El blog de Luis Frías

diciembre 10, 2007

La casa chica

No es necesario estar casado y serle infiel a la pareja para que alguien tenga su “casa chica”. La situación tiene una íntima dependencia con significado de que se dote a esa frase. En mi caso particular, tuve una casa chica en el pueblo minero de Real del Monte. No estoy casado, no tengo pareja, no tengo hijos, o sea: en estricto sentido, nada me impide tener un sitio alejado adonde poder llevar amigas y, una vez borrachos, hacer el amor.

Originalmente renté en Real del Monte porque deseaba enclaustrarme y leer los fines de semana. Efectivamente, durante un tiempo llegaba los viernes muy entrada la noche y al otro día me despertaba hasta media mañana, pasaba la tarde leyendo, y el domingo, no sin desayunar un pesado caldo de mariscos, me volvía a la ciudad para trabajar. Pero seguramente abrí la boca en alguna ocasión, la verdad no recuerdo, lo cierto es que todo mundo se enteró que rentaba una cabañita en Real del Monte. Pronto, a las interminables y escandalosas fiestas en la cabañita comenzaron a llegar los más inverosímiles invitados. Estudiantes de artes plásticas apestando a mugre reconcentrada. Escritores que no escriben. Muchachitas hermosas y muchachitas espantosas. Desgreñadas casi todas. Y alguna que otra vez, personas inteligentes y mis grandiosos amigos. Me gustaba aquello, en realidad: más aún porque cada vez había la posibilidad de conocer alguna chica y, con algo de suerte, llevársela a la cama. Sólo entonces se toma conciencia de la posibilidad que encerraba poseer aquel alojamiento.

Probé invitando a una amiga de la facultad. El garlito: estudiar cualquier idiotez. Cayó en la trampa. ¿O caí yo? ¿Cuál de los dos empezó a depender del otro? El caso es que llegó con puntualidad y se quedó a dormir. A la siguiente semana también, y otra y otra vez. Hasta que nos aburrimos. Pasaron unas semanas de nueva tranquilidad y me dio por invitar a otra amiga, ésta más atractiva y aparentemente con todos los tornillos en su lugar. En realidad, ella tenía novio y por aquel entonces yo salía seriamente con alguien. Lo bueno fue que de su parte nunca hubo ninguna proposición para formalizar nuestros encuentros subrepticios. ¿No era acaso una señal de verdadera madurez? En todo caso, nos bastaba con vernos cada vez que se nos antojaba estar juntos y punto. No puedo rememorar esas noches, sin traer a mientes esa horrible y escandalosa canción de adolescentes desesperadas, que una vez pusieron en cierta fiesta de la cabaña: decía, a saber, “y me gusta… y me encanta… el sexo sin amor”. Tonta tonadita con la que, duele admitirlo, comencé a identificarme…

Ahora bien, el problema se suscitó cuando llevé a mi novia formal a aquel alojamiento. Llegamos por la noche a ver películas. Como nos veíamos poco porque ella vivía en una ciudad y yo en otra, nuestros cuerpos no desperdiciaban ninguna oportunidad de estar solos. La primera película la había elegido ella. Casi ni me prestó atención, viendo a Brad Pitt. La segunda era una elección mía. Ni sus besos en mi cuello me apartaron un segundo de la pantalla. Pero a la hora de la verdad -los cuerpos dispuestos para el amor- por mi parte me sentí tan hideputa que no puede por menos de romper en llanto. Por su parte, ella me quería tanto, que se contuvo las ganas de preguntar qué me pasaba y se limitó a enjugarme las lágrimas. Nunca olvidaré que en sus ojos vi con toda claridad los rostros de todas las amigas que habían compartido conmigo esa cama. ¡Cómo no ponerme a llorar si había llevado a mi amor al mismo sitio en donde lo burlaba! Que me ocurriera eso es la confirmación de lo que dije al comienzo.

En rigor, no le era infiel a mi novia –pues meses después me enteraría que ella también tenía sus amoríos. De modo que la cabaña no era mi casa chica porque engañara a otra persona, sino porque me mentía a mí mismo. Hasta ahora logro comprender que acaso por una inconsciente mojigatería, me daba miedo invitar a mis amigas a la casa de la ciudad, prefiriendo llevarlas a una cabaña perdida. Llevaba una doble vida, pudiendo llevar una sola. Insisto en que, sin estar casado, estúpidamente había optado por tener mi “casa chica”. ¿Cuántos funcionarios públicos, padres de familia, estudiantes mediocres, periodistas corruptos, no tienen vidas semejantes a casas chicas?

diciembre 02, 2007

Una linda contradicción

La Universidad de Hidalgo confirió el doctorado honorífico a Miguel León-Portilla. Se le entregó, concretamente, por sus incansables investigaciones a propósito de fray Bernardino de Sahagún. Y es que el fraile leonés habitó hacia 1547 en el convento de San Francisco de Asís, municipio de Tepeapulco. De este modo, fue el triángulo conformado por León Portilla, Bernardino de Sahagún y el municipio hidalguense, lo que movió a que el Consejo Universitario le concediera la medalla.

A primera vista, el doctorado honoris causa no parece nada interesante. ¿Qué importancia puede tener un reconocimiento concedido por una universidad caciquil, cuando el renombrado historiador ha sido distinguido por un sinfín de instituciones mil veces más prestigiadas? De hecho, parece contradictorio que una universidad centralista reconozca a un defensor de lo marginal. Como sea, lo interesante de la distinción es que pone en el centro de los reflectores una forma de concebir la situación de los pueblos indígenas.

Antropólogos y lingüistas, historiadores y humanistas en toda la línea, tanto el fraile franciscano en el siglo 16 como León-Portilla en nuestros tiempos, pueden describirse del mismo modo: estudiosos de las formas culturales reinantes entre la gente marginada. Aunque ha quedado atrás la atávica idea de que la cultura es teatros, museos, pinturas, libros y todo eso…, deseo precisar que la cultura en términos antropológicos es, por ejemplo para Daniel Bell: “un proceso continuo de sustentación de una identidad mediante la coherencia lograda por un consistente punto de vista estético, una concepción moral del yo y un estilo de vida que exhibe esas concepciones en los objetos que adornan a nuestro hogar y a nosotros mismos, y en el gusto que expresa esos puntos de vista ”; o para Inglehart: “los valores, las creencias, las capacidades y la gregariedad de los miembros de una sociedad determinada.” Pues bien, si la cultura en general es todo lo que gira en torno del Hombre, la cultura de los marginados indígenas en particular es todo cuanto rodea sus muy a menudo ignoradas vidas diarias.

