El blog de Luis Frías

noviembre 26, 2007

Estúpida censura

La censura ha vuelto a ocupar los reflectores por partida doble. Por un lado, la novela de García Márquez Memoria de mis putas tristes traducida al iraní por el escritor Amir Fetanat, fue prohibida por el régimen de aquel país. Por otro, el documental de Luis Mandoki Fraude: México 2006 no se estrenó sin una grande controversia en buena medida estimulada por la prensa misma. Pero cada hecho posee características diferentes.

Convendría recordar lo que sucedió en Irán con la novela del autor colombiano. Inicialmente, el escritor Kaveh Mir Abassi había traducido y enviado el relato al gobierno de ese país para que lo escrutaran, y emitieran su dictamen. Al cabo de cierta espera, el Ministerio de Cultura le informó que era imposible publicarlo. “Todo el mundo es libre de difundir sus ideas, pero hay límites que la ley ha especificado, entre ellos no ofender al prójimo, los derechos de los otros ciudadanos, las creencias islámicas y la identidad nacional”, sostuvo el ministro de Cultura, Saffar-Harandi. ¿Les habrá escandalizado a los iraníes el que, en la trama de la narración, un periodista anciano se quede a dormir con una adolescente virgen y la prodigue con amorosos trstos, cuando ellos tratan como tratan a sus mujeres? Opiniones aparte, lo cierto es que en Irán, país que no pertenece al convenio internacional de derechos de autor, se pueden distribuir libros independientemente –siempre y cuando consigan pasar el tamiz censurador. Y aunque no fue aprobado, otro escritor iraní, Amir Fetanat, colgó la traducción en Internet e hizo una edición de mil ejemplares en papel que envía por paquetería internacional, y está por agotársele. Ha tenido éxito a tal punto, que desde el 16 de noviembre, el relato ha sido descargado por más de 15 mil visitantes en 80 países, y cerca de 550 sitios lo tienen enlazado. Una cifra significativa.

Es otro el caso de Fraude: México 2006. De acuerdo con el izquierdoso periódico La Jornada, el documental había sido requerido por el dueño de una cadena que posee salas de cine en todo el país, pero más tarde se retractó porque su exhibición no era rentable. Más rápido de lo que canta un gallo, el director, Luis Mandoki, y el productor, Federico Arreola, dieron una conferencia de prensa para denunciar lo que ellos consideraban una censura. El dueño de la cadena salió a reponer que la película no se proyectaría porque sencillamente no convenía a sus intereses. Tal vez los adictos a López Obrador le crean a Mandoki y los creyentes en Calderón le den la razón al empresario. Lo cierto es que esta polémica ha puesto en el centro de la discusión el documental que fui a ver el sábado a un cine de Pachuca y me hizo pegar varios bostezos. Sentí que me habían tomado el pelo. Me explico. Más allá de las ideas políticas que puedan tenerse a propósito de López Obrador y del 2006, el espectador advierte que la película no ofrece información novedosa respecto de los dos documentales de Mandoki intitulados ¿Quién es el señor López? Son reportajes tendenciosos. No temo equivocarme diciendo que la considerable presencia mediática del filme se debe a que estuvo rodeado de esta polémica discusión entre un director de cine adicto a la izquierda y un empresario apegado a la derecha.

En síntesis, Memoria de mis putas tristes y Fraude: México 2006, son dos casos que ejemplifican lo siguiente: en los tiempos que corren, la vulgar censura constituye involuntariamente una publicidad inmejorable. Cada vez que el Poder trata de condenar a las sombras un libro o una película, éstos adquieren una fama que, por sí mismos, muchas veces no habrían conseguido. De tal forma, no hacemos sino confirmar algo que sabían Adán y Eva: se desea lo prohibido.

Quiero acabar opinando que no habría que preocuparnos tanto por esta censura a todas luces pueril, como por otro tipo de más sutil y, por lo tanto, más escurridiza. Pienso en la censura que se esconde bajo variedad de sobrenombres. Ahí están la autocensura, el fantasma de los crímenes contra periodistas, la corrupta mancuerna gobierno-intelectualidad, las amenazas, la coerción… Son censuras cuyo poder sí consigue que las novelas y los documentales no lleguen al público. Hoy, que es posible conseguir cualquier cosa por el Internet y la piratería, un dictado gubernamental que quiera privarnos de ver o leer algo es una censura estúpida.

noviembre 19, 2007

Diego José

No conviene empezar a hablar de Diego José poniéndole un marbete que seguramente le disgustará: el de poeta exitoso y laureado. Pero son características que nadie puede regatearle. Todo cuanto ha escrito está bien hecho.

Por ejemplo, en su libro de ensayo -Nuevos salvajismos. La perversión civilizada-, Diego José sostiene una hipótesis interesante. Ahí está una idea llena de sabiduría, que echa por tierra la creencia de que la humanidad evoluciona deprisa. Un sensato Diego José propone el ejemplo de una lujosa tienda departamental. Nada más entrar, sentimos un extraño confort, las ganas de gastar, nos posee la euforia y nos endeudamos con la tarjeta de crédito. Al final, estamos tan idiotizados que nos cuesta dar con la salida. En definitiva, es una estrategia comercial perversa para hacernos gastar en artículos que, nos damos cuenta hasta llegar a casa, realmente no necesitamos. El planteo de que la nuestra es una civilización perversa hizo que su libro ganara el premio nacional de ensayo Abigael Bohórquez.

Pero Diego José (Ciudad de México, 1973) no es esencialmente ensayista, sino poeta. Siendo niño, quería ser versificador para maravillar a su papá. Así, publicó varias líneas en el suplemento cultural de un periódico. Afortunadamente se dio cuenta pronto: la poesía no es la afición de escribir un día sí y otro no. En última instancia, es un arte que reclama la diaria consonancia de tres elementos: el hombre, la vida y la palabra. ¡Vaya tarea la de armonizar estos elementos! Para conseguirlo, Diego José se traslada a un pueblito de provincia, en donde pasa sus días leyendo y escribiendo. No recuerdo por qué decide salir del encierro e ir a pedir trabajo a una universidad de Pachuca. Fue difícil porque no tenía credenciales académicas (pero yo, como Christopher Domínguez Michael, no conozco a nadie posea estudios universitarios y al mismo tiempo, sea digno de respeto). De algún modo consiguió la plaza y desde entonces combina con modestia y éxito rotundo su vida de catedrático y su oficio de poeta.

Fue Cantos para esparcir la semilla su primer poemario. Es fruto de su reclusión pueblerina. En efecto, es un libro que encierra ese aire de modesta felicidad que se respira en nuestros pueblos de México, al tiempo que una demostración de dotes poéticas. En suma, es lo que mentara en otro contexto el crítico hidalguense Fernando de Ita: no hay nada más universal que tu pueblo. Lo sabía el jurado del premio Carlos Pellicer para obra publicada, y le entregó el galardón. Ahora bien, su segundo poemario sería la cosa contraria. Si aquél era una carta enviada a la felicidad, éste es una mano tañendo insistentemente la cuerda del dolor. Se llama Volverás al odio. En un reconocimiento a la excelencia poética de Diego José, el opúsculo fue distinguido con el premio nacional de poesía Efraín Huerta, y más tarde lo publicó la guanajuatense editorial La Rana.

