El blog de Luis Frías

enero 19, 2007

Pachuca

Arribo a una hora imprecisa, cuando el sol ya desapareció pero antes de que anochezca por completo. De inmediato me pongo en busca de los viejos amigos (cuyos números de teléfono he ido perdiendo) sin obtener resultado. Raúl Alfaro, amigo de la prepa y alcohólico juvenil, no estaba en casa; para dar con José Emilio Pacheco (se llama como el poeta, pero es pintor) no hago esfuerzo, anda muy enamorado, y ¿los otros?… perdí sus direcciones.
Abrigo ánimos de beber. Por eso me dirijo rumbo al centro, a través de una renovada avenida Madero, cuya circulación vehicular se cambió por órdenes de un presidentito municipal: se diría que ya no es apta sino para los de casa y que todo fuereño expone la vida manejando por ahí, como me ocurrió cuando vi aproximárseme fanales de autos a toda velocidad. La suerte obró de mi lado y colocó una estrecha calle por la que entré. Se renovaron las intenciones de brindar con alguien. A tres pasos de ahí están unos billares, con inmejorable servicio de barra.
Se llaman Acosac. Es un sitio muy agradable para ser cierto. En la planta baja hay na tienda de raquetas, pelotas de básquet bol y tenis, en la calzada de Juárez. En los altos queda el lugar. Para llegar es preciso trepar en penumbras por unas escaleras de servicio, donde merodean ratas enormes que olisquean los zapatos. Pura calma. Nada del ruido infernal de los antros, cuyo punchis-punchis se escapa hasta las calles e impide dormir en paz a los vecinos.
Por toda iluminación, el interior tiene un tubo blanco oscilando encima de la barra. Hay dos televisores encendidos. En el día se acumula mucha gente que, a más de apostar en la carambola, va por probar la botana. De ahí que las mesas de dominó, limpiadas a trapazo, dormidas ahora, parezcan descansar de una tremenda orgía.
-Qué onda Frías. Milagrote. Qué te preparo.
-Una Victoria.
-¿Sal?
-Sal y limón. Y ron.
-Ah cabrón, ah cabrón… ¡No, sí vienes cabrón!
Charly Martínez está calvo. Perdió el cabello por tantas desveladas, según me confesó en otro tiempo, cuando trabajé en un periódico vespertino ruin, cuya sección cultural, aún más ruin, aparecía lunes, miércoles y viernes. Me quedaban, pues, muchas horas libres y a menudo frecuentaba sitios como éste, con los de la oficina: redactores de saco que tenían fructíferos enjuagues con los políticos. Era yo de 17 años cuando invitaron una linda mujer a que se desnudara frente a mí, embarrándome su raja aquí y allá por encima de mi ropa —que, escandalizado, tiré a la basura en mi casa. A los 18 me obsequiaron mi primer sexo oral, pagado. Para los 19 ya me había vuelto adicto a estos ambientes, no tanto por las mujeres como por las buenas personas. Por gentes como Charly.
Tomo asiento en la barra. A mi lado hay un señor licenciado de calva estilo Miguel Hidalgo y traje brilloso color café. Nos brindamos y ahí termina nuestra amistad. A mi izquierda hay un tipo más interesante. Por lo que escucho, se trata del dueño de un lugar donde se comercia sexo. Posee una mirada pícara e indecisa. Ya está a medios chiles. La boca se le rodea de barba con canas iguales a las de su cabello casquete corto ensortijado por atrás, como si obtuviera sus sagrados alimentos cantando narcocorridos en una banda grupera.
-Salucita, joven.
Brindamos y de dos sedientos tragos apuro hasta las heces el líquido del tarro.
-¿Me haces otra?
-Que si le haces otra al caballero. ¡Noyes, cabrón? —rompe en risa al decir esto. Hay que andarse con pies de plomo entre éstos, pensé. Uno no sabe en qué momento lo agarran descuidado y le abaten encima el peor de los albures.
-¿Y qué tal te ha ido? —me pregunta el Charly, en plan de amigos.
-Creo que bien—le miento—. ¿Qué tal por acá?
-¿Ya no sigues en el periódico, en el Mileño?
-¿En el tu leño? —nos alburea el de los caireles.
-Sigo. Pero hacía tiempo que no venía.
-Entonces ya no has visto a aquellos cabrones.
-Hace siglos.
-Ya se cambiaron de lugar. Ahora están acá por la 15 de Septiembre
-Supe que se cambiaron. Pero no sé a donde. ¿Adónde?
-Acá por Revolución. ¿Sabes donde quedan los velatorios del IMSS? ¿Ves que están en la mera esquina? Ahí enfrente venden pastes. Hay un puesto de periódicos. Bueno, en contra esquina: así. Ahí hay un zaguán blanco, la casa es amarilla pero el zaguán es blanco. No es zaguán. Es reja. Luego-luego se ve: está un pinche maquinón que trajeron del Paso, una rotativa, y ahí te sigues. En el fondo están las oficinas. Les va dar gusto verte. Vé.
El licenciado ha decidido marcharse. Batalló para que Charly aceptara su billete de cien pesos. Éste lo tomó a regañadientes, pero le invitó una última cuba con refresco Lulú amarillo.
- ...te digo que vi a tu chavo —le dice Charly, mientras prepara el último trago. Qué penoso tener que hacer plática con imbéciles como el licenciado o como yo o como el alburero de a lado. No sé, pero creo que el de Charly es un oficio de resistencia: no por tanta borracheras, ni por las desveladas, sino por tener que platicar incansablemente con idiotas.
- Su madre es una pendeja. No lo cuida y yo todo el día trabajando, pero sí me apura, no creas. Ya te dí su teléfono, ¿no? Por cualquier cosa te paso el de su casa. Es el 8…
-No. Con ése. —lo evade el Charly.
-Es que no tiene crédito; está castigado. Te lo paso.
-¿Y qué? Yo le marco y sí entran. Es local.
-¿Si?
-Sí, yo platico con él. Es que no, sí, te digo. Y está chavo. ¿Para qué andar así en la moto? Aquí viene a veces con sus cuates. También trae una chava. Me dijo que es su novia.
-¿Te conté que fuimos con la tía? Pues ese día me la presentó. Su papá tiene otros billares.
-Sí, me dijo. Y la hace más o menos. Le falta pero ahí va. Echamos una reta y bien. Dice que les gana a todos sus cuates. Pero nada más. Le falta. A los chavos les da miedo jugar con otros mejores, porque pierden. Entonces se quedan así y no avanzan. Les da miedo jugar con otros. Pero hay que arriesgarse. Como en todo, para ser más tallador hay que perder, y aprender.
-¿Es un arte, verdad? —dice el idiota licenciado. La sola palabra “licenciado” me parece odiosa.
-A mi me costó tiempo y dinero —sigue Charly—. Mi papá tenía billares. En el 77, 78, me iba al centro con cinco pesos, que era una lanota, y apostar. ¡Ah!, porque ahí hay puro vividor. La primera palabra que te dicen al llegar a un billar es “de a cómo”. Sí. No trabajan. Viven de los billares. Y de los cinco pesos, ¿sabes con cuánto me regresaba? Sin nada. Pero ya me había comprado mi torta y mi refresco. Era el puro gusto. Y aprender.
Voy al baño y cuando regreso, el Miguel Hidalgo ya no está. Pido la cuenta y pago.
-¿Dices que vas a estar unos días? El viernes le celebramos al Gordo. Te esperamos.
-Cuenta conmigo.
Salgo sin rumbo definido, con ganas de seguir. No pasa de la medianoche. Antes de irme camino a casa, entro a otro bar, de adolescentes idiotas que frecuentaba cuando preparatoriano. Aquí abunda la iluminación, la música de moda a tope; y los que están, están jugando cartas a grandes voces. No contienen las risotadas. Me acerco a la barra y pido sin saludar:
-Una Victoria.
-Sólo Indio y Sol.
-Indio.
Me la lleva a la mesa un alfeñique, de lentes enormes. Una copia de nerd. Se acerca a murmurar con los otros, seguramente de mi mal aspecto. De mis malos modales. ¿Alguno de éstos sabrá jugar al billar? ¿Conocerán la otra Pachuca, de calma inconmensurable y buenos amigos? Lo dudo. Creo que son como los que dice Charly: no salen de su grupo por temor a perder. Cuántos son así, me pregunto. Cuántos mediocres paseantes nocturnos somos así.

enero 11, 2007

A propósito de José Hernández Delgadillo



El problema no está en servir o no, sino elegir a quién. ¿A uno mismo o al de enfrente? Para el muralismo mexicano de tiempos de la Revolución no hay lugar para dudas. A juzgar por la obra de Rivera, Orozco y Siqueiros, pensando sólo en los tres grandes, diremos: se gana más individualidad en la medida que algo se entrega a la colectividad. Empieza a pesar más el nosotros cuando nos sentimos más ellos. A la luz de esto, el arte estaría en condiciones de adquirir tanto más expresión cuanto mayor número de observadores tenga. El muralismo quiere colectividad, no individuos. No se trata, pues, de servir a uno mismo ni al de enfrente, sino a los de enfrente, a esos ellos que son nosotros.
Aburrido es mencionar a los que absurdamente ven en la individualización de la humanidad el peligroso germen de toda filosofía egoísta, el capitalismo y en resumen, la maldad de nuestra época. Es torpeza también lo contrario; gran tiranía pretender a todos iguales. Si en términos de bacterias estamos, bichos verdaderamente malditos hoy y ayer son las ideas alojadas en los cerebros que quieren una única igualdad para la especie. Deberíamos preferir la diferencia; la riqueza es divergencias. No colectividades iguales, sí pluralidades en las que cabe el uno y el otro, aun odiándose a muerte. Ahí ha de pretenderse al muralismo, arte de muchos públicos.
Pero, en cambio, se le ha tenido por la expresión destinada a las masas, por creación ávida de muchedumbres ignorantes. Fieles a su idílica visión de un México bronco pero fantástico, los muralistas del otro siglo encuentran en el gran formato la posibilidad de reivindicar. Las masas de mexicanos desposeídos, la gleba ha sido y viene siendo el blanco. Si la barda está ante los ojos de todos, justifican, la obra debe abrir significados para esos todos que no comparten otra característica que la pobreza de espíritu.
Insuflar bríos patrios, por tanto, ha sido el objetivo del muralismo en México desde sus inicios (del siglo XX) con los dichos tres grandes, hasta sus epígonos más leales a la visión de un México maniqueo, cuyos benevolentes pobres no dan tregua en su lucha contra los pillos ricos. Los de abajo enfrentados a los de arriba, en una lid donde siempre deben vencer los primeros, es, en una frase, la base del tema mural. ¿Viva entonces la masa que admira, boquiabierta; muera el individuo que critica?
Ya no es desafío sostener que la pintura a cielo abierto en el País halló tersa acogida en la historia del arte contemporáneo, merced al gran parecido entre su concepción de la sociedad y la concepción que tenía el peor régimen populista del PRI. “En el fondo del populismo hay un gran e inconfesado desprecio por el pueblo” . Octavio Paz no se equivoca al definir de un trazo a Luis Echeverría cuando éste conjura el golpe contra el Excélsior de Julio Scherer en 1976, golpe que cierra también la revista de literatura Plural, encartada mensualmente en el diario y dirigida por el único premio Nóbel mexicano. Su sentencia es vigente para entonces y para ahora.


