El blog de Luis Frías

julio 02, 2012

Digan lo que digan


No voté. Antes razonar sobre por quién habría votado, debo explicar por qué  no pude ni siquiera acariciar una boleta electoral. Fue por culpa de los organizadores del IFE. Como muchas otras personas, tanto en la Ciudad de México como en Querétaro o en la frontera, me quedé sin votar porque las boletas en las casillas especiales fueron insuficientes: 750 por casilla. Cuando llegué poco antes de las 10 de la mañana a la colonia Del Valle, ya había una fila de más de mil personas. Corrí a otra casilla, que está en Eje 10, y había más de 800. Luego a otra casilla en El Pedregal: imposible. Decidido a conseguirlo, fui al aeropuerto, y la misma historia. Así, cansado, renuncié a hacer aquello para lo cual el IFE gastó tanto en spots: ejercer mi derecho al voto. ¿El motivo? Creo que el IFE no hizo el trabajo de campo necesario para prever cuántas personas están viviendo en lugares diferentes a sus sitios de origen. Qué indignación.

Ahora bien, mediante descarte explicaré por quién habría votado.

}Por Josefina Vázquez Mota, decidí no votar desde que supe que su partido era el PAN. Prejuicios aparte, me resulta intolerable votar por alguien cuyo partido sea el mismo que, a través de una estrategia infame, ha resultado el asesino de más de 50 mil personas, entre delincuentes, inocentes, policías, etcétera. Y no hay que remitirnos a la historia; el asesinato está ocurriendo ante nuestros ojos. El suyo es un partido-gobierno con rasgos fascistas, cuya estrategia de legitimación se ha basado en infundir miedo a la ciudadanía. Otro motivo más para negarle el voto fue su postura frente a los derechos de las mujeres a decidir sobre su cuerpo. Al defender el derecho a la vida desde la concepción, abría la posibilidad de una presidencia a favor de criminalizar, por ejemplo, a las mujeres que decidan abortar.

Tampoco lo habría hecho por AMLO (aun cuando voté por él hace 6 años), porque descreo de su discurso basado menos en las razones, que en el amor, la bondad y las buenas intenciones. Quizá digan que estoy mal por valorar en poco la buena fe de un político, pero prefiero a un político que articule un programa de gobierno que a un buen articulador de rosarios de frases edulcoradas. Un recelo que, además, sostengo hacia AMLO es esa propuesta de ratificación del cargo cada dos años. Algo así planteó Hugo Chávez, y ya se vio lo que ha hecho… Tampoco, además, habló con claridad durante su campaña sobre los derechos de los grupos en situación de vulnerabilidad. Y quien diga que las respuestas hay que buscarlas en su gestión en el DF, se equivoca: las políticas pro equidad e igualdad han sido ejercidas con sensibilidad, por Marcelo Ebrard. Por él sí quería votar. Ya será dentro de seis años.

Mientras tanto, ya había decidido votar por Peña Nieto. Tengo varias razones: cercano a él se encuentra Miguel Osorio Chong, ex gobernador de Hidalgo, cuyo trabajo creo que ha sido el más destacado durante mucho tiempo en mi pobre estado. Creo que, a juzgar por su propia carrera política, Peña Nieto cuenta con las cartas credenciales políticas suficientes para  negociar tanto con izquierda como con derecha radicales las reformas estructurales tan postergadas. Además, creo que, a diferencia de lo que ha ocurrido en los últimos 6 años, Peña podrá, ay, negociar lo necesario (como recomiendan los expertos en seguridad nacional) para administrar los problemas asociados a la cadena del narcotráfico, y no hacernos creer que terminará con un problema que no es de violencia, sino de salud pública, leyes y educación. Tampoco tiene, a juzgar por lo que dijo en el primer debate, ideas patrioteras trasnochadas sobre la administración del petróleo.

A estas alturas, quizá no me bajen de oportunista, o de absoluto imbécil. ¡Un joven votando por el PRI! No obstante, honrada y sinceramente, para mí era la mejor opción. Tengo motivos para pensar que se equivoca quien diga que se restaurará el viejo sistema; el que piensa así subestima no sólo a los otros partidos, sino a la propia ciudadanía, y en el fondo, a sí mismo al pensar que nada ha cambiado en México durante los últimos años. Finalmente, por lo que a mí respecta, encima de todas estas razones, hubiera votado por el PRI porque era mi decisión absolutamente personal. “Digan lo que digan los demás”, como canta Raphael.

abril 30, 2012

6 horas en la Setravi





“Que otros se­ jacten de las páginas que han escrito —decía Borges—; a mí me enorgullecen las que he leído.”

Atesoro las lecturas que hice, desternillándome de la risa, de las columnas que publicaba Jorge Ibargüengoitia en Excélsior y en la revista Vuelta en los setentas. Me gusta mucho esa tradición del periodismo mexicano que, narrando minucias de la vida cotidiana, termina revelándonos un montón de cosas, a manera de un pequeño espejo que lo abarca casi todo.

(En la actualidad, lo hace excelentemente Rafael Pérez Gay en El Universal, también lo hacía Eusebio Ruvalcaba en El Financiero, y por supuesto Germán Dehesa en Reforma aunque su estilo no fuera mi preferido.)

El autor de Las muertas narraba en algún texto el viaje que hizo con su pareja, Joy Laville, y unos amigos extranjeros, a Xochimilco. Cuando llegaron, en un minúsculo vochito, al estacionamiento del lago, un viejo haciéndoles gestos les pidió un peso. Y el escritor se lo dio. Luego se subieron a una trajinera, a bordo de la cual uno de sus invitados bebió mucho tequila hasta que se emborrachó y vomitó en la laguna: cosa que, desde luego, fue secretamente criticada por las personas que viajaban en otras trajineras. Cuando, indigestos, todos desembarcaron, el viejo les pidió otro peso, pero Ibargüengoitia ya no le quiso dar. En fin, no recuerdo en qué termina aquello, pero la anécdota retrataba de maravilla la surrealista vida diaria de la Ciudad de México de esos años.

Dicho lo anterior, y con una disculpa por contar aquí algo que el narrador de Guanajuato escribió mucho mejor, advierto que a continuación no sigue otra cosa que la crónica de una minucia.

El problema de lo que voy a contar fue, como tantas veces, la ignorancia.

Compré un carro de segunda mano con placas del DF, sin saber que sus papeles no estaban en regla. Desde hacía un año, el antiguo propietario tenía que tramitar en la Secretaría de Transportes y Vialidad (Setravi) una tarjeta de circulación con “chip”. Cuando me enteré, fui corriendo a las oficinas.