Por todo esto, no me llevé ninguna sorpresa cuando supe que nuestro vate ganó otro certamen nacional. Con Los oficios de la transparencia lo vuelven a reconocer como el poeta en toda línea que es, confiriéndole en 2006 el Premio Nacional de Poesía Enriqueta Ochoa. Se trata de un solo poema dividido en 37 alientos dedicados a la naturaleza o, por mejor decir, al vínculo entre el hombre y la madre tierra. “Vine al final de la tierra para ver arder mi cansancio,/ del sudor de aquellos días queda sólo ceniza./ El aire inflama la memoria de mis pasos,/ desde aquí miro la densa superficie marina./ Atrás quedó el Camino,/ la noche que la Luna suspendió su danza/ se quema finalmente en esta lumbre./ Todo arde en el final de la tierra,/ en este fuego, a pie del mar”. He preferido éste, por encima de los otros 36 alientos.

Ahora bien, Diego José también escribió una novela. El camino del té. Es breve realmente. De escasas 100 hojas. Convendría aclarar que no es un libro que nació con el impulso de contar una historia. En rigor, es un ejercicio poético. Diego la escribió deseando encapsular una forma de escribir; consiguió una original narración que tiene por escenario el Lejano Oriente y por personajes, a un rey y una geisha. Leerla es un placer recomendable. Lo curioso es que se la publicó la editorial internacional Random House Mondadori. Otro trofeo. Le guste o no, es elemental festejar a Diego José como un escritor exitoso.

noviembre 18, 2007

4 Bukowskis





Cuando hace 20 años Sean Penn entrevistó para la revista Interview a Charles Bukowski, éste dijo algunas palabras que el serio suplementeo "Laberinto" de Milenio ha publicado recientemente.











ESCRIBIR

Escribí un cuento desde el punto de vista de un violador que ataca a una niña. La gente me acusaba. Me entrevistaron. Me preguntaban: “¿Te gusta violar niñas?” Yo les decía: “Claro que no. Es un retrato de la vida”. Me he metido en líos con muchas de mis cosas. Pero por otra parte, los líos venden libros. Sin embargo, en el fondo lo que escribo es para mí.

(Le da una gran fumada a su cigarro.)

Es como esto. La “fumada” es para mí, la ceniza para el cenicero… eso es publicar.

Nunca escribo en el día. Es como correr desnudo en un centro comercial. Todos te ven. De noche sacas los trucos… la magia.

CELINE

La primera vez que leí a Celine me fui a la cama con una gran caja de galletas Ritz. Empecé a leer y a comer las galletas, y me reía y comía más galletas. Me eché toda la novela de un jalón. Y me acabé la caja de Ritz. Me paré a tomar agua. Me hubieras visto. No me podía mover. Eso es un buen escritor. Casi te mata. Bueno, también uno malo.

GENTE

No me fijo mucho en la gente. Es perturbadora. Dicen que si te fijas mucho en alguien, acabas por parecerte a esa persona. Pobre Linda [su esposa]. Puedo prescindir de la gente en general. No me llena, me provoca vacío. No siento respeto por nadie. Tengo un problema en ese sentido. Miento, pero créeme, es cierto.

SOLEDAD

Nunca he estado solo. He estado en una habitación, me han dado ganas de suicidarme. Me he deprimido. Me he sentido horriblemente mal —sobre todo horrible— pero nunca he sentido que otra persona pueda entrar a ese cuarto y curar lo que me molesta… o que varias personas lo hagan. En otras palabras, la soledad es algo que nunca me molestó, porque siempre me ha gustado. […] Ya sabes la opinión de la mayoría típica: “¡Guau, es viernes en la noche, ¿qué vas a hacer? ¿Quedarte ahí sentado?” Bueno, pues sí, porque no hay nada allá afuera. Pura estupidez. Gente estúpida acompañada de gente estúpida. Que se estupidicen solos. Nunca he sentido la necesidad de salir de pronto en la noche. Antes me escondía en los bares porque no quería esconderme en las fábricas. Eso es todo. Lo siento por los miles de personas, pero nunca he estado solo. Me gusto. Soy la mejor forma de divertirme que tengo. ¡Tomemos más vino!

noviembre 10, 2007

Noticia

La ninfa inconstante, la novela que dejó acabada y sin publicar el escritor cubano Guillermo Cabrera Infante (1929-2005), probablemente se publicará a principios de 2008, informó hoy el diario español El País.

La novela del autor nacido en Gibara (Cuba) rebosa ambiente habanero por los cuatro costados y Cabrera Infante trató de acabarla "hasta el último momento" de su vida, según comenta Miriam Gómez, la mujer del escritor en declaraciones al periódico.

"Escribió a mano cientos de páginas, y lo hizo a mano porque ya no podía trabajar bien con la máquina. Me iba explicando cómo debían organizarse esos cientos de notas manuscritas y, desde luego, consideraba que la novela estaba acabada aunque me insistía que si había algo que no me gustaba, lo rompiera", explica Gómez.

La viuda del autor afirma que La ninfa inconstante es "una novela muy personal, muy cubana y muy inglesa al mismo tiempo" y que transcurre entre Tres tristes tigres (1964) y La Habana para un infante difunto (1979).

"En ella se narran los recuerdos de la historia de amor de un escritor maduro con una joven pero, también, se estimula constantemente el juego literario. Yo creo que la protagonista, Estela, no tenía 16 años, era mayor, aunque, a la vez, es una forma de rendir tributo a Jonathan Swift y a su joven dama Stella-Esther", relata Gómez.

En la novela, adelanta El País, Cabrera Infante escribe sobre mujeres, música, La Habana, la literatura y el cine, el universo del autor, sus obsesiones y sus pasiones, todo aquello "que le ha convertido en uno de los grandes escritores en castellano".

"Es verdad", continúa Gómez, "que el libro tiene muchos puntos autobiográficos. Hay muchas situaciones y personales reales del tiempo que refleja, pero también hay mucho juego. Se puede leer como un enorme flash-back, un ejercicio de memoria".

"El propio Guillermo escribió en una de sus notas unas líneas muy significativas de lo que pensaba sobre la historia de una ninfa", añade Gómez, compañera del desaparecido escritor desde 1958.

El País destaca que la figura de Cabrera Infante sigue creciendo desde su muerte y que "su vida y obra se revalorizan con la constancia de los valores seguros".

Además de la próxima publicación de La ninfa inconstante, el diario recuerda que los cineastas Ridley y Tony Scott han iniciado los trámites para realizar una nueva versión de Vanishing point (Punto límite cero), la película que con guión de Cabrera Infante dirigió Richard C. Serafian en 1971.