Cuando en el virreinato fray Bernardino de Sahagún vivía en Tepeapulco, se dedicó a una labor que en su tiempo pudo tacharse de descabellada. Desdeñoso de las informaciones oficiales, el fraile se puso a obtener datos de fuentes para entonces inverosímiles: los indígenas lugareños. Hacía entrevistas a todos, sacándoles conocimientos que sistematizó mediante el papel y la pluma. Como lo dejó en claro en sus obras (siendo primordial la Historia general de las cosas de Nueva España), lo que sabe la gente es una forma del conocer tan valiosa como cualquier otra. Es cierto que los conocimientos transmitidos por la gente pueden estar deformados por sus muy personales prejuicios, pero también es verdad que el fraile intuyó eso y supo sortearlo en sus trabajos: todo esto es de conocimiento general, merced a las obras de León-Portilla Bernardino de Sahagún (Ediciones Historia 16 y Quórum, 1987) y Bernardino de Sahagún, pionero de la antropología (UNAM-Colmex, 1999). Fiel a la línea antropológica diseñada por el fraile franciscano -preocupada por conocer qué ocurre entre los de abajo- León-Portilla no sólo es el más asiduo investigador de Sahagún: es el defensor por antonomasia de las costumbres indígenas. Desde que a mediados del siglo pasado escribiera primero La visión de los vencidos y después El reverso de la conquista, poco a poco se convirtió en el artífice de un sinfín de actividades dedicadas a los tan marginados indios del País, hasta terminar ocupando el grado de autoridad de esa antropología ejercida desde el punto de vista de las culturas indígenas.

Es todo esto lo que dota de un cariz significativo a la medalla que la UAEH le otorgó al historiador. Significa poner lo marginal en el centro -para usar las palabras que Carlos Monsiváis mentara en otro contexto. Pues desde el punto de vista oficial, no dejaría de ser contradictorio que una universidad centralista distinguiera a un investigador del indigenismo.

diciembre 01, 2007

Pateando el pesebre

Góber precioso

A propósito del caso Lydia Cacho-Góber precioso, de nuevo confirmo que un diario del Grupo Milenio (para el cual trabajo) es cada vez más vergonzante. Basta echar una mirada aquí, para saber a qué me refiero cuando digo que la razón me asiste cuando despotrico del lugar en donde presto mis servicios periodísticos, o en otras palabras, cuando pateo el pesebre...

noviembre 28, 2007

Columna




Me tomo la libertad de reproducir la columna semanal de Rafael Pérez Gay, que dio en titular Del Paso, el premio y la feria.












La memoria hace lo que le da la gana con nosotros. Por esta razón, no recuerdo si en el pasado, en alguna de las emisiones de la Feria Internacional del Libro de Guadalajara, el Presidente de la República asistió a la inauguración de la feria y entregó personalmente el premio Rulfo o premio FIL al escritor galardonado. En esta ocasión ha sido el presidente Calderón quien le ha entregado a Fernando del Paso el reconocimiento en compañía de Carlos Fuentes y Gabriel García Márquez, ni más ni menos, uno de los grandes escritores de la literatura hispanoamericana y un clásico vivo del idioma español.

Aun cuando no faltó un piquete de militantes que le gritó “espurio”, Calderón se ha anotado un punto a favor de la legitimidad desportillada que su investidura sufrió en los conflictos postelectorales sobre todo entre la ruidosa y combativa comunidad cultural. Los organizadores se equivocaron invitando al Presidente, no tanto por pleitos políticos, sino porque no hay premio mayor que el reconocimiento de Fuentes y García Márquez. Nada como el hecho simple pero insondable de que ante el público los escritores reconozcan a otros escritores. Entre menos políticos, mejor.

Demasiada carga política en un acto cultural desdora el contenido de las letras y debilita el espíritu del premio. Y eso fue lo que ocurrió en la inauguración de la FIL. A Del Paso, desde luego, no le falta reconocimiento, pero no necesitaba añadirle la bruma polémica a su premio. Hace unos meses, la revista Nexos realizó una encuesta sobre las mejores novelas de los últimos 30 años en México. Sesenta escritores y críticos contestaron al cuestionario. Noticias del Imperio ganó el primer lugar por muchos votos arriba del segundo lugar. Los lectores leyeron en esta obra el drama de la locura y la derrota política, el manejo eficaz de distintas técnicas narrativas: el monólogo interior, los planos temporales superpuestos, la urdimbre del poder y el conocimiento histórico, la idea de la novela como una catedral emblemática de una época y, sobre todo, la reputación definitiva de Fernando del Paso como uno de nuestros escritores mayores. El premio FIL reconoce la vocación de grandeza, la ambición y la destreza de un novelista desmesurado.

Yo recordaba a Del Paso como un lopezobradorista combativo y un escritor convencido de que en las elecciones del año 2006 se cocinó un fraude que le robó a López Obrador la Presidencia de la República. Hay que tener cuidado con la palabra coherencia; nadie es tan coherente como supone, ni tan consistente como quisiera, pero si Del Paso sigue pensando lo mismo, simplemente no debió aceptar el premio de manos de Felipe Calderón. Según su propia versión de los hechos, él ha recibido el pequeño desprendimiento de un fraude, salvo que el escritor haya cambiado de parecer. El autor de Palinuro de México ha insistido en que hubo un fraude y declarado a La Jornada que “hay que colocar cada cosa en su lugar. Si hubiera sido un mitin político claro que me dan ganas (de decirle algo al presidente Calderón), pero si voy a recibir un premio de literatura…”. Muy bien, cada cosa en su lugar y asunto arreglado. En la misma entrevista, Del Paso afirmó que tiene mucha simpatía por Hugo Chávez y que está muy preocupado por su pueblo.

Durante su alocución, el presidente Calderón se refirió a la necesidad de una legislación que fortalezca al libro y la lectura. De pasada, repitió algunos lugares comunes de las políticas públicas sobre el asunto: impulsar el fomento del libro, renovar el acervo de 6 mil salas de lectura, fortalecer las bibliotecas, atender el Bicentenario que ya viene, diseñar colecciones de distribución masiva. Buenas y viejas intenciones, pocas ideas, ningún concepto. ¿Qué faltó según mis cuentas inconformes? Hablar del precio único del libro vetado por Vicente Fox y sus asesores, para abrir boca. Luego, dedicar un minuto, quizá difícil, a debatir lo que en otros países se discute desde hace años: la excepción cultural entendida como una posible ley que distinga y excluya los productos culturales del libre tráfico de bienes y servicios.

La excepción es el marco jurídico de una idea imprescindible: diversidad cultural. Sé que es mucho pedir, pero el Presidente pudo dedicar unas palabras a la forma en que la cultura puede en muchos sentidos corregir los excesos del mercado. Nada de esto y mucho de lo otro: el presidente Calderón hizo su agosto entregando el premio FIL en compañía de tres luminarias de las letras, Del Paso recibió su premio y dijo que cada cosa en su lugar. Así ha empezado la feria de libro más poderosa de habla hispana, donde por cierto hasta el ego más modesto masca rieles.

