El blog de Luis Frías

enero 30, 2007

Presencia de Garibay

Entrevista con Luis Corrales Vivar, a su vez entrevistador de Garibay.

Pende en la pared una carta firmada por Ricardo Garibay. Tiene fecha de 1997, dos años antes de la muerte del maestro. En ella le agradece al arquitecto Luis Corrales Vivar su amistad, su paciencia y sapiencia. El estudio está rodeado de libros, discos, revistas, casetes desde el suelo hasta el techo. Al centro, un escritorio sirve de defensa al arquitecto, o más bien, al columnista, lector profesional, promotor cultural y catedrático universitario (arquitecto en adelante) que es Luis Corrales.

Quien los recuerda, sabe la importancia que tuvieron los
Diálogos hidalguenses a inicios de la década pasada en nuestra entidad. En ellos, Ricardo Garibay y Luis Corrales platicaban cada semana en el canal televisivo local sobre las Pasiones del Hombre. De ahí derivó un libro homónimo de dicho programa: Diálogos hidalguenses.

La fortuna hizo que, en un año de programas sin interrupción, Luis Corrales trabara amistad “de respeto pero de veras” con don Ricardo Garibay, el de Tulancingo Hidalgo. A seis años de su muerte, el arquitecto platica quién era Garibay, cuál era su relación con Hidalgo del cual, “Ricardo Garibay sentía profundo cariño”. “Incluso, dice el arquitecto, una ocasión el gobernador Jesús Murillo nos invitó a pasear en helicóptero. Fuimos a la sierra tepehua, luego fuimos a la huasteca y al final a la Sierra alta. A propósito regresamos por la Sierra alta para volar por Metztitlán. Y me consta que el maestro, cuando el gobernador le dijo ‘maestro ahí está su pueblo’, Garibay derramó lágrimas. Vio desde arriba la población donde había gozado tanto tiempo su niñez. Se acordó de su madre, de su familia, y se conmovió profundamente.

“Cuando llegamos de ese largo paseo de todo un día volando sobre nuestro estado, llegamos a las cinco de la tarde. El gobernador se fue a la Ciudad de México y nosotros a comer. El maestro venía totalmente cambiado; él decía que el gobierno no debería hacer giras porque le parecía que se perdía el tiempo. Pero después de ver la orografía se dio cuenta que era imposible que llegaran los libros, la educación, las obras... a todas esas miles de pequeña poblaciones. Vio qué difícil era llegar a determinada población, porque en kilómetros no habíamos visto camino alguno, sino simples montañas.

“Ahí cambó su punto de vista. Y partir de ese momento tuvo mayor conciencia del tiempo que no le había dedicado a su estado. Pero ya era tarde: él era un hombre grande y lo único que hizo fue afirmar esa pasión que sentía por nuestro estado, al grado de que en un programa dijo: que alguien había dicho que él no amaba Hidalgo, pero que lo contradecía por entero, que él sentía sus raíces profundamente en nuestro estado.

“Fue un hidalguense de cepa. El tipo de hidalguense que trasciende y pone en alto el nombre de su tierra.”

Garibay el amigo
“Don Ricardo era una persona difícil de tratar”, abre Luis Corrales la plática. “Aparentemente tenía un carácter fuerte y respondía con demasiada firmeza, y era muy claridoso, es decir, no se medía con sus opiniones. Pero lo que lo salvaba eran dos cosas: en primer lugar, su gran calidad cultural; es decir, el gran acervo con que contaba le permitía dar opiniones muy precisas. Y por otro lado, era un hombre que, ya tratándolo, tenía el carácter muy bondadoso. No era aquél hombre que aparentaba ser. Yo le llegué a decir que su actitud de viejo enojón era una coraza con la que defendía su alma de niño. Y, por su puesto, que se enojaba cuando le decía eso”.

-¿Cómo nació su relación con el maestro, cómo fueron sus experiencias mutuas?

-Decía que muy poco le había entregado a su estado, por eso tenía esa tentación de hacer algo: penaba que hacer un programa de televisión en donde él actuara sería bueno.

“Yo consulté el asunto con la autoridad de gobierno, y me autorizó por supuesto que se hiciera. Y así hicimos un programa durante un año, durante el cual lo traté cada mes.

“Tuve la oportunidad de tratarlo como un amigo, y para mí fue una experiencia inolvidable porque aprendí mucho de él, era un pozo de sabiduría: se había pasado toda la vida leyendo y escribiendo.”

-Además de la literatura, que es evidente, ¿qué temas le apasionaban al maestro?

-Después de la literatura, que era el fundamento de su vida, para lo que vivía , para lo que existía; después de ella, le interesaba mucho la política. Conocía mucho de política nacional.

“Pero no se metía, le apasionaba pero no participaba. Era un crítico, un opinador. Nunca tuvo deseos de entrar en ella, porque su vida era simplemente leer y escribir. Él mismo decía que se pasaba diez horas diarias leyendo y escribiendo. Y la fama y el prestigio que tenía, le permitía (en los últimos diez años de su vida, no antes) tener una vida económica desahogada, y se podía dedicar a escribir y a leer todo el día.

“Luego de la literatura, no le interesaba nada, ni la religión, ni el deporte, no le interesaban los espectáculos.”

El “Samurai de Cuernavaca” escribió un guión para cine sobre la vida de Rubén Olivares, llamado Las glorias del Gran Púas. Él admiraba al “Púas“ Olivares: boxeador varias veces campeón nacional. Y es que Ricardo Garibay también había sido boxeador.

“Sí le gustaba el box. Pero no le interesaba ese box de la televisión; tampoco quería saber lo que estaba pasando en los escenarios. Pero él había sido boxeador. Todavía a los 60 años practicaba. En su jardín de Cuernavaca practicaba. Se reunía con un sparring, que tenía costumbre de asistir ahí, y se daba unos rounds. Y sí, era bueno para el deporte del pugilato.”

Garibay: el grande desconocido
El autor de las novelas
La casa que arde de noche y Par de reyes nunca tuvo el Premio Nacional de Literatura, ni el Herralde de novela, ni el Premio Mazatlán, ni el Aguascalientes. Salvo unos contados, no tuvo reconocimientos. Lo que es más, los criticaba, y, de paso, despreciaba a los galardonados. Sin embargo, parece, le hubiera encantado recibir alguno.

-¿Le habrán faltado reconocimientos al maestro?

-Un día platicamos de eso, y me dijo que a él no le importaban los reconocimientos excepto el premio Nobel. Pero se reía inmediatamente. Él decía que había una especie de mafia en la entrega de premios de la literatura mexicana que controlaban cuatro o cinco escritores. Que ellos decidían quién ganaba, y que, por su puesto, lo tenían excluido. Aunque le dieron varios premios en el interior del país, realmente él despreciaba muchos de los premios convencionales que había. “Decía que estaban planeados, que era más política que reconocimiento a la calidad literaria.”

-El hecho de que el maestro sí quiera a su estado me causa sorpresa porque él mismo aborrecía ese sentimiento que llamaba de “mexicana provincia”. Y lo culpaba precisamente de muchos problemas presentes en el pueblo mexicano.

-En el aspecto cultural hay una enorme diferencia entre los círculos de la Ciudad de México y los que se dan en los estados. Hay mucha chabacanería, mucho entreguismo al oficialismo.
“Él consideraba que la única forma de estar al tanto de las corrientes literarias era vivir en el Distrito Federal. Pero sí quería mucho al estado. Incluso en sus últimos diez años de vida (le sucede mucho a las personas, que en sus últimos años busquen sus raíces), y él las encontraba en Hidalgo.

“Su madre era de Metztitlán, y luego vivieron en Tulancingo por un trabajo que le ofrecieron a su padre, y ahí nació él accidentalmente. Pero en vacaciones de niño venía a Metztitlán a casa de sus abuelos. Y él consideraba a Metztitlán como su origen como su cuna. Él decía: “Caminar entre las calles de Metztitlán es como entrar al torrente sanguíneo del cuerpo de mi madre”.

Odios y amores
La gran pasión del nacido en Tulancingo en 1923 era sólo una: La literatura. Él lo decía: admiraba a los autores franceses, ingleses, rusos, japoneses. Era un gran conocedor de la literatura japonesa. También era un gran conocedor de los autores del Siglo de Oro español. Admiraba a Lope de Vega, a Calderón de la Barca, de Garcilaso de la Vega.

“Despreciaba, en cambio, a poetas modernos, explica Luis Corrales. Ésa era una de sus características. Peleaba conmigo porque yo admiraba a Neruda, porque le mencionaba a Octavio Paz. A Carlos Fuentes lo trataba mal en sus opiniones. Porque él se sentía mejor que ellos o al nivel de ellos. Pero como ellos estaban en los premios, y con los homenajes, seguramente le causaba envidia profesional natural. Pues él era igual o mejor que ellos.

-¿Vivía apasionadamente?

-Con mucha intensidad. Era un intenso fumador. Era un buen bebedor. Había bebido bastante y bien. Sabía beber. No era un dipsómano ni mucho menos. No cayó en el alcoholismo ni de lejos. Bebía a la usanza europea. El europeo bebe diario, bebe coñac, bebe brandy, bebe whisky... y, sin embargo, no es borracho. Y don Ricardo era un buen bebedor de buenos vinos, de vino tinto. Nunca se extralimitada. Acostumbraba cenar con vino, y en una ocasión que estuve con él, tenía a la concurrencia en absoluto silencio escuchándolo.

