El blog de Luis Frías

noviembre 08, 2008

Albricias

Aunque Olmos pueda pensar lo contrario (es un gran pedante, pero en el fondo, es un gran amigo) me puse muy feliz al saber que obtuvo el primer lugar del Premio Nacional de Dramaturgia Manuel Herrera, como lo dicen las noticias:

El dramaturgo mexicano Enrique Olmos de Ita fue el ganador de la edición 2008 del Premio Nacional de Dramaturgia Manuel Herrera Castañeda, por su obra Job, firmada bajo el seudónimo de Pascual.

El concurso, que ha sido convocado desde hace 10 años por el Gobierno del Estado de Querétaro, a través del Instituto Queretano de la Cultura y las Artes, recibió en esta ocasión 59 trabajos que fueron revisados por el jurado, integrado por los maestros Germán Castillo, José Ramón Enríquez y Boris Schoemann.

Enrique Olmos de Ita nació en Llanos de Apan, Hidalgo, en 1984; se ha desarrollado como periodista cultural después de egresar de la Escuela Dinámica de Escritores que dirige Mario Bellatin y de la Universidad del Claustro de Sor Juana.

Dentro del teatro ha participado en talleres con Berta Hiriart, Luz Emilia Aguilar Zínser y Jorge Dubatti, entre otros. Fue crítico de teatro de Milenio diario.

Asimismo, ha obtenido varios premios y reconocimientos en Hidalgo, su estado natal, y ha sido finalista del Premio Nacional de Dramaturgia Joven Gerardo Mancebo del Castillo y del propio Manuel Herrera Castañeda, hace dos años.

Fue becario del Fondo Estatal de la Cultura y las Artes de Hidalgo (FOECAH), Programa de Apoyo a las Culturas Municipales y Comunitarias (PACMYC) y del Fondo Nacional para la Cultura y las Artes (Fonca), en el Programa Jóvenes Creadores y del Consejo de Artes y Letras de Québec, además de la Fundación Antonio Gala, en España.

Actualmente reside en el continente europeo desde donde vendrá para recibir el premio en efectivo de 65 mil pesos, y según es costumbre en la organización del Manuel Herrera, el apoyo económico para el montaje de la obra ganadora, así como la publicación de la misma, junto con las menciones.

En esta ocasión adicionalmente al primer lugar, el jurado decidió otorgar dos menciones honoríficas a los jóvenes dramaturgos Luis Iván Santillán, por su obra Malintzin, y Luis Arbesú, por Las éltimas.

Ni le muevan

Pareciera que a nuestros políticos les ha dado por parafrasear a Eduardo Haro Tecglen, el que sostenía que: “se empieza censurando la televisión y se termina por los poemas”. O bien, de modo aún más grotesco, saltan a la vista las evidencias de que estos seres han vuelto a adoptar la mexicanísima especulación filosófica del “a mí se me hace”. Como siempre, a esos hipócritas de traje oscuro las evidencias no les interesan y lo que digan las estadísticas y las ciencias comprobables les viene corto. Porque para ellos la única lógica valedera es la de sus cuentas bancarias y su fotografía en los periódicos. Poquísimos son los que dicen lo que piensan. “Los políticos ladran”, sostenía Ricardo Garibay. Por eso es francamente inverosímil todo cuanto les sale de la boca.

Cómo olvidar la vez de los condones. Los miembros de la elite política dieron un espectáculo bochornoso. Parecían no tanto los hombres con golden card y putas de lujo al alcance de su bolsillo; todo lo contrario: se asemejaban más a esas maestras de puericultura cuyo propósito en la vida es educar niños de bien, para un futuro con arcoíris y cielos azules… Pintoresco involuntario por los cuatro costados, el entonces secretario de Gobernación hizo el papelón de su vida. Pero lo más interesante es que seguramente él no ni siquiera se dio cuenta: “a mi se me hace que eso es mejor”, habrá pensado el señor cuando salió a reprobar que los condones y las pastillas anticonceptivas se añadiesen a la lista de medicamentos oficiales. Como si alguien con los cuatro tornillos lo fuese a respaldar. Que le haya dado su espaldarazo la jerarquía religiosa es la prueba más fehaciente de que sus palabras fueron un dislate. Después del presidente Fox, quedó como el segundo más tonto del sexenio. Se lo ganó, por fiarse a los dictados de su parecer.

Semejante, decadente espectáculo es el de ahora. A propósito de los narcos y las drogas. Un asambleísta del DF de estilo progre, propuso algo que previsiblemente todos recibirían frunciendo el entrecejo. La realidad es que su objetivo era no quedarse callado en medio de todo lo que está pasando en el país. Mas su malhadada sugerencia de legalizar la mariguana para consumo personal y para que se venda en pequeños e inocentes establecimientos yonqui, evidentemente no causó desató espaldarazos entre los demás legisladores. “A mi se me hace que nel, papacito”, les susurraba la voz de sus conciencias. De cualquier modo, el honorable legislador consiguió lo que buscaba en el fondo: levantar ámpula y estar en boca de todos. Tan lo logró, que ése es el propósito de la siguiente propuesta.

Después de mucho darle vueltas a las posibilidades que se tienen una vez legalizada la mariguana, creo que no conseguiríamos ningún provecho verdaderamente sustancial. Cierto lo que dice el diputado progre, él sí fundándose en las evidencias técnico-científicas de otros naciones de allende el Atlántico: que los precios se reducirían y, según lo muestran las evidencias, el narco vería reducidas sus ganancias. O sea: legalizar la mota es combatir al narcotráfico. De modo que no despenalizar el consumo equivale, de alguna manera, a consentir el tráfico ilegal. No pocos personajes públicos e intelectuales salieron a apoyar la propuesta. En el diario español El País, Carlos Fuentes razonó que despenalizar la mariguana no equivale a impulsar su consumo, sino a desincentivar su tráfico. Algunos hasta dieron explicaciones científicas de que el alcohol y la mariguana producen efectos similares, y todo eso. A favor de la propuesta.

En todo caso, lo único cierto es los arrestos del diputado. ¿No es acaso una muestra de verdadera valentía la de este hombre? Meterse con las ganancias de los narcos no es cualquier nimiedad.
Pero igualmente evidente es que combatir el poder de los narcos implica perder una de las joyas mexicanas más preciadas de los últimos tiempos. Y es que junto con los políticos de nuestro país, enriquecidos también de manera ilícita y también responsables de muchas muertes injustas, los narcos encarnan a ese personaje cuya existencia no podemos conocer sin sentir una mezcla de amor-odio. Que lance la primera piedra quien sostenga que no se muere de envidia por la mujer y el carro de tal o cual político gordinflón. Y quién juraría que no ha tenido el deseo de ir al volante de un auto exquisito, al lado de una rubia pornográfica y no tener límites en la tarjeta de crédito. Traer pistola. Mandar. Ser el jefe. Un Chingón. Un cabrón. Un hombre muy macho. ¿Quién?

Que me comprendan todos los consumidores de mota de este país, pero repruebo lo que ha propuesto del diputado progre. ¡Qué va a ser de nosotros ni nos quitan lo poco que tenemos! Los narcos. Sin ellos nada en este país sería lo mismo. Sólo los políticos se repartirían las inverosímiles (por ingentes) sumas de dinero. Sólo ellos podrían disfrutar de los placeres sibaritas que otorgan el poder y las posesiones. De modo que la propuesta del diputado es peligrosa para su salud por partida doble: porque los narcos y nosotros vamos a emprenderla contra él y sus colegas. Los narcos por obvias razones pecuniarias; nosotros, porque nos querrían privar del otro objeto de nuestro placer y admiración que es la chabacana abundancia en que nadan los narcos.

En contra de las especulaciones de los panistas y priistas que reprueban la legalización de la mariguana, no son menos irrisorias las evidencias que sostienen los perredistas y petistas que aprueban la despenalización. A los primeros “se les antoja políticamente arriesgado” votar a favor: piensan en los votos de las próximas elecciones. A los segundos “se les hace lógico, de acuerdo a las evidencias científicas”, y en, por tanto, aprueban con fe. En todo caso, lo cierto es que ninguno de esos políticos ha reparado en que, mientras no consigan que todos podamos vivir con el glamur con que lo hacen los narcos de nuestro país, sería peligroso atentar contra ese elemento de placer y adoración nacional.

octubre 12, 2008

Ciudad Nostalgia, empieza gira

Ciudad Nostalgia


El documental de Luis Frías y Balam Herrera, se presentará en las siguientes fechas:


Domingo 19 de octubre, 13:00 hrs.
Cine Auditorio de Ciudad Sahagún, Tepeapulco, Hidalgo.
Invitados: todos los viejitos que salen en el documental.



Martes 28 de octubre, 16:00 hrs.
Escuela de Artes de Real del Monte, Hidalgo.
Cabecera municipal Mineral del Monte.

Miércoles 29 de octubre, 19:00 hrs.
Teatro Guillermo Romo de Vivar.
Centro de Pachuca de Soto, Hidalgo.


Próximas fechas en la Ciudad de México y estados de la república, por confirmarse. Estén pendientes.

Espero que nos puedan acompañar.

Benditos narcos



Provengo de una ciudad singular. Antes de ser ciudad, no era nada. En efecto, antes de los años 1950, no había más que un interminable llano de duro tepetate: imposible encontrar mejor parangón que la Comala de Pedro Páramo. De hecho, para que la historia cambiara, fue preciso que se presentase un hecho coyuntural; de modo que el gobernador en turno y el presidente Miguel Alemán (ese gran pillo), mandaron construir fábricas metalúrgicas paraestatales en el llano, y a los pocos años aquello era una pequeña pero hermosa y moderna ciudad —al menos en mi infancia así me lo parecía. De este modo, un par de generaciones vivieron decorosamente allí, hasta que a fines de 1980 e inicios de los 90, la entrada plena de México al la Economía de Libre Mercado, orilló a que cerraran las paraestatales de mi ciudad. Desesperados todos, mis padres incluidos, salieron a buscar trabajo a otros sitios, abandonando las casas familiares. Empero, no pocos se refugiaron en la fácil salida que ofrecía el narcotráfico. Poco a poco, gracias al tráfico de drogas, la gente de mi ciudad recobró la tranquilidad perdida. Y hasta hace unos cuantos meses, la pequeña ciudad no había dejado de ser un sitio de absoluto sosiego. Se lo debíamos, hay que reconocerlo, al narco.

