El blog de Luis Frías

febrero 11, 2007

Los dueños


Orígenes del capitalismo yanqui.

La guerra entablada por Estados Unidos contra México en 1847-48 despojó a nuestro País de un amplio terreno, comprendido entre los límites de La Mesilla hasta el norte de Texas, incluyendo la Alta California. A propósito, no es fortuito escuchar comentarios en torno a que la adjudicación de más de la mitad del territorio mexicano, es un signo inequívoco de esa característica sed de imperialismo que comportaban ya desde entonces los Estados Unidos de Norteamérica.
No es fortuito porque ya desde medio siglo atrás tuvo lugar la transacción que realizó el gobierno yanqui con Francia, por el espacio geográfico conocido como las Floridas y por la Luisiana. También la adquisición de Hawai, a fin de convertirlo en una perenne base portuaria militar.
En 1803, siendo presidente de EE UU Thomas Jefferson, se realizó la compra de Luisiana a Napoleón, a la sazón primer cónsul de Francia. “Fue el primer paso para incorporar las antiguas colonias españolas al territorio principal de los Estados Unidos. La declaración de que la Luisiana incluía el vecino territorio de Texas, iba a servir en seguida para la prosecución de los propósitos expansionistas de Norteamérica.” Estos términos velados de Agustín Cue Canovas quieren decir que esta compra susurró al oído de Estados Unidos acerca de la posibilidad no sólo de hacerse de ciertos terrenos, sino de muchos más.
Antes de seguir, no huelga hacer un desvío recordatorio de que en el siglo 19, en medio de la revolución industrial europea, en medio de La riqueza de las naciones de Adam Smih, EE UU supo hacer que cobraran fuerza en su país todas las tecnologías del desarrollo fabril. Dejó atrás incluso a las propias Francia y Alemania y al Reino Unido mismo, estandarte del progreso industrial, gracias a que ahí se perfeccionó (pues los inventos, en su acepción de epifanía, no existen) la máquina de vapor en locomotoras. La red ferroviaria yanqui llegó a ser más importante que toda la que se encontraba al servicio de Europa entera. En materia de producción metalúrgica, se encontraba muy por encima de sus competidores del Viejo Continente, como también estaban aupados en cuanto a extracción de petróleo se refiere, mediante la famosa Standard Oil Company, propiedad de ese tan sonado magnate de nombre John Rockefeller. Las telecomunicaciones dominadas por el telégrafo, fueron también de uso predominantemente yanqui. La economía norteamericana crecía espumosamente dentro de las reglas económicas de su época, o sea industriales, y no mediante la explotación del agro como ocurría en el resto del Continente Americano. Eso se había quedado atrás en Norteamérica. Se encontraba, ya lo dijimos, por arriba de economías europeas de gran talla. Pero territorialmente los Estados Unidos disponían de menos tierras que, por ejemplo para no ir más lejos, su vecino sureño, México.
Nuestro vecino país del norte tuvo que entender muy bien la necesidad que significaba crecer territorialmente, a fin de ampliar a la postre su poderío en todos los sentidos. En las condiciones en que se hallaba, de ser la gran potencia económica creciente, EE UU precisaba ampliar sus coordenadas geográficas hacia varias regiones.
Cuando pusieron la inteligencia al servicio de sus intenciones imperialistas, diríamos, inicia el programa capitalista de los Estados Unidos que les ha hecho ganarse el mote de “dueños del mundo”. La inteligencia al servicio de planes imperialistas. La previsión deshumanizada sobre las finanzas. Las alianzas para derrocar al enemigo. Los golpes bajos. El doble discurso; una moral desviada. Estas herramientas no son nuevas, ni lo eran a últimos del siglo 18 y principios del 19. Lo nuevo fue, entonces, esas herramientas pero puestas al servicio de una creciente fuerza económica, ávida de erigirse en poderío.

*

EE UU extendió su mirada bien pronto sobre la isla de Cuba a inicios del s. 19. Eran épocas de asonadas independentistas en las colonias europeas del resto de América. Refiriéndose a éstas, el presidente Jefferson sostuvo: “Mi temor es que son demasiado débiles para sostenerse independientes hasta que nuestra población pueda desarrollarse suficientemente y adueñarse e ellas, una a una” . Esto confirma lo que más adelante el propio Agustín Cue recuerda de un biógrafo de aquel presidente. El tal biógrafo asegura que la doctrina y acción jeffersoniana estaba inspirada en el propósito de eliminar vecinos peligrosos, no porque ambicionara para su país cualquier territorio o colonia de alguna podenca extranjera, o porque necesitara más tierras para su creciente población. La política expansionista quería mantener alejados a los EE UU de las cuestiones de Europa, lo que se lograría sólo si alejaban las colonias del yugo europeo pero les abatían el propio.
Fue al iniciarse la Revolución francesa y al entrar España y Gran Bretaña en las guerras de Europa, cuando los Estados Unidos pudieron iniciar su expansión territorial dirigida hacia los extensos y casi despoblados territorios del Oeste. Al cabo de la guerra, consiguieron el reconocimiento de las fronteras establecidas en el tratado de paz, con España e Inglaterra. España además reconoció el derecho de los ciudadanos norteamericanos a navegar libremente en el Misisipi, desde su nacimiento, hasta el mar.
Con la adquisición de la Luisiana en 1803 no sólo se duplicó el territorio de la nueva república; además se desvanecían los temores de que una potencia europea mantuviera su dominio sobre este territorio tan importante como próximo a los Estados Unidos. Pero no bastaba la adquisición de Luisiana. “Para asegurar la posición de ésta, era necesario adquirir las Floridas que en poder de España o de cualquiera otra potencia europea, impedía la integración territorial de EE UU hacia el sur del continente” .
Por eso desde mediados de 1810 la apropiación de las Floridas formaba parte importante de los planes de expansión territorial yanqui. A fines de ese mismo año, para mantener los derechos justos de su nación, el presidente tomaba las medidas necesarias para ocupar el territorio de la Florida del Oeste, hasta el río Perdido, fundado en las reclamaciones por indemnizaciones contra España, y además en las necesidades imperativas derivadas de un principio legítimo de propia conservación, Estados Unidos no podía ver sin temor que alguna potencia europea se apoderara de las Floridas.
En 1815, el gobierno recibía informes de que Esapaña había cedido las Floridas y la propia Luisiana a la Gran Bretaña, informes que resultaron obviamente falsos pero que decidieron a EE UU para obrar rápidamente apoderándose del resto de la Florida Occidental, sin renunciar a sus pretensiones sobre Florida del Oeste.
Por fin, en 1919 obtienen de España la cesión de ambas Floridas. La nación vecina nuestra se disponía entonces a iniciar su “Manifiest Destiny” (Destino Manifiesto) hacia el Pacífico. Una vez que dejaron de frotarse las manos y entrar al pollo, los estadistas del país entonces sí condenaron el intervencionismo extranjero en cualquier territorio de América. Claro que era loable su postura. ¡El Contienente era casi todo una colonia! ¿Pero era impulsada por un genuino deseo de ayuda a los hermanos de América? Desde luego que no, y los hechos mismos lo demuestran. Alejandro Hamilton, notable político gringo, sostenía por entonces que la emancipación de las colonias españolas de América era cuestión de gran interés para su país. ¡Gulp! Golpe rastrero a España. Luego de conceder las Floridas, con la intención de que Estados Unidos no la emprendiera en contra suya, ¡a España la amenazan los gringos!
Un Jefferson acaudillado tras derrotar electoralmente a los federalistas, fue quien puso en la cima de las aspiraciones norteamericanas el bienestar material de la población. Para arribar a este fin, proponía unos principios rectores, a saber:
Crear una poderosa marina de guerra; fortificar los principales puertos y costas, y ¡adquirir territorios vecinos! Ya vimos que este último punto cuajó claramente con el jugoso negocio llevado a cabo con la adquisición de las Floridas. Pero tan provechoso como éste, fueron el tratado de 1845 para anexionarse Texas, la transacción con Inglaterra a mediados de 1846 que permitió a EE UU la obtención de Oregon; la “cesión” de México de California, Nevada, UTA, parte de Arizona, Colorado, Nuevo México y Wyoming, y, finalmente, la compra de Gadsden en 1853. El expansionismo norteamericano ocurría cuando llegó al poder el presidente James Monroe, autor de la Doctrina Monroe, cuyo interés estaba dirigido a no intervenir ni política ni militarmente en la autodeterminación de las demás naciones.
A John Quincy Adams, secretario de estado, se le atribuye una buena parte de la formulación del documento que Monroe leyó el 2 de diciembre de 1823 ante el Congreso. Además del principio de no intervención, el presidente se refirió a la penetración en la costa noroeste de América, afirmando que los continentes americanos ya no estaban abiertos a la colonización europea. La Doctrina Monroe contenía una advertencia con relación a los intereses norteamericanos en el noroeste del Continente.
Sin embargo, el gran "pero" se hace presente al advertir que al doctrina Monroe también sienta las bases de una política favorable a México y Sudamérica, política que actualmente es repudiada con vigor por nuestros países pero que en ese mismo siglo 19, fueron aceptados por políticos como don Benito Juárez. Más adelante trataremos esto en detalle.
Carlos Pereyra sostiene en el libro El Mito de Monroe que la famosa doctrina internacional no era otra cosa que un pretexto para justificar la existencia imperialista de los Estados Unidos. A este respecto, Agustín Cue vira en redondo y sostiene que sí se hallaba latente la amenaza europea de adentrarse en América, y que el pronunciamiento de James Monroe impidió que se realizara dicha invasión.

