El blog de Luis Frías

noviembre 04, 2007

La fuga

El Fondo de Cultura Económica presenta el nuevo libro de Carlos Montemayor: La fuga, novela ambientada en la década de los setenta del siglo XX, nos remite a un periodo de nuestra historia reciente en que, frente a un poder en muchos casos despótico y represor, la rebelión y la disidencia llevó a innumerables luchadores sociales por los senderos de la guerrilla. Esta es una novela de acción en el buen sentido del término, donde Montemayor prefigura a partir de la experiencia del encierro penitenciario “el gran escape, la fuga de un guerrillero y su inédito camarada de las Islas Marías”. Como un adelanto para los lectores de La Jornada, presentamos el arranque de esta novela

Océano Pacífico, Islas Marías, 1970. Avanzada la noche dejó de llover. El viento sopló con fuerza. Extensas nubes grises se replegaban con rapidez y a pesar del surgimiento de estrellas en el firmamento no se distinguía la extensión del mar, el universo de las inmensas aguas. El barco se mecía ruidosamente por el rugido inconstante y grave de los motores.

–Dicen que eres un gatillero, que te enfrentaste a policías y a soldados –comentó con voz impersonal uno de los presos; parecía que hablaba a otra persona, que quizás se trataba de una confesión súbita, de una confidencia.

Se volvió a mirarlo. Un remoto foco de la cubierta, a la entrada de la escalerilla que descendía al interior del barco, bastaba para que se vieran a los ojos. Muchos reclusos volvían a concentrarse de nuevo en la cubierta.

–Quiero saber qué me dices –insistió el hombre moreno.

–No eran propiamente soldados.

–¿Qué, exactamente?

–Enemigos, digámoslo así.

Algunos presos estaban discutiendo; era una riña a punto de los golpes. Llegaban a ellos las voces, los gritos. Un reo se retiró del grupo e increpó al moreno.

–Es por droga –explicó el hombre cuando los que reñían se alejaron–. Me dicen El Jarocho. Puedes llamarme así tú también.

Luego extendió el brazo.

–Aquellas son las islas. Ya estamos llegando a nuestra prisión.

Tardó en distinguir tras la masa del oleaje la silueta de la isla. Le asombró ver otra vez la tierra oscura, árboles inmóviles y remotos, acantilados, la angosta franja de la playa. Algunos soldados y presos se acercaron a la proa. El hombre moreno permanecía a su lado y habló de nuevo.

–Prefiero estar preso en las ciudades, no en el mar.

–Yo prefiero no estar preso.

El barco rodeó la costa y se dirigió al puerto de la isla mayor, la isla María Magdalena. No muy lejos giraba la luz del faro. Conforme avanzaron, apareció el puerto de Balleto, la sombra de caseríos, los muros de una construcción blanca, algunas luces insuficientes y vagas como insectos atrapados en la isla.

Comenzaron a desembarcar los presos. Pasaba de la medianoche. Se había acostumbrado ya al olor del barco. Ahora entraba en el olor de la tierra, de la basura, de la vegetación. Se dirigieron a la comandancia.

Entraron en las oficinas. Un oficial empezó a revisar los documentos.

–¿Tú eres Ramón Mendoza?

–Así es.

El oficial sudaba en abundancia. Le devolvió los documentos; estaban húmedos.

–Vas a trabajar primero con los peones de Campo Nayarit. Después te mandaremos a otro lugar.

El guardia abrió la puerta. La habitación era asfixiante.

Muchos mosquitos lo atacaron en la nariz, en los brazos. En el rincón vio un catre de lona; parecía una piedra junto a las paredes sucias y enmohecidas.

–Tienes tres horas para dormir. El primer pase de lista es a las cuatro de la mañana.

El guardia se retiró. Los mosquitos eran insistentes.

Cerró los ojos. Sentía aún el barco, el bamboleo del mar, el cansancio de más de 20 horas de surcar el océano para llegar a las islas.

No podía pensar en nada ni concentrarse. Cuando se acostó en el catre de lona sintió un olor rancio, ácido. Tenía la camisa empapada por el sudor. El calor era excesivo. Volvió a cerrar los ojos. Los mosquitos seguían acosándolo, pero dejaron de importarle. Seguía sintiendo el oleaje del mar, el olor grasoso y ácido de la cubierta del barco.

Oyó el estrépito de pasos y risas frente a la puerta.

Se incorporó, agitado. Volvió a oír la corneta a lo lejos, convocando al pase de lista. Se puso de pie, mareado por el sueño. Tenía los brazos y las manos cubiertas de ronchas por la picadura de los insectos. Sintió deseos de orinar. Salió del cuarto.

En la oscuridad de la madrugada muchos pasaban junto a él. Empezó a despertar conforme caminaba, conforme olía el sudor de los otros cuerpos.

La sensación del bamboleo del mar no había desaparecido del todo. Sentía hambre.

La neblina cubría una parte del monte que se elevaba detrás de los caseríos. Decenas de presos se formaban cerca del muelle, en el embarcadero de Balleto, esperando la orden para partir a pie al campamento de Campo Nayarit. Los soldados aguardaban las instrucciones de los guías. Alguien se acercó a él por la espalda.

–También me incluyeron aquí –dijo El Jarocho tendiendo la mano para saludar–. Cuenta conmigo.

La neblina se disipaba gradualmente, conforme el sol ascendía. Pero el calor sofocaba todo, los cuerpos, la respiración, la somnolencia, la sed.

Muchos perros ladraban cerca de las filas de presos.

No entendía por qué había tantos perros ni de dónde brotaban. Varias parvadas de pelícanos y gallaretas volaban flotando en la brisa y de vez en cuando volvían a posarse en el largo muelle de Balleto o en la cubierta del barco que aún estaba anclado, meciéndose suavemente, gris, enmohecido, casi frágil.

–Los compañeros creen que eres muy peligroso, gatillero.

El Jarocho se había quitado la camisa. Sudaba copiosamente por la frente, por el cuello corto y vigoroso; los hombros y el pecho prominente estaban perlados de sudor. Se rió su enorme rostro moreno y brillante.

En Campo Nayarit repartieron a los reos por cuadrillas y les ordenaron recoger herramientas de trabajo para el desmonte. Cuando se retiraban las primeras cuadrillas oyó las voces. Eran opacas, enronquecidas. Trató de avanzar con rapidez, pero los reos formaban una masa compacta alrededor de aquellas voces que ahora parecían transformarse en ruidos guturales, bestiales, sin articular nombres ni palabras. Se arrojó sobre los reos para abrirse paso. Cuando llegó junto al Jarocho estaban ya varios guardias del penal. El Jarocho respiraba agitadamente y tenía el cuello enrojecido, con las venas hinchadas. Uno de los hombres que había reñido la noche anterior en la cubierta del barco sangraba por la boca y la nariz; de vez en cuando escupía una pequeña masa oscura y densa como si quisiera desprenderse de un sabor o de un bocado indeseable. El otro compañero del herido se hallaba con uno de los custodios del penal.

–¿Con qué lo golpeaste? –preguntó el custodio.

–Con el puño –contestó secamente El Jarocho.

–Dice este hombre que con una piedra –insistió.

–No necesito de piedras para poner en orden a estos pendejos.

–¿Con qué te golpeó? –preguntó al hombre que sangraba–. Dime, habla.

El hombre tenía la mirada en el suelo.Volvió a escupir una masa roja y oscura.

–Habla, ¿te golpeó con el puño?

El hombre asintió con la cabeza, sin hablar.

–Yo no busco dificultades, pero no quiero que se metan conmigo –aclaró El Jarocho.

–Ninguno de ustedes está aquí por buena conducta –espetó el custodio–. Pero aquí respetan el orden o los obligaremos a que lo respeten.

Llovió por la noche. Salió de la barraca para recibir en el cuerpo la lluvia caliente. La neblina cubría el monte, la selva, el mar. Los relámpagos arrojaban de vez en cuando la luz como una fina arena que traspasaba la neblina. Bajo la lluvia y la noche había huido por la sierra muchos años atrás. Habían caminado al Faro y después a Tres Ojitos; ahí el ejército volvió a sitiarlos, pero sin ascender por la montaña para capturarlos. Ellos contaban con armas y tiros suficientes para resistir un asalto. La lluvia era fría y se protegían con grandes cortezas de pino; bajo las cortezas trataban de dormir, de reposar, de ocultarse. Ahora, bajo la lluvia, en la noche de la isla, en el calor, recordaba la lucha, volvía a sentir corporalmente el recuerdo de la libertad. Su necesidad inmediata, su confín remoto.