Algo semejante es lo que se ha documentado a propósito de los campesinos marginados que viven en las zonas más paupérrimas de Guerrero y Chiapas. Pienso en el caso de un grupo de agricultores detenido a punta de metralleta por miembros de la armada de México. La razón: eran acusados del delito de “daños contra la salud”. Y es que en una operación anti-narco, desde lo alto de un helicóptero un batallón de soldados observó que en medio de la sierra había la rareza de un grupo de campesinos sembrando flores hermosas. Se trataba de amapolas que los narcos los obligan a sembrar a cambio de jugosas pagas. Cuando fueron cuestionados ante el Ministerio Público, los agraristas respondieron que la falta de medios de subsistencia los había orillado a aceptar el ofrecimiento de los narcos. Su explicación no pudo ser más sensata: en vista de que nadie les compraba sus parcelas de maíz, trigo y frijol, mejor optaron por dedicarse a sembrar unas “flores bien bonitas” (campesinos dixit) que los narcos les compraban a buen precio, quincenalmente y sin fallas de ninguna especie. Ante tamaña lógica, los encargados de la justicia no pudieron menos que postergar cualquier pronunciamiento. Y es que, si bien los campesinos estaban coludidos con los narcos, ¿acaso era posible castigarlos por pretender no morir de hambre? Lo último que supe, era que seguían detenidos sin que el juez determinara su situación.

Pero los grupos consumidores quizás son los más favorecidos por la expansión del narcotráfico. ES la ley de la oferta y la demanda: a mayor oferta, los precios se abaratan y de dejan de ser prohibitivos para las clases trabajadoras. ¿Es preciso acudir a la antropología y a las demás disciplinas de la conducta humana para hablar de lo que es más que evidente? No sólo las familias han dejado de ser las antes y hoy por hoy es cada vez más raro hallar hogares tradicionales con padre, madre e hijos. La novedad es más interesante. Me lo dijo un guía espiritual. Vivimos en lo que el investigador polaco Zygmunt Bauman llama “consumismo” y cuya significado es “comprar o morir”. O sea: hay que adquirir el teléfono de última generación, el reproductor de música aquél, un automóvil que se desplace a la velocidad de la luz, y otras tonterías, so riesgo de ser el imbécil de la cuadra. Lo que me dijo aquel guía espiritual es que algunos, quizá los más razonables, simplemente se niegan a seguir atados a ese potro del consumismo tecnológico. Y por pereza quizás, la salida simple suele ser consumir drogas. Lo ha dicho en otros términos Guillermo J. Fadanelli, cuando sostiene que él prefiere a los personajes patéticos, por encima de los exitosos o prometedores. A su juicio, hoy todo está encaminado a hacer del hombre alguien exitoso; por eso, si no triunfa, se trauma y todo se jode. Es, pues, preferible asumirse como un perdedor y, a partir de eso, porfiar para hacer algo provechoso. Diría E. M. Cioran: “La obligación del hombre al despertarse: avergonzarse de sí mismo”. En una palabra, las drogas les han hecho menos mal que bien a los consumidores mexicanos, miembros de una sociedad sin posibilidad de llevarlos al estrellato del triunfo.

Últimamente, se ha criticado con acritud todo cuanto tenga que ver con los narcos. Todos sabemos de la campaña gubernamental para atacar frontalmente al elemento del narcotráfico. El gobierno y sus personeros han parloteado mucho con el fin de hacernos creer que el narcotráfico es el causante de la inseguridad que se vive en el país. Hasta el mes de julio, sumaban 2 mil 17 muertos a raíz de esta “guerra contra el narcotráfico”. Las cifras se repiten en todos los periódicos. Y el gobierno no se cansa de enviar comerciales por radio y televisión, en los que informa de los golpes que le asesta a la industria del narcotráfico. En cualquier caso, lo que más indigna a todos es la saña con que los narcos ultiman a sus víctimas.

Creo que toda esta alharaca es completamente engañosa. Yo no estaría tan seguro de tachar con calificativos desagradables a las personas de mi ciudad natal, que se vieron orilladas a hacer las veces de traficantes de droga: no sabían hacer otra cosa que piezas de fierro, pero el gobierno mandó cerrar las fábricas donde antes podían trabajar. Tampoco me atrevería a decir que aquellos campesinos de Guerrero son flojos por haber decidido cultivar amapolas más rentables que maíz y frijol de excelente calidad que, no obstante, nadie les quiere comprar. Y lo que es más. Que crezca la estadística de consumidores droga no me parece nada malo. En realidad, el problema es éste: los que toda la vida permitieron el crecimiento de este alacrán lo quieren matar cuando ha cobrado mucho poder. Sólo un insensato no prevendría que su reacción iba a ser furibunda.

octubre 05, 2008

Contra los camorristas


Aun cuando en el medio mexicano ha cobrado cierta presencia el reciente trabajo del italiano Roberto Saviano, Gomorra: un viaje al imperio económico y al sueño de la Camorra, no es mi intención referirme a sus apasionantes personajes. En efecto, este largo ensayo ha resultado fascinante no sólo para los mexicanos sino para los latinoamericanos merced, a mi parecer, a las grandes semejanzas que guarda nuestra realidad hispanoamericana con la de la península italiana. Por describirlo rápido, el libro es el resultado de una investigación sobre las mafias de la camorra del sur de Italia. Caso saliente que se menciona es la forma en que proceden los mafiosos para falsificar ropa de diseñador: a esclavos que hacen traer de China, los ponen a trabajar en las maquilas latinoamericanas —donde se memorizan las plantillas base para hermosas prendas—, y los traen de regreso para producir a gran escala falsos pero idénticos vestidos espléndidos que montan en los aparadores de las avenidas de moda. ¿No se parecen bastante los mafiosos italianos a los narcos latinoamericanos? Nuestros narcos son hábiles para esclavizar niñas de etnias oaxaqueñas y mandarlas a pie a Estados Unidos, no sin antes hacerles que se embuchen bolsitas de cocaína. Pero no voy a hablar de los narcos ni de este tipo de camorristas.


Pienso repudiar a esa desagradable grey que se puede encontrar en todas partes. Encarnan a una de las grandes paradojas de la vida moderna. Al mismo tiempo que los valores del multiculturalismo y la tolerancia se vuelven, por fortuna, en moneda corriente de la vida en la actualidad, también persisten los atavismos lastimosos de esos, de los camorristas. Yo no creo que en el presente haya más homosexualidad y menos valores que en épocas anteriores; ocurre que hasta hace poco seguíamos siendo tan imbécilmente intolerantes, que nos negábamos a ver la realidad. El actual ambiente de apertura (aparente, quizá) ha permitido que todo mundo abra las puertas de su clóset: los homosexuales, las feministas, los ambientalistas, los de sexualidad relajada, los conservadores más herméticos, etcétera. Es la peor época para machistas y sacerdotes: no pueden tapar la evidencia: son parte del pasado ellos y todos sus dogmas empolvados. También es la peor etapa para ellos, para los camorristas; al estar hechos de arcilla cavernícola, explotan ante cualquiera de las actuales cosas que les desagraden.


Quien frecuente los tugurios, sabe a qué seres me refiero. Recientemente, tomando una cerveza en cierta cantina de Pachuca, me topé con uno de ellos. No directamente, pero al menos lo presencié cerca de mí. No lejos de mi mesa, estaban los tres parroquianos —albañiles o cargadores de algún mercado. Nadie les había prestado atención alguna, hasta que voló por los aires una botella de Corona. Un alfeñique de camiseta sin mangas estaba encima de otro, dándole de puñetazos. Sin interrumpir mayormente a nadie, el grueso barman tomó al enjuto albañil y lo echó para afuera. El rato siguió bien y salí un par de horas más tarde, en cuanto acabó el partido el futbol en el televisor. Mientras le largaba un billete al grueso hombre de la barra, se iba tambaleando hacia el sanitario uno de los albañiles. Cuando me dio el cambio, le pregunté al hombre qué había pasado con aquéllos. “Uno —me dijo—hizo gestos que al otro le hicieron acordarse de algo, y entonces le dio de puños”. Sin duda, un camorrista.


Más habitual aún, es el caso de los que andan atrás del volante. Los mal llamados energúmenos al volante, en realidad no son sino una clasificación más de camorristas consuetudinarios. Consumados malos conductores, estos camorristas son los que aprietan el acelerador a fondo cuando advierten que el disco del semáforo está por pasar de amarillo a rojo. No tengo nada en contra de los que viven de andar al volante todo el día, empero, son ellos los principales camorristas. ¿Tantas horas diarias manejando una pesera o un microbús lo harán a uno más propenso a armar camorra? Son ellos los que aprietan con desenfreno el claxon en la fila del semáforo, aun cuando éste siga en rojo. Son los que se frenan en medio del periférico para subir pasaje, sin importarles que atrás se aproximen carros toda velocidad. Pero no hablo con clasismo en la boca: de carros lujosos también descienden camorristas. Si el chofer de micro tocó el claxon impertinentemente, desciende el tipo del Mercedes Benz, pistola en mano, y le apunta al rostro, poniendo los pelos de punta de todo el pasaje. Tan terco el uno, como desaforado el otro. Ambos, igual de camorristas.


No es mi intención hacer un recuento de la variedad de camorristas, ni detallar punto por punto los rasgos esenciales de su naturaleza. Basten estos dos casos para cobrar conciencia de lo imprescindible que es tomar cartas en el asunto. Hay que acabar con esos seres desagradables. La mejor medida será la que cada camorrista se merezca: habrá quienes se enderecen con un simple correctivo; habrá otros que necesiten conocer el sabor de la peor tortura. En todo caso, hay que hacer por acabar con esos especímenes que, con fortuna escurridiza, han conseguido pasar por alto todo tipo de civilización, desde el Medioevo (del que provienen), hasta nuestros tiempos (en los que están permanentemente fuera de lugar).


