era un impedimento para que la editorial Random House Mondadori se lo publicara. “No sabían cómo clasificar el texto, porque aunque es una novela, es muy corta, y además el lenguaje lo cuidé para que no dejara de parecer poesía.
“Incluso me llegaron a decir que le anexara unas páginas más; pero cómo: el texto es eso y no más. Ni modo que le pusiera treinta páginas sólo para hacerlo comercial.”
Sin embargo, y el propio Diego lo reconoce, El Camino del té es el trabajo que lo ha hecho más famoso o, por lo menos, ha provocado que los reflectores apunten hacia él. Y entre ese ambiente, este mismo año gana el Premio de Literatura Abigael Bohórquez por su libro de ensayos Nuevos Salvajismos. La perversión civilizada. Éste nunca fue pensado como libro, sino que originalmente eran los apuntes utilizados para dar clase a sus estudiantes, por lo cual Diego debió trabajar en la redacción a fin de hacerlos precisos, breves, sencillos... Y al paso del tiempo, resultó que entre ellos había cuerpo, cuerpo como para un libro formal. Luego queda armado Nuevos salvajismos...
“Y el libro habla de temas contemporáneos como la mediatización de la vida común; de la comida fast food cuyo objetivo es hacer que las personas se entretengan menos en comer y más en trabajar, o en comprar cuando se trata de un centro comercial... Pero no satanizo nada, simplemente propongo detenernos a pensar un poco en el mundo que estamos viviendo para que a partir de ello, sepamos mejor cómo entrar a él.”

Poesía sí, notoriedad no
Escritores no sólo en Hidalgo, los hay que se preocupan por su imagen pública. Pero no por aquélla que les otorgan sus libros o artículos en prensa, sino por la imagen que confiere su foto en la página de sociales, en la presentación de ésta exposición, por brindar con aquél y aquél otro. Hay muchos en Hidalgo, pero Diego José desdeña —y es tácito— a todos ellos.
Y, para muestra, si no deja de asistir a las presentaciones de sus propios libros, parece ser que no es porque sean suyos, sino porque hay que cumplir con una obligación contraída con la editorial o con los comités que lo han premiado.
—Así como Gabriel Zaíd, que nunca aparece en entrevistas y mucho menos en fotos, parece que tú tampoco quieres que te conozcan, o no más que por lo que escribes.
—Gabriel Zaíd ha influido mucho en la vida intelectual mexicana, y lo ha logrado sólo con sus libros. Es cierto. Y Algo similar sucede con José Emilio Pacheco. En una entrevista, le preguntaron por qué nunca daba declaraciones, y él dijo que todo lo que debía declarar estaba ahí, en sus libros.
“Estoy convencido que la obra debe ser lo más importante para el escritor; pero claro que para que pueda haber comunión con su obra, debe tener una vida, ésta, la mundana. Importa que tenga una vida ética. Ni el talento, ni el exagerado estudio, pueden suplir a la vida en su entereza.”
Hace un par de meses se presentó el poemario de un alumno suyo, Antonio Gil, y Diego participó con los comentarios. Aquella ocasión sentenció: “Sólo te puedo recomendar algo: paciencia, eso es todo.” Y aunque Diego no dice nombres, flota en el aire la presentación de aquél viernes en el que hubo cervezas, un cortometraje hecho por ése joven autor, una sesión de preguntas y respuestas; y hasta hubo un espectáculo de música electrónica.
Sobre ello, el entrevistado dice que no está mal. “No está mal que si un poeta tiene capacidad para hacer pintura, escultura, y además escribir, lo haga. Pero esos espectáculos de performance donde interviene el poeta, está bien que lo hagan, pero no que pretendan notoriedad a partir performances y no de su poesía.”

Futuro y paella
No obstante la reserva de Diego para hablar de España —“por ser un tema muy personal e íntimo”—, le insistimos sobre los planes y proyectos que tiene en puerta.
“Sólo te puedo decir que estoy pensando en escribir una serie de ensayos sobre los poetas mexicanos posteriores a Octavio Paz, a quienes consideras mis verdaderos maestros. Pero lo estoy pensando, no sé si los voy a escribir y mucho menos a publicar. Eso, digámoslo así, eso ya no es cosa mía.”
Y agrega, ahora sí serio:
“Lo único que puedo esperar es seguir escribiendo, y hacerlo bien. Que el pulso interior por escribir tenga la necesidad de hacerlo.
“Aunque también debo entender que si más adelante mi camino es ya no escribir, pues lo entiendo. También el silencio es importante.”