Le gritaron que se detuviera. Pero él no entendió. Creyó por un instante que estaba mareado. Un puñado de pequeñas mariposas blancas flotaba delante de él. De un alto árbol de guayacán una liana se movió, o mejor, se deslizó lentamente, buscando el tronco. Mientras veía que la liana se desplazaba ascendió el olor de los árboles cercanos, la fragancia del árbol rojo de caoba. La cabeza de la víbora se mantenía erguida; era la única parte que no caía, suelta, libre, como vegetal. “La asustamos”, le dijo un preso junto a él, sujetándolo de un brazo. “¿Qué es?” “Le llaman bejuquillo”, contestó el que había gritado primero. “Es una chirrionera”, agregó El Jarocho.

La víbora llegó al suelo y tomó un color más oscuro. En la tierra húmeda pareció convertirse en agua negra y se perdió en la vegetación caliente y abundante. “¿Cómo se les atrapa?” Los hombres se rieron. “Vamos a buscarla, si quieres, antes de que se pierda.”“No la encontrarán”, dijo el primer preso. “Hallaremos otra entre los bejucos, escondida como liana” (....)

noviembre 02, 2007

Haiga

¿Se ha equivocado usted alguna vez?, ¿se le ha escapado un desdichado haiga, en lugar del correcto haya? ¿Quién no se ha visto en aprietos las ocasiones en que el amigo que estudió en París saca a flote churriguerescas palabras cuyo significado desconocemos? Creo que miente quien sostenga que nunca ha tenido afectaciones nerviosas en público cuando de hablar con toda corrección se trata. La verdad es que cualquier persona entendería el asunto más abstruso, de los que a menudo se explican en las altas esferas del barroco lenguaje, con la única condición de que se explicara en términos simples y llanos.

Siempre es grato acordarse de los dichos y las frases. Y nadie como Groucho Marx cuando se trata de meter ideas geniales en una pequeñita frase. Este actor estadounidense llegó a decir: “¿No te gustan mis principios? No te preocupes: tengo otros.” Se atesoran las frases que te causan alguna emoción importante, o que te forman un juicio distinto a la que antes tenías. Eso es lo importante de las frases. Las que acuñan los escritores a menudo son las más inteligentes e incontestables. Se le atribuyen a Saint-Beuve estas palabras: “Siempre me gusta juzgar a los escritores según su fuerza inicial, quitándoles lo adquirido”. En un panorama más cercano a nuestra realidad mexicana, tenemos a García Márquez, exageradamente idolatrado, quien dijo la cursilería de que: “Yo escribo para que me quieran”. Es una lástima que el arte de componer frases esté pasando por una de sus peores etapas. Ricardo Garibay solía decir una gran cosa: “Los políticos no hablan; ladran”. Son precisamente los políticos quienes hoy día ladran las frases de la vida pública. “Lavadora de dos patas” son los términos del ex presidente para hablarle a su mujer. Pero es “coopelas o cuello” definitivamente la construcción más repetida. Sea como fuere, comparten todas estas frases una singularidad común: palabras sencillísimas, cuando no inexistentes en el Diccionario de la Real Academia de la Lengua Española (DRAE).

Recuerdo que en Rayuela, la novela de Julio Cortázar, hay un gordo tomo del DRAE cuya portada está rudamente descuartizada por la navaja de alguien. Se lo merecía. Desde la semana pasada, el pleno de Real Academia autorizó incluir en el lenguaje español varios neologismos. No hay ninguna sorpresa. El caso es que desde ahora se pueden decir sin remordimiento de conciencia, palabras tan naturales como el agua: blúmer, aeromoza, blu jean y nocaut. Los computarizados pueden dormir tranquilos, y decir con libertad de lengua: descargar, subir, maximizar, minimizar y varias palabras de la rampante informática. Autoridad del lenguaje creada hace varios siglos para poner orden en un sistema lingüístico donde en el siglo de Cervantes cada quien decía las palabras a su antojo, la Real Academia tengo la opinión de que está perdiendo uno tras otro rond contra el lenguaje hablado (¿round será correcto?). Mas siempre ha sido así. Decía Hemingway que mientras la verdad se está calzando las botas, la mentira ya recorrió el mundo. Pues bien, el lenguaje es un trasunto de esta frase. Un caso concreto será de gran ayuda. En respuesta al término anglosajón marketing, se inventó en castellano la palabreja mercadotecnia. En las universidades, hay licenciaturas en esta rama del conocimiento. No temo equivocarme al generalizar que sólo después de que las palabras han cobrado vida, de que se han vuelto de uso corriente y de que todo el mundo las aplica sin reparos, es cuando la amodorrada Real Academia de la Lengua acepta incluirlas en un diccionario atravesado por los cortes de una navaja en la novela de Julio Cortázar.

¿Sería inoportuno distinguir los dos grupos en que se dividen los estudiosos del lenguaje? De un lado, están los que prescriben, o sea: dictan las leyes sobre el lenguaje. Del otro, los que describen: se sujetan a observar qué pasa en el lenguaje oral y lo tratan de explicar. Yo me pondría del lado de estos segundos, y me valdría de una verdad literaria no escrita: la mejor literatura es la que propone renovar al lenguaje. “El escritor debe amar el lenguaje, pero debe tener el valor de transgredirlo”, gustaba decir Octavio Paz.

Cuando se encuentre en una complicada situación donde no entienda algún término complicado, consuélese pensando en que tal vez la Real Academia apruebe en algún futuro no muy lejano el uso del desafortunado haiga, en desmedro del correcto haya.

noviembre 01, 2007

La violencia como certeza*







*Por el maestro Manuel Delgado, para el suplemento cultural "Babelia" del diario El País.











Una década después de La modernidad desbordada (FCE), y confirmando sus intuiciones, el indio Arjun Appadurai (Bombay, 1949) nos brinda El rechazo de las minorías, un ensayo en el que retoma y actualiza una percepción recurrente en antropología -de la mano de Mary Douglas, por ejemplo- acerca de la preocupación que todas las sociedades experimentan por mantener a raya a su principal enemigo, que no es tanto el desorden como la ambigüedad. Ese pavor ante el desdibujamiento de los perfiles y de los límites es lo que vendría a apaciguar modalidades de agresión destinadas a castigar a los sospechosos de haber vulnerado o cuestionado las fronteras simbólicas que protegen al grupo (a cualquier grupo) de los peligros que lo acechan.

Aplicando tal premisa, Appadurai observa que las grandes dinámicas globalizadoras no han hecho sino intensificar ese ingrediente estratégico del que dependieron los Estados-nación, que fue, desde y para su nacimiento, la homogeneidad cultural de los territorios y gentes administrados. El estallido de las certezas culturales compartidas que dieron consistencia a las naciones modernas -y perdón por el pleonasmo- ha llevado a la generalización de lo que el autor llama "angustia de lo incompleto", que se está traduciendo en un creciente ensañamiento contra toda minoría, real o inventada, que amenace sus supuestas integridad y fijeza idiosincrásicas. Como si todo Estado-nación -formado o en ciernes; aquí y en todas partes- llevara en sí, larvado en su narcisismo fundador, el germen del etnocidio o, como apunta Appadurai, del ideocidio.

El fenómeno derivaría, como otros asociados a la violencia como recurso contra la ansiedad colectiva, de una proliferación de sistemas celulares, un tipo de organización molecular que está en la base hiperactiva y al tiempo hiperdispersa tanto del terrorismo internacional como del nuevo intervencionismo imperialista, tanto del capitalismo financiero como de quienes se atreven a plantarle cara. Un mundo cada vez más invertebrado y modular, más regido por códigos desconocidos, en el que los Estados-nación aparecen cada vez más marginados y -lo peor para ellos- cada vez más prescindibles. Es frente a esa consciencia de crisis e inseguridad que las mayorías estatales contemplan cualquier excepción procedente del exterior o emergente en su seno como un factor de riesgo y una anomalía a neutralizar. Riesgo y anomalía no obstante indispensables, puesto que es de ellos, o mejor contra ellos, de donde los Estados constituidos obtienen la evidencia paradójica de una existencia propia que nadie mejor para corroborar que quienes la cuestionan.