Tuvo que pasar años de elucidaciones filosóficas para que en El perfil del hombre y la cultura en México, Samuel Ramos diera carta de naturalización a lo que todos sabíamos: que por tradición, los mexicanos manifiestan su machismo mediante frases como “tengo muchos güevos” o “yo soy tu padre”… filosofía de principios del siglo pasado, después de todo. Para los que ven con idilio al México bronco pero bonito de, por ejemplo, el cine de oro, los camorristas les hacen evocar con ternura aquellos tiempos. Para los que apreciamos el poder de la violencia en la literatura, en otro sentido, los camorristas son invaluable materia prima para la ficción. Pero en la vida real, no hay seres más indeseables que ellos. Alguien sensato debería estudiar la posibilidad de traer a los otros, a los camorristas italianos, para que vengan y “visiten” a éstos, a los camorristas mexicanos.

Espiral 19

En la revista que edita mi amiga Elena Méndez desde Sinaloa, puede leerse un ensayo mío: "La tele cultural, de Octavio Paz a La Dichosa Palabra". Espero que tengan un rato de ocio para leerlo.

septiembre 28, 2008

El arte de la hipocresía

En Las buenas conciencias, Carlos Fuentes hace alguna que otra afirmación cuya vigencia es incontestable. Retrato de la hipócrita y acomodada familia Ceballos de Guanajuato hacia mediados del siglo mexicano anterior, la novela puede entenderse, ay, como el vivo retrato de ciertos personajes de nuestro siglo 21. El narrador mantiene la idea de que las familias provincianas se regodean siempre con pasas la tarde en derredor de la mesa, desgranando las vidas de los otros… ese desagradable vicio de hablar de los demás, sólo porque sí.

Más notoria aún, es la sensación que se nos queda una vez leído el relato de la familia Ceballos. Me refiero a la toma de conciencia de que, ciertamente, todos practicamos la hipocresía con denuedo. Tal como los Ceballos, pregonamos principios y valores ñoños en la calle, pero practicamos cosas distintas, si no contrarias, en la oscuridad de nuestra vida privada. Ha pasado medio siglo desde que en 1959 este librito vio la luz y, sin embargo, no ha perdido ninguna vigencia.

Algunas cosas dignas de repudio me han sucedido en el pasado reciente. Las más desagradables han sido las que tienen que ver con los políticos. No he podido por menos que recordar la frasecita de Groucho Marx. “La política es el arte de buscar problemas, encontrarlos, hacer un diagnóstico falso y aplicar después los remedios equivocados.”

La reunión tuvo que ver con algún tema de carácter cultural. El político, candidato a un cargo público, hizo algunas de las promesas que hemos escuchado desde hace varias décadas. Que aumentar el presupuesto para Cultura. Que contratar los servicios de especialistas en el ámbito creativo. Que dar estímulos a los creadores y aumentar la difusión… En una palabra, no dijo nada. Lo interesante pasó una vez que concluyó la estirada reunión. Durante las copas de vino tinto, el sujeto se mostró tal cual era. Opinó sin tapujos sobre pintura, escultura y literatura. Y habló mal de “esas nuevas cosas”. Se refería al arte experimental. ¿Por qué no dijo lo mismo en público, ante la mayoría? El hipócrita sabe que va de por medio una raja política que se le puede escapar de las manos.

De los políticos, hipócritas por naturaleza, es comprensible su variedad de normas morales para cada evento al que acuden. No así de quienes nada tenemos que perder al decir lo que pensamos. Y, sin embargo, prevalece con fuerza la preferencia por la ciega, irracional y homogénea corrección política. Esto es, no decir lo que creemos, sino lo que las normas morales sugieren que digamos.

Por ejemplo, hace algunos años en México se supo del caso de las Poquianchi, unas prostitutas que tenían un burdel allá por el rumbo del bajío. Las malvadas explotaban a muchachitas que, si por algún descuido quedaban encinta, sabían que les restaba poco tiempo de vida: las Poquianchi las asesinaban, y enterraban sus fiambres en las proximidades del solitario burdel. Un hecho escandaloso del que la sociedad se enteró, pero semejante al cual, sospecho que existen muchos otros. El caso es que Jorge Ibargüengoitia escribió al respecto una novela, Las muertas, y, durante el evento de la presentación, un hombre se levantó encolerizado a reclamar por qué el maestro había dicho mentiras. Frío inteligente, Ibargüengoitia le respondió cabal: le sugirió que leyera la primera página del tomo, donde está escrito que se trata de una novela de ficción. ¡Como si los escritores no tuvieran la libertad de escribir ficción, echando mano de cuanto les venga en gana! Para mí, el reclamo de aquel energúmeno era el colmo de la intolerante corrección política.

Más reciente aún, es el caso famoso del austriaco Josef Fritzl. El ingeniero de 73 años hallado culpable de haber encerrado en el sótano de su casa, en la ciudad austriaca de Amstettem, a su hija Elisabeth durante 24 largos años, de haberla violado sistemáticamente y de haber tenido con ella siete hijos. Morboso por sí mismo, el caso hizo recordar el de la niña Natasha Kampusch, a quien su secuestrador mantuvo encerrada por ocho años en la mazmorra de su casa, en la capital austriaca de Viena. Cuando la niña consiguió escapar del cautiverio, el captor se suicidó con el viejo método de arrojarse a las vías del tren.

Como ambos sucesos tuvieron lugar en el mismo país, hubo comentaristas que lanzaron la hipótesis de que la sociedad austriaca atravesaba por graves problemas de identidad y que los valores se estaban desmoronando. ¡Corrección política mezclada con estupidez! Los comentaristas no hacían más que decir, con palabras grandilocuentes, lo que toda la anonadada gente del mundo tenía ganas de oír. Pero mantener que la tradición de la sociedad austriaca se resquebrajase porque dos sujetos gozaban de placeres non sanctos, es una inquietante falta de elocuencia.

En La máquina de follar del sucio Charles Bukowski, existe un cuento, “El malvado”, cuyo protagonista, Martin Blanchard, atisba desde su casa a una hermosa niña que juega en la calle, llevando una faldita y se le asoman las bragas de volantes. Como todos los personajes de Bukowski, Martin era un viejo sucio con barba de cuatro días. Salió hacia ella y la violó. Después, llegó la policía y se lo llevó a la comisaría, pero ni así se arrepintió de lo que había hecho. La narración es depravada como toda la literatura de Bukowski, pero hay que admitir que logra convencernos del placer que puede despertar un acto como el de Martin Blanchard.

Supongo que algo semejante le ocurrió al viejo de 73 que decidió ultrajar sistemáticamente de su hija durante 24 años ininterrumpidos, procreando con ella 7 hijos. Por asqueroso que resulte, nada impide pensar que para el anciano no existía placer más grande en la vida que el de tener relaciones con su hija. Y no es imposible que la niña Natasha Kampusch haya sido el objeto más preciado por su captor, al punto de que éste la quiso para él solo, durante ocho años.

No se comprenda mal. No defiendo a ninguno de los dos, ni a Martin Blanchard, pero tratemos de meternos en sus zapatos. Pertenezcamos de verdad al siglo 21, y no a Las buenas conciencias de hace medio siglo.

septiembre 22, 2008

D. F. W.

Acaso porque recientemente perdió la vida como lo solían hacer los poetas de la generación beat o como la muerte encontró a Marilyn Monroe —aquéllos, en medio de una sobredosis de LSD en una habitación de hotel; ésta, tendida con un frasco de barbitúricos en la mano y el teléfono descolgado—, se ha prestado más atención a la anécdota desafortunada de su fallecimiento, que a lo que se debe hacer cuando muere todo escritor: recordarlo no sino por las palabras que dejara escritas.

Efectivamente, desde la fecha de su muerte, acaecida hace unos cuantos días, se ha machacado bastante a propósito de las circunstancias en que fue hallado su cuerpo sin vida. De acuerdo con la policía de Claremont, Californica, donde residía desde hace algunos años, el escritor fue hallado muerto por su mujer. Cuando Karen Green llegó a casa encontró el cuerpo yerto de su marido, quien tenía un cordel atado alrededor del cuello. Se ha especulado insidiosamente sobre las causas de su suicidio: y algunos escritores yanquis han dicho que desde siempre su personalidad tendía fuertemente hacia la depresión y, naturalmente, eso lo llevó a suicidarse.

Especulaciones aparte, hay que decir que David Foster Wallace y su obra siempre se mantuvieron firmes en materia estética y política, ante los abrumadores cambios y modas que se presentaron en Estados Unidos durante los últimos años. Y es que al revés de escritores norteamericanos de gran renombre que también han perdido la vida en fechas no tan pasadas, la vida y la obra de Foster Wallace nunca coquetearon entre uno y otro vaivén político, y él jamás aspiró a otra cosa que a ser mejor escritor cada día. De este modo, firmeza y lealtad no cobran el significado de lo que pudiera pensarse: de arcaísmo. Firmeza política y estética eran en Wallace, cosa curiosa, las armas cuya constancia lo hacían ver renovado y refrescante.

Mentiría si afirmase que seguía de cerca constantemente la obra literaria y periodística que Wallece sacaba en revistas y en periódicos, pero lo cierto es que hace algunos años leí con mucha atención su segunda, fabulosa novela Infinite jest –La broma infinita, 1996- y sus recientes crónicas políticas que le publicaban en la edición en inglés de Rolling Stone.

En rigor de verdad, Wallace, de 46 años al momento de su fallecimiento, se dio a conocer con su primera novela aparecida en 1987, The Broom of the System (La escoba del sistema, imposible de conseguir traducida al español), pero saltó a la fama internacional en 1996 con la publicación de Infinite Jest, una parodia futurista de Estados Unidos ambientada en el año 2025 con los personajes de una academia de tenis (deporte que practicó con fortuna el propio autor) y un centro de rehabilitación para drogadictos. Mediante esta novela, Wallace se convirtió en un escritor-periodista de culto para muchos de los integrantes de mi generación. Indiscutiblemente, la obra, de más de mil páginas, es la empresa experimental más osada que acometió el autor nacido en Nueva York en 1962.