-¿Cómo era su relación con la parte espiritual, mística, que él admiraba tanto en las letras?

-En ese sentido él era un poco contradictorio. Por una parte se declaraba no religioso, ni practicante, e incluso no creyente; siendo de una familia sumamente católica, en donde, cuando niño, rezaban diario el rosario hincados. Tenía una educación religiosa “de veras, arquitecto, me decía, no crea que como ahora que son católicos y no practican, no, mi madre nos hacía rezar a diario”.

"Sus hermanos eran muy católicos, y yo pienso que sen su interior él también tenía fe, pero se había abandonado de ello. Sin embargo amaba la literatura religiosa o, como él la llamaba, mística; como san Juan de la Cruz, fray Luis de León, Santa Teresa de Jesús. Pero también adoraba pasajes de la Biblia. Decía que el Cantar de los cantares era el mejor poema que el hombre pudiera escribir. Tenía sumamente estudiado el libro. Amaba ese poema."

enero 29, 2007

Juan C. Doria. En un aniversario más.



De todos, el primero

Juan C. Doria, gobernador interino de Hidalgo


Nace el estado de Hidalgo el 15 de enero de 1869. El presidente Juárez decretó (de acuerdo con el diario oficial) que la hasta entonces Segunda Jurisdicción del Estado de México pasaría a convertirse en un nuevo estado de la Federación, con el nombre de Hidalgo.

Artículo único: Queda definitivamente erigido en nuevo Estado de la Federación con el nombre de Hidalgo, la porción de territorio del antiguo Estado de México, comprendido en los distritos de Actopan, Apan, Huascazaloya, Huejutla, Huichapan, Pachuca, Tula, Tulancingo, Ixmiquilpan, Zacualtipán y Zimapán, que formaron el Segundo Milintar, creado por decreto de 7 de junio de 1862. (1)

Todos estos distritos dejaron de estar bajo la jurisdicción del Estado de México; y sin así y todo, la propuesta original separatista sugería a estos 11 distritos el añadido de otros tres: Otumba, Texcoco y Zumpango. Al final, el decreto del Congreso de la Unión (periodo 1867-1870), determinó que Hidalgo sería un estado de la Federación, independiente al Edomex., y se compondría por 60 municipios y 502 mil 125 habitantes (2). También se dividió al Estado de México en un tercer espacio, llamado Morelos.

De acuerdo con los discursos que se oyeron en la tribuna de legisladores del Congreso nacional, la separación del Estado de México en tres territorios obedeció a que su capital, Toluca, aglutinaba, primero, todos los poderes y estaba aterradoramente alejada de zonas como la Huasteca, y segundo, a que la administraban personalidades provenientes de la Ciudad de México, cuya ignorancia de las distantes regiones a su cargo era absoluta.

A juzgar por los razonamientos vertidos entre los diputados unionistas (que pugnaron por la no-segregación), había un descorazonador presagio de que el nuevo estado de Hidalgo sucumbiría de inmediato por causa de su carencia de medios de subsistencia, y que el Edomex (despojado de sus territorios) sufriría una no menos importante precipitación, principalmente económica. Legisladores como el diputado Montiel en su discurso del 21 de mayo de 1968 (cuando la discusión separatistas vs. unionistas era espumosa), tenían un motivo central para desconfiar de la propuesta separatista. En principio, los datos presentados por políticos y personajes del Segundo Distrito, tales como Antonio Tagle y el diputado Manuel Fernando Soto, sus datos eran más retóricos, políticos, sociales y humanistas, que económicos o estadísticos; y el puñado de informaciones de este tipo databan de al menos tres lustros atrás. Súmese a esto que la propuesta de un nuevo estado de Hidalgo tendría mayor número de habitantes, municipios, metros cuadrados de territorio, distritos… (3), mismos que le serían arrancados de golpe y porrazo al Edomex.

El artículo 72 de la Constitución de 1857, en su fracción tercera precisaba 4 requisitos para crear un estado nuevo: Primero, que dicha creación fuera solicitada por 80 mil habitantes como mínimo; Segundo, que se justificada plenamente que ese nuevo estado tenía los elementos necesarios para su pervivencia en todo sentido; Tercero, oír el parecer de las legislaturas a cuyo territorio afectada la decisión, y Cuarto, que la creación fuera ratificada por la mayoría de las legislaturas de los estados.

No sin rispidez durante las discusiones legislativas, al final se cumplieron todos los requisitos. Por eso el Congreso estuvo en condiciones de dictar una serie de Acuerdos Económicos definitivos el 17 de marzo del año previo al decreto de erección. Estos acuerdos dieron pie al paso siguiente: la irreversible creación de los estados libres y soberanos de Morelos e Hidalgo.

Al mismo tiempo que se deliberó sobre crear o no Hidalgo, los congresistas enfrentaron dificultades para elegir la forma como habrían de establecerse los poderes ejecutivo, legislativo y judicial de la naciente entidad. Ejemplo inmejorable es el revuelo entre legisladores para determinar cómo se elegiría al nuevo gobernador. Todos querían sacar partido de la coyuntura.

“El debate realizado en la sesión del día 4 de enero de 1869 (tan sólo 11 días antes del decreto formal), respecto del artículo 1º de los Transitorios del proyecto de ley contenido en el dictamen relativo a la erección del Estado de Hidalgo y que se refiere al nombramiento del Gobernador provisional y la elección de diputados y gobernador del nuevo Estado.”(4)

En este párrafo Juan Alberto Flores recuerda una discusión en la que varios diputados aferrados (dueños, por otra parte, de una oratoria decimonónica), apelan centralmente sobre la conveniencia de nombrar a un gobernador electo cuya posibilidad de reelegirse tenga o no validez. El eje de la apasionada discusión es: ¿el gobernador interino tiene constitucionalmente, la facultad de reelegirse? Unos argumentan que no, con base en la Constitución de México. Otros argumentan que sí, a partir del mismo documento. Por momentos, la discusión se desborda hasta lo lenguaraz y el manotazo. Termina, para bien de la historia mexicana, con la aprobación de una serie de artículos transitorios en el decreto de erección de Hidalgo (suprimiendo el primero, cuyo tema escapa al fin de este trabajo):

Artículo 2º. El gobernador provisional no podrá ser electo popularmente para el mismo cargo, y quedará obligado a dar cuenta de los actos de su administración ante la Legislatura que se elija en el Estado.
Artículo 3º. Se convocará a la Legislatura con el doble carácter de constituyente y constitucional.
Artículo 4º. El ejecutivo nombrará cinco magistrados en la Legislatura del Estado de México, de los diputados electos por los distritos que se segregan.
Otro transitorio. El ejecutivo, con aprobación del Congreso, nombrará un gobernador provisional que se encargue de expedir la convocatoria para el nombramiento de diputados a la Legislatura y gobernador del nuevo Estado, y de regirlo mientras se instalan los poderes que se elijan popularmente. […].
El siguiente transitorio. El gobernador provisional no podrá ser electo popularmente para el mismo cargo, y quedará obligado a dar cuenta de los actos de su administración ante la Legislatura que se elija en el Estado.

El 21 de enero del mismo año, Juárez nombra gobernador electo a Juan Crisóstomo Doria, que en esos momentos se desempeñaba como diputado federal por el distrito de Linares, Nuevo León, y que apoyó en todo instante la creación de Hidalgo. Cuando Mariano Escobedo fue gobernador de Nuevo León, Doria se desempeñó como secretario de gobierno y de forma interina fungió como gobernador de aquel estado. Doria llegó a Pachuca el 27 de enero y de inmediato comenzó a atender los asuntos más urgentes de la administración pública, la seguridad de la capital, la educación, las comunicaciones, etcétera.

Lo exigía su cargo y convocó a elecciones que se realizaron el 2 de mayo. Se habían postulado seis candidatos. Obteniendo 434 votos, obtuvo el triunfo Antonio Tagle, seguido de Manuel Fernnado Soto con 144 votos; Justino Fernández con 80 votos; Cayetano Gómez y Joaquín Martínez con tres sufragios cada uno, y Pascual Carbajal, con un voto.

Al cabo de su brevísima administración, y observando lo que le exigía el segundo transitorio al ser nombrado, Juan C. Doria rindió su informe de actividades ante el recién electo Congreso local (5). En estos términos se expresó:

Sinceramente adicto a las instituciones que nos rigen, y celoso del cumplimiento de mis deberes en cualquiera esfera en que me encuentre colocado, me es altamente satisfactorio cumplir con el que me impone el artículo 2º de los transitorios de la ley de 16 de enero último, dando cuenta de los actos de mi administración al Congreso del Estado. (6)

A propóaito del alance que mostraba la la Hacienda estatal, según los propios documentos que presentó Juan C. Doria, se puede concluir que fue la mejor nunca antes vista; debido esto a lo quisquilloso de Juan C. Doria con respecto a sus recaudadores instalados en cada distrito. De su exigencia da cuenta el episodio cuando el administrador de Apan tuvo que ser removido de su cargo por no haber satisfecho al gobierno estatal las explicaciones que dio sobre la extracción de los caudales de su oficina por una piqueta de sublevados. El hecho llegó a investigarse por el juez de 1ª instancia del mismo distrito.

La recaudación de los primeros meses en que doria gobernó fue así: en el corte de caja de febrero, arrojó mil 280 pesos; en marzo, 21 mil 651 pesos; y en el último mes de su trabajo, abril, 28 mil 93 pesos.