Solivianta ese tópico que da por sentado que lo que se da en llamar "el exacerbamiento de los nacionalismos" se combate viajando, aceptando al otro que llega y conociendo al otro al que se llega, aumentado las dosis de cosmopolitismo, etcétera.

Lo que viene a sostener Appadurai es justo lo contrario. Es la promiscuidad cultural, la proliferación de espacios abstractos como los cibernéticos, el flujo de capitales y verdades, el aumento de las interrelaciones y las mixturas lo que lleva a desvanecerse toda ilusión de pureza y a buscar el contrapeso de tal frustración en autenticidades que, ajenas al mundo, ya no pueden ser sino ideológicas o religiosas. En casos extremos, sólo la violencia fanática podrá restablecer la unidad perdida o enajenada. Frente al desorden y la fragilidad de lo real, sólo queda ya la estabilidad inmutable de las doctrinas más feroces, un orden atroz que será más severo cuanto más se empeñe la experiencia en desmentirlo y que no dudará en aplastar, en cuanto sea preciso, aquello o aquellos que se atrevan a recordarle que sólo puede existir como sueño para unos y pesadilla para otros.

octubre 27, 2007

Guerramorguerra

«La guerra no consiste sólo en batallas, o en la acción de luchar, sino que es un lapso de tiempo durante el cual la voluntad de entrar en combate es suficientemente conocida.»

Thomas Hobbes.

Grítenme, piedras del campo

A Jessica, porque sí

Xitejé es un pueblo situado en un paraje próximo a Tula, Hidalgo. Para llegar hay que perder unas horas atravesando en autobús cientos de kilómetros. Distancia que primero es carretera escarpada; después, camino apisonado donde pasan con gran lentitud autobuses redondos de hace mil años y carretas tiradas por mulas, y finalmente, brecha de terracería a donde se niega entrar el transporte público. De manera que, maletas a cuestas, mi hermosa amiga y yo pusimos pies en polvorosa y echamos a andar los 3 kilómetros que faltan para llegar al pueblo.

Una vez en Xitejé, entramos a un tendajón mixto con techo de vigas. Mientras bebemos tibios refrescos de Uva y Tutti-fruti, recobramos el buen talante: nos reconforta la idea del Festival Culinario Anual de Platillos Típicos de la Región con Variantes Artísticas. Así se llama, según el folleto de la Secretaría de Turismo. Pero cuál es nuestra sorpresa al oír de boca del tendero, que eso dejó de organizarse desde el sexenio de Salinas. Pagamos y abandonamos aquel lugar. Decepcionados de la vida, buscamos alojamiento. Tras mentarme la madre, ella me avienta las maletas y va en busca de su vieja parentela. Consigo por cien pesos un cuartucho en el Hotel La Macuca. Ni lo fláccido del camastro impidió que inmediatamente cayera dormido. Fue una carga pesada en el pecho lo que me despertó súbitamente. Era ella, que tenía buenas noticias. Brincando en la cama, y dándole besitos y picándole el estómago a su somnoliento enamorado fue como informó que había encontrado la casona de su abuela. Contra mi voluntad, no puede menos que ir tras ella, perdiendo así cien pesos más del magro presupuesto. Llegamos a la casona. Era bonita; tenía un perico mudo, tiestos con geranios rosas, begonias blancas y claveles rojos. Polvo por todas partes. Agradable ambiente hogareño. Ahora bien, ni el cálido amor que la viejita le profesó a mi amiga hizo que se me ablandara el corazón: la muy maldita nos dio cuartos separados, impidiendo que hiciéramos el amor.

Cuando desperté, todo el pueblucho sabía que doña Mercedes alojaba a un periodista de la ciudad. Desayunamos huevos sangrantes de gallina, tortillas azules y café negro. En el vestíbulo me aguardaba don Policarpo Macías, el sexagenario presidente del Ateneo del Buen Decir y Hacer Artístico de Xitejé. Llevaba puesto un trajecito café a la vieja moda. No sé qué tantas cosas me explicó; yo sólo ponía atención mi amiga, cuyos pezones se transparentaban por el camisón blanco de dormir que llevaba puesto. Se dio cuenta y nos reímos. No pude menos que acompañar a Policarpo al pueblo. El aburrido cicerone empezò por llevarme a la biblioteca comunal, un pequeño locutorio frío y húmedo. Lo abrió con la única llave existente, de modo que sólo él puede acceder a los libros. Después, me llevó a lo de su esposa, poetisa amateur de las que creen que la poesía es una ñoña postal, con palomas volando durante una puesta de sol. “Xitejé de mis amores/ por quien día a día suspiro./ Que algún día me perdones/ los mis viajes, yo te pido”, ¡Pero qué cursilería! “¿Qué opina usted?”, me vieron ojos de perro. “¡No son suyos! No pueden serlo. ¡Son magníficos! Qué digo, ¡magistrales!” A veces mentir es un acto de bondad. Conmovido, don Policarpo abrió su botella se rompope y su corazón, al hacerme la confidencia de que él y su mujer se habían visto obligados a cometer un pecado menor. Se quedan los dineros que manda el gobierno para actividades culturales, a cambio de llevar la biblioteca y el Ateneo. ¿Habrá advertido mi semblante de indignación? El caso es que nos despedimos fríamente, no sin apurar nuestras copas. Con todo y ser un pueblo pequeño, me costó dar con la casa de doña Mercedes. Llegué. El cabrón de Policarpo se me había adelantado. No sé que habrá inventado. Mi amiga me esperaba con las maletas en el porche. Además de la mirada llena de odio, me aventó el equipaje que debí cargar hasta la carretera, de donde nos levantó el bus. Estaba esa canción de Cuco Sánchez: “Grítenme, piedras del campo”.

Al llegar a la central, leí la noticia cultural de la semana: Sergio Vela, director del Consejo Nacional para la Cultura y las Artes presentó en Culiacán, con bombo y platillo, su programa para que en los pueblos de la provincia mexicana se promueva “la igualdad en el acceso y el disfrute de la cultura; espacios, bienes y servicios culturales de calidad; las expresiones de la diversidad cultural como base de unión y convivencia sociales; la contribución de la cultura al desarrollo y bienestar social; una acción cultural de participación y corresponsabilidad nacionales”.

Evidentemente el dueño de estas palabras nunca han estado en Xitejé.

octubre 23, 2007

Y qué carajos es un municipio?

Noticia de Milenio, hoy.

El tamaño de los municipios define su relación con el arte y la cultura, aunque también en los recursos aportados: Guadalajara, por ejemplo, puede tener un presupuesto de 60 millones de pesos, mientras Cuernavaca apenas supera los 200 mil pesos, ya no se diga el caso de entidades que ni siquiera cuentan con la dirección cultural en su organigrama.

Tal es el panorama ofrecido por Ulises Cisneros, director de Cultura de Culiacán y, al mismo tiempo, de la Conferencia Nacional de Instituciones Municipales de Cultura (Conaimuc), cuyos miembros sostendrán en esta ciudad una reunión con Sergio Vela, titular del Consejo Nacional para la Cultura y las Artes (Conaculta), en el marco de la IV Reunión Nacional de Instituto Municipales de Cultura.

“La idea”, explica el promotor, “es que la cultura tenga su propio lugar dentro de la agenda pública municipal y sea reconocida por sus gobernantes como uno de los elementos eje de sus planes de desarrollo municipal.”

Todo parte del reconocimiento de que en la mayoría de los municipios del país hay una gran desatención de los órganos de gobierno hacia la cultura, aun cuando se hable mucho de que el desarrollo estratégico del país puede sustentarse en su patrimonio cultural y en los productos y servicios que en materia cultural y artística se dan.

“Queremos establecer una organización con base en el municipio, que tanto los órganos estatales y federales de gobierno reconozcan que constitucionalmente la base del Estado es el municipio, lo que en materia de cultura también debe cumplirse.”

De ahí que uno de los puntos a abordarse sea la revisión del artículo 115 constitucional, además de realizar un estudio a fondo de los ramos 33 y 25 en materia de recursos federales para hacer un capítulo relacionado con programa de carácter cultural.

Lucha a largo plazo

La cifra de integrantes frente al panorama completo aún la hace lucir de manera desoladora, mas el esfuerzo es lo que cuenta: unos 80 municipios, de un universo de dos mil 500, se han unido a la Conferencia, asociación civil surgida de manera oficial en marzo del presente año, a iniciativa del municipio de Chihuahua.