Paz también repudiaba el realismo socialista en el arte, porque al igual que los populistas, esos pintores del gran muro, arrobados ante las estatuas de Juárez que se yerguen en las plazuelas, demuestran en qué concepto tienen a su público. Hubo excepciones entre los muralistas, pero muy pocas.
*
Franqueza es decirlo. José Hernández Delgadillo, muralista de la cuarta generación, nacido en Tepeapulco, Hidalgo, no escapó a la dictadura temática impuesta por sus antecesores. Luchador social al que los suyos consideran infatigable e incorruptible, sí, pero artista de fatigosos murales, se echa de ver en Delgadillo lealtad a la tradición.
El domingo 7 de enero recibí invitación para un pequeño evento cultural en la tierra de José Hernández. Sus cercanos develaron una pequeña placa de mármol con el nombre y las respectivas fechas de su nacimiento y muerte, el 1928 en Tepeapulco, Hidalgo, y el 2000 en Coyoacán. Después el resto del programa. El mínimo festejo tuvo un público de 5 curiosos y otros tantos disertadores. Cuáles elogiaron a Hernández, cuáles hablaron de la cultura en términos tan abstractos como ignorantes; querían decirlo todo y no articulaban nada. La última, o penúltima en hablar, era una mujer entrada en años de cuyos labios no salía el nombre de Hernández Delgadillo sin romper en llanto a moco y baba. Según el programita de mano, su tema era La historia del muralismo en Latinoamérica. Como todo buen tema a discutir, éste es de lágrimas y risas. La garganta se le cerró y no pudo seguir adelante, habiendo sólo dicho que el origen del arte público se remonta a las cavernas de Altamira y Atapuerca, en el sur de España.
La pobre no avanzó. No pudo entrar al mero tema mural: con Valconcelos en 1921 es que surge la Escuela Mexicana de Pintura, cuya primera fue el Movimiento de Pintura Mural (o muralismo mexicano) :

Mediante alegorías y símbolos fáciles de descifrar, los temas se vinculaban con la que se sentía que era o debía ser la ‘esencia de la nacionalidad’, si bien dicha esencia en la realidad no existía ni había existido o podría existir jamás. Esto sitúa al muralismo entre los grandes movimientos utópicos del siglo XX y en ello reside buena parte de su grandeza. (Teresa Conde en Historia mínima del arte mexicano en el siglo XX.)

Se pintó el origen y la evolución de la humanidad en parangón con el origen y florecimiento de la Revolución, los albores genéticos de las dos Américas, la anglosajona y la latina, el hombre como nuevo Zeus que controla el universo, las luchas intestinas, el nacimiento de la nación independiente… También se pintaron las pirámides, alegorías de la vida cotidiana antigua, efigies del dios Tláloc, serpientes emplumadas, caballeros tigre, mujeres con perfil maya luciendo hermosos huipiles bordados, el suplicio de Cuahtémoc, y y hasta sacrificios humanos, ciertamente bastante ennoblecido todo esto para que adquiriera tono heroico que lo hiciera aceptable ante los ojos del Poder que emitía cheques para el arte.
Porque nos importa de momento José Hernández no recordaremos del muralismo más que lo imprescindible para llegar al autor. Quiero evitar el recuento de las etapas que vivió el gran formato, desde sus iniciadores en la Escuela Mexicana hasta sus menos fieles continuadores. Octavio Paz, en ciernes de ser la institución cultural y hegemónica que llegó a ser después, inicia la crítica de artistas contemporáneos justo a la mitad del siglo anterior, separándose abiertamente de la plástica ideológica de Rivera y Siqueiros, así como del expresionismo de Orozco. Esta primaria ruptura estuvo beneficiada por la llegada de los artistas tránsfugas de la Segunda Guerra Mundial y de la Guerra Civil Española; estamos en 1939-42. Demos por sentadas algunas verdades aprendidas en la primaria, como los nombres del muralismo y el consabido auspicio gubernamental.
*
La vuelta de tuerca, entonces, se inscribe en un periodo posterior del arte mexicano. Estoy pensando en la generación de la ruptura, manifestación surgida en paralelo a la etapa creativamente más libre de José Hernández Delgadillo. Es en los 60 cuando los jóvenes artistas plásticos, desconocidos, José Luis Cuevas, Fernando García Ponce, Manuel Felguérez, Roger Von Gunten, Lilia Carrillo, aparecen aventándole piedras a las vacas sagradas de la época anterior. Hoy, tanto vacas como artistas, tienen museos con su nombre. También en los 60, exactamente en el 68, Hernández Delgadillo deja su trabajo como empleado de gobierno y deja de pintar por encargo. Es, pues, su etapa más libre y fértil.
Más viejo que los integrantes de la Ruptura, mi tesis es que José Hernández se hallaba tan sumergido en temas de orden social que hubiera sido ridículo volverse de repente a un arte como el propuesto por los nuevos pintores, cuya preocupación sólo era su personal estética, su propia voz, su individualidad. Confrontación 66, exposición colectiva en Bellas Artes, fue hito de los pintores ruptura y se marcaron su raya con respecto al colectivismo del mural. Y no obstante que Hernández Delgadillo participó con una de sus obras, hay una fractura insuperable: en el momento preciso que los ojos del mundo voltean a México gracias a los pintores de ruptura, Hernández da inicio a su etapa más libre, pero siempre inscrito en el viejo canon. En sentido estricto, asirse a los temas de la etapa anterior lo fue diluyendo del primer cuadro del mapamundi de la plástica mexicana. Pero otra cosa: claudicar de último momento habría sido penoso.
Entrevistado por su amigo Benito Balam, Hernández Delgadillo piensa así de los que juzgan al muralismo como encubridor de los ideólogos de la Revolución: “No se puede hacer una apreciación a rajatabla de todos los autores, porque cada autor es distinto y su enfoque es diferente. Los muralistas trabajaron con bastante libertad y así se expresaron, el Estado mexicano ha sido muy hábil para utilizar eso como una bandera nacional y lo es, pero también ha sido en beneficio propio del partido de estado.” No tenemos derecho a poner en duda ninguna de sus palabras. ¿Asistimos, entonces, ante un artista para quien el arte mural es el vínculo más apropiado para su propia ideología, individual y sin asomos de pretender la colectivización? A quien esto afirme la propia obra del maestro lo desmiente. Conocí a José Hernández a través de su Conciliábulo y lucha, mural transportable que se pronuncia contra la clase dominante. Todo cuando puso en murales (hizo más de 170, según afirma ) fue de cariz anticapitalista y prosocialista.
Delgadillo funda en 1969 el grupo de creadores Arte Colectivo en Acción. En el participan muralistas como él, de la cuarta generación; poetas y músicos. Ellos marchaban por el camino del arte público y combativo en universidades, en Escuelas Normales Superiores, en auditorios estudiantiles, en el Centro de Teatro de la UNAM; entretanto que las vanguardias creativas del mundo y del país mismo pugnaban por salir de esta tradición. ¿Mal camino el de José Hernández? Más bien, desfasado con las corrientes que se pusieron en boga en el mismo instante que él decidió dedicarse por completo al arte público.
“Delgadillo —declara Alan Barnett, su íntimo— es un artista-activista de primer orden, que llevó la misión de los Tres Grandes al final del siglo 20. Él siguió su ejemplo no sólo siendo portavoz de los desposeídos sino también les ayudó para que se convirtieran en sus propios portavoces y descubrieran sus habilidades para actuar a nombre de sus hermanos.”



¿Servir a uno mismo o al de enfrente? Habiendo visto que pregonar a grandes voces la libertad del otro encierra no nada más un entendimiento regresivo sino también profundamente despreciativo de su público, ¿entramos en conflicto?, ¿decirnos servidores del otro no es más que velo de nuestro inabarcable egoísmo? Más bien tocamos el territorio de la claridad. Si grito mi nombre a los cuatro vientos, no pisoteo a nadie y en cambio, formo parte de muchos otros diferentes y, en sus diferencias, iguales a mí. Pero si me olvido de mí y me hundo en la colectividad, hallo la cima del torpor socialista, para el cual nosotros, hombres solitarios, no tenemos más derecho que el de ser felices so pena de olvidamos de nosotros y unirnos a nuestro igual. Más que nunca, hoy debemos detenernos a pensarlo.
Pretexto de oro ha sido José Hernández para que tenga lugar esta disquisición. Si se me pide catalogar en dos palabras su obra diría: muralismo combativo. La descripción, flaca en principio, quiere significar más. Mi vecino menos preocupado por ningún tema, hoy me toma el brazo en la calle y se muestra preocupado por la guerra absurda que libra Estados Unidos contra Iraq. Estamos urgidos por tomar una postura, una postura que de ser posible no nos comprometa en serio.
Dónde hay que situarnos y mostrar nuestra preocupación. Artísticamente hablando, es absurdo que alejarse de la miserable realidad y crear fantasías insostenibles. El arte no es eso; y tampoco es su opuesto: panfletos denunciadores que quieren representar un papel que ni el peor periodismo se ha querido arrogar. Ignoro, sin embargo, hacia dónde marcha o debe estar marchando el arte pretendidamente colectivo de nuestro País.
Sé que por encima de cualquier canon ideológico, debe sobresalir la libertad de expresión. No me refiero a la manida moda de gritarle al presidente de la república sin pisar un pie en la cárcel. Pienso en la posibilidad de nadar a contracorriente de la globalidad, por ejemplo; o a favor del peor derechismo existente. Esto es, manifestar cuanto creamos (por absurdo o idiota que sea), con total confianza. El miedo a la colectividad se esta volviendo la Santa Globalizadora Inquisición: “Si te sales del carril, serás hazmerreír”, se burla amenazante la maldita colectividad. ¡Pluralidades sí, hordas no! No voy a decir “¡Arriba Calderón!”, ni “¡Arriba Baby Bush!” Pero, ¿y si lo dijera?

enero 03, 2007

El suicida*

*Cuento ganador del certamen nacional Punto de Partida, de la UNAM.

