El blog de Luis Frías

marzo 08, 2007

La encuesta invisible


¿Qué pensar sobre nuestro querido Peje, cuando las pruebas de una cierta doble moral en su actuar saltan a la vista? ¿Dónde quedó el espíritu bondadoso del que tanto cacaraqueó? Pero, lo más grave, ¿no que todos los intelectuales estaban de su lado? Ya ven que no. Bastó con que el maestro Carlos Tello Díaz publicara su dizque revelador reporaje Dos de julio, para que los archipejistas pegaran el grito en el cielo. En su presentación no lo dejaron hablar, interumpiéndolo con "mueras" e imprecaciones como los famosos chingatumadre. ¿De qué lado estaba la intolerancia, Kimosabi? He aquí un texto de Ricardo Calluela Gally a propósito de esta porquería:

Un falso debate se ha apoderado de la opinión pública mexicana desde que hace una semana Carmen Aristegui convocara en su programa de radio por televisión, valga la inconsistencia, a Carlos Tello Díaz y Federico Arreola para debatir sobre el libro del primero, titulado 2 de julio. Tres cosas destaco, a ritmo de blog:

Primera. El libro de Tello Díaz es una meritoria reconstrucción periodística de cómo vivieron esa jornada sus principales protagonistas (Calderón, López Obrador, Madrazo, Ugalde, Televisa…), la cual permite tener una visión de conjunto de esos hechos cruciales y ofrece una sistematización de toda la información relevante que ha circulado desde ese día hasta hoy. La tensión narrativa del libro está obviamente basada en la forma en que cada actor político se informó de los resultados de la elección y en cuáles fueron sus reacciones.

Segunda. El asunto por discutir era si efectivamente López Obrador, como afirma Tello Díaz, había reconocido, ante su círculo rojo, que había perdido la elección. Arreola, con sus conocidos modales esperpénticos, nunca reconducidos por Aristegui, y con un énfasis sospechoso, negaba el aserto. Y Tello Díaz, crecientemente incómodo ante los embates de búfalo herido de Arreola —que por primera vez en su trayectoria de “periodista independiente” se equivocó de ganador—, se mantenía en su verdad, reservándose simplemente el nombre de su “garganta profunda”, praxis normal en el periodismo y una de las claves de muchas revelaciones. Sin embargo, ante el manoteo de Arreola, y su incontinencia verbal y gestual, Tello Díaz perdió los nervios y reveló que su fuente era el propio Arreola, para, luego de una pausa publicitaria, desmentirlo de inmediato. Vaya momento. ¿Pudo efectivamente Federico Arreola ser el que contara la infidencia, pero bajo amenaza de demanda si se publicaba o se daba su nombre? Los arcanos de una mente como la suya son inescrutables.

Tercera. El falso debate. A los pocos días, José María Pérez Gay, valioso novelista, certero crítico de los Khmer Rojos y agudo lector de la literatura en alemán de Centroeuropa, amén de consejero internacional de López Obrador y testigo de esa jornada, negaba en la prensa las afirmaciones de Tello Díaz y a partir de ahí, la polémica. El problema es que la afirmación de López Obrador es, a estas alturas, indemostrable, ya que se trata de la palabra de uno contra la del otro. Lo significativo, por el contrario, es que 2 de julio demuestra de manera inobjetable que López Obrador tuvo acceso a no menos de diez encuestas, de distintas casas, que le daban empate o derrota desde la tarde misma de la elección (datos después confirmados por el PREP, la encuesta de resultados rápidos del IFE y por el conteo distrital), y que pese a ello, prefirió creer sólo a la única que lo ponía por delante, la que él mismo financiaba, y que incluso ésa, contra lo que afirmó a la mañana siguiente en la televisión, también lo ponía en desventaja en el corte de la una y treinta de la mañana. La clave es que un candidato llevó al país al borde del estallido social, deslegitimó nuestras costosas instituciones electorales –y su legislación, que costó sangre, sudor y lágrimas– y cometió el fraude del fraude, sin más argumentos que la fuerza de su voluntad y la certeza moral de su victoria, nunca confirmada por la dura, triste, reaccionaria e insolente realidad.

Coda
Mark Twain decía que cuando la mentira ya lleva una vuelta al mundo, la verdad aún se está calzando las botas. Cuando la denuncia de la liebre López Obrador sobre la pérdida de tres millones de votos del PREP (pese a estar en un archivo de inconsistencias acordado por todos y visitado asiduamente por el PRD) era ya portada de la prensa nacional e internacional, y dañaba de manera irreversible la credibilidad de la elección, la tortuga Ugalde aún discutía la forma más adecuada de contestarle. Y así nos fue.

- Ricardo Cayuela Gally

marzo 06, 2007

Serie Fray Tormenta, un luchador persinado

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febrero 27, 2007

La Guerra Fría, según yo


Aquí vamos a definir rasgos salientes de lo que experimentaron unos Estados Unidos de después de la segunda guerra mundial y de plena Guerra Fría librada contra la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS). Pero antes delineemos el marco de la propia URSS contra quien ocurrieron las hostilidades, si bien no armadas:
Con la debilitación de las fuerzas liberales en Europa Occidental, inició la búsqueda por un sistema ideológico y de acción que satisficiera las necesidades entre la sociedad de un continente cuyo espíritu se encuentra en lucha interior. En Francia el liberalismo sucumbió al triunfar. Los motivos defensivos sustituyeron a las razones ofensivas en la lucha política cotidiana; sólo en la relación Iglesia-Estado se mantuvo cierta unidad de las fuerzas liberales. En Italia se reflejan con mayor claridad las sombras del declive liberal; después de una victoria absoluta del constitucionalismo liberal, surge un sistema parlamentario de marcado carácter oligárquico, proceso que fue fomentado por la no-intervención de los católicos en la vida política de la joven nación italiana, impuesta por el Papa. En Alemania ocurre un proceso distinto, pero su culmen se asemeja al de las mencionadas naciones.
En el país germano la sustitución del liberalismo en los últimos decenios del siglo 19 adquirió un carácter más complejo, tanto por sus causas, que dable es pensarlas desde la política sembrada por Bismarck, como por sus consecuencias, entre las que destaca el establecimiento de un gobierno nacional-socialista apoyado en las teorías matizadas por interesarse en la ideología alrededor de un estado-nación. En el ámbito político, el movimiento liberal se escindió en dos grupos: los nacional-liberales, que aceptan en principio la constitución bismarckiana, y por el otro lado los progresistas, que se consumían en su oposición intransigente, cayendo en un doctrinarismo de principios.
En Rusia el desarrollo del liberalismo fue todavía más accidentado y desfavorable. El liberalismo ruso, con encontrarse en franca minoría frente a las masas populares, pudo apuntarse en la revolución de 1905 una victoria de prestigio frente al régimen autoritario zarista, pero no lo suficientemente sólida como para influir en el curso de los acontecimientos. Pero no fue lo suficientemente sólido como para influir en el curso de los acontecimientos. Desde 1907 su actividad política se limitó a protestas impotentes en los zemstvos y en la Duma. Estancados los hechos, el clima de desigualdad social, sin embargo, era propicio para el florecimiento de las ideologías más extremas.
Un Lenin o una Rosa Luxemburgo opinaban que un día la constante expansión de las fuerzas productivas y la demanda de productos industriales llegaría a un punto muerto. Era opinión muy extendida ésta: que había que prepararse para alguna eventualidad. Y el gobierno, antes que nadie, debía tomar un papel decisivo en el curso de los acontecimientos que estaban por venir.
Pero fueron motivos económicos los que contribuyeron a la exacerbación de las pasiones imperialistas de la época, en la medida en que iban unidas a expectativas y ambiciones políticas de matiz nacionalista. Sólo en la encrucijada de las rivalidades nacionalistas, el capitalismo moderno empezó a desarrollar rasgos imperialistas. Siguiendo las huellas del social-darwinismo pronto surgen las teorías racistas acerca de la superioridad de los “pueblos nórdicos”, y que reavivaba viejos odios a los pueblos esclavos, esgrimiendo razones de naturaleza racial.
A esto se vino a unir el advenimiento de la idea imperialista según la cual el Estado debe guardarse de intervenir en asuntos de economía, pues ésta debe seguir un desarrollo de acuerdo a su propia naturaleza, sin intervenciones del exterior que pueden perturbar su feliz desarrollo. La bandera liberal en la economía, claro, pronto fue rechazada con enérgicas muestras de molestia, por los grupos que, con base en las teorías marxistas, engelsianas, leninistas y aun bakuninistas, querían un desarrollo a favor de los amplios sectores sociales, en desprecio de las élites. Incluso, fuera del terreno de lo político, la tendencia a modos de pensar irracionales se mostró aún más aguda. La cáustica crítica que formuló Goerge Sörel contra el racionalismo y el intelectualismo “abstracto” de la cultura burguesa de su tiempo, es un síntoma muy significativo de los cambios que se operaban en la conciencia intelectual y política de Europa a fines del siglo 19. Aquí es donde debemos hacer un alto para decir lo siguiente.
Basado en el reprochable reporte de ganancias económicas repartidas entre los sectores sociales más desprotegidos, así como en la fuerza que tomaban las teorías políticas encaminadas a la movilización social, el zarismo ruso sentó las bases para un gobierno aparentemente en línea con los principales anhelos del pueblo. Pero, esto lo digo con Alain BesanÇon , el régimen soviético escapa a las definiciones y clasificaciones de corto alcance, puesto que, con todo y su evidente apego a los métodos de lucha marxistas más reaccionaros a despecho de todo método socialdemócrata, se constituyó, sin embargo, en un complejo armado estructural que dio pie a que ocurriera lo que conocemos como el régimen soviético. Citado por BesanÇon, Raymond Aron propone cinco puntos que definen al fenómeno totalitario soviético:
1. La devolución de la actividad política a un partido de monopolio.
2. La presencia deuna ideología que articula al partido y a la que éste confiere una autoridad absoluta, de manera que se convierte en la verdad oficial del Estado.
3. Para difundir esta verdad, el Estado se reserva el monopolio de los medios de acción y de los medios de persuasión.
4. La mayor parte de las actividades económicas y profesionales están supeditadas al Estado y se convierten, en cierto modo, en parte del propio Estado.
5. Desde el momento en que todo es actividad de Estado y en que toda actividad se pliega a la ideología existente, un error cometido en una actividad económica o profesional es, automáticamente, un error ideológico