Con respecto al tema bélico, en su discurso Juan C. Doria da explicación del único, pequeño cuerpo de guerra que existía en el estado. Éste se componía por 50 infantes en Pachuca y 20 dragones (7) en Actopan. Con este escuálido equipo, el gobernador interino detuvo a una banda que en Apan estalló un movimiento revolucionario local. “El estado se presentó imponente, y los sublevados no pudieron ocupar ninguna población de importancia, sin embargo de que su número excedía de doscientos cincuenta hombres”, detalla Doria.

Puesto que el presidente Juárez nombró cinco magistrados nuevos, se detuvo la justicia por algún tiempo en Hidalgo. Enterado de esto, de inmediato Doria mandó se trasegaran los archivos ubicados en Toluca, para iniciar los procesos judiciales nuevamente, instalando servicios judiciales en cada uno de los distritos políticos. Firmado por el secretario de justicia C. Robert. el Estado que manifiesta le número de causas despachadas y pendientes en el Tribunal Superior del Estado, desde el 2 de marzo del presente año a la fecha, este documento informa haberse girado 246 sentencias, más 329 casos en trámite al corte en abril.

Es el tema de gobernación al que Doria otorga principalísimo lugar. Y por eso, el informe al respecto lo desmenuza para poderlo explicar, uno por uno, cada tema. Por lo que hace a seguridad pública, a la instrucción educativa, al la guardia nacional, los indígenas, el reregistro civil y catastro, así como las mejoras generales, el estado de la minería y las elecciones, se puede afirmar sin temor a equivocarnos, que durante los tres meses que gobernó Doria, tuvo frutos inmensamente mayores al breve espacio de tiempo que estuvo al frente del gobierno.

Especialmente sensible fue C. Doria sobre el tema de las elecciones. Hoy, a casi siglo y medio de distancia, debemos reconocer el espíritu mesurado, republicano y austero del espíritu que fue Doria. Hizo lo necesario para cumplir su primera promesa cuando rindió protesta como gobernador interino: permitir que las elecciones tuvieran lugar libremente, entre ciudadanos informados. Para ello, recordemos, en el distrito de Actopan tuvo que suspender al jefe político del lugar por haber llegado al conocimiento de Doria que se hacía jugar en las elecciones la influencia de la autoridad que ejercía.

“En todos los demás distritos ha sido enteramente libre y franca, y los representantes del pueblo han tomado ya en consideración las diversas protestas que algunos electores en el terreno legal han presentado.”

Observar hoy la figura señera de Doria en el rubro político-electoral que protagonizó, me obliga a pensar en qué hubiera sido de nuestro estado de Hidalgo, si hubiera tenido por gobernador seis años más al ilustre personaje. Predilecciones aparte, pienso en un estadista de gran talla gobernando nuestro estado, cuya historia ha pasado a trote de caballo veloz entre. ¿La reelección de Doria hubiera sido lo deseable? Tal vez. Pero la reelección (y menos suciamente) no cabían en él. Por breve y firme, el primer gobernador permanece en la memoria.



Fuentes y notas:

(1) Flores Álvarez, Juan Alberto. “Proyecto de Ley” en Expediente sobre división del Estado de México y formación de uno nuevo con el nombre de Hidalgo… Universidad Autónoma del Estado de Hidalgo (UAEH), Pachuca, México: p. 125.

(2) Ballesteros García, Víctor Manuel. Síntesis de la creación del estado de Hidalgo. UAEH, Pachuca, México: p. 13.

(3) _______ p. 14.

(4) Flores Álvarez, Juan Alberto. Ibidem. pp.: 137-165.

(5)Ballesteros García, Víctor Manuel (comp.) Juan C. Doria y el Instituto Literario.
Facsímil de UAEH. Pachuca. México.

(6) Doria, Juan C. Primer párrafo de su Memoria que el gobernador provisional del Estado de Hidalgo presenta al H. Congreso del mismo. 25 de mayo de 1869.

(7) Dragón: soldado que combatía a pie o caballo. Diccionario Larousse.

enero 24, 2007

Murió Kapuscinski, maestro del oficio periodístico


¿Lo recuerdan? Periodista polaco desde cuyos inicios, como reportero de diarios locales, causó revuelo por las duras (léase, inteligentes, insobornables) críticas al Poder. He aquí la nota publicada por Milenio hoy.

A los 74 años de edad falleció el escritor polaco, considerado el padre del nuevo periodismo y autor de libros imprescindibles para los comunicadores.

No fueron las balas en las oscuras calles de Ciudad de Guatemala ni las dictaduras que describió o alguna extraña fiebre africana lo que teminó con la vida de Ryszard Kapuscinski . A lo largo de décadas de trabajo como reportero nada jamás lo había alcanzado. Pero ese no fue el caso de la “grave enfermedad” que lo hizo fallecer ayer (martes), en Varsovia.

Reportero de un pequeño diario polaco, Kapuscinski se encontró con su sino a partir de sus propias obsesiones: salir de sus fronteras, recorrer el mundo y conocer a otros. Él quiere conocer Checoslovaquia, mas termina en la India como corresponsal y comienza a escribir su historia, según se cuenta en el más reciente título del periodista publicado en español Viajes con Herodoto (Anagrama, 2006).

En los años 1962-1972 trabajó como corresponsal de la Agencia de Prensa Polaca en numerosos países de África, Asia y América Latina, experiencia que le sirvió para escribir libros como Cristo con la carabina al hombro, sobre las rebeliones latinoamericanas; y La guerra del futbol, acerca de la contienda que libraron Honduras y El Salvador.

Fue también un viajero incansable por los rincones más remotos de Rusia, cuya realidad narró en su libro El imperio, en el que relató cómo se derrumbó la Unión Soviética y cómo vivían sus habitantes, con temor y esperanza.

Entre los galardones que recibió se encuentran el premio del Pen Club polaco en 1989 y el Premio Príncipe de Asturias de las Comunicaciones y las Humanidades en 2003.

Kapuscinski, que en los últimos meses vio mermada su salud hasta el punto de tener dificultades para andar y moverse, no dejó en ningún momento la máquina de escribir. Fue operado el pasado sábado y, según fuentes médicas, no se despertó de la anestesia sino hasta ayer. Sólo para morir.

Vida entregada al periodismo

La suya fue una infancia feliz, truncada por la experiencia de la Segunda Guerra Mundial en Polonia y la ocupación de Pinsk, la pequeña población en la que nació en 1932 —hoy parte de Bielorrusia.

Dueño de una mirada sobre el periodismo en la cual él se convertía en uno de los protagonistas de las historias, la obra producida por Kapuscinski llegó a considerarse “inclasificable”: en sus libros en los que se concentra la rigurosidad de la pluma del reportero, con la libertad del escritor de ficción.

La falta de lecturas en la infancia las suplió en la madurez, muchas veces llegó a comentar que su primer libro importante lo leyó hasta los 25 años de edad. Para El Emperador, su libro sobre Haile Selassie, el monarca etíope, leyó varias decenas de libros polacos escritos en la Edad Media, pues quería adquirir el lenguaje adecuado para describir el anacronismo de una corte medieval en el siglo XX.

Ese era Ryszard Kapuscinski, el hombre que ha sido llamado “El Reportero del Siglo”, una persona a la que Gabriel García Márquez denominó “maestro”. El reportero que, de alguna manera, toda su vida caminó descalzo, alejado de los lujos, apenas con una corbata con la que se le solía ver incómodo y siempre con la mirada atenta a su entorno.

Bibliografía escencial

• Viajes con Heródoto, Anagrama, 2006
• Los cínicos no sirven para este oficio, Anagrama, 2005
• El mundo de hoy, Anagrama, 2004
• Un día más con vida, Anagrama, 2003
• Los cinco sentidos del periodista, Fondo de Cultura Económica, 2003
• El Imperio, Anagrama. 2002
• Lapidarium V, Anagrama, 2002
• Desde África, Anagrama, 2001
• Ébano, Anagrama, 2000
• Lapidarium IV, Anagrama, 2000
• Lapidarium III, Anagrama, 1997
• Lapidarium II, Anagrama, 1995
• Lapidarium, Anagrama, 1990
• El Sha o la desmesura del poder, Anagrama, 1982
• El emperador, Anagrama, 1978

Tras la dimensión universal

“Cada vez que nos proponemos escribir acerca de un tema, debemos preguntarnos qué tiene de universal: cuál metáfora, símbolo o signo que nos permita pasar de lo pequeño a lo grande. Debemos hacer una reflexión porque sólo si encontramos este vínculo, este pasaje entre lo local y lo universal, nuestro texto tendrá peso y valor. Sólo así el lector descubrirá en nuestro texto, junto a la historia concreta, un mensaje universal, una pista que le ayude a descifrar las leyes del mundo.

¿Por qué algunos textos pueden vivir cien años y otros textos mueren al día siguiente de su publicación? Por una diferencia capital: los textos que viven cien años son aquellos en los que el autor mostró, a través de un pequeño detalle, la dimensión universal, cuya grandeza dura. Los textos que carecen de este vínculo desaparecen.

Conviene tener presente este requisito de universalidad también a la hora de recoger el material, mientras investigamos nuestro tema. Es una cuestión de talento, de intuición, pero también de amplitud de conciencia, de sabiduría. Y, sobre todo, se trata del secreto para que unos textos perduren y otros se pierdan en el olvido.”

