El blog de Luis Frías

julio 27, 2007

Ay, ferias de libros


De joven me gustaba ir a las ferias de libros porque encontraba ofertas. Especialmente en los últimos días antes de largarse, cuando los puesteros se daban por vencidos, era posible encontrar descuentos hasta del 50 por ciento. Por ejemplo, la Feria Universitaria del Libro en Pachuca solía ser algo así como una plaza de mercado, con puestos que no tenían jitomates y lechugas amontonadas, sino montañas de amarillentos tomos ¡a veinte pesos cada uno! Recuerdo que de esa forma me allegué mis primeros tomos de E. M. Cioran y de Jean Cocteau. Me hice desconfiado. Pertenezco al grupo de lectores que ven con recelo una feria de libros en cuya programación hay tantos conciertos musicales, tantas presentaciones editoriales y tantos talleres didácticos que ya no cabe uno más, pero cuyos puestos de libros son tan escasos que se convierten en el plato de segunda mesa de la celebración. Y es que pocos placeres se comparan al de comprar por unos cuantos pesos lo que cada quien considere una joya literaria, y enseguida llegar al rincón de la casa para comenzar su lectura con voracidad. Por eso es lastimoso que las ferias de libros sean celebraciones a todo, menos a los pliegos de papel empastados que contienen letras en su interior.

Del 13 al 22 de julio la antigua estación de ferrocarril de Pachuca alojó a la Feria del Libro Infantil y Juvenil en su séptima edición. La organizó el Consejo de Cultura de Hidalgo, el organismo oficial de ver por el arte en el estado. Sus cifras dicen que hubo 23 presentaciones editoriales, 17 espectáculos entre obras teatrales, guiñol, conciertos, etc., 11 talleres de todos tipos, más 48 puestos de libros de los cuales 42 eran editoriales y el resto, librerías que, yo sentí, estaban dando caro. De donde saco en fieme el siguiente balance: hubo bastantes actividades para una sola semana, y lo que es más bonito: su blanco fue el público infantil, tan menospreciado por la industria cultural mexicana. Sí, albricias, pero también: los volúmenes empastados llamados libros siguen sin ser la principal preocupación de la Feria.

No me atrevo a juzgar los espectáculos de música de rock ni talleres como el de “Abrazoterapia”, sobre cuya materia ignoro, pero de los libros presentados me es lícito opinar. Me hace feliz grandemente que se presentaran La voz oval, el pequeño volumen teatral de Enrique Olmos, el dramaturgo más joven de Hidalgo, lo mismo que el poemario colectivo W. H. Auden Revisitado de 20 poetas mexicanos y ¡Éste es mi nagual! del talentoso actopense Yuri Herrera, igualmente los tomos de los párvulos escritores lugareños que han sido becados por el Consejo de Cultura. Esto, en cuanto a libros locales. Por lo que respecta a los de plumas renombradas, es un gusto que Mario Bellatín presentara El Gran vidrio, exploración literaria homónima a la ¿pintura? más famosa de Marcel Duchamp, o que la editorial Sexto Piso acudiera, presentando En busca del tiempo perdido, un concepto de novela gráfica que dice con imágenes lo que Marcel Proust escribió entre 1908 y 1922 en seis tomos tamaño ladrillo.

Con ser acertada cuanta presentación se realizó, insisto con empecinamiento en que los libros que la gente podía comprar y llevarse a su casa son situación que tiene sin cuidado a los organizadores.

Pero tal vez ni siquiera he dicho lo que más me interesa. La tamaña coindicencia de éste con los otros años es lo más notable. Y de forma exactamente igual a los años pasados, la séptima edición del libro tuvo sus cosas. Podemos hablar que lo bueno fue mucho y lo malo también. Pensar en los talleres programados al mediodía de calor infernal, o en el diminuto estacionamiento que en las tardes de lluvia era un charco de lodo, son dos botones de muestra. La organización de estas ferias ha logrado desafiar al sentido común. Pienso en aquella verdad de Pero Grullo: con el tiempo las cosas cambian. Pues bien, yo que he ido a las últimas tres o cuatro ediciones de esta feria, sostengo que ninguna novedad me asaltó, ni siquiera una que me atrevo a juzgar la más luminosa de cualquiera de las sorpresas: toparme con montañas de libros amarillentos y hasta inencontrables a precios de locura.

julio 26, 2007

Él cantaba boleros

*Por Eliseo Alberto, escritor cubano radicado en México.

El pitcher Manuel Alarcón era, en mi juventud, “una gloria viva del deporte cubano”, como dicen los comentaristas de beisbol cuando se ponen tiernos ante el micrófono. Al aceptar las señas de su catcher, Manuel comenzaba en la lomita un wind up muy lento, en verdad inquietante, enseñaba el número de su espalda al bateador en turno, y al volverse lanzaba hacia el plato un auténtico meteorito. Varios buscadores de talento habían intentado “reclutarlo” para las Grandes Ligas, y llegaron a ofrecerle jugosas carnadas. Manuel nunca cedió. Para él las palabras dignidad, patriotismo y pueblo significaban lo mismo: Revolución.

Los cubanos lo convertimos en una leyenda, símbolo, representante de una pequeña isla también llamada David que se enfrentaba a un ogro de nombre Goliat. Unos diez años después de su retiro como atleta de alto rendimiento, el periodista Boby Salamanca y yo tratamos de localizarlo para saber qué había sido de su vida. Los decanos de la prensa deportiva en México seguramente recuerdan la simpatía y brillantez de Boby Salamanca: que en paz descanse.

Viajamos a Santiago de Cuba. Preguntando por aquí y por allá, fuimos a dar a la ciudad de Bayamo. Lo encontramos donde el joven carpetero del hotel nos dijo que estaría: en un cabaret de arrabal cuyo nombre no recuerdo –pero sí su rancio olor a orine. Tres conos de luz rojiza bombardeaban la pista. Me costó trabajo reconocerlo: estaba en la plenitud de su decadencia. Vivía de mal cantar boleros. Nadie del público parecía prestarle atención, ni siquiera cuando se doblaba de dolor al pronunciar aquellos versos de “Rosa mustia”, la terrible balada del trovador Angelito Díaz: No queda ya de lo que fuiste, nada. Mi ídolo era un (glorioso) pobre diablo. Tuve ganas de abrazarlo: se caía de borracho.

Hoy me acordé de Manuel Alarcón cuando leí lo que ha dicho Fidel Castro al informar a los cubanos de la isla que el bicampeón olímpico y mundial de los 54 kilogramos, el boxeador Guillermo Rigondeaux (244 triunfos en 248 peleas), y su colega Erislandy Lara, campéon mundial de los pesos welter, habían decidido desertar durante los Juegos Panamericanos de Brasil. “Sencillamente los noquearon con un golpe directo al mentón, facturado con billetes norteamericanos. No hizo falta conteo alguno de protección”, escribió Fidel en el periódico Granma: “La traición por dinero es una de las armas predilectas de Estados Unidos para destruir la resistencia de Cuba”. Y los llamó mercenarios, epíteto preferido para descalificar o demoler a alguien que se salga del juego.

El único camino posible es el de la deserción porque en mi país todo se convierte en política, hasta los sueños. ¿Por qué se considera deshonroso que un habanero juegue en un equipo de balonmano de Brasil o que un boxeador aspire a una corona en el boxeo profesional, si tiene la suerte de ser el mejor de su peso en el planeta, libra por libra? ¿Por qué los obligan a fugarse o a remar en una balsa, rumbo a Miami? El discurso oficial asegura que los “renegados” merecen el desprecio del pueblo. Les tengo malas noticias: los hermanos Liván y Orlando El Duque Hernández, por ejemplo, no han dejado de ser cubanos por ganar entre los dos más de ochenta millones de dólares en un par de temporadas, y son tan o más queridos ahora que antes, cuando jugaban en las ligas amateurs de la isla, por el equivalente a cuarenta dólares mensuales.

Les debo el final de aquel viaje a Bayamo. Al terminar su ronda, el bolerista Manuel Alarcón fue a saludar a Boby Salamanca. Mi amigo lo paró en seco: “Campeón, ¿qué haces cantando en este tugurio de porquería?”. Manuel se veía abochornado, al responder: “Aquí me gano mis pesitos”. Enseguida tomó aire y recorrió el salón con la vista, sin fijarla en ningún rostro, en ningún sostén, hasta posarla de nuevo en su vaso de ron caliente. Tragó en seco. Sólo entonces se atrevió a decir, con pundonor: “Compadre, es que cuando te han aplaudido una vez es muy duro vivir sin que te aplaudan”. En sus pupilas creí ver la media luna de un estadio vacío.

Boby avanzó hacia la pista y ordenó con desesperación: “¡Aplaudan, carajo, aplaudan! ¡Ingratos, malagradecidos, este gigante es Manolito Alarcón!”. Algunos lo hicieron. No he vuelto a saber de Manuel. En internet hay pocos datos sobre su vida y ninguno habla de su muerte, así que debe de andar por algún recodo de este mundo. La Historia con mayúscula es un hueco negro; con minúscula, un ring de boxeo donde los contendientes juegan ajedrez a batazos.

Mucha suerte para Lara y Rigondeaux, campeones.

Todos la necesitamos.

julio 24, 2007

Escolios a un texto implícito

Con este título bañado de pedantería, el reaccionario colombiano Nicolás Gómez Dávila publicaba allá por el remoto 1977 un par de volúmenes cuyas páginas sumadas daban el ladrillo colosal de mil páginas llenas de aforismos. Transcribo algunos de ellos no como un acto de adhesión a lo que defienden sino todo lo contrario, para demostrar que la inteligencia vale siempre la pena, aun siendo empleada hasta por seres como este autor. Por otra parte, sin embargo, este libro es subversivo, en el sentido de que "el libro más subversivo de nuestro tiempo sería una recopilación de viejos proverbios", según el refrán.

-Hay seres cuyos monosílabos son verbosos.

-La sociedad premia las virtudes chillonas y los vicios discretos.

-El hastío no es fruto de la posesión prolongada, sino del contacto fugaz con mil objetos.

-El historiador norteamericano no puede escribir historia sin lamentar que la Providencia no lo consultara previamente.

-Los galicismos son las vitaminas del español (¿será?).

-Sólo los profetas honestos son linchados.

-"El progresista siempre triunfa y el reaccionario siempre tiene la razón. Tener razón en política no sonsiste en ocupar el escenario, sino en anunciar desde el primer acto los cadáveres del quinto". Que conste que le puse comillas y que lo dijo él.

-Marx gana batallas, pero Malthus ganará la guerra.

-Toda rebeldía total termina en filosofía de Club Rotario.

-La eduación primaria acabó con la cultura popular; la eduación universitaria está acabando con la cultura.

-Un diploma de dentista es respetable, pero uno de filósofo es grotesco.

-Para juzgar nuestro tiempo basta recordar que los sociólogos son sus moralistas.

-Civilización es todo lo que la universidad no puede enseñar.

-Alma es lo que le nace a las cosas cuando duran.

-La Revolución Francesa parece admirable a quien la conoce mal, terrible a quien la conoce mejor, grotesca a quien la conoce bien.

-Seamos "livresques", es decir: sepamos preferir a nuestra limitada experiencia individual la experiencia acumulada en una tradición milenaria.

-Las opiniones revolucionarias son la única carrera, en la actual sociedad, que asegura una posición social, respetable, lucrativa, y plácida.

-Hombre culto es aquel para quien nada carece de interés y casi todo de importancia.

-La "historia científica" recela de la verdad personal de las Memorias para confiar en la mentira impersonal de los Archivos.

-"Los reaccionarios contemplamos las claudicaciones de la izquierda con la misma fruición malévola que los anticlericales de pueblo los deslices del cura".