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Pero ¿es que en la política hay casualidades?
Me pregunto si pudo ser fortuito que el pronunciamiento de Monroe haya tenido lugar justo cuando su país había logrado ya la obtención de los territorios tan acariciados desde el siglo pasado, y precisamente cuando las colonias europeas en América habían conseguido sus independencias (o bien, estaban obteniéndolas por ese entonces). Y me pregunto igualmente si la preocupación tan encarecida por la Doctrina Monroe de que se mantuviera intacta la soberanía de los pueblos americanos no escondía intereses subrepticios. Esto lo sostengo con la hipótesis de que la ulterior dominación de Cuba, o de Santo Domingo, y la apropiación de los territorios de México no fueron que digamos un ejemplo de la preocupación por la soberanía de los pueblos, sino demostración de que una ayuda siempre debe ser compensada. La ayuda que Agustín Cue menciona fue saldada después con territorios.
Y asimismo, con la dependencia económica que logró América latina de América anglosajona. Dijimos que Estados Unidos vio en la posibilidad de extenderse territorialmente no otra cosa que la necesidad de acrecentarse físicamente para también multiplicar su economía fuertemente consolidada en la industria. De ahí que la combinación de ambas políticas expansionistas (en territorios y en la economía) haya sido el detonante del fervoroso crecimiento de los activos norteamericanos. Pero su economía no podría crecer sin extenderse allende las fronteras nacionales.
Vino entonces la ampliación de la órbita económica yanqui por todo el continente, por toda Europa, y por todo el mundo a la postre. Las empresas norteamericanas, que parecen ser trasnacionales desde que nacieron, logran cotizar sus puntos en las Bolsas de Valores de Europa y Asia. El capitalismo denunciado por Marx no tuvo a su mejor representante en la Inglaterra que él tanto había denunciado, ni en Alemania y en Francia, sino en este lado del continente. Se tiene noticia de que en las plantaciones fabriles norteamericanas se firmaron contratos para que los trabajadores se ajustaran a un plan laboral más o menos humano. Verbigracia, la American Federation Labor (años más tarde, a propósito de la crisis de 1929), firmó un contrato de condiciones laborales donde asentaba que sus obreros no trabajarían más de 40 horas semanales, y se abolía el trabajo para los niños. Esto da cuenta de algo consabido, la explotación laboral. Pero también habla de que los Estados Unidos, enfrascados supuestamente en la defensa de la autonomía de las naciones americanas, tenía pendientes que cumplir al interior de su territorio. La preocupación por el pueblo del Contiente, por tanto, queda en entredicho.
Esto nos faculta a deducir que las intenciones imperialistas en los Estados Unidos estaban clarísimas y que, en honor a la verdad, el aplaudido discurso Monroe escondía intereses subrepticios, pero hoy los tenemos bien claros. Y están relacionados con la acumulación de riquezas y poderío

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La supuesta ejemplaridad de los Estados Unidos tiene varios muestras en nuestro país. Y nos pueden sacar de dudas. Uno de esos ejemplos es el tratado firmado por Melchor Ocampo, ministro del exterior del gobierno juarista.
Cuando Mèxico estaba en plena guerra contra Francia, Estados unidos brinda su mano al gobierno liberal encabezado por Juárez, ayuda que se ve concretada en el tratado entre el ministro norteamericano en México, Robert Mac Lane, y el ministro Melchor Ocampo. Conocido a la postre como el Tratado Mac Lane-Ocampo, el documento permitía a cambio de ayuda económica y de armas para los liberales, el paso a perpetuidad de los Estados Unidos por el Istmo de Tehuantepec así como el inicio de una guerra en el mismo territorio en el instante que el gobierno norteamericano así lo dispusiera. ¡Perpetuidad, ni más ni menos!
¿Ayuda estadounidense?, ¿Juárez agachado? Ni la una ni el otro. Estados Unidos no desaprovechó, quién lo haría, el fructífero negocio ofrecido por el presidente de México. Pero éste tampoco representó el penoso papel de “vendepatrias”, pues finalmente los Estados Unidos nunca consiguieron la entrada en vigor de este -de haberse llevado a cabo- ignominioso tratado. Y Juárez logró lo que pocos. Obtuvo algo de los Estados Unidos sin darles en los hechos, nada a cambio.
Es éste capítulo uno de los más destacados en la historia de las relaciones binacionales México-Estados Unidos. Otro es la cesión firmada por Santa Anna de más de la mitad de nuestro territorio. Pero para EE UU, ambos episodios no son más que dos páginas de los múltiples tratos y contratos llevados a cabo con naciones americanas y europeas, a fin de allegarse terrenos aquí y allá. Además, la adquisición de territorios implica la compra de soberanías, de ciudadanos, de sistemas económicos. Conlleva el abatimiento de su poderío sobre ciudadanos de otros países. Es una suerte de colonización a la moderna, basada no en las armas letales, sino en las económicas. En el sistema de libre mercado.

febrero 03, 2007

John Fante. La vida narrada con talento.


El escritor estadounidense John Fante (1909-1983) es uno de los grandes olvidados de su generación. Fue después de su muerte, gracias a que Charles Bukowski confesara una abierta admiración por este hombre “que no le temía a los sentimientos”, que sus novelas comenzaron a editarse a gran escala. Hasta ahora se publica en Italia Pregúntale al polvo, su libro más celebrado, con un comentario de Alessandro Baricco, que reproducimos a continuación, en el que la sensibilidad de un muchacho católico de ascendencia italiana se da de frente contra un mundo incomprensible del que lo salva la escritura.

POR ALESSANDRO BARICCO

La novela Pregúntale al polvo (Anagrama, 2001) está montada sobre tres historias. Primera: un muchacho de veinte años sueña con ser escritor y, en efecto, lo logra. Segunda: un muchacho de veinte años, católico, intenta vivir pese al hecho de ser católico. Tercera: un muchacho de veinte años ítaloamericano se enamora de una joven hispanoamericana y quiere casarse con ella.

Todo esto situado en California.
Imagínense que amalgaman las tres historias, que hacen que confluyan los tres muchachos de veinte años (el escritor, el católico, el ítaloamericano enamorado) en uno solo, y lo que obtienen se llama Arturo Bandini. Agítenlo y obtendrán Pregúntale al polvo. Admitiendo, claro está, que ustedes posean un talento bestial.

No sé si John Fante lo habrá hecho conscientemente, pero de hecho, él eligió para esas tres historias una andadura sorprendentemente geométrica: la historia del escritor termina bien, la historia del católico no concluye, se queda bloqueada en sí misma, y la historia del enamorado termina mal, por lo que el libro crece siguiendo el armónico estrabismo de un personaje que gana y pierde en equilibrio simultáneo. Si, a pesar de esto, al lector le queda la percepción de un libro profundamente doloroso y adolorido, es por la manera en que Fante, más o menos conscientemente, distribuyó las tres historias en el tejido del libro. Pregúntale al polvo comienza narrando las primeras dos (donde Bandini gana y pierde a partes iguales), y aquí el libro crece en la luz agradable de una humanidad frágil pero alegremente indestructible.
Luego, aparece Camila, y al libro lo va absorbiendo una vertiginosa derrota. En los últimos capítulos, los éxitos del Bandini escritor y las ciénegas inmóviles de su catolicismo, acompañan el hundimiento de Camila, como escenarios cada vez más lejanos y baladíes. Con metamorfosis de insecto, el libro sale del capullo de un alegre diario juvenil para remontar el vuelo de una adulta e insalvable derrota. ¡Vean lo que puede hacer una mesera mexicana...!

La historia del muchacho de veinte años que sueña con ser escritor es muy lineal, sencilla y decorada con un final feliz. A quienes se hayan embarcado en semejantes ambiciones, la narración les regala, no obstante, algunas lecciones útiles. La primera tiene que ver con la relación entre escribir y el dinero. Bandini escribe para ganar dinero: no para expresarse, no para crear algo hermoso, quizá ni siquiera para demostrarle algo a alguien. Escribe porque tiene hambre y quiere comer; porque está solo y quiere mujeres ricas y perfumadas; porque a su alrededor ve a la ciudad de Los Ángeles y quiere poseerla. Muy pragmático y muy norteamericano. No es que las cosas, en general, sean exactamente así, pero la conexión entre el gesto de escribir y el gesto del artesano que trabaja para vivir es un buen punto de partida. Todo lo demás, si acaso, viene después. En esto, creo que él tenía razón.

Otra buena lección: escribir es una obsesión. También aquí, no es que las cosas siempre sean así; pero, ciertamente, a menudo, en la base de la ambición literaria se encuentra una absurda propensión a reducir la vida a un concepto eventualmente bueno para una narración. “Estoy aquí por una razón muy precisa: estos momentos —el lado horrible de la vida— se transformarán en igual número de páginas”. Gente así, en general, expía una homicida incapacidad para vivir la vida, ya que además está ocupada en copiarla mentalmente y en dividirla en capítulos. En cierto punto, Bandini termina casi ahogado en las olas, frente a la playa de Santa Mónica, y en verdad se las ve negras. Está a punto de morir, y probablemente también está a punto de morir Camila, su amor, desaparecida entre las grandes olas. Lo único que le queda por hacer es encontrar la manera de salvar su pellejo. “Y sin embargo, incluso en ese momento, era como si estuviese escribiendo, como si estuviese registrando todo en el papel. Frente a los ojos tenía la hoja escrita a máquina, mientras flotaba, derribado por las olas, sin lograr alcanzar la costa, seguro de que no saldría vivo del mar”. Quienes no entienden una locura de este tipo tienen pocas probabilidades de sobrevivir como escritores. Fante la conocía, creo, muy bien, y es más, hace de ella la música con la que baila toda su vida.

Ultima lección: el prólogo que aquí encontrarán como apéndice, Fante quería ponerlo encabezando el libro (como prólogo, precisamente) pero el editor lo convenció de dejarlo donde estaba (y era difícil que no tuviera razón, dado que le narra al lector cómo termina el libro...). Fante nos volvió a derramar, en forma más bien libre, todo el material autobiográfico con el que nace Pregúntale al polvo.

La segunda historia, la del muchacho católico de veinte años que intenta vivir no obstante el hecho de ser católico, es quizá la historia que pudo transformar a Pregúntale al polvo en algo más que una lograda comedia trágica. Desgraciadamente, la llegada de Camila y la fuerza de su consecuente historia de amor llevan lejos al libro, y la reflexión sobre las taras de una joven mente católica se queda en enunciado sin grandes desarrollos. Hubiera estado muy bien verla irse hasta el fondo. Pero ya en sí, el enunciado, de todas maneras, vale la pena. Lo que Bandini tiene de inexorable católico es el instinto para interpretar la vida como una secuencia de culpa y castigo, destinada a repetirse hasta el infinito. Lo que Bandini tiene de inexorable católico, es el odio por esa manera de ver las cosas y una incapacidad absoluta de sustraerse a ese odio. No sé lo que el público norteamericano pueda entender de todo esto, porque si uno no ha crecido en un país católico, no puede saber cómo esa geometría de juicio final se ensarta en los pliegues más recónditos de la fantasía, y pueda sobrevivir a cualquier ateísmo sincero. Pero Fante sabía algo de esto. Y su reconstrucción del curioso fenómeno es implacable e irónicamente feroz. Se puede decir que en los primeros cuatro capítulos, Bandini no hace más que tratar de ser un niño malo, pensamiento fijo en cualquier buen muchacho: se va de putas, roba, maltrata a golpes de racismo a una muchacha que no le ha hecho nada. Una especie de camino de formación al revés. Punteado, inexorablemente, por fracasos: el complejo de culpa llega instantáneo, a veces incluso antes de cometer el pecado, provocando la incapacidad de cometerlo. En el décimo segundo capítulo, Bandini termina en la cama con una mujer equivocada, una mujer frágil a la que no puede hacerle más que mal. En resumen, la usa. En la mañana se levanta de la cama, sale, y la tierra se pone a temblar: terremoto en Los Ángeles. “Había sido yo. Era mi culpa”. No creo que a un budista se le hubiera ocurrido decir esto. Ni siquiera a un protestante. A un católico sí. “Has sido tú, Arturo, y esta es la cólera de Dios”.

