El blog de Luis Frías

junio 07, 2007

Infamia universal

Cegehacheros, familiares y algún que otro colado


Me pregunto a quién pudo haberle servido que la UNAM permaneciera “tomada” por unos estudiantes que, teniendo todo el derecho legal para manifestarse, lo ejercieron con extravagancia entre 1999 y 2000. ¿Al rector, al Poder central, al PRD al PRI o al PAN?, ¿o a las otras universidades que durante la “huelga”, han de haber recibido más estudiantes que nunca? Pues opino que el principal beneficiado no fue ninguno de ellos.

Conviene recordar la base sobre la que ocurrieron los hechos. El rector Juan Ramón de la Fuente y el Consejo Universitario propusieron en público un aumento a las cuotas estudiantiles. Lógica en principio, pues los estudiantes de la UNAM no pagamos sino 25 centavos por todos los años que deseemos estar calentando las bancas, la propuesta fue recibida como un balde de lava hirviendo. No es éste el lugar dónde ponernos a enlistar cómo iniciaron los hechos, ni los múltiples giros que tomaron (para eso existen tanto las crónicas que hizo Carlos Monsiváis para La Jornada y Letras Libres, como las decenas de cientos de publicaciones del momento, principalmente la revista Proceso); pero sí es éste el sitio para cuestionar cómo vienen terminando.

¡Quién ha podido extirpar de la memoria aquella desagradable imagen en el televisor con un tanque militar poniéndose en marcha sobre las calles vacías de Ciudad Universitaria!

Y sin embargo, la llegada de la milicia al Campus no es nada más achacable a los "pinches neoliberales" (Kolektivo Eskoria dixit: www.kolectivoescoria.blogspot.com) sino a los estudiantes mismos. ¿O ya no se acuerdan de las fotos y entrevistas que publicó Proceso? ¡Y vaya que la revista es izquierdosa! La foto que estoy revisando en estos momentos, muestra una botella de Pepsi retornable medio llena de alcohol mezclado con peyote. El frasco descansa en el pupitre de lo que fue un salón de clases: al fondo aún puede verse el pizarrón blanco, con un Gallito Inglés pintado con plumón verde... Los estudiantes tuvieron su parte de culpa: ¡o qué universitario con todos los tornillos en su lugar no habrá dado manotazos cuando hubo visto esta fotografía!

La realidad es que luego de diez meses de permanecer “tomada” la Ciudad Universitaria, un número de estudiantes infaliblemente alto (cuya precisión no me interesa investigar) se largó a otras escuelas. Otros, se pusieron a ver televisión y embarazar muchachas o a dejarse embarazar, según el caso, y volvieron al aula como si tal cosa. Pero a un puñado de 300 alumnos los expulsó el Tribunal Universitario; de éstos, 30 cegehacheros fueron denunciados penalmente. Uno de ellos, duerme en la cárcel desde la semana anterior —por segunda vez.

A Jorge Martínez Valero, ex estudiante de politología en la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales y enfermero general titulado A de Salubridad en Milpa Alta, se le ha dictado sentencia de cuatro años en prisión y una multa de 120 mil pesos. La pena temporal puedo entenderla; la económica, no. La jueza Isabel Cristina Porras, titular del 17 Juzgado de Distrito en Procesos Penales, dictó tres sentencias de las cuales una fue ratificada por el Primer Tribunal del Primer Circuito Unitario en Materia Penal, y eso llevó a la cárcel al cegehachero.

Con redoblada insistemcia me pregunto a quién carajos le sirve todo esto. ¿A qué tener preso a Martínez Valero? Aunque no le creo mucho de todo lo que este santo sostiene en su blog antedicho, es importante advertir que este encarcelamiento suyo, no es otra cosa que abono a la infamia universal que pesa en nuestra historia nacional, a saber, la de refundir tras las rejas a todo el que nos cae mal. La vergüenza no es para los políticos, que tienen muy poca, sino para la sociedad por entero.

Ahora bien, no hay que ir muy lejos, tenemos nuestros propios presos del naciente sexenio. Continúan encerrados en La Palma los hermanos Sosa (Flavio y Horacio), porque lideraron la -en modo alguno transparente- Asamblea Popular de los Pueblos de Oaxaca, APPO. Un juez les dictó una retahíla de delitos, entre otros, “daños a las vías generales de comunicación”. Qué descaro.

junio 04, 2007

Ramsés Salanueva abaut Abraham Chinchillas

El poeta, reportero de Milenio y promotor cultural (el orden no se qué demonio pueda saberlo) Ramsés Salanueva (Actopan, 1972), escribió el siguiente texto a propósito del hai kai Tráeme la noche, publicado recientemente por el amigo Abraham Chinchillas. Helo aquí. Lo publico sin su consentimiento, pero con las ansias de compartir con vos un ¿tesoro? que tengo en mis manos. Les debo la portada del libro. No dí con ella en ningún lado, y no tengo medio de digitalizar la del ejemplar que está en casa.


-Trazos de tinta-
Hai ku,
-Traeme la Noche-
de Abraham Chinchillas.

Por Ramsés Salanueva.

Hay un profundo diálogo de los animales con la naturaleza, original o trastornada, esta informática sólo puede comprenderse a través de la demiurjgia, es decir la alta magia, la ciencia de controlar los elementos en que se expresa el móvil del que hablamos, el otro es la poesía, el idioma del ancestral del TODO.

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Parece ser que la acumulación de los conocimientos más tradicionales del antiguo del templo de Isís, viajaron a la indochina. Los idearios religiosos que resultaron de este éxodo alcanzaron serias consideración sobre los arcanos de quién es Dios y para qué estamos aquí.

El Tao que puede conocerse no es el Tao.
La sustancia del Mundo es solo un nombre para el Tao.
Tao es todo lo que existe y puede existir;
El Mundo es solo un mapa de lo que existe y puede existir.
Las experiencias externas sirven para sentir el Mundo,
Y las experiencias internas, para comprenderlo.
Los dos tipos de experiencia son lo mismo dentro del Tao;
Son diferentes solo entre los hombres.
Ninguna experiencia puede contener al Tao
El cual es infinitamente más grande y más sutil que el Mundo.

Lo declara el Tao Tekin.

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La férula fulminante y el libro secreto con los que pueden revelarse estas maravillas pertenecen a un grupo de iniciados. No así la palabra, la cual también puede trastocar la materia con su poder de invocación, y crear configuraciones y estados de la física comprensibles a nuestra capacidad de credulidad.

En su forma más potencial, este conocimiento ha prevalecido los tiempos, a través de la enseñanza de antiguos conjuros poéticos conocidos sólo por los maestros de sectas y hermandades.

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Decir que el Hai Kai es uno de estas formulas, es una acierto a medias.


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Al parecer, el poeta Abraham Chinchillas conoce muy bien estas naturalezas mágicas y así mismo ha practicado su poder salmico. Luego de leer el prologo que él mismo agregó a su más reciente obra, titulada, Traeme la Noche, una amplísima colección Hai Ku, editada elegantemente por la Universidad Autónoma de Hidalgo, sabemos que, Chinchillas es un escritor dominado por la más alta tradición literaria del extremo asiático, donde la contemplación revela el sentido polar de las cosas que sólo se nombran.

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La esencia del Hai Kai y su utilidad en la comprensión del fenómeno poético, reside en su poder de medir, con exactitud cuántica, la realidad. Sólo lo necesario para ser. El ahora, el aquí, que según los físicos dura sólo tres segundos. El espacio perpetrado en su presente más pretérito puede leerse en 17 silabas, apunta Abraham.

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Encuentro novedoso la forma en que el poeta ha llevado al Hai Kai fuera de su hábitat estrictamente naturalista, y lo ha sometido a comprensiones sobre el hombre y la urbanidad, lo ha expuesto, con sumo éxito, a su más elemental antípoda.

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Dos obsesiones han sido reveladas en los libros del bardo; la mujer y la ciudad, imanentes, caras iguales de la misma moneda, un azar perdido pero necesario, fuera de ellos, el poeta no conoce más. Una de las composiciones que certifica esta condición se extrae de su "Ensayo sobre la redención":

Lobo amanezco
La ciudad es mi estepa
Tú mis rastro perdido.

Esta, es un época de modas literarias, los creadores pueden sucumbir a la búsquedas de otras tierras más allá de la tradición, algunos afortunados llegarán a islas que por más exóticas jamás llegarán a ser continente.

Abraham Chinchillas observa con declarada alergia, desde la plataforma continental de nuestra letras, a los balseros poéticos de este siglo.

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La edición de Tráeme la noche, se ilustra con una serie de viñetas bajo la técnica de la tinta china, que agregan a la obra una ambientación oriental (a doc).

Los claros oscuros grises de estos trazos, nos ayudan a explicar, la experiencia de transitar por la poética de Chinchillas.

La nostalgia es el barniz que abrillanta las cavilaciones de este escritor.

La roca y la carne son los materiales literarios de Chinchillas.

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Los libros de Chinchillas son desbordados, este nuevo letrario suyo no es la excepción.

Es un poemario, que a reserva de algunos dispendios propios del autor que aprecia sus obras y que no tiene la inmoralidad de expulsarlas de la edición, podría resultar perfecto en su rigor creativo.

Con esta colección Abraham Chinchillas se sitúa como una de las voces batientes de las llamadas letras regionales, concepto que por derivación incluye el plano nacional.

La gama de formas de abordar la disciplina del Haikai, nos habla de esa búsqueda de maestría que el autor ha querido hallar, es pues una expresión literaria que merece atención, por su definida vocación estilística, su constante desarrollo de los temas superiores del poeta, su habilidad idiomática, y su gama de posibilidades.


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Saludamos este nuevo esfuerzo de la comunidad literaria hidalguense, valoramos el compromiso de la UAEH con los creadores locales y esperamos que esta publicación se difunda con la debida atingencia que requiere la promoción literaria en el país.

junio 02, 2007

q.e.p.d.


A Juan José Gurrola Iturriaga se le podía contar entre los mejores cómplices de la muerte, ángeles sin alas que conducen a la inversa de la multitud abriéndose paso entre provocaciones y duelos verbales. El espacio fue su dominio, desde el papel al escenario, la maqueta, la escenografía, el video, la foto.

“¿Cómo puedo alejarme del teatro si yo soy el teatro?”, decía Gurrola. “Habemos gente que somos edificios teatrales, sólo podemos pensar en esos términos y todo tiene un significado diferente.”

Cazador libre de lo intangible, Juan José huyó de definiciones y etiquetas, de nombrar algo por no extirparle la magia. De energía estridente que inundó rincones y planas de periódicos, salpicó conciencias y alejó incautos, Gurrola también fue un niño culto y salvaje, tierno e impaciente, un hombre generoso, perverso, divertido y excéntrico.