Mujer llena de versos

Cd. Sahagún, Hgo. A la espera de que aparezca el nuevo poemario de Alejandra Craules Bretón, Los laberintos, tendremos que hablar del que acaba de ver la luz, Puntos cardinales, y del anterior, que le valió un premio nacional no hace mucho: Palabras fértiles.
Alejandra nació en Puebla hace treinta años cobijada por una familia fatigosamente católica, y se vino a vivir a Sahagún cuando aún se chupaba el dedo. Desde entonces la suya ha sido una vida de trashumancia que inicia en aquí, va de regreso a Puebla, luego a Jalapa y por último al DF, donde finalmente se paró en seco y dijo: “Ya. Ya estuvo. Ahora sí.” Fue cuando entra al taller de literatura que fundó Juan José Arreola en la Casa Lamm hace tiempo ya.
Una vez instalada se convirtió en alumna constante (cosa que a su edad parecía imposible), empezó a comprar libros de esto y lo otro, y llegó a ser la lectora más empedernida de la calle de Gutiérrez Nájera, hasta el grado de contar sus monedas y tener que elegir entre un libro y un plato de comida. Además tuvo la oportunidad de hacer migas con Hugo Gutiérrez Vega, con Eduardo Casar y con Juan Domingo Argüelles. Fue entonces cuando se tomó en serio eso de escribir poemas. Nunca eligió la opción comida.
Alejandra, que había perdido a su pequeña de veintitantos días de nacida cuando vivió en Jalapa, en la capital del país sacó todo lo que tenía contra el tal Dios ése y contra el mundo entero; no obstante, su praxis poética desde un comienzo fue tan cruel como hacer el amor en una cama de alfileres. No descargó su revólver mienta-madres en ningún momento; en cambio, optó por rebanarse a cuchilladas frente a nosotros, y luego decirnos, bañada en sangre: “Lo hice por ti, amor.”
Es eso lo que encontramos en Palabras fértiles (posible referencia a su hija muerta), que le publicó el Instituto Hidalguense de la Juventud y el Deporte posiblemente como compensación a un año de trabajo que nunca le pagaron.
De vuelta en Sahagún. Sin trabajo pero al fin con un pequeño cabellos de miel en la carreola, a Alejandra le publican Puntos cardinales. Vistos en conjunto, el anterior poemario y éste denotan añejamiento en el oficio de la poetisa. Sin embargo, en ningún momento supera al primer libro de nuestra autora, y ella tiene la culpa: haberlo hecho tan endiabladamente bien.
Niña pero responsable, la editorial Todas las Voces se encargó de disponer los poemas de Craules de manera que el trabajo de ella, el de diseño y el de edición fueran diferentes; pero unidos, nos hicieran sentir ante un mismo y redondo asunto. Igual que cualquier dirección apuntada en servilleta es el rumbo al que se dirige Craules con maleta y todo, para ser leído el libro debe voltearse de cabeza, volverse y desdoblarse cual cartita de amor caprichosamente guardada. Aunque aparente locura, lo cierto es que a falta de dinero, el libro es una muestra de creatividad sometida a duras jornadas de trabajo.
En estos días Alejandra anda presentando Palabras fértiles donde le den permiso y para ello se ha reunido con un cuatro talentosos darketos salidos de Sahagún que tocan música medieval y celta: Tania Maciel, Marcos García, Emmanuel Gómez y Marco Manzano. Ya lo han hecho en escuelas y hasta en la iglesia de aquí, lo que dio un efecto contrastante y estupendo.
Fue una propuesta muy atractiva verla girar su poemario mientras lo leía, y escuchar de fondo música entre triste y apacible. Ahora que empiece a circular Los laberintos seguramente presenciaremos algo mucho mejor viendo cómo da vueltas al librito, pues ha dicho que los poemas que incluya van a aparecer impresos precisamente a la manera que indica el título.

Loop Traicionero: la música de la poesía

A través del ritmo (musical y ambiental) Juan Carlos Hidalgo armoniza muy a su manera la vida que a nuestros tiempos les gusta: la carnal y material sobre todo. Además en Loop Traicionero no hay distancia entre los clásicos de hace diez siglos y los vates de hace diez meses, siempre que su poesía nazca de la entraña del sentimiento (por más profano que éste sea).