Lo que había entendido Fante es que una incapacidad de pecado de este género no puede más que exiliar de la vida. Y lo escribe admirablemente en el personaje de Bandini hasta la mitad del libro: haciendo de él un tipo humano con una obsesiva pregunta grabada en la cabeza: ¿qué hago yo aquí? Por donde vaya, Bandini quisiera irse a otro lugar. “Ahora que estoy aquí, me doy cuenta que hubiera sido mejor no haber venido”. Se puede decir que la escritura es el único lugar en el que se siente legitimado para vivir. El resto del mundo es un lugar errado. Muchos años después, en la otra costa norteamericana, Holden Caufield echará fuera, con ironía análoga, el mismo sordo dolor (ni siquiera con la panacea de la escritura). Sin embargo, él será lo que Bandini no logró ser: un personaje universal. Porque su exilio era el exilio de lo humano, que no reconoce la casa que se ha construido: por así decirlo, en Bandini, las raíces del extrañamiento eran más regionales: la matriz católica interpretaba la parte del león, y llevaba todo a una matriz particular, casi local: no era exactamente la historia que la mayoría reconocía. La de Holden la llevaban todos en el bolsillo.

Luego llega Camila, y de alguna manera, Bandini resume y simplifica toda su incapacidad de vivir en su incapacidad de amarla. En un cierto sentido, deja de luchar. Camila es el lugar equivocado en el que decide quedarse, sin plantearse más preguntas, exiliado crónico, va como debe ir, como un autómata, hasta el fondo. Pero no es una historia vivida. Camila es su exilio definitivo, la rendición de toda rebelión. Sobreviven, como relámpagos de un temporal que se va alejando, esos abrazos fallidos, esa incapacidad de tener sexo con ella, esa impotencia prevista, esperada, sufrida y odiada. Me gusta que en esos momentos Fante quite el pie del acelerador, deje el bisturí con el que estaba operando y elija eufemismos frívolos con tal de no llamar a las cosas por su nombre. “Deseo sin pasión”, le llama. Se necesita tener sangre católica en las venas para lograr un goteo de este tipo.

En cuanto a la historia de amor, bueno, aquí hay poco qué decir. Realmente le había quedado muy bien. Toda torcida, sin héroes, sin resoluciones, un poco ambigua, dolorosa. Me gusta que ella sea del tipo del que se puede decir: “Aparte del contorno del rostro y del candor de sus dientes, no era hermosa”. Me gusta que él, cuando termina en la cama con ella, tome unos furgones mentales que lo llevan a kilómetros de allí. Aunque luego la ame como un loco, pero que realmente no logra quedarse allí. “Parecía que me había vuelto de madera, sin sentimientos, tan solo el pánico y la sensación de que ella era demasiado hermosa para mí; es más, más hermosa y firme que yo. Me sentí extraño ante mí mismo”. Quizá las cosas son exactamente así: las personas a las que realmente vale la pena amar son las que te convierten en un extraño ante ti mismo. Aquellos que logran arrancarte de tu hábitat y de tu viaje, y te trasplantan a otro ecosistema; que logran mantenerte vivo en esa jungla que no conoces y donde ciertamente morirías, si no fuese porque ellos están allí y te enseñan los pasos, los gestos y las palabras: y tú, contra toda previsión, eres capaz de repetirlos.

Pero luego quién sabe...
Dos notas sobre el estilo de Fante, sólo para entender al artesano y su gesto. En Pregúntale al polvo, Fante usa una lengua literaria que conoce sustancialmente dos registros, y los alterna con sabiduría. El primero es una lengua base, por así decirlo la Fante-base: una prosa bien hilada, ligera, sin particulares asperezas léxicas o sintácticas, limpia, veloz, a menudo lubricada con un humor dispensado con mano ligera, muy hábil. Valga como ejemplo, el incipit:
Cierta noche me encontraba sentado en la cama del cuarto de la pensión de Bunker Hill en que me hospedaba, en el centro mismo de Los Ángeles. Era una noche de importancia vital para mí, ya que tenía que decidir algo sobre la pensión. O pagaba o me iba: es lo que decía la nota; la nota que la dueña me había deslizado por debajo de la puerta. Un problema relevante, merecedor de una atención enorme. Lo resolví apagando la luz y echándome a dormir. (Pregúntale al polvo, Anagrama, 2001, p. 13)

Si uno lee un comienzo de este tipo, de inmediato queda claro que no está leyendo a Faulkner. Ni siquiera a Chandler (carecía de esa sobriedad), ni aSaroyan (no tenía ese humor), a Steinbeck (seguramente más ambicioso), o a Hemingway (difícil, incluso para él, poner en las primeras líneas todo ese humor). Soltura, facilidad y humor parecen ser sus rasgos distintivos, y en este sentido, él parece más bien un anticipador de esa áurea ligereza que labró la fortuna de Salinger. En su mejor momento logra producir páginas como esa en la que Bandini llega a la recepción del hotel Alta Loma: lleva consigo su primer cuento publicado (“El perrito que reía”) y detrás del mostrador encuentra a la señora Hargraves:
—¿Tiene trabajo? —preguntó.
—Soy escritor —respondí—. Espere, puedo demostrárselo.
Abrí la maleta y saqué un ejemplar.
—Yo lo escribí —le dije. En aquella época yo era muy impaciente, muy soberbio—. Se lo voy a regalar. Se lo dedico.
Tomé la pluma del escritorio, pero estaba seca y tuve que mojarla en el tintero; moví la lengua mientras pensaba en algo simpático que ponerle.
—¿Cómo se llama usted?— le pregunté.
—Soy la señora Hargraves —me dijo sin el menor entusiasmo—. ¿Por qué? Como le estaba haciendo un favor, no tenía tiempo de responder a ninguna pregunta, así que escribí en la parte superior de la página donde comenzaba el relato: “Para una dama de encanto inefable, de maravillosos ojos azules y sonrisa generosa, del autor, Arturo Bandini”.
La verdad es que tenía una sonrisa que le destrozaba la cara, ya que le acentuaba el mapa de arrugas que le agrietaba la piel reseca de la boca y las mejillas.
—No soporto las historias sobre perros —dijo, escondiendo la revista. Me miró por encima de las gafas desde una atalaya más elevada aún.
—¿Es usted mexicano? —preguntó.
Me señaló con el dedo y rompí a reír.
—¿Mexicano yo? —negué con la cabeza—. Soy americano, señora Hargraves. Además, tampoco es un cuento sobre perros. Es sobre un hombre y está muy bien. No sale ni un solo perro en toda la historia.
—En esta pensión no admitimos mexicanos —dijo.
—No soy mexicano. Y el título del cuento lo saqué de la fábula. Ya sabe: “Y el perrito rió al ver una cosa tan rara”.
—Tampoco judíos. (p. 63-34)
Página ejemplar. Un strike perfecto, si la literatura fuese un juego de beisbol.
El otro registro es un tono, por así decirlo, de balada: más libre, menos disciplinado, casi “cantado”. Generalmente el humor desaparece e irrumpen tonos de sabor poético. Las frases se alargan y se van a buscar un paso y una rotundidad musical. Baladas, en todo y para todo. Nunca duran más de una página, página y media. A menudo son un asunto de diez líneas. Ejemplo:
¿Qué hacer entonces? Elevar la boca al cielo para parlotear y balbucir con una lengua asustada? ¿Descubrirme el pecho y golpeármelo como un tambor resonante para llamar la atención de mi Salvador? ¿No es más lógico y conveniente justificarme y seguir andando? Pero habría desorientaciones, habría anhelos; habría soledad, no tendría más que lágrimas, pajarillos húmedos del consuelo, aunque también belleza, una belleza semejante al amor de una muchacha difunta. (p. 123)
Es común encontrarse con este tipo de baladas sin preparar, sembradas en páginas de escritura completamente diferente, incluso en Hemingway, en Saroyan, en Steinbeck. En cierto sentido también los “Ojos fotográficos” de Dos Passos eran algo similar. No sé, debe ser una perversión de los norteamericanos. Tiene algo de ingenuo y de vagamente no logrado. Sin embargo, si uno la cortara y la quitara, sencillamente, quién sabe qué sería de los equilibrios internos, y del color en su conjunto, y del perfil de los personajes. Esas escrituras son como orquestas.

Baricco (Turín, 1958) es autor de Seda y Sin sangre.

Traducción de María Teresa Meneses.

enero 31, 2007

Estados Unidos frente al espejo.


Independencia y Democracia. Un episodio.

Cuando leí que el único y verdadero origen de la ópera tuvo lugar una noche de 1444 en los salones de la realeza de Francia, puse en duda tal aserto. Levantar una barda entre una época histórica y otra, lo mismo que designarle una fecha inamovible al nacimiento de cualquier invento, no puede menos que acabar en equívoco. Una etapa histórica y otra; una línea estilística y otra en el arte, por ejemplo; la realización de una proeza, etcétera, pasan en los tiempos históricos como en ese viejo poema: “no es agua ni arena, la orilla del mar”. Por eso no me tragué que la ópera pudo haber tenido su nacimiento en ésa o cualquiera otra fecha exacta.

Aquella revista de musicología que recuerdo, se anticipa a precaverse; no lo haría de no hacer falta. La ópera, informaba, tiene lugar por primera ocasión sobre la faz de la tierra una noche en los salones del rey de Francia, quien es obsequiado por los artistas de la corte con semejante invención. Pero sólo con eso ¿se puede concluir que el maravilloso invento teatral fue escenificado por primera ocasión ante el rey y, por eso, es preciso afirmar que fue parido en ese preciso instante? ¿Nació cuando el rey lo vio; o porque el rey lo vio? Qué habría pasado de reservarse el espectáculo para ocasión más o menos propicia, como una taberna en la Rue du Louvre de París. ¿Es lícito sostener que nació aquella gran noche ante el rey?

Aun cuando las fechas sean bien localizables en los calendarios, no es fácil sostener que los hechos tienen una única manera de ser. Aun cuando sepamos todos los aspectos a propósito de cierto asunto, siempre habrá algo inapresable que se escape de nuestras manos. Así, los episodios de la historia se revelan ante nuestras inteligencias con la misma claridad pero con la misma fugacidad con que lo hace el agua que corre por el riachuelo ante las miradas. Estamos en posibilidades de ver cuánta y cuánta corre hacia un lago, pero no de poseerla. Es inteligente encerrarla en cubas, en un intento por apropiárnosla, pero eso, un chorrito de infinidad, ¿nos garantiza que la tenemos en su complejidad?

Si parece que hablo en términos vagos no es más que para aproximarnos al tema que nos ocupa hoy. Me refiero a la imposibilidad de asir ningún acontecimiento histórico en su totalidad, sólo para advertir que el proceso de independencia sufrido por los Estados Unidos de América no puede elucidarse con una lisa y llana enumeración de acontecimientos peor o mejor hilvanados.

Antes de pasar a lo siguiente, conviene advertir que a este texto lo impulsa la necesidad de explorar algunos pareceres míos sobre la relación independencia-democracia, a través de espulgar un capítulo histórico de EE UU: la guerra que los precedió y los hechos en torno a su liberación del yugo inglés. Léase de ésta y no de otra forma.

*

Al referirnos a la guerra independentista fraguada por los territorios norteños de América, para liberarse del poder impuesto por ingleses, no estamos sino hablando de un nudo gordiano cuya madeja de hilos sólo podía desanudarse anudando otros más, y así hasta el infinito. ¿Cabe dar crédito a una indagación que agota los conceptos al procurar comprender una cosa tan compleja como la independencia de América del Norte, cuyo status quo político, económico y social se encuentra atravesado por múltiples intereses tanto locales como ultramarinos? Hay que indagar los alrededores de este nacimiento independentista. Al proceso de independencia lo preceden varios hechos, firmas, reuniones intercontinentales, quizá unos enjuagues políticos. Disponemos de cierta suma de episodios bien localizables. Unos de este lado del mundo, otros importados desde Europa.