Chale con este último apotegma. No se le perdona ni se le perdonará a Nicolás Gómez Dávila que se pronuncie reaccionario. Pero ¿no hay acaso una que otra máxima poca madre en el resto del listado anterior?

julio 23, 2007

Frida y Gabo

Dos furores comerciales han alcanzado a nuestro estado.

Uno es la moda de celebrar al narrador colombiano más famoso del planeta. Hablo del homenaje internacional que ha tenido ocasión por los ochenta años de edad de Gabriel García Márquez y por los primeros cuarenta de haber visto la luz su obra magna, Cien años de soledad. Al diseñar el Cuarto Congreso Internacional de la Lengua Española, la Academia Colombiana se propuso distinguir a Gabo. ¡Y de qué manera! El Congreso (que tiene lugar cada cien años) optó por celebrar a un único escritor, reeditando con un tiro millonario su libro central. El caso es que Hidalgo no ha escapado a esta moda, por otro lado harto justificada si pensamos en que es García Márquez el escritor más leído de todos los integrantes del boom hispanoamericano. Ni Carlos Fuentes, autor de Terra nostra; ni Julio Cortázar, de Rayuela; ni Mario Vargas Llosa, de Conversación en La Catedral, han sido tan leídos. En Pachuca, la banda rockera A Letter For y el espectáculo de pasacalles itinerante Recuerdos de Márquez se han sumado a esta moda publicitaria, por otra parte tan opacada con otro homenaje.


Es el que ha tenido lugar hasta las amibas por el hecho de que hace exactos cien años nació Magdalena Carmen Frida Kahlo y Calderón. Hija del considerable fotógrafo Guillermo Kahlo, Frida nació, vivió y murió en Coyoacán. Durante su desenvuelta existencia pública se convirtió en la artista mujer más importante de la primera mitad del siglo 20 mexicano, por militar activamente en el Partido Comunista y pintar con un compromiso plástico tan contrastante con la preocupación social de, por ejemplo, Diego Rivera y Siqueiros. Pero esto ya lo ha apuntado Luis Cardoza y Aragón en sus estudios sobre pintura y Revolución mexicanas. Ahora bien, conviene hacer un alto para mentar algo. A la esposa de Diego Rivera había que destacarla por la singularidad de su obra y no tanto por su parafernálica imagen pública que, sin embargo, fue el meollo del espectáculo escénico Las dos Fridas, que tuvo lugar en Pachuca. Antes de pasar a lo siguiente, pensemos en André Breton que, impresionado por el surrealismo en algunas obras de Frida, la admiró pero sin llegar reverenciarla.


¿En dónde radica el reclamo contra ambos homenajes?


Con García Márquez, pienso que la reedición de Cien años de soledad debería estar acompañada no de fotografías en publicaciones periódicas sino de la revisión de su obra entera, en la cual El Otoño del Patriarca es la novela que posee acaso tantas o más excelencias literarias que la obra considerada magna. En punto a Frida, tengo la firme sospecha de que la bandera del folclor y el desmadre con que siempre ha navegado su vida y obra por las aguas de la historia del arte, es la culpable de que el detenimiento por sus cien años de nacimiento venga degenerando en pura chabacanería publicitaria. Han sido objeto de notas periodísticas las siguientes cuestiones: la venta en 5.6 millones de dólares de su óleo Raíces por la casa de subastas Shoteby’s, la muerte de Isolda Kahlo (¿quién?) sobrina de la pintora, un documental inédito sobre Diego Rivera, la correspondencia ultrasecreta de Frida que al ser expuesta ha perdido la cualidad de secreto, y, lo más hilarante, la compañía de vuelos Air France se inspiró en Frida (¡!) para idear un menú y una programación de películas que ponen en sus vuelos entre México y Francia. “Estoy muy satisfecha de la difusión que Air France hace de la cultura mexicana a través de la gastronomía. Las recetas de Frida, no sólo condimentan el vuelo, sino que llevan consigo gran parte de nuestra cultura”. Hizo esta penosa declaración a los periódicos la historiadora de arte Guadalupe Rivera.


En materia de amor y de ideas, José Ortega y Gasset creía poco eficaces anuncios y programas. Cosa similar pasa en arte. Que los homenajes a García Márquez y a Frida hayan explotado serían cosa buena si estuvieran acompañados del acercamiento del público a sus obras y no nada más la publicación de un libro con pastas lindas, o de platillos en una aeorolínea donde viaja gente rica.

julio 22, 2007

Narcosuplemento

¡Vaya que no he tenido tiempo ni ánimo de hacer comentarios en este espacio! Pero hoy me he despertado con ganas de asesinar a alguien. No consigo elegir a mi víctima.

Voy a comenzar por el maldito tedio dominical que semana con semana aguarda su día y nos abraza como una maldición consabida, y, sin embargo, tan indeseada como inevitable. Aire soporífero de las dos de la tarde: inmejorable descripción en Cien años de soledad para designar a un domingo.

No es tonto ir más lejos. El calor soporífero de los domingos es la comparación exacta de la tibieza que abraza la existencia diaria de los narcos. Tener las cosas resueltas a base de dinero fácil es una cosa tan idiota como un caliente día de la semana en que los problemas hacen una pausa. ¿Qué carajos hará soñar a los narcos -además de estar drogados? A uno le importa llegar vivo al fin del mes, tener con qué pagarle al banco, ver a la novia y darle besitos, soñar con trepar al Himalaya algún día, ver tocar a los Rolling Stones en su próxima presentación... ¿Pero a los narcos? Si no tienen de qué preocuparse estirando la quincena, si tienen novias buenísimas a montones, si pueden comprar (literalmente) un pedazo del Himalaya y construir una cabaña a la que llegarán en sus helicópteros, si pueden pagar la primera fila de asientos en el directo de los Rolling, ¿a qué carajos pueden aspirar sino a apechugar más y más dinero en un círculo vicioso que llega a extremos de enfermedad? Pero una cosa es cierta: tienen la vida contada.

Una exploración, que se agradece, en torno al narco es el tema central del actual número del suplemento cultural Confabulario que aparece en el diario El Universal, de México. Los textos de David Aponte, Alejandro Suverza, Juan Veledíaz y Héctor de Mauleón son, siendo unos mejores que otros, edificantes. Dan explicaciones llanas y mundanas, precisas y macizas, a algunas cosas que debieron pasar por la mente de los barones mexicanos de la droga cuando decidieron "entrarle al negocio". También son textos que humanizan a esos chabacanos personajes de trocas y botas de caimán y mansiones en islas exóticas y camisas de seda estampada con la Guadalupana y pistola al cinto y aviones y aterrizajes forzosos y despilfarro.

Ahora bien, ¿no será estos lujos su castigo?, pues al fin y al cabo constitiyen el nudo de los domingos de asfixiante sopor como a los que me he propuesto matar en esta ocasión.

julio 14, 2007

De marcha con los clásicos

Por Winston Manrique Sabogal para el suplemento cultural "Babelia", del diario español El País en su edición de julio 14.
En: http://www.elpais.com/articulo/semana/arte/
seguir/huellas/elpepuculbab/20070714elpbabese_1/Tes

Varios escritores revisan y reescriben obras inmortales de la literatura para acercarlas al lector actual. Una iniciativa inédita en la cual los autores tienen libertad absoluta. El Cid, El Lazarillo, Las leyendas de Bécquer, Prometeo, Edipo o Medea son algunas de las primeras obras y personajes retocados, vistos en clave política o de humor o de quienes se resuelven dudas. Un duelo analizado por escritores, editores y expertos en literatura que reflexionan sobre los claros y oscuros de esta arriesgada misión.

Un robot doméstico Nokia fue el encargado de anunciarle a Rodrigo Díaz el destierro intergaláctico al que había sido condenado. Así es que se puso la escafandra y abandonó Vivar, en una decisión que lo llevaría a la conquista de otras galaxias...

Ése es el nuevo destino del Cid. Porque todo es posible en esta séptima ¿o novena? dimensión a la que un grupo de escritores españoles intenta llevar a los héroes y obras clásicas de la literatura. Para revisarlas, reinventarlas, reescribirlas, redescubrirlas, refrescarlas, reinterpretarlas y todo lo re que sea desacralización.

¡Profanación!, murmuran unos. ¡No son intocables!, se alegran otros. O ¿acaso hay algún impedimento para meter mano en las obras clásicas? "Son textos que no han sido recogidos en ningún momento de una forma que pudiéramos llamar pura. Todos surgen de algún modo de la inspiración de otros. Los escritores siempre están mirando el legado literario", recuerda Javier Azpeitia, responsable de la nueva 451 Editores, que en su colección 451.Re: busca retocar grandes obras. Una misión en la que se han involucrado por ahora unos treinta escritores bajo la consigna: libertad absoluta. La estrategia es que varios autores se enfrenten a un mismo libro y lo actualicen, lo adapten o lo reescriban. La intención, según Azpeitia, es acercar los clásicos a la gente que los ve como algo antiguo o pesado, y hacerlos accesibles. Pretenden que un libro lleve a otro: para quienes no hayan leído el clásico, éste puede servir de pretexto para leerlo, y para los que ya lo conocen, descubrirán una perspectiva contemporánea.
Segunda vida

Una prueba de que en el Olimpo literario las puertas están abiertas a todos los mortales. Hasta allí siempre han acudido los escritores para ver qué y cómo han creado sus dioses. Cómo se han ganado ese sitio. Pero ese destino de visitas privadas se ha cambiado en España con estas peregrinaciones que buscan dar a los clásicos una segunda vida a través de conexiones con el lector de hoy. La espina dorsal de la historia se mantiene y lo que cambia, a veces, es el tiempo, el espacio, el tono; se aclaran dudas o se escriben en clave política y de humor, o se inserta en la realidad más actual.

En esa modernización, aparte de que Rodrigo Díaz de Vivar celebra sus ocho centurias con una escafandra en lugar de su armadura legendaria; se dice que el Lazarillo de Tormes aprendió a leer y escribir tan bien gracias a que un estudiante le daba clases en pago a los favorcillos que recibía de su madre; se rumorea que algunas leyendas de Bécquer persiguen por estos días a tribus urbanas de góticos...

La literatura siempre se ha nutrido de sí misma, recuerda Andrés Trapiello, quien hace tres años narró en Al morir don Quijote cómo continuaron la vida aquellos que sobrevivieron al hidalgo manchego, creado por Miguel de Cervantes, que a su vez se inspiró en los libros de caballería de la Edad Media. "La literatura es la historia de las revisiones y prolongaciones, siempre respetables si no se trata sólo de alargamientos. Por ejemplo, la Eneida es la segunda parte de la Ilíada y Dante llama a Virgilio en su ayuda en La Divina Comedia. La mayor parte de las reposiciones del teatro clásico español salen a escena desfiguradas. Al parecer el público no soportaría las versiones íntegras en su lenguaje original. Hace dos años yo mismo propuse que se tradujera el Quijote al castellano, porque me parecía una crueldad obligárselo a leer en una lengua difícil a tantos que no la entienden. En cuanto a las intervenciones en obras ya escritas por otros o en vidas del pasado, supongo que aquéllas deberían estar presididas por el sentido común, huyendo del amarillismo y oportunismo literarios: ni Segismundo haciendo chistecitos ni la Virgen masturbando a san José (por citar casos reales). En todo lo demás, libertad absoluta. Lo decía Karl Kraus: 'No hay original, si es mejor la copia', versión más o menos libre de D'Ors: en arte sólo es lícito el plagio si va seguido de asesinato. Claro que antes Kraus había dicho también: 'El original recupera siempre lo que le han quitado; aunque nazca más tarde".

Una tentación que ronda a los creadores de toda estirpe. Ahí están los bigotes que pintó Marcel Duchamp a la Gioconda de Da Vinci; o las óperas que traspasan tiempos y espacios; o los remakes de grandes películas; o las miles de versiones de canciones populares.

