El blog de Luis Frías

abril 17, 2007

Al garete, la zona arqueológica de Tula



El descubrimiento de un entierro prehispánico de infantes, de más de mil años, puso al descubierto que la zona arqueológica de Tula no cuenta con un Plan de Manejo que salvaguarde su riqueza histórica y arqueológica.




El hallazgo de un entierro de 23 cuerpos de niños, localizado a doscientos metros de la zona arqueológica de Tula, demuestra que la riqueza arqueológica de este sitio se encuentra amenazada por el crecimiento urbano y la carencia de un Plan de Manejo que contribuya a su preservación.

El entierro, vestigio del sacrificio de 23 infantes, se localizó de manera fortuita en las instalaciones que alquila la PGR en la localidad. El hallazgo que se detectó apenas a 10 centímetros de profundidad, no sólo derriba la hipótesis de que la cultura Tolteca era pacífica, sino que ejemplifica la importancia de los vestigios que ahí permanecieron ocultos por más de mil años, sostiene el arqueólogo Luis Manuel Gamboa Cabeza, investigador adscrito al Centro INAH, con residencia en la zona arqueológica de Tula.

“Nosotros manejamos la hipótesis de que fueron sacrificados y enterrados en un espacio de aproximadamente cuatro metros cuadrados. Por la cerámica encontrada, calculamos la fecha y suponemos que provienen de fuera, que no son toltecas. Tal vez fueron traídos del sur de la cuenca de México, de Xico o Chalco”.

El experto indica que con base en los estudios de la antropóloga física, Atenea González, investigadora del Instituto de Investigaciones Antropológicas de la UNAM, probablemente los niños fueron degollados y sus cráneos perforados en honor del dios Tláloc, el dios de la lluvia, ya que en el entierro se encontraron figurillas de esta deidad.

De acuerdo con la posición del hallazgo, uno de los 24 infantes fue incinerado y colocado en el interior de un adoratorio, sobre el cual fue colocada una cabeza de Chac Mool, y a sus lados dos malacates para hilar, así como los otros 23 cadáveres.

Según las versiones arqueológicas los niños de 5 a 15 años sacrificados entre los años 950 a 1150 después de Cristo, eran seleccionados por tener un remolino en la cabeza y “por ser muy llorones”.

Este descubrimiento registrado en el mes de marzo —se dio en el momento en que se construía una barda y los albañiles encontraron una olla—, no sería significativo en el Templo Mayor de Tenochtiltán, pero por tratarse del pueblo tolteca cobra relevancia, asegura Gamboa Cabeza.

“Al encontrarnos por primera vez con estas evidencias de sacrificios nuestra visión cambia radicalmente. Pensamos que cuando el tlatoani Quetzalcóatl abandona la zona de Tula Chico, las costumbres cambiaron y los habitantes que fundaron Tula Grande se convirtieron en un pueblo guerrero que practicaba el sacrificio humano”.

De ahí que todos los elementos iconográficos encontrados en la zona se relacionan con este tema; por eso se pueden observar en el edificio B de la zona arqueológica a las serpientes devorando un corazón, o a los mismos gigantes de Tula que son guerreros.

Los vestigios encontrados en las instalaciones de la PGR, así como los 45 entierros localizados durante la construcción del distribuidor vial, que se ubica a cinco kilómetros de la zona arqueológica, serán expuestos en el mes de junio, en el museo de sitio de Tula.

Urbanización, amenaza para Tula

El crecimiento urbano amenaza los vestigios de esta cultura prehispánica. En años recientes se han erigido viviendas prácticamente a un lado de la zona arqueológica, incluso la malla ciclónica que delimita el lugar es usado como tendedero.

Frenar este fenómeno es urgente porque se trata de un sitio —que alcanzó en su momento una extensión de aproximadamente 15 kilómetros cuadrados— donde apenas se ha estudiado 5 por ciento, y donde quedan muchas incógnitas por revelar.

Actualmente, las autoridades municipales son muy sensibles al problema y colaboran en todo lo que sea preservación del pasado prehispánico, aunque también ha habido aquéllas que anteponen el desarrollo urbano sin considerar que con sus decisiones podrían afectar este patrimonio que es irrecuperable, reconoce el investigador Gamboa Cabeza.

“Nunca ha habido un Plan de Desarrollo Urbano para la zona arqueológica, no tenemos un cinturón de protección que debería de ser de más de 100 metros. El Plan de Manejo que se ha propuesto hasta ahora está mal planteado ya que el área B de amortiguamiento de la zona, se concibe como un espacio para urbanizar”.

Por si eso no fuera suficiente a tan sólo 8 kilómetros de la zona se contribuye una autopista que irá de Querétaro a Puebla y Tlaxcala.

Ante esta problemática los arqueólogos se preguntan, con razón, cuál será el futuro del patrimonio arqueológico de Tula.

El jaguar prehispánico

Una singular escultura de jaguar de media tonelada de peso elaborada en basalto se muestra en el Museo de Sitio de la zona arqueológica de Tula, Hidalgo, luego de que se exhibiera en la exposición El jaguar prehispánico. Huellas de los divino, en Beijín, China.

Esta pieza fue encontrada hace más de dos décadas en la localidad de Francisco Bojay, cuando don Epifanio Barró araba su tierra. La trasladó a su casa donde su esposa la utilizaba como piedra para lavar y sus hijos como juguete.

Fue hasta 1984 que el campesino entregó esta joya al INAH para su resguardo en el Museo Regional de Hidalgo; el recinto nunca se construyó y la pieza permaneció en una bodega hasta ahora que salió a China.

Milenio Diario. Tula, Hidalgo/Leticia Sánchez

abril 15, 2007

"Print the Legend"*

*Por Javier Cercas, del diario español El País

La figura del escritor chileno Roberto Bolaño no para de crecer. Ya antes de su muerte con 50 años, en 2003, empezaba a ser leyenda, especialmente en América Latina. La edición de un libro de relatos y un poemario póstumos sirven para revisar la figura del creador de Los detectives salvajes y 2666 a través de un mosaico realista según varios escritores.

Casi cuatro años después de su muerte, la leyenda de Roberto Bolaño continúa. Me refiero a la leyenda que unos y otros empezaron a construir desde el mismo momento de su muerte, claro está, no a la que el propio Bolaño escribió en el frenesí monástico de sus últimos años tras una vida entera consagrada con tenacidad a la literatura. Como su propio nombre indica, ambas leyendas no se ajustan a la realidad, pero la que escribió Bolaño tiene la inmensa ventaja de que es, en cierto sentido, más verdadera que la verdad, mientras que la otra es en lo esencial mentira o es una mentira forjada con ingredientes de la verdad, que es la forma más cabal de la mentira. La leyenda que Bolaño construyó en sus libros vivirá muchos años, o eso es lo que yo creo; la que han construido los otros se esfumará pronto, o eso es lo que yo espero. Casi sobra decir que esta última era previsible: más allá (o más acá) del valor literario de su obra, el hecho de que Bolaño muriera joven y en la cima de su potencia creadora y su prestigio vedaba, supongo, cualquier otra posibilidad; la incurable propensión mitómana de nuestro medio literario, sumada a nuestra hipócrita e igualmente incurable propensión a hablar bien de los muertos -porque ya no molestan y pueden ser manipulados a placer, o quizá porque queremos compensarlos por lo mal que hablamos de ellos cuando estuvieron vivos-, ha hecho el resto. La historia de la literatura, como la otra, abunda en ejemplos de este tipo de canonización tras una muerte prematura, así que no hay de qué sorprenderse, al menos en lo que se refiere a este punto; en lo que a otros se refiere no ocurre lo mismo. Nada permitía presagiar, por ejemplo, que el mismo hombre que escribió La pista de hielo escribiera sólo tres años más tarde Estrella distante, y apenas seis años después Los detectives salvajes; que entre 1996, año de Estrella distante, y 2003, año de su muerte, escribiera lo que escribió entra de lleno en el terreno de lo asombroso. También es verdad, sin embargo, que en el caso de Bolaño, como en el de tantos otros escritores muertos en parecidas circunstancias, hay en la leyenda que rodea su fama póstuma una cierta justicia poética: al fin y al cabo, toda la obra de Bolaño puede leerse como un intento logrado de convertir su propia vida en leyenda y, si no fuera porque estaban socavados por un humor feroz que sus lectores más obcecados o literales no siempre parecen percibir, los arrebatos, insolencias y provocaciones de sus años fugaces de escritor consagrado podrían inducirnos a pensar que Bolaño acabó sus días creyéndose un personaje de Bolaño, cosa que por fortuna no es cierta o que sólo es cierta en la triste medida en que todo escritor acaba resignándose tarde o temprano a convertirse en un personaje de su propia obra. Pero no hay que ponerse pesimista: por mucho que la leyenda tergiverse la realidad a gusto de cada cual, por mucho que un muerto precoz y prestigioso sea pasto privilegiado de los desaprensivos de turno, por mucho que los muertos no puedan defenderse y los vivos que pueden defenderlo no sepan o no puedan o no quieran hacerlo, lo cierto es que a la corta este runrún permanente que envuelve la vida póstuma de Bolaño tiene la ventaja indudable de atraer cada día nuevos lectores sobre su obra; no hay que descartar que a la larga -o no tan a la larga- tenga algunos inconvenientes, pero cuando lleguen, si es que llegan, la propia obra de Bolaño ya se encargará de afrontarlos, y lo hará con entereza. Sea como sea, tal y como están las cosas es posible que tarde o temprano a algunos de sus lectores menos perspicaces o más atolondrados les decepcione saber que el escritor forajido en que han querido convertir a Bolaño fue en su vida real un hombre morigerado y prudente, alguien que -pongo por caso- políticamente no pasaba de ser un socialdemócrata o un liberal de izquierdas -que es, supongo, lo más prudente y morigerado que políticamente se puede ser-, pero eso ya no es problema de Bolaño ni de su obra, sino sólo de los atolondrados y de quienes alimentan su atolondramiento.
Lo que importa de verdad, yo digo, es la otra leyenda: la que Bolaño forjó con su vida y nos legó en sus libros. Ésta, por supuesto, también puede manipularse, sólo que en este caso manipularla es legítimo y a veces hasta indispensable, aunque no todas las manipulaciones son igual de inteligentes o valiosas, y no en todos los casos la obra de Bolaño las autoriza sin ser al mismo tiempo traicionada. A mi juicio, muchos de los tópicos más arraigados sobre la obra de Bolaño son equivocados. Se repite, por ejemplo, que su obra surge de una reacción contra los autores del, mejor o peor llamado, boom de la literatura latinoamericana, de los que sería a la vez el antídoto y la vía de escape, o una de las vías de escape; aunque ciertos desplantes para la galería del propio Bolaño parecen avalarla, esta idea sólo puede ser fruto de la torpeza o la impotencia de quien la defiende (cuando no de su mala índole) y de una lectura muy superficial de la obra de Bolaño, y tiene el inconveniente tremendo de proponer a un Bolaño torpe e impotente, además de casi indocumentado, incapaz en todo caso de comprender que escribir algo de provecho consiste en no ignorar a los gigantes, sino, por penoso o lesivo que resulte para el amor propio de según quién, en reconocerlos y en encaramarse en sus hombros, aunque sea incurriendo de vez en cuando en la coquetería venial de despreciarlos de boquilla. Lo que quiero decir es que Bolaño no fue en modo alguno (salvo en alguna zumbona intemperancia de última hora) un detractor del boom, sino precisamente su continuador más disciplinado: su obra no es sólo inimaginable sin una lectura a brazo partido de Borges, sino también sin la transparencia coloquial de la prosa de Cortázar o sin las astucias narrativas y las arquitecturas novelescas de Vargas Llosa, sin duda el novelista vivo en español a quien más admiró Bolaño, y uno de los que con más cuidado asimiló. Por otra parte, también parece halagar la vanidad o aliviar las frustraciones de ciertos lectores o exegetas de Bolaño imaginarlo como un vanguardista radical, como un outsider apartado de las formas literarias de una época prostituida por el convencionalismo de los usos narrativos y por la rapacidad del mercado; en este caso la miopía es si cabe más aparatosa, aunque, también en este caso, ciertas declaraciones de Bolaño -aceptadas con desconcertante docilidad por sus exegetas- no han contribuido desde luego a curarla: dejando de lado el hecho evidente de que la vanguardia, sea lo que sea tal cosa a estas alturas, es en Bolaño mucho antes un ademán, o si se prefiere una actitud, y sobre todo un yacimiento temático que una práctica literaria, lo cierto es que los dos rasgos más visibles de la obra de Bolaño son los dos rasgos más visibles, si no de la corriente dominante de la narrativa en castellano (o quizá debería decir en español, puesto que Bolaño fue también, y quizá sobre todo, un escritor español), sí de una cierta corriente dominante en la narrativa seria escrita en castellano en los últimos años: la legibilidad y la narratividad. Como cualquier lector de buena fe comprueba en cuanto abre cualquiera de sus libros, Bolaño no fue un narrador hermético o difícil, gratuitamente exigente con el lector, enrocado en autofagias experimentalistas más o menos novedosas -que suelen ser las más viejas o las que antes envejecen-, sino un escritor alérgico a cualquier forma de logomaquia, un narrador compulsivamente legible, inmediatamente cordial, arrebatadoramente atractivo, y un inagotable contador de historias cuya escritura, propulsada por una tracción sin freno, arrastra de una anécdota a otra, de un personaje a otro, de un paisaje al otro en un torbellino alucinado que deja al lector sin resuello. No: como tantos grandes escritores de cualquier época, Bolaño no fue en absoluto una excepción; fue, sin que tal vez él mismo lo sospechara -sin que acaso su obstinado espíritu de contradicción se sintiera demasiado cómodo con ello-, una inesperada y soberbia confirmación de la regla.