Vistos bien, los puntos nos obligan a repensar el método de trabajo del régimen soviético. ¿Es definible con la palabra totalitarismo? ¿O hay más cosas dignas de notar en su envés? Las definiciones parten de totalitarismo, pero pasan por oligarquía y monarquía, hasta llegar a un término más acabado, ideocracia (también mencionado por Aron) o logocracia, o simplemente régimen ideológico. Para no seguir más en esto, concluiremos que desde la dificultad para definir al régimen ruso se revela la complejidad que entraña inmediatamente su estructura de funcionamiento.
Hacia 1895 parecía inminente la victoria del socialismo marxista sobre sus rivales ideológicos en Europa. En todos los países -por ejemplo, Italia, Suiza, Hungría, Polonia y Suecia- surgieron durante los años 90 partidos socialistas, mientras que la influencia de los grupos anarquistas disminuía con premura.
En la Segunda Internacional, celebrada en Francia, se impuso avasalladoramente la primacía de la ideología marxista-socialista por encima de toda corriente de pensamiento que corría a la sazón. Sin embargo, la socialdemocracia alemana se impuso a los partidos más tarde, una vez llevada a cabo la Segunda Internacional. Esta iniciativa alemana abrigaba un programa ideológico que rechazaba cualquier compromiso con los partidos burgueses, aunque en realidad ni ella misma se atuviese a él.
La combinación de entusiasmo revolucionario teórico y conservadurismo ideológico, unido al inmovilismo en el terreno de la política práctica, que sobre todo caracterizaba a la social democracia alemana, también aparecía en la otra cuestión que en los años anteriores a 1914 preocupaba apasionadamente al movimiento obrero: el problema de la huelga política. Por ejemplo, la huelga política de Italia en 1904. Ésa mantuvo en vilo a todo el país durante catorce días y cambió radicalmente el ambiente político, aunque sus resultados fueran de momento bastante desfavorables para el movimiento obrero.
La doctrina sindicalista era en esencia de lucha nacida directamente de la profundidad de la oposición de clases, y no como el socialismo de tendencia marxista en un sistema político elaborado previamente. Por esta razón el sindicalismo ejercía una fuerte atracción sobre los trabajadores franceses. Se puede afirmar que la doctrina sindicalista se mantuvo únicamente en los países ibéricos, relativamente poco desarrollados.
Rosa Luxemburgo y Lenin son los gestores del movimiento ruso. En la Europa de 1905, ambos dirigían su movimiento en la absoluta clandestinidad. De ahí que Lenin comprendió la urgencia de que se transformaran los desarrollos de su movimiento, se transformaría en una “organización de revolucionarios profesionales” dirigida autoritariamente (por personas como él, digamos). Y en el momento en que todas las luchas estuviesen dirigidas por manos más o menos rígidas, como la suya, entonces se estaría en condiciones de combatir al zarismo.
En el congreso del partido socialdemócrata ruso de 1903, Lenin impuso grosso modo su estrategia revolucionaria. Sus oponentes en parte hubieron de resignarse; fueron vencidos en las votaciones. Este “memorable cisma dentro del movimiento socialista ruso” dio pie a la denominación de los frentes bolcheviques (mayoritarios) por contraste con los mencheviques (minoritarios). En el mismo congreso, Lenin promovió una resolución oficial que proclamaba la instauración de una “dictadura del proletariado” como la meta fundamental de toda lucha socialista, aunque de momento había que enfocar como objetivo perentorio la realización de la revolución burguesa.

Ésta era la URSS contra la cual unos Estados Unidos aupados económicamente debieron hacer frente en la segunda guerra mundial de 1939-45, y después, durante el largo y tirante periodo conocido famosamente por su nombre de Guerra Fría.

Una vez terminada la Segunda Guerra Mundial, todos los órdenes de la vida moderna se alteraron. Desde las relaciones de política internacional hasta el modo de vida de los habitantes de los suburbios. Destaca la cuestión femenina: como unos 14 millones de estadounidenses sirvieron durante las asonadas bélicas, terminadas las cuales unos 10 millones pasaron a integrarse a la masa laboral del trabajo civil. También científicamente, la guerra trajo consigo consecuencias. Nació la Office of Scienntific Research and Development, cuya función era coordinar los proyectos de investigación del material de guerra, mediante el establecimiento de acuerdos con universidades y demás áreas del saber cuya labor podría aprovechar a la carrera armamentística del gobierno.
Y al revés de lo que un juicio sano nos haría pensar. Digamos que la guerra demostró la vigencia de los principios ideados por Keynes durante la depresión de 1929, y según los cuales el gobierno debía regular en ciertos aspectos al mercado. Pero esto se hallaba en contradicción con la política de libre mercado tan publicitada por los EE UU. Pero las lecciones de guerra no podían hacerse a un lado, y forzaron a muchos de los antiguos oponentes al keynesianismo a adoptar la diea del gasto deficitario; si el gobierno podría gastar un total de 320 mil millones de dólares en tiempo de guerra parecía razonable que pudiera invertir una fracción de ese gastazo en tiempo de paz a fin de garantizar el pleno empleo y la prosperidad permanente (Paul Adams: Los Estados Unidos de América). El Congreso aprobó la ley sobre la regulación de empleos que sancionaba el gasto deficitario y reconocía la responsabilidad del gobierno para prevenir el paro masivo.
Las cifras demuestran que los resultados de esta medida se pudieron comprobar pocos años adelante. En 1950 un tercio de la población total se había beneficiado de uno u otro modo, por ejemplo del programa de asistencia para veteranos. Para el obrero industrial el logro inmediato fue la creación de puestos laborales. La cifra de asalariados en 1940 era de 54 millones; en 1945, de 64 millones (Adams: op. cit.). ¿Por qué? El periodo de posguerra reclamaba una gran masa de trabajadores para la gran obra de reconstruir un país que había invertido muchos esfuerzos en la guerra. Así que el excedente de plazas laborales y la insuficiencia de trabajadores para llenarlas, hizo que en este periodo crecieran los salarios y, en seguida, el nivel de vida de las masas.
Hubo igualmente una modificación en el patrón de vida en las ciudades y en el medio rural. Cambiaron ambos porque sus pobladores se mudaron de uno al otro medio. Las ciudades vieron cómo crecían de forma considerable: a lo largo de la guerra unos 5 y medio millones de personas pasaron del campo a la urbe; y una de cada 10 personas se mudó de vivienda de un estado a otro de la Unión Americana. También la vida de las familias se modificó: si el padre tenía que irse a trabajar lejos, las familias se desintegraban. En seguida, la niña que daba embarazada del hijo del vecino. Y por inmaduros, renunciaban al matrimonio, y terminaban divorciándose. Por supuesto que los niños salieron mal parados de la guerra. También la escalada en la prostitución fue tema de primeras planas en los diarios. Muchas mujeres pasaron a ser meretrices. Pero muchas otras hallaron mejores oportunidades.
Tres millones de mujeres, que en circunstancias normales habrían permanecido en sus hogares, loa abandonaron para ir a trabajar; el número de mujeres empleadas pasó de 12 a 16 millones, que paulatinamente fueron desempeñando tareas tradicionalmente reservadas a los hombres: laboraban en talleres, siderúrgicas, fábricas de aviones y astilleros, y varios millones se alistaron en los cuerpos femeninos de las fuerzas armadas donde prestaron servicios auxiliares, pero no por ello menos esenciales. También persistió la discriminación, que lentamente (acaso demasiado) fue diluida sólo mediante la salida a escena de personalidades como Martin Luther King, estadounidense de origen africano que encabezó manifestaciones públicas en rechazo de la discriminación que sufrían personas de su misma condición racial. Al Congreso y a los industriales discriminadores no les quedó menos que reconocer algunos derechos de los conciudadanos de ascendencia negra. Pero tampoco podemos sostener que las cosas variaron mucho ni ejemplarmente. Prueba reciente de ello es el racismo de George Bush Jr. cuando el huracán Katrina. El gobierno se mantuvo agazapado, sin intervenir. Después se supo que Baby Bush no quiso actuar oportunamente. El huracán había azotado a los estados sureños, cuya población es primordialmente negra… Pero para efectos de este ensayo, nos interesa más de momento la cuestión económica en EE UU, que se teñía de rarezas.
En los Estados Unidos aparentemente se pasó de la guerra a la paz mediante un proceso indoloro. Y es que hubo una veloz conversión de la producción de material de guerra a la de material de consumo. Mayor importancia reviste el alto índice de consumo registrado en estos años. El número de automóviles vendidos no tiene precedentes en la historia de ningún país. El gasto del Estado y el consumo de la población crecieron escandalosamente: esa fue la causa de los siguientes problemas, entre los cuales el máximo fue la inflación. El Estado tomó medidas estrictas. El Congreso había previsto lo peor y desoyó al presidente Truman y sus propuestas, y aprobó la ley Taft-Hartley, inspirada en gran medida en la legislación vigente durante la guerra, en virtud de la cual se declaraban ilegales los closed shops, es decir la obligación de que todos los trabajadores de una fábrica se afiliaran a un sindicato; se obligaba a los sindicatos a respetar un plazo de sesenta días de enfriamiento antes de ir a huelga, se exigía la publicidad de la contabilidad de los sindicatos y se les declaraba personas jurídicas, responsables ante los tribunales (Adams: op.cit.)
Estados Unidos pasó de ser una potencia en crecimiento, a la principalísima potencia. Esa fue la principal consecuencia mundial de la guerra, porque dejó a Europa (¡un continente entero!) el poco honroso segundo lugar. Los Estados Unidos concentraban en 1945 tres cuartos del capital invertido en todo el mundo y de la capacidad industrial. Así que sólo EE UU podía llenar el vacío político que dejó a su paso la guerra en Europa y en el mundo enterito. “Pero los americanos carecían de una visión clara de lo que significaba su nuevo papel, por lo que transformaron el anticomunismo dentro y fuera de fronteras en una ideología, surgiendo así la Guerra Fría”.
Para la versión ortodoxa de este acontecimiento, la actitud americana fue la respuesta del hombre libre a la expresión y agresión comunistas. A su vez, la tesis “revisionista” sostenía que el gobierno americano abandonó deliberadamente la política de colaboración con URSS, rechazó la noción de esferas de influencia en Europa Oriental y trató de imponer el estilo de democracia americano con el fin de aumentar su propio poder político. En fin, ambas partes desconfiaban de su contrario. En medio de su relación había un gran recelo mutuo.
Rusia, debilitada por la devastación de la guerra y más preocupada por su seguridad que por la expansión, temía que América se empeñara en una política de dominación ideológica y militar; los americanos, y la mayoría de sus aliados europeos, pensaban que URSS pretendía la ruina del capitalismo y la imposición del comunismo en todo el continente. Este temor sirvió de base para el enfriamiento de los lazos binacionales URSS-EUA. Para colmo, Truman declaró que los Estados Unidos debían apoyar a todo país amenazado por las presiones comunistas. La URSS era comunista; y también ofreció apoyo pero a todos los que quisieran rebelarse contra el yugo de cualquier nación. El encontronazo de discursos, sin embargo, no pasó de eso, de ardorosos discursos en un principio. Pero enseguida pasó lo contrario. No cabe duda que estas diferencias ideológicas aparentemente menores, cobran relevancia cuando las vemos a distancia. Los Estados Unidos eran la nación del consumismo, del güero panzón paseando por las calles, a despecho de toda ideología social; mientras que la Unión Soviética se había arrogado de motu propio el papel de defensor de las naciones oprimidas; y esto de oprimidas era achacable casi siempre a los panzones Estados Unidos. Diferencias de aspecto menor eran el eje de la más ardiente rivalidad.
Con Eisenhower, conservador, el rumbo futuro se antojaba distinto, ya porque suavizaría las de por sí duras relaciones con la Unión Soviética, ya para tomar la decisión que cambiara el rumbo de las cosas de una vez por todas. Quienes así pensaban, estaban equivocados.
Nada más llegar a la Casa Blanca, Eisenhower prometió un gobierno democrático, o conservador moderno. ¿Era entonces conservador o liberal? A lo que su Congreso se opuso enérgicamente. El presidente no capituló a sus promesas, no completamente. Trabó una inusitada relación de estrechez entre gobierno y empresarios; esto no era nuevo, mas sí la cantidad y calidad de las relaciones que Eisenhower puso a despecho de otras. Aquí la relación Congreso-Presidente se hallaba nivelada.
No así cuando su segundo mandato. Iniciado éste, el presidente sometió al Congreso un programa que incluía subvenciones a los agricultores, más carreteras construidas con ayuda federal, fondos federales para educación y vivienda, ampliación de la legislación sobre seguridad social y el perfeccionamiento de la legislación laboral. También apoyó las medidas a favor del depauperado campesinado estadounidense. Eisenhower comulgaba con la idea de no luchar con el régimen soviético; esto entre los ortodoxos de su país era visto con ojos de lobo enfurecido.
En 1953, una vez finalizados los problemas bélicos en Corea e indochina y la muerte de Stalin, con esto último el nombramiento de un nuevo dirigente soviético, Niñita Kurchev, el mundo empieza una época de deshielo, para decirlo con Roger Stourzh Gerakd en La Guerra Fría. Emergen iniciativas para una convivencia pacífica pro parte de los dos bloques, la tensión se reduce y las relaciones entre estados de diferentes bloques se suavizan.
La guerra fría, podremos concluir rápidamente, fue un periodo significativo para la humanidad. Hubo unas relaciones tremendamente tirantes, las dos superpotencias querían controlar ellas solas el mundo y había el peligro de una tercera guerra mundial. Ahora el mundo entraba a una etapa de “coexistencia pacífica” como eufemísticamente se le conoce, que de pacífica no tuvo nada. En esta etapa de paz sucedieron conflictos como el de Vietnam.
Pero los Estados Unidos pasaban por un proceso interno, más acá de sus líos internacionales. El país se transformaba en algo desconocido por sus propios habitantes. No así por sus gobernantes. A esto nuevo se le llamó pentagonismo. ¿Relacionado con el pentágono, la casa blanca y los hombres de traje, cuyo aspecto inspira las peores de las desconfianzas?
Más o menos. En todo caso, se trata de una situación relacionada con cómo producir mucho dinero por medio de nuevos procedimientos financieros, militares, económicos globales… Es un sistema tan nuevo que hasta el imperialismo es un concepto que se queda corto. No es difícil de explicar.
El capitalismo ultramoderno ha encontrado en sí mismo la capacidad necesaria para elevar al máximo los dos términos del capitalismo que se ponían en juego en la etapa imperialista. Sus formidables instalaciones industriales, operando bajo condiciones creadas por la acumulación científica, pueden producir materias primas antes insospechadas a partir de materias primas básicas y a costos bajísimos; estas nuevas materias primas han permitido ampliar a cifras fabulosas las líneas de producción y con ello han hecho del subproducto la clave del beneficio mínimo indispensable para mantener una industria funcionando, de manera que los beneficios obtenidos con los productos principales se acumulan para ampliar las instalaciones o establecer otras nuevas, y el resultado final de ese proceso interminable es una productividad altísima, nuca antes vista en la historia del capitalismo (Juan Bosch: El pentagonismo sustituto del imperialismo).
El pentagonismo guarda parentesco con el imperialismo. Pero no explota a colonias conquistadas, explota a su propio pueblo. ¿Cómo es esto? El pentagonismo realiza la colonización de la metrópoli pero como para colonizar a la metrópoli hay que hacerlo con el mismo procedimiento militar que se emplea para conquistar una colonia, los ejércitos metropolitanos son lanzados a hacer la guerra contra otros países. Pero aquí no para la cosa. Las hordas de soldados son lanzadas no para conquistar territorios, sino posiciones de poder. Lo que se busca no es establecerse en tierras cuya materia prima vale menos que un cacahuate, sino tener acceso a cuantiosos recursos económicos que se movilizan para la producción industrial de guerra. De aquí se sigue que la metrópoli pentagonista convierte a su propio pueblo en su mejor colonia; es a la vez metrópoli y colonia, en una simbiosis imprevista.