Obsesivo, incursionó dos veces en la dirección de Bajo el bosque blanco, de Dylan Thomas, y al hacerlo con una diferencia de 34 años su intención fue “abrir la poesía de este autor al teatro para las nuevas generaciones y expandir las posibilidades, realizar un experimento teatral donde la poesía y la música tomaran diferentes caminos, subrayaran ecos, figuras e imágenes iniciales, elementos que muestran al mundo una civilización que se perderá. Es decirle adiós a un mundo que ya no va a existir, es casi decirle adiós al arte antes de que se separe definitivamente del hombre”.

Celebrar a malditos como Malarmeé o Thomas le dio a Juan José la posibilidad de inundar un escenario de sensualidad y erotismo, “de abrirle paso a la casualidad para atraer a un actor que nació para ese momento teatral y aceptar, más allá de eso, que ambos, director y actor, poseen una ambición por contener el mundo.”

Un mundo del cual ya se alejó: dos de la madrugada del viernes, problemas hepáticos, que se agravaron con las tensiones de su última puesta en escena Simplemente complicado, de Thomas Bernhard, escenificada en el Festival de Teatro de San Miguel de Allende, donde recibió un homenaje, lo llevaron a la muerte.

Ingresó al Instituto Nacional de Nutrición, donde estuvo tres días: “Falleció de una manera muy tranquila, nos despedimos porque con su estado era casi inminente su fin en el planeta”, dijo Rosa Newton, viuda del artista. Sus restos serán cremados y permanecerán con la familia porque su deseo fue que se juntarán sus cenizas con las de su pareja, “para hacer un coctel” que pueda regarse en la zona tlacotalpeña del río Papaloapan.

El teatro, la vida

Dramaturgo, traductor, director, actor, coreógrafo, arquitecto, diseñador, músico, cineasta, fotógrafo, pintor y amante de los cómics, de ahí la imposibilidad de enumerar las obras en las cuales participó este hombre nacido en la Ciudad de México el 19 de noviembre de 1935.

Parte de su misión fue que el público dejara de ver teatro acartonado, deficiente y con faltas de ortografía. “Qué más vileza que mentir sobre un escenario y peor todavía el que se sienta a que le mientan”.

Director de Tajimara, mediometraje que formó parte de la cinta Amor, amor, amor, y de Robarte el arte, para Juan José Gurrola la primera le llevó a demostrar que podía hacerlo y la segunda constituye la película del siglo. Sin embargo, llegó a decir: “No creo que el cine sea arte, porque no tiene esa esencia simultánea del dibujo, la música y el teatro.”

Para Gurrola el hecho teatral “es el reconocimiento de ese sueño compartido por la escena y los espectadores, quienes no saben bien a bien por qué pagaron un boleto, pero tienen la secreta ambición de compartir con alguien la unidad, unión fraternidad, o como dijo Charlie Parker, saber que todo está bien o que en esta soledad, dentro de un teatro todo desaparece, nos convertimos en dioses”.

Adiós

Sólo dos horas estuvieron sus restos en el Palacio de Bellas Artes antes de ser trasladados a territorio veracruzano. Entre las 11 y las 13 horas de hoy se rindieron un homenaje de cuerpo presente a Juan José Gurrola, “un talento invaluable, que renueva el panorama de la escena moderna mexicana en varias coordenadas”, a decir de Ignacio Escárcega, coordinador Nacional de Teatro del INBA.

“Él era un hechicero que creaba las condiciones para que los actores pudieran desempeñarse con libertad en el escenario y esto va de la mano de su actitud lúdica e irreverente. Juan José es una presencia irreverente, para fortuna del teatro mexicano”, agregó.

A través de un comunicado, Gerardo Estrada, coordinador de Difusión Cultural de la UNAM, lamentó la muerte de Gurrola, a quien definió como el personaje “más audaz y más provocador de una generación que cambió radicalmente el modo de hacer y de ver las artes en México.”

“Desde la trinchera universitaria, Gurrola, junto con otro grupo de artistas e intelectuales, le dio un nuevo respiro a las artes en México con sus propuestas iconoclastas, algunas de ellas calificadas hasta de insolentes, que nos permitieron entender el mundo contemporáneo”.

Milenio-Diario. México/Alegría Martínez

mayo 30, 2007

Qué bello es sobrevivir*

*Rodrigo Fresán publica la crítica de Este libro te salvará la vida
(de la admirable A.M. Homes), en el suplemento cultural
"Babelia"del diario español El País. Aquí la reproducimos en homejane (qué pinche palabra) tanto a Fresán como a Homes,
cultivadora del género de novelas cuyo escenario es la ciudad de Los Ángeles -mitad luces nocturnas de Hollywood,
mitad polvo caliente del desierto. Vale, pues.



Un pederasta en prisión, un adolescente soportando el derrumbe de sus padres, un ex presidente derribado por el Alzheimer, un joven obsesionado sexualmente con una muñeca Barbie son algunos de los protagonistas de las novelas y relatos de A. M. Homes. En resumen: Homes se ha ocupado siempre de tejer tramas con la lana de lo grotesco regalando jerséis que nadie jamás se pondría en público pero que resultan tan tentadores de modelar en privado. Placeres perversos con prosa y tempo magistral. La carcajada confundiéndose con la mueca. Una maestra.

De ahí que la sola lectura del título de su quinta novela provoque deliciosos escalofríos de anticipación. ¿Una bestial demolición de la cultura autoayuda y los ritos new age? ¿Una postal desesperanzada? Sorpresa: no. Este libro te salvará la vida es inesperadamente optimista y redentor a pesar de la contaminación ambiental y su única intención es ofrecer un mensaje consolador para todos aquellos que tanto sufrieron -y tanto nos divirtieron- en textos anteriores de esta autora. Atrás han quedado las pesadas atmósferas y los humores más que negros que la acercaban a las películas de Tod Solondz y si a algo recuerda esto es al Magnolia de Paul Thomas Anderson. Aunque tal vez los modelos más directos -Homes lo ha nombrado como a uno de sus maestros y prologado una nueva edición de Falconer- sean Bullet Park y Esto parece un paraíso, de John Cheever: historias donde lo que se narra es la súbita irrupción de la luz en tanta oscuridad.

Aquí, el hombre eclipsado que vuelve a ver el sol es el divorciado Richard Novak: alguien a quien le sobra el dinero, quien ya no tiene necesidad alguna de trabajar, que no puede conectar con su hijo y que un día es golpeado por un dolor más allá de todo diagnóstico y por la visión de un agujero creciendo en la ladera millonaria en la que crece su casa. Ambos "cataclismos" lo sacarán de un largo letargo y lo pondrán en movimiento relacionándolo con un curioso y entrañable reparto de personajes -que incluye a un astro del cine, Bob Dylan, un caballo perdido, una banda de secuestradores, un ama de casa sollozante, voraces termitas y a un escritor fetiche- donde destaca Anhil, un vendedor de donuts con mucho de gurú. Y de pronto -asombrado pero también agradecido- el habitué de Homes comprende que el tema aquí es nada más y nada menos que la felicidad y sus muchas texturas y las diversas formas de hacer el bien y deshacer el mal. ¿Por qué? En alguna entrevista Homes ha explicado que la necesidad de un libro amable surge del impacto de haber hallado a su madre biológica y de su propia maternidad: "Me he convertido en esta buenaza que quiere que todos se quieran", declaró.

Pero a no confiarse. La novela de Los Ángeles como género -arrancando quizá con Nathanael West y John Fante, paseándose por Raymond Chandler y James Ellroy, recibiendo a los turistas Aldous Huxley y Evelyn Waugh hasta alcanzar a los más jóvenes Bret Easton Ellis y Dana Spiotta- nos informa una y otra vez que esta ciudad es un sitio perfecto para matar o morir o, mejor, para volverse plácida o violentamente loco siguiendo absurdos ritos funerarios o complejos procesos para la obtención de la vida eterna o, mejor todavía, para vivir y sobrevivir en una atmósfera envasada al vacío bombardeada por las radiaciones de Hollywood y los vientos rojos del desierto.

El Los Ángeles de Homes -quien también escribió un muy buen ensayo sobre la ciudad para The Literary Travel Series, una colección de libros creada por The National Geographic y editada aquí por RBA- evoca al Los Ángeles desalmado y zombi de Joan Didion, pero dulcificado. O, tal vez, mejor dicho, anestesiado. Una especie de paradisiaco purgatorio con temblores de infierno para el que el cielo siempre está demasiado alto y donde la bondad compulsiva que reparte y recibe Richard Novak con sonrisa beatífica de James Stewart acaba sonando un tanto sospechosa, demasiado parecida a la armonía cuidadosamente orquestada de El show de Truman. Es entonces cuando se comprende, alcanzada la última página, que la sátira de Homes en Este libro te salvará la vida puede no ser tan cruel como de costumbre pero es igual de feroz que siempre. Y que no hay aquí un lobo con piel de cordero sino algo mucho más atemorizante: un cordero que aúlla y sonríe con todos y cada uno de sus colmillos.

mayo 27, 2007

PAN-PRD, diferentes pero iguales


Es escabroso adentrarse en los dominios de la política mexicana, máxime en lo que ocurrió previo y pasado el 2 de julio. Yo voté por la alianza Coalición Por el Bien de Todos, cuyo candidato ahora detenta el hilarante cargo de "presidente legítimo de México", pero el cual, muy seguramente, obtuvo el triunfo electoral el 2 de julio, triunfo con el que Felipe Calderón ahora se luce. Quién votó por el Partido Acción Nacional; quién por la Coalición por el Bien de Todos. En cualquier caso, uno y otro son tan pillastres como el uno al otro se acusan. Ambos hicieron y deschicieron leyes y normas en su afán por sentarse en la silla presidencial. Ahora bien, ¿apoco tantas ganas de hacerle el bien a la patria? Pinches ladrones. He aquí una nota de Milenio.

"Servicios adicionales" y "donativo" no fueron integrados al gasto de campaña
PRD y PAN escondieron un guardadito en radio y TV

En el caso de Acción Nacional, el IFE señala que sacó ventaja de una conducta ilegal.

El IFE sancionó al PAN y al PRD por actos que pudieron incidir en la equidad de la contienda electoral de 2006. Mientras el PAN no reportó en sus informes parciales 405 millones de pesos que salieron a relucir en el informe definitivo, a la coalición PRD-PT-Convergencia se le comprobó que recibió 66 mil pesos de una empresa.

El PAN no reportó los gastos por servicios adicionales en radio y televisión (405 millones de pesos), por lo que a juicio del IFE violó la ley y "podría generar para el partido político una ventaja inadecuada que surge de una conducta ilegal".

En el dictamen consolidado se establece que el PAN no informó cuánto gastó en radio y televisión en el último tramo de la campaña federal y que la suma de los totales de los reportes parciales no coinciden con el total reportado.

"La diferencia entre los gastos totales que se reportan en los informes anticipados y los Informes de Campaña en los rubros de servicios adicionales en radio y televisión es de 405 millones 206 mil 611 pesos", indica el dictamen, lo que le valió al PAN una multa de 29 mil 202 pesos.