No temer y arriesgar es la clave. Toda iniciativa literaria está bien, asegura José Carlos Mainer, catedrático de Literatura Española y autor de La edad de plata. 1902-1939. "No soy nada prohibicionista. Esta iniciativa es inédita, una especie de segunda vida". Aunque aclara que depende de quien lo haga. Las obras tienen su ficha y es muy difícil moverlas de ahí. "Un libro de estos que busca revisar y actualizar obras memorables es legítimo como nueva literatura, pero como adaptación del clásico hará poco. Los clásicos están ahí".

Lo más popular son las adaptaciones de libros para jóvenes y niños, la actualización del vocabulario en obras antiguas o versiones especiales de libros como la Biblia o clásicos griegos. De la misma manera que al traducir a otro idioma a algunos clásicos se utiliza el lenguaje actual, ¿por qué negarles esa modernización en su propia lengua?
Fiel e infiel

¿Pero es necesaria una reescritura? Martín Casariego, uno de los que ha participado en la versión de El Lazarillo de Tormes, lo tiene claro: "Los clásicos tienen un problema, y es que si los lees tal cual hay cosas que se pierden. O condicionan la lectura por las notas a pie de página, por ejemplo". No tiene dudas de que algunos de estos libros canónicos son mejorables. Aunque reconoce que esta colección de 451.Re: tiene algo de fiel e infiel. "Fiel porque siempre se le dice al lector que se trata de una versión libre, e infiel porque en su lectura el que no haya leído el original no sabe realmente qué es verdad y que no".

Más dudas sobre este tú a tú con los clásicos tiene la poeta Clara Janés, autora de Los números oscuros: "Se habla mucho de reescritura y sólo me parece lícita la reescritura de algo escrito por uno mismo. Creo que si se trata de textos ajenos es otra cosa. Está bien actualizar el vocabulario y facilitar así el acceso a una obra que resulta de gran dificultad para el lector de hoy, y es enorme la riqueza que en este sentido tiene España. Pero ¿quién podría atreverse a cambiar una palabra de un soneto de Quevedo o de Góngora? De ser editora, yo iría con gran cautela y me limitaría a lo imprescindible, que es mucho".

Todo lo que sea divulgar está bien para Juan Eduardo Zúñiga. "El peligro es que se haga simplificando la obra. Se corre el riesgo de perder su esencia porque el lector joven o primerizo puede quedarse con una idea falsa de esa realidad creativa". El autor de Capital de la gloria duda que tras la modernización o transformación del clásico en algo contemporáneo sea aprovechado por el lector como una obra de actualidad. "Sería fundamental que estas obras no quedaran mermadas porque podría perjudicar a otras áreas de la literatura".

Uno de los que ya ha entrado tres veces a ese Olimpo literario es Luisgé Martín. A finales de los noventa cuando creó una novela a partir de Tadzio, el efebo de rizos dorados creado por Thomas Mann en Muerte en Venecia. Después volvió para hacer una adaptación juvenil de El Lazarillo de Tormes, y ahora para revisar la vida de Rodrigo Díaz de Vivar en ¡Mio Cid!, de la colección 451.Re:. Tres libros con dos acercamientos distintos. En Tadzio fue un ejercicio metaliterario. "No tengo ninguna sensación ni de deuda ni de irreverencia. Aprovecho iconos para dar una imagen más cercana. En los otros dos casos son aproximaciones más funcionales o instrumentalizadas. Lo que quiero es acercar esos textos a un público que siente respeto o antipatía hacia los clásicos o ese marchamo de académico, quitarle ese barniz". Sobre el riesgo de confundir al lector, Martín asegura que no hay tal porque todos saben que hay versiones de todo. "La literatura es meter la mano donde uno puede y tratar de extraer la belleza, el placer, las ideas o algo estético, venga de donde venga".

Mejor si es del Olimpo literario donde sigue la peregrinación en busca de los hilos que conecten aquellos dioses con los lectores del hoy. Incluso con los fundadores que dejaron su legado en las Tragedias griegas. Lola Beccaria rastrea los recovecos mentales y emocionales que tuvo la traicionada Medea para matar a sus hijos; David Torres presenta a un Prometeo empastillado que en sus delirios es perseguido por un águila; José Carlos Somoza recrea a un Edipo como un joven asaltante de un supermercado que descubre a su madre justo cuando...

Giuseppe Tomasi di Lampedusa

Hace cincuenta años murió Giuseppe Tomasi di Lampedusa creyendo que su obra, como su noble estirpe, se extinguían con él. Hoy lo recordamos, sin embargo, como uno de los paradigmas mayores de la transformación de la novela, precisamente por el libro en que cuenta el fin de su heráldica: El Gatopardo. Presentamos los pormenores de los últimos días de Lampedusa, y el texto con el que el Premio Nobel italiano Eugenio Montale saludó en su momento el ingreso de El Gatopardo a la república mundial de las letras.



Giuseppe Tomasi di Lampedusa (1896-1957)

Poderoso poeta de la muerte


por MARÍA TERESA MENESES

La vida y obra del príncipe siciliano Giuseppe Tomasi di Lampedusa siempre estuvo marcada por una explosiva carga de pathos y pietas que transformaría en tragedia la publicación de su única novela, El Gatopardo, cuyas vicisitudes se encuentran entre las más singulares de la literatura toda. La suya fue una existencia llena de dolores y amarguras que le dejaron dibujado para siempre ese rictus de aflicción en su tímida sonrisa, atormentado gesto con el que Giorgio Bassani evoca su recuerdo en el prólogo a la obra maestra de Lampedusa. Hay personas que, tal parece, se preparan febrilmente, en secreto, durante toda una vida, en la que aparentemente no pasa nada de extraordinario, para que en vísperas de su despedida de este chacal hambriento que es el mundo, todo se precipite vertiginosamente: pasión, muerte y redención.

Cuando Giuseppe Tomasi tenía veinte años acudió puntual al requerimiento que le exigía su patria e interrumpió sus estudios para marchar al frente de guerra. Hecho prisionero, se escapó del campo de concentración de Posen y, disfrazado, atravesó media Europa a pie hasta que logró llegar a Italia. Interesado en cuestiones militares y en libros de historia, entre sus lecturas preferidas estaba Clausewitz, e incluso llegó a participar como capitán de artillería durante la Segunda Guerra Mundial. Pero su más honda pasión fue la lectura. Sin embargo, aunque Giuseppe Tomasi era un impresionante lector y un puntilloso crítico, experto en literatura inglesa y francesa de las que abrevaba en su lengua original, desgraciadamente nos legó pocos escritos: su única novela, El Gatopardo (Argos Vergara); los Relatos (Bruguera), entre ellos “Lighea”, que en español se ha traducido como “El profesor y la sirena” y que en una antología de los grandes cuentos del siglo XX necesariamente tendría que ser incluido; sus ensayos publicados en dos tomos sobre literatura inglesa, Letteratura Inglese (Arnoldo Mondadori Editore), sabroso recorrido, desde los orígenes hasta el siglo XX, por sus caros escritores ingleses; los Ensayos sobre Stendhal (Argos Vergara); sus reseñas publicadas bajo el seudónimo de Giuseppe Aromatisi (Flaccovio Editore); y las cartas de amor a su esposa Licy (Edizioni Associate), la condesa báltica Alessandra Wolf Stomersee.

Durante los últimos tres años de su vida sacaría fuerzas de la estirpe del gatopardo, de su sobrepeso y de su enfermedad para escribir un libro que su trágico destino le impidió ver publicado y gozar del fenómeno editorial en el que se transformó a partir de su aparición en noviembre de 1958 (editorial Feltrinelli), gracias a los buenos oficios de Giorgio Bassani, a quien le llegó el manuscrito tardíamente a través de Elena Croce —la hija de Benedetto Croce, que era agente literaria y a quien Lampedusa le había enviado el manuscrito de una manera anónima desde los primeros meses de 1957—, cuando su autor ya había muerto. Al año siguiente, en 1959, la novela ganaría el premio de narrativa más importante de Italia, el Premio Strega. En 1960 se habían publicado ya cincuenta y dos ediciones, con lo que se transformó en el primer best-seller italiano. Y en 1963, Luchino Visconti potenciaría el fenómeno filmando una extraordinaria versión cinematográfica en la que el príncipe Fabrizio de Salina es encarnado por un inolvidable Burt Lancaster.

Todo se precipitaría en la primavera de 1954, cuando el poeta Eugenio Montale recibió un sobre amarillo al que le faltaban algunos sellos postales y que contenía unos cuantos poemas apenas legibles, impresos en Capo d'Orlando, Sicilia. Anexa a los poemas, venía una carta de un tal Lucio Piccolo en la que se explicaba su intención de evocar “un mundo singularmente siciliano, o más concretamente palermitano, que se encuentra ahora en el umbral de su propia desaparición, sin haber tenido la suerte de ser fijado en alguna expresión artística”. Sus poemas, proseguía el remitente, describían “ese mundo de iglesias barrocas, de viejos conventos, de almas adaptadas a esos lugares, que pasaron aquí su vida sin dejar rastro”. A Montale no le alentó mucho la carta, que en realidad había sido escrita por Lampedusa y tal vez era más una descripción de su futura novela que un resumen de la poesía de su primo. Pero se puso a leer los poemas, en parte para ver si merecía la pena el dinero que había tenido que pagar por los sellos que le faltaban al sobre. Luego de haber leído los cinco primeros poemas líricos, Montale se sintió fascinado ante aquel librito, y más tarde describiría a su autor como “un flautista sedentario que puede sacar matices inéditos hasta de una caña rota”. Los Cantos barrocos, con su exuberante verbosidad, en efecto, habían sido escritos en el ambiente casi tropical de Capo d'Orlando. Poco después de haberlos leído, Montale invitó a Piccolo a tomar parte en el encuentro de San Pellegrino, donde un grupo de distinguidas figuras literarias presentaría a un escritor desconocido más joven. Así, Lucio Piccolo fue el ahijado de Eugenio Montale, aunque éste se quedó de una pieza cuando descubrió que su protegido era un barón siciliano casi de su misma edad. En San Pellegrino, Lampedusa, que siempre se mostró reservado y con un gesto amargo en los labios, logró vencer su timidez característica y se las ingenió para intercambiar un par de impresiones con Montale y con Emilio Cecchi. A su regreso a Palermo, escribió una nota sobre el escritor inglés Martin Tupper: “Ahora estoy matemáticamente seguro de ser el único que lo ha leído en Italia. Cecchi y Montale lo desconocen, dicho sea en su honor...”.

El inesperado éxito de Lucio, con quien constantemente se batía en duelos de erudición literaria, finalmente le había despertado un cierto sentimiento de rivalidad.

A esas alturas de su vida, ya no quedaba nada de las riquezas de su linaje. Ni la pequeña isla que daba nombre al principado y había pertenecido a la familia por más de doscientos cincuenta años había resistido los malos oficios contables de una aristocracia inútil en la administración de bienes. Giuseppe Tomasi, duque de Palma, barón de Montechiaro y último príncipe de Lampedusa había nacido en Palermo el 23 de diciembre de 1896. A la muerte de su pequeña hermana, Stefania, fulminada por la difteria a los dos años de edad, quedó como el hijo único de Giulio di Lampedusa y de Beatrice Mastrogiovanni Tasca e Filangeri di Cutò, como el último descendiente de una familia que se extinguiría con él. Sabedor de la ruina económica que había diezmado a los de su sangre y consciente de que una naturaleza avara les había negado la fecundidad necesaria para traer herederos al mundo, estaba obligado a dejar constancia de aquel “mundo siciliano único” antes de que extinguiera.