Desprovisto de toda posibilidad, sujeto a mi pasado, resolví suicidarme. Culpable, víctima de mi propia traición, cerraría el capítulo que comencé cuando permití que hicieran el amor una y otra vez a mis espaldas. Era la única alternativa. Dispararía sobre mi sien con un revólver o prepararía una moderna guillotina de sábanas que daría forma a una diminuta e íntima revolución francesa.

Cuando entré en la habitación de hotel confirmé que jamás debí entregarle a mi esposa. Estaba arrepentido y no tenía más que resignarme. Dejé que su amorío se consumara. Tiempo atrás, consentí sus reuniones, celebré sus aventuras y potencié sus pasiones. Sólo podía atenerme a dicho pacto.

Vi las ventanas y los visillos oscilaban como hierbas gráciles y largas. Elena y Octavio reían en sueños. Los recuerdos me doblaron y, frotando la palma de mi mano contra las sábanas, examiné las posibilidades que tenía. Era preciso disculparme. Estaba dispuesto a exigir la inmediata reconstrucción de mi vida pasada. Elena volvería conmigo y nos más Octavio en el asunto. Pero renunciar al pacto, ay, me haría un cobarde.

El dorso de mis manos estaba enrojecido e irritado. En lo alto de la habitación había una lámpara sujeta por una barra extensa y angosta. Sobre una mesa cuadrada coloqué una maleta con mis pertenencias. Las baldosas del suelo eran rombos azules en cuyo centro tenían figuras como caleidoscopios. Los cobertores y sábanas de aquél cuarto eran blancos y poseían bordados con formas de flores y animales.

Me levanté. Estuve buscando el revólver dentro de la maleta. Entonces, el cuerpo me vaciló como en la noche de aquella primera reunión carnal. Un frío intenso se acomodó en mi cuarto.

Desesperado, volví a sentarme. Estaba apoyando el rostro en las palmas de mis manos cuando recordé que había dejado el arma en casa. Concebí el semblante de Elena llena de placer, cubierto por un paroxismo de emoción y un estremecimiento amoroso. Entonces. Murmurando, gemí de dolor.

Sin embargo, no me detuve. Reuní las sábanas y los cobertores e hice cálculos. La distancia dada entre al barra de la lámpara y el suelo era suficiente para que, a lo sumo, hubiera un par de metros entre mi estatura y aquélla. El perímetro de acción era ideal.

Subí a la mesa e hice un nudo con la sábana en el centro de la barra. Los ángulos de la estructura me sirvieron para lograr tensión. Di un salto sujetando la soga improvisada para comprobar la seguridad de la horca. Convencido de la obra, empujé la mesa para adaptarla a mis necesidades. Di tres pasos de espaldas mientras festejaba mi labor.

A pesar de que iba a morir estaba tan satisfecho como era posible. No tuve miedo alguno. Decidí no escribir un mensaje póstumo pues no quise fastidiar a mi mujer con cursilería infinita.

Me deshice de la chaqueta y palpé que en el bolsillo guardaba una botella de mano, de aguardiente. Bebí mirando la habitación. Me aproximé a los visillos y, desde el segundo piso, vi a la gente que caminaba por la acera. Entonces, me dispuse a salir pro última vez.

Había caminado una docena de calles bajo el imperio y el aroma de la humedad. El frío quemaba la piel del rostro. Las bocas y narices de las gentes exhalaban todas vapores blancos. Había rumores de tos, escalofríos y cigarrillos debajo de los semáforos. Muchachas vestidas con faldas cortas y ajustadas ofrecían una mejor suerte a los caminantes. Ellas se congregaban ante un bar al que ingresé.

Pedí un vodka. El cantinero, un hombre seco, estaba hablando con un cliente. Éste tenía una levita de piel, un pantalón estrecho y la barba larga y pronunciada.

—¿Sabías que Gabino se suicidó? —preguntó el viejo mientras atendía mi pedido.
—…
—La mujer escapó.
—¿Con quién?
—Sola.
—¿Sola?
—Sí, sola.

Bebí el vodka e un trago y pagué. Me di vuelta de inmediato y salí. Predominaba la luminosidad espesa del atardecer y, sin embargo, no sentía miedo frente a la proximidad de mi consumación. Tomé el camino de vuelta. Las meretrices iban y venían hablando de dinero, de marcas y colores de preservativos y del tufo de sus clientes. De nuevo, objeto de un inmenso nerviosismo, apresuré el ritmo de mi paso.

Di el último sorbo a la botella de aguardiente. No cerré la puerta de mi habitación, incluso había prescindido de la llave. Corrí las cortinas y detuve el flujo que venía del exterior. Vi el patíbulo, exploré las figuras que se formaban en la textura de los muros y recordé el vestido blanco, de perlas plateadas y adornos sencillos, que Elena visitó en nuestra boda. Cogí el remolino grueso de sábanas y, no sin cierta añoranza, imaginé que compartíamos el mismo lecho. Decidido, aseguré con fuerza el nudo. Ya sólo restaba salta y lo hice.

Un intenso dolor asediaba mi cuello. Estuve mirando el movimiento de mis pies durante horas. Era inconcebible. La presión de la horca fue tanta, que debí haber muerto; sin embargo, no había sido así. Con el peso acumulado durante horas, la pintura próxima a la lámpara se desprendía. Dilucidé el brusco rostro de Octavio y su risa insoportable. Los ángulos de la bombilla se desprendieron y caí sobre las baldosas no sin golpear con mi nuca.

Sacudí el polvo que había impregnado en mi ropa. Como tenía un dolor punzante en el cuello, lo sujeté con ambas manos. Miré la disposición del tablado casero y pude advertir que estaba desbaratado. Con ímpetu antes desconocido logré incorporarme, me encaramé contra el frío y fui ante el espejo del tocador. Entonces lo noté: una gruesa línea purpúrea comenzaba a manifestarse alrededor del cuello.

Aún sorprendido concebí un nuevo plan. Pensé que la tensión de las sábanas había sido insuficiente. Dado que ya comenzaba a oscurecer, lamentando mi situación, contemplé nuevas posibilidades. Esta vez quería asegurar el éxito de mi empresa. Subí al último piso del hotel y allí pronostiqué diversos escenarios: por tan sólo un salto mis costillas podrían resquebrajarse, mis piernas convertirse en polvo y mi corazón detenerse luego de las últimas arcadas. Convencido de los resultados, asumí la nueva responsabilidad.

Sobre la pequeña barda de la fachada tuve contacto con la brisa nocturna. El rumor de la ciudad, grávido de furia y demencia, era como un silencio colectivo. Estornudé flaqueando un poco en el borde de aquel reducido espacio. Un grito que vino detrás de mí tuvo tanta intensidad que me precipité.

El propietario del hotel colocó un pañuelo húmedo en mi frente. Su semblante lucía desalentado y como invadido por una preocupación extrema. Murmuraba monólogos ininteligibles y, relajándose, silbaba mientras envolvía hielos con una franela roja de al algodón. Además, el moretón de mi cuello era todo un misterio por el que parecía cuestionarme.

—Amigo, ¿está bien? —preguntó cuando me incorporé lleno de amargura.
—Sí, no pasa nada — repuse, dudando de mi propia confesión.

Agradecí sus intenciones y me alisté por completo. Un impulso aterrador provocó que resolviera retirarme de mi alojamiento. Salí de aquel hotel con la seguridad de que estaba maldito. Pensé en los amantes. En Elena desnuda; en la mujer que se había entregado y que ahora era inalcanzable. Vi lejanos los días en que una pasión resuelta se desataba entre nosotros. El rostro de Octavio, las carcajadas insufribles, las frases y gemidos de su placer, se repetían en sucesivas imágenes acústicas.

Había abordado un taxi. El chofer, sorprendido por mi aspecto, estuvo a punto de accidentarse. Durante el viaje ignoré la ancha púrpura en mi cuello. Formulaba diversas hipótesis para explicar mi supervivencia. La altura de la horca y la caída; la tensión de las sábanas y la fricción en el cuello, el golpe en la cabeza y el hematoma en la espalda. No hubo juicio alguno que explicara el acontecimiento pero, sin duda, el revólver que olvidé era la catedral de mis anhelos.

Hacía siglos que no deseaba llegar a mi antiguo hogar con tanto fervor. Cuando estuve ante la puerta, donde Octavio había colocado una imitación vergonzosa de La persistencia de la melancolía, creí percibir la primera sensación de temor. No había luz en el interior de la casa. Presioné el timbre y no tuve respuesta. Lo hice una segunda vez y, de nuevo, no hubo reacción. Luego de algunos minutos, los relojes deformes de Dalí me alteraron y, mientras daba pasos hacia afuera:

—¿Quién? —dijeron.
—¿Quién más, imbécil? —respondí y, muerto de frío, entré en la sala bruscamente—. ¿Elena? —pregunté y, conmovido por la imagen, reconocí los senos firmes y gráciles de la mujer que se acercó sorprendida.
—¿Qué te ha sucedido? —exclamó mi antigua musa cuando noté que Octavio también estaba desnudo—. ¡Ven. Tengo que ponerte hielo y darte un analgésico!
—¿Te asaltaron? —preguntó el amante, bostezando.
—No. Intente suicidarme.
—¿Suicidarte? —dijo Elena, abrigándose con su bata.
—Ya sé. Te violaron.
—No —exclamé, y salté con tanto impulso que la mujer se asustó—. Elena: ¿dónde está el arma
—¿El arma?
—Sí, el arma. El revólver con cacha de águila que compré hace años.
—No sé. Creí que ya no lo tenías. ¿Por?