Entre otras obras suyas figuran también las colecciones de cuentos La niña del pelo raro (2000), Entrevistas breves con hombres repulsivos (2001) y Extinción (2005); además de los libros de ensayos Signifying Rappers: rap and race in the urban present (1900), Algo supuestamente divertido que nunca volveré a hacer (1997), Up Simba! (2000), Everyting and more (2003), y Hablemos de langostas, (2007).

Ahora bien, a decir verdad Wallace no era un autor demasiado conocido entre el público latinoamericano, mexicano e hidalguense consumidor de literatura escrita en inglés. Mi pretensión es que esta pequeña lista de sus obras icónicas –algunas de las cuales se pueden conseguir en español, en ediciones aceptables— sirvan de guía básica para acercarse al hoy fallecido autor neoyorquino.

En medio del pequeño revuelo que se armó por su muerte, no sin razón se comentó esto en la prensa gringa: “Era uno de los escritores más influyentes e innovadores de los últimos 20 años”, aseguró el crítico David Ulin en declaraciones a Los Angeles Times. “Wallace recuperó la novela como una especie de lienzo donde el escritor puede hacer lo que quiera”.

Mi primer acercamiento a su obra fue por medio de un círculo de amigos interesados en la literatura estadounidense de la segunda mitad del siglo 20. En realidad, empecé leyendo con gran placer las malhadadas aventuras alcohólico-pornográficas de Charles Bukowsky y continué por los poetas beat, además del imprescindible John Fante. Las lecturas fueron tomando su propio rumbo, hasta encontrarme con autores mucho más jóvenes, entre ellos a David Foster Wallace.

Los textos suyos que leí más recientemente son los que aparecían en Rolling Stone. De un tiempo a esta parte, él era el responsable de hacer las crónicas de todos los eventos del candidato republicano a la presidencia de EE UU. No sin humor negro, pero centralmente con una inteligencia incapaz de no desnudar la realidad más profunda de las cosas, Wallace escribió las que seguramente fueron las mejores crónicas de la contienda electoral que está teniendo lugar en EE UU.

Desearía que la morbosa forma en que Wallace perdió la vida el pasado 12 de septiembre, quede como una anécdota sin ningún tipo de interés para todos nosotros. Por qué se decidió ahorcar, es cosa suya. ¿En realidad, para qué seguir viviendo? Hay que empezar por leer todo lo que nos ha legado y desconocemos.

septiembre 15, 2008

Estructuralismo francés y Narratología

Éste es el segundo de los 9 ensayos que prometí a propósito de las Corrientes Teóricas Literarias del Siglo 20:



Mario Vargas Llosa, autor de Los Cachorros





Si las corrientes teóricas en el XX tuvieron comienzo con el Formalismo Ruso, cuyos exponentes (Shklovski, Tianinov, etcétera) se preocupaban exclusivamente por la función que desempeñaban los elementos de una obra al interior de ésta, más adelante se desarrolló un círculo de pensadores (Jakobson, Mukarovskyy, entre otros, convencionalmente asociados al llamado Círculo de Praga) que mostraron un arduo interés por estudiar las obras literarias ya no de forma funcional y atemporal; su preocupación era de naturaleza diacrónica, organizativa, acumulativa. Pretendían establecer las relaciones de todas las obras de un mismo género, desde el fondo de los tiempos hasta el más novísimo ejemplo: evidentemente, era una espeluznante, enloquecedora empresa. Se trataba de una preocupación por hacer formalmente una ciencia de la “historia literaria”. Y más allá de los errores o logros de esta pretensión, debe hablarse de los frutos inmediatos que rindió este impulso. Se estableció una nueva forma de pensamiento, la cual se expandió ejemplarmente, hasta alcanzar los límites de ciencias varias ciencias sociales y del comportamiento humano. En efecto, el llamado “estructuralismo” haría historia entre sociólogos, antropólogos, historiadores, filósofos, filólogos, etnólogos y, por supuesto, lingüistas y escritores.

Pero entre los teóricos que nos interesan más a efectos prácticos, baste mencionar a Roland Barthes, Tzvetan Todorov y A. J. Greimas.

Ahora bien, conviene empezar hablando del estructuralismo sin hacer referencia directa a él. Y es que, desarrollado fundamentalmente desde la Academia Francesa hacia la década 1940, el estructuralismo no nace, dijéramos, de la nada. Sus principales antecedentes se fundan a las claras en la propuesta hecha años antes por el lingüista vienés Ferdinand de Saussure, quien introdujo una diferencia que será la piedra de toque para todos los trabajos estructuralistas: la distinción entre lengua y habla. La primera, la lengua, se refiere a la concepción del lenguaje como un sistema o estructura; el habla, en contraste, implica el uso de este sistema en una situación concreta.

Y de manera semejante a Saussure, para quien sólo podía estudiarse lo que formara parte de la lengua (pues que sólo se podía estudiar una estructura cuyos límites fueran perfectamente conocidos), a los estructuralistas no les interesará más que el estudio del sistema de las reglas y no las manifestaciones concretas de la puesta en práctica de esas reglas. O sea, en una palabra, para los estructuralistas lo que prima en su interés es la descripción de la obra, no su interpretación; ésta es tarea que dejarán en manos de los críticos literarios. La empresa estructuralista tiene otro sentido. Su pretensión es construir una teoría del discurso literario que dé cuenta del modo bajo el cual funcionan los textos.

Es interesante saber que como no fuera la narrativa, los estructuralistas no se interesaron por estudiar ninguna otra forma discursiva literaria. Ni la poesía, ni el drama, ni el ensayo les preocupó mayormente. De donde se colige por qué el nombre de la rama de estudios que derivó del estructuralismo: la “narratología”, cuyo blanco es analizar de qué modo las narraciones producen significados y cuáles son los mecanismos y procedimientos básicos comunes a todos los discursos que implican la narración.

No es ocioso hacer una elucidación sobre la narratología estructuralista, recurriendo a un ejemplo de la literatura latinoamericana de la segunda mitad del siglo XX. Hablo de Los cachorros, del peruano Mario Vargas Llosa, cuyas características discursivas hacen posible hacer énfasis en las características señaladas por la estudiosa Luz Aurora Pimentel en uno de sus estudios consagrado a las formas de enunciación narrativa.

Si se atiende a las características que Pimentel señala para hablar de la identidad del narrador en todo discurso en prosa, fácilmente advertimos que el de Los cachorros es un narrador heterodiegético.

Pimentel señala en su estudio que tradicionalmente se piensa que tipos de narradores hay dos: o en primera, o en tercera persona. Pero pone el dedo en la llaga al señalar que esta clasificación no se funda en la característica discursiva del narrador (como debería ocurrir), sino en la subjetiva preocupación por las veces en que la voz narrativa hace mención de sí misma, en cuyo caso se trataría de una voz en primera persona; o bien, cuando sólo se refiere a los hechos hablando desde una posición impersonal y distanciada, en cuyo caso se trataría de una voz en tercera persona. Pimentel decide hacer a un lado esta clasificación, y se inclina por la de Gérard Genette, según el cual, lo ideal la clasificación de la voz narrativa no tiene tanto que ver con la elección del pronombre, como con la su relación con el mundo narrado.

Así, Pimentel propone dejar a un lado el habitual narrador en primera, en tercera o, aun, en segunda persona. Con arreglo a Genette, propone hacer el análisis de la voz narrativa desde otra perspectiva: la diegética. Ésta se refiere a la relación que tiene el narrador con el mundo narrado. De tal suerte, habría dos tipos de narrador: el que está involucrado en el mundo que narra se llama homodiegético (o en primera persona); y el que no lo está recibe el nombre de heterodiegético (o en tercera persona).

De este modo, se entiende al narrador no sólo como la voz que cumple la acción narrativa, sino como un actor participante, o no, de la propia historia narrada. En palabras del propio Genette, el narrador cumple la función vocal (o narrativa) y la función genética (o de su participación como actor en el mundo narrado).

Así pues, es fácil decir que el narrador en tercera persona pero involucrado de manera anecdótica a veces en Los Cachorros, es un narrador heterodiegético. Aunque lo parezca a primera vista, no es ninguna contradicción. El narrador que predomina en el relato de la noveleta está en tercera persona, y principalísimamete, no toma parte de la acción salvo en algunas ocasiones. Ocasiones que, se me dirá, bastan para considerarlo un narrador homodiegético porque está incluido en el discurrir de los acontecimientos. Véase este ejemplo para comprehender de qué hablo:

El primero en tener enamorada fue Lalo, cuando andábamos en Tercero de Media. Entró una noche al “Cream Rica”, muy risueño, ellos qué te pasa, y él, radiante, sobrado como un pavo real: le caí a Chabuca Molina, me dijo que sí. Fuimos a festejarlo al “Chasqui” y , al segundo vaso de cerveza, Lalo, qué le dijiste en tu declaración, Cuéllar comenzó a ponerse nerviosito…

Este fragmento del párrafo inicial del tercer capítulo de Los cachorros, nos habla de un narrador que platica las vidas de los otros, y sólo hace intromisión de su persona para introducirnos en el tema, por decirlo de algún modo. A propósito de estas pequeñas introducciones del narrador en el discurrir de las acciones, explica la propia Pimentel: “… incluso un narador heterodiegético puede estar presente o ausente, en distintos grados, del discurso narrativo. A mayor presencia, mejor definida estará su personalidad como narrador; a mayor ‘ausencia’, mayor será la ilusión de ‘objetividad’ y por lo tanto de confiabilidad”. Es decir, estas tangenciales incursiones del narrador dentro de la acción, no nos autorizan pensar que se trate de un narrador homodiegético.

Ahora bien, y reconociendo la naturaleza heterodiegética del narrador de Los Cachorros, queda la tarea de descifrar los elementos que dotan de unidad vocal al relato de juventud del autor arequipeño.