Si no me engaño, pese a ser una evidencia palmaria lo anterior no sería aceptado sin escándalo por los admiradores más superficiales o esquinados de Bolaño, que serán los más efímeros; me alegra pensar que tampoco lo aceptarían sus detractores más severos, a quienes ni siquiera la muerte de Bolaño ha silenciado del todo. No me refiero ahora a quienes parecen querer escatimar a la obra de Bolaño su valor incuestionable por las declaraciones o actitudes personales de su autor, lo que es una estupidez y una indignidad, o más bien las dos cosas a la vez: alegar, digamos, que el rencor contra su país, o contra el establishment de la literatura en lengua española, fue el principal carburante de la escritura de Bolaño no es sólo probablemente falso; es algo bastante peor: es ignorar que para un escritor el rencor puede ser un carburante tan legítimo como cualquier otro, y quizá más eficaz, y que en todo caso ese rencor no es un argumento contra Bolaño ni contra la obra de Bolaño, como no es un argumento, digamos, contra James Joyce ni contra la obra de James Joyce, cuyo fervoroso rencor contra Irlanda alimentó de por vida su escritura. Me refiero, por supuesto, a reproches propiamente literarios. De todos ellos hay dos que son, creo, los más comunes. El primero afirma que la prosa de Bolaño es pedestre, plana, elemental ("del tipo yo Tarzán, tú Chita", ha dicho Fernando Vallejo, con una maldad que parece sacada de cualquiera de los libros de Bolaño); el segundo afirma que el único tema de Bolaño es la literatura o, peor aún, la vida literaria. Puedo entender que algunos admiradores desprejuiciados de Bolaño concedan que ninguno de los dos reproches es del todo injusto, pero yo les recordaría que ambos son insuficientes: salvando todas las distancias, el primero de ellos olvida que también a Cervantes se le reprocha, y no sin razón, el uso de una prosa de sobremesa, a ratos ramplona y conversacional, y que, si Bolaño sacrifica las suntuosidades del lenguaje y las complejidades de la sintaxis y hasta del pensamiento, lo hace en aras de la eficacia torrencial, delirante y exactísima de sus fabulaciones; o dicho de forma más clara: esa prosa atonal y por momentos sin relieve es la prosa que Bolaño necesita -ésa y no otra- para contar lo que cuenta. En cuanto al segundo reproche, parte de una premisa verdadera, porque es un hecho que la escritura de Bolaño se tensa hasta el límite cuando el asunto que aborda es sólo literario, pero llega a una conclusión errónea, porque eso no lo convierte en un escritor endogámico, autocomplaciente o solipsista: en los libros de Bolaño la literatura o la vida literaria es sólo una metáfora de la vida a secas, y uno de los principales méritos de Bolaño consiste en haber dotado al chisme literario de una dimensión casi épica en la que todas las pasiones, los vértigos y las perplejidades del ser humano hallan una expresión desgarrada y nueva.
"Print the legend!", exclama al final de El hombre que mató al Liberty Valance el director del Morning Star tras comprender que la leyenda es más poderosa que la realidad, o que la ficción es más verdadera que la historia. Para Bolaño, la escritura consistió precisamente en eso: en imprimir la propia leyenda; para los lectores de Bolaño, como para los de cualquier otro escritor, ésa es la única leyenda que cuenta, porque ésa es la única que él quiso o supo o pudo contarnos y porque en los recovecos y líneas de fuga de esa leyenda se encuentra el único Bolaño de verdad. Lo demás es sólo literatura. Literatura en el sentido pestilente de la palabra, que es el que Bolaño detestaba más que ninguna otra cosa y el que con harta frecuencia se le ha infligido tras su muerte. Así que lo mejor es prescindir de todo eso. Prescindir de los ventajistas que se lanzaron desde el primer momento sobre su cadáver, de quienes lo ridiculizaron y humillaron en vida y lo canonizan cuando está muerto para humillar y ridiculizar a otros vivos a quienes quizá canonizarían de estar muertos, de la idolatría sonrojante de quienes suspiran por convertirlo en una especie de James Dean chileno, de los rencores estériles y extraviados de sus exegetas, de las ingenuidades y cursilerías de sus lectores cursis e ingenuos y hasta de los exabruptos e insolencias a que el propio Bolaño se sintió tal vez obligado por la celebridad o con los que le gustó jugar en sus últimos años. Prescindir de todo eso y quedarnos con lo único que era seguro cuando estaba vivo y sigue siéndolo cuando está muerto: el coraje y la honestidad inauditos con que Bolaño asumió su vocación de escritor y el hecho incontrovertible de que es, hasta donde alcanzo y a menos que alguien se apresure a demostrar lo contrario, el escritor latinoamericano menos prescindible de su generació

BIBLIOGRAFÍA

NARRATIVA2666(Anagrama, 2004)Una novelita Lumpen (Mondadori, 2002) Amberes (Anagrama, 2002) Putas asesinas (Anagrama, 2001) Nocturno de Chile (Anagrama, 2000) Monsieur Pain (Anagrama, 1999) Amuleto (Anagrama, 1999) Los detectives salvajes (Anagrama, 1998) Estrella distante (Anagrama, 1996) La literatura nazi en América (Seix Barral, 1996)
POESÍA Los perrosrománticos (Lumen, 2000) Tres (Acantilado, 2000)

abril 08, 2007

A la mierda los centroamericanos

Reportaje aparecido en Milenio-Hidalgo el 9 de abril.

Tepeapulco, Hidalgo.- Por viajar de mosca en un tren que cruzaba por la estación Irolo del municipio Tepeapulco, al mexicano Juan Daniel Arroyo lo apresaron el 10 de enero los agentes del Instituto Nacional de Migración (INM), que durante un operativo lo confundieron con un inmigrante centroamericano.

Nacido en Arriaga, municipio del istmo de Chiapas, a Juan Daniel Arroyo de 17 años lo cogieron ¡por su aspecto!: en la frente del cráneo, en los bíceps, en el pecho y en su espalda morena, llevaba tatuadas las letras mayúsculas M S, que no son sino las siglas de la sangrienta Mara Salvatrucha.

Esa vez Gustavo Cortés, agente del INM, envió la identidad del mara al Centro de Investigación y Seguridad Nacional (Cisen), el cual determinó que el chiapaneco no era perseguido por la justicia de México. En seguida fue puesto en libertad, sin alguna disculpa de por medio.

¿Injusto? Todo ocurrió ante el visto bueno del enviado de Derechos Humanos, Jorge López del Castillo. Otra escena de extraño signo tuvo lugar apenas hace dos semanas, durante uno de los tantísimos operativos que realiza el INM en las vías de los trenes que, partiendo de entidades sureñas, cruzan a diario por Apan y Tepeapulco, con destino al norte.

El hecho es que en los límites de las demarcaciones Tepeapulco y Emiliano Zapata, agentes federales montaron un operativo de detención. Lo raro fue que a las puertas de sus camionetas van les arrancaron las etiquetas que otrora indicaban las siglas del INM. Para enrarecer más la cosa, el policía estatal Roberto Wenceslao Domínguez se encontraba ahí en su día de asueto, sin portar uniforme de trabajo. Tampoco invitaron a Derechos Humanos.

El número de extranjeros detenidos esa vez se desconoce, porque el puesto de policía municipal, adonde antes el INM mantenía en resguardo a los inmigrantes, ya no se emplea para ese fin. Se hace imposible acceder a esos datos. Y es que nacionalmente al INM le vetaron mantener a los indocumentados en cualquier tipo de galera policial. Se violaban sus derechos teniéndolos presos: no son delincuentes del fuero común.

A raíz de esa notificación, el Instituto dejó de pedirle a la policía de Tepeapulco hacinar a los extranjeros en los separos, cuyos 20 metros cuadrados, cuya escasa luz y cuya pésima ventilación, cobraban dimensiones inhumanas al momento en que 100 seres hambrientos y sin bañarse desde hace semanas se amontonaban ahí.

Además cuando los separos hacían de puesto de retén migratorio, el estado de salud de los detenidos era examinado no por un médico, como manda la ley, sino por un socorrista de la Cruz Roja: una irregularidad más. La Ley General de Salud en su artículo 83 precisa: “Quienes ejerzan las actividades profesionales, técnicas y auxiliares y las especialidades[…], deberán poner a la vista del público un anuncio que indique la institución que les expidió el título, diploma o certificado y, en su caso, el número de su correspondiente cédula profesional.” ¿Cómo un socorrista pondrá a la vista del público una cédula profesional que no posee?