Lleno de achaques (bronquitis, dolores reumáticos, enfisema, obesidad) Lampedusa era una figura que “emanaba literalmente una sensación de muerte”. Su gran tragedia fue la coincidencia de su decadencia física con su breve periodo de creatividad artística. En mayo de 1957 le diagnosticaron cáncer de pulmón y tuvo que trasladarse a Roma para recibir radiaciones de cobalto. A principios de julio su estado empeoró. Pero aquel hombre enfermo, en las últimas semanas de vida, fue capaz de trabajar en el manuscrito de “Lighea” y en un capítulo de El Gatopardo, manuscrito al que no dejaba de meterle mano. Antes del fin, una tragedia se sumó a la otra. Flaccovio, editor y librero palermitano —al que Lampedusa le había enviado el manuscrito para su publicación, pero éste lo rechazó porque no publicaba narrativa— le había enviado el manuscrito de El Gatopardo al director de la editorial Einaudi y consejero de Mondadori: Elio Vittorini. Como representante del neorrealismo y apóstol de la nueva literatura italiana, era previsible que Vittorini encontrara reaccionaria y decadente una novela como la de Lampedusa. La carta de rechazo de la publicación de El Gatopardo escrita por Elio Vittorini, fechada el 2 de julio de 1957 en Milán, llegaría a manos de Lampedusa el 17 ó 18 de ese mes a Roma, luego de haber pasado por Palermo, apenas cinco o seis días antes de su muerte. Completamente derrotado, el príncipe todavía tuvo el coraje de leerla en voz alta con su acostumbrada ironía: “No está mal como reseña, pero de publicar la novela, nada”, le diría a Giocchino Lanza Tomasi, su adorado hijo putativo.

La mañana del 23 de julio de 1957, cuando su cuñada fue a su recámara para despertarlo, lo encontró muerto. Lampedusa había fallecido en la madrugada, tranquilamente, en su cama. Siempre había cortejado a la muerte, al igual que don Fabrizio de Salina y “ahora se había acabado el cortejo: la bella había pronunciado su ‘sí', la fuga estaba decidida y reservado el compartimento en el tren”. Luego de una misa de réquiem en Roma, su cuerpo fue trasladado a la tumba familiar del monasterio de los capuchinos, en Palermo, donde también reposa Fabrizio de Salina en El Gatopardo.

Escribir El Gatopardo fue su reconciliación con la vida y con la muerte, le dio un propósito a su existencia y una razón para retrasar el final. Apaciguó la sensación de vacío de un hombre que escrutó en el pasado definitivamente muerto. “Mientras hay muerte, hay esperanza”, dice el príncipe Fabrizio de Salina cuando escucha que doblan a difunto las campanas en Donnafugata. Lampedusa fue un poderoso poeta de la muerte —como dice Claudio Magris—, que supo evocar la ausencia y el vacío y, por lo tanto, supo entender, al igual que los grandes escritores del siglo XX, la condición del hombre moderno. Fue capaz de construir un mundo mostrado como un moribundo, anquilosado en una ficción de existencia y, acaso por esto, su novela, que se quiso ver decimonónica y añeja, en realidad era poderosamente contemporánea. Cuando don Fabrizio le reclama a su sobrino Tancredi sus francas simpatías hacia Garibaldi y no al rey, como le correspondería a alguien de su clase social, éste le responde: “Si queremos que todo siga como está, es preciso que todo cambie”. Nada tan preciso y tan actual como esta frase que resume el análisis político de una sociedad en transición. Gatopardismo al que en México no hemos sido ajenos.

***

El Gatopardo

por EUGENIO MONTALE

Lampedusa. ¿Quién era él? Hasta ayer, nadie podía decir que era el nombre de un escritor. En cuanto al singular personaje que portaba ese nombre, incluso para mí, hasta hace poco tiempo, Lampedusa (Giuseppe Tomasi, príncipe de) era el noble señor siciliano que en el verano de 1954 acompañó al poeta Lucio Piccolo, su primo, a recibir el bautismo literario en un encuentro que se realizó en San Pellegrino Terme. Aquí se llevaron a cabo una serie de conferencias o presentaciones: escritores maduros o ya reconocidos le darían la bienvenida literaria a jóvenes escritores debutantes. Sin embargo, sucedió que muchos de los autores que participaron solamente se conocían por correspondencia; y, en otros casos, que entre el viejo y el presunto joven no mediaba una gran diferencia de edad. El poeta Lucio Piccolo, por ejemplo, que llegó desde Capo d'Orlando (Messina), no podía decirse que era muy joven; y, sin embargo, no podía ser considerado ningún estudioso —no lo perdía de vista su mentor, o su guía— de tanto que él encarnaba el tipo de poeta absorto en sus propios pensamientos y acaso incapaz de ingeniárselas por sí solo en esa embarazosa ocasión.

Sin embargo, ni siquiera ese día, yo sospeché que el príncipe de Lampedusa (caballero que en su juventud debió haber sido rubio, alto, fuerte, elegante y silencioso, apenas ese tanto necesario que no le impidiese externar algunos chistes llenos de humour) pudiese ser o volverse un escritor a la altura de los literatos allí presentes. Sin embargo, así fueron las cosas. Nos informa Giorgio Bassani, a quien le debemos el primer conocimiento y la recuperación de la novela que hoy aparece póstuma (El Gatopardo, editorial Feltrinelli, Italia, 1958), que este importante libro fue escrito, acaso en pocos meses, cuando Lampedusa regresó de ese torneo literario. Puede ser que la ducha de vivificadora y militante literatura que experimentó en ese entonces el príncipe haya sido el estímulo, la causa fortuita a la que le debemos este bellísimo libro: el primero y el último porque Tomasi di Lampedusa murió en Roma en julio de 1957, a la edad de sesenta años. Ópera prima, es más, la única, pero persiste la duda si El Gatopardo fue un libro que el autor llevó y alimentó en su persona durante toda su vida y que probablemente no tuvo, por parte del escritor, los últimos cuidados.

Formalmente casi perfecta, la novela revela a un artista maduro y al día; pero en su confección, en la secuencia de cada uno de los episodios, no siempre es armoniosa y proporcionada. Luego de dos capítulos, que un gran naturalista del siglo XIX podría envidiarle, la novela se detiene en los meandros de un idilio juvenil, que acaso demasiado, nos lleva al clima de la actual “prosa de arte”; y en la segunda parte, no siempre el moralista y el novelista caminan a la par. Además, una figura secundaria, la del padre Pirrone, que creíamos un sencillo don Basilio, pretende todo un capítulo para sí, revelándose de golpe buen cristiano y hombre sensato. Pero luego el libro se vuelve a levantar desde estas páginas menores —pero igualmente muy atrayentes— y retorna, en los dos capítulos finales, a su primitiva fuerza narrativa.

Resulta muy difícil encontrar antecedentes literarios en El Gatopardo; el trasfondo (Sicilia en 1860) pudiera hacer pensar en el De Roberto de Los virreyes; pero el escándalo psicológico, el sarcasmo y el casi feroz uso del bisturí corresponden a alguien que no ignora a Brancati; mientras que la afectuosa reconstrucción, el gusto por la vieja estampa, pudieran recordar a Guido Nobili y a los otros escritores de libro único, aquellos que le eran caros a Pancrazi. Pero, al final, uno acaba por concluir que semejantes parangones no explican nada. Acaso El Gatopardo es la síntesis de una novela río que nunca fue escrita por Lampedusa. Una síntesis, entendámonos, del todo mental, interna: que es la causa de los desequilibrios mencionados, pero también de la novedad del libro. Si la novela histórica tradicional basa su poder en una leve pátina de aburrimiento (tal es para el lector ingenuo el sentido del tiempo que fluye lentamente), nada más lejano a los esquemas de la novela histórica que El Gatopardo. Y, sin embargo, el sentido de la historia, la sucesión de las generaciones, el advenimiento de las nuevas clases y de los nuevos mitos, el ocaso de la nobleza feudal y el igualmente hipócrita triunfo de las “magníficas fortunas” son la materia misma y la inspiración de la novela, en la que pocos personajes son suficientes para poner de relieve la extraordinaria ambivalencia espiritual del autor.

El príncipe Fabrizio de Salina, personaje fundamental del libro, vive dividido entre inclinaciones opuestas. Rico feudatario, su fortuna está amenazada por una señorial incapacidad a no dejarse robar. Orgulloso de su título y de su censo y, por lo tanto, tradicionalista, sin embargo, él lleva en sí mismo la simiente del iluminismo; buen diletante de astronomía, no puede esconder que para los privilegios de su casta las horas están contadas. Por eso favorece las simpatías de su pobretón sobrino, el príncipe Falconeri, por el movimiento de liberación de los “piamonteses”. Incluso el rey Borbón es informado de esto, y cuando recibe a Salina en el palacio real de Caserta, lo pone sobre aviso: “Salina, óyeme. Me han dicho que dejan mucho que desear las visitas que sueles hacer en Palermo. Que tu sobrino Falconeri... ¿por qué no sienta de una vez la cabeza?”. “Majestad, Tancredi no se ocupa más que de mujeres y de juego”. “Salina, Salina, estás loco. El responsable eres tú, el tutor. Dile que ande con cuidado. Adiós”. En espera del desembarco de los garibaldinos, Salina se retira a su feudo de Donnafugata, con su esposa, sus numerosos hijos, el attaché eclesiástico, el padre Pirrone, y su fiel perro Bendicò, una de las más vivas “personas” del libro. Más tarde, los alcanzará Tancredi Falconeri, herido y condecorado; Palermo es ocupada por los patriotas y el joven sirve, egregiamente, para salvar a la familia Salina de eso que hoy se llamaría depuración. Una gran carrera se vislumbra en el futuro de Falconeri, pero Salina renuncia a darle por esposa a su hija Concetta, muchacha igualmente frígida que ni siquiera podría ayudarlo con una rica dote. Salina, por el contrario, favorece el matrimonio de Tancredi con la hermosa Angélica, hija de don Calogero Sedàra, un campesino enriquecido a costa de despojar sistemáticamente de sus bienes a los vecinos. Despabilada, agresiva. Estupendo ejemplo de muchacha meridional de piernas un poco cortas, Angélica acelerará el ascenso de Tancredi a los puestos de mando de la política. Incluso al príncipe de Salina, un piamontés, Chevalley, emisario del prefecto de Girgenti, vendrá a ofrecerle la laticlave (toga púrpura con la que se vestían los senadores romanos y que indicaba su dignidad y cargo), pero obtendrá un tajante rechazo. ¿Es posible que alguien que fue par del reino de Sicilia vaya a sentarse en una asamblea de parvenus? ¿Con esto se pretende rendirle honor? ¡Incluso esto resulta ridículo! Salina, por otra parte, no sabe nada acerca del Senado; esta palabra solamente le recuerda “al senador Papirio, que rompía una varita sobre la cabeza de un galo maleducado, a un caballo Incitatus. Pero la razón de su rechazo es otra.

Carente de ilusiones, Salina adolece de la capacidad de engañarse a sí mismo. Qué vayan los jóvenes (¿Y por qué no?, también don Calogero Sedàra) a competir en el muy engalanado catafalco del Senado. ¿Es verdad que es necesario obrar, hacer algo? “En Sicilia no importa hacer mal o bien: el pecado que nosotros los sicilianos no perdonamos nunca es simplemente el de ‘hacer' [...] El sueño, querido Chevalley, el sueño es lo que los sicilianos quieren”. ¿Será acaso que Chevalley todavía no conoce el paisaje siciliano? “Esta violencia del paisaje, esta crueldad del clima, esta tensión continua en todos los aspectos, estos monumentos, incluso, del pasado, magníficos pero incomprensibles porque no han sido edificados por nosotros y que se hallan en torno como bellísimos fantasmas mudos; todos estos gobiernos que han desembarcado armados viniendo de quién sabe dónde, inmediatamente servidos, al punto detestados y siempre incomprendidos, que se han expresado sólo con obras de arte enigmáticas para nosotros y concretísimos recaudadores de impuestos, gastados luego en otro sitio: todas estas cosas han formado nuestro carácter, que así ha quedado condicionado por fatalidades exteriores además de por una terrible insularidad de ánimo”.