Templo al consumo

Lo que tiene México no es que sea pobre, sino que es desigual. Según el internacionalista Guillermo Trejo en el artículo "Pobreza y desigualdad en el siglo XX mexicano" (Gran historia de México ilustrada, Planeta DeAgostini Conaculta-Inah, México, 2001, pp. 361-380), el problema de nuestro país no está en que se produzca riqueza insuficiente para que todos vivamos con decoro; la hay, existe, pero se reparte mal. A fines del siglo XX, los mexicanos éramos alrededor de 100 millones. 50 millones de los cuales -en términos brutos- recibían el 10 por ciento de la riqueza total; 40 millones, el 50 por ciento del pastel, y los diez millones restantes se quedaban con ¡40 por ciento de la raja económica! Las barbis de la Condesa, las señoras emperifolladas de Las Lomas, los nuevos ricos del norte de país, los políticos de todas partes, me pregunto, ¿realizarán labores de tanta importancia, como para merecer llevarse esas desproporcionadas sumas? Son varios los ejemplos de lo que vengo diciendo. Y más esclarecedores que las cifras. Tenemos al heredero de la Júmex como el coleccionista de arte más importante de Latinomérica; Carlos Slim es el hombre más rico del mundo... ¿Escandaloso? Más bien, ignominioso: muestra de eso es la noticia que ofrece hoy El universal en una particularmente bien escrita crónica de Juan Arvizu. Slim abrió en el centro comercial Santa Fe una tienda para dejar con la boca abierta hasta a los más ricos entre los ricos. Qué maldito.

Por Juan Arvizu.

Cientos de botellas de champaña descorchó Carlos Slim en la inauguración de la tienda “de superlujo” que pone en Santa Fe, lo último de la Quinta Avenida de Nueva York.

Rodeado de seis nietos, el hombre más rico del mundo paladeó las palabras inaugurales del presidente del grupo Sanborn’s, Carlos Slim Domit, en la apertura del nuevo templo del consumo.

A las 21:20 horas, Carlos Slim se paró a la puerta del negocio de tres pisos y uno a uno lo rodearon tres niños y tres niñas, que acarició con cariño, mientras en el interior del establecimiento cientos de invitados brindaban, luego de más de una hora de escuchar música en vivo de diversos grupos.

Carlos Slim Helú, presidente del Grupo Carso, cortó el listón inuagural, junto con el director internacional de Saks, David Pilnick, y en la euforia del momento uno de los primeros abrazos que recibió el empresario fue de la modelo rusa Petra Nemcova.

Después de otros parabienes, alcanzó turno la reconocida actriz Edith González.

El ambiente neoyorquino lo dio el grupo Big Band Jazz, cuyas interpretaciones se escucharon desde las 20:00 horas en el exterior —por medio de unas bocinas— en el acceso a la tienda, por donde pasaron cientos de mujeres envueltas en finas pieles, plumajes; calzaban botas o zapatillas de tacón alto, y que lucían bolsos finos, llamativos, estrafalarios, portadores de la ofrenda al consumo: las tarjetas de crédito.

Sin embargo, había poco gusto por comprar. Las modelos, las publirrelacionistas, las esposas de los caballeros modernos del mundo corporativo miraban la ropa, los accesorios y tomaban entre sus dedos la blanca etiqueta del precio... Y se quedaban así, con la boca abierta.

Y es que hay prendas que tienen marcado 20 mil pesos, así de simple, al alcance de la mano del consumidor, cuando en México el público está acostumbrado a que los precios muy altos hay que verlos a través de las vitrinas.

En cada uno de los tres pisos se colocaron mesas de servicio, sin restricción para servir, champaña, tequila o vodka.

Y corrió la alegría, las botellas de Pol Rémy se vaciaron con rapidez a una velocidad de decenas por hora. Conforme avanzaba la noche el consumo crecía y pudieron haberse destapado más de 500.

Bocadillos exquisitos servían meseros que incansables recorrían las salas de exhibición de vestidos, bolsos, maquillaje, perfumes, lencería. Y en las secciones de ropa para caballeros se repetía la escena, ante las miradas escrutadoras de otro ejército, el de guardaespaldas que todo lo observaban inexpresivos, callados, con un distintivo discreto en la solapa.

Este desfile de la opulencia careció de dos factores: La clase política brilló por su ausencia, salvo algunas excepciones como la de Genaro Borrego, además de que las damas dejaron las joyas genuinas en casa.

La gente famosa, anoche, fue la de los espectáculos, la que sale en la televisión, que rompió la monotonía de fotógrafos y periodistas que esperaron afuera del establecimiento hasta que Saks fue inaugurado. En el pequeño desfile de gente popular la número uno fue Lucero.

Como el color negro es el simbólico de la tienda, la noche fue de “alfombra negra”, y por ella pasaron y tropezaron invitados distraídos. Hubo quien perdió el piso por un escalón que no se veía. Muchos hombres y mujeres con aire de ejecutivo moderno entraron hablando por teléfono celular y al menos dos varones ensimismados en su telefonema estrellaron su cara contra las puertas de cristal.

Uno de ellos cayó estrepitosamente y pese al fuerte golpe que recibió corrió a recoger su celular. Fue la delicia de los fotógrafos.

Así fue como se inauguró Saks, una tienda a la que llegan mujeres glamorosas como las que habría encontrado José Juan Tablada cuando escribió: “Mujeres de la Quinta Avenida, tan cerca de mis ojos, tan lejos de mi vida”.

noviembre 26, 2007

Estúpida censura

La censura ha vuelto a ocupar los reflectores por partida doble. Por un lado, la novela de García Márquez Memoria de mis putas tristes traducida al iraní por el escritor Amir Fetanat, fue prohibida por el régimen de aquel país. Por otro, el documental de Luis Mandoki Fraude: México 2006 no se estrenó sin una grande controversia en buena medida estimulada por la prensa misma. Pero cada hecho posee características diferentes.

Convendría recordar lo que sucedió en Irán con la novela del autor colombiano. Inicialmente, el escritor Kaveh Mir Abassi había traducido y enviado el relato al gobierno de ese país para que lo escrutaran, y emitieran su dictamen. Al cabo de cierta espera, el Ministerio de Cultura le informó que era imposible publicarlo. “Todo el mundo es libre de difundir sus ideas, pero hay límites que la ley ha especificado, entre ellos no ofender al prójimo, los derechos de los otros ciudadanos, las creencias islámicas y la identidad nacional”, sostuvo el ministro de Cultura, Saffar-Harandi. ¿Les habrá escandalizado a los iraníes el que, en la trama de la narración, un periodista anciano se quede a dormir con una adolescente virgen y la prodigue con amorosos trstos, cuando ellos tratan como tratan a sus mujeres? Opiniones aparte, lo cierto es que en Irán, país que no pertenece al convenio internacional de derechos de autor, se pueden distribuir libros independientemente –siempre y cuando consigan pasar el tamiz censurador. Y aunque no fue aprobado, otro escritor iraní, Amir Fetanat, colgó la traducción en Internet e hizo una edición de mil ejemplares en papel que envía por paquetería internacional, y está por agotársele. Ha tenido éxito a tal punto, que desde el 16 de noviembre, el relato ha sido descargado por más de 15 mil visitantes en 80 países, y cerca de 550 sitios lo tienen enlazado. Una cifra significativa.