En 1763, con la firma del tratado de paz tras la guerra de los siete años, Francia tuvo que cederle a la Gran Bretaña sus territorios norteamericanos hasta el Misisipi. Con el fin de arrancarle de nuevo al gran rival un trozo de su imperio, Luis XVI apoyó a los colonos rebeldes mediante envíos de armas y préstamos, y, finalmente, con la intervención de la flota francesa.

Para Paul Adams , resulta “evidente” la diferencia estructural entre la guerra de independencia americana y la mayoría de los posteriores movimientos independentistas de África y Asia. “En América lucharon emigrantes europeos por su autodeterminación, con el apoyo militar de varias potencias europeas.” En el resto del continente, no. Es decir, el frente de guerra mostrado en las batallas no tiene su descanso en ningún explosivo impulso nacionalista por emanciparse, sino en el apoyo contante y sonante enviado por potencias europeas con intereses bien claros sobre Norteamérica.

La Revolución americana y la posterior toma de poder violenta fue burgués por excelencia: las medias de la burguesía colonial europea en contra de las pretensiones de dominio de una monarquía constitucional. Pero hay que tomar en cuenta otros aspectos. Si queremos verle todas las angulosidades a la guerra que precedió a la independencia, es preciso parar mientes en el componente social.

América del norte se encontraba así, a saber: la mayoría de los africanos, libres o esclavos, vivían en tres de las colonias del Sur: en Virginia se calculan unos 270 mil negros, en Maryland y Carolina del Sur, unos 80 mil respectivamente; en Nueva Cork (a la sazón capital de la Colonia inglesa), alrededor de 1775, habitaban unos 22 mil, y en Massachussets, unos 5 mil. En todo el territorio de los q iba a ser después los Estados Unidos vivían, en 1770, unos 460 mil negros; porcentaje que varió insensiblemente entre 1770 y 1810. Eran demasiados, desde luego, y se hallaban en el más acre de los yugos. Pero no eran tantos como la clase media del país, clase media que participaba de un bienestar el aumento. “La mayoría de la población se veía a sí misma como ‘the middling sor’, o ‘the common people’. Entre esas capas medias se encontraban los artesanos llamados ‘mechanics’ o ‘tradesmen’ y los agricultores” .

Los negros, digamos, vivían en las condiciones más reprochables al sistema colonial que la Corona inglesa desarrollaba. En consecuencia, ellos tendrían que haber protagonizado las movilizaciones de choque que, por ejemplo, se presentaron a resultas de las ridículas leyes del Timbre y del Té. Empero, fueron ciudadanos más bien burgueses, cercanos a Francia, a Inglaterra, o empresarios en prosperidad, los que prendieron fuego y atizaron las llamas de unas movilizaciones tendientes a imponer un régimen de libertades en este territorio.

La Ley del Timbre (Stamp Act) de 1765 imponía un puro impuesto sobre el consumo sin ninguna participación de las asambleas de colonos. Estas protestaron violentamente por ese desprecio a sus competencias. Declararon la ley anticonstitucional y exigieron para sí el derecho de todo ciudadano inglés a ser sometido a contribuciones solamente mediante una ley en cuya promulgación hubiera participado, al menos indirectamente, a través de representantes electos. Tuvieron lugar numerosas protestas, enconados reclamos. Debió ocurrir una ola de alegatos feroces para que el parlamento anulara un año después la Ley del Timbre.
Las manifestaciones contra la ridícula ley, no serán para la historiografía posterior, sino los gérmenes de la Guerra de independencia (1775- 1781).

Cuando en 1773 se aprueba la Ley del Té, que beneficiaba a la Compañía Británica de las Indias Orientales, algún grupo de norteamericanos cometió un acto-proclama: arrojaron al mar las 342 cajas de té que llevaban tres barcos anclados en Boston . Éste fue llamado el “motín del té en Boston” y señala el primer acto de abierta rebeldía contra el Gobierno de Londres. Como respuesta, las autoridades clausuraron el puerto hasta que la ciudad pagara los perjuicios y deudas. Pensando que era agua, quisieron apagar el conflicto con gasolina. Había iniciado el primer choque de trenes.

*

Los colonos en 1774 en Filadelfia organizaron un Congreso para evaluar el estado de la situación. Desobedecerían las nuevas leyes británicas e boicotearían en lo posible el comercio; empezaron a buscar armas para defenderse de las represalias. George Washington resultó electo comandante el jefe. En agosto de 1775, Jorge III declara que las colonias se encuentran en estado de rebelión. En enero de 1776, con la proclama más ardiente de la revolución. Common Sense, Thomas Paine exhorta a los colonos a que luchasen abiertamente por la independencia y a que se manifestaran por la forma de gobierno republicano.

Es en 1776 cuando los defensores de la intendencia obtienen mayoría en el Congreso; y en julio 2, el Congreso Continental establece por unanimidad: “Estas colonias son, y por derecho deben ser, Estados Libres e Independientes”. Dos días luego, el 4 de julio se proclama con bombo y platillo La Independencia. La Declaración de Independencia, redactada por Thomas Jefferson, enarbolaba las garantías fundamentales del hombre. Marcó el comienzo de una guerra que hubo de durar seis años sólo para convencer a la Corona británica de la necesidad de reconocer la independencia del territorio norteamericano.

La guerra civil se había extendido hasta llegar a ser una guerra naval internacional. También el gobierno español declaró la guerra a Gran Bretaña en junio de 1779, después de que el gobierno londinense se hubiese negado a corresponder a la neutralidad española con la entrega de Gibraltar. Los holandeses no compartían la opinión británica de que el material para la construcción de buques era contrabando, y en diciembre de 1780 el gobierno británico declaraba también la guerra a los Países Bajos.

Llegando a 1783, en París se firmaron tratados de paz. Éstos aportaron escasas ganancias territoriales a las potencias victoriosas de Francia y España, porque no habían derrotado a Gran Bretaña en el sentido tradicional. Sino con un artilugio llamado EE UU. No obstante, con el reconocimiento diplomático por parte de estas potencias europeas, los americanos alcanzaban el fin supremo de la guerra.

*


Diecinueve años transcurrieron desde las primeras protestas contra el plan inglés de convertir estos territorios en simples colonias cuyo único fin era servir a los intereses económicos de Inglaterra, hasta la consumación de la declaración de independencia. La Declaración ponía luz sobre una realidad inhumana presente en la Colonia Inglesa. Pero se quedaba callado con respecto a la forma que había de adoptar políticamente el naciente Estado.

Entre los documentos tomarse en cuenta para la tarea de aproximarnos al primer sistema de gobierno en EE UU, es oportuno recordar una lista de derechos elementales de Geroge Mason, la Declaration of rights, aprobada por la Convención de virginia el 12 de junio de 1776. Contenía las mismas declaraciones de principios que se expresaban en la Declaración de independencia; prohibía los cargos hereditarios, garantizaba la división de poderes, la elección frecuente de representantes, los tribunales de jurados, la libertad de prensa y la libertad de cultos. Asimismo, son dignas de mención las constituciones que independientemente promulgó cada uno de los 11 estados de la unión americana. Todas a una, dividían al gobierno en poderes ejecutivo, legislativo y judicial, y garantizaban la independencia de la administración de la justicia mediante la ilimitada duración de los cargos de los jueces supremos. En la mayoría de las constituciones el poder ejecutivo quedaba subordinado al legislativo. Los diputados tenían que presentarse cada año a nuevas elecciones. Los senadores permanecían en sus cargos, según sus estados de procedencia, de uno a cinco años. La mayoría e los gobernadores sólo eran elegidos igualmente por un año. La mitad de los estados fijó en la Constitución los métodos para la reforma de la misma. El nuevo sistema habría de conservar su capacidad de aprendizaje, lo cual incluía a los legisladores.

Incluso, con tener atribuciones mayores a las del ejecutivo, el legislativo unicameral estaba limitado por la misma constitución: debía resolver los conflictos entre los estados; organizar los ejércitos en mar y tierra y declarar la guerra y la paz; firmar tratados pero sin perjudicar los distintos aranceles de importación, y exigir contribuciones a los estados de acuerdo con su número de habitantes blancos.

A partir de 1776 la clase media proporcionó un número cada vez mayor de representantes de los estados y la federación. Fue disminuyendo sensiblemente la influencia política inmediata de las capas altas de la sociedad. Inició la democracia.

Imperfecta como entonces, imperfecta como ahora, imperfecta como siempre, la democracia vio la luz casi de manera fortuita. No fue deliberado el hecho (hasta donde yo tengo noticia) de que los estados conformadores de la unión americana se hayan querido bienquistar mutuamente, por lo adoptaron una misma constitución que, en su semilla, presumía el principio de la misma variedad de democracia a la que aspiramos hoy: las votaciones para quitar y poner mandatarios. El análisis de las primeras elecciones norteamericanas nos permite concluir que ellas, con ser hijas de una guerra independentista, son nada menos que, al presente, la aspiración máxima no nada más del propio EE UU, sino del resto de la América.

Las primeras elecciones no se celebraron sin arduas discusiones previas. Cuáles políticos preferían aquel método de democracia indirecta; cuáles otros se mostraban complacidos con otra fórmula electoral. Finalmente, de decidió que votaría el pueblo, pero sólo para elegir, a su vez, electores. Éstos luego sufragarían por un candidato a presidente. De modo que la influencia del pueblo tendría peso, pero el voto final descansaría en el juicio sobrio de los electores, quienes se supone, serían más sabios que la población en general. Aplicada la metodología, Goerge Washington fue electo mandatario de Estados Unidos por unanimidad, y el segundo que obtuvo más votos, John Adams, ocupó el cargo de vicepresidente. Pasados los cuatro años de Washington en el poder, Adams también ocuparía el primer puesto público.

*


Alguien me formula la pregunta que motivó este ensayo:
¿cuáles fueron los problemas que enfrentaban los Estados Unidos al concluir el proceso de independencia y de qué forma lo resolvieron?

Al calor de los acontecimientos expuestos, no puedo menos que discriminar algunos problemas para centrar estas últimas palabras en la relación de dos conceptos. Prescindir de los líos sociales (aunque es grave dejar de mencionar el racismo), de los graves conflictos económicas y, por fin, de las habituales escaramuzas bélicas de aquí y allá en EE UU, tiene un fin: destacar dos asuntos que no pueden ceñirse sólo a la posguerra americana.

Independencia y democracia. El episodio histórico designado con la palabra "independencia" ha logrado consenso por comodidad lingüística y por convención histórica. Esto es, la independencia de Estados Unidos como país libre de ataduras extranjeras, no tiene lugar en un momento preciso, gracias a tal o cual intervención heroica de algún personaje cuyo rostro aparece hoy en un billete de dólar; tampoco se puede llamar plenamente independencia. Para muestra un botón. Los resuellos y las babas ardientes de una bestial Europa herida, fueron los fenómenos que provocaron la grave crisis económica de Estados Unidos una vez concluidas las asonadas bélicas. Tuvieron que morir miles, lo cual en ningún tiempo histórico tiene justificación válida (ni por “una buena causa” o “un gran ideal”), para conseguir la independencia de su país. ¿Independencia? ¿Y el apoyo a otras potencias europeas que, en pleito con Londres, vieron a Estados Unidos como el talón de Aquiles del enemigo?