El lector ya comprendió; el usurero Sedàra se vestirá con la laticlave. El nuevo Reino, seguido por la desconfianza de Salina, se encaminará hacia las magníficas fortunas, guiado por uno de los pocos sicilianos despiertos o semidespiertos, Crispi; Salina, ya defraudado por algunos feudos, se volcará en sus estudios astronómicos hasta que la muerte lo sorprenda, en julio de 1883, en un hotel de Palermo. Junto a él están sus tres hijas solteras, la princesa Falconeri ya viuda, y sus dos hijos varones. El tercer varón, también él un semidespierto como Crispi, está ausente: vive en Inglaterra y comercia con piedras preciosas. Y la muerte de Salina es la muerte de un sabio y de un justo; no es un drama, “sino el vaciamiento, el detallado desmoronamiento de la personalidad unida al presagio de la reedificación en otra parte de una personalidad (gracias a Dios) menos consciente pero más larga”. Extensas y desnudas páginas en las que está resumida toda una vida con la deslumbrante claridad y velocidad de un fulgor.

La historia también tiene un epílogo. En 1910, las tres solteronas todavía viven en lo que queda del palacio de sus antepasados, dominado por el blasón del felino rampante. Inmersas en prácticas religiosas han llenado la capilla de la casa con falsas reliquias adquiridas malgastando los últimos centavos del patrimonio paterno. Luego de una visita del arzobispo, un sacerdote enviado por él decidirá que solamente unas pocas reliquias ostentan título de autenticidad. Todo lo demás será arrojado a un rincón del patio y la capilla volverá a ser consagrada. Junto con las falsas reliquias, también dará un salto el viejo perro Bendicò, embalsamado. “Durante su vuelo desde la ventana su forma se recompuso un instante. Habríase podido ver danzar en el aire a un cuadrúpedo de largos bigotes que con la pata anterior derecha levantada parecía imprecar. Después todo halló la paz en un montoncillo de polvo lívido”.

La singularidad de una arquitectura que los norteamericanos dirían ginger bread, estrambótica, no impide que este Gatopardo, al que se le podrían quitar o agregar algunas escenas (y en esto recuerda a Roma de Palazzeschi, poderoso libro mal confeccionado y dominado por un único personaje) sea un libro de sorprendente unidad espiritual: un libro de un gran señor, de un gran esnob en el más alto significado de la palabra, de un hombre que comprendió todo de la vida, de un poeta-narrador dotado de una implacable clarividencia y de un sentimiento de la existencia que es, a la vez, estoico y profundamente caritativo. Y es un pecado que una breve reseña no pueda sugerir las cualidades más altas de Lampedusa, artista y moralista: su virtud de pintor de paisaje y de interiores, su don para hacer vivir a una multitud de figuras que son demasiado verdaderas para ser sencillamente “veristas”. Al terminar la lectura recordamos todo de El Gatopardo, y estamos seguros que, tarde o temprano, querremos releerlo de principio a fin. Y nos preguntamos: ¿De cuántos libros publicados en la última década podemos decir lo mismo?

Tomado de Il Corriere della Sera , 12 de diciembre de 1958.

julio 07, 2007

La identidad de los diferentes*





*Crítica literaria de Fernando Savater que aparece en la edición del sábado 07 de julio en la página web del suplemento cultural "Babelia" del diario español El País [http://www.elpais.com/articulo/ensayo/identidad/diferentes/elpepuculbab/20070707elpbabens_2/Tes]


Los que deseen comprender un poco mejor el juego identitario y conocer cómo nacen y cómo mueren encontrarán en este libro de Kwame Anthony Appiah una visión especialmente matizada de este proceso cambiante y polémico de etiquetas que asumimos o que los demás nos obligan a asumir. Entre las conclusiones de este profesor, destaca cómo nos ayudan a encontrar un camino, aunque lo relevante sea lo que excluyen y no lo que incluyen.

¿Hablamos de enfrentamientos entre fieles de diversas creencias religiosas? ¿Nos preocupamos por el separatismo disgregador de los nacionalistas? ¿Tememos el choque o buscamos la alianza entre las civilizaciones? ¿Lamentamos la difuminación mimética de cada individuo en la sociedad de masas? ¿Defendemos el derecho de las minorías sexuales a expresar y practicar sus opciones alternativas? ¿Creemos que el multiculturalismo es el único remedio frente a la globalización homogeneizadora? ¿Pensamos que hay que mantener la diversidad de las lenguas por razones semejantes a las que llevan a proteger la biodiversidad? ¿Reclamamos la universalidad de lo humano frente al narcisismo de las pequeñas diferencias folclóricas? En todos estos casos y en otros muchos semejantes, nos debatimos en la red de problemas que hoy suscita la cuestión de la identidad. A diferencia de otros conceptos (o nociones, no exageremos) ideológicos, la identidad y sus controversias apasionan incluso a nuestros contemporáneos menos propensos al morbo filosófico y encrespan furiosamente hasta a los que serían más capaces de morir por ella que de definirla de modo inteligible.

Para quienes prefieran congestionarse un poco menos y comprender algo mejor la identidad (o las identidades: cómo nacen, cómo se combinan, cómo se excluyen y luchan entre sí, cómo se superponen o se substituyen, cómo se armonizan, cómo se abandonan, cómo mueren) considero muy recomendable y hasta imprescindible la lectura de este libro. Su autor, el profesor Appiah, no sólo tiene una notable y perspicazmente ordenada erudición académica sobre este tema, sino también la experiencia personal de lo que las identidades "incómodas" pueden aportar o sustraer a la vida de cada cual: nació en Londres, hijo de un nativo de Ghana que fue patriota africano pero también defensor cosmopolita de los derechos humanos y de una inglesa, y ha sido profesor en diversas instituciones de África, Estados Unidos y Europa. Además, pertenece a una opción sexual minoritaria. Todo lo cual le ha dado una visión especialmente rica, matizada y -lo que resulta muy gratificante- irónica de este proceso cambiante y polémico de etiquetas que asumimos o que los demás nos obligan a asumir, en las que consiste el juego identitario.


En la vida humana se entrecruzan muchos valores, no siempre fácilmente jerarquizables ni siquiera propensos a la armonía. En consecuencia, las opciones morales razonables son múltiples y a menudo contradictorias. "La identidad", dice Appiah, "proporciona, entre otras cosas, una fuente más de valor, una que nos ayuda a encontrar un camino entre esas opciones. Adoptar una identidad, hacerla mía, es verla como el factor que estructura mi camino en la vida". La identidad es un diseño posible, una guía imaginaria o GPS moral, que nos orienta a través del laberinto ético, desde luego, pero también consolida nuestra autonomía social y nuestra autopercepción psicológica. Aunque se apoya en datos objetivos -pero subjetivamente interpretados, que es lo relevante- nunca puede decirse que esté directa y obligatoriamente determinada por ningún condicionante natural o social. Al contrario, en muchas ocasiones es la arbitrariedad la que obtiene premio, sobre todo cuando halaga la necesidad de magnificar las diferencias mínimas o establecer como irreductibles las variaciones sobre el mismo tema que condenan al hereje y dejan imperturbado al ateo. Lo único que está claro es que para cada una de las identidades es mucho más importante establecer aquello que no son que lo que son, aquello que rechazan y condenan que lo que ensalzan y recomiendan: lo relevante de la identidad es lo que excluye y no lo que incluye. Noticia que tiene interés para aquellos que se empeñan en predicar la absoluta e irrestricta compatibilidad entre todas las identidades, sólo a fuerza de buena voluntad.

En el libro de Appiah hay tantas derivaciones sugestivas del tema principal que resulta imposible glosarlas en pocas líneas. Entre ellas destaca, desde luego, su recurrente ensalzamiento del principio de la universalidad ética humanista frente a la diversidad como valor absoluto en sí misma. Si la diversidad potencia la autonomía y la libertad humana, merece respeto: si en la diversidad se incluyen las formas comunitarias que las niegan, debe ser rechazada sin escrúpulo políticamente correcto. También son muy lúcidas las reflexiones que dedica al conflicto dentro de un Estado democrático entre las lenguas minoritarias y lo que él llama la lengua "política", es decir, aquella que permite a todos los ciudadanos entenderse unos con otros para la gestión de los asuntos comunes. Y desde luego cuenta con mi simpatía su decisión liberal (aunque nada acrítica) de elegir como genio tutelar de sus reflexiones a John Stuart Mill, quizá junto a Spinoza el más humana e intelectualmente simpático de los pensadores contemporáneos.

No olvidaré un último elogio: su capacidad para acuñar irónicamente fórmulas que merecen el mármol. Brevísimo florilegio: "Aunque seamos los seculares más empedernidos, nada nos impide hacer distinciones entre las hostias y las galletas"; "un valor es como un aparato de fax: no sirve de mucho si lo tiene una sola persona". Y por supuesto mi preferida, que resume la obra de Appiah y la de muchos otros menos inteligentes que él: "En el jardín de las identidades culturales, las flores de papel echan raíces con gran celeridad".

Calderón padece complejo de inferioridad


He tenido la oportunidad de entrevistar a este especialista en asuntos internacionales y una de las voces más autorizadas a propósito de los síntomas indeseables de la mudialización de la economía y de la cultura.

A juicio de Jalife-RAhme, Andrés Manuel López Obrador tiene un problema desde ahora, a un año de las elecciones federales del 2 de julio.

En su análisis de la situación prevaleciente en la política mexicana actual, Jalife-Rahme observa que la relación económica entre nuestro País y los Estados Unidos es adversa y que próximamente lo será también con respecto a Latinoamérica, en donde los países muestran una tendencia a elegir gobiernos con ideologías de izquierda.


En virtud del adverso inicio económico del sexenio y de las complejidades de la lucha contra el narco, el internacionalista prevé que el movimiento así llamado "gobierno legítimo" que encabeza López Obrador tomará fuerza año con año; esto, gracias al potencial aumento de las ciudadanía inconforme con el sistema de gobierno panista.

El internacionalista Alfredo Jalife-Rahme presidió un seminario político al que acudí porque así lo quiso el destino.

El también académico de la UNAM y de la Universidad Autónoma Metropolitana observó que el gobierno del presidente Felipe Calderón tiene rasgos fascistas, reflejados en su política de vestir de mlitar una situación que es social y económica, a saber, la del narco. A la par, se basó en un análisis psiquiátrico para decir que Calderón padece complejo de inferioridad.

“Ha mostrado todos los elementos de intentar militarizar al País. Pero está cometiendo un grave error de juicio, porque el ejército mexicano es básicamente popular. Además hay que ver cómo votó la milicia: el 80 por ciento del ejército votó por Andrés Manuel; mientras que la cúpula, por PRI-PRD. Entonces, cometería un grave error de juicio si intenta irse por esa vía, porque la situación se le puede revertir.

“Pero él tiende a hacerlo precisamente por sus complejos de inferioridad. Si aplicamos las teorías del siquiatra Alfred Adler, que estudia los complejos de inferioridad, vemos cómo desembocan en conductas tiránicas. Ha sido la constante en toda dictadura en la historia de la humanidad. Calderón posee ese perfil”, agregó.


Autor de libros sobre los síntomas indeseables de la globalidad, Jalife-Rahme hizo el balance a un año de las elecciones. Del lado del gobierno federal, opinó que “Calderón va estar buscando siempre la legitimidad”. Por la parte de López Obrador, dijo, “el movimiento está más vivo que nunca.
“Y no es porque él lo esté impulsando sino que es catalizador de una acumulación de agravios, y es la expresión del descontento generalizado y de un repudio al gobierno federal. Andrés Manuel no existiría si no hubiera fracasado el gobierno neoliberal” resumió.

Para él, López Obrador tiene un problema. “La gente quiere acción y él tiene que responder o puede ser rebasado por su izquierda. Debe empezar a tener mucha creatividad, pasar a la fase de las acciones”, señaló.

julio 01, 2007

Murakami y su discípula Yoshimoto





Por Luis Matías López para el diario español El País.