Eran las 12:25 del día.

Me di cuenta que había sido un error ponerme saco y corbata a medida que me acercaba al edificio: había una fila que iba desde la puerta de cristales hasta la otra esquina, o sea, rodeaba casi toda la cuadra. Resignado, me aflojé el nudo del cuello y me dispuse a esperar con diversión. Por suerte, conocí a un sujeto que venía de Venustiano Carranza, y nos pusimos a platicar. Él venía a algo de su pinck-up gringa, que usaba para transportar verduras.

—¿Ya traes todos tus papeles? No vaya a ser la de malas —me extendió una tira de papel, donde fui 
leyendo los mismos requisitos que ya había revisado por internet, o sea, que para la tarjeta con “chip” pedían el original y copia de tal y cual papel del carro.

Con un señor que pasó cargando una canasta llena de dulces, cigarros sueltos y aguas, me gasté los 22 pesos con 50 centavos de monedas, que llevaba en el bolsillo, comprando lo siguiente: un tamarindo enchilado, dos chicles sin azúcar, una cocada amarilla y una botellita de agua de 600 ml, no sin temor de que me anduviera del baño y ni cómo abandonar mi lugar en la fila. Lo bueno fue que no pasó nada.

Dieron las 2 de la tarde.

De pronto, la fila dio un jalón importante, y me encontré a unos cuantos pasos de la puerta. Me acordé que la factura del carro no estaba endosada a mi nombre. Así que le pedí a una señora, chaparrita, morena, chimuela, que me prestara una pluma. Buscó en su bolsa de mandado, en una bolsa blanca donde llevaba enrollados sus papeles… nada. No traía lapicero. De hecho, no estaba segura de traer los papeles necesarios y le ayudé a revisar; lo bueno es que sí los traía. “Gracias”, me dijo. “De nada, señora”. Un gordito entusiasta, tipo boy scout, se dio cuenta de mi apuro con la pluma.

—¿Quieres lapicero o pluma?

Como le dije que me daba igual, me prestó su bic. Pensé que lo mejor sería que otra persona hiciera el falso endoso, para que, en caso dado, la empleada de la ventanilla no se diera cuenta que se trataba de mi letra. Entre la señora de la bolsa de mandado y el gordito entusiasta, preferí que éste inventara el supuesto endoso. En cuanto terminó de diseñar una firma del antiguo dueño, Joaquín Castorena Mayen, volvió a avanzar la fila. Y quedé a tres lugares de entrar en la ventana.

Un mozo de mediana edad salió de aquel edificio, inflando el pecho y arrugando el entrecejo. Llevaba un gafete colgándole del cuello. Como gallo orgulloso entre sus gallinas, nos dirigió unas instrucciones a sus mansos seguidores: mientras nos iba quitando nuestras identificaciones, explicó que había que caminar hasta el otro extremo de Álvaro Obregón, y que allí lo esperáramos. Y así lo hicimos.

Eran ya las 4 y media.

Pero la cosa estuvo fea porque, además del gordo y de la señora chimuela que se ponía nerviosa nada más con alzar la vista del suelo, venían atrás un par de viejecitas muy tiernas y una señora entrada en años y en carnes, que tuvo que hacer un esfuerzo enorme para poder seguir a paso regular la fila india. Y ni quién le ayudara. Ni siquiera yo. Y es que ¡no quería perder mi lugar, desde luego! Hasta ese punto me había deshumanizado aquella espera. Prefería no perder mi lugar en una infame “cola” que auxiliar a una señora que pudo haber ser mi tía, mi madre…

Llegamos a aquel edificio, donde nos abrieron las puertas y nos hicieron subir por las escaleras de servicio. Aunque un señor bien hombre les dijo a los policías que abrieran el elevador para las viejecitas, estos dijeron socarrones: “es solo para funcionarios”, y se dieron la vuelta.

Cuando, finalmente, estábamos todos en el piso indicado, nos formaron en un corredor, en cuyo fondo había un escritorio, detrás del cual había una puerta: allí te hacían entrar para tramitarte la tarjeta de circulación con “chip”. Nuevamente, reapareció el funcionario gallo y nos dijo:

“Por favor, pongan atención. No se los voy a repetir. Quien esté seguro de traer todos sus papeles con original y copia, puede quedarse. Quien no, yo le recomiendo que mejor regrese mañana, porque no les vamos a poder hacer el trámite”.

Eso nos lo hubiera dicho mucho antes, ¿no?

Precisamente la señora entrada en años y carnes fue la única valiente, que explotó y lo mandó a donde debía haberse quedado desde siempre: a chingar a su madre. Cosa que yo apoyé, rematando con un simple “pendejo”. Eso bastó para que nos pasaran a nosotros dos a la oficina del trámite, antes que a los demás —supongo que para que no siguiéramos haciendo alboroto. Pero nos resistimos. Ya éramos suficientemente héroes ante los ojos de los demás, como para “vendernos” por un simple lugarcito en la fila.

Al final, por unanimidad, todos estuvimos de acuerdo en que la señora, que estaba trágicamente sofocada, pasara la primera. Esa unanimidad, sin embargo, no apoyó mi candidatura. Así que tuve que esperar mi turno.

Pasé y el trámite fue sencillo. Una mujer me atendió amabilísimamente. Perrunamente. Yo creo que alguien le platicó de la escena que hice afuera. Así que me despacharon con eficiencia.

Cuando salí, me despedí de mis amigos de la fila. A mi amigo de Venustiano Carranza le deseé buena suerte. El gordito entusiasta me despidió, dándome un abrazo. Y el par de viejecitas me pusieron dos besos en cada mejilla. Casi me sonrojo. A medida que iba pasando por la fila humana, con mi tarjeta de circulación con “chip” entre las manos, sentía esa comunión que se había instalado entre todos. 
Decían: “¡Felicidades!, ¡presumido!” Me dio risa.

Valiéndome madre, me bajé por el elevador y caminé, acariciando mi tarjeta, hasta el estacionamiento. En la ventanilla de pago vi la hora.

Eran 6:25 de la tarde.  Habían pasado 6 horas, exactamente. Ni un minuto más ni uno menos. Fueron 52 pesos de estacionamiento. La mujer me dio 48 pesos de cambio.

Por fortuna, no había tanto tráfico.

diciembre 27, 2011

La verdadera Roberta

Había tomado una de las revistas que hay sobre la mesa de recepción. Faltaban unos minutos para que llegara su última paciente de la tarde: Roberta Escoto, hermosa en otro tiempo, que venía a una de sus últimas terapias. Así que tomó asiento en el diván de los pacientes y se puso a hojear el fascículo; llamó su atención un texto que tenía la ilustración de unos extraterrestres fornicando. Cuando por fin llegó, la mujer se deshizo en disculpas.