Al hablar de la unidad vocal de las narraciones, Pimentel dice que el relato a cargo de un solo narrador tiene, en el peor de los casos, una especie de unidad vocal en la distorsión. O sea: al reordenar la historia de acuerdo a su necesidad de narrador, lo que hace es distorsionarla en pos de conseguir el objetivo narrativo deseado. Pero lo que aquí nos interesa es hablar de la unidad vocal de Los Cachorros en tanto que se trata de un narrador heterodiegético pero cuya narración sale, de algún modo, de sus recuerdos, porque se refiere a hechos que está recordando provenientes de sus mocedades. Pues bien, sostiene Pimentel que “en narraciones en tercera persona, en las que domina un solo narrador, la ilusión también es de que le narrador conoce la historia en su totalidad, o bien que es él quien la ha inventado. No se nos ocurre preguntar cómo supo lo que nos relata porque se da como presupuesto que el narrador conoce la historia, y que su propósito es dárnosla a conocer”, añade Pimentel en lo que encuentro como la mejor explicación de la unidad vocal para lo que sucede en Los Cachorros.
Al tratarse de un heterodiegético (o en primera persona) el narrador de Los Cachorros logra la unidad vocal al aparentar ante el lector, que posee un pleno conocimiento de las acciones de la historia, de sus secuencias y de sus posibles giros sorpresivos.

Los Cachorros, obra muy latinoamericana desde el ángulo que se quiera leer esta afirmación, constituye un ejemplo oportuno de adentrarse a la puesta en práctica del estructuralismo de aquellos años 40. Reflexiones y ejemplos diferentes hay que emplear para el siguiente hijo cronológico de los estudios teóricos del siglo XX, o sea, el postestructuralismo.

septiembre 14, 2008

SEPOMEX

Mi primer encontronazo desagradable con el servicio postal fue hace mucho. Tendría 11, 12 años cuando recibí una carta del otro lado de la frontera. Me la había escrito un primo cuyos padres, por dificultades económicas en México, hacía poco habían cambiado su residencia a California. Casi al final de su envío, me informaba cuántos dólares me había adjuntado como pago por un viejísimo préstamo. Inútilmente rebusqué dentro del sobrecito blanco de bordes rojos con azul; y encima, mis padres me disuadieron de presentar una queja ante la oficina de correos.

La segunda vez me ocurrió cuando un amigo se fue a vivir a Madrid. El tonto había olvidado en casa de sus padres una caja de libros imprescindibles para los estudios que iba a realizar a lo largo de su estancia madrileña. Por correo electrónico me pidió que se los mandara a través de un envío postal. Pasó casi un mes y me preguntó si sabía la fecha en que llegaría su envío, porque en el correo de España no tenían registro de ningún paquete a su nombre. Me sorprendió que no lo hubiera recibido aún y fui a preguntar a la oficina de correos. La mujer de la filipina blanca con azul se llevó a la oreja el tubo del teléfono, desapareció detrás del mostrador y volvió, no sin asegurarme, colérica, que ellos ya lo habían enviado. “¿Ya investigó si no se perdió en España? Debería haber visto, antes de venir aquí”, concluyó. No me costó captar de inmediato que el paquete de tomos se lo había robado algún empleado postal de mi querido país.

Ni mandada a hacer hubiera quedado mejor la semana pasada para todos los que están cortados con la tijera de la nostalgia. No nada más se habló de regresar a la perdida tranquilidad de México haciendo crecer la partida que se destinará el año entrante a los cuerpos mexicanos de policía; más notoria aún, fue la alharaca que se armó por el cambio de imagen del emputecido servicio postal mexicano. Los nostálgicos tuvieron una oportunidad para acordarse de las cartas que se enviaban cuando jóvenes con sus amores platónicos: y es que después de dos décadas, el gobierno mexicano se acordó que existía un servicio de correo, e hizo algo que debería extender a todos los otros edificios a su cargo: quitarles el polvo y hacer el intento de meterlos en orden.

Inaugurado a mediados de la pasada década de los 90, Sepomex (horrorosas siglas del Servicio Postal Mexicano) era el vivo retrato de la agencia gubernamental a la que nadie se acerca porque todo el servicio que se presta ahí es insoportablemente soporífero. De las oficinas postales de las ciudades en que he vivido, no conservo en la memoria satisfacción alguna. Para hacer envíos siempre he tenido la inclinación por los servicios privados de DHL, UPS y Estafeta, cuyo funcionamiento conozco más o menos bien; sólo me he visto obligado a utilizar el servicio oficial cuando tengo que recoger algún envío que me hacen de alguna dependencia.

Hace unos meses compré libros de John Fante por internet, que me mandaron por Sepomex. Al menos, la herrumbrosa fachada del edificio hacía imposible perderse… No bien entraba, enseguida me sabía en un ambiente que le perteneció a mis antepasados. El cancel de la entrada pesaba una tonelada y rechinaba cada vez que alguien lo empujaba para acceder; el piso blanco era como el de mi abuela, con pequeñitas incrustaciones de mármol; el larguísimo mostrador estaba forrado con una formaica imitación madera. “Diga”, espetaba un viejecito flemático. Detrás de él, había unas repisas constituidas por unas ménsulas negras sosteniendo una tablita con pintura blanca a barniz. Ahí los empleados habían puesto sus bolsos, bufandas, cuadernos, cepillos de dientes, tópers con verduras hervidas. “Su orden de envío y una identificación”, me pidió sin siquiera verme a los ojos. El hombrecito se dirigió al fondo del frío local; allí donde había sacos de tela medio llenos de cartas y cajas de todos tamaños envueltas en cinta adhesiva café. De ese amontonadero descuidado, tomó mi paquete: una caja de volumen regular, completamente abollada, con las esquinas rotas y un hoyito por el que se podía asomar perfectamente al contenido. “Éste es. Pase usted”. Agradecí infinitamente que quien horadó mi caja no tuviera interés por la literatura de John Fante.

Como se sabe, desde la semana que terminó, los 22 años de Sepomex pasaron a la historia. En adelante, el servicio postal se llamará Correos de México, nombre que proviene de principios del siglo pasado, cuando éste gozaba de buena reputación. Pero el asunto tiene su carga hilarante. Los empleados postales ya no llevarán puestas sus filipinas azul con blanco; de tener un águila gris y azul, sus nuevas camisas color de rosa llevarán bordada una palomita deforme cuyo pico sostiene un sobre dorado. Y en las oficinas también habrá servicio de telefonía pública, internet y, más aún, venta de básicos subsidiados: frijoles, arroz y leche en polvo. La idea del gobierno es que por fin esta oficina funcione y sirva para comunicar a todo el país. Qué bonito, ¿no?

Sn embargo, mi deseo es que este impulso por renovar un servicio postal ineficiente a más no poder, no se le apague pronto al gobierno. Me gustaría que se haga por acabar con esa burocracia parasitaria alojada en todas las oficinas públicas de este país. Que se pasen por cepillo y jabón los edificios de la seguridad social, la administración del dinero, los partidos políticos y los cuerpos de policía. ¿Por qué empezar por un servicio de correo inservible, si hay tareas más mil veces más apremiantes? En cualquier caso, a mí me interesa saber si cambio tan radical en Correos de México traerá consigo algún aporte práctico. ¿La mutación también será en el terreno de la honestidad: y los carteros dejarán de abrir la correspondencia y robarse los envíos? ¿Algún día me van a devolver los 10 dólares o los libros de mi amigo? Estoy seguro que para él, yo me los robé. Pues desde que desapareció su paquete de libros, no me ha vuelto a escribir desde Madrid.

septiembre 07, 2008

El glamur nuestro

1. Me interesa hablar de un viaje más o menos largo que recién hice por autobús. Milagrosamente puntual, fui el primer pasajero en hacer fila en los andenes, de modo que una vez sentado en la segunda hilera, tuve oportunidad de ver a todos los que compartirían destino conmigo. Una mujer de prominente equipaje a la que, sin embargo, no corrí a auxiliar caballerosamente. Un hombre de años ataviado con elegancia antigua: pantaloncillos brillosos, camisa de olanes y un saquito ajustado. Y treparon más personas sin ningún interés para mí. Todo bien hasta que apareció lo odioso. Se oían gritos y regaños. Era una mujer gorda, un muchachote con espinillas, una fea niña pero bastante crecida y un pequeño de pantaloncillos cortos. Todos hablaban y manoteaban a la vez. Llevaban audífonos, refrescos y chatarra abundantes para el camino. Si por lo menos se hubieran sentado lejos; por desgracia, se apoltronaron alrededor de mi asiento. Resignadamente, al mismo tiempo cerré mis párpados y mi libro de Alexis Nouss, La Modernidad.

Los guturales regaños de la madre no consiguieron que las pequeñas bestias dejaran de gritarse y escupirse comida. Tuvo que aparecer la figura esbelta de una universitaria y deslizarse como garza por el pasillo. Los otros pusieron unos ojos enormes y abrieron una bocaza de admiración. Parecía salida de un desfile de modas. Sus pantalones justos le sentaban de maravilla, pero lo mejor era aquel glamoroso corte de cabello que sintonizaba con el flamante teléfono que llevaba al oído. Enamorado de mi mujer como estoy, ni yo pude menos que reconocer lo que es bueno. “Pero qué moderna”, se le escapó entre las papitas con salsa a la niña. En realidad, lo mejor fue que aquella belleza había conseguido acallar a los infames gritones. Pude leer.

2. Así, pues, con ser la suya una historia indisociable a los siglos 19 y 20, la discusión en torno a la modernidad nunca ha perdido vigencia. Cuánto y más, en nuestros tiempos en que los avances en la tecnología nos obnubilan tanto. Se piensa con unanimidad que, en definitiva, la gente nunca llegó a ser tan moderna como lo somos ahora. Y es que se razona que, como hoy, jamás habían existido al mismo tiempo tantos regímenes democráticos. Nunca, tantas carreteras y aviones habían sido utilizados por las clases medias. Nunca, los aparatos tecnológicos habían tenido tanta presencia en los hogares de todos los rincones del mundo. Para la familia del autobús, lo mismo que para aquella chica linda, nunca como hoy hubo tantas posibilidades de acceder a la moda del vestir y de la forma de actuar.