Es otro el caso de Fraude: México 2006. De acuerdo con el izquierdoso periódico La Jornada, el documental había sido requerido por el dueño de una cadena que posee salas de cine en todo el país, pero más tarde se retractó porque su exhibición no era rentable. Más rápido de lo que canta un gallo, el director, Luis Mandoki, y el productor, Federico Arreola, dieron una conferencia de prensa para denunciar lo que ellos consideraban una censura. El dueño de la cadena salió a reponer que la película no se proyectaría porque sencillamente no convenía a sus intereses. Tal vez los adictos a López Obrador le crean a Mandoki y los creyentes en Calderón le den la razón al empresario. Lo cierto es que esta polémica ha puesto en el centro de la discusión el documental que fui a ver el sábado a un cine de Pachuca y me hizo pegar varios bostezos. Sentí que me habían tomado el pelo. Me explico. Más allá de las ideas políticas que puedan tenerse a propósito de López Obrador y del 2006, el espectador advierte que la película no ofrece información novedosa respecto de los dos documentales de Mandoki intitulados ¿Quién es el señor López? Son reportajes tendenciosos. No temo equivocarme diciendo que la considerable presencia mediática del filme se debe a que estuvo rodeado de esta polémica discusión entre un director de cine adicto a la izquierda y un empresario apegado a la derecha.

En síntesis, Memoria de mis putas tristes y Fraude: México 2006, son dos casos que ejemplifican lo siguiente: en los tiempos que corren, la vulgar censura constituye involuntariamente una publicidad inmejorable. Cada vez que el Poder trata de condenar a las sombras un libro o una película, éstos adquieren una fama que, por sí mismos, muchas veces no habrían conseguido. De tal forma, no hacemos sino confirmar algo que sabían Adán y Eva: se desea lo prohibido.

Quiero acabar opinando que no habría que preocuparnos tanto por esta censura a todas luces pueril, como por otro tipo de más sutil y, por lo tanto, más escurridiza. Pienso en la censura que se esconde bajo variedad de sobrenombres. Ahí están la autocensura, el fantasma de los crímenes contra periodistas, la corrupta mancuerna gobierno-intelectualidad, las amenazas, la coerción… Son censuras cuyo poder sí consigue que las novelas y los documentales no lleguen al público. Hoy, que es posible conseguir cualquier cosa por el Internet y la piratería, un dictado gubernamental que quiera privarnos de ver o leer algo es una censura estúpida.

noviembre 19, 2007

Diego José

No conviene empezar a hablar de Diego José poniéndole un marbete que seguramente le disgustará: el de poeta exitoso y laureado. Pero son características que nadie puede regatearle. Todo cuanto ha escrito está bien hecho.

Por ejemplo, en su libro de ensayo -Nuevos salvajismos. La perversión civilizada-, Diego José sostiene una hipótesis interesante. Ahí está una idea llena de sabiduría, que echa por tierra la creencia de que la humanidad evoluciona deprisa. Un sensato Diego José propone el ejemplo de una lujosa tienda departamental. Nada más entrar, sentimos un extraño confort, las ganas de gastar, nos posee la euforia y nos endeudamos con la tarjeta de crédito. Al final, estamos tan idiotizados que nos cuesta dar con la salida. En definitiva, es una estrategia comercial perversa para hacernos gastar en artículos que, nos damos cuenta hasta llegar a casa, realmente no necesitamos. El planteo de que la nuestra es una civilización perversa hizo que su libro ganara el premio nacional de ensayo Abigael Bohórquez.

Pero Diego José (Ciudad de México, 1973) no es esencialmente ensayista, sino poeta. Siendo niño, quería ser versificador para maravillar a su papá. Así, publicó varias líneas en el suplemento cultural de un periódico. Afortunadamente se dio cuenta pronto: la poesía no es la afición de escribir un día sí y otro no. En última instancia, es un arte que reclama la diaria consonancia de tres elementos: el hombre, la vida y la palabra. ¡Vaya tarea la de armonizar estos elementos! Para conseguirlo, Diego José se traslada a un pueblito de provincia, en donde pasa sus días leyendo y escribiendo. No recuerdo por qué decide salir del encierro e ir a pedir trabajo a una universidad de Pachuca. Fue difícil porque no tenía credenciales académicas (pero yo, como Christopher Domínguez Michael, no conozco a nadie posea estudios universitarios y al mismo tiempo, sea digno de respeto). De algún modo consiguió la plaza y desde entonces combina con modestia y éxito rotundo su vida de catedrático y su oficio de poeta.

Fue Cantos para esparcir la semilla su primer poemario. Es fruto de su reclusión pueblerina. En efecto, es un libro que encierra ese aire de modesta felicidad que se respira en nuestros pueblos de México, al tiempo que una demostración de dotes poéticas. En suma, es lo que mentara en otro contexto el crítico hidalguense Fernando de Ita: no hay nada más universal que tu pueblo. Lo sabía el jurado del premio Carlos Pellicer para obra publicada, y le entregó el galardón. Ahora bien, su segundo poemario sería la cosa contraria. Si aquél era una carta enviada a la felicidad, éste es una mano tañendo insistentemente la cuerda del dolor. Se llama Volverás al odio. En un reconocimiento a la excelencia poética de Diego José, el opúsculo fue distinguido con el premio nacional de poesía Efraín Huerta, y más tarde lo publicó la guanajuatense editorial La Rana.

Por todo esto, no me llevé ninguna sorpresa cuando supe que nuestro vate ganó otro certamen nacional. Con Los oficios de la transparencia lo vuelven a reconocer como el poeta en toda línea que es, confiriéndole en 2006 el Premio Nacional de Poesía Enriqueta Ochoa. Se trata de un solo poema dividido en 37 alientos dedicados a la naturaleza o, por mejor decir, al vínculo entre el hombre y la madre tierra. “Vine al final de la tierra para ver arder mi cansancio,/ del sudor de aquellos días queda sólo ceniza./ El aire inflama la memoria de mis pasos,/ desde aquí miro la densa superficie marina./ Atrás quedó el Camino,/ la noche que la Luna suspendió su danza/ se quema finalmente en esta lumbre./ Todo arde en el final de la tierra,/ en este fuego, a pie del mar”. He preferido éste, por encima de los otros 36 alientos.

Ahora bien, Diego José también escribió una novela. El camino del té. Es breve realmente. De escasas 100 hojas. Convendría aclarar que no es un libro que nació con el impulso de contar una historia. En rigor, es un ejercicio poético. Diego la escribió deseando encapsular una forma de escribir; consiguió una original narración que tiene por escenario el Lejano Oriente y por personajes, a un rey y una geisha. Leerla es un placer recomendable. Lo curioso es que se la publicó la editorial internacional Random House Mondadori. Otro trofeo. Le guste o no, es elemental festejar a Diego José como un escritor exitoso.

noviembre 18, 2007

4 Bukowskis





Cuando hace 20 años Sean Penn entrevistó para la revista Interview a Charles Bukowski, éste dijo algunas palabras que el serio suplementeo "Laberinto" de Milenio ha publicado recientemente.











ESCRIBIR

Escribí un cuento desde el punto de vista de un violador que ataca a una niña. La gente me acusaba. Me entrevistaron. Me preguntaban: “¿Te gusta violar niñas?” Yo les decía: “Claro que no. Es un retrato de la vida”. Me he metido en líos con muchas de mis cosas. Pero por otra parte, los líos venden libros. Sin embargo, en el fondo lo que escribo es para mí.

(Le da una gran fumada a su cigarro.)

Es como esto. La “fumada” es para mí, la ceniza para el cenicero… eso es publicar.

Nunca escribo en el día. Es como correr desnudo en un centro comercial. Todos te ven. De noche sacas los trucos… la magia.