La ingenuidad de la mujer me colmó de una sensación semejante a la ternura. Hice de lado estas vulgaridades y, molesto por las pésimas réplicas de Dalí, multiplicadas en toda la morada, busqué el arma accidentadamente. Elena se concentraba en perseguirme. Hallé las municiones. Eran dos balas de plata que me hicieron recordar que alguna vez me prometí no utilizarlas jamás, a menos que se tratara de asesinar un oso polar o animal semejante. Mi mujer me socorría y Octavio, aún desnudo, bostezaba repetidamente.

Destruí una mesa, tiré los objetos del tocador y vacié los cajones en los que se hallaban los calzoncillos del intruso. Elena, excesivamente preocupada, como si no hubiese cometido infidelidades, no cedía en s empresa e intentaba sanar mis heridas. En el extremo de la habitación en que habíamos vivido, tras de una enorme cama matrimonial, solía dejar mis objetos más preciados. Hallé una caja negra con impresiones muy delicadas y, cuando retiré la tapa, di con el revólver.

—¡Epa, aquí está! —di media vuelta con el arma en la mano izquierda y, como parecía que apuntaba al corazón de la mujer, los amantes se atemorizaron.
—Cuidado con el arma.

Toda la amargura que había causado el obstáculo se poseer a Elena, la desnudez de Octavio y las groseras imitaciones de Dalí, se habían esfumado con el hallazgo. Los amantes hallaron serenidad en mi alegría y, desconcertados, notaron cierta demencia en mis facciones. Pensé en apartarme. Volvería al hotel, pagaría los daños que había infringido y bye bye, me despediría de la angustia. Pero l apareja, el Adán y la Eva que habían erigido el muro de la infidelidad, no dejaban de sorprenderme.
—Elena quiere decirte algo —Octavio me sujetó con su desnudez repugnante y execrable.
—Qué tanto. Pues que lo diga.
—Estoy embarazada.
—Y queremos que seas el padrino —remató el otro con una risotada impecable.

Octavio debió atajarme pues el sobresalto que siguió a la revelación fue excesivo.
Elena, aterada, cayó sobre la cama en que habíamos descubierto el amor n el la que nunca concebimos un hijo. Moví el arma con brusquedad y el sistema se accionó.

Acompañada por un grito, la bala destruyó una figura de porcelana colocada en la cabecera del techo y no muy lejos del cuerpo de mi mujer. El estruendo del disparo causó desconcierto. Luego de rechazar la petición, salí de la casa.

Volví al cuarto de hotel. Sobre la mesa estaban mis pertenencias y el polvo que se había desprendido del techo. En el suelo las sábanas, la botella de aguardiente y, ahora, el revólver. Contemplé las balas de plata recordando el embarazo de Elena. La materialización de mi fracaso, el purgatorio y el infierno, la desgracia y el arrepentimiento me asechaban. Un hijo. Mi esposa tendría un hijo de una relación que yo había permitido. Y, a pesar de todo, ella se alarmó por mí.

No pude esperar más. Bajé a la reopción y, en un cajón que me pareció adecuado, coloqué un cheque. Supuse, con algunas sumas u restas, que la cantidad dejada era suficiente para reparar el cuarto cabalmente. Me instalé en mi alcoba. Llené la botella de aguardiente con agua de la toma principal y bebí sediento.

Me hice del revólver y cuestionándome, dije: “¿Dispararé en la sien o en el corazón?” No acertaba a responder la pregunta cuando presioné el gatillo y, acompañado de un dolor y insoportable, me incliné en el suelo mientras intentaba oprimir mi pecho. Un ardor recorría la piel más próxima a la tetilla izquierda. Creí que el tiro no había sido certero pero tuve un acceso de consolación cuando recordé la segunda bala de plata.

Observé mis manos. Las suponía llenas de sangre, pero extrañamente me equivocaba. ¿Acaso la bala se habría quedado estancada? ¿Mi cuerpo hab´ria sido atravesado de lado a lado? Discurrí muchas otras ideas y con nuevos bríos, coloque el cañón del arma en mi sien y disparé.

Ahora una terrible jaqueca me asediaba. Una vibración interna consumía mi cabeza y, en la sien, estaba creciendo un moretón filoso y redondo. Mas no había sangrado. Mis orejas, como resultado de la resonancia del disparo, repetían el sonido y la vibración del viento helado por el albor.

Debido a que no pude comprender lo que sucedió decidí visitar a un amigo la mañana siguiente. Se trataba de un psicólogo que había sido mi compañero en el colegio. Reflexioné sobre los acontecimientos. Elena estaba embarazada, el recepcionista del hotel había estado cerca de llamar a la policía y yo no podía suicidarme. Me sobrecogí ante la posibilidad de mi expiración. De manera sorprendente había fracasado en tres intentos. Pero estaba seguro de que Rufino podría socorrerme.

Cuando arribé al consultorio, el asistente de Rufino, un mozo bien dotado, me miró con extrañeza. Sus expresiones me ofuscaron. Se trataba de una clínica de salud mental y me parecía común la presencia de individuos anormales. Percibí que, de improviso, me había convertido en un caso especial. Mas el joven, concentrado en su deber, llamó mi turno.

Entré el cubículo. Como en todo consultorio freudiano, había un sillón reclinable, una silla, papal y tinta. Rufino pertenecía a esa rara especie de terapeuta que combina la psicología gestáltica, el psicoanálisis y la liberación sexual bajo las teorías de Wilhelm Reich.
—¡Rufino! —exclamé al verlo.
—¡Qué sorpresa! —dijo con notable indiferencia—. ¿Qué sucede? ¿Cómo está Elena? ¿Y los hijos? ¿Qué tal el trabajo, eh?

Rufino era de esas personas que preguntan cosas ordinarias. Con él nunca pude hablar de literatura. Pero tuve confianza en su palabra y supe que me ayudaría.
—Todo bien, todo bien —dije—. Pero, mira, necesito queme ayudes. Primero debo confesarte algo y, una vez que lo haga, te pediré un consejo.
—Adelante —me animó.
—Elena está embarazada de su amante Octavio. Yo, seguramente, seré reseguido por la policía. Y he intentado suicidarme pero no pude.
—¡Caray, hombre! ¿Pero por qué habrías de suicidarte? Las putas viejas así son. Ya ves la mía.
—…
—¿Ah, no sabías? Sí. Mi ayudante de antes me pedía permisos médicos a cada rato el culero. Y la pinche Sandra “ay sí, dale permiso no seas así, eres muy malo”… Pus claro, no había enfermedad, a menos que le llames enfermedad cogerte diario a la vieja del patrón… Ya ves. Olvídalo. Y si no te salió lo de matarte es porque no querías. A ver, enséñame los rasguñitos que te hiciste con el cuchillo de plástico —añadía, socarrón—. O, ¿acaso te disparaste en la boca con una pistola descargada? No mames. Lo leí en una revista, nos tocan de a siete viejas por cabrón, ¡de a siete! Y tú matándote por la tuya. Además, y te lo digo con todo respeto, Elenita no era una santa. Pero a ver, cómo está lo de la policía. Eso está peor.

Comenzaba a exasperarme. Evidentemente, Rufino había visto esto como una broma. Con toda seguridad, él creía que se trataba de una tomada de pelo.
—No, Rufino. Durante la noche intenté ahorcarme, salé desde un tercer piso y disparé dos veces con una pistola cargada con balas de plata. ¿No has notado las heridas en mi cabeza, el moretón en el cuello, el rostro mudado?

Rufino se detuvo a reflexionar y, gradualmente, la presunta intelectualidad de sus cavilaciones se transformó en una risa para personaje de Maupassant.

—¿Crees que con una sobredosis de las medicinas que recetas podría matarme?
—Creí que ya no bebías. ¿No dejaste de hacerlo en la universidad?

No pude soportarlo. El embarazo de mi esposa, la horrorosa verga de Octavio; las sábanas y las balas de plata; las franelas húmedas del recepcionista y la conmiseración de Elena. El mozo y Rufino; las intimidaciones de Freíd y Dalí; un trío de acciones suicidas fracasadas y una relación amorosa perdida por el ímpetu de mi cobardía.

Salí del consultorio sin despedirme de Rufino. El mozo, que estaba preparando una camisa de fuerza, se quedó perplejo en el acceso del centro de salud. Maldecía todo. Al taxista, al recepcionista y al cantinero; a Gabino que sí había logrado suicidarse y a las malditas balas de plata que nunca utilicé. Tomé un taxi, y en cuanto el chofer, miró la mancha púrpura de mi cuello, le advertí que lo mataría si no dejaba de hacerlo.

Llegué al hotel. El recepcionista me preguntó si necesitaba algo. Me lo había ganado por el dinero que dejé. Lo ignoré, pero más tarde tuve que buscarlo.

—¿Tiene una bala para revólver manual?
—Eh, pues, verá..
—¿La tiene o no?
—Sí.

El viejo, con las manos llenas de sudor espeso, me entregó la munición. Era una antigua bala de oro. Le di otro cheque y, agradeciendo su hospitalidad, tomé mis pertenencias. Falto de dinero, me dirigí a donde Elena y Octavio. Los iba a matar. Dejaría una carta póstuma y me iría a la cárcel. ¿Qué mejor suicidio? Mas sólo tenía una bala. Era necesario adecuar las circunstancias. Un solo tiro para dos pájaros.

Toqué el timbre, destruí La persistencia de la melancolía y puse los jirones de tela en el suelo. No podría disparar en cuanto accediera por lo que escondí el arma en la chaqueta. Octavio abrió la puerta y, de un salto, logré llegar a la sala. Elena no estaba. De pronto cuatro manos que no eran las mías me sujetaron por la espalda. Intenté luchar contra estas bestias humanas. Di puntapiés y sobresaltos violentos pero no pude librarme. El revólver fue accionado y volvió a estremecer a los amantes. Pronto me detuvieron por completo. El cuerpo del artefacto lastimó mi columna y me debilité.

Elena y Octavio me miraban con la catadura de cuervos. Rufino y el mozo me inmovilizaron con una camisa de fuerza. A través de la puerta que daba directamente al perímetro de la sala observé al taxista que me había llevado la noche anterior. No tardé en comprenderlo.

—Rufino, ¿qué opinas? —preguntó Octavio.
—Está loco, ¿no se ve? —dictaminó.
—TE lo dije, Octavio. Anoche parecía como demente y no me equivoqué—. La seguridad con que Elena se había expresado me pasmó. No me defendí. No alegué.