Recurrentes faltas a las garantías básicas en los retenes nacionales impulsaron a los organismos proderechos humanos a condenar estos operativos. ¿Qué es, pues, lo que motiva al INM a realizar operativos a costa de lo que sea, aun en contra de toda lógica?

Presión del gobierno norteamericano al mexicano. Tal la respuesta que para algunos analistas amerita detenimiento. Si de 2005 a 2006 el número de asegurados disminuyó al pasar de 240 mil 269 a 182 mil 705, Washington cree tener motivos para ejercer presión. Porque a menor número de detenidos, las posibilidades de que lleguen a la Unión Americana se multiplican.

El caso es que las víctimas de esta política anti-centroamericanos están dejando de ser un hecho lejano. La cosa empiezan a cobrar dimensiones cercanas a la realidad. Sus ecos alcanzan estas regiones que son paso obligado de los centroamericanos en busca del american dream. Como aquel Mara Salvatrucha mexicano.

abril 02, 2007

La cuestión

Tan vieja como los tiempos mismos es "la cuestión".

“Hace unos días leía nada más el encabezado de una noticia periodística que recogía la contundente declaración de alguien (supongo que sería una persona ampliamente autorizada) en el sentido de que en México nunca sería legalizada la práctica del aborto provocado. Desgraciadamente no pude leer el detalle en que se fundaba esa afirmación tan rotunda, pero supongo que por el tono terminante del encabezado que se daban razones y fundamentos suficientes. Lo supongo por las palabras que resumían, seguramente, los argumentos contenidos en el texto de la noticia, pero lo que más me llamó la atención fue el sutilísimo equívoco al que esas palabras se prestaban por el empleo de una argucia retórica muy común: la enunciación afirmativa de algo en tiempo de verbo de futuro simple que le resta toda substancia de actualidad y convierte al hecho que se afirma en una cosa imprecisa y vaga del porvenir.

“Unos días después de leer la noticia me encontré con un amigo al que no veía desde hace muchos años cuando vivíamos los dos en la Ciudad Universitaria de París. Me contó, entre otras cosas, que fruto de aquellos años pasados en París era un libro, una novela inédita dijo, acerca de las tribulaciones de las muchachas mexicanas que estudiaban allá.

“La coincidencia me hizo pensar cómo cambian los tiempos y a pesar de que el uso extendido de antimpregnantes le ha quitado relevancia a esta cuestión, no pude menos que planteármela otra vez, ya que parecía volver a cobrar cierta actualidad. Fui a los libros.

“Las enciclopedias, como es sistemático en ellas, dividen esta cuestión de acuerdo a los diferentes aspectos que reviste. Hay así un artículo que trata la cuestión desde el punto de vista de la medicina legal y otro, que es quizás el más interesante de todos, que estudia su significación desde el punto de vista de la legislación y que comenta los interesantes problemas morales que suscita.

“El problema estrictamente médico o clínico ofrece poco interés excepto para los profesionales. Es preciso destacar sin embargo que el término se emplea con deficiencias ya que abarca tanto al fenómeno espontáneo como a la forma provocada. Solamente esta última comporta implicaciones de orden moral o legal. Se puede producir por procedimientos quirúrgicos, mecánicos o bioquímicos. En las condiciones de ilegalidad en que por lo general se practica conlleva el riesgo, muchas veces fatal, de la metro-peritonitis y la hemorragia; la primera generalmente producida por sepsia y la segunda por impericia o falta de atención clínica, condiciones que privan casi siempre en los quirófanos improvisados en que se practica clandestinamente.

“Los artículos acerca del aspecto médico forense de la cuestión generalmente hacen hincapié en la dificultad y discriminación que exige el dictamen legal acerca de esa distinción en la que la medicina forense se divide el problema: ¿cuándo es un hecho provocado?, ¿cuándo un hecho de la naturaleza?, ¿en qué casos está prescrito y por qué razones? Preguntas todas de respuesta incierta.

“Las legislaciones no están de acuerdo acerca de la cuestión. Es evidente que la actitud hacia ella está ligada o emana de las ideas religiosas. Sin embargo solamente las legislaciones que se informan en la ley mosáica condenan la práctica del aborto provocado y el derecho romano la consideró delito hasta época muy tardía. Las leyes de inspiración germánica lo castigaban severamente y el Fuero Juzgo prescribe la pena de muerte para el médico si la madre muriese, pero sólo una multa si no. Las civilizaciones orientales y de la india no lo reconocen como delito. La época ateniense vio nacer la polémica acerca del significado moral de este asunto y tal vez le sorprenda al lector tanto como le sorprendió al autor saber que los filósofos aconsejaban el aborto en muchos casos. Platón consideraba que era un deber provocar el aborto a todas las mujeres que hubieran cumplido 40 años y su discípulo Aristóteles, aconsejaba que se impusiera a las mujeres la obligación de abortar para mantener constante el equilibrio entre la población y los medios de subsistencia; una idea que también parece tener mucha actualidad.

“Carezco de información acerca de la actitud de lso antiguos pueblos de América pero por los conocimientos que tenían de cirugía y de herbolaria es fácil suponer que conocían la práctica.

“Ahora bien, todas estas precisiones no tendrían más que un carácter ilustrativo bastante ingenuo si no subrayaran ese otro problema que cada vez con mayor urgencia se plantea: el de la condición de la mujer. En ese contexto el problema se plantea en los términos en que si bien parece ser un hecho que la práctica del aborto nunca será admitida de jure, según las palabras de la persona autorizada que hizo las declaraciones, esa práctica existe de facto, como lo sabemos casi todos. La función de la maternidad con tiene hoy, por razones de aritmética como las invocadas por Aristóteles en su argumento a favor de la práctica del aborto provocado, las virtudes cualitativas o cuantitativas que tenía antes. La independencia de la mujer y el bienestar común parecen exigir cada vez con más apremio la limitación de la proliferación humana sobre todo allí donde ha colmado todas sus posibilidades de subsistir. Un hijo indeseado en las condiciones de vida actuales, representa una carga y una rémora tanto para los pares, como para la comunidad, como para sí mismo. Un hijo indeseado subyuga la condición posible de la madre. Quienes condenan el aborto lo condenan en nombre casi siempre, ahora, de al violencia psicológica que inflinge a la mujer, pero al violencia ‘psicológica’ es apenas comparable a la violencia del hambre, de la guerra, etc., que crece incontrolada en todas partes. Otro argumento que frecuentemente se esgrime contra la legalización del aborto es de tipo probabilística. Se expresa en términos de la posibilidad que el aborto entraña de asesinar a un Goethe o a un Leonardo da Vinci. Se funda en el equívoco doble de que el genio abunda y de que es producto de una determinación anterior muy misteriosa. Pero se puede responder fácilmente a quienes proponen el argumento del ‘gran hombre’ que la grandeza si no, no sería grandeza, es adquirida, casi toda, mediante el esfuerzo, la voluntad y la educación. Por otra parte, la posibilidad de ser Goethe ya está cumplida para siempre.

“No rechazo del todo, tampoco, ese argumento que podría llamar ‘sentimental’ y que, a ciencia cierta, nunca he sabido si es un argumento en pro o en contra. Es el que propone que la reproducción es una función inherente al organismo, como lo demuestran sus órganos. Esto es cierto. Especialmente en las mujeres. Pero me pregunto si esa función que con un carácter tan general se atribuye a la especie como un todo no es, reducida a las circunstancias particulares en que el individuo es capaz de desarrollarla, no ya la respuesta al impulso esencial de multiplicación y extensión de la especie, sino el germen minúsculo de su extensión o aniquilamiento”: Salvador Elizondo, ¡¡¡¡¡1973!!!!!!

abril 01, 2007

La inasible mística de San Juan de la Cruz. Un acercamiento al "Cántico espiritual"*

*Texto publicado en el número 142 de la Revista opción, del Instituto Tecnológico Autómo de México.


Hay una poseía más angélica, celestial y divina, que ya no parece de este mundo, ni es posible medirla con criterios literarios, y eso que es mas ardiente de pasión que ninguna poesía profana, y tan elegante y exquisita en la forma, y tan plática y figurativa como los más valiosos frutos del Renacimiento. Son las Canciones espirituales de San Juan de la Cruz… Confieso que me infunden religioso terror al cotarlas. Por allí ha pasado el espíritu de Dios, hermoseándolo y santificándolo todo.
Fray Luis de León.

1. HACIA LA SEMILLA. Cántico espiritual.

El Cántico espiritual es un poema de largo aliento, aunque no tanto como otros que lo precedieron y muchos que lo han sucedido en los Siglos de Oro. Escrito durante la estancia de San Juan de la Cruz (1542-1591) en la cárcel de Toledo (1577-78) a los 35 años , el poema describe la búsqueda del alma hacia la unión espiritual con Dios. Lourdes Penella Jean describe los tres peldaños (tradicionalmente llamados vías) para acercarse a Dios, de los cuales es el último el que atañe a San Juan y a la poesía mística toda: una primera vía, purgativa , consiste en la purificación y el apartamiento del pecado por medio de la oración, la penitencia y la meditación. Otra vía, iluminativa , es la ascensión del alma purificada al verdadero conocimiento de la bondad y hermosura de Dios. Y la última vía, unitiva, es la más alta y consiste en el total abandonamiento del alma a Dios, “el consumirse por completo en el amor divino” . El alma de la Esposa arde en deseos de unirse a Él en matrimonio espiritual; alma y Dios; esposos amados. No obstante ser el que buscan, este último grado no logra cabalmente ser expresado por los místicos, a decir de ellos mismos.
La composición del Cántico espiritual fue lenta y saltuaria, en tiempos más o menos distantes, y al aire de experiencias que presionaban al artista y, antes, que conmovían al creyente San Juan de la Cruz.
Según el testimonio más fehaciente, el poeta redactó en la cárcel toledana las primeras 31 canciones: “Sacó el santo Padre, cuando salió de la cárcel, un cuaderno que estando en ella había escrito…” y las canciones o liras que dicen “A donde te escondiste” hasta que dice “Oh ninfas de Judea” . Con la experiencia como fondo: decía que “en aquel tiempo le hacía hecho nuestro Señor mercedes en mostrarse a su alma, y ora se le ausentaba y escondía, dejándole afligido y desconsolado” .
Amén de las pistas religiosas de los que conocieron en persona al santo, hay información sobre las fuentes en las que se habría inspirado para escribir el Cántico. Dámaso Alonso , en el siglo pasado, explicó con gran acierto que los antecedentes literarios inmediatamente reconocibles en la obra de San Juan se bifurcan en dos, en “sendas”. Una viene de la tradición culta, de Juan Boscán, Garcilaso y Fray Luis de León, poetas a lo divino, o sea versificadores cuya obra tendía, casi igual que la del santo, a parangonar lo mundano con lo espiritual, en su búsqueda por alcanzar la perfección del alma, la iluminación, aunque todavía no la unión —que vendrá con Santa Teresa y San Juan . Otra senda de búsqueda es la castellana, que comprende tanto elementos populares como del cancionero.
Paso por paso desenhebremos el asunto. “La lira, estrofa pagana de Garcilaso, se espiritualiza en fray Luis, se diviniza en San Juan”. Dámaso Alonso apoya su afirmación en ejemplos como éste, donde el verso

¡Oh mano blanda! ¡Oh toque delicado!

de san Juan de la Cruz, semeja en mucho a los plañidos:

¡Oh miserable hado!
¡Oh tela delicada!
¿Dó está la blanca mano delicada?...

de Nemoroso. Proporcionadas por Dámaso Alonso, sobran muestras de la vertiente que viene de Garcilaso y encuentra lugar en nuestro poeta. No vamos a ocupar nuestro espacio en enumerarlas. Mejor veamos otros ejemplos que prueban la importancia de la traducción que hizo fray Luis de León del Cantar de los cantares en la literatura de San Juan de la Cruz.
Antes, empero, mencionaremos unos comprobados influjos que se hallan presentes en San Juan, así en el Cántico espiritual como en la Llama de Amor viva o en la Subida al Monte Carmelo, los poemas mayores de San Juan . María Rosa Lida ha vuelto a tratar las relaciones entre Garcilaso y San Juan de la Cruz. La expresión de la Llama

rompe la tela desde dulce encuentro

es muy próxima a otras de la Égloga primera y de la segunda:

… este velo
rompa el cuerpo…
… do se rompiere
aquesta tela de la vida fuerte…


Otros pasajes del poeta toledano parece como que se reflejan en el Cántico espiritual. He aquí el “prado de verdura”. En Garcilaso:

Ves aquí un prado lleno de verdura
… preséntanos a colmo el prado flores
y esmalta en mil colores su verdura…


En el Cántico:

¡Oh prado de verduras
De flores esmaltado…!

