El blog de Luis Frías

octubre 15, 2007

A nadie le importa el Che

"El Che", foto: Alberto Korda.


Se cumplió una década más de la muerte de Ernesto Guevara de la Serna. Todo mundo se puso a recordar al guerrillero argentino como mejor juzgó. Y es que el 9 de octubre de 1967 cayó en manos de un ejército al mando de la CIA. En un combate en la Quebrada del Yuro, en Bolivia. Pues bien, hace una semana exacta, en Hidalgo el PRD montó un altar con fotos suyas y veladoras en Plaza Juárez. En Cuba, miles se agolparon en el parque central de la isla y pararon oreja a las arengas de viejos amigos del Che. En La Higuera, el pueblo perdido de Bolivia donde lo asesinaron, cientos llegaron con las turísticas intenciones de sacarle fotos a la piedra donde reposó su cabeza cuando cayó herido, o para revivir la entrada a la casucha donde recibió atenciones médicas, o bien, con ganas de ver a las personas que lo socorrieron en sus últimas horas de vida. El colmo: sé de alguien que celebró al Che yéndose de farra; llevaba puesta su playera estampada con esa mítica fotografía de Alberto Korda. Todo, en nombre del Che.

En estos días se ha podido ver cualquier tipo de asuntos en torno suyo. Cosas que van desde estudios exhaustivos sobre su papel en el derrocamiento del dictador Fulgencio Batista, hasta apasionados lloriqueos por lo que está sucediendo con él en los tiempos que corren, a saber: la reducción del hombre de carne y hueso a su mero semblante adornando tazas de café, encendedores, llaveros, gorras de beisbol, carteras finas, jeans deshilachados, té de hierbas, y por supuesto esas omnipresentes playeras de su rostro con una estrellita frontal en la boina y el cabello algo crecido, mirando al horizonte con una expresión cariacontecida. No sé por qué me acordé de las críticas que recibió Diarios de motocicleta, esa desafortunada road movie de Walter Salles sobre el famoso viaje que de joven emprendió Che Guevara por Latinoamérica con su amigo Alberto Granado. Desdichada cinta que buscaba descubrir el hilo negro. Es mejor pensar en un texto del ensayista cubano Iván de la Nuez. Después de traer a cuento los sitios inverosímiles sobre los que se ha impreso la fotografía del Che (el bícep de Maradona o la diminuta tanga de una modelo), llega a la conclusión de que el guerrillero hoy día no es más que un común y corriente fetiche. Y se pregunta socarronamente si la feroz maquinaria económica que fue capaz de convertir al Che en fetiche, será ahora tan torpe como para regresar al fetiche en Che. Parece un engañoso juego de palabras. No lo es. “¿Le dejará al personaje exclusivamente su valor subversivo para que afloren su legado y sus maneras en la inestable vida que hoy vivimos?” cuestiona. “¿Despojará a esta figura de su actual neutralidad pop para exponer a los cuatro vientos el ejemplo de un enemigo carismático y letal que se pasó la mitad de su existencia jugándose la vida?”

No es novedad decir que el Che es un mito. Pero conviene advertir que un mito es: tergiversar. Ver sólo lo que queremos. El mito es dotar a un signo de tantos significados como nos venga en gana. Todos válidos, por cierto. “El saber contenido en el concepto mítico es, en realidad, un saber confuso, formado de asociaciones débiles, ilimitadas”, decía Roland Barthes. Pues bien, la mítica fotografía del Che por Alberto Korda es una vaga, confusa noción. A la juventud, adicta a la moda camp, la foto le viene muy ad hoc con sus ropas costosas. Mas para la gente de La Higuera, en Bolivia, es la imagen de un santo. En los altares del hogar, al lado de la Virgen y la Cruz, está el retrato del Che. Entre los cubanos más ciegos, esa foto es la justificación de todos sus pesares. Y para Fidel Castro, dicho sea de paso, es el recurso para eternizarse en el poder: no es gratuito que Cuba haya hecho traer sus huesos desde Bolivia y los honrara el pasado martes en su aniversario. En fin, es el Che todo lo que se quiera. No voy terminar sin insistir en algo: se critica mucho que no sea debidamente estudiado el legado del Che y que, en cambio, se le reduzca a una simple fotito. Qué tontería. ¿No ven que el Che no importa sino gracias a que es un mito? De no ser por esa foto que encumbró la publicidad, ni el PRD de Hidalgo ni nadie le prendería veladoras a un tal Guevara de la Serna. ¿Me equivoco?

Esbozo de Escultura Colonial

Ábside barroquísimo en
Santa María Tonanzintla, Pue.



Escultura, el patito feo de las artes plásticas. Pero no se piense nada más en las artes de América, de la Colonia, sino aun en los grandes museos de Europa. ¿O no? Lo habitual es que se conozca la Guernica de Picasso, El nacimiento de Venus de Sandro Botticelli, algo de Durero, que podamos hablar –si bien de oídas- de alguna que otra singularidad de El Greco, en fin, de tantos. Pero, ¿escultores?

Hablar de escultura es constatar nuestra generalizada ignorancia. ¡Cuanto y más si pensamos en la situación de la América Colonial! Quizá sea la escultura del caballito la única que se salve del olvido. Pero la de Sebastián. Pues por lo que hace a la de Manuel Tolsá, la eterna toma de sus instalaciones por marchistas, manifestantes y demás agremiados, la ha convertido en ideal amarra donde sujetar los cordones de las mantas que los cubren del sol, mientras escuchan a sus líderes caciquiles.

Que no conozcamos al planeta Marte de cerca, o ni siquiera por fotografías, ¿nos permite negar o afirmar nada sobre él? Parejo problema tenemos con la escultura. Más grave aun, con la escultura de nuestro propio continente, de nuestro país, y acaso de nuestras patrias chicas.

Para entender el quid de la escultura colonial es preciso volver la vista sobre la etapa precolombina. La civilización mexica se había impuesto por sobre el resto de las civilizaciones mesoamericanas. Excepción hecha por mayas y tarascos, cuyas respectivas situaciones geográficas, muy al Suroeste la una y muy al Nordeste la otra, estaban fuera del radio de acción de los mexicas el resto de las civilizaciones, más pequeñas, pervivieron bajo el yugo de esos destacados militares que fueron los mexicas.

Ahora bien, obviando cualquier juicio de valor sobre el sinfín de esculturas precolombinas halladas hasta el momento, conviene recordar la finalidad para la que fue esculpida la mayoría de las esculturas. Los dioses eran temidos. En consecuencia, sus representaciones físicas debían alimentar ese terror entre los indígenas. Si bien se trata de una estética regida bajo una lógica diferente a la occidental, las esculturas de Mesoamérica tenían la finalidad de infundir terror. Por los cronistas de Indias sabemos que esos antiguos figurones estaban situados estratégicamente para despertar la admiración pero también para acrecer el temor entre los indígenas.

Los escultores indígenas no prestan atención a las bellas proporciones del cuerpo humano. Moldean formas chaparras, sólidas y coneptuales. Hacen símbolos e ídolos. Escultura trágica. Aunque también hay escultura humorística (francamente grotesca).

Los misioneros no trajeron a México sus escultores más preclaros de España, ni de los Países Bajos, que eran también España; esto de llamar o traer extranjeros quedaba para los más poderosos monarcas. Los frailes y los virreyes trajeron lo que pudieron. Y de muy pocos artistas venidos quedaron obras o nombradía en la Península.

Así y todo, es aquí en el siglo 16 cuando se producen las obras más interesantes de España y sus colonias. Es precisamente del contacto entre dos razas de donde sale a flote un conato de estilo que –por analogía con el mudéjar, según José Moreno Villa- se ha dado en llamar “tequitqui” (vocablo náhuatl que designa a la acción de tributar).

Lo tequitqui se manifiesta por sobre cualquier otra manifestación, en la cantería. En los relieves de piedra. No en balde fue de piedra la gran escultura precortesana. Aunque al principio fue un trabajo muy lineal, cuyos ejemplos son Huaquechula y Tepoztlán, es interesante comparar estos relieves elementales con las pinturasal fresco, lineales también, de los conventos contemporáneos. En éstas, las proporciones son clásicas y lso congtornos flexibles, mientras en aquéllos son primitivas las proporciones y muy duros los contornos

Los grandes altares que nos quedan del siglo 16 se ajustan al tipo español de mediados de ese siglo; pero sus imágenes son más reposadas quelas españolas de entonces, obedeciendo tal vez al parecer de los frailes, que juzgarían improcedentes ciertas cabriolas en un país por convertir a la nueva fe. El hecho es que la marinería de esta época se distingue por su aplomo y serenidad; y que esta manera se afianza en México durante los dos siglos siguientes, incluso en el ultrabarroco.

La influencia española es predominantemente andaluza, sevillana y granadina, durante los siglos 16 y 17. Imágenes góticas hay pocas, como es natural, pero sí que hay algunas de gusto gótico rezagado. El escultor indígena introduce en las imágenes católicas según símbolo idolátrico, por atavismo o por si acaso, según el propio Moreno Villa. Ahora bien, la influencia de los grabados y de los pequeños objetos que los monjes daban a los tallistas y canteros como fuentes de inspiración para las sillerías y las portadas, hace que aparezcan productos francamente anacrónicos.