Las cosas no varían entre, por ejemplo, los artistas plásticos, los escritores y los intelectuales de cualquier tipo. Hay que leer alguna de sus entrevistas para saber enseguida lo que piensan. Los artistas plásticos odian que se les reduzca al grado de meros pintores o escultores, pues lo que ellos hacen es algo más sofisticado y moderno. Tampoco es raro encontrarse con las escandalosas tomas de postura de algún escritor —tomas de postura que no parecen sino desplantes cuyo objeto es hacerse publicidad. Muy a menudo, en esas escandalosas declaraciones, los autores sostienen que los géneros literarios han perdido vigencia, cuando no que ya son obsoletos y hay que atentar contra ellos. Su solución ha consistido en hacer una mixturización de todos los géneros. De tal modo, el resultado de este concurso de formas es lo que constituye su nuevo y moderno género literario. Dato curioso: Juan Goytisolo afirmaba hace poco que la novela ya no debe ejercerse desde el modelo tradicional. Para él, lo impostergable es escribir amoldándose a las exigencias de los tiempos actuales. Tengo serias dudas. Para los autores de hace cuatro décadas, no había cosa más moderna que lo que ellos estaban escribiendo… No sólo estaban equivocados; los años se han encargado de escarnecerse de esa actitud. Queda muy a propósito un aserto que Octavio Paz mencionó en televisión. Cuando le hicieron una pregunta en referencia al buen gusto de la estética, contestó: “El buen gusto de hoy suele ser el mal gusto del mañana”. ¿Alguien recuerda la modernidad de la década de 1980? Adelante. ¡Que levante la mano el moderno a más no poder!

3. Ahora bien: la modernidad no es una noción que pertenezca exclusivamente a nuestra generación; en el tomo de Nouss, encuentro que es un concepto cuya edad rebasa el siglo y medio. Su significado irradia sobre la filosofía, las ciencias sociales, la historia, el arte. En el siglo 19 se acuña el término. A Kant se le llamó moderno. El historiador Fernand Braudel se asumió como moderno. Los poetas que abandonaron el canon costumbrista y se aproximaron a la belleza de los salones palaciegos, también fueron catalogados como modernos: ahí está el poeta hidalguense Efrén Rebolledo (Actopan, 1877-Madrid, 1929).

El proyecto de aquellos modernos partía y arribaba en la razón. Consistía en abandonar de una los prejuicios provenientes del oscurantismo de los siglos pasados, y adentrarse en la luz de la razón definitiva. Era llevar a la cima los impulsos del Renacimiento. Desde luego que fue un fenómeno europeo, principalmente.

Lo que no es exclusivo del Viejo Continente son los acontecimientos que acabaron llevando a la ruina al proyecto modernista. Porque además de las dos Guerras Mundiales cuyos principales teatros fueron allende el Atlántico, también pienso en el capitalismo norteamericano y en el socialismo chino. Tanto los inmensos poderes fundados en los grandes capitales acumulados, como los socialismos asesinos de toda posible ideología contraria, acabaron con el incipiente proyecto modernista de fines del siglo 19 y comienzos del 20.

Es verdad: las actuales democracias, todas las tecnologías, las artes plásticas, los vuelos aéreos y la sofisticada universitaria del autobús, no deben ser tan perniciosos. Pero, ¿cuán genuina es nuestra modernidad? ¿Somos más modernos que los hombres de hace 20, 100 años? Parafraseo a Paz: que nuestro glamur modernista no sea la fuente de los escarnios del mañana.

agosto 30, 2008

Un grito en voz baja

En este preciso momento estoy escuchando en el tocadiscos la canción “Just friends”, de su segundo disco, Back to black. La suya es la historia de los grandes artistas. Resulta imposible tener noticia de ella y no traer a la mente, por ejemplo, la exigencia que hacía Nietzche a los creadores: “Los artistas, como a mi me gustan, sólo necesitan de su pan y de su arte”. Más notable aún: ella es el vivo ejemplo de la observación que hace Jean-François Lyotard. La larga paradoja del filósofo francés se puede resumir en que actualmente la originalidad de los artistas está allí donde no se aspira a ser originales. Esto es: hoy toda la literatura y todo el arte aspiran a la originalidad. A algo como esto Octavio Paz lo nombró “la tradición de la ruptura”. El interés en romper con la tradición ha sido tan constante que se ha vuelto en sí mismo una tradición. De esta manera, la búsqueda de originalidad se alcanza, entonces, cuando no se aspira a ser originales. Tal es el caso de la londinense Amy Winehouse.

Con la aparición de su álbum debut, Frank, en 2003 una Amy Winehouse de 20 años de edad dejó de ser simplemente una reconocida cantante de los pubs londinenses; saltó a los escenarios mundiales al recibir excelentes críticas de la prensa especializada en tendencias musicales. No por casualidad hace unos meses se supo que en escuelas de Londres los alumnos estudiaban literatura haciendo comparaciones entre los versos de Walter Raleigh y las letras de Amy Winehouse. Ya desde ese primer disco se advertía un talento sin par. Sus canciones “You sent me flyin” y “Stronger than me” son genuinos poemas del drama contemporáneo. Hay que agregar que es la dueña de una voz que envidiaría cualquier contralto de ópera. Y su apariencia, con ser desaliñada para el gusto general, yo la encuentro espléndida. Y es que no se asemeja a las atractivas rubias norteamericanas ni a las buenísimas morenas latinas. No. Es más bien flaca y su cabellera haría parir chayotes a mi estilista. Lleva sendos tatuajes tanto en el brazo como en uno de sus pechos. A la gente que conozco le parece repugnante pero a mi juicio es una mujer sumamente interesante.

Musicalmente, a Winehouse se la clasifica como una cantante de blues, jazz, soul y del ritmo inventado por el productor recientemente fallecido Jerry Wexler: el rhythm & blues. En efecto, sus ritmos nos recuerdan a las bandas musicales gringas de los años 40, cuyos integrantes eran fundamentalmente de raza negra. De hecho, tanto las coristas como los músicos de Amy son negros. De algún modo, retornar a un pasado musical tan escasamente frecuentado es una de las originalidades que más se le reconocen. Sin pretenderlo, a esta circunstancia le debe la espumeante gloria que ha alcanzado. Existe unanimidad en celebrar la afortunada mixtura de una voz prodigiosa con un género que se había echado al olvido en los últimos años. Su música embriaga, es sensual, profunda, intensa. Su mejor definición es una metáfora: un grito en voz baja en medio de un estruendo de asco. Estruendo de asco representado por la mayoría de los géneros musicales que nos envía Estados Unidos a través de MTV.

Para hablar de lo mejor que Amy Winehouse ha dado hasta el momento, es preciso referirse a su segundo disco, Back to black, de 2007. Tuvieron que pasar cuatro años entre su primera producción y ésta. El largo periodo, empero, valió la espera. No sólo se puede escuchar una mayor riqueza musical en las composiciones del disco; sus letras no parecen las de una veinteañera inexperta en las cosas de la vida sino todo lo contrario: son intensas y desgarradoras, cuando no verdaderamente elegantes. El disco ha sido premiado tanto por el establishment mundial como por la prensa selecta. Baste recordar que obtuvo 5 premios grammy la misma noche. Desafortunadamente, otra de sus facetas —acaso la más comentada— le impidió recoger las estatuillas.
Como es fama, a Winehouse le aqueja una peligrosa adicción a la cocaína. Ha estado ingresada varios periodos en clínicas de rehabilitación pero vuelve a recaer. Hipócrita como es, el gobierno norteamericano le negó el visado argumentando que la esquelética cantante representaba un peligro para los Estados Unidos. Aunque después se reconsideró su entrada al país, ya era demasiado tarde y Winehouse tuvo que conformarse con tener presencia en el evento a través de señal satelital. Sin embargo, este hecho acabó por sellar una fama de cocainómana que nadie se cansa en machacar una y otra vez.

Aun en los panfletos que pululan en las oficinas gubernamentales de provincia, se encuentran noticias morbosas su cada vez peor estado de salud. Noticia no tan reciente es esa en la que su padre declaraba a la prensa inglesa que Amy padecía enfisema pulmonar por tantas drogas, y que su vida corría peligro. Las más escandalosas son también las más divertidas: en el directo que ofreció en el festival de Glastonbury, Amy montó en cólera y le propinó un certero puñetazo a una de sus seguidoras. Sin preguntarse por qué lo hizo, todos la tacharon inmediatamente de energúmena. A partir de entonces, todo lo que nos informan de Winehouse está relacionado bien con sus adicciones que apenas si le permiten tenerse en pie durante sus presentaciones, o bien con sus arrestos de cólera en algún pub londinense.

Es lamentable que el interés por Winehouse haya derivado en esto. En verla peleando en las calles, en fisgar cómo se le doblan las corvas en el escenario mientras esnifa cocaína. Pero la vergüenza es nuestra, no suya. Ni todos los malos ratos en que la podamos ver metida le restan un ápice a su inmensurable talento para componer ni a su espléndido timbre de voz. Ella no hace más que cumplir sabiamente con la exigencia de E. M. Cioran: “la primera obligación del hombre al despertarse: avergonzarse de sí mismos”. Pero interesados en conocer las últimas nuevas sobre su decadencia, nos impedimos delectarnos con la cantante incomparable que tenemos ante nosotros. Y que sus adicciones la puedan llegar pronto al panteón, es algo que no debe interesar.

Del mero formalismo al completo estructuralismo




Con el siguiente texto, inicio una serie de nueve ensayos que publicaré sobre las Corrientes Teóricas literarias del siglo XX. Las colocaré quincenalmente, desde hoy y hasta que termine el año.




Viktor Shklovski


En El arte como artificio de 1917, se pueden encontrar los primeros rasgos de la corriente teórica que la historia de la literatura ubica como Formalismo Ruso. En el clásico texto de Víctor Shklovski, se presta una atención insospechada al concepto de ‘imagen literaria’. Se somete a discusión la afirmación de Potebnia (“no hay arte y, en particular, no hay poesía, sin imagen”). Cierto es que V. Shklovski no puede sino admitir la afición de cierta poesía por las imágenes; empero, hace una acotación. Brevemente explica que tanto en poesía como en cualquier obra literaria, la recurrencia de imágenes es más un ejercicio de memoria que de creatividad. O sea: la innovación poética no radica en elaborar nuevas imágenes, pues la mayoría de ellas ya existen y sólo se recuerdan; mejor: la originalidad está allí donde se disponen esas mismas imágenes en un nuevo ordenamiento. En una palabra, la aportación de Shklovski está en que consigue demostrar que el verdadero arte poético no se encuentra en la creación de imágenes, sino en el modo en que el lenguaje consigue mostrarnos esas imágenes.