Vi al mozo que, atónito, no dejaba de estudiarme. Rufino me dijo:

—Tenemos que irnos. Debes ir a casa y descansar —y luego remató con gestos de piedad hipócrita, de grosería absurda y fanfarria.

Recluso en el manicomio de la localidad, entre residentes colmados por la demencia y el aislamiento, les dije a las enfermeras que busqué suicidarme tres veces. No creían y me ignoraban como si estuviese loco. Más aún, a pesar de sus intenciones minuciosas y llenas de misericordia, hechas con el prodigio de manos femíneas y humanas, jamás dejaron sábanas u objetos con los que pudiera hacerme daño. Ni siquiera fui sujeto a un régimen de medicamentos pues también pudieron servir para mi cometido.

Cada vez que Elena me visitaba, lamentándome como un niño, cubierto de lágrimas:

—En verdad lo intenté tres veces —le decía.

Pero ella, sollozando, me daba la espalda y se iba por el pasillo hasta que desaparecía como el cuervo en el jardín de un palacio.

enero 02, 2007

La inasible mística de San Juan de la Cruz. Un acercamiento al Cántico Espiritual



PRESENTACIÓN


Vengo de Tepeapulco, Hidalgo, a treinta minutos de Tulancingo, tierra de Ricardo Garibay. Había cumplido yo 13, 14 años cuando lo vi por vez primera en televisión. El hombre tenía todo el aire de quien se peleó con el jefe o, mejor: del que montó en cólera cierta ocasión y continuó así para siempre jamás. “¡Léñe!”, “¡Yá!”, eran interjecciones, casi gritos, que acentuaban esa cólera, y él las usaba a menudo. Fueron también el imán que me atrajo para que yo viera la televisión a hurtadillas, a media madrugada viernes con viernes.
De aquella época, conservo con afecto dos vívidos recuerdos.
El primero: vestía chamarra de mezclilla, algo ajustada para su corpulencia; a cada rato se llevaba a la boca la taza del café y daba chupadas a su cigarro. Garibay hablaba esa ocasión, siempre en tono colérico, del oficio de escribir. Ni imaginación ni talento valen ante las palabras. Silla, mantel, pista de baile, zapatillas rojas, putas. Los objetos, razonaba Garibay, no son más que eso, cosas que nosotros logramos inteligir, ya con los ojos, ya con el tacto, ya con la cabeza mediante la descripción que hacen las palabras. “El escritor debe ser el hombre más pedante ante la vida; pero un fiel miserable ante la literatura”, escribiría poco después Garibay en Excélsior.
Al cabo de muchas madrugadas, el segundo recuerdo: la literatura religiosa. Aquella vez Garibay mostró ante la pantalla, con toda ceremonia, un viejo tomo, acaso un ex libris. Él nunca lo disimuló: admiraba a José Vasconselos, cuyo estilo también colérico era de por sí admirable, pero era algo repugnante por su machismo y por su torpeza filosófica que queda de manifiesto en, por ejemplo, la Raza cósmica.
Esto era distinto. Cuando mostró aquel volumen, escrito por un ignoto San Juan de la Cruz, Garibay puso otro rostro. Por única ocasión advertí que su faz mudaba de aspecto y adoptaba una fisonomía que yo no había visto desde que tomaba clases de formación religiosa en un colegio salesiano. El suyo era un rostro de monja devotísima, no de aquel colérico irredento.
Con punto menos que misticismo, declamó ante las cámaras:

Y todos cuantos vagan
de ti me van mil gracias refiriendo,
y todos más me llagan,
y déjame muriendo
un no sé qué que quedan balbuciendo.

Dio una explicación que no recuerdo. No comprendí nada. A la sazón hubiera yo preferido mil veces a Mario Benedetti. Mas la voz, su rostro, estaban demudados. No era la primera vez que lo leía él, porque lo recitó de memoria; sin embargo, le producía la impresión que sólo causa el primer amor. Faltando un minuto para la 1 de la madrugada, viendo al vacío, se despidió. Dijo Gracias… por hoy.
A la vuelta de unos años y habiendo leído a San Juan de la Cruz y a Santa Teresa, con gran interés —que no le quita ni un gramo a mi temor— quiero auscultar qué tiene la literatura de San Juan de la Cruz, en particular su Cántico espiritual, que amansa a espíritus como el de Garibay. Qué hay en ese misticismo, que ni Dámaso Alonso ni nadie, consigue descifrar. Tal vez nos quedemos en la mera descripción, bobos señalamientos carreteros. Sea como fuere, el intento se antoja llamativo.


***

Hay una poseía más angélica, celestial y divina, que ya no parece de este mundo, ni es posible medirla con criterios literarios, y eso que es mas ardiente de pasión que ninguna poesía profana, y tan elegante y exquisita en la forma, y tan plática y figurativa como los más valiosos frutos del Renacimiento. Son las Canciones espirituales de San Juan de la Cruz… Confieso que me infunden religioso terror al cotarlas. Por allí ha pasado el espíritu de Dios, hermoseándolo y santificándolo todo.

Fray Luis de León.

1. HACIA LA SEMILLA. Cántico espiritual.


El Cántico espiritual es un poema de largo aliento, aunque no tanto como otros que lo precedieron y muchos que lo han sucedido en los Siglos de Oro. Escrito durante la estancia de San Juan de la Cruz (1542-1591) en la cárcel de Toledo (1577-78) a los 35 años , el poema describe la búsqueda del alma hacia la unión espiritual con Dios. Lourdes Penella Jean describe los tres peldaños (tradicionalmente llamados vías) para acercarse a Dios, de los cuales es el último el que atañe a San Juan y a la poesía mística toda: una primera vía, purgativa , consiste en la purificación y el apartamiento del pecado por medio de la oración, la penitencia y la meditación. Otra vía, iluminativa , es la ascensión del alma purificada al verdadero conocimiento de la bondad y hermosura de Dios. Y la última vía, unitiva, es la más alta y consiste en el total abandonamiento del alma a Dios, “el consumirse por completo en el amor divino” . El alma de la Esposa arde en deseos por unirse a Él en matrimonio espiritual; alma y dios; esposos amados. No obstante ser el que buscan, este último grado no logra cabalmente ser expresado por los místicos, a decir de ellos mismos.
La composición del Cántico espiritual fue lenta y saltuaria, en tiempos más o menos distantes, y al aire de experiencias que presionaban al artista y, antes, que conmovían al creyente San Juan de la Cruz.
Según el testimonio más fehaciente, el poeta redactó en la cárcel toledana las primeras 31 canciones: “Sacó el santo Padre, cuando salió de la cárcel, un cuaderno que estando en ella había escrito…” y las canciones o liras que dicen “A donde te escondiste” hasta que dice “Oh ninfas de Judea” . Con la experiencia como fondo: decía que “en aquel tiempo le hacía hecho nuestro Señor mercedes en mostrarse a su alma, y ora se le ausentaba y escondía, dejándole afligido y desconsolado” .
Amén de las pistas religiosas de los que conocieron en persona al santo, hay información sobre las fuentes en las que se habría inspirado para escribir el Cántico. Dámaso Alonso , en el siglo pasado, explicó con gran acierto que los antecedentes literarios inmediatamente reconocibles en la obra de San Juan se bifurcan en dos, en “sendas”. Una viene de la tradición culta, de Juan Boscán, Garcilaso y Fray Luis de León, poetas a lo divino, o sea versificadores cuya obra tendía, casi igual que la del santo, a parangonar lo mundano con lo espiritual, en su búsqueda por alcanzar la perfección del alma, la iluminación, aunque todavía no la unión —que vendrá con Santa Teresa y San Juan . Otra senda de búsqueda es la castellana, que comprende tanto elementos populares como del cancionero.
Paso por paso desenhebremos el asunto. “La lira, estrofa pagana de Garcilaso, se espiritualiza en fray Luis, se diviniza en San Juan”. Dámaso Alonso apoya su afirmación en ejemplos como éste, donde el verso

¡Oh mano blanda! ¡Oh toque delicado!

de san Juan de la Cruz, semeja en mucho a los plañidos:

¡Oh miserable hado!
¡Oh tela delicada!
¿Dó está la blanca mano delicada?...

de Nemoroso. Proporcionadas por Dámaso Alonso, sobran muestras de la vertiente que viene de Garcilaso y encuentra lugar en nuestro poeta. No vamos a ocupar nuestro espacio en enumerarlas. Mejor veamos otros ejemplos que prueban la importancia de la traducción que hizo fray Luis de León del Cantar de los cantares en la literatura de San Juan de la Cruz.
Antes, empero, mencionaremos unos comprobados influjos que se hallan presentes en San Juan, así en el Cántico espiritual como en la Llama de Amor viva o en la Subida al Monte Carmelo, los poemas mayores de San Juan . María Rosa Lida ha vuelto a tratar las relaciones entre Garcilaso y San Juan de la Cruz. La expresión de la Llama

rompe la tela desde dulce encuentro

es muy próxima a otras de la Égloga primera y de la segunda:

… este velo
rompa el cuerpo…
… do se rompiere
aquesta tela de la vida fuerte…


Otros pasajes del poeta toledano parece como que se reflejan en el Cántico espiritual. He aquí el “prado de verdura”. En Garcilaso:

Ves aquí un prado lleno de verdura
… preséntanos a colmo el prado flores
y esmalta en mil colores su verdura…


En el Cántico:

¡Oh prado de verduras
De flores esmaltado…!

He aquí ahora la “espesura”, “el agua pura”. En Garcilaso:

Ves aquí una espesura,
ves aquí un agua clara…
… en esta agua que corre clara y pura…

En el Cántico:

… domana el agua pura
entremos más adentro en la espesura…

Ahora sí Fray Luis de León y su traducción del Cantar. De él podríamos mencionar las mismas semejanzas que el santo nos manifiesta en las dilucidaciones que hace verso por verso en las 39 estrofas de la primera edición —y 40 de la segunda y definitiva—. Pero ¿no vale más dejar el tema para otro capítulo adelante, entero? Así lo creo. Mientras tanto, la tradición castellana a que se refiere Alonso: lo popular y lo relacionado en estricto sentido con el cancionero.
Hay que ser perito en exquisitas nimiedades de la literatura, para que no pasen inadvertidas esas pequeñas pero decisivas semejanzas entre la tradición anterior al Cántico y el Cántico mismo. Este glosar a lo divino del que hablamos con Juan Boscán y Garcilaso, aparece también en la tradición novelística de caballerías y, en general, en toda la tradición literaria previa al santo toledano. Álvarez Gato es una muestra; toma el cantarcillo popular:

Quita allá, que no quiero
falso enemigo,
quita allá, que no quiero,
que huelgues conmigo.

y lo resuelve así a lo espiritual:
Quita allá, que no quiero,
mundo enemigo,
quita allá, que no quiero
pendencias contigo.
También encontramos en fray Iñigo de Mendoza, dirigido al Niño Jesús, el siguiente estribillo:

Eres niño y has amor,
¿qué farás cuando mayor?