México estuvo sometido ala corriente europea por el costado del Atlántico, y a la asiática por el Pacífico. La nao de China importó marfiles tallados y figuras de porcelana como Andalucía importó tallas y tallistas, pero hay otra corriente, la del Sur, la de Guatemala, algo confusa aún.

La escultura funeraria es otra situación. Tanto abundó en la Península, como se desconoció aquí, pues apenas si contamos con un par de ejemplos. Entretanto, la escultura religioso-popular es, como en todas partes, excesiva; o muy sanguinaria o muy retozona y caprichosa.

En el último cuarto de este siglo, cuando triunfan el neoclasicismo y el academicismo, ya no es la influencia andaluza, sino la castellana, la que se siente. Aunque el académico Tolsá labró algunas imágenes estofadas, desde su tiempo decae este tipo de escultura tradicional, que en México duró dos siglos más que en España.

Anonimato

No hubo autoría. No existen nóminas cronológicas. Se sabe de algunos escultores sueltos y de muy pocos se conocen las obras; de modo que cabe decir. Es tan anónima la escultura colonial como la precortesiana.

Las obras de segunda y tercera clase no se salvan del común desfiladero del anonimato. Se debía ser un maestro de primera línea para que sus obras perduraran en el tiempo. Así, sólo tenemos conocimiento de obras cuyos escultores son maestros conocidos.


Sistema

El estudio de la escultura colonial no debe hacerse un día sí y otro no. Hay que hacer como con la metodología que se usa para las artes prehispánicas. Sistema y orden. La distinción de una y otra etapa artística ha sido de valiosa ayuda. Siglo 16, Tequitqui, Barroco, Neoclásico. Tal es el criterio usado para separar las etapas y dar pie a los análisis.

Lo tequitqui
El término lo inventó José Moreno Villa hacia 1942, año en que aparece publicada su primera edición de La Escultura Colonial Mexicana.

Para entender sus motivos, hay que tener presente la voz árabe “mudéjar”. Significa tributario. El hombre mudéjar era el mahometano que, sin mudar de religión, quedaba por vasallo de los Reyes cristianos durante la Reconquista. Y en México, los indios fueron vasallos y tributarios. Así pues, José Moreno Villa buscó la voz paralela a “mudéjar” en el náhuatl. Encontró que la palabra tequitqui se solía usar al hablar de los tributarios, si bien tributarios no bajo el dominio español, sino mexica. A falta de una mejor y más sólida propuesta, ha cobrado carta de naturaleza este término para referirnos al arte colonial que es el resultado de una mezcla entre lo español y lo mesoamericano.


Siglo XVI


A partir de ahora, dejan de interesar los sacrificios. Interesa honrar a Dios. La noción de “viva para demostrar el amor a Dios” es lo que se abre aso en medio de las atávicas creencias populares. Es Dios el que ahora debe mostrarse en imágenes, ante la vista de los conquistados. Alejar el pensamiento del indígena la noción de sacrificio; acercar la de bondad. Dios bondadoso. Por eso en el programa escultórico temprano se prohibió representar a Cristo sacrificado.

Sólo hubo cruces desnudas. Era una medida preventiva para que no se hiciera ningún parangón con los antiguos sacrificios mesoamericanos. Borrar eso. Grabar otra cosa. Ésta, con imágenes de grandes dimensiones pero sin detalles preciosistas: al fin y al cabo, su objetivo no era tanto artístico como práctico: evangelizar y enraizar una técnica escultórica.


Retablos


Retablo (de retro: detrás, y tabula: tabla). La arquitectura y sus leyes se reúnen con las formas simbolistas de la teología en el retablo.

Al principio no fue necesario ningún lujo. Bastaba con que el retablo ocupara el lugar preciso. Al correr del tiempo, poco a poco fue preciso que el tríptico se ornamentara en sus tres hojas.

Fueron el Gótico, el Renacimiento y el Barroco los estilos donde el retablo cobró importancia. Sus amplios límites estilísticos permitieron la entrada y expansión de multitud de retablos. Pero el caso más significativo lo tenemos en los retablos barrocos. Tanto en España como en México, su función fue didáctica; singularidad que orilló a los artistas a elaborar obras tan recargadas como alucinantes.
Algunas características del retablo:

1. Cumple un función escenográfica.
2. Es pretexto para echar a volar la imaginación.
3. A menudo se estofa desde el piso hasta el techo.

Barroco y Tequitqui

El churrigueresco no es, propiamente, un estilo arquitectónico. Es más bien, un estilo escultórico y decorativo, plasmado en fachadas, torres, retablos y mobiliario. Se le ha confundido con un estilo arquitectónico porque ha tenido la suerte de aparecer decorando pilastras, cornisas, frisos, arcos, molduras, etcétera, que son elementos estructurales de la arquitectura.

Del churrigueresco destacan los retablos. Llegaron a resumir las más altas ornamentaciones. El Retablo de los Reyes es el paradigma de la compleja planta y de los materiales utilizados. Su composición escapa a toda clasificación precedente. Los ejes principales son 4 estípites cargados de volumen, en cuyo derredor se notan varias esculturas. De unas altas bases emergen unas pirámides invertidas que tienen más de 3 metros de elevación. En la parte baja, encontramos 4 figuras de reyes. Hacia el sector central, permanecen aislados cuatro medallones circulares vacíos, y de la parte superior festones de flores y frutos. Encima están dos cuerpos cúbicos entre angostamientos y , al final, un arquitrabe y el capitel.

Las calles verticales son tres: la central y dos laterales. En aquella habitn las pinturas especiales que hico Juan Rodríguez Juárez. Éstas alojan hornacinas, flanqueadas por estípites menores.

No termina como los demás retablos. No tiene un copete tradicional, sino que avanza hasta crear una bóveda de madera, partida en gajos a guisa de lunetos, por medio de 3 ángulos agudos que recuerdan las ojivas góticas.

Justino Fernández escribió en El Altar de los Reyes: La excelente arquitectura del retablo, concebida por Jerónimo de Balbás, no sólo es monumental y grandiosa, sino rica, espléndida y elegantísima en sus proposiciones genrales y de detalle.

María del Consuelo Maquívar y Maquívar nos informa que en el barroco también se suele hacer exaltación del martirologio. Abundan las representacions de espaldas desgarradas por látigos o disciplinas, cinturas desolladas por cilicios, bellezas que eran pastos de llamas, condenadas que se debatían con serpientes infernales. Pero el objeto de la mayor saña era poner a Cristo Redentor a tal punto, que su cuerpo llegara a ser una llaga viva.

Los motivos eran harto similares en las esculturas barrocas Peninsular y de América. No así en sus soportes materiales. En Nueva España se usaban desde la seda de China hasta las lacas de Michoacán o barro de Tonalá.

El culto a las imágenes fue en México uno de los más importantes vehículos de la Segunda Evangelización (los misioneros designaron con la palabra “ixiptla” a las imágenes de culto). Sin temor a equivocaciones, se puede decir que fue un puente naturl entre el viejo y el nuevo mundo.

¿Por qué fueron importantes?

Las esculturas podían integrarse naturalmente en una “sintaxis representativa”: el retablo era el gran teatro del cielo en donde cada personaje desempeñaba un papel en la historia de la salvación.

Algunas imágenes desempeñaban el papel de cuerpos santificados, aguardando no más que las trompetas del Juicio Final. Jajay. Cumplían la función de mantener presente en todo instante un grande sentido del horror.

Neoclasicismo

Dentro de este orden, sobresale la arquitectura. Usar columnas clásicas significaba entrar en el orden clásico. Ahora bien, la arquitectura echó mano de un sinfín de decorados escultóricos. Así, las columnas estípite (barrocas), son verdaderas esculturas cimentadas en el cuerpo humano.

Al llegar a los arquitectos neoclásicos a Nueva España, se espantan de lo que ven sus ojos en la Ciudad de México. Veían con horror lo mismo que en España había cometido Benito de Churriguera.

El Neoclásico obró en 4 manderas:
1. De “creación”, como en el Palacio Nacional;
2. De “sustitución”, en donde había suplantado de manera principal, como en los retablos;
3. De “reconstrucción”, o sea, una sustitución total,
4. De “finalización”, como en la Catedral Metropolitana.

Escultura en el Palacio de Minería, de Manuel Tolsá: “El patio, espectacular, tiene esos soberbios arcos almohadillados, con su scolumnas dóricas abajo, y las jónicas arriba. ¡Y la escalera! La más suave, cómoda y elegante de México”, dice Francisco de la Maza. También se pueden apreciar las esculturas de Tolsá, como la de Carlos IV montando a caballo.

Esta escultura primero había sido un obelisco mediocre de Fernando VI, per El Caballito resultó ser la estructura ecuestre más bella ¿del mundo?, y la única de una sola peiza. Primero lo colocaron en el zócalo. Entre el palacio y el parián. Luego, en el patio de la universidad (cuando estaba en el centro). Y a partir de 1857, pasó a ocupar su sitio actual.

La multiplicación del Neoclásico se topó con pared. Los altares continuaron siendo eminentemente barrocos, estoados, ricamente ornados. Sólo hay 5 excepciones a la regla barroca. Y son los de Regina y La Enseñanza (completas), Vizcaínas (casi completa), Santo Domingo (dos retablos) y la Catedral (incompleta). No huelga un dato. Los retablos mejor conservados no están en las ciudades grandes. Los encontramos en pueblos perdidos. ¿Por qué?