CELINE

La primera vez que leí a Celine me fui a la cama con una gran caja de galletas Ritz. Empecé a leer y a comer las galletas, y me reía y comía más galletas. Me eché toda la novela de un jalón. Y me acabé la caja de Ritz. Me paré a tomar agua. Me hubieras visto. No me podía mover. Eso es un buen escritor. Casi te mata. Bueno, también uno malo.

GENTE

No me fijo mucho en la gente. Es perturbadora. Dicen que si te fijas mucho en alguien, acabas por parecerte a esa persona. Pobre Linda [su esposa]. Puedo prescindir de la gente en general. No me llena, me provoca vacío. No siento respeto por nadie. Tengo un problema en ese sentido. Miento, pero créeme, es cierto.

SOLEDAD

Nunca he estado solo. He estado en una habitación, me han dado ganas de suicidarme. Me he deprimido. Me he sentido horriblemente mal —sobre todo horrible— pero nunca he sentido que otra persona pueda entrar a ese cuarto y curar lo que me molesta… o que varias personas lo hagan. En otras palabras, la soledad es algo que nunca me molestó, porque siempre me ha gustado. […] Ya sabes la opinión de la mayoría típica: “¡Guau, es viernes en la noche, ¿qué vas a hacer? ¿Quedarte ahí sentado?” Bueno, pues sí, porque no hay nada allá afuera. Pura estupidez. Gente estúpida acompañada de gente estúpida. Que se estupidicen solos. Nunca he sentido la necesidad de salir de pronto en la noche. Antes me escondía en los bares porque no quería esconderme en las fábricas. Eso es todo. Lo siento por los miles de personas, pero nunca he estado solo. Me gusto. Soy la mejor forma de divertirme que tengo. ¡Tomemos más vino!

noviembre 10, 2007

Noticia

La ninfa inconstante, la novela que dejó acabada y sin publicar el escritor cubano Guillermo Cabrera Infante (1929-2005), probablemente se publicará a principios de 2008, informó hoy el diario español El País.

La novela del autor nacido en Gibara (Cuba) rebosa ambiente habanero por los cuatro costados y Cabrera Infante trató de acabarla "hasta el último momento" de su vida, según comenta Miriam Gómez, la mujer del escritor en declaraciones al periódico.

"Escribió a mano cientos de páginas, y lo hizo a mano porque ya no podía trabajar bien con la máquina. Me iba explicando cómo debían organizarse esos cientos de notas manuscritas y, desde luego, consideraba que la novela estaba acabada aunque me insistía que si había algo que no me gustaba, lo rompiera", explica Gómez.

La viuda del autor afirma que La ninfa inconstante es "una novela muy personal, muy cubana y muy inglesa al mismo tiempo" y que transcurre entre Tres tristes tigres (1964) y La Habana para un infante difunto (1979).

"En ella se narran los recuerdos de la historia de amor de un escritor maduro con una joven pero, también, se estimula constantemente el juego literario. Yo creo que la protagonista, Estela, no tenía 16 años, era mayor, aunque, a la vez, es una forma de rendir tributo a Jonathan Swift y a su joven dama Stella-Esther", relata Gómez.

En la novela, adelanta El País, Cabrera Infante escribe sobre mujeres, música, La Habana, la literatura y el cine, el universo del autor, sus obsesiones y sus pasiones, todo aquello "que le ha convertido en uno de los grandes escritores en castellano".

"Es verdad", continúa Gómez, "que el libro tiene muchos puntos autobiográficos. Hay muchas situaciones y personales reales del tiempo que refleja, pero también hay mucho juego. Se puede leer como un enorme flash-back, un ejercicio de memoria".

"El propio Guillermo escribió en una de sus notas unas líneas muy significativas de lo que pensaba sobre la historia de una ninfa", añade Gómez, compañera del desaparecido escritor desde 1958.

El País destaca que la figura de Cabrera Infante sigue creciendo desde su muerte y que "su vida y obra se revalorizan con la constancia de los valores seguros".

Además de la próxima publicación de La ninfa inconstante, el diario recuerda que los cineastas Ridley y Tony Scott han iniciado los trámites para realizar una nueva versión de Vanishing point (Punto límite cero), la película que con guión de Cabrera Infante dirigió Richard C. Serafian en 1971.

Adiós Norman Mailer

Norman Mailer, el hombre que a los 25 años irrumpió en la escena literaria estadounidense con "The Naked and the Dead" y publicó decenas de libros originales y alborotadores falleció hoy en Nueva York a los 84 años de edad.

Un fallo renal fue la causa de su muerte en el Hospital Monte Sinaí tras un periodo en el que estuvo delicado de salud y después de ser operado del pulmón, informaron hoy sus representantes.

La obra de Mailer, autor de 39 libros, incluidas once novelas, ha sido a la vez brillante, controvertida y variada. Este neoyorquino de padres judíos fue a menudo celebrado y vilipendiado al mismo tiempo.

En 1948 causó sensación con "The Naked and the Dead" , basada en su experiencia durante la Segunda Guerra Mundial, pero sus dos obras siguientes, "Barbary Shore" ( 1951) y "The Deer Park" (1955) , fueron consideradas un fracaso.

Así sería el resto de su carrera, jalonada de éxitos, que le hicieron ganar el Premio Pulitzer dos veces y en una ocasión el Premio Nacional del Libro, y también de empresas fallidas.

Mailer escribió como vivió. Se casó seis veces y acuchilló a su segunda esposa, Adele Morales, durante una fiesta. Ella no presentó cargos contra él y se recuperó totalmente. Mailer bebía y recorría los garitos de Nueva York.

En "An American Dream" (1966) reflejó esa vida a través de la lente de un personaje semiautobiográfico que cae en un mundo de violencia y sexo.

Relatos como ése y su propia imagen de machista le ganaron la animadversión del movimiento feminista estadounidense.

Mailer no se limitó a la literatura y entró en el ámbito del periodismo, con un estilo personal. Ganó su primer Pulitzer con "The Armies of the Night" , en 1968, sobre una manifestación pacifista en el Pentágono del año anterior.

Su segundo Pultizter llegó once años después, con "The Executioners Song" , sobre la ejecución del condenado Gary Gilmore.

Entre medias escribió otros trabajos de periodismo, como "Miami and the Siege of Chicago" (1969) y "A Fire on the Moon" (1971) . En 1968 recibió el Premio George Polk por su trabajo en la revista Harper's, de izquierda.

En esa época también dirigió algunas películas experimentales que pasaron sin pena ni gloria.

Fue arrestado en algunas ocasiones por su participación en protestas contra la guerra de Vietnam, y en 1969 se presentó a las elecciones primarias del partido demócrata para la alcaldía de Nueva York con la propuesta de que la ciudad se convirtiera en el estado número 51 de la Unión.

En 1997 publicó su última novela, "The Castle in the Forest".

Abajo el cine gringo

Supercan, filme gringo

Son tantos los absurdos que tienen maniatados a los Estados Unidos, que no se ha prestado la atención necesaria a un lío a todas luces llamativo. En efecto, la prevaleciente situación en Iraq y nuestra dizque relación bilateral con el país del norte, nos ha impedido parar oreja a la huelga en que están las mentes responsables de que el cine norteamericano sea de tan mala estofa. Por lo que a mí respecta, desearía que la huelga no acabara jamás: no puedo desear cosa, tras echar una ojeada a la actual cartelera.