El IFE concluyó que esto tuvo un "efecto pernicioso" en la fiscalización y al analizar la falta advirtió que esta situación, "si tiene un impacto en gastos, en el rubro de radio y televisión podría reflejar como un importante elemento de inequidad".

El IFE puso de relieve que no pudo contrastar información porque el PAN no presentó la relativa al periodo entre el 1 y 28 de junio y que "considerando que el 55 por ciento del gasto durante las campañas se ha destinado a la propaganda en radio y televisión, el hecho de contar con esta información durante el desarrollo de las campañas permitirá a la autoridad electoral y a la ciudadanía tener mayores elementos para verificar las condiciones de equidad en la contienda".

En sus dictámenes el IFE también aludió a que la coalición encabezada por el PRD recibió en especie, de una empresa mercantil, un monto de 66 mil pesos, situación que está expresamente prohibida por la ley.

En el dictamen correspondiente se señala que "quedó demostrado" que la coalición aceptó esta aportación de una radiodifusora de Tabasco por concepto de propaganda. El IFE multó al PRD con 43 mil pesos, y al PT y Convergencia con 16 mil pesos cada uno.

Spots

Aunque formalmente se cerró el plazo para que el Instituto Federal Electoral determinara si los partidos cumplieron con las reglas electorales al momento de financiar sus campañas 2006, quedan muchos pendientes en materia de radio y televisión. Esto puede generar más multas a los partidos en los próximos meses.

Los partidos políticos han atacado las mediciones que el órgano electoral realizó para saber si se le informó con veracidad sobre el número de spots transmitidos durante el proceso 2006 y su costo. Este punto es de primera importancia, pues los gastos en mensajes de radio y tv absorben más de la mitad de lo que los partidos invierten en una campaña presidencial.

México • Lorena López

mayo 24, 2007

¡Que traigan a Sor Juana!

Explanada del parque David Ben Gurión.


Nunca hay que confiar en los políticos. ¡Y menos cuando hablan de materia cultural! Sostengo que Ricardo Garibay es el segundo mejor escritor que ha dado el estado, sólo atrás de Efrén Rebolledo. Vale hablar de política y literatura porque los políticos del estado inauguraron un armatoste de biblioteca cuyo nombre homenajea al escritor de Tulancingo, y que costó 59 millones de pesos públicos.

Anunciada desde hace meses, la nueva biblioteca central por fin abrió sus puertas el viernes con 60 mil volúmenes. Según leí, la inauguración la atestiguaron la directora de Cultura estatal, Lourdes Parga, el gobernador, Miguel Osorio, y la secretaria de Educación Pública, Josefina Vázquez Mota. Incluso, ésta prometió donar 3 mil libros del FCE y 10 mil digitales del Programa Enciclomedia, para niños. Qué bonito, ¿no?

Nada más que Vázquez Mota olvidó decir para cuándo estarán listos los volúmenes. Al otro día de inaugurado el armatoste, fui a ver qué ocurría de verdad. Y es que no es fácil creer que el gobierno invierta tanto dinero en cultura sin esperar nada a cambio. Me cuesta admitir que les cayó el veinte de que hacer estas inversiones tiene tanto sentido como una carretera o un hospital, si bien no es tan visible ni útil para fines electoreros. Pues bien, me tomé la tarde para ir a buscar algún libro de Sor Juana, necesario para un ensayo que estoy preparando.

La más escandalosa sorpresa me la llevé al advertir que la sección destinada a Literatura no está de inmediato, en el primer piso a mano derecha. Antes al contrario, la relegaron a la segunda planta. No es que me dé flojera subir las escaleras y ponerme a buscar el ejemplar que me interesa. ¿Pero a los demás visitantes?, ¿no les dará pereza? ¿Acaso no habría sido deseable que Literatura —poesía, novelas, cuentos, obras de teatro, etcétera— le cerrara el paso a esa variedad de paseante que no acude a la biblioteca si no es porque no le queda ninguna otra escapatoria? Quizá hasta tomarían un libro para ojearlo. Quizá. Pero dejarla en el segundo nivel es tanto como tocarle las golondrinas por adelantado. Porque si el que llega, lo hace sólo arrastrado por una obligación insoslayable, ¡y el libro que desea lo encuentra al alcance de la mano del primer piso!, está garantizado que ni por error asomará las narices a la segunda planta. ¡Y menos después de haber recorrido el trecho que media entre el acceso al parque y la biblioteca! Por si fuera poco, hube de beber mi café aprisa antes de entrar: al interior están prohibidas las bebidas.

El concepto ‘elitismo’ puede esconderse bajo un sinfín de identidades. El Parque David Ben Gurión es una de ellas. Alejado del centro de Pachuca, sólo se llega cómodamente si uno posee automóvil. De lo contrario, en estos días de lluvia pasa un coche a toda velocidad y te baña de aguas mugrosas. ¿Por qué pasaron la biblioteca del Río de las Avenidas a este complejo cultural que de cultural no tiene nada, salvo el mosaico de Byron Gálvez? Habría bastado con echar un piso más al viejo edificio y listo.

También pasó inadvertida la clasificación de los libros. Más les importó superar en calidad y lujo los baños de un Sanborn’s, que modernizar el sistema para clasificar los 60 mil tomos. En la computadora busco Sor Juana y se despliega una lista. Elijo las Obras completas de sor Juana. Villancicos y letras sacras clasificación 861 J83 027 1953125. Y no está. Lo mismo me pasa con otra poeta mexicana, Concha Urquiza. El corazón preso. Toda la poesía reunida, clasificación 861 M U76 C67, tampoco está. De qué se trata, me pregunto enfadado. ¿Es broma?

Antes de sentarme a escribir esto, ojeo la noticia de inauguración. “Un total de 110 computadoras, seis equipos en braille, impresoras regulares y braille, pizarrones electrónicos, monitores con DVD, televisiones, pantallas para proyección de material audiovisual, sillones de música y equipo de audio.” “Además, material especializado en la alfabetización de invidentes, débiles visuales silentes y niños recién nacidos. Este material, así como la base electrónica para el servicio de Internet inalámbrico, se encuentra sobre 4 mil 560 metros cuadrados de construcción.” A quién pretenden impresionar.

Honestamente, no me interesa concluir dando malos augurios a la nueva biblioteca. Mas no juzgo descabellado afirmar que la lejanía del inmueble, lo elitista de su ubicación, lo inaccesible a su red de clasificación, su horario que cierra los domingos a las tempranas 2 de la tarde, la prohibición de entrar tomando café (o agua, siquiera) antes que llamar la atención, invitan a no acudir hasta ella.

Por favor, que la biblioteca no tome la dinámica del Parque Ben Gurión, cuya única finalidad a juzgar por lo visto desde su creación, no es sino el lucimiento político. Que tengan bastantes volúmenes de Ricardo Garibay, no sólo su nombre en una plaquita de metal. Y por favor ¡que traigan a Sor Juana!

mayo 23, 2007

Librerías, enemigas de la literatura


Aborrezco a las personas que van a la librería como a buscar un producto de gran valía. He tenido muchas experiencias con los libros, y eso me da derecho a hablar mal de ellos y de los lugares donde habitan.

Las librerías no deben tomarse como si fueran más importantes que una carnicería o una tienda de aceites para auto, ni más ni menos: uno va a buscar medio kilo de chuletas para hacer la comida, o el aceite para un Ford Ikon año 2002. Pero nadie va a buscar el acite más hermoso del mundo creado para siempre jamás, ni las chuletas cuyo corte sea el más mono que uno se haya metido nunca en la panza. Impulsado por este razonamiento, yo me muevo en estos comercios con presteza, voy a lo que voy, sin perder el tiempo cojo el libro y lo pago a la cajera.

Mi primera experiencia odiosa fue en la librería Jaime García Terrés de la UNAM, cuando, por andarme paseando entre los pasillos, me pidió que lo comprara un libro de Charles Bukowski: La máquina de follar. Una serie de cuentos. El protagonista se dedica a beber, a follar y a irla pasando en un suburbio de los Estados Unidos de hace 20, 30 años. Pues bien, ese libro es la explicación de porqué estoy como estoy. Pero la ocasión más poderosa fue cuando me topé con Carlos Monsiváis en una Gandhi. Estaba yo recargado en el mueble, ya me había tardado en elegir un volumen, cuando sentí estrellarse contra mí una masa fláccida. Era el maestro, que había tropezado con mis zapatos del número 27. ¡Cuál fue mi sorpresa al ver de quién se trataba! En vez de disculparme como debía, me quedé baboso mirando cómo él me decía: "disculpe usted, caballero". A partir de entonces, temí por la salud de las personas famosas a quien pudiera matar con sólo perder el tiempo ahí en las miserabls librerías. ¿Qué tal si alguna vez, enfurecido, le propino unos buenos jabs a algún dramaturgo o poeta que traigo entre ceja y ceja?

Ahora resulta que las encuestas nos dan a conocer, con gran alaraca, la noticia de que nadie lee en México y que el fenómeno parace ir en picada. ¡Pero qué noticia! Y enseguida le echamos la culpa a la televisión, a las pésimas políticas públicas para fomentar la lectura, a que los escritores son cada vez más elitistas y que sólo hacen libros para el público especializado. Lo raro es que todo eso siempre ha existido. Sin temor a equivocarme, sostenego que la culpa de que los mexicanos no leamos la tienen las librerías mismas. Si fueran ágiles, si el chico que atiende fuera más grosero y perdiera ese hálito de maricón cultivado... Otra cosa sería de nosotros. Pero los libreros se empeñan en hacer de sus establecimientos un lugar separado del mundo.

Apuesto lo que sea a que si las librerías empiezan a vender hot dogs, cervezas con camarones, tacos de carne asada, aceites para carros, todos los compradores de estos productos, al menos por curiosidad, echarán una ojeada al libro o revista a su alcance. Suena estúpido, lo admito. Mas la realidad es que si no se interesan en lo que hayan tomado para ojear, ya lo habrán manchado y no podrán menos que llevárselo a casa, no sin mentarle la madre al de la librería que se empeña en hacer de su local un altar del tedio.

¡A coger, a chupar, que el mundo se va a acabar!

Esta noticia aparece publicada en Milenio-Diario hoy. Y, a decir verdad, no sería noticia saber que el diputado de Hidalgo, Isidro Pedraza, padece dipsomanía con notas de desvarío mental, si no es porque ahora hace pendejada y media fuera de la entidad. No conforme con ser un pendejo entre los suyos, se arma de valor y hace pendejadas entre ajenos. Esperemos a ver qué sale a declarar en rueda de prensa en Hidalgo, donde la prensa da, caray, náuseas. Por último, quepa decir que los sarcasmos entre paréntesis, subrayados, o remarcados, no son de Milenio, sino míos.

El diputado perredista (hidalguense) Isidro Pedraza negó que él y sus correligionarios Martín Zepeda y Victorio Montalvo, quienes fueron desalojados del vuelo 606 de Mexicana por armar un escándalo en supuesto estado de ebriedad, hayan abordado el avión tras ingerir bebidas alcohólicas.