He aquí ahora la “espesura”, “el agua pura”. En Garcilaso:

Ves aquí una espesura,
ves aquí un agua clara…
… en esta agua que corre clara y pura…

En el Cántico:

… domana el agua pura
entremos más adentro en la espesura…

Ahora sí Fray Luis de León y su traducción del Cantar. De él podríamos mencionar las mismas semejanzas que el santo nos manifiesta en las dilucidaciones que hace verso por verso en las 39 estrofas de la primera edición —y 40 de la segunda y definitiva—. Pero ¿no vale más dejar el tema para otro capítulo adelante, entero? Así lo creo. Mientras tanto, la tradición castellana a que se refiere Alonso: lo popular y lo relacionado en estricto sentido con el cancionero.
Hay que ser perito en exquisitas nimiedades de la literatura, para que no pasen inadvertidas esas pequeñas pero decisivas semejanzas entre la tradición anterior al Cántico y el Cántico mismo. Este glosar a lo divino del que hablamos con Juan Boscán y Garcilaso, aparece también en la tradición novelística de caballerías y, en general, en toda la tradición literaria previa al santo toledano. Álvarez Gato es una muestra; toma el cantarcillo popular:

Quita allá, que no quiero
falso enemigo,
quita allá, que no quiero,
que huelgues conmigo.

y lo resuelve así a lo espiritual:
Quita allá, que no quiero,
mundo enemigo,
quita allá, que no quiero
pendencias contigo.
También encontramos en fray Iñigo de Mendoza, dirigido al Niño Jesús, el siguiente estribillo:
Eres niño y has amor,
¿qué farás cuando mayor?
Ésta ya es una primera pista de la evolución poética de las letras en castellano hacia la literatura mística. Siguientes ejemplos confirmarán la orientación de la literatura hacia el misticismo, como éste del indispensable y preclaro Garci Sánchez:
Secáronme los pesares
los ojos y el corazón,
que no puedo llorar, non.

La tradición de glosar a lo divino llega hasta Lope. Un viejo cantar de vela —nos recuerda Dámaso Alonso— , cuya popularidad está atestiguada por ponerlo el autor en boca de Dorotea, en la obra de este mismo nombre,
(Velador que el castillo velas
véale bien y mira por ti,
que velando en él me perdí)
es glosado por el dramaturgo dos veces, a lo profano en Las almenas de Toro, y a lo divino en El nacimiento de Cristo. En esta cadena se inserta Santa Teresa:
Véante mis ojos,
dulce Jesús bueno;
véante mis ojos,
muérame yo luego.
Y San Juan, hablando la Esposa al Esposo:
Apaga mis enojos,
pues que ninguno basta deshacellos,
y véante mis ojos,
pues eres lumbre dellos,
y sólo para ti quiero tenellos.
Esto por lo que hace a los influjos del cancionero. Todavía queda por examinar el Cantar de los Cantares. Antes de entrar definitivamente a él, precisamos adentrarnos por último en los elementos populares.
En la estrofa 32 dice la Esposa al Esposo:
Escóndete, Carillo,
y mira con tu haz a las montañas…
Piénsese en la coplilla que oyó cantar el Santo, preso en Toledo:
Muérome de amores,
Carillo, ¿qué haré?
—Que te mueras, ¡ahalé!
No hace falta explicar la relación ni de dónde pudo haber traído el Santo no sólo la palabra evidente, Carillo , sino el sentido de la estrofa entera. La tradición popular no se reduce en el Santo a tomar parte de lo que otros han escrito (síntoma nada extraño, por el contrario presente en toda la literatura), sino que llega más lejos: el poeta toledano abunda en latinajos, como en cultismos, pero no menos lo hace en expresiones del lenguaje popular —como lo hemos venido mencionando. Lo que nos importa es lo desconocido y que él imprime por vez primera: su nueva visión es la de una lírica con aliento entrecortado. Es un poeta que se contiene; vr.gr., al verso Decidle que adolezco, peno y muero , agréguesele cualquier cosa, un adjetivo. Se verá cómo tanto gana en musicalidad y sumisión a la tradición, cuanto pierde en sentido e, irónicamente, en perfección. Pero, a pesar de todas las dichas variantes que encuentran acomodo en su obra, no son ellas lo que hace de san Juan de la Cruz la excepción en nuestra poesía. Lo realmente importante, la diferencia suya, está en hacer uso del Cantar de los cantares, de origen bíblico.
Reinterpreta el santo la obra de Salomón (traducida al castellano por Fray Luis de León) y, a su juicio, le sirve de fundamento único . Por eso, como lo hemos mencionado, debemos tratarlo aparte.

1.1. INFLUENCIA CELESTIAL. Cantar de los cantares

Forma parte del Antiguo Testamento. En orden, la tradición lo coloca después del libro del Eclesiastés y antes del libro de la Sabiduría. Al lado de los escritos de Job, de Los Salmos, de los Proverbios, y del Eclesiástico, el Cantar de los cantares (Ct, en adelante) forma parte de una categoría mayor: libros “Poéticos y Sapienciales”. ¿Sapienciales?
El Cantar no. Más bien de tema amoroso. El Ct semeja en tema (¡y en qué medida también en forma!) al Cántico de San Juan de la Cruz.
En el prólogo a la primera edición del Cántico (de la segunda hablaremos más tarde), el poeta toledano se ríe, como avergonzándose de antemano, por las semejanzas que saltan a la vista entre su obra y la de Salomón:

Las cuales semejanzas, no leídas con la sencillez del espíritu de amor e inteligencia que en ellas llevan, antes parecen dislates que dichos puestos en razón, según es de ver en los divinos Cantares de Salomón y en otros libros de la Escritura divina, donde no pudiendo en Espíritu santo dar a entender la abundancia de su sentido por términos vulgares y usados, habla misterios en extrañas figuras y semejanzas.

No es preciso que el poeta se justifique con tamaña humildad: el lector medianamente avezado con la literatura bíblica hubiera advertido de todos modos el absoluto parentesco. Dejemos por sentada la tesis: san Juan echa mano de imágenes, de frases (casi versos enteros), de tiempos narrativos, en su poema, que había leído en el Ct quizás durante su estancia en prisión; y no podía ser más clara la alusión al poema salomónico, toda vez que en sus explicaciones en prosa, pegadas a las estrofas en verso, el poeta toledano explica uno por uno, el sentido de sus arreglos líricos, cuándo usando a los Salmos, cuándo a los Profetas, y cuándo más señaladamente, a los Cantares.
Son numerosas las muestras de homologías en los versos de entrambos. Así habla la Novia en Ct
¡Que me bese con los besos de su boca!
Mejores son que el vino sus amores;
mejores al olfato sus perfumes.
La Esposa del Cántico dice
… al toque de centella
al adobado vino
emisiones de bálsamo divino.
Para abundar quiero mencionar que son más claros y más fáciles de distinguir los rasgos que acercan a uno y otro poema, cuanto más fijemos nuestra atención en que los dos abordan el mismo tema: la persecución de la vía unitiva. En el Ct, la Novia busca al Novio; en el Cántico, la Esposa quiere llegar al Esposo. Sin embargo, los Cantares incluyen además la presencia de un coro y de un poeta, personajes que intervienen en la difícil búsqueda del amor por parte de ella persiguiéndolo a Él; otra cosa: la Novia de los Cantares no persigue al Novio mientras éste se aleja oportunamente, como sí ocurre en la obra del santo; digo “oportunamente” a propósito de los infiernos que queman a San Juan para justificar su poema: arde en inquietud por alejar su obra de toda posible interpretación terrenal (erótica, carnal, sexuada), no obstante que en Salomón los ejemplos sean mucho más mundanos y sí se prestan a una mala interpretación.
Quiero remarcar otra semejanza de peso entre ambos. En Salomón los versos
Te daría de beber vino aromado,
el licor de mis granadas.
aparecen apenas estrofas antes de llegar al apéndice y terminar el poema. Vino y licor son esencias que la Novia quiere convidar a su Novio, en amorosa unión. En el Cántico se lee
y allí nos entraremos
y el mosto de granadas gustaremos.
La semejanza con Ct no se reduce a que los versos de aquél y éste aparezcan al término de todo el poema, sino que llega a más: constituyen en ambas obras la invitación hecha por el alma enamorada para que el Novio (en Ct), el Esposo (en Cántico), Dios en persona , tenga a bien fundirse en amor perfecto. Son versos del señalado éxtasis que el alma siente al unirse con su Amado; pero es también un éxtasis semejante también al que poetas profanos han alcanzado cuando se refieren al amor entre amantes de este mundo, cuya más alta cima está en el acto sexual, donde las esencias todas se concentran en el coito.
Hagamos a un lado lo que el poeta toledano quiso evitar a toda costa: que se le relacionara con el erotismo, aun cuando se tratase de sano amor terrenal. No estamos autorizados para desviarnos siquiera un punto de lo que el santo quiso legarnos: la devoción a Dios a través de sus creaciones. Pero deshonesto sería dejar pasar de largo la mención: de no haber tenido las suficientes justificaciones por parte del santo, que quiso ponerlas aquí y allá en prólogos, dedicatorias y en el cuerpo mismo de la obra, me atrevo a pensar que entonces lo hubieran tenido por un poeta más o no menos grande de lo que es, que le canta al amor, a una enamorada mujer suya. A riesgo de parecer circular y falto de tesis, diré lo mismo de hace rato: no obstante ser un rasgo mil veces elogiado, no es su estilo como versificador lo que en esencia hace distinto a San Juan de otros poetas contemporáneos suyos, ni el uso de sus fuentes, salvo de una: la vía bíblica, los Cantares de Salomón. Para terminar con esto, enlistaré algunas palabras que, llevadas al extremo, en el Cántico cobran su tonalidad amorosa, erótica, profunda, inasible…, pero que con justicia pertenecen originalmente a los Cantares.
Nos dejan sin habla ciertas palabras, versos y expresiones en general del Cántico. Con todo desorden, traigo a la mente las muy acusadas: espesuras; monte; otero; adolezco, peno y muero/, apaga mis enojos/, aires amorosos/, noche sosegada/, música callada/, soledad sonora/, detente, cierzo muerto/, debajo del manzano/, leones, ciervos, gamos saltadores/, Gocémonos, Amado/, y el mosto de granadas gustaremos/, al monte o al collado, do mana el agua pura/, con la llama que consume y no da pena/ ¿A donde te escondiste, Amado, y me dejaste con gemido?/.
Encuentro su lugar de procedencia, en el Ct: Brincando los collados/, Mi amado es para mí, y yo soy para mi amado/, tus mejillas, como cortes de granada/ tus pechos, cual dos crías/, levántate, cierzo/, ¿A dónde se fue tu amado/, oh la más bella de las mujeres?/ Te daría a beber vino aromado/ el licor de mis granadas/. Por falta de espacio, cortaremos aquí el listado.
Tomadas de aquí y de allá, las expresiones reflejan una cercana relación entre los poemas. Vienen de la rama bíblica, espiritual, pero toman cuerpo en un poeta a lo divino que escribió siglos después de Salomón e inspirado también en Dios, sí, pero técnicamente motivado por la tradición literaria de su tiempo, preñada de amores fáciles, historias de arrebatada pasión, de cuentos de caballerías, ilusiones y del teatro burlesco. Esto, la mezcla de dos mundos opuestos, hace que literatura salomónica renazca en San Juan con un halo de modernidad. Tomo en cuenta las lecturas desde muy variadas ópticas que se pueden hacer del Cántico, y su relación con respecto al tiempo en que se origina, antes de afirmar esto: la obra resume muy a su modo, todas las corrientes literarias de su tiempo; toma lo que le conviene de todas, y también discrimina algunas, muchas.
Es también la mejor obra poética en castellano del Siglo de Oro, también muy a su modo. No obstante las muy superiores excelencias de San Juan, habrá seguramente quien prefiera a Garcilaso o a Santa Teresa, o a Fray Luis de León… ¿y por ello estará equivocado?
Habrá además quien arguya que del Cántico hay dos versiones y que eso hace titubear hasta al de ideas más firmes sobre su perfección insuperable. No se equivocan plenamente quienes así llegan a pensar; mas tampoco tienen razón. Entre una y otra edición del Cántico hay evolución. Y si embargo la primera se acomoda más al gusto de los autores que vamos a mencionar, y también al mío propio.