* Fragmento tomado del libro Los cinco sentidos del periodista (FCE, 2003)

enero 23, 2007

El Villaurrutia, para Alejandro Rossi

Para los que recordamos a la Revista Vuelta no sino por su columna "El Manual del Distraído" y demás exquisiteces que hizo Alejandro Rossi entre el círculo de cercanos a Octavio Paz.

Nota publicada por
Milenio en enero 23:


El escritor fue galardonado por su obra
Edén. Vida imaginada, que es un relato minucioso de los "ritos de su primera infancia".
Alejandro Rossi siempre ha pensado que la literatura, más que un espejo de la realidad, es “una versión de ella en un medio muy distinto: el lenguaje, el cual contiene sus propias exigencias, reglas y tradiciones”.
Quizá por ello jamás se sintió sorprendido por las circunstancias que lo condujeron a escribir la novela
Edén. Vida imaginada (FCE, 2006).
En una plática concedida a
MILENIO Diario (11/4/2006), el filósofo recordó que en un viaje a Hamburgo, Alemania, a finales de la década de los 80, se encontró con una guía turística que lo llevaría a recorrer la ciudad, mas con el paso del contacto resultó que esa guía había sido una amiga de la infancia; aquel pasaje lo hizo recordar muchos días, ahora retratados en la obra.
“¿Cuál fue la madalena que despertó esta historia?”, se le preguntó en aquella charla: “Hay varias madalenas. La primera fue mi encuentro con la señora de Hamburgo. Eso fue algo increíble. Ahí dije: ¡Uy! Esta historia la tengo que escribir, pensaba hacerla más ajustada, pero cuando la comencé a escribir vi que tenía que ampliar el registro mucho más, no sólo para la efectividad de la historia, sino porque también yo exigía eso.”
Y precisamente porque en esa historia “despliega en forma entrañable y minuciosa los ritos de paso de la primera infancia y pone en escena las curiosas circunstancias en que la vida privada refleja los sucesos públicos”,
Edén. Vida imaginada fue galardonada con el Premio Xavier Villaurrutia 2006, de acuerdo con el acta del jurado, conformado por Juan Villoro, José Luis Rivas y Christopher Domínguez.
“La infancia es tremenda, es lo que tiene más peso. Hay una frase muy buena que dice: El niño dicta, el hombre escribe. El pasado existe y ahí está. No lo quiero anegar ni borronear. Todos esos viajes son para mí como diversas fuentes. Algunos tienen su patria de infancia demasiada cerca y a veces los envidio, la mía está lejana”, le comentaba en estas páginas a Jorge Luis Espinosa (
MILENIO Diario 11/4/2006).
Alejandro Rossi (Florencia, Italia, 1932) es autor de libros como
Un café en Gorrodona, Pluie de janvier, Sueños de Occam, El cielo de Sotero y La fábula de las regiones, si bien su raíz se encuentra en la filosofía, de ahí que no halle diferencias entre este género y la ficción: desde su perspectiva, ambas son literatura: “yo entiendo por literatura un abanico más amplio que la simple ficción”.
Naturalizado mexicano desde 1994 y miembro de El Colegio Nacional dos años más tarde, en la UNAM ha sido profesor de la Facultad de Filosofía y Letras, investigador en el Instituto de Investigaciones Filosóficas desde 1958, además de académico en instituciones como la Universidad Veracruzana, El Colegio de México, las universidades de Buenos Aires, Córdoba, Lima, Bogotá, Caracas, Mérida, Barcelona y Providence.
Convocado anualmente por la Sociedad Alfonsina Internacional y el Instituto Nacional de Bellas Artes y Literatura, el Premio Xavier Villaurrutia consta de un estímulo económico de 200 mil pesos.

México • Jesús Alejo

enero 21, 2007

Soledad, cárcel abierta*



A Martha, en su viaje por el Caribe



Hace varias semanas que no me drogo. Y sin embargo,
me como las uñas y me veo al espejo,
presa de las ansias.

Tanto me ahueca tu ausencia que no dudé
escribirte.

Apareces de repente, cuando una chica me sonríe.
Impides, estando lejos, que me desvíe.
Me tienes
entoloachado.
Drogas no me faltan: te extraño.
Eres ron que me muele lento, y solo,
sólamente tengo fuerzas
suficientes para empezar este año,
ansiando
verte.

*Título plagiado de un verso de Carlos Pellicer.

enero 19, 2007

Pachuca

Arribo a una hora imprecisa, cuando el sol ya desapareció pero antes de que anochezca por completo. De inmediato me pongo en busca de los viejos amigos (cuyos números de teléfono he ido perdiendo) sin obtener resultado. Raúl Alfaro, amigo de la prepa y alcohólico juvenil, no estaba en casa; para dar con José Emilio Pacheco (se llama como el poeta, pero es pintor) no hago esfuerzo, anda muy enamorado, y ¿los otros?… perdí sus direcciones.
Abrigo ánimos de beber. Por eso me dirijo rumbo al centro, a través de una renovada avenida Madero, cuya circulación vehicular se cambió por órdenes de un presidentito municipal: se diría que ya no es apta sino para los de casa y que todo fuereño expone la vida manejando por ahí, como me ocurrió cuando vi aproximárseme fanales de autos a toda velocidad. La suerte obró de mi lado y colocó una estrecha calle por la que entré. Se renovaron las intenciones de brindar con alguien. A tres pasos de ahí están unos billares, con inmejorable servicio de barra.
Se llaman Acosac. Es un sitio muy agradable para ser cierto. En la planta baja hay na tienda de raquetas, pelotas de básquet bol y tenis, en la calzada de Juárez. En los altos queda el lugar. Para llegar es preciso trepar en penumbras por unas escaleras de servicio, donde merodean ratas enormes que olisquean los zapatos. Pura calma. Nada del ruido infernal de los antros, cuyo punchis-punchis se escapa hasta las calles e impide dormir en paz a los vecinos.
Por toda iluminación, el interior tiene un tubo blanco oscilando encima de la barra. Hay dos televisores encendidos. En el día se acumula mucha gente que, a más de apostar en la carambola, va por probar la botana. De ahí que las mesas de dominó, limpiadas a trapazo, dormidas ahora, parezcan descansar de una tremenda orgía.
-Qué onda Frías. Milagrote. Qué te preparo.
-Una Victoria.
-¿Sal?
-Sal y limón. Y ron.
-Ah cabrón, ah cabrón… ¡No, sí vienes cabrón!
Charly Martínez está calvo. Perdió el cabello por tantas desveladas, según me confesó en otro tiempo, cuando trabajé en un periódico vespertino ruin, cuya sección cultural, aún más ruin, aparecía lunes, miércoles y viernes. Me quedaban, pues, muchas horas libres y a menudo frecuentaba sitios como éste, con los de la oficina: redactores de saco que tenían fructíferos enjuagues con los políticos. Era yo de 17 años cuando invitaron una linda mujer a que se desnudara frente a mí, embarrándome su raja aquí y allá por encima de mi ropa —que, escandalizado, tiré a la basura en mi casa. A los 18 me obsequiaron mi primer sexo oral, pagado. Para los 19 ya me había vuelto adicto a estos ambientes, no tanto por las mujeres como por las buenas personas. Por gentes como Charly.
Tomo asiento en la barra. A mi lado hay un señor licenciado de calva estilo Miguel Hidalgo y traje brilloso color café. Nos brindamos y ahí termina nuestra amistad. A mi izquierda hay un tipo más interesante. Por lo que escucho, se trata del dueño de un lugar donde se comercia sexo. Posee una mirada pícara e indecisa. Ya está a medios chiles. La boca se le rodea de barba con canas iguales a las de su cabello casquete corto ensortijado por atrás, como si obtuviera sus sagrados alimentos cantando narcocorridos en una banda grupera.
-Salucita, joven.
Brindamos y de dos sedientos tragos apuro hasta las heces el líquido del tarro.
-¿Me haces otra?
-Que si le haces otra al caballero. ¡Noyes, cabrón? —rompe en risa al decir esto. Hay que andarse con pies de plomo entre éstos, pensé. Uno no sabe en qué momento lo agarran descuidado y le abaten encima el peor de los albures.
-¿Y qué tal te ha ido? —me pregunta el Charly, en plan de amigos.
-Creo que bien—le miento—. ¿Qué tal por acá?
-¿Ya no sigues en el periódico, en el Mileño?
-¿En el tu leño? —nos alburea el de los caireles.
-Sigo. Pero hacía tiempo que no venía.
-Entonces ya no has visto a aquellos cabrones.
-Hace siglos.
-Ya se cambiaron de lugar. Ahora están acá por la 15 de Septiembre
-Supe que se cambiaron. Pero no sé a donde. ¿Adónde?
-Acá por Revolución. ¿Sabes donde quedan los velatorios del IMSS? ¿Ves que están en la mera esquina? Ahí enfrente venden pastes. Hay un puesto de periódicos. Bueno, en contra esquina: así. Ahí hay un zaguán blanco, la casa es amarilla pero el zaguán es blanco. No es zaguán. Es reja. Luego-luego se ve: está un pinche maquinón que trajeron del Paso, una rotativa, y ahí te sigues. En el fondo están las oficinas. Les va dar gusto verte. Vé.
El licenciado ha decidido marcharse. Batalló para que Charly aceptara su billete de cien pesos. Éste lo tomó a regañadientes, pero le invitó una última cuba con refresco Lulú amarillo.
- ...te digo que vi a tu chavo —le dice Charly, mientras prepara el último trago. Qué penoso tener que hacer plática con imbéciles como el licenciado o como yo o como el alburero de a lado. No sé, pero creo que el de Charly es un oficio de resistencia: no por tanta borracheras, ni por las desveladas, sino por tener que platicar incansablemente con idiotas.
- Su madre es una pendeja. No lo cuida y yo todo el día trabajando, pero sí me apura, no creas. Ya te dí su teléfono, ¿no? Por cualquier cosa te paso el de su casa. Es el 8…
-No. Con ése. —lo evade el Charly.
-Es que no tiene crédito; está castigado. Te lo paso.
-¿Y qué? Yo le marco y sí entran. Es local.
-¿Si?
-Sí, yo platico con él. Es que no, sí, te digo. Y está chavo. ¿Para qué andar así en la moto? Aquí viene a veces con sus cuates. También trae una chava. Me dijo que es su novia.
-¿Te conté que fuimos con la tía? Pues ese día me la presentó. Su papá tiene otros billares.
-Sí, me dijo. Y la hace más o menos. Le falta pero ahí va. Echamos una reta y bien. Dice que les gana a todos sus cuates. Pero nada más. Le falta. A los chavos les da miedo jugar con otros mejores, porque pierden. Entonces se quedan así y no avanzan. Les da miedo jugar con otros. Pero hay que arriesgarse. Como en todo, para ser más tallador hay que perder, y aprender.
-¿Es un arte, verdad? —dice el idiota licenciado. La sola palabra “licenciado” me parece odiosa.
-A mi me costó tiempo y dinero —sigue Charly—. Mi papá tenía billares. En el 77, 78, me iba al centro con cinco pesos, que era una lanota, y apostar. ¡Ah!, porque ahí hay puro vividor. La primera palabra que te dicen al llegar a un billar es “de a cómo”. Sí. No trabajan. Viven de los billares. Y de los cinco pesos, ¿sabes con cuánto me regresaba? Sin nada. Pero ya me había comprado mi torta y mi refresco. Era el puro gusto. Y aprender.
Voy al baño y cuando regreso, el Miguel Hidalgo ya no está. Pido la cuenta y pago.
-¿Dices que vas a estar unos días? El viernes le celebramos al Gordo. Te esperamos.
-Cuenta conmigo.
Salgo sin rumbo definido, con ganas de seguir. No pasa de la medianoche. Antes de irme camino a casa, entro a otro bar, de adolescentes idiotas que frecuentaba cuando preparatoriano. Aquí abunda la iluminación, la música de moda a tope; y los que están, están jugando cartas a grandes voces. No contienen las risotadas. Me acerco a la barra y pido sin saludar:
-Una Victoria.
-Sólo Indio y Sol.
-Indio.
Me la lleva a la mesa un alfeñique, de lentes enormes. Una copia de nerd. Se acerca a murmurar con los otros, seguramente de mi mal aspecto. De mis malos modales. ¿Alguno de éstos sabrá jugar al billar? ¿Conocerán la otra Pachuca, de calma inconmensurable y buenos amigos? Lo dudo. Creo que son como los que dice Charly: no salen de su grupo por temor a perder. Cuántos son así, me pregunto. Cuántos mediocres paseantes nocturnos somos así.