("¿Ebrios, nosotros? Nada. Si acaso nos tomamos uno güisquis pal miedo del vuelo. Harto que no trepamos a un avión... Eso sí. Pa'cermos de valor. Pero de ahí a que seamos borrachos, no no no. Qué pasó. Nosotros estamos con los pobres. Nosotros no. Vea a los del PAN, esos...": declaración a los medios informativos.)

Pedraza se declaró víctima de una “agresión injustificada” (uy, pobrecito) de la azafata Victoria Rosales (¡malvada, fascista!), quien se hizo de palabras con los diputados federales del PRD por colocar una botella cerrada de licor en el portaequipaje exclusivo de la tripulación. Qué tanto es tantito, ¿verdad que sí, mi diputado?

Como prueba de su dicho, el legislador hidalguense mostró un reporte del vuelo 606, en el que se hace referencia a la confrontación verbal entre los legisladores y la azafata, sin consignar el presunto estado de ebriedad de los diputados. ("Y los documentos, en nuestra democracia, imposible son de falsificar para el provecho de grupúsculos. Vivimos en un estado de derecho infranqueable, donde la legalidad, desde hoy y hasta siempre, no servirá para el beneficio de nadie. El pueblo está hambriento de justicia. ¡Basta ya de calumnias contra el pueblo!": frase escuchada en el televisor mientras me dormía anoche.)

Entrevistado en el Palacio Legislativo de San Lázaro (o sea, ¿no?, lo very very nice) el diputado Isidro Pedraza sostuvo que en lo personal no consume bebidas alcohólicas desde hace 16 años y, en ese sentido, se declaró dispuesto a someterse a un examen toxicológico. (¿Se va ir a meter a un IMSS, donde lo expondrán cinco horas ante las videocámaras de la televisión, vestido de bata raída con las nalguitas descubiertas, mientras algún médico Cayetano Martínez lo hace traer con su enfermera para picarle el brazo y sacarle una muestrita de sangre?)

En tanto, Mexicana de Aviación anunció que interpondrá una denuncia contra los diputados perredistas, debido a que el escándalo que protagonizaron el lunes por la tarde derivó en pérdidas económicas por cancelación de boletos y tiempo de estancia en plataforma en el aeropuerto de Mérida. (Pero quihúbo jefe, me hizo perder 3 minutos 45 segundos de mi valiosa vida. No hay derecho. No sé. Quizá con cien millones de dólares quede saldado. Quizá. Hay que ver con mis abogados.... Pero de una vez le digo que la cosa le va salir cara.) Según la aerolínea, al menos 20 pasajeros resultaron perjudicados por perder sus conexiones de trasbordo hacia otros destinos, luego de la demora de 50 minutos en el vuelo, que debió despegar de Mérida a las 18:30 horas.

Los legisladores descendieron de la aeronave por voluntad propia, pero hasta que terminaron de consumir sus bebidas etílicas, confirmó personal de la terminal aérea.

Yo tampoco he dejado nunca una farra a medias. Eso es de maricones. Y Pedraza, del Valle del Mezquital, conoce los mandamientos de un buen macho. Eso que ni qué, chingá.

Los perredistas aprovecharon que a partir de las 11 de la mañana del lunes se levantó en Yucatán la ley seca impuesta con motivo de las elecciones, por lo que llevaban varias horas de consumo de bebidas, según los consultados:

¡A coger, a chupar, que el mundo se va a acabar! ¿ O no, mi diputado?


México/Mérida • Fernando Damián, Mauricio Juárez y Daniel Barquet

mayo 20, 2007

El regreso a los dioses*


*Por Fernando Savater para El País.


Un emperador que prefería refutar a reprimir. Una nueva edición de la obra de teatro Emperador y Galileo, de Henrik Ibsen, reproduce la figura de Juliano y el debate intelectual de su entorno con fuerza y elocuencia. Esta pieza del dramaturgo noruego es considerada como una de sus obras maestras.

Hace ahora algo más de treinta años, pasé un periodo de interés apasionado por una figura secundaria y pintoresca de la historia antigua: el emperador Juliano, llamado por los cristianos "el apóstata". Leí a diversos historiadores, empezando por Amiano Marcelino (un espíritu mucho más equitativo de lo que suelen ser los de su gremio), a latinistas, a helenistas y a bastantes literatos, porque el melancólico, desventurado y algo absurdo Juliano sólo ha tenido suerte póstuma con poetas y novelistas, como le pasó a Don Quijote. De ese batiburrillo recuerdo varios poemas delicados e intensos de Cavafis y dos estupendas novelas: La muerte de los dioses de Dimitri Merejkowsky y Juliano de Gore Vidal, quizá las mejores de sus respectivos autores. También, por supuesto, el gran drama de Ibsen Emperador y Galileo, cuya afortunada reedición motiva esta nota.

En el apogeo de mi interés, me dirigí tímidamente a quien me dijeron que era en España el mejor conocedor del emperador apóstata: don Santiago Montero Díaz, un sabio mercurial como el profesor Challenger de Conan Doyle, falangista de primera hora y luego adversario del régimen franquista. Me recibió cordialmente en su casa, con un buen Rioja a las once de la mañana, y me ofreció toda la información que podía requerir, de hecho mucha más de la que mi pasajero diletantismo precisaba. Abrumado por sus aparentemente inagotables conocimientos, le pregunté con sincero interés cuánto tiempo llevaba dedicado al estudio de Juliano. "Lo estudié bastante", comentó don Santiago, "pero ya hace años que lo he abandonado". Ante mi muda interrogación, concluyó tajante y malévolo: "Descubrí que era un imbécil".

¿Un imbécil? Más bien ingenuo, un espíritu milagrero que se pretendía racional, un pensador poco ordenado y repetitivo no tan genial como quizá supuso aunque desde luego el mejor intelectual coronado desde Marco Aurelio. Sus escritos no carecen de un interés de segunda mano (en castellano se encuentran en la insustituible Biblioteca Clásica Gredos, en traducción de José García Blanco). Razonaba con vehemencia aunque el humor no era su fuerte, como demuestra cuando quiere ejercerlo: véase el Misopogon, o sea El enemigo de la barba, discurso contra los ciudadanos galileos de Antioquía que le censuraban su desaliño capilar y a quienes él a su vez acusaba de impiedad e ingratitud. La mayoría de estos discursos de Juliano conmueven por su mismo furor polémico: ¿cuándo se ha visto a un gobernante poderoso, con facultad de vida o muerte sobre sus súbditos, dedicado a polemizar con ellos cuando le incomodan en lugar de suprimirlos físicamente? Dedicarse a refutar en lugar de a reprimir es impropio de un emperador consciente de su rango: y la verdad es que Juliano, aunque castigó en ocasiones a los cristianos más levantiscos, prefería comportarse como teólogo antes que como gobernante. Sin duda ésa fue su perdición.

La gran obra de Ibsen (grande en el sentido de estupenda y de enorme) no es verdaderamente una pieza dramática, pues ni siquiera en tiempos de su autor hubiera podido representarse convenientemente, por culpa de su desmesurada duración y sus innumerables personajes. En realidad el destino de Emperador y Galileo es el salón de lectura, no el escenario. Lo cual no disminuye la fuerza expresiva de muchas de sus escenas concebidas para las candilejas: Ibsen hablaba "en teatro" sobre lo que le interesaba, hasta cuando no escribía propiamente obras representables. La figura de Juliano y el debate intelectual de su entorno son reproducidos en estas páginas admirables con fuerza y elocuencia que no decaen. A mi entender, la introducción de Aguirre Romero -que no carece, todo lo contrario, de información relevante sobre el pensamiento de Ibsen y sobre el propio Juliano- es demasiado declaradamente apologética: resulta poco sostenible convertir esta obra en un enfrentamiento entre cristianismo y poder terrenal, con el consiguiente premio final al primero sobre el segundo. El conflicto que Ibsen retrata es más complejo y de más ambigua resolución.

A fin de cuentas, el problema de fondo no es la apostasía o el paganismo de Juliano, sino su irreductible cristianismo. El emperador quiere regresar a los dioses muchos aunque declarando obligatoria hacia ellos la devoción excluyente y abolicionista de otros cultos que introdujo el monoteísmo cristiano en el campo de lo religioso. El cristianismo inventó la fe, y Juliano apostató de los dogmas cristianos pero no de la fe, que trató de revertir en el politeísmo. Sin embargo el tiempo de éste como religión imperial ya había concluido y su pretensión quedó flotando como algo insatisfactorio, incluso ridículo: no se podía ya ser a la vez "creyente" y "pagano". ¡Qué sugestiva e inactual resulta la lectura de esta poderosa pieza del gran dramaturgo escandinavo! Aunque, pensándolo bien... ¿inactual? Quizá no tanto como nos apresuramos a creer.

mayo 19, 2007

Estación Pantitlán

Suena un como claxon y se cierran las puertas. En el vagón vacío del Metro va un darketo y una chica fresa, ataviada con faldita de mezclilla y playerita color plátano. El convoy arranca su recorrido.

Darki (acercándose): Qué.
Chica Fresa (haciéndose chiquita): …
Darki: ¡Qué!
Chica Fresa: Nada.
Darki: Ya ¿no? qué. Qué onda (se aproxima más, las manos al pantalón, se rasca en los bolsillos).
Chica Fresa: Oye no. No te toques eso.
Darki (la mano fuera, señalando un rincón): Vente acá ¿no?
Chica Fresa: Que qué. Qué te pasa. Mi novio está en la estación que viene. (Extiende el brazo derecho haciendo, coqueta, un gesto de detente). Vete. Más te vale. ¿Okey?
Darki (cogiéndola del brazo): Hazte pendeja.
Chica Fresa (forcejea, coqueta aún): Pues qué. Así es esto (se desembaraza de él y se señala a sí misma con el dedo índice). Será cuando yo quiera. ¿Ajá?
Darki: Un tratito ¿va?
Chica Fresa: O sea, cómo que un tratito. Mírate. Y mírame a mí. O sea: no. Ene o.
Darki (soltándola, sólo para pensar un poco): Cuánto.
Chica Fresa: Ya no hago eso.
Darki: ¿No?
Chica Fresa: No. Punto.
Darki: Cuánto.
Chica Fresa: No te alcanza.
Darki: Y tus amigas.
Chica Fresa: Hoy no.
Darki. Hoy no, hoy no. Cuándo no.
Chica Fresa: Bueno, bajando vemos. Pero ni te acerques. Conmigo no.
Darki: Quién es tu novio.
Chica Fresa: Pero qué güey eres. ¿Yo, novio? O sea, jelou.
Darki (advirtiendo el enfrenón del convoy): Aguas y la cagas como siempre…
Chica Fresa: ¿Verdad? Qué tal se te puso esa vez. Que grito y que el súper darketo se orina del susto.
Darki: Pus ya te dije, mamacita.
Chica Fresa: Mamacita. Qué naco.
Darki: Pero qué tal mi pito. Chido.
Chica Fresa: Estaba borracha, pusiste mierda en la bebida.
Darki (abriéndose las puertas en una estación vacía): Hoy también se hace.
Vámonos.
Chica Fresa: Yo no.
Darki: No te hagas.
Chica Fresa (mientras se oye la voz femenina del Metro: Estación Pantitlán): Yo no. Sólo veo. A ver ellas qué dicen.