De forma lenta se han sumado municipios a la organización y de una primera reunión a la que asistieron representantes de 26 entidades, ahora se esperan más de 80, dentro de encuentros que tienen objetivos diferentes, desde la identificación de problemas y necesidades comunes, hasta la reflexión de fortalezas y oportunidades que cada municipio puede tener en su relación con los estados y con la federación.

“La cultura se hace en los municipios”, enfatiza Cisneros. “Aquí es a donde llegan los recursos y los programas, y se desatan todas las acciones de atención a la población. Esto nos llevó a reflexionar en la necesidad de organizarnos.

“Hemos detectado, por ejemplo, que los estados no siempre bajan información hacia los municipios y te encuentras realidades como las de Puebla, donde había una partida presupuestal para un programa específico del municipio Oriental, pero se dieron cuenta un año y medio después.”

Dentro de la reflexión, sin embargo, existe la conciencia de que los retos en materia cultural desde los municipios son múltiples, incluyen desde la formación de promotores culturales hasta el apoyo a los creadores, recalca Ulises Cisneros.

“Muchas veces encuentras que cultura está incluida en un paquete que lo mismo incluye deportes, educación o indigenismo. Se trata de poner una primera piedra que nos permita, a nivel municipal, organizar al sector cultural con base en conceptos, métodos y una visión comunes.”

Milenio-Jesús Alejo

octubre 22, 2007

Ser morbosos

Desde que me enteré por la televisión, no he dejado de saber algo nuevo sobre el caso. De su presumible labor literaria se ha dicho poco; no así de su afición a la carne humana. Como lamentaba el hilarante Jorge Ibargüengoitia, cuya novela Las muertas se basa en aquel surreal episodio mexicano de las poquianchi, la prensa mexicana gusta informar en trescientas palabras lo que se puede decir en tres. En León, Guanajuato, vivían las hermanas González Valenzuela, maléficas proxenetas dueñas del burdel El Ángel, donde después de prostituir a las adolescentes, las mataban junto con los hijos procreados. Pues bien, igual que el siglo 20 mexicano hizo un drama por la maldad de las poquianchi, la nota roja de nuestros días se ha concentrado con interés mezquino en un hombre que además de haber hecho algunos penosos pininos literarios, se comió a su novia.

Hasta el último rincón del mundo fue a parar la noticia de José Luis Calva Zepeda. No importa recordar que la prensa lo ha tildado de “poeta caníbal”, como si verdaderamente se tratara de un escritor desvariado. No me lo parece. Le dicen poeta porque escribió 800 poemas de ignota calidad, además de quién sabe cuántas obras de teatro y no se cuántas más novelas. Pero nadie las ha leído. Nadie sabe de su existencia. En ningún lugar se puede encontrar un libro suyo. En rigor, no es escritor ni poeta, ni nada que se le parezca. Si acaso es un loco que escribía sus locuras. Que se le confiera tanta importancia es lo que me parece gracioso y perverso. ¿El Poder habrá inventado a este personaje tan repugnante como poético? ¿Es posible que quieran ocultar algún otro hecho decididamente más grave? En caso contrario, no logro entender por qué se le dirigen los reflectores con tanta insistencia. Y es que al día siguiente de su detención, cobró una fama preeminente en la historia de la humanidad. Al investigar sus orígenes, los malévolos redactores de la prensa amarillista consideraron coherente decir que lo habitaban demonios nacidos cuando niño por una enfermiza relación con su castrante madre. Esto llevó a otra más truculenta conclusión: ¡el caníbal añoraba concebir un hijo! Justicia es confesar que me rompí en carcajadas al oír tamaño disparate. Ahora bien, Calva Zepeda ha conseguido lo que pocos: entrar al elitista grupo de los asesinos seriales.

“Sobre el muerto”, reza el refrán, “las coronas”. Sin probarlo, lo han acusado de otros dos crímenes, por la mera razón de que guardan mucho parecido. Uno, el de una mujer cuyo nombre no recuerdo pero en el que participó ¡el novio del poeta caníbal!; otro, el La Jarocha, una prostituta de poca monta. Y hay más. Gracias al amarillismo, leí embebido que un médico adscrito a un centro de salud, tiene a Calva Zepeda por un prospecto para llegar a carnicero incontrastable, pues los cortes que hizo reflejan un conocimiento profundo del arte de rebanar cuerpos tibios. En suma: se ha dicho tanto sobre esto, que debería empezarnos a aburrir y, sin embargo, se puede afirmar que las cosas apenas comienzan.

Ver feo a los medios informativos por la insistencia que le han dado al caso, sería una cortedad de miras. En rigor, ellos no hacen otra cosa que venderle al público lo que éste quiere escuchar. De otro refrán (“se odia lo que se envidia”) sacamos una conclusión práctica. Se admira lo que horroriza. Pensando en la televisión, alguien se preguntaba inteligentemente si la culpa la tienen los consorcios que transmiten tanta porquería; ¿o la tenemos nosotros, que tomamos el control del aparato televisivo y nos echamos enfrente suyo 8 horas diarias? Haríamos mal no admitiendo que el morbo no es una imposición de nadie, sino una preferencia nuestra. ¿Quién quiere perderse los nuevos detalles de Calva Zepeda, por insignificantes que sean? Hay que pensar que a nadie le ha importado preguntarse si habrá alguna consecuencia social seria, por el influjo de este caníbal entre la juventud mexicana. O alguna cosa así. Y es que tomar en serio las cosas es aburrido. Por eso no tengo fe en que pronto aparezca un hombre de bata en una transmisión noticiosa, explicando cosas importantes sobre el caso, dando razones, criticando… Como buenos morbosos, nos gustaría que se escribiera una novela detallando los entretelones de este caso de macabras resonancias.

octubre 21, 2007

Cursi

Me ha entrado lo cursi, lo arrebatado, lo desposeído; el espíritu doliente, la mirada torva, los pies que insisten en llevarme a tí; los ojos fijos en un punto amorfo, brujo. Tú. Me ha venido a la mente la conveniencia de escribir los siguientes fragmentos, en un acto de autopurificación. Una acción para curarme la resaca que me causas, infame, mentirosa, falsa, hermosa.


A través,
Octavio Paz.



Doblo la página del día,
escribo lo que me dicta
el movimiento de tus pestañas.

*

Entro en tí,
veracidad de la tiniebla.
Quiero las evidencias de lo obscuro,
beber el vino negro:
toma mis ojos y reviéntalos.

*

Una gota de noche
Sobre la punta de tus senos:
enigmas de clavel.

*

Al cerrar los ojos
los abro dentro de tus ojos.

*

En su lecho granate
siempre está despierta
y húmeda tu lengua.

*

Hay fuentes
en el jardín de tus arterias.

*

Con una máscara de sangre
atravieso tu pensamiento en blanco:
desmemoria me guía
hacia el reverso de la vida.




Cántico espiritual,
[Fragmento]
San Juan de la Cruz

I

¿A dónde te escondiste,
Amado (a), y me dejaste con gemido?
Como el ciervo huiste
habiéndome herido;
salí tras ti clamando, y eras ido.

X

Apaga mis enojos
pues que ninguno basta deshacellos,
y véante mis ojos,
pues eres lumbre dellos,
y sólo para ti quiero tenellos.

XXXVII

Allí me mostrarías
aquello que mi alma pretendía,
y luego me darías,
all tú, vida mía,
aquello que me diste el otro día.


APÉNDICE

Gocémonos, amado (a),
y vámonos a ver en tu hermosura
al monte o al collado,
do mana el agua pura;
entremos más adentro en la espesura.



Horas de junio,
Carlos Pellicer.

Hoy hace un año, Junio, que nos viste,
desconocidos, mudos, un instante.
Llévame a ese momento de diamante,
que tú en un año has vuelto perla triste.



----------
Paul Celán

En la fuente de tus ojos,
conserva el mar su promesa.


Ágrafa musulmana en papiro Oxyrrinco,
J. J. Arreola.


Estabas a ras de tierra y no te vi. Tuve que cavar hasta el fondo de mí para encontrarte.


Cuento de horror,
J. J. Arreola.

La mujer que amé se ha convertido en fantasma. Yo soy el lugar de las apariciones.

octubre 15, 2007

A nadie le importa el Che

"El Che", foto: Alberto Korda.


Se cumplió una década más de la muerte de Ernesto Guevara de la Serna. Todo mundo se puso a recordar al guerrillero argentino como mejor juzgó. Y es que el 9 de octubre de 1967 cayó en manos de un ejército al mando de la CIA. En un combate en la Quebrada del Yuro, en Bolivia. Pues bien, hace una semana exacta, en Hidalgo el PRD montó un altar con fotos suyas y veladoras en Plaza Juárez. En Cuba, miles se agolparon en el parque central de la isla y pararon oreja a las arengas de viejos amigos del Che. En La Higuera, el pueblo perdido de Bolivia donde lo asesinaron, cientos llegaron con las turísticas intenciones de sacarle fotos a la piedra donde reposó su cabeza cuando cayó herido, o para revivir la entrada a la casucha donde recibió atenciones médicas, o bien, con ganas de ver a las personas que lo socorrieron en sus últimas horas de vida. El colmo: sé de alguien que celebró al Che yéndose de farra; llevaba puesta su playera estampada con esa mítica fotografía de Alberto Korda. Todo, en nombre del Che.

En estos días se ha podido ver cualquier tipo de asuntos en torno suyo. Cosas que van desde estudios exhaustivos sobre su papel en el derrocamiento del dictador Fulgencio Batista, hasta apasionados lloriqueos por lo que está sucediendo con él en los tiempos que corren, a saber: la reducción del hombre de carne y hueso a su mero semblante adornando tazas de café, encendedores, llaveros, gorras de beisbol, carteras finas, jeans deshilachados, té de hierbas, y por supuesto esas omnipresentes playeras de su rostro con una estrellita frontal en la boina y el cabello algo crecido, mirando al horizonte con una expresión cariacontecida. No sé por qué me acordé de las críticas que recibió Diarios de motocicleta, esa desafortunada road movie de Walter Salles sobre el famoso viaje que de joven emprendió Che Guevara por Latinoamérica con su amigo Alberto Granado. Desdichada cinta que buscaba descubrir el hilo negro. Es mejor pensar en un texto del ensayista cubano Iván de la Nuez. Después de traer a cuento los sitios inverosímiles sobre los que se ha impreso la fotografía del Che (el bícep de Maradona o la diminuta tanga de una modelo), llega a la conclusión de que el guerrillero hoy día no es más que un común y corriente fetiche. Y se pregunta socarronamente si la feroz maquinaria económica que fue capaz de convertir al Che en fetiche, será ahora tan torpe como para regresar al fetiche en Che. Parece un engañoso juego de palabras. No lo es. “¿Le dejará al personaje exclusivamente su valor subversivo para que afloren su legado y sus maneras en la inestable vida que hoy vivimos?” cuestiona. “¿Despojará a esta figura de su actual neutralidad pop para exponer a los cuatro vientos el ejemplo de un enemigo carismático y letal que se pasó la mitad de su existencia jugándose la vida?”

No es novedad decir que el Che es un mito. Pero conviene advertir que un mito es: tergiversar. Ver sólo lo que queremos. El mito es dotar a un signo de tantos significados como nos venga en gana. Todos válidos, por cierto. “El saber contenido en el concepto mítico es, en realidad, un saber confuso, formado de asociaciones débiles, ilimitadas”, decía Roland Barthes. Pues bien, la mítica fotografía del Che por Alberto Korda es una vaga, confusa noción. A la juventud, adicta a la moda camp, la foto le viene muy ad hoc con sus ropas costosas. Mas para la gente de La Higuera, en Bolivia, es la imagen de un santo. En los altares del hogar, al lado de la Virgen y la Cruz, está el retrato del Che. Entre los cubanos más ciegos, esa foto es la justificación de todos sus pesares. Y para Fidel Castro, dicho sea de paso, es el recurso para eternizarse en el poder: no es gratuito que Cuba haya hecho traer sus huesos desde Bolivia y los honrara el pasado martes en su aniversario. En fin, es el Che todo lo que se quiera. No voy terminar sin insistir en algo: se critica mucho que no sea debidamente estudiado el legado del Che y que, en cambio, se le reduzca a una simple fotito. Qué tontería. ¿No ven que el Che no importa sino gracias a que es un mito? De no ser por esa foto que encumbró la publicidad, ni el PRD de Hidalgo ni nadie le prendería veladoras a un tal Guevara de la Serna. ¿Me equivoco?

Esbozo de Escultura Colonial

Ábside barroquísimo en
Santa María Tonanzintla, Pue.



Escultura, el patito feo de las artes plásticas. Pero no se piense nada más en las artes de América, de la Colonia, sino aun en los grandes museos de Europa. ¿O no? Lo habitual es que se conozca la Guernica de Picasso, El nacimiento de Venus de Sandro Botticelli, algo de Durero, que podamos hablar –si bien de oídas- de alguna que otra singularidad de El Greco, en fin, de tantos. Pero, ¿escultores?

Hablar de escultura es constatar nuestra generalizada ignorancia. ¡Cuanto y más si pensamos en la situación de la América Colonial! Quizá sea la escultura del caballito la única que se salve del olvido. Pero la de Sebastián. Pues por lo que hace a la de Manuel Tolsá, la eterna toma de sus instalaciones por marchistas, manifestantes y demás agremiados, la ha convertido en ideal amarra donde sujetar los cordones de las mantas que los cubren del sol, mientras escuchan a sus líderes caciquiles.

Que no conozcamos al planeta Marte de cerca, o ni siquiera por fotografías, ¿nos permite negar o afirmar nada sobre él? Parejo problema tenemos con la escultura. Más grave aun, con la escultura de nuestro propio continente, de nuestro país, y acaso de nuestras patrias chicas.

Para entender el quid de la escultura colonial es preciso volver la vista sobre la etapa precolombina. La civilización mexica se había impuesto por sobre el resto de las civilizaciones mesoamericanas. Excepción hecha por mayas y tarascos, cuyas respectivas situaciones geográficas, muy al Suroeste la una y muy al Nordeste la otra, estaban fuera del radio de acción de los mexicas el resto de las civilizaciones, más pequeñas, pervivieron bajo el yugo de esos destacados militares que fueron los mexicas.

Ahora bien, obviando cualquier juicio de valor sobre el sinfín de esculturas precolombinas halladas hasta el momento, conviene recordar la finalidad para la que fue esculpida la mayoría de las esculturas. Los dioses eran temidos. En consecuencia, sus representaciones físicas debían alimentar ese terror entre los indígenas. Si bien se trata de una estética regida bajo una lógica diferente a la occidental, las esculturas de Mesoamérica tenían la finalidad de infundir terror. Por los cronistas de Indias sabemos que esos antiguos figurones estaban situados estratégicamente para despertar la admiración pero también para acrecer el temor entre los indígenas.

Los escultores indígenas no prestan atención a las bellas proporciones del cuerpo humano. Moldean formas chaparras, sólidas y coneptuales. Hacen símbolos e ídolos. Escultura trágica. Aunque también hay escultura humorística (francamente grotesca).

Los misioneros no trajeron a México sus escultores más preclaros de España, ni de los Países Bajos, que eran también España; esto de llamar o traer extranjeros quedaba para los más poderosos monarcas. Los frailes y los virreyes trajeron lo que pudieron. Y de muy pocos artistas venidos quedaron obras o nombradía en la Península.

Así y todo, es aquí en el siglo 16 cuando se producen las obras más interesantes de España y sus colonias. Es precisamente del contacto entre dos razas de donde sale a flote un conato de estilo que –por analogía con el mudéjar, según José Moreno Villa- se ha dado en llamar “tequitqui” (vocablo náhuatl que designa a la acción de tributar).

Lo tequitqui se manifiesta por sobre cualquier otra manifestación, en la cantería. En los relieves de piedra. No en balde fue de piedra la gran escultura precortesana. Aunque al principio fue un trabajo muy lineal, cuyos ejemplos son Huaquechula y Tepoztlán, es interesante comparar estos relieves elementales con las pinturasal fresco, lineales también, de los conventos contemporáneos. En éstas, las proporciones son clásicas y lso congtornos flexibles, mientras en aquéllos son primitivas las proporciones y muy duros los contornos

Los grandes altares que nos quedan del siglo 16 se ajustan al tipo español de mediados de ese siglo; pero sus imágenes son más reposadas quelas españolas de entonces, obedeciendo tal vez al parecer de los frailes, que juzgarían improcedentes ciertas cabriolas en un país por convertir a la nueva fe. El hecho es que la marinería de esta época se distingue por su aplomo y serenidad; y que esta manera se afianza en México durante los dos siglos siguientes, incluso en el ultrabarroco.

La influencia española es predominantemente andaluza, sevillana y granadina, durante los siglos 16 y 17. Imágenes góticas hay pocas, como es natural, pero sí que hay algunas de gusto gótico rezagado. El escultor indígena introduce en las imágenes católicas según símbolo idolátrico, por atavismo o por si acaso, según el propio Moreno Villa. Ahora bien, la influencia de los grabados y de los pequeños objetos que los monjes daban a los tallistas y canteros como fuentes de inspiración para las sillerías y las portadas, hace que aparezcan productos francamente anacrónicos.

México estuvo sometido ala corriente europea por el costado del Atlántico, y a la asiática por el Pacífico. La nao de China importó marfiles tallados y figuras de porcelana como Andalucía importó tallas y tallistas, pero hay otra corriente, la del Sur, la de Guatemala, algo confusa aún.

La escultura funeraria es otra situación. Tanto abundó en la Península, como se desconoció aquí, pues apenas si contamos con un par de ejemplos. Entretanto, la escultura religioso-popular es, como en todas partes, excesiva; o muy sanguinaria o muy retozona y caprichosa.

En el último cuarto de este siglo, cuando triunfan el neoclasicismo y el academicismo, ya no es la influencia andaluza, sino la castellana, la que se siente. Aunque el académico Tolsá labró algunas imágenes estofadas, desde su tiempo decae este tipo de escultura tradicional, que en México duró dos siglos más que en España.

Anonimato

No hubo autoría. No existen nóminas cronológicas. Se sabe de algunos escultores sueltos y de muy pocos se conocen las obras; de modo que cabe decir. Es tan anónima la escultura colonial como la precortesiana.

Las obras de segunda y tercera clase no se salvan del común desfiladero del anonimato. Se debía ser un maestro de primera línea para que sus obras perduraran en el tiempo. Así, sólo tenemos conocimiento de obras cuyos escultores son maestros conocidos.


Sistema

El estudio de la escultura colonial no debe hacerse un día sí y otro no. Hay que hacer como con la metodología que se usa para las artes prehispánicas. Sistema y orden. La distinción de una y otra etapa artística ha sido de valiosa ayuda. Siglo 16, Tequitqui, Barroco, Neoclásico. Tal es el criterio usado para separar las etapas y dar pie a los análisis.

Lo tequitqui
El término lo inventó José Moreno Villa hacia 1942, año en que aparece publicada su primera edición de La Escultura Colonial Mexicana.

Para entender sus motivos, hay que tener presente la voz árabe “mudéjar”. Significa tributario. El hombre mudéjar era el mahometano que, sin mudar de religión, quedaba por vasallo de los Reyes cristianos durante la Reconquista. Y en México, los indios fueron vasallos y tributarios. Así pues, José Moreno Villa buscó la voz paralela a “mudéjar” en el náhuatl. Encontró que la palabra tequitqui se solía usar al hablar de los tributarios, si bien tributarios no bajo el dominio español, sino mexica. A falta de una mejor y más sólida propuesta, ha cobrado carta de naturaleza este término para referirnos al arte colonial que es el resultado de una mezcla entre lo español y lo mesoamericano.


Siglo XVI


A partir de ahora, dejan de interesar los sacrificios. Interesa honrar a Dios. La noción de “viva para demostrar el amor a Dios” es lo que se abre aso en medio de las atávicas creencias populares. Es Dios el que ahora debe mostrarse en imágenes, ante la vista de los conquistados. Alejar el pensamiento del indígena la noción de sacrificio; acercar la de bondad. Dios bondadoso. Por eso en el programa escultórico temprano se prohibió representar a Cristo sacrificado.

Sólo hubo cruces desnudas. Era una medida preventiva para que no se hiciera ningún parangón con los antiguos sacrificios mesoamericanos. Borrar eso. Grabar otra cosa. Ésta, con imágenes de grandes dimensiones pero sin detalles preciosistas: al fin y al cabo, su objetivo no era tanto artístico como práctico: evangelizar y enraizar una técnica escultórica.


Retablos


Retablo (de retro: detrás, y tabula: tabla). La arquitectura y sus leyes se reúnen con las formas simbolistas de la teología en el retablo.

Al principio no fue necesario ningún lujo. Bastaba con que el retablo ocupara el lugar preciso. Al correr del tiempo, poco a poco fue preciso que el tríptico se ornamentara en sus tres hojas.

Fueron el Gótico, el Renacimiento y el Barroco los estilos donde el retablo cobró importancia. Sus amplios límites estilísticos permitieron la entrada y expansión de multitud de retablos. Pero el caso más significativo lo tenemos en los retablos barrocos. Tanto en España como en México, su función fue didáctica; singularidad que orilló a los artistas a elaborar obras tan recargadas como alucinantes.
Algunas características del retablo:

1. Cumple un función escenográfica.
2. Es pretexto para echar a volar la imaginación.
3. A menudo se estofa desde el piso hasta el techo.

Barroco y Tequitqui

El churrigueresco no es, propiamente, un estilo arquitectónico. Es más bien, un estilo escultórico y decorativo, plasmado en fachadas, torres, retablos y mobiliario. Se le ha confundido con un estilo arquitectónico porque ha tenido la suerte de aparecer decorando pilastras, cornisas, frisos, arcos, molduras, etcétera, que son elementos estructurales de la arquitectura.

Del churrigueresco destacan los retablos. Llegaron a resumir las más altas ornamentaciones. El Retablo de los Reyes es el paradigma de la compleja planta y de los materiales utilizados. Su composición escapa a toda clasificación precedente. Los ejes principales son 4 estípites cargados de volumen, en cuyo derredor se notan varias esculturas. De unas altas bases emergen unas pirámides invertidas que tienen más de 3 metros de elevación. En la parte baja, encontramos 4 figuras de reyes. Hacia el sector central, permanecen aislados cuatro medallones circulares vacíos, y de la parte superior festones de flores y frutos. Encima están dos cuerpos cúbicos entre angostamientos y , al final, un arquitrabe y el capitel.

Las calles verticales son tres: la central y dos laterales. En aquella habitn las pinturas especiales que hico Juan Rodríguez Juárez. Éstas alojan hornacinas, flanqueadas por estípites menores.

No termina como los demás retablos. No tiene un copete tradicional, sino que avanza hasta crear una bóveda de madera, partida en gajos a guisa de lunetos, por medio de 3 ángulos agudos que recuerdan las ojivas góticas.

Justino Fernández escribió en El Altar de los Reyes: La excelente arquitectura del retablo, concebida por Jerónimo de Balbás, no sólo es monumental y grandiosa, sino rica, espléndida y elegantísima en sus proposiciones genrales y de detalle.

María del Consuelo Maquívar y Maquívar nos informa que en el barroco también se suele hacer exaltación del martirologio. Abundan las representacions de espaldas desgarradas por látigos o disciplinas, cinturas desolladas por cilicios, bellezas que eran pastos de llamas, condenadas que se debatían con serpientes infernales. Pero el objeto de la mayor saña era poner a Cristo Redentor a tal punto, que su cuerpo llegara a ser una llaga viva.

Los motivos eran harto similares en las esculturas barrocas Peninsular y de América. No así en sus soportes materiales. En Nueva España se usaban desde la seda de China hasta las lacas de Michoacán o barro de Tonalá.

El culto a las imágenes fue en México uno de los más importantes vehículos de la Segunda Evangelización (los misioneros designaron con la palabra “ixiptla” a las imágenes de culto). Sin temor a equivocaciones, se puede decir que fue un puente naturl entre el viejo y el nuevo mundo.

¿Por qué fueron importantes?

Las esculturas podían integrarse naturalmente en una “sintaxis representativa”: el retablo era el gran teatro del cielo en donde cada personaje desempeñaba un papel en la historia de la salvación.

Algunas imágenes desempeñaban el papel de cuerpos santificados, aguardando no más que las trompetas del Juicio Final. Jajay. Cumplían la función de mantener presente en todo instante un grande sentido del horror.

Neoclasicismo

Dentro de este orden, sobresale la arquitectura. Usar columnas clásicas significaba entrar en el orden clásico. Ahora bien, la arquitectura echó mano de un sinfín de decorados escultóricos. Así, las columnas estípite (barrocas), son verdaderas esculturas cimentadas en el cuerpo humano.

Al llegar a los arquitectos neoclásicos a Nueva España, se espantan de lo que ven sus ojos en la Ciudad de México. Veían con horror lo mismo que en España había cometido Benito de Churriguera.

El Neoclásico obró en 4 manderas:
1. De “creación”, como en el Palacio Nacional;
2. De “sustitución”, en donde había suplantado de manera principal, como en los retablos;
3. De “reconstrucción”, o sea, una sustitución total,
4. De “finalización”, como en la Catedral Metropolitana.

Escultura en el Palacio de Minería, de Manuel Tolsá: “El patio, espectacular, tiene esos soberbios arcos almohadillados, con su scolumnas dóricas abajo, y las jónicas arriba. ¡Y la escalera! La más suave, cómoda y elegante de México”, dice Francisco de la Maza. También se pueden apreciar las esculturas de Tolsá, como la de Carlos IV montando a caballo.

Esta escultura primero había sido un obelisco mediocre de Fernando VI, per El Caballito resultó ser la estructura ecuestre más bella ¿del mundo?, y la única de una sola peiza. Primero lo colocaron en el zócalo. Entre el palacio y el parián. Luego, en el patio de la universidad (cuando estaba en el centro). Y a partir de 1857, pasó a ocupar su sitio actual.

La multiplicación del Neoclásico se topó con pared. Los altares continuaron siendo eminentemente barrocos, estoados, ricamente ornados. Sólo hay 5 excepciones a la regla barroca. Y son los de Regina y La Enseñanza (completas), Vizcaínas (casi completa), Santo Domingo (dos retablos) y la Catedral (incompleta). No huelga un dato. Los retablos mejor conservados no están en las ciudades grandes. Los encontramos en pueblos perdidos. ¿Por qué?

De la Maza conjetura la posibilidad de que España deseaba desaparecer todo cuanto hubiera de por medio haciendo alusión al pasado indígena. Quizás. En todo caso, existe la certeza de que el clero cometió 3 devastaciones. Una, de retablos. Otra, de sepulcros. Y la última, de los coros de monjas.

Ahora bien, del lado contrario, como obras de reconstrucción religiosa conviene pensar en la fachada y cúpulas de San Diego, la curiosa Capilla de los Dolores y la iglesia de Jesús María, del siglo 17, cuya unidad interna es suprema.

octubre 14, 2007

Odiar a los Fox


Noticia publicada hoy por Milenio:

La efigie de Vicente Fox que este domingo develaría el alcalde panista de Boca del Río, Francisco Gutiérrez de Velasco, sólo duró de pie ocho horas, con lo que se frustró el homenaje convocado para este domingo por el edil costeño.

De nada sirvió el madruguete de la alcaldía, luego de que los empleados de Protección Civil del municipio colocaron al filo de las cuatro de la mañana la polémica estatua.

Poco le duró el gusto a Gutiérrez de Velasco de ver de pie el cuestionado monumento al ex presidente, instalado en el otrora bulevar del Mar, rebautizado a finales de 2006 “bulevar Vicente Fox”: alrededor de las diez de la mañana, un grupo de aproximadamente un centenar de presuntos militantes de PRI, PRD, PT y Convergencia, encabezados por el diputado federal priista Adolfo Mota Hernández, se presentó en el lugar y zanjó sin mayores dificultades un débil operativo de seguridad alrededor de la estatua.

Primero lanzaron diversos proyectiles contra la estatua —principalmente huevos— durante dos horas, y luego, al más puro estilo del viejo oeste, lanzaron una cuerda a la estatua y la jalaron hasta hacerla caer.

Al filo del mediodía, la estatua de Fox, del hombre que sacó al PRI de Los Pinos, yacía en el suelo. Sólo ocho horas permaneció de pie.

A causa de la caída, a la efigie se le rompió la mano derecha, levantada en señal de saludo.

Una vez que lograron su cometido, los inconformes dieron rienda suelta al júbilo, y no sólo entonaron consignas contra el ex presidente panista, sino también se dieron gusto saltando sobre la estatua derribada.

En el acto de inconformidad también participaron el diputado local electo por el distrito de Boca del Río, el priista Raúl Zarrabal Ferat, y el secretario de organización del Comité Directivo Estatal del PRI , Raúl Díaz Díez, quienes encabezaban a un grupo de militantes priístas boqueños, en su mayoría jóvenes.

La acción se dio luego de que el municipio panista de Boca del Río decidió adelantarse a las advertencias que había hecho un grupo de estudiantes de que impediría la erección del monumento a Fox.

Para evitar cualquier exabrupto, Gutiérrez de Velasco, al frente de un grupo de trabajadores del municipio, dirigió personalmente las maniobras para erigir la figura del ex presidente las primeras horas de este sábado.

Contra viento y marea

La inauguración oficial del monumento estaba programada para celebrarse este domingo a las diez de la mañana, aunque ya se habían presentado diversas advertencias de que habría distintos grupos que impedirían a toda costa su develación este domingo.

Esta estatua representaba la culminación de un largo esfuerzo del alcalde, quien durante varios meses propugnó su construcción con el argumento de que era una forma de honrar a Vicente Fox en “reconocimiento a su apoyo” al estado de Veracruz.

Sin embargo, luego de que el pasado 9 de octubre anunció oficialmente que el 14 se develaría, se desató una verdadera guerra verbal en la que estuvo directamente involucrado el gobernador de la entidad, el priista Fidel Herrera Beltrán, quien se manifestó contra la estatua y calificó la decisión de “provocación”, por lo que exigió cancelar la inauguración.

A esa esgrima de declaraciones también se sumó el dirigente estatal del PRI, José Yunes, quien calificó el homenaje de inoportuno y desproporcionado.

“Nosotros creemos que a los políticos vivos no se les debe dar ningún tipo de reconocimiento”, expresó.

Igualmente, dirigentes de diversas cámaras empresariales del ramo restaurantero, hotelero y del comercio de la zona conurbada Veracruz-Boca del Río consideraron innecesario ese gesto de Gutiérrez de Velasco.

“No es necesaria y no tiene sentido”, dijo en su oportunidad la Cámara Nacional de la Industria Restaurantera.

“Hay que esperar mejores tiempos políticos, pues en este momento la imagen del ex presidente está muy vapuleada”, sugirió la Cámara Nacional de Comercio.

Sin embargo, pese a los pedidos, el edil, quien en diciembre dejará el cargo, continuó en su empeño. Ayer sus deseos de homenaje, literalmente, se vinieron abajo.

El monumento

La estatua de Vicente Fox que este domingo se develaría en Boca del Río fue donada por el escultor Bernardo Luis López Artasánchez.

El escultor ya había preparado tres monumentos a encargo del alcalde panista: uno de la Señora de Santa Ana; otra del técnico Hugo Sánchez Márquez, y una más de Juan Pablo II.

Fundida en bronce, tiene un peso de 750 kilos y mide más de tres metros de alto. En ella aparece el ex presidente con la mano derecha levantada.

Boca del Río, Ver. • De la corresponsalía

octubre 13, 2007

Otra más

Rrrrrrabia. Eso es lo que se siente.

No contentos con tener al hombre más rico del mundo entre nosotros, que es Carlos Slim, y cuya fortuna la ha conseguido a base de esa antigua práctica comercial llamada monopolio. No conformes con que Roberto Madrazo haya ganado un maratón berlinés, haciendo trampa. No contentos con que nuestras cifras sobre pobreza son realmente maratónicas. No satisfechos, los ricos mexicanos acaban de meter otro gol. El heredero de la empresa Júmex ocupa el sitio 45 dentro de la lista de multimillonarios coleccionistas de arte mundial.

RRRRRR.

octubre 12, 2007

Malacara

Guillermo J. Fadanelli


Apachurrando el botón aquí, pueden leer un avance de Malacara, la próxima novela de Guillermo Fadanelli que aparecerá este octubre, según anunciaron sus editores de Anagrama.

octubre 06, 2007

¡Discutir, discutir, discutir!

Un mero encontronazo de ideas entre un escritor y un embajador, pronto se tornó un pleito de marchantes. El representante diplomático de Venezuela en México, Roy Chaderton, contestó a un artículo publicado por Carlos Fuentes, en donde el novelista había puesto a Hugo Chávez al lado de Mussolini y Hitler. Fuera de sus casillas, el embajador se abalanzó sin miramientos: “Los superhéroes se caen”, dijo en una conferencia. “Este personaje abandonó la región más transparente, sufrió un cambio de piel, ahora tiene el aura de converso, y en su avanzada senilidad ha terminado convertido en un gringo viejo”. Patético juego de palabras con los títulos de algunas obras de Fuentes. Ahora bien, el conspicuo miembro del Boom, alardeando su condición de gran literato, infligió otro juego de palabras grotesco. “El embajador Chaderton tiene nombre de pescado, de clapedide osificado, con cabeza dura, rabo amarillo y cola homocerca. Bien pensados: quiero decir sin columna vertebral: sábalo”. Lo dicho: un debate cualquiera, que acabó en una fabulosa gritería de mercado.

Como no sea en los mundillos culturales, es cada vez más inusual que debatan los intelectuales mexicanos. Las salvedades más recientes que me vienen a la mente son Carlos Monsiváis, Elena Poniatowska y Enrique Krauze. Por mencionar sólo personajes salientes del establishment. Puedo ver a los dos primeros, además de Sergio Pitol, en el templete al lado de López Obrador, leyendo discursos en contra de la derecha durante las elecciones de 2006. Krauze, del otro lado, es un exitoso defensor del orden de cosas establecido. Con estas excepciones, el silencio de la intelectualidad mexicana ha sido lastimoso. Fuentes incluido. Para no ir lejos, en Hidalgo no tengo noticia de escritor alguno que critique al gobierno, siquiera que lo cuestione. ¿Un silencio acomodaticio?, o bien, ¿temor a decir una torpeza? Me recuerda las asambleas de los Locrios. El que acudía a presentar una idea ante la asistencia, debía llevar sujetada la cuerda alrededor del cuello, de manera que, si al cabo de su explicación no había conseguido la aceptación unánime, no se perdía mucho tiempo en los trámites para colgarlo y cerrarle el cogote.

Desde los griegos hasta los días que corren, la libertad ha sido el blanco de las opiniones más variopintas. Pero quizá ningún otro terreno como la filosofía para hablar de ella. Filósofo predilecto de psicólogos, Erich Fromm habló de la libertad como de cualquier otro derecho al que la humanidad ha preferido renunciar. Por cobardía. O sea: no se tiene el coraje para arrostrar las consecuencias de actuar sin ataduras. Hacia 1859, en contraste, John Stuart Mill publica Sobre la libertad. El libro es dos cosas: un minucioso análisis y un compendio de estrategias, cuyo objeto es que el hombre alcance un aceptable nivel de libertad. Pues bien, hace la sugerencia de prestar más atención a la opinión contraria que a la propia. Lo sabía Cicerón, el mejor de los oradores. Al momento de debatir en público, había estudiado mucho más las razones de su oponente que las suyas propias. Ahora bien, recomendación cuya rareza entristece, es la de ser originales, excéntricos. “La suma de excentricidad en una sociedad ha sido generalmente proporcional a la suma de genio, vigor mental y valentía moral que ella contiene”. La excentricidad hiere los oídos de otros derechosos, los calvinistas, amigos del status quo para quienes todo lo que no es obligación es un pecado. Ahora bien, exhorto de mayor envergadura es el de discutir, polemizar hasta la diabetes, minuto a minuto. “Que la unanimidad de opinión no es deseable a menos que resulte de la más completa y libre comparación de opiniones opuestas y que la diversidad no es un mal, sino un bien, hasta que la humanidad sea mucho más capaz de lo que es al presente de reconocer todos los aspectos de la verdad, son principios a la manera de obrar de los hombres, tanto como a sus opiniones”. Párrafo del siglo 19 que posee absoluta actualidad. Muchos necios se niegan a escuchar al de enfrente. Prefiero que Carlos Fuentes y el embajador se jalen de los cabellos, insultándose el uno al otro, a que guarden silencio por el temor a ser colgados como los Locrios.

septiembre 30, 2007

Premio a la razón





Creo que George Steiner siempre sale en las fotos riéndose.




Rompí en risa al leer que la Feria del Libro de la Ciudad de México celebrará su séptima edición en octubre instituyendo en Premio Literario Elena Poniatowska. Pensé: “Qué buen negocio fue el de hacer ese libro de Amanecer en el Zócalo. Es un desdichado reportaje que no hace sino alabar a López Obrador, de modo que lo que perdió de calidad periodística, lo ganó de gloria institucional. Carajo.” No le bastó con hacerse acreedora al Rómulo Gallegos, sino que un premio llevará también su nombre por no sé cuanto tiempo. Ahora bien, pegué un bostezo cuando supe que a Enrique Krauze le organizaron un ciclo de mesas redondas con ocasión de sus 60 años de edad. Y una honesta emoción me recorrió al saber que el premio Juan Rulfo le fue otorgado al descomunal novelista Fernando del Paso. Desde Manuel Payno, nadie ha escrito novelas de tan largo aliento y ecuménico estilo como Del Paso. Pero que a George Steiner le otorguen el Premio Alfonso Reyes es todo un acontecimiento.

Con algunas salvedades, nunca jurado mexicano fue tan acertado en sus decisiones. Jaime Labastida, Alí Chumacero, Silvia Molina, Lucrecia Lozano y Leticia Salazar, todos ellos jurados del Premio Alfonso Reyes que se entrega en Monterrey, coincidieron en lo apremiante de galardonar al crítico literario por la veta humanista que recorre de principio a fin su obra. Y es que George Steiner (París, 1929) es un humanista de cuerpo entero cuya obra no se reduce a la crítica literaria. Es mucho más. Si bien es infalible que apoye todo cuanto ha escribe en el análisis del lenguaje, Steiner abarca más de un área del pensamiento. Ha penetrado en el mundo de la filosofía y, más recientemente, en el de la crítica social, la política y la asfixiante globalidad. No cabe duda que ha enunciado ideas elementales para la vida actual. En Lenguaje y silencio, descubrió que “el crítico literario es un eunuco”. Le creo, pues ¿quién con el coraje de hacer literatura propia perdería el tiempo estudiando humildemente lo que hacen otros? Ahora bien, en el mismo libro de ensayos, Steiner afirma que el crítico tiene una función triple. Poner atención: Primero, ha de enseñarnos qué debe releerse y cómo. Ante la inmensa la cantidad de literatura y ante el acoso de lo nuevo, hay que elegir, y en esa elección la crítica tiene su utilidad. Segundo, tiene la tarea de constatar que ningún régimen político tiene el derecho de imponer el olvido o la distorsión a la obra de un escritor. Y tercero, la función más importante. Se refiere al juicio de la literatura contemporánea. El crítico tiene una responsabilidad especial ante el arte de su propia época. Debe preguntarse no sólo si el arte constituye un adelanto o un refinamiento técnicos, si añade un giro estilístico o si lo que contribuye o lo que sustrae a las menguadas reservas de la inteligencia moral. Debe interrogarse a cada instante: ¿Qué medida del hombre propone esta obra? “La cuestión no es fácil de plantear ni puede enunciarse con tacto infalible”, escribe. “Pero la nuestra no es una época corriente. Se esfuerza bajo la tensión de lo inhumano, experimentada en una escala de magnitud y de horror singulares; y no está lejos la posibilidad de la catástrofe. Sería extraordinario permitirse el lujo de guardar distancias, pero es imposible.”


Es la siguiente la idea más rotunda: “Lo que el censor y el policía le preguntan al escritor, el crítico lo hace con el libro.” Es cada vez mayor el número de críticos literarios que juzgan no tanto al libro, como al autor. En Letras libres de agosto, Rafael Lemus hace polvo Amanecer en el zócalo, el libro de marras. Una opinión que, dicho sea de paso, suscribo. El problema es otro. Entrarle duro a Elena Poniatowska, la pejeviejita de carne y hueso. “No se descubre nada”, lanza veneno Lemus, “si se dice que Poniatowska es más bien ingenua.” Juicio entendible si recordamos que Letras libres es derechosa. Pensando en Steiner, interrogo: ¡qué nos importa si la autora es esto o aquello! Ahora bien, que la Ciudad de México invente un premio con su nombre no deja de causar risa. ¿Cuánto dinero le darán al ganador? Ojalá que no sea mayor a los 600 mil pesos que en octubre recibirá Steiner.

Qué le vamos a hacer

Mi foto
Desde chico tenía ganas de escribir un diario, o algo así. Pero era cosa de niñas. Este blog es lo menos afeminado que encontré.

Todos mis post