No son buenos tiempos para la literatura, y muchos menos lo son para la poesía. Desde nunca los vientos han apuntado a favor de los poetas y de la lectura de sus versos. Juan Domingo Argüelles en su “Jornada de Poesía” de la Jornada Semanal, hace poco hizo un recuento del número infinitamente menor de libros editados de poesía frente a los abrumadores tirajes de libros de novela e incluso, de cuento.
Puso por caso a varios poetas, pero el más sorprendente es el ejemplo que dio del poemario de Carlos Pellicer Hora de Junio. La primera edición del libro del vate tabasqueño constó de escasos tres mil ejemplares, y tardó seis años en que se agotaran los libros con todo y la distribución que tuvo a lo largo del país. Es decir, de 1978 a 1983, fecha en que según Argüelles se debió comprar el último libro, se había ido leyendo a cuentagotas una de las más refinadas obras de un poeta consagrado, hasta llegar al número de 500 por año. Si seguimos sumando y restando, caemos en la cuenta de que ni el 0.01% de la población (de 70 millones hacia esa década) pudo leer el libro en su primera edición.
El ejemplo anterior, sólo por poner uno, confirma la regla. Menos en estos días en que sólo leemos lo estrictamente necesario; mucho menos ahora que nuestras lecturas se han reducido a best sellers. Si nunca se pudo, ahora menos. Ahora que la imagen y el culto a ella nos ha exprimido el seso, parece que el lugar de la poesía va a seguir siendo el rincón de siempre y será leída por el mismo puñado de lectores.
La discusión al respecto ha sido eterna, y de las múltiples opiniones de aquí y de allá podemos decir que dos son las más importantes. Por un lado están los que piensan que la poesía ha perdido terreno frente la novela porque ésta última es una especie de Madre de la Literatura y que, por eso mismo, nunca será rebasada por un género “menor”. Del otro lado están quienes creen que la poesía es un género que sólo leen y en el que únicamente conviven seres humanos de verdad esclarecidos; vista la cosa así, sería algo como lo que proponen los griegos cuando afirman que poesía es todo aquello que tiene que ver con el espíritu humano: de ahí la poesía musical, poesía literaria, poesía dramática, poesía escultórica…, en todo lo cual predomina, sin embargo, el ritmo interno del hombre y la búsqueda del equilibro entre la naturaleza y el artificio.
En nuestros días parece de locos pensar en un orden tal. ¿Qué equilibrio o qué ritmo interno? ¿Cuál búsqueda de algo que no sea el placer material y la deificación a lo carnal? ¿A qué ponerse a perder el tiempo con un mundo que antes de agradecernos el esfuerzo, nos apuñalaría por la espalda? Quizá nadie lo sepa, pero sí hay quienes lo intentan.
En su poemario Loop Traicionero Juan Carlos Hidalgo no niega la raigambre materialista que lo corroe internamente; pero al mismo tiempo comprime ese mundo material en unas cuantas líneas en las que además se mezcla la música, la poesía de nuestros clásicos y de los beatnick, así como las artes visuales.