enero 11, 2007

A propósito de José Hernández Delgadillo



El problema no está en servir o no, sino elegir a quién. ¿A uno mismo o al de enfrente? Para el muralismo mexicano de tiempos de la Revolución no hay lugar para dudas. A juzgar por la obra de Rivera, Orozco y Siqueiros, pensando sólo en los tres grandes, diremos: se gana más individualidad en la medida que algo se entrega a la colectividad. Empieza a pesar más el nosotros cuando nos sentimos más ellos. A la luz de esto, el arte estaría en condiciones de adquirir tanto más expresión cuanto mayor número de observadores tenga. El muralismo quiere colectividad, no individuos. No se trata, pues, de servir a uno mismo ni al de enfrente, sino a los de enfrente, a esos ellos que son nosotros.
Aburrido es mencionar a los que absurdamente ven en la individualización de la humanidad el peligroso germen de toda filosofía egoísta, el capitalismo y en resumen, la maldad de nuestra época. Es torpeza también lo contrario; gran tiranía pretender a todos iguales. Si en términos de bacterias estamos, bichos verdaderamente malditos hoy y ayer son las ideas alojadas en los cerebros que quieren una única igualdad para la especie. Deberíamos preferir la diferencia; la riqueza es divergencias. No colectividades iguales, sí pluralidades en las que cabe el uno y el otro, aun odiándose a muerte. Ahí ha de pretenderse al muralismo, arte de muchos públicos.
Pero, en cambio, se le ha tenido por la expresión destinada a las masas, por creación ávida de muchedumbres ignorantes. Fieles a su idílica visión de un México bronco pero fantástico, los muralistas del otro siglo encuentran en el gran formato la posibilidad de reivindicar. Las masas de mexicanos desposeídos, la gleba ha sido y viene siendo el blanco. Si la barda está ante los ojos de todos, justifican, la obra debe abrir significados para esos todos que no comparten otra característica que la pobreza de espíritu.
Insuflar bríos patrios, por tanto, ha sido el objetivo del muralismo en México desde sus inicios (del siglo XX) con los dichos tres grandes, hasta sus epígonos más leales a la visión de un México maniqueo, cuyos benevolentes pobres no dan tregua en su lucha contra los pillos ricos. Los de abajo enfrentados a los de arriba, en una lid donde siempre deben vencer los primeros, es, en una frase, la base del tema mural. ¿Viva entonces la masa que admira, boquiabierta; muera el individuo que critica?
Ya no es desafío sostener que la pintura a cielo abierto en el País halló tersa acogida en la historia del arte contemporáneo, merced al gran parecido entre su concepción de la sociedad y la concepción que tenía el peor régimen populista del PRI. “En el fondo del populismo hay un gran e inconfesado desprecio por el pueblo” . Octavio Paz no se equivoca al definir de un trazo a Luis Echeverría cuando éste conjura el golpe contra el Excélsior de Julio Scherer en 1976, golpe que cierra también la revista de literatura Plural, encartada mensualmente en el diario y dirigida por el único premio Nóbel mexicano. Su sentencia es vigente para entonces y para ahora.


Paz también repudiaba el realismo socialista en el arte, porque al igual que los populistas, esos pintores del gran muro, arrobados ante las estatuas de Juárez que se yerguen en las plazuelas, demuestran en qué concepto tienen a su público. Hubo excepciones entre los muralistas, pero muy pocas.
*
Franqueza es decirlo. José Hernández Delgadillo, muralista de la cuarta generación, nacido en Tepeapulco, Hidalgo, no escapó a la dictadura temática impuesta por sus antecesores. Luchador social al que los suyos consideran infatigable e incorruptible, sí, pero artista de fatigosos murales, se echa de ver en Delgadillo lealtad a la tradición.
El domingo 7 de enero recibí invitación para un pequeño evento cultural en la tierra de José Hernández. Sus cercanos develaron una pequeña placa de mármol con el nombre y las respectivas fechas de su nacimiento y muerte, el 1928 en Tepeapulco, Hidalgo, y el 2000 en Coyoacán. Después el resto del programa. El mínimo festejo tuvo un público de 5 curiosos y otros tantos disertadores. Cuáles elogiaron a Hernández, cuáles hablaron de la cultura en términos tan abstractos como ignorantes; querían decirlo todo y no articulaban nada. La última, o penúltima en hablar, era una mujer entrada en años de cuyos labios no salía el nombre de Hernández Delgadillo sin romper en llanto a moco y baba. Según el programita de mano, su tema era La historia del muralismo en Latinoamérica. Como todo buen tema a discutir, éste es de lágrimas y risas. La garganta se le cerró y no pudo seguir adelante, habiendo sólo dicho que el origen del arte público se remonta a las cavernas de Altamira y Atapuerca, en el sur de España.
La pobre no avanzó. No pudo entrar al mero tema mural: con Valconcelos en 1921 es que surge la Escuela Mexicana de Pintura, cuya primera fue el Movimiento de Pintura Mural (o muralismo mexicano) :

Mediante alegorías y símbolos fáciles de descifrar, los temas se vinculaban con la que se sentía que era o debía ser la ‘esencia de la nacionalidad’, si bien dicha esencia en la realidad no existía ni había existido o podría existir jamás. Esto sitúa al muralismo entre los grandes movimientos utópicos del siglo XX y en ello reside buena parte de su grandeza. (Teresa Conde en Historia mínima del arte mexicano en el siglo XX.)