—Qué pena contigo, doctora. Pero es que…


Su jefe no la dejó salir antes de la oficina y una lluvia torrencial hizo que el taxi se quedara atrapado entre los autos. Era viernes.


—Toma asiento, no te preocupes —dijo, sin siquiera mirarla a los ojos, a la vez que depositaba la revista en una mesita. Al ver el ejemplar, la mujer preguntó:


—No sabía que leías “Generación X”. ¿Sí sabes que la dirige mi esposo, Guillermo?


—¡Claro! Y precisamente hoy vamos a hablar de él, ¿no?


Mientras Roberta se limpiaba los anteojos, la doctora se acomodó en la silla y tomó su libretita de anotar.


—Creo que sí —asintió con la cabeza varias veces y se ajustó los lentes—. Pero no sé cómo empezar, para explicarme.


—Vamos. Siempre hemos hablado de todo.


—Es diferente.


—Platícame —se apoltronó en el asiento, con una tranquilidad que cualquiera tomaría por desinterés.


—Pagué para que lo maten, a Guillermo —miró su reloj de pulso—. Creo que en estos momentos, ya debe estar muerto —agregó con la frialdad de quien platica una anécdota por enésima vez.


—¡Qué!


La sicóloga, que había estado casi indiferente, palideció. No lo creía. Roberta era una antigua maestra de español convertida en traductora de manuales japoneses; trabajaba en una importadora de electrodomésticos. Había conocido a su esposo cuando hacía su servicio universitario en un periódico. Él, un periodista contracultural, siempre la había engañado con otras mujeres. Desde la primera vez que la vio entrar a su consultorio, supo que le haría falta mucha ayuda, pero se atrevería a dejarlo. Sin embargo, jamás pensó que llegaría tan lejos.


—¿De qué hablas? —la doctora se puso de pie, como si quisiera hacer algo, pero no sabía qué.


—Tranquila. Por favor, escúchame.


Tamborileando con el lapicero en el cuadernillo, la doctora puso las nalgas en el filo de la silla. Quería salir corriendo. En ese instante, la solidez de carácter, que hasta entonces había sentido frente a Roberta, cambió de propietaria. Era como si la paciente fuera ella, y la nerviosa cuatrojos de Roberta condujera en este momento sus destinos.


—¡Roberta! ¡Qué pasó!


—Pensarás que estoy loca. Pero escúchame.


—¡Sí, estás loca!


—Escúchame.





Pasó un largo rato, había empezado a caer la noche. La doctora pensó en salir corriendo y dar aviso a la policía. Pero, ¿y si guardaba un arma en su bolso o algo así? Temió cualquier cosa. Lo mejor era escucharla. Después vería qué hacer. Y le prestó atención.


—¿Qué pasó?


—Hace varias semanas, Guillermo empezó con la cocaína —dijo Roberta—. Ya te había dicho antes que bebía mucho. Pero sólo eran borracheras, y no había problema.


—Sí, pero… ya lo sabías.


—¡Y me gustaba! —paró unos ojos de perro triste—. Me gustaba ir con él a las fiestas. Siempre había gente interesante: pintores, escritores, y sus pláticas siempre eran geniales. Nos emborrachábamos. Cogíamos riquísimo.


—¿Entonces?


—Fue la cocaína —recogió la mirada—. El alcohol no me importaba, ni la infidelidad. Todos son infieles, sólo que unos más hipócritas que otros. Él no me ocultaba nada. Al final, lo importante es la lealtad. Y él me era leal. Me decía que era su flor de cempasúchil. Es el mejor periodista que he conocido. ¡Ahí tienes su revista! Una vez, me dedicó un artículo sobre los cempasúchiles —sonrió—. Es uno de los mejores periodistas culturales del país. Es admirable Guillermo. ¿Tú dejarías a un hombre así, sólo porque es borracho?


—Roberta.


—En verdad, lo amé mucho, y me dolía verlo hundirse cada vez más. Con él, siempre ha habido alcohol. Pero con la cocaína, empezó a tomar más y a más cocaína. Era más alcohol y más cocaína y alcohol y cocaína y así.


Hizo una pausa.


—Y el dinero. Con la coca, ya no nos alcanzaba —con un gesto de mano, señaló la revista—. Cada que se imprimía un número, nos quedábamos sin nada, ni para comer. Dos o tres noches nos pasábamos editándola, y él se metía mucha coca para no dormir. Todos sus amigos iban a la casa, pero nadie ayudaba con nada. Sólo iban a emborracharse.


Después de tomar un poco de aire, continuó:


—Pero no importaba. Aunque al otro día no hubiera dinero ni para comer. Siempre ha sido su vida. El problema era la coca. Se hizo violento. Jamás me golpeó, pero gritaba como loco, como si quisiera matarme. Cuando se emborrachaba, se desaparecía varios días y regresaba sin calzones, sin dinero, totalmente perdido. No se acordaba ni de mi nombre. Me gritaba ¡puta!, ¡perra!, ¡largo! —luego de tragar saliva, sigue—. Tiene diabetes, varias veces tuve que llevarlo al hospital, casi muerto. Ya no podía.


—¿Pero matarlo?


—Es que lo peor fue hace unos días. En la mañana, cuando me desperté para ir a trabajar, salí a la sala. La mesa central estaba bañada en sangre, rota, hecha pedazos. ¿Qué había pasado? ¡A qué hora! Los sillones estaban todos manchados de rojo. Fui al baño. El lavabo, blanco, estaba todo rojo. Me vi al espejo, escurrido de sangre. Entré al cuarto de servicio. Ahí estaba Guillermo, tirado boca abajo, con la mano bañada en sangre, envuelta en papel de baño. Había una niña sentada en el piso, recargada contra la pared, temblando.


—¿Qué hiciste?


—Hubiera deseado que todo fuera un sueño, una mentira. Corrí fuera. Quería borrarme eso de la cabeza. Fue cuando decidí matarlo.

La terapeuta no sabía si llamar a la policía, salir corriendo o abrazar a esa pobre mujer.

—¿Ahora qué vas a hacer?


—Confío en ti —su voz se puso firme—. Quiero pedirte una cosa: cuando te pregunten por mí, di que no sabes nada.


—¿De qué hablas?


En lugar de responderle, Roberta se puso de pie, se acomodó las ropas y dijo:


—Gracias, de verdad. Eres una gran terapeuta.