Ésta ya es una primera pista de la evolución poética de las letras en castellano hacia la literatura mística. Siguientes ejemplos confirmarán la orientación de la literatura hacia el misticismo, como éste del indispensable y preclaro Garci Sánchez:

Secáronme los pesares
los ojos y el corazón,
que no puedo llorar, non.

La tradición de glosar a lo divino llega hasta Lope. Un viejo cantar de vela —nos recuerda Dámaso Alonso— , cuya popularidad está atestiguada por ponerlo el autor en boca de Dorotea, en la obra de este mismo nombre,

(Velador que el castillo velas
véale bien y mira por ti,
que velando en él me perdí)

es glosado por el dramaturgo dos veces, a lo profano en Las almenas de Toro, y a lo divino en El nacimiento de Cristo. En esta cadena se inserta Santa Teresa:

Véante mis ojos,
dulce Jesús bueno;
véante mis ojos,
muérame yo luego.

Y San Juan, hablando la Esposa al Esposo:

Apaga mis enojos,
pues que ninguno basta deshacellos,
y véante mis ojos,
pues eres lumbre dellos,
y sólo para ti quiero tenellos.

Esto por lo que hace a los influjos del cancionero. Todavía queda por examinar el Cantar de los Cantares. Antes de entrar definitivamente a él, precisamos adentrarnos por último en los elementos populares.
En la estrofa 32 dice la Esposa al Esposo:

Escóndete, Carillo,
y mira con tu haz a las montañas…
Piénsese en la coplilla que oyó cantar el Santo, preso en Toledo:
Muérome de amores,
Carillo, ¿qué haré?
—Que te mueras, ¡ahalé!

No hace falta explicar la relación ni de dónde pudo haber traído el Santo no sólo la palabra evidente, Carillo , sino el sentido de la estrofa entera. La tradición popular no se reduce en el Santo a tomar parte de lo que otros han escrito (síntoma nada extraño, por el contrario presente en toda la literatura), sino que llega más lejos: el poeta toledano abunda en latinajos, como en cultismos, pero no menos lo hace en expresiones del lenguaje popular —como lo hemos venido mencionando. Lo que nos importa es lo desconocido y que él imprime por vez primera: su nueva visión es la de una lírica con aliento entrecortado. Es un poeta que se contiene; vr.gr., al verso Decidle que adolezco, peno y muero , agréguesele cualquier cosa, un adjetivo. Se verá cómo tanto gana en musicalidad y sumisión a la tradición, cuanto pierde en sentido e, irónicamente, en perfección. Pero, a pesar de todas las dichas variantes que encuentran acomodo en su obra, no son ellas lo que hace de san Juan de la Cruz la excepción en nuestra poesía. Lo realmente importante, la diferencia suya, está en hacer uso del Cantar de los cantares, de origen bíblico.
Reinterpreta el santo la obra de Salomón (traducida al castellano por Fray Luis de León) y, a su juicio, le sirve de fundamento único . Por eso, como lo hemos mencionado, debemos tratarlo aparte.


1.1. INFLUENCIA CELESTIAL. Cantar de los cantares

Forma parte del Antiguo Testamento. En orden, la tradición lo coloca después del libro del Eclesiastés y antes del libro de la Sabiduría. Al lado de los escritos de Job, de Los Salmos, de los Proverbios, y del Eclesiástico, el Cantar de los cantares (Ct, en adelante) forma parte de una categoría mayor: libros “Poéticos y Sapienciales”. ¿Sapienciales?
El Cantar no. Más bien de tema amoroso. El Ct semeja en tema (¡y en qué medida también en forma!) al Cántico de San Juan de la Cruz.
En el prólogo a la primera edición del Cántico (de la segunda hablaremos más tarde), el poeta toledano se ríe, como avergonzándose de antemano, por las semejanzas que saltan a la vista entre su obra y la de Salomón:

Las cuales semejanzas, no leídas con la sencillez del espíritu de amor e inteligencia que en ellas llevan, antes parecen dislates que dichos puestos en razón, según es de ver en los divinos Cantares de Salomón y en otros libros de la Escritura divina, donde no pudiendo en Espíritu santo dar a entender la abundancia de su sentido por términos vulgares y usados, habla misterios en extrañas figuras y semejanzas.

No es preciso que el poeta se justifique con tamaña humildad: el lector medianamente avezado con la literatura bíblica hubiera advertido de todos modos el absoluto parentesco. Dejemos por sentada la tesis: san Juan echa mano de imágenes, de frases (casi versos enteros), de tiempos narrativos, en su poema, que había leído en el Ct quizás durante su estancia en prisión; y no podía ser más clara la alusión al poema salomónico, toda vez que en sus explicaciones en prosa, pegadas a las estrofas en verso, el poeta toledano explica uno por uno, el sentido de sus arreglos líricos, cuándo usando a los Salmos, cuándo a los Profetas, y cuándo más señaladamente, a los Cantares.
Son numerosas las muestras de homologías en los versos de entrambos. Así habla la Novia en Ct

¡Que me bese con los besos de su boca!
Mejores son que el vino sus amores;
mejores al olfato sus perfumes.

La Esposa del Cántico dice

… al toque de centella
al adobado vino
emisiones de bálsamo divino.

Para abundar quiero mencionar que son más claros y más fáciles de distinguir los rasgos que acercan a uno y otro poema, cuanto más fijemos nuestra atención en que los dos abordan el mismo tema: la persecución de la vía unitiva. En el Ct, la Novia busca al Novio; en el Cántico, la Esposa quiere llegar al Esposo. Sin embargo, los Cantares incluyen además la presencia de un coro y de un poeta, personajes que intervienen en la difícil búsqueda del amor por parte de ella persiguiéndolo a Él; otra cosa: la Novia de los Cantares no persigue al Novio mientras éste se aleja oportunamente, como sí ocurre en la obra del santo; digo “oportunamente” a propósito de los infiernos que queman a San Juan para justificar su poema: arde en inquietud por alejar su obra de toda posible interpretación terrenal (erótica, carnal, sexuada), no obstante que en Salomón los ejemplos sean mucho más mundanos y sí se prestan a una mala interpretación.
Quiero remarcar otra semejanza de peso entre ambos. En Salomón los versos

Te daría de beber vino aromado,
el licor de mis granadas.

aparecen apenas estrofas antes de llegar al apéndice y terminar el poema. Vino y licor son esencias que la Novia quiere convidar a su Novio, en amorosa unión. En el Cántico se lee

y allí nos entraremos
y el mosto de granadas gustaremos.

La semejanza con Ct no se reduce a que los versos de aquél y éste aparezcan al término de todo el poema, sino que llega a más: constituyen en ambas obras la invitación hecha por el alma enamorada para que el Novio (en Ct), el Esposo (en Cántico), Dios en persona , tenga a bien fundirse en amor perfecto. Son versos del señalado éxtasis que el alma siente al unirse con su Amado; pero es también un éxtasis semejante también al que poetas profanos han alcanzado cuando se refieren al amor entre amantes de este mundo, cuya más alta cima está en el acto sexual, donde las esencias todas se concentran en el coito.
Hagamos a un lado lo que el poeta toledano quiso evitar a toda costa: que se le relacionara con el erotismo, aun cuando se tratase de sano amor terrenal. No estamos autorizados para desviarnos siquiera un punto de lo que el santo quiso legarnos: la devoción a Dios a través de sus creaciones. Pero deshonesto sería dejar pasar de largo la mención: de no haber tenido las suficientes justificaciones por parte del santo, que quiso ponerlas aquí y allá en prólogos, dedicatorias y en el cuerpo mismo de la obra, me atrevo a pensar que entonces lo hubieran tenido por un poeta más o no menos grande de lo que es, que le canta al amor, a una enamorada mujer suya. A riesgo de parecer circular y falto de tesis, diré lo mismo de hace rato: no obstante ser un rasgo mil veces elogiado, no es su estilo como versificador lo que en esencia hace distinto a San Juan de otros poetas contemporáneos suyos, ni el uso de sus fuentes, salvo de una: la vía bíblica, los Cantares de Salomón. Para terminar con esto, enlistaré algunas palabras que, llevadas al extremo, en el Cántico cobran su tonalidad amorosa, erótica, profunda, inasible…, pero que con justicia pertenecen originalmente a los Cantares.
Nos dejan sin habla ciertas palabras, versos y expresiones en general del Cántico. Con todo desorden, traigo a la mente las muy acusadas: espesuras; monte; otero; adolezco, peno y muero/, apaga mis enojos/, aires amorosos/, noche sosegada/, música callada/, soledad sonora/, detente, cierzo muerto/, debajo del manzano/, leones, ciervos, gamos saltadores/, Gocémonos, Amado/, y el mosto de granadas gustaremos/, al monte o al collado, do mana el agua pura/, con la llama que consume y no da pena/ ¿A donde te escondiste, Amado, y me dejaste con gemido?/.
Encuentro su lugar de procedencia, en el Ct: Brincando los collados/, Mi amado es para mí, y yo soy para mi amado/, tus mejillas, como cortes de granada/ tus pechos, cual dos crías/, levántate, cierzo/, ¿A dónde se fue tu amado/, oh la más bella de las mujeres?/ Te daría a beber vino aromado/ el licor de mis granadas/. Por falta de espacio, cortaremos aquí el listado.
Tomadas de aquí y de allá, las expresiones reflejan una cercana relación entre los poemas. Vienen de la rama bíblica, espiritual, pero toman cuerpo en un poeta a lo divino que escribió siglos después de Salomón e inspirado también en Dios, sí, pero técnicamente motivado por la tradición literaria de su tiempo, preñada de amores fáciles, historias de arrebatada pasión, de cuentos de caballerías, ilusiones y del teatro burlesco. Esto, la mezcla de dos mundos opuestos, hace que literatura salomónica renazca en San Juan con un halo de modernidad. Tomo en cuenta las lecturas desde muy variadas ópticas que se pueden hacer del Cántico, y su relación con respecto al tiempo en que se origina, antes de afirmar esto: la obra resume muy a su modo, todas las corrientes literarias de su tiempo; toma lo que le conviene de todas, y también discrimina algunas, muchas.
Es también la mejor obra poética en castellano del Siglo de Oro, también muy a su modo. No obstante las muy superiores excelencias de San Juan, habrá seguramente quien prefiera a Garcilaso o a Santa Teresa, o a Fray Luis de León… ¿y por ello estará equivocado?
Habrá además quien arguya que del Cántico hay dos versiones y que eso hace titubear hasta al de ideas más firmes sobre su perfección insuperable. No se equivocan plenamente quienes así llegan a pensar; mas tampoco tienen razón. Entre una y otra edición del Cántico hay evolución. Y si embargo la primera se acomoda más al gusto de los autores que vamos a mencionar, y también al mío propio.