En su búsqueda por hallar un orden del mundo actual —si se le puede llamar “orden”—, Juan Carlos Hidalgo entrevera en la escritura de sus poemas versos de autores clásicos como Quevedo, Sor Juana, San Juan de la Cruz, Santa Teresa de Jesús y se va más atrás hasta llegar a la poesía griega de Anacreonte. Y —nos lo hace saber en su instructivo de las últimas páginas— combina además bandas sonoras al momento de sentarse a escribir. Pero también (y en esto hay que ser insistentes), Juan Carlos nutre con Loop Traicionero la lista de poetas beat en el país. Su recorrido de citas no se detiene. Recuerda al norteamericano Jack Kerouak así como al español Pere Gimferrer, ambos no sólo grandes maestros del beatnick sino herederos de la tradición de Lamantia. Para ejemplo del modo en que Juan Carlos Hidalgo utiliza y homenajea al mismo tiempo a un poeta oigamos su “Safo una noche”, el cual tiene como referencia “El beso de Safo”, que publicara el actopense Efrén Rebolledo a inicios del siglo XX:
“Safo se mueve a través de una pista/ más pulida que el mármol transparente/ tras de una línea/ más blanca que los blancos vellocinos/ en un breve cruce de miradas con Larisa/ se anudan los dos cuerpos/ y juntas esnifan/ vueltas un grupo escultórico.
“Sus acompañantes prologan el rito:/ combas rotundas/ senos colombinos destilando/ generosamente,/ y las dos cabelleras un torrente eléctrico/ repartido entre centenas de luces/ colmando una pasarela de látex, ácido y carne:/ eróticas pendencias,/ ocultas en la espesura digital de esta selva./ Ansiando sumar muslos enlazados/ en un nudo ciego de amor y natura elemental/ capullos inviolados todavía/ que apenas a instantes del estallido/ destilan y confunden sus esencias.”
La sencillez no es pues un atractivo de este primer poemario de Juan Carlos Hidalgo; por el contrario, se coloca como un libro de difícil acceso por la sencilla razón de que quien no haya leído a los autores citados, difícilmente comprenderá el porqué de hacer una obra semejante. Citando al reseñista mexicano Jacobo Samafí que parece hablar de Juan Carlos cuando dice lo siguiente, “los poetas actuales han caído en el prosaísmo”, sin que ello signifique, agregaría yo, que se haya abandonado la búsqueda del ritmo. En efecto, una simple hojeada indica que en este volumen predomina el verso largo, compendioso y acumulativo, pero siempre en búsqueda de la armonía dentro del oído.
En su “Presentación” de la página 7, Diego José cita a Octavio Paz, cuyas siguientes palabras ponen en claro el poder melódico (musical y ambiental) del que hablo sobre Loop Traicionero: “Todas las concepciones cosmológicas del hombre brotan de la intuición de un ritmo original. En el fondo de toda cultura se encuentra una actitud fundamental ante la vida que, antes de expresarse en creaciones religiosas, estéticas o filosóficas, se manifiesta como ritmo.”
Ritmos, tonos bajos, percusiones, sampleos y repeticiones (loops, en inglés) como las de los dj´s; todo ello está reunido en el primer poemario de una persona a la que conocí el año pasado a través de un texto firmado por Ramsés Salanueva. Allí Juan Carlos era calificado como “el más reactivo de los escritores que posee nuestro estado”. Y nada mejor que Loop Traicionero como muestra de ese arrojo. Además de ser una pieza poética por lo demás de gran calidad, la edición corrió a cargo de Pachuco Press: editorial independiente que tuvo la valentía de estrenarse con este libro en un estado como el nuestro, donde nadie lee.
Pluma de una generación a la que sólo pertenece él y el novelista Yuri Herrera, el libro de Juan Carlos lo celebramos los lectores de poesía, aun quienes no logramos entenderla bien a bien.