No se despidió de ella, sólo metió entre el ejemplar de “Generación X” un par de billetes que sacó de su bolso. Y se fue, cerrando la puerta con inverosímil cuidado.




Es una mañana esplendorosa y brillante. La terapeuta va conduciendo su carro, por la avenida. La acera parece el espejo del sol: la noche anterior había llovido y aún había agua sobre el piso. Se abría paso a buena velocidad por en medio de los autos. Por fin, vería a su esposo, después de dos semanas. Él había salido de viaje; ella pasó esos días en casa de sus padres.


No bien llegó al apartamento, se dirigió a la sala de estar. El olor a humedad picaba la nariz. Se encontró con las cortinas cerradas, parecía de noche. La mesa central, de cristal, estaba hecha pedazos, bañada en sangre. Echó a correr pero tropezó con el sofá, y rodó por el suelo. Al fin, con el peinado revuelto, recordó a su paciente Roberta Escoto. Y quiso echar un ojo en el baño. Pero, después de pensarlo rápidamente, eligió salir a toda prisa.


Trepó al auto y, mientras ponía en marcha la máquina, levantó el celular. Inútilmente, buscó: Roberta. No tenía guardado a nadie con ese nombre. Sin éxito, trató de recordar el rostro de la Roberta que había ido a su consultorio hacía unos días. Llamó a su oficina; le respondió una voz de mujer:


—Hola, Roberta.


—¿Roberta?


—Quién, si no. ¿Cómo estás?


Colgó. A bordo del auto, regresó por el mismo camino. El auto se deslizaba por en medio de la avenida, dejando tras de sí dos estelas con las ruedas. Decidió llamar a la oficina de su esposo. Otra voz de mujer:


—Hola, Roberta.


—¡Qué!


—Qué bueno que llamas. ¿Sabes si vendrá Guillermo? No responde su celular.


La mujer lanzó el aparato. Pisó a fondo el acelerador y dio una vuelta tan aparatosa, que cayó del asiento el ejemplar de “Generación X”. Había dos billetes en medio de un artículo ilustrado con unos marcianos teniendo sexo.

octubre 18, 2011

Segunda semana. Cine. Pachuca. Nos vemos


Hablaré de la necesidad de hacer documentales en Hidalgo y del nuevo docu que preparamos Balam Herrera y yo.

2da semana de cine
Centro de las Artes (antes Escuela de Artes), Ex Convento de San Francisco, Pachuca
Jueves 27 de octubre, 2011. 17 horas

junio 10, 2010

website Ciudad Nostalgia


Ciudad Nostalgia
lo que ocurrió en esos llanos

presentación website


Fundación Arturo Herrera Cabañas
jueves 10 de junio, 7 pm
Allende 113, col. Centro. Pachuca


mayo 14, 2010

Segundón

Para un padre obrero de una empresa de fundición y para una madre secretaria, el mejor regalo que puede darles la vida es un hijo que triunfe en asuntos de altos vuelos. Era yo un mozalbete de mejillas sonrosadas cuando alguien llevó a casa la noticia de un concurso de oratoria dirigido a muchachos como yo. Nada más imaginar mi futuro en la oratoria, mi madre puso una cara sólo comparable con la de María Félix viendo con feliz tristeza cómo su hijo amado se aparta de su regazo para conquistar el futuro. Fueron días tan estúpidos como divertidos. De aquella época, atesoro los arduos ratos de preparación para el concurso. Tenía que caminar decenas de calles para llegar a la casa de un viejo lleno de arrugas cuyo bigote canoso y gruesos lentes lo hacían parecer un afectado mental. De inmediato, le apodé “Doctor Chunga”. Su colegio Oyuki Kani no era más que la salita-comedor de su diminuto apartamento, con unas banquitas y un pizarrón ridículos. El nombre de la escuela lo sacó de su esposa, una mujer que había llegado de Japón y se había casado con él. Sonreían como imbéciles y parecían ser felices. Pinches locos, me caían bien.

Como debe ser, al comienzo todo marchaba con militar disciplina. El Doctor Chunga se plantaba rígido en frente del pizarrón para que yo me grabara, desde la comodidad de mi banca, esa postura. Engolaba la voz e imitaba al presidente de la república, para que yo aprendiese del ejemplo. Todo indicaba que me convertiría en el orador que había estado esperando el mundo. Pero la cosa se complicó desde el día en que llegué demasiado temprano. El Doctor Chunga y su mujer estaban terminando los alimentos; no tuvieron más remedio que invitarme a la sobremesa. Sin que a él le pareciera correcto, la japonesita me hizo preguntas sobre mi familia, que yo respondí como el gran mentiroso hablador que siempre he sido, y a mi vez le interrogué sobre su pasado. Desde ese día sentamos una confianza que crecía sesión a sesión. Resultó que el Doctor Chunga era un amante de fenómenos inexplicables. Con excitación, cada clase llegaba corriendo a escuchar las aventuras nocturnas que él y su esposa hacían a los centros ceremoniales mayas, adonde entraban sigilosamente para tener mejores visiones de los ovnis. ¿Y la oratoria? Cada vez eran más historias de centros ceremoniales prehispánicos y viajes con peyote, y menos clases para engolar la voz y hablar como Cicerón.

Así, llegó la fecha del concurso.

En aquel auditorio sindical se celebraba una reunión de agremiados de la empresa donde trabajaba mi padre. Antes del concurso habían tomado acuerdos sindicales penosos que pusieron a los obreros de un humor agrio, de tal forma que en aquel enorme lugar el eco del silencio sólo se rompía de pronto con algún murmullo o una tos incontinente o el berrido de un niño de brazos. En el templete, nos habían formado a los concursantes falsamente metidos en trajes rentados. Aunque yo estaba seguro de mí mismo, cada vez que un competidor mío pasaba a decir su discurso, se me olvidaba una porción del memorizado discurso que preparé junto con el Doctor Chunga sobre los ovnis. Cuando me tocó pasar, mencioné sin pena ni gloria lo que me correspondía y recibí una tanda de aplausos tan igual como la de los otros. Pero respiré. La premiación fue de más a menos: pasó del tercer lugar que ganó un morenazo de pelos parados, al segundo que obtuve yo con el consiguiente arcón de dulces, y al primero, que ganó Jorge Orozco, un moreno de nariz afilada que se quedó con la bicicleta.