2. VÍTORES JUSTIFICADOS. Los dos Cánticos

Ocasión de interminables debates son las dos redacciones del Cántico. La primera tiene 39 estrofas y a la segunda el poeta toledano le agrega una más. Y las diferencias no se detienen ahí. Están sobre todo en el trueque de canciones en el cuerpo entero del poema: el orden de la primera redacción es alterado por un san Juan que mueve estrofas, agrega versos y que, si bien no intenta mutar ni mutilar el sentido del poema, cree estarle sellando una dosis de precisión que, es lástima decirlo, nunca, o casi nunca, se logra en su segunda edición.
Al escritor lo arrastra un ansia por el decir. Está escrito que de todas las ediciones, la única que le pertenece al autor es el borrador. El libro impreso es propiedad de quien lo compra, lo lee y, lo que es más, de quien lo reescribe en su imaginación. Las últimas versiones, a un pie de ver la prensa, son estilo y perfección, y en ellas han intervenido editor, impresor, paginador. A ese punto, la veta sentimental, la inspiración, ya desaparecieron; desaparecen desde que el poeta cree terminada su obra y pasa al “a ver, qué le debemos acomodar…”. La primera edición del Cántico (CA) es fiable, de acuerdo a Dámaso Alonso, quien habla basándose en datos de la Biblioteca Nacional de España. Por lo tanto, CA da cuenta del hombre San Juan. A la luz de esto, es por lo que vemos con recelo la segunda y definitiva versión del Cántico (CB). Ésta es la estrofa agregada que, a mi juicio, no le aprovecha –pero tampoco le demerita-:
Descubre tu presencia,
y máteme tu vista y hermosura;
mira que la dolencia
de amor, que no se cura
sino con la presencia y figura.

Si el azar (sabio maldito) hubiera querido desaparecer la primera versión del cántico, juzgo que tendríamos por admirable esta estrofa, como lo son el resto de las que conforman el Cántico en ambas versiones. Pero no quiso. Por eso no hallamos esplendores en éste ni en los otros trueques que San Juan practicó a su CA. Otro ejemplo: en vez del original Cogednos las raposas , escribe en CB Cazadnos las raposas. La variación otorga fuerza, pero le suprime los ligeros efluvios inasibles que logra la versión primera.
Tanto Baruzi como Chevallier y Vilnet destacan aspectos de la utilización de textos bíbliocos en CB que parecen diferir del procedimiento habitual de San Juan.

La discusión se ha centrado en los textos bíblicos empleados en CB que no aparecen en las restantes obras de San Juan, y en la frecuente omisión de los textos latinos en CB cuando San Juan afirma (ambiguamente) en el prólogo: “Llevaré este estilo, que primero las pondré la sentencia de su latín y luego las declararé al propósito de lo que se trajeren” .

El Cántico oscila entre el comentario poético y el tratado espiritual porque es mucho más extenso que los restantes poemas de San Juan y su imaginería es mucho más variada. Los comentarios en prosa tienen que poner orden a partir de un arrebato lírico. Es preciso dar la mediad de imágenes, metáforas y símbolos. El instinto del poeta ha de someterse a la estudiada reflexión del teólogo.
La mejor guía para San Juan como poeta es CA, que refleja más fielmente el impulso originario de cantar el amor divino. Pero para valorar su pensamiento, tenemos todos los motivos para volvernos a CB, ya que es aquí donde se encuentra su última palabra sobre el Cántico, la voz de una poeta que es al mismo tiempo teólogo.
Resta por explicar la metodología que hace al Cántico ser lo que es, una suerte de escalón a punto de alcanzar el cielo. Juan de la Cruz es un santo cuya pluma parece estar tocada por ángeles o, mejor dicho, por serafines borrachos de amor a punto de cometer una travesura. El estilo de San Juan de la Cruz es lo que, según nuestra hipótesis, debe dar pie que dilucidemos el fenómeno mental y espiritual al que nos eleva su lectura.


3. SE ESCAPA DE LAS MANOS. Técnica.

La Academia de la Lengua Española lo ha declarado “autoridad” en prosa, argumentando que es un autor que basta por sí solo para justificar el uso de vocablos y modos de expresión .
Aliteraciones, encabalgamientos, repeticiones… Todos vicios arraigados en el Cántico. Estos “vicios” recurrentes en San Juan, vistos bien, no son sino herramientas de absoluta valía en un poeta de profundo y entrañable misterio. Entramos en problemas al analizar más de cerca los versos que, aplicados por él, resultan magistrales giros del lenguaje y, como dijimos antes, rasgos de una escritura que no fluye, sino que cual vino de consagrar, toman cuerpo gota a gota, en un lento acumulamiento que no cede a los arrestos de ninguna pasión. Es su poesía pasión encerrada en una gota de vino, que nada más advertirla perece. No podemos saciar nuestros deseos, y sin embargo quedamos extasiados. Para averiguar el fenómeno hemos de analizar.
pasó por los sotos con presura…
el silbo de los aires amorosos…
Si consideramos detenidamente, la aliteración, en un verdadero poeta, no es nunca artificio, sino un fenómeno intuitivo, profundamente ligado a la entraña de la creación. A este tipo de hallazgos corresponde sin duda
un no se qué que queda balbuciendo…
En general, la sucesión inmediata de tres sílabas que resulta molesta al oído. En este caso, tras la vaguedad de un no se qué, esa repetición indica una duda, un entrecortado titubeo, que va a complementarse, a recibir su justificación con un gerundio balbuciendo en el que cuaja la acción verbal. Este es uno de los mas, acaso el más, citado ejemplo del Cántico. No queremos dar a entender que este verso encierra la complejidad del poema entero, sino que es técnicamente, el mejor esteriotipo de la revolución poética del versificador toledano. Y que, no obstante entenderlo, estamos inermes para descifrar el profundo porqué de eso místico que nos deja balbuciendo.
“… [no hay] nada, o muy poco —admite un admirado Dámaso Alonso, tratando de explicarse por qué lo místico es místico— que explique esa sensación de frescura, de virginalidad y originalidad que nos produce su obra y que es como un delicioso oreo cuando a ella pasamos desde las de otros poetas, aun mayores de los mayores denuesto Siglo de Oro…”
No exploraremos la métrica o la relación con las literaturas de su tiempo. ¿Nos faltó ahondar en ejemplos que justifiquen nuestras aseveraciones? Pusimos nuestro empeño en traer a cuento, en describir simplemente, los rasgos salientes en el Cántico, y tuvimos que rozar algunos otros que destacan en la Llama y en la Subida. ¡Cuánto por decir nos faltó y qué limitado el tiempo del que disponemos! Si logramos rodear al menos los motivos de lo indescifrable en la poesía mística, cumplimos. Insatisfechos quedamos pues San Juan precisa mayor esfuerzo que el nuestro. El que hicimos fue un viaje de exploración a los puntos más importantes de una obra, ¡una sola!, del poeta toledano. Esto va al inicio, ya ni modo: se quiso una introducción a las razones que hacen indescifrable lo místico.

Fuentes.