Bonaerense sabor Babasónico*

*Texto aparecido el 3 de septiembre la edición de Milenio-Hidalgo.


Pachuca, Hgo.-Dibujos animados, pantalones entallados y contoneos frenéticos caracterizan a la banda cuyos sonidos estremecieron la noche, para promocionar su más reciente producción discográfica, titulada simplemente Anoche.
No bien sonó la primera nota de "Flash", los presentes rompieron en gritos. Había sido de tres horas de espera para ver a los seis bonaerenses en el escenario.
Ataviados con pantalón de mezclilla y playera pegada al delgado abdomen ellos, y ellas con calentadores en los tobillos, minifalda a rayas y blusas a go-go robadas del guardarropa de mamá, el público eran adolescentes, preparatorianos. Sin excepción, looks todos dignos de verse.
La acogida fue unánime. Y es que las bandas abridoras Eolica y Deanplastique no lograron conexión con los asistentes. Y no tanto por falta de talento, sino que quienes arribaron al lugar tenían la intención puesta en ver a los argentinos y no tanto en escuchar nuevas propuestas.
Aparecieron por fin, y todo el salón se volvió un solo grito de bienvenida, que lo absorbieron los ritmos de una primera canción: "Muñeco". Con las luces apagadas, unos mil adolescentes se apiñaron unos contra otros en una mínima parte del salón, teléfono portátil en mano, tomando fotos a la banda. Las luces que emitían los aparatos daban la impresión de velas o encendedores flotando sobre sus cabezas.
En el escenario, Adrián Dárgelos inició el reconocimiento con el público. Recorrió el escenario de extremo a extremo midiendo las reacciones que la banda provocó. Al frente, empezó a ondear una bandera Argentina, de unos espontáneos coterráneos suyos.
Atrás de Adrián, Uma en los teclados, Mariano Sónico en la guitarra, Gabo en el bajo, Diego Castellano en la batería y Diego Uma en las percusiones, respaldaban a su vocal.
Sin entablar una interacción con su publico en ningún momento, la banda se limitó a interpretar algunos temas de tres de sus producciones sonoras: Infame, Jessica y Anoche.
"-Qué bueno Pachuca, ¿vite?" —pronunció con calma el líder de la banda, tras la última tonada de "Yegua" (rola famosísima de su última producción). Con marcado acento bonaerense (cierto desdén al hablar), la breve frase bastó para poner a punto la noche.
En un ambiente perfecto para la ocasión, estallaron con rapidez los sentimientos adolescentes. Las parejas más maduras llegarían a los 35 años, y las más jóvenes, a la menor provocación se comían a besos, entre sudor fresco, gritos y luces estroboscópicas iluminándoles los rostros.
Duró lo suficiente la primera tanda de canciones. Sudaban los ventanales que daban al jardín, y la alfombra del salón con vocación para celebrar bautizos, por lo menos la tendrían que limpiar a fondo acabado el brincoteo. Se despidieron los babas. Pero tras un ruego general, una vez más salieron para ultimar con tres rolas, sin tocar "El Loco", la tan esperada canción. Los chiflidos, claro es, no tardaron.
El furor que estallaba canción a canción entre la asistencia, es absolutamente entendible. La banda tiene fama internacional y una trayectoria de no pocos años. Sus arreglos se exponen en los principales foros musicales de América Latina y Europa. Y pensadas para el público juvenil, sus composiciones han cobrado fama con efervescencia. Además Anoche, su última producción, desde hace semanas no ha bajado del hit parade en ventas, euforias, premiaciones.
Meses atrás se presentaron en Puebla. Pero el viernes en Pachuca dio principio la gira Anoche de la banda argentina rock-popera, cuyas melodías son moneda corriente en las estaciones radiofónicas comerciales de actualidad. Aunque la banda no dio entrevistas a ningún medio de comunicación para precisarlo (argentinos, al fin), ha trascendido que el segundo punto de su recorrido en el país azteca es este jueves en el Auditorio Nacional, en la Ciudad de México. Estarán luego en Monterrey y Guadalajara.