Aquella noche, el regreso a casa en el Renault 5 fue patético. El decepcionado silencio de mi padre sólo se rompía con los halagos de mi madre, que tachó de injusto al jurado calificador de los obreros. Yo, por mi parte, me sentía liberado de presiones con el segundo lugar de aquel Concurso Regional de Oratoria: Niños del SNTMMSSRM. Estaba convencido de que era más interesante mi discurso sobre los ovnis que aquella arenga sobre los derechos de la clase obrera. Por lo demás, para qué quería yo el primer lugar y el premio de una bicicleta, si he odiado siempre hacer ejercicio. Lo único que me dolió fue ver la cara de mi padre; sin embargo, un segundo lugar no es tan malo. Y no tienes que cargar con todo la ñoñería de ser un ganador. De ninguna manera cambiaría las pláticas de ovnis y peyote del Doctor Chunga y su japonesa esposa, por las clases para erguir la espalda y ladrar con firmeza idioteces ante un público. Mejor ser un segundón.

marzo 02, 2010

Pulques de Apan


Nací en la región de los llanos de Irolo, que son vecinos hermanos de otros llanos más famosos, los de Apan. Luego, años después, tuve que hacer trabajo periodístico en esta región. Por eso, un día las cosas me llevaron a una vieja hacienda pulquera. Entré, tomé mis placas, saqué mis datos y me largué. No sabía que entre la gente con la que había estado platicando, se encontraba un viejo llamado Ricardo del Razo, un hombre fundamental en la historia reciente del pulque. Desgraciadamente, informa mi amigo José Luis Pinedo, ese viejo cabrón, mujeriego y desde luego pulquero, dejó de existir.

El domingo murió Carlos Montemayor, un escritor al que personalmente no respetaba más que por sus serias defensas de la guerrilla; hoy, mutatis mutandis, ha muerto un apóstol del pulque de los llanos de Apan.

Para ellos, la paz.

enero 15, 2010

El que se mueve no sale en la foto

El siguiente artículo no me lo publicaron en una revista underground. No sé por qué. Se trata de una crónica sobre el décimo encuentro nacional de fototecas, realizado en Pachuca, el cual fue un espectáculo para el lucimiento político, y nada más.


1. El problema de los eventos culturales oficiales es precisamente que los organizan personas que se asumen adlátares del sistema gubernamental, de modo que se preocupan menos por su dizque materia trabajo, que por el buen sazón de los bocadillos y porque haya suficientes vasos de coca cola y copas de tinto en el lobby del auditorio. No es importante el debate de los participantes de las mesas; lo crucial es salir sonrientes en las fotografías de la prensa. Que las secciones de cultura digan “Cierra con éxito el Décimo Encuentro Nacional de Fototecas”, o cosas así. Justificar el gasto, quedar bien con los patrones del Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH), que todos aplaudan; de eso se trata.
Aunque en todos los lugares pasan estas cosas, hay sin embargo una diferencia entre los eventos culturales organizados por el oficialismo y los que se generan (no en todos los casos pero sí muchos) desde el underground y, aun, desde el seno de la Academia. ¿Que el arte y la cultura tienen cada vez menos público consumidor? La culpa es de la socialité que despacha desde las oficinas de cultura. Por cierto recelo, hacía tiempo que no me inscribía con formalidad a un foro, simposio o congreso académico-cultural; tuve que regresar a las andadas para confirmar que lo mejor es permanecer alejado de allí. El décimo Encuentro Nacional de Fototecas fue una cosa doble: por un lado, elogios mutuos entre los expertos participantes y, por otro, aplausos provenientes de neófitos. No hubo espacio para quien se interesara en sacar algún provecho intelectual. O recibir vítores, o prodigarlos. Punto. “Durante diez años, el evento se ha convertido en punto de referencia para el abordaje y discusión de temas de en la fotografía nacional y en la archivística internacional.” Dónde quedó esto que prometía el programita oficial.

2. Una combinación de buen gusto provinciano con genuina chabacanería. Todo ocurrió en un teatro viejo, con pésima ventilación y peores bancas; pero las lindas edecanes regalaban a cada persona una bolsita con un poster del evento, un bien impreso boletín de prensa, el número pasado de una revista y un cuaderno instructivo para conocer los mejores papeles para guardar las fotografías familiares. O sea, nada. Con las 400 personas que abarrotaron aquel pequeño teatro pachuqueño, no era posible estarse 10 minutos sin que escurriera el sudor. No iba a ser fácil aguantar las 4 horas seguidas. Pero después de todo, los que organizaron esto habrán pensado que esas minucias no importaban. Sí. Lo curioso es que tampoco les interesó el contenido de la discusiones, que fueron entre archivistas de fototecas, fotógrafos de revistas, investigadores de lentes gruesos y administradores de museos en torno, en esencia, a cómo le han hecho para guardar el material de sus fototecas y que no se les maltraten, sin pensar en que al público no le interesaba gran cosa aquello. En general, un soporífero intercambio de sus reportes anuales de actividades. No sé si a eso se refería el director del Sistema Nacional de Fototecas (SINAFO) y anfitrión del encuentro, Juan Carlos Valdés Marín, cuando me confió que el objetivo de éste era “dar voz a los diferentes actores de las fototecas del país”.
Antes de las horas de sopor, Juan Carlos Valdés le entregó las medallas al mérito fotográfico a Graciela Iturbide, Manuel Álvarez Bravo (in memoriam), Pedro Valtierra y al Fideicomiso Archivos Plutarco Elías Calles y Fernando Torreblanca. Abrazos entre ellos, aplausos del público. Buenos fotógrafos, sin duda. Valtierra, admirable, dedicó su medalla a los fotoperiodistas, a menudo ninguneados. Ahora bien, el criterio para otorgar las medallas fue, al final, “una decisión del Sistema Nacional de Fototecas” (Juan Carlos Valdés dixit).
Gulp.

3. Lo demás del encuentro fue inaugurar exposiciones. Un crítico de fotografía sería el indicado para hablar de eso. Pero por lo demás, las inauguraciones fueron la cereza oficialista del pastel. Lo de siempre: free jazz de fondo musical, sonrías amables y artísticas entre fotógrafos y autoridades, el corte del listón, un recorrido oficial con fotos y comentarios para la prensa; después, vino tinto, refresco, croissants. Un par de rubias buenísimas a las que todos acechaban, paseaban su espléndida humanidad por aquí y por allá. Las fotografías de la expo se quedaron allí dentro.
El primer día se inauguró la expo Homenaje a Graciela Iturbide, en la sala Nacho López. En cada encuentro, se monta algo nuevo en esa pequeña salita. Al otro día: la colectiva Migraciones, de Antonio Turok, Byron Baruchly, Eniac Martínez y Francisco Mata: una maravilla antropológica, diría yo, y finalmente, 100 fotógrafos contemporáneos en México II, que tenía cierto sabor a propaganda de la Secretaría de Turismo.
Al tercer día, una vez que el encuentro había terminado, en las salas de exposición no había nadie. Fue la oportunidad para poder observar. ¿Qué habrá sido de aquellas lindas rubias que fingían ver las fotos de Graciela Iturbide?