Estados Unidos adquirió compromisos. ¿No cambiaron los güeros sino tan sólo de dueño? Quizá. Escapa a las dudas, sin embargo, algo, a saber: que escondieron sus temores bajo el novísimo y bello concepto de democracia. Elegir presidente y legisladores cada cierto tiempo bajo métodos con los que la generalidad se halla conforme era entonces, es ahora y será siempre, un irrecusable adormecedor. Se piensa que votar y ser votado es un regalo cuasidivino. Pero no lo es tanto.

Baste un ejemplo. Para llegar a ser legislador de los nacientes Estados Unidos no era requisito indispensable ser propietario y blanco, porque no lo marcaba la ley, pero no hubo sino hasta entrado un siglo después, únicamente legisladores con estas características, invariablemente. Democracia cerrada… democracia abierta… Democracia imperfecta, cuya única característica en tanto democrática es emitir y contabilizar votos. Nadie ha dicho aquí votos razonados, votos limpios, votos ciudadanos.

Con signos de interrogación, ay, me veo respondiendo al cuestionamiento original: Latinoamérica, con México a la cabeza, es heredera de este imperfecto (pero perfectible) método electoral democrático. Y aspira llevarlo hasta sus últimas consecuencias. ¿No es la democracia gringa, hija de la independencia, el más dudoso de los logros?

chac mool: 25 años*

*Crítica musical aparecida hoy en Milenio.


Quien fuera productor y promotor del grupo, presentó ayer el resultado de muchas noches de desvelos: una caja con las réplicas de los cuatro discos oficiales y un disco extra con material inédito.

“Fue casi como La pasión de Cristo, pero con doble dosis de azotes para que finalmente saliera”, dijo Návar ante un grupo de periodistas y amigos. Asistieron los integrantes originales, Jorge Reyes, Armando Suárez, Carlos Alvarado, Mauricio Bieletto y Carlos Castro, así como Moisés Palacios, quien cantó en una segunda etapa del grupo.

Alvarado aclaró que la caja sale 27 años después de que Chac Mool dio su primer concierto. Agotada la primera edición de tres mil ejemplares se prepara otra con una cantidad igual de copias. Muestra de que, como señala David Cortés, ele grupo “sigue siendo una de las piedras angulares no sólo del rock progresivo nacional, sino de la escena entera.”

Para Jorge Reyes la recopilación “es una especie de homenaje a un grupo muy importante. En una época en que el rock no se grababa ni se presentaba bien, era muy difícil que los grupos tuvieran contacto con una gran disquera. Los conciertos eran en hoyos fonquis, garages, establos y en lugares que más bien incitaban a que se diese una relación violenta con el público, con las autoridades y con la prensa”.

Chac Moolfue un parteaguas en la historia del rock en México: además de editar Nadie en especial, Sueños de metal, Cintas en directo y Caricia digital, lo hizo con canciones en español y ciñéndose a un estilo que defendieron a ultranza. De alguna forma fue el inicio del respeto hacia el rock nacional.

Mucho se ha insistido en que Chac Mool debería de reunirse de nuevo para tocar o hacer un nuevo disco, aunque algunos músicos están renuentes. Mientras regresemos a estos discos cuya frescura en ocasiones puede parecer naif pero tiene el sello de un grupo original.

por Xavier Quirarte

enero 30, 2007

Presencia de Garibay

Entrevista con Luis Corrales Vivar, a su vez entrevistador de Garibay.

Pende en la pared una carta firmada por Ricardo Garibay. Tiene fecha de 1997, dos años antes de la muerte del maestro. En ella le agradece al arquitecto Luis Corrales Vivar su amistad, su paciencia y sapiencia. El estudio está rodeado de libros, discos, revistas, casetes desde el suelo hasta el techo. Al centro, un escritorio sirve de defensa al arquitecto, o más bien, al columnista, lector profesional, promotor cultural y catedrático universitario (arquitecto en adelante) que es Luis Corrales.

Quien los recuerda, sabe la importancia que tuvieron los
Diálogos hidalguenses a inicios de la década pasada en nuestra entidad. En ellos, Ricardo Garibay y Luis Corrales platicaban cada semana en el canal televisivo local sobre las Pasiones del Hombre. De ahí derivó un libro homónimo de dicho programa: Diálogos hidalguenses.

La fortuna hizo que, en un año de programas sin interrupción, Luis Corrales trabara amistad “de respeto pero de veras” con don Ricardo Garibay, el de Tulancingo Hidalgo. A seis años de su muerte, el arquitecto platica quién era Garibay, cuál era su relación con Hidalgo del cual, “Ricardo Garibay sentía profundo cariño”. “Incluso, dice el arquitecto, una ocasión el gobernador Jesús Murillo nos invitó a pasear en helicóptero. Fuimos a la sierra tepehua, luego fuimos a la huasteca y al final a la Sierra alta. A propósito regresamos por la Sierra alta para volar por Metztitlán. Y me consta que el maestro, cuando el gobernador le dijo ‘maestro ahí está su pueblo’, Garibay derramó lágrimas. Vio desde arriba la población donde había gozado tanto tiempo su niñez. Se acordó de su madre, de su familia, y se conmovió profundamente.

“Cuando llegamos de ese largo paseo de todo un día volando sobre nuestro estado, llegamos a las cinco de la tarde. El gobernador se fue a la Ciudad de México y nosotros a comer. El maestro venía totalmente cambiado; él decía que el gobierno no debería hacer giras porque le parecía que se perdía el tiempo. Pero después de ver la orografía se dio cuenta que era imposible que llegaran los libros, la educación, las obras... a todas esas miles de pequeña poblaciones. Vio qué difícil era llegar a determinada población, porque en kilómetros no habíamos visto camino alguno, sino simples montañas.

“Ahí cambó su punto de vista. Y partir de ese momento tuvo mayor conciencia del tiempo que no le había dedicado a su estado. Pero ya era tarde: él era un hombre grande y lo único que hizo fue afirmar esa pasión que sentía por nuestro estado, al grado de que en un programa dijo: que alguien había dicho que él no amaba Hidalgo, pero que lo contradecía por entero, que él sentía sus raíces profundamente en nuestro estado.

“Fue un hidalguense de cepa. El tipo de hidalguense que trasciende y pone en alto el nombre de su tierra.”

Garibay el amigo
“Don Ricardo era una persona difícil de tratar”, abre Luis Corrales la plática. “Aparentemente tenía un carácter fuerte y respondía con demasiada firmeza, y era muy claridoso, es decir, no se medía con sus opiniones. Pero lo que lo salvaba eran dos cosas: en primer lugar, su gran calidad cultural; es decir, el gran acervo con que contaba le permitía dar opiniones muy precisas. Y por otro lado, era un hombre que, ya tratándolo, tenía el carácter muy bondadoso. No era aquél hombre que aparentaba ser. Yo le llegué a decir que su actitud de viejo enojón era una coraza con la que defendía su alma de niño. Y, por su puesto, que se enojaba cuando le decía eso”.

-¿Cómo nació su relación con el maestro, cómo fueron sus experiencias mutuas?

-Decía que muy poco le había entregado a su estado, por eso tenía esa tentación de hacer algo: penaba que hacer un programa de televisión en donde él actuara sería bueno.

“Yo consulté el asunto con la autoridad de gobierno, y me autorizó por supuesto que se hiciera. Y así hicimos un programa durante un año, durante el cual lo traté cada mes.

“Tuve la oportunidad de tratarlo como un amigo, y para mí fue una experiencia inolvidable porque aprendí mucho de él, era un pozo de sabiduría: se había pasado toda la vida leyendo y escribiendo.”

-Además de la literatura, que es evidente, ¿qué temas le apasionaban al maestro?

-Después de la literatura, que era el fundamento de su vida, para lo que vivía , para lo que existía; después de ella, le interesaba mucho la política. Conocía mucho de política nacional.

“Pero no se metía, le apasionaba pero no participaba. Era un crítico, un opinador. Nunca tuvo deseos de entrar en ella, porque su vida era simplemente leer y escribir. Él mismo decía que se pasaba diez horas diarias leyendo y escribiendo. Y la fama y el prestigio que tenía, le permitía (en los últimos diez años de su vida, no antes) tener una vida económica desahogada, y se podía dedicar a escribir y a leer todo el día.

“Luego de la literatura, no le interesaba nada, ni la religión, ni el deporte, no le interesaban los espectáculos.”

El “Samurai de Cuernavaca” escribió un guión para cine sobre la vida de Rubén Olivares, llamado Las glorias del Gran Púas. Él admiraba al “Púas“ Olivares: boxeador varias veces campeón nacional. Y es que Ricardo Garibay también había sido boxeador.

“Sí le gustaba el box. Pero no le interesaba ese box de la televisión; tampoco quería saber lo que estaba pasando en los escenarios. Pero él había sido boxeador. Todavía a los 60 años practicaba. En su jardín de Cuernavaca practicaba. Se reunía con un sparring, que tenía costumbre de asistir ahí, y se daba unos rounds. Y sí, era bueno para el deporte del pugilato.”

Garibay: el grande desconocido
El autor de las novelas
La casa que arde de noche y Par de reyes nunca tuvo el Premio Nacional de Literatura, ni el Herralde de novela, ni el Premio Mazatlán, ni el Aguascalientes. Salvo unos contados, no tuvo reconocimientos. Lo que es más, los criticaba, y, de paso, despreciaba a los galardonados. Sin embargo, parece, le hubiera encantado recibir alguno.

-¿Le habrán faltado reconocimientos al maestro?

-Un día platicamos de eso, y me dijo que a él no le importaban los reconocimientos excepto el premio Nobel. Pero se reía inmediatamente. Él decía que había una especie de mafia en la entrega de premios de la literatura mexicana que controlaban cuatro o cinco escritores. Que ellos decidían quién ganaba, y que, por su puesto, lo tenían excluido. Aunque le dieron varios premios en el interior del país, realmente él despreciaba muchos de los premios convencionales que había. “Decía que estaban planeados, que era más política que reconocimiento a la calidad literaria.”

-El hecho de que el maestro sí quiera a su estado me causa sorpresa porque él mismo aborrecía ese sentimiento que llamaba de “mexicana provincia”. Y lo culpaba precisamente de muchos problemas presentes en el pueblo mexicano.

-En el aspecto cultural hay una enorme diferencia entre los círculos de la Ciudad de México y los que se dan en los estados. Hay mucha chabacanería, mucho entreguismo al oficialismo.
“Él consideraba que la única forma de estar al tanto de las corrientes literarias era vivir en el Distrito Federal. Pero sí quería mucho al estado. Incluso en sus últimos diez años de vida (le sucede mucho a las personas, que en sus últimos años busquen sus raíces), y él las encontraba en Hidalgo.