La otra cara

La otra cara de Rock Hudson

novela que le valió a Guillermo J. Fadanelli el premio IMPAC-CONARTE-ITESM de Novela 1997-1998, es ante todo una historia del lumpen mexicano, particularmente del de la capital del País. Pero narrada bajo la óptica de un autor que, entre otros vicios, tiene el de perderse en las historias sobre las que escribe. Conoce a sus personajes en directo para después, digamos, moldearlos y meterlos a las historias que crea. Las calles desoladas del centro de la Ciudad de México, los olores infames de moteles “hechos todos como de un mismo molde” —escribe el autor—, las ratas que salen de las coladeras para rumiar en las cocinas, el cochambre en los vasos y los vasos con líquidos ambarinos sobre la barra de una cantina. Tales los escenarios más recurrentes del autor. El ambiente de La otra cara… es lóbrego. La ilación de la historia a ratos tiene un aire de fragoroso desorden. Las diferentes velocidades que se imprimen a la narración, las imágenes (una suerte de fotografías embriagadoras de la miseria), los súbitos cortes y arranques de la acción (un capítulo da inicio con una bala atravesando el centro de un cráneo; otro concluye cuando alguien es trepado a la patrulla y desaparecerá para siempre); son, digo, entre otros, matices salientes de la novela. Y los personajes.
Juan, el Johnny Ramírez, es el central. Ha sido extraído de la narrativa bukowskiana y pertenece al grupo de los que Guadalupe Nettel le atribuye, como constitucionalmente, a la obra entera de Fadanelli ; obra que se puede insertar en el norteamericano canon del “viejo indecente”. El autor tiene (como es fama) al underground por predilecto medio ambiente y en su obra se advierte ese ritornello cada vez menos extraño de la conformidad ante la gran mierda que es el mundo. Su más reciente novela, Educar a los topos, es acaso la primera digresión de esta línea que ha venido siguiendo, olisqueando, la pluma de Fadanelli; pero acaso también esta nueva novela, una suerte de autobiografía (¿qué libro no lo es?), marque el comienzo de una desconocida línea narrativa en el escritor. Tal vez vaya entrando a éste ámbito: uno donde la narración de las historias cede terreno al de la reflexión del autor sobre sus creaciones. No me extraña de él, experto en filosofía. Pero eso es lo nuevo; todavía hasta su no tan reciente libro de relatos Compraré un rifle las cosas permanecían igual en Fadanelli, y La otra cara de Rock Hudson está en la cima de esa literatura que aquí queremos explorar.
Rock Hudson es un rubio, un yanqui, en traje de baño. Así aparece en la imagen que pende detrás del mostrador desde el cual, un gordo Rogelio atiende el motel de la calle Orizaba. La llave que tiene en las manos se la entregó hace rato el camarero. Recién hizo la limpieza en la habitación que el Johnny Ramírez desocupó. Ha salido desde temprano hacia un rumbo desconocido. Nunca nadie sabe a donde va el Johnny; él tiene sus negocios.
En una mesa del café de chinos esperan sentados dos adolescentes, de indefinible edad: lo mismo pueden tener 12 que 21 años, nada de su aspecto miserable los hace diferentes a otros como ellos. Conversan, cuando la puerta giratoria hace sonar las campanillas, bañadas por una fina capa de polvo, que penden del techo. Es el Johnny. Se acerca y platica con ellos. Va a proponerles un bisne. Ambos tiemblan. ¿De emoción, de miedo?
Uno de ellos a lo largo de toda la novela hace de alter ego del Johnny. La narración ocurre a dos voces. Una le pertenece a ese habitual narrador en tercera persona, otra al dicho alter ego. Los episodios donde el Johnny es el personaje, están a cargo del tercer narrador; cuando entra su alter ego a la fiesta, es él quien narra. Aquí la trabazón de la historia. La formalidad maestra del escritor under. ¡El padre del underground!, me gritó un amigo quinceañero, una vez terminando de leer la novela, que se parte en dos secciones cardinales.
La primera ocupa el 80 por ciento de las páginas y se fragmenta en pequeñas narraciones íntegras, casi cuentos. Uno y otro saltan hablando de los dos personajes. Sus vidas se entremezclan, paso a paso, no sólo en la historia sino en el vaivén de la temporalidad en que ocurren los hechos: pasado, presente y futuro, al mismo tiempo. No es la fluidez que resulta de saber armar una máquina, por literaria que ésta sea, sino la de una construcción preconcebida y pergeñada bien. Esa formalidad, aparente hija de la informalidad y la ocurrencia, me hace pensar en las novelas de Benito Pérez Galdós, que inician en una parte cualquiera de la historia (qué aburrido iniciar desde el principio) y acaban en otra, no sin haber hecho las visitas necesarias a los puntos más importantes del argumento. Por otra parte, La otra cara… es un mundo cerrado. Es hermética hacia exterior —perro que muestra los dientes— y escasas veces da cuenta de otra cosa que no sea la tesis que ella misma plantea. Esto y lo anterior, los capítulos-cuentos, facilita a su autor tocar los puntos capitales de la historia, hilvanarlos sin riesgo de perder el cauce.
La segunda sección axial, últimas quince o veinte páginas, hace, claro está, de conclusión a la historia del Johnny y de su personaje-espejo. No es sino hasta este momento cuando advertimos por qué ocurrieron así los hechos; la última página da marcha atrás hasta regresar al comienzo, y revela la combinación que permanecía semioculta en las páginas previas. El Johnny es capturado, su alter ego pasa a habitar el antiguo cuarto de hotel que el otro deja, y el Rock Hudson reina detrás del mostrador, desde donde un ventrudo Rogelio dirige una sonrisa tierna pero maliciosa hacia la calle por donde pasa gente. La historia da fin donde empezó, sin ser aburridamente adivinable que así ocurriría. Entre otras cosas, tal vez por eso La otra cara… es la cima de esta obra underground de Fadanelli, a la que él ha llamado “literatura basura”.

Qué le vamos a hacer

Mi foto
Desde chico tenía ganas de escribir un diario, o algo así. Pero era cosa de niñas. Este blog es lo menos afeminado que encontré.

Todos mis post