Salen y arranca el convoy. Vacío.

mayo 07, 2007

¿Premio al morbo?

Crónica que escribí para el diario Milenio.




Más que levantarme temprano, acabé tarde. Me fui directo al zócalo, no lejos del motel donde me alojaba, el Monte Real. Me deshice de la ropa ociosa, sólo me dejé puestos los tenis, los pantalones y la playera de los Pumas. ¡De todas formas, voy directo a encuerarme! Llegué corriendo a una Plaza Constitución que tiritaba de nervios. También temblaba yo. No era frío, tampoco la vergüenza de mi floja piel...

Las cifras contaron 18 mil culos.

Como en campo de concentración, sólo que asistíamos ¡voluntariamente! a echarnos en el crematorio. ¿Será? Éramos tuberías de nerviosismo. La gente platicaba una con otra, pero poco. Una pareja se besaba con descaro ante mis ojos. Una de viejitos, platicaba con la serenidad de quien habla del sexenio de Miguel Alemán en el Sanborns. Yo, crudo a más no poder. Padecíamos la espera… por voluntad propia. Nadie nos obligó a venir en domingo a las 4 y media horas. A encuerarnos de a okis. A dejarnos fotografiar el trasero y la barrigota. A exhibir nuestras miserias. ¿Por qué vinimos, entonces, chingá! La espera no abrevió, al contrario.

La cabeza de Tunick no se asomó hasta que las puntas de la Catedral se pintaron con los primeros colores del alba. "Pinche Tunick -le gritó el de cabello largo y tatuaje en el omóplato- para qué tan temprano, mi cabrón." Mas no creo que el yanqui haya estado dormido, mientras su ejército de carne aguardaba a ser conducido al rastro. Su blanca faz asomó del balcón del hotel. Detrás suyo, los fotógrafos y camarógrafos eran legión -de hijos de la chingada, ¡vaya si lo sé!, como que soy periodista. Entonces, el centro histórico una cama, nació un edredón de piel.

Chichis grandes, chichis de perra flaca, chichis de actriz porno, guauuu, súper chichis-que-quiero-morder..., chichis pequeñas, chichitas-pezones-lindas. Nalgas. Nalgas en toda su dimensión de asiento corporal, nalgas como una copa de vino, otras como la piel del cocodrilo, otras sabrosas retando "cómo quisieras cogerme, pero no eres mi tipo, idiota", otras nalgas muy, muy feas. Panzacola se llama un pueblo de por la sierra, cuyo nombre lo ha de haber inventado algún ocioso sin oficio ni beneficio, como yo, mientras veo a las siete menos veinte del domingo varias toneladas de humanidad. Pero, pornografía no es. ¿Qué es?

El grito descendió desde el hotel. ¡Y toda la ropa fuera! Temía sufrir una erección por los nervios. Pero a la verdad, el comienzo fue algo aburrido. Nos hicieron andar en filas indias hasta donde el fotógrafo gritó "estop". Luego vinieron instrucciones. Echarse al piso boca arriba, boca abajo, ponerse de a perrito... Nada interesante, de no ser por el olor a piel. ¡Ah, el angélico aroma a humano...! Era cosa de dejarse llevar por esos deleites; el rato de verdad valía la desvelada y la vergüenza de mi piel floja bajo las lentes. Pero de súbito, la cosa tocó su fin. Más tardamos en esperar a que el fotógrafo estadounidense llegara, que lo que éste mandaba a la barahúnda de machos por sus ropitas, y nos decía chau. A un muchacho blanco como el papel se le paró el pito. Varios intercambiamos miradas, nos daba pena ajena. Tomé mis pertenencias. Estaba terminando de calzarme el tenis cuando advertí que había perdido peso. La ropa me quedaba igual, era el mismo pero era otro. "Al menos -concluí- el numerito me desapareció la cruda y me quitó el sueño." Eché a andar por entre unas calles sucias, morbosas, con gente caminando ataviada de pants, acerándose a un puesto de tamales en Isabel la Católica. Llegué al hotel Monte Real no a dormir toda la mañana, como siempre. Tenía energías. Decidí tomarme unas horas para las compras. Hice la maleta y bajé con ella en la mano a saldar la cuenta. Mas después de pagarle, el hombre detrás del mostrador me detuvo un momento. "¿Posó usted en la foto de Tunick?" Le dije que sí. Me vio pícaro. "¿Y qué tal?" Quería saber de vergas y vaginas. Sexo sexo, sexo en el zócalo. Lástima, no hubo tal cosa.

-Qué le cuento. Hubiera ido. Mañana seguramente salen las fotos en los periódicos, en la tele...
-A ver si lo reconozco.
-Ya veremos... -dije, dejando atrás el cancel giratorio.

Hay que comprar el periódico y ver si conocemos a alguien. Y quien sabe… tal vez se pueda llevar uno alguna sorpresa. Mil pesos de premio al morbo: adivinen donde aparece un pito rasurada, con verrugas . ¿Habrá alguna chica increíble, un pene de medio metro, un negro con el abdomen de metal...? Por lo que a mi respecta, todo el tonelaje de chichis, pitos, vaginas, pelos, verrugas, es también mío.

mayo 01, 2007

La otra cara de Rock Hudson,

novela que le valió a Guillermo J. Fadanelli el premio IMPAC-CONARTE-ITESM de Novela 1997-1998, es ante todo una historia del lumpen mexicano, particularmente del de la capital del País. Pero narrada bajo la óptica de un autor que, entre otros vicios, tiene el de perderse en las historias sobre las que escribe. Conoce a sus personajes en directo para después, digamos, moldearlos y meterlos a las historias que crea. Las calles desoladas del centro de la Ciudad de México, los olores infames de moteles “hechos todos como de un mismo molde” —describe el autor—, las ratas que salen de las coladeras para rumiar en las cocinas, el cochambre en los vasos y los vasos con líquidos ambarinos sobre la barra de una cantina. Tales, entre otros, los escenarios más recurrentes del autor. El ambiente de La otra cara… es lóbrego. La ilación de la historia a ratos tiene un aire de fragoroso desorden. Las diferentes velocidades que se imprimen a la narración, las imágenes (una suerte de fotografías embriagadoras de la miseria), los súbitos cortes y arranques de la acción (un capítulo da inicio con una bala atravesando el centro de un cráneo; otro concluye cuando alguien es trepado a la patrulla y desaparecerá para siempre); son, digo, entre otros, matices salientes de la novela. Y los personajes.

Juan, el Johnny Ramírez, es el central. Ha sido extraído de la narrativa bukowskiana y pertenece al grupo de los que Guadalupe Nettel le atribuye, como constitucionalmente, a la obra entera de Fadanelli ; obra que se puede insertar en el norteamericano canon del “viejo indecente”. El autor tiene (como es fama) al underground por predilecto medio ambiente y en su obra se advierte ese ritornello cada vez menos extraño de la conformidad ante la gran mierda que es el mundo. Su más reciente novela, Educar a los topos, es acaso la primera digresión de esta línea que ha venido siguiendo, olisqueando, la pluma de Fadanelli; pero acaso también esta nueva novela, una suerte de autobiografía (¿qué libro no lo es?), marque el comienzo de una desconocida línea narrativa en el escritor. Tal vez vaya entrando a éste ámbito: uno donde la narración de las historias cede terreno al de la reflexión del autor sobre sus creaciones. No me extraña de él, experto en filosofía. Pero eso es lo nuevo; todavía hasta su anterior libro de relatos Compraré un rifle las cosas permanecían igual en Fadanelli, y La otra cara de Rock Hudson está en la cima de esa literatura que aquí queremos explorar.

Rock Hudson es un rubio yanqui en traje de baño. Así aparece en la imagen que pende detrás del mostrador desde el cual, un gordo Rogelio atiende el motel de la calle Orizaba. La llave que tiene en las manos se la entregó hace rato el camarero. Recién hizo la limpieza en la habitación que el Johnny Ramírez desocupó. Ha salido desde temprano hacia un rumbo desconocido. Nunca nadie sabe a donde va el Johnny; él tiene sus negocios.

En una mesa del café de chinos esperan sentados dos adolescentes, de indefinible edad: lo mismo pueden tener 12 que 21 años, nada de su aspecto miserable los hace diferentes a otros como ellos. Conversan, cuando la puerta giratoria hace sonar las campanillas, bañadas por una fina capa de polvo, oscilantes en el techo. Es el Johnny. Se acerca e inicia la plática. Va a proponerles un bisne. Ambos tiemblan. ¿De emoción, de miedo?

Uno de ellos a lo largo de toda la novela hace de alter ego del Johnny. La narración ocurre a dos voces. Una le pertenece a ese habitual narrador en tercera persona, otra al dicho alter ego. Los episodios donde el Johnny es el personaje, están a cargo del tercer narrador; cuando entra su alter ego a la fiesta, es él quien narra. Aquí la trabazón de la historia. La formalidad maestra del escritor under. ¡El padre del underground!, me gritó un amigo quinceañero, una vez terminando de leer la novela, que se parte en dos secciones cardinales.

La primera ocupa el 80 por ciento de las páginas y se fragmenta en pequeñas narraciones íntegras, casi cuentos. Uno y otro saltan hablando de los dos personajes. Sus vidas se entremezclan, paso a paso, no sólo en la historia sino en el vaivén de la temporalidad en que ocurren los hechos: pasado, presente y futuro, al mismo tiempo. No hay la fluidez que resulta de saber armar una máquina, por literaria que ésta sea, sino la de una construcción preconcebida y pergeñada bien. Esa formalidad, aparente hija de la informalidad y la ocurrencia, me hace pensar en las novelas de Benito Pérez Galdós, que inician en una parte cualquiera de la historia (qué aburrido iniciar desde el principio) y acaban en otra, no sin haber hecho las visitas necesarias a los puntos más importantes del argumento. Por otra parte, La otra cara… es un mundo cerrado. Es hermética hacia exterior —perro que muestra los dientes— y escasas veces da cuenta de otra cosa que no sea la tesis que ella misma plantea. Esto y lo anterior, los capítulos-cuentos, facilita a su autor tocar los puntos capitales de la historia, hilvanarlos sin riesgo de perder el cauce.