“Su madre era de Metztitlán, y luego vivieron en Tulancingo por un trabajo que le ofrecieron a su padre, y ahí nació él accidentalmente. Pero en vacaciones de niño venía a Metztitlán a casa de sus abuelos. Y él consideraba a Metztitlán como su origen como su cuna. Él decía: “Caminar entre las calles de Metztitlán es como entrar al torrente sanguíneo del cuerpo de mi madre”.

Odios y amores
La gran pasión del nacido en Tulancingo en 1923 era sólo una: La literatura. Él lo decía: admiraba a los autores franceses, ingleses, rusos, japoneses. Era un gran conocedor de la literatura japonesa. También era un gran conocedor de los autores del Siglo de Oro español. Admiraba a Lope de Vega, a Calderón de la Barca, de Garcilaso de la Vega.

“Despreciaba, en cambio, a poetas modernos, explica Luis Corrales. Ésa era una de sus características. Peleaba conmigo porque yo admiraba a Neruda, porque le mencionaba a Octavio Paz. A Carlos Fuentes lo trataba mal en sus opiniones. Porque él se sentía mejor que ellos o al nivel de ellos. Pero como ellos estaban en los premios, y con los homenajes, seguramente le causaba envidia profesional natural. Pues él era igual o mejor que ellos.

-¿Vivía apasionadamente?

-Con mucha intensidad. Era un intenso fumador. Era un buen bebedor. Había bebido bastante y bien. Sabía beber. No era un dipsómano ni mucho menos. No cayó en el alcoholismo ni de lejos. Bebía a la usanza europea. El europeo bebe diario, bebe coñac, bebe brandy, bebe whisky... y, sin embargo, no es borracho. Y don Ricardo era un buen bebedor de buenos vinos, de vino tinto. Nunca se extralimitada. Acostumbraba cenar con vino, y en una ocasión que estuve con él, tenía a la concurrencia en absoluto silencio escuchándolo.

-¿Cómo era su relación con la parte espiritual, mística, que él admiraba tanto en las letras?

-En ese sentido él era un poco contradictorio. Por una parte se declaraba no religioso, ni practicante, e incluso no creyente; siendo de una familia sumamente católica, en donde, cuando niño, rezaban diario el rosario hincados. Tenía una educación religiosa “de veras, arquitecto, me decía, no crea que como ahora que son católicos y no practican, no, mi madre nos hacía rezar a diario”.

"Sus hermanos eran muy católicos, y yo pienso que sen su interior él también tenía fe, pero se había abandonado de ello. Sin embargo amaba la literatura religiosa o, como él la llamaba, mística; como san Juan de la Cruz, fray Luis de León, Santa Teresa de Jesús. Pero también adoraba pasajes de la Biblia. Decía que el Cantar de los cantares era el mejor poema que el hombre pudiera escribir. Tenía sumamente estudiado el libro. Amaba ese poema."

enero 29, 2007

Juan C. Doria. En un aniversario más.



De todos, el primero

Juan C. Doria, gobernador interino de Hidalgo


Nace el estado de Hidalgo el 15 de enero de 1869. El presidente Juárez decretó (de acuerdo con el diario oficial) que la hasta entonces Segunda Jurisdicción del Estado de México pasaría a convertirse en un nuevo estado de la Federación, con el nombre de Hidalgo.

Artículo único: Queda definitivamente erigido en nuevo Estado de la Federación con el nombre de Hidalgo, la porción de territorio del antiguo Estado de México, comprendido en los distritos de Actopan, Apan, Huascazaloya, Huejutla, Huichapan, Pachuca, Tula, Tulancingo, Ixmiquilpan, Zacualtipán y Zimapán, que formaron el Segundo Milintar, creado por decreto de 7 de junio de 1862. (1)

Todos estos distritos dejaron de estar bajo la jurisdicción del Estado de México; y sin así y todo, la propuesta original separatista sugería a estos 11 distritos el añadido de otros tres: Otumba, Texcoco y Zumpango. Al final, el decreto del Congreso de la Unión (periodo 1867-1870), determinó que Hidalgo sería un estado de la Federación, independiente al Edomex., y se compondría por 60 municipios y 502 mil 125 habitantes (2). También se dividió al Estado de México en un tercer espacio, llamado Morelos.

De acuerdo con los discursos que se oyeron en la tribuna de legisladores del Congreso nacional, la separación del Estado de México en tres territorios obedeció a que su capital, Toluca, aglutinaba, primero, todos los poderes y estaba aterradoramente alejada de zonas como la Huasteca, y segundo, a que la administraban personalidades provenientes de la Ciudad de México, cuya ignorancia de las distantes regiones a su cargo era absoluta.

A juzgar por los razonamientos vertidos entre los diputados unionistas (que pugnaron por la no-segregación), había un descorazonador presagio de que el nuevo estado de Hidalgo sucumbiría de inmediato por causa de su carencia de medios de subsistencia, y que el Edomex (despojado de sus territorios) sufriría una no menos importante precipitación, principalmente económica. Legisladores como el diputado Montiel en su discurso del 21 de mayo de 1968 (cuando la discusión separatistas vs. unionistas era espumosa), tenían un motivo central para desconfiar de la propuesta separatista. En principio, los datos presentados por políticos y personajes del Segundo Distrito, tales como Antonio Tagle y el diputado Manuel Fernando Soto, sus datos eran más retóricos, políticos, sociales y humanistas, que económicos o estadísticos; y el puñado de informaciones de este tipo databan de al menos tres lustros atrás. Súmese a esto que la propuesta de un nuevo estado de Hidalgo tendría mayor número de habitantes, municipios, metros cuadrados de territorio, distritos… (3), mismos que le serían arrancados de golpe y porrazo al Edomex.

El artículo 72 de la Constitución de 1857, en su fracción tercera precisaba 4 requisitos para crear un estado nuevo: Primero, que dicha creación fuera solicitada por 80 mil habitantes como mínimo; Segundo, que se justificada plenamente que ese nuevo estado tenía los elementos necesarios para su pervivencia en todo sentido; Tercero, oír el parecer de las legislaturas a cuyo territorio afectada la decisión, y Cuarto, que la creación fuera ratificada por la mayoría de las legislaturas de los estados.

No sin rispidez durante las discusiones legislativas, al final se cumplieron todos los requisitos. Por eso el Congreso estuvo en condiciones de dictar una serie de Acuerdos Económicos definitivos el 17 de marzo del año previo al decreto de erección. Estos acuerdos dieron pie al paso siguiente: la irreversible creación de los estados libres y soberanos de Morelos e Hidalgo.

Al mismo tiempo que se deliberó sobre crear o no Hidalgo, los congresistas enfrentaron dificultades para elegir la forma como habrían de establecerse los poderes ejecutivo, legislativo y judicial de la naciente entidad. Ejemplo inmejorable es el revuelo entre legisladores para determinar cómo se elegiría al nuevo gobernador. Todos querían sacar partido de la coyuntura.

“El debate realizado en la sesión del día 4 de enero de 1869 (tan sólo 11 días antes del decreto formal), respecto del artículo 1º de los Transitorios del proyecto de ley contenido en el dictamen relativo a la erección del Estado de Hidalgo y que se refiere al nombramiento del Gobernador provisional y la elección de diputados y gobernador del nuevo Estado.”(4)

En este párrafo Juan Alberto Flores recuerda una discusión en la que varios diputados aferrados (dueños, por otra parte, de una oratoria decimonónica), apelan centralmente sobre la conveniencia de nombrar a un gobernador electo cuya posibilidad de reelegirse tenga o no validez. El eje de la apasionada discusión es: ¿el gobernador interino tiene constitucionalmente, la facultad de reelegirse? Unos argumentan que no, con base en la Constitución de México. Otros argumentan que sí, a partir del mismo documento. Por momentos, la discusión se desborda hasta lo lenguaraz y el manotazo. Termina, para bien de la historia mexicana, con la aprobación de una serie de artículos transitorios en el decreto de erección de Hidalgo (suprimiendo el primero, cuyo tema escapa al fin de este trabajo):

Artículo 2º. El gobernador provisional no podrá ser electo popularmente para el mismo cargo, y quedará obligado a dar cuenta de los actos de su administración ante la Legislatura que se elija en el Estado.
Artículo 3º. Se convocará a la Legislatura con el doble carácter de constituyente y constitucional.
Artículo 4º. El ejecutivo nombrará cinco magistrados en la Legislatura del Estado de México, de los diputados electos por los distritos que se segregan.
Otro transitorio. El ejecutivo, con aprobación del Congreso, nombrará un gobernador provisional que se encargue de expedir la convocatoria para el nombramiento de diputados a la Legislatura y gobernador del nuevo Estado, y de regirlo mientras se instalan los poderes que se elijan popularmente. […].
El siguiente transitorio. El gobernador provisional no podrá ser electo popularmente para el mismo cargo, y quedará obligado a dar cuenta de los actos de su administración ante la Legislatura que se elija en el Estado.

El 21 de enero del mismo año, Juárez nombra gobernador electo a Juan Crisóstomo Doria, que en esos momentos se desempeñaba como diputado federal por el distrito de Linares, Nuevo León, y que apoyó en todo instante la creación de Hidalgo. Cuando Mariano Escobedo fue gobernador de Nuevo León, Doria se desempeñó como secretario de gobierno y de forma interina fungió como gobernador de aquel estado. Doria llegó a Pachuca el 27 de enero y de inmediato comenzó a atender los asuntos más urgentes de la administración pública, la seguridad de la capital, la educación, las comunicaciones, etcétera.

Lo exigía su cargo y convocó a elecciones que se realizaron el 2 de mayo. Se habían postulado seis candidatos. Obteniendo 434 votos, obtuvo el triunfo Antonio Tagle, seguido de Manuel Fernnado Soto con 144 votos; Justino Fernández con 80 votos; Cayetano Gómez y Joaquín Martínez con tres sufragios cada uno, y Pascual Carbajal, con un voto.

Al cabo de su brevísima administración, y observando lo que le exigía el segundo transitorio al ser nombrado, Juan C. Doria rindió su informe de actividades ante el recién electo Congreso local (5). En estos términos se expresó:

Sinceramente adicto a las instituciones que nos rigen, y celoso del cumplimiento de mis deberes en cualquiera esfera en que me encuentre colocado, me es altamente satisfactorio cumplir con el que me impone el artículo 2º de los transitorios de la ley de 16 de enero último, dando cuenta de los actos de mi administración al Congreso del Estado. (6)

A propóaito del alance que mostraba la la Hacienda estatal, según los propios documentos que presentó Juan C. Doria, se puede concluir que fue la mejor nunca antes vista; debido esto a lo quisquilloso de Juan C. Doria con respecto a sus recaudadores instalados en cada distrito. De su exigencia da cuenta el episodio cuando el administrador de Apan tuvo que ser removido de su cargo por no haber satisfecho al gobierno estatal las explicaciones que dio sobre la extracción de los caudales de su oficina por una piqueta de sublevados. El hecho llegó a investigarse por el juez de 1ª instancia del mismo distrito.