De la Maza conjetura la posibilidad de que España deseaba desaparecer todo cuanto hubiera de por medio haciendo alusión al pasado indígena. Quizás. En todo caso, existe la certeza de que el clero cometió 3 devastaciones. Una, de retablos. Otra, de sepulcros. Y la última, de los coros de monjas.

Ahora bien, del lado contrario, como obras de reconstrucción religiosa conviene pensar en la fachada y cúpulas de San Diego, la curiosa Capilla de los Dolores y la iglesia de Jesús María, del siglo 17, cuya unidad interna es suprema.

octubre 14, 2007

Odiar a los Fox


Noticia publicada hoy por Milenio:

La efigie de Vicente Fox que este domingo develaría el alcalde panista de Boca del Río, Francisco Gutiérrez de Velasco, sólo duró de pie ocho horas, con lo que se frustró el homenaje convocado para este domingo por el edil costeño.

De nada sirvió el madruguete de la alcaldía, luego de que los empleados de Protección Civil del municipio colocaron al filo de las cuatro de la mañana la polémica estatua.

Poco le duró el gusto a Gutiérrez de Velasco de ver de pie el cuestionado monumento al ex presidente, instalado en el otrora bulevar del Mar, rebautizado a finales de 2006 “bulevar Vicente Fox”: alrededor de las diez de la mañana, un grupo de aproximadamente un centenar de presuntos militantes de PRI, PRD, PT y Convergencia, encabezados por el diputado federal priista Adolfo Mota Hernández, se presentó en el lugar y zanjó sin mayores dificultades un débil operativo de seguridad alrededor de la estatua.

Primero lanzaron diversos proyectiles contra la estatua —principalmente huevos— durante dos horas, y luego, al más puro estilo del viejo oeste, lanzaron una cuerda a la estatua y la jalaron hasta hacerla caer.

Al filo del mediodía, la estatua de Fox, del hombre que sacó al PRI de Los Pinos, yacía en el suelo. Sólo ocho horas permaneció de pie.

A causa de la caída, a la efigie se le rompió la mano derecha, levantada en señal de saludo.

Una vez que lograron su cometido, los inconformes dieron rienda suelta al júbilo, y no sólo entonaron consignas contra el ex presidente panista, sino también se dieron gusto saltando sobre la estatua derribada.

En el acto de inconformidad también participaron el diputado local electo por el distrito de Boca del Río, el priista Raúl Zarrabal Ferat, y el secretario de organización del Comité Directivo Estatal del PRI , Raúl Díaz Díez, quienes encabezaban a un grupo de militantes priístas boqueños, en su mayoría jóvenes.

La acción se dio luego de que el municipio panista de Boca del Río decidió adelantarse a las advertencias que había hecho un grupo de estudiantes de que impediría la erección del monumento a Fox.

Para evitar cualquier exabrupto, Gutiérrez de Velasco, al frente de un grupo de trabajadores del municipio, dirigió personalmente las maniobras para erigir la figura del ex presidente las primeras horas de este sábado.

Contra viento y marea

La inauguración oficial del monumento estaba programada para celebrarse este domingo a las diez de la mañana, aunque ya se habían presentado diversas advertencias de que habría distintos grupos que impedirían a toda costa su develación este domingo.

Esta estatua representaba la culminación de un largo esfuerzo del alcalde, quien durante varios meses propugnó su construcción con el argumento de que era una forma de honrar a Vicente Fox en “reconocimiento a su apoyo” al estado de Veracruz.

Sin embargo, luego de que el pasado 9 de octubre anunció oficialmente que el 14 se develaría, se desató una verdadera guerra verbal en la que estuvo directamente involucrado el gobernador de la entidad, el priista Fidel Herrera Beltrán, quien se manifestó contra la estatua y calificó la decisión de “provocación”, por lo que exigió cancelar la inauguración.

A esa esgrima de declaraciones también se sumó el dirigente estatal del PRI, José Yunes, quien calificó el homenaje de inoportuno y desproporcionado.

“Nosotros creemos que a los políticos vivos no se les debe dar ningún tipo de reconocimiento”, expresó.

Igualmente, dirigentes de diversas cámaras empresariales del ramo restaurantero, hotelero y del comercio de la zona conurbada Veracruz-Boca del Río consideraron innecesario ese gesto de Gutiérrez de Velasco.

“No es necesaria y no tiene sentido”, dijo en su oportunidad la Cámara Nacional de la Industria Restaurantera.

“Hay que esperar mejores tiempos políticos, pues en este momento la imagen del ex presidente está muy vapuleada”, sugirió la Cámara Nacional de Comercio.

Sin embargo, pese a los pedidos, el edil, quien en diciembre dejará el cargo, continuó en su empeño. Ayer sus deseos de homenaje, literalmente, se vinieron abajo.

El monumento

La estatua de Vicente Fox que este domingo se develaría en Boca del Río fue donada por el escultor Bernardo Luis López Artasánchez.

El escultor ya había preparado tres monumentos a encargo del alcalde panista: uno de la Señora de Santa Ana; otra del técnico Hugo Sánchez Márquez, y una más de Juan Pablo II.

Fundida en bronce, tiene un peso de 750 kilos y mide más de tres metros de alto. En ella aparece el ex presidente con la mano derecha levantada.

Boca del Río, Ver. • De la corresponsalía

octubre 13, 2007

Otra más

Rrrrrrabia. Eso es lo que se siente.

No contentos con tener al hombre más rico del mundo entre nosotros, que es Carlos Slim, y cuya fortuna la ha conseguido a base de esa antigua práctica comercial llamada monopolio. No conformes con que Roberto Madrazo haya ganado un maratón berlinés, haciendo trampa. No contentos con que nuestras cifras sobre pobreza son realmente maratónicas. No satisfechos, los ricos mexicanos acaban de meter otro gol. El heredero de la empresa Júmex ocupa el sitio 45 dentro de la lista de multimillonarios coleccionistas de arte mundial.

RRRRRR.

octubre 12, 2007

Malacara

Guillermo J. Fadanelli


Apachurrando el botón aquí, pueden leer un avance de Malacara, la próxima novela de Guillermo Fadanelli que aparecerá este octubre, según anunciaron sus editores de Anagrama.

octubre 06, 2007

¡Discutir, discutir, discutir!

Un mero encontronazo de ideas entre un escritor y un embajador, pronto se tornó un pleito de marchantes. El representante diplomático de Venezuela en México, Roy Chaderton, contestó a un artículo publicado por Carlos Fuentes, en donde el novelista había puesto a Hugo Chávez al lado de Mussolini y Hitler. Fuera de sus casillas, el embajador se abalanzó sin miramientos: “Los superhéroes se caen”, dijo en una conferencia. “Este personaje abandonó la región más transparente, sufrió un cambio de piel, ahora tiene el aura de converso, y en su avanzada senilidad ha terminado convertido en un gringo viejo”. Patético juego de palabras con los títulos de algunas obras de Fuentes. Ahora bien, el conspicuo miembro del Boom, alardeando su condición de gran literato, infligió otro juego de palabras grotesco. “El embajador Chaderton tiene nombre de pescado, de clapedide osificado, con cabeza dura, rabo amarillo y cola homocerca. Bien pensados: quiero decir sin columna vertebral: sábalo”. Lo dicho: un debate cualquiera, que acabó en una fabulosa gritería de mercado.

Como no sea en los mundillos culturales, es cada vez más inusual que debatan los intelectuales mexicanos. Las salvedades más recientes que me vienen a la mente son Carlos Monsiváis, Elena Poniatowska y Enrique Krauze. Por mencionar sólo personajes salientes del establishment. Puedo ver a los dos primeros, además de Sergio Pitol, en el templete al lado de López Obrador, leyendo discursos en contra de la derecha durante las elecciones de 2006. Krauze, del otro lado, es un exitoso defensor del orden de cosas establecido. Con estas excepciones, el silencio de la intelectualidad mexicana ha sido lastimoso. Fuentes incluido. Para no ir lejos, en Hidalgo no tengo noticia de escritor alguno que critique al gobierno, siquiera que lo cuestione. ¿Un silencio acomodaticio?, o bien, ¿temor a decir una torpeza? Me recuerda las asambleas de los Locrios. El que acudía a presentar una idea ante la asistencia, debía llevar sujetada la cuerda alrededor del cuello, de manera que, si al cabo de su explicación no había conseguido la aceptación unánime, no se perdía mucho tiempo en los trámites para colgarlo y cerrarle el cogote.

Desde los griegos hasta los días que corren, la libertad ha sido el blanco de las opiniones más variopintas. Pero quizá ningún otro terreno como la filosofía para hablar de ella. Filósofo predilecto de psicólogos, Erich Fromm habló de la libertad como de cualquier otro derecho al que la humanidad ha preferido renunciar. Por cobardía. O sea: no se tiene el coraje para arrostrar las consecuencias de actuar sin ataduras. Hacia 1859, en contraste, John Stuart Mill publica Sobre la libertad. El libro es dos cosas: un minucioso análisis y un compendio de estrategias, cuyo objeto es que el hombre alcance un aceptable nivel de libertad. Pues bien, hace la sugerencia de prestar más atención a la opinión contraria que a la propia. Lo sabía Cicerón, el mejor de los oradores. Al momento de debatir en público, había estudiado mucho más las razones de su oponente que las suyas propias. Ahora bien, recomendación cuya rareza entristece, es la de ser originales, excéntricos. “La suma de excentricidad en una sociedad ha sido generalmente proporcional a la suma de genio, vigor mental y valentía moral que ella contiene”. La excentricidad hiere los oídos de otros derechosos, los calvinistas, amigos del status quo para quienes todo lo que no es obligación es un pecado. Ahora bien, exhorto de mayor envergadura es el de discutir, polemizar hasta la diabetes, minuto a minuto. “Que la unanimidad de opinión no es deseable a menos que resulte de la más completa y libre comparación de opiniones opuestas y que la diversidad no es un mal, sino un bien, hasta que la humanidad sea mucho más capaz de lo que es al presente de reconocer todos los aspectos de la verdad, son principios a la manera de obrar de los hombres, tanto como a sus opiniones”. Párrafo del siglo 19 que posee absoluta actualidad. Muchos necios se niegan a escuchar al de enfrente. Prefiero que Carlos Fuentes y el embajador se jalen de los cabellos, insultándose el uno al otro, a que guarden silencio por el temor a ser colgados como los Locrios.

septiembre 30, 2007

Premio a la razón





Creo que George Steiner siempre sale en las fotos riéndose.