4. Es fácil imaginar que el Encuentro Nacional se convertirá en una ficha informativa que girará algún empleado del SINAFO a sus jefes en el INAH:
“Jueves 22 de octubre. Primer día de actividades. Fotógrafos recibieron ovación por medallas entregadas. En las dos mesas de discusión, participación con teatro lleno. La inauguración de la exposición, un éxito, mucha gente, mucha prensa. Entrevistaron a Graciela Iturbide y a Pedro Valtierra. Ella declaró: ‘Me encanta la labor que hace la Fototeca, sobre todo cómo almacena este edificio la memoria y la historia, y después sus revistas que han hecho, sus encuentros con los jóvenes es una labor que mil respetos y me encanta’.
”Viernes 23. Segundo día de actividades. Menos afluencia en la primera mesa que en el día anterior. En la tarde, muchos muchachos en la ponencia de la fotografía y las revistas. Las exposiciones tuvieron mucha gente también: eran casi los mismos que habían estado en todas las actividades. Juan Carlos Valdés declaró a la prensa: ‘Nos está yendo muy bien, lo digo sobre todo por los comentarios de los ponentes y de los visitantes. Siendo objetivos, hay ciertas fallas pero que tratamos de que la gente nos las note porque son fallas de logística, siempre buscamos que todos gocen de las mejores condiciones para que lo disfruten.’
”Tal vez haya que cambiar de lugar, porque se sentía mucho calor y la gente se retorcía. Todo lo demás, muy bien, muy bonito, comentaban.”

5. El problema no es sólo que las mesas de discusión, las inauguraciones y todas las actividades del décimo encuentro hayan sido puro show mediático sin discusiones de fondo, sino que cabe preguntarse: ¿hasta qué grado, las bases intelectivas en que se funda la organización de este evento son el reflejo de las políticas que mueven a las instituciones oficiales de cultura del país? Fotos en las páginas de la prensa, caras sonrientes, datos y datos sin reflexión de por medio, bluff. Qué pena que haya sido éste el objetivo del único encuentro de fototecas que se organiza en toda Iberoamérica. ¿Dónde quedó el debate sobre el uso del medio digital vs el análogo en la foto, sobre la degradación del uso de la foto tradicional, por ejemplo? Ojalá que el siguiente año cambien las cosas, si bien ha pasado una década así y todos parecen estar muy contentos.

enero 01, 2010

Pues nada

A ver qué pasa en este año que arranca. Espero colaborar más en éste y en demás espacios. Por lo menos comiencé sobrio y me desperté temprano a trabajar; creo que es de buen agüero empezar de este manera, ?no?

diciembre 05, 2009

Yépez about Fadanelli



Guillermo Fadanelli es un gurú urbano del llamado —románticamente— underground de la Ciudad de México.

Fundó la “literatura basura”, origen de ciertos buenos relatos y crónicas —su mejor libro es Regimiento Lolita—; arrumbó luego el término y quedó el de “realismo sucio”, salido de Carver, Bukowski y el nihilismo chilango.

Sirvió como contrapeso a la solemnidad soporífera del medio literario.

Fadanelli tiene más de una faceta: es un autor rudo de pornografía machista y un elegante prosista de veta filosófica.

Difamarlo “Enfadanelli” o “Farsanelli” corrobora que no es unidimensional. Es polémico.

Hace una década era odiado por la crítica canónica. Ya casi lo aman. Y quizá él ha aprendido a perder cierta vulgaridad literaria, que yo prefiero a su retórica.

Sus aforismos me parecen convencionales. Donde podría haber ideas a veces sólo hay sentencias. Sus libros ensayísticos tienen grietas diletantes. Pero sus piezas periodísticas satíricas resultan ya memorables.

Sus novelas aciertan. Las mejores: La otra cara de Rock Hudson, Lodo y Educar a los topos.

Pero Fadanelli es célebre, asimismo, por razones extraliterarias. Cada cierto tiempo dice alguna barbaridad que busca provocar. Por ejemplo, ha tenido el valor o descaro de defender la droga abiertamente. Su obra y personaje público están irremediablemente unidos a la cocaína.

Fadanelli es un místico sin saberlo.

Baudelaire decía que los vicios del hombre son la prueba de su avidez de infinito. Groff argumenta prácticamente lo mismo. Todos los que hemos tenido la droga como forma de vida es porque un tanto ciegamente buscamos lo que solía llamarse Dios, a modo de rapto profano con las fuerzas más intensas.

En las drogas se busca el cielo y como los santos, martirizar al cuerpo.

Fadanelli, como todo escritor auténtico, es contradictorio. Se identifica con la contracultura pero se le encuentra religiosamente rodeado de gruppies que le hacen a uno pensar que sería bueno legalizar ciertas variantes de feminicidio.

Es el único escritor de su generación que no sólo tiene una obra literaria —y lo digo porque muchos escritores de su generación no la tienen realmente, tienen libros, pero libros tienen incluso las bibliotecas públicas— sino una definición vital del escritor. La literatura como método de autodestrucción.

Fadanelli constantemente define a la escritura en nudo con el exceso, el cinismo y el auto-escarnio. Es un moralista que busca emanciparse de la porquería del mundo encarnándola con boxeo cínico y un performance de resistencia.

Atendiendo a su complejidad, sería igual de congruente que Fadanelli se suicidara o deviniera eremita. Vale la pena leerlo.

Ya se puede hablar de lo fadanillesco: escribir a la vez como un cretino y un caballero; un humanista y un misántropo; un estilista y un cerdo.

Por Heriberto Yépez, en el "Laberinto" de Milenio-Diario.

noviembre 19, 2009

Sobre la cuestión del SME...