Es un aporte significativo. Y le permite a Shklovski hacer uno de sus descubrimientos más trascendentes. Spencer sostenía que “el mérito del estilo consiste en ubicar el máximo de pensamiento en un mínimo de palabras”. ¿El lenguaje poético consistía, entonces, en ubicar el máximo de imágenes en un mínimo de palabras? Shklovski resuelve la cuestión evidenciando las diferencias entre el lenguaje poético y el pensamiento ordinario: desde luego que lo poético pretende decir más cosas en menos palabras. Economizando, ser más efectivo. Parejamente, este hecho revela otra realidad.

A diferencia del lenguaje poético (lenguaje previamente pensado, elaborado bajo reglas, dirigido con un propósito…), el pensamiento ordinario se manifiesta a través de expresiones tan habituales que se vuelven automáticas. “Todos nuestros hábitos se refugian en un medio inconsciente y automático”, explica así Shklovsky lo que bautiza como “proceso de automatización”. Y cita a Leon Tolstoi: “Si toda la vida compleja de tanta gente se desarrolla inconscientemente, es como si esta vida no hubiera existido” (Nota del diario de L. Tolstoi del 28 de febrero de 1897, Nikolskoe. Letopis, diciembre de 1915, p. 364). La pregunta es inevitable. ¿Cómo diablos hacer frente a esta automatización? ¿Cómo lograr precisamente la desautomatización?

Para ofrecer una solución, Shklovski recurre una vez más a Tolstoi. Ejemplifica su método de escritura. La forma desautomatizadora del autor de Ana Karenina es la de referirse a los objetos mencionando sus características y olvidando que poseen un nombre conocido. De tal modo, en vez de mencionar la palabra “tortura”, Tolstoi habla de “apretar las manos o los pies con torniquetes, o algo semejante”. Semejante método permite al lector “redescubrir” el significado de las cosas más comunes. El mismo Aristóteles opinaba que la lengua poética debía tener un carácter extraño, sorprendente. Para Shklovski, en todo caso el ritmo prosaico es un factor automatizante; y en el arte, por el contrario, existe un orden cuya función es combatir esa automatización.

En una palabra, para Shklovski la función del arte es ser el agente desautomatizador por excelencia. Pero este aporte de Shklovski se enriquecerá cuando Yuri Tinianov añada su concepto de “historia literaria”. “La historia literaria debe responder a las exigencias de la autenticidad si desea transformarse en una ciencia”, dijo. Con Tinianov se acude a la que se considera la segunda etapa del Formalismo Ruso. Alrededor de 1920.

Caracterizada por su preocupación de entender las obras literarias no aisladas de su contexto, sino inscritas en corrientes temporales y estilísticas, esta etapa del Formalismo Ruso propone que la historia literaria se estudie a partir de la noción de evolución literaria. Dicho de otro modo, la génesis de los textos adquiere una significación y un carácter que seguramente no son los mismos que aparecen en el estudio de la génesis misma. El método consiste en tomar los criterios propios de un sistema (admitiendo que cada época constituye un sistema particular) para juzgar los fenómenos correspondientes a otro sistema; se debe evitar todo matiz subjetivo; se toma a la obra literaria como un sistema; tampoco se deja de lado el problema de las series vecinas en la evolución literaria. El resultado le permite a Tinianov proponer una nueva forma de comprender la función literaria. Él llama función literaria a la posibilidad de que una obra entre en correlación con los otros elementos del mismo sistema y, en consecuencia, con el sistema entero.

De manera que para Tinianov resulta inimaginable volver a las fórmulas del pasado y estudiar la obra aisladamente del sistema en el que se produjo. Y este principio consistente en estudiar las obras inseparablemente del sistema, se aplica perfectamente a los distintos géneros literarios. Ningún género es constante, sino cambiante no sólo a medida que pasa el tiempo, sino en una misma época. Baste comparar dos novelas contemporáneas para advertir cuán diferente puede ser una de otra, aun cuando haya consenso en que forman parte de un mismo género. Los rasgos del género, pues, evolucionan en todo momento y se pueden estudiar del mismo modo que se compara una obra inscrita en un sistema con otra que forma parte de un sistema diferente.

Ahora bien: el reconocimiento de que la obra literaria habita en un sistema más abarcador, no impide que Tinianov tome conciencia de otra realidad. La realidad de que la función de algunos elementos se apodera de otra función más débil y acaba por determinarla. No existe una idea totalmente correcta de la forma en que los elementos literarios de una obra entran en correlación con los de otra. En todo caso, lo cierto es que la observación del comportamiento de cualquier sistema permite concluir que hay elementos frágiles sobre los que dominan otros más sólidos. Estos últimos son los que conforman la llamada “dominante”. Y los elementos de una obra entran en la literatura y adquieren su papel en función precisamente de su relación con esta dominante.

Las aportaciones de Tinianov también alcanzan la esfera de las relaciones que guarda el literario con otros sistemas —con las series extra-literarias—, en particular con las series que pertenecen a los hechos de la vida real1. Esta observación resulta especialmente interesante. Está estrechamente ligada con la noción de “orientación”, misma que significa algo así como “la intención creadora del autor”. La relación entrambos conceptos reside justamente en el hecho de que la intención del autor puede haber surgido muy posiblemente de alguna experiencia de la vida real, y no únicamente de un impulso netamente lingüístico-literario.

En fin, por lo que a las aportaciones de Tinianov respecta, es posible resumirlas subrayando que a partir de él, el estudio de la evolución literaria sólo será posible si se considera como una serie, como un sistema compuesto en correlación con otras series o sistemas y condicionado por ellos.

La tercera y última etapa del Formalismo Ruso, que también la han llamado Estructuralismo Checo, se cierra hacia la década de 1930 con las aportaciones que hicieron los lingüistas Jan Mukarovsky y Roman Jakobson.

Por una parte, en su texto de 1934 El arte como hecho semiológico, Mukarovsky hace la novedosa proposición de que la obra de arte debe entenderse como un elemento triple: la obra como signo, estructura y valor. Y es que para él, la obra de arte está destinada a mediar entre su creador y lo colectivo. O sea: está sellada por los intereses del creador, por los intereses del colectivo observador y por la forma que toma al ponerse en tensión esos dos intereses diferentes. Como buen lingüista, Mukarovsky resuelve el problema triple afirmando que la percepción subjetiva del colectivo observador se vuelva objetiva al convertirse en signo. Y en esto basa su afirmación de que la obra de arte es un signo autónomo, cuya característica central es ser el mediador entre los miembros de una colectividad.

Al lado de su característica de signo autónomo de la obra de arte, se encuentra la de ser signo comunicativo o notificatorio. Pone por caso a la poesía: no sólo se nos refleja como obra de arte sino al mismo tiempo como un conjunto de palabras escritas que reflejan significados conocidos. Dicho de otro modo: que un texto de ficción sea resultado de la imaginación no niega que posea un “tema” verificable en la vida real.

Por otro lado, Jakobson introduce la necesidad de entender la poesía con relación a la lingüística. Para él, esta relación nos permite despejar las diferencias entre el arte verbal con respecto a otras artes e, incluso, a otros tipos de conducta verbal.

Aunque Jakobson hace aportes que ahora nos permiten diferencias a los estudios literarios de la crítica literaria, su tesis más laureada es la que tiene que ver con la función poética. Está por encima de todas las otras funciones del lenguaje. Por encima de la función referencial, de la emotiva, de la conativa y aun de la metalingüística. La función poética no se limita a la información que transmite el lenguaje ni a su forma; en realidad, su tendencia es hacia el mensaje, constituido tanto por la información que transmite como por sus rasgos formales. El concepto de poética es, pues, el culmen al que llegaría esta primera corriente de teóricos literarios del siglo XX.

Años adelante sobrevendrá el tan afamado estructuralismo francés y la narratología. Ambas, corrientes de las que voy a hablar en quince días.

agosto 27, 2008

Sí, pero no

Como mínimo exigible antes de pararse en un púlpito, los prelados de la religión deberían someterse a un curso de buenos modales. Desde que yo tengo memoria, son tan comunes sus yerros públicos, que lo verdaderamente asombroso es que las personas continuemos mostrando arrobo ante las barrabasadas que cometen los ministros de culto. Me refiero a la más reciente muestra de ceguera de algunos de ellos. De los católicos, que son los más abundantes en México.

En efecto, hace poco menos de un mes, en su publicación semanal se podía leer la reprobación de los prelados católicos a que las mujeres de nuestro país llevaran puestas prendas provocativas, empezando por las minifaldas. Los muy idiotas sugerían que tanta pierna al aire provocaba las hormonas de los machos libidinosos. Y esto podía ser el germen de los ultrajes sexuales. Al igual que a Alí Chumacero, a mí me encantan las piernas y los escotes de las mujeres pero hasta el momento esa afición visual no me ha llevado a violar a ninguna dama. Evidentemente, la afirmación de los religiosos revela una cortedad de miras que, no obstante, me resultó natural: pues las declaraciones de principios de la cúpula religiosa mexicana se caracterizan por su hilarante inoportunidad. Hasta los conductores de televisión (esos maniáticos defensores del orden de cosas establecido) se ruborizaron. En los noticiarios se hablaba de esta información religiosa no sin una callada pero evidente sorna.

Ahora bien, quizá este reciente episodio religioso no sea el mejor ejemplo para referirse a una actitud cavernícola que caracteriza a los tiempos que corren: tiempos del saber científico y objetivo, pero a la vez, tiempos de los prejuicios más recalcitrantes. ¿Quién puede negar que todo se lo debemos en alguna proporción a la objetividad de los descubrimientos científicos?, pero también: ¿quién negaría que toda la nueva carga de prejuicios patéticos es culpa precisamente de todo ese conocimiento inmaculado? Y es que a medida que la ciencia soluciona problemas prácticos como la salud, la tecnología, la aeronáutica o la transmisión de información por banda ancha, los hombres nos sentimos tranquilos y dejamos de razonar a propósito de las cuestiones más profundas. ¿A qué preocuparnos por superar nuestros míseros prejuicios, si basta con escuchar a la ciencia, que nos indicará cuál es el camino correcto?