2. VÍTORES JUSTIFICADOS. Los dos Cánticos

Ocasión de interminables debates son las dos redacciones del Cántico. La primera tiene 39 estrofas y a la segunda el poeta toledano le agrega una más. Y las diferencias no se detienen ahí. Están sobre todo en el trueque de canciones en el cuerpo entero del poema: el orden de la primera redacción es alterado por un san Juan que mueve estrofas, agrega versos y que, si bien no intenta mutar ni mutilar el sentido del poema, cree estarle sellando una dosis de precisión que, es lástima decirlo, nunca, o casi nunca, se logra en su segunda edición.
Al escritor lo arrastra un ansia por el decir. Está escrito que de todas las ediciones, la única que le pertenece al autor es el borrador. El libro impreso es propiedad de quien lo compra, lo lee y, lo que es más, de quien lo reescribe en su imaginación. Las últimas versiones, a un pie de ver la prensa, son estilo y perfección, y en ellas han intervenido editor, impresor, paginador. A ese punto, la veta sentimental, la inspiración, ya desaparecieron; desaparecen desde que el poeta cree terminada su obra y pasa al “a ver, qué le debemos acomodar…”. La primera edición del Cántico (CA) es fiable, de acuerdo a Dámaso Alonso, quien habla basándose en datos de la Biblioteca Nacional de España. Por lo tanto, CA da cuenta del hombre San Juan. A la luz de esto, es por lo que vemos con recelo la segunda y definitiva versión del Cántico (CB). Ésta es la estrofa agregada que, a mi juicio, no le aprovecha –pero tampoco le demerita-:

Descubre tu presencia,
y máteme tu vista y hermosura;
mira que la dolencia
de amor, que no se cura
sino con la presencia y figura.

Si el azar (sabio maldito) hubiera querido desaparecer la primera versión del cántico, juzgo que tendríamos por admirable esta estrofa, como lo son el resto de las que conforman el Cántico en ambas versiones. Pero no quiso. Por eso no hallamos esplendores en éste ni en los otros trueques que San Juan practicó a su CA. Otro ejemplo: en vez del original Cogednos las raposas , escribe en CB Cazadnos las raposas. La variación otorga fuerza, pero le suprime los ligeros efluvios inasibles que logra la versión primera.
Tanto Baruzi como Chevallier y Vilnet destacan aspectos de la utilización de textos bíbliocos en CB que parecen diferir del procedimiento habitual de San Juan.
La discusión se ha centrado en los textos bíblicos empleados en CB que no aparecen en las restantes obras de San Juan, y en la frecuente omisión de los textos latinos en CB cuando San Juan afirma (ambiguamente) en el prólogo: “Llevaré este estilo, que primero las pondré la sentencia de su latín y luego las declararé al propósito de lo que se trajeren” .
El Cántico oscila entre el comentario poético y el tratado espiritual porque es mucho más extenso que los restantes poemas de San Juan y su imaginería es mucho más variada. Los comentarios en prosa tienen que poner orden a partir de un arrebato lírico. Es preciso dar la mediad de imágenes, metáforas y símbolos. El instinto del poeta ha de someterse a la estudiada reflexión del teólogo.
La mejor guía para San Juan como poeta es CA, que refleja más fielmente el impulso originario de cantar el amor divino. Pero para valorar su pensamiento, tenemos todos los motivos para volvernos a CB, ya que es aquí donde se encuentra su última palabra sobre el Cántico, la voz de una poeta que es al mismo tiempo teólogo.
Resta por explicar la metodología que hace al Cántico ser lo que es, una suerte de escalón a punto de alcanzar el cielo. Juan de la Cruz es un santo cuya pluma parece estar tocada por ángeles o, mejor dicho, por serafines borrachos de amor a punto de cometer una travesura. El estilo de San Juan de la Cruz es lo que, según nuestra hipótesis, debe dar pie que dilucidemos el fenómeno mental y espiritual al que nos eleva su lectura.


3. Se escapa de las manos. Técnica

La Academia de la Lengua Española lo ha declarado “autoridad” en prosa, argumentando que es un autor que basta por sí solo para justificar el uso de vocablos y modos de expresión .
Aliteraciones, encabalgamientos, repeticiones… Todos vicios arraigados en el Cántico. Estos “vicios” recurrentes en San Juan, vistos bien, no son sino herramientas de absoluta valía en un poeta de profundo y entrañable misterio. Entramos en problemas al analizar más de cerca los versos que, aplicados por él, resultan magistrales giros del lenguaje y, como dijimos antes, rasgos de una escritura que no fluye, sino que cual vino de consagrar, toman cuerpo gota a gota, en un lento acumulamiento que no cede a los arrestos de ninguna pasión. Es su poesía pasión encerrada en una gota de vino, que nada más advertirla perece. No podemos saciar nuestros deseos, y sin embargo quedamos extasiados. Para averiguar el fenómeno hemos de analizar.

pasó por los sotos con presura…
el silbo de los aires amorosos…

Si consideramos detenidamente, la aliteración, en un verdadero poeta, no es nunca artificio, sino un fenómeno intuitivo, profundamente ligado a la entraña de la creación. A este tipo de hallazgos corresponde sin duda

un no se qué que queda balbuciendo…

En general, la sucesión inmediata de tres sílabas que resulta molesta al oído. En este caso, tras la vaguedad de un no se qué, esa repetición indica una duda, un entrecortado titubeo, que va a complementarse, a recibir su justificación con un gerundio balbuciendo en el que cuaja la acción verbal. Este es uno de los mas, acaso el más, citado ejemplo del Cántico. No queremos dar a entender que este verso encierra la complejidad del poema entero, sino que es técnicamente, el mejor esteriotipo de la revolución poética del versificador toledano. Y que, no obstante entenderlo, estamos inermes para descifrar el profundo porqué de eso místico que nos deja balbuciendo.
“… [no hay] nada, o muy poco —admite un admirado Dámaso Alonso, tratando de explicarse por qué lo místico es místico— que explique esa sensación de frescura, de virginalidad y originalidad que nos produce su obra y que es como un delicioso oreo cuando a ella pasamos desde las de otros poetas, aun mayores de los mayores denuesto Siglo de Oro…”
No exploraremos la métrica o la relación con las literaturas de su tiempo. ¿Nos faltó ahondar en ejemplos que justifiquen nuestras aseveraciones? Pusimos nuestro empeño en traer a cuento, en describir simplemente, los rasgos salientes en el Cántico, y tuvimos que rozar algunos otros que destacan en la Llama y Subida. ¡Cuánto por decir nos faltó y qué limitado el tiempo del que disponemos! Si logramos rodear al menos los motivos de lo indescifrable en la poesía mística, cumplimos. Insatisfechos quedamos pues San Juan precisa mayor esfuerzo que el nuestro. El que hicimos fue un viaje de exploración a los puntos más importantes de una obra, ¡una sola!, del poeta toledano. Esto va al inicio, ya ni modo: se quiso una introducción a las razones que hacen indescifrable lo místico.

Fuentes

Alonso, Dámaso. La poesía de San Juan de la Cruz. Ed. Aguilar. Cuarta edición. España, 1966.
Álvarez Gato, Obras, Ed Artiles, Madrid, 1928
Biblia de Jerusalén
Garci Sánchez, en el Cancionero general, de 1511, núm. 659, también en el Cancionero de Evora, Ed, Hardung, núm. 16, pero aquí anónimo.
Garcilaso y Juan Boscán, Obras. Ed Porrúa, México 1960.
Nueva bibl. de AA. EE., XIX, 15. Que era versión a lo divino de un tema profano lo sintió Menéndez Pelayo también (Antol. de poet. lír. cast. VI, 209).
Penella Jean, Lordes. Guía de Estudios. Siglos de Oro I. Facultad de Filosofía y Letras. Universidad Nacional Autónoma de México; enero de 2005, pp. 59.
Relación de la M. Magdalena que, junto con una carta, escrita el 1-8-1630, envía testimonio al P. Jerónimo de S. José. BMC. 10, 323.
Testimonio de la M. Leonor de Jesús. BMC 14, 159.
Revista de Filología Hispánica, I, 1939.
Ruiz Salvador, Federico. Introducción a San Juan de la Cruz. El escritor, los escritos, el sistema… Ed. Biblioteca de autores cristianos. Madrid, 1968.
San Juan, San Juan de la Cruz. Obras completas. Ed. Sígueme. Salamanca 1992
Thompson P., Colin. El poeta y el místico; un estudio sobre El Cántico Espiritual de San Juan de la Cruz. Editorial Swan, Madrid, 1985.