febrero 23, 2007

Nueva York celebra a Andy Warhol

Nota de Milenio.
Exposiciones, un documental sobre su vida, una feria del libro y un desfile de modas conmemoran por estos días el legado del enigmático artista de la peluca plateada y apariencia tímida, quien cambió el curso del arte a mitad del siglo XX.

No fue sólo su obra o el haber asumido el arte como práctica indistinguible de su vida lo que dio a Warhol notoriedad hasta el día de su muerte, el 22 de febrero de 1987, sino la creación de un personaje excéntrico que ensalzó la cultura popular estadunidense.

“Una compañía estaba interesada en comprar mi aura”, dice Warhol en su libro La filosofía de Andy Warhol (1975), donde agrega: “no quería mis productos. Sólo decía insistentemente que quería mi aura. Nunca entendí a qué se refería”.

Pero quienes hoy lo recuerdan saben perfectamente a qué se refería esa compañía interesada en el aura del pintor, cineasta de vanguardia, ilustrador, escritor y celebridad nacido en Pittsburgh, Pensilvania (EU), el 6 de agosto de 1928.

El cineasta Ric Burns lo plasma en su recién estrenado filme Andy Warhol: Un documental, una rica semblanza del influyente y controvertido artista, conocido por sus pinturas de billetes de dólar, botellas de Coca Cola, sopas Campbell y estrellas de cine.

El filme, de cuatro horas de duración, incluye además los polémicos minifilmes (screen tests) de celebridades como Bob Dylan, Dennis Hopper, Susan Sontag y Salvador Dalí, quienes se daban cita en la legendaria “Factoría”, su taller y centro de reunión social.

Pero los actos conmemorativos oficiales llegarán a finales de año, organizados por el Museo y la Fundación Andy Warhol, e incluirán una lectura de poesía y la exhibición fotográfica de Lou Reed y un simposio de tres días sobre la obra de Warhol. En el otoño de 2007 el museo inaugurará una de las mayores retrospectivas de su obra y presentará el estreno mundial de su poco visto filme San Diego Surf (1968), en colaboración con el MoMA de Nueva York.

febrero 22, 2007

Thriller de Sergio González

Nota de Milenio.

Desde su ubicación de escritor polivalente, lo mismo camina en el ensayo que en la ficción, Sergio González Rodríguez (Ciudad de México, 1950) examina en su nuevo libro el papel que el territorio mexicano ha tenido como fuente de imaginación en diversos pensadores. De sangre y de sol es, a decir de su propio autor, una “suerte de thriller teórico” que indaga sobre algunos que podrían llamarse “extranjeros” en el país de los símbolos.

México, fiel reproductor de símbolos originarios universales (sangre, sol, cruz, círculo, estrella, oro, pentagrama corazón, pirámide, serpiente, puerta, infinito, et. al.) fue visitado durante el siglo XX por un gran número de artistas, escritores e intelectuales, de los cuales González Rodríguez identifica para “ensayar” a Lawrence, Jünger, Gurdjieff, Ewart, Krumm Heller, Crowley. Lista a la que anexó a los mexicanos Gerardo Murillo Dr. Atl y Octavio Paz.

Viajeros, aunque a algunos el referente “México” se haya mantenido a la distancia, que “han incurrido aquí como al país imaginario que les permitió acentuar sus fantasías y niveles de reflexión simbólica. Son sin duda escritores, salvo Paz, en realidad excéntricos”, dice González Rodríguez.

Un México, añade el autor de El Centauro en el paisaje, que más que visto como región tropical, a la manera de “otros viajeros”, es el sitio del “vínculo solar, las culturas de la violencia, especialmente las asentadas en el valle del Anáhuac, y que dependían del aspecto militar y de una creencia cosmogónica de la sangre y de los sacrificios. Un punto atractivo, no tanto a partir del sustrato de la vegetación sino del cultural”.

De sangre y de sol (Ed. Sexto Piso, 2006) se vincula a un “entendimiento de lo simbólico y lo espiritual”. Y los personajes analizados, no sólo a partir de sus obras sino incluso de su paso trágico por el país, como el caso de Wilfrid Ewart, “traslucen a personalidades que veían lo esencial en la inmediatez telúrica y que pudieron en algún momento tener episodios en el país o imaginarlos. Aunque siempre una vinculación espiritual”.

Libro que no distingue en sus 16 apartados algún género específico, ya que se lee como una crónica, una reconstrucción literaria, proviene de una práctica añeja en González Rodríguez. Ya que en él “ensayo y narrativa son el derecho y el revés de un mismo trabajo. Este nuevo thriller tiene que ver con el tratamiento narrativo del ensayo, algo que ya había realizado en El centauro…, donde a partir de un hilo conductor voy narrando y ensayando una serie de temas sobre la técnica y la violencia”.

En tal modalidad “he encontrado el punto que puede parecer más atractivo a los lectores. Donde los temas teóricos aparecen a través de una narrativa, lo que puede contribuir a la divulgación de aspectos que han quedado en la charlatanería, el esoterismo o el misterio.”

Autor de una de las más importantes investigaciones acerca de los asesinatos de mujeres en la frontera norte de México, Huesos en el desierto, González Rodríguez rescata en De sangre y de sol episodios en torno al hecho cultural antes olvidados. Entre otros, las diversas consideraciones de Jünger sobre México, la muerte de Wilfrid Ewart en pleno centro capitalino al arrancar el año 1923, las recurrencias personales y creativas de Lawrence, diversas conexiones entre el ideario esotérico de Krumm Heller y la cultura nacional; aparte de roles como el representado por la risa en las culturas prehispánicas, estudiado por Octavio Paz.

De sangre y de sol será comentado hoy a las 19:30 horas, en la librería Rosario Castellanos del FCE, por Lucía Melgar, Christopher Domínguez Michael y Luis Alberto Ayala Blanco.

México • Mauricio Flores

febrero 19, 2007

Ciudad Nostalgia

Cuatrocientos años después, un sol implacable quema despaciosamente la piel del llano. Es medio día y el sol, ojo atroz, se abate despiadado sobre caserío de adobe. En medio del mar no se ve sino agua y más agua; en medio del llano no se ve sino tierra en grado superlativo, hasta parecer desolación. Hay un cerro aquí y otro allá pero detrás nuevamente el llano. Evidente amansamiento de la tierra ante el poderío del quemante rayo. La batalla de los elementos la ganó él. Sólo a veces hace su aparición el viento.
Una ráfaga corre enloquecida de aquí allá hacia ningún lugar. Al grupo de niños que tiran de un burro muerto los persigue el remolino que arrastra polvo y hojas secas. Cierran los ojos y se hacen chiquitos. Cuando se hubo alejado un poco, regresan al burro. Como si nada, el cabello tieso, la piel seca, huesudos, los niños son ya viejos. Viejos desde que nacen.
Cuenta Ricardo Garibay que eran casi niñas las que tenían al bebé en brazos. Víctimas del padre o del hermano. No pasan de los 20, 30 años cuando han muerto a patadas por el furor de un esposo borracho.
Llega el anhelado viernes y ocurre de nuevo. No hay raya en el tinacal. De consolación, se hacen llenar las botellas como siempre. Huecas desde hace días, las tripas arden al contacto con el líquido. Los ánimos se caldean. Basta un chisme en voz baja difundido de boca en boca, entre risillas tímidas, para que el indio Simón azote a su hermano contra una piedra. Muerto éste, aquél se echa a llorar.
Aquí los días buenos son malos, y los malos peores. La más bonita es elegida reina. Para almibararla con flores y coloridos trapos, el patrón descuenta un mes de salario a la comunidad. Se aplica el descuento, pero nunca llegó el regalo.
Empujados a culatazos contra la pared, los rotísimos sombreros de palma en las manos y la mirada al piso, la fila de cinco entra al puesto de policía. Afuera las familias hechas un llanto oyen la descarga seca. ¿La acusación? Tentativa de subversión. ¡Subvertidos! ¿Indios que entran de rodillas a la iglesia con la frente embarrada al piso?
De injusticias sobran ejemplos. Doloroso es éste: en medio de los dos hay un morral de jerga. No importa a cuál le pertenece. Se traban en pelea uno con un machete y el otro con un pequeño trozo de metal afilado. ¡Por supuesto, no perdió la vida el del machete! El morral traía unos pedazos de tortilla, un rosario y un poco de sal.
O éste: un niño se retuerce de hambre en la tierra, mientras el grupito de enfrente no le convida de las tortillas enlamadas que mastican con una sonrisa sin expresión.
Agazapados tras los magueyes y los mezquites, esperan a que termine de comer el equipo de una filmación para lanzarse sobre los restos de pollo rostizado y latas de atún.
Fue un largo día de 400 años, entre la Conquista y la súper modernidad que les esperaba.
De aquellos indios jactanciosos por no haber sucumbido antes de 1521 a manos de los conquistadores, hacia entrado el siglo XX no quedaba ni un asomo de altivez, ¡ni de dignidad! Eran el rostro de la decrepitud.
Por eso la historia de aquí es reciente; o ¿interesa mencionar un pasado mísero, que insulta al entender humano? ¿Quién solapó a los dueños de las haciendas pulqueras de Irolo y Ápam para que extirparan la razón de los indios a punta de palos, aguardiente y pulque? Cero justicia. A nadie le interesó ponerla a funcionar.