La recaudación de los primeros meses en que doria gobernó fue así: en el corte de caja de febrero, arrojó mil 280 pesos; en marzo, 21 mil 651 pesos; y en el último mes de su trabajo, abril, 28 mil 93 pesos.

Con respecto al tema bélico, en su discurso Juan C. Doria da explicación del único, pequeño cuerpo de guerra que existía en el estado. Éste se componía por 50 infantes en Pachuca y 20 dragones (7) en Actopan. Con este escuálido equipo, el gobernador interino detuvo a una banda que en Apan estalló un movimiento revolucionario local. “El estado se presentó imponente, y los sublevados no pudieron ocupar ninguna población de importancia, sin embargo de que su número excedía de doscientos cincuenta hombres”, detalla Doria.

Puesto que el presidente Juárez nombró cinco magistrados nuevos, se detuvo la justicia por algún tiempo en Hidalgo. Enterado de esto, de inmediato Doria mandó se trasegaran los archivos ubicados en Toluca, para iniciar los procesos judiciales nuevamente, instalando servicios judiciales en cada uno de los distritos políticos. Firmado por el secretario de justicia C. Robert. el Estado que manifiesta le número de causas despachadas y pendientes en el Tribunal Superior del Estado, desde el 2 de marzo del presente año a la fecha, este documento informa haberse girado 246 sentencias, más 329 casos en trámite al corte en abril.

Es el tema de gobernación al que Doria otorga principalísimo lugar. Y por eso, el informe al respecto lo desmenuza para poderlo explicar, uno por uno, cada tema. Por lo que hace a seguridad pública, a la instrucción educativa, al la guardia nacional, los indígenas, el reregistro civil y catastro, así como las mejoras generales, el estado de la minería y las elecciones, se puede afirmar sin temor a equivocarnos, que durante los tres meses que gobernó Doria, tuvo frutos inmensamente mayores al breve espacio de tiempo que estuvo al frente del gobierno.

Especialmente sensible fue C. Doria sobre el tema de las elecciones. Hoy, a casi siglo y medio de distancia, debemos reconocer el espíritu mesurado, republicano y austero del espíritu que fue Doria. Hizo lo necesario para cumplir su primera promesa cuando rindió protesta como gobernador interino: permitir que las elecciones tuvieran lugar libremente, entre ciudadanos informados. Para ello, recordemos, en el distrito de Actopan tuvo que suspender al jefe político del lugar por haber llegado al conocimiento de Doria que se hacía jugar en las elecciones la influencia de la autoridad que ejercía.

“En todos los demás distritos ha sido enteramente libre y franca, y los representantes del pueblo han tomado ya en consideración las diversas protestas que algunos electores en el terreno legal han presentado.”

Observar hoy la figura señera de Doria en el rubro político-electoral que protagonizó, me obliga a pensar en qué hubiera sido de nuestro estado de Hidalgo, si hubiera tenido por gobernador seis años más al ilustre personaje. Predilecciones aparte, pienso en un estadista de gran talla gobernando nuestro estado, cuya historia ha pasado a trote de caballo veloz entre. ¿La reelección de Doria hubiera sido lo deseable? Tal vez. Pero la reelección (y menos suciamente) no cabían en él. Por breve y firme, el primer gobernador permanece en la memoria.



Fuentes y notas:

(1) Flores Álvarez, Juan Alberto. “Proyecto de Ley” en Expediente sobre división del Estado de México y formación de uno nuevo con el nombre de Hidalgo… Universidad Autónoma del Estado de Hidalgo (UAEH), Pachuca, México: p. 125.

(2) Ballesteros García, Víctor Manuel. Síntesis de la creación del estado de Hidalgo. UAEH, Pachuca, México: p. 13.

(3) _______ p. 14.

(4) Flores Álvarez, Juan Alberto. Ibidem. pp.: 137-165.

(5)Ballesteros García, Víctor Manuel (comp.) Juan C. Doria y el Instituto Literario.
Facsímil de UAEH. Pachuca. México.

(6) Doria, Juan C. Primer párrafo de su Memoria que el gobernador provisional del Estado de Hidalgo presenta al H. Congreso del mismo. 25 de mayo de 1869.

(7) Dragón: soldado que combatía a pie o caballo. Diccionario Larousse.

enero 24, 2007

Murió Kapuscinski, maestro del oficio periodístico


¿Lo recuerdan? Periodista polaco desde cuyos inicios, como reportero de diarios locales, causó revuelo por las duras (léase, inteligentes, insobornables) críticas al Poder. He aquí la nota publicada por Milenio hoy.

A los 74 años de edad falleció el escritor polaco, considerado el padre del nuevo periodismo y autor de libros imprescindibles para los comunicadores.

No fueron las balas en las oscuras calles de Ciudad de Guatemala ni las dictaduras que describió o alguna extraña fiebre africana lo que teminó con la vida de Ryszard Kapuscinski . A lo largo de décadas de trabajo como reportero nada jamás lo había alcanzado. Pero ese no fue el caso de la “grave enfermedad” que lo hizo fallecer ayer (martes), en Varsovia.

Reportero de un pequeño diario polaco, Kapuscinski se encontró con su sino a partir de sus propias obsesiones: salir de sus fronteras, recorrer el mundo y conocer a otros. Él quiere conocer Checoslovaquia, mas termina en la India como corresponsal y comienza a escribir su historia, según se cuenta en el más reciente título del periodista publicado en español Viajes con Herodoto (Anagrama, 2006).

En los años 1962-1972 trabajó como corresponsal de la Agencia de Prensa Polaca en numerosos países de África, Asia y América Latina, experiencia que le sirvió para escribir libros como Cristo con la carabina al hombro, sobre las rebeliones latinoamericanas; y La guerra del futbol, acerca de la contienda que libraron Honduras y El Salvador.

Fue también un viajero incansable por los rincones más remotos de Rusia, cuya realidad narró en su libro El imperio, en el que relató cómo se derrumbó la Unión Soviética y cómo vivían sus habitantes, con temor y esperanza.

Entre los galardones que recibió se encuentran el premio del Pen Club polaco en 1989 y el Premio Príncipe de Asturias de las Comunicaciones y las Humanidades en 2003.

Kapuscinski, que en los últimos meses vio mermada su salud hasta el punto de tener dificultades para andar y moverse, no dejó en ningún momento la máquina de escribir. Fue operado el pasado sábado y, según fuentes médicas, no se despertó de la anestesia sino hasta ayer. Sólo para morir.

Vida entregada al periodismo

La suya fue una infancia feliz, truncada por la experiencia de la Segunda Guerra Mundial en Polonia y la ocupación de Pinsk, la pequeña población en la que nació en 1932 —hoy parte de Bielorrusia.

Dueño de una mirada sobre el periodismo en la cual él se convertía en uno de los protagonistas de las historias, la obra producida por Kapuscinski llegó a considerarse “inclasificable”: en sus libros en los que se concentra la rigurosidad de la pluma del reportero, con la libertad del escritor de ficción.

La falta de lecturas en la infancia las suplió en la madurez, muchas veces llegó a comentar que su primer libro importante lo leyó hasta los 25 años de edad. Para El Emperador, su libro sobre Haile Selassie, el monarca etíope, leyó varias decenas de libros polacos escritos en la Edad Media, pues quería adquirir el lenguaje adecuado para describir el anacronismo de una corte medieval en el siglo XX.

Ese era Ryszard Kapuscinski, el hombre que ha sido llamado “El Reportero del Siglo”, una persona a la que Gabriel García Márquez denominó “maestro”. El reportero que, de alguna manera, toda su vida caminó descalzo, alejado de los lujos, apenas con una corbata con la que se le solía ver incómodo y siempre con la mirada atenta a su entorno.

Bibliografía escencial

• Viajes con Heródoto, Anagrama, 2006
• Los cínicos no sirven para este oficio, Anagrama, 2005
• El mundo de hoy, Anagrama, 2004
• Un día más con vida, Anagrama, 2003
• Los cinco sentidos del periodista, Fondo de Cultura Económica, 2003
• El Imperio, Anagrama. 2002
• Lapidarium V, Anagrama, 2002
• Desde África, Anagrama, 2001
• Ébano, Anagrama, 2000
• Lapidarium IV, Anagrama, 2000
• Lapidarium III, Anagrama, 1997
• Lapidarium II, Anagrama, 1995
• Lapidarium, Anagrama, 1990
• El Sha o la desmesura del poder, Anagrama, 1982
• El emperador, Anagrama, 1978

Tras la dimensión universal

“Cada vez que nos proponemos escribir acerca de un tema, debemos preguntarnos qué tiene de universal: cuál metáfora, símbolo o signo que nos permita pasar de lo pequeño a lo grande. Debemos hacer una reflexión porque sólo si encontramos este vínculo, este pasaje entre lo local y lo universal, nuestro texto tendrá peso y valor. Sólo así el lector descubrirá en nuestro texto, junto a la historia concreta, un mensaje universal, una pista que le ayude a descifrar las leyes del mundo.

¿Por qué algunos textos pueden vivir cien años y otros textos mueren al día siguiente de su publicación? Por una diferencia capital: los textos que viven cien años son aquellos en los que el autor mostró, a través de un pequeño detalle, la dimensión universal, cuya grandeza dura. Los textos que carecen de este vínculo desaparecen.

Conviene tener presente este requisito de universalidad también a la hora de recoger el material, mientras investigamos nuestro tema. Es una cuestión de talento, de intuición, pero también de amplitud de conciencia, de sabiduría. Y, sobre todo, se trata del secreto para que unos textos perduren y otros se pierdan en el olvido.”

* Fragmento tomado del libro Los cinco sentidos del periodista (FCE, 2003)

enero 23, 2007

El Villaurrutia, para Alejandro Rossi

Para los que recordamos a la Revista Vuelta no sino por su columna "El Manual del Distraído" y demás exquisiteces que hizo Alejandro Rossi entre el círculo de cercanos a Octavio Paz.