Paco Ignacio Taibo II

... ha escrito un texto muy asequible y éticamente intachable el maestro Paco Ignacio Taibo II. Aunque está en La Jornada, vale la pena echar un vistazo a lo más lógico y ciudadano que he leído a propósito de este trampantojo que ha sido desaparición de la Compañía de Luz y Fuerza del Centro y, en consecuencia, del Sindicato Mexicano de Electricistas. El texto: aquí.

noviembre 08, 2009

Una lindeza más

Debido a mi trabajo como periodista, me toca ver de cerca los excesos de los poderosos. Blazers Hermenegildo Zegna de 30 mil pesos, cuentas en el putero de 20 mil pesos, platos de ensaladas de 4 mil pesos. Lo malo de la noticia que posteo no es que en un año de crisis económica se tomen medidas de austeridad en el sector cultural; lo peor son estas dos cosas: por un lado, que la reducción del presupuesto al rubro cultura-arte se trata de una política gubernamental no temporal sino sistemáticamente atroz , y por otro lado, que los propios funcionarios de la Cultura son los de los dispendiosos sacos Hermenegildo, las comidas y las putas. Así, la reducción del presupuesto no es a los lujos, sino al apoyo a la creación:

Conaculta, el más castigado en el presupuesto

El sector cultural sufrirá una reducción en el presupuesto para el ejercicio 2010 de tres mil 338.5 millones de pesos, lo que representa 25.2 por ciento de sus recursos, según el estudio “Gasto Programable de la Subfunción Cultura por Unidad Responsable, 2009A-2010P”, realizado por el Centro de Estudios de las Finanzas Públicas de la Cámara de Diputados.

Asimismo, especifica que el Consejo Nacional Para la Cultura y las Artes será el órgano cultural más afectado por el presupuesto planteado por el ejecutivo, ya que tendrá una disminución de 37.4 por ciento para el próximo año, lo cual representa una baja de mil 862.4 millones de pesos.

Ya el jueves pasado, durante una reunión con los medios de información, Consuelo Sáizar, presidenta del Conaculta, mencionaba que el gran reto en esta época de crisis “es no paralizar las actividades culturales y desarrollar el mismo número de propuestas artísticas que en 2009, aun con un presupuesto menor” (MILENIO 6/11/09).

Sáizar negó que debido a la crisis económica que se vive a nivel internacional, y que ha afectado a festivales y “quebrado” museos, en México se vayan a sacrificar los proyectos culturales o educativos.

Agregó que las actividades sustanciales seguirán intocables, por lo que se analiza en qué ámbitos se puede ahorrar.

Otros afectados

El estudio realizado por la Cámara de Diputados también menciona que otros institutos y universidades se verán afectados en su gasto cultural debido al recorte, entre ellos se encuentran la Universidad Autónoma Metropolitana con una disminución de 7.6 por ciento, es decir, 18.1 millones menos.

La Universidad Nacional Autónoma de México podría ser afectada con un recorte en este rubro de 117.8 millones de pesos, lo que representa 32.4 por ciento de su presupuesto en este ámbito; el Instituto Nacional de Antropología e Historia tendrá una disminución de 15.3 por ciento, lo cual se traduce en una baja de 465.6 millones de pesos.

De igual forma, el Instituto Nacional de Bellas Artes y Literatura tiene estimado un recorte de 509.1 millones; el Instituto Mexicano de Cinematografía de 164.6 millones, es decir, menos 46.5 por ciento. En tanto, el Instituto Mexicano de la Radio tendrá una disminución de 18.8 millones de pesos, lo que representa 12.9 por ciento de sus recursos.

En este sentido, el diputado priista Armando Jesús Báez Pinal, secretario de la Comisión de Cultura, mencionó en entrevista que dicho órgano legislativo buscará evitar un recorte en materia cultural para el siguiente año.

El diputado dijo que con el recorte estimado en el presupuesto no se tendría un margen para poder etiquetar recurso alguno a este sector, “entonces va a depender de la reunión con el diputado Videgaray y ahí es donde vamos a pedir que, mínimo, se respete el presupuesto de 2009 más 4.5, que fue el porcentaje de inflación, lo que representa alrededor de 600 millones de pesos”.

“Esto nos ayudaría a poder regresarle al INBA, al INAH y a Conaculta una tercera parte, otra tercera parte a los estados y municipios y otra a las asociaciones civiles”, subrayó.

Báez Pinal informó que la Comisión se ha reunido con diversas organizaciones culturales y que espera hacerlo con cerca doscientas organizaciones civiles, de municipios y representantes de gobiernos estatales a fin de conocer los recursos que necesitan para realizar diversos proyectos en diferentes entidades del país.

Milenio-Diario.

octubre 18, 2009

Pinche Bicentenario, por H. de Mauleón.


Conviene aclarar que el sentido que le atribuyo a "pinche", aquí, no es sino el de "pobrecito". Con tristeza y carcajada, leo la revisión que hace Héctor de Mauleón de las actividades que se planean para celebrar el Centenario y Bicentenario en mi país. Podría poner nada más el link; si me permito transcribirlo es porque no tiene ni un gramo de desperdicio. Una vez más: triste pero divertido. Helo aquí:

Dentro un siglo, la comisión que organice los festejos del Tricentenario de la Independencia mirará con extrañeza el Catálogo Nacional de Proyectos que registra las mil 700 actividades con que la generación a la que pertenecemos se dispone a celebrar el Bicentenario de la Independencia y el Centenario de la Revolución. “¿Qué les pasaba a estos estúpidos?”, se preguntará, muy seriamente, algún historiador del futuro. Según dicho catálogo, el gobierno de Enrique Peña Nieto celebrará el Bicentenario de la Independencia lanzando al mercado una variedad de papa que se llamará “papa Corregidora”. Lo celebrará, también, abriendo una planta de quesos y poniendo en marcha un centro para producir “cinco millones de huevos de trucha de calidad certificada”. Peña Nieto incluirá el logo del Bicentenario en las licencias de manejar y hará montar arcos triunfales al principio y al fin de las carreteras. Con 199 actividades programadas es, sin duda, el gobernador más interesado en celebrar —aunque él no sepa muy bien qué.

Otro que tiene muchas ganas de participar en los festejos es el gobernador de Quintana Roo, Félix González Canto. A él se le ocurrió que sería buenísimo organizar en su estado un concurso de esculturas de arena.

Para no quedarse atrás, el gobernador de Chihuahua, José Reyes Baeza, ordenó que se escenificara en el suyo el fusilamiento del cura Hidalgo (la Secretaría de la Defensa Nacional anunció, por su parte, que pondrá a un grupo de soldados a escenificar batallas históricas en Celaya y la Alhóndiga de Granaditas). Reyes Baeza también hará que dos equipos de la NBA vengan a jugar a su estado y organizará un concurso de belleza que estará encaminado a elegir a la reina de los “Tres siglos, tres fiestas”.