*

En medio de estas soledades se construyó un pequeño pero moderno centro industrial, símbolo de los adelantos que iba a experimentar el país. La edificación de un centro empresarial en esta zona se hizo, según la historia oficial, precisamente con el propósito de disminuir esos vergonzosos índices de pobreza y marginación en la zona. Diarios de la época y libros ulteriores ilustran con cifras, noticias, fotos, crónicas, apologías, cómo Quintín Rueda Villagrán, a la sazón gobernador de Hidalgo, y el Presidente de México, Miguel Alemán, firman unos papeles para que se asiente aquí una empresa paraestatal que fulminaría el atraso.
Y en efecto, el finalmente llamado Combinado Industrial Sahagún no era cualquier cosa. Se trataba de un ultramoderno y fantástico cuento de hadas cuyos personajes, enormes, eran tres industrias de envergadura. Diesel Nacional (DINA) de la mano con FIAT era la más grande, seguida por Constructora Nacional de Carros del Ferrocarril (CNCF), y Toyoda, que iba a fundir hierro y acero. Para pagar todo esto, el gobierno federal puso muchos billetes.
Del capital inicial de DINA, sólo 8 por ciento correspondía a la italiana FIAT y el 14 a privados mexicanos, mientras que el 78 restante era del gobierno federal. En CNCF ocurrió casi igual: 87.5 por ciento de su capital era de Nacional Financiera y del Banco de México, mientras que el 12.5 era de instituciones privadas del país. Con Toyoda no: el gobierno sólo colaboró con 0.6 por ciento y lo demás era de unos orientales. En los tres casos, las industrias entraron en funciones allá al inicio de la década del 50.
A través de ellas se quería implementar la llamada “sustitución de importaciones”, política para dejar de comprar al extranjero y, mejor, gastarse el dinero dentro de nuestras fronteras. A este propósito estaban destinados los camiones y autobuses DINA, cuya producción, comprada casi toda en México y Latinoamérica, apenas si llegaba a Europa y Estados Unidos. También las comunicaciones ferroviarias del país rentaban vagones carísimos de Estados EE UU, por lo que los carros tolva, los carros caja y los carros góndola de CNCF vinieron a remediar aquel gastazo. Por su parte, Toyoda hacía piezas que las otras dos ocupaban en sus líneas de armado. Fríamente calculado, ¿no?
Todo en un pequeñito espacio de tierra que queda a escasos 60 minutos de la capital del país. ¡Magnífica ubicación, perfectas condiciones! ¡Oh, pero qué tontos habíamos sido! ¡Cómo pudimos inadvertir por siglos este paraíso de tepetate, polvo, sol y olvido! Víctor Manuel Villaseñor, director de Constructora Nacional desde iniciada hasta 1970, cuando renunció en repudio por el estado reinante de la administración en Sahagún, dijo que la planificación del Combinado Industrial fue casi nula y estaba destinada al fracaso, como en efecto sucedió.
El Combinado daría trabajo a miles de obreros, los sacaría de la miseria y les haría la justicia que se les adeudaba. Pero ¿es que acaso eran obreros? Más bien tlachiqueros, y muchos más, indios de por el rumbo que se presentaban a pedir empleo ataviados con jirones una manta gastada. ¿De qué otra forma? Los tres dientes que les quedaban, podridos. ¡Una empresa ultramoderna en manos de indios que en muchos casos, masticaban mal el español! También llegaron gentes de Tulancingo, Pachuca, Otumba, Calpulalpan, Teotihuacan y de todos los pueblos a la redonda. A propósito de esta movilización humana, Ricardo Garibay describe exultante una tarde gloriosa de Sahagún: “Atardece. Anaranjado sol del desierto. Es septiembre y comienza el frío. Vientos casi helados soplan de todas partes hacia todas partes. Silbatos. Sirenas. Millares y millares de trabajadores salen de las fábricas. Calzadas y carreteras se llenan de coches y autobuses […] Nos alejamos y al contrario de lo que dijera el Dr. Atl cuando regresó la primera vez del roquerío de Tepoztlán: ‘vengo de un viaje de tres mil años’, yo diré llegando a México, dentro de una hora: vengo del Futuro, del futuro de mi patria, sí pues, de nuestra redención debida a nuestro propio esfuerzo y sin aspavientos ni demagogias. Vengo de ver cómo sí somos capaces de igualar al pensamiento, nuestra vida diaria”.
Garibay murió en 1999. Para esas fechas ya todo había cambiado por aquí. Tuvo noticia del error de sus palabras. Error parcial o mejor dicho: verdad temporal. Veamos.

*

Estamos en los 70. Hace años que el Combinado es un referente mundial de la industria mexicana. Ya se construyó una ciudad, Ciudad Sahagún, en los alrededores del Combinado. Da alojamiento a directivos, ingenieros, obreros. Todos trabajan en las fábricas. Hay escuelas, calles nuevas, iluminación, conciertos gratis de Óscar Chávez en el cine auditorio local. Autos baratos. Vacaciones pagadas. ¿Qué fue de aquellas polvorientas soledades abrasadas por los rayos del sol? ¡Incluso existen sindicatos para proteger al obrero!
Hace años que el sindicalismo echó raíces. Está fuertemente afianzado y si alguien maltrata al obrero, detienen la industria. Sólo el sindicato puede maltratar a sus afiliados. Para entrar al trabajar a la fábrica es ineludible la aquiescencia del líder sindical —charro, las más de las veces.
El Sindicato Minero sección 200 le turna mano de obra a Carros de Ferrocarril, donde la cosa tira bien. Está liderado nacionalmente por Napoleón Gómez Sada, padre de Napoleón Gómez Urrutia, el famoso Napito. La sección 200 compró con las cuotas obreras una hacienda, en Xala, Edomex, próxima a Sahagún. Ahí se hacen fiestas para cuando viene el Viejo Napoleón, así le dicen. Hace no mucho me tocó en (mala) suerte ir a una comida para el Nuevo Napoleón. Es como en ese entonces, pero ahora. Hay huelga por casi todo. Victoria Novelo y Augusto Arteaga documentaron en un buen libro -
La Industria en los magueyales. Trabajo y sindicatos en Ciudad Sahagún- que cierta ocasión los obreros pretendían hacer paro porque en diciembre no les dieron los juguetes suficientes para sus hijos. Juguetes…, sí.
Porque, ¡ah!, las empresas obsequian juguetes, alimentos a precio de risa, pagan horas extras a obreros que duermen la siesta, y un largo etcétera. Pero cuidado con el sindicato. ¿Un obrero quiere producir más de la cuenta, dice en voz alta que le cae mal el jefe? Los estatutos son claros. Se va. El sindicato, en protesta contra CNCF, se encargaba de que la producción no pasara de cierto tope. Sólo cuando andaban bien las ligas obrero-patronales, aumentaba el número de carros diarios. Tampoco Dina y Toyoda escapan al lindo charrismo. Sólo que ahí había algo llamado sindicatos “independientes”, de tamaño local.
Las empresas trabajaron con números rojos esa década. Novelo y Arteaga entrevistaron a un obrero que, sin dar crédito, se pregunta por qué recibe utilidades si su empresa está trabajando con pérdidas día a día… Pero es entonces cuando Toyoda deja de ser Toyoda y se convierte en Sidena, con inversión coreana y buenas expectativas. Y Carros de Ferrocarril inicia la construcción de esos anaranjados vagones hermosos, casi calcas del Metro de París. O sea, la producción va bien; sólo las finanzas no. Los obreros cobraban salarios inmejorables en todo el país. Y los políticos de la Ciudad de México se dsputaban por dirigir las empresas, plataformas políticas y económicas (aquí trabajaron Villaseñor, Reyes Heroles, Krieger, Olivier…). Como botón de muestra, un directivo del combinado de apellido Zorrilla, que luego se hizo diputado, hoy está en pero por desfalco. Por fuera todo bien, por dentro una olla de presión.
Ya desde 1970, Villaseñor en sus Memorias de un hombre de izquierda barrunta la caída de Sahagún. Nos advirtió que de continuar las cosas como hasta ese año, el Combinado se irá a la coladera. El correr de la década parecía negarle la razón. No tanto. Nos han dicho que el derrumbe de Sahagún iniciado en los 80 fue por causas externas. ¿Y las internas?

*

La cosa no iba tirando bien en las empresas. Los saqueos a manos de directivos y obreros, documentados mucho después, estaban a la orden del día. Las huelgas también tenían lugar a cada rato. Y sin embargo, la marcha no era pésima del todo. Vino, empero, la devaluación de 1982. Los números rojos del Combinado eran insostenibles para el gobierno.
Un día, los ejecutivos de Renault Mexicana recibieron una orden. Miles de obreros andaban ya tentados por la desconfianza. El desinterés por el trabajo había volcádose en una sensación rara dentro de las naves. “Dame ése destornillador”. “Toma”. Algo como una tristura generalizada.
Entonces les llaman de la gerencia. Sin apagar las máquinas, dejan vacía la nave. Llegando a la sala de juntas, en actitud solemne, el hombre de traje se desmonta los lentes y los recibe. “Primero que nada, sepan que apreciamos mucho sus esfuerzos. Es difícil decir esto…”
La suerte estaba echada.
Una década más tarde, en 1992, Carros de Ferrocarril da la noticia. Muchos la conocimos de cerca. Mi padre era obrero. Yo era entonces un pequeño. A mí me tocó una pipa de plástico, azul con gris, en un diciembre. Era grande, como carro de montar. Y llena de agua, me trepaba en ella y le daba calle abajo. No comprendía porqué papá se ponía a verme jugar, arrasado por una felicidad inenarrable. Lo entendí cuando no pudo regalarme más juguetes en navidad. Empezó a llegar más borracho cada vez, con alcohol que le fiaba un amigo suyo, también despedido de la empresa que había puesto una tienda en la entrada de su casa. Constructora Nacional se había convertido en Bombardier.
La canadiense continuó con el armado de vagones para el tren y el Metro. Abrió plazas laborales pero no tantas, ni para obreros mayores. En síntesis, dejó de pertenecer al Estado y pasó a un régimen de particulares. Sólo jóvenes encontraron acomodo ahí, como en las demás fábricas.
DINA daba empleo a muchísimos más obreros en los años 90. Y los mejor pagados. Tantos eran porque había dos DINAS, una que hacía autobuses y otra camiones. Ambas cerraron. Miles y miles de obreros despedidos. Entonces, la gente conoció la nostalgia por los viejos tiempos de gloria económica.
Y Si la cosa ha dado para que el lugar siga en pie es por unas cuantas empresas:
Como Dikona, que al sucumbir la adquirió el grupo San Lázaro, tras cuya caía nuevamente cambia de propietario, el estadounidense National Castints. O DINA, que pasó a manos del Consorcio G, de los tapatíos Gómez Flores. La compraron a precio de risa y la convirtieron en 1992 en American Coach Industries, la líder en producir urbanos en Norteamérica. Sí: polvos de aquellos lodos nada más; pero pudo haber funcionado de no presentarse la otra devaluación. La terrible de 1994.
Con todo, las cosas no iban tan mal.
A fin de no perder tanto, los Gómez Flores tuvieron que ser creativos hasta el exceso y adquirieron deudas a fin de sobrellevar la carga. En un intento por salir a flote, diseñaron una nueva línea de autobuses, los Marcopolos, reestructuraron su deuda, inventaron lo imposible… Pero el 10 de septiembre de 2001 pasó. Se dio por terminada la relación entre empresa y obreros, dejando en la calle a unos mil 500 trabajadores. La flama de National Castings también se apaga.
Más de 2 mil 500 obreros se quedaron sin un peso, porque los empresarios huyeron sin pagar liquidaciones. “Repártanse las máquinas, traguen fierros”, decía su actitud. Al arranque de los noventa fueron obreros añejos a quienes les dieron las gracias; al final del siglo se apagaron las fuentes laborales de los nuevos obreros, éstos acaso la tercera generación de aquellos tlachiqueros. ¿Condenados a la misma suerte sin empleo? Parece. En enero 30 de 2001 tuvo lugar el ruin episodio que cerró al Consorcio G; desesperados, con megáfonos enloquecidos, los directivos advirtieron sobre una amenaza de bomba. Huyen despavoridos los obreros, dando ocasión para que, acto seguido, apareciera, montada sobre el alto portón, una manta que notificaba del despido total, definitivo. No hubo oportunidades de reclamar. Cerrado. Punto.