Nota publicada por
Milenio en enero 23:


El escritor fue galardonado por su obra
Edén. Vida imaginada, que es un relato minucioso de los "ritos de su primera infancia".
Alejandro Rossi siempre ha pensado que la literatura, más que un espejo de la realidad, es “una versión de ella en un medio muy distinto: el lenguaje, el cual contiene sus propias exigencias, reglas y tradiciones”.
Quizá por ello jamás se sintió sorprendido por las circunstancias que lo condujeron a escribir la novela
Edén. Vida imaginada (FCE, 2006).
En una plática concedida a
MILENIO Diario (11/4/2006), el filósofo recordó que en un viaje a Hamburgo, Alemania, a finales de la década de los 80, se encontró con una guía turística que lo llevaría a recorrer la ciudad, mas con el paso del contacto resultó que esa guía había sido una amiga de la infancia; aquel pasaje lo hizo recordar muchos días, ahora retratados en la obra.
“¿Cuál fue la madalena que despertó esta historia?”, se le preguntó en aquella charla: “Hay varias madalenas. La primera fue mi encuentro con la señora de Hamburgo. Eso fue algo increíble. Ahí dije: ¡Uy! Esta historia la tengo que escribir, pensaba hacerla más ajustada, pero cuando la comencé a escribir vi que tenía que ampliar el registro mucho más, no sólo para la efectividad de la historia, sino porque también yo exigía eso.”
Y precisamente porque en esa historia “despliega en forma entrañable y minuciosa los ritos de paso de la primera infancia y pone en escena las curiosas circunstancias en que la vida privada refleja los sucesos públicos”,
Edén. Vida imaginada fue galardonada con el Premio Xavier Villaurrutia 2006, de acuerdo con el acta del jurado, conformado por Juan Villoro, José Luis Rivas y Christopher Domínguez.
“La infancia es tremenda, es lo que tiene más peso. Hay una frase muy buena que dice: El niño dicta, el hombre escribe. El pasado existe y ahí está. No lo quiero anegar ni borronear. Todos esos viajes son para mí como diversas fuentes. Algunos tienen su patria de infancia demasiada cerca y a veces los envidio, la mía está lejana”, le comentaba en estas páginas a Jorge Luis Espinosa (
MILENIO Diario 11/4/2006).
Alejandro Rossi (Florencia, Italia, 1932) es autor de libros como
Un café en Gorrodona, Pluie de janvier, Sueños de Occam, El cielo de Sotero y La fábula de las regiones, si bien su raíz se encuentra en la filosofía, de ahí que no halle diferencias entre este género y la ficción: desde su perspectiva, ambas son literatura: “yo entiendo por literatura un abanico más amplio que la simple ficción”.
Naturalizado mexicano desde 1994 y miembro de El Colegio Nacional dos años más tarde, en la UNAM ha sido profesor de la Facultad de Filosofía y Letras, investigador en el Instituto de Investigaciones Filosóficas desde 1958, además de académico en instituciones como la Universidad Veracruzana, El Colegio de México, las universidades de Buenos Aires, Córdoba, Lima, Bogotá, Caracas, Mérida, Barcelona y Providence.
Convocado anualmente por la Sociedad Alfonsina Internacional y el Instituto Nacional de Bellas Artes y Literatura, el Premio Xavier Villaurrutia consta de un estímulo económico de 200 mil pesos.

México • Jesús Alejo

enero 21, 2007

Soledad, cárcel abierta*



A Martha, en su viaje por el Caribe



Hace varias semanas que no me drogo. Y sin embargo,
me como las uñas y me veo al espejo,
presa de las ansias.

Tanto me ahueca tu ausencia que no dudé
escribirte.

Apareces de repente, cuando una chica me sonríe.
Impides, estando lejos, que me desvíe.
Me tienes
entoloachado.
Drogas no me faltan: te extraño.
Eres ron que me muele lento, y solo,
sólamente tengo fuerzas
suficientes para empezar este año,
ansiando
verte.

*Título plagiado de un verso de Carlos Pellicer.

enero 19, 2007

Pachuca

Arribo a una hora imprecisa, cuando el sol ya desapareció pero antes de que anochezca por completo. De inmediato me pongo en busca de los viejos amigos (cuyos números de teléfono he ido perdiendo) sin obtener resultado. Raúl Alfaro, amigo de la prepa y alcohólico juvenil, no estaba en casa; para dar con José Emilio Pacheco (se llama como el poeta, pero es pintor) no hago esfuerzo, anda muy enamorado, y ¿los otros?… perdí sus direcciones.
Abrigo ánimos de beber. Por eso me dirijo rumbo al centro, a través de una renovada avenida Madero, cuya circulación vehicular se cambió por órdenes de un presidentito municipal: se diría que ya no es apta sino para los de casa y que todo fuereño expone la vida manejando por ahí, como me ocurrió cuando vi aproximárseme fanales de autos a toda velocidad. La suerte obró de mi lado y colocó una estrecha calle por la que entré. Se renovaron las intenciones de brindar con alguien. A tres pasos de ahí están unos billares, con inmejorable servicio de barra.
Se llaman Acosac. Es un sitio muy agradable para ser cierto. En la planta baja hay na tienda de raquetas, pelotas de básquet bol y tenis, en la calzada de Juárez. En los altos queda el lugar. Para llegar es preciso trepar en penumbras por unas escaleras de servicio, donde merodean ratas enormes que olisquean los zapatos. Pura calma. Nada del ruido infernal de los antros, cuyo punchis-punchis se escapa hasta las calles e impide dormir en paz a los vecinos.
Por toda iluminación, el interior tiene un tubo blanco oscilando encima de la barra. Hay dos televisores encendidos. En el día se acumula mucha gente que, a más de apostar en la carambola, va por probar la botana. De ahí que las mesas de dominó, limpiadas a trapazo, dormidas ahora, parezcan descansar de una tremenda orgía.
-Qué onda Frías. Milagrote. Qué te preparo.
-Una Victoria.
-¿Sal?
-Sal y limón. Y ron.
-Ah cabrón, ah cabrón… ¡No, sí vienes cabrón!
Charly Martínez está calvo. Perdió el cabello por tantas desveladas, según me confesó en otro tiempo, cuando trabajé en un periódico vespertino ruin, cuya sección cultural, aún más ruin, aparecía lunes, miércoles y viernes. Me quedaban, pues, muchas horas libres y a menudo frecuentaba sitios como éste, con los de la oficina: redactores de saco que tenían fructíferos enjuagues con los políticos. Era yo de 17 años cuando invitaron una linda mujer a que se desnudara frente a mí, embarrándome su raja aquí y allá por encima de mi ropa —que, escandalizado, tiré a la basura en mi casa. A los 18 me obsequiaron mi primer sexo oral, pagado. Para los 19 ya me había vuelto adicto a estos ambientes, no tanto por las mujeres como por las buenas personas. Por gentes como Charly.
Tomo asiento en la barra. A mi lado hay un señor licenciado de calva estilo Miguel Hidalgo y traje brilloso color café. Nos brindamos y ahí termina nuestra amistad. A mi izquierda hay un tipo más interesante. Por lo que escucho, se trata del dueño de un lugar donde se comercia sexo. Posee una mirada pícara e indecisa. Ya está a medios chiles. La boca se le rodea de barba con canas iguales a las de su cabello casquete corto ensortijado por atrás, como si obtuviera sus sagrados alimentos cantando narcocorridos en una banda grupera.
-Salucita, joven.
Brindamos y de dos sedientos tragos apuro hasta las heces el líquido del tarro.
-¿Me haces otra?
-Que si le haces otra al caballero. ¡Noyes, cabrón? —rompe en risa al decir esto. Hay que andarse con pies de plomo entre éstos, pensé. Uno no sabe en qué momento lo agarran descuidado y le abaten encima el peor de los albures.
-¿Y qué tal te ha ido? —me pregunta el Charly, en plan de amigos.
-Creo que bien—le miento—. ¿Qué tal por acá?
-¿Ya no sigues en el periódico, en el Mileño?
-¿En el tu leño? —nos alburea el de los caireles.
-Sigo. Pero hacía tiempo que no venía.
-Entonces ya no has visto a aquellos cabrones.
-Hace siglos.
-Ya se cambiaron de lugar. Ahora están acá por la 15 de Septiembre
-Supe que se cambiaron. Pero no sé a donde. ¿Adónde?
-Acá por Revolución. ¿Sabes donde quedan los velatorios del IMSS? ¿Ves que están en la mera esquina? Ahí enfrente venden pastes. Hay un puesto de periódicos. Bueno, en contra esquina: así. Ahí hay un zaguán blanco, la casa es amarilla pero el zaguán es blanco. No es zaguán. Es reja. Luego-luego se ve: está un pinche maquinón que trajeron del Paso, una rotativa, y ahí te sigues. En el fondo están las oficinas. Les va dar gusto verte. Vé.
El licenciado ha decidido marcharse. Batalló para que Charly aceptara su billete de cien pesos. Éste lo tomó a regañadientes, pero le invitó una última cuba con refresco Lulú amarillo.
- ...te digo que vi a tu chavo —le dice Charly, mientras prepara el último trago. Qué penoso tener que hacer plática con imbéciles como el licenciado o como yo o como el alburero de a lado. No sé, pero creo que el de Charly es un oficio de resistencia: no por tanta borracheras, ni por las desveladas, sino por tener que platicar incansablemente con idiotas.
- Su madre es una pendeja. No lo cuida y yo todo el día trabajando, pero sí me apura, no creas. Ya te dí su teléfono, ¿no? Por cualquier cosa te paso el de su casa. Es el 8…
-No. Con ése. —lo evade el Charly.
-Es que no tiene crédito; está castigado. Te lo paso.
-¿Y qué? Yo le marco y sí entran. Es local.
-¿Si?
-Sí, yo platico con él. Es que no, sí, te digo. Y está chavo. ¿Para qué andar así en la moto? Aquí viene a veces con sus cuates. También trae una chava. Me dijo que es su novia.
-¿Te conté que fuimos con la tía? Pues ese día me la presentó. Su papá tiene otros billares.
-Sí, me dijo. Y la hace más o menos. Le falta pero ahí va. Echamos una reta y bien. Dice que les gana a todos sus cuates. Pero nada más. Le falta. A los chavos les da miedo jugar con otros mejores, porque pierden. Entonces se quedan así y no avanzan. Les da miedo jugar con otros. Pero hay que arriesgarse. Como en todo, para ser más tallador hay que perder, y aprender.
-¿Es un arte, verdad? —dice el idiota licenciado. La sola palabra “licenciado” me parece odiosa.
-A mi me costó tiempo y dinero —sigue Charly—. Mi papá tenía billares. En el 77, 78, me iba al centro con cinco pesos, que era una lanota, y apostar. ¡Ah!, porque ahí hay puro vividor. La primera palabra que te dicen al llegar a un billar es “de a cómo”. Sí. No trabajan. Viven de los billares. Y de los cinco pesos, ¿sabes con cuánto me regresaba? Sin nada. Pero ya me había comprado mi torta y mi refresco. Era el puro gusto. Y aprender.
Voy al baño y cuando regreso, el Miguel Hidalgo ya no está. Pido la cuenta y pago.
-¿Dices que vas a estar unos días? El viernes le celebramos al Gordo. Te esperamos.
-Cuenta conmigo.
Salgo sin rumbo definido, con ganas de seguir. No pasa de la medianoche. Antes de irme camino a casa, entro a otro bar, de adolescentes idiotas que frecuentaba cuando preparatoriano. Aquí abunda la iluminación, la música de moda a tope; y los que están, están jugando cartas a grandes voces. No contienen las risotadas. Me acerco a la barra y pido sin saludar:
-Una Victoria.
-Sólo Indio y Sol.
-Indio.
Me la lleva a la mesa un alfeñique, de lentes enormes. Una copia de nerd. Se acerca a murmurar con los otros, seguramente de mi mal aspecto. De mis malos modales. ¿Alguno de éstos sabrá jugar al billar? ¿Conocerán la otra Pachuca, de calma inconmensurable y buenos amigos? Lo dudo. Creo que son como los que dice Charly: no salen de su grupo por temor a perder. Cuántos son así, me pregunto. Cuántos mediocres paseantes nocturnos somos así.

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Desde chico tenía ganas de escribir un diario, o algo así. Pero era cosa de niñas. Este blog es lo menos afeminado que encontré.

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