Por la prensa internacional, sé que desde 1988 no tenía lugar una huelga semejante. Ese año, los guionistas de cine y televisión yanqui luchaban por recibir regalías más jugosas. Pues la chispa que encendió la mecha del paro actual es también por mezquinos intereses económicos. Pienso en la última novela que escribió el grandioso John Fante -Sueños de Bunker Hill- y me pregunto: ¿con relación a Hollywood, qué cosa sino el dinero es lo que mueve esta industria?

Ocurre que el sindicato de guionistas de cine y televisión inició una huelga indefinida, de modo que el cine hollywoodense ha paralizado buena parte de sus rodajes y series televisivas. Pues los más 12 mil guionistas que trabajan para la industria están molestos y frenaron sus libretos. Y es que estos infames guionistas entraron a una disputa con los productores. Consideran que tienen derecho sobre las ganancias por la venta de los DVD’s de las series de televisión y por los pagos de programas comercializados en Internet, en los teléfonos móviles y otros medios tecnológicos. En respuesta, los millonarios productores rechazan las demandas de los escritores. Para ellos son demandas inviables. “Todo el mundo sabe lo que cuesta un DVD y que un guionista obtiene entre cuatro a cinco centavos por la venta del DVD”, declaró el guionista Bryce Zabel a El País. “Lo que estamos pidiendo son ocho (centavos), y ellos dicen que eso es vergonzoso”, agregó. En todo caso, los sabios de la economía han advertido de que cualquier tipo de huelga podría perjudicar severamente la producción de la industria. Qué divertido, ¿no?

Honestamente, no encuentro ningún interés en averiguar con minucia a cuál de los dos bandos le asiste la razón. Ambos me despiertan un desprecio semejante: han contribuido a que el cine estadounidense deje de ser ése de Marilyn Monroe y los Hermanos Marx, para convertirse en lastimosos filmes como el de aquel letrero que ví en la calle y que anunciaba el estreno de Supercan. Es más interesante especular sobre el caso, deseando con sinceridad, que llegue a mal puerto. Si en 1988 la huelga se extendió por 22 semanas y costó a la industria 500 millones de dólares, es obvio que una huelga aun de menor duración, en los tiempos que corren costaría muchos más millones de dólares. Pues entre otras industrias, la de Hollywood ha adquirido verdaderamente ingentes proporciones. Además, hay que hacer una precisión. El paro laboral –lugar común que suena muy raro al hablar de arte-, no es nada más de guionistas de cine y, ni siquiera, de guionistas. Además de los autores de guiones de películas, también detuvieron su producción los argumentistas de las series de televisión, tan caras al público estadounidense. Alguna vez oí que las telenovelas son a los mexicanos, lo que las series son a los gringos. Aserto que no carece de razón. La preocupación central de los productores, de hecho, es la huelga de los escritores de series de televisión y talk shows. Por ejemplo, Esposas desesperadas, programa cuyo tonto título explica con sobrada grandilocuencia el contenido, está pendiendo de un hilo, lo mismo que The office, serie de la NBC en la que unos oficinistas se gastan bromas pesadas. Ambas, producciones de ésas en que se escuchan risas grabadas cada vez que el protagonista comete alguna graciosa simplonería. En el fondo, ¿es el público afecto a estas cosas el más perjudicado? ¿No será el más beneficiado, al verse privado se semejante material?

Ahora bien, los productores han anunciado que el impacto de la huelga sólo será inmediato en las series; no así en la producción de largometrajes, de los que tienen reservas. De manera que, con todo y paro, seguiré topándome con carteleras que huyen de los hondos absurdos de Norteamérica y, en cambio, ofrecen filmes como el de Supercan, un perro que adquiere superpoderes y la capacidad de hablar.

noviembre 07, 2007

Apariciones

"La mujer que amé se ha convertido en fantasma.
Yo soy el lugar de las apariciones."

Juan José Arreola.

noviembre 06, 2007

Recursos Humanos

“Sólo los aspirantes a cantantes pop sueñan con el estrellato”, asegura el escritor y periodista tapatío Antonio Ortuño, quien ayer fue designado finalista del Premio Herralde de Novela 2007, uno de los más prestigiosos en lengua española, que en esta ocasión recayó en el escritor argentino Martín Kohan por el libro Ciencias morales. Para Ortuño, jefe de Redacción del diario Público-MILENIO y autor de la novela El buscador de cabezas y del volumen de cuentos El jardín japonés, que el jurado haya decidido reconocer su trabajo, presentado con el título provisional Volveré y conmigo el fuego, será una manera de acceder a más lectores.

Luego de revisar los 201 manuscritos inscritos en el certamen, un jurado integrado por Salvador Clotas, Juan Cueto, Esther Tusquets, Enrique Vila-Matas y el editor Jorge Herralde redujo a dos títulos su deliberación final. El ganador fue Ciencias morales y el finalista Volveré y conmigo el fuego, que en próximos días se publicará, en Anagrama, con el título Recursos humanos. “Que un sello con el prestigio de Anagrama te publique ayuda muchísimo a tomarte en serio lo que haces, pero un autor no puede decir que escribe para ganarse un premio”, explica Ortuño.

“Enfrentado a una vida miserable como empleado de una empresa, Gabriel Lynch decide rebelarse. Sus odios no tendrán otro objetivo que Constantino, su jefe, el perfecto caballerete empresarial que le ganó el puesto y la mujer”. Con esa sinopsis, la editorial Anagrama anuncia Recursos humanos, novela que será presentada en la próxima FIL de Guadalajara.

Parece que todo empleado está condenado a odiar a sus patrones. ¿Es Recursos humanos una suerte de ajuste de cuentas desde la literatura?

No directamente. No creo tomar posición por los empleados sobre los empleadores. Si nos reducimos a términos estrictamente morales todos los personajes del libro son despreciables en algún grado. Pocos de ellos tienen visos de heroicidad o nobleza alguna. En cierto sentido, el jefe es menos perverso y pérfido que el empleado, que es el narrador principal. Mi intención fue hacer una novela moralmente ruda, con un humor muy negro, lindando con el delirio del odio, que a la vez explorara muchos asuntos alrededor de esa relación de dominadores y dominados, no sólo en términos laborales, sino también en términos sentimentales. Quise desenredar la madeja de los mecanismos que nos llevan a sentirnos víctimas cuando en ocasiones somos verdugos.

Tanto en El buscador de cabezas como en Volveré y conmigo el fuego los protagonistas narran sus historias desde el odio. ¿Cómo asumes, desde la escritura, toda esa ira?

El sello de la vida contemporánea es la neurosis. En algunos casos es una neurosis implosiva, con gente en estado de permanente abatimiento que se siente superada por las circunstancias, y en otros casos es una neurosis explosiva de sujetos que literalmente salen y le hacen el mal al mundo y a sus semejantes. Me interesa explorar ambas posibilidades.