*

Ciudad Nostalgia
Con flojera y tarde amanecen los días entre semana. Las calles están vacías. Una señora vende productos lácteos en un carrito. Un anciano acude a su encuentro y le compra. Allá va un gran danés pinto; corre a ladrarles a los niños con uniforme y mochilas. Hago un recorrido a pie por los jardines y me encuentro casi solo, salvo por los viejitos que salen a platicar. Me dicen buenos días joven. Soy el único que anda por las calles queriendo buscar algo que nunca encontrará. Estoy en un panteón, buscando vida entre los muertos. La ciudad está muerta en vida. Ciudad Nostalgia. Calles con bordos y tumores. Asfalto viejo, nada que ver con el que yo caminaba. Ánimo vencido de una ciudad hecha por espíritus de fierro. No hay vida en las calles de las colonias DINA, Carros, Sidena, IMSS. Ordenadas y bonitas en otro tiempo, hoy están desérticas. La mañana concluye. Me lo dice el sol, que cambió de posición. Es sólo la hora de comer. Sólo entonces la calle cobra un poco de vida. Las amas de casa descansan de la rutina y van, con todo y mandil, por su hijo a la primaria. O a la secundaria, que queda muy cerca. A veces, recorren las calles algunos carros viejos, todos Renault 5, Renault 12, Renault 8, y también Renault camionetas. Chistosas peseras de hace siglos. Hacen un run run muy fino, en sordina. Trepo al auto y me voy por las avenidas largas, que parecen de terracería. No, la terracería es más suave que estos hoyos infames. Pasa una camioneta ford de los ochoentas. Al viejo de sombrero que va al volante lo acompaña su mujer en mandil a cuadros y una muchacha casadera. Rancheros. Llevo la ventanilla abierta. Hasta acá advierto la música de un Pepe Aguilar que quiere escapar del encierro de la ford. ¡Ah, qué ganas de treparme con ellos y sentir compañía!… Es claro que vienen de Tepeapulco. Tepeapulco está a 5 minutos de Ciudad Sahagún. ¡Pero Tepeapulco es Tepeapulco y Sahagún es Sahagún! ¡Ellos tienen 400 año de vida y siguen; Ciudad Sahagún ni siquiera 60 y no la ve! Se trata de no prestarle atención a ellos y de regresar a estas soledad ansiosa. ¿Se trata de eso? ¿Dime Ciudad Nostalgia, se trata de eso? ¡Dime algo! Un bachazo me hace brincar, y se me revuelven los pensamientos. ¡Pero si esto puede seguir siendo! Mira, sólo hay que buscar la mejor salida. ¡Siempre hay opciones! Con que cada quien haga lo que le toca… Por ejemplo, el gobierno está invirtiendo para que esto salga del hoyo. Hay una empresa nueva, la ASF Keystone, donde trabajan poco más o menos 500 obreros. Hay otras más. El año anterior se invirtieron millones. No mamadas, ¡millones! Creéme, mira Martha, mi Ciudad te va encantar, cielo. Pues sí, no hay casi nada ya, ¡pero cuánto hubo! ¿Que vivo del recuerdo, dices? Si respondo que sí, te miento; si te digo que no, también. Aquí se vive de otra cosa, Martha, de esperanzas. Infundadas pero esperanzas al fin y al cabo. Y es lo último que muere.
¡Ay, Ciudad Nostalgia! Me haces pensar entelequias imposibles. Pues sí, imposibles. ¿Posibles? No, dije imposibles. ¡Por favor! ¡Pero si ya no hay dinero para echarlo a perder como ocurrió el siglo pasado! Y las empresas de ahora son otra cosa. No se dejan ningunear por un sindicato caciquil como el de Napito. No podemos regresar a lo que fue antes. O… ¿tal vez sí? ¡No! Sí sí sí. ¿Por qué no? Aquí hay mucha mano de obra calificada. ¿Cómo que no? Bueno, ya se han ido muchos, sí, pero la hay. ¿Tú que sabes? Carajo, ventanilla, súbete más aprisa; esa muchacha piensa que estoy loco por hablar solo… Bueno, total. Haz lo que quieras; ya estoy entrando a las sección sur, donde están las fábricas. Es un desierto con piso de cemento. Ah, la hermosa arquitectura sesentera… Nomás cuadros y círculos, ángulos rectos en las puertas y ventanas. Música a go-go y mis papás bailando. Si no fuera porque el adoquinado está peor que nunca. ¡Ciudad Nostalgia! Ring, ring, riiiiing. Recado telefónico de Martha, mi novia. Debo partir. No tardo, cielo.
Antes, freno el auto a la orilla de la carretera y desciendo. Apunto con mi teléfono a la puerta de Bombardier. Sin embargo, no quiero un policía en mi foto de recuerdo. Déjame sacar una foto, gordito. ¡Yo tuve una pipa de plástico, de veras; no te miento, a mi papá lo despidieron de aquí! ¿Que no te importa? ¡Mira! No… no me enojo. Sólo apártate. ¿Tengo cara de terrorista o qué? Riiiiing. “¿Te espero entonces, baby?”. Sí sí, Martha. Ya voy.
Me debo marchar. De todos modos, el sol me daba de frente y la cámara del Nokia se resiste a capturar nada respetable. Pongo en marcha el motor y emprendo mi partida como un loco. Nos vemos pronto Ciudad Nostalgia.

febrero 16, 2007

El documental sobre Salvador Elizondo


He aquí la nota que publica hoy Milenio. Se proyecta el domingo a medio día en la sala Manuel M. Ponce de Bellas Artes. ¡Hay que ir!

Las imágenes son las de la sala de la funeraria. Los rostros conocidos en vida por Salvador Elizondo comienzan a aparecer en pantalla, en aquel día de la velación de sus restos; a partir de ahí, se hace un retrato hablado, con los momentos buenos y algunos embarazosos del escritor.

Se trata del comienzo del documental El extraño caso del profesor Elizondo, realizado por Gerardo Villegas para rendirle homenaje al escritor, cerca del primer aniversario de su partida, que se cumple el próximo 29 de marzo.

“El comienzo presenta a gente allegada, a críticos que dan una opinión sobre su obra y su familia, para terminar esa parte con el propio Salvador dando testimonio acerca de su vida académica”, cuenta el realizador.

De acuerdo con Paulina Lavista, se trata de una película audaz y dinámica, en la cual se explora al personaje a través de documentos y fotografías, en un intento muy interesante que busca retratarlo en distintas facetas.

“Nos vamos a acercar al Salvador de entrevistas o al enojado; momentos interesantes de Elizondo en el que se manifiestan varios aspectos de su carácter, sobre todo, las controversias que causaba al exponer las cosas: muchas veces, cuando todos estaban de acuerdo, Salvador salía con cosas totalmente diferentes.” Ejemplo de ello, rememora su viuda, es parte de un programa que realizó, en el cual se pelea con su interlocutor. Se aprecia la disposición aguerrida del autor de Farabeuf: un guerrero que se peleaba por sus ideas.

“No es una apología”

El documental se nutrió de los materiales que había recopilado Paulina Lavista, habida cuenta de la pasión del escritor por registrar todo lo que veía -amén de haberse tomado fotografías alrededor de su vida casi hasta el último momento-, además de los archivos de Gerardo Villegas, quien con el documental pretende ofrecer un acercamiento a una obra que no ha sido estudiada al máximo.

“Convencimos a Paulina de que nos diera materiales que nunca se hubieran visto. Entonces nos dimos a la tarea de rescatar imágenes que estaban almacenadas y la única manera de darlas a conocer era a través del documental. Hay tanto foto fija como toda la colección de video personal y familiar, donde se podrá ver a Elizondo en una novillada, por ejemplo.” Para Paulina Lavista es de resaltar que el trabajo haya sido impulsado por un joven como Gerardo Villegas, porque eso significa que el espíritu rebelde y vanguardista del escritor se mantiene vigente.

“Salvador Elizondo es un personaje raro. Forma parte de los escritores inclasificables, un escritor que ha dejado un legado de 83 diarios y 12 libros. Siempre fue un hombre dedicado a la escritura, sin hacer concesiones ni buscar el éxito editorial. Sólo pensó en la idea de la escritura para y por el escritor.”

Sin embargo, el director del documental advierte que El extraño caso del profesor Elizondo no es una apología, porque se muestran episodios embarazosos que tuvo en televisión: “la propia Paulina menciona que Salvador era un hombre sanguinario, bebedor. Tratamos de ofrecer un retrato hablado en el cual se habla del personaje y de su obra: es una aproximación a los diversos rostros que tuvo Salvador Elizondo.”

El documental se va a proyectar este domingo, a las 12:00 horas, en la Sala Manuel M. Ponce del Palacio de Bellas Artes. Posterior a su exhibición, se llevará a cabo una mesa redonda con la participación de Javier García Galiano, Mario Bellatín, Paulina Lavista y Ernesto Velásquez.

Reunión de sus artículos

El documental para evocarlo no viene solo. Dentro de tres semanas aparecerá, editado por el Fondo den Cultura Económica, el libro Pasado anterior, donde se reúnen los artículos de Salvador Elizondo publicados en el viejo UnomásUno.

Prologado por José de la Colina, el volumen, recuerda Paulina Lavista, estaba pactado desde antes del fallecimiento del escritor, el cual ofrece otro acercamiento a su obra: el periodista que publicaba dos veces a la semana, mas no deja de ser el escritor que era: “Sus temas iban desde la dentadura de una actriz famosa, hasta la profundidad de Mallarmé o de Proust. Ahí vamos a encontrar a un Elizondo muy picante, muy crítico y muy chistoso, porque abarca todos los temas.”

De acuerdo con la fotógrafa, Salvador Elizondo le dejó instrucciones para que sus diarios se publicaran 25 años después de su muerte, pero no piensa esperar tanto tiempo y no por ir en su contra, sino “porque no previó que yo, dentro de 25 años, también voy a estar muerta.”

“Pienso que el interés de los diarios es ahora. En dos o tres años vamos a sacar una primera edición de los diarios, tal cual, porque no quiero quitarles ni una coma. Creo que van a ser muy reveladores: van a ser una bomba.”