Rompí en risa al leer que la Feria del Libro de la Ciudad de México celebrará su séptima edición en octubre instituyendo en Premio Literario Elena Poniatowska. Pensé: “Qué buen negocio fue el de hacer ese libro de Amanecer en el Zócalo. Es un desdichado reportaje que no hace sino alabar a López Obrador, de modo que lo que perdió de calidad periodística, lo ganó de gloria institucional. Carajo.” No le bastó con hacerse acreedora al Rómulo Gallegos, sino que un premio llevará también su nombre por no sé cuanto tiempo. Ahora bien, pegué un bostezo cuando supe que a Enrique Krauze le organizaron un ciclo de mesas redondas con ocasión de sus 60 años de edad. Y una honesta emoción me recorrió al saber que el premio Juan Rulfo le fue otorgado al descomunal novelista Fernando del Paso. Desde Manuel Payno, nadie ha escrito novelas de tan largo aliento y ecuménico estilo como Del Paso. Pero que a George Steiner le otorguen el Premio Alfonso Reyes es todo un acontecimiento.

Con algunas salvedades, nunca jurado mexicano fue tan acertado en sus decisiones. Jaime Labastida, Alí Chumacero, Silvia Molina, Lucrecia Lozano y Leticia Salazar, todos ellos jurados del Premio Alfonso Reyes que se entrega en Monterrey, coincidieron en lo apremiante de galardonar al crítico literario por la veta humanista que recorre de principio a fin su obra. Y es que George Steiner (París, 1929) es un humanista de cuerpo entero cuya obra no se reduce a la crítica literaria. Es mucho más. Si bien es infalible que apoye todo cuanto ha escribe en el análisis del lenguaje, Steiner abarca más de un área del pensamiento. Ha penetrado en el mundo de la filosofía y, más recientemente, en el de la crítica social, la política y la asfixiante globalidad. No cabe duda que ha enunciado ideas elementales para la vida actual. En Lenguaje y silencio, descubrió que “el crítico literario es un eunuco”. Le creo, pues ¿quién con el coraje de hacer literatura propia perdería el tiempo estudiando humildemente lo que hacen otros? Ahora bien, en el mismo libro de ensayos, Steiner afirma que el crítico tiene una función triple. Poner atención: Primero, ha de enseñarnos qué debe releerse y cómo. Ante la inmensa la cantidad de literatura y ante el acoso de lo nuevo, hay que elegir, y en esa elección la crítica tiene su utilidad. Segundo, tiene la tarea de constatar que ningún régimen político tiene el derecho de imponer el olvido o la distorsión a la obra de un escritor. Y tercero, la función más importante. Se refiere al juicio de la literatura contemporánea. El crítico tiene una responsabilidad especial ante el arte de su propia época. Debe preguntarse no sólo si el arte constituye un adelanto o un refinamiento técnicos, si añade un giro estilístico o si lo que contribuye o lo que sustrae a las menguadas reservas de la inteligencia moral. Debe interrogarse a cada instante: ¿Qué medida del hombre propone esta obra? “La cuestión no es fácil de plantear ni puede enunciarse con tacto infalible”, escribe. “Pero la nuestra no es una época corriente. Se esfuerza bajo la tensión de lo inhumano, experimentada en una escala de magnitud y de horror singulares; y no está lejos la posibilidad de la catástrofe. Sería extraordinario permitirse el lujo de guardar distancias, pero es imposible.”


Es la siguiente la idea más rotunda: “Lo que el censor y el policía le preguntan al escritor, el crítico lo hace con el libro.” Es cada vez mayor el número de críticos literarios que juzgan no tanto al libro, como al autor. En Letras libres de agosto, Rafael Lemus hace polvo Amanecer en el zócalo, el libro de marras. Una opinión que, dicho sea de paso, suscribo. El problema es otro. Entrarle duro a Elena Poniatowska, la pejeviejita de carne y hueso. “No se descubre nada”, lanza veneno Lemus, “si se dice que Poniatowska es más bien ingenua.” Juicio entendible si recordamos que Letras libres es derechosa. Pensando en Steiner, interrogo: ¡qué nos importa si la autora es esto o aquello! Ahora bien, que la Ciudad de México invente un premio con su nombre no deja de causar risa. ¿Cuánto dinero le darán al ganador? Ojalá que no sea mayor a los 600 mil pesos que en octubre recibirá Steiner.

septiembre 29, 2007

Cuestión de fe

No tiene caso decir por qué. Pero tuve que ver una película de Gabriel Retes. "El Nuevo Mundo", de 1976. Es un filme que no cree en aparecidos. Por eso pone en duda la veracidad de la aparición de la virgen de Guadalupe. Aunque se trata de una obra de ficción, es justo hacer el análisis desde la óptica histórica e idelógica. ¿Por qué? Porque el creador de arte que echa mano de los temas históricos debe respetar la esencia de lo que está criticando. Pues bien, bajo esta lógica fue que vi la película. Comparto con ustedes las enseñanzas que obtuve.



El corazón tiene razones que la razón no entiende
Blaise Pascal.

Hace unos cuatro años, Miguel León-Portilla dictó una conferencia en la Casa de las Humanidades de la UNAM, en avenida Centenario. No recuerdo sobre qué. Pero en la parte de preguntas y respuestas, le pedí su punto de vista sobre el tema de la virgen de Guadalupe y la entonces reciente canonización de Juan Diego. Él se puso a hablar de su esposa, una oriunda de Extremadura, España. Era la introducción para entrar en materia. Dijo que la Virgen de Extremadura se apareció de manera muy semejante a como lo hizo la virgen de Guadalupe en el Tepeyac. Pero descartó la posibilidad de que una sea el trasunto de la otra. Cerró la charla y autografió libros. Aún conservo su firma sobre mi edición de La visión de los vencidos.

Pero investigadores como Eduardo Corona, del INAH, han llegado a la conclusión de que es insostenible la teoría de que la Virgen de Guadalupe tiene su antecedente en la Virgen del Santuario de Extremadura[1]. Esto, porque la de Extremadura “es una imagen de poder”. Según Corona, representa violencia y destrucción; elementos viables para la conquista pero no de América, sino morisca y árabe. La Virgen de Extremadura es negra, porta un manto rojo, lleva el bastón de mando y carga a un niño.

Entonces, ¿de dónde procede la Virgen de Guadalupe?

Las voces más atinadas apuntan una alianza entre el propio pasado mesoamericano y la Iglesia Romana. El antecedente mesoamericano estaría en la Tonantzin y algunas otras diosas mexicas. El secular, en la madre de Dios. La Tonantzin es la diosa de la fertilidad, mientras que María es la madre de Dios, la razón de ser de la Iglesia. De tal suerte que su unificación daría como resultado a una virgen particular, cuyas características son: ser madre de un Dios válido para América pero también la distribuidora de riquezas, en el modo de entendimiento indígena. En todo caso, Guadalupana vendría a ser la madre de los mexicanos. Así, encontramos por qué la Virgen de Guadalupe representa lo mismo la amorosa madre de los mexicanos, que la responsable de prodigar y distribuir con justicia la riqueza entre sus hijos del Nuevo Mundo

Esto, por lo que hace a la visión actual y reductora que tenemos de la Virgen de Guadalupe. Mas nos dice Bernal Díaz del Castillo que la virgen hizo su aparición durante una escaramuza entre indios y españoles.

De acuerdo con el cronista, se apareció durante un encuentro en Totonacapan. ¿Pero a favor de quién? Especulo: ¿Preferiría la virgen a los españoles, hijos de Dios, o a los indios, entregados a la adoración de los demonios? Lo cierto es que se la Virgen de Guadalupe tuvo una tersa acogida en las Indias: le rindieron honores los indios que veían en ella a su madre Tonantzin, y no sin reservas la quisieron los peninsulares, que ya tenían otras vírgenes a las cuales adorar en su país.

La virgen de los tontos

En El Nuevo Mundo (México, 1976), Gabriel Retes echa mano del mito de la Virgen de Guadalupe para hacer una crítica frontal en contra de esa tan emputecida institución que es la Iglesia. Al ficcionalizar cómo se gestó el mito de la Virgen de Guadalupe durante la Colonia en Nueva España, Retes critica precisamente la estructura sobre la cual está cimentada en buena medida la ciega lealtad de los mexicanos hacia la Iglesia Romana. Tal no es otra que la propia Virgen de Guadalupe. Es, pues, una obra de ficción que busca demostrar en qué medida la Virgen de Guadalupe no es más que un cuento inventado por la Iglesia con fines de obtener dominio.