Alonso, Dámaso. La poesía de San Juan de la Cruz. Ed. Aguilar. Cuarta edición. España, 1966.
Álvarez Gato, Obras, Ed Artiles, Madrid, 1928
Biblia de Jerusalén
Garci Sánchez, en el Cancionero general, de 1511, núm. 659, también en el Cancionero de Evora, Ed, Hardung, núm. 16, pero aquí anónimo.
Garcilaso y Juan Boscán, Obras. Ed Porrúa, México 1960.
Nueva bibl. de AA. EE., XIX, 15. Que era versión a lo divino de un tema profano lo sintió Menéndez Pelayo también (Antol. de poet. lír. cast. VI, 209).
Penella Jean, Lordes. Guía de Estudios. Siglos de Oro I. Facultad de Filosofía y Letras. Universidad Nacional Autónoma de México; enero de 2005, pp. 59.
Relación de la M. Magdalena que, junto con una carta, escrita el 1-8-1630, envía testimonio al P. Jerónimo de S. José. BMC. 10, 323.
Testimonio de la M. Leonor de Jesús. BMC 14, 159.
Revista de Filología Hispánica, I, 1939.
Ruiz Salvador, Federico. Introducción a San Juan de la Cruz. El escritor, los escritos, el sistema… Ed. Biblioteca de autores cristianos. Madrid, 1968.
San Juan, San Juan de la Cruz. Obras completas. Ed. Sígueme. Salamanca 1992
Thompson P., Colin. El poeta y el místico; un estudio sobre El Cántico Espiritual de San Juan de la Cruz. Editorial Swan, Madrid, 1985.

marzo 27, 2007

Un Congreso para García Márquez

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García Márquez, dicen, no está en su mejor forma. Las Memorias de mis putas tristes, novela casi plagiada de La casa de las bellas durmientes de Yasunari Kawabata es el argumento para sostener la afirmación. Pero ¿alguien puede renegar de El coronel no tiene quién le escriba, de Noticia de un secuestro, de La hojarasca o de, ¡por supuesto!, de Cien años de soledad? ¡Quién! Nos adherimos al homenaje que se le rinde en Colombia por sus 80 años en el marco del Congreso de la Lengua. A nosotros no nos importa las intimidades biográficas del autor, sobre las que se ha puesto demasiado y lamentable énfasis, sino las novelas y los cuentos y el periodismo que nos hereda. Hagamos a un lado la inquina que siempre, desde el inicio de los tiempos, nos despierta un viejo más exitoso que nosotros, jóvenes miserables. ¡Por lo que sentimos cuando por vez primera leímos que Aureliano Buendía dejó de existir mientras orinaba apoyando la frente en un encino! He aquí la nota de hoy en Milenio:

Gabriel García Márquez, vestido con traje blanco de lino y corbata, fue recibido con una prolongada ovación al ingresar en el recinto donde se inauguró el cuarto Congreso de la Lengua Española. Visiblemente emocionado, levantó los brazos en señal de agradecimiento. El Nobel, quien llegó acompañado por su esposa, Mercedes Barcha, y por el escritor mexicano Carlos Fuentes, fue homenajeado en la sesión inaugural.

El autor de El coronel no tiene quien le escriba se declaró complacido: “Estoy contento y estoy tranquilo porque estoy entre amigos”, dijo al entrar al centro de convenciones de la ciudad caribeña.

El cuarto Congreso Internacional de la Lengua Española comenzó ayer en esta ciudad con la participación de los Reyes de España, el presidente de Colombia, Álvaro Uribe, y el Premio Nobel de Literatura 1982 como protagonista.

En el homenaje, el director de la Real Academia Española, Víctor García de la Concha, le entregó a Gabo el primer ejemplar de una edición conmemorativa de un millón de ejemplares de Cien años de soledad. “Ni en el más delirante de mis sueños en los días en que escribía Cien años de soledad llegué a imaginar que podría asistir a este acto” para presentar esta “tirada descomunal”, expresó el escritor.

El autor se mostró satisfecho por la generosidad de sus amigos y el público, entre quienes se contaban el ex presidente de Estados Unidos Bill Clinton; el presidente de Panamá, Martín Torrijos; los escritores mexicanos Carlos Fuentes, Ángeles Mastretta, Héctor Aguilar Camín y el español Antonio Muñoz Molina.

El ex mandatario colombiano y presidente de la Comisión de Honor del Congreso, Belisario Betancur, expresó en este marco su ilusión de que la ruptura de hace más de treinta años entre el escritor colombiano Gabriel García Márquez y el peruano Mario Vargas Llosa llegara a su fin. Las relaciones entre ambos novelistas latinoamericanos están “en una zona cariñosa de ablandamiento”, según afirmó Betancur.

Como se sabe, los dos escritores se enemistaron en 1976, cuando estando ambos en México el peruano derribó al colombiano de un puñetazo, al parecer por una supuesta falta de respeto de García Márquez a su esposa, Patricia.

Betancur presentó como positivo el hecho de que en la edición conmemorativa de Cien años de soledad “a cada uno de los dos escritores se le preguntó si tendría inconveniente en incluir el ensayo en la edición de homenaje”. De acuerdo con Betancur, el Nobel de Literatura dijo: “no tengo inconveniente, pero no se lo voy a pedir”. Por su parte, Vargas Llosa respondió: “no tengo inconveniente pero no se lo voy a ofrecer”.

Sin embargo, hace diez días, en Madrid, Vargas Llosa declaró que no tenía previsto asistir al congreso de Cartagena de Indias, lo cual no le impidió escribir, para la edición conmemorativa de Cien años de soledad que se trata de uno de los raros casos de “obra literaria mayor contemporánea” que todos pueden entender y gozar.


Cien años de Soledad es “el Quijote americano”: Carlos Fuentes

Durante el homenaje, el escritor mexicano Carlos Fuentes definió ayer Cien años de soledad como “el Quijote americano” y dijo que su autor, Gabriel García Márquez, “aunque piensa y escribe en español”, tiene “el rostro del mundo”.

“He leído el Quijote americano, un Quijote capturado entre las montañas y la selva, privado de llanuras, un Quijote enclaustrado que por eso debe inventar al mundo a partir de cuatro paredes derrumbadas”, señaló Fuentes al citar una carta que envió en los años 60 al argentino Julio Cortázar sobre la novela de Gabo. En el prólogo, que lleva por título Para darle nombre a América, el escritor mexicano recordó que en la carta a Cortázar se refirió a la novela de García Márquez como una “maravillosa recreación del universo inventado y recién inventado”.

“¡Qué prodigiosa imagen cervantina de la existencia convertida en discurso literario, en pasaje continuo e imperceptible de lo real a lo divino y a lo imaginario!”, agregó. La lectura del prólogo de la edición conmemorativa de Cien años de soledad, salpicada de comentarios improvisados, fue interrumpida varias veces por los aplausos de los asistentes.

Fuentes recordó en el texto que conoció a Gabo en 1962 y en ese mismo momento nació una amistad “con la instantaneidad de lo eterno”. También narró que fue testigo del nacimiento de su obra cumbre, pues lo acompañaba en 1965 rumbo a Acapulco cuando García Márquez “se transformó” como tomado por una revelación divina.

“Sin saberlo, yo había asistido al nacimiento de Cien años de soledad, ese instante de gracia, de iluminación, de acceso espiritual, en que todas las cosas del mundo se ordenan espiritual e intelectualmente y nos ordenan: ‘Aquí estoy. Así soy. Ahora escríbeme’ ”, expresó.

“Hoy comienzan los próximos cien años de Gabriel García Márquez, empieza también el primer día del próximo lector de Cien años de soledad”, agregó Fuentes, en referencia a la edición conmemorativa de la novela, también llamada “edición popular” por su precio cercano a los 10 dólares.

Hacer feliz a “un lector inexistente”

García Márquez manifestó que nunca ha hecho otra cosa en su vida que escribir historias para “hacer más feliz la vida a un lector inexistente”.

Para ello, dijo, ha tenido como “único arsenal” dos dedos y 28 teclas. “Sólo sé que desde que tenía 17 años, y hasta la mañana de hoy, no he hecho cosa distinta que levantarme temprano todos los días, sentarme frente a un teclado para llenar una página en blanco o una pantalla vacía del computador, con la única misión de escribir una historia, aún no conocida por nadie, que le haga más feliz la vida a un lector inexistente”, expresó.

Comentó que si se unieran los lectores de Cien años de soledad se formaría “uno de los veinte países más poblados del mundo”. Hizo un recuento de las dificultades económicas por las que pasó su familia residente en México y a punto de publicar Cien años de soledad, y dijo que sobrevivió gracias a la inteligencia de su esposa, Mercedes Barcha.

Un documental estrenado en la sesión solemne recordó lo dicho varias veces por el único Nobel colombiano: “en la verdad de mi alma no soy nadie ni seré nadie más que uno de los dieciséis hijos del telegrafista de Aracataca”.

Cartagena de Indias, Colombia/Agencias

marzo 22, 2007

Efrén Rebolledo y "Caro victrix". El diablo y su creatura.


Efrén Rebolledo




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A Ramsés Salanueva



Reflexionar sobre eros y sus poderes no es lo mismo que expresarlo;
esto último es el don del artista y del poeta:
Sade fue un autor prolijo y pesado,
lo contrario de un gran artista.

Octavio Paz



Para el filósofo español Ramón Xirau, la primera traba al hablar del poeta Marco Antonio Montes de Oca, es que resulta imposible clasificarlo bajo los mismos argumentos que se emplean con sus compañeros de época. “A pesar de haber nacido en 1932, pertenece a una generación no muy unitaria por cierto, de quienes empezaron —empezamos— a escribir en serio por los años de 1944 (Jaime Sabines, Rosario Castellanos, Tomás Segovia, Jaime García Trepes, Rubén Bonifaz Nuño, Manuel Durán, por sólo citar algunos nombres)” . Recuerdo esto de Xirau sólo para hablar de otra idea también suya: Montes de Oca es inclasificable porque su creación primigenia no vio la luz en una sola revista, como las otras generaciones (El hijo pródigo, Taller, Barandal, Contemporáneos, Revista Moderna), sino en varias. ¿No es acaso una razón bastante flaca? El poeta de principios del siglo XX mexicano Efrén Rebolledo (1877-1929) es la mejor de las pruebas.

Colaborador —con José Juan Tablada, Amado Nervo, Luis G. Urbina, Ramón López Velarde, Salvador Díaz Mirón y otros— de la Revista Moderna que fundó Jesús E. Valenzuela, la obra de Efrén Rebolledo cobra realce no gracias a unas fuertes ligas con sus contemporáneos en lo que hace a la temática de sus apuestas literarias, sino por la cosa opuesta: marcó su raya con respecto a los amigos de generación y penetró en el aún virgen mundo poético del erotismo. Formalmente es otra cosa. En su primera etapa (fines del XIX e inicios del XX), todos los modernistas se valieron de recursos poéticos semejantes; de metáforas que recuerdan los salones festivos del rey francés Luis XV cuajados con ricos tapices y pedrerías exóticas, el colorete en las mejillas, las mujeres de imponente voluptuosidad, etcétera. Como teniendo esto en cuenta, un considerable estudioso de Rebolledo, Allen W. Phillips, entiende el “ismo” del modernismo en su sentido más amplio: epocal. Como una “una actitud”, y “una tendencia general que abarca toda una época histórica”, como “un renacimiento moderno” . Así arranca José Juan Tablada (1871-1945) sus Poemas de juventud (1892-1900):

Como un diamante sobre el terciopelo
de un joyelero de ébano sombrío,
abandona tu amor sobre mi hastío
la diamantina claridad de un cielo .

Con este estilo un joven Amado Nervo (1870-1919) concluye el poema “A Leonor”:

Tu alma recogida, silenciosa,
de piedades tan hondas como el piélago,
de ternuras tan hondas...
Pero hay algo,
pero hay algo más hondo aún: ¡tu ensueño!

Y sirva como última muestra el tercer cuarteto que Salvador Díaz Mirón (1853-1928) incluye en “A Gloria”:

Vanas son las imágenes que entraña
tu espíritu infantil, santuario oscuro.
Tu numen, como el oro en la montaña,
es virginal, y por lo mismo, impuro .