La segunda sección axial, últimas quince o veinte páginas, hace, claro está, de conclusión a la historia del Johnny y de su personaje-espejo. No es sino hasta este momento cuando advertimos por qué ocurrieron así los hechos; la última página da marcha atrás hasta regresar al comienzo, y revela la combinación que permanecía semioculta en las páginas previas. El Johnny es capturado, su alter ego pasa a habitar el antiguo cuarto de hotel que el otro deja, y el Rock Hudson reina detrás del mostrador, desde donde un ventrudo Rogelio dirige una sonrisa tierna pero maliciosa hacia la calle por donde cruzan las personas. La historia inicia donde empezó, sin ser aburridamente adivinable que así ocurriría. Entre otras cosas, tal vez por eso La otra cara… es la cima de esta obra underground de Fadanelli, a la que él da en llamar “literatura basura”.

Por: Luis Frías,
para la revista mexicana Vía libre.

Poesía y verdad. Un poema no escrito 1

Por W.H. AUDEN

I
Esperando tu llegada mañana, me descubro pensando que Te amo: luego aparece la idea: me gustaría escribir un poema expresando exactamente lo que quiero decir cuando pienso estas palabras.

II
A cualquier poema escrito por otra persona lo primero que le pido es que sea bueno —quien lo haya escrito es de importancia secundaria; a cualquier poema escrito por mí, lo primero que le exijo es que sea genuino, reconocible, al igual que mi propia caligrafía, como un poema escrito, para bien o para mal, por mí. (Cuando se trata de sus propios poemas, las preferencias del poeta y las de sus lectores a menudo se enciman pero pocas veces coinciden.)

III
Pero este poema que ahora me gustaría escribir no tan sólo debería ser bueno y genuino: si quiero que me satisfaga, también debe ser verdadero.
Leí un poema de alguien en el que lacrimosamente se despide de su ser amado: el poema es bueno (me conmueve al igual que otros buenos poemas) y es genuino —reconozco la “caligrafía” del poeta. Después me entero por una biografía que, por la época en que lo escribió, el poeta estaba harto de la mujer pero fingió llorar para no herir sentimientos y evitar una escena. ¿Afecta esta información mi opinión sobre el poema? En lo más mínimo: nunca conocí personalmente al poeta y su vida privada no es de mi incumbencia. ¿Habría afectado mi opinión el que yo mismo hubiera escrito ese poema? Así lo espero.

IV
No sería suficiente que yo creyera que lo que yo había escrito era verdadero: para satisfacerme, la verdad de este poema tiene que ser evidente por sí misma. Tendría que estar escrito, por ejemplo, de tal forma que ningún lector pudiera leer “Te amo” por Te amo.

V
Si yo fuera un compositor, creo que podría producir una pieza musical que expresara a un oyente lo que quiero decir cuando pienso la palabra amor, pero me sería imposible componerla de tal modo que ese oyente supiera que este amor lo sentía por Ti (no por Dios, o mi madre, o el sistema decimal). El lenguaje de la música es, digamos, intransitivo, y esta misma intransitividad es precisamente la que priva de sentido a un oyente que pregunta: “¿De veras cree el compositor lo que dice, o sólo está fingiendo?”.

VI
Si yo fuera un pintor, creo que podría producir un retrato que expresara a un espectador lo que quiero decir cuando pienso la palabra Tú (alguien con hermosura, adorable, etcétera), pero me sería imposible pintarlo de tal forma que ese espectador supiera que Yo te amaba. El lenguaje de la pintura carece, digamos, de la Voz Activa, y es precisamente esta misma objetividad lo que priva de sentido a un espectador que pregunta: “¿Realmente es éste un retrato de N (no de un joven, un juez o una locomotora disfrazada)?”.

VII
El “simbolista” pretende hacer una poesía intransitiva como la música, que no puede ir más allá de la reflexión narcisista: “Me amo a mí mismo”; la pretensión de hacer una poesía tan objetiva como una pintura, no puede llevar más que a una simple comparación. “A es como B”, “C es como D”, “E es como F”... Ningún poema “imagista” puede ser muy largo.

VIII
Como lenguaje artístico, el Discurso tiene muchas ventajas: tres personas, tres tiempos —la Música y la Pintura sólo cuentan con el tiempo presente—, la voz activa y la voz pasiva; pero tiene un serio defecto: carece de la Atmósfera del Indicativo. Todas sus aseveraciones están en el subjuntivo y son posiblemente verdaderas sólo hasta que se verifican (lo que no siempre es posible) por evidencias no-verbales.

IX
Primero escribo Nací en York; después, Nací en Nueva York: para descubrir cuál frase es cierta y cuál es falsa no sirve de nada estudiar mi caligrafía.

X
Puedo imaginar un falsificador lo suficientemente hábil como para imitar con tal exactitud la firma de otra persona que hasta un experto juraría ante una corte que era genuina, pero no puedo imaginar a un falsificador lo suficientemente hábil que pudiera imitar su propia firma con la imprecisión necesaria para hacer que un experto jurara que es una falsificación. (¿O será que sencillamente no me puedo imaginar las circunstancias en las que alguien deseara hacer una cosa semejante?)

XI
En los viejos tiempos, normalmente un poeta escribía en tercera persona, y su tema acostumbrado eran las hazañas de otros. El uso de la primera persona lo reservaba para invocar a la Musa o para recordarle a su Príncipe que era día de paga; incluso entonces, no hablaba como él mismo, sino instalado en su capacidad profesional como bardo.

XII
En la medida en que un poeta hable de las hazañas de otros, su poema puede ser malo pero no puede ser falso, incluso si las hazañas son legendarias y no hechos históricos. Cuando en los viejos tiempos un poeta decía cómo un jovenzuelo de cincuenta kilos retaba a un combate a muerte a un dragón de veinte toneladas, o cómo un malvado robaba el caballo del Obispo, se metía con la mujer del Gran Visir y escapaba de la cárcel disfrazado de lavandera, nunca se le ocurrió pensar a alguien en su público: “Bueno, sus versos pueden estar muy bien o ser divertidos, ¿pero el guerrero era tan valiente o el villano tan astuto como él dice?”: las hazañas que describía le daban sentido común a su secuencia silábica.

XIII
En la medida en que hable de las hazañas de otros, un poeta no tiene dificultad en decidir qué estilo de discurso adoptar: una hazaña heroica requiere de un estilo “elevado”, un hazaña de astucia cómica de un estilo “bajo”, etcétera.
Pero supongamos que Homero no hubiera existido, de tal forma que Héctor y Aquiles se hubieran visto obligados a escribir La Ilíada en primera persona. Si lo que ellos hubieran escrito fuera en todos los otros aspectos el poema que conocemos, ¿no deberíamos pensar: “Los héroes genuinos no hablan de sus hazañas con esta grandeza. Estos tipos deben de estar mintiendo?”. Pero si no es propio de un héroe hablar de sus propias hazañas en un tono muy elevado, ¿en qué estilo ese héroe podría hablar de ellos apropiadamente? ¿En un estilo cómico? ¿No sospecharíamos entonces una falsa modestia de su parte?

XIV
El poeta dramático hace hablar a sus personajes en primera persona y, muy a menudo, en un tono elevado. ¿Por qué esto no nos incomoda? (¿O sí?) ¿Es porque sabemos que el dramaturgo que escribió sus parlamentos no estaba hablando sobre sí mismo, y que los actores que los repiten sólo están actuando? ¿Pueden las comillas volver aceptable lo que sin ellas resultaría incómodo?

XV
Resulta fácil para un poeta hablar sinceramente de guerreros valerosos y canallas astutos porque el coraje y la astucia poseen sus propios obras por medio de las cuales manifiestan su carácter. ¿Pero cómo va a hablar ese poeta sinceramente de amantes? El amor no cuenta con una hazaña que le sea propia: tiene que pedir prestado un acto de gentileza que, en sí mismo, no es una hazaña sino una forma de conducta —es decir, no es una obra humana. Uno puede, si así lo desea, llamarlo obra de Afrodita o de la Frau Minne o de la Bella Dama.

XVI
Una hazaña atribuida a Hércules era el de haber “hecho el amor” con cincuenta vírgenes en el curso de una sola noche: en estas condiciones se podría decir que Hércules era un favorito de Afrodita, pero no se le llamaría un amante.

XVII
¿Quién es Tristán? ¿Quién don Giovanni? Ningún fisgón podría decirlo.

XVIII
Resulta fácil para un poeta alabar las benevolentes obras de Afrodita (llenando su canción de encantadores retratos como el del ritual de la corte del Gran Colimbo Crestado o el de la curiosa conducta del molusco macho, y después todas las alegres ninfas y corderos amándose locamente mientras se levantan y caen imperios), siempre y cuando ese poeta piense que ella rige las vidas de las criaturas (e incluso de los seres humanos) en general. ¿Pero cuál es el papel de Afrodita cuando se trata de un amor entre dos personas con nombres y que hablan en primera y segunda persona? Cuando yo te digo Te amo, admito, naturalmente, que le debo a Afrodita la posibilidad general de amar, pero el que Yo te deba amar a ti es, lo exijo, mi decisión —o Tú mandato— no la de ella. O eso, al menos, seguiré exigiéndolo cada vez que me encuentre felizmente enamorado: cuando me encuentre infelizmente enamorado (la razón, la conciencia, mis amigos me advierten que mi amor amenaza a mi salud, mis bolsillos y mi salvación espiritual; sin embargo yo insisto en la unión), entonces bien puedo responsabilizar a Afrodita y considerarme su víctima indefensa. Así, cuando un poeta desea hablar del papel de Afrodita en una relación personal, la ve por lo común como una diosa malvada: no es de felices matrimonios de lo que habla, sino de amores trágicos y mutuamente destructivos.

XIX
El amante infeliz que se suicida no se mata por amor sino a pesar del amor: para demostrarle a Afrodita que todavía es un hombre libre, capaz de una acción humana, no su esclavo, reducido a una simple conducta.

XX
Sin el amor personal el impulso afectivo no puede ser una hazaña, sino un acontecimiento social. Un poeta al que comisionan para escribir un epitalamio, debe saber los nombres y el estatus social de la novia y del desposado antes de poder decidir el estilo de la dicción y la imaginería apropiada a la circunstancia. (¿Es para una boda de nobles o de campesinos?) Pero el poeta jamás preguntará: “¿Están enamorados los novios?” —porque eso es irrelevante para un acontecimiento social. Podrán llegarle rumores de que el príncipe y la princesa no se soportan pero que se tienen que casar por motivos dinásticos, o que la unión de Juan y Juana es realmente la unión de dos cerdos de la piara, pero tal chismerío no influirá en lo que él escriba. Es por esto que se puede encargar un epitalamio.