México/Jesus Alejo

febrero 15, 2007

Monsiváis pasa revista al liberalismo

Nota de hoy en Milenio.

En Las herencias ocultas de Carlos Monsiváis aparecen plumas y conciencias que parecían enterrados en el siglo XIX: Ignacio Manuel Altamirano, Guillermo Prieto, Vicente Riva Palacio, Ignacio Ramírez, Manuel Payno y Juan Bautista Morales, mejor conocido como El Gallo Pitagórico, hombres que realizaron su propia lucha en la definición de un país y de su identidad.

Liberales de la reforma juarista cuyo legado sigue vigente, a decir del cronista, a la “espera del crecimiento de sus herederos, que se diga lo que se diga, no son pocos”, como se refleja en un pensamiento aún importante dentro de la reflexión sociopolítica de nuestro tiempo: una herencia primordial, aseguró Monsiváis durante la presentación de la obra, la secularización, el laicismo y la laicidad: que “desbarata todas las pretensiones de exterminar lo que hemos avanzado en materia de secularización.”

“Si hay una historia de la derecha mexicana en los últimos 30 años es la de las derrotas culturales. No han dado golpe, han querido prohibir, entre otras cosas, las minifaldas, los aretes en los jóvenes, las fotos de desnudos femeninos, El crimen del padre Amaro, el condón y en un próximo humano por su tendencia ocasional a la desnudez.”

A esa aportación habría que sumar otras enumeradas por el escritor, como la crítica de los poderes constituidos —aunque ellos mismos formasen parte de ellos—; la tolerancia -una de las herencias más poderosas que ha reverberado-; la idea del político como un intelectual —un pensador especializado en la naturaleza del poder y la estructura del conocimiento de la realidad internacional— o el respeto a la inteligencia.

“Otro capítulo en donde, pese a todo, hay una herencia clara es la educación pública. Lo más combatido: toda la idea de que la educación privada es lo que vale o que si los hijos estudian en una escuela pública se les condena a ser pobres, no quita el hecho de que se sigue formando a la población en las escuelas públicas”, recalcó.

El último liberal

Las herencias ocultas (Debate, 2006) fue publicado en una primera edición en el año 2000 por el Instituto de Estudios Educativos y Sindicales de América. Entre ambas hay algunas ausencias y en las dos el reconocimiento de Monsiváis de que la selección fue incompleta, sin José Joaquín Fernández de Lizardi, Fray Servado Teresa de Mier o José María Luis Mora. Y pese a las ausencias, la historiadora Patricia Galeana destacó la importancia de un trabajo que contribuye a “sacar de las sombras a los grandes escritores liberales del siglo XIX: los que salieron en busca de una Nación”, cuyas aportaciones son necesarias dentro de las reflexiones de la coyuntura actual.

Durante una presentación —complementada por Rolando Cordera— en la que la derecha, como concepto político y social, siempre estuvo presente, el caricaturista Rafael Barajas El fisgón recordó que con la palabra de los liberales, que no sólo sirve para “construir spots difamatorios”, se ayudó a construir una Nación.

“Una parte muy importante de los grandes escritores liberales tiene la finalidad concreta de forjar una patria, una identidad nacional. Y esa es la proeza cultural que traza Monsiváis en el libro.

“El proyecto de los liberales dista mucho de ser toda la cultura de la Nación, pero es fundacional en muchos sentidos: establece la libertad de pensamiento, sienta las bases de una prensa libre, de una literatura nacional y de ciertas manifestaciones artísticas”, mencionó.

Imágenes de la tradición viva

Durante la presentación de Las herencias ocultas, Rolando Cordera se había referido a la capacidad de Carlos Monsiváis para integrar cultura nacional y cultura popular, una empresa reflejada en otro título: Imágenes de la tradición viva (FCE/Landucci/UNAM, 2006).

Se trata de un libro en el cual se hace un recorrido por algunos de los pasajes decisivos de la historia mexicana, desde la Colonia hasta nuestros días.

A partir de fotografías seleccionadas por Déborah Holtz, Monsiváis hizo gala de su memoria para representar diversas etapas de la historia mexicana: “Hay una que se usaba en el siglo XX: si quieres ser feliz como dices, no analices, muchacho, no analices (…) Una compañía de muebles se anunciaba con ‘ya no hay sumas, ya no hay restas, sólo multiplicaciones sobre las camas de Mestas.” (MILENIO 11/27/2006).

Imágenes de la tradición viva se presenta hoy (jueves) a las 18:30 horas, en el Centro Cultural Bella Época (Tamaulipas 202, esquina Benjamín Hill, colonia Condesa). Los comentarios estarán a cargo de José María Pérez Gay y Antonio Saborit, con lectura de José Luis Ibáñez.

México • Jesús Alejo

febrero 11, 2007

Los dueños


Orígenes del capitalismo yanqui.

La guerra entablada por Estados Unidos contra México en 1847-48 despojó a nuestro País de un amplio terreno, comprendido entre los límites de La Mesilla hasta el norte de Texas, incluyendo la Alta California. A propósito, no es fortuito escuchar comentarios en torno a que la adjudicación de más de la mitad del territorio mexicano, es un signo inequívoco de esa característica sed de imperialismo que comportaban ya desde entonces los Estados Unidos de Norteamérica.
No es fortuito porque ya desde medio siglo atrás tuvo lugar la transacción que realizó el gobierno yanqui con Francia, por el espacio geográfico conocido como las Floridas y por la Luisiana. También la adquisición de Hawai, a fin de convertirlo en una perenne base portuaria militar.
En 1803, siendo presidente de EE UU Thomas Jefferson, se realizó la compra de Luisiana a Napoleón, a la sazón primer cónsul de Francia. “Fue el primer paso para incorporar las antiguas colonias españolas al territorio principal de los Estados Unidos. La declaración de que la Luisiana incluía el vecino territorio de Texas, iba a servir en seguida para la prosecución de los propósitos expansionistas de Norteamérica.” Estos términos velados de Agustín Cue Canovas quieren decir que esta compra susurró al oído de Estados Unidos acerca de la posibilidad no sólo de hacerse de ciertos terrenos, sino de muchos más.
Antes de seguir, no huelga hacer un desvío recordatorio de que en el siglo 19, en medio de la revolución industrial europea, en medio de La riqueza de las naciones de Adam Smih, EE UU supo hacer que cobraran fuerza en su país todas las tecnologías del desarrollo fabril. Dejó atrás incluso a las propias Francia y Alemania y al Reino Unido mismo, estandarte del progreso industrial, gracias a que ahí se perfeccionó (pues los inventos, en su acepción de epifanía, no existen) la máquina de vapor en locomotoras. La red ferroviaria yanqui llegó a ser más importante que toda la que se encontraba al servicio de Europa entera. En materia de producción metalúrgica, se encontraba muy por encima de sus competidores del Viejo Continente, como también estaban aupados en cuanto a extracción de petróleo se refiere, mediante la famosa Standard Oil Company, propiedad de ese tan sonado magnate de nombre John Rockefeller. Las telecomunicaciones dominadas por el telégrafo, fueron también de uso predominantemente yanqui. La economía norteamericana crecía espumosamente dentro de las reglas económicas de su época, o sea industriales, y no mediante la explotación del agro como ocurría en el resto del Continente Americano. Eso se había quedado atrás en Norteamérica. Se encontraba, ya lo dijimos, por arriba de economías europeas de gran talla. Pero territorialmente los Estados Unidos disponían de menos tierras que, por ejemplo para no ir más lejos, su vecino sureño, México.
Nuestro vecino país del norte tuvo que entender muy bien la necesidad que significaba crecer territorialmente, a fin de ampliar a la postre su poderío en todos los sentidos. En las condiciones en que se hallaba, de ser la gran potencia económica creciente, EE UU precisaba ampliar sus coordenadas geográficas hacia varias regiones.
Cuando pusieron la inteligencia al servicio de sus intenciones imperialistas, diríamos, inicia el programa capitalista de los Estados Unidos que les ha hecho ganarse el mote de “dueños del mundo”. La inteligencia al servicio de planes imperialistas. La previsión deshumanizada sobre las finanzas. Las alianzas para derrocar al enemigo. Los golpes bajos. El doble discurso; una moral desviada. Estas herramientas no son nuevas, ni lo eran a últimos del siglo 18 y principios del 19. Lo nuevo fue, entonces, esas herramientas pero puestas al servicio de una creciente fuerza económica, ávida de erigirse en poderío.

*

EE UU extendió su mirada bien pronto sobre la isla de Cuba a inicios del s. 19. Eran épocas de asonadas independentistas en las colonias europeas del resto de América. Refiriéndose a éstas, el presidente Jefferson sostuvo: “Mi temor es que son demasiado débiles para sostenerse independientes hasta que nuestra población pueda desarrollarse suficientemente y adueñarse e ellas, una a una” . Esto confirma lo que más adelante el propio Agustín Cue recuerda de un biógrafo de aquel presidente. El tal biógrafo asegura que la doctrina y acción jeffersoniana estaba inspirada en el propósito de eliminar vecinos peligrosos, no porque ambicionara para su país cualquier territorio o colonia de alguna podenca extranjera, o porque necesitara más tierras para su creciente población. La política expansionista quería mantener alejados a los EE UU de las cuestiones de Europa, lo que se lograría sólo si alejaban las colonias del yugo europeo pero les abatían el propio.
Fue al iniciarse la Revolución francesa y al entrar España y Gran Bretaña en las guerras de Europa, cuando los Estados Unidos pudieron iniciar su expansión territorial dirigida hacia los extensos y casi despoblados territorios del Oeste. Al cabo de la guerra, consiguieron el reconocimiento de las fronteras establecidas en el tratado de paz, con España e Inglaterra. España además reconoció el derecho de los ciudadanos norteamericanos a navegar libremente en el Misisipi, desde su nacimiento, hasta el mar.
Con la adquisición de la Luisiana en 1803 no sólo se duplicó el territorio de la nueva república; además se desvanecían los temores de que una potencia europea mantuviera su dominio sobre este territorio tan importante como próximo a los Estados Unidos. Pero no bastaba la adquisición de Luisiana. “Para asegurar la posición de ésta, era necesario adquirir las Floridas que en poder de España o de cualquiera otra potencia europea, impedía la integración territorial de EE UU hacia el sur del continente” .
Por eso desde mediados de 1810 la apropiación de las Floridas formaba parte importante de los planes de expansión territorial yanqui. A fines de ese mismo año, para mantener los derechos justos de su nación, el presidente tomaba las medidas necesarias para ocupar el territorio de la Florida del Oeste, hasta el río Perdido, fundado en las reclamaciones por indemnizaciones contra España, y además en las necesidades imperativas derivadas de un principio legítimo de propia conservación, Estados Unidos no podía ver sin temor que alguna potencia europea se apoderara de las Floridas.
En 1815, el gobierno recibía informes de que Esapaña había cedido las Floridas y la propia Luisiana a la Gran Bretaña, informes que resultaron obviamente falsos pero que decidieron a EE UU para obrar rápidamente apoderándose del resto de la Florida Occidental, sin renunciar a sus pretensiones sobre Florida del Oeste.
Por fin, en 1919 obtienen de España la cesión de ambas Floridas. La nación vecina nuestra se disponía entonces a iniciar su “Manifiest Destiny” (Destino Manifiesto) hacia el Pacífico. Una vez que dejaron de frotarse las manos y entrar al pollo, los estadistas del país entonces sí condenaron el intervencionismo extranjero en cualquier territorio de América. Claro que era loable su postura. ¡El Contienente era casi todo una colonia! ¿Pero era impulsada por un genuino deseo de ayuda a los hermanos de América? Desde luego que no, y los hechos mismos lo demuestran. Alejandro Hamilton, notable político gringo, sostenía por entonces que la emancipación de las colonias españolas de América era cuestión de gran interés para su país. ¡Gulp! Golpe rastrero a España. Luego de conceder las Floridas, con la intención de que Estados Unidos no la emprendiera en contra suya, ¡a España la amenazan los gringos!
Un Jefferson acaudillado tras derrotar electoralmente a los federalistas, fue quien puso en la cima de las aspiraciones norteamericanas el bienestar material de la población. Para arribar a este fin, proponía unos principios rectores, a saber:
Crear una poderosa marina de guerra; fortificar los principales puertos y costas, y ¡adquirir territorios vecinos! Ya vimos que este último punto cuajó claramente con el jugoso negocio llevado a cabo con la adquisición de las Floridas. Pero tan provechoso como éste, fueron el tratado de 1845 para anexionarse Texas, la transacción con Inglaterra a mediados de 1846 que permitió a EE UU la obtención de Oregon; la “cesión” de México de California, Nevada, UTA, parte de Arizona, Colorado, Nuevo México y Wyoming, y, finalmente, la compra de Gadsden en 1853. El expansionismo norteamericano ocurría cuando llegó al poder el presidente James Monroe, autor de la Doctrina Monroe, cuyo interés estaba dirigido a no intervenir ni política ni militarmente en la autodeterminación de las demás naciones.
A John Quincy Adams, secretario de estado, se le atribuye una buena parte de la formulación del documento que Monroe leyó el 2 de diciembre de 1823 ante el Congreso. Además del principio de no intervención, el presidente se refirió a la penetración en la costa noroeste de América, afirmando que los continentes americanos ya no estaban abiertos a la colonización europea. La Doctrina Monroe contenía una advertencia con relación a los intereses norteamericanos en el noroeste del Continente.
Sin embargo, el gran "pero" se hace presente al advertir que al doctrina Monroe también sienta las bases de una política favorable a México y Sudamérica, política que actualmente es repudiada con vigor por nuestros países pero que en ese mismo siglo 19, fueron aceptados por políticos como don Benito Juárez. Más adelante trataremos esto en detalle.
Carlos Pereyra sostiene en el libro El Mito de Monroe que la famosa doctrina internacional no era otra cosa que un pretexto para justificar la existencia imperialista de los Estados Unidos. A este respecto, Agustín Cue vira en redondo y sostiene que sí se hallaba latente la amenaza europea de adentrarse en América, y que el pronunciamiento de James Monroe impidió que se realizara dicha invasión.