Retes pone sobre la mesa la maniquea tesis de que los indios buenos eran sometidos por los españoles malos por la fuerza de armas y golpes. No son pocas las secuencias donde los patios de las haciendas están llenos de hombres y mujeres de piel morena que trabajan la tierra a brazo partido, mientras un capataz de piel blanca les da una tunda con el látigo. Siguiendo la hipótesis de Retes: los nativos habían dado el brazo a torcer en cuanto a la conquista guerrera, y estaban completamente dominados materialmente. De esto, es demostración insuperable la inexistencia de escenas con indios que estén alzando la voz o contradiciendo un ápice al patrón español. Ninguna cosa así. Eran sumisos. El problema es que la suya no era sumisión, sino profundo rencor. ¿No habían sido totalmente conquistados? No. Ese resabio de dignidad se alojaba en sus creencias religiosas. Los españoles no habían logrado el dominio pleno. Para conseguirlo, era preciso que los nativos abrazaran con fe ciega algún personaje religioso reconocido por la Iglesia Romana. Y los indios se negaban a creer en Dios. Lo cual queda claro en esa escena en donde un fraile dominico está de pie en la iglesia, admirando la escultura de un santo, cuando advierte una deformación en sus vestimentas. Al levantar el faldón, encuentra una figura prehispánica de barro.

Aquí está encerrado el conflicto básico del filme. En seguida, el fraile sale corriendo hacia un taller de escultura. Se encuentra con el escultor Manuel. Estatuilla en mano, el fraile lo recrimina a golpes y gritos. El escultor jura no saber nada. El fraile responde con un mohín, y desaparece sin llevarse consigo al escultor y delatarlo ante la Inquisición, como debía hacer. O sea: lo perdonó.

En el lenguaje de los guionistas, esta escena es lo que se llama la revelación. La revelación es cuando al personaje central le ocurre algo que ignoraba, y que va a cambiar su vida. Al escultor, personaje central, le ocurre algo que no sabía y que cambia su destino: descubrieron sus estatuas, pero lo perdonan. ¿Qué pasará en adelante?

El cuerpo de la historia se torna aburrido porque la estética es muy deficiente. Filmada hacia los 70 del siglo XX, la historia parece ocurrir en esa década, y no durante la Colonia. A mi juicio, se debe a que la estética fue tratada con descuido. Pongo por caso las locaciones. En las paredes de las haciendas pesa el descuido de los siglos, dan la impresión de estar cayéndose. Los muebles de los locutorios religiosos son viejos y añosos. Los pastos de las haciendas están secos, amarillentos, largos, como los de alguna hacienda actual en descuido. Todo esto, en suma, hace del cuerpo de El Nuevo Mundo un asunto desdichado.

Otro elemento que el lenguaje de guionistas reclama toda la atención es la “peripecia”. O sea: aparentemente empieza a solucionarse el conflicto pero, ¡todo lo contrario!, las cosas se complican aún más. Pues bien, en El Nuevo Mundo el fraile se presenta con Manuel y le propone liberarlo de la penosa tarea de hacer esculturas para una religión de la que él descree. Okey. ¡Qué peso se le cae de los hombros al escultor! Pero a cambio le pide que haga la peor de las ignominias a su fe: que pinte la imagen de una virgen que a un tiempo será reconocida por la Iglesia y admirada y reverenciada por los indios. El escultor se lleva las manos a la cabeza. Se niega. El fraile le advierte: “Si no aceptas, te puedo llevar con la Inquisición. ¿Olvidas que has hecho figuras de tus demonios en los talleres de la Iglesia?”

Y tiene lugar una discusión de principios morales entre el escultor y el fraile. Gritan, discuten, gimen. Al cabo, se dan la mano y cierran el trato.

Enseguida tiene lugar lo que en la estructura de un guión se llama “clímax”. El clímax ocurre cuando la historia se resuelve. Y en El Nuevo Mundo se resuelve cuando Manuel presenta ante el fraile la pintura terminada de la virgen. Había elegido a una muchacha como modelo y se enamoró de ella, dando como resultado un retrato de cuerpo entero verdaderamente notable. Pues bien, lo presenta ante el fraile, quien lo obliga a presentarse ante los indios y pegar de gritos asegurando que se le había presentado una virgen. Como premio, le promete libertad en compañía de la india a la que retrató. Transige el indio.

Se hace todo como estaba planeado. En medio de una multitud, aparece Manuel llevando en sus manos un estandarte. Es la virgen que ha pintado. A voz en grito, desquiciado, no encuentra las palabras indicadas. Grita. ¡Ha ocurrido un milagro! Entonces ocurre el desenlace, que es una última o últimas escenas donde el clímax se esfuma y los sentimientos pierden intensidad:

Cuando al otro día el indio se disponía a marchar con su morena, le pegan un tiro. Y después, el fraile también se pega un tiro. Había traicionado su religión, a causa… de su propia religión.

Historia mata Historia

Ahora bien, es una película de ficción.

En literatura, las novelas históricas son ficciones que no tratan de suplir a la disciplina histórica. Y siguiendo con la literatura, pongo por caso al recién galardonado Fernando del Paso. Su novela Noticias del imperio habla de Maximiliano y Carlota. Antes de hacerla, el propio Del Paso ha confesado que tenía miles de fichas donde almacenaba parte de la historia del matrimonio, y sólo utilizó un diez por ciento. Lo hizo en obediencia a la estructura literaria que el propio texto exigía. “Para que el barco flote, no debe pesar tanto. Por eso tenìa que ocupar sólo el material necesario para que flotara”. De modo que no escuchó las razones del método histórico, sino las leyes de la literatura.

Pues bien, Gabriel Retes tampoco prestó atención a las reglas que impone la disciplina histórica. De hecho, las pasó muy por alto. Tan es así que el filme adolece de una investigación histórica más bien flaca.

Por ejemplo, la vestimenta en los santos de la iglesia no estaba permitida sino hasta el siglo XVIII. O bien: aquella secuencia en la que una mujer baila flamenco. Es ilógica. Este tipo de baile no se popularizó sino hasta el mismo siglo XVIII. De todo esto se desprende la idea de que Retes no hizo sino poner en juego algunos juicios y conocimientos históricos y una opinión muy personal del mito guadalupano. Y se metió a hacer una película de ficción que, por otra parte, se mantuvo censurada desde 1976 hasta 2004, año en que según la revista virtual Cinefagia, se puso a la venta por medio de grabaciones en formato DVD.

Sin prejuicios se ve mejor

Cine, censura, historia, religión. No es El Nuevo Mundo el único caso de película censurada, por contener esos cuatro elementos.

En México, el caso más reciente es el del Crimen del Padre Amaro, cinta del realizador Mauricio Carrera filmada sobre la base del guión de Vicente Leñero, que pone en tela de juicio el voto de castidad de los sacerdotes de la Iglesia Romana. Otra, más antigua y que el año pasado estuvo en cartelera, es La última tentación de Cristo, de Martin Scorsese. La de Gabriel Retes no es, pues, el primer ni el mejor desafío al orden de cosas establecido por la Iglesia.

Hoy día, la censura eclesiástica tiene medios más refinados de combatir a sus críticos. Aunque a veces todavía se vale de esa clase de censura ciega que prohíbe proyectar películas en las salas de cine, a pesar de esto hoy reina una Iglesia que ha tratado de ponerse al tú por tú con sus críticos, dando razones de peso para sostener sus dogmas por encima de la razón. Me atrevo a decir que no conseguirá mucho con las personas con cuatro dedos en frente. Pero con las otras…

El caso es que ante la perversión civilizada de la Iglesia actual, los creadores deben proponer más que versiones maniqueas como la de Gabriel Retes, cuya interpretación del mito guadalupano no es mejor por ser más intransigente.

Y recuerdo aquella tarde con León-Portilla, cuando sugirió la posibilidad de que la Virgen fue copiada de Extremadura. Sin lanzar prejuicios.



[1] http://www.arts-history.mx/semanario/index.php?id_nota=1312200493923


septiembre 26, 2007

Temor de Dios

Mis primeros recuerdos de una iglesia vienen de la niñez. Me daban miedo esos húmedos y helados locutorios. Tenía 7 años y mamá me obligó. Mis hermanos no iban pero yo siempre he sido un cobarde. Obedecía todo lo que me dijeran mis padres. Si me hubieran dicho: “te vamos llevar al rastro”, yo hubiera ido feliz, sin rechistar una palabra. Pues bien, había muerto mi abuelo Felipe y debíamos ir diario a misa de seis de la tarde. Desde que estacionaba mi madre el Renault 5 afuera de la iglesia, me recorría un estremecimiento por el espinazo. Podía escuchar la tétrica música de un órgano hueco. Y es que la de Tepeapulco era una iglesia de terror vampiresco. Cuya fachada era de Pennsylvania, donde el Conde Drácula hinca los colmillos en la yugular de los pequeñines. Me moría de miedo. Pero nada era tan terrible como el Cristo muerto. En los primeros metros estaba una vitrina con Cristo bañado en sangre, mal cubierto con una sábana blanca que dejaba ver sus brazos fuertes y su abdomen ejercitado. Pensaba: ¿por qué no lo entierran como a mi abuelo? Mamá me tiraba del brazo hasta que encontrábamos un lugar en las primeras filas.