XXI
El poeta nos habla de hazañas heroicas emprendidas por amor: el amante va hasta el fin del mundo para traer el Agua de la Vida, mata a ogros y dragones, escala una montaña de cristal, etcétera, y su recompensa final son la mano y el corazón de la mujer a la que ama (que por lo general es una princesa). Pero todo esto sucede en el reino de lo social, no en el terreno personal. Viene muy a tono que los padres de la muchacha (o la opinión pública) digan: “Tales y cuales virtudes son esenciales en un yerno (o en un rey)”, e insistan en que cada aspirante que se someta a cualquier prueba, ya sea escalar una montaña de cristal o traducir un pasaje oscuro de Tucídides, demostrará si posee tal cualidad o no: y el aspirante que pase la prueba exitosamente tiene el derecho de reclamarles el consentimiento de la boda. Pero es inconcebible cualquier prueba que haga decir a la muchacha: “No podría amar a cualquier aspirante que fallara, pero amaré a aquel, quien quiera que sea, que la pase”; tampoco es concebible alguna hazaña que le dé al aspirante el derecho de demandar el amor de su amada.
Supongamos, también, que ella dude de la calidad afectiva del héroe (¿él sólo va detrás de su cuerpo o de su dinero?), entonces ninguna hazaña de él, por heroica que sea, puede sacarla de la duda; en relación con ella personalmente, todo lo que eso puede demostrar es que el objetivo del héroe, noble o ruin, es lo suficientemente fuerte para someterlo a la Prueba.

XXII
Darle un regalo a alguien es un acto de generosidad, y el poeta épico invierte casi tanto tiempo en describir los obsequios que sus héroes intercambian y las fiestas que ofrecen, como el que gastan describiendo las acciones en una batalla, porque se espera que el héroe épico sea tan generoso como valiente. El grado de generosidad lo certifica el valor en el mercado del regalo. El poeta sólo tiene que decirnos el tamaño de los rubíes y de las esmeraldas incrustadas en la funda de la espada o el número de ovejas y de bueyes que se consumieron en la fiesta. ¿Pero cómo tendrá que hablar un poeta convincentemente de regalos hechos por amor (“te daré las llaves del Cielo”, etcétera)? El valor mercantil de un regalo personal es irrelevante. El amante trata de escoger, por lo que sabe de los gustos de la persona amada, lo que él cree que a ella más le gustaría recibir en ese momento (y recibirlo de él): podría ser un cadillac, pero igual podría ser una postal cómica. Si él es un seductor en ciernes, con ganas de comprar, o ella una puta en ciernes, con ganas de vender, entonces, por supuesto, el valor mercantil es sumamente relevante. (No de modo invariable: su presunta víctima puede ser una muchacha muy rica cuyo único interés fuera el de coleccionar postales cómicas.)

XXIII
El regalo anónimo es una obra de caridad, sólo que nosotros estamos hablando de eros, no de ágape. Es tan esencial al amor erótico el deseo de exponerse a sí mismo ante la otra persona, como es esencial a la caridad el deseo de no exhibirse ante nadie. En ciertas circunstancias, el amante puede intentar ocultar su amor —porque está jorobado, porque la muchacha es su propia hermana, etcétera— pero no es en su condición de amante como trata de esconderlo; y si en ese caso él le enviara regalos anónimos, ¿no delataría esto una esperanza, consciente o inconsciente, de despertar su curiosidad hasta el punto en que ella diera los pasos necesarios para descubrir la identidad del remitente?

XXIV
Mientras su romance con Crésida iba bien, Troilo se volvió un guerrero más feroz que antes —“Exceptuando a Héctor, era el hombre más arrojado de todos”—, pero, al mismo tiempo, el cazador más caballeroso —“Dejaba escapar a las bestias pequeñas”. Y es verdad que a veces decimos de algún conocido que está enamorado: “Esta vez tiene que ser cierto. Antes solía ser muy déspota con todos, pero ahora, desde que encontró a N, nunca suelta expresiones descorteses”. Pero es imposible imaginar a un amante diciendo: “Debe ser cierto que amo a N porque ahora soy mucho más amable que antes de que nos conociéramos”. (Quizá sólo sea posible imaginarlo diciendo: “Creo que realmente N me ama porque me ha vuelto mucho más tratable”.)

XXV
En cualquier caso, este poema que me gustaría escribir no tiene nada que ver con la proposición “Él la ama” (en donde Él y Ella podrían ser personas ficticias cuyos caracteres e historia el poeta es libre de idealizar a su gusto), sino con mi proposición Te amo —en donde Yo y Tú son personas cuya existencia e historias podrían ser verificadas por un detective privado.

XXVI
Es una convención gramatical de la lengua inglesa que el hablante se instale a sí mismo en el “Yo”, e instale en el “Tú” a la persona a quien se está dirigiendo; pero hay muchas situaciones en las cuales una situación distinta serviría igual de bien. Podría ser la regla, por ejemplo, que, al conversar cortésmente con extraños o al dirigirse a los servidores públicos, uno usara la tercera persona: “Al señor Smith le gustan los gatos, ¿también a la señora Jones?”; “¿Podría decirle el honorable conductor al humilde pasajero cuándo sale este tren?”: Hay muchas situaciones, digamos, en donde el uso de los pronombres “Yo” y “Tú” no va acompañado por el sentimiento-del-Yo o por el sentimiento-del-Tú.

XXVII
El sentimiento-del-Yo: un sentimiento de-responsabilidad-por. (No puede acompañar a un verbo en la voz pasiva.) Me desperté en la mañana con un violento dolor de cabeza y grité: ¡Ouch! Este grito es involuntario y está al margen del sentimiento-del-Yo. Entonces pienso: “Estoy crudo”; cierto sentimiento-del-Yo acompaña a esta idea —es mío el acto de localizar e identificar el dolor de cabeza— pero tal sentimiento es muy ligero. Luego pienso: “Bebí demasiado anoche”. En este caso el sentimiento-del-Yo es mucho más fuerte: Debí tomar menos. Un dolor de cabeza se ha convertido en mi cruda, un incidente en mi historia personal. (No puedo identificar mi cruda señalándome la cabeza y gimiendo; lo que vuelve mía la cruda es mi acción pasada y no puedo señalarme a mí mismo el día de ayer.)

XXVIII
El sentimiento-del-Tú: un sentimiento de atribuir-responsabilidad-a. Si, cuando pienso en Tu hermosura, a este pensamiento lo acompaña el sentimiento-del-Tú, me refiero a que te hago responsable, cuando menos en parte, de tu apariencia física; y ésta no se debe simplemente a una afortunada combinación genética.

XXIX
Algo común a los dos sentimientos, del-Yo y del-Tú: un sentimiento de estar-en-la-mitad-de-una-historia. Yo no puedo pensar Te amo sin incluir los pensamientos Ya te he amado (así sólo sea por un momento) y Te seguiré amando (así sea sólo por un momento). Si, por tanto, mi intención —como me gustaría que lo fuera en este poema— es expresar lo que quiero decir cuando pienso esto, entonces me vuelvo un historiador, enfrentado con los problemas de un historiador. De los documentos a mi disposición (memorias de mí mismo, de Ti, de lo que he oído sobre el tema del amor), es probable que algunos hayan sido trastocados, que algunos otros sean incluso completas falsificaciones; ahí donde carezco de documentos, no puedo decir si tal carencia se debe a que nunca existieron o si se han extraviado o si están escondidos, y, si es así, de ser recobrables no marcarían ninguna diferencia para mi cuadro histórico. Incluso aunque me fuera dada la memoria total, seguiría enfrentándome con la tarea de interpretarlos y de tasar su relativa importancia.

XXX
Los autobiógrafos son como otros historiadores: algunos son liberales, otros conservadores, algunos son Geistesgeschichtswissenschaftler,2 algunos son folletinistas, etcétera. (Me gustaría creer que yo pienso Te amo más como Tocqueville lo habría hecho y menos como De Maistre.)

XXXI
El problema más difícil en el conocimiento personal, ya sea de uno mismo o de otros, es el problema de intuir cuándo hay que pensar como historiador y cuándo como antropólogo. (Es relativamente fácil intuir cuándo uno debería pensar como médico.)

XXXII
¿Quién soy yo? (Was ist denn eigentlich mit mir geschehen?)3 Muchas respuestas son plausibles, pero una definitiva sólo puede haberla en la misma medida en que pudiera existir una historia definitiva de la Guerra de Treinta Años.

XXXIII
Ay, que mi respuesta a la pregunta ¿Quién eres Tú? y tu respuesta a la pregunta ¿Quién soy Yo? sean las mismas, es tan imposible como que cualquiera de ellas resultara exacta y completamente cierta. Pero si no son las mismas, y ninguna resulta muy cierta, entonces la afirmación Te amo no puede ser muy cierta tampoco.

XXXIV
“Te amo; Je t’aime; Ich liebe dich; Io t’amo... no hay lengua en la tierra dentro de la cual esta frase no pueda ser traducida exactamente bajo la condición de que, por lo que se quiere decir con ella, el habla no es necesaria: en lugar de abrir la boca, el que habla muy bien podría señalarse con un dedo en primer término, luego señalar al “Tú” y enseguida dibujar un gesto que imite el acto de “hacer el amor”.
Bajo estas condiciones la frase se encuentra al margen de ambos sentimientos: el-Yo y el-Tú: “Yo” significa “este” miembro de la raza humana (no mi compañero de trago ni el cantinero), “Tú” significa “ese” miembro de la raza humana (no el inválido que está a tu izquierda, el niño de tu derecha o la vieja arrugada que está detrás de ti), y “amor” significa de “cuál” necesidad física soy la víctima pasiva en este momento (y no estoy pidiendo que me indiquen el camino hacia un buen restaurante o hacia el WC más cercano).

XXXV
Si fuéramos unos completos desconocidos (de modo que por ambas partes quedara excluida la posibilidad del sentimiento-del-Tú) y, abordándote en la calle, yo dijera Te amo, tú no sólo entenderías exactamente lo que estaba diciendo sino que tampoco dudarías que eso quise decir; nunca pensarías: “¿Este hombre se está engañando a sí mismo o me está mintiendo?” (Por supuesto, tal vez caerías en un error: Yo podría estarte abordando para ganar una apuesta o para provocar un ataque de celos en alguien más.)
Pero no somos desconocidos y no es eso lo que quiero decir —o no es todo lo que quiero decir.
Si de algún modo lo que quiero decir —y cualquier cosa que esto signifique— puede ser expresado, yo no podría transmitirlo igual de bien usando gestos que haciendo lo mismo con palabras (por tal motivo deseo escribir este poema) y, dondequiera que el lenguaje es necesario, la mentira y el autoengaño son igualmente imposibles.

XXXVI
Puedo fingir ante otros que no tengo hambre cuando la tengo (si me siento avergonzado de admitir que me resulta incosteable una comida decente) o que tengo hambre cuando no la tengo (ya que heriría los sentimientos de mi anfitriona si no como). Pero, ¿tengo hambre o no? ¿Qué tanta hambre? Es difícil concebir que tengan lugar la incertidumbre y el autoengaño en lo que se refiere a la respuesta verdadera.

XXXVII
Tengo hambre; Tengo mucha hambre; Me estoy muriendo de hambre: es claro que estoy hablando de tres grados del mismo apetito. Te amo un poco; Te amo muchísimo; Te amo locamente: ¿Estoy hablando aún de distintos grados? ¿O de distintas clases de amor?