Hay en Recursos humanos múltiples referencias bíblicas,¿cómo llevaste eso a un plano oficinesco?

Todo personaje que recurre a este tipo de tácticas requiere una especie de mitología que justifique su proceder. Y la mitología de Gabriel Lynch es el cristianismo, sólo que él la asume un poco a la manera en que los antiguos griegos y romanos asumieron su propia mitología. No la tenían tan olvidada, como nos sucede a nosotros con nuestro propio y soporífero cristianismo, y recurrían a los símiles mitológicos en la escritura para encontrar una especie de piso común metafórico con sus lectores. En un poco de esto se basa el discurso de Gabriel Lynch. La mayoría de la gente podrá reconocer con facilidad sus citas bíblicas, incluida la de la oficina como una suerte de escala de Jacob.

En la novela, Gabriel Lynch dice que no aspira “a un público educado y biempensante”. Como narrador, ¿compartes esa opinión?

No necesariamente. En las condiciones de educación del país, de cualquiera que lea por gusto un libro de ficción se puede decir que la vida lo ha puesto por encima de sus pobres semejantes. En cambio, sí me tiende a molestar la biempensantía, entendida como una suerte de resignación en cuanto a las ideas: gente que repite lo que lee, que habla de los editoriales del periódico como si se le hubiera ocurrido a ella. Gente que organiza su propio mundo con respecto a jerarquías inmóviles donde hay un bien y un mal claros, pero saben poco o nada de matices. La inteligencia literaria está en la capacidad de ver esos matices. Lo más interesante que te puede pasar como escritor, en cuanto a contacto con el público, es que te lea gente de procedencia muy diversa.

Milenio-Diario.

noviembre 05, 2007

Los oficios de la transparencia

El querido Diego José presenta el sábado su nuevo poemario, Los oficios de la transparencia, en un evento-concierto que se llevará a cabo a las 7 pm en el Patio de la Escuela de Artes de Pachuca, situada en la Plaza Bartolomé de Medina del ex convento de San Francisco.

A Diego, durante su presentación lo acompañarán Jaime Lavaniegos y Consuelo Ramírez, quienes montarán un espectáculo basado en este nuevo volumen del autor.

Los oficios de la transparencia mereció el año pasado el 13avo Premio Nacional de Poesía Enriqueta Ochoa. Se trata de un poema unitario dividido en 37 alientos que representan la peregrinación de un hombre a través de la tierra, hacia su interior y por los senderos de la poesía. En palabras de Juan Domingo Argüelles: "la poesía de Diego José se ha hecho más tensa y más intensa; más honda, pero también más alta".

El crítico añade: "El poeta trabaja con humildad los materiales con que fragua sus versos. Este nuevo libro tiene momentos espléndidos, es decir esplendor de palabras y de sentido.

"Si la humildad frente al oficio poético nunca se pierde, tendrá el poeta la esperanza de un atisbo que es grande, recompensa para sí mismo y para el lector. Diego José es cada día un mejor poeta", agrega Argüelles.

A partir de los poemas que conforman Los oficios de la transparencia, Jaime Lavaniegos concibió una música que mira hacia la tradición hispánica trovadoresca, logrando una comunión con los versos de Diego José. Por su parte, Consuelo Ramírez los acompañará con su voz en este peregrinar musical.

Diego José nació en la ciudad de México en 1973 pero vive en la bienamada Pachuca. Es autor de tres libros de poesía: Cantos para esparcir la semilla (2000, ganador del Carlos Pellicer para obrapublicada), Volverás al odio (2003, distinguido con el primer lugar del Certamen Efraín Huerta) y Los oficios de la transparencia (2007). En 2005 publicó la novela El camino del té y el libro de ensayos Nuevos salvajismos: la perversión civilizada, ganador del premio Abigail Bohórquez, allá en Tijuana.

Ahor abien, por un lado, el cantautor Jaime Lavaniegos produjo con su hermano los discos Corazonando (1998) y Danza (2000). Como solista grabó La canción del silencio (2003). Su interés por la poesía espiritual lo ha llevado a crear una propuesta dinámica de canto y poesía a la que ha llamado: "El círculo: Jaime Lavaniegos y los poetas vivos", que ha presentado en diversas Universidades y Casas de Cultura en nuestro país.

Por el otro, Consuelo Ramírez estudió en la Escuela Superior de Música con el maestro Gilberto Serda y la maestra Rosa Rodríguez. Actualmente perfecciona su técnica con la maestra Eugenia Sutti. Su formación artística contempla un trabajo espiritual donde se encuentran la poesía y el canto.

noviembre 04, 2007

La fuga

El Fondo de Cultura Económica presenta el nuevo libro de Carlos Montemayor: La fuga, novela ambientada en la década de los setenta del siglo XX, nos remite a un periodo de nuestra historia reciente en que, frente a un poder en muchos casos despótico y represor, la rebelión y la disidencia llevó a innumerables luchadores sociales por los senderos de la guerrilla. Esta es una novela de acción en el buen sentido del término, donde Montemayor prefigura a partir de la experiencia del encierro penitenciario “el gran escape, la fuga de un guerrillero y su inédito camarada de las Islas Marías”. Como un adelanto para los lectores de La Jornada, presentamos el arranque de esta novela

Océano Pacífico, Islas Marías, 1970. Avanzada la noche dejó de llover. El viento sopló con fuerza. Extensas nubes grises se replegaban con rapidez y a pesar del surgimiento de estrellas en el firmamento no se distinguía la extensión del mar, el universo de las inmensas aguas. El barco se mecía ruidosamente por el rugido inconstante y grave de los motores.

–Dicen que eres un gatillero, que te enfrentaste a policías y a soldados –comentó con voz impersonal uno de los presos; parecía que hablaba a otra persona, que quizás se trataba de una confesión súbita, de una confidencia.

Se volvió a mirarlo. Un remoto foco de la cubierta, a la entrada de la escalerilla que descendía al interior del barco, bastaba para que se vieran a los ojos. Muchos reclusos volvían a concentrarse de nuevo en la cubierta.

–Quiero saber qué me dices –insistió el hombre moreno.

–No eran propiamente soldados.

–¿Qué, exactamente?

–Enemigos, digámoslo así.

Algunos presos estaban discutiendo; era una riña a punto de los golpes. Llegaban a ellos las voces, los gritos. Un reo se retiró del grupo e increpó al moreno.

–Es por droga –explicó el hombre cuando los que reñían se alejaron–. Me dicen El Jarocho. Puedes llamarme así tú también.

Luego extendió el brazo.

–Aquellas son las islas. Ya estamos llegando a nuestra prisión.

Tardó en distinguir tras la masa del oleaje la silueta de la isla. Le asombró ver otra vez la tierra oscura, árboles inmóviles y remotos, acantilados, la angosta franja de la playa. Algunos soldados y presos se acercaron a la proa. El hombre moreno permanecía a su lado y habló de nuevo.

–Prefiero estar preso en las ciudades, no en el mar.

–Yo prefiero no estar preso.

El barco rodeó la costa y se dirigió al puerto de la isla mayor, la isla María Magdalena. No muy lejos giraba la luz del faro. Conforme avanzaron, apareció el puerto de Balleto, la sombra de caseríos, los muros de una construcción blanca, algunas luces insuficientes y vagas como insectos atrapados en la isla.