No puedo dejar de pensar en el caso de un antropólogo que he conocido recientemente. Hombre de grandes espaldas y vientre prominente, el alemán al que me refiero es un tipo de cabeza rubia que ha viajado alrededor del mundo. Ha estado lo mismo en Europa que en Asia, en África y en toda la región Latinoamericana, incluyendo nuestro país. Adicionalmente, posee un doctorado en antropología por alguna universidad del centro del Viejo Continente. Pertenece, pues, a ese tipo de personas a las que te diriges con muchas precauciones. Me imparte un seminario sobre los temas ligados con la globalidad. Es el reflejo viviente de que me interesa dejar retratado.

De la situación me di cuenta luego de terminar una de sus clases. Los participantes nos habíamos pasado hablando de varias culturas odiosas en el mundo. Discutimos la conveniencia de que las mujeres en Medio Oriente deban llevar el cubierto el rostro con un velo para que nadie las pueda ver. No nos pusimos de acuerdo cuando hablamos del derecho que tienen los padres de familia en ciertas regiones del África para dejar concertada la boda de sus hijos tan pronto como éstos salen del vientre materno. Y nos enfrentamos duramente cuando hablamos de un caso mexicano: de la costumbre que aún prevalece en algunos parajes inhóspitos y que consiste en vender a los hijos a otra persona hasta que cumplen cierta edad. Desde luego, no llegamos a ninguna conclusión satisfactoria.

Pero lo que me inquietó profundamente fue que ni tanto viaje, ni tanto título, hicieran del alemán despojarse de sus prejuicios.

Después de hacernos ver la importancia de respetar la relatividad cultural (ésa tan publicitada por los propios antropólogos y en con base en la cual, defienden la permanencia de todas las culturas asesinas y cavernícolas que existen sobre el planeta), el alemán afirmó que la disciplina antropológica que él tanto defiende y que le da de comer, no ha logrado establecer que nuestra cultura occidental, respetuosa de los derechos de las mujeres en particular y del ser humano en general, sea superior a las otras culturas que venden esclavos y especulan con el cuerpo de las mujeres. Para la antropología, simplemente todas las culturas valen lo mismo. Por mucho que nos cueste, es la conclusión científica a la que se ha llegado.

Sin embargo, el ejemplo de prejuicio fue el suyo propio. Enseguida, nos dijo que para él todas esas explicaciones están muy bien pero son insostenibles. “¡Yo –se enfureció en su pésimo español— jamás respetaré a una cultura que maltrate a las mujeres, que venda a las personas!” Y yo, que no soy antropólogo, estuve de acuerdo con su explosión. ¿Pero él, para qué carajos es antropólogo si va a defender justamente lo contrario a lo que promueve la antropología? Mejor fuera que milite en alguna organización defensora de esos prejuicios que combate la antropología.

Solamente he hablado de dos casos recientes. Uno, los prelados religiosos con sus declaraciones de humor involuntario. Otro, el del antropólogo cuyos enormes prejuicios superan a sus vastos conocimientos. Son abundantes los ejemplos: el filósofo que ha descubierto la inexistencia de Dios, pero reza; el científico que le tiene miedo a los espectros que pueden habitar la negra noche; el biólogo que sabe todo del Sida, pero le impide a sus hijos pequeños traer preservativos. ¿Cuántos otros ejemplos hay? El problema de todos es que creer que la ciencia pueda llenar los huecos que deja nuestra escasez de sentido crítico. Y todo caso, prefiero a los políticos, cuyo arte es el de, mintiendo, convencernos y convencerse a sí mismos.

agosto 17, 2008

Secuestro en segunda persona

La noticia circuló en el pueblo con inusitada rapidez. Ya se sabe: pueblo chico, infierno grande. A los Del Conde los conocíamos todos. Yo cursaba los primeros años de primaria, y me encantaba Nancy, la más pequeña de la familia y dos años mayor que yo. A mí me gustaba mucho; ella ni siquiera sabía mi nombre. En cambio, su prima, Rocío, se moría por andar conmigo. Sin ser lo que hoy se conoce como millonarios, eran los rancios herederos de una pequeña fortuna conseguida por el abuelo en los tiempos de Don Porfirio. Siendo hacendado pulquero, el viejo se había hecho de extensiones de tierra que les permitían a los nietos seguir viviendo con holgura. Su casa era fabulosa, fueron los primeros en tener un coche Cougar, y recibían visitas de personas distinguidas. Todos les teníamos envidia y, precisamente por eso, le caían mal al pueblo entero. Sin embargo, la noticia del secuestro de Nancy fue una conmoción general.

Aunque años después se sabría que su padre habló con los periódicos para ocultar la noticia, el asunto se transmitió de boca en boca hasta el rincón más remoto. Y es que, salvo por las fiestas públicas que se ofrecían por la visita de algún político prominente, en mi pueblo nunca ocurría nada notable. Se decía que un carro detuvo a Nancy cuando ella salió de la casa de sus primas. Que se subieron a la banqueta para cerrarle el paso y la arrojaron en el asiento trasero. Que su bolso quedó tirado en el piso, junto con una pequeña mancha de sangre. De algún modo, el secuestro de Nancy nos insufló “vida” a todos. En las tortillerías se comentaba el asunto. “¿No se ha sabido nada?”, iniciaba una mujer. “¡Nada, fíjese!”, respondía la otra. En una sobremesa de la familia, llegué a oír un comentario ácido que me hizo marcharme con molestia disimulada: “Qué se me hace que se la robó el novio”, dijo una de mis tías maternas. Lo más descorazonador ocurrió una vez en clases. Durante unos honores a la bandera, el director pidió ¡un minuto de silencio por la memoria de Nancy! Pero qué despropósito, pensaba yo, con impotencia. Quién le había dicho a esa tipo que Nancy estaba muerta. Carajo, pobre de Nancy, pobre de su familia, pobre del pueblo entero que se veía en tales apuros.

Semanas pasaron antes de que volviéramos a tener noticia del secuestro. Desde la tarde del rapto, en todo momento había patrullas de policía aparcadas afuera de la casa. Un ir y venir de personas en carros muy nuevos. Incluso el presidente municipal, un regordete de gran bigote, había cesado al director de Seguridad Pública, a petición de los Del Conde. Pues para ellos, no nada de esto habría pasado si los municipales hubiesen detenido los carros de los raptores. De cierta forma, la vida de todos nosotros llegó a girar alrededor del caso Nancy. Pero un buen día, los investigadores cargados de aparatos y cables salieron de la casa y se metieron en sus carros. Vinieron camionetas de la policía, que se los llevaron por la carretera federal. Cerraron las puertas de la casa y no las volvieron a abrir en varias semanas.

Y nadie nunca supo nada. A sus compañeros de escuela, se nos hizo saber que Nancy no regresaría a clases y punto. Aun cuando nunca se organizó ninguna ceremonia fúnebre en la casa, toda la gente creyó que mi linda compañera había desaparecido para siempre. Nunca me volví a acordar del casi sino hace unos años en la Universidad cuando me hice novio de Rocío. Íbamos en el carro escuchando la noticia de un secuestro. Inevitablemente le pregunté qué había pasado con su prima. “Después ya nadie supo nada”. Le dije. “¿Qué pasó?” No sin tontos celos por mi antigua afición a su Nancy, Rocío accedió a contarme. A medida que escuchaba sus palabras, confirmaba que este mundo no es sino una mierda apenas soportable: “pero, pero cómo”, trastabillé. “Así como lo escuchas, y punto”. Cerró ella.

Una infamia. Después de pagar el rescate mediante un sistema de entrega que se realizó de noche en la espesura de un cerro, el papá de Nancy tuvo que protagonizar una escena tan dura como la de la Naranja Mecánica (1971) de Stanley Kubrick: un hombre, atado de pies y brazos, debe observar cómo unos tipos ultrajan sexualmente a su mujer. En el caso de Nancy, eran unos violadores con capuchas en el rostro que no permitía reconocerlos. Por si fuera poco, después de eso, tanto ella como su padre recibieron una golpiza que los dejó medio muertos. Sin fuerzas para bajar del monte, al siguiente día tuvo que subir un escuadrón por ellos, llevándolos de urgencia a la clínica. Pero la salud que corrió más peligro fue la de la madre. Después de recibir la noticia, la emperifollada mujer de rancho sufrió un ataque al corazón, cuyas secuelas la llevarían meses después a la tumba. Y presionado por las suspicacias del pueblo, el padre decidió mandar a Nancy a la ciudad. En donde estuvo recibiendo asesoría clínica. En una palabra, Rocío me hizo ver que después del secuestro, la familia Del Conde se fue al carajo.

Desgraciadamente, ni el secuestro de Nancy ni los 7 mil registrados oficialmente en México el año pasado, han hecho que ninguna autoridad ponga término definitivo a la cuestión. Que México ocupe, después de Irak, el primer lugar en secuestros a nivel global, es algo que ha tenido sin cuidado a los gobiernos. Fue necesario que un grupo de plagiarios vestidos de judiciales montaran, ¡a plena luz del día!, un falso operativo para secuestrar a un niño de 14 años. Tenía que llamarse Fernando y apellidarse Martí y ser hijo de un empresario allegado a periodistas y políticos. La familia tuvo que pagar 6 millones de dólares de rescate y recibir por respuesta el fiambre de su hijo en la cajuela de un carro. Hubo de ocurrir todo esto para que los detentores del Poder propusieran organizaciones investigadoras, penas de muerte, purgas en los cuerpos policiacos. Desgraciadamente, así ocurrieran cientos de casos como el de Nancy, a nadie le hubiera interesado hacer algo al respecto. ¿Es una fortuna que haya ocurrido lo de Fernando Martí?

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Desde chico tenía ganas de escribir un diario, o algo así. Pero era cosa de niñas. Este blog es lo menos afeminado que encontré.

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