XXXVIII
¿Te amo de veras? Podría responder No con la certeza de que estaba diciendo la verdad en la medida en que tú fueras alguien con tan poco interés para mí que nunca se me habría ocurrido hacerme a mí mismo la pregunta; pero no hay ninguna condición que me permitiera responder Sí con certeza. De hecho, me inclino a creer que, mientras mis sentimientos pudieran aproximarse cada vez más al sentimiento que haría del Sí la respuesta verdadera, me volvería más dubitativo. (Suponiendo que me preguntaras: “¿Me amas?”, yo estaría dispuesto, creo, a contestar Sí, si supiera que esto es una mentira.)

XXXIX
¿Puedo imaginar que amo cuando, de hecho, no amo? Desde luego que sí. ¿Puedo imaginar que no odio cuando, de hecho, estoy odiando? Desde luego que sí. ¿Puedo imaginar que únicamente odio cuando, de hecho, amo y odio a la vez? Sí, eso también es posible. Pero ¿podría imaginar que odiaba cuando, de hecho, no estaba odiando? ¿Bajo qué circunstancias tendría un motivo para engañarme a mí mismo en relación con esto?

XL
Amor Romántico: No necesito haberlo experimentado por mi cuenta para dar una descripción justa y precisa de él, en la medida en que, por siglos, esta noción ha sido una de las principales obsesiones de la Cultura Occidental. ¿Podría imaginar su noción contraria: el Odio Romántico? ¿Cuáles serían sus convenciones? ¿Su vocabulario? ¿Cómo sería una cultura en donde este concepto fuera una obsesión tan poderosa como el Amor Romántico lo es en la nuestra? Supongamos que yo lo experimentara, ¿debería tener la capacidad para reconocer en tal experiencia al Odio Romántico?

XLI
El odio tiende a excluir de la conciencia cualquier pensamiento que no sea el de la Persona Odiada; pero el amor tiende a expandir la conciencia; el pensamiento de la Persona Amada actúa como un imán, que se rodea a sí mismo de otros pensamientos. ¿Es por esta razón que un poema de amor feliz es rara vez tan convincente como uno de amor infeliz: porque el amante feliz parece estarse olvidando con mucha frecuencia de su Persona Amada para pensar en el universo?

XLII
De los muchos (tantos, que suman demasiados) poemas de amor que he leído, poemas escritos en primera persona, los más convincentes se daban siempre en el fa-la-la de una sensualidad bien naturalizada que no tenía pretensiones de amor serio, o en los aullidos de dolor porque la persona amada había muerto y ya estaba imposibilitada para amar, o en los gruñidos desaprobatorios porque ella amaba a otro o tan sólo se amaba a sí misma; los menos convincentes eran aquellos en los que el poeta sostenía que era sincero, pero a la vez no tenía de qué quejarse.

XLIII
En la batalla, un soldado que se sepa bien a su Homero puede tomar las hazañas de Héctor y Aquiles (que posiblemente sean ficticias) como un modelo e inspirarse con eso para pelear con bravura él mismo. Pero el posible amante que conozca bien su Petrarca no puede inspirarse en eso para amar: si toma los sentimientos expresados por Petrarca (quien fue ciertamente una persona real) como un modelo e intenta imitarlos, en ese momento deja de ser un amante y se vuelve un actor que representa el papel del poeta Petrarca.

XLIV
Muchos poetas han intentado describir la experiencia del Amor Romántico distinguiéndolo del deseo vulgar. (Repentinamente avergonzado, me gustaría decir; consciente de haber soltado disparates, como un chango parlante o un mozo de cuadra que aún no se ha bañado, ante una Presencia Soberana, con la lengua trabada, temblando, temeroso de permanecer ahí pero renuente a partir porque éste es, entre todos los lugares, el mejor en el que se puede estar...) ¿Pero no ha tenido uno ya experiencias similares (de un encuentro radiante) en contextos no-humanos? (En un recuerdo me veo a mí mismo llegando inesperadamente ante una desdeñosa fundidora de acero en las montañas de Harz.) ¿Qué es lo que hace la diferencia en el contexto humano? ¿El vulgar deseo?

XLV
Me gustaría creer que tiene lugar una evidencia amorosa cuando puedo decir verdaderamente: El Deseo, incluso en sus rabietas más salvajes, no puede persuadirme de que eso es amor ni impedirme desear que lo fuera.
XLVI
“Mi amor”, dice el poeta, “es más maravilloso, más hermoso, más deseable que...” —aquí sigue una lista de objetos naturales admirables y de artefactos humanos— (más maravilloso, me gustaría decir, que Swaladele, o la costa noroeste de Islandia, más hermoso que un tejón, un caballo de mar o una turbina fabricada por Gilkes & Co. de Kendal, más deseable que pan tostado en el desayuno o que un chorro sin fin de agua caliente...).
¿Qué entregan tales comparaciones? No una descripción, ciertamente, con la cual Tú pudieras distinguirte entre los cientos de posibles rivales que respondieran a una condición similar.

XLVII
“La persona que adoro tiene más alma que otras gentes...” (Más divertida, me gustaría decir.) Para ser preciso, ¿acaso el poeta no debió escribir... “que otras gentes con las que me he encontrado hasta hace poco”?

XLVIII
“Te amaré siempre”, jura el poeta. A mí también me parece fácil jurar esto. Te amaré a las 4:15 PM del martes entrante: ¿sigue igual de fácil puesto así?

XLIX
“Te amaré pase lo que pase, aun cuando...” —luego viene una lista de milagros catastróficos— (aun cuando, me gustaría decir, todas las piedras de Baalbek se quiebren en trozos exactos, los cuervos de Repton murmuren funestas profecías en griego y a su vez el Windrush4 allá abajo deslice imprecaciones en hebreo, el Tiempo enloquezca y que París y Viena vuelvan a estar fabulosamente alumbradas con gas...)
¿De veras creo que sea posible que estos acontecimientos ocurran durante el tiempo en que yo viva? Si no es así, ¿qué es lo que acabo de prometer? Te amaré pase lo que pase, aun cuando engordes nueve kilos o te aflija un bigote: ¿me atrevería a prometer eso?

L
Este poema que yo pensaba escribir era para expresar exactamente lo que quiero decir cuando pienso las palabras Te amo, pero no puedo saber con exactitud qué es lo que quiero decir; su función era lograr una verdad evidente en sí misma, pero las palabras no se pueden verificar por sí mismas. De modo que este poema permanecerá sin ser escrito. Eso no importa. Mañana llegarás; si yo estuviera escribiendo una novela en la que ambos fuéramos personajes, sé con exactitud de qué manera tendría que recibirte en la estación: adoración en la mirada; en la lengua, bromas y una amable malicia. ¿Pero quién sabe con exactitud cómo te saludaré? ¿La Bella Dama? Bueno, esa es una idea. ¿No podría uno escribir un poema (ligeramente desagradable, tal vez) sobre Ella?
1959

***
Auden. Circula una edición reciente de su libro Carta de año nuevo (Pre-textos, 2006).

abril 27, 2007

Auden un siglo



Son 20 los poetas responsables de que hablemos sobre Auden. En homenaje a que su madre lo parió hace exactos cien años , se pusieron un reto parecido al que sugiere León Felipe: “Deshaced ese verso. Quitadle los caireles a la rima, el metro, la cadencia y hasta la idea misma. Aventad las palabras, y si después queda algo todavía, eso será la poesía”.

Inspirados, entre otras obras de Auden, en The Shield of Achilles, Lullaby, Musée des Beaux Arts y Journey to a war, una veintena de españoles, mexicanos, argentinos y puertorriqueños reinterpretan el presente a través de fórmula parecida a la que probó con gran fortuna W. H. Auden el siglo anterior.


Y es que armado de papel y lápiz, se propuso enfrentar a los culpables del ruin capitalismo, de la necia guerra mundial y de la rampante miseria. Hoy han quedado atrás los enfrentamientos armados entre las grandes potencias, muy bien, pero llegaron a la conclusión de que es mejor acabar con los arruinados.

El desafío de El sol desmantelado es moderno y ambicioso, y sutil. Los autores nos confiesan sus miserias, sus más profundas y soterradas convicciones; y de una vez por todas han tomado partido en torno a nuestro mugroso presente. Decidieron hacerlo de la mano de un guía infatigable: Auden.

El más reconocido poeta inglés, sólo atrás de T. S. Eliot, a la par que conquistaba voluptuosas hembras recitándoles versos de vino tinto al oído, podía conducir una ambulancia entre campos minados para salvar víctimas de guerra. ¡Pocas oportunidades ha tenido la Historia de presumir tanta humana agudeza, como la poseída Auden! Y esta compilación-ofrenda como que quiere engrandecer ese perfil del poeta nacido en el poblado inglés de York.

Pero si el volumen no toma cuerpo enteramente es por culpa de lo mismo que lo engrandece. Por un lado me agrada mucho que sean varias las miradas que reelaboran el mundo pero, del otro, rogamos que sus autores llegado cierto punto, guarden silencio y contengan su impulso. Sus ímpetus son un arma de doble filo. Como el enardecido adolescente que nos alegra ver en las noticias aventándole piedras al Poder, pero cuya imbécil terquedad lo vuelve odioso.

Por ello se nos quedan más presentes los poemas cuya materia es simple: el enamoradizo que, turbado por el recuerdo de la novia que se marchó, tiene la mente en blanco; o el cuenco de las manos acaparando las chichis de una mujer, o unos ojos observando las estrellas. “La universalidad está en el drama interno del hombre”, sostenía Octavio Paz.

El sol desmantelado es una rendija a través de la cual podemos fisgar a una pareja haciendo el amor sobre las hojas, pero seguida de la ciudad más grande del mundo yéndose poco a poco a la mierda, o bien, unos perros carroñeros que se pelean un cadáver. Los que adoptan esta intimista y simple manera de escribir salen airosos del reto nada fácil de reinventar el presente con las armas de Auden. Pero da lástima ver que los más de los participantes se prestaran al engañoso juego de sacar a flote prejuicios de marras como si éstos fueran bastantes por sí solos para ganar nuestro convencimiento; eso déjenselo a las escandalosas revistas de kiosco.

¿Al poeta le toca descifrar la realidad? Lo que sí es que dispone de un arma, la palabra aporreada y desnuda como cuerpos desvestidos entre las sábanas. En la medida que el verbo conoce los más sordos golpes, adquiriere el grado de poesía. !Debe pasar la prueba de León Felipe! ¡Y ciertos versos de El sol desmantelado lo consiguen! Otros no. Pero qué me creen. Mejor léanlo:

El sol desmantelado. W. H. Auden revisitado
Abraham Chinchillas et al.
Ed. Albatros PRESS, 2007, 59 pp.

abril 22, 2007

a Martha

En la fuente de tus ojos
conserva el mar su promesa.


Paul Celan, poeta rumano

Qué le vamos a hacer

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Desde chico tenía ganas de escribir un diario, o algo así. Pero era cosa de niñas. Este blog es lo menos afeminado que encontré.

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