De Rebolledo, el primer poema publicado fue “Medallón” en 1896 , cuya primera estrofa

(Es un cáliz intacto su boca,
roja y húmeda flor que provoca
a los besos, su cuello un pistilo
de azucenas, y en nieve escultada
su perfecta nariz delicada
causa celos a la Venus del Milo.)

se trata de un sexteto cuyos primeros cinco versos son de diez sílabas y el postrero, un endecasílabo; de los endecasílabos se valdrá con marcada preferencia en su obra poética venidera, ajustándose en grado extremo a las reglas del soneto clásico y del verso alejandrino italiano. Con “Medallón” nuestro poeta accede por la puerta de oro al mapamundi de las letras mexicanas. Pero no es sino en ocasión de las exequias ofrecidas al diplomático Emilio Castelar y Ripio en 1899, cuando Rebolledo acaricia una primaria pero sólida fama. Declama un poema que llama la atención de asistentes y críticos pero que, sin embargo, nunca va a recogerse en un libro . En “Marcha fúnebre” hace gala de su gran memoria al brincar de los héroes griegos a los latinos lo mismo que a las leyendas españolas, y con la naturalidad de quien nombra a sus amigos, expone las hazañas del Cid, Pelayo, Schumann, Haydn, Wagner, Figueras. Más que ensalzar la vida de Castelar y Ripoll, está dando por inaugurado el lujo y oropel que usará por siempre: y se afirma autoridad del endecasílabo.

Allá marcha la fúnebre teoría:
los hombres
cubiertas las cabezas de cenizas,
y sueltas como lúgubres crespones
las largas cabelleras, las mujeres
inundando la sombra de clamores.
Todos llevan antorchas en las manos
que agitan como trágicos pendones,
y narcisos —el símbolo del luto—
y dolorosos álamos y bojes
que lloran el dolor de su perfume
en el ánfora negra de la noche…
(“Marcha fúnebre”, fragmento inicial)

Así y todo, de los modernistas la historia literaria se ha hecho cargo de mantener a Rebolledo en las sombras. En los estudios incluidos en crestomatías y antologías, a menudo se hace referencia a él por la vereda fácil (aunque cierta) de tacharlo de poeta erótico. ¡Claro, nada menos! Inauguró el erotismo en la poesía mexicana —a José María Facha (el modernista desconocido, según Ignacio Betancourt ) lo tengo por un precursor nada más, no cultivador del género. Mas se prefiere subrayar la obra de un José Juan Tablada heredero del japonismo -tanto como lo fue Rebolledo-, o de Salvador Díaz Mirón, cuyo verso ligero y directo, sin embargo, no alcanza los confines que la recurrencia sensual de Rebolledo logra cuando dirige sus impulsos hacia las pasiones entre el hombre y la mujer. No se trata aquí de ensalzar a nadie, ni de descargar baldones sobre ningún poeta. Pero una cosa: justicia es pasar revista a Rebolledo con los menos prejuicios posibles.

***

Sugiere Octavio Paz que el concepto de sensualidad tiene dos resonancias: inquietud y seducción. Ambas se cumplen en la primera etapa de nuestro modernista; antes de que aparezcan sus versos eróticos. Una justa evaluación del Rebolledo reclama señalar, con Carlos Montemayor y otros tantos que, con ser excelente, su obra no se encuentra por encima de los demás modernistas:

Insistir en el modernismo de Rebolledo es insistir en ciertos aspectos de Rebolledo que son extremadamente modernistas, anacrónicos o menores; insistir en el erotismo, en cambio, puede ser útil a condición de que no se vean como opuestos una perspectiva (lo erótico) y una técnica y estilo (el modernismo), puesto que no están en el mismo nivel de significación ni de dominancia.

Y concluye:

Comparar la poesía modernista erótica o sexual de Rebolledo con la poesía erótica o sexual de otro modernista, podría darnos, ahora sí, el valor real de nuestro poeta (o de otros poetas).

De tal suerte, Rebolledo no representa más que una joya entre las amatistas, rubíes y zafiros que son los otros modernistas. No es un poeta mayor si lo batimos contra Tablada o Nervo. El rasgo saliente está en otro territorio, uno como éste: donde el exagerado pulimento de sus versos raya en lo digno de un estudio freudiano. No se cansa de corregir sus composiciones, aun cuando ya vagan por el mundo en forma de poemarios. Otra cosa: Rebolledo se halla apenas a lo largo de esta primera etapa, en el sensualismo del que habla Paz, prueba a inquietarnos y seducirnos. Sus obras tempranas apenas si son atisbos de lo que vendrá. En 1902 aparece su primer poemario, Cuarzos, que refleja ya el exacerbado modernismo que todos los críticos le achacan. Pero tal vez lo único que le achacan… A riesgo de rehacer el camino andado por muchos otros, con Cuarzos yo también detengo la vista en la excursión que nuestro poeta emprende hacia un anfractuoso atrevimiento, el de imitar a los clásicos adrede, como retándolos. ¡Valiente proeza! El poema “Saudades” empieza preguntando a la manera de Lope

¿Do estays, fieles amigos, novia pura,
que no habeys contestado mis clamores,
vosotros, que sabedes mis dolores,
ella que me premió con su ternura?

Fiel a su numen estilístico preferido, recargado de evocaciones a la exhuberancia, el vate publica dos años más tarde Hilo de Corales. Se pueden elogiar varias cosas, o parar mientes en las felonías de otras. Sus “Burbujas de Champagne”, por ejemplo, con dedicatoria a “una vieja cortesana” representan el poema más lamentable (no sólo de esta colección: ¡de toda su obra!): tan perfecto en su construcción como reprochable en el fondo. En su descargo manda a la prensa cuatro años más tarde, en 1907, su poemario Estela. En esta colección incluye “El Soliloquio en el espejo”, poema en prosa cuyo asunto exige detenernos. Lo haremos más adelante. El mismo año sus primeras Rimas japonesas llaman la atención lo mismo de la crítica especializada que del lector pedestre. Le llueven elogios por todas partes. Tras meterle mano aquí y allá, Rebolledo relanza en 1915 la versión corregida de Rimas japonesas. Las mejoras valieron la espera. Empieza la ascendencia de Rebolledo y también de Tablada, precursores del japonismo, estilo que media entre la sensualidad que mienta Paz y el erotismo pleno por el que será laureado Rebolledo. Pero, ¿japonismo?

Un desvío biográfico despejaría las dudas. Nuestro erótico prestó sus servicios diplomáticos a la embajada de México en Guatemala, Colombia, España, Noruega y Japón. Tablada, aunque anduvo un derrotero bien distinto antes de llega a esas geografías, también fue a dar al país del Sol Naciente. De hecho fue el primer modernista que viajó hacia el Oriente, enviado por la Revista Moderna para escribir y enviar periódicamente desde allá su interpretación cultural en una serie de crónicas titulada “En el país del sol”.

Si la condición del etnógrafo es producir textos a partir del encuentro con el sujeto o cultura que se estudia, la labor del literato modernista también demuestra tal exigencia. Es decir, este último, enviado como intérprete cultural al Oriente, se enfrenta ante la necesidad de “producir,” de inscribir su encuentro con un Otro.

Araceli Tinajero pone casi el dedo en la yaga acerca del nuestro poeta en Japón. Aceirta con el resto, no con Rebolledo. Ni Tablada, ni Gómez Carrillo, ni Rebolledo, ni Arturo Ambrogui…, hicieron de turistas despistados en la nación del saké. Se vieron arrastrados —como que eran poetas— a elucidar su nueva condición de habitantes latinoamericanos en un paraje diametralmente opuesto a su realidad habitual. Tinajero casi da en la yaga. Si Tablada consigue penetrar en los hondos secretos del destellante verso oriental, Rebolledo no hace sino continuar usando hasta los confines de Oriente los instrumentos tan preciados por él, pertenecientes a su queridísimo modernismo. Al Japón no hace más que describirlo, ora con los sonetos, ora con los nocturnos que usaba desde sus primeras creaciones. Indefectiblemente, usa de alegorías a la luz, a la cristalería oriental, al maquillaje de las gueshas… Tablada logra llegar, ay, mucho más lejos que Rebolledo. Admite Paz:

[…] entre los primeros en ocuparse de arte y literatura japoneses se encuentran, a principios de siglo, dos poetas mexicanos: Efrén Rebolledo y José Juan Tablada. Ambos vivieron en Japón, el primero varios años y el segundo, en 1900, unos cuantos meses. […] A pesar de que Rebolledo conoció más íntimamente el Japón que Tablada, su poesía nunca fue más allá de la retórica “modernista”; entre la cultura japonesa y su mirada se interpuso siempre la imagen estereotipada de los poetas franceses de fin de siglo y su Japón fue un exotismo parisino más que un descubrimiento hispanoamericano. Tablada empezó como Rebolledo pero pronto descubrió en la poesía japonesa ciertos elementos —economía verbal, humor, lenguaje coloquial, amor por la imagen exacta e insólita— que lo impulsaron a abandonar el modernismo y a buscar una nueva manera .

Rebolledo se carteó un tiempo con el general Bernardo Reyes, padre del polígrafo Alfonso Reyes. El 29 de diciembre de 1907 envió desde Japón una misiva acompañada de su nuevo trabajo, Rimas japonesas. Pero fue Alfonso el primero en llegar a casa.

Al anochecer me encontré sobre la mesa de trabajo de papá un nuevo tomo de Efrén Rebolledo preciosamente impreso, con monos japoneses, papel japonés, etc., y ¡perfumado de sándalo! ¿Pero los versos? Los versos no los hizo el impresor, los hizo Efrén. Por supuesto que en ese tomo lo japonés es la edición y ciertas palabritas que hay en los versos, v. g.: Kimono (que está citado en todos), kakemono, obi, guesha, etc. Pero el espíritu de aquella raza, de su mucho de arte, de sus tradiciones, ¡nada! Defecto propio de Gautier .

Aunque Rebolledo comienza a ser tomado en cuenta con mayor seriedad con sus poemas japoneses, no será verdaderamente laureado antes que aparezcan los doce sonetos de Caro Victrix (“Carne victoriosa”, en latín). ¡Qué título! Nada que ver con sus anteriores y recargadas publicaciones que las antologías, crestomatías y críticas de nuestros tiempos, digamos inteligentemente, hacen siempre a un lado. Esto es otra cosa: el triunfo del placer más bajo, el de la carne, por arriba de cualquier otro desenfreno. Lujuriante título, gran tino, un ducho Rebolledo hizo que las palabras cobraran vida y se convirtieran en serpientes incitantes. Quizá eso explique que, en sentido estricto, la historia de las letras mexicanas hayan decidido quedarse nada más con estos doce sonetos -verdaderas joyas- de Rebolledo, echando en el olvido buena parte de su creación.