Comenzaron a desembarcar los presos. Pasaba de la medianoche. Se había acostumbrado ya al olor del barco. Ahora entraba en el olor de la tierra, de la basura, de la vegetación. Se dirigieron a la comandancia.

Entraron en las oficinas. Un oficial empezó a revisar los documentos.

–¿Tú eres Ramón Mendoza?

–Así es.

El oficial sudaba en abundancia. Le devolvió los documentos; estaban húmedos.

–Vas a trabajar primero con los peones de Campo Nayarit. Después te mandaremos a otro lugar.

El guardia abrió la puerta. La habitación era asfixiante.

Muchos mosquitos lo atacaron en la nariz, en los brazos. En el rincón vio un catre de lona; parecía una piedra junto a las paredes sucias y enmohecidas.

–Tienes tres horas para dormir. El primer pase de lista es a las cuatro de la mañana.

El guardia se retiró. Los mosquitos eran insistentes.

Cerró los ojos. Sentía aún el barco, el bamboleo del mar, el cansancio de más de 20 horas de surcar el océano para llegar a las islas.

No podía pensar en nada ni concentrarse. Cuando se acostó en el catre de lona sintió un olor rancio, ácido. Tenía la camisa empapada por el sudor. El calor era excesivo. Volvió a cerrar los ojos. Los mosquitos seguían acosándolo, pero dejaron de importarle. Seguía sintiendo el oleaje del mar, el olor grasoso y ácido de la cubierta del barco.

Oyó el estrépito de pasos y risas frente a la puerta.

Se incorporó, agitado. Volvió a oír la corneta a lo lejos, convocando al pase de lista. Se puso de pie, mareado por el sueño. Tenía los brazos y las manos cubiertas de ronchas por la picadura de los insectos. Sintió deseos de orinar. Salió del cuarto.

En la oscuridad de la madrugada muchos pasaban junto a él. Empezó a despertar conforme caminaba, conforme olía el sudor de los otros cuerpos.

La sensación del bamboleo del mar no había desaparecido del todo. Sentía hambre.

La neblina cubría una parte del monte que se elevaba detrás de los caseríos. Decenas de presos se formaban cerca del muelle, en el embarcadero de Balleto, esperando la orden para partir a pie al campamento de Campo Nayarit. Los soldados aguardaban las instrucciones de los guías. Alguien se acercó a él por la espalda.

–También me incluyeron aquí –dijo El Jarocho tendiendo la mano para saludar–. Cuenta conmigo.

La neblina se disipaba gradualmente, conforme el sol ascendía. Pero el calor sofocaba todo, los cuerpos, la respiración, la somnolencia, la sed.

Muchos perros ladraban cerca de las filas de presos.

No entendía por qué había tantos perros ni de dónde brotaban. Varias parvadas de pelícanos y gallaretas volaban flotando en la brisa y de vez en cuando volvían a posarse en el largo muelle de Balleto o en la cubierta del barco que aún estaba anclado, meciéndose suavemente, gris, enmohecido, casi frágil.

–Los compañeros creen que eres muy peligroso, gatillero.

El Jarocho se había quitado la camisa. Sudaba copiosamente por la frente, por el cuello corto y vigoroso; los hombros y el pecho prominente estaban perlados de sudor. Se rió su enorme rostro moreno y brillante.

En Campo Nayarit repartieron a los reos por cuadrillas y les ordenaron recoger herramientas de trabajo para el desmonte. Cuando se retiraban las primeras cuadrillas oyó las voces. Eran opacas, enronquecidas. Trató de avanzar con rapidez, pero los reos formaban una masa compacta alrededor de aquellas voces que ahora parecían transformarse en ruidos guturales, bestiales, sin articular nombres ni palabras. Se arrojó sobre los reos para abrirse paso. Cuando llegó junto al Jarocho estaban ya varios guardias del penal. El Jarocho respiraba agitadamente y tenía el cuello enrojecido, con las venas hinchadas. Uno de los hombres que había reñido la noche anterior en la cubierta del barco sangraba por la boca y la nariz; de vez en cuando escupía una pequeña masa oscura y densa como si quisiera desprenderse de un sabor o de un bocado indeseable. El otro compañero del herido se hallaba con uno de los custodios del penal.

–¿Con qué lo golpeaste? –preguntó el custodio.

–Con el puño –contestó secamente El Jarocho.

–Dice este hombre que con una piedra –insistió.

–No necesito de piedras para poner en orden a estos pendejos.

–¿Con qué te golpeó? –preguntó al hombre que sangraba–. Dime, habla.

El hombre tenía la mirada en el suelo.Volvió a escupir una masa roja y oscura.

–Habla, ¿te golpeó con el puño?

El hombre asintió con la cabeza, sin hablar.

–Yo no busco dificultades, pero no quiero que se metan conmigo –aclaró El Jarocho.

–Ninguno de ustedes está aquí por buena conducta –espetó el custodio–. Pero aquí respetan el orden o los obligaremos a que lo respeten.

Llovió por la noche. Salió de la barraca para recibir en el cuerpo la lluvia caliente. La neblina cubría el monte, la selva, el mar. Los relámpagos arrojaban de vez en cuando la luz como una fina arena que traspasaba la neblina. Bajo la lluvia y la noche había huido por la sierra muchos años atrás. Habían caminado al Faro y después a Tres Ojitos; ahí el ejército volvió a sitiarlos, pero sin ascender por la montaña para capturarlos. Ellos contaban con armas y tiros suficientes para resistir un asalto. La lluvia era fría y se protegían con grandes cortezas de pino; bajo las cortezas trataban de dormir, de reposar, de ocultarse. Ahora, bajo la lluvia, en la noche de la isla, en el calor, recordaba la lucha, volvía a sentir corporalmente el recuerdo de la libertad. Su necesidad inmediata, su confín remoto.

Le gritaron que se detuviera. Pero él no entendió. Creyó por un instante que estaba mareado. Un puñado de pequeñas mariposas blancas flotaba delante de él. De un alto árbol de guayacán una liana se movió, o mejor, se deslizó lentamente, buscando el tronco. Mientras veía que la liana se desplazaba ascendió el olor de los árboles cercanos, la fragancia del árbol rojo de caoba. La cabeza de la víbora se mantenía erguida; era la única parte que no caía, suelta, libre, como vegetal. “La asustamos”, le dijo un preso junto a él, sujetándolo de un brazo. “¿Qué es?” “Le llaman bejuquillo”, contestó el que había gritado primero. “Es una chirrionera”, agregó El Jarocho.

La víbora llegó al suelo y tomó un color más oscuro. En la tierra húmeda pareció convertirse en agua negra y se perdió en la vegetación caliente y abundante. “¿Cómo se les atrapa?” Los hombres se rieron. “Vamos a buscarla, si quieres, antes de que se pierda.”“No la encontrarán”, dijo el primer preso. “Hallaremos otra entre los bejucos, escondida como liana” (....)

Qué le vamos a hacer

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Desde chico tenía ganas de escribir un diario, o algo así. Pero era cosa de niñas. Este blog es lo menos afeminado que encontré.

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