enero 01, 2007

Un golpe de dados a la hidalguense

Pachuca. Había cursado tres licenciaturas (Relaciones, Ciencias políticas y Comunicación) antes de meterse a estudiar letras. A sus 30 años aún quería alargar la manutención paterna; y como sus papás nunca le “levantaron la canasta”, entró a una universidad de paga en el DF que lleva por nombre el de Sor Juana.
En su último año de clases le advirtieron que, para graduarse, debía hacer una investigación llena de citas eruditas y nombres extraños sobre la obra de la monja poetisa, o bien, podía escribir un libro sobre lo que le viniera en gana. Lo segundo aparentaba ser más fácil; significaba una tarde de linda inspiración al lado de la computadora y de una taza de café. Eligió hacer un poema sobre Pachuca.
Una vez tomada la decisión, se regresó a la tierra natal, donde su papá, Alfredo Rivera Flores, goza de prestigio como escritor y amigo, y además goza de una librería nada despreciable.
Empero, la tarde ésa de inspiración se extendió por varios meses. Alfredo Rivera Rubio no avanzaba ni un centímetro en la redacción de su proyecto de describir a Pachuca en unas cuantas líneas, y se vio en la necesidad de estudiar la historia de la capital de Hidalgo: encontró que la naturaleza alcohólica de Pachuca tenía mucho de divertido. Desde el tiempo de los aztecas, los reyes de penacho de quetzal se trasladaban hacia estas tierras, toda vez que aquí gozaban de lealtad perruna y de lindas morenas de cascos ligeros, además la tal Mayahuel, diosa del pulque, parecía haber elegido a Hidalgo como morada predilecta para fabricar su blanco brebaje. Desde esas fechas hasta el incendio de la disco Lobohombo, las edecanes del placer han encontrado en Pachuca terreno limpio para ejercer su oficio con libertad. Qué locura. Paralelamente, la minería, el viento y los pastes de carne iban revelando en la cabeza de Rivera Rubio un código extraño a través del cual veía la posibilidad de describir su ciudad.
Habrían de pasar dos años de documentación entre libros viejos antes de sentarse a escribir su poema. Él mismo platica que su papá se asomó al cuarto de estudio para preguntarle cómo iba eso, y él pidió un año más, prometiendo que ahora sí sería el último. Pero mentía.
Al cabo de cinco años (finalmente) entregó un poema de casi 60 páginas lleno de simbología matemática, mayúsculas mezcladas con minúsculas, un chorrito de ron blanco y cinco dados: todo agitado en un vaso de cuero y puesto a girar sobre una mesa de cantina. El título mismo es muy poco convencional: al nombre de Pachuca, Rivera Rubio le quita letras y las voltea hasta que, según él, se ha conseguido la fórmula químico-poética de esta ciudad donde la noche y el alcohol parecen correr en un mismo río.
Nadie, y menos dentro de su familia, nadie podía creer que aquel treintañero de vida disipada hubiese renovado el lenguaje aunque fuera en lo más mínimo. Pasiones como la del fútbol, la de las mujeres y la del licor, nada extrañas en el público pachuqueño, forman la mayor parte de este largo poema que discurre entre mesas de cantina, fajes indiscretos en las colonias populosas y en la porra ultra del estadio Hidalgo, donde juega el equipo de fútbol de los tuzos del Pachuca.
En Achca: un golpe de dados se reúnen los charros y los licenciados del partido tricolor que juegan los fines de semana apuestas de miles de pesos en una tirada de dados. En alguna parte del poema es azotado el vaso de cuero café sobre una mesa manchada de limón, y los dados encierran el destino de un minero a punto de precipitarse de cabeza por la boca de la mina. Achca: un golpe de dados es la propia Pachuca sin sexo y en cuyo sustitución se halla un paste de carne del que se puede beber pulque al final de una jornada extrayendo plata.
El propio autor acepta que su poema no está construido de manera que su comprensión sea sencilla. Y es cierto: por un lado, hay que ser pachuqueño o por lo menos haber vivido ahí para entenderlo, y, por otro, también es útil leer y releer el texto varias veces: cuantas más, mejor.
Esta acelerada aventura dejó a Alfredo Rivera Rubio con cinco años de más en la suma de su vida que empieza desde 1970 hacia acá. Ahora planea escribir una cosa (“novela”, jura) en la que se hable de todo el estado, y ha elegido el nombre de HGO: abreviatura de la palabra Hidalgo.
Piensa repetir los cinco años de excesos verbales y de ron que vivió en Pachuca, pero ahora multiplicados por los 84 municipios que arman a la entidad. Por lo menos, dice que recorrerá tres veces de cabo a rabo cada esquina del territorio con cuya experiencia hará un trabajo de 600 páginas. “Si lo he atrasado es por falta de tiempo”, sostiene el recién titulado licenciado en letras castellanas y maestro del kindergarten que pertenece a su papá. Resta esperar que, una vez escrito, HGO sea puesto a circular, no como Achca… de cuyo tiraje, todos los libros los tiene el poeta encerrados en su casa, y no le quita el sueño ponerlos en distribución.

El puerto, el aterrizaje y cosas peores

1. Habíamos bebido y esnifado coca hasta las ocho o nueve de la mañana. Yo tenía que hacer un pago en el banco de no recuerdo qué cosa, pero aún así fui puntual a la cita con Guillermo Fadanelli, que vendría a visitarnos desde el D.F. Llegué puntual, a las dos y media de la tarde, y el bar permanecía en calma: el padrote del lugar, un pelón muy blanco de unos treinta años, estaba viendo las noticias con Lolita Ayala, y fumaba recargado en el mostrador.
—Qué idiota— me dije sin saber por qué.
Solicité una michelada, y otra y otra, y llegó el primer par de amigos:
—¿Y Fadanelli?— me estrecharon la mano y pedimos la primera ronda.
Charlamos, cómo no, de la noche anterior. El más panzón de los tres es el más locuaz… el de más verborrea. El segundo parece su guarura flaco: no habla, no lo contradice en voz alta, pero estoy seguro —yo lo sé, lo presiento, me imagino, como esas cosas de las cuales desconocemos pero estamos seguros de tener la razón—que en privado, en su cabeza, ahí mismo entre trago y trago, que le mienta la madre apretando los dientes… mientras chupa el limón y lame la sal del borde del tarro.
—¿Cuánto tiempo llevas aquí?
No respondí. Pinche gordo. Me limité a ir al baño para esnifar los últimos doscientos pesos que traía de polvo. Recuperado, bebí las últimas rondas. Dos jamones somn minifalda de licra se sentaban en las piernas de los parroquianos; también consumían coñac y whisky, y reían enseñando las anginas y parecían, no sé por qué, estafar a los alfeñiques bebedores; e iban al baño constantemente. En una de esas, perseguí a la de entallado rojo:
—¿Cómo te llamas, guapo?
—Luis. ¿Cuánto cobras?— yo escupía al hablar. Veía borroso. Le cogí los senos como un aguacate. La lastimé.
—¡Ay! Depende…Si quieres platicar, soy tu amiga. Si quieres besarme, soy tu novia. Si quieres sacarme de aquí, soy… gatúbela.
Me vi al espejo, que estaba manchado de sarro, mientras, ella subía la pequeña falda por encima de las nalgas, rígidas, dos balones bien inflados, magníficas. Hicimos, o únicamente yo, una suerte de acto sexual sin tocarnos, sin besarnos. Salí de allí y sonaba la bachata.

2. Fadanelli nunca llegó, y nosotros terminamos temprano, aún no amanecía, acompañados por las piernudas del Puerto, en mi apartamento. Como pudimos, nos bañamos, uno a uno, o en parejas, o de tres en tres, amanecí con la novia del gordo. En 20 metros cuadrados, hicimos el amor en lo que nos quedaba de noche, bebimos, esnifamos, desayunamos, más de 12 personas. Era viernes, y fuimos a terminar la semana al Puerto de Llanes. El trato se sobreentendía, no tuvimos que decirle a las piernudas: “tú te vas, trabajas, te sientas en todas las piernas, de dejas dedear. Le entras a todo lo que quieran. Pero no nos abandonas en la noche, cuando ya no hay clientes, que hoy vas a sentir esto…por todas partes”.

¿De cuando acá amenazamos con la puritita vista? ¿A partir de cuando, ya somos hombres de pocas palabras, así como dicen, unos cabronazos? Nada de eso, pero ellas se dejaban, y nosotros traíamos unos billetotes lavados, o sea, limpios como angelitos, y nos hacían sentir bien. Mezclamos vodka con jugo, cognac con coca cola, y whisky con tehuacán.

Alguien cargaba teléfono y recibió la llamada de Fadanelli:
—Dice que mañana viene, a la hora de siempre.
—A ver pásamelo… ¿Bueno…? ¿Qué pasó…? Cómo has estado cabrón…? JA JAJA…

Pinche gordo. Como si de veras. Por la cabeza me pasó un pensamiento: y si fuera escritor, si pudiera tutear a Fadanelli, aún más: si pudiera pendejearlo, mentarle la madre en buena onda. Qué encabronadas ganas me daba poder hacer eso. Pero ahora me besaba la chica del gordo, estaba bebiendo. Y una farra no se deja a medias.

3.- Vestía pantalón negro de mezclilla, chamarra verde olivo y cachucha negra, con una calavera por el frente. Se ve muy diferente en las solapas de sus libros, en las fotos de los periódicos. Francamente parece un pobre diablo; pero tiene cuarenta y un años y sabe haces lo suyo: escribir. Y se ha tirado cuerpos con los que yo sudo solitariamente.
Pidió un a cerveza y jugo de tomate “para ir mezclando”. Por principio de cuentas, yo me quedé con esa frase que me pareció sacada de un libro, o digna de aparecer en uno.
El padrote se acercó y ofreció las de la casa. Fadanelli bromeó sobre el asunto y soltó una risotada, pero bebió. La tarde empezó a todo mi gusto. Estar allí me pareció como vivir en un cuadro de museo. Fadanelli hablaba de Calos Monsiváis como yo lo hago de mi vecino, decía que Sergio Pitol—uno de mis héroes— era una señora. Se burlaba a palta tendida de El Gordo, de Mario Bellatín, de sí mismo. Luego hablamos de cosas que no recuerdo bien a bien, pero que me hicieron estremecer; la sensación no se olvida. Salimos caída la noche. Yo me fui en el carro de Fadanelli, un último modelo muy incómodo. Agarramos carretera y llegamos al table. Creo que habíamos bebido mucho, porque cada cual decía que la buenísima, una cubana nalgona, le guiñaba el ojo. Yo también creí que me lo guiñaba a mí. Al final la compramos junto con otras tres. Allí mismo abandoné a mi nueva novia, la ex del gordo.
Todas olían a mujer de verdad. A licor, a mucho mucho sexo, a carne. Nos turnamos como pudimos. Mientras tres se repartían con una, dos me satisficieron, y la cubana, a Fadanelli. En esa ocasión sentí la necesidad de saber hablarle a una verdadera mujer, como Fadanelli mientras lo hacían de a perrito.

Qué le vamos a hacer

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Desde chico tenía ganas de escribir un diario, o algo así. Pero era cosa de niñas. Este blog es lo menos afeminado que encontré.

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