Tan horribles como Cristo eran los santos. San Ignacio, San Francisco, San Gabriel, San Moisés, Santa Catalina, San Antonio Abad, San Policarpo. Vestían unos ropajes de terciopelo raídos por el verdín de los siglos. Estaban montados en la pared, y yo debía alzar la vista para verlos completos. Sus pies de madera vieja se habían cuarteado, la piel rosa estaba poniéndoseles amarilla. Sus manitas flacas y huesudas eran para asustar al mejor plantado. ¡Y sus rostros! San Moisés tenía los dientecitos cruelmente picados y amarillentos, la nariz era desproporcionadamente pequeña con cara redonda y mofletuda. Por ojos le habían implantado dos canicas bombochas. El cabello de estropajo rojo me sacaba de mis casillas. Era más de lo que podía soportar un niño de esa edad.

Cuando llegamos a la fila, mi madre se sentó y la imité. Se arrodilló y la imité; se persignó e hice lo mismo. Se paró y la imité. A la altura de mis ojos quedaban sus redondas caderas. Se quedaba de pie hablando sola, como toda la gente de la iglesia. Era fácil advertir que ella también imitaba a los otros, entonces yo la imité de nuevo. Se daba unos pequeños golpes en el pecho poniendo cara de que se iba a morir; yo hacía lo mismo pero le imprimía mi estilo: ladeaba la cara y torcía la boca, como pidiendo limosna. Todos se volvían a sentar y resonaba un grande crujido en toda la iglesia. Las viejas bancas de madera se quejaban de soportar los culos de tanta gente vieja y fea. En un momento, mi madre se llevó la mano a la bola y se la llenó de saliva. Después me la aplicó al cabello y me dijo:

-Ahorita que te diga, te paras y vas con el padre.

Seguramente puse mi carota de imbécil, porque agregó:

-¿Entendiste?

Sin pronunciar palabra, asentí con la cabeza y rogué inútilmente que todo fuera una broma de mi madre. Enseguida, salieron de las bocinas unas palabras que pronunciaba el sacerdote. “Felipe Frías”, oí clarito, “descanse en paz”. Entusiasmado, di un tirón a la manga del vestido de mamá. Le pregunté qué estaban diciendo de mi abuelo, y ella me puso de pie en el corredor central.

Contra mi voluntad, eché a andar hacia el frente. Cuando llegué con el padre, me tomó de las manos. Las suyas eran frías, blancas y temblorosas. Me acercó su rostro y dijo algunas palabras. Era repugnante aquello. Después me dio un beso en la mejilla. Qué asco, me picó su piel mal rasurada, y apestaba a mugre y a borracho. Perdí la razón.

Regresé a mi lugar, continuaba con la mente ida. No sé cuántas veces me volví a poner de pie y a sentarme y a imitar a mi madre en todo lo que hacía. Al rato salimos de ahí, en medio de toda esa gente correctamente vestida.

Subimos al Renault 5 amarillo. Tratábamos de salir del embotellamiento, cuando mi mama preguntó:

-¿Qué te dijo el padre Marroquín?

Recobré la razón. Sentí esa piel mal rasurada y olí el apeste del padre. No resistí y rompí en un sonoro llanto. Mi madre detuvo el carro:

-¿Qué te pasó?

Yo no articulaba bien las palabras. Ella puso cara de satisfacción:

-Es el sentimiento culpa. ¿Porque no has hecho tu primera comunión? Ya ves. ¡Es el temor de Dios!

¡Bonito temor ése de Dios!

Al cabo de los meses, me hice católico con todas las de la ley. Hice mi primera comunión, y me confirmaron. Me hicieron grabar de memoria el Credo, el Padre Nuestro que estás en los cielos, el Rosario. Y según todos, creo en el inmenso poder de Dios, pues no doy limosnas despreciables en misa. Me hice un correcto católico, salvo porque utilizo condón y estoy a favor del aborto. Pero esa es otra historia. En todo caso, si llego a tener hijos, he de llevarlos a misa a que padezcan el temor de Dios que yo padecí. Es cuestión de fe.

septiembre 23, 2007

Todos tienen la razón

Aborrezco a los que hacen leña del árbol caído. Nunca me ha gustado que se hagan homenajes fúnebres a los escritores, o que se dediquen textos a la muerte de tal o cual personaje. Es como hablar a espaldas de alguien… que ya no puede defenderse. Odio eso. Pero el caso lo demanda, pues el tema echa luz sobre la ineficacia de la inteligencia policial en el país.

A las 12 de la noche del miércoles todo Hidalgo estaba enterado. Un comando armado acribilló a Marcos Souberville González, secretario estatal de Seguridad Pública. Andaba en un recorrido de trabajo por el bello municipio de Huasca de Ocampo. Iba en su camioneta Trail Blazer blanca, en compañía de un empresario. Todo ocurrió repentinamente. Eran poco más o menos las 5 y media de la tarde. “Los asesinos buscaron cerrarle el paso”, narraba Milenio-Hidalgo al otro día. “No obstante, la resistencia del funcionario hizo que comenzaran los disparos de metralla hasta aquietarlo y quedar intacto sobre la cuneta. Uno de los sicarios bajó corriendo a rematar al conductor, para luego subir disparado y emprender la huida. Posteriormente, todo fue silencio”. En una conferencia nocturna, la alta esfera política de Hidalgo hizo las primeras declaraciones. Se enfocaron a condenar el asesinato.

El jueves fue el velorio. Después de rendir las exequias fúnebres al ex secretario, el gobernador Osorio hizo esta declaración a Plaza Juárez: “Habremos de llegar hasta las últimas consecuencias en la investigación. Iremos buscando toas las líneas que nos lleven a encontrar a los responsables de este asesinato”. Conozco a más de una persona que hace votos por ver ciertas estas palabras; y a otro tanto, que ya aventura posibles motivos del asesinato. Ahí está mi madre. Piensa que el ex secretario había entrado en tratos ilegales. No lo sé. O una investigadora que le dio clases a Souberville en la secundaria Olivares y que ahora me da clases a mí. Sostiene que era un tipo de honestidad impoluta, inteligente, brillante, incapaz de cometer cualquier crimen… En una fiesta, alguien llegó a hipotetizar que lo hicieron matar grupos políticos enemigos. El taxista que me llevó de la Central de autobuses a casa, imagina que el ex comandante había tenido cochupos con la mafia desde que dirigía a la Policía Judicial; pues, ¿quién pondría las manos al fuego algún policía judicial? Ahora bien, los propios rotativos entraron a especular. Y desempolvaron esta noticia: el centro de seguridad estatal C-4 (que así se llama) recibió hace unas semanas varias llamadas telefónicas amenazantes contra altos mandos policiacos. Souberville entre ellos. El día de su asesinato, el mando no llevaba más escolta que sus propios brazos. De donde se puede reprochar que la Secretaría de Seguridad no haya dispuesto de una escolta para el jefe. En suma: que si lo mataron por corrupto, que si era un hombre honesto cuya muerte no tiene explicación, que si era corruptísimo desde su paso por la Judicial, etcétera, todo son meras especulaciones.

Pero todas son válidas. Todas tienen razón.

Y es que hasta el momento no han capturado a los asesinos. Tampoco se ha dado con los autores de la muerte de Jorge Flores Escamilla, secretario de Seguridad Pública en San Luis Potosí. Y en sitios como Tijuana y Monterrey no sé cuántas muertes de policías prevalecen sin esclarecer. No vayamos lejos. El 22 de agosto pasado, en la misma Huasca de Ocampo, ejecutaron a José Mariano García Lozano, subcomandante de la policía de aquel municipio. Y el 4 de septiembre balacearon a Mario Silva Zamora, delegado en Actopan de la policía estatal. En fin, los diarios de Hidalgo contabilizan 14 asesinatos de esta naturaleza en el año. Todos continúan sin resolverse…

Pues bien, en la medida en que todos los asesinatos no se investiguen y resuelvan, serán válidas las versiones acaso míticas que circulan en el imaginario popular a propósito de la muerte de Marcos Souberville. Hasta que den con los asesinos y nos digan la verdad, la memoria del jefe policiaco estará siendo mancillada una y otra vez por la gente, que no dispone de más información que la de sus propias conjeturas.

septiembre 17, 2007

Invitación. Expo en Real del Monte

La noción de otredad no es tan antigua. En el siglo 19, Arthur Rimbaud escribió los primeros poemas cuyo sentido se desprendía de este principio existencialista. Pero la otredad no puede resumirse fácilmente. Pregúntenselo a Ricardo Garibay, quien abiertamente declaraba no comprender bien a bien qué designaba la palabreja ésa. En todo caso, la otredad –cuando menos en literatura- se refiere al reconocimiento de uno mismo en la figura del otro. En otras palabras, existimos en tanto que existe el de enfrente. Somos el que está frente a nosotros. En México, nadie como Octavio Paz ha penetrado en la médula de la otredad. Lo recuerdo siendo entrevistado por Héctor Tajonar en Televisa. Con su timbre de voz, mitad afeminado mitad neurótico, hablaba de la otredad sin que nadie le entendiera ni un carajo. Sin ser el poema más a propósito de esta cuestión, echa alguna luz clarificadora: se llama Palpar y lo copio al pie de la letra. “Mis manos/ abren la cortina de tu ser/ te visten con otra desnudez/ descubren los cuerpos de tu cuerpo./ Mis manos/ inventan otro cuerpo a tu cuerpo”.