Se dice que Haruki Murakami puede ganar el Nobel un año de éstos, y que Tokio Blues. Norwegian Wood es una anomalía en su producción literaria. Él mismo la considera un experimento. Sin embargo, sin Tokio Blues el fenómeno Murakami, de alcance universal, tal vez no hubiera llegado a estallar. Hasta a él le pilló por sorpresa su tremendo éxito cuando se publicó en Japón, en 1987. Tuvo que irse del país para asimilarlo.

Muchos lectores españoles tienen los cables cruzados porque han leído las obras de Murakami sin seguir el orden en el que fueron escritas. Tal vez se iniciaron en 1994 con Crónica del pájaro que da cuerda al mundo (probablemente su novela más lograda) y no leyeron Tokio Blues hasta 2005 (cuando se editó en España) para terminar en 2006 (tras algunas otras paradas) con Kafka en la orilla. Demasiadas piruetas para caminar sin perderse entre las fantasías oníricas que, con estilo nada artificioso, permean casi toda su obra y el realismo sin complejos de Tokio Blues. Rehecho el calendario, se entiende mejor que a Murakami se le encuentren parientes tan diversos como Salinger, Don DeLillo, Carver o Kafka. En cualquier caso, el desorden no elimina ni una pizca del placer que produce leer hoy (o releer) Tokio Blues, con su lograda idealización de la memoria.

A Murakami le han salido imitadores, pero ninguna tan clara como Banana Yoshimoto, 15 años más joven y no siempre lo suficientemente hábil a la hora de adaptar una receta que mezcla amores primerizos, fantasmas familiares, ritos de iniciación y otras dimensiones. Que la alumna no llega a la altura del maestro resulta especialmente claro en el caso de Amrita, publicada en Japón hace 10 años, y en España hace cinco. Se diría que le sobra la mitad del metraje y que a su autora se le atraganta la distancia larga. Yoshimoto, en cualquier caso, se beneficia de la estela que deja Murakami, tiene ya una legión de entusiastas lectores, se crece en el relato corto (como los de Sueño profundo) y dada su edad (nació en 1964) cabe esperar que aún perfile una voz más personal y potente.

junio 29, 2007

Pornochou


No sin tristeza me he enterado que cerró sus puertas la única sala de cine original, valiente, que existía en Hidalgo. No era un complejo comercial cuya cartelera exhibía simultáneamente todos los churros gringos de moda, sino un espacio para la morbidez y la sana perversión mental. En la pantalla del cine SNTE pasaban películas para adultos. Pero su singularidad llega a más: como su nombre lo indica, pertenecía al Sindicato Nacional de Trabajadores de la Educación, el cual lo rentaba a una empresa privada que, a su vez, encontró un mercado consumidor de los filmes pornográficos fuera de temporada que se proyectaban. De manera que los maestros, aburridos de tanto dar clases, ¡podían echar a volar la mente, relajados frente a la pantalla grande repleta de cuerpos atléticos teniendo un maratónico desempeño sexual! Aquí va todo mi reconocimiento. Las autoridades del SNTE mostraron una edificante carencia de mojigatería, adelantándose varios años a su tiempo. Por eso es una gran pena que cerrara para convertirse en un simple y llano centro cultural.

Además del Centro Cultural del Magisterio (que así se llama), se hizo un gastazo de 13 millones de pesos públicos para remodelar los velatorios propiedad del sindicato. ¿Habrán temido que el cierre de la tranquila sala porno pueda acarrear bastantes complicaciones en la salud de las y los educadores como para empujarlos a la tumba? No es descabellado. Acabo esto, lamentando lo más vergonzante. El secretario general del sindicato, Alejandro Soto, ¡ofreció una disculpa a la sociedad hidalguense por el mal uso que se le dio al cine SNTE, y resaltó que la remodelación del inmueble responde a la “justificada indignación de las maestras y los maestros”! Pero el clásico cine SNTE gozaba de algún arraigo los hidalguenses. Lanzada por la boca de un hombre a una mujer, la frase “Te invito al cine SNTE” era la posibilidad de ahorrar gastos de chocolates, flores, perfumes y cenas románticas, antes de llegar a la cama. Ahora, el lugar tiene acabados de primera. Y la sala proyección, está equipada con 360 butacas y palcos, que exhibirán filmes de ignota calidad.

En Internet es donde la gente busca más pornografía. Y en esta red informática también hay muchas estadísticas en torno al consumo de videos, fotos y demás productos de sexo explícito. Aquí: www.enough.org, hay varias cifras que los puritanos calificarían de alarmantes, pero que si yo me viera obligado a tildarlas las llamaría entendibles. Este lugar da a conocer que 60 por ciento de las visitas al Internet son de naturaleza sexual; 25 millones de yanquis visitan entre una y diez horas a la semana los sitios pornográficos; 9 de 10 niños menores a 16 años ya saben fornicar, merced a Internet, y el 70 por ciento de sitios sexuales se visita entre 7 a.m. y 5 p.m., esto es, en pleno horario laboral. Pues bien, opino que los puristas no tendrán de qué alarmarse siempre y cuando la pornografía continúe poseyendo sus espacios subrepticios en las comisuras de la sociedad. En primera, porque con la erradicación de todos los males perversos, los puristas no tendrían en qué perder el tiempo juzgando a su semejante. Y en segunda, lo más importante: porque la pornografía es, lo admito, un mal pero un mal necesario. ¿O quién, sino la gente normal, consume tal cantidad de pornografía? Sería tonto creer se trata de una legión de trastornados sexuales rondando el mundo en espera de violar a la humanidad; es más sensato dar en pensar que los consumidores habitan bajo nuestro techo; que son el licenciado, el profesor, el médico, el chofer, los padres y sus hijos. A mí me horroriza mucho más que se publicite la erradicación del consumo sin atacar las estructuras sociales, que son las afectadas. La idea de que la pornografía es perversa, me parece un palmario error de percepción. Y otra vez lamento el cierre de cine SNTE y la apertura del Centro Cultural con baños de lujo y una sala donde pondrán churros holliwodenses.

Reto a los puristas que se dan penosos golpes de pecho, lamentando las cifras in crescendo del mercado pornográfico. ¿Nunca lo han consumido? Anden, tiren la primera piedra.

junio 28, 2007

Otto

Por Eliseo Alberto, escritor cubano.


La vida no se va volando ni dura lo que un suspiro, a no ser que se interponga una fatalidad prematura, un accidente, un mal incurable. La vida tampoco tiene que ser obligatoriamente un calvario de lamentaciones. Si uno se lo propone, la vida alcanza (a veces sobra) para hacer muchas cosas –por ejemplo, publicar más de cuarenta títulos de poesía, un manojo de novelas de aventuras o imaginar un sitio (el Peuqueñal) donde conviven los muertos y los vivos que uno ama. Allí, Juan de la Cabala ha merecido con sobradas razones un Doctorado Honoris Sauza (por el tequila) y Jaime Sabines se ocupa personalmente de organizar los funerales de las prostitutas abandonadas. José Revueltas administra la pulquería “El sueño de los jabalíes”. Dicen que han visto pasear a Jorge Luis Borges, sin Lazarillo, por el Boulevard de los Crepúsculos o la Avenida de los Cipreses Rumorosos. Incluso, la vida alcanza para morir en paz, casi travieso, rodeado de nietos, hijos, de la mano de una centroamericana hermosa llamada Haydee Maldonado. Así lo decidió Otto.

Quien primero vio una nube de color anadrio
era un joven pastor de diecisiete abriles
que más tarde fue monarca de su reino
y hombre feliz hasta decir ya no,
porque el anadrio es el color de la alegría
y de la buena suerte.

¡Y de la buena suerte!


Un español porquerizo de Castilla
vino a América y cuando se internó en la selva
vio un árbol de color anadrio;
ese mismo soldado de fortuna
más tarde comió con Carlos V
y fue virrey;
porque el anadrio es el color de la alegría
y de la buena suerte.

¡Y de la buena suerte!


El anadrio es uno de los nuevos colores que Otto inventó para iluminar su poesía. Sólo un hombre bueno, humilde, es capaz de andar por el mundo regalando colores. O defendiendo el derecho a voz y voto del geranio: “Sobre heridos anfiteatros con antiguas podredumbres/ se sitúan los geranios ya crecidos de presagio”, escribió a los veinte años. Y cuando digo humilde quiero decir valiente. Llegó a México en 1954, como perseguido político, después de la intervención norteamericana en Guatemala. Ya traía cicatrices. Venía apaleado pero con muchas ganas de desquitarse a verso limpio. Aquí terminó sus estudios universitarios. Aquí se casó con Haydee. Aquí redondeó su obra literaria. Aquí murió el sábado pasado, sentado en su sillón, manoteando la noche. Había pedido que lo cremaran, con su vieja maquinita de escribir sobre el pecho. Sus cenizas están tatuadas de letras –por eso cantarán cuando los suyos las esparzan sobre las aguas del Lago Atitlán, a 140 kilómetro de Ciudad Guatemala –su Peuqueñal, ¿verdad, querida Haydee?

En la época moderna otras personas
han visto objetos de color anadrio
y su suerte ha cambiado en forma radical.
Un pescador vio una sirena cuya cola
era anadria y desde entonces
pescó y pescó y pescó y pescó y ahora
es dueño de una flota ballenera;
porque el anadrio es el color de la alegría
y de la buena suerte.

¡Y de la buena suerte!


Guatemala era, para él, ese sillón donde se balanceaba. Su casa, su país. Y México su amante pública. Siempre fue un hombre de izquierda, un poeta justiciero. Un socialista convencido. Cada vez que conversábamos de política (él optimista, yo afligido), Otto sonreía: no había manera de que perdiera la esperanza en un mundo mejor –para mí, definitivamente agujereado por el ozono del desencanto. La sonrisa del poeta era una lección de dignidad. Me convenció: los poetas de izquierda son mejores que los de derecha, no me pregunten el por qué. Tal vez por el calibre de sus sueños.

Vendía periódicos un niño,
rapaz sin desayuno, de pobreza trajeado,
y un día en su camino vio una piedra
que era, por supuesto, de color anadrio.
Ese niño actualmente es accionista
de una inmensa cadena de periódicos;
porque el anadrio es el color de la alegría
y de la buena suerte.


“Estoy preparado para recibir a esa novia que se llama muerte. No me preocupa. Sé que está cerca el final. Seré recordado como un escritor más. Me gustaría que dijeran que fui un buen poeta. Hasta ahí”.

Pinte usted
las paredes de su casa
de color anadrio
y le irá bien.

Otto Raúl González murió en plena juventud –a los ochenta y seis años de edad.

¡Vuela, poeta!

Si existe Dios, que te bendiga.

Luego me cuentas.

junio 26, 2007

Otto Raúl González, rip






“Me parece que el poeta de verdadera vocación escribe le publiquen o no, esa es la verdad. El que es poeta en serio no anda buscando renombre ni la fama absurda. Escribe porque tiene que hacerlo, porque a su ánimo le es lógico y natural”.










Otto Raúl González (1921-2007) no llegó a mi vida como poeta sino como presentador de libros. Y es que el poeta Ramsés Salanueva tuvo la gentileza de prestarme las copias del discurso que leyó González durante las Jornadas Rebolledanas en Actopan. En su texto (cuyo original a puño y letra tengo aquí a mi lado) Otto Raúl no hace como algún idiota investigador diría, no hace ninguna "aportación". Qué idiotez; leído el 11 de diciembre de 2001 en Actopan, Hidalgo, el texto del viejo deja notar una gran humildad por el oficio, el amor por la poesía de Efrén Rebolledo, el conocimiento de la poseía clásica, cuya cima es el soneto de 14 versos (dos cuartetos y dos tercetos).

Pero fueron Poesía Fundamental y Oratorio del Maíz los poemarios que me aproximaron al González poeta. De sus poemas alguien estará más autorizado que yo para opinar. A mí no me interesa sino lamentar la muerte del maestro. Sin emabrgo, es inútil. Pues podría asegurar que él la recibió con la filosofía de que era poseedor. Entendía en su sentido más profundo que la vida no es eterna.

Una de sus últimas obras, Oír con los ojos, se presentó el miércoles 24 de octubre de 2001 a las 19 horas en Bellas Artes. El libro incluye el poema "Brújula":

Estoy un poco hecho a golpes de catástrofes
la tempestad me dio con sus martillos
y han pulido mi torso exilios y naufragios
pero nunva he perdido mis cartas de marear
ni mi fe ni mi brújula me abandonan nunca.

Ha sido lamentable que el único espacio periodístico mexicano que dio lugar al trágico hecho haya sido uno nada más, Milenio, y con una noticia pésimamente escrita. En fin, peor es nada. Hago copy-paste: Los restos del escritor, quien murió como consecuencia de varios problemas de salud, fueron incinerados el domingo. Antes de su muerte había pedido a su esposa, Haydeé Maldonado, que sus cenizas fueran traídas a Guatemala y arrojadas en aquel lago Atitlán.

González nació en la capital guatemalteca, el 1 de enero de 1921 y residía en México desde 1954, tras el derrocamiento de Jacobo Árbenz Guzmán.

Fue miembro de la Generación de 1940 y del grupo Sakerty (asociación de escritores y poetas). La mayor parte de su obra la escribió en el exilio. Entre sus poemas destacan: “Viento claro” y “Poemas de un viaje al amanecer del mundo” en el cual exalta al Canal Volga-Don, de Praga. También, entre su legado están Poesía fundamental, Oratorio del maíz, Cantata para mi esposa y Voz y voto del geranio. Por su labor literaria obtuvo el Premio Nacional de Poesía Jaime Sabines, de México, y el Nacional de Literatura Miguel Ángel Asturias, en Guatemala. Se graduó de abogado y notario en la UNAM, y su tesis fue sobre la reforma agraria en Guatemala. En mayo pasado visitó por última vez su país natal. La Universidad de San Carlos de Guatemala le otorgó el doctorado honorífico, por su trayectoria literaria como poeta, narrador y ensayista.

Descanse en paz, maestro.

junio 21, 2007

Garibay en la memoria

Ricardo Garibay pertenece a ese tipo de escritores que leí durante la juventud con un apasionamiento sólo comparable a la primera vez que hice el amor. Pero, tal como ocurrió con la primera noche, a Garibay lo he echado al olvido y, en el mejor de los casos, sólo acude a mi memoria como un bonito recuerdo.

El primer libro que leí entero fueron sus memorias, Fiera infancia y otros años. Hallé el porqué de la furia en que hervía Garibay. Su ruda infancia fue en un cuarto de vecindad donde vivían apretados padres e hijos. Estudió la primaria en el turno de la tarde, con niños que atendían en las mañanas el puesto de tamales con su mamá. Hay una fuerza vital (como Bergson diría) presente en toda su literatura.

Garibay nació en 1923 en Tulancingo. Hijo de un hombre de la Ciudad de México y de una mujer de Metztitlán, sus años mozos están cubiertos de penurias materiales y de una religión asfixiante. Su adolescencia la pasó en la Capital del País, donde creció y se hizo inspector de burdeles, jefe de prensa y escritor. En una entrevista recuerda cuando, ya consagrado, un dignatario de Tulancingo lo invitó a develar la plaquita de una avenida con su nombre. Viajó de Cuernavaca, donde vivía, para llevarse tamaño coraje. ¡Era una callecita de terracería, más cochambrosa que las de su niñez! Se largó echando pestes, como siempre. Por fin, muere en 1999 sin haber alcanzado la tan deseada gloria. Y es que los pobres siempre anhelamos más que los ricos.

Furibundo irremediable, la gran fama del Samurai de Cuernavaca se debe principalmente a esto: la fidelidad del habla callejera en sus personajes. Al respecto, observó Carlos Monsiváis hace dos años en el número 84 de Letras Libres: “Por facilismo, los críticos… suelen elogiar la fidelidad reproductiva de los diálogos, y siempre le reconocen ‘el gran oído literario’. ¿Qué quiere decir este elogio? Un gran talento aísla el ritmo del habla popular y lo reinventa, devolviéndole como un rap magnífico, un fluir verbal que es literatura y es apego a las voces colectivas”. El autor de Días de guardar se refiere a Las Glorias del gran Púas, relato de Garibay sobre el grandioso Rubén Olivares, cuyo fragmento copio:

Con su perdón pero fue el uno-dos y entrando ya ve usté que caminar en el ring era lo que sí se sabía dormido y es lo más pelón allá arriba caminar para adelante ¿caunteadores? yo le cambio diez caunteadores por uno que sepa caminar para adelante mire dedos le han de sobrar para contarlos y era lo que sí le sobraba a Medel era lo que se está perdiendo y ganar la pachocha a base de chinguitas rápidas y a otra cosa mariposa yo aquí estuve ¿no? ¿y mi paga entonces? es que es el picudísimo no es otro que el picudísimo taim is monei ¿lo que quieres es que gane? ps ya gané me pagas ¿o qué no está durmiendo el otro no está comiendo brea? tons qués lo que te gorgorea porque yo se los acuesto al réferi les cuenta y el mánager cobra la bolsa ¿o qué también tengo que ser un científico?

Tardío ciertamente pero el reconocimiento le ha llegado al de Tulancingo. Ya la sala de lectura de la antigua biblioteca del Río de las Avenidas en Pachuca, llevaba su nombre y tenía un busto con su debida pátina. También la nueva biblioteca central del parque David Ben Gurión ha sido bautizada Ricardo Garibay. Y la Oficina Estatal de Cultura, que editó sus obras completas en 10 tomos con pastas de lujo, ha convocado al segundo concurso anual de cuento cuyo título es nada menos que el del Samurai de Cuernavaca. ¡Hasta los diputados lo distinguieron con la presea Miguel Hidalgo!

Pueden estos homenajes significar mucho, o nada, según la opinión de cada quien. La realidad es que si hasta los diputados han volteado la mirada (¿el rabillo de los ojos?) a Garibay, sus lectores debemos ponernos a pensar.

Puedo asegurar que desde el primer encuentro amoroso, hemos repetido bastantes noches de estupenda carnalidad. Pues bien, ¿por qué no regresar a la obra de Garibay, por otra parte, tan injustamente olvidada? Propongo la relectura de tres libros autobiográficos cuya sabrosa esencia populachera hará que algún profesor baboso les ponga el sambenito de “costumbristas”. Son Beber un cáliz, La casa que arde de noche y el imprescindible Fiera infancia y otros años.

junio 16, 2007

POLÍTICAMENTE CORRECTO

La tarea de buscar sustitutos eufemísticos para evitar la discriminación o el racismo llega a resultar ridícula, impositiva, a veces falta de sentido común. Así lo demuestra el semiólogo italiano Umberto Eco en el siguiente texto, adelanto editorial de A paso de cangrejo (Debate, 2007), volumen que recoge artículos, reflexiones y decepciones que el autor de El nombre de la rosa publicó en diversos medios durante los últimos seis años.


por UMBERTO ECO

Considero que el término “políticamente correcto” se utiliza hoy día en un sentido políticamente incorrecto. En otras palabras, un movimiento de reforma lingüística ha generado usos lingüísticos desviados. Si leemos el artículo que Wikipedia (una enciclopedia on line) dedica a lo PC (así se designa ahora, mientras no se produzcan confusiones con las computadoras o con el antiguo Partido Comunista), encontraremos también la historia del término. Parece ser que en 1793 el Tribunal Supremo de Estados Unidos (en el caso denominado “Chisholm versus Georgia”) argumentó que era muy frecuente citar un Estado en vez del pueblo, para cuyo bien existe el Estado, y que por tanto era not politically correct en un brindis hablar de Estados Unidos en lugar de “el pueblo de Estados Unidos”.

A comienzos de la década de 1980, el movimiento fue cuajando en los ambientes universitarios estadounidenses, como (sigo citando de Wikipedia) una alteración del lenguaje consistente en hallar sustitutos eufemísticos para usos lingüísticos referidos a diferencias de raza, género, orientación sexual o discapacidad, religión u opiniones políticas, con el fin de eludir discriminaciones injustas (reales o ficticias) y evitar ofensas.

Todos sabemos que la primera batalla de lo PC se libró para eliminar epítetos ofensivos para la gente de color, no solo el infame nigger sino también negro, palabra que en inglés se pronuncia nigro y que suena como un préstamo del español y evoca los tiempos de la esclavitud. De ahí la adopción, primero de black y, luego, en una posterior corrección, de african-american.

Esta cuestión de la corrección es importante porque subraya un elemento fundamental de lo PC. El problema no es que “nosotros” (que estamos hablando) decidamos cómo hay que llamar a los “otros”, sino dejar que los otros decidan cómo quieren ser llamados, y si el nuevo término les sigue molestando de algún modo, aceptar la propuesta de un tercer término.

Si uno no se encuentra en una determinada situación no puede saber qué palabra molesta y ofende a aquellos que sí se encuentran en esa situación; por consiguiente, debe aceptar su propuesta. El caso típico es la decisión de utilizar la palabra invidente en lugar de ciego. Se puede considerar legítimamente que no hay nada ofensivo en el término ciego y que su uso no solo no merma, sino que refuerza el sentido de respeto y solidaridad que se debe a quienes están incluidos en esta categoría (siempre se ha hablado con cierta nobleza de Homero como del gran vate ciego); pero si quienes pertenecen a esa categoría se encuentran más cómodos con la designación de invidentes, estamos obligados a respetar su deseo.

¿Le molesta el nombre de barrendero a la persona que se dedica a ese honrado trabajo? Pues bien, si así lo desean quienes ejercen ese oficio, utilizaremos la palabra técnico ecológico. Paradójicamente, si algún día los abogados se sintieran molestos con esta denominación (tal vez por el eco de términos despectivos como abogaducho o abogado de causas perdidas) y pidieran ser llamados técnicos legales, sería una muestra de cortesía atenerse a este uso.

¿Por qué a los abogados no se les ocurriría nunca cambiar su denominación (imagínense a Gianni Agnelli pidiendo ser llamado el técnico legal Agnelli)? Porque, obviamente, los abogados están bien considerados en la sociedad y disfrutan de una excelente situación económica. Por tanto, lo que ocurre es que muchas veces la decisión PC representa una forma de eludir problemas sociales no resueltos aún, enmascarándolos mediante un uso más educado del lenguaje. Si se decide que a las personas que van en silla de ruedas ya no se las llama minusválidas ni tampoco discapacitadas, sino personas con capacidades diferentes, y luego no se les construyen rampas para acceder a los lugares públicos, evidentemente se ha suprimido la palabra, pero no el problema. Lo mismo cabe decir de la sustitución de desempleado por desocupado de larga duración o de despedido por en transición programada entre cambios de carrera. Véase a este propósito el libro de Edoardo Crisafulli, Igiene verbale. Il politicamente corretto e la libertà linguistica, editado por Vallecchi, que desvela todas las contradicciones, los pros y los contras de esta tendencia.

Esto explica por qué un sector exige el cambio del nombre y poco después, aunque se mantienen intactas algunas condiciones de partida, exige una nueva denominación, en una huida hacia delante que podría no tener fin si, además del nombre, no cambia también la cosa. Se producen incluso saltos hacia atrás cuando un sector exige el nuevo nombre, pero luego en el lenguaje privado mantiene el antiguo, o vuelve a él como un desafío (Wikipedia observa que en algunas bandas juveniles afroamericanas se utiliza de forma arrogante la palabra nigger, pero ¡ay del que se atreva a utilizarla si no es uno de los suyos!; es parecido a lo que ocurre con los chistes de judíos, de escoceses o de leperos, que solo pueden contarlos los judíos, los escoceses o los habitantes de Lepe).

A veces lo PC puede incluso expresar cierto racismo latente. Recuerdo perfectamente que en la posguerra muchos italianos que desconfiaban todavía de los judíos, pero no querían pasar por racistas, para indicar que alguien era judío decían, tras muchísimas dudas, que era un israelí. No sabían que los judíos estaban orgullosos de que se les reconociera como judíos, aunque (y en parte precisamente porque) la palabra la utilizaban sus perseguidores como un insulto.

Otro caso problemático ha sido el de las lesbianas: durante mucho tiempo el que deseaba parecer correcto temía utilizar esta palabra, del mismo modo que no utilizaba los términos despectivos habituales para referirse a los homosexuales, y hablaba tímidamente de sáficas. Luego se descubrió que los hombres homosexuales deseaban ser llamados gays, y las mujeres se definían tranquilamente como lesbianas (debido, asimismo, a la carga literaria que encierra el término), por lo que era del todo correcto llamarlas así.

A veces lo PC ha cambiado realmente, y sin excesivos traumas, los usos lingüísticos. Cada vez es más frecuente, cuando se citan ejemplos generales, evitar hablar en masculino y hablar de ellos. Muchos profesores estadounidenses ya no dicen “cuando recibo a un alumno…”, sino que hablan de “estudiantes” o incluso van cambiando en los ejemplos, y a veces hablan de un he y a veces de una she; y ya se acepta la sustitución de chairman (presidente) por chairperson o chair. Incluso hay quienes bromeando con lo PC han propuesto cambiar el nombre del cartero, mail man, por el de person person, porque mail (correo) suena igual que male (varón).

Esas críticas surgen porque, una vez impuesto como movimiento democrático y “liberal”, que inmediatamente adoptó una connotación de izquierda (al menos en el sentido de la izquierda estadounidense), lo PC ha originado sus propias degeneraciones. Se consideró que mankind era una palabra sexista, debido al prefijo man, y que excluía de la humanidad a las mujeres, y se decidió sustituirla por humanity, ignorando que este término deriva etimológicamente de homo (y no de mulier). También para provocar, aunque con la misma ignorancia etimológica, algunos sectores del movimiento feminista han propuesto dejar de utilizar el término history (porque his es pronombre masculino) y sustituirlo por herstory.

La exportación de lo PC a otros países ha dado lugar a nuevos retorcimientos del lenguaje, y es de sobra conocida por todos la polémica (no zanjada) sobre si es más respetuoso llamar a una mujer abogada o abogado, y he visto que en un texto estadounidense se preguntan si es realmente correcto llamar poetess a una mujer poeta, como si fuese tan solo la mujer de un poeta (y también en este caso entran en juego los usos consolidados, porque entre nosotros poetessa [poetisa] está ya tan aceptado como professoressa [profesora], mientras que sonaría extraño y hasta ofensivo banchieressa o banchiera [banquera]).

Un caso típico de difícil traducción es precisamente el del cambio de negro a nero (negro). En Estados Unidos, el paso del tan connotado negro a black era radical, mientras que en italiano el paso de negro a nero suena un poco forzado. Y más porque el término negro tiene su historia legítima y atestiguada por muchas fuentes literarias: todos recordamos que en las traducciones de Homero que leíamos en la escuela se hablaba del “negro vino”, y han sido escritores africanos de lengua francesa los que han hablado de négritude.

En Estados Unidos, las degeneraciones de lo PC han impulsado la aparición de una gran cantidad de falsos y divertidísimos diccionarios PC, en los que a veces no se sabe muy bien si cierto término en realidad ha sido propuesto o se ha inventado con intención puramente crítica. De hecho, junto a sustituciones ya corrientes, se encuentran socialmente separado por encarcelado, funcionario del control bovino por cowboy, corrección geológica por terremoto, residencialmente flexible por vagabundo, ereccionalmente limitado por impotente, horizontalmente accesible por mujer de mala vida, regresión folicular por calvicie y hasta carente de melanina para indicar un hombre blanco.

En internet encontrarán la publicidad de la STUPID (Scientific and Technical University for Politically Intelligent Development), donde se anuncia que en su campus se han colocado señales de tráfico no solo en cinco lenguas sino también en Braille, y que se ofrecen cursos sobre la contribución de los aborígenes australianos y de los indios de las Aleutianas a la mecánica cuántica, sobre cómo la baja estatura (el hecho de ser vertically challenged) favoreció los descubrimientos científicos de Newton, Galileo y Einstein, y sobre la cosmología feminista, que sustituye la metáfora machista y eyaculatoria del big bang por la teoría del gentle nurturing, según la cual el nacimiento del universo se produjo por lenta gestación.

Se pueden encontrar en internet versiones PC de Caperucita Roja y Blancanieves (ya se pueden imaginar cómo se las ingenia un defensor de lo PC con los Siete Enanitos), y he encontrado una larga discusión sobre cómo hay que traducir “el bombero apoyó una escalera en el árbol, subió y rescató al gato”. Al margen del obvio principio PC, por el cual un bombero ha de ser como mínimo un vigilante del fuego, la traducción propuesta es muy extensa porque se trata de aclarar que el bombero en este caso concreto era un hombre pero que muy bien podría haber sido una mujer, que actuó en contra de la libertad del gato, que tenía todo el derecho de ir donde quisiera, que con la escalera puso en peligro la salud del árbol, dio por supuesto que el gato era propiedad de sus dueños, y subiendo con facilidad ofendió la sensibilidad de personas físicamente discapacitadas, etc.

Al margen de las exageraciones reales y de los efectos cómicos que estas exageraciones han provocado, lo PC ha suscitado desde el principio una violenta reacción por parte de los ambientes conservadores, que lo ven como una mojigatería de la izquierda y una imposición que atenta contra el derecho a la libertad de expresión. A menudo se compara con la neolengua de Orwell y (a veces directamente) con el lenguaje oficial del estalinismo. Muchas de estas reacciones son también mojigatas y, por otra parte, existe también un PC de la derecha, tan intolerante como el de la izquierda; basta con pensar en los anatemas lanzados contra los que hablan de “resistencia” iraquí.

Además, a menudo se confunde sugerencia moral con obligación legal. Una cosa es decir que es éticamente incorrecto llamar maricones a los homosexuales y afirmar que, si el que lo hace es un ministro, y lo hace además en papel con membrete del ministerio, hay que hablar solamente de miserable incivismo. Y otra cosa muy distinta es decir que si se expresa así ha de ser encarcelado (a menos que Tremaglia llame maricón a Buttiglione, en cuyo caso sería comprensible una querella con exigencia de reparación de daños morales). Pero, dejando aparte la vulgaridad de Tremaglia, no parece que exista ninguna ley que castigue con años o meses de cárcel a quien diga barrendero en vez de técnico ecológico, y en definitiva no es más que una cuestión de responsabilidad personal, buen gusto y respeto a los deseos ajenos.

No obstante, ha habido muchos casos en que, por haber hecho un uso políticamente incorrecto del lenguaje, han sido penalizados por la publicidad e incluso suprimidos programas enteros de televisión, y no son raros los escándalos universitarios en que un profesor es expulsado por no utilizar solo términos políticamente correctos. Y se entiende, por tanto, que el debate no sea simplemente la representación de un enfrentamiento entre liberales y conservadores, sino que a menudo se desarrolla a lo largo de líneas divisorias muy problemáticas.

No hace mucho tiempo, Los Angeles Times decidió como norma de su política editorial utilizar el término anti-abortion en vez de prolife (en defensa de la vida), puesto que este segundo término implicaba un juicio ideológico. Al revisar el artículo de un colaborador que hacía la reseña de una representación teatral, el redactor encontró la expresión pro-life, aunque usada en un sentido completamente distinto, y la sustituyó por anti-abortion, con lo que cambió el significado del texto. Cuando se hizo público el caso, el periódico presentó sus excusas y difundió el nombre del redactor responsable del error; pero entonces explotó un nuevo caso porque, como medida de protección de la privacidad del redactor encargado de revisar los textos ajenos, el periódico no tenía que hacer público su nombre.

Lentamente, sobre todo en Estados Unidos, hemos pasado del problema exclusivamente lingüístico (llama a los otros como desean ser llamados) al problema de los derechos de las minorías. Es natural que en algunas universidades los estudiantes no occidentales pidieran que se les impartieran cursos sobre sus tradiciones culturales y religiosas y sobre su literatura. Lo que ya no es tan natural es que los estudiantes africanos pidieran, por ejemplo, que los cursos sobre Shakespeare fueran sustituidos por cursos sobre literaturas africanas.

La decisión, si es que se aceptó su propuesta, aparentemente respetaba la identidad del afroamericano, pero en realidad le privaba de unos conocimientos útiles para vivir en el mundo occidental.

Hemos llegado a olvidar que la escuela no ha de enseñar a los estudiantes tan solo lo que quieren, sino también y algunas veces justamente lo que no quieren, o que no saben que pueden querer (de lo contrario, en las escuelas de primaria y secundaria ya no se enseñarían matemáticas o latín, sino solo juegos de rol en el ordenador; o el bombero dejaría que el gato fuera a retozar a la autopista, porque ese es su deseo natural).

Y llegamos al último punto de este razonamiento. Cada vez es más frecuente considerar PC cualquier postura política que favorezca la comprensión entre razas y religiones o incluso el intento de comprender las razones del adversario. El caso más significativo se produjo en un programa de televisión estadounidense, cuyo presentador, Bill Maher, a propósito del 11 de septiembre, criticó una frase de Bush en la que llamaba “cobardes” a los que atentaron contra las Torres Gemelas. Maher afirmó que de un kamikaze se puede decir todo menos que carezca de valor. ¡Ardió Troya! Inmediatamente hubo un descenso de la publicidad en ese programa, que acabó siendo suprimido. Ahora bien, el caso Maher no tenía nada que ver con lo PC, ni visto desde la derecha ni visto desde la izquierda. Maher expresó una opinión. Se le podía reprochar el haberlo hecho ante un público al que aún le dolía la tremenda herida del 11 de septiembre, se podía discutir, como hizo alguien, sobre la diferencia entre cobardía moral y cobardía física, se podía decir que un kamikaze está tan obnubilado por su propio fanatismo que en esa situación no puede hablarse ni de valor ni de miedo… Maher estaba expresando sus ideas personales, provocadoras si se quiere, pero no utilizaba un lenguaje políticamente incorrecto.

Asimismo, entre nosotros se ironiza sobre el exceso de lo PC por parte de quien manifiesta simpatía por los palestinos, pide la retirada de nuestras tropas de Irak o resulta demasiado indulgente con las demandas de las minorías extracomunitarias. En estos casos no interviene para nada lo PC, se trata de posturas ideológicas o políticas, que cualquiera tiene derecho a criticar pero que no tienen nada que ver con el lenguaje. Excepto que el descrédito arrojado sobre lo PC por los ambientes conservadores hace de la acusación de PC un óptimo instrumento para hacer callar a aquellos de quienes se disiente. PC se convierte así en una palabra fea, como está sucediendo con pacifismo.

Como puede verse, se trata de una cuestión complicada. Solo nos queda establecer que es políticamente correcto usar las palabras, incluida la de PC, en su sentido propio y, si se quiere ser PC en ese sentido, hacerlo utilizando el sentido común (sin llamar a Berlusconi persona verticalmente desfavorecida pendiente de poner remedio a una regresión folicular), ateniéndose solamente al principio fundamental de que es humano y civilizado eliminar del lenguaje corriente las palabras que hacen sufrir a nuestros semejantes.

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Desde chico tenía ganas de escribir un diario, o algo así. Pero era cosa de niñas. Este blog es lo menos afeminado que encontré.

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