Adiós Norman Mailer

Norman Mailer, el hombre que a los 25 años irrumpió en la escena literaria estadounidense con "The Naked and the Dead" y publicó decenas de libros originales y alborotadores falleció hoy en Nueva York a los 84 años de edad.

Un fallo renal fue la causa de su muerte en el Hospital Monte Sinaí tras un periodo en el que estuvo delicado de salud y después de ser operado del pulmón, informaron hoy sus representantes.

La obra de Mailer, autor de 39 libros, incluidas once novelas, ha sido a la vez brillante, controvertida y variada. Este neoyorquino de padres judíos fue a menudo celebrado y vilipendiado al mismo tiempo.

En 1948 causó sensación con "The Naked and the Dead" , basada en su experiencia durante la Segunda Guerra Mundial, pero sus dos obras siguientes, "Barbary Shore" ( 1951) y "The Deer Park" (1955) , fueron consideradas un fracaso.

Así sería el resto de su carrera, jalonada de éxitos, que le hicieron ganar el Premio Pulitzer dos veces y en una ocasión el Premio Nacional del Libro, y también de empresas fallidas.

Mailer escribió como vivió. Se casó seis veces y acuchilló a su segunda esposa, Adele Morales, durante una fiesta. Ella no presentó cargos contra él y se recuperó totalmente. Mailer bebía y recorría los garitos de Nueva York.

En "An American Dream" (1966) reflejó esa vida a través de la lente de un personaje semiautobiográfico que cae en un mundo de violencia y sexo.

Relatos como ése y su propia imagen de machista le ganaron la animadversión del movimiento feminista estadounidense.

Mailer no se limitó a la literatura y entró en el ámbito del periodismo, con un estilo personal. Ganó su primer Pulitzer con "The Armies of the Night" , en 1968, sobre una manifestación pacifista en el Pentágono del año anterior.

Su segundo Pultizter llegó once años después, con "The Executioners Song" , sobre la ejecución del condenado Gary Gilmore.

Entre medias escribió otros trabajos de periodismo, como "Miami and the Siege of Chicago" (1969) y "A Fire on the Moon" (1971) . En 1968 recibió el Premio George Polk por su trabajo en la revista Harper's, de izquierda.

En esa época también dirigió algunas películas experimentales que pasaron sin pena ni gloria.

Fue arrestado en algunas ocasiones por su participación en protestas contra la guerra de Vietnam, y en 1969 se presentó a las elecciones primarias del partido demócrata para la alcaldía de Nueva York con la propuesta de que la ciudad se convirtiera en el estado número 51 de la Unión.

En 1997 publicó su última novela, "The Castle in the Forest".

Abajo el cine gringo

Supercan, filme gringo

Son tantos los absurdos que tienen maniatados a los Estados Unidos, que no se ha prestado la atención necesaria a un lío a todas luces llamativo. En efecto, la prevaleciente situación en Iraq y nuestra dizque relación bilateral con el país del norte, nos ha impedido parar oreja a la huelga en que están las mentes responsables de que el cine norteamericano sea de tan mala estofa. Por lo que a mí respecta, desearía que la huelga no acabara jamás: no puedo desear cosa, tras echar una ojeada a la actual cartelera.

Por la prensa internacional, sé que desde 1988 no tenía lugar una huelga semejante. Ese año, los guionistas de cine y televisión yanqui luchaban por recibir regalías más jugosas. Pues la chispa que encendió la mecha del paro actual es también por mezquinos intereses económicos. Pienso en la última novela que escribió el grandioso John Fante -Sueños de Bunker Hill- y me pregunto: ¿con relación a Hollywood, qué cosa sino el dinero es lo que mueve esta industria?

Ocurre que el sindicato de guionistas de cine y televisión inició una huelga indefinida, de modo que el cine hollywoodense ha paralizado buena parte de sus rodajes y series televisivas. Pues los más 12 mil guionistas que trabajan para la industria están molestos y frenaron sus libretos. Y es que estos infames guionistas entraron a una disputa con los productores. Consideran que tienen derecho sobre las ganancias por la venta de los DVD’s de las series de televisión y por los pagos de programas comercializados en Internet, en los teléfonos móviles y otros medios tecnológicos. En respuesta, los millonarios productores rechazan las demandas de los escritores. Para ellos son demandas inviables. “Todo el mundo sabe lo que cuesta un DVD y que un guionista obtiene entre cuatro a cinco centavos por la venta del DVD”, declaró el guionista Bryce Zabel a El País. “Lo que estamos pidiendo son ocho (centavos), y ellos dicen que eso es vergonzoso”, agregó. En todo caso, los sabios de la economía han advertido de que cualquier tipo de huelga podría perjudicar severamente la producción de la industria. Qué divertido, ¿no?

Honestamente, no encuentro ningún interés en averiguar con minucia a cuál de los dos bandos le asiste la razón. Ambos me despiertan un desprecio semejante: han contribuido a que el cine estadounidense deje de ser ése de Marilyn Monroe y los Hermanos Marx, para convertirse en lastimosos filmes como el de aquel letrero que ví en la calle y que anunciaba el estreno de Supercan. Es más interesante especular sobre el caso, deseando con sinceridad, que llegue a mal puerto. Si en 1988 la huelga se extendió por 22 semanas y costó a la industria 500 millones de dólares, es obvio que una huelga aun de menor duración, en los tiempos que corren costaría muchos más millones de dólares. Pues entre otras industrias, la de Hollywood ha adquirido verdaderamente ingentes proporciones. Además, hay que hacer una precisión. El paro laboral –lugar común que suena muy raro al hablar de arte-, no es nada más de guionistas de cine y, ni siquiera, de guionistas. Además de los autores de guiones de películas, también detuvieron su producción los argumentistas de las series de televisión, tan caras al público estadounidense. Alguna vez oí que las telenovelas son a los mexicanos, lo que las series son a los gringos. Aserto que no carece de razón. La preocupación central de los productores, de hecho, es la huelga de los escritores de series de televisión y talk shows. Por ejemplo, Esposas desesperadas, programa cuyo tonto título explica con sobrada grandilocuencia el contenido, está pendiendo de un hilo, lo mismo que The office, serie de la NBC en la que unos oficinistas se gastan bromas pesadas. Ambas, producciones de ésas en que se escuchan risas grabadas cada vez que el protagonista comete alguna graciosa simplonería. En el fondo, ¿es el público afecto a estas cosas el más perjudicado? ¿No será el más beneficiado, al verse privado se semejante material?

Ahora bien, los productores han anunciado que el impacto de la huelga sólo será inmediato en las series; no así en la producción de largometrajes, de los que tienen reservas. De manera que, con todo y paro, seguiré topándome con carteleras que huyen de los hondos absurdos de Norteamérica y, en cambio, ofrecen filmes como el de Supercan, un perro que adquiere superpoderes y la capacidad de hablar.

noviembre 07, 2007

Apariciones

"La mujer que amé se ha convertido en fantasma.
Yo soy el lugar de las apariciones."