En el mapamundi de la literatura universal, ninguna corriente como el simbolismo francés para hablar de la otredad. Mallarmé, Valéry, Apollinaire y Rimbaud. Se precipitan a la mente sus nombres nada más preguntarse qué es lo mejor que la poesía francesa ha dado en los últimos dos siglos. De Apollinaire me gustan sus cuentos descabelladamente eróticos, casi pornográficos. Mallarmé y Valéry no pueden resumirse a vuelapluma. Pienso de Mallarmé en la tarde que concluyó el poema de largo aliento “Una tirada de dados jamás abolirá el azar”. Salió corriendo a la casa de un amigo, para mostrarle lo que acababa de escribir. Quería una opinión. No sabía que acababa de descubrir una nueva forma de hacer poesía. José Lezama Lima escribió de Mallarmé: “... es, con Rimbaud, uno de los grandes centros de polarización poéticos, situado en el inicio de la poesía contemporánea y una de las aptitudes más enigmáticas y poderosas que existen en la historia de las imágenes. Sus páginas, y el murmullo de sus timbres serán algún día alzados, para ser leídos por los dioses.” Paul Valéry escribió El Cementerio Marino, una caja que contiene un sinfín de sonidos programados para estallar al mismo tiempo ante la vista, mejor dicho ante el oído, del lector. Arthur Rimbaud es un espíritu curtido con un fuego distinto. Una temporada en el infierno es una frase que dice mucho y no dice nada. Bajo este título, Rimbaud escribe una de las obras más poderosas e intimistas de que se tenga registro. Ahí está incluido su inmortal verso “Yo es otro”, resumen y bandera de la poesía simbolista y de la noción filosófica de la otredad.

En las artes plásticas, la idea de la otredad es más que socorrida. A menudo se asiste a exposiciones de creadores que tratan de copiar la singularidad de los que originalmente entraron al tema de la otredad desde la paleta de las artes pláticas. Pienso en algunos buenos precursores. Ahí está el nieto del padre del psicoanálisis, el pintor Lucien Freud, o la combativa Cindy Sherman, o el grandioso Jean Michel Basquiat. Hicieron no sólo de su obra sino de sus propias vidas un homenaje a los otros. No puede hablarse de Sherman, por ejemplo, sin reconocer que, pisados por la suela del capitalismo rampante, cada uno representa la caricatura de sí mismo. Era una artista muy crítica, como lo quiere la izquierda. Basquiat ha pasado a la historia como algo semejante al non plus ultra de la otredad en las artes plásticas. Murió a los 28 años, habiendo hecho un poco de todo en su existencia, lo cual quedó plasmado en su esquizofrénica obra plástica. Esquizofrenia que es a la vez el claro reflejo de las últimas décadas del siglo 20.

Ahora bien, Yo es otro es también el nombre de una nueva aproximación a la otredad, desde la mirada de un novel artista plástico. Veinteañero y estudiante de artes, José Emilio Pacheco corta el listón de su primera expo individual a las 7 p.m. de este viernes en la Casa de la Cultura del pueblito minero de Real del Monte. Son 15 obras-experimentos escolares, cuyos resultados son de diverso grado. Lo mejor de todo es que son el inicio de la carrera plástica de Pacheco.

septiembre 10, 2007

El Bajón (vacaciones)

¿Cómo hacer un texto esencialmente cabizbajo, evitando el tono patético? Ocurre que tocaron a su fin dos semanas de psicodélicas vacaciones por las costas de Quintana Roo. El tour fue Playa del Carmen, Cancún, Puerto Morelos, Tulum, Xcaret, Xel ha, Playa Mamitas, Punta Xcalacoco, en fin. Todas son playas de arenas blanquísimas bañadas por aguas azul turquesa, en medio de una selva exuberante. Bajo un sol de 36 grados que obliga a las cientos de gringas a despojarse de sus ropas y quedar nada más que en minúsculos bikinis, cuando no en topless o de plano encueradas. Uhmm. Aquello era el paraíso. Pues bien, todo eso se acabó. Tuve que despedirme. Las personas con las que me alojé me acompañaron a tomar el ADO que me condujo al aeropuerto de Cancún; a cada kilómetro de carretera se me iba haciendo un hueco en el estómago. De acuerdo, podía ser porque no había comido ye pasaban de las 3de la tarde. Pero en los pasillos del aeropuerto me tomé un café con galletas y ahí continuaba el hueco, creciendo. De modo que era otra cosa. Me senté en la sala de espera del aeropuerto a extrañar por adelantado lo que estaba dejando atrás. Me había alojado en Playa del Carmen, a treinta minutos de Cancún, y cuyas costas son más blancas y excitantes que las de esta última. Pero igual de calurosas. Cierta tarde trepé al ferry, una embarcación para 200 personas, que en treinta minutos te lleva a la isla de Cozumel. Ciento diez pesos de por medio. Asomando la mirada sobre el agua, es posible ver el fondo del mar. No es gratuito que al desembarcar te reciba una fuente con dos buceadores echando por la boca chorros de agua, en homenaje a las personas que en un año remoto hicieron de Cozumel “la capital de buceo en el mundo”. Después de un paseíto y comida abundante en un restorán exquisito, me volví en el ferry nocturno, donde viajaban dos mujeres muy platicadoras del centro del país. Una se parecía a alguien que necesito sacarme de la cabeza. Puse cualquier pretexto. “Creo que me estoy mareando”. Y me alejé a fingir que tomaba aire. Estoy pensando en todo esto cuando nos hablan para abordar el avión. Me olvido. La azafata da indicaciones sobre el vuelo. Al subir me encuentro con un avión limpio y ordenado. Pero sin lujos: claro, fue el vuelo más económico que pude encontrar en muchos días de búsqueda por el Internet y telefoneando a todas las aerolíneas para rogar un boleto de promoción. Compré en Volaris. Elevándonos, echo una mirada abajo. ¡La hermosura de Cancún a nivel de tierra luce tan dispareja desde el cielo! El área hotelera de la costa es de porcelana, mientras el centro parece un amontonadero de cajas cochambrosas y grises. Las sobrecargos pasan por los asientos preguntando mil cosas con caramelo en la voz. Que si está bien el señor, que si el niño desea ir al baño, que si apetezco una botella de agua cortesía de no sé que marca, etcétera. Abro un libro con los mayores deseos de leer y dejar atrás la nostalgia. Es imposible. A las primeras líneas pierdo la concentración. Cierro el volumen, lo pongo en mis piernas y me pongo a observar. Es inevitable traer a mientes la noche anterior, estuve rumbeando con música cubana. Tocaba el grupo de una negra y varios mulatos. No lo hacían mal, pero sólo canciones de Juan Luis Guerra y lo que pasan en la radio comercial. Qué asco de cubanos. Lo que extraño es el calor de esa velada. Me divertí hermosamente. Fui al lugar con personas que conozco en Cancún y que quiero mucho. Bailamos, nos bebimos un par de botellas de escocés de mediana calidad. En las rocas. Bien. Nos abrazábamos y le pedíamos a la gente que nos tomara fotos. La última gota de alcohol se acabó cuando clareaba afuera. Salimos a la casa y cada quien a dormir. Eran las 12 de la mañana cuando me desperté y todos ya hacían sus rutinas. Alguien veía la televisión, otro nadaba, quién trabajaba en el patio. Me acompañaron al aeropuerto y nos abrazamos, llorando con sinceridad. Ahora, aquí, descendiendo a los helados 16 grados del aeropuerto de Toluca, pienso en cómo hacer para evitar el patetismo de esto que me pone hondamente triste.

septiembre 01, 2007

Disnayland in Quintana Roo

No concibo la posibilidad de tomar unas vacaciones sin la compañía de algún que otro libro. Llevo unos días en Quintana Roo y he traído conmigo varios volúmenes. La primera parte estaré en Playa del Carmen y la segunda, en Cancún. ¡Pero voy a cumplir ya un par de días aquí y no he abierto los tomos más que para abanicarme un poco el aire caliente y espantar a los moscos! Carajo. Aunque tampoco fui tan tonto como para venir a la playa y cargar libros a espuertas: sólo me acompaña un tomo de la revolución bolivariana, unos cuentos del francés Apollinaire, dos novelas de Dostoievsky y dos más del cubano Pedro Juan Gutiérrez. Éste posee un estilo macizo tal, que lo han llegado a comparar con Charles Bukowsky. Espero leerlos todos por las mañanas que estaré echado en la orilla de la playa, viendo cómo el sol me enrojece la piel y las hormigas me comen las piernas.