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Pero ¿es que en la política hay casualidades?
Me pregunto si pudo ser fortuito que el pronunciamiento de Monroe haya tenido lugar justo cuando su país había logrado ya la obtención de los territorios tan acariciados desde el siglo pasado, y precisamente cuando las colonias europeas en América habían conseguido sus independencias (o bien, estaban obteniéndolas por ese entonces). Y me pregunto igualmente si la preocupación tan encarecida por la Doctrina Monroe de que se mantuviera intacta la soberanía de los pueblos americanos no escondía intereses subrepticios. Esto lo sostengo con la hipótesis de que la ulterior dominación de Cuba, o de Santo Domingo, y la apropiación de los territorios de México no fueron que digamos un ejemplo de la preocupación por la soberanía de los pueblos, sino demostración de que una ayuda siempre debe ser compensada. La ayuda que Agustín Cue menciona fue saldada después con territorios.
Y asimismo, con la dependencia económica que logró América latina de América anglosajona. Dijimos que Estados Unidos vio en la posibilidad de extenderse territorialmente no otra cosa que la necesidad de acrecentarse físicamente para también multiplicar su economía fuertemente consolidada en la industria. De ahí que la combinación de ambas políticas expansionistas (en territorios y en la economía) haya sido el detonante del fervoroso crecimiento de los activos norteamericanos. Pero su economía no podría crecer sin extenderse allende las fronteras nacionales.
Vino entonces la ampliación de la órbita económica yanqui por todo el continente, por toda Europa, y por todo el mundo a la postre. Las empresas norteamericanas, que parecen ser trasnacionales desde que nacieron, logran cotizar sus puntos en las Bolsas de Valores de Europa y Asia. El capitalismo denunciado por Marx no tuvo a su mejor representante en la Inglaterra que él tanto había denunciado, ni en Alemania y en Francia, sino en este lado del continente. Se tiene noticia de que en las plantaciones fabriles norteamericanas se firmaron contratos para que los trabajadores se ajustaran a un plan laboral más o menos humano. Verbigracia, la American Federation Labor (años más tarde, a propósito de la crisis de 1929), firmó un contrato de condiciones laborales donde asentaba que sus obreros no trabajarían más de 40 horas semanales, y se abolía el trabajo para los niños. Esto da cuenta de algo consabido, la explotación laboral. Pero también habla de que los Estados Unidos, enfrascados supuestamente en la defensa de la autonomía de las naciones americanas, tenía pendientes que cumplir al interior de su territorio. La preocupación por el pueblo del Contiente, por tanto, queda en entredicho.
Esto nos faculta a deducir que las intenciones imperialistas en los Estados Unidos estaban clarísimas y que, en honor a la verdad, el aplaudido discurso Monroe escondía intereses subrepticios, pero hoy los tenemos bien claros. Y están relacionados con la acumulación de riquezas y poderío

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La supuesta ejemplaridad de los Estados Unidos tiene varios muestras en nuestro país. Y nos pueden sacar de dudas. Uno de esos ejemplos es el tratado firmado por Melchor Ocampo, ministro del exterior del gobierno juarista.
Cuando Mèxico estaba en plena guerra contra Francia, Estados unidos brinda su mano al gobierno liberal encabezado por Juárez, ayuda que se ve concretada en el tratado entre el ministro norteamericano en México, Robert Mac Lane, y el ministro Melchor Ocampo. Conocido a la postre como el Tratado Mac Lane-Ocampo, el documento permitía a cambio de ayuda económica y de armas para los liberales, el paso a perpetuidad de los Estados Unidos por el Istmo de Tehuantepec así como el inicio de una guerra en el mismo territorio en el instante que el gobierno norteamericano así lo dispusiera. ¡Perpetuidad, ni más ni menos!
¿Ayuda estadounidense?, ¿Juárez agachado? Ni la una ni el otro. Estados Unidos no desaprovechó, quién lo haría, el fructífero negocio ofrecido por el presidente de México. Pero éste tampoco representó el penoso papel de “vendepatrias”, pues finalmente los Estados Unidos nunca consiguieron la entrada en vigor de este -de haberse llevado a cabo- ignominioso tratado. Y Juárez logró lo que pocos. Obtuvo algo de los Estados Unidos sin darles en los hechos, nada a cambio.
Es éste capítulo uno de los más destacados en la historia de las relaciones binacionales México-Estados Unidos. Otro es la cesión firmada por Santa Anna de más de la mitad de nuestro territorio. Pero para EE UU, ambos episodios no son más que dos páginas de los múltiples tratos y contratos llevados a cabo con naciones americanas y europeas, a fin de allegarse terrenos aquí y allá. Además, la adquisición de territorios implica la compra de soberanías, de ciudadanos, de sistemas económicos. Conlleva el abatimiento de su poderío sobre ciudadanos de otros países. Es una suerte de colonización a la moderna, basada no en las armas letales, sino en las económicas. En el sistema de libre mercado.

febrero 03, 2007

John Fante. La vida narrada con talento.


El escritor estadounidense John Fante (1909-1983) es uno de los grandes olvidados de su generación. Fue después de su muerte, gracias a que Charles Bukowski confesara una abierta admiración por este hombre “que no le temía a los sentimientos”, que sus novelas comenzaron a editarse a gran escala. Hasta ahora se publica en Italia Pregúntale al polvo, su libro más celebrado, con un comentario de Alessandro Baricco, que reproducimos a continuación, en el que la sensibilidad de un muchacho católico de ascendencia italiana se da de frente contra un mundo incomprensible del que lo salva la escritura.

POR ALESSANDRO BARICCO

La novela Pregúntale al polvo (Anagrama, 2001) está montada sobre tres historias. Primera: un muchacho de veinte años sueña con ser escritor y, en efecto, lo logra. Segunda: un muchacho de veinte años, católico, intenta vivir pese al hecho de ser católico. Tercera: un muchacho de veinte años ítaloamericano se enamora de una joven hispanoamericana y quiere casarse con ella.

Todo esto situado en California.
Imagínense que amalgaman las tres historias, que hacen que confluyan los tres muchachos de veinte años (el escritor, el católico, el ítaloamericano enamorado) en uno solo, y lo que obtienen se llama Arturo Bandini. Agítenlo y obtendrán Pregúntale al polvo. Admitiendo, claro está, que ustedes posean un talento bestial.

No sé si John Fante lo habrá hecho conscientemente, pero de hecho, él eligió para esas tres historias una andadura sorprendentemente geométrica: la historia del escritor termina bien, la historia del católico no concluye, se queda bloqueada en sí misma, y la historia del enamorado termina mal, por lo que el libro crece siguiendo el armónico estrabismo de un personaje que gana y pierde en equilibrio simultáneo. Si, a pesar de esto, al lector le queda la percepción de un libro profundamente doloroso y adolorido, es por la manera en que Fante, más o menos conscientemente, distribuyó las tres historias en el tejido del libro. Pregúntale al polvo comienza narrando las primeras dos (donde Bandini gana y pierde a partes iguales), y aquí el libro crece en la luz agradable de una humanidad frágil pero alegremente indestructible.
Luego, aparece Camila, y al libro lo va absorbiendo una vertiginosa derrota. En los últimos capítulos, los éxitos del Bandini escritor y las ciénegas inmóviles de su catolicismo, acompañan el hundimiento de Camila, como escenarios cada vez más lejanos y baladíes. Con metamorfosis de insecto, el libro sale del capullo de un alegre diario juvenil para remontar el vuelo de una adulta e insalvable derrota. ¡Vean lo que puede hacer una mesera mexicana...!

La historia del muchacho de veinte años que sueña con ser escritor es muy lineal, sencilla y decorada con un final feliz. A quienes se hayan embarcado en semejantes ambiciones, la narración les regala, no obstante, algunas lecciones útiles. La primera tiene que ver con la relación entre escribir y el dinero. Bandini escribe para ganar dinero: no para expresarse, no para crear algo hermoso, quizá ni siquiera para demostrarle algo a alguien. Escribe porque tiene hambre y quiere comer; porque está solo y quiere mujeres ricas y perfumadas; porque a su alrededor ve a la ciudad de Los Ángeles y quiere poseerla. Muy pragmático y muy norteamericano. No es que las cosas, en general, sean exactamente así, pero la conexión entre el gesto de escribir y el gesto del artesano que trabaja para vivir es un buen punto de partida. Todo lo demás, si acaso, viene después. En esto, creo que él tenía razón.