***

Rebolledo le debe su fama a Caro victrix, el tomito que publicó 1916 y cuyo eje toral estriba por supuesto, en lo erótico. Después de él no hay antología en nuestra lengua que se tome la licencia de pasar por alto algún soneto de los que contiene este tomo. Una aparición celebrada grandemente: Rebolledo ponía de cabeza ciertos principios que andaban por ahí muy presentes en la sociedad en la que el rey tras el trono seguía siendo Porfirio Díaz. El pequeño tomo resquebrajó, literariamente, la paz porfiriana que rumiaba en la moral de entonces. De esa etapa, de hecho, no tenemos noticia de serenos comentarios sobre el ejemplar; al contrario, abunda el silencio. Sólo más tarde llegaron, llovieron, los elogios. Muchos años después en La poesía de Efrén Rebolledo, famoso texto de Villaurrutia, éste dice que

… pasa Efrén Rebolledo a expresiones de íntimo erotismo que no necesitan veladura alguna y que se realizan en la forma estricta del soneto. Nacen así los doce poemas de Caro victrix que son los más intensos y, hasta ahora, mejores poemas de amor sexual de la poesía mexicana. Es entonces cuando el poema de Rebolledo no es ya como una joya sino una joya…

Tablada escribió que la nota erótica de Rebolledo

no ha alcanzado ni más alto ni más suntuoso diapasón en toda nuestra lírica. Algunos de sus sonetos son como esos camafeos de museo secreto, donde el asunto se olvida ante la jaspeada belleza de la materia y de la técnica maravillosa del gliptógrafo.

Más para acá, entrados nuestros años, opinó Carlos Montemayor en uno de las escasísimas críticas juiciosas, pero sin inútil veneno, que se han generado a partir de Caro victrix:

La perspectiva del erotismo nutre toda su obra, pero la nutre abriendo varias coordenadas que trataré de enlistar. La soledad de la memoria carnal. La solitaria memoria del deseo y de la imagen femenina en el lecho del hombre. La descripción morosa, pura, de las caricias y los besos sobre la desnudez del cuerpo femenino. La risueña y dolorosa imagen del viejo que sólo recuerda, como fauno, los días pasados en que asaltó a náyades desnudas. La coincidencia mística y sensual. Un cierto masoquismo… La separación de los amantes. El amor de la mujer como un abismo que devora, su abrazo en que el deseo y el peligro se unen. El amor de la mujer lesbiana. El amor de la mujer religiosa. Finalmente, con el que termina Caro victrix, el amor sensual y su espasmo como una puerta o un velo que al rasgarse muestra la noche humana hundiéndose en la soledad individual e intransferible de la vida .

Antes de opinar yo, pongo dos esencias del poemario. En primer término, los dos tercetos del soneto “Posesión”; en seguida el famoso “Beso de Safo”:

Me diste generosa tus ardientes
labios, tu aguda lengua que cual fino
dardo vibraba en medio de tus dientes.
Y dócil, mustia, como débil hoja
que gime cuando pasa el torbellino
gemiste de delicia y de congoja.
(“Posesión”, fragmento)

Más pulidos que el mármol transparente,
más blancos que los blancos vellocinos,
se anudan los dos cuerpos femeninos
en un grupo escultórico y ardiente.
Ancas de cebra, escorzos de serpiente,
combas rotundas, senos colombinos
una lumbre los labios purpurinos
y las dos cabelleras un torrente.
En el vivo combate, los pezones
que se embisten, parecen dos pitones
trabados en eróticas pendencias,
y en medio de los muslos enlazados,
dos rosas de capullos inviolados
destilan y confunden sus esencias.
(“El beso de Safo”)

A la incontestable aseveración de Montemayor, añadamos que esta poesía erótica tiene ligas inquebrantables con las filias y fobias más profundas del temperamento de Rebolledo. Nacido en el pobrísimo valle del Mezquital de Hidalgo, de raza otomí, su rostro poseía los rasgos y el color propios de la etnia: cara asimétrica y piel bastante morena. Por si fuera poco, Santiago Procopio (nombre original de Rebolledo) era estrábico. Pero ¿en dónde está la relación fealdad-erotismo? Durante las jornadas rebolledanas celebradas en Actopan, Hidalgo, Andrés Henestrosa sugirió que son precisamente los feos los más propensos a desfogar sus íntimas pasiones mediante la poesía de más desesperadas reverberaciones carnales, perversas, sexualmente incorrectas. El poeta actopense Ramsés Salanueva sostiene que la fealdad de Reobolledo, la pobreza perenne y una más bien mediocre carrera diplomática, fueron labrando en Rebolledo el cuadro psicológico de un esquizoide (alguien tanático, de sentimientos profundos). “Lo consume su desesperación sexual. Pero se declara amante de la belleza” . De ahí que “El Soliloquio del Espejo” resulte la mejor fotografía del alma de Rebolledo. El poeta desnudo frente a sí mismo, sin reclamos ni felicitaciones. La comunicación consigo mismo, sin interferencia de estilos ni preocupación por la formalidad. Ahí el valor de este poema, en que el poeta se reconoce amputado de algo muy profundo, inefable, al tiempo que atado a una camisa de fuerza que es su forma corpórea, su fealdad que aquí no es ficción literaria, sino pasta de verdad.

Soy, dice,

una falsificación, una superchería; soy una copia mal sacada, un burdo y desmañado remedo de un original que se me antoja es una fuente o un río que reflejan las frondas y las nubes, las estrellas y el cielo azul, y que aljofaran las odorantes cabelleras de las ninfas y ciñen sus formas cándidas, y que no son paralíticos ni mudos, sino que cantan, corren y prorrumpen en sollozos.

Ninguna trascendencia tendría la vida de Rebolledo aquí, si no fuera porque su referente poético mejor acabado es de signo erótico. La trabazón entre la existencia de un ser humano descontento, serio hasta la comicidad como lo era, con los instintos eróticos más finos de que la literatura mexicana guarda recuerdo…; tal la fascinación de todo lector al encontrarse con Rebolledo. Era en suma, según lo recuerda Luis G. Urbina, un diablo por culpa de cuyos infiernos interiores —¡y exteriores!— logró su cometido sólo a través de los versos.

… por bajo la tela deslumbradora de un erotismo avasallador, se estremecía un soplo de dolorosa fatiga, de pavorosa inquietud. El ansia de placer estaba mezclada de amargura. Era un hombre atormentado, descontento, el que enseñaba el lado triste y sombrío del impenitente pecador.

La ventaja del Diablo sobre Dios es una principalmente: que logra lo que quiere, aunque se gane el odio de la generalidad. Procede con subterfugios para no ser visto; y por lo bajo, en la oscuridad, hace del hombre lo que quiere. Rebolledo fue el Diablo, cuya creación, erótica en su caso, quedó clara en Caro victrix. Lo que su fealdad le impidió, la literatura se lo regresó con crecidas ganancias. La obra de Rebolledo puede resumirse en eso. El escritor, sin embargo, no se conformó y sus alcances llegaron a los dominios de la narración.

Mucho menos reconocida que su poesía (de la que sólo se toma en cuenta la erótica), está su prosa. También escribió una obra teatral de giro histórico, azteca, El águila que cae. Únicamente a su narrativa se ha dedicado, como tema de estudio, Allen W. Phillips. En su discurso de bienvenida a la Academia Mexicana de la Lengua, leyó unas hojas dedicadas a la ¡prosa artística de Efrén Rebolledo! Su mérito está en internarse en un camino inexplorado, virgen. Durante su lectura en 1971, dijo a propósito de las novelas El Enemigo, Nikko, Salamandra, Hojas de Bambú y Saga de Sigrida la Blonda (ninguna de las cuales escapa a la tradición modernista bienamada por nuestro vate):

… parecen se pretextos para bordar exquisitos fragmentos en miniatura, crear atmósferas o meras sensaciones, con frecuencia perversas o malsanas. Poco le interesaba la narración directa de hechos novelescos, y a menudo la marcha de la obra se interrumpe o se fragmente en efusiones poéticas. A veces el novelista se detiene en la recreación de ambientes pintorescos o costumbres exóticas, especialmente del lejano Oriente. Sus personajes son típicos de la novela modernista: unos tipos raros, elegantes y refinados, con frecuencia artistas vistos en su vertiente decadentista.

No quiero terminar sin advertir que todas las ediciones de la obra de Rebolledo carecen de un trabajo inédito que se encuentra en manos del investigador hidalguense José Félix Meneses Gómez –a fragmentos de cuya obra hago referencia en este ensayo. Se trata de unas estampas que Rebolledo escribió durante su estancia en Madrid, donde perdió la vida y descansan sus restos. De acuerdo con el propio Meneses Gómez, Visiones es un cuaderno con 30 poemas breves, “totalmente inéditos conservados con celo y con orgullo por su hijo Efrén Rebolledo Blomkvist, durante siete décadas, allá en la lejana Oslo” . Aquí las tres conocidas hasta ahora por medio del opúsculo Efrén Rebolledo, poeta sensual. ¡Ojalá las treinta lleguen a ser libro, o algo!:

Muchedumbre en las grandes ciudades
De sol, de arrojo y frenesí beodo,
El pueblo se enardece en las corridas
Y holgando en los cafés, lenguas pulidas
Con donaire y con calor hablan de todo.
(“Madrid”)

Las calles son estrellas
En los templos se empapan las miradas
Del hechizo enigmático del Greco
Y corta con su cauce el campo seco
El Tajo en que se templan las espadas .
(“Toledo”)

Colores y arabescos en míticos derroches,
Espléndido palacio de Las mil y una noches,
Albercas y jardines en insólita frescura
Marmóreas columnatas bajo arcos de herraduras
Espectros de mujeres de ardores de Maoma (sic)
¿Qué mucho llorara cuando perdió Granada
El moro que no supo guardarla con su espada?
(“La Alambra”)


marzo 18, 2007

Anoche

1. Pasillo vacío de un edificio. De noche. Se arma de valor, respira profundo y llama a la puerta. La rubia lo espera del otro lado.
-¡Chango, cabrón! ¿Ya viste la hora, cabroncito?
-Que sea rápido, ¿para qué me quieres? Llevo prisa. –se lleva la mano derecha al bolsito del pantalón. Extrae una cajetilla de cigarros Montana, enciende uno.
-¿No me ofreces? –le alarga la mano él, ella le arranca la cajetilla y se la guarda entre los senos.- No fumo, changuito, ya lo sabes, tontolín.
-Dime qué quieres.
-Ven –tomándolo de la mano desaparecen pasillo adentro.

2. Los codos a la mesa ambos, están en la enésima ronda de cervezas. Ya es de madrugada, hay música techno a bajo volumen. Ella habla del trabajo. Él la escucha sin pronunciar palabra. Sus ojos tropiezan con los pechos de ella tensados bajo la playerita azul.
-Puta. ¡Sigues buenísima! No mames.
-¡Chango! Cógeme. No sabes cómo te extraño. Cógeme, ya.
Como niños extraviados en el bosque que corren a abrazarse, los labios se encuentran en una sincera pasión. Rueda la cervecería sobre la tabla. Se pierden escaleras arriba.

3. El Sanborns está lleno. Es de mañana. A la mesa una mujer llamativa lee Cosmopolitan; da un sorbo a la taza y otea el lugar. Acude él a su encuentro.
-¿Por qué tardaste tanto, amor? ¡Mira esas ojeras! Bebiste.
Él la calla a besos. El rostro descompuesto. Se siente culpable.

Qué le vamos a hacer

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Desde chico tenía ganas de escribir un diario, o algo así. Pero era cosa de niñas. Este blog es lo menos afeminado que encontré.

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