Se pintó el origen y la evolución de la humanidad en parangón con el origen y florecimiento de la Revolución, los albores genéticos de las dos Américas, la anglosajona y la latina, el hombre como nuevo Zeus que controla el universo, las luchas intestinas, el nacimiento de la nación independiente… También se pintaron las pirámides, alegorías de la vida cotidiana antigua, efigies del dios Tláloc, serpientes emplumadas, caballeros tigre, mujeres con perfil maya luciendo hermosos huipiles bordados, el suplicio de Cuahtémoc, y y hasta sacrificios humanos, ciertamente bastante ennoblecido todo esto para que adquiriera tono heroico que lo hiciera aceptable ante los ojos del Poder que emitía cheques para el arte.
Porque nos importa de momento José Hernández no recordaremos del muralismo más que lo imprescindible para llegar al autor. Quiero evitar el recuento de las etapas que vivió el gran formato, desde sus iniciadores en la Escuela Mexicana hasta sus menos fieles continuadores. Octavio Paz, en ciernes de ser la institución cultural y hegemónica que llegó a ser después, inicia la crítica de artistas contemporáneos justo a la mitad del siglo anterior, separándose abiertamente de la plástica ideológica de Rivera y Siqueiros, así como del expresionismo de Orozco. Esta primaria ruptura estuvo beneficiada por la llegada de los artistas tránsfugas de la Segunda Guerra Mundial y de la Guerra Civil Española; estamos en 1939-42. Demos por sentadas algunas verdades aprendidas en la primaria, como los nombres del muralismo y el consabido auspicio gubernamental.
*
La vuelta de tuerca, entonces, se inscribe en un periodo posterior del arte mexicano. Estoy pensando en la generación de la ruptura, manifestación surgida en paralelo a la etapa creativamente más libre de José Hernández Delgadillo. Es en los 60 cuando los jóvenes artistas plásticos, desconocidos, José Luis Cuevas, Fernando García Ponce, Manuel Felguérez, Roger Von Gunten, Lilia Carrillo, aparecen aventándole piedras a las vacas sagradas de la época anterior. Hoy, tanto vacas como artistas, tienen museos con su nombre. También en los 60, exactamente en el 68, Hernández Delgadillo deja su trabajo como empleado de gobierno y deja de pintar por encargo. Es, pues, su etapa más libre y fértil.
Más viejo que los integrantes de la Ruptura, mi tesis es que José Hernández se hallaba tan sumergido en temas de orden social que hubiera sido ridículo volverse de repente a un arte como el propuesto por los nuevos pintores, cuya preocupación sólo era su personal estética, su propia voz, su individualidad. Confrontación 66, exposición colectiva en Bellas Artes, fue hito de los pintores ruptura y se marcaron su raya con respecto al colectivismo del mural. Y no obstante que Hernández Delgadillo participó con una de sus obras, hay una fractura insuperable: en el momento preciso que los ojos del mundo voltean a México gracias a los pintores de ruptura, Hernández da inicio a su etapa más libre, pero siempre inscrito en el viejo canon. En sentido estricto, asirse a los temas de la etapa anterior lo fue diluyendo del primer cuadro del mapamundi de la plástica mexicana. Pero otra cosa: claudicar de último momento habría sido penoso.
Entrevistado por su amigo Benito Balam, Hernández Delgadillo piensa así de los que juzgan al muralismo como encubridor de los ideólogos de la Revolución: “No se puede hacer una apreciación a rajatabla de todos los autores, porque cada autor es distinto y su enfoque es diferente. Los muralistas trabajaron con bastante libertad y así se expresaron, el Estado mexicano ha sido muy hábil para utilizar eso como una bandera nacional y lo es, pero también ha sido en beneficio propio del partido de estado.” No tenemos derecho a poner en duda ninguna de sus palabras. ¿Asistimos, entonces, ante un artista para quien el arte mural es el vínculo más apropiado para su propia ideología, individual y sin asomos de pretender la colectivización? A quien esto afirme la propia obra del maestro lo desmiente. Conocí a José Hernández a través de su Conciliábulo y lucha, mural transportable que se pronuncia contra la clase dominante. Todo cuando puso en murales (hizo más de 170, según afirma ) fue de cariz anticapitalista y prosocialista.
Delgadillo funda en 1969 el grupo de creadores Arte Colectivo en Acción. En el participan muralistas como él, de la cuarta generación; poetas y músicos. Ellos marchaban por el camino del arte público y combativo en universidades, en Escuelas Normales Superiores, en auditorios estudiantiles, en el Centro de Teatro de la UNAM; entretanto que las vanguardias creativas del mundo y del país mismo pugnaban por salir de esta tradición. ¿Mal camino el de José Hernández? Más bien, desfasado con las corrientes que se pusieron en boga en el mismo instante que él decidió dedicarse por completo al arte público.
“Delgadillo —declara Alan Barnett, su íntimo— es un artista-activista de primer orden, que llevó la misión de los Tres Grandes al final del siglo 20. Él siguió su ejemplo no sólo siendo portavoz de los desposeídos sino también les ayudó para que se convirtieran en sus propios portavoces y descubrieran sus habilidades para actuar a nombre de sus hermanos.”



¿Servir a uno mismo o al de enfrente? Habiendo visto que pregonar a grandes voces la libertad del otro encierra no nada más un entendimiento regresivo sino también profundamente despreciativo de su público, ¿entramos en conflicto?, ¿decirnos servidores del otro no es más que velo de nuestro inabarcable egoísmo? Más bien tocamos el territorio de la claridad. Si grito mi nombre a los cuatro vientos, no pisoteo a nadie y en cambio, formo parte de muchos otros diferentes y, en sus diferencias, iguales a mí. Pero si me olvido de mí y me hundo en la colectividad, hallo la cima del torpor socialista, para el cual nosotros, hombres solitarios, no tenemos más derecho que el de ser felices so pena de olvidamos de nosotros y unirnos a nuestro igual. Más que nunca, hoy debemos detenernos a pensarlo.
Pretexto de oro ha sido José Hernández para que tenga lugar esta disquisición. Si se me pide catalogar en dos palabras su obra diría: muralismo combativo. La descripción, flaca en principio, quiere significar más. Mi vecino menos preocupado por ningún tema, hoy me toma el brazo en la calle y se muestra preocupado por la guerra absurda que libra Estados Unidos contra Iraq. Estamos urgidos por tomar una postura, una postura que de ser posible no nos comprometa en serio.
Dónde hay que situarnos y mostrar nuestra preocupación. Artísticamente hablando, es absurdo que alejarse de la miserable realidad y crear fantasías insostenibles. El arte no es eso; y tampoco es su opuesto: panfletos denunciadores que quieren representar un papel que ni el peor periodismo se ha querido arrogar. Ignoro, sin embargo, hacia dónde marcha o debe estar marchando el arte pretendidamente colectivo de nuestro País.
Sé que por encima de cualquier canon ideológico, debe sobresalir la libertad de expresión. No me refiero a la manida moda de gritarle al presidente de la república sin pisar un pie en la cárcel. Pienso en la posibilidad de nadar a contracorriente de la globalidad, por ejemplo; o a favor del peor derechismo existente. Esto es, manifestar cuanto creamos (por absurdo o idiota que sea), con total confianza. El miedo a la colectividad se esta volviendo la Santa Globalizadora Inquisición: “Si te sales del carril, serás hazmerreír”, se burla amenazante la maldita colectividad. ¡Pluralidades sí, hordas no! No voy a decir “¡Arriba Calderón!”, ni “¡Arriba Baby Bush!” Pero, ¿y si lo dijera?

enero 03, 2007

El suicida*

*Cuento ganador del certamen nacional Punto de Partida, de la UNAM.

Desprovisto de toda posibilidad, sujeto a mi pasado, resolví suicidarme. Culpable, víctima de mi propia traición, cerraría el capítulo que comencé cuando permití que hicieran el amor una y otra vez a mis espaldas. Era la única alternativa. Dispararía sobre mi sien con un revólver o prepararía una moderna guillotina de sábanas que daría forma a una diminuta e íntima revolución francesa.

Cuando entré en la habitación de hotel confirmé que jamás debí entregarle a mi esposa. Estaba arrepentido y no tenía más que resignarme. Dejé que su amorío se consumara. Tiempo atrás, consentí sus reuniones, celebré sus aventuras y potencié sus pasiones. Sólo podía atenerme a dicho pacto.

Vi las ventanas y los visillos oscilaban como hierbas gráciles y largas. Elena y Octavio reían en sueños. Los recuerdos me doblaron y, frotando la palma de mi mano contra las sábanas, examiné las posibilidades que tenía. Era preciso disculparme. Estaba dispuesto a exigir la inmediata reconstrucción de mi vida pasada. Elena volvería conmigo y nos más Octavio en el asunto. Pero renunciar al pacto, ay, me haría un cobarde.

El dorso de mis manos estaba enrojecido e irritado. En lo alto de la habitación había una lámpara sujeta por una barra extensa y angosta. Sobre una mesa cuadrada coloqué una maleta con mis pertenencias. Las baldosas del suelo eran rombos azules en cuyo centro tenían figuras como caleidoscopios. Los cobertores y sábanas de aquél cuarto eran blancos y poseían bordados con formas de flores y animales.

Me levanté. Estuve buscando el revólver dentro de la maleta. Entonces, el cuerpo me vaciló como en la noche de aquella primera reunión carnal. Un frío intenso se acomodó en mi cuarto.

Desesperado, volví a sentarme. Estaba apoyando el rostro en las palmas de mis manos cuando recordé que había dejado el arma en casa. Concebí el semblante de Elena llena de placer, cubierto por un paroxismo de emoción y un estremecimiento amoroso. Entonces. Murmurando, gemí de dolor.

Sin embargo, no me detuve. Reuní las sábanas y los cobertores e hice cálculos. La distancia dada entre al barra de la lámpara y el suelo era suficiente para que, a lo sumo, hubiera un par de metros entre mi estatura y aquélla. El perímetro de acción era ideal.