Otra buena lección: escribir es una obsesión. También aquí, no es que las cosas siempre sean así; pero, ciertamente, a menudo, en la base de la ambición literaria se encuentra una absurda propensión a reducir la vida a un concepto eventualmente bueno para una narración. “Estoy aquí por una razón muy precisa: estos momentos —el lado horrible de la vida— se transformarán en igual número de páginas”. Gente así, en general, expía una homicida incapacidad para vivir la vida, ya que además está ocupada en copiarla mentalmente y en dividirla en capítulos. En cierto punto, Bandini termina casi ahogado en las olas, frente a la playa de Santa Mónica, y en verdad se las ve negras. Está a punto de morir, y probablemente también está a punto de morir Camila, su amor, desaparecida entre las grandes olas. Lo único que le queda por hacer es encontrar la manera de salvar su pellejo. “Y sin embargo, incluso en ese momento, era como si estuviese escribiendo, como si estuviese registrando todo en el papel. Frente a los ojos tenía la hoja escrita a máquina, mientras flotaba, derribado por las olas, sin lograr alcanzar la costa, seguro de que no saldría vivo del mar”. Quienes no entienden una locura de este tipo tienen pocas probabilidades de sobrevivir como escritores. Fante la conocía, creo, muy bien, y es más, hace de ella la música con la que baila toda su vida.

Ultima lección: el prólogo que aquí encontrarán como apéndice, Fante quería ponerlo encabezando el libro (como prólogo, precisamente) pero el editor lo convenció de dejarlo donde estaba (y era difícil que no tuviera razón, dado que le narra al lector cómo termina el libro...). Fante nos volvió a derramar, en forma más bien libre, todo el material autobiográfico con el que nace Pregúntale al polvo.

La segunda historia, la del muchacho católico de veinte años que intenta vivir no obstante el hecho de ser católico, es quizá la historia que pudo transformar a Pregúntale al polvo en algo más que una lograda comedia trágica. Desgraciadamente, la llegada de Camila y la fuerza de su consecuente historia de amor llevan lejos al libro, y la reflexión sobre las taras de una joven mente católica se queda en enunciado sin grandes desarrollos. Hubiera estado muy bien verla irse hasta el fondo. Pero ya en sí, el enunciado, de todas maneras, vale la pena. Lo que Bandini tiene de inexorable católico es el instinto para interpretar la vida como una secuencia de culpa y castigo, destinada a repetirse hasta el infinito. Lo que Bandini tiene de inexorable católico, es el odio por esa manera de ver las cosas y una incapacidad absoluta de sustraerse a ese odio. No sé lo que el público norteamericano pueda entender de todo esto, porque si uno no ha crecido en un país católico, no puede saber cómo esa geometría de juicio final se ensarta en los pliegues más recónditos de la fantasía, y pueda sobrevivir a cualquier ateísmo sincero. Pero Fante sabía algo de esto. Y su reconstrucción del curioso fenómeno es implacable e irónicamente feroz. Se puede decir que en los primeros cuatro capítulos, Bandini no hace más que tratar de ser un niño malo, pensamiento fijo en cualquier buen muchacho: se va de putas, roba, maltrata a golpes de racismo a una muchacha que no le ha hecho nada. Una especie de camino de formación al revés. Punteado, inexorablemente, por fracasos: el complejo de culpa llega instantáneo, a veces incluso antes de cometer el pecado, provocando la incapacidad de cometerlo. En el décimo segundo capítulo, Bandini termina en la cama con una mujer equivocada, una mujer frágil a la que no puede hacerle más que mal. En resumen, la usa. En la mañana se levanta de la cama, sale, y la tierra se pone a temblar: terremoto en Los Ángeles. “Había sido yo. Era mi culpa”. No creo que a un budista se le hubiera ocurrido decir esto. Ni siquiera a un protestante. A un católico sí. “Has sido tú, Arturo, y esta es la cólera de Dios”.

Lo que había entendido Fante es que una incapacidad de pecado de este género no puede más que exiliar de la vida. Y lo escribe admirablemente en el personaje de Bandini hasta la mitad del libro: haciendo de él un tipo humano con una obsesiva pregunta grabada en la cabeza: ¿qué hago yo aquí? Por donde vaya, Bandini quisiera irse a otro lugar. “Ahora que estoy aquí, me doy cuenta que hubiera sido mejor no haber venido”. Se puede decir que la escritura es el único lugar en el que se siente legitimado para vivir. El resto del mundo es un lugar errado. Muchos años después, en la otra costa norteamericana, Holden Caufield echará fuera, con ironía análoga, el mismo sordo dolor (ni siquiera con la panacea de la escritura). Sin embargo, él será lo que Bandini no logró ser: un personaje universal. Porque su exilio era el exilio de lo humano, que no reconoce la casa que se ha construido: por así decirlo, en Bandini, las raíces del extrañamiento eran más regionales: la matriz católica interpretaba la parte del león, y llevaba todo a una matriz particular, casi local: no era exactamente la historia que la mayoría reconocía. La de Holden la llevaban todos en el bolsillo.

Luego llega Camila, y de alguna manera, Bandini resume y simplifica toda su incapacidad de vivir en su incapacidad de amarla. En un cierto sentido, deja de luchar. Camila es el lugar equivocado en el que decide quedarse, sin plantearse más preguntas, exiliado crónico, va como debe ir, como un autómata, hasta el fondo. Pero no es una historia vivida. Camila es su exilio definitivo, la rendición de toda rebelión. Sobreviven, como relámpagos de un temporal que se va alejando, esos abrazos fallidos, esa incapacidad de tener sexo con ella, esa impotencia prevista, esperada, sufrida y odiada. Me gusta que en esos momentos Fante quite el pie del acelerador, deje el bisturí con el que estaba operando y elija eufemismos frívolos con tal de no llamar a las cosas por su nombre. “Deseo sin pasión”, le llama. Se necesita tener sangre católica en las venas para lograr un goteo de este tipo.

En cuanto a la historia de amor, bueno, aquí hay poco qué decir. Realmente le había quedado muy bien. Toda torcida, sin héroes, sin resoluciones, un poco ambigua, dolorosa. Me gusta que ella sea del tipo del que se puede decir: “Aparte del contorno del rostro y del candor de sus dientes, no era hermosa”. Me gusta que él, cuando termina en la cama con ella, tome unos furgones mentales que lo llevan a kilómetros de allí. Aunque luego la ame como un loco, pero que realmente no logra quedarse allí. “Parecía que me había vuelto de madera, sin sentimientos, tan solo el pánico y la sensación de que ella era demasiado hermosa para mí; es más, más hermosa y firme que yo. Me sentí extraño ante mí mismo”. Quizá las cosas son exactamente así: las personas a las que realmente vale la pena amar son las que te convierten en un extraño ante ti mismo. Aquellos que logran arrancarte de tu hábitat y de tu viaje, y te trasplantan a otro ecosistema; que logran mantenerte vivo en esa jungla que no conoces y donde ciertamente morirías, si no fuese porque ellos están allí y te enseñan los pasos, los gestos y las palabras: y tú, contra toda previsión, eres capaz de repetirlos.

Pero luego quién sabe...
Dos notas sobre el estilo de Fante, sólo para entender al artesano y su gesto. En Pregúntale al polvo, Fante usa una lengua literaria que conoce sustancialmente dos registros, y los alterna con sabiduría. El primero es una lengua base, por así decirlo la Fante-base: una prosa bien hilada, ligera, sin particulares asperezas léxicas o sintácticas, limpia, veloz, a menudo lubricada con un humor dispensado con mano ligera, muy hábil. Valga como ejemplo, el incipit:
Cierta noche me encontraba sentado en la cama del cuarto de la pensión de Bunker Hill en que me hospedaba, en el centro mismo de Los Ángeles. Era una noche de importancia vital para mí, ya que tenía que decidir algo sobre la pensión. O pagaba o me iba: es lo que decía la nota; la nota que la dueña me había deslizado por debajo de la puerta. Un problema relevante, merecedor de una atención enorme. Lo resolví apagando la luz y echándome a dormir. (Pregúntale al polvo, Anagrama, 2001, p. 13)

Si uno lee un comienzo de este tipo, de inmediato queda claro que no está leyendo a Faulkner. Ni siquiera a Chandler (carecía de esa sobriedad), ni aSaroyan (no tenía ese humor), a Steinbeck (seguramente más ambicioso), o a Hemingway (difícil, incluso para él, poner en las primeras líneas todo ese humor). Soltura, facilidad y humor parecen ser sus rasgos distintivos, y en este sentido, él parece más bien un anticipador de esa áurea ligereza que labró la fortuna de Salinger. En su mejor momento logra producir páginas como esa en la que Bandini llega a la recepción del hotel Alta Loma: lleva consigo su primer cuento publicado (“El perrito que reía”) y detrás del mostrador encuentra a la señora Hargraves:
—¿Tiene trabajo? —preguntó.
—Soy escritor —respondí—. Espere, puedo demostrárselo.
Abrí la maleta y saqué un ejemplar.
—Yo lo escribí —le dije. En aquella época yo era muy impaciente, muy soberbio—. Se lo voy a regalar. Se lo dedico.
Tomé la pluma del escritorio, pero estaba seca y tuve que mojarla en el tintero; moví la lengua mientras pensaba en algo simpático que ponerle.
—¿Cómo se llama usted?— le pregunté.
—Soy la señora Hargraves —me dijo sin el menor entusiasmo—. ¿Por qué? Como le estaba haciendo un favor, no tenía tiempo de responder a ninguna pregunta, así que escribí en la parte superior de la página donde comenzaba el relato: “Para una dama de encanto inefable, de maravillosos ojos azules y sonrisa generosa, del autor, Arturo Bandini”.
La verdad es que tenía una sonrisa que le destrozaba la cara, ya que le acentuaba el mapa de arrugas que le agrietaba la piel reseca de la boca y las mejillas.
—No soporto las historias sobre perros —dijo, escondiendo la revista. Me miró por encima de las gafas desde una atalaya más elevada aún.
—¿Es usted mexicano? —preguntó.
Me señaló con el dedo y rompí a reír.
—¿Mexicano yo? —negué con la cabeza—. Soy americano, señora Hargraves. Además, tampoco es un cuento sobre perros. Es sobre un hombre y está muy bien. No sale ni un solo perro en toda la historia.
—En esta pensión no admitimos mexicanos —dijo.
—No soy mexicano. Y el título del cuento lo saqué de la fábula. Ya sabe: “Y el perrito rió al ver una cosa tan rara”.
—Tampoco judíos. (p. 63-34)
Página ejemplar. Un strike perfecto, si la literatura fuese un juego de beisbol.
El otro registro es un tono, por así decirlo, de balada: más libre, menos disciplinado, casi “cantado”. Generalmente el humor desaparece e irrumpen tonos de sabor poético. Las frases se alargan y se van a buscar un paso y una rotundidad musical. Baladas, en todo y para todo. Nunca duran más de una página, página y media. A menudo son un asunto de diez líneas. Ejemplo:
¿Qué hacer entonces? Elevar la boca al cielo para parlotear y balbucir con una lengua asustada? ¿Descubrirme el pecho y golpeármelo como un tambor resonante para llamar la atención de mi Salvador? ¿No es más lógico y conveniente justificarme y seguir andando? Pero habría desorientaciones, habría anhelos; habría soledad, no tendría más que lágrimas, pajarillos húmedos del consuelo, aunque también belleza, una belleza semejante al amor de una muchacha difunta. (p. 123)
Es común encontrarse con este tipo de baladas sin preparar, sembradas en páginas de escritura completamente diferente, incluso en Hemingway, en Saroyan, en Steinbeck. En cierto sentido también los “Ojos fotográficos” de Dos Passos eran algo similar. No sé, debe ser una perversión de los norteamericanos. Tiene algo de ingenuo y de vagamente no logrado. Sin embargo, si uno la cortara y la quitara, sencillamente, quién sabe qué sería de los equilibrios internos, y del color en su conjunto, y del perfil de los personajes. Esas escrituras son como orquestas.

Baricco (Turín, 1958) es autor de Seda y Sin sangre.

Traducción de María Teresa Meneses.

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Desde chico tenía ganas de escribir un diario, o algo así. Pero era cosa de niñas. Este blog es lo menos afeminado que encontré.

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