El proyecto del gobernador de Durango, Ismael Hernández Deras, está padrísimo: se propone inaugurar el museo de sitio “Calabozo de Hidalgo”. Mientras tanto, al sur del país, el gobierno de Ulises Ruiz colaborará en las fiestas presentando una iniciativa “para la preservación del árbol que sembró Morelos”.

El gobernador de Veracruz, Fidel Herrera, muy consciente de la responsabilidad histórica que esta fecha emblemática le ha echado en las espaldas, tiene casi lista una telenovela que, según nota de Thelma Gómez y Liliana Alcántara (El Universal, 6 de octubre), narrará “los momentos más importantes de la participación del estado en la Independencia”.

Mención especial: el encuentro de “Países que en sus banderas están representando recursos naturales”, y que según el coordinador de la Comisión Organizadora de los Festejos, José Manuel Villalpando, resulta “muy importante” porque va a “crear conciencia entre los países que tenemos una vinculación con la naturaleza en las banderas, para generar conciencia sobre la urgencia de atender con acciones específicas el cambio climático”. Ni más, ni menos.

El costo de las celebraciones, según la nota de Gómez y Alcántara, será de mil 576 millones de pesos.

La generación que en 1910 celebró el Centenario de la Independencia inició sus trabajos con siete años de antelación y centró sus esfuerzos en la elaboración de un guión, en el mensaje que deseaba enviar. ¿Cuál será el mensaje de la generación del Bicentenario? Me temo que habrá que buscarlo en la planta de quesos, o en el centro para producir huevos de trucha, o en el lanzamiento al mercado de la “papa Corregidora”. Habrá que buscarlo en la telenovela de Herrera, y en el concurso de esculturas de arena de González Canto. Seguro ahí lo vamos a encontrar —mientras en Chihuahua se escenifica el fusilamiento de Hidalgo.

octubre 12, 2009

Yuri Herrera

Además de ser el director de la revista literaria El perro, es autor de la transparente -por honesta y felizmente lograda- novela Los trabajos del reino, y ahora, de Señales que precederán al fin del mundo, que aún no he leído. Hace unos días escribía en este espacio que en el periódico El País sólo son monedas corrientes los hidalguenses Yuri y su hermano Rafael Herrera. La siguiente crítica de la nueva novela de Yuri Herrera es la confirmación:

La fábula y su belleza,
por María José Obiol.

Mictlán está en el nivel inferior del espacio humano. Es el inframundo y en él habitan los señores de la muerte. La mitología precolombina lo sitúa hacia el norte y para llegar hasta allí hay que recorrer un camino muy difícil que debe hacerse en nueve etapas. Son los nueve pasos de los mitos. El primero es la Tierra, y el último, Mictlán o el sitio sin orificio para el humo, y ése es el recorrido que deberá hacer Makina, la protagonista de Señales que precederán al fin del mundo, la segunda novela de Yuri Herrera (Actopan, México, 1970). Cuando este autor publicó Trabajos del reino, sorprendió por la fuerza que emanaba del texto. En sus páginas se narraba una historia de narcotráfico y convertía al protagonista en un cantante de corridos. Esta vez, en Señales que precederán al fin del mundo, un texto especialmente hermoso, la protagonista es una muchacha que deberá ir hacia el norte en busca de su hermano y sortear, como en la mitología, nueve etapas. Nueve capítulos en la novela que tomarán el nombre de cada uno de los pasos de la leyenda precolombina. Y todo para que lo ancestral enlace con la irreductible realidad. Comenzará el camino y estarán lugares y ciudades que no se nombran, una frontera que no se señala y un río que se cruza del que no sabemos dónde nace. Un río. En los mitos, el pasadero del agua se ha de atravesar acompañado de un perro. En la novela es Chucho el nombre del hombre que se encargará de ayudarla a cruzar a la otra orilla. Y están los duros del camino, los jefes de clanes y los paquetes que se entregan para que se lleven hacia el norte y cuyo contenido no se pregunta, porque "una no hurga en las enaguas de las demás". Tráfico de personas y sustancias y esa textura de lenguaje fronterizo que asombra a esta lectora por la precisa y persuasiva belleza de las palabras, de las nuevas palabras que se crean o se transforman para contar sobre lo inexorable. El texto es una línea recta cosida a dentelladas por voces, encontronazos y algún que otro balazo. Un registro lingüístico especial que te agarra de manera mágica y del que deseas aprender. Soberana facilidad para decir dónde vas sin nombrar nombre. Ese ¿vas a cruzar? y ser más tarde camisa mojada. Estar en una tierra entre tierras donde los habitantes son al mismo tiempo paisanos y gabachos "con gestos y gustos que revelan una memoria antiquísima y asombros de gente nueva", con ese idioma que nace sumando atributos de uno y otro lado. "Si uno dice 'Dame fuego' cuando ellos dicen 'Dame una luz' ¿qué no se aprende sobre el fuego, la luz y sobre el acto de dar?". Registro lingüístico que barrunta sones ásperos y líricos y con el que Makina enamora a quien se acerca a Señales que precederán al fin del mundo. Ella es heroína de leyenda al atravesar etapas, al batallar con las sombras espectrales del presente con esa ansia de llegar hasta su hermano que tal vez se encuentre en ese lugar donde no hay ventanas ni orificios para el humo. El inframundo de la fábula. Otro acierto de Yuri Herrera.-

octubre 03, 2009

Selección sabatina

Una mañana de sábado productiva. He leído lo que comparto enseguida:

En el "Babelia", de El País, se hallan los siguientes textos, ampliamente recomendables, a saber:

1. Una entrevista con la franco-canadiense y esposa de Tzvetan Todorov: Nancy Huston, cuya novela Marcas de nacimiento es una rara avis dentro de la tradición y corriente literaria que se me diga. Me encanta cuando dice -parafraseándola- que los escritores hoy son demasiado, aburridamente inteligentes, y que hace falta ser algo tonto para hacer buena literatura. Por algún motivo, pensé de inmadiato en Pedro Juan Gutiérrez, el cubano cuya literatura, estúpida, sin sentido, asquerosa, etcétera, resulta apasionante.

2. Una ciertamene extensa entrevista narrada con Ismaíl Kadaré, premio Príncipe de Asturias 2009. Definitivamente, vale la pena la media hora que hay que invertir para leerla.

Ahora bien, en "Laberinto", de
Milenio, encontré una reivindicación de Federico Gamboa hecha por Héctor de Mauleón.

Ojalá que guste mi selección sabatina.

Qué le vamos a hacer

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Desde chico tenía ganas de escribir un diario, o algo así. Pero era cosa de niñas. Este blog es lo menos afeminado que encontré.

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