Subí a la mesa e hice un nudo con la sábana en el centro de la barra. Los ángulos de la estructura me sirvieron para lograr tensión. Di un salto sujetando la soga improvisada para comprobar la seguridad de la horca. Convencido de la obra, empujé la mesa para adaptarla a mis necesidades. Di tres pasos de espaldas mientras festejaba mi labor.

A pesar de que iba a morir estaba tan satisfecho como era posible. No tuve miedo alguno. Decidí no escribir un mensaje póstumo pues no quise fastidiar a mi mujer con cursilería infinita.

Me deshice de la chaqueta y palpé que en el bolsillo guardaba una botella de mano, de aguardiente. Bebí mirando la habitación. Me aproximé a los visillos y, desde el segundo piso, vi a la gente que caminaba por la acera. Entonces, me dispuse a salir pro última vez.

Había caminado una docena de calles bajo el imperio y el aroma de la humedad. El frío quemaba la piel del rostro. Las bocas y narices de las gentes exhalaban todas vapores blancos. Había rumores de tos, escalofríos y cigarrillos debajo de los semáforos. Muchachas vestidas con faldas cortas y ajustadas ofrecían una mejor suerte a los caminantes. Ellas se congregaban ante un bar al que ingresé.

Pedí un vodka. El cantinero, un hombre seco, estaba hablando con un cliente. Éste tenía una levita de piel, un pantalón estrecho y la barba larga y pronunciada.

—¿Sabías que Gabino se suicidó? —preguntó el viejo mientras atendía mi pedido.
—…
—La mujer escapó.
—¿Con quién?
—Sola.
—¿Sola?
—Sí, sola.

Bebí el vodka e un trago y pagué. Me di vuelta de inmediato y salí. Predominaba la luminosidad espesa del atardecer y, sin embargo, no sentía miedo frente a la proximidad de mi consumación. Tomé el camino de vuelta. Las meretrices iban y venían hablando de dinero, de marcas y colores de preservativos y del tufo de sus clientes. De nuevo, objeto de un inmenso nerviosismo, apresuré el ritmo de mi paso.

Di el último sorbo a la botella de aguardiente. No cerré la puerta de mi habitación, incluso había prescindido de la llave. Corrí las cortinas y detuve el flujo que venía del exterior. Vi el patíbulo, exploré las figuras que se formaban en la textura de los muros y recordé el vestido blanco, de perlas plateadas y adornos sencillos, que Elena visitó en nuestra boda. Cogí el remolino grueso de sábanas y, no sin cierta añoranza, imaginé que compartíamos el mismo lecho. Decidido, aseguré con fuerza el nudo. Ya sólo restaba salta y lo hice.

Un intenso dolor asediaba mi cuello. Estuve mirando el movimiento de mis pies durante horas. Era inconcebible. La presión de la horca fue tanta, que debí haber muerto; sin embargo, no había sido así. Con el peso acumulado durante horas, la pintura próxima a la lámpara se desprendía. Dilucidé el brusco rostro de Octavio y su risa insoportable. Los ángulos de la bombilla se desprendieron y caí sobre las baldosas no sin golpear con mi nuca.

Sacudí el polvo que había impregnado en mi ropa. Como tenía un dolor punzante en el cuello, lo sujeté con ambas manos. Miré la disposición del tablado casero y pude advertir que estaba desbaratado. Con ímpetu antes desconocido logré incorporarme, me encaramé contra el frío y fui ante el espejo del tocador. Entonces lo noté: una gruesa línea purpúrea comenzaba a manifestarse alrededor del cuello.

Aún sorprendido concebí un nuevo plan. Pensé que la tensión de las sábanas había sido insuficiente. Dado que ya comenzaba a oscurecer, lamentando mi situación, contemplé nuevas posibilidades. Esta vez quería asegurar el éxito de mi empresa. Subí al último piso del hotel y allí pronostiqué diversos escenarios: por tan sólo un salto mis costillas podrían resquebrajarse, mis piernas convertirse en polvo y mi corazón detenerse luego de las últimas arcadas. Convencido de los resultados, asumí la nueva responsabilidad.

Sobre la pequeña barda de la fachada tuve contacto con la brisa nocturna. El rumor de la ciudad, grávido de furia y demencia, era como un silencio colectivo. Estornudé flaqueando un poco en el borde de aquel reducido espacio. Un grito que vino detrás de mí tuvo tanta intensidad que me precipité.

El propietario del hotel colocó un pañuelo húmedo en mi frente. Su semblante lucía desalentado y como invadido por una preocupación extrema. Murmuraba monólogos ininteligibles y, relajándose, silbaba mientras envolvía hielos con una franela roja de al algodón. Además, el moretón de mi cuello era todo un misterio por el que parecía cuestionarme.

—Amigo, ¿está bien? —preguntó cuando me incorporé lleno de amargura.
—Sí, no pasa nada — repuse, dudando de mi propia confesión.

Agradecí sus intenciones y me alisté por completo. Un impulso aterrador provocó que resolviera retirarme de mi alojamiento. Salí de aquel hotel con la seguridad de que estaba maldito. Pensé en los amantes. En Elena desnuda; en la mujer que se había entregado y que ahora era inalcanzable. Vi lejanos los días en que una pasión resuelta se desataba entre nosotros. El rostro de Octavio, las carcajadas insufribles, las frases y gemidos de su placer, se repetían en sucesivas imágenes acústicas.

Había abordado un taxi. El chofer, sorprendido por mi aspecto, estuvo a punto de accidentarse. Durante el viaje ignoré la ancha púrpura en mi cuello. Formulaba diversas hipótesis para explicar mi supervivencia. La altura de la horca y la caída; la tensión de las sábanas y la fricción en el cuello, el golpe en la cabeza y el hematoma en la espalda. No hubo juicio alguno que explicara el acontecimiento pero, sin duda, el revólver que olvidé era la catedral de mis anhelos.

Hacía siglos que no deseaba llegar a mi antiguo hogar con tanto fervor. Cuando estuve ante la puerta, donde Octavio había colocado una imitación vergonzosa de La persistencia de la melancolía, creí percibir la primera sensación de temor. No había luz en el interior de la casa. Presioné el timbre y no tuve respuesta. Lo hice una segunda vez y, de nuevo, no hubo reacción. Luego de algunos minutos, los relojes deformes de Dalí me alteraron y, mientras daba pasos hacia afuera:

—¿Quién? —dijeron.
—¿Quién más, imbécil? —respondí y, muerto de frío, entré en la sala bruscamente—. ¿Elena? —pregunté y, conmovido por la imagen, reconocí los senos firmes y gráciles de la mujer que se acercó sorprendida.
—¿Qué te ha sucedido? —exclamó mi antigua musa cuando noté que Octavio también estaba desnudo—. ¡Ven. Tengo que ponerte hielo y darte un analgésico!
—¿Te asaltaron? —preguntó el amante, bostezando.
—No. Intente suicidarme.
—¿Suicidarte? —dijo Elena, abrigándose con su bata.
—Ya sé. Te violaron.
—No —exclamé, y salté con tanto impulso que la mujer se asustó—. Elena: ¿dónde está el arma
—¿El arma?
—Sí, el arma. El revólver con cacha de águila que compré hace años.
—No sé. Creí que ya no lo tenías. ¿Por?

La ingenuidad de la mujer me colmó de una sensación semejante a la ternura. Hice de lado estas vulgaridades y, molesto por las pésimas réplicas de Dalí, multiplicadas en toda la morada, busqué el arma accidentadamente. Elena se concentraba en perseguirme. Hallé las municiones. Eran dos balas de plata que me hicieron recordar que alguna vez me prometí no utilizarlas jamás, a menos que se tratara de asesinar un oso polar o animal semejante. Mi mujer me socorría y Octavio, aún desnudo, bostezaba repetidamente.

Destruí una mesa, tiré los objetos del tocador y vacié los cajones en los que se hallaban los calzoncillos del intruso. Elena, excesivamente preocupada, como si no hubiese cometido infidelidades, no cedía en s empresa e intentaba sanar mis heridas. En el extremo de la habitación en que habíamos vivido, tras de una enorme cama matrimonial, solía dejar mis objetos más preciados. Hallé una caja negra con impresiones muy delicadas y, cuando retiré la tapa, di con el revólver.

—¡Epa, aquí está! —di media vuelta con el arma en la mano izquierda y, como parecía que apuntaba al corazón de la mujer, los amantes se atemorizaron.
—Cuidado con el arma.

Toda la amargura que había causado el obstáculo se poseer a Elena, la desnudez de Octavio y las groseras imitaciones de Dalí, se habían esfumado con el hallazgo. Los amantes hallaron serenidad en mi alegría y, desconcertados, notaron cierta demencia en mis facciones. Pensé en apartarme. Volvería al hotel, pagaría los daños que había infringido y bye bye, me despediría de la angustia. Pero l apareja, el Adán y la Eva que habían erigido el muro de la infidelidad, no dejaban de sorprenderme.
—Elena quiere decirte algo —Octavio me sujetó con su desnudez repugnante y execrable.
—Qué tanto. Pues que lo diga.
—Estoy embarazada.
—Y queremos que seas el padrino —remató el otro con una risotada impecable.

Octavio debió atajarme pues el sobresalto que siguió a la revelación fue excesivo.
Elena, aterada, cayó sobre la cama en que habíamos descubierto el amor n el la que nunca concebimos un hijo. Moví el arma con brusquedad y el sistema se accionó.