No he hablado de otro librito. No lo traigo conmigo pero lo leía antes de venirme, y me taladra la mente cada vez que salgo a dar un paseíto por el área de turismo elite. Antropología y turismo (Ed. Plaza y Valdés, 2007, coordinado por David Lagunas). Como su nombre lo indica, su asunto es el turismo visto por la rendija antropológica. Son una docena de ensayos. Algunos valen mucho. Pienso en el de Jafar Jafari. Propone un modelo preciso del turismo, aplicable a casi todas las formas existentes de turismo a la antigüita y a la moderna. Ahora bien, textos que no llamaron mi atención durante la lectura, no los puedo sacar de mi cabeza en estos días, ni siquiera cuando estoy viendo con deleite a las gringuitas que juegan al boli-bol en topless, y son una delicia. El caso es que los textos no me dejan en paz. En uno me enteré de la gran bronca que hubo en España porque unos inversionistas millonarios querían edificar un exclusivo club de golf en la bellísima provincia de Alhambra, donde vivían con tranquilidad los labriegos. Al final, los ricos consiguieron su campo de 9 hoyos. Y es que aquí hay ¡playas privadas que pertenecen a extranjeros! En otro texto, supe que se denomina turismo residencial a ése que realizan los que compran una casa en lugares costeros, la habitan una parte del año y hacen las compras en el súper. De donde resulta que es el peor turismo, porque no hace ningún gastazo en hotel ni restorán. Pues bien, yo mismo me alojo en la casa de Kevin, un turista residencial. Pero la idea que me atormenta día y noche es una que, si no me equivoco, la acuña el propio Jafari. Disneyización. Es un concepto del que veo ejemplos a derecha e izquierda. Es la tematización de las ciudades, en pos de obtener más turismo pero a costa de la honestidad histórica y cultural. Así, las playitas que he recorrido, los restoranes donde como, las tiendas de ropa, la avenida central de Playa del Carmen, arriba y abajo, todo, es un gran parque temático, un centro comercial a cielo abierto. Es Disneyland en Quintana Roo.

Para Ryzsard Kapuscinski, pocos comportamientos son tan ajenos a la naturaleza del ser humano como el moverse de un lugar a otro, abandonar la seguridad y los espacios conocidos para ir a buscar otros, lejos de nuestras fronteras cotidianas. Playa del Carmen está muy bonita, el sol brilla en las aguas azul turquesa, la arena de la playa está muy blanca, y todo está como en los folletos. Nada que ver con el entorno citadino de donde viene la mayoría de los turistas europeos y gringos. De modo que este sitio al estilo de un Santa Fe en la Ciudad de México cumple la función de hacer sentir a los turistas (en medio de las playas selváticas) con las mismas comodidades que disfrutan en sus ciudades de origen. En otras palabras, los grupos de gringuitas en topless que corren de acá para allá en la playa, poseídas por el desenfreno, pueden creer que están gozando del exotismo del caribe mexicano. Pobres riquillas. La realidad es que se trata de un entorno armado con objetivos económicos, estudiados con minucia, para hacerlas sentir en un ambiente diferente al de sus países, pero con todos los bienestares materiales sin los cuales se morirían.

Sobra decir que los lancheros dominan el inglés, que los jacalones de mariscos reciben tarjeta de crédito, que las deferencias son para los de piel blanca y que los mexicanos no tenemos cabida ahí. ¡Qué bueno que traje suficientes libros para casi los casi diez días que pasaré en estas costas!

agosto 26, 2007

Groucho murió en agosto

Agosto no es un buen mes. Excepción hecha por la novela de Jorge Ibargüengoitia Los relámpagos de agosto, éste es un mes infame y no promete dejar de serlo. Si no lo creen, pregúntenselo a las familias que perdieron todo por culpa de Dean.

Un cuatro de agosto de 1962 desapareció el sueño erótico de millones de machos. Modelo predilecto de Play boy, Marilyn Monroe fue encontrada sin vida en una habitación donde había un frasco vacío de soporíferos. De origen nebuloso, a ella se le saben sólo unos datos. Que fue hija de una prostituta y de un parroquiano que la visitaba a menudo. Que Gladys, su mamá, fue internada en un psiquiátrico luego de haberle diagnosticado “adicción sexual”. Que siendo niña, a Marilyn la ultrajó el casero del hogar adoptivo. Que se casó joven, a los 16 años. Pero que la voluptuosidad no sólo de sus curvas sino de su temperamento, la condujo al mundo de la infidelidad. De tal suerte, se divorció, se casó, se divorció y volvió a casarse. A la par, iba cobrando fama por las cintas y las revistas y los cóceteles que amenizaba. Se sabe que tuvo un amorío con el presidente Kennedy, y se presume que tenía ligas con el comunismo. (Aunque esta última versión nadie la ha confirmado y tiene rasgos de mito.) De cualquier modo, lo cierto es que por las fechas de su amorío presidencial, fue cuando su criada la encontró con la lengua de fuera, en cama, con el teléfono descolgado a las 3 y media de la madrugada. La rubia tenía 36 años de edad.

Muerte que no lamento es la de Elvis Presley. Aunque sus seguidores en el mundo sean legión, el suyo me parece el peor gusto de que la Historia tenga registro. Al contrario de la bella Marilyn, Elvis no murió de forma poética sino todo lo contrario. El 16 de agosto de 1977, un mundano ataque al corazón le pegó a un gordo cantante rockanrolero. Gente de razón como el crítico musical Chuck Klosterman, saben reconocer que Elvis murió en el momento justo: “Estaba en pleno declive y la muerte le salvó del olvido”, declaró a Bárbara Celis del diario español El País, “ya que tras ser enterrado comenzó a vivir una resurrección perpetua que le mantiene en plena forma comercial”. Me cuesta entender cómo miles de personas se trasladaron de todas partes del mundo para visitar hace unos días Graceland, la mansión cuyas paredes forradas en terciopelo azul, dejó el rey del rock and roll en la sureña Memphis. Pero quizá mi encono es porque sus homenajes han opacado a otro personaje de la farándula con mucho mayor talento: Groucho Marx, cuyo deceso acaeció el 19 de agosto del mismo '77.

He recordado al bigotudo de Groucho por múltiples razones. Primera, el paso del huracán Dean me relegó al encierro y vi televisión; me vino a la mente su frase: “Encuentro a la televisión muy educativa: cada vez que alguien la enciende, me retiro a otra habitación y leo un libro”. Y es que los noticieros no hacían más que apologías del desastre, lamiendo una y mil veces la misma idea: “Dean, igual a catástrofe”. Segunda razón, unos amigos pretendíamos entrar a un bar de la colonia Condesa. En la puerta estaba un hombre corpulento con sus musculosos brazos cruzados. Nos estudió de pies a cabeza. Tenis, pantalones de mezclilla, playeras: además, bañados en agua de lluvia. “No entran”. Mientras nos íbamos a una cantina, me acordé de Groucho: “No me interesa pertenecer a un club donde admitan por miembros a personas como yo”. Y tercera, las declaraciones oficiales a propósito del desastre que hizo Dean en el estado indican que se ejercerán 25 millones de dólares de un seguro que tiene contratado el gobierno. Además: la encargada de las finanzas, Nuvia Mayorga, declaró que en sólo tres días ya se habían gastado 20 millones de pesos en cobijas y demás básicos. Pues bien, pensando en el dinero que estará a disposición del gobierno, me acordé de otra frase de Groucho: “La política es el arte de buscar problemas, encontrarlos, hacer un diagnóstico falso y aplicar después los remedios equivocados.”

Que la gente prefiera a Elvis por encima de Groucho e incluso de Marilyn, es triste. Pero que el año entrante tengamos que lamentar el mal empleo de los 25 mdd, sería constatar que el gobierno no tiene otra moral que ésta, dicha por Marx: “Estos son mis principios. ¿No te gustan? No te preocupes, tengo otros”.

agosto 24, 2007

Mi tierra tiene su tepetlacalli (y qué putas es eso)

Tepeapulco, Hidalgo, México.- En el sitio arqueológico del Jigüingo, en Tepeapulco, se descubrió una de las tres ofrendas prehispánicas existentes en todo el territorio mexicano, mejor conocidas con el nombre náhuatl de tepetlacalli o “caja de piedra”.

En todo el país únicamente han sido halladas tres cajas de piedra con estas características. Son pequeñas y tienen en su interior objetos que hacen referencia al mar. Dos fueron halladas en Teotihuacan, Estado de México, mientras la última se localizó en el sitio arqueológico del Jigüingo, en Tepeapulco.


Este hallazgo de pequeñas dimensiones (24,5 cm. de largo por 10,5 de ancho, y 10 de altura) consta de una caja oblonga y su tapadera. Además, en su interior se alojan varios tallados en obsidiana y jade, así como conchas. A su costado, también se encontró un cuchillo prehispánico elaborado en piedra.


Durante las acciones arqueológicas de noviembre a diciembre de 1997, el equipo de arqueólogos se encontraba restaurando el tablero del tercer escalón de la pirámide El tecolote, cuando Carlos Hernández hizo el descubrimiento. La cajita se encontraba cubierta de escasos 30 centímetros de tierra. La levantó y encontró todo lo que tenía en su interior.


La disposición del descubrimiento en la pirámide del Jigüingo y los documentos de que dispone, hacen pensar al arqueólogo Carlos Hernández que se trata de una ofrenda propiciatoria colocada en honor a la propia pirámide donde se aloja.

En una conferencia, el investigador destacó la importancia de este tepetlacalli por encima de los otros dos que existen en el país. Dado que estos últimos se encontraron fuera de su contexto arqueológico, la caja de piedra de Tepeapulco tiene la virtud de que puede aportar información de mucha mayor utilidad en una investigación.

Entre otras conclusiones preliminares, Hernández refirió que sus primeras indagaciones lo llevan a presumir que al interior de la pirámide del Jigüingo se encontraba una oquedad de proporciones suficientes para presumir que se trata de una cámara mortuoria donde pudieron llegarse a realizar entierros.

Luis Frías/Milenio

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Desde chico tenía ganas de escribir un diario, o algo así. Pero era cosa de niñas. Este blog es lo menos afeminado que encontré.

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