Juan José Arreola.

noviembre 06, 2007

Recursos Humanos

“Sólo los aspirantes a cantantes pop sueñan con el estrellato”, asegura el escritor y periodista tapatío Antonio Ortuño, quien ayer fue designado finalista del Premio Herralde de Novela 2007, uno de los más prestigiosos en lengua española, que en esta ocasión recayó en el escritor argentino Martín Kohan por el libro Ciencias morales. Para Ortuño, jefe de Redacción del diario Público-MILENIO y autor de la novela El buscador de cabezas y del volumen de cuentos El jardín japonés, que el jurado haya decidido reconocer su trabajo, presentado con el título provisional Volveré y conmigo el fuego, será una manera de acceder a más lectores.

Luego de revisar los 201 manuscritos inscritos en el certamen, un jurado integrado por Salvador Clotas, Juan Cueto, Esther Tusquets, Enrique Vila-Matas y el editor Jorge Herralde redujo a dos títulos su deliberación final. El ganador fue Ciencias morales y el finalista Volveré y conmigo el fuego, que en próximos días se publicará, en Anagrama, con el título Recursos humanos. “Que un sello con el prestigio de Anagrama te publique ayuda muchísimo a tomarte en serio lo que haces, pero un autor no puede decir que escribe para ganarse un premio”, explica Ortuño.

“Enfrentado a una vida miserable como empleado de una empresa, Gabriel Lynch decide rebelarse. Sus odios no tendrán otro objetivo que Constantino, su jefe, el perfecto caballerete empresarial que le ganó el puesto y la mujer”. Con esa sinopsis, la editorial Anagrama anuncia Recursos humanos, novela que será presentada en la próxima FIL de Guadalajara.

Parece que todo empleado está condenado a odiar a sus patrones. ¿Es Recursos humanos una suerte de ajuste de cuentas desde la literatura?

No directamente. No creo tomar posición por los empleados sobre los empleadores. Si nos reducimos a términos estrictamente morales todos los personajes del libro son despreciables en algún grado. Pocos de ellos tienen visos de heroicidad o nobleza alguna. En cierto sentido, el jefe es menos perverso y pérfido que el empleado, que es el narrador principal. Mi intención fue hacer una novela moralmente ruda, con un humor muy negro, lindando con el delirio del odio, que a la vez explorara muchos asuntos alrededor de esa relación de dominadores y dominados, no sólo en términos laborales, sino también en términos sentimentales. Quise desenredar la madeja de los mecanismos que nos llevan a sentirnos víctimas cuando en ocasiones somos verdugos.

Tanto en El buscador de cabezas como en Volveré y conmigo el fuego los protagonistas narran sus historias desde el odio. ¿Cómo asumes, desde la escritura, toda esa ira?

El sello de la vida contemporánea es la neurosis. En algunos casos es una neurosis implosiva, con gente en estado de permanente abatimiento que se siente superada por las circunstancias, y en otros casos es una neurosis explosiva de sujetos que literalmente salen y le hacen el mal al mundo y a sus semejantes. Me interesa explorar ambas posibilidades.

Hay en Recursos humanos múltiples referencias bíblicas,¿cómo llevaste eso a un plano oficinesco?

Todo personaje que recurre a este tipo de tácticas requiere una especie de mitología que justifique su proceder. Y la mitología de Gabriel Lynch es el cristianismo, sólo que él la asume un poco a la manera en que los antiguos griegos y romanos asumieron su propia mitología. No la tenían tan olvidada, como nos sucede a nosotros con nuestro propio y soporífero cristianismo, y recurrían a los símiles mitológicos en la escritura para encontrar una especie de piso común metafórico con sus lectores. En un poco de esto se basa el discurso de Gabriel Lynch. La mayoría de la gente podrá reconocer con facilidad sus citas bíblicas, incluida la de la oficina como una suerte de escala de Jacob.

En la novela, Gabriel Lynch dice que no aspira “a un público educado y biempensante”. Como narrador, ¿compartes esa opinión?

No necesariamente. En las condiciones de educación del país, de cualquiera que lea por gusto un libro de ficción se puede decir que la vida lo ha puesto por encima de sus pobres semejantes. En cambio, sí me tiende a molestar la biempensantía, entendida como una suerte de resignación en cuanto a las ideas: gente que repite lo que lee, que habla de los editoriales del periódico como si se le hubiera ocurrido a ella. Gente que organiza su propio mundo con respecto a jerarquías inmóviles donde hay un bien y un mal claros, pero saben poco o nada de matices. La inteligencia literaria está en la capacidad de ver esos matices. Lo más interesante que te puede pasar como escritor, en cuanto a contacto con el público, es que te lea gente de procedencia muy diversa.

Milenio-Diario.

noviembre 05, 2007

Los oficios de la transparencia

El querido Diego José presenta el sábado su nuevo poemario, Los oficios de la transparencia, en un evento-concierto que se llevará a cabo a las 7 pm en el Patio de la Escuela de Artes de Pachuca, situada en la Plaza Bartolomé de Medina del ex convento de San Francisco.

A Diego, durante su presentación lo acompañarán Jaime Lavaniegos y Consuelo Ramírez, quienes montarán un espectáculo basado en este nuevo volumen del autor.

Los oficios de la transparencia mereció el año pasado el 13avo Premio Nacional de Poesía Enriqueta Ochoa. Se trata de un poema unitario dividido en 37 alientos que representan la peregrinación de un hombre a través de la tierra, hacia su interior y por los senderos de la poesía. En palabras de Juan Domingo Argüelles: "la poesía de Diego José se ha hecho más tensa y más intensa; más honda, pero también más alta".

El crítico añade: "El poeta trabaja con humildad los materiales con que fragua sus versos. Este nuevo libro tiene momentos espléndidos, es decir esplendor de palabras y de sentido.

"Si la humildad frente al oficio poético nunca se pierde, tendrá el poeta la esperanza de un atisbo que es grande, recompensa para sí mismo y para el lector. Diego José es cada día un mejor poeta", agrega Argüelles.

A partir de los poemas que conforman Los oficios de la transparencia, Jaime Lavaniegos concibió una música que mira hacia la tradición hispánica trovadoresca, logrando una comunión con los versos de Diego José. Por su parte, Consuelo Ramírez los acompañará con su voz en este peregrinar musical.

Diego José nació en la ciudad de México en 1973 pero vive en la bienamada Pachuca. Es autor de tres libros de poesía: Cantos para esparcir la semilla (2000, ganador del Carlos Pellicer para obrapublicada), Volverás al odio (2003, distinguido con el primer lugar del Certamen Efraín Huerta) y Los oficios de la transparencia (2007). En 2005 publicó la novela El camino del té y el libro de ensayos Nuevos salvajismos: la perversión civilizada, ganador del premio Abigail Bohórquez, allá en Tijuana.

Ahor abien, por un lado, el cantautor Jaime Lavaniegos produjo con su hermano los discos Corazonando (1998) y Danza (2000). Como solista grabó La canción del silencio (2003). Su interés por la poesía espiritual lo ha llevado a crear una propuesta dinámica de canto y poesía a la que ha llamado: "El círculo: Jaime Lavaniegos y los poetas vivos", que ha presentado en diversas Universidades y Casas de Cultura en nuestro país.

Por el otro, Consuelo Ramírez estudió en la Escuela Superior de Música con el maestro Gilberto Serda y la maestra Rosa Rodríguez. Actualmente perfecciona su técnica con la maestra Eugenia Sutti. Su formación artística contempla un trabajo espiritual donde se encuentran la poesía y el canto.

noviembre 04, 2007

La fuga

El Fondo de Cultura Económica presenta el nuevo libro de Carlos Montemayor: La fuga, novela ambientada en la década de los setenta del siglo XX, nos remite a un periodo de nuestra historia reciente en que, frente a un poder en muchos casos despótico y represor, la rebelión y la disidencia llevó a innumerables luchadores sociales por los senderos de la guerrilla. Esta es una novela de acción en el buen sentido del término, donde Montemayor prefigura a partir de la experiencia del encierro penitenciario “el gran escape, la fuga de un guerrillero y su inédito camarada de las Islas Marías”. Como un adelanto para los lectores de La Jornada, presentamos el arranque de esta novela

Océano Pacífico, Islas Marías, 1970. Avanzada la noche dejó de llover. El viento sopló con fuerza. Extensas nubes grises se replegaban con rapidez y a pesar del surgimiento de estrellas en el firmamento no se distinguía la extensión del mar, el universo de las inmensas aguas. El barco se mecía ruidosamente por el rugido inconstante y grave de los motores.

–Dicen que eres un gatillero, que te enfrentaste a policías y a soldados –comentó con voz impersonal uno de los presos; parecía que hablaba a otra persona, que quizás se trataba de una confesión súbita, de una confidencia.

Se volvió a mirarlo. Un remoto foco de la cubierta, a la entrada de la escalerilla que descendía al interior del barco, bastaba para que se vieran a los ojos. Muchos reclusos volvían a concentrarse de nuevo en la cubierta.

–Quiero saber qué me dices –insistió el hombre moreno.

–No eran propiamente soldados.

–¿Qué, exactamente?

–Enemigos, digámoslo así.

Algunos presos estaban discutiendo; era una riña a punto de los golpes. Llegaban a ellos las voces, los gritos. Un reo se retiró del grupo e increpó al moreno.

–Es por droga –explicó el hombre cuando los que reñían se alejaron–. Me dicen El Jarocho. Puedes llamarme así tú también.

Luego extendió el brazo.

–Aquellas son las islas. Ya estamos llegando a nuestra prisión.

Tardó en distinguir tras la masa del oleaje la silueta de la isla. Le asombró ver otra vez la tierra oscura, árboles inmóviles y remotos, acantilados, la angosta franja de la playa. Algunos soldados y presos se acercaron a la proa. El hombre moreno permanecía a su lado y habló de nuevo.

–Prefiero estar preso en las ciudades, no en el mar.

–Yo prefiero no estar preso.

El barco rodeó la costa y se dirigió al puerto de la isla mayor, la isla María Magdalena. No muy lejos giraba la luz del faro. Conforme avanzaron, apareció el puerto de Balleto, la sombra de caseríos, los muros de una construcción blanca, algunas luces insuficientes y vagas como insectos atrapados en la isla.

Comenzaron a desembarcar los presos. Pasaba de la medianoche. Se había acostumbrado ya al olor del barco. Ahora entraba en el olor de la tierra, de la basura, de la vegetación. Se dirigieron a la comandancia.

Entraron en las oficinas. Un oficial empezó a revisar los documentos.

–¿Tú eres Ramón Mendoza?

–Así es.

El oficial sudaba en abundancia. Le devolvió los documentos; estaban húmedos.

–Vas a trabajar primero con los peones de Campo Nayarit. Después te mandaremos a otro lugar.

El guardia abrió la puerta. La habitación era asfixiante.

Muchos mosquitos lo atacaron en la nariz, en los brazos. En el rincón vio un catre de lona; parecía una piedra junto a las paredes sucias y enmohecidas.

–Tienes tres horas para dormir. El primer pase de lista es a las cuatro de la mañana.

El guardia se retiró. Los mosquitos eran insistentes.

Cerró los ojos. Sentía aún el barco, el bamboleo del mar, el cansancio de más de 20 horas de surcar el océano para llegar a las islas.

No podía pensar en nada ni concentrarse. Cuando se acostó en el catre de lona sintió un olor rancio, ácido. Tenía la camisa empapada por el sudor. El calor era excesivo. Volvió a cerrar los ojos. Los mosquitos seguían acosándolo, pero dejaron de importarle. Seguía sintiendo el oleaje del mar, el olor grasoso y ácido de la cubierta del barco.

Oyó el estrépito de pasos y risas frente a la puerta.

Se incorporó, agitado. Volvió a oír la corneta a lo lejos, convocando al pase de lista. Se puso de pie, mareado por el sueño. Tenía los brazos y las manos cubiertas de ronchas por la picadura de los insectos. Sintió deseos de orinar. Salió del cuarto.

En la oscuridad de la madrugada muchos pasaban junto a él. Empezó a despertar conforme caminaba, conforme olía el sudor de los otros cuerpos.

La sensación del bamboleo del mar no había desaparecido del todo. Sentía hambre.

La neblina cubría una parte del monte que se elevaba detrás de los caseríos. Decenas de presos se formaban cerca del muelle, en el embarcadero de Balleto, esperando la orden para partir a pie al campamento de Campo Nayarit. Los soldados aguardaban las instrucciones de los guías. Alguien se acercó a él por la espalda.

–También me incluyeron aquí –dijo El Jarocho tendiendo la mano para saludar–. Cuenta conmigo.

La neblina se disipaba gradualmente, conforme el sol ascendía. Pero el calor sofocaba todo, los cuerpos, la respiración, la somnolencia, la sed.

Muchos perros ladraban cerca de las filas de presos.

No entendía por qué había tantos perros ni de dónde brotaban. Varias parvadas de pelícanos y gallaretas volaban flotando en la brisa y de vez en cuando volvían a posarse en el largo muelle de Balleto o en la cubierta del barco que aún estaba anclado, meciéndose suavemente, gris, enmohecido, casi frágil.

–Los compañeros creen que eres muy peligroso, gatillero.

El Jarocho se había quitado la camisa. Sudaba copiosamente por la frente, por el cuello corto y vigoroso; los hombros y el pecho prominente estaban perlados de sudor. Se rió su enorme rostro moreno y brillante.

En Campo Nayarit repartieron a los reos por cuadrillas y les ordenaron recoger herramientas de trabajo para el desmonte. Cuando se retiraban las primeras cuadrillas oyó las voces. Eran opacas, enronquecidas. Trató de avanzar con rapidez, pero los reos formaban una masa compacta alrededor de aquellas voces que ahora parecían transformarse en ruidos guturales, bestiales, sin articular nombres ni palabras. Se arrojó sobre los reos para abrirse paso. Cuando llegó junto al Jarocho estaban ya varios guardias del penal. El Jarocho respiraba agitadamente y tenía el cuello enrojecido, con las venas hinchadas. Uno de los hombres que había reñido la noche anterior en la cubierta del barco sangraba por la boca y la nariz; de vez en cuando escupía una pequeña masa oscura y densa como si quisiera desprenderse de un sabor o de un bocado indeseable. El otro compañero del herido se hallaba con uno de los custodios del penal.

–¿Con qué lo golpeaste? –preguntó el custodio.

–Con el puño –contestó secamente El Jarocho.

–Dice este hombre que con una piedra –insistió.

–No necesito de piedras para poner en orden a estos pendejos.

–¿Con qué te golpeó? –preguntó al hombre que sangraba–. Dime, habla.

El hombre tenía la mirada en el suelo.Volvió a escupir una masa roja y oscura.

–Habla, ¿te golpeó con el puño?

El hombre asintió con la cabeza, sin hablar.

–Yo no busco dificultades, pero no quiero que se metan conmigo –aclaró El Jarocho.

–Ninguno de ustedes está aquí por buena conducta –espetó el custodio–. Pero aquí respetan el orden o los obligaremos a que lo respeten.

Llovió por la noche. Salió de la barraca para recibir en el cuerpo la lluvia caliente. La neblina cubría el monte, la selva, el mar. Los relámpagos arrojaban de vez en cuando la luz como una fina arena que traspasaba la neblina. Bajo la lluvia y la noche había huido por la sierra muchos años atrás. Habían caminado al Faro y después a Tres Ojitos; ahí el ejército volvió a sitiarlos, pero sin ascender por la montaña para capturarlos. Ellos contaban con armas y tiros suficientes para resistir un asalto. La lluvia era fría y se protegían con grandes cortezas de pino; bajo las cortezas trataban de dormir, de reposar, de ocultarse. Ahora, bajo la lluvia, en la noche de la isla, en el calor, recordaba la lucha, volvía a sentir corporalmente el recuerdo de la libertad. Su necesidad inmediata, su confín remoto.

Le gritaron que se detuviera. Pero él no entendió. Creyó por un instante que estaba mareado. Un puñado de pequeñas mariposas blancas flotaba delante de él. De un alto árbol de guayacán una liana se movió, o mejor, se deslizó lentamente, buscando el tronco. Mientras veía que la liana se desplazaba ascendió el olor de los árboles cercanos, la fragancia del árbol rojo de caoba. La cabeza de la víbora se mantenía erguida; era la única parte que no caía, suelta, libre, como vegetal. “La asustamos”, le dijo un preso junto a él, sujetándolo de un brazo. “¿Qué es?” “Le llaman bejuquillo”, contestó el que había gritado primero. “Es una chirrionera”, agregó El Jarocho.

La víbora llegó al suelo y tomó un color más oscuro. En la tierra húmeda pareció convertirse en agua negra y se perdió en la vegetación caliente y abundante. “¿Cómo se les atrapa?” Los hombres se rieron. “Vamos a buscarla, si quieres, antes de que se pierda.”“No la encontrarán”, dijo el primer preso. “Hallaremos otra entre los bejucos, escondida como liana” (....)

noviembre 02, 2007

Haiga

¿Se ha equivocado usted alguna vez?, ¿se le ha escapado un desdichado haiga, en lugar del correcto haya? ¿Quién no se ha visto en aprietos las ocasiones en que el amigo que estudió en París saca a flote churriguerescas palabras cuyo significado desconocemos? Creo que miente quien sostenga que nunca ha tenido afectaciones nerviosas en público cuando de hablar con toda corrección se trata. La verdad es que cualquier persona entendería el asunto más abstruso, de los que a menudo se explican en las altas esferas del barroco lenguaje, con la única condición de que se explicara en términos simples y llanos.

Siempre es grato acordarse de los dichos y las frases. Y nadie como Groucho Marx cuando se trata de meter ideas geniales en una pequeñita frase. Este actor estadounidense llegó a decir: “¿No te gustan mis principios? No te preocupes: tengo otros.” Se atesoran las frases que te causan alguna emoción importante, o que te forman un juicio distinto a la que antes tenías. Eso es lo importante de las frases. Las que acuñan los escritores a menudo son las más inteligentes e incontestables. Se le atribuyen a Saint-Beuve estas palabras: “Siempre me gusta juzgar a los escritores según su fuerza inicial, quitándoles lo adquirido”. En un panorama más cercano a nuestra realidad mexicana, tenemos a García Márquez, exageradamente idolatrado, quien dijo la cursilería de que: “Yo escribo para que me quieran”. Es una lástima que el arte de componer frases esté pasando por una de sus peores etapas. Ricardo Garibay solía decir una gran cosa: “Los políticos no hablan; ladran”. Son precisamente los políticos quienes hoy día ladran las frases de la vida pública. “Lavadora de dos patas” son los términos del ex presidente para hablarle a su mujer. Pero es “coopelas o cuello” definitivamente la construcción más repetida. Sea como fuere, comparten todas estas frases una singularidad común: palabras sencillísimas, cuando no inexistentes en el Diccionario de la Real Academia de la Lengua Española (DRAE).

Recuerdo que en Rayuela, la novela de Julio Cortázar, hay un gordo tomo del DRAE cuya portada está rudamente descuartizada por la navaja de alguien. Se lo merecía. Desde la semana pasada, el pleno de Real Academia autorizó incluir en el lenguaje español varios neologismos. No hay ninguna sorpresa. El caso es que desde ahora se pueden decir sin remordimiento de conciencia, palabras tan naturales como el agua: blúmer, aeromoza, blu jean y nocaut. Los computarizados pueden dormir tranquilos, y decir con libertad de lengua: descargar, subir, maximizar, minimizar y varias palabras de la rampante informática. Autoridad del lenguaje creada hace varios siglos para poner orden en un sistema lingüístico donde en el siglo de Cervantes cada quien decía las palabras a su antojo, la Real Academia tengo la opinión de que está perdiendo uno tras otro rond contra el lenguaje hablado (¿round será correcto?). Mas siempre ha sido así. Decía Hemingway que mientras la verdad se está calzando las botas, la mentira ya recorrió el mundo. Pues bien, el lenguaje es un trasunto de esta frase. Un caso concreto será de gran ayuda. En respuesta al término anglosajón marketing, se inventó en castellano la palabreja mercadotecnia. En las universidades, hay licenciaturas en esta rama del conocimiento. No temo equivocarme al generalizar que sólo después de que las palabras han cobrado vida, de que se han vuelto de uso corriente y de que todo el mundo las aplica sin reparos, es cuando la amodorrada Real Academia de la Lengua acepta incluirlas en un diccionario atravesado por los cortes de una navaja en la novela de Julio Cortázar.

¿Sería inoportuno distinguir los dos grupos en que se dividen los estudiosos del lenguaje? De un lado, están los que prescriben, o sea: dictan las leyes sobre el lenguaje. Del otro, los que describen: se sujetan a observar qué pasa en el lenguaje oral y lo tratan de explicar. Yo me pondría del lado de estos segundos, y me valdría de una verdad literaria no escrita: la mejor literatura es la que propone renovar al lenguaje. “El escritor debe amar el lenguaje, pero debe tener el valor de transgredirlo”, gustaba decir Octavio Paz.

Cuando se encuentre en una complicada situación donde no entienda algún término complicado, consuélese pensando en que tal vez la Real Academia apruebe en algún futuro no muy lejano el uso del desafortunado haiga, en desmedro del correcto haya.

noviembre 01, 2007

La violencia como certeza*







*Por el maestro Manuel Delgado, para el suplemento cultural "Babelia" del diario El País.











Una década después de La modernidad desbordada (FCE), y confirmando sus intuiciones, el indio Arjun Appadurai (Bombay, 1949) nos brinda El rechazo de las minorías, un ensayo en el que retoma y actualiza una percepción recurrente en antropología -de la mano de Mary Douglas, por ejemplo- acerca de la preocupación que todas las sociedades experimentan por mantener a raya a su principal enemigo, que no es tanto el desorden como la ambigüedad. Ese pavor ante el desdibujamiento de los perfiles y de los límites es lo que vendría a apaciguar modalidades de agresión destinadas a castigar a los sospechosos de haber vulnerado o cuestionado las fronteras simbólicas que protegen al grupo (a cualquier grupo) de los peligros que lo acechan.

Aplicando tal premisa, Appadurai observa que las grandes dinámicas globalizadoras no han hecho sino intensificar ese ingrediente estratégico del que dependieron los Estados-nación, que fue, desde y para su nacimiento, la homogeneidad cultural de los territorios y gentes administrados. El estallido de las certezas culturales compartidas que dieron consistencia a las naciones modernas -y perdón por el pleonasmo- ha llevado a la generalización de lo que el autor llama "angustia de lo incompleto", que se está traduciendo en un creciente ensañamiento contra toda minoría, real o inventada, que amenace sus supuestas integridad y fijeza idiosincrásicas. Como si todo Estado-nación -formado o en ciernes; aquí y en todas partes- llevara en sí, larvado en su narcisismo fundador, el germen del etnocidio o, como apunta Appadurai, del ideocidio.

El fenómeno derivaría, como otros asociados a la violencia como recurso contra la ansiedad colectiva, de una proliferación de sistemas celulares, un tipo de organización molecular que está en la base hiperactiva y al tiempo hiperdispersa tanto del terrorismo internacional como del nuevo intervencionismo imperialista, tanto del capitalismo financiero como de quienes se atreven a plantarle cara. Un mundo cada vez más invertebrado y modular, más regido por códigos desconocidos, en el que los Estados-nación aparecen cada vez más marginados y -lo peor para ellos- cada vez más prescindibles. Es frente a esa consciencia de crisis e inseguridad que las mayorías estatales contemplan cualquier excepción procedente del exterior o emergente en su seno como un factor de riesgo y una anomalía a neutralizar. Riesgo y anomalía no obstante indispensables, puesto que es de ellos, o mejor contra ellos, de donde los Estados constituidos obtienen la evidencia paradójica de una existencia propia que nadie mejor para corroborar que quienes la cuestionan.

Solivianta ese tópico que da por sentado que lo que se da en llamar "el exacerbamiento de los nacionalismos" se combate viajando, aceptando al otro que llega y conociendo al otro al que se llega, aumentado las dosis de cosmopolitismo, etcétera.

Lo que viene a sostener Appadurai es justo lo contrario. Es la promiscuidad cultural, la proliferación de espacios abstractos como los cibernéticos, el flujo de capitales y verdades, el aumento de las interrelaciones y las mixturas lo que lleva a desvanecerse toda ilusión de pureza y a buscar el contrapeso de tal frustración en autenticidades que, ajenas al mundo, ya no pueden ser sino ideológicas o religiosas. En casos extremos, sólo la violencia fanática podrá restablecer la unidad perdida o enajenada. Frente al desorden y la fragilidad de lo real, sólo queda ya la estabilidad inmutable de las doctrinas más feroces, un orden atroz que será más severo cuanto más se empeñe la experiencia en desmentirlo y que no dudará en aplastar, en cuanto sea preciso, aquello o aquellos que se atrevan a recordarle que sólo puede existir como sueño para unos y pesadilla para otros.

octubre 27, 2007

Guerramorguerra

«La guerra no consiste sólo en batallas, o en la acción de luchar, sino que es un lapso de tiempo durante el cual la voluntad de entrar en combate es suficientemente conocida.»

Thomas Hobbes.

Grítenme, piedras del campo

A Jessica, porque sí

Xitejé es un pueblo situado en un paraje próximo a Tula, Hidalgo. Para llegar hay que perder unas horas atravesando en autobús cientos de kilómetros. Distancia que primero es carretera escarpada; después, camino apisonado donde pasan con gran lentitud autobuses redondos de hace mil años y carretas tiradas por mulas, y finalmente, brecha de terracería a donde se niega entrar el transporte público. De manera que, maletas a cuestas, mi hermosa amiga y yo pusimos pies en polvorosa y echamos a andar los 3 kilómetros que faltan para llegar al pueblo.

Una vez en Xitejé, entramos a un tendajón mixto con techo de vigas. Mientras bebemos tibios refrescos de Uva y Tutti-fruti, recobramos el buen talante: nos reconforta la idea del Festival Culinario Anual de Platillos Típicos de la Región con Variantes Artísticas. Así se llama, según el folleto de la Secretaría de Turismo. Pero cuál es nuestra sorpresa al oír de boca del tendero, que eso dejó de organizarse desde el sexenio de Salinas. Pagamos y abandonamos aquel lugar. Decepcionados de la vida, buscamos alojamiento. Tras mentarme la madre, ella me avienta las maletas y va en busca de su vieja parentela. Consigo por cien pesos un cuartucho en el Hotel La Macuca. Ni lo fláccido del camastro impidió que inmediatamente cayera dormido. Fue una carga pesada en el pecho lo que me despertó súbitamente. Era ella, que tenía buenas noticias. Brincando en la cama, y dándole besitos y picándole el estómago a su somnoliento enamorado fue como informó que había encontrado la casona de su abuela. Contra mi voluntad, no puede menos que ir tras ella, perdiendo así cien pesos más del magro presupuesto. Llegamos a la casona. Era bonita; tenía un perico mudo, tiestos con geranios rosas, begonias blancas y claveles rojos. Polvo por todas partes. Agradable ambiente hogareño. Ahora bien, ni el cálido amor que la viejita le profesó a mi amiga hizo que se me ablandara el corazón: la muy maldita nos dio cuartos separados, impidiendo que hiciéramos el amor.

Cuando desperté, todo el pueblucho sabía que doña Mercedes alojaba a un periodista de la ciudad. Desayunamos huevos sangrantes de gallina, tortillas azules y café negro. En el vestíbulo me aguardaba don Policarpo Macías, el sexagenario presidente del Ateneo del Buen Decir y Hacer Artístico de Xitejé. Llevaba puesto un trajecito café a la vieja moda. No sé qué tantas cosas me explicó; yo sólo ponía atención mi amiga, cuyos pezones se transparentaban por el camisón blanco de dormir que llevaba puesto. Se dio cuenta y nos reímos. No pude menos que acompañar a Policarpo al pueblo. El aburrido cicerone empezò por llevarme a la biblioteca comunal, un pequeño locutorio frío y húmedo. Lo abrió con la única llave existente, de modo que sólo él puede acceder a los libros. Después, me llevó a lo de su esposa, poetisa amateur de las que creen que la poesía es una ñoña postal, con palomas volando durante una puesta de sol. “Xitejé de mis amores/ por quien día a día suspiro./ Que algún día me perdones/ los mis viajes, yo te pido”, ¡Pero qué cursilería! “¿Qué opina usted?”, me vieron ojos de perro. “¡No son suyos! No pueden serlo. ¡Son magníficos! Qué digo, ¡magistrales!” A veces mentir es un acto de bondad. Conmovido, don Policarpo abrió su botella se rompope y su corazón, al hacerme la confidencia de que él y su mujer se habían visto obligados a cometer un pecado menor. Se quedan los dineros que manda el gobierno para actividades culturales, a cambio de llevar la biblioteca y el Ateneo. ¿Habrá advertido mi semblante de indignación? El caso es que nos despedimos fríamente, no sin apurar nuestras copas. Con todo y ser un pueblo pequeño, me costó dar con la casa de doña Mercedes. Llegué. El cabrón de Policarpo se me había adelantado. No sé que habrá inventado. Mi amiga me esperaba con las maletas en el porche. Además de la mirada llena de odio, me aventó el equipaje que debí cargar hasta la carretera, de donde nos levantó el bus. Estaba esa canción de Cuco Sánchez: “Grítenme, piedras del campo”.

Al llegar a la central, leí la noticia cultural de la semana: Sergio Vela, director del Consejo Nacional para la Cultura y las Artes presentó en Culiacán, con bombo y platillo, su programa para que en los pueblos de la provincia mexicana se promueva “la igualdad en el acceso y el disfrute de la cultura; espacios, bienes y servicios culturales de calidad; las expresiones de la diversidad cultural como base de unión y convivencia sociales; la contribución de la cultura al desarrollo y bienestar social; una acción cultural de participación y corresponsabilidad nacionales”.

Evidentemente el dueño de estas palabras nunca han estado en Xitejé.

octubre 23, 2007

Y qué carajos es un municipio?

Noticia de Milenio, hoy.

El tamaño de los municipios define su relación con el arte y la cultura, aunque también en los recursos aportados: Guadalajara, por ejemplo, puede tener un presupuesto de 60 millones de pesos, mientras Cuernavaca apenas supera los 200 mil pesos, ya no se diga el caso de entidades que ni siquiera cuentan con la dirección cultural en su organigrama.

Tal es el panorama ofrecido por Ulises Cisneros, director de Cultura de Culiacán y, al mismo tiempo, de la Conferencia Nacional de Instituciones Municipales de Cultura (Conaimuc), cuyos miembros sostendrán en esta ciudad una reunión con Sergio Vela, titular del Consejo Nacional para la Cultura y las Artes (Conaculta), en el marco de la IV Reunión Nacional de Instituto Municipales de Cultura.

“La idea”, explica el promotor, “es que la cultura tenga su propio lugar dentro de la agenda pública municipal y sea reconocida por sus gobernantes como uno de los elementos eje de sus planes de desarrollo municipal.”

Todo parte del reconocimiento de que en la mayoría de los municipios del país hay una gran desatención de los órganos de gobierno hacia la cultura, aun cuando se hable mucho de que el desarrollo estratégico del país puede sustentarse en su patrimonio cultural y en los productos y servicios que en materia cultural y artística se dan.

“Queremos establecer una organización con base en el municipio, que tanto los órganos estatales y federales de gobierno reconozcan que constitucionalmente la base del Estado es el municipio, lo que en materia de cultura también debe cumplirse.”

De ahí que uno de los puntos a abordarse sea la revisión del artículo 115 constitucional, además de realizar un estudio a fondo de los ramos 33 y 25 en materia de recursos federales para hacer un capítulo relacionado con programa de carácter cultural.

Lucha a largo plazo

La cifra de integrantes frente al panorama completo aún la hace lucir de manera desoladora, mas el esfuerzo es lo que cuenta: unos 80 municipios, de un universo de dos mil 500, se han unido a la Conferencia, asociación civil surgida de manera oficial en marzo del presente año, a iniciativa del municipio de Chihuahua.

De forma lenta se han sumado municipios a la organización y de una primera reunión a la que asistieron representantes de 26 entidades, ahora se esperan más de 80, dentro de encuentros que tienen objetivos diferentes, desde la identificación de problemas y necesidades comunes, hasta la reflexión de fortalezas y oportunidades que cada municipio puede tener en su relación con los estados y con la federación.

“La cultura se hace en los municipios”, enfatiza Cisneros. “Aquí es a donde llegan los recursos y los programas, y se desatan todas las acciones de atención a la población. Esto nos llevó a reflexionar en la necesidad de organizarnos.

“Hemos detectado, por ejemplo, que los estados no siempre bajan información hacia los municipios y te encuentras realidades como las de Puebla, donde había una partida presupuestal para un programa específico del municipio Oriental, pero se dieron cuenta un año y medio después.”

Dentro de la reflexión, sin embargo, existe la conciencia de que los retos en materia cultural desde los municipios son múltiples, incluyen desde la formación de promotores culturales hasta el apoyo a los creadores, recalca Ulises Cisneros.

“Muchas veces encuentras que cultura está incluida en un paquete que lo mismo incluye deportes, educación o indigenismo. Se trata de poner una primera piedra que nos permita, a nivel municipal, organizar al sector cultural con base en conceptos, métodos y una visión comunes.”

Milenio-Jesús Alejo

Qué le vamos a hacer

Mi foto
Desde chico tenía ganas de escribir un diario, o algo así. Pero era cosa de niñas. Este blog es lo menos afeminado que encontré.

Todos mis post