Acompañada por un grito, la bala destruyó una figura de porcelana colocada en la cabecera del techo y no muy lejos del cuerpo de mi mujer. El estruendo del disparo causó desconcierto. Luego de rechazar la petición, salí de la casa.

Volví al cuarto de hotel. Sobre la mesa estaban mis pertenencias y el polvo que se había desprendido del techo. En el suelo las sábanas, la botella de aguardiente y, ahora, el revólver. Contemplé las balas de plata recordando el embarazo de Elena. La materialización de mi fracaso, el purgatorio y el infierno, la desgracia y el arrepentimiento me asechaban. Un hijo. Mi esposa tendría un hijo de una relación que yo había permitido. Y, a pesar de todo, ella se alarmó por mí.

No pude esperar más. Bajé a la reopción y, en un cajón que me pareció adecuado, coloqué un cheque. Supuse, con algunas sumas u restas, que la cantidad dejada era suficiente para reparar el cuarto cabalmente. Me instalé en mi alcoba. Llené la botella de aguardiente con agua de la toma principal y bebí sediento.

Me hice del revólver y cuestionándome, dije: “¿Dispararé en la sien o en el corazón?” No acertaba a responder la pregunta cuando presioné el gatillo y, acompañado de un dolor y insoportable, me incliné en el suelo mientras intentaba oprimir mi pecho. Un ardor recorría la piel más próxima a la tetilla izquierda. Creí que el tiro no había sido certero pero tuve un acceso de consolación cuando recordé la segunda bala de plata.

Observé mis manos. Las suponía llenas de sangre, pero extrañamente me equivocaba. ¿Acaso la bala se habría quedado estancada? ¿Mi cuerpo hab´ria sido atravesado de lado a lado? Discurrí muchas otras ideas y con nuevos bríos, coloque el cañón del arma en mi sien y disparé.

Ahora una terrible jaqueca me asediaba. Una vibración interna consumía mi cabeza y, en la sien, estaba creciendo un moretón filoso y redondo. Mas no había sangrado. Mis orejas, como resultado de la resonancia del disparo, repetían el sonido y la vibración del viento helado por el albor.

Debido a que no pude comprender lo que sucedió decidí visitar a un amigo la mañana siguiente. Se trataba de un psicólogo que había sido mi compañero en el colegio. Reflexioné sobre los acontecimientos. Elena estaba embarazada, el recepcionista del hotel había estado cerca de llamar a la policía y yo no podía suicidarme. Me sobrecogí ante la posibilidad de mi expiración. De manera sorprendente había fracasado en tres intentos. Pero estaba seguro de que Rufino podría socorrerme.

Cuando arribé al consultorio, el asistente de Rufino, un mozo bien dotado, me miró con extrañeza. Sus expresiones me ofuscaron. Se trataba de una clínica de salud mental y me parecía común la presencia de individuos anormales. Percibí que, de improviso, me había convertido en un caso especial. Mas el joven, concentrado en su deber, llamó mi turno.

Entré el cubículo. Como en todo consultorio freudiano, había un sillón reclinable, una silla, papal y tinta. Rufino pertenecía a esa rara especie de terapeuta que combina la psicología gestáltica, el psicoanálisis y la liberación sexual bajo las teorías de Wilhelm Reich.
—¡Rufino! —exclamé al verlo.
—¡Qué sorpresa! —dijo con notable indiferencia—. ¿Qué sucede? ¿Cómo está Elena? ¿Y los hijos? ¿Qué tal el trabajo, eh?

Rufino era de esas personas que preguntan cosas ordinarias. Con él nunca pude hablar de literatura. Pero tuve confianza en su palabra y supe que me ayudaría.
—Todo bien, todo bien —dije—. Pero, mira, necesito queme ayudes. Primero debo confesarte algo y, una vez que lo haga, te pediré un consejo.
—Adelante —me animó.
—Elena está embarazada de su amante Octavio. Yo, seguramente, seré reseguido por la policía. Y he intentado suicidarme pero no pude.
—¡Caray, hombre! ¿Pero por qué habrías de suicidarte? Las putas viejas así son. Ya ves la mía.
—…
—¿Ah, no sabías? Sí. Mi ayudante de antes me pedía permisos médicos a cada rato el culero. Y la pinche Sandra “ay sí, dale permiso no seas así, eres muy malo”… Pus claro, no había enfermedad, a menos que le llames enfermedad cogerte diario a la vieja del patrón… Ya ves. Olvídalo. Y si no te salió lo de matarte es porque no querías. A ver, enséñame los rasguñitos que te hiciste con el cuchillo de plástico —añadía, socarrón—. O, ¿acaso te disparaste en la boca con una pistola descargada? No mames. Lo leí en una revista, nos tocan de a siete viejas por cabrón, ¡de a siete! Y tú matándote por la tuya. Además, y te lo digo con todo respeto, Elenita no era una santa. Pero a ver, cómo está lo de la policía. Eso está peor.

Comenzaba a exasperarme. Evidentemente, Rufino había visto esto como una broma. Con toda seguridad, él creía que se trataba de una tomada de pelo.
—No, Rufino. Durante la noche intenté ahorcarme, salé desde un tercer piso y disparé dos veces con una pistola cargada con balas de plata. ¿No has notado las heridas en mi cabeza, el moretón en el cuello, el rostro mudado?

Rufino se detuvo a reflexionar y, gradualmente, la presunta intelectualidad de sus cavilaciones se transformó en una risa para personaje de Maupassant.

—¿Crees que con una sobredosis de las medicinas que recetas podría matarme?
—Creí que ya no bebías. ¿No dejaste de hacerlo en la universidad?

No pude soportarlo. El embarazo de mi esposa, la horrorosa verga de Octavio; las sábanas y las balas de plata; las franelas húmedas del recepcionista y la conmiseración de Elena. El mozo y Rufino; las intimidaciones de Freíd y Dalí; un trío de acciones suicidas fracasadas y una relación amorosa perdida por el ímpetu de mi cobardía.

Salí del consultorio sin despedirme de Rufino. El mozo, que estaba preparando una camisa de fuerza, se quedó perplejo en el acceso del centro de salud. Maldecía todo. Al taxista, al recepcionista y al cantinero; a Gabino que sí había logrado suicidarse y a las malditas balas de plata que nunca utilicé. Tomé un taxi, y en cuanto el chofer, miró la mancha púrpura de mi cuello, le advertí que lo mataría si no dejaba de hacerlo.

Llegué al hotel. El recepcionista me preguntó si necesitaba algo. Me lo había ganado por el dinero que dejé. Lo ignoré, pero más tarde tuve que buscarlo.

—¿Tiene una bala para revólver manual?
—Eh, pues, verá..
—¿La tiene o no?
—Sí.

El viejo, con las manos llenas de sudor espeso, me entregó la munición. Era una antigua bala de oro. Le di otro cheque y, agradeciendo su hospitalidad, tomé mis pertenencias. Falto de dinero, me dirigí a donde Elena y Octavio. Los iba a matar. Dejaría una carta póstuma y me iría a la cárcel. ¿Qué mejor suicidio? Mas sólo tenía una bala. Era necesario adecuar las circunstancias. Un solo tiro para dos pájaros.

Toqué el timbre, destruí La persistencia de la melancolía y puse los jirones de tela en el suelo. No podría disparar en cuanto accediera por lo que escondí el arma en la chaqueta. Octavio abrió la puerta y, de un salto, logré llegar a la sala. Elena no estaba. De pronto cuatro manos que no eran las mías me sujetaron por la espalda. Intenté luchar contra estas bestias humanas. Di puntapiés y sobresaltos violentos pero no pude librarme. El revólver fue accionado y volvió a estremecer a los amantes. Pronto me detuvieron por completo. El cuerpo del artefacto lastimó mi columna y me debilité.

Elena y Octavio me miraban con la catadura de cuervos. Rufino y el mozo me inmovilizaron con una camisa de fuerza. A través de la puerta que daba directamente al perímetro de la sala observé al taxista que me había llevado la noche anterior. No tardé en comprenderlo.

—Rufino, ¿qué opinas? —preguntó Octavio.
—Está loco, ¿no se ve? —dictaminó.
—TE lo dije, Octavio. Anoche parecía como demente y no me equivoqué—. La seguridad con que Elena se había expresado me pasmó. No me defendí. No alegué.

Vi al mozo que, atónito, no dejaba de estudiarme. Rufino me dijo:

—Tenemos que irnos. Debes ir a casa y descansar —y luego remató con gestos de piedad hipócrita, de grosería absurda y fanfarria.

Recluso en el manicomio de la localidad, entre residentes colmados por la demencia y el aislamiento, les dije a las enfermeras que busqué suicidarme tres veces. No creían y me ignoraban como si estuviese loco. Más aún, a pesar de sus intenciones minuciosas y llenas de misericordia, hechas con el prodigio de manos femíneas y humanas, jamás dejaron sábanas u objetos con los que pudiera hacerme daño. Ni siquiera fui sujeto a un régimen de medicamentos pues también pudieron servir para mi cometido.

Cada vez que Elena me visitaba, lamentándome como un niño, cubierto de lágrimas:

—En verdad lo intenté tres veces —le decía.

Pero ella, sollozando, me daba la espalda y se iba por el pasillo hasta que desaparecía como el cuervo en el jardín de un palacio.

Qué le vamos a hacer

Mi foto
Desde chico tenía ganas de escribir un diario, o algo así. Pero era cosa de niñas. Este blog es lo menos afeminado que encontré.

Todos mis post