El blog de Luis Frías

agosto 20, 2007

El grandioso Marx


La siguiente noticia apareció en la sección Espectáculos de La Jornada.

"Perdonen que no me levante", fue lo que quiso que pusieran en su tumba. No le hicieron caso, pero para Groucho Marx una frase genial, irónica, sarcástica, nunca estaba de más. Eso y muchas otras líneas de humor inteligente engrandecieron su leyenda. Hoy se cumplen 30 años de su muerte.


Su inmenso talento lo convirtió casi en un personaje de dibujos animados, por su falso bigote y sus enormes cejas, su caminar desgarbado y sus gestos exagerados, imagen característica de la meca del cine junto a las faldas de Marilyn Monroe o el bombín de Charles Chaplin.


Pero detrás de la aparición circense se escondía un genio del humor, un pensador que llegaba mucho más allá con sus sarcasmos, un talento único como el de Picasso, según dijo Woody Allen de él en alguna ocasión.

Sus célebres frases, que marcaron más de una docena de películas con sus heramanos, siguen siendo citas habituales, y de ser un cómico que rayaba en lo ridículo, se convirtió en un fenómeno de culto para muchos fans de la pantalla.

Pese a eso, su muerte, un 19 de agosto de 1977, recibió una atención mucho menor de lo esperado, ya que tres días antes Elvis Presley había sido la causa de una conmoción nacional por su fallecimiento sorpresivo a los 42 años.

Quedaron pocas lágrimas para Groucho, que sin embargo, fue elegido dentro de la lista de los 50 actores más influyentes de la Historia por el Instituto Americano de Cine.

Hijo de inmigrantes alemanes judíos, Julios Henry Marx (que así se llamaba) nació en Nueva York en 1890, en una familia de cinco hermanos que años más tarde se harían famosos por sus actuaciones cómicas.

Curiosamente Groucho, el tercero de los hermanos, era el introvertido y callado de la familia, el niño que no recibió atención de los mayores (Harpo y Chico) ni de los dos pequeños, Zeppo y Gummo, por lo que logró desarrolar con los años una personalidad cortante para lograr atención.

Comenzó con vodeviles durante dos décadas hasta que Broadway le abrió las puertas a él y a sus cuatro hermanos en I'll Say She Is, en 1924. De ahí saltaron al éxito de Cocoanuts y su posterior paso por estudios de cine como la Paramount Pictures y la Metro Goldwyn Meyer que los hicieron verdaderamente famosos en Hollywood.

Groucho lideraba las cintas con personajes de nombres estarmbóticos, suplantando a médicos, doctores o directores de hotel, a los que siempre acompañaban Harpo y Chico con su endiablada habilidad para tocar el harpa y el piano, respectivamente.

Títulos como Una noche en la ópera, Un día en las carreras o Sopa de ganso están en los registros de mejores comedias de la Historia, con escenas como la aglomeración en el camarote de los hermanos o la persecución en un tren en el lejano oeste al grito de "!Más madera, es la guerra!"

Y después, está el recuerdo de sus frases míticas (como: "partiendo de la nada hemos alcanzado las más altas cotas de miseria" o "jamás pertenecería a un club que admitiese de socio a alguien como yo") que lo encumbraron como gran humorista.

Pese a su éxito en la gran pantalla, Groucho logró más reconocimiento y fama que nunca con su programa televisivo Apueste su vida, pues una gran parte del público estadounidense desconocía sus películas y su trabajo en el teatro.

Además de todo lo anterior, de Groucho se dice que tenía buenos amigos, que conoció a Charles Chaplin de sus días de teatro, que tenía insomnio y que cuando le daba, llamaba por teléfono a gente para insultarlos. Y que mantuvo correspondencia constante con escritores de la talla de T. S. Eliot y Carl Sandburg.

Un personaje admirable, que a pesar de que sus padres apostaron por la escuela de medicina, al escasear los recursos en casa tuvo que salir al canto. Aunque fue en realidad la improvisación lo que le llevó al estrellato. Habilidad que desarrolló de su amor por los libros.

Dicha pasión inspiró su mítica frase: "Me parece que la televisión es muy educativa. Cada vez que alguien la enciende, yo me voy a otra habitación a leer un buen libro."

Nunca quiso ser un cómico grotesco usando chistes sexuales y se mantuvo siempres cerca de sus hermanos. Sobrevivió a tres de ellos. Incluyendo al menor, Gummo, que falleció cuatro meses antes que él.

Tuvo tres hijos y estuvo casado tres veces, aunque para la mayoría su única mujer fue la incorruptible Margaret Dumont, su compañera de reparto en infinidad de títulos, la viuda millonaria con la que siempre se explayaba, cigarro en mano y avasallándola con frases fugaces y devastadoras.

Groucho era siempre así.

agosto 17, 2007

¿Tirar millones?


Gabriel Zaid escribió hacia los 70 unos ensayos fabulosos. Aparecían en la revista Vuelta, que dirigía Octavio Paz. Eran unas sátiras ácidas, por excelentemente informadas. Las tituló Tirar Millones, y no eran sino unos sensatos balances de tipo costo-beneficio, sobre las políticas culturales adoptadas por las instituciones de gobierno. Grande conocedor de libros, Zaid ponía el dedo en la yaga de los dispendios de la Secretaría de Educación Pública con la edición de los SEP-Setentas de tiros millonarios pero cuya pésima distribución hacía que los volúmenes terminaran, pudriéndose de amarillentos, en contenedores de basura.

La otra semana los hidalguenses vivimos la vigésima edición de la Feria Universitaria del Libro. Fui a buscar algunos libros de los cronistas de Indias, y acabé comprando una colección de cuatro tomos sobre el cristianismo en la literatura de ficción del siglo 20. Estaban a buen precio los libros de viejo. No así los nuevos que, dicho de paso, eran mayoritariamente literatura best seller. Llegué acariciando con ansiedad alguna sorpresa agradable, pero me llevé un palmo de narices. Es lastimoso poder hacer enseguida un subjetivo resumen de la Ferilú, apoyándome en lo que se aprecia invariablemente, año con año. Primero, el día de la inauguración: el flashazo de varias cámaras a los hombres de traje, que hacen un recorrido entre los puestos de libros, intercambiando sonrisas con sus dentaduras perfectas. Segundo, los días que suceden a la inauguración: la Plaza Juárez sitiada de puestos y gente viendo los libros y preguntando precios. Tercero, los puesteros: recargados en sus sillitas de plástico mientras comen arroz con carne en un plato de unicel, dando malas recomendaciones a la gente que pregunta. Otra cosa, los espectáculos: un grupo de teatro monta cierta obra de Shakespeare, ante… 3 ó 4 estudiantes. Finalmente, los días que suceden a la feria: un gusano vacío de estructura blanca sobre la explanada de Plaza Juárez, y las mamparas recargadas de pie en los portales.


Abel Roque, uno de los organizadores, me confió amablemente algunos datos ignotos. Me dijo cómo se dividió la Ferilú: una sección para cien puestos de libros; otra, donde estuvo un café literario en que hubo presentaciones editoriales; uno más, que él da en llamar “territorio garza”, donde se explicaban cosas de la UAH; otro espacio, con reflectores para los espectáculos masivos, por fin, y el área de las exposiciones, que fueron dos: la que estaba descuidadamente puesta en los portales y la del propio café cultural. Roque me destacó la implementación del programa “Los libros que yo leo”; consistente en que alguna persona cuenta su experiencia lectiva: lo juzgo aburrido.

Si le pregunté todo esto al amable funcionario, fue porque Elena Enríquez dice algunas ideas en el número 85 de la revista Libros de México. Hablando de las editoriales universitarias, la investigadora encontró que éstas precisan tener un local en las ferias de libros porque un ¡30 por ciento de sus ventas se hacen ahí! ¿Quienes compran? Público que anda en cacería de un título o un tema taxativo. Y lo más curioso: a las editoriales no les importa mucho ser el gran negocio sino que sus libros aparezcan citados el mayor número de veces en otros libros. Pero Enríquez ha descubierto que las editoriales universitarias son a menudo pésimas inversiones porque usan estrategias de venta estacionadas en el siglo pasado. Pues bien, es preciso que tanto la Ferilú como su editorial universitaria echen mano no sólo de la imaginación sino acaso de una empresa de mercadotecnia. “Desarrollar proyectos en este sentido no es sólo necesario sino urgente”, concluye la investigadora.

Mi opinión sobre la Ferilú se sintetiza suscribiendo el ensayo que Gabriel Zaid firma en el número 99 de Letras Libres, donde apuntala su antigua idea de que se siguen tirando millones a la basura en materia de libros. “Si anuncian algo maravilloso, y por todas partes resuena el nombre de la institución”, señala Zaid “pero no se dan los teléfonos, faxes, correo electrónico, dirección, horarios, ni detalles útiles sobre los servicios, se está gastando en imagen, no en facilitar que el público aproveche la oportunidad”.

agosto 11, 2007

Befa en amarillo



Efectivamente, a estas alturas el cine está en boca de todos los mexicanos, merced a la rápida gloria que han alcanzado Guillermo del Toro, Alfonso Cuarón y Alejandro González.

Pero conviene pasar por alto las dimensiones apoteósicas que ha cobrado esta triada de directores, para concentrarse en hechos decididamente más importantes. Me refiero a las muertes de los directores Michelangelo Antonioni e Ingmar Bergman, y al estreno mundial de Los Simpson, la película.

El lunes 30 de julio sendos golpes de enfermedad empujaron a la tumba al sueco Bergman y al italiano Antonioni, ambos de filiaciones estéticas e ideológicas diferentes pero pertenecientes a una misma generación del cine de culto. “Con su muerte, desaparece toda una etapa del cine”, llegó a afirmar alguien. No le faltaban razones al que lo dijo. Pienso en el cine italiano. Antes de morir Antonioni, ya habían desaparecido Luchino Visconti, Pier Paolo Pasolini y Federico Fellini. De Fellini atesoro la La dolce vita. Estrenada al inicio de la tumultuosa y morigerada década de los 60, La dolce vita es un homenaje a la vida sin tapujos. Habla de una casa de citas a la que acuden con cierta periodicidad hombres de bien, cuyas existencias transcurren entre el trabajo y el matrimonio. Hombres como tú y como yo, que van al prostíbulo pero jamás lo admitirán en público. Hoy día no es ningún desafío hablar de eso, ¡pero la película se estrenó en 1960! Parejo loor se merecen cintas de Antonini tales como El desierto rojo. Cuando me asaltan impúdicas intensiones, es imposible no traer a la mente esas jóvenes parejas de El desierto rojo. Ellos y ellas en una habitación alumbrada con roja luz mortecina, echados en el piso sobre cojines, picándose la cresta los unos a los otros, a manera de preámbulo para una bella orgía. Pero que se entienda, en Antonioni no había más obscenidad de la necesaria; prevalecía, eso sí, la noción de estética encima de cualquier otra inquietud. Y si era preciso armar una inmoralidad importante para conseguir el objetivo artístico, Antonioni no lo pensaba dos veces, aun cuando este hecho consistiera en una orgía o cosas así.

Pues bien, han desaparecido los últimos dos exponentes señeros del cine mundial de culto. ¿Que dónde he dejado a Bergman? Es que no puedo pensar en él sin aburrirme un poco. Baste rememorar su Sonata de otoño o Fanny y Alexander para comprender de qué estoy hablando. De tono más bien rosa pálido, ambas películas, el propio Antonioni no podía verlas sin quedarse plácidamente dormido en la sala de cine. Sin embargo, no deja de entristecer que Bergman se haya ido.

Así y todo, son Los Simpson, la película, el hecho de celuloide más escandaloso de estos días. Empujado por un morbo inefable, fui a la sala de cine en Pachuca. Confirmé lo que había leído en el diario gringo Los Angeles Times: “Es básicamente una narrativa de conversión, en la cual los ojos de Homero son abiertos finalmente para ver todos sus errores”. Y es que en la película debe ocurrir una buena cantidad de sinsabores para que el imbécil padre de familia caiga en la cuenta de su necia forma de vida. Esto da pie al punto climático. Un Homero que ha tomado conciencia, salva su matrimonio, la relación con su hijo y su hija, y lo que es más inverosímil: a la ciudad donde viven de una explosión total. En palabras de Matt Groening, creador de la esta befa amarilla, el objeto del filme fue uno: “Divertirnos”. Cómo no, ¿y los millones de dólares? Un clásico de la sociología, Pierre Bordieu acuñó la idea “mercados culturales”. O sea: en una sociedad capitalista, el arte y la cultura no escapa al principio mercantilista de tener nichos específicos de consumidores. Mas filmes como Los Simpson, llenos de prejuicios y ninguna ideología, requieren de un público uniforme, que consuma cualquier producto. No es descabellado hacer una pregunta. La muerte de dos iconos del cine de culto el lunes y, dos días más tarde, la premiere de la idiotez amarilla, ¿simbolizan acaso la muerte de una etapa y el nacimiento de otra? Qué desgracia que nos haya tocado precisamente ésta.

Ahora bien, cuando salí del cine me puse a pensar que se necesita ser muy pendejo para querer encontrar algo inteligente en una sala donde exhiben películas cuyos personajes son los dibujos animados de una adocenada familia yanqui.

agosto 07, 2007

El 'affaire' Piedra de Sol*

En unos días se cumplirá medio siglo de la aparición de lo que en 1957 Ramón Xirau consideró la summa poética de Octavio Paz: el poema Piedra de sol , una obra que nació en un tiempo en que la poesía de Paz era seriamente cuestionada, y que a pesar de la reticencia que el propio autor mantuvo siempre frente a ésta, marcó el inicio de un reconocimiento avasallador, que a partir de entonces fue creciente. He aquí la historia literaria de un momento fundamental.

*por VÍCTOR MANUEL MENDIOLA


Para Ana María y Ramón Xirau

1

“Todo sucede/ pero al revés”, escribió Roberto Juarroz, porque la verdad o intuición de la justicia poética nos debería evitar la manía de poner tantas esperanzas en nuestros empeños y dejarnos más libres en la construcción o destrucción de nuestros afanes.

Octavio Paz no pensó así. Él era una voluntad capaz de entrar en oposición con lucidez rabiosa —si estaba en juego la libertad de las palabras. Él procuró reorientar las miradas dirigidas a su obra de la primera gran parte de su poesía hacia los poemas escritos en plena madurez, un poco más allá del mediodía de su vida. Quizá intentaba conjurar el mal del poema preferido del público lector amplio. ¿No quería una “Casada infiel”, un Altazor o Veinte poemas de amor y una canción desesperada? La maldición que pesa sobre todos los poetas: la del poema que borra a los otros poemas. Que el lector vea la densidad del bosque y no uno de tantos ejemplares hermosos. Pero la poesía de Paz, además de poseer la idea del árbol —como analogía central—, tiene verdaderamente una torre leñosa que sobresale en la arboleda de su obra y que no ha dejado de ondear y de alcanzar cada día más altura en el cielo de la lírica en lengua castellana.

En tres ocasiones interpelé a Octavio paz por su poema Piedra de sol (1957). Las dos primeras, hace veintiocho años. Le dije que los jóvenes leímos en grupo su texto y que nos sorprendía y nos desconcertaba que una composición tan moderna tuviera como vehículo el ritmo del endecasílabo. Sonrió y me sugirió leer o releer los poemas posteriores. Lo hice y comprendí. La tercera vez, en 1997, le expresé el deseo de editar —Aurelio Major me había aconsejado proponerle otro poema— esa gran pieza que se hallaba, a partir de la segunda edición, al final de Libertad bajo palabra (1960). Me contestó que prefería editar otros textos y me pidió que lo llamara en unas semanas. El tiempo corrió y no hubo libro.

2

Si es cierto que en la amplia obra ensayística de Octavio Paz el Laberinto de la soledad (1950) es un libro que no ha dejado de brillar con una luz intensa y ha conservado un interés permanente entre los lectores —muy a pesar de las interrogaciones a que ha sido sometido y de cierto envejecimiento del tópico de la identidad—, también es verdad que Piedra de sol es, en la extensa obra poética del premio Nobel de 1990, un punto de referencia insoslayable, no obstante que el mismo Paz destacaba y mimaba otras composiciones en el proceso de desarrollo de su poesía.

Sin embargo, para muchos de los poetas jóvenes que lo trataron desde finales de los setenta y principios de los ochenta no dejaba de ser asombroso tropezar con la reserva y hasta cierto mohín de desinterés que el autor de Sor Juana Inés de la Cruz o las trampas de la fe mostraba cuando alguien le pedía un comentario sobre Piedra de sol, como si el célebre poema fuera un momento fechado y una forma ya muy conocida sobre la que no fuera necesario volver la mirada detenidamente una vez más. El gran poeta mexicano —expresión enfática que él detestaba— al ser interrogado a propósito de algún asunto concerniente a ese texto se endurecía con cierta molestia y cambiaba el tema de la charla. ¿Le había dejado de gustar esa composición? ¿Le parecían más importantes otros poemas, como Blanco o Pasado en claro? ¿Le perseguía y recordaba una situación desagradable?

Tan es así que en 1958, en una de las primeras entrevistas que concede en el año que publicó La estación violenta, libro que recogía Piedra de sol —editado apenas el año anterior—, cuando Emmanuel Carballo le pregunta qué composiciones dan el tono de ese libro, Paz contesta: “‘Himno entre ruinas...'”. Carballo insiste y le pide que le diga si este tema aparece en otros poemas. Paz le dice que sí, que está en “Fuente” y “Mutra”, agregando que también se encuentra en “El cántaro roto” y “Máscaras del alba”. Cuando llega a “Piedra de sol”, Paz comenta que “recoge los temas a los que antes ha aludido” y sólo se limita a describir puntualmente el contenido del texto sin destacarlo entre los otros de manera especial.

En 1970, en una conversación con Rita Gibert paseando en los jardines de Cambridge, donde Paz daba un curso, al responder a una de las preguntas de la periodista diciendo: “Siempre que me releo siento rubor. Y no sólo rubor, a veces náuseas. Pero de vez en cuando me digo, bueno, no estuvo tan mal”. Al contestar de nuevo a la interrogación rápida y lógica de Gibert: “Para usted, ¿que es lo que ‘no estuvo tan mal'?”, Paz sostiene sin ambages: “Lo más reciente, ¿no? Por ejemplo Conjunciones y disyunciones... En poesía, claro, Ladera este. Me parece mi mejor libro”.

Muchos años después, en 1997, una valoración en términos similares se vuelve a repetir en otra entrevista, en otro jardín por el rumbo de Coyoacán, con Guillermo Sheridan a propósito de la publicación del primer tomo de la obra poética y una antología en tres discos compactos con la voz del poeta. En esa conversación después de explicar que su obra había sido organizada “en tres pequeños libros” y fijar el contenido de las dos primeras en las que se encuentra Piedra de sol, afirma: “La tercera parte es la que más me interesa. Se titula Eros y está dedicada a los poemas de erotismo y de amor que he escrito...”, y un poco más abajo sostiene de manera firme: “Al final de mi vida se me ocurrió escribir un libro de poemas que creo que es lo mejor que he escrito, Árbol adentro...”.

No obstante, a los poetas que nacieron en los veinte y en los treinta y luego más tarde en los cuarenta y los cincuenta, Piedra de sol les provocaba el sentimiento exactamente contrario. Esta pieza era junto con Muerte sin fin el texto fundamental, la referencia inevitable, el poema. En ese cuerpo se había sintetizado lo mejor de la poesía mexicana y del mundo, de la fantasía y de la realidad, de las irrupciones de la conciencia histórica y del desvarío insomne del hombre moderno en la naturaleza neutra y gris de las ciudades y, a final de cuentas, en esa larga letanía se había ensamblado como en muy pocos textos la felicidad y la desdicha, el amor y la guerra. Los jóvenes mexicanos de finales del siglo XX veíamos en ese poema de mediados de esa centuria un ejemplo a seguir pero al mismo tiempo una lección dificilísima de emular. Cómo no decidirse a poner en práctica un lenguaje que tenía la fuerza de la fantasía y a la vez no dejaba de vibrar con el corazón; cómo no echarse a construir un texto en constante ebullición en el juego de las asociaciones y que siempre giraba alrededor de un centro en continua transformación; cómo no desear escribir una historia de amor tan fogosa, atravesada por una moral crítica tan abierta y atrevida. Pero al mismo tiempo, cómo atreverse a acometer tal empresa si ese poema daba señales contradictorias, corriendo al mismo tiempo en direcciones opuestas: una en el todavía fresco estilo de la fragmentación, otra en la deteriorada idea de la unidad; una en el ritmo contemporáneo del verso libre, otra en la regularidad anacrónica del endecasílabo, aunque éste fuera en verso blanco; una en los valores románticos de la fantasía y la emoción y otra en la sospechosa intervención de las medidas clásicas del pensamiento. De este modo, Piedra de sol, al invocar las cuentas del tiempo precolombino y las no menos regulares proporciones renacentistas, se convertía en una presencia atrayente y repulsiva; es decir, lo mismo convocaba todas las admiraciones, que introducía una desazón en un enigma sin solución posible.

3

Piedra de sol se terminó de imprimir el 28 de septiembre de 1957. El FCE tiró 300 ejemplares dentro de la colección Tezontle. Era una edición rústica, numerada y autógrafa. En su composición se usaron tipos Baskerville de 10:12 y 14:18 puntos. Un diseño clásico y muy amable para la lectura —como todos los del FCE en esa época y durante muchos años hasta hace poco. El cuidado del volumen estuvo a cargo del legendario Alí Chumacero. Se nota su mano en la limpieza y equilibrio tipográficos.

José Emilio Pacheco, uno de los protagonistas de la particular historia de Piedra de sol, ha descrito varias veces la edición original, destacando la presencia de una nota explicativa al final del libro —Hugo J. Verani da este texto, en su bibliografía crítica de 1983, como de Ramón Xirau— elaborada por el propio Paz sobre las referencias precolombinas y el significado del número de versos del largo poema. En esa nota el lector podía comprender la imagen que adornaba la portada: la cifra 585 en la numeración maya. El lector también podía entender gracias a ese texto que los dibujos que cuelgan como viñetas al principio y al final del poema corresponden, uno, al Día 4 Olín (movimiento) y, el otro, al 4 Ehécatl (viento). La explicación deja claro que el número de versos del poema “es igual al de la revolución sinódica del planeta Venus...”, que era una cuenta que llevaban los antiguos mexicanos. Al mismo tiempo, Paz señala que la dualidad que muestra Venus al surgir dos veces en el cielo, como Estrella de la Mañana (Phosphorus) y como Estrella de la Tarde (Hesperus), Luciefer y Vésper, ha llamado la atención de todas las civilizaciones. José Emilio Pacheco tiene toda la razón en apuntar la inclusión/exclusión de ese pequeño texto, ya que además de explicar los elementos gráficos y el simbolismo de los valores numéricos, entrelaza la cosmogonía precolombina con la europea y deja entrever la importancia del sentido circular del poema y el juego de signos y figuras de carácter ecléctico que le da a Piedra de sol una dimensión temporal y simbólica múltiples. Pero esa pequeña explicación también permite vislumbrar —habría que añadir— algo que es de igual forma fundamental y que no ha sido suficientemente sopesado: el efecto que tienen el manejo de la dualidad cósmica sobre este complejo texto desde el principio va creando un ritmo bimembre y duplicaciones verbales y conceptuales constantes hasta constituir una galaxia de oposiciones diversas que hacen de este poema una pieza única y, al mismo tiempo, una composición que sólo se entiende en el contexto de la tradición literaria mexicana.

La publicación de Piedra de sol se anunció en un cuadro de novedades editoriales del FCE en la Gaceta número 38, de octubre de 1957. Entre los libros que también aparecían en ese año se hallaban Yo soy mi casa de Guadalupe Amor, Manual de zoología fantástica de Jorge Luis Borges, el Tomo IV de las obras completas de Sor Juana Inés de la Cruz, Las estaciones y otros poemas de Sara de Ibáñez y los Tomos IV y V de las obras completas de Alfonso Reyes. Al año siguiente, en enero de 1958, la Gaceta del FCE anuncia en su catálogo de obras recientes la plaquette en los siguientes términos:

Octavio Paz: Piedra de sol. 48 pp.

Paz es uno de los mejores poe-

tas mexicanos. Este libro fue consi-

derado unánimemente por la crítica co-

mo la mejor obra publicada en 1957.

4

De acuerdo con esta noticia y avistada la publicación del poema 50 años más tarde, uno podría pensar que Piedra de sol fue un libro sin ningún problema, que salió a la luz en un ambiente tranquilo y favorable, que su rotunda presencia tendría que estar precedida por una cadena de aceptaciones unánimes. Pero no fue así. Surgió en un contexto literario picado, donde lo mismo había simpatías y adhesiones que distancia y hasta hostilidad hacia precisamente la obra de Octavio Paz. Y lo que es más importante, la primera edición de Piedra de sol estuvo acompañada por una disputa que se remontaba a muchos años antes y que de alguna forma sigue viva.

Desde su regreso a México, a finales de 1953, después de nueve años de ausencia, la figura literaria del autor de El arco y la lira no había dejado de ser atacada. Las embestidas provenían no sólo por el cambio de sus convicciones políticas, expresadas sobre todo en el texto que publica en la revista Sur, donde Paz se suma abiertamente —escribe una nota de presentación de los testimonios de David Rousset— a la denuncia de los campos de concentración de la URSS, sino por su pensamiento poético y la estructura de sus poemas en una relación personal y de reflexión estética con la vanguardia artística francesa y con sus principales protagonistas. La publicación de ¿Águila o Sol? (1951) y de Semillas para un himno (1954), plenos de hallazgos y pensamientos pero en un entrelazamiento íntimo con el Surrealismo, había despertado, por un lado, la nostalgia del primer Paz, del Paz joven, del poeta de A la orilla del mundo (1942); y, por el otro, había suscitado severas críticas a su escritura más reciente, al Paz maduro, al autor de ¿Águila o Sol? En 1955, en la revista Metáfora de julio-agosto, Jesús Arellano, en un balance de la poesía joven de entonces, escribió:

Octavio Paz, iniciado en la revista Barandal es, por ahora, la voz más completa y llena de inquietudes; inquietudes que lo han llevado, el tiempo lo decidirá, a un retroceso respecto de su obra anterior, obra ésta de grandes proyecciones y mejores enfoques líricos, despierta a todas las trascendencias humanas.

Casi un año más tarde, en 1956, también en la revista Metáfora, Elías Nandino, elogiando en un lenguaje pomposo Tarumba de Jaime Sabines, lanza estas frases memorables: “Como poeta y por mi amor a la poesía, siento orgullo cuando entre nosotros hace presencia uno nuevo que canta sin careta, sin posturas, sin pretensiones intelectuales (la plaga que extermina)...”, y en el siguiente párrafo culmina: “Sí, poeta Sabines: usted ya ha encontrado su camino. Quizá la provincia lo preserve de este languideciente oleaje surrealista que aún contamina”.

Precisamente Elías Nandino en la revista que funda y dirige, Estaciones, intenta montar una campaña crítica contra el Surrealismo y detrás de ella contra la poesía de Paz. El número 1 de Estaciones tiene un gran interés porque ahí encontramos un ensayo de cuestionamiento del Surrealismo de Salvador Echavarría, “Derroteros de la poesía contemporánea”, y al mismo tiempo una antología y traducción del Surrealismo preparada por César Moro que se publicó por primera vez en 1943, tres años después de la Exposición Internacional de Surrealismo, organizada en la ciudad de México por André Breton y el propio Moro. La inclusión de esta antología es sin duda alguna un homenaje al poeta peruano recién fallecido pero también tiene el propósito de ilustrar las críticas de Echavarría.

“Derroteros de la poesía contemporánea” presenta un ensayo que, sin dejar de tener varios puntos interesantes, revela una incapacidad para comprender que los surrealistas comparten con los románticos y los simbolistas los mismo valores y que representan por tanto una fase más desarrollada de la rebelión subterránea iniciada un siglo atrás. Es divertido ver cómo Echavarría admite “los encantados dominios del sueño” en los poetas decimonónicos, pero no los aprueba bajo una forma más radical en los autores del siglo XX. En una frase rotunda afirma: “El error de los surrealistas consiste en creer que existen puentes entre la vigilia y el sueño...”.

Unos meses más tarde, en el otoño de 1956, Estaciones vuelve a cargar contra el Surrealismo con tres artículos. Uno, de nuevo, de Salvador Echavarría, otro de Salvador Reyes Nevares y otro más de Elías Nandino. En su segunda colaboración sobre el tema, “Surrealismo y babelismo”, Echavarría reitera el razonamiento de que la comunicación poética sólo ocurre en la conciencia y suelta una frase que adivina aludiendo no sólo la postura de Octavio Paz sino el lema de un famoso libro futuro. Echavarría después de muchas afirmaciones virulentas como: “...Si un cadáver pudiese expresarse con la pluma, escribiría poemas como los de Breton y sus secuaces...”, formula de un modo exacto y sin quererlo una divisa estética: “Los surrealistas le piden peras al olmo...”. En ese mismo número, en el artículo “Después del Surrealismo... ¿qué?”, de Elías Nandino, menos violento pero mucho más limitado en su intento por descalificar el sueño y las asociaciones inesperadas, opone a la imaginación las obligaciones de la realidad, dando por un hecho que la fantasía no puede penetrar en el mundo de las cosas y las necesidades. Sugiriendo el enfrentamiento de la guerra fría y lamentando las consecuencias del desarrollo científico, Nandino aconseja: “... Ante el asomo de este trágico momento no es justo que el poeta conteste con diluvios de fantasía, su responsabilidad es otra...”. Cabe destacar que en ese número también hay un ensayo de Salazar Mallén, “Diagnóstico de una traición”, que mantiene el discurso anticientífico de Nandino en un lenguaje religioso tan anacrónico y sentimental como el de aquél. Salazar Mallén se suma a la crítica en los siguientes términos: “He tenido oportunidad de leer, antes que sea publicado, un admirable artículo de Elías Nandino, un artículo de angustia y pasión: ‘Después del Surrealismo... ¿qué?'”. Es cierto que también en Estaciones 3 podemos hallar una reseña positiva sobre El arco y la lira de A. Rivas Sáinz que deja ver en la revista una postura abierta a la polémica.

Vistas retrospectivamente estas impugnaciones, el punto culminante y de inflexión es cuando José Emilio Pacheco escribe en el séptimo número de Estaciones, durante el otoño, una nota sobre el libro recientemente publicado en ese año de 1957. Con el muy surrealista nombre —para enojo y confirmación de Echavarría—, el libro es Las peras del olmo. Sin lugar a dudas esta nota de Pacheco revela ya una conciencia de la importancia de Paz en la literatura mexicana. No oculta su admiración. Sin embargo, también muestra la resistencia y la actitud ambivalente que había en contra de la apertura estética y la figura carismática del poeta que había regresado del extranjero con “modas” europeas. Después de arrancar su noticia de la novedad editorial con una alusión a la disputa entre los defensores y los detractores de la calidad prosística y lírica de Paz, Pacheco abarca del siguiente modo los ensayos de Las peras del olmo: “En todos los estudios hay claridad en el planteamiento y en la exposición, méritos suficientes para considerar a Octavio Paz como uno de nuestros mejores prosistas, pero al tocar el delicado tema del Surrealismo, el lenguaje se puebla de una terminología filosófica fuera de lugar y la prosa se llena de redundancias y continuas referencias que no explican como era de desearse al Surrealismo...”. Esta nota aparece más o menos simultáneamente a la publicación de Piedra de sol. El poema y la reseña se encuentran —uno supone— en el camino. Sea lo que sea, algo sucedió, ya que al año siguiente, en la primavera de 1958, en el número 9 de Estaciones, encontramos publicados los poemas “Máscaras del alba” de Octavio Paz y “Guerra florida” de José Emilio Pacheco. Además, hallamos otro poema, un soneto, pero que es por lo menos conceptualmente, en la intención de quien lo escribió, José Emilio Pacheco, una nota bibliográfica que lleva por nombre “Piedra de Sol”. El poema-nota es un homenaje y, al mismo tiempo, un reconocimiento a la pieza que será una gran influencia durante muchos años en la poesía mexicana e hispanoamericana. Comprensiblemente, Pacheco ha disminuido la importancia de este soneto escrito bajo el poder avasallador de uno de los poemas río más cautivadores del siglo XX, cuando excusándose sin necesidad dijo: “...un adolescente... convirtió una nota bibliográfica en un torpe soneto...”. Pero la verdad es que el poema aporta un valor historiográfico al entendimiento de un espacio literario y no deja de tener importancia en términos líricos: señala en su brevedad y con su entusiasmo la comprensión de que en la poesía mexicana moderna pueden convivir los opuestos en términos armónicos y fértiles. El soneto de Pacheco aludía a Piedra de sol de esta forma:

Piedra de Sol

De piedra y sol el aire suspendido,

intersticio sin voz y piel del día,

va ciñendo su tacto, espuma fría,

a la presencia de su sol vertido.

Y el poeta levanta del olvido

las palabras de ayer, la lejanía

del paisaje sumiso que varía

para quedar en piedra, comprimido

en ese verso que trazó la alada

mano exacta y segura del poeta,

arquitectura firme, edificada,

perfecto sueño que al silencio reta.

Ni mañana ni ayer, es la completa

poesía en una voz eternizada.

A partir de este giro de Pacheco, así como de la revista Estaciones, y del sentimiento de grandeza que produce lo que se considerará desde entonces una composición fundamental, la poesía de Paz gozará de un reconocimiento siempre creciente. En febrero de ese mismo año, en la revista Universidad de México, Ramón Xirau —el poeta que comprende y acompaña el desarrollo de la obra de Paz— también celebra la edición de la plaquette. Xirau observa que “Si El arco y la lira es la ‘summa' del pensamiento de Octavio Paz, Piedra de sol es también la ‘summa' de su poesía”. La publicación de este libro y, un poco más tarde, de La estación violenta confirmará la existencia de un nuevo fenómeno poético pero no eliminará del todo la disputa en torno a la poesía de Paz y los ecos del Surrealismo. En febrero de 1961, en La cultura en México, Rosario Castellanos todavía se expresará en estos términos: “Octavio Paz añade a la suma de Libertad bajo palabra la ‘plaquette' Dos y una tres donde exhibe el haz y el envés del español artrítico”.

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¿Qué nos ha permitido ver la irritación hacia el Surrealismo y los poemas de Paz relacionados con esa estética, así como qué nos ha descubierto el giro que significó Piedra de sol?

En Octavio Paz: el sentido de la palabra, Ramón Xirau sostiene: “El spleen de Baudelaire, la creación de un mundo estético que sustituye al mundo real (Mallarmé o Rilke), la búsqueda de lo inalcanzable en El castillo de Kafka, el afán desenfrenado de los surrealistas por encontrar en el inconsciente la unión de los opuestos, son todas ellas actitudes de desamparo... Entre esta soledad que ya no es la del petrarquiano ‘feliz solitarius', sino soledad de desolación y el deseo de comunión, se sitúa la obra de Octavio Paz. No es otro el tema central de La estación violenta ni es otro el de Piedra de sol”. Xirau comprende que el famoso poema sólo podía ser alcanzado y resuelto en la corriente que desemboca en el Surrealismo. En “Una obra maestra: Piedra de sol”, publicado en La cultura en México en septiembre de 1965, José Emilio Pacheco, después de mostrar el desarrollo del poema en sus momentos esenciales y descifrar las múltiples figuras y referencias del texto, concluye que esta pieza no era un regreso a la poesía juvenil, como quisieron ver algunos, ni una renuncia al Surrealismo, como sostuvieron otros, sino “la afirmación intransigente de ‘la imaginación, el amor y la libertad'”, es decir, la puesta en acción del ideal libertario de la vanguardia, no del procedimiento de la escritura automática, representada por Breton.

Xirau y Pacheco también apuntan claramente el carácter circular del poema y las connotaciones cósmico míticas de las cifras que lo acompañan. Xirau subraya la relación estrecha de estas cuentas con el mito del eterno retorno. Otros críticos han destacado el rol esencial que juega en el poema la dialéctica establecida entre la fijación de un instante y su disolución en el flujo del tiempo. A propósito de este punto Pere Gimferrer escribió: “...de lo que se trata aquí es de asediar, de poner cerco al instante, en busca de su fijeza en el poema, que nos revelará nuestro verdadero ser”. Asimismo, en el entendimiento del poema desempeña un papel principal visualizar que su desarrollo implica la operación de varias dicotomías gobernadas por la oposición mito/historia que implica, a su vez, la dualidad mundo precolombino/modernidad. Desde el libro ¿Águila o Sol? el lector podía advertir la acción de esta dualidad. Manuel Ulacia muestra que “lo moderno en este poema, que incluye la incorporación de las lecciones que le dieron a Paz el modernism norteamericano, el Surrealismo y el Barroco, aparece conciliado con la valoración estética e intelectual del universo mesoamericano”.

Quizá valdría la pena agregar que el pensamiento dual de Piedra de sol tiene una fuerte correspondencia con el ritmo bimembre que impulsa desde el comienzo al poema: “Un sauce de cristal,” —una pequeñísima pausa dada por la coma y el sentido— “un chopo de agua”. Es cierto que el texto está formado por endecasílabos perfectos y que posee una gran fluidez lograda gracias a los encabalgamientos y al uso predominante del compás italiano, pero también es cierto que la cesura de muchos de los versos producen una dualidad sonora, un diástole y un sístole en el corazón de la escritura. Asimismo, en la red de dualidades que gobiernan al poema hay una imagen doble central que aparece y desparece: el árbol que se vuelve río, el río que se vuelve árbol. Dos palabras imanes en la obra de Paz. En el fondo de esta metamorfosis me parece que está la idea también doble de la oscilación compleja que existe entre la quietud y el movimiento. En este sentido Piedra de sol tendría guardado como una de sus semillas germinales el enunciado sintético de Villaurrutia: “Vámonos inmóviles de viaje” —otra manera de acercarse a la dicotomía quietud/ movimiento. También cabría señalar que este texto magnético es un mundo autosuficiente que no necesita inevitablemente de otros mundos para significar. Paz mismo le había dicho a Silvia Cherem: “...siempre he creído que la poesía no es un documento sino una creación...”. Sin embargo, nunca deja de tener relevancia, aunque tratemos de evitarla, la cercanía de los momentos biográficos de la vida con la obra. Desconocerlos no nos empobrece, pero saberlos casi siempre nos enriquece. Manuel Ulacia ha explicado en su libro el alcance que tuvo en la infancia de Paz el encuentro con la indígena Ifigenia y, más tarde, con una pirámide en Mixcoac. De la misma forma, en los años cuarenta la amistad de Paz con los surrealistas y con Breton marca no sólo su obra; es un hecho que altera su vida. De igual forma podríamos adivinar que en los años cincuenta el proceso de disolución de su matrimonio con Elena Garro y el hallazgo de Bona Tibertelli de Pisis serán fuerzas que encontraran en Piedra de sol una expresión. Al leer este poema es imposible no advertir el recuerdo de acontecimientos tumultuosos y, al mismo tiempo, el resplandor de un interior agitado. Por último, habría que añadir que las enconadas críticas a la presencia del Surrealismo en los poemas de Paz y a la capacidad que éste tenía de absorber ideas y recursos nunca comprendieron que Paz no fue un surrealista —como tampoco lo había sido Villaurrutia en su momento— ni estaba fuera de la “órbita mexicana” como pretendía la inocente y tonta opinión lírico nacionalista. Paz, auténtico poeta crítico, sometió esta tendencia a una discusión. Tomó unos ingredientes; desechó otros. Se quedó con el ideario libertario; descartó las generalizaciones del espontaneísmo, que hoy daña a nuestra poesía tan gravemente. Dijo sí pero nunca dejó de decir no en el más puro estilo de la tradición mexicana que se deja seducir más no apantallar. Así ocurrió en plena explosión vanguardista con los Contemporáneos. Así volvió a suceder con Paz cuando el Surrealismo se hacía invisible. Este rasgo en el poeta mexicano adquirió una forma portentosa pero no es de él, proviene de la rara sincronización que caracteriza a la poesía mexicana y que los supuestos poetas “críticos”, igual que los nacionalistas líricos, no han siquiera adivinado.

Cuando Octavio Paz, en respuesta a mis preguntas, me sugirió releer los poemas largos posteriores a Piedra de sol comencé a darme cuenta que, a pesar de las diferencias indudables, éste y aquellos no eran tan distintos. Estas otras composiciones muchas veces también estaban gobernadas por un ritmo dual y no dejaban de desarrollar la imagen doble del árbol y el río. Ahí está como ejemplo el hermosísimo libro Árbol adentro. Sin embargo, también me doy cuenta que Piedra de sol gana día con día lectores y que su espíritu insurgente, que no deja de cuestionar las buenas conciencias y la moral pacata, mira hacia el futuro y hacia los jóvenes. La fuerza analógica de Paz, una fuerza de inteligencia e invención de ecuaciones de la literatura y de la vida, movió y continuará moviendo las cosas en nuestro ambiente intelectual, pero algunas necesariamente —como señalé al comienzo— ocurrirán al revés, ya no para Octavio Paz sino para nosotros.

Mendiola. Poeta y director editorial de El Tucán de Virginia. Su libro más reciente es Tu mano, mi boca (Aldus, 2005).

agosto 06, 2007

En las galeras


Estaba yo sentada felizmente en las piernas de un desconocido cuando la frase de alguien que estaba con nosotros tuvo que haberme pegado muy adentro, porque me puse a chillar y a lanzar insultos como perra enloquecida. Lo rápido con que pasaron las cosas me confundió. Dejé de balbucear la tonadita de “No hay nada más difícil que vivir sin ti”, esa canción tan bonita del Buki que pone el maldito cantinero cada vez que vengo. Sabe que me llega. El gordito con el que estaba se excitó un poco. Pero al advertir que yo no estaba calentándome sino poniéndose digna, me envió al suelo húmedo, escupiéndome al rostro explicaciones muy parecidas a los insultos; pero nunca me dijo groserías. “¡Te invitamos a la mesa en buena onda, no mames Yuri!”, me gritaba mientras yo abierta de piernas comía una quesadilla que me habían regalado afuera en un puesto de comida. “Qué pinche serio me salió este güei”, pensaba yo. Y abría más las piernas como símbolo de superioridad. Estaba ebria y drogada. Sus miradas querían atravesar mis calzones verde pistache. Nada más que acabe la quesadilla, sabrán de lo que soy capaz.

Sobre la mesa hay una botella de ron barato. Además el gordito al que yo le ponía mis nalgas por lástima, bebían otros dos padres de familia escapados de su hogar. Uno tenía el rostro comido por el acné y el otro es un alfeñique medio calvo de traje brilloso: me daban ganas de matarlo, pero antes tenía que convencerme de que podía llevármelo a la cama y sacarle sus monedas. Estoy vieja, pero verán que hago mejores cosas que las nuevas putitas de carnes ejercitadas. Cuando me tuve en pie, lo maldije por haberme recordado de qué forma vivo. “Puta”, me había dicho. Yo, que sólo estudié hasta la primaria porque entré a la vida del amor muy joven, no encontré en mi cabeza muchas palabras. “¡Vas y chingas a tu reverenda madre, puto!” El otro me lanzó una bocanada de humo. No me había levantado del piso; decidí ir al fondo de las cosas: “Pinche gatete de mierda, abogadete de quinta, mírate, pobre diablo pendejo”. Sólo entonces reaccionó y me puso la mano encima. Por fortuna estaba flaco y borracho, no pateaba duro.

“¡Pero ahorita te mando a galeras, puta!”

Entonces lloré a moco y baba. Se agolpó en mi cabeza un torrente de cosas antiguas y dolorosas. Pegué de gritos que no decían nada pero que han de haber rebotado en todo el lugar porque todos los que estaban se paralizaron; adentro de mí circulaba el recuerdo de la vez que estuve en las galeras porque madreé a un pendejo bien pedo para sacarle una lana que necesitaba para mi hija, porque la verdad yo me había gastado toda la semana en una peda con unos adolescentes pendejos que después de andas de allá para acá en su nave, un pinche carrito, a la hora de la verdad ninguno quiso entrarle conmigo. Fui muy pendeja. Excitada hasta los huesos, me llevé un vaso a la boca y lo apuré de un trago lento pero profundo. Todos los de la mesa guardaron silencio mientras me veían. Yo creo que estaba echándoles una mirada llena de asco, estuve a punto de vomitarme encima de la mesa. ¡Pero qué iban a pensar de mí, una puta profesional! La mezcla de porquería que vive en mi pecho se revolvió mucho y estaba a punto de traicionarme. Lo hizo. Rompí en llanto y continué montada en mis trece. “¡A galeras pero ahorita mismo pendejo”. “Me llevas ahorita o vas y chingas a tu madre”. Luego lo reté a golpes; ya se arremangaba la camisa pero los otros lo agarraron de los brazos. El cantinero se acercó, guardando distancia. Me puse a llorar y me acordé de todo esto, sí, pero de lo que pasaba en el lugar, pues la verdad no me acuerdo. Lo que sí es que me había vuelto loca; no dejé de gritar y chillar hasta que me caí al suelo y él me recogió. Me hice este moretón aquí en la pierna, mira.

Cuando desperté ya estaba aquí, refundida en las galeras. ¿Que qué otra cosa? Nada más, que me chingaron el varo que traía metido el brasier. Pero qué, ¿entonces sí vas a escribir todo esto que te dije, loco?

julio 29, 2007

Contra la pared

Ayudante de albañilería, Iván Sánchez Luna tenía 19 años cuando partió en septiembre de 2006 con su esposa hacia Estados Unidos. Un año antes había contraído nupcias con Beatriz Flores Ortega, cuya madre Alicia Ortega Arreola potenció que la pareja de jovencitos viajara a Estados Unidos, pagando ella los gastos que generó el “cruce” de la frontera gracias a la contratación de un pollero.

El muchacho se empleó en los terrenos de cultivo del norteamericano estado sureño de Oklahoma donde duró unos meses hasta que en enero el cuerpo de policía lo detuvo porque enfrentaba el señalamiento de ultraje una mujer, que una vez detenido resultó ser su cuñada Jessenia Flores.

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“A mi hijo lo detuvieron en enero porque estaba acusado de haber violado a su cuñada. Desde que lo metieron, fuimos a Relaciones Exteriores para que nos dieran información pero hasta la fecha no nos han dicho ni siquiera dónde está preso mi hijo”.

Desecha en llanto, esto lo narró Liberada Luna, la madre de familia cuyo hijo se encuentra preso. Habitante de la paupérrima comunidad Tultengo, municipio Tepeapulco, Hidalgo, desde que tuvo noticia de la detención, Liberada Lunaha ha solicitado que algún organismo del Gobierno le permita al menos escuchar la voz de su hijo a través de un aparato telefónico. “Quiero que él me diga si hizo eso o no con la muchacha”.

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Ricardo Santana es delegado estatal de Relaciones Exteriores, cuya sede está en Pachuca, capital de Hidalgo. Los únicos dos casos que han llegado a esta oficina provenientes de Tepeapulco, son de espaldas mojadas que buscaban cruzar el Río Bravo y los regresaron a la frontera. Pero al siguiente día reintentaron burlar a la Migra, entonces sí los encerraron.

Esto, porque las leyes americanas en materia de inmigración prevén que los extranjeros ilegales tienen salida voluntaria, si los han cogido por primera vez. “Los sueltan en los puertos terrestres, los ponen en la mitad del puente y le notifican al cónsul”, precisa Santana.

Pero si se internan nuevamente al siguiente día, como lo hace la mayoría, y los vuelven a capturar, entonces los mandan ante el magistrado federal, quien les impone una pena de acuerdo con la ley, que va de 2 a 6 meses de prisión.

De este tipo es la situación que atraviesan los dos casos de Tepeapulco que hay en el archivo de la SRE... pero nada de Iván Sánchez Luna.

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Existe una oficina de Atención al Hidalguense en el Extranjero.

“La señora llegó a pedir asesoría si no me falla la memoria el 4 de enero del 2007. Él emigró en agosto del 2006, lo detienen el cuatro de enero de 2007 y lo acusan de violación en segundo grado en Oklahoma. Él se encuentra detenido y tiene como abogada Cristina Ornelas. La abogada está trabajando, a ella la contrataron sus familiares”, dice Palmira Venero.

Es la responsable de esta dependencia, y tiene todo el expediente de Iván. A quuien primero, le habían impuesto una fianza de cien mil dólares, por violación. Pero al paso de las investigaciones, la cosa cobró un tono morado oscuro, al acusársele de estupro contra su cuñada adolescente.

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Estupro: Acceso carnal del hombre con mujer mayor de doce años y menor de vente, logrado con abuso de confianza o engaño.

Violar: Acceso carnal con una mujer por fuerza, o cuando es menor de doce años.

Ambos significados los contiene el Diccionario de la Real Academia de la Lengua. De la diferencia entre uno y otro, pende el destino de Iván Sánchez.

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El primer soponcio familiar se sufrió un jueves de marzo. Ese día sería juzgado Iván, pero se postergó el juicio para pasado mañana, miércoles.

Iván forma parte de los llamados casos “de alta visibilidad” que son, a saber, donde el inmigrante está acusado por delitos peliagudos. Las penas van desde largas estancia de prisión, pasando por cadenas perpetuas, hasta la pena de muerte.

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“Iván ya quería regresarse desde el año pasado, antes de que lo detuvieran”. Su mamá había hablado con él en diciembre, días antes de ser aprehendido. “No quería seguir allá”.

julio 27, 2007

Ay, ferias de libros


De joven me gustaba ir a las ferias de libros porque encontraba ofertas. Especialmente en los últimos días antes de largarse, cuando los puesteros se daban por vencidos, era posible encontrar descuentos hasta del 50 por ciento. Por ejemplo, la Feria Universitaria del Libro en Pachuca solía ser algo así como una plaza de mercado, con puestos que no tenían jitomates y lechugas amontonadas, sino montañas de amarillentos tomos ¡a veinte pesos cada uno! Recuerdo que de esa forma me allegué mis primeros tomos de E. M. Cioran y de Jean Cocteau. Me hice desconfiado. Pertenezco al grupo de lectores que ven con recelo una feria de libros en cuya programación hay tantos conciertos musicales, tantas presentaciones editoriales y tantos talleres didácticos que ya no cabe uno más, pero cuyos puestos de libros son tan escasos que se convierten en el plato de segunda mesa de la celebración. Y es que pocos placeres se comparan al de comprar por unos cuantos pesos lo que cada quien considere una joya literaria, y enseguida llegar al rincón de la casa para comenzar su lectura con voracidad. Por eso es lastimoso que las ferias de libros sean celebraciones a todo, menos a los pliegos de papel empastados que contienen letras en su interior.

Del 13 al 22 de julio la antigua estación de ferrocarril de Pachuca alojó a la Feria del Libro Infantil y Juvenil en su séptima edición. La organizó el Consejo de Cultura de Hidalgo, el organismo oficial de ver por el arte en el estado. Sus cifras dicen que hubo 23 presentaciones editoriales, 17 espectáculos entre obras teatrales, guiñol, conciertos, etc., 11 talleres de todos tipos, más 48 puestos de libros de los cuales 42 eran editoriales y el resto, librerías que, yo sentí, estaban dando caro. De donde saco en fieme el siguiente balance: hubo bastantes actividades para una sola semana, y lo que es más bonito: su blanco fue el público infantil, tan menospreciado por la industria cultural mexicana. Sí, albricias, pero también: los volúmenes empastados llamados libros siguen sin ser la principal preocupación de la Feria.

No me atrevo a juzgar los espectáculos de música de rock ni talleres como el de “Abrazoterapia”, sobre cuya materia ignoro, pero de los libros presentados me es lícito opinar. Me hace feliz grandemente que se presentaran La voz oval, el pequeño volumen teatral de Enrique Olmos, el dramaturgo más joven de Hidalgo, lo mismo que el poemario colectivo W. H. Auden Revisitado de 20 poetas mexicanos y ¡Éste es mi nagual! del talentoso actopense Yuri Herrera, igualmente los tomos de los párvulos escritores lugareños que han sido becados por el Consejo de Cultura. Esto, en cuanto a libros locales. Por lo que respecta a los de plumas renombradas, es un gusto que Mario Bellatín presentara El Gran vidrio, exploración literaria homónima a la ¿pintura? más famosa de Marcel Duchamp, o que la editorial Sexto Piso acudiera, presentando En busca del tiempo perdido, un concepto de novela gráfica que dice con imágenes lo que Marcel Proust escribió entre 1908 y 1922 en seis tomos tamaño ladrillo.

Con ser acertada cuanta presentación se realizó, insisto con empecinamiento en que los libros que la gente podía comprar y llevarse a su casa son situación que tiene sin cuidado a los organizadores.

Pero tal vez ni siquiera he dicho lo que más me interesa. La tamaña coindicencia de éste con los otros años es lo más notable. Y de forma exactamente igual a los años pasados, la séptima edición del libro tuvo sus cosas. Podemos hablar que lo bueno fue mucho y lo malo también. Pensar en los talleres programados al mediodía de calor infernal, o en el diminuto estacionamiento que en las tardes de lluvia era un charco de lodo, son dos botones de muestra. La organización de estas ferias ha logrado desafiar al sentido común. Pienso en aquella verdad de Pero Grullo: con el tiempo las cosas cambian. Pues bien, yo que he ido a las últimas tres o cuatro ediciones de esta feria, sostengo que ninguna novedad me asaltó, ni siquiera una que me atrevo a juzgar la más luminosa de cualquiera de las sorpresas: toparme con montañas de libros amarillentos y hasta inencontrables a precios de locura.

julio 26, 2007

Él cantaba boleros

*Por Eliseo Alberto, escritor cubano radicado en México.

El pitcher Manuel Alarcón era, en mi juventud, “una gloria viva del deporte cubano”, como dicen los comentaristas de beisbol cuando se ponen tiernos ante el micrófono. Al aceptar las señas de su catcher, Manuel comenzaba en la lomita un wind up muy lento, en verdad inquietante, enseñaba el número de su espalda al bateador en turno, y al volverse lanzaba hacia el plato un auténtico meteorito. Varios buscadores de talento habían intentado “reclutarlo” para las Grandes Ligas, y llegaron a ofrecerle jugosas carnadas. Manuel nunca cedió. Para él las palabras dignidad, patriotismo y pueblo significaban lo mismo: Revolución.

Los cubanos lo convertimos en una leyenda, símbolo, representante de una pequeña isla también llamada David que se enfrentaba a un ogro de nombre Goliat. Unos diez años después de su retiro como atleta de alto rendimiento, el periodista Boby Salamanca y yo tratamos de localizarlo para saber qué había sido de su vida. Los decanos de la prensa deportiva en México seguramente recuerdan la simpatía y brillantez de Boby Salamanca: que en paz descanse.

Viajamos a Santiago de Cuba. Preguntando por aquí y por allá, fuimos a dar a la ciudad de Bayamo. Lo encontramos donde el joven carpetero del hotel nos dijo que estaría: en un cabaret de arrabal cuyo nombre no recuerdo –pero sí su rancio olor a orine. Tres conos de luz rojiza bombardeaban la pista. Me costó trabajo reconocerlo: estaba en la plenitud de su decadencia. Vivía de mal cantar boleros. Nadie del público parecía prestarle atención, ni siquiera cuando se doblaba de dolor al pronunciar aquellos versos de “Rosa mustia”, la terrible balada del trovador Angelito Díaz: No queda ya de lo que fuiste, nada. Mi ídolo era un (glorioso) pobre diablo. Tuve ganas de abrazarlo: se caía de borracho.

Hoy me acordé de Manuel Alarcón cuando leí lo que ha dicho Fidel Castro al informar a los cubanos de la isla que el bicampeón olímpico y mundial de los 54 kilogramos, el boxeador Guillermo Rigondeaux (244 triunfos en 248 peleas), y su colega Erislandy Lara, campéon mundial de los pesos welter, habían decidido desertar durante los Juegos Panamericanos de Brasil. “Sencillamente los noquearon con un golpe directo al mentón, facturado con billetes norteamericanos. No hizo falta conteo alguno de protección”, escribió Fidel en el periódico Granma: “La traición por dinero es una de las armas predilectas de Estados Unidos para destruir la resistencia de Cuba”. Y los llamó mercenarios, epíteto preferido para descalificar o demoler a alguien que se salga del juego.

El único camino posible es el de la deserción porque en mi país todo se convierte en política, hasta los sueños. ¿Por qué se considera deshonroso que un habanero juegue en un equipo de balonmano de Brasil o que un boxeador aspire a una corona en el boxeo profesional, si tiene la suerte de ser el mejor de su peso en el planeta, libra por libra? ¿Por qué los obligan a fugarse o a remar en una balsa, rumbo a Miami? El discurso oficial asegura que los “renegados” merecen el desprecio del pueblo. Les tengo malas noticias: los hermanos Liván y Orlando El Duque Hernández, por ejemplo, no han dejado de ser cubanos por ganar entre los dos más de ochenta millones de dólares en un par de temporadas, y son tan o más queridos ahora que antes, cuando jugaban en las ligas amateurs de la isla, por el equivalente a cuarenta dólares mensuales.

Les debo el final de aquel viaje a Bayamo. Al terminar su ronda, el bolerista Manuel Alarcón fue a saludar a Boby Salamanca. Mi amigo lo paró en seco: “Campeón, ¿qué haces cantando en este tugurio de porquería?”. Manuel se veía abochornado, al responder: “Aquí me gano mis pesitos”. Enseguida tomó aire y recorrió el salón con la vista, sin fijarla en ningún rostro, en ningún sostén, hasta posarla de nuevo en su vaso de ron caliente. Tragó en seco. Sólo entonces se atrevió a decir, con pundonor: “Compadre, es que cuando te han aplaudido una vez es muy duro vivir sin que te aplaudan”. En sus pupilas creí ver la media luna de un estadio vacío.

Boby avanzó hacia la pista y ordenó con desesperación: “¡Aplaudan, carajo, aplaudan! ¡Ingratos, malagradecidos, este gigante es Manolito Alarcón!”. Algunos lo hicieron. No he vuelto a saber de Manuel. En internet hay pocos datos sobre su vida y ninguno habla de su muerte, así que debe de andar por algún recodo de este mundo. La Historia con mayúscula es un hueco negro; con minúscula, un ring de boxeo donde los contendientes juegan ajedrez a batazos.

Mucha suerte para Lara y Rigondeaux, campeones.

Todos la necesitamos.

julio 24, 2007

Escolios a un texto implícito

Con este título bañado de pedantería, el reaccionario colombiano Nicolás Gómez Dávila publicaba allá por el remoto 1977 un par de volúmenes cuyas páginas sumadas daban el ladrillo colosal de mil páginas llenas de aforismos. Transcribo algunos de ellos no como un acto de adhesión a lo que defienden sino todo lo contrario, para demostrar que la inteligencia vale siempre la pena, aun siendo empleada hasta por seres como este autor. Por otra parte, sin embargo, este libro es subversivo, en el sentido de que "el libro más subversivo de nuestro tiempo sería una recopilación de viejos proverbios", según el refrán.

-Hay seres cuyos monosílabos son verbosos.

-La sociedad premia las virtudes chillonas y los vicios discretos.

-El hastío no es fruto de la posesión prolongada, sino del contacto fugaz con mil objetos.

-El historiador norteamericano no puede escribir historia sin lamentar que la Providencia no lo consultara previamente.

-Los galicismos son las vitaminas del español (¿será?).

-Sólo los profetas honestos son linchados.

-"El progresista siempre triunfa y el reaccionario siempre tiene la razón. Tener razón en política no sonsiste en ocupar el escenario, sino en anunciar desde el primer acto los cadáveres del quinto". Que conste que le puse comillas y que lo dijo él.

-Marx gana batallas, pero Malthus ganará la guerra.

-Toda rebeldía total termina en filosofía de Club Rotario.

-La eduación primaria acabó con la cultura popular; la eduación universitaria está acabando con la cultura.

-Un diploma de dentista es respetable, pero uno de filósofo es grotesco.

-Para juzgar nuestro tiempo basta recordar que los sociólogos son sus moralistas.

-Civilización es todo lo que la universidad no puede enseñar.

-Alma es lo que le nace a las cosas cuando duran.

-La Revolución Francesa parece admirable a quien la conoce mal, terrible a quien la conoce mejor, grotesca a quien la conoce bien.

-Seamos "livresques", es decir: sepamos preferir a nuestra limitada experiencia individual la experiencia acumulada en una tradición milenaria.

-Las opiniones revolucionarias son la única carrera, en la actual sociedad, que asegura una posición social, respetable, lucrativa, y plácida.

-Hombre culto es aquel para quien nada carece de interés y casi todo de importancia.

-La "historia científica" recela de la verdad personal de las Memorias para confiar en la mentira impersonal de los Archivos.

-"Los reaccionarios contemplamos las claudicaciones de la izquierda con la misma fruición malévola que los anticlericales de pueblo los deslices del cura".

Chale con este último apotegma. No se le perdona ni se le perdonará a Nicolás Gómez Dávila que se pronuncie reaccionario. Pero ¿no hay acaso una que otra máxima poca madre en el resto del listado anterior?

julio 23, 2007

Frida y Gabo

Dos furores comerciales han alcanzado a nuestro estado.

Uno es la moda de celebrar al narrador colombiano más famoso del planeta. Hablo del homenaje internacional que ha tenido ocasión por los ochenta años de edad de Gabriel García Márquez y por los primeros cuarenta de haber visto la luz su obra magna, Cien años de soledad. Al diseñar el Cuarto Congreso Internacional de la Lengua Española, la Academia Colombiana se propuso distinguir a Gabo. ¡Y de qué manera! El Congreso (que tiene lugar cada cien años) optó por celebrar a un único escritor, reeditando con un tiro millonario su libro central. El caso es que Hidalgo no ha escapado a esta moda, por otro lado harto justificada si pensamos en que es García Márquez el escritor más leído de todos los integrantes del boom hispanoamericano. Ni Carlos Fuentes, autor de Terra nostra; ni Julio Cortázar, de Rayuela; ni Mario Vargas Llosa, de Conversación en La Catedral, han sido tan leídos. En Pachuca, la banda rockera A Letter For y el espectáculo de pasacalles itinerante Recuerdos de Márquez se han sumado a esta moda publicitaria, por otra parte tan opacada con otro homenaje.


Es el que ha tenido lugar hasta las amibas por el hecho de que hace exactos cien años nació Magdalena Carmen Frida Kahlo y Calderón. Hija del considerable fotógrafo Guillermo Kahlo, Frida nació, vivió y murió en Coyoacán. Durante su desenvuelta existencia pública se convirtió en la artista mujer más importante de la primera mitad del siglo 20 mexicano, por militar activamente en el Partido Comunista y pintar con un compromiso plástico tan contrastante con la preocupación social de, por ejemplo, Diego Rivera y Siqueiros. Pero esto ya lo ha apuntado Luis Cardoza y Aragón en sus estudios sobre pintura y Revolución mexicanas. Ahora bien, conviene hacer un alto para mentar algo. A la esposa de Diego Rivera había que destacarla por la singularidad de su obra y no tanto por su parafernálica imagen pública que, sin embargo, fue el meollo del espectáculo escénico Las dos Fridas, que tuvo lugar en Pachuca. Antes de pasar a lo siguiente, pensemos en André Breton que, impresionado por el surrealismo en algunas obras de Frida, la admiró pero sin llegar reverenciarla.


¿En dónde radica el reclamo contra ambos homenajes?


Con García Márquez, pienso que la reedición de Cien años de soledad debería estar acompañada no de fotografías en publicaciones periódicas sino de la revisión de su obra entera, en la cual El Otoño del Patriarca es la novela que posee acaso tantas o más excelencias literarias que la obra considerada magna. En punto a Frida, tengo la firme sospecha de que la bandera del folclor y el desmadre con que siempre ha navegado su vida y obra por las aguas de la historia del arte, es la culpable de que el detenimiento por sus cien años de nacimiento venga degenerando en pura chabacanería publicitaria. Han sido objeto de notas periodísticas las siguientes cuestiones: la venta en 5.6 millones de dólares de su óleo Raíces por la casa de subastas Shoteby’s, la muerte de Isolda Kahlo (¿quién?) sobrina de la pintora, un documental inédito sobre Diego Rivera, la correspondencia ultrasecreta de Frida que al ser expuesta ha perdido la cualidad de secreto, y, lo más hilarante, la compañía de vuelos Air France se inspiró en Frida (¡!) para idear un menú y una programación de películas que ponen en sus vuelos entre México y Francia. “Estoy muy satisfecha de la difusión que Air France hace de la cultura mexicana a través de la gastronomía. Las recetas de Frida, no sólo condimentan el vuelo, sino que llevan consigo gran parte de nuestra cultura”. Hizo esta penosa declaración a los periódicos la historiadora de arte Guadalupe Rivera.


En materia de amor y de ideas, José Ortega y Gasset creía poco eficaces anuncios y programas. Cosa similar pasa en arte. Que los homenajes a García Márquez y a Frida hayan explotado serían cosa buena si estuvieran acompañados del acercamiento del público a sus obras y no nada más la publicación de un libro con pastas lindas, o de platillos en una aeorolínea donde viaja gente rica.

julio 22, 2007

Narcosuplemento

¡Vaya que no he tenido tiempo ni ánimo de hacer comentarios en este espacio! Pero hoy me he despertado con ganas de asesinar a alguien. No consigo elegir a mi víctima.

Voy a comenzar por el maldito tedio dominical que semana con semana aguarda su día y nos abraza como una maldición consabida, y, sin embargo, tan indeseada como inevitable. Aire soporífero de las dos de la tarde: inmejorable descripción en Cien años de soledad para designar a un domingo.

No es tonto ir más lejos. El calor soporífero de los domingos es la comparación exacta de la tibieza que abraza la existencia diaria de los narcos. Tener las cosas resueltas a base de dinero fácil es una cosa tan idiota como un caliente día de la semana en que los problemas hacen una pausa. ¿Qué carajos hará soñar a los narcos -además de estar drogados? A uno le importa llegar vivo al fin del mes, tener con qué pagarle al banco, ver a la novia y darle besitos, soñar con trepar al Himalaya algún día, ver tocar a los Rolling Stones en su próxima presentación... ¿Pero a los narcos? Si no tienen de qué preocuparse estirando la quincena, si tienen novias buenísimas a montones, si pueden comprar (literalmente) un pedazo del Himalaya y construir una cabaña a la que llegarán en sus helicópteros, si pueden pagar la primera fila de asientos en el directo de los Rolling, ¿a qué carajos pueden aspirar sino a apechugar más y más dinero en un círculo vicioso que llega a extremos de enfermedad? Pero una cosa es cierta: tienen la vida contada.

Una exploración, que se agradece, en torno al narco es el tema central del actual número del suplemento cultural Confabulario que aparece en el diario El Universal, de México. Los textos de David Aponte, Alejandro Suverza, Juan Veledíaz y Héctor de Mauleón son, siendo unos mejores que otros, edificantes. Dan explicaciones llanas y mundanas, precisas y macizas, a algunas cosas que debieron pasar por la mente de los barones mexicanos de la droga cuando decidieron "entrarle al negocio". También son textos que humanizan a esos chabacanos personajes de trocas y botas de caimán y mansiones en islas exóticas y camisas de seda estampada con la Guadalupana y pistola al cinto y aviones y aterrizajes forzosos y despilfarro.

Ahora bien, ¿no será estos lujos su castigo?, pues al fin y al cabo constitiyen el nudo de los domingos de asfixiante sopor como a los que me he propuesto matar en esta ocasión.

julio 14, 2007

De marcha con los clásicos

Por Winston Manrique Sabogal para el suplemento cultural "Babelia", del diario español El País en su edición de julio 14.
En: http://www.elpais.com/articulo/semana/arte/
seguir/huellas/elpepuculbab/20070714elpbabese_1/Tes

Varios escritores revisan y reescriben obras inmortales de la literatura para acercarlas al lector actual. Una iniciativa inédita en la cual los autores tienen libertad absoluta. El Cid, El Lazarillo, Las leyendas de Bécquer, Prometeo, Edipo o Medea son algunas de las primeras obras y personajes retocados, vistos en clave política o de humor o de quienes se resuelven dudas. Un duelo analizado por escritores, editores y expertos en literatura que reflexionan sobre los claros y oscuros de esta arriesgada misión.

Un robot doméstico Nokia fue el encargado de anunciarle a Rodrigo Díaz el destierro intergaláctico al que había sido condenado. Así es que se puso la escafandra y abandonó Vivar, en una decisión que lo llevaría a la conquista de otras galaxias...

Ése es el nuevo destino del Cid. Porque todo es posible en esta séptima ¿o novena? dimensión a la que un grupo de escritores españoles intenta llevar a los héroes y obras clásicas de la literatura. Para revisarlas, reinventarlas, reescribirlas, redescubrirlas, refrescarlas, reinterpretarlas y todo lo re que sea desacralización.

¡Profanación!, murmuran unos. ¡No son intocables!, se alegran otros. O ¿acaso hay algún impedimento para meter mano en las obras clásicas? "Son textos que no han sido recogidos en ningún momento de una forma que pudiéramos llamar pura. Todos surgen de algún modo de la inspiración de otros. Los escritores siempre están mirando el legado literario", recuerda Javier Azpeitia, responsable de la nueva 451 Editores, que en su colección 451.Re: busca retocar grandes obras. Una misión en la que se han involucrado por ahora unos treinta escritores bajo la consigna: libertad absoluta. La estrategia es que varios autores se enfrenten a un mismo libro y lo actualicen, lo adapten o lo reescriban. La intención, según Azpeitia, es acercar los clásicos a la gente que los ve como algo antiguo o pesado, y hacerlos accesibles. Pretenden que un libro lleve a otro: para quienes no hayan leído el clásico, éste puede servir de pretexto para leerlo, y para los que ya lo conocen, descubrirán una perspectiva contemporánea.
Segunda vida

Una prueba de que en el Olimpo literario las puertas están abiertas a todos los mortales. Hasta allí siempre han acudido los escritores para ver qué y cómo han creado sus dioses. Cómo se han ganado ese sitio. Pero ese destino de visitas privadas se ha cambiado en España con estas peregrinaciones que buscan dar a los clásicos una segunda vida a través de conexiones con el lector de hoy. La espina dorsal de la historia se mantiene y lo que cambia, a veces, es el tiempo, el espacio, el tono; se aclaran dudas o se escriben en clave política y de humor, o se inserta en la realidad más actual.

En esa modernización, aparte de que Rodrigo Díaz de Vivar celebra sus ocho centurias con una escafandra en lugar de su armadura legendaria; se dice que el Lazarillo de Tormes aprendió a leer y escribir tan bien gracias a que un estudiante le daba clases en pago a los favorcillos que recibía de su madre; se rumorea que algunas leyendas de Bécquer persiguen por estos días a tribus urbanas de góticos...

La literatura siempre se ha nutrido de sí misma, recuerda Andrés Trapiello, quien hace tres años narró en Al morir don Quijote cómo continuaron la vida aquellos que sobrevivieron al hidalgo manchego, creado por Miguel de Cervantes, que a su vez se inspiró en los libros de caballería de la Edad Media. "La literatura es la historia de las revisiones y prolongaciones, siempre respetables si no se trata sólo de alargamientos. Por ejemplo, la Eneida es la segunda parte de la Ilíada y Dante llama a Virgilio en su ayuda en La Divina Comedia. La mayor parte de las reposiciones del teatro clásico español salen a escena desfiguradas. Al parecer el público no soportaría las versiones íntegras en su lenguaje original. Hace dos años yo mismo propuse que se tradujera el Quijote al castellano, porque me parecía una crueldad obligárselo a leer en una lengua difícil a tantos que no la entienden. En cuanto a las intervenciones en obras ya escritas por otros o en vidas del pasado, supongo que aquéllas deberían estar presididas por el sentido común, huyendo del amarillismo y oportunismo literarios: ni Segismundo haciendo chistecitos ni la Virgen masturbando a san José (por citar casos reales). En todo lo demás, libertad absoluta. Lo decía Karl Kraus: 'No hay original, si es mejor la copia', versión más o menos libre de D'Ors: en arte sólo es lícito el plagio si va seguido de asesinato. Claro que antes Kraus había dicho también: 'El original recupera siempre lo que le han quitado; aunque nazca más tarde".

Una tentación que ronda a los creadores de toda estirpe. Ahí están los bigotes que pintó Marcel Duchamp a la Gioconda de Da Vinci; o las óperas que traspasan tiempos y espacios; o los remakes de grandes películas; o las miles de versiones de canciones populares.

No temer y arriesgar es la clave. Toda iniciativa literaria está bien, asegura José Carlos Mainer, catedrático de Literatura Española y autor de La edad de plata. 1902-1939. "No soy nada prohibicionista. Esta iniciativa es inédita, una especie de segunda vida". Aunque aclara que depende de quien lo haga. Las obras tienen su ficha y es muy difícil moverlas de ahí. "Un libro de estos que busca revisar y actualizar obras memorables es legítimo como nueva literatura, pero como adaptación del clásico hará poco. Los clásicos están ahí".

Lo más popular son las adaptaciones de libros para jóvenes y niños, la actualización del vocabulario en obras antiguas o versiones especiales de libros como la Biblia o clásicos griegos. De la misma manera que al traducir a otro idioma a algunos clásicos se utiliza el lenguaje actual, ¿por qué negarles esa modernización en su propia lengua?
Fiel e infiel

¿Pero es necesaria una reescritura? Martín Casariego, uno de los que ha participado en la versión de El Lazarillo de Tormes, lo tiene claro: "Los clásicos tienen un problema, y es que si los lees tal cual hay cosas que se pierden. O condicionan la lectura por las notas a pie de página, por ejemplo". No tiene dudas de que algunos de estos libros canónicos son mejorables. Aunque reconoce que esta colección de 451.Re: tiene algo de fiel e infiel. "Fiel porque siempre se le dice al lector que se trata de una versión libre, e infiel porque en su lectura el que no haya leído el original no sabe realmente qué es verdad y que no".

Más dudas sobre este tú a tú con los clásicos tiene la poeta Clara Janés, autora de Los números oscuros: "Se habla mucho de reescritura y sólo me parece lícita la reescritura de algo escrito por uno mismo. Creo que si se trata de textos ajenos es otra cosa. Está bien actualizar el vocabulario y facilitar así el acceso a una obra que resulta de gran dificultad para el lector de hoy, y es enorme la riqueza que en este sentido tiene España. Pero ¿quién podría atreverse a cambiar una palabra de un soneto de Quevedo o de Góngora? De ser editora, yo iría con gran cautela y me limitaría a lo imprescindible, que es mucho".

Todo lo que sea divulgar está bien para Juan Eduardo Zúñiga. "El peligro es que se haga simplificando la obra. Se corre el riesgo de perder su esencia porque el lector joven o primerizo puede quedarse con una idea falsa de esa realidad creativa". El autor de Capital de la gloria duda que tras la modernización o transformación del clásico en algo contemporáneo sea aprovechado por el lector como una obra de actualidad. "Sería fundamental que estas obras no quedaran mermadas porque podría perjudicar a otras áreas de la literatura".

Uno de los que ya ha entrado tres veces a ese Olimpo literario es Luisgé Martín. A finales de los noventa cuando creó una novela a partir de Tadzio, el efebo de rizos dorados creado por Thomas Mann en Muerte en Venecia. Después volvió para hacer una adaptación juvenil de El Lazarillo de Tormes, y ahora para revisar la vida de Rodrigo Díaz de Vivar en ¡Mio Cid!, de la colección 451.Re:. Tres libros con dos acercamientos distintos. En Tadzio fue un ejercicio metaliterario. "No tengo ninguna sensación ni de deuda ni de irreverencia. Aprovecho iconos para dar una imagen más cercana. En los otros dos casos son aproximaciones más funcionales o instrumentalizadas. Lo que quiero es acercar esos textos a un público que siente respeto o antipatía hacia los clásicos o ese marchamo de académico, quitarle ese barniz". Sobre el riesgo de confundir al lector, Martín asegura que no hay tal porque todos saben que hay versiones de todo. "La literatura es meter la mano donde uno puede y tratar de extraer la belleza, el placer, las ideas o algo estético, venga de donde venga".

Mejor si es del Olimpo literario donde sigue la peregrinación en busca de los hilos que conecten aquellos dioses con los lectores del hoy. Incluso con los fundadores que dejaron su legado en las Tragedias griegas. Lola Beccaria rastrea los recovecos mentales y emocionales que tuvo la traicionada Medea para matar a sus hijos; David Torres presenta a un Prometeo empastillado que en sus delirios es perseguido por un águila; José Carlos Somoza recrea a un Edipo como un joven asaltante de un supermercado que descubre a su madre justo cuando...

Giuseppe Tomasi di Lampedusa

Hace cincuenta años murió Giuseppe Tomasi di Lampedusa creyendo que su obra, como su noble estirpe, se extinguían con él. Hoy lo recordamos, sin embargo, como uno de los paradigmas mayores de la transformación de la novela, precisamente por el libro en que cuenta el fin de su heráldica: El Gatopardo. Presentamos los pormenores de los últimos días de Lampedusa, y el texto con el que el Premio Nobel italiano Eugenio Montale saludó en su momento el ingreso de El Gatopardo a la república mundial de las letras.



Giuseppe Tomasi di Lampedusa (1896-1957)

Poderoso poeta de la muerte


por MARÍA TERESA MENESES

La vida y obra del príncipe siciliano Giuseppe Tomasi di Lampedusa siempre estuvo marcada por una explosiva carga de pathos y pietas que transformaría en tragedia la publicación de su única novela, El Gatopardo, cuyas vicisitudes se encuentran entre las más singulares de la literatura toda. La suya fue una existencia llena de dolores y amarguras que le dejaron dibujado para siempre ese rictus de aflicción en su tímida sonrisa, atormentado gesto con el que Giorgio Bassani evoca su recuerdo en el prólogo a la obra maestra de Lampedusa. Hay personas que, tal parece, se preparan febrilmente, en secreto, durante toda una vida, en la que aparentemente no pasa nada de extraordinario, para que en vísperas de su despedida de este chacal hambriento que es el mundo, todo se precipite vertiginosamente: pasión, muerte y redención.

Cuando Giuseppe Tomasi tenía veinte años acudió puntual al requerimiento que le exigía su patria e interrumpió sus estudios para marchar al frente de guerra. Hecho prisionero, se escapó del campo de concentración de Posen y, disfrazado, atravesó media Europa a pie hasta que logró llegar a Italia. Interesado en cuestiones militares y en libros de historia, entre sus lecturas preferidas estaba Clausewitz, e incluso llegó a participar como capitán de artillería durante la Segunda Guerra Mundial. Pero su más honda pasión fue la lectura. Sin embargo, aunque Giuseppe Tomasi era un impresionante lector y un puntilloso crítico, experto en literatura inglesa y francesa de las que abrevaba en su lengua original, desgraciadamente nos legó pocos escritos: su única novela, El Gatopardo (Argos Vergara); los Relatos (Bruguera), entre ellos “Lighea”, que en español se ha traducido como “El profesor y la sirena” y que en una antología de los grandes cuentos del siglo XX necesariamente tendría que ser incluido; sus ensayos publicados en dos tomos sobre literatura inglesa, Letteratura Inglese (Arnoldo Mondadori Editore), sabroso recorrido, desde los orígenes hasta el siglo XX, por sus caros escritores ingleses; los Ensayos sobre Stendhal (Argos Vergara); sus reseñas publicadas bajo el seudónimo de Giuseppe Aromatisi (Flaccovio Editore); y las cartas de amor a su esposa Licy (Edizioni Associate), la condesa báltica Alessandra Wolf Stomersee.

Durante los últimos tres años de su vida sacaría fuerzas de la estirpe del gatopardo, de su sobrepeso y de su enfermedad para escribir un libro que su trágico destino le impidió ver publicado y gozar del fenómeno editorial en el que se transformó a partir de su aparición en noviembre de 1958 (editorial Feltrinelli), gracias a los buenos oficios de Giorgio Bassani, a quien le llegó el manuscrito tardíamente a través de Elena Croce —la hija de Benedetto Croce, que era agente literaria y a quien Lampedusa le había enviado el manuscrito de una manera anónima desde los primeros meses de 1957—, cuando su autor ya había muerto. Al año siguiente, en 1959, la novela ganaría el premio de narrativa más importante de Italia, el Premio Strega. En 1960 se habían publicado ya cincuenta y dos ediciones, con lo que se transformó en el primer best-seller italiano. Y en 1963, Luchino Visconti potenciaría el fenómeno filmando una extraordinaria versión cinematográfica en la que el príncipe Fabrizio de Salina es encarnado por un inolvidable Burt Lancaster.

Todo se precipitaría en la primavera de 1954, cuando el poeta Eugenio Montale recibió un sobre amarillo al que le faltaban algunos sellos postales y que contenía unos cuantos poemas apenas legibles, impresos en Capo d'Orlando, Sicilia. Anexa a los poemas, venía una carta de un tal Lucio Piccolo en la que se explicaba su intención de evocar “un mundo singularmente siciliano, o más concretamente palermitano, que se encuentra ahora en el umbral de su propia desaparición, sin haber tenido la suerte de ser fijado en alguna expresión artística”. Sus poemas, proseguía el remitente, describían “ese mundo de iglesias barrocas, de viejos conventos, de almas adaptadas a esos lugares, que pasaron aquí su vida sin dejar rastro”. A Montale no le alentó mucho la carta, que en realidad había sido escrita por Lampedusa y tal vez era más una descripción de su futura novela que un resumen de la poesía de su primo. Pero se puso a leer los poemas, en parte para ver si merecía la pena el dinero que había tenido que pagar por los sellos que le faltaban al sobre. Luego de haber leído los cinco primeros poemas líricos, Montale se sintió fascinado ante aquel librito, y más tarde describiría a su autor como “un flautista sedentario que puede sacar matices inéditos hasta de una caña rota”. Los Cantos barrocos, con su exuberante verbosidad, en efecto, habían sido escritos en el ambiente casi tropical de Capo d'Orlando. Poco después de haberlos leído, Montale invitó a Piccolo a tomar parte en el encuentro de San Pellegrino, donde un grupo de distinguidas figuras literarias presentaría a un escritor desconocido más joven. Así, Lucio Piccolo fue el ahijado de Eugenio Montale, aunque éste se quedó de una pieza cuando descubrió que su protegido era un barón siciliano casi de su misma edad. En San Pellegrino, Lampedusa, que siempre se mostró reservado y con un gesto amargo en los labios, logró vencer su timidez característica y se las ingenió para intercambiar un par de impresiones con Montale y con Emilio Cecchi. A su regreso a Palermo, escribió una nota sobre el escritor inglés Martin Tupper: “Ahora estoy matemáticamente seguro de ser el único que lo ha leído en Italia. Cecchi y Montale lo desconocen, dicho sea en su honor...”.

El inesperado éxito de Lucio, con quien constantemente se batía en duelos de erudición literaria, finalmente le había despertado un cierto sentimiento de rivalidad.

A esas alturas de su vida, ya no quedaba nada de las riquezas de su linaje. Ni la pequeña isla que daba nombre al principado y había pertenecido a la familia por más de doscientos cincuenta años había resistido los malos oficios contables de una aristocracia inútil en la administración de bienes. Giuseppe Tomasi, duque de Palma, barón de Montechiaro y último príncipe de Lampedusa había nacido en Palermo el 23 de diciembre de 1896. A la muerte de su pequeña hermana, Stefania, fulminada por la difteria a los dos años de edad, quedó como el hijo único de Giulio di Lampedusa y de Beatrice Mastrogiovanni Tasca e Filangeri di Cutò, como el último descendiente de una familia que se extinguiría con él. Sabedor de la ruina económica que había diezmado a los de su sangre y consciente de que una naturaleza avara les había negado la fecundidad necesaria para traer herederos al mundo, estaba obligado a dejar constancia de aquel “mundo siciliano único” antes de que extinguiera.

Lleno de achaques (bronquitis, dolores reumáticos, enfisema, obesidad) Lampedusa era una figura que “emanaba literalmente una sensación de muerte”. Su gran tragedia fue la coincidencia de su decadencia física con su breve periodo de creatividad artística. En mayo de 1957 le diagnosticaron cáncer de pulmón y tuvo que trasladarse a Roma para recibir radiaciones de cobalto. A principios de julio su estado empeoró. Pero aquel hombre enfermo, en las últimas semanas de vida, fue capaz de trabajar en el manuscrito de “Lighea” y en un capítulo de El Gatopardo, manuscrito al que no dejaba de meterle mano. Antes del fin, una tragedia se sumó a la otra. Flaccovio, editor y librero palermitano —al que Lampedusa le había enviado el manuscrito para su publicación, pero éste lo rechazó porque no publicaba narrativa— le había enviado el manuscrito de El Gatopardo al director de la editorial Einaudi y consejero de Mondadori: Elio Vittorini. Como representante del neorrealismo y apóstol de la nueva literatura italiana, era previsible que Vittorini encontrara reaccionaria y decadente una novela como la de Lampedusa. La carta de rechazo de la publicación de El Gatopardo escrita por Elio Vittorini, fechada el 2 de julio de 1957 en Milán, llegaría a manos de Lampedusa el 17 ó 18 de ese mes a Roma, luego de haber pasado por Palermo, apenas cinco o seis días antes de su muerte. Completamente derrotado, el príncipe todavía tuvo el coraje de leerla en voz alta con su acostumbrada ironía: “No está mal como reseña, pero de publicar la novela, nada”, le diría a Giocchino Lanza Tomasi, su adorado hijo putativo.

La mañana del 23 de julio de 1957, cuando su cuñada fue a su recámara para despertarlo, lo encontró muerto. Lampedusa había fallecido en la madrugada, tranquilamente, en su cama. Siempre había cortejado a la muerte, al igual que don Fabrizio de Salina y “ahora se había acabado el cortejo: la bella había pronunciado su ‘sí', la fuga estaba decidida y reservado el compartimento en el tren”. Luego de una misa de réquiem en Roma, su cuerpo fue trasladado a la tumba familiar del monasterio de los capuchinos, en Palermo, donde también reposa Fabrizio de Salina en El Gatopardo.

Escribir El Gatopardo fue su reconciliación con la vida y con la muerte, le dio un propósito a su existencia y una razón para retrasar el final. Apaciguó la sensación de vacío de un hombre que escrutó en el pasado definitivamente muerto. “Mientras hay muerte, hay esperanza”, dice el príncipe Fabrizio de Salina cuando escucha que doblan a difunto las campanas en Donnafugata. Lampedusa fue un poderoso poeta de la muerte —como dice Claudio Magris—, que supo evocar la ausencia y el vacío y, por lo tanto, supo entender, al igual que los grandes escritores del siglo XX, la condición del hombre moderno. Fue capaz de construir un mundo mostrado como un moribundo, anquilosado en una ficción de existencia y, acaso por esto, su novela, que se quiso ver decimonónica y añeja, en realidad era poderosamente contemporánea. Cuando don Fabrizio le reclama a su sobrino Tancredi sus francas simpatías hacia Garibaldi y no al rey, como le correspondería a alguien de su clase social, éste le responde: “Si queremos que todo siga como está, es preciso que todo cambie”. Nada tan preciso y tan actual como esta frase que resume el análisis político de una sociedad en transición. Gatopardismo al que en México no hemos sido ajenos.

***

El Gatopardo

por EUGENIO MONTALE

Lampedusa. ¿Quién era él? Hasta ayer, nadie podía decir que era el nombre de un escritor. En cuanto al singular personaje que portaba ese nombre, incluso para mí, hasta hace poco tiempo, Lampedusa (Giuseppe Tomasi, príncipe de) era el noble señor siciliano que en el verano de 1954 acompañó al poeta Lucio Piccolo, su primo, a recibir el bautismo literario en un encuentro que se realizó en San Pellegrino Terme. Aquí se llevaron a cabo una serie de conferencias o presentaciones: escritores maduros o ya reconocidos le darían la bienvenida literaria a jóvenes escritores debutantes. Sin embargo, sucedió que muchos de los autores que participaron solamente se conocían por correspondencia; y, en otros casos, que entre el viejo y el presunto joven no mediaba una gran diferencia de edad. El poeta Lucio Piccolo, por ejemplo, que llegó desde Capo d'Orlando (Messina), no podía decirse que era muy joven; y, sin embargo, no podía ser considerado ningún estudioso —no lo perdía de vista su mentor, o su guía— de tanto que él encarnaba el tipo de poeta absorto en sus propios pensamientos y acaso incapaz de ingeniárselas por sí solo en esa embarazosa ocasión.

Sin embargo, ni siquiera ese día, yo sospeché que el príncipe de Lampedusa (caballero que en su juventud debió haber sido rubio, alto, fuerte, elegante y silencioso, apenas ese tanto necesario que no le impidiese externar algunos chistes llenos de humour) pudiese ser o volverse un escritor a la altura de los literatos allí presentes. Sin embargo, así fueron las cosas. Nos informa Giorgio Bassani, a quien le debemos el primer conocimiento y la recuperación de la novela que hoy aparece póstuma (El Gatopardo, editorial Feltrinelli, Italia, 1958), que este importante libro fue escrito, acaso en pocos meses, cuando Lampedusa regresó de ese torneo literario. Puede ser que la ducha de vivificadora y militante literatura que experimentó en ese entonces el príncipe haya sido el estímulo, la causa fortuita a la que le debemos este bellísimo libro: el primero y el último porque Tomasi di Lampedusa murió en Roma en julio de 1957, a la edad de sesenta años. Ópera prima, es más, la única, pero persiste la duda si El Gatopardo fue un libro que el autor llevó y alimentó en su persona durante toda su vida y que probablemente no tuvo, por parte del escritor, los últimos cuidados.

Formalmente casi perfecta, la novela revela a un artista maduro y al día; pero en su confección, en la secuencia de cada uno de los episodios, no siempre es armoniosa y proporcionada. Luego de dos capítulos, que un gran naturalista del siglo XIX podría envidiarle, la novela se detiene en los meandros de un idilio juvenil, que acaso demasiado, nos lleva al clima de la actual “prosa de arte”; y en la segunda parte, no siempre el moralista y el novelista caminan a la par. Además, una figura secundaria, la del padre Pirrone, que creíamos un sencillo don Basilio, pretende todo un capítulo para sí, revelándose de golpe buen cristiano y hombre sensato. Pero luego el libro se vuelve a levantar desde estas páginas menores —pero igualmente muy atrayentes— y retorna, en los dos capítulos finales, a su primitiva fuerza narrativa.

Resulta muy difícil encontrar antecedentes literarios en El Gatopardo; el trasfondo (Sicilia en 1860) pudiera hacer pensar en el De Roberto de Los virreyes; pero el escándalo psicológico, el sarcasmo y el casi feroz uso del bisturí corresponden a alguien que no ignora a Brancati; mientras que la afectuosa reconstrucción, el gusto por la vieja estampa, pudieran recordar a Guido Nobili y a los otros escritores de libro único, aquellos que le eran caros a Pancrazi. Pero, al final, uno acaba por concluir que semejantes parangones no explican nada. Acaso El Gatopardo es la síntesis de una novela río que nunca fue escrita por Lampedusa. Una síntesis, entendámonos, del todo mental, interna: que es la causa de los desequilibrios mencionados, pero también de la novedad del libro. Si la novela histórica tradicional basa su poder en una leve pátina de aburrimiento (tal es para el lector ingenuo el sentido del tiempo que fluye lentamente), nada más lejano a los esquemas de la novela histórica que El Gatopardo. Y, sin embargo, el sentido de la historia, la sucesión de las generaciones, el advenimiento de las nuevas clases y de los nuevos mitos, el ocaso de la nobleza feudal y el igualmente hipócrita triunfo de las “magníficas fortunas” son la materia misma y la inspiración de la novela, en la que pocos personajes son suficientes para poner de relieve la extraordinaria ambivalencia espiritual del autor.

El príncipe Fabrizio de Salina, personaje fundamental del libro, vive dividido entre inclinaciones opuestas. Rico feudatario, su fortuna está amenazada por una señorial incapacidad a no dejarse robar. Orgulloso de su título y de su censo y, por lo tanto, tradicionalista, sin embargo, él lleva en sí mismo la simiente del iluminismo; buen diletante de astronomía, no puede esconder que para los privilegios de su casta las horas están contadas. Por eso favorece las simpatías de su pobretón sobrino, el príncipe Falconeri, por el movimiento de liberación de los “piamonteses”. Incluso el rey Borbón es informado de esto, y cuando recibe a Salina en el palacio real de Caserta, lo pone sobre aviso: “Salina, óyeme. Me han dicho que dejan mucho que desear las visitas que sueles hacer en Palermo. Que tu sobrino Falconeri... ¿por qué no sienta de una vez la cabeza?”. “Majestad, Tancredi no se ocupa más que de mujeres y de juego”. “Salina, Salina, estás loco. El responsable eres tú, el tutor. Dile que ande con cuidado. Adiós”. En espera del desembarco de los garibaldinos, Salina se retira a su feudo de Donnafugata, con su esposa, sus numerosos hijos, el attaché eclesiástico, el padre Pirrone, y su fiel perro Bendicò, una de las más vivas “personas” del libro. Más tarde, los alcanzará Tancredi Falconeri, herido y condecorado; Palermo es ocupada por los patriotas y el joven sirve, egregiamente, para salvar a la familia Salina de eso que hoy se llamaría depuración. Una gran carrera se vislumbra en el futuro de Falconeri, pero Salina renuncia a darle por esposa a su hija Concetta, muchacha igualmente frígida que ni siquiera podría ayudarlo con una rica dote. Salina, por el contrario, favorece el matrimonio de Tancredi con la hermosa Angélica, hija de don Calogero Sedàra, un campesino enriquecido a costa de despojar sistemáticamente de sus bienes a los vecinos. Despabilada, agresiva. Estupendo ejemplo de muchacha meridional de piernas un poco cortas, Angélica acelerará el ascenso de Tancredi a los puestos de mando de la política. Incluso al príncipe de Salina, un piamontés, Chevalley, emisario del prefecto de Girgenti, vendrá a ofrecerle la laticlave (toga púrpura con la que se vestían los senadores romanos y que indicaba su dignidad y cargo), pero obtendrá un tajante rechazo. ¿Es posible que alguien que fue par del reino de Sicilia vaya a sentarse en una asamblea de parvenus? ¿Con esto se pretende rendirle honor? ¡Incluso esto resulta ridículo! Salina, por otra parte, no sabe nada acerca del Senado; esta palabra solamente le recuerda “al senador Papirio, que rompía una varita sobre la cabeza de un galo maleducado, a un caballo Incitatus. Pero la razón de su rechazo es otra.

Carente de ilusiones, Salina adolece de la capacidad de engañarse a sí mismo. Qué vayan los jóvenes (¿Y por qué no?, también don Calogero Sedàra) a competir en el muy engalanado catafalco del Senado. ¿Es verdad que es necesario obrar, hacer algo? “En Sicilia no importa hacer mal o bien: el pecado que nosotros los sicilianos no perdonamos nunca es simplemente el de ‘hacer' [...] El sueño, querido Chevalley, el sueño es lo que los sicilianos quieren”. ¿Será acaso que Chevalley todavía no conoce el paisaje siciliano? “Esta violencia del paisaje, esta crueldad del clima, esta tensión continua en todos los aspectos, estos monumentos, incluso, del pasado, magníficos pero incomprensibles porque no han sido edificados por nosotros y que se hallan en torno como bellísimos fantasmas mudos; todos estos gobiernos que han desembarcado armados viniendo de quién sabe dónde, inmediatamente servidos, al punto detestados y siempre incomprendidos, que se han expresado sólo con obras de arte enigmáticas para nosotros y concretísimos recaudadores de impuestos, gastados luego en otro sitio: todas estas cosas han formado nuestro carácter, que así ha quedado condicionado por fatalidades exteriores además de por una terrible insularidad de ánimo”.

El lector ya comprendió; el usurero Sedàra se vestirá con la laticlave. El nuevo Reino, seguido por la desconfianza de Salina, se encaminará hacia las magníficas fortunas, guiado por uno de los pocos sicilianos despiertos o semidespiertos, Crispi; Salina, ya defraudado por algunos feudos, se volcará en sus estudios astronómicos hasta que la muerte lo sorprenda, en julio de 1883, en un hotel de Palermo. Junto a él están sus tres hijas solteras, la princesa Falconeri ya viuda, y sus dos hijos varones. El tercer varón, también él un semidespierto como Crispi, está ausente: vive en Inglaterra y comercia con piedras preciosas. Y la muerte de Salina es la muerte de un sabio y de un justo; no es un drama, “sino el vaciamiento, el detallado desmoronamiento de la personalidad unida al presagio de la reedificación en otra parte de una personalidad (gracias a Dios) menos consciente pero más larga”. Extensas y desnudas páginas en las que está resumida toda una vida con la deslumbrante claridad y velocidad de un fulgor.

La historia también tiene un epílogo. En 1910, las tres solteronas todavía viven en lo que queda del palacio de sus antepasados, dominado por el blasón del felino rampante. Inmersas en prácticas religiosas han llenado la capilla de la casa con falsas reliquias adquiridas malgastando los últimos centavos del patrimonio paterno. Luego de una visita del arzobispo, un sacerdote enviado por él decidirá que solamente unas pocas reliquias ostentan título de autenticidad. Todo lo demás será arrojado a un rincón del patio y la capilla volverá a ser consagrada. Junto con las falsas reliquias, también dará un salto el viejo perro Bendicò, embalsamado. “Durante su vuelo desde la ventana su forma se recompuso un instante. Habríase podido ver danzar en el aire a un cuadrúpedo de largos bigotes que con la pata anterior derecha levantada parecía imprecar. Después todo halló la paz en un montoncillo de polvo lívido”.

La singularidad de una arquitectura que los norteamericanos dirían ginger bread, estrambótica, no impide que este Gatopardo, al que se le podrían quitar o agregar algunas escenas (y en esto recuerda a Roma de Palazzeschi, poderoso libro mal confeccionado y dominado por un único personaje) sea un libro de sorprendente unidad espiritual: un libro de un gran señor, de un gran esnob en el más alto significado de la palabra, de un hombre que comprendió todo de la vida, de un poeta-narrador dotado de una implacable clarividencia y de un sentimiento de la existencia que es, a la vez, estoico y profundamente caritativo. Y es un pecado que una breve reseña no pueda sugerir las cualidades más altas de Lampedusa, artista y moralista: su virtud de pintor de paisaje y de interiores, su don para hacer vivir a una multitud de figuras que son demasiado verdaderas para ser sencillamente “veristas”. Al terminar la lectura recordamos todo de El Gatopardo, y estamos seguros que, tarde o temprano, querremos releerlo de principio a fin. Y nos preguntamos: ¿De cuántos libros publicados en la última década podemos decir lo mismo?

Tomado de Il Corriere della Sera , 12 de diciembre de 1958.

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Desde chico tenía ganas de escribir un diario, o algo así. Pero era cosa de niñas. Este blog es lo